Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta desde el archivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desde el archivo. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de marzo de 2013

LA MASONERIA Y SU PLAN CONTRA LA IGLESIA

Revista Claves
febrero de 1993
(Por el P. Sáenz Arriaga)

     «Permitidme que transcriba aquí lo que en mi libro CUERNAVACA Y EL PROGRESISMO RELIGIOSO EN MEXICO, escribí hace dos años:
     «No es un secreto para nadie que uno de los objetivos más antiguos y más perseguidos por la mafia judía y por los organismos internacionales, que ella ha fundado y dirige: la masonería, el comunismo, la Internacional Financiera y la Internacional Política, es el establecimiento de un Gobierno Mundial, que englobaría en un sincretismo socialista, a todas las instituciones económicas, sociales, políticas y religiosas de las diversas naciones.
     «La ofensiva, que actualmente se desencadena contra la Iglesia Católica, es tan sólo una fase de esa ambiciosa maniobra, encaminada a infiltrar a la Iglesia de Cristo, a destruirla por dentro, a asociarla, en las altas esferas, con los enemigos que la combaten.
     «El abate Roca (1830-1893), salido de la Escuela de los Carmelitas y ordenado sacerdote en 1858, fue nombrado canónigo honorario de Perpignan en 1869... Es un apóstata de la peor especie; miembro de las sociedades secretas más importantes y elemento conscientemente dispuesto a la destrucción de la Iglesia. Nos parece oportuno citar algunos de sus escritos, que parecen anunciarnos la crisis espantosa, que estamos viviendo. En una carta al judío Oswald With, del 23 de agosto de 1891, le dice:
     «Un cristianismo nuevo, sublime, amplio, profundo, realmente universalista, absolutamente enciclopédico, el cual terminará por hacer descender sobre la tierra todo el cielo, como ha dicho Víctor Hugo; por suprimir fronteras, los sectarismos, las iglesias locales, étnicas y celosas; los templos divisionarios, los alvéolos que retienen, prisioneras del Papa, a las moléculas doloridas del gran cuerpo social de Cristo». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 123).
     «Lo que la cristiandad quiere edificar no es una pagoda, sino un culto universal, que englobará a todos los cultos». (Ibid. pág. 77).
     ¿No es éste el «ecumenismo» que comentamos en la liturgia del Cardenal Lercaro del día anterior?
     «La humanidad, a mis ojos, se confunde con Cristo, de un modo mucho más real de lo que los místicos habían creído hasta ahora. Si Cristo-Hombre, como Verbo Encarnado, es Hijo único de Dios, es también, en consecuencia, el universo entero y, especialmente, toda la humanidad o, mejor dicho, la innumerable serie de las humanidades viajeras». (Ibid, pág. 188).
     Aquí tenemos los orígenes del Cristo cósmico teilhardiano. En los antros de la judeo-masonería, por mucho que los iniciados quieran negarlo, fue confeccionada esta concepción, en la que el progresismo se asocia y se funde con todas las religiones, en el dios inmanente del panteísmo.
     «Encarnación de la Razón increada en la razón creada, manifestación de lo absoluto en lo relativo, Cristo en persona es un símbolo central, una especie de jeroglífico de carne y hueso, hablando y obrando de un modo siempre típico. Es el Hombre-Libro, citado conjuntamente por la Kábala y el Apocalipsis».
     «Lo que es la Evolución, en lenguaje de los sabios; es redención, desencarnación, muerte y ascensión en el lenguaje de los sacerdotes ilustrados». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 237).
     El canónigo Roca, en el Congreso Espiritualista Internacional celebrado del 9 al 16 de septiembre de 1889, en el Gran Oriente de Francia, bajo la presidencia de honor de la Duquesa de Pomar, dijo:
«MI CRISTO NO ES EL CRISTO DEL VATICANO» 
      «Con el mundo y porque es el mundo, Cristo evoluciona y se transforma. Nadie detendrá el torbellino de Cristo; nadie frenará el tren de la evolución, que Cristo conduce por los mundos y que lo arrastrará todo, los dogmas evolucionan con él, ya que son algo viviente, como el mundo, como el hombre, como todo ser orgánico. Ecos de la conciencia colectiva, siguen, como ella, LA MARCHA DE LA HISTORIA».
     He aquí la evolución integral de Teilhard; he aquí también la evolución dogmática, según el pensamiento «progresistas». He aquí la base del «aggiornamento» que considera a la Iglesia en función del mundo, evolucionando con el mundo, acomodada a las características del mundo histórico que vivimos. Los dogmas deben evolucionar con el mundo; no son verdades inmutables; son «ecos de la conciencia colectiva».
     En su libro EL FINAL DEL MUNDO ANTIGUO (pág. 327), Roca anuncia la presente crisis de la Iglesia:
     «¿Lo que se prepara en la Iglesia Universal? No es una reforma; es, no me atrevo a decir, una revolución, ya que el vocablo sonaría exacto, sino una evolución».
     Yo recuerdo haber escuchado de los labios del Cardenal Ottaviani esta expresión pavorosa: «Lo que estamos viendo es una espantosa revolución». ¿No es la misma idea la que expresó Paulo VI cuando dijo que la actual crisis de la Iglesia parecía una «autodestrucción» del catolicismo? Y, en un reportaje de la AP de Ciudad Vaticana, 28 de octubre 1970, leemos:
     El Papa Paulo VI advirtió hoy contra las «catastróficas consecuencias», que surgirían, de aceptar todos los cambios radicales como medio de progreso.
     «La gente se pregunta: ¿acaso están cambiando las verdades y dogmas religiosos?, dijo Paulo VI, durante su audiencia semanal en la Basílica de San Pedro. Y ¿acaso no existe ya nada permanente?.
     Se debe encontrar una respuesta, dijo Paulo VI, «aun cuando sea para evitar las catastróficas consecuencias, que surgirán al admitir que ninguna norma, ninguna doctrina puede permanecer para siempre, y que todos los cambios, aun cuando sean radicales, pueden adaptarse como método de progreso de controversia o de revolución».
     «Si no deseamos que la civilización termine en caos y que la religión cristiana pierda toda justificación en el mundo moderno, todos debemos expresar con claridad que "algo" permanece y debe permanecer al pasar del tiempo».
     La base y el fundamento inconmovible de nuestra fe católica no es la conveniencia personal o colectiva -el evitar las catastróficas consecuencias de un cambio constante de nuestras ideas- sino la autoridad de Dios, que nos ha revelado las verdades que creemos. No es "algo" lo que permanece y debe permanecer, sino "todo" lo que Dios nos ha enseñado: todos nuestros dogmas, porque si un solo dogma cae, todos los demás lógicamente tienen que seguir el mismo derrumbe. Lo que el Paulo VI deplora no es sino la consecuencia inevitable de haber dejado caer la piqueta demoledora sobre lo que el Magisterio de la Iglesia una vez enseñó como verdad de fe católica.
     Sigamos reproduciendo los planes diabólicos de la conspiración judeo-masónica, como nos lo dio a conocer, en el siglo pasado, el canónigo Roca:
     «El viejo Papado, el viejo sacerdocio abdicará de buena gana ante el Pontificado y ante los sacerdotes del futuro, que serán los del pasado, convertidos y transfigurados en vistas a la organización científica del planeta, a la luz del Evangelio».
     «Y esa nueva Iglesia, aunque tal vez no deba conservar nada de la disciplina escolástica y de la forma rudimentaria de la Iglesia antigua, recibirá, sin embargo, de Roma, la consagración y la jurisdicción canónica». (GLORIOSO CENTENARIO, Pág. 452, 456).
     La curia Romana no será perdonada:
     «Esa Institución Política, que bajo el nombre de Curia Romana o de Vaticano se ha yuxtapuesto y, a veces, incluso superpuesto a la Institución Divina. El Vaticano no es la Iglesia; el Derecho Canónico no es el Evangelio. (Ibid. pág. 452).
     ¿No se parece esta descripción de la Iglesia anunciada por Roca a la Iglesia postconciliar, que nos ha dado el «progresismo»? ¿No parece que la "colegialidad o la corresponsabilidad" han hecho desaparecer al antiguo Papado? ¿No hemos visto al viejo Papado, a los antiguos obispos, a los sacerdotes abdicar de buena gana su carácter jerárquico y sagrado, para convertirse en «presidentes de la asamblea»? ¿Qué queda de la Curia Romana? !Y los nuevos jerarcas, los aggiornados sacerdotes, los progresistas obispos reciben de Roma su consagración y su jurisdicción canónica!
     Roca nos dice que la revolución será llevada al seno de la Iglesia por parte del clero -los infiltrados. Se formarán en la Iglesia dos bandos: el de los fieles al viejo Papado, a los cuales llama los retrógrados o ultramontanos, y los nuevos sacerdotes, adheridos a la evolución. El lenguaje moderno los designa con los nombres de «tradicionalistas» y «progresistas»:
     «En este momento forman un anillo, que se romperá por la mitad, y cada una de esas dos mitades formará otro anillo. La escisión va a producirse: habrá el anillo de los «retrógrados» y el anillo de los «progresistas». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 446-447).
     Con absoluta certeza anunciaba el apóstata Roca el cisma interno, que, dentro de la Iglesia, estamos ahora viviendo. La unidad de la Iglesia no está solamente comprometida; está ya dividida. La Iglesia del «progresismo» no es ya la Iglesia tradicional y apostólica. La infiltración, la quinta columna, el caballo de Troya abrieron las puertas al enemigo.
     «Y nosotros, sacerdotes, oremos, bendigamos, glorifiquemos esos maravillosos trabajos, de los cuales surgirá la transfiguración científica, económica y social de nuestros misterios religiosos, de nuestros símbolos, de nuestros dogmas y de nuestros sacramentos. ¿Acaso no os dais cuenta de que nuestras formas han envejecido, de que estamos gastados, abandonados por el Espíritu y de que estamos solos, con las manos llenas de cáscaras varías y de letras muertas? (GLORIOSO CENTENARIO, Pág. 102).
     
