lunes, 17 de enero de 2011

EL DECRETO CONCILIAR "UNITATIS REDINTEGRATIO" Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (1)

Por Ing. Mateo Roberto Gorostiaga

* "Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II" del 21 de Noviembre de 1964.
• Tomada con subtitulos y números de párrafos de la IV edición Guadalupe.

PROEMIO
U.R. 1. Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el sacrosanto Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aún cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo. Los discípulos del Señor piensan de diverso modo y siguen distintos caminos, como si Cristo mismo estuviera dividido (1 Cor. 1, 13). División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para e¡ mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo.

Dice Pío XI en Mortalium Ánimos de 6-1-1928:**
[1. Ansia universal de paz y fraternidad] Nunca quizá como en los actuales tiempos se ha apoderado del corazón de todos los hombres un tan vehemente deseo de fortalecer y aplicar al bien común de la sociedad humana los vínculos de fraternidad que, en virtud de nuestro común origen y naturaleza, nos unen y enlazan a unos con otros.
[2. La fraternidad en religión. Congresos ecuménicos] Cosa muy parecida se esfuerzan algunos por conseguir en lo que toca a la ordenación de la nueva ley promulgada por Jesucristo Nuestro Señor. Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias [...].
(10. La Iglesia Católica no puede participar en semejantes uniones) Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo.
(11. La verdad revelada no admite transacciones) ¿Y habremos Nos de sufrir -cosa que sería por todo extremo injusta- que la verdad revelada por Dios, se rindiese y entrase en transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la verdad revelada. Para instruir en la fe evangélica a todas las naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles; y para que éstos no errasen en nada, quiso que el Espíritu Santo les enseñase previamente toda la verdad (Juan XVI, 13); ¿y acaso esta doctrina de los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y custodiándola? Y si nuestro Redentor manifestó expresamente que su Evangelio no sólo era para los tiempos apostólicos, sino también para las edades futuras, ¿habrá podido hacerse tan obscura e incierta la doctrina de la Fe, que sea hoy conveniente tolerar en ella hasta las opiniones contrarias entre sí? Si esto fuese verdad, habría que decir también que el Espíritu Santo infundido en los apóstoles, y la perpetua permanencia del mismo Espíritu en la Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habría perdido hace muchos siglos toda utilidad y eficacia; afirmación que sería ciertamente blasfema.

U.R.l Con todo, el Señor de los tiempos, que sabia y pacientemente prosigue su voluntad de gracia para con nosotros los pecadores, en nuestros días ha empezado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí la compunción de espíritu y el anhelo de unión. Esta gracia ha llegado a muchas almas dispersas por todo el mundo, e incluso entre nuestros hermanos separados ha surgido por el impulso del Espíritu Santo, un movimiento dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos.

León XIII EN TESTEM BENEVOLENTIE DE 22-1-1899
CONTRA EL "AMERICANISMO":
Todo magisterio externo es rechazado como superfluo y hasta como menos útil por aquéllos que se dedican a alcanzar la perfección cristiana: ahora -dicen-infunde el Espíritu Santo en las almas de los fieles más amplios y abundantes carismas que en los tiempos pasados, y les enseña y los conduce, sin intermedio de nadie, por cierto misterioso instinto...(D.1970).
Sin embargo, si se considera a fondo el asunto, quitado también todo director externo, apenas se ve en la sentencia de los innovadores a qué debe referirse ese más abundante influjo del Espíritu Santo, que tanto exaltan (D.1971).

U.R.l En este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino, y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, y esto lo hacen no solamente por separado, sino también reunidos en asambleas en las que oyeron el Evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios. Casi todos, sin embargo, aunque de modo diverso, suspiran por una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, para que el mundo se convierta al Evangelio y se salve para gloria de Dios.

