domingo, 23 de enero de 2011

DOMINICA TERCERA DESPUÉS DE LA EPIFANÍA

LA CONFESIÓN
"En aquel tiempo, habiendo bajado Jesús del monte, le siguieron muchedumbres numerosas, y, acercándosele un leproso, se postró ante El, diciendo:
"—Señor: si quieres, puedes limpiarme.
"El, extendiendo la mano, le tocó y dijo:
"—Quiero: queda limpio.
"Y al instante el leproso quedó curado de su lepra. Jesús le advirtió:
"—Mira, no lo digas a nadie, sino ve a mostrarte al sacerdote y ofrece la ofrenda que Moisés mandó para que les sirva de testimonio" (Mt., VIII, 1-4).
* * *
La lepra, cuya enfermedad padecía el pobre hombre que se presentó a Jesús para que le curase, era una cosa repugnante y muy dolorosa. Todos huían —lo mismo que ahora— de los leprosos por miedo al contagio, y los afectados por el terrible mal estaban obligados a vivir en el campo, lejos de todo lugar habitado.
¿Qué significa la lepra? Indudablemente, es imagen del pecado, que constituye la verdadera lepra del alma. Jesús curó al leproso con un milagro, pero le mandó presentarse al sacerdote. También cura Jesús la lepra del alma, es decir, los pecados; pero quiere que sea a base de la confesión con un sacerdote.
Trataremos: 1.°, de la obligación de confesarse; 2.°, de las ventajas de la confesión; 3.°, de las condiciones que se requieren para hacer una buena confesión.

I.—Obligación de confesarnos.
1. Dos son los caminos que existen para ir al cielo: el de la inocencia y el de la penitencia. Quien no ha cometido ningún pecado, va por el camino de la inocencia, y si continúa en él llegará indudablemente a la gloria del cielo. Esto sucede con los niños bautizados que mueren antes de tener uso de razón. Pero, ¿qué habrá de hacer el que haya pecado? Al que haya pecado no le queda más camino para salvarse que el de la penitencia, es decir, que ha de arrepentirse de sus culpas y confesarlas a un sacerdote que pueda absolverle.
2. Así lo ha establecido el Señor. Dios está dispuesto a perdonar todos los pecados a condición de que el pecador se confiese con un sacerdote que tenga las debidas licencias, pues sólo los sacerdotes han recibido la suficiente autoridad para perdonarlos en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es así porque el Salvador, después de resucitar, se apareció un día a sus apóstoles (que fueron los primeros sacerdotes de la Nueva Ley) y les dijo: "A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos" (lo., XX, 23). Con estas palabras instituyó Jesucristo el sacramento de la penitencia, o sea, la confesión. Quien perdona los pecados es Dios; pero quiere que sea a través de sus ministros, los sacerdotes.
¡Ay de nosotros si no existiese este sacramento tan consolador! ¡Cuántos se condenarían! Porque son pocos, entre los mayores, los inocentes, y, por tanto, la mayoría, que es pecadora, ha de arrepentirse y confesarse si quiere conseguir la eterna salvación ; porque, entiéndase bien, para el pecador sólo existe o confesión o condenación.
* Pelagio.—En la vida de San Benito se lee que había un joven, llamado Pelagio, que podía compararse a la candida azucena por su inocencia y virtud. Mas, para su desgracia, cometió cierto día un pecado grave que le causaba mucho remordimiento, pero que no lo confesó por la vergüenza que le daba. En vez de arrodillarse a los pies de su confesor, el infeliz se dio a hacer grandes penitencias, ayunos, mortificaciones, flagelaciones... Sin embargo, el pecado seguía gravitando en su conciencia y esto le atormentaba horriblemente. Todas sus penitencias no le sirvieron para nada en absoluto, y el desdichado murió sin ronfesarse y se condenó.