     Ese lenguaje de Roca tiene un eco de actualidad. Parece que los eclesiásticos «progresistas» quieren que la ciencia, la economía, la sociología, «superando» los misterios, vengan a sustituir, según ellos, el inmovilismo doctrinal, sacramental y litúrgico, en una pastoral sociológica y socializante. Así interpretan ellos el «aggiornamento». Citemos, para confirmar, al corifeo de los jesuítas de la «nueva ola», al diabólico Teilhard de Chardin, al Padre de la Iglesia postconciliar, en su famosa y explícita carta a su amigo Máximo Coree, el ex-dominico, que cultivaba sus mismas doctrinas, el 4 de octubre de 1950, que éste ha publicado en su obra «EL CONCILIO Y TEILHARD, LO ETERNAL Y LO HUMANO», ed. Messellier, Neuchatal (Suiza), pág. 196-198:
     «Esencialmente, considero, como vos, que la Iglesia (como toda realidad viva, al cabo de cierto tiempo) ha llegado a un periodo de "muda" o reforma necesaria. Al cabo de dos mil años, esto es inevitable. La humanidad está en trance de mudar. ¿Cómo el Cristianismo no debería hacerlo? Mas, precisamente considero que la reforma en cuestión (mucha más profunda que la del siglo XIV) no es un simple asunto de instituciones y de costumbres, sino de FE. En cierto aspecto, nuestra imagen de Dios se ha desdoblado: transversalmente (si lo puedo decir) al Dios tradicional y trascendente de LO ALTO, una especie de Dios hacia adelante surge para nosotros, desde un siglo, en dirección de algo «ultra-humano». Para mí todo está en esto. Se trata, para el hombre, de repensar a Dios en términos, no ya de Cosmos, sino de Cosmogénesis: un Dios que sólo se adora y se alcanza a través del acabamiento del Universo, al cual ilumina y amoriza (y lo hace irreversible) desde dentro. Sí, sí. EL HACIA LO ALTO Y HACIA DELANTE se sintetizan en DESDE DENTRO...»
     Teilhard, en armonía con Roca, cuya secreta escuela tal vez siga, ya que ambos pertenecieron a esos conventículos secretos, que antes, como ahora, pululan en París, fomentados y dirigos por las logias, anuncia una reforma total del cristianismo, más profunda que la del siglo XVI. La humanidad, el mundo están en trance de mudar. ¿Cómo el Cristianismo no podía hacerlo? (¡Cómo si el Cristianismo fuera obra de los hombres y estuviera en función de las mudanzas humanas!) En esta reforma, hay que empezar por la liturgia. Citemos a S. de Guaita «Essai de sciences maudites». (Pág. 588-589), que predice el cristianismo esotérico:
     «!Oh ritos! !oh símbolos difuntos! Vuestra alma os será devuelta, cuando el cristianismo, revigorizado por la savia de su fuente, se transfigurará; cuando la eterna religión que se manifiesta, emitiendo el soplo reparador de su esoterismo (Dícese de la doctrina que es oculta, que solo los iniciados la conocen) íntimo, resucitará la letra muerta, con el beso del espíritu inmortal».
     Para las sectas ocultas del siglo pasado y del presente -entre las que figura el gnosticismo, al que pertenecen no pocos eclesiásticos de altas jerarquías- los Sacramentos, la liturgia de la Iglesia, el mismo Sacrificio Eucarístico han envejecido, porque lo sobrenatural no explica ya nada. La autosuficiencia de la inteligencia humana hace que ella, por sí misma, por su naturaleza intrínseca, sea directamente receptiva de lo divino. ¿Qué significan entonces esos vehículos de la gracia de Cristo? Nos lo dice Roca:
     «Mientras las ideas cristianas permanecían en estado de incubación sacramental, entre nuestras manos y bajo los velos de la liturgia, no podían ejercer ninguna acción social, eficaz y científicamente decisiva sobre la constitución orgánica y sobre el gobierno público de las sociedades humanas» (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 162).
     En sentido religioso, en el mundo moderno, no puede ser ya la gloria de Dios y la salvación de las almas, sino «la acción social, eficaz y científicamente decisiva, sobre la constitución orgánica y sobre el gobierno público de las sociedades humanas». Por eso era necesario hacer un cambio litúrgico completo, que hiciera aflorar la incubación sacramental, hasta convertirla en acción social, en constitución orgánica, en dominio público de las sociedades humanas. Por eso eran necesarios los mariachis; por eso el altar y el sacerdote han de mirar al pueblo, por eso le Misa o Cena del Señor ha de ser considerada como «le asamblea sagrada del pueblo de Dios», por eso hay que desacralizar y desmitizar a la Iglesia. Una liturgia desacralizada, humanizada, es la única que es compatible con el «progreso» del «pueblo de Dios». La socialización se vislumbra como la última y suprema etapa de la humanidad.
     También el anticlericalismo judeo-masónico anunciaba, en el siglo pasado, la desaparición de la sotana ya de los hábitos religiosos. Roca, en su libro «CRISTO, EL PAPA, Y LA DEMOCRACIA», (Págs. 105-107), escribía:
     «Cuando (la sociedad) ve en la plaza pública nuestra vestimenta arcaica y rara, le produce el efecto de una mascarada y un carnaval... se nos ridiculiza; en las publicaciones satíricas y en los escenarios de los teatros, la sotana y el bonete sirven de pasto al sarcasmo de la multitud».
     Jesucristo fue el objeto así mismo de las burlas soeces de sus enemigos. Nada tiene de raro que los sacerdotes y los religiosos sean ridiculizados y befados por los enemigos de Dios y de su Iglesia. Hace tiempo que una literatura malsana y sectaria ha buscado desacralizar a los ministros del Señor, no sólo presentando la parte humana de ellos, con caracteres exagerados, sino eliminando y negando la parte sobrenatural y sagrada de su ministerio para igualarlos a los demás hombres. Entre esos libros sobresalen los que de tal manera humanizan la vida sacerdotal, que la transforman en una hipocresía odiosa y perversa. Recuérdense las obras de Morris West («El Abogado del Diablo», «Las Sandalias del Pescador», etcétera), que desacralizan la Iglesia y hacen intolerable su Jerarquía.
     En la nueva Iglesia, anunciada por Roca y las Logias, es evidente que el celibato de los sacerdotes tenía que ser objeto de un ataque despiadado. Citemos una vez más el connotado apóstata:
     «Soy un proscrito, un sacerdote romano, un paria, un eunuco. No hay lugar para mí en el hogar de la familia. No tengo lugar al sol de la civilización. Soy juguete de la fatalidad».
     Y en una carta, dirigida al Papa, Roca escribe:
     «Por la triste fama que el celibato nos ha valido y que nos pone en la picota; por la humillante herencia, que nos ha legado y por la situación lamentable, en que nos coloca en la actualidad, nos encontramos, Santo Padre, miserablemente relegados de todas las esferas vivientes y fecundas de este mundo... Solitarios, despreciados, desterrados de todas partes, aislados sobre la tierra, confinados en nuestros presbiterios, como una especie de lazaretos, nos encontramos día y noche con el «yo», que es aborrecible y que nos deforma en el egoísmo». (CRISTO, EL PAPA Y LA DEMOCRACIA») (Pág. 1103).
