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domingo, 12 de mayo de 2013

Promesas de Cristo sobre la infalibilidad del Magisterio de su Iglesia (2)

Por Dr. Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga

     Todos los ataques de la herejía y del cisma, en el decurso de la historia de la Iglesia, y particularmente los que nacieron de la revolución religiosa del protestantismo, ultimadamente han de concentrarse y refundirse en el desconocimiento y la impugnación, más o menos violenta, del punto central de nuestra fe católica: la existencia, la naturaleza y la autoridad suprema e infalible del magisterio vivo de la Iglesia.
     Hemos demostrado en uno de los artículos anteriores, comentando las últimas palabras del Divino Maestro a sus Apóstoles, que Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, para engendrar y propagar y conservar la fe en su doctrina y en su religión, instituyó ese magisterio vivo, personal, compuesto de hombres que con su autoridad divina enseñase a todas las gentes y hasta la consumación de los siglos lo que todos debemos creer y lo que todos debemos hacer para salvarnos.
     Hemos demostrado que, dada la naturaleza y la misión de la Iglesia, encaminada a la salvación de todas las gentes, sin distinción de tiempos ni de lugares, ese magisterio tenía que ser perpetuo y además infalible; y que su infalibilidad quedó plenamente garantizada por la promesa que hizo Jesucristo a sus Apóstoles de quedarse en su Iglesia hasta la consumación de los siglos.
     También probamos, con las mismas palabras del Divino Fundador que ese magisterio quedó confiado únicamente a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores, a los que ya Jesús había confiado en otras ocasiones los poderes de regir y santificar a sus fieles.
     Creo que, después de estudiar esas últimas palabras del Divino Fundador, nadie puede negar desapasionadamente la existencia en la Iglesia de un magisterio vivo, perpetuo e infalible.
     Todavía, sin embargo, para mayor abundamiento, comentaremos otras palabras del Divino Maestro, en las que también promete y garantiza el don de la infalibilidad al magisterio vivo de su Iglesia.
     «No envió Dios al mundo a su Hijo, dice el Salvador, para condenar al mundo, sino que, por su medio, el mundo se salve, y Para que todo aquél que crea en El, no perezca, sino que logre la vida eterna». (Joan., III, 16 y 15).
     Ya lo indicamos antes, comentando otras palabras de Jesucristo, e insistimos ahora: la condición fundamental para salvarnos es creer el Evangelio, pero el Evangelio predicado por los Apóstoles, testigos fieles de la doctrina del Maestro Divino. Por consiguiente, esta fe, necesaria para la salvación, exige la sujeción del entendimiento a la predicación y al magisterio de los Apóstoles y de sus sucesores, al magisterio de la Iglesia.
     Mas, Jesucristo no podía imponer tan grave obligación a los fieles, pena de eterna condenación, ni podía asegurarnos que los que crean con fe viva lo que El enseñó y nosotros aprendemos por el magisterio de la Iglesia, se salvarían, si no garantizase plenamente, eficazmente la infalibilidad didáctica de ese magisterio. Si el magisterio oficial de la Iglesia pudiera enseñar el error, los que creyesen en él, se salvarían por el error, lo cual es absurdo.
     Creer en el magisterio de la Iglesia es creer en el mismo Jesucristo; por eso dijo el Señor en otra ocasión: «El que a vosotros oye, a mí me oye: y el que a vosotros desprecia, a mí me desprecia». No puede perecer el que con fe viva y práctica acepta las enseñanzas de la Iglesia, que son las mismas de Jesucristo.
     En el Cenáculo, en aquella sublime, grandiosa y verdaderamente inefable Oración Sacerdotal de belleza incomparable, que dirigió Jesús, como Redentor de los hombres y como Fundador y Cabeza Suprema de la Iglesia, a su Eterno Padre, antes de consumar el sangriento sacrificio, el Divino Maestro pide su glorificación en cuanto hombre, pide por sus Apóstoles y pide por su Iglesia. En todas estas peticiones de Jesús está incluida la realización eficaz y constante de la misión didáctica de la Iglesia, que presupone el don de la infalibilidad para su magisterio.
     Porgue, en primer lugar, la glorificación de Jesús en este mundo consiste en que la vida divina se difunda y propague entre las almas, y esta difusión no pueda hacerse sin el conocimiento que los hombres adquieran de Jesucristo y de su doctrina verdadera. Esta es la gloria del Hijo y ésta es también la gloria del Padre; por eso dice el Señor:
     "Padre, la hora es llegada, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Tí. Pues que le has dado poder sobre todo el linaje humano, para que dé la vida eterna a todos los que les has señalado. Y la vida eterna consiste en conocerte a Tí, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste». (Joan. XVII, 1-3).     El conocimiento de Jesucristo es la aceptación de su doctrina verdadera, que los hombres no podrían conocer, a lo menos en la presente economía de la gracia, si no existiese un magisterio oficial en la Iglesia que tuviese el don de la infalibilidad didáctica.
     En segundo lugar, la vocación sobrenatural de los Apóstoles y el cumplimiento indeficiente de la misión expresa que Jesús les iba a dar, para predicar su Evangelio en todo el mundo y hasta la consumación de los siglos, pedía también que fuesen preservados del error, a donde tan fácilmente se inclina la fragilidad humana, por el don divino de la infalibilidad. Por eso pide el Redentor en su Oración Sacerdotal:
