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miércoles, 29 de septiembre de 2010

La Dedicación a San Miguel Arcangel

La fiesta de san Miguel, arcángel. 29 de septiembre
Patrono Principal de la ciudad de Guadalajara, Jalisco.
Celebra hoy la santa Iglesia fiesta particular, no sólo de san Miguel que es el príncipe de toda la milicia celestial, sino también en honra de todos los santos ángeles. Estos soberanos espíritus, cuya muchedumbre excede, como dicen algunos doctores, al número de las estrellas del cielo y de las gotas del mar y de los átomos del aire, fueron criados antes que todas las criaturas o con las primeras de todas, y son incorruptibles e inmortales. Su inteligencia entiende sin discurso todas las cosas que naturalmente se pueden saber: su voluntad es tan constante que, según dice santo Tomás, nunca se aparta de lo que una vez escogió; su memoria nunca se olvida de lo que una vez aprendió; su poder es grande sobre toda fuerza de la naturaleza corpórea, y su agilidad es tan admirable, que no hay velocidad en la tierra ni en los cuerpos celestes que con la suya pueda compararse. Enseña el doctor angélico que no hay ningún ángel que no difiera en especie de todos los demás; y con todo, están distintos en tres jerarquías, suprema, media e ínfima, y cada jerarquía dividida en tres coros, como se saca de las divinas Letras y santos doctores. En la suprema jerarquía hay tres órdenes: Serafines, Querubines y Tronos; en la segunda hay tres coros, Dominaciones, Virtudes y Potestades; en la tercera, Principados, Arcángeles y Angeles. Llámanse todos estos soberanos espíritus con el nombre de ángeles, porque como dice san Pablo, son ministros del Señor para bien de los que han de heredar la bienaventuranza eterna. Todos ellos están vestidos de la estola de la gracia que nunca perdieron, y son la familia lucidísima de criados que sirven a Dios, y de ministros que ejecutan su voluntad soberana en la gobernación del mundo y en la particular providencia que tiene de la Iglesia, y también de cada uno de los hombres, así fieles y cristianos, como infieles y pecadores, pues todos tienen su ángel de guarda. Por estas excelencias de los santos ángeles y por los beneficios que de sus manos recibimos, los debemos honrar, y señaladamente al gloriosísimo príncipe de ellos, san Miguel, que es soberano protector de la Iglesia.
Su nombre significa ¿Quién como Dios? porque cuando el príncipe de los ángeles Lucifer, envanecido con la grandeza de sus dones y gracias, se negó a adorar el misterio de la humana naturaleza tan ensalzada en la persona de Cristo, y atrajo a su rebelión a muchos ángeles, el fidelísimo san Miguel volvió por la honra de Dios, y de su Unigénito, y con gran poder arrojó de los cíelos a los ángeles rebeldes. Entonces fué exaltado san Miguel al trono que perdió Lucifer, y recibió el principado de todos los ejércitos celestiales, y la representación de la divina autoridad en la tierra, y la protección de la Iglesia de Cristo a la cual defenderá de todos los poderes del. mundo y del infierno, hasta el fin de los siglos.

Reflexión: Entiendan bien todos los católicos que esa actual rebelión de los hombres que ensoberbecidos por los progresos materiales, apostatan de la fe, no es otra cosa que una imitación de la rebeldía de los ángeles malos, que inspira Lucifer a los pobres hijos de Adán, para que no logren la dicha de reinar en el cielo con los ángeles buenos, sino que se condenen y padezcan eternamente con los demonios.

Oración: ¡San Miguel arcángel! Defiéndenos en la batalla: sé nuestra protección contra la malicia y las asechanzas del diablo. Reprímale Dios, suplicamos humildemente: y tú, oh príncipe de la milicia celestial, arroja a los infiernos a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan sueltos por el mundo, para causar la perdición de las almas. Amén.

jueves, 9 de septiembre de 2010

San Pedro Claver, apóstol de los negros

9 de septiembre (+ 1654.)