     Hoy también se combate el celibato sacerdotal por todos los seguidores del «progresismo». Mons. Méndez Arceo, Don Sergio VII, el destacado obispo de Cuernavaca, después de la campaña que ha hecho para juntar firmas y adeptos en favor de la abolición del celibato, afirmó en Puebla, en su perorata delante de los jóvenes universitarios, que el celibato del mañana será opcional y que lo único que pedía a los nuevos curas casados es que tuvieran buen gusto en su elección. Otro sacerdote, de buen espíritu y criterio, al ver el derrumbe de tantos sacerdotes, que, en procesión interminable, abandonaban, en todas partes, el ministerio sacro, para gozar los deleites del tálamo, me decía que, a su juicio, la Iglesia terminaría cediendo para permitir que los sacerdotes incontinentes se casasen. Pero, este argumento prueba demasiado; luego no prueba nada. Son tantos los pecados que, en todos los estados, se cometen contra la castidad, que sería bueno suprimir el sexto precepto del Decálogo. Son tantos los pecados contra la ley moral, que lo mejor sería declarar anticuada toda la ley moral. ¡Así se respetaría más la dignidad del hombre y su libertad!
     En el primer semestre de 1964, un artículo de un eclesiástico, citado por NOUVELLES DE CHETIENTE, proponía el matrimonio de los sacerdotes aislados, en sus parroquias rurales, y el celibato para los clérigos en comunidad. Esta es idea no de Méndez Arceo, ni de ese eclesiástico francés, sino ya muy antigua, propuesta por el apóstata Roca que en su obra «GLORIOSO CENTENARIO» pág. 434, proponía la fundación de «un apostolado mixto: una de clérigos célibes y otro de clérigos casados».
     Pero la visión profética de Roca iba más lejos, al anunciar el cambio del ministerio pastoral de los sacerdotes, con sus inútiles fatigas, por una actividad social intensa en beneficio de las masas, como lo demandó en Colombia el «progresismo internacional»:
     «Los sacerdotes se convertirán en directores de las uniones sindicales, de las mutualidades y de las agencias cooperativas de producción y de consumo, de retiro obrero y de asistencia social». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 20).
     «Siguiendo por este camino, dice Pierre Virion, el nuevo cura, tal como lo anuncia este famoso masón, habrá apagado en el cielo unas estrellas, que no volverán a encenderse». Con el ejemplo, con la doctrina y con su acción pastoral, habrá demostrado que el paraíso no se encuentra más allá de este mundo, sino aquí abajo:
     «El reino de los cielos, es decir, el reinado impersonal y divino de la verdad en la libertad; de la justicia en la igualdad; de la Economía Social en la fraternidad, lo cual constituye el trinomio sagrado de la sinarquía evangélica». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 20).     Pero, el paralelismo del excanónigo Roca con la terna «ultra-progresista» de Cuernavaca y con todos los que se empeñan por hacer una nueva Iglesia sobre las ruinas de la antigua, es aún más perfecto. Todos aquéllos expresan cuál ha de ser el sacerdote deseado, previsto, del futuro, de acuerdo con los planes elaborados en el fondo de los secretos laboratorios de la Contra-Iglesia, a fines del siglo pasado. Escribe Roca:
     «¡No! ¡No!, Monsieir Veulliot, la humanidad no se descristianiza, sino que se descleriza, a fin de que el sacerdote se humanice y ambos se cristianicen en el verdadero sentido del Evangelio». (CRISTO, EL PAPA Y LA DEMOCRACIA, pág. 81).
     Es curioso escuchar el mismo lenguaje del apóstata Roca en los actuales reformadores, como Illich, Lemercier, Pardinas, Enrique Maza, S.J. y el conocidísimo y celebrado obispo de Cuernavaca. «Descristianización, desacralización, desmitización», todo suena a lo mismo; todo es lo mismo: es la negación del Catolicismo tradicional y apostólico; es la autodemolición del cristianismo, para secundar el «humanismo integral», según las fuentes primitivas, según el verdadero sentido del Evangelio, que la Iglesia, por lo visto, había perdido y que las sectas ahora recobran.
     Citemos ahora a Pierre Virion, en su reveladora obra «LA IGLESIA Y LA MASONERIA»:
     «A través de las divulgaciones de Cretineau-Joly, se conocen los proyectos, concebidos por la Alta Venta de los Carbonarios, para apoderarse de Roma, con la ayuda de sacerdotes conjurados contra la Iglesia. Aquellas divulgaciones no dejaron de influir en el fracaso de tales proyectos, debido también a la ineficacia de los métodos de reclutamiento, visiblemente demasiado masónicos, utilizados por los Carbonarios... La abadesa de Jouarre escribe que las reformas religiosas (eufemismo con el cual se designa la revolución religiosa y moral) SE REALIZARAN POR PERSONALIDADES DE LA MISMA IGLESIA, COMPLETAMENTE EN REGLA CON LAS OBSERVANCIAS. Es decir, que el clero regular y no separado, influido por la idea de un nuevo cristianismo, abierto a las corrientes modernas de pensamiento, ACABARA, EN UN FUTURO CONCILIO, FAVORABLE A SU INTEGRACION EN EL ECUMENISMO DE LAS LOGIAS».
     Roca, en su obra «El Abate Gabriel», escribe, por su parte, estas proféticas palabras:
     «Yo creo que el culto divino, tal como lo regulan la Liturgia, el Ceremonial, los ritos y los preceptos de la Iglesia Romana, sufrirá próximamente, EN UN CONCILIO ECUMENICO, una transformación, que, al mismo tiempo que le devolverá la venerable sencillez de la edad de oro apostólica, lo pondrá en armonía con el estado nuevo de la conciencia y de la civilización moderna».
     «Era también, dice Pierre Virion, la ilusión, impulsada hasta el estado visionario, de la conversión de un futuro Papa a un movimiento opuesto al Syllabus y aprobador del nuevo espíritu de mundo (sic)».
     «Sucederá, dice Roca, algo que dejará estupefacto al mundo y que le hará caer de rodillas ante su Redentor. Y ese algo será la demostración del acuerdo perfecto entre los ideales de la civilización moderna y los ideales de Cristo y de su Evangelio. Ello significará la consagración del nuevo orden social y el solemne bautismo de la civilización moderna». (El Final del Mundo Antiguo, pág. 282).
     «Acuerdo perfecto entre los ideales de la civilización moderna y los ideales de Cristo y de su Evangelio», «Consagración del nuevo orden social», «Bautismo de la civilización moderna», ¿Qué significan estas expresiones kabalísticas? -Sigamos adelante. Todavía tiene Roca expresiones más aterradoras, en las que parece querernos anunciar el catolicismo del futuro, diseñado por las logias. En su obra «GLORIOSO CENTENARIO», pág. 13, escribe:
     «Afirmo que estamos llegando al derrumbamiento definitivo del antiguo orden religioso, político y económico, y anuncio los puntos de vista nuevos en el Estado, en la familia, en todos los círculos de la actividad humana».