PIO XI EN MORTALIUM ANIMOS:
[8. La única Religión revelada es la de la iglesia Católica] Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Mas, si se pregunta cuál es la Iglesia conforme a la voluntad de su Fundador, en esto ya no convienen todos. Muchos de ellos, por ejemplo, niegan que la Iglesia de Cristo haya de ser visible, a lo menos en el sentido de que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Estos tales entienden que la Iglesia visible no es más que la alianza de varias comunidades cristianas, aunque las doctrinas de cada una de ellas sean distintas.
[Sociedad perfecta, externa, visible.] Pero es lo cierto que Cristo Nuestro Señor instituyó su Iglesia como sociedad perfecta, externa y visible por su propia naturaleza, a fin de que prosiguiese realizando, de allí en adelante, la obra de la salvación del género humano, bajo la guía de una sola cabeza (Mat. 16, 18; Luc. 22,32; Juan 21, 15-17), con magisterio de viva voz (Marc. 16, 15) y por medio de la administración de los sacramentos (Juan 3, 5; 6, 48-59; 20, 22. Juan 18, 18,), fuente de la gracia divina; por eso en sus parábolas afirmó que era semejante a un reino (Mat. 13, 24, 31, 33, 44, 47), a una casa (Ver Mat. 16, 18) a un aprisco (Juan 10, 16), y a una grey (Juan 21, 15-17). Esta Iglesia, tan maravillosamente fundada, no podía ciertamente cesar ni extinguirse, muertos su Fundador y los Apóstoles que en un principio la propagaron, puesto que a ella se le había confiado el mandato de conducir a la eterna salvación a todos los hombres, sin excepción de lugar ni de tiempo: "Id, pues, e instruid a todas las naciones" (Mat. 28, 19).
[16. La única manera de unir a todos los cristianos] Bien claro se muestra, pues, Venerables Hermanos, por que esta Sede Apostólica no ha permitido nunca a los suyos que asistan a los citados congresos de acatólicos; porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen, y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual El mismo la fundó para la salvación de todos.

U.R.1 Considerando, pues, este sacrosanto Concilio con grato ánimo todos estos problemas, una vez expuesta la doctrina sobre la Iglesia, impulsado por el deseo de restablecer la unidad entre los discípulos de Cristo, quiere proponer a todos los católicos los medios, los caminos y las formas por las que puedan responder a esta divina vocación y gracia.

LEÓN XII en Satis Cognitum de 29-VI-1896*:
[1. ...El retorno a la Iglesia] Si para volver a esta madre amantísima, deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio la pagó Jesucristo), pero sí a la de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: "Mi yugo es dulce y mi carga ligera" (Mat. 11, 30).
[8...] Por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesia podría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador.
Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: "Creo en la Iglesia una"...
[9. Una en su naturaleza.] "La iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad: de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia... Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella" (Clemens Alex. Stromal. 7, 17. P.G. 9, 551). Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: "Yo edificaré mi Iglesia" (Mat. 16, 18). Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella, no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

MARTIN V Y EL CONCILIO DE CONSTANZA: XVI ECUMÉNICO CONTRA WICLEF, HUS, ETC.; sesión VIII de 4-V-1415. Error condenado en el Concilio y por las Bulas Ínter cunctas e In eminentis de 22-11-1418:
41. No es de necesidad de salvación creer que la Iglesia Romana es la suprema entre las otras iglesias (D.621).

Interrogaciones a Wiclefitas y Husitas (de la Bula Ínter cunctas):
6. Asimismo, si cree que lo que el sagrado Concilio de Constanza, que representa a la Iglesia universal, aprobó y aprueba en favor de la fe y para salud de las almas, ha de ser aprobado y mantenido por todos los fieles de Cristo; y lo que condenó y condena como contrario a la fe o a las buenas costumbres, ha de ser tenido, creído y afirmado por los mismos fieles como condenado (D.658).
7. Asimismo, si cree que las condenaciones de Juan Wicleff, Juan Hus y Jerónimo de Praga, hechas sobre sus personas, libros y documentos por el sagrado Concilio general de Constanza, fueron debida y justamente hechas y como tales han de ser tenidas y firmemente afirmadas por cualquier católico (D.659).
8. Asimismo, si cree, mantiene y afirma que [los antedichos] fueron herejes y herejes han de ser llamados y considerados, y que sus libros y doctrinas fueron y son perversas, por los cuales y por las cuales y por sus pertinacias, como herejes fueron condenados por el sagrado Concilio de Constanza (D.660).