II.—Ventajas de la confesión.
Hablemos ahora de las ventajas que nos reporta el sacramento de la penitencia.
1. La confesión destruye el pecado.—Para poder entender esto es preciso conocer primeramente la malicia que encierra el pecado y la inmensa desgracia que es para el alma.
El pecado es el mayor mal de la tierra, porque ofende a Dios y hace al alma enemiga suya. Además, nos atrae la maldición de Dios y nos hace merecedores del infierno.
La confesión nos libra de mal tan horrendo, porque el sacramento de la penitencia cancela y destruye los pecados, por graves, numerosos y enormes que sean; de manera que, después de una buena confesión, el alma queda limpia de toda culpa, no es odiada por Dios y vuelve a su amistad.
2. La confesión cierra las puertas del infierno y abre las del cielo.— Pensad, amados hijos, en la inmensa alegría que tendría el condenado a muerte que escribiese al jefe del Estado solicitándole la cancelación de la pena capital y que. efectivamente, se le indultase de ella. Pues algo parecido pasa con la confesión. Quien se halla en pecado mortal está condenado a la muerte eterna, puesto que si falleciese en tal estado iría derecho al infierno; pero si pide clemencia a Dios y confiesa sus culpas a un confesor, cuando éste le absuelve es como si se le indultase del infierno; de morir entonces, se salvará y tendrá una eternidad dichosa.
3. La confesión restituye los méritos perdidos.— Cuando un buque se hunde en alta mar, van al fondo, perdiéndose para siempre, las riquezas que transporta. No hay manera de recuperarlas.
Cuando uno peca mortalmente es como si naufragara y se fueran a pique todos los méritos adquiridos anteriormente. Nada le queda de las oraciones, limosnas, ayunos y cuanto de bueno haya hecho hasta entonces. Sin embargo, todo eso se recupera con una buena confesión. ¿No es esto altamente consolador?
4. La confesión devuelve la paz al corazón.—El pecado mortal quita la paz del alma. El pecador no tiene más que remordimiento y espanto. Tiene el corazón transido de dolor y la sangre envenenada, por así decirlo. Pero si se confiesa, con la absolución recobra la alegría, se le ensancha el corazón y se le purifica la sangre.
¡Qué grandes son las ventajas de la confesión! ¡Y pensar que hay quien no quiere confesarse y consiente vivir en pecado, es decir, con la lepra en el alma, caminando además al borde del infierno!
* Huyendo del médico y de la medicina.—En la Vida del obispo San Martín se lee que unos ciegos, cojos y ulcerosos marchaban hablando entre sí por un camino, cuando de pronto se apercibieron de que iba a pasar San Martín por donde ellos se hallaban, e inmediatamente se dispersaron para no tropezarse con él. ¿De qué huían aquellos infelices? ¿Acaso no tenía fama el santo de hacer milagros y curar a muchos enfermos? ¡Precisamente por eso! No querían que los curase, pues creían que si tal hacía les privaría del medio que tenían de vivir, explotando la caridad y compasión de las gentes.
Eso mismo hacen muchos pecadores. En vez de curarse acudiendo al remedio de la confesión, prefieren vivir con la lacra del pecado. Huyen del médico, que es Jesucristo, y de la medicina, es decir, del sacramento de la penitencia (1).

III.—Condiciones para una buena confesión.
Para que el remedio de la confesión sea eficaz es preciso tomarlo bien y como lo recomienda el Señor. De otra forma, puede convertirse en mortal veneno.
La confesión ha de ser humilde, sincera y entera.
1. Ha de ser humilde.—Esto quiere dcir que, por efecto del dolor que sintamos de haber ofendido a Dios, debemos tenernos por indignos de comparecer en su presencia. Juntamente con el dolor tiene que ir el firme propósito de nunca más ofenderle. El que no se arrepiente de sus pecados ni se propone enmendarse, no hace una buena confesión y no puede esperar que Dios le perdone.
* El rey David fue bueno y sabio; pero cierto día cometió un pecado de impureza muy grave y luego otro de homicidio contra Urias, que era uno de sus mejores generales. El profeta Natán se presentó al rey, le afeó sus pecados y le dijo que Dios le castigaría por ellos.
David se humilló y arrepintió, confesó sus pecados, lloró amargamente, y Natán le dijo: "Dios te ha perdonado." (2).
2. Debe ser sincera.— Los pecados han de manifestarse al confesor tal como se han cometido, sin disminuir su gravedad, sin deformaciones ni excusas. El Señor conoce todos los pecados y es inútil quererlos ocultar. Si se ocultan, no los perdona (3) (4).
3. Debe ser entera.-Hay que confesar todos los pecados mortales, sin dejarse ninguno. Si el penitente calla a sabiendas alguno, la confesión es nula y se levantará del confesonario con otro pecado más sobre su conciencia: el del sacrilegio cometido. ¡Ay del que calla por vergüenza algún pecado mortal en la confesión! Ese es un lazo terrible que tiende el demonio a algunos chicos para hacerlos caer. El niño o joven que se calla algún pecado grave cuando se confiesa, se hace esclavo del demonio.
Cuando vayáis a confesaros decid todos vuestros pecados al confesor, sin miedo y sin vergüenza. La vergüenza bay que sentirla antes de cometer los pecados, pero no después para confesarlos al ministro de Dios. No os engañéis, ocultando algún grave pecado en la confesión, diciéndoos: "Ya lo confesaré otra vez". Si tal hiciereis, cometeríais un sacrilegio y os expondríais a morir y condenaros por no haber tenido tiempo de confesaros bien otra vez.
* Muerto después de una confesión sacrilega.—Cuéntase de un chico que fue a confesarse como preparación para comulgar por vez primera. Apenas recibió la Sagrada Eucaristía, cayó al suelo sin sentido en la misma iglesia. En seguida lo llevaron a una casa vecina, en donde lograron reanimarlo. Después de la misa fue a verlo el señor cura, quien le dijo que no debía apurarse, ya que si moría iría derechito al cielo.
—¡No lo crea, padre—respondió el niño—, porque me he callado pecados en la confesión y he cometido un sacrilegio!
Y al decir esto, murió.
Tal vez esperaría aquel infeliz a confesarse bien en otra ocasión que no se le presentó.
Conclusión.—Mis amados niños: ¡Haced bien vuestras confesiones ! Haced!as con verdadero dolor, con sinceridad y sin callar ningún pecado. Y si por desgracia hubierais callado algún pecado grave en confesiones anteriores, haced una buena confesión general y así os perdonará el Señor todas vuestras culpas y os acogerá en sus brazos, como hizo con el hijo pródigo cuando se arrepintió y regresó a su casa.