     «Se prepara una inmolación que expiará solemnemente... EL PAPADO SUCUMBIRA; MORIRA BAJO EL CUCHILLO SAGRADO, QUE FORJARAN LOS PAPAS DEL ULTIMO CONCILIO. EL CESAR PAPAL ES UNA HOSTIA CORONADA PARA EL SACRIFICIO».
     ¿Qué vendrá después de esta inmolación? -un cristianismo nuevo, sin templos, sin altares, sin liturgia; un cristianismo esotérico; una religión, cuyo evangelio será la «justicia social». Citemos a Roca:
     «El convertido del Vaticano no tendrá que revelar a sus hermanos según Cristo, una enseñanza nueva; no tendrá que impulsar a la cristiandad ni al mundo en pleno, hacia otros caminos, que no sean los caminos seguidos por los pueblos, bajo la inspiración de aquella civilización moderna, cuyos principios evangélicos, cuyas ideas y cuyas obras, esencialmente cristianas, se han convertido, a pesar nuestro, en los principios, las ideas y las obras de las naciones regeneradas, antes de que Roma soñara en preconizarlos. El Pontífice se limitará a confirmar y a glorificar la obra del espíritu de Cristo o del Cristo-Espíritu, en el espíritu público y, gracias al privilegio de su infalibilidad personal, declarará canónicamente, urbi et orbi, que la civilización actual es hija legítima del santo evangelio de la Redención Social». (GLORIOSO CENTENARIO, Pág. 111).
     He querido alargar estas citas del apóstata Roca y sus secuaces, porque era necesario presentar un panorama de conjunto, a fin de encontrar el sentido de los espectaculares cambios de nuestra liturgia católica, que, a no dudarlo, culminaron en el XXXIX Congreso Eucarístico de Bogotá. Si analizamos los conceptos de Roca, en las diversas citas que hemos hecho, nos encontramos con todo un programa de demolición interna del Catolicismo, que, a no dudarlo, coincida con el lenguaje y el program llevado a cabo por el «progresismo».
     Para emprender la completa reforma de la Iglesia institucional era necesario empezar por esos audaces cambios de nuestra liturgia, previstos y anunciados por el apóstata Roca, ya que la liturgia es para el pueblo, la manifestéción tangible, por así decirlo de las verdades de nuestra religión. La liturgia no es el dogma, pero es o debe ser la expresión auténtica del dogma, según el principio de la teología católica: «Lex orandi, lex est credendi»: la ley de la oración de los fieles es la ley de la fe.
     Es evidente que los sagrados ritos y ceremonias de nuestra liturgia, como nuestros mismos dogmas, habían tenido, a través de los siglo, una lenta evolución, bajo la acción del Espíritu Santo y la solícita dirección y vigilancia inspirada del Magisterio de la Iglesia. El Depósito de la Divina Revelación quedó definitivamente cerrado con muerte del último de los apóstoles; pero no quedó por eso, paralizada la acción vital de la Iglesia de Cristo. «El Reino de los Cielos, dijo Maestro el Divino, es semejante al grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas; pero que crece, se desarrolla, extiende su copudo ramaje, hasta que las aves del cielo vienen a poner en ese arbusto sus nidos».
     Estaba, pues, prevista por el Divino Maestro esa lenta y secular evolución, lo mismo en los dogmas, que en la liturgia, que en la disciplina, que en toda la vida de la Iglesia. No es que la Iglesia invente un nuevo dogma, sino que su Magisterio, vivo, auténtico e infalible, nos va enseñando esas nuevas verdades, que estaban contenidas en el Depósito de la Divina Revelación, y que, según las necesidades de los tiempos, nos son propuestas, bien sea para condenar las herejías que nacen, bien sea para acrecentar nuestro conocimiento de las cosas divinas.
     Lo que sería absurdo y contradictorio es negar esa secular evolución o crecimiento que la Iglesia ha ya alcanzado, como si fuera el resultado de la exclusiva actividad de los hombres, para volver a empezar todo el proceso, despreciando las riquezas acumuladas, a través de los siglos y caer así en un primitivismo o arcaísmo, contrario a los designios de Dios, que pretende reconstruir toda la vida de la Iglesia, toda su orgánica evolución, según los criterios de los actuales «expertos» y las exigencias del mundo contemporáneo. Eso no es volver a las fuentes, sino desconocer las fuentes y establecer un paréntesis inadmisible de veinte siglos, en la vida misma de la Iglesia, durante el cual fallaron las promesas de Cristo y la asistencia del Espíritu Santo.
     La contradicción, en que incurren los reformistas, es bien clara: atribuyen al Espíritu Santo todas las espectaculares reformas, que, durante el Concilio y después del Concilio, han hecho en la liturgia, en la moral, en la formulación dogmática o en la supresión misma de algunos dogmas, en la disciplina y en las enseñanzas tradicionales del Magisterio; y niegan, al mismo tiempo, esa asistencia divina en veinte siglos de la vida pasada de la Iglesia. El «progresismo», carismático y profético, se siente depositario único de la verdad revelada y de la asistencia exclusiva del Espíritu Santo. ¿Se han olvidado estos «innovadores» de lo que fue definido en Trento y en el Vaticano I? -para no citar sino los dos últimos Concilios, anteriores al Vaticano II- ¿se olvidan de las condenaciones del Syllabus y de las condenaciones del modernismo de San Pío X? ¿Se olvidan de las disposiciones que en materia litúrgica, emitieron los Papas recientes, especialmente San Pío X y su eximio sucesor Pío XII? ¡Cómo si, en unos cuantos años, hubieran perdido vigencia las sabias enseñanzas y precisos preceptos de la «MEDIATOR DEI», que, con plena precisión y con pleno conocimiento de causa, había condenado, hace tan sólo veinte años, las absurdas pretensiones de estos demoledores! O el Espíritu Santo se equivocó hace unos años, o el Espíritu Santo se equivoca ahora, o el Espíritu Santo cambió de parecer, en vista de las computadoras electrónicas del Vaticano II. Yo encuentro heréticas cualquiera de estas tres hipótesis. ¿No es así, señores «progresistas»?.
     Pero, hay algo más. Los radicales cambios litúrgicos, con las libertades que conceden en ellas los reformadores, han llegado, en muchos casos, a excesos increíbles, que parecen emular las representaciones teatrales o los ritos paganos. En verdad que las palabras de Roca, en su obra «El Abate Gabriel», nos parecerían proféticas, si no las considerásemos más bien reveladoras de los planes nefandos, que las logias y sectas ocultas habían preparado, para que las infiltraciones en la Iglesia las realizaran a su tiempo. Recordemos esas palabras ya antes citadas:
     «Yo creo que el culto divino, tal como lo regulan la Liturgia, el Ceremonial, los ritos y los preceptos de la Iglesia Romana, sufrirá próximamente, en un Concilio Ecuménico, una transformación, que, al mismo tiempo que le devolverá la venerable sencillez de la edad de oro apostólica, lo pondrá en armonía con el estado nuevo de la conciencia y de la civilización moderna».