CAPITULO I
(Primera parte)
A.- PRINCIPIOS CATÓLICOS SOBRE EL ECUMENISMO
UNIDAD Y UNICIDAD DE LA IGLESIA

U.R.2 2. La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad (cfr. 1 Jn. 4, 9; Col. 1, 18-20; Jn. 11, 52). Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado (Jn. 17, 21), e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus discípulos el mandato nuevo del amor mutuo (cfr. Jn. 13, 34) y les prometió el Espíritu Paráclito (cfr. Jn. 16, 7), que permanecería eternamente con ellos como Señor y vivificador.

PÍO XI EN MORTALIUM ANIMOS:
[4. Otro error -La unión de todos los cristianos- Argumentos falaces). Pero donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. ¿Acaso no es justo -suele repetirse- y no es hasta conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se abstengan de mutuas recriminaciones y se unan por fin un día con vínculos de mutua caridad? ¿Y quien se atreverá a decir que ama a Jesucristo, si no procura con todas sus fuerzas realizar los deseos que El manifestó al rogar a su Padre que sus discípulos fuesen una sola cosa? (Juan XVII, 21). Y el mismo Jesucristo ¿por ventura no quiso que sus discípulos se distinguiesen y diferenciasen de los demás por este rasgo y señal de amor mutuo: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os améis unos a otros (Juan XIII, 35). ¡Ojalá -añaden- fuesen una sola cosa todos los cristianos! Mucho más podrían hacer para rechazar la peste de la impiedad, que deslizándose y extendiéndose cada vez más, amenaza debilitar el Evangelio.
(5. Debajo de esos argumentos se oculta un error gravísimo).
Estos y otros argumentos parecidos divulgan y difunden los llamados "pancristianos"; los cuales, lejos de ser pocos en número, han llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.
[6. La verdadera norma de esta materia] Exhortándonos, pues, la conciencia de Nuestro deber a no permitir que la grey del Señor sea sorprendida por perniciosas falacias, invocamos vuestro celo, Venerables Hermanos, para evitar mal tan grave; pues confiamos que cada uno de vosotros, por escrito y de palabra, podrá más fácilmente comunicarse con el pueblo y hacerle entender mejor los principios y argumentos que vamos a exponer, y en los cuales hallarán los católicos la norma de lo que deben pensar y practicar en cuanto se refiere al intento de unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los hombres que se llaman católicos.
[7. Sólo una Religión puede ser verdadera: la revelada por Dios] Dios, Creador de todas las cosas, nos ha creado a los hombres con el fin de que le conozcamos y le sirvamos. Tiene, pues, nuestro Creador perfectísimo derecho a ser servido por nosotros. "Dios, que en otro tiempo habló a nuestros padres en diferentes ocasiones y de muchas maneras, por medio de los Profetas, nos ha hablado últimamente por su Hijo Jesucristo" (Hebr. I, 1-2). Por donde claramente se ve que ninguna religión puede ser verdadera Cuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado -y que haya hablado lo comprueba la historia- es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios, y a obedecer totalmente sus preceptos. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para la gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.

U.R.2 Una vez que el Señor Jesús fue exaltado en la cruz y glorificado, derramó el Espíritu que había prometido, por el cual llamó y congregó en unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al Pueblo del Nuevo Testamento, que es la Iglesia, como enseña el Apóstol: Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef. 4, 4-5). Puesto que todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo..., porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gal. 3, 27-28). El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia efectúa esa admirable unión de los fieles y los consagra tan íntimamente a todos en Cristo, que el mismo es el principio de la unidad de la Iglesia. El realiza las divisiones de las gracias y de los ministerios (cfr. 1 Cor. 12, 4-11), enriqueciendo a la'Iglesia de Jesucristo con la variedad de dones para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del ministerio y a la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef. 4, 12).