     «Por ellos ruego ahora.... Yo les he comunicado tu doctrina.... Santifícalos "en la verdad". La palabra tuya es la verdad misma. Así como Tú me has enviado al mundo, así Yo los he enviado también al mundo. Y yo por amor de ellos me santifico (me ofrezco por víctima a mí mismo), con el fin de que ellos sean santificados "en la verdad".
     Finalmente, la Iglesia, la obra de Cristo en la tierra, gue es la glorificación del Padre y la salvación de las almas, exige la fe viva, activa, que crezca y se propague sin interrupción, en la misma y auténtica doctrina del Divino Maestro. Por eso también Jesús, al pedir por su Iglesia, dice a su Eterno Padre: Pero, no ruego solamente por éstos, sino también por aquellos que han de creer en mí por medio de su predicación; que todos sean una misma cosa...»
     Para ser discípulo de Cristo se necesita creer; para creer se necesita la predicación, pero una predicación uniforme, auténtica, infalible; una predicación gue sea la verdad, no el error. La unidad de la Iglesia presupone y exige ante todo la unidad de doctrina; y la unidad de creencias y de doctrina en los fieles, la unidad de predicación; y la unidad de predicación, exige la infalibilidad del magisterio oficial, garantizada una vez más, por la eficacia de la Oración Sacerdotal del Redentór.
     Otra promesa hizo Jesucristo a sus Apóstoles y en ellos a todos los fieles, para garantizar el don de la infalibilidad del magisterio de la Iglesia: enviarles el Espíritu Santo.
     Son muchos los pasajes que pudiéramos aducir a este propósito. Escogeremos algunos de los principales:
     En el capítulo XIV del Evangelio de San Juan, (v. 16-17), leemos estas palabras que el Salvador dirigió también a sus Apóstoles, en la noche de los grandes misterios: «y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que "esté con vosotros eternamente". Una vez más nos encontramos con la misma expresión divina, que ya comentamos antes. «Para que esté con vosotros eternamente», es decir, para que con su auxilio extraordinario y sobrenatural os ayude a cumplir vuestra misión. Y, ¿quién es este Consolador, que el Padre, por ruegos de Cristo, ha de dar a los Apóstoles?
     «El Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce», el Espíritu Santo, la tercera persona de la Augusta Trinidad. «El mundo no puede recibirle, porque no le ve, ni le conoce»; «pero, vosotros, dice Jesús o sus Apóstoles, le conoceréis; porque morará en vosotros y estará dentro de vosotros».
     Y más adelante añade el Salvador estas palabras: «El Consolador, el Espíritu Santo, que mi Padre enviará en mi nombre. os lo enseñará todo, y os recordará cuantas cosas os tengo dichas» (v. 26). Y todavía más adelante, (Cap. XVI, 12-13), vuelve a decirle el Señor: «Aún tengo otras muchas cosas que deciros; mas, ahora no podéis comprenderlas. Cuando, empero, venga el Espíritu de verdad. El os enseñará "todas las verdades" (necesarias para la salvación).
     Esta promesa del Espíritu Santo la repitió Jesús a sus Apóstoles poco antes de la Ascensión, precisamente cuando pronunció las palabras que comentamos anteriormente y en las que dió en definitiva su misión evangelizadora a los Apóstoles. «Recibiréis, les dijo, la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda la Judea, Samaría, y hasta los confines del mundo». (Act. Apost. I, 8).
     En estas palabras y promesas de Jesucristo se trata de un don o carisma para beneficio, no de los mismos Apóstoles, sino de las almas, a quienes ellos debían predicar el Evangelio. La promesa de Jesús es absoluta, como también es absoluta su voluntad de que todas las gentes sean enseñadas en su doctrina, de que su Iglesia sea fundada y se conserve y desarrolle hasta el fin de los tiempos. Estudiando estas promesas de Jesucristo, podemos deducir las siguientes conclusiones, obvias y terminantes:
     1) El Espíritu de verdad ha de ser el Maestro de los Apóstoles, con la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo, entenderán exactamente lo qua el mismo Espíritu les enseñará: «deducet vos in omnem veritatem»: El os conducirá al conocimiento de todas las verdades que debéis enseñar. 2) El magisterio apostólico será, por consiguiente, conforme a este conocimiento claro y exacto de las verdades, que el Espíritu Santo les hará comprender a los Apóstoles. Así se desprende de las palabras de Cristo: «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, y seréis mis testigos». El fin de esa asistencia del Espíritu Santo es para que ellos puedan predicar, por sí mismos o por sus sucesores, la verdadera y única doctrina de Jssucristo, por todos los confines del mundo y hasta la consumación de los siglos. 3) Luego, el magisterio apostólico, que es el magisterio oficial de la Iglesia, como ya explicamos, cuenta con la asistencia del Espíritu Santo, para ser el testimonio fiel y viviente de la doctrina verdadera de Jesús, para no enseñar el error; luego el magisterio oficial de la Iglesia es infalible por la asistencia del Espíritu Santo.
     El fin de esa infalibilidad didáctica, como hemos ya probado, es la fe en la predicación y en el magisterio de la Iglesia que todos debemos tener, bajo pena de eterna condenación. El magisterio infalible de la Iglesia debe ser la norma cierta de nuestra fe católica. Porque, aunque la norma última y fundamental de la fe sea la divina revelación: creemos, porque Dios, así lo ha revelado; sin embargo, como esta revelación no ha sido hecha a todos, necesitamos el testimonio de una autoridad infalible, a quien haya sido entregado, para su custodia, y propagación, el depósito de la revelación divina.