viernes, 8 de marzo de 2013

LOS FINES DEL MATRIMONIO

Desde el archivo
CLAVES 
Febrero 1993
 
     Según el Código de Derecho Canónico vigente en la Iglesia Católica:
      «La procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio; la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia es su fin secundario» (
C.I.C., canon 1013,1.).
     Para el Código vigente en la Iglesia Conciliar se dispone:
     «La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges, y a la generación y educación de la prole, fue elevada por CristoNuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados». (
Código nuevo;canon l055, l)     Citamos ahora al Papa Pío XII:
     Los «valores de la persona» y la necesidad de respetarlos es un tema que desde hace dos decenios ocupa cada vez más a los escritores (...) Si del don recíproco de los cónyuges surge una nueva vida, esta es un resultado que queda afuera, o cuando más como en la periferia de los «valores de la persona»; resultado que no se niega, pero que no se quiere que estó como en el centro de la relaciones conyugales.
     «Ahora bien, si esta apreciación relativa no hiciese sino acentuar más el valor de la persona de los esposos que el de la prole, se podría en rigor dejar a un lado tal problema; pero aquí se trata, en cambio, de una grave inversión del orden de los valores y de los fines puestos por el mismo Creador. Nos encontramos frente a la propagación de un complejo de ideas y de afectos, directamente opuestos a la claridad, a la profundidad y a la seriedad del pensamiento cristiano».
     «Pues bien: la verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida. Los otros fines, aunque también intentados por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados. Y esto vale para todo matrimonio aunque sea infecundo, como de todo ojo se puede decir que está destinado y formado para ver, aunque en casos anormales, por especiales condiciones internas y externas, no llegue nunca a estar en situación de conducir a la percepción visual».
     «Precisamente para atar corto a todas las incertidumbres y desviaciones que amenazaban con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas relaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años -10 de marzo de 1944- una declaración sobre el orden de aquéllos fines, indicando que la misma estructura de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que en las debidas formas ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico -canon 1013,1-. Y también poco después, para corregir las opiniones opuestas, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él -Congregación del Santo oficio, 1 de abril de 1944-. (
Alocución a las comadronas católicas italianas reunidas en Roma; 2 de octubre de 1951. Agrega además el Papa: «¿Se quiere acaso con esto negar o disminuir cuanto hay de bueno y de justo en los valores personales resultantes del matrimonio y de su actuación? No, ciertamente, porque a la procreación de la nueva vida ha destinado el creador en el matrimonio seres humanos, hechos de carne y de sangre, dotados de espíritu y de corazón, y éstos están llamados en cuanto hombres, y no como animales irracionales, a ser los autores de su descendencia. A éste fin quiere el Señor la unión de los esposos»)