LEÓN XIII EN SATIS COGNITUM:
[17. Creer toda la doctrina de Cristo] Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se presente entera Fe a a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o penas eternas. "Si no hago las obras de mi padre no me creáis" (Juan 10, 37). "Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado" (Juan 15, 24). "Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras" (Juan 10, 38). Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber, no solamente de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla, es contrario a la razón.
Al punto de volverse al cielo, envía a sus Apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. "Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones... enseñadlas a observar todo lo que os he mandado" (Mat. 28, 18-20). Todos los que obedezcan a los Apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.
"Quien crea y se bautice será salvo; quien no crea será condenado (Mc. 16, 16) [...].
[18. Aceptar la doctrina de los Apóstoles.] Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de los Apóstoles como la suya propia. Quien os escucha me escucha, y quien os desprecia me desprecia (Luc. 10, 16). (...)
No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los Apóstoles, sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo [...].
Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. "Es por El (Jesucristo), por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer que obedezcan a la fe todas las naciones en honor de su nombre" (Rom. 1. 5).

Pío XII, en Mystici Corporis de 29-VI-1943:
Así, pues, como en la verdadera congregaciónde los fieles, hay un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor y un solo bautismo; así no puede haber más que una sola fe (cf. Eph. 4, 5); y por lo tanto, quien rehusare oir a la Iglesia, según el mandato del Señor, ha de ser tenido por gentil y publicano (ef. Mt. 18, 17]. Por lo cual, los que están separados entre sí por la fe o por el gobierno, no pueden vivir en este cuerpo único ni de este su único Espíritu divino (D. 2286).
Ahora bien, a este Espíritu de Cristo, como principio invisible, hay que atribuir también que todas las partes del Cuerpo estén íntimamente unidas tanto entre sí como con su excelsa Cabeza, como quiera que El está todo en la Cabeza, todo en el Cuerpo, todo en cada uno de sus miembros, en los cuales está presente asistiéndoles de muchas maneras, según sus diversas cargas y oficios, según el mayor o menor grado de perfección espiritual de que gozan. El, con su celestial hálito de vida, ha de ser considerado como el principio de toda acción vital y realmente saludable en todas las partes del cuerpo. El es el que, aunque por sí mismo se halle presente en todos los miembros y en ellos obre por su divino influjo, en los inferiores, sin embargo, obra también por el ministerio de los superiores. El es, finalmente, quien, a pesar que coengendra cada día nuevos hijos a la Iglesia con la inspiración de la gracia, rehusa habitar con su gracia santificante en los miembros totalmente separados del Cuerpo (D.2288).

U.R.2 Para el establecimiento de esta Iglesia en todas partes y hasta el fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar (cfr. Mt. 28, 18-20; Jn. 20, 21-23). De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las llaves del reino de los ciclos (cfr. Mt. 16, 28; Mt. 18,18), y previa la manifestación de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe (cfr. Le. 22, 32) y las apacentara en la perfecta unidad (cfr. Jn. 21, 15-18), reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre la piedra fundamental (cfr. Ef. 2, 20) y el pastor de nuestras almas (cfr. 1 Ped. 2, 25).

El Concilio Vaticano I (bajo Pío IX)
en Pastor Aeternus de 18-VII-1870:
[Contra los herejes y cismáticos.] Enseñamos, pues, y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor... Y sólo a Simón Pedro confirmó después de su resurrección la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño, diciendo: "Apacienta mis corderos". "Apacienta mis ovejas" (Ioh. 21, 15 ss.).
A esta tan manifiesta doctrina de las Sagradas Escrituras, como ha sido siempre entendida por la Iglesia Católica, se oponen abiertamente las torcidas sentencias de quienes.., afirman que ese primado no fue otorgado inmediata y directamente al mismo bienaventurado Pedro, sino a la Iglesia, y por medio de ésta a él, como ministro de la misma Iglesia (D.1822).