viernes, 3 de mayo de 2013

Promesas de Cristo sobre la infalibilidad del Magisterio de su Iglesia (1)

     Todos los ataques de la herejía y del cisma, en el decurso de la historia de la Iglesia, y particularmente los que nacieron de la revolución religiosa del protestantismo, ultimadamente han de concentrarse y refundirse en el desconocimiento y la impugnación, más o menos violenta, del punto central de nuestra fe católica: la existencia, la naturaleza y la autoridad suprema e infalible del magisterio vivo de la Iglesia.
     Hemos demostrado en uno de los artículos anteriores, comentando las últimas palabras del Divino Maestro a sus Apóstoles, que Jesucristo, verdadero Hipo de Dios, para engendrar y propagar y conservar la fe en su doctrina y en su religión, instituyó ese magisterio vivo, personal, compuesto de hombres que con su autoridad divina enseñase a todas las gentes y hasta la consumación de los siglos lo que todos debemos creer y lo que todos debemos hacer para salvarnos.
     Hemos demostrado que, dada la naturaleza y la misión de la Iglesia, encaminada a la salvación de todas las gentes, sin distinción de tiempos ni de lugares, ese magisterio tenía que ser perpetuo y además infalible: y que su infalibilidad quedó plenamente garantizada por la promesa que hizo Jesucristo a sus Apóstoles de quedarse en su Iglesia hasta la consumación de los siglos.
     También probamos, con las mismas palabras del Divino Fundador que ese magisterio quedó confiado únicamente a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores, a los que ya Jesús había confiado en otras ocasiones los poderes de regir y santificar a sus fieles.
     Creo que, después de estudiar esas últimas palabras del Divino Fundador, nadie puede negar desapasionadamente la existencia en la Iglesia de un magisterio vivo, perpetuo e infalible.
     Todavía, sin embargo, para mayor abundamiento, comentaremos otras palabras del Divino Maestro, en las que también promete y garantiza el don de la infalibilidad al magisterio vivo de su Iglesia.
     «No envió Dios al mundo a su Hijo, dice el Salvador, para condenar al mundo, sino que, por su medio, el mundo se salve. Para que todo aquél que crea en El, no perezca, sino que logre la vida eterna». (Joan., III, 16 y 15).
     Ya lo indicamos antes, comentando otras palabras de Jesucristo, e insistimos ahora: la condición fundamental para salvamos es creer el Evangelio, pero el Evangelio predicado por los Apóstoles, testigos fieles de la doctrina del Maestro Divino. Por consiguiente, esta fe, necesaria para la salvación, exige la sujeción del entendimiento a la predicación y al magisterio de los Apóstoles y de sus sucesores, al magisterio de la Iglesia.
     Mas, Jesucristo no podía imponer tan grave obligación a los fieles, pena de eterna condenación, ni podía asegurarnos que los que crean con fe viva lo que El enseñó y nosotros aprendemos por el magisterio de la Iglesia, se salvarían, si no garantizase plenamente, eficazmente la infalibilidad didáctica de ese magisterio. Si el magisterio oficial de la Iglesia pudiera enseñar el error, los que creyesen en él, se salvarían por el error, lo cual es absurdo.
     Creer en el magisterio de la Iglesia es creer en el mismo Jesucristo; por eso dijo el Señor en otra ocasión: «El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desprecia, a mí me desprecia». No puede perecer el que con fe viva y práctica acepta las enseñanzas de la Iglesia, que son las mismas de Jesucristo.
     En el Cenáculo, en aquella sublime, grandiosa y verdaderamente inefable Oración Sacerdotal de belleza incomparable, que dirigió Jesús, como Redentor de los hombres y como Fundador y Cabeza Suprema de la Iglesia, a su Eterno Padre, antes de consumar el sangriento sacrificio, el Divino Maestro pide su glorificación en cuanto hombre, pide por sus Apóstoles y pide por su Iglesia. En todas estas peticiones de Jesús está incluida la realización eficaz y constante de la misión didáctica de la Iglesia, que presupone el don de la infalibilidad para su magisterio.
     Porque, en primer lugar, la glorificación de Jesús en este mundo consiste en que la vida divina se difunda y propague entre las almas, y esta difusión no pueda hacerse sin el conocimiento que los hombres adquieran de Jesucristo y de su doctrina verdadera. Esta es la gloria del Hijo y ésta es también la gloria del Padre; por eso dice el Señor:
     «Padre, la hora es llegada, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Tí. Pues que le has dado poder sobre todo el linaje humano, para que dé la vida eterna a todos los que les has señalado. Y la vida eterna consiste en conocerte a Tí, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste». (Joan. XVII, 1-3).
     El conocimiento de Jesucristo es la aceptación de su doctrina verdadera, que los hombres no podrían conocer, a lo menos en la presente economía de la gracia, si no existiese un magisterio oficial en la Iglesia que tuviese el don de la infalibilidad didáctica.
     En segundo lugar, la vocación sobrenatural de los Apóstoles y el cumplimiento indeficiente de la misión expresa que Jesús les iba a dar, para predicar su Evangelio en todo el mundo y hasta la consumación de los siglos, pedía también que fuesen preservados del error, a donde tan fácilmente se inclina la fragilidad humana, por el don divino de la infalibilidad. Por eso pide el Redentor en su Oración Sacerdotal:
     «Por ellos ruego ahora.... Yo les he comunicado tu doctrina.... Santifícalos "en la verdad". La palabra tuya es la verdad misma. Así como Tú me has enviado al mundo, así Yo los he enviado también al mundo. Y yo por amor de ellos me santifico (me ofrezco por víctima a mí mismo), con el fin de que ellos sean santificados "en la verdad".
     Finalmente, la Iglesia, la obra de Cristo en la tierra, que es la glorificación del Padre y la salvación de las almas, exige la fe viva, activa, que crezca y se propague sin interrupción, en la misma y auténtica doctrina del Divino Maestro. Por eso también Jesús, al pedir por su Iglesia, dice a su Eterno Padre: Pero, no ruego solamente por éstos, sino también por aquellos que han de creer en mí por medio de su predicación; que todos sean una misma cosa...»
     Para ser discípulo de Cristo se necesita creer: para creer se necesita la predicación, pero una predicación uniforme, auténtica, infalible una predicación que sea la verdad, no el error. La unidad de la Iglesia presupone y exige ante todo la unidad de doctrina; y la unidad de creencias y de doctrina en los fieles, la unidad de predicación; y la unidad de predicación, exige la infalibilidad del magisterio oficial, garantizada una vez más, por la eficacia de la Oración Sacerdotal del Redentor.
     Otra promesa hizo Jesucristo a sus Apóstoles y en ellos a todos los fieles, para garantizar el don de la infalibilidad del magisterio de la Iglesia: enviarles el Espíritu Santo.
     Son muchos los pasajes gue pudiéramos aducir a este propósito. Escogeremos algunos de los principales:
     En el capítulo XIV del Evangelio de San Juan, (v. 16-17), leemos estas palabras gue el Salvador dirigió también a sus Apóstoles, en la noche de los grandes misterios: «Y Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que "esté con vosotros eternamente". Una vez más nos encontramos con la misma expresión divina, gue ya comentamos antes. «Para gue esté con vosotros eternamente», es decir, para gue con su auxilio extraordinario y sobrenatural os ayude a cumplir vuestra misión. Y, ¿guién es este Consolador, gue el Padre, por ruegos de Cristo, ha de dar a los Apóstoles?
     «El Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce», el Espíritu Santo, la tercera persona de la Augusta Trinidad. «El mundo no puede recibirle, porque no le ve, ni le conoce»; «pero, vosotros, dice Jesús a sus Apóstoles, le conoceréis: porque morará en vosotros y estará dentro de vosotros».
     Y más adelante añade el Salvador estas palabras: «El Consolador, el Espíritu Santo, que mi Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará cuantas cosas os tengo dichas» (v. 26). Y todavía más adelante, (Cap. XVI, 12-13), vuelve a decirle el Señor: «Aún tengo otras muchas cosas que deciros; mas, ahora no podéis comprenderlas. Cuando, empero, venga el Espíritu de verdad. El os enseñará "todas las verdades" (necesarias para la salvación).
     Esta promesa del Espíritu Santo la repitió Jesús a sus Apóstoles poco antes de la Ascensión, precisamente cuando pronunció las palabras gue comentamos anteriormente y en las gue dió en definitiva su misión evangelizadora a los Apóstoles. «Recibiréis, les dijo, la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalem, y en toda la Judea. Samaria, y hasta los coníines del mundo». (Act. Apost. I, 8).
     En estas palabras y promesas de Jesucristo se trata de un don o carisma para beneficio, no de los mismos Apóstoles, sino de las almas, a quienes ellos debían predicar el Evangelio. La promesa de Jesús es absoluta, como también es absoluta su voluntad de que todas las gentes sean enseñadas en su doctrina, de gue su Iglesia sea fundada y se conserve y desarrolle hasta el fin de los tiempos. Estudiando estas promesas de Jesucristo, podemos deducir las siguientes conclusiones, obvias y terminantes:
     1) El Espíritu de verdad ha de ser el Maestro de los Apóstoles, con la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo, entenderán exactamente lo que el mismo Espíritu les enseñará: «deducet vos in omnem veritatem»: El os conducirá al conocimiento de todas las verdades que debéis enseñar. 
     2) El magisterio apostólico será, por consiguiente, conforme a este conocimiento claro y exacto de las verdades, que el Espíritu Santo les hará comprender a los Apóstoles. Así se desprende de las palabras de Cristo: «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, y seréis mis testigos». El fin de esa asistencia del Espíritu Santo es para gue ellos puedan predicar, por sí mismos o por sus sucesores, la verdadera y única doctrina de Jesucristo, por todos los confines del mundo y hasta la consumación de los siglos. 
     3) Luego, el magisterio apostólico, que es el magisterio oficial de la Iglesia, como ya explicamos, cuenta con la asistencia del Espíritu Santo, para ser el testimonio fiel y viviente de la doctrina verdadera de Jesús, para no enseñar el error; luego el magisterio oficial de la Iglesia es infalible por la asistencia del Espíritu Santo.
     El fin de esa infalibilidad didáctica, como hemos ya probado, es la fe en la predicación y en el magisterio de la Iglesia que todos debemos tener, bajo pena de eterna condenación. El magisterio infalible de la Iglesia debe ser la norma cierta de nuestra fe católica. Porque, aunque la norma última y fundamental de la fe sea la divina revelación: creemos, porque Dios así lo ha revelado; sin embargo, como esta revelación no ha sido hecha a todos, necesitamos el testimonio de una autoridad infalible, a quien haya sido entregado, para su custodia, y propagación, el depósito de la revelación divina.
 