EJEMPLOS
(1) Un preso que quiere seguir en la cárcel.—El año 1900 se concedió en Italia una amnistía, dándose la libertad a algunos presos del penal de Porloferraio. Pero uno de ellos no quiso salir del penal, prefiriendo continuar encarcelado.
¡Debía ser un tonto! —diréis.
—Ciertamente. Pero ¿no es acaso más tonto el que sufre las cadenas del demonio y no quiere librarse de ellas?

(2) Un pecador que no llora.— Cierto día fue a confesarse con San Francisco de Sales un pecador que manifestaba sus culpas con la mayor indiferencia, como quien cuenta una historieta cualquiera. El santo se puso a llorar y el penitente le preguntó:
—¿Se siente mal, padre?
—No— respondió San Francisco—; lloro porque no llora usted después de haber ofendido tan gravemente al Señor.
Impresionado el pecador y tocado por la gracia, exclamó:
— ¡Qué miserable soy!
Y empezó a llorar sus pecados con gran dolor.
Su confesión fue tan provechosa que aquel pecador se conservó en lo sucesivo muy fiel a Dios.

(3) La sinceridad de un preso.—El duque de Osuna (+ 1624), virrey de Napóles, quiso poner en libertad a los presos que fuesen sinceros, con motivo de celebrar su fiesta onomástica, y al efecto se presentó en la prisión central napolitana.
Hizo que desfilaran ante él todos los detenidos, uno por uno, y les fue preguntando:
—¿Por qué estás aquí? ¿Qué delito has cometido?
—No lo sé, señor; pero no he hecho nada. Soy -inocente —es lo que invariablemente respondían todos.
Mas uno de los encarcelados confesó que era un delincuente y que tenía bien merecido el castigo que se le aplicaba.
El duque de Osuna encargó al director de la cárcel que pusiese inmediatamente en libertad a aquel truhán, pues no convenía que un delincuente como él estuviese en compañía de tantos inocentes.
La orden fue ejecutada al punto y el preso sincero quedó libre.
Así trata el Señor a los que se confiesan y dicen toda la verdad: los libra de las cadenas del pecado.

(4) La condena del Duque de Byron.- El Rey de FRancia Enrique IV (+ 1610) quería mucho a su favorito el Duque de Byron, que había demostrado gran competencia y mucho valor. Sin embargo, el duque no se consideraba lo suficientemente recompensado, y, uniendose al Duque de Saboya y al Rey de España, tomó parte en una conjuración contra su Monarca. Más la conjuración quedó descubierta, y el rey, que lo sabía todo, hizo compraecer al favorito a su presencia y le dijo en tono amistoso:
-Mi querido duque, si sois sincero y me decís cómo están las cosas, confesando vuestra participación en la conjura que se urde contra mi, os aseguro mi perdón.
El duque negó rotundamente la verdad de los hechos, y el monarca francés, cambiando de tono, mostró al infiel servidor las cartas que le comprometían y acabo condenándolo a muerte por embustero y traidor.
También Dios nuestro Señor está dispuesto a perdonar a quien se acusa sinceramente de sus pecados; pero condena al que los niega o se excusa.

G. Montarino
"MANNA PARVULORUM"

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