León XIII en Satis Cognitum:
[38. No basta reconocer a Cristo como Jefe.] ¿Y cuál es el poder soberano a que todos los cristianos deben obedecer y cuál es su naturaleza? Sólo puede determinarse comprobando y conociendo bien la voluntad de Cristo acerca de este punto. Seguramente Cristo es el Rey eterno y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendo invisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, ha debido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que El mismo subió a los cielos... y quiere por una imagen muy apropiada que se llame Pedro, porque es la piedra sobre la que debía fundar su Iglesia (S. Cirilo Alej. in Ev. Joh. 1. II ¡n 1, 42. P.G. 73, 219).
[40. Pedro, cimiento de la Iglesia.] Según este oráculo, es evidente, que por voluntad y orden de Dios, la Iglesia está establecida sobre el bienaventurado Pedro; como el edificio sobre los cimientos. Y como la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es dar solidez y cohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servir de vínculo necesario para la seguridad de toda la obra, si el cimiento desaparece, lodo el edificio se derrumba.
Como el autor-divino de la Iglesia hubiera decretado que fuera una por la fe, por el régimen y por la comunión, escogió a Pedro y a sus sucesores para que en ellos estuviera el principio y como el centro de la unidad... Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada. Para conservar debidamente la unidad de fe y comunión, no basta desempeñar una primacía de honor, no basta una mera dirección, sino que es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a que ha de someterse toda la comunidad... De ahí aquellas singulares denominaciones de los antiguos aplicadas al bienaventurado Pedro, que pregonan brillantemente estar él colocado en el más alto grado de dignidad y de poder. Llámanle a cada paso príncipe del colegio de los discípulos, príncipe de los santos Apóstoles, corifeo de su coro; boca de los Apóstoles todos; cabeza de aquella familia; puesto al frente del orbe de la tierra; primero entre los Apóstoles; cima de la Iglesia... (D.1960).
Pero es cosa que se aparta de la verdad y abiertamente repugna a la constitución divina, ser de derecho que los obispos estén individualmente sujetos a la jurisdicción de los Romanos Pontífices y no ser de derecho que lo estén todos juntos... Esta potestad de que hablamos, sobre el colegio mismo de los obispos, que tan abiertamente proclaman las Divinas Letras, la Iglesia no dejó de reconocerla y atestiguarla en ningún tiempo... Por estas causas, por el Decreto del Concilio Vaticano sobre la naturaleza y razón del primado del Romano Pontífice (v. 1826 ss..), no se introdujo una opinión nueva, sino que afirmó la fe, vieja y constante, de todos los siglos (D.1961).

U.R.2 Jesucristo quiere que su pueblo se desarrolle por medio de la fiel predicación del Evangelio, y la administración de los sacramentos, y por el gobierno en el amor, efectuado todo ello por los apóstoles y sus sucesores, es decir, por los obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, obrando el Espíritu Santo; y realiza su comunión en la unidad, en la profesión de una sola fe, en la común celebración del culto divino, y en la concordia fraterna de la familia de Dios.