Joaquín Sáenz y Arriaga, S. J.

miércoles, 17 de abril de 2013

Magisterio infalible

     En la constitución orgánica de la Iglesia existe un magisterio vivo, indeficiente, instituido por el mismo Divino Fundador, al cual está encomendado el depósito de la divina revelación y la predicación y la enseñanza de la doctrina auténtica, que para la salvación del mundo brotó de los labios del Hijo de Dios.
     Indicamos ya que la expresa promesa, que Jesucristo hizo a sus Apóstoles, en los momentos supremos en que les dió la misión de difundir el Evangelio por todos los confines de la tierra, de estar con ellos hasta la consumación de los siglos, implica una garantía para todos los creyentes de la verdad indeficiente del magisterio de la Iglesia. Esta garantía es el don de la infalibilidad.
     Las palabras de la Sagrada Escritura, en boca de Dios: «Yo estaré contigo», «Yo estaré con vosotros», siempre significan auxilio y ayuda de Dios, para la realización perfecta de la misión confiada a las personas a quienes Dios dice esas palabras. Así, por eiemplo, leemos semejantes palabras en relación a la misión divina que el Señor confió a Abraham, a Jacob, a la Virgen Santísima, a San Pablo, etc. Por tanto, cuando Cristo dice a sus Apóstoles que El estará con ellos hasta la consumación de los siglos, precisamente para que prediquen su doctrina, les garantiza el éxito de la misión, es decir, les garantiza que ellos predicarán siempre la verdadera doctrina suya, y que los hombres la entenderán así. Esto es la infalibilidad.
     Esta palabra nos coloca de nuevo en la materia que indicamos al principiar el artículo anterior. Pero, para evitar sofismas y confusiones, para tener ideas claras, definamos ante todo el alcance y la significación exacta de la palabra infalibilidad, según queremos aplicarla al magisterio de la Iglesia. Porque no hay quizá dogma alguno en la religión católica que haya sido con tanta frecuencia tan mal comprendido y que haya ocasionado tanta oposición de parte de los impugnadores de nuestra fe, como el dogma que proclama la infalibilidad del magisterio de la Iglesia. Y se entiende: cómo que ésta es la piedra fundamental del edificio de nuestra fe!
     Infalibilidad no significa en manera alguna una nueva y divina revelación, una sobrenatural inspiración, como la que recibieron los primeros apóstoles y evangelistas, cuyos escritos son recibidos y aceptados como una revelación de la palabra de Dios. El depósito de las verdades reveladas, que quedó cerrado con la muerte del último de aquellos apóstoles y evangelistas, no puede ser aumentado, ni adulterado en lo más mínimo, por las enseñanzas de la Iglesia. La Iglesia de hoy debe enseñar lo que aquellos primeros evangelizadores enseñaron, por prescripción de Cristo.
     Infalibilidad tampoco significa impecabilidad. Los hombres de la Iglesia, cualquiera que sea su rango y condición, como humanos y frágiles, pueden pecar y de hecho muchas veces han pecado; pero, sus debilidades y miserias en nada contradicen el don de la infalibilidad, que el magisterio de su Iglesia prometió Jesucristo.
     Infalibilidad tampoco significa un conocimiento exacto y verdadero de todas las ciencias y de todas las materias que caen bajo el estudio y la investigación especulativa o práctica de los hombres. El magisterio de la Iglesia no abarca estas ciencias, estos conocimientos meramente racionales y humanos, ya que el Divino Maestro vino tan sólo a enseñarnos los misterios del Reino de los cielos. San Pedro y San Juan y todo el Colegio Apostólico, si se hubiera puesto a enseñar matemáticas o filosofía o el arte de la pesca, hubiera podido equivocarse, como cualquier mortal, porque la enseñanza de estas cosas no estaba comprendida en su misión, ni para esta clase de magisterio tenían prometida la asistencia de Jesucristo y del Espíritu Santo.
     Infalibilidad, pues, significa, en el caso presente, la inmunidad del error en la enseñanza de la doctrina y de la moral de Jesucristo, que garantiza el magisterio oficial de la Iglesia por el auxilio sobrenatural y continuo de Dios. Es una infalibilidad meramente didáctica, propia solamente del magisterio oficial de la Iglesia, y además participada, pues es un don y una gracia que Dios concede a este magisterio; no en beneficio particular de los hombres que ejercen este magisterio oficial, sino en beneficio de todos los creyentes, para la incolumidad y preservación de la Iglesia.
     Así, pues, la infalibilidad didáctica, como explicaremos más adelante, con más detenimiento, no presupone una nuava revelación, y de suyo ni siquiera exige una acción propiamsnte milagrosa, ni excluye el trabajo de la investigación científica. Es simple y sencillamente una preservación de todo error en la comprensión, en la conservación, en la enseñanza oficial y aún en la misma investigación, encaminada a esta enseñanza oficial.
     Presupuesto el origen y el fin divino y sobrenatural de la Iglesia, su constitución interna y el medio humano en el cual se desenvuelve, el don de la infalibilidad es tan lógico, es tan evidente, que no sabríamos cómo explicar sin él, ni la vida, ni la conservación, ni el florecimiento fecundo y santificador de la Iglesia de Cristo. Sólo la verdad es fecunda, sólo la verded es consistente, porque sólo la verdad es inmutable y eterna. El error engendra siempre, de una manera fatal e inevitable, la desintegración, el caos, la ruina, la muerte. ¿Cómo podría Jesucristo exigirnos, bajo pena de eterna condenación, creer lo que sus testigos nos enseñan, si ellos en su magisterio oficial pudieran equivocarse?
     Las enseñanzas del magisterio de la Iglesia no son disquisiciones filosóficas, ni argumentaciones o disputaciones teológicas, ni disertaciones académicas; son el testimonio de la doctrina revelada, que los hombres deben aceptar para salvarse. No hay que confundir el magisterio de la Iglesia con las escuelas filosóficas o teológicas, que dentro de la Iglesia han florecido, ni con las predicaciones particulares de los sacerdotes, de los Obispos y aún del mismo Papa, cuando no habla ex catedra, en su carácter de Maestro Universal y Oficial de la Iglesia.
     Vienen aquí muy bien las profundas palabras de Eminentísimo Cardenal Manning, uno de los adalides de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano-. «Todo conocimiento debe ser "definido".... ¿Por ventura no es así en toda clase de conocimientos? ¿Qué pensaría un matemático de un diagrama que no estuviese definido? ¿Qué sería de la historia que no estuviese definida? La historia que no fuese el registro y atestación de los hechos definidos y concretos, tal como sucedieron y pasaron, sería a lo más una mitología, una fábula, una rapsodia.... ¿Qué serían las leyes morales, si no fuesen inmutables, definidas? Una ley no definida jamás puede engendrar una obligación.
     «Y lo que sucede en los conocimientos humanos, pasa también y con más razón en los conocimientos divinos. Si hay un conocimiento que haya sido con más precisión y estricta claridad definido es el conocimiento que Dios nos ha revelado de sí mismo. Es ciertamente un conocimiento "finito", porque el hombre no puede comprender a Dios, pero es un conocimiento perfectamente "definido". (The Grounds of Faith, pág. 5 y 6).
     La divina revelación, el depósito de todas las verdades que Dios encomendó al magisterio de la Iglesia, para que lo enseñase íntegro, incontaminado a todas las gentes, es, pues, el conjunto de verdades perfectamente inmutables y fecundísimas, que constituyen los dogmas indeficientes de nuestra fe católica y que son fielmente enseñadas por el magisterio infalible de la Iglesia.
     De aquí se sigue, pues, con lógica consecuencia, que siendo los dogmas del depósito de la divina revelación y los principios invariables de la moral cristiana, verdades perfectamente definidas, deben ser definidamente enseñadas; de aquí se sigue también, que el magisterio de la Iglesia, (prescindiendo por ahora de investigar dónde resida), debe estar en el presente y en el porvenir, sobrenaturalmente preservado contra el error, a donde naturalmente se desvía la humana fragilidad, para poder enseñar siempre la misma e inmutable doctrina de Jesucristo.
     Ya más adelante veremos cómo la evolución dogmática que en la historia de la Iglesia encontramos, no ha venido a adulterar en lo más mínimo el depósito de la divina revelación.
     Aquí sólo debemos insistir en esta argumentación: el magisterio de la Iglesia tiene que ser infalible, para que se conserve incontaminada la doctrina de Jesucristo, para que la Iglesia y su obra santificadora persevere. Creer en la infalibilidad del magisterio de la Iglesia no significa otra cosa que creer en su origen y vida divina; creer que Jesucristo es, como verdadero Hijo de Dios, omnipotente y veracísimo, y creer, por consiguiente que, según sus promesas fidelísimas, dió al magisterio de su Iglesia el don necesario para enseñar a todas las gentes y hasta la consumación de los siglos las mismas verdades definidas y precisas, en su verdadero y recóndito sentido, que Dios había revelado para salud de los hombres.
     En el artículo siguiente, nos detendremos a considerar otras claras promesas y otras palabras inefables de Jesucristo, que garantizan para el magisterio eclesiástico la infalibilidad didáctica.