     Agregamos, para mayor abundancia de doctrina, el decreto del Santo Oficio del 1 de abril de 1944. (A.A.S., Vol. 36, 1944, p. l03)     «En estos últimos años han aparecido varios impresos sobre los fines del matrimonio y de su relación y orden, los que afirman: ya que el fin primario del matrimonio no es la generación de la prole, ya que los fines secundarios no están subordinados al fin primario, sino que son independientes de él.
     En estas lucubraciones, el fin primario del matrimonio ora es designado uno, ora otro, como, por ejemplo, el complemento de los cónyuges por la omnímoda comunicación de la vida y acción y la perfección personal; el mutuo amor y unión de los cónyuges fomentada y perfeccionada por la entrega psíquica y somática de la propia persona, y muchas otras cosas parecidas.
     En los mismos escritos a menudo a las palabras que ocurren en los documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin, primario, secundario) se atribuye un sentido que no conviene a estas voces, según el común uso de los teólogos.
     Este renovado modo de pensar y hablar tiende a fomentar errores e incertidumbres; las que mirando de alejar los Eminentísimos y Reverendísimos Padres de esta Suprema Sagrada Congregación, puestos al frente para defender las cosas de fe y costumbres (...) a la duda que se le propuso:
     «¿Puede admitirse la opinión de algunos modernos quienes, o niegan que el fin primario del matrimonio es la generación y educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes?»
     Decretaron responder: negativamente».
     El término «esencialmente» que utiliza el Papa y el Santo Oficio para designar el orden de los fines, indica que este orden es inmutable.
     Es decir, que se aleja de la doctrina católica el Catecismo de Wojtyla, al establecer los siguientes parámetros, siguiendo al Concilio y a la legislación posconciliar:
     «Dios, que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Habiéndolos creado hombre y mujer, su amor mutuo deviene una imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Y este amor, que Dios bendice, está destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común de la conservación de la creación: «Y Dios los bendijo y les dijo: Creced y multiplicáos y hecnchid la tierra y sometedla». (Gén. I, 28). (
Catecismo, punto 1604, pág. 341).
     Ahora bien, esta afirmación, precedida de la cita del canon 1055, es absolutamente inaceptable. O bien se pone como fin primordial del matrimonio el amor mutuo, o bien se lo iguala a la procreación y educación de la prole. Ambos, como vimos, opuestos a la enseñanza de la Iglesia.
     La presentación del error es sutil, y se presta a confusión, pero está perfectamente de acuerdo con la doctrina de la dignidad de la persona humana, formulada por Maritain en la década del treinta y retomada por el Concilio. Por esos años, también, la opinión de algunos autores, la mayoría alemanes, pretendían invertir el orden de los fines del matrimonio, negando que el fin primario del matrimonio fuera la generación y educación de la prole; o bien que los fines secundarios -mutua ayuda de los cónyuges y satisfacción honesta de la concupiscencia- no estaban esencialmente subordinados al fin primario, sino que le eran iguales en importancia e independientes. Más tarde, el profesor de teología de Breslaw, Herberto Doms, sostuvo que la finalidad intrínseca, inmanente, inmediatamente constitutiva del matrimonio, su fin primario y principal, antes que la prole, era «la formación y perfeccionamiento recíproco de los consortes, en el orden ontológico natural, pero sobre todo en el orden sobrenatural» (Von Sinn und Zweck der Ehe).(
Nicolás Marín Negueruela, Pbro. Comentarios a las alocuciones sobre moral conyugal. Ed. Atenas, Madrid, pág. 115).
     Concluyamos, entonces, delimitando la enseñanza católica y la del Catecismo conciliar: ambas son diametralmente opuestas. Una, teocéntrica, la otra, antropolátrica.

viernes, 1 de marzo de 2013

ENCUENTRO CON EL JEFE DE LOS GUARDIAS DE HIERRO RUMANOS

Revista Claves
Enero 1993
     Los barrotes de la prisión, a través de los cuales hemos visto el sol tantas veces.
      (Cornelio a Julius Evola al entregarle el símbolo de la Guardia de Hierro).
Bucarest, Marzo de 1938
     Rápidamente nuestro automóvil deja tras él esta cosa curiosa que es el Bucarest del centro: un conjunto de pequeños rascacielos y de edificios muy modernos, esencialmente de tipo «funcional», con unos escaparates y unas tiendas de estilo entre el parisino y el americano, siendo el único elemento exótico los frecuentes sombreros de astrakán de los agentes y de los burgueses.
     Llegamos a la estación del norte, tomamos una polvorienta carretera provincial flanqueada de pequeños edificios del tipo de aquellos de la antigua Viena, que conduce en línea recta hacia la campiña. Tras una media hora larga, el coche tuerse bruscamente hacia la izquierda, toma un camino campestre, se detiene frente a un edificio casi aislado entre los campos: es la llamada «Mansión Verde», residencia del jefe de los «Guardias de Hierro» rumanos.
     «La hemos construido con nuestras propias manos», nos dicen con cierto orgullo los legionarios que nos acompañan. Intelectuales y artesanos se han asociado para levantar la residencia de su jefe, casi con el sentido de un símbolo y de un rito. El estilo de la construcción es rumano: por los dos lados se prolonga por una especie de pórtico, subimos al primer piso. Viene a nuestro encuentro un hombre joven, alto y esbelto, en ropa deportiva, con un rostro abierto y que da inmediatamente una impresión de nobleza, de fuerza y de lealtad. Es justamente Corneliu Zelea Codreanu, jefe de la Guardia de Hierro.
     Su tipo es específicamente ario-romano: parece una reparación del antiguo mundo ario-itálico. Mientras sus ojos gris-azulado expresan la dureza y la fría voluntad propias de los jefes, tiene simultáneamente, en el conjunto de la expresión, una nota particular de idealismo, de interioridad, de fuerza, de comprensión humana.
     Incluso su forma de conversar es característica: antes de responder parece absorberse en sí mismo, alejarse, para después, de pronto, comenzar a hablar, expresándose con una precisión casi geométrica, en frases bien articuladas y orgánicas. «Después de que toda una falange de periodistas, de todas las naciones y colores, que no saben preguntarse sobre otra cosa que de aquello que está unido a la política más contingente, esta es la primera vez, y lo noto con satisfacción», dice Codreanu, «que viene a mí alguien que se interesa, ante todo, por el alma, por el núcleo espiritual de mi movimiento. He encontrado una fórmula para contentar a estos periodistas y decirles algo más que nada, a saber: nacionalismo constructivo».
     «El hombre se compone de un organismo, es decir, de una forma organizada, después de fuerzas vitales, después de un alma. Se puede decir lo mismo para un pueblo.
     «Y la construcción nacional de un Estado, bien que ella tome naturalmente estos tres elementos, puede experimentar principalmente, no obstante, y por razones de cualificación diversas y de herencia diferente, los movimientos de uno de estos tres elementos.
     «Según mi opinión, en el movimiento fascista predomina el elemento Estado que corresponde al de la forma organizada. Aquí se habla la potencia formadora de la Roma antigua, maestra del derecho y de las organizaciones políticas, de las cuales Italia es la heredera más pura.
    «En el nacional-socialismo está, por el contrario, puesto de relieve aquello que se refiere a las fuerzas vitales: la raza, el instinto de la raza, el elemento étnico-nacional.
     «En el movimiento legionario Rumano, el acento está puesto sobre todo en aquello que, en un organismo, corresponde al elemento alma: sobre el aspecto espiritual y religioso.
     «De ahí vienen las características de los diferentes movimientos nacionales, visto que al final comprenden los tres elementos y no niegan ninguno de ellos.
     El carácter específico de nuestro movimiento nos viene de una lejana herencia. Ya Herodoto llamaba a nuestros padres: «los Dacios inmortales».
     «Nuestros ancestros geto-tracios tenían fe, antes incluso del cristianismo, en la inmortalidad e indestructibilidad del alma, lo cual demuestra su orientación hacia la espiritualidad. La colonización romana ha añadido a este elemento el espíritu romano de organización y de forma. Todos los siglos siguientes han disgregado nuestro pueblo y lo han hecho miserable. Pero de la misma forma que en un caballo enfermo y postrado se puede reconocer la nobleza de su raza, igualmente se puede reconocer también en el pueblo rumano de ayer y de hoy los elementos latentes de esta doble herencia.
     «Y es esta herencia la que el movimiento legionario quiere despertar», continúa Codreanu. «El parte del espíritu: quiere crear un hombre espiritualmente nuevo, una vez realizada esta tarea como 'movimiento', el despertamiento de la segunda herencia nos espera, es decir, el de la fuerza romana políticamente formadora. Así, el espíritu y la religión son para nosotros el punto de partida, el 'nacionalismo constructivo' es el punto de llegada, una simple consecuencia».
     «La ética simultáneamente ascética y heroica de la Guardia de Hierro consiste en reunir uno y otro punto».
     