León XIII (Satis Cognitum):
[53. Pedro independiente, los Apóstoles dependientes] Por esto hay necesidad de hacer aquí una advertencia importante. Nada ha sido conferido a los Apóstoles independientemente de Pedro; muchas cosas han sido conferidas a Pedro aislada e independientemente de los Apóstoles. San Juan Crisóstomo, explicando las palabras de Jesucristo que refiere San Juan (Juan 21, 15: "Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?"), se pregunta por qué dejando a un lado a los otros se dirige Cristo a Pedro, y responde formalmente: Porque era el principal entre los Apóstoles, como la boca de los demás discípulos y el jefe del cuerpo apostólico (S. Crisóst. Hom. 88 in Joan, 1. P.G. 59, 478). Sólo él, en efecto, fue designado por Cristo para fundamento de la Iglesia. A él le fue dado todo el poder de atar y de desatar; a él solo confió el poder de apacentar el rebaño. Al contrario, todo lo que los Apóstoles han recibido en lo que se refiere a funciones y autoridad, lo han recibido conjuntamente con Pedro. Si la divina Bondad ha querido que los otros príncipes de la Iglesia tengan alguna cosa en común con Pedro, lo que no ha rehusado a los demás, no se les ha dado jamás sino por El (S. León M. Serm. IV, c. 2. P.L 54, 150). El solo ha recibido muchas cosas, pero nada se ha concedido a ninguno sin su participación (S. León M. Serm. IV, c. 2. P.L 54, 150).
Por dónde se ve claramente que los Obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre el que debe sustentarse todo efedificio y se colocan fuera del mismo edificio; por la misma razón quedan excluidos del rebaño que gobierna el Pastor supremo y desterrados del reino cuyas llaves ha dado Dios a Pedro solamente.
[54. Unidad de fe, gobierno y comunión] Estas consideraciones hacen que se comprenda el plan y el designio de Dios en la constitución de la sociedad cristiana. Este plan es el siguiente: el Autor divino de la Iglesia al decretar dar a esta la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, ha escogido a Pedro y a sus sucesores para establecer en ellos el principio y como el cetro de la unidad. Por esto escribe San Cipriano: hay, para llegar a la fe, una demostración fácil que resume la verdad. El Señor se dirige a Pedro en estos términos: Es, pues, sobre uno sobre quien edifica la iglesia. Y aunque después de su Resurrección confiere a todos los Apóstoles un poder igual, y les dice: "Te digo que eres Pedro... ""Como mi Padre me envió... " no obstante, para poner a la unidad en plena luz, coloca en uno solo, por su autoridad, el origen y el punto de partida de esta misma unidad (S. Cipr. De unitate Eccl. n. 4. P.L 4, 498.)
Y San Opato de Milevo escribe: Tú sabes muy bien, no puedes negarlo, que es a Pedro, el primero a quien ha sido conferida la Cátedra episcopal en la ciudad de Roma; es en la que está sentado el jefe de los Apóstoles, Pedro, que por esto ha sido llamado Cefas. En esta Cátedra única en la que todos debían guardar la unidad, a fin de que los demás Apóstoles no pudiesen atribuírsela cada uno en su Sede, y que fuera en adelante cismático y prevaricador quien elevara otra Cátedra contra esta Cátedra única (De Schism. Donat. lib. II, 2. P.L 11.947).

Pío XII en Mystici Corporis:
Por lo cual, los obispos... apacientan y rigen en nombre de Cristo como verdaderos pastores la grey que a cada uno le ha sido confiada (Conc. Val. I, D. 1828), sin embargo al hacer esto no son completamente independientes, sino que están puestos bajo la debida autoridad del Romano Pontífice, aún cuando gozan de jurisdicción ordinaria, que el mismo Sumo Pontífice les ha inmediatamente comunicado (D.2287).
U.R.2 Así, la Iglesia único rebaño de Dios, como un lábaro alzado ante todos los pueblos (cfr. Is. 11, 10-12), comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano (cfr. Ef. 2, 17-18; Me. 16, 15), (cfr. 1 Ped. 1, 3-9). peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial.