Joaquín Sáenz y Arriaga. S. J.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La significación salvífica del bautismo

I. Necesidad del bautismo 
     1. Por disposición divina el bautismo es necesario para la salvación (Dogma de fe; Decreto para los Armenios, D. 695; Concilio de Trento, sesión 5, can. 4, D. 791; sesión 7, can. 5, D. 861; can. 12-14, D. 868-870; sesión 6., cap. 4). La doctrina de la necesidad de la gracia tiene su más adecuada y concreta expresión en la doctrina de la necesidad del bautismo. En ella se ve que sólo al amor creador de Dios debemos agradecer la salvación y que no es posible ninguna auto-redención humana. 
     Dios ha decretado que el bautismo sea el camino de la salvación, no para dificultar así la entrada en su gloria, sino para regalarnos y darnos en garantía, bajo la forma de un signo sensible todo su amor creador y salutífero. El que no admite la necesidad de la gracia tiene que negar también la del bautismo. 
     Los Pelagianos afirman que sin el bautismo se da también la vida eterna. Como se ve, es muy estrecha la vinculación que hay entre la negación del bautismo y la del ser sobrenatural del cristianismo. Los valdenses tenían por innecesario el bautismo de los niños. Lutero, si bien admitió el carácter sacramental del bautismo y lo consideró como medio de salud en los niños, no pudo incorporarlo a su doctrina de que la sola fe salva y justifica.  Calvino rechazó de plano el bautismo de los niños. Los seguidores del protestantismo liberal, al sostener la ineficacia del bautismo, tienen que negar, lógicamente, su necesidad. El bautismo es tan sólo un rito y ceremonia de admisión. 

     2. Según el testimonio de la Escritura, Cristo hace depender la salud del bautismo. Si no se renace del agua y del Espíritu Santo no es posible entrar en el reino de Dios (lo. III, 5). El que cree y se deja bautizar será salvo (Mc. XVI, 16). De ahí la importancia del mandato de Cristo de enseñar y bautizar a todas las gentes. En las epístolas apostólicas no se plantea expresamente esta cuestión, pero de hecho aparece unida la salvación, tanto en los Hechos como en las Epístolas, al bautismo.  

     3. Los Santos Padres defienden lo mismo la necesidad de la gracia que la del bautismo. San Ireneo, Origenes, San Agustin enseñan la necesidad de la gracia al enseñar la del bautismo. Era tal la convicción de la importancia del bautismo para la salvación, que en los siglos III y IV se reservaba su administración y recepción para el lecho de muerte, a fin de que asi no se perdiera ya la pureza y justificación causadas por el bautismo. Esta desviada costumbre fue energicamente atacada y rechazada por algunos Padres en la segunda mitad del siglo IV (por ejemplo, San Cirilo de Jerusalen, San Agustin).   

     4. La necesidad del bautismo entra en vigor con la predicación del Evangelio (Concilio de Trento, D. 796). Predicación que tuvo lugar el día de Pentecostés con el sermón de San Pedro. Los teólogos discuten apasionadamente el problema de si a partir de este día todos los hombres están obligados a bautizarse. Cabe admitir que esta disposición divina no debía obligar desde entonces a todos los hombres, puesto que no se habia predicado todavia el Evangelio a todos. No es facil precisar cuando se haya predicado el Evangelio en todo el mundo, de modo que el mandato del bautismo obligue a todos los hombres. Los teólogos medievales creyeron que en su tiempo habia ya llegado a oidos de todos la buena nueva. Al comprobarse más tarde, en los albores de la modernidad, que los pueblos conocidos hasta entonces tan solo representaban una parte pequeña e insignificante de la tierra, se replanteó con mayor viveza la cuestión de si el Evangelio habia sido predicado a todos los pueblos y, por tanto, de si la humanidad entera estaba obligada a recibir el bautismo. Suarez contestó que si. Sin embargo, teniendo en cuenta el descubrimiento de nuevos pueblos en la edad moderna, cabe decir con mucha razón que no es asi. Quizá pueda decirse incluso que aun en nuestros días una gran parte de los hombres no están sujetos a esta disposición divina. Naturalmente, no hace falta que se predique el Evangelio a cada hombre en particular para que el mandato del bautismo obligue a todos. Pero parece que, para que pueda obligar, debe antes predicarse el Evangelio a la mayoria de los pueblos o de las partes de la tierra.

     Santo Tomás de Aquino explica esto diciendo: "Los hombres están obligados a aquellas cosas sin las cuales no pueden salvarse. Y es evidente que nadie puede conseguir la salvación más que por Cristo, según aquello del Apóstol. "Como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno llega a todos la justificación de la vida." Pues bien, el bautismo es para que cada uno, regenerado por él, se una a Cristo, haciendose miembro suyo, como ya se indicaba a los Gálatas.
     "Cuántos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo." Es manifiesto, pues, que todos están obligados a recibir el bautismo y sin él nadie puede salvarse.
     Nunca pudieron salvarse los hombres, ni siquiera antes de Cristo, sin haberse hecho previamente miembros de Cristo, pues se lee en los Hechos: "Ningún otro nombre ha sido dado a los hombres bajo el cielo por el que puedan ser salvos." Antiguamente los hombres se incorporaban a Cristo por la fe en su futura venida; de esta fe era "signo" la circuncision, como dice el Apostol. Y antes de que fuese instituida la circuncisión, segun San Gregorio, los hombres se incorparaban a Cristo "por la fe" y por la oblación de sacrificios que servían a los antiguos padres para testimoniar su fe.
     Tambn después de la venida de Cristo los hombres se unen a El por la fe, pues dice San Pablo: "Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones." Pero la fe en una cosa presente, se manifiesta en signos distintos de los que se empleaban cuando aun era futura; como también ahora significamos con distintas palabras el presente, el pretérito y el porvenir. Por esto, aunque el sacramento del bautismo no fue siempre necesario, sí lo fue siempre la fe, de la que es sacramento el bautismo" (Suma Teologica III, q. 68, art. I).

II. Sustitutivos del bautismo de agua 

     Dios no ha impuesto la obligación de bautizarse para perdición do los hombres. Puesto que todas las acciones de Dios son manifestaciones de su amor, tambn lo es este precepto. Por tanto, no significa una limitación o aminoración de su voluntad salvífica universal, garantizada por la Escritura. Dejando de lado si el precepto divino del bautismo obliga o no a todos los hombres en la actualidad, nadie que está impedido para recibir el bautismo por dificultades insuperables (de orden fisico o moral), deja por ello de poderse salvar. 