El heroico apóstol de los esclavos negros, y pacientísimo enfermero de los leprosos san Pedro Claver, fué natural de Verdú, en principado de Cataluña. Aprendió las letras humanas en Barcelona, y recibió la tonsura y órdenes menores de mano del Obispo de aquella ciudad, el cual elogió públicamente las muchas letras y virtudes del santo mancebo. Llamóle el Señor a la Compañía de Jesús, para que fuese un grande apóstol, y habiendo hecho su noviciado en Tarragona, pasó a continuar sus estudios a Palma de Mallorca, donde trató las cosas de su espíritu con el hermano portero de la casa, que era san Alonso Rodríguez, el cual en una de sus sublimes revelaciones, vió muchos tronos en el cielo, y uno de extraordinaria hermosura y claridad; y entendió que ese solio tan resplandeciente era para su discípulo Claver, en recompensa de las almas que había de ganar a Cristo en es Indias occidentales. Enviaron en efecto los superiores a América al santo Claver, el cual terminada su Teología en Santa Fe de Bogotá, pasó a la ciudad de Cartagena, puerto del mar atlántico, a donde acudían para sus tráficos muchas gentes de Méjico, del Perú, de Potosí de Quito y de las islas vecinas. Hacíase allí cada año un abominable comercio de diez o doce mil negros africanos. Siempre que Entraba en el puerto algún buque cargado de ellos, acudía luego el santo, provisto de bizcochos, dulces, tabaco, aguardiente y bebidas frescas y olorosas; y después de ganar el corazón de aquellos infelices con estos regalos, les instruía por medio de intérpretes, les enseñaba a amar a Dios, y bautizaba a los enfermos; muchos de los cuales no parece sino que esperaban este favor del cielo para morir. A los que no estaban en peligro de muerte enseñaba más despacio la doctrina cristiana, y en sabiéndola, los colocaba en filas de diez en diez para bautizarles, y a los neófitos de cada decena ponía el mismo nombre para que lo pudiesen recordar mejor. No es posible decir las proezas de caridad que hizo el santo con los pobres esclavos negros, hasta ganar cuatrocientos mil de ellos para Cristo y hacerles herederos del Reino de los ciélos más no fué menos heroica la misericordia que usó con los enfermos del hospital de San Sebastián y particularmente del de San Lázaro, donde estaban los leprosos. Buscábales regalos, dábales de comer por su mano, limpiábales las llagas asquerosas, y se las besaba, y era cosa extraña que el manteo con que muchas veces los cubría, se conservaba limpio y exhalaba suavísima fragancia. Dio a muchos enfermos entera salud, alumbró ciegos, y resucitó tres muertos. Convirtió al pastor de los herejes anglicanos, y con él a seiscientos herejes. Finalmente lleno de méritos y virtudes, a los setenta y cuatro años de su edad, descansó en el Señor, con gran duelo y sentimiento de los negros, de los enfermos y de todos los pobres.

Reflexión: No hay duda que el precepto de caridad que es el principal del Evangelio, el ejemplo del Hijo de Dios que dió la vida por nosotros, y la recompensa de las obras de caridad, que Jesucristo premiará como hechas a su persona, son argumentos tan eficaces, que pueden inspirar una ardentísima caridad como la de san Pedro Claver. Pero ¿qué obras de sacrificio pueden esperarse de los que no obedecen al Evangelio, ni creen en Jesucristo, ni esperan recompensa alguna de sus buenas obras en el cielo?

Oración: Oh Dios, que para llamar al conocimiento de tu nombre a los negros reducidos a esclavitud, fortaleciste al bienaventurado Pedro, tu confesor, con caridad y paciencia en ayudarlos; concédenos por su intercesión, que buscando lo que es de Jesucristo, amemos a nuestro prójimo, con obras de verdadera caridad. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

La Natividad de la Virgen nuestra Señora


8 de septiembre.-
Fiesta de la Natividad de Nuestra Santísima Madre
La alegre natividad de nuestra Señora la Virgen santísima Madre de Dios, había sido anunciada en el Paraíso terrenal a nuestros primeros padres, vislumbrada por los santos patriarcas, vaticinada por los profetas y decretada por los eternos consejos de Dios en los divinos misterios de la reparación del mundo. El padre de la Virgen fue Joaquín, de Nazareth; su madre, Ana, de la ciudad de Belén, y los dos eran de la tribu de Judá y del linaje de David. Eran ricos y nobles y de sangre ilustrísima, porque descendían de muchos reyes, de valerosos capitanes, de grandes y sabios jueces y de santísimos patriarcas del pueblo escogido. Y lo que más importa, eran personas santísimas; porque tal convenía que fuese el árbol que había de producir tal fruto. Habían vivido veinte años casados sin tener hijos; mas Dios nuestro Señor ordenó que fuese estéril santa Ana para que el nacimiento de su hija santísima fuese milagroso; y así habiendo oído el Señor las oraciones de los dos santos esposos les envió el arcángel san Gabriel para anunciarles la venida al mundo de aquella que había de ser la Madre del Mesías prometido. Nació pues esta gloriosa niña en una casa que tenían sus padres en el campo, entre los balidos de las ovejas y alegres cantares de los pastores, como dice san Damasceno; y fue en el cuerpo más linda, más bella y hermosa que ninguna pura criatura, y en el alma tan sin mancha de pecado original, y tan perfecta y adornada de gracias y virtudes, que los mismos serafines y querubines se admiraban y estaban suspensos de verla. Porque como del cuerpo de la Virgen había de formarse el cuerpo de Jesucristo y organizarse de su delicada sangre, fue cosa muy conveniente que aquella carne de cual se había de vestir el Verbo eterno, fuese muy proporcionada del Hijo y bien compuesta, y bien y en todos los dones naturales acabada con suma perfección; y para que la Madre fuese digna de tal Hijo, no menos convenía fuese adornada el alma de la Virgen con la plenitud de la gracia y las inmensas riquezas de todas las virtudes. Y así todas las gracias que Dios repartió a todos los otros santos y ángeles, las atesoró y juntó en la Virgen con mayor perfección y con medida más colmada. Pues, ¡oh bienaventurada y dichosa Señora! ¡qué lengua, aunque sea de ángeles, podrá explicar o qué mente comprender las maravillas que obró en ti toda la Santísima Trinidad para ensalzarte y engradecerte! Nacida eres de la carne de Adán, mas sin la corrupción de Adán; hija eres de Eva, mas para reparar las miseria de Eva; hija eres de hombre, pero Madre de Dios. Con razón pues, hoy jubila y se alegra con grande fiesta y regocijo la santa Iglesia; porque tu santísimo nacimiento es como la aurora suspirada del claro día de la redención del mundo y el principio tan deseado de nuestra salud.