León XIII (Satis Cognitum):
[13. Unidad de los miembros con la cabeza y entre sí] La Iglesia de Cristo es, pues, única y además, perpetua: quien se separa de ella, se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo Nuestro Señor, deja el camino de salvación y corre a su pérdida." (S. Cipr. De Calh. Eccl. Onil. 6. P.L 4, 503). [San Marcos trae en el vers. siguiente al citado estas palabras de Nuestro Señor: "El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado" (Me. 16, 16)]
Pero Aquél que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. "Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados á una sola esperanza en vuestra vocación" (Efes. 4, 4).
En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: No ruego por ellos solamente, sino por aquéllos que por su palabra creerán en mí... a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros... a fin de que sean consumados en la unidad (Juan 17, 20, 22-23) Y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y perfecto que imitase en algún modo a su propia unión con su Padre: os pido... que sean todos una misma cosa, como vos, mi Padre, estáis en mí y yo en vos (Juan 17. 21)

U.R.26 Este es el sagrado misterio de la unidad de la Iglesia en Cristo y por medio de Cristo, comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones. El modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pío IX, Concilio Vaticano de 1869-1870:
El Pastor eterno y guardián de nuestras almas (1 Petr. 2, 25)... rogó al Padre para que todos lucran una sola cosa, a la manera que el mismo Hijo y el Padre son una sola cosa (Ioh. 17, 20 s). Ahora bien, a la manera que envió a los Apóstoles -a quienes se había escogido del mundo-, como El mismo había sido enviado por el Padre (Ioh. 20, 21); así quiso que en su Iglesia hubiera pastores y doctores hasta la consumación de los siglos (Mt. 28, 20). Mas para que el episcopado mismo fuera uno e indiviso y la universal muchedumbre de los creyentes se conservara en la unidad de la fe y de la comunión por medio de los sacerdotes coherentes entre sí, al anteponer al bienaventurado Pedro a los demás Apóstoles, en él instituyó un principio perpetuo de una y otra unidad y un fundamento'visible, sobre cuya fortaleza se construyera un templo eterno, y la altura de la Iglesia, que había de alcanzar el cielo, se levantara sobre la firmeza de esta fe (Cf. S. Leo M, Sermo 4 de natali ipsius, 2 (P.L. 54, 150 c). Y puesto que las puertas del infierno, para derrocar, si fuera posible, a la Iglesia, se levantan por doquiera con odio cada día mayor contra su fundamento divinamente asentado; Nos, juzgamos ser necesario para la guarda, incolumidad y aumento de la grey católica, proponer con aprobación del sagrado Concilio, la doctrina sobre la institución, perpetuidad y naturaleza del sagrado primado apostólico -en que estriba la fuerza y la solidez de toda la Iglesia-, para que sea creída y mantenida por todos los fieles, según la antigua y constante fe de la Iglesia universal, y a la vez proscribir y condenar los errores contrarios, en tanto grado perniciosos al rebaño del Señor (D.1S2I).
Ahora bien, lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para la perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester es dure perpetuamente por la obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos. "A nadie a la verdad es dudoso, antes bien, a todos los siglos es notorio que el santo y beatísimo Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano; y, hasta el tiempo presente y siempre, sigue viviendo y preside y ejerce el juicio en sus sucesores" (cf. Concilio de Efeso, v. 112), los obispos de la santa Sede Romana, por él fundada y por su sangre consagrada. De donde se sigue que quienquiera sucede a Pedro en esta cátedra, ése, según la institución de Cristo mismo, obtiene el primado de Pedro sobre la Iglesia universal. "Permanece, pues la disposición de la verdad, y el bienaventurado Pedro, permaneciendo en la fortaleza de piedra que recibiera, no abandona el timón de la Iglesia que una vez empuñara" (San Leo M. Sermo 3 de natali ipsius 3 (P.L. 16, 946 A)
Por esta causa, fue "siempre necesario que" a esta Romana Iglesia, "por su más poderosa principalidad, se uniera toda la Iglesia, es decir, cuantos fieles hay, de dondequiera que sean" (San Ireneaus, adv. haer. 3, 3 (P.G. 7, 849 A), a fin de que en aquella Sede de la que dimanan todos "los derechos de la veneranda comunión" (S. Ambrosius, Epist. 11; 4 (P.L. 16, 946 A), unidos como miembros en su cabeza, se trabaran en una sola trabazón del cuerpo (D.1824).
Continuará...

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