     1. Una vez que el hombre, asido y Ilevado por el amor creador de Dios, se aparta del pecado y se torna a Dios, puede ya participar de la salud. Sin embargo, no puede incorporarse a la muerte de Cristo como ocurre en el bautismo de agua, gracias al acto sacramental. El apartarse del pecado, es decir, del orgullo es, en cierto modo, una muerte, que el hombre muere, y si se vuelve a Dios intenta, a su vez, resucitar a nueva vida. La revelación de la voluntad salvífica de Dios y de su inmenso amor creador atestigua que Dios lleva a buen término este intento del hombre, que tan sólo puede realizarse ea la virtud del mismo Dios. Conozca o no a Cristo, el hombre que tenga un deseo de esta naturaleza será llevado por Dios a la comunidad con Cristo por causa del mismo deseo. Este deseo da lugar al llamado bautismo de deseo.
     Los teólogos entienden por bautismo de deseo la contrición perfecta de los pecados, despertada por la gracia divina, y el deseo ardiente de Dios, producido por ella. Para el que conozca la existencia del bautismo este deseo supone el deseo expreso de recibirlo. Los que, en cambio, no tienen noticia del bautismo, están dispuestos por razón de este deseo a hacer cuanto disponga la voluntad de Dios. En el primer caso se trata de un deseo explícito del bautismo; en el segundo, de uno implícito.
     Puede preguntarse si no se requieren demasiadas cosas para el bautismo de deseo, de forma que su realización venga a ser sumamente difícil. Quizá pueda designarse como bautismo de deseo todo deseo expresado de alguna manera, sea explícita, sea implícitamente Este deseo tan sólo se hace sustitutivo del bautismo al convertirse por obra de la gracia divina en, contrición perfecta y llevarnos a la justificación. En la encíclica Mystici Corporis Pío XII habla de un "anhelo inconsciente", que es suficiente. Podemos ver este deseo del bautismo en la disposición y en la voluntad de vivir conforme a la voluntad de Dios. Es posible que aquel desiderium naturale sembrado en la naturaleza humana baste para ello, en caso de ser activado (según Al. Winklhofer, Das Los der ungetauft verstorbenen Kinder, en Münchener Theol. Zeitschrift 7 (1956). 48).
     a) La Escritura nos ofrece claros puntos de apoyo para la doctrina del bautismo de deseo, precisamente en aquellos pasajes en que, se nos habla del poder y fuerza salvificos del amor y de la fe. Cristo asegura que a la mujer pecadora le han sido perdonados muchos pecados porque ha amado mucho (Lc. VII, 47). El reino del cielo se le promete al que ama de todo corazón, con toda el alma y con todas sus potencias (Lc. X, 21). El publicano, que ni se atrevía a levantar los ojos al cielo, en el templo, y que hería su pecho diciendo: "¡0h Dios, sé propicio a mí, pecador!", bajo justificado a su casa (Lc. XVIII, 13-14). En los Hechos de los Apóstoles se insinua que ya antes de recibir el bautismo fueron derramados los dones del Espiritu Santo sobre la familia del centurion Cornelio (Act. X, 46-47). 
     b) A pesar de la insistencia con que durante la época patrística se expresó la necesidad del bautismo, era general la creencia de que en caso de necesidad bastaba el deseo del bautismo para salvarse. San Ambrosio consuela a los parientes del fallecido emperador Valentiniano diciendoles quo éste deseaba recibir el bautismo.

     San Agustín, en su tratado Sobre el Bautismo (lib. 4, cap. 22, sec. 29), dice: "A veces los padecimientos pueden hacer las veces del bautismo, como observa San Cipriano, apoyandose en el importante ejemplo del buen ladrón, a quien, sin estar bautizado, se le dijo: "Hoy serás conmigo en el paraíso" (Lc. XXIII, 43), Siempre que reflexiono sobre este punto veo que no solo el hecho de padecer por el nombre de Cristo puede suplir lo que falta del bautismo, sino que también la fe y la conversión del corazón pueden hacerlo cuando la penuria del tiempo no permite celebrar el misterio del bautismo. Pues el malvado aquel no padeció por el nombre de sino que fue crucificado en castigo por sus crímenes. Tampoco padeció porque creyera, sino que creyó cuando padecía. En este ejemplo del buen ladrón se ve claramente que son válidas, aun sin el sacramento visible del bautismo, aquellas palabras del Apóstol: "Porque con el corazón se cree para la justicia y con la boca se confiesa para la salud" (Rom. X, 10). Sin embargo, esta invisible plenitud tan solo se consigue si la omisión del bautismo se debe a encontrarse en caso de necesidad y no por indiferencia religiosa. Lo cual puede verse en el caso de Cornelia y sus amigos mejor que en el del buen ladrón." Santo Tomás de Aquino dice que "puede faltar el sacramento del bautismo de dos modos primero, cuando no se recibió ni de hecho ni en deseo...; segundo, cuando se carece del bautismo, pero no del deseo de recibirlo. Es el caso de quienes, deseando bautizarse, los sorprende la muerte antes de conseguirlo. Estos pueden salvarse, aun sin bautismo actual, por el solo deseo del sacramento, deseo que procede de "la fe que obra por la caridad", por la cual Dios, que no ligó su poder a los sacramentos visibles, santifica interiormente al hombre. De ahí que diga San Ambrosio acerca de Valentiniano, muerto siendo un catecúmeno: "Yo perdí la que había regenerada, más el no perdió la gracia que había pedido" (Suma Teologica 111, q. 68, art. 2).

     c) El bautismo de deseo borra el pecado original y los pecados personales graves, pero no es seguro que borre los veniales y remita las penas temporales. Tampoco imprime carácter indeleble alguno, si bien representa una cierta semejanza a Cristo. Pero al que no recibe el bautismo de agua le faltan los rasgos de Cristo crucificado y resucitado. La participacion en la muerte y resurrección de Cristo está simbolizada y obrada por el bautismo actual, pero no por el simple bautismo de deseo. La vida divina del que ha recibido el bautismo de agua tiene una coloración especial que no es producida por el bautismo de deseo. Como el bautismo de deseo no concede aquella marca y señal de Cristo, el que tan sólo recibe este bautismo no es miembro del Cuerpo de Cristo en todo su sentido.
     La doctrina del bautismo de deseo no va en contra de la doctrina de que el hombre no puede redimirse a sí mismo. El mismo deseo del bautismo es obra de Dios. Dios, que es quien salva al hombre. no está atado a un solo instrumento; puede sustituir uno por otro.

     2. El bautismo de agua puede ser suplido, además de por el de deseo, por el bautismo de sangre. El martirio es la aceptación voluntaria de una muerte violenta o de unos malos tratos que por su misma naturaleza causen la muerte, infligidos por amor a Cristo. si éste es el único camino para confesar la comunidad con Cristo. La aceptación voluntaria de la muerte no significa impotencia y devalimiento, sino la máxima agrupación y tensión de todas sus fuerzas. El hombre se entrega a Dios en una situación desesperada, aceptando caer al no tener otra posibilidad para seguir al lado de Cristo.
     a) El mismo Cristo llamó bautismo a sus propios padecimientos (Mc. X, 38; Lc. XII, 50). Cristo prometió al que le confesase públicamente en el mundo con riesgo de su propia vida confesarle también en el cielo ante el Padre, los ángeles y los santos (Mc. VIII, 34-38; X, 32-39; Lc IX, 24-26; Jo. XII, 25-26).
     b) El martirio es llamado segundo bautismo, bautismo de sangre, por los Santos Padres.