     Preguntamos a Codreanu cuál es la relación de la espiritualidad de su movimiento con la religión cristiana ortodoxa. He aquí su respuesta: «En general, nosotros tendemos a vivificar, bajo la forma de una conciencia nacional y de una experiencia vivida, aquello que, en esta religión, demasiado a menudo está momificado y ha devenido en el tradicionalismo de un clero somnoliento. Además, nos encontramos en circunstancias favorables por el hecho de que es extraño a nuestra religión, nacionalmente articulada, el dualismo entre fe y política, y de que ella puede proporcionarnos unos elementos éticos y espirituales sin imponerse como una entidad, no obstante, política.
     «De nuestra religión, el movimiento de guardias de hierro toma después una idea fundamental: la de la totalidad. Este es la superación positiva de todo internacionalismo y de todo universalismo abstracto y racionalista. La idea ecuménica es la de una «societas» como unidad de vida, como organismo viviente, como un «vivir» conjunto, no solamente con nuestro pueblo, sino también con nuestros muertos y con Dios. La actualización de una idea semejante bajo la forma de una experiencia efectiva es el centro de nuestro movimiento; política, partido, cultura, etcétera, no son para nosotros sino consecuencias y derivaciones».
     «Debemos revivificar esta realidad central, y renovar por esta vía al hombre rumano, para actuar luego y construir también la nación y el Estado. Para nosotros un punto particular es que la presencia de los muertos de la nación total no es abstracta sino real: de nuestros muertos y sobre todo de nuestros héroes. No podemos separarnos de ellos; como fuerzas liberadas de la condición humana, ellos penetran y sostienen nuestra más alta vida.
     «Los legionarios se reúnen periódicamente en pequeños grupos, llamados 'nidos'. Estas reuniones cumplen unos ritos especiales. Aquél por el que se abre cada reunión es la llamada a todos nuestros camaradas caídos, al cual los participantes responden con un ¡presente! Pero esto no es para nosotros una simple ceremonia y una alegría sino, por el contrario, una evocación.
     «Nosotros distinguimos al individuo, la nación y la espiritualidad trascendente», continúa Codreanu, «y en la vocación heroica consideramos lo que conduce de uno a otro elemento de los mencionados, hasta una unidad superior. Negamos bajo todas sus formas el principio de la utilidad bruta y materialista: no solamente en el plano del individuo, sino también en el de la nación. Más allá de la nación, nosotros reconocemos principios eternos e inmutables, en nombre de los cuales se debe estar presto al combate, a morir y a subordinarlo todo, con al menos la misma decisión que en nombre de nuestro derecho a vivir y a defender nuestra vida».
     «La verdad y el honor son, por ejemplo, principios metafísicos, que nosotros ponemos por encima de nuestra nación».
     «Hemos mostrado que el carácter ascético de los guardias de hierro no es genérico, sino también concreto y, por así decir, práctico. Por ejemplo, está en vigor la regla del ayuno: tres días por semana, 800 mil hombres aproximadamente practican el denominado 'ayuno negro', es decir, la abstinencia de toda clase de alimento, bebida y tabaco. Igualmente la oración tiene una parte importante en el movimiento. Además para el cuerpo de asalto especial que lleva el nombre de los dos jefes legionarios caídos en España, Motza y Marín, está en vigor la regla del celibato».
     Preguntamos a Codreanu acerca del sentido preciso de todo esto. Parece concentrarse un momento, después responde. «Hay dos aspectos, para clasificar los cuales hay que tener presente en el espíritu el dualismo del ser humano, compuesto de un elemento material naturalista y de un elemento espiritual. Cuando el primero domina al segundo es el «infierno». Todo equilibrio entre los dos es una cosa precaria y contingente. Sólo el dominio absoluto del espíritu sobre el cuerpo es la condición normal y la premisa de toda fuerza verdadera, de todo verdadero heroísmo.
     «El ayuno es practicado por todos porque favorece a una tal condición, debilita las ataduras corporales, estimula la autoliberación y la autoa-firmación de la voluntad pura, y cuando a esto se añade la oración, pedimos que las fuerzas de lo alto se unan a las nuestras y nos sostengan invisiblemente, lo cual conduce a un segundo aspecto: es una superstición pensar que en cada combate sólo las fuerzas materiales y simplemente humanas son decisivas; entran en juego por el contrario, igualmente fuerzas invisibles, espirituales, al menos tan eficaces como las primeras. Somos conscientes de la positividad y de la importancia de estas fuerzas.
     «Es por esto por lo que damos al movimiento legionario un carácter ascético preciso.
     «En las antiguas órdenes caballerescas también estaba en vigor el principio de la castidad. Subrayo de todos modos, que entre nosotros se restringe a los cuerpos de asalto, sobre la base de una justificación práctica, es decir, que para aquél que debe volcarse enteramente a la lucha y no temer la muerte no deberán existir impedimentos familiares. Por otra parte, se permanece en este cuerpo solamente hasta los treinta años cumplidos. Pero, en todo caso, permanece siempre una posición de principio: hay de un lado aquellos que no conocen sino la 'vida' y que no buscan por consecuencia sino la prosperidad, la riqueza, el bienestar, la opulencia; del otro lado hay aquellos que aspiran a algo más que la vida, a la gloria y a la victoria en una lucha tanto exterior como interior. Los guardias de hierro pertenecen a esta segunda categoría».
     «Y su ascetismo guerrero se contempla con una última norma: con el voto de pobreza al que está obligada la élite de los jefes del movimiento, por los preceptos de renunciamiento al lujo, a las diversiones sin contenido, a los pasatiempos llamados mundanos, en suma, por la invitación a un verdadero cambio de vida que hacemos a cada legionario
».