Reflexión: Exclama lleno de gozo san Juan Damasceno: «Venid todas las gentes y todos los estados de hombres de cualquiera lengua, edad y condición que sean para celebrar con grande afecto el dichoso y alegre nacimiento de esta Virgen soberana. Demos el parabién a esta Niña que nace, predestinada para ser Madre de Dios y corredentora del mundo. Hagamos la reverencia como humildes vasallos a nuestra gran reina, para que en este día de su bendito nacimiento comencemos a renacer a la vida de la gracia y a recobrar el derecho a la vida eterna y gloriosa

Oración: Rogámoste, Señor, que concedas a tus siervos el don de la gracia celestial, para que la votiva solemnidad del Nacimiento de la bienaventurada Virgen, acreciente la paz del cielo a los que fue su parto el principio de la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
FLOS SANCTORUM
P. Francisco De Paula Morell, S. J.

viernes, 20 de agosto de 2010

San Bernardo de Claraval

San Bernardo, abad de Claraval, melifluo doctor, y lumbrera resplandeciente de la Iglesia, nació en un pequeño lugar de la provincia de Borgoña, llamado Fontana, y fue hijo de Teselino, caballero y honrado militar, y de Alicia de Montebarro, señora tan noble como virtuosa. Era Bernardo de muy linda disposición y rara hermosura, y tan honesto y recatado, que porque una vez se descuidó un poco poniendo los ojos en el rostro de una mujer, se arrojó desnudo en un estanque de agua casi helada, de donde le sacaron medio muerto. Conociendo la vanidad del mundo, determinó entrar en la Religión del Cister que poco antes había sido fundada por el abad Roberto, debajo de la Regla de san Benito, y atrajo a ella con su ejemplo a sus cinco hermanos, y a su tío, y otros treinta compañeros. Dijo el hermano mayor a Nevardo que era el más joven y estaba jugando: “Nevardo, quédate a Dios: nosotros nos vamos al monasterio, y te dejamos por heredero de toda nuestra hacienda». A lo que contestó el muchacho: «Pues ¿cómo? ¿Tomáis vosotros el cielo y me dejáis a mí la tierra? No es ésta buena partición». Y así de allí a algunos días también siguió a sus hermanos. Comenzó su noviciado nuestro santo siendo de edad de veintitrés años, con tan grande recogimiento, que habiendo estado un año entero en la pieza de los novicios, no sabía si el techo era de bóveda o de madera. Habiendo el abad Esteban edificado el monasterio de Claraval, hizo abad de él a san Bernardo, y entre los muchos caballeros que tomaron el hábito de manos del santo, uno fue Teselino, su mismo padre, el cual haciéndose hijo espiritual de su hijo acabó santamente su vida en aquel monasterio. Deseaba el santo abad estarse allí toda su vida desconocido del mundo y por esta causa renunció muchas veces grandes dignidades y obispados; pero fué necesario que saliese de su pobre celda para reconciliar con la Iglesia romana a los cismáticos que después de la muerte del papa Honorio habían ensalzado al antipapa Anacleto; y persuadir al rey Enrique de Inglaterra, y al conde Guillermo, y al emperador Lotario, que acatasen a Inocencio como a sumo y verdadero pastor de la Iglesia. Hubo de reprimir también el santo a los famosos herejes Pedro Abelardo y Enrique, que durante aquel cisma publicaron guerra contra Jesucristo y su Iglesia: y predicar después por ordenación del pontífice Eugenio III la cruzada capitaneada por el emperador Conrado y el rey de Francia san Luis contra los sarracenos e infieles que infestaban la Tierra Santa. Finalmente habiendo San Bernardo predicado como varón enviado de Dios, y escrito muchos y sapientísimos libros, y obrado grandes milagros, y dejado fundados ciento sesenta monasterios de su orden, entre las manos y lágrimas de sus hijos, dio su purísima alma al Creador.