     Según San Cipriano, el martirio es el más noble y glorioso bautismo (Carta 73, 22). Tertuliano, en su tratado Sobre el bautismo (cap. 16), ve en el agua y sangre que manan del costado de Cristo un símbolo de las dos clases de bautismo: bautismo de agua y bautismo de sangre (Fr. Dolger, Antike und Christentum II, 1930, 116-141). San Cirilo de Jerusalén nos dice: "Ya que según los Evangelios el bautismo saludable obra de dos modos: de uno, en los bautizados por medio del agua, y de otro, en los santos mártires por su propia sangre, en tiempo de persecución, brotó agua y sangre del costado del Salvador para confirmar así el testimonio y confesión de fe dados en el bautismo y en el martirio" (Catequesis XIII, sec. 21). Cfr. además Catequesis 3, 10. San Juan Crisóstomo, en un panegírico a San Luciano, dice: "No os maravilléis porque llame bautismo al martirio. En é1 irrumpe también el Espíritu con toda su plenitud y de modo admirable y sorprendente obra una limpieza total de los pecados y la purificación del alma. Y así como los catecúmenos son lavados en el agua, los mártires lo son en su propia sangre." San Agustín se expresa de modo parecido en su obra De la Ciudad de Dios (lib. 13, cap. 7): "Todos aquellos que sin haber recibido el agua de la regeneración mueren por la confesión de Jesucristo les vale ésta tanto para obtener la remisión de sus pecados como si se lavasen en la fuente santa del bautismo; pues si dijo Jesucristo (lo. 3, 5) "que el que no renaciera con el agua y con el Espíritu Santo no entrará en el reino de los cielos", en otro lugar le eximió, cuando con expresiones no menos generales dijo: "al que me confesare delante de los hombres le confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos" (Mt. 10, 32); y en otra parte: "el que perdiere por Mí su vida, ése la hallará" (Mi 16, 25). Por eso dice el real profeta "que es preciosa en los ojos del Señor la muerte de los santos" (Ps. 115, 6).

     c) La virtud y fuerzas de la muerte de Cristo obra en la muerte del mártir, a quien Cristo ase y agarra en la fe y en la caridad. El hombre se hace imagen y semejanza de Cristo crucificado en el bautismo de agua por medio del signo de la muerte (inmersión), en el bautismo de deseo por medio de la interna compunción, en el martirio, en cambio, por la misma acción. El mártir se une y agarra fuertemente a Cristo por la virtud de Dios para caminar, como Cristo, hacia la gloria a través de la muerte. Cristo, que vive como crucificado, ase fuertemente al que le confiesa con su propia vida y 1e incorpora a la comunidad de muerte y resurrección. Y así como El superó la muerte al morir y obró la vida, también en la muerte del mártir, que participa de su muerte, supera a ésta y le lleva a la plenitud de vida. Con razón, pues, puede celebrarse el día del martirio como el del natalicio para una vida de gloria. El bautismo de sangre pueden recibirlo también los niños (Fiesta de los Santos Inocentes). 
     Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (III, q. 66, art. 11), dice: "El bautismo de agua recibe su eficacia de la pasión de Cristo, en la cual El nos injerta; y posteriormente del Espíritu Santo, que es su causa primera. Y si bien el efecto depende de la causa primera, ésta sobrepasa los límites de aquél y es independiente de él. Por lo mismo, aun sin el bautismo de agua se puede conseguir el efecto sacramental por la pasión de Cristo, identificándonos con ella mediante el sufrimiento. Y así leemos en la Escritura:
     "Estos son los que vienen de la gran tributación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero" (Apoc. VII, 14). 
     Por la misma razón puede la virtud del Espíritu Santo producir el efecto del bautismo sin necesidad del bautismo de agua ni de sangre. Esto acaece cuando el Espíritu Santo mueve a creer y a amar a Dios justamente, a arrepentirse de los pecados. A esto se debe que semejante santificación reciba también el nombre de "bautismo de penitencia", a él se refieren las siguientes palabras de Isaías: "Cuando lave el Señor la inmundicia de las hijas de Sion, limpie a Jerusalén las manchas de sangre al viento de la justicia, al viento de la devastación."
     Estas dos clases de santificacion reciben el nombre de "bautismo" porque hacen las veces de dicho sacramento. Dice, en efecto. San Agustín: "San Cipriano hace hincapié en que la pasión suple a veces el bautismo, como sucedió al ladrón no bautizado, a quien se dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso." Considerando esto repetidamente hallo más bien que no solo la pasión en nombre de Cristo puede suplir la falta de bautismo, sino también la fe y la conversión del corazón, si el tiempo impide la celebracion del santo bautismo." Los otros dos bautismos quedan incluidos en el del agua, pues este recibe su eficacia de la pasión de Cristo y del Espiritu Santo. No queda destruida, por tanto, la unidad de dicho sacramento. El sacramento es necesariamente un signo, como queda dicho. Los otros dos convienen con el bautismo de agua en poseer su efecto, pero no en la razón de signo; por tanto, no son sacramentos." En la misma cuestión 66, articulo 12, Santo Tomas añade: "El acto de dar la sangre por Cristo y la inspiracion interna del Espiritu Santo merecen el nombre de bautismo, como ya dijimos, porque producen los efectos del bautismo de agua; y éste recibe su eficacia de la pasión de Cristo y del Espíritu Santo, como tambn hemos advertido. Pero, aunque ambas causas actuan en cualquiera de los bautismos, ejercen mayor eficacia en el de sangre. Y es que la pasión de Cristo opera en el bautismo de agua en cuanto se halla representada en este de una forma simbolica; en el de deseo o penitencia, por un movimiento del corazón hacia ella; pero en el de sangre, por imitación de la misma pasion."
     "El Espíritu Santo, a su vez, obra en el bautismo de agua por cierta virtud oculta, mientras que en el de penitencia, o deseo, por una moción interior. Pero en el de sangre actua por un especialísimo ímpetu de amor y afecto, como leemos en la Escritura (Io. XV, 13): "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida, por sus amigos. El carácter sacramental es la realidad y el signo sacramental. No hemos afirmado que el bautismo de sangre tenga preeminencia en cuanto sacramento, sino por lo que al efecto del sacramento se refiere." 

III. La suerte de los niños muertos sin bautismo

     a) Nada nos ha sido revelado sobre la suerte de los niños muertos sin bautismo, es decir, de aquellos que no son capaces de decidirse libremente por Dios. Es difícil compaginar con la voluntad salvífica de Dios la afirmación de que, si bien Dios ha destinado también a estos niños para que se salven, no quiere, sin embargo detener el curso de la naturaleza ni oponerse a la libre acción de los adultos, culpables de la muerte de estos seres. Quien tal cosa dijere, olvidaria que es Dios quien conoce y determina el curso de la naturaleza hasta en sus más mínimos detalles y que su amor y voluntad de que los hombres consigan la salvación no es menor que su respeto a la libertad humana. Incluso en el caso de que el respeto divino de la libertad humana supone dejar al hombre en su misma voluntad pecaminosa, no por ello este respeto justifica la permisión de estas acciones, por las que unos seres inocentes son abocados a una irreparable perdición eterna. Puesto que la revelación guarda silencio acerca de la suerte de los niños muertos sin bautismo, lo más correcto es responder a esta cuestión teniendo en cuenta la voluntad universal salvífica de Dios, que nos asegura que nadie se condena a no ser por su culpa.
     La importancia y actualidad de esta cuestión aparece al considerar que año tras año mueren millones de niños de padres paganos sin haber recibido el bautismo, y que también anualmente entran en la eternidad centenares de miles de niños de padres creyentes que, por culpa de éstos, mueren sin el bautismo o que inculpablemente, por una muerte prematura, no ha sido posible bautizarlos.
     Al referirnos a la historia de esta cuestión hay que señalar que ya San Gregorio de Nisa en su tratado De infantibus, qui praernature abripiuntur, y lo mismo el anónimo autor del De vocatione gentium, nos hablan de una posible salvación para estos niños. San Agustín, en cambio, y con él la tradición siguiente, ha defendido la tesis de que los niños muertos sin bautismo, sea por culpa de sus padres o no, procedan de padres creyentes o paganos, se condenan. Este punto de vista es compartido por la mayoría, es opinio communis desde la edad moderna hasta nuestros días. De la tesis agustiniana se distingue la opinión de que estos niños tan sólo sufren la poena damni y no la poena sensus (cfr.. vol. VII Los Novísimos). Según ello, los niños que mueren sin bautismo se ven privados de la visión de Dios, pero no sufren castigo alguno. Santo Tomás considera compatible la privación de la visión de Dios con una cierta felicidad natural, es decir, con una felicidad que se concederia al hombre en el supuesto de existir un fin natural. Según él, estos niños viven para siempre en un estado de felicidad natural, en el limbus puerarum. San Agustin, sin embargo, creyó  que una privación de la visión eterna de Dios no puede darse sin un sufrimiento. La tesis tomista ha sido aceptada por la teologia moderna. Predomina, por tanto, la opinión de que los niños que mueren sin bautismo estan excluidos de la comunidad sobrenatural con Dios, si bien se les concede la plenitud natural. Al no estar llamados a la eterna visión sobrenatural de Dios no sienten su falta. Esta explicación acerca de la suerte de los niños que mueren sin bautismo puede parecer satisfactoria a primera vista, pero adolece de graves y serias dificultades. Los testimonios de la revelación no dejan entrever la existencia de un estado de perfeccion natural; más bien parece que solo conocen dos formas definitivas: el cielo y el infierno. Además, puede preguntarse también si esta explicación tiene suficientemente en cuenta la voluntad salvifica de Dios, que se ordena a la visión sobrenatural de Dios, que falta en los niños que mueren sin el bautismo. 
     La viva convicción de la voluntad universal salvifica de Dios y la dureza de la doctrina que afirma la privación eterna de la visión de Dios por parte de los niños que mueren sin bautismo, ha provocado en la teología moderna una serie de intentos encaminados a buscar una posibilidad de salvación para estos niños. Se utilizó para ello la doctrina de Santo Tomas de que Dios no ligó su poder a los sacramentos visibles. Dios no se ató las manos al imponer precepto del bautismo (Suma Teologica III, q. 68, art. 2). El amor omnipotente e incomprensible de Dios conoce muchos medios por los que puede llevar al hombre a la salvación. En principio hay que decir que estos intentos tienen mayor o menor probabilidad según estén o no en estrecha relación con el bautismo de deseo, que por su parte, es uno de los sustitutos admitidos por la Iglesia del bautismo de agua. Hay que hacer en este sentido una distinción entre los niños de padres creyentes y no creyentes.
     Punto de partida de todas estas consideraciones acerca de este problema debe, ser necesariamente el hecho de que por Cristo ha sido creada una nueva situacion en el mundo. De aqui que las posibilidades de salvación sean otras y más numerosas que en la epoca precristiana. Los hombres están orientados y ordenados interiormente a la salvación. Por tanto, no es fácil aceptar la idea de que la situación de los niños que mueren sin bautismo sea peor que la de aquellos que murieron antes de Cristo, para quienes el bautismo no era necesario para la salud. Cristo es la cabeza de todos los hombres; es lógico, pues, que después de su vida y muerte las posibilidades de salvación sean mayores que antes.
     Con relación a las opiniones concretas acerca de la posibilidad de salvación para los niños que mueren sin bautismo, hay que señalar que Schell atribuye a la misma muerte una virtud salvifica sobrenatural; la muerte viene a ser un cuasi-sacramento para el niño. Schell cree que esta tesis está respaldada por las doctrinas de San Agustín y San Cipriano. Gutberlet, teólogo alemán, defendió la misma opinión; pero al ser incluída su Dogmatica en el índice se la calificó de audacior et temerariu modus loquendi. Otros, en cambio, creen que Dios ilumina a los niños en el instante de la muerte, dándoles la oportunidad de escoger entre una vida en comunidad con El o una vida de autónoma lejanía de Dios (teoría de la iluminación). Como se ve, en esta teoría se da al niño la posibilidad de un bautismo de deseo. Esta tesis es defendida, entre otros, por Juan Duns Escoto y Klee; y está expuesta también en el Gran Catecismo de la Religión católico-romana del obispado de Luxemburgo (1879). Esta solución, que es recomendable por cuanto que tiene en cuenta el bautismo de deseo, uno de los medios supletorios del de agua, adolece del grave inconveniente de que la teoría de la "iluminación" de los niños que mueren sin bautismo no encuentra apoyo alguno en la tradición.
     Otros hablan de un votum vicarium de recibir el baustimo, ya sea que la Iglesia haga las veces del niño, ya sean sus padres quienes lo hagan. Si se considera que la Iglesia es la representante del niño que muere sin bautismo, se ve que se simplifica demasiado la cuestión. Es natural que la Iglesia desee que todos se salven; de bastar y ser eficaz sin más este deseo en el caso de los niños que mueren sin bautismo, la significación de la necesidad del bautismo quedaría minada en gran parte. 
     San Gregorio de Nisa, el autor del opúsculo De vocatione gentium, la primitiva escolástica, San Buenaventura, Durando, Juan Gerson, Klee y otros muchos teólogos modernos, atribuyen una virtud salvífica a este voto vicario de los padres. La razón de que este voto tenga una especial significación estriba en la vinculación natural y sobrenatural que existe entre padres e hijos. Como se ve, esta posibilidad no se da en los niños hijos de padres incrédulos o infieles.
     El P. Bertram Schuler, O. F. M., defiende la opinión de que los niños muertos sin el bautismo poseerán en el día de la resurrección universal una fuerza cognoscitiva singular, por la que podrán decidirse en aquel instante  por o contra Dios. Hasta tanto no llegue este día no les es posible una postura definitiva, al faltarles la necesaria integridad de la naturaleza humana y, por tanto, las facultades cognoscitiva y volitiva convenientes. Participan, mientras tanto, de una felicidad imperfecta en el limbus puerorum. Aquella posibilidad de obrar su propia eterna salvación, que les ha sido negada durante su vida terrena, les será dada en el día de la resurrección de los muertos. El que entonces se decida por Dios participará de la visión sobrenatural de Dios; por el contrario, quien se decida en contra, se condenará eternamente (Das Schicksal der ungetauften Kinder nach ihrem Tode, en "Münchener Theol. Zeitschrift" 7 (19,56) 120-128).
     De un ulterior desarrollo de la Eclesiología y de la Teología sacramentaria cabe esperar una mayor claridad en este problema de la suerte de los nidos que mueren sin bautismo. (Cfr. Al. Winklhofer, Das Los der ungetauft verstorbenen Kinder, en "Münchener Theol. Zeitschrift" 7 (1956)s 45-60).