     El Legionario sólo teme a Dios, al pecado y cuando sus fuerzas físicas y espirituales vengan a menos..." (Cornelio Zelea Codreanu).

jueves, 21 de febrero de 2013

Cornelio Zelea Codreanu: un ejemplo vigente

Revista Claves
Febrero 1993
 
VERBO, VITA, SANGUINE DOCUIT.(*)

     Vigente para los que aún tienen un motivo por el cual vivir, sufrir y morir, que enlaza a Cristo y a la Patria. Vigente, sí, a pesar de los años y de la decadencia que signa esta sociedad judaica y tecnocrática. Vigente, porque no es un mito, sino el fruto de la disciplina y al amor mas profundos. Vigente porque enseñó, y enseña, con su palabra limpia, simple, veraz; con su vida armonizada con sus palabras; una vida llena de espíritu y de acción, de entrega por aquellas cosas que merecen que un hombre de su vida; con su sangre, sangre noble, latina en gran parte, nobilísima estirpe de rumano, sangre vertida tantas veces en el combate y en la definitiva inmolación que le abrió los caminos celestes.
     Corneliu Codreanu, El Capitán, no puede no estar vigente con su ejemplo, con toda su fuerza y heroicidad invictas. Las manos asesinas que terminaron con su vida no pueden negar este paradigma y arquetipo de hombre de oración y de acción. El tiempo no puede borrar aquéllo que ya no es temporal, sino eterno: los héroes y los mártires nunca mueren. Viven, más vivos que nunca, en la memoria de pocos o muchos, poco importa; viven en la totalidad de aquélla falange que luchó y luchará hasta el fin de los tiempos contra los adversarios de Dios; es camarada, y compañero de ruta, aunque su mirada nos acompañe desde lo alto.
     Formamos, vivos y muertos, de todas las épocas, aún derrotados, abatidos, humillados, el más terminante y arrollador alegato contra la alevosía de la revolución, llámese como se llame, y esté donde esté.
     Por eso, traemos de de nuevo a la memoria al Capitán, el cual está más que nunca presente; sin vagas añoranzas, sin lamentos, con la alegría que da la conciencia de estar cerrando, con firmeza, la brecha de satanás.

Codreanu, El Capitán.

     Corneliu Zelea Codreanu, es, para muchos, un desconocido. No se ha difundido en hispanoamérica su obra lo suficiente, lamentablemente. Es un lujo que no podemos darnos. Porque los trazos y la contextura de su presencia es actual, y, lo más importante, es real. Codreanu no es un personaje de ficción, no; Codreanu es un hombre que entendió para que había nacido, y por ello, entendió el sentido de la muerte.
     Esperamos que sirvan éstas palabras dichas en 1938, año de su muerte, para despertarnos de este letargo del cual hace presa el enemigo.
     Entrevista realizada por Julius Evola a C. Codreanu.
     Bucarest, marzo de 1938, Mansión Verde.
     * EPITAFIO DE LA TUMBA DEL LIC. ANACLETO GONZALEZ FLORES.

domingo, 3 de febrero de 2013

OBSTINACION EN LA PERVERSION DE LA FE

Revista Claves
Febrero 1993 
EL CATECISMO DE WOJTYLA 

     Entre otros, en el punto 2106, el Catecismo repite las enseñanzas del Concilio y posconcilio acerca de la li­bertad religiosa. Dice textualmente:
     «Que en materia reli­giosa nadie sea forzado a obrar en contra de su con­ciencia, ni impedido de obrar, dentro de los justos límites, siguiendo su conciencia en privado así como en público, sólo o asociado con otros» («Dignitatis humanae», 1 , 2).
     Este derecho se funda en la naturaleza misma de la persona humana cuya dig­nidad la hace adherir libre­mente a la verdad divina que trasciende el orden temporal. Es por eso que (ese derecho) persiste aún en aquéllos que no satisfacen la obligación de buscar la verdad y adherir a ella» (
«Dignitatis humanae», 2).  
     2107.- Si en razón de circunstancias particulares en las cuales se encuentran al­gunos pueblos, un reconoci­miento civil especial es acordado en el orden jurídico de la ciudad a una sociedad re­ligiosa determinada, es nece­sario que al mismo tiempo sea reconocido y respetado el mismo derecho a la libertad en materia religiosa, a todos los ciudadanos y a todas las comunidades religiosas». (Id. ant.,6).
     2108.- El derecho a la libertad religiosa no es el permiso moral de adherir al error, ni un derecho supuesto al error, sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir a la inmunidad de coacción externa, en sus justos límites, en materia re­ligiosa, de parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido en el or­den jurídico de la ciudad de tal manera que constituya un derecho civil». (Id. ant., 2).
     Este nuevo derecho de que nos hablan desde el Concilio -antes aún, Lamennais y Maritain- supone según el Concilio un progreso en la persona humana, con su consecuente progreso en la sociedad total, progreso al cual la Iglesia no puede ser ajena o desconocer. Reconocen en el hombre un mayor sentido de la respon­sabilidad, a la cual recurren: «De la dignidad de la persona humana tiene el hombre de hoy una concien­cia cada día mayor, y aumenta el número de quienes exigen que el hombre en su actuación goce y use de su propio criterio y libertad responsable, no movido por coacción sino guiado por la conciencia del deber». (
Id. ant. 1, 2)
     Estas afirmaciones del Concilio, son viejas. Ya fueron pregonadas por Lamennais y Jacobo Maritain, maestro de Montini. Esencialmente lo que se nos propone como norma a seguir es la pulverización de los estados cristianos. Es una determinación francamente judaica, pérfida, de neto corte antropolátrico. Condenada por toda la Tradición de la Iglesia hasta Pío XII. Contiene tres errores básicos que con­ducen a la apostasía de las naciones:

     1. Predica las li­bertades como derechos na­turales de la persona humana;
     2. De consiguiente, pondera como un progreso, una socie­dad en la que está en vigor el reconocimiento de estas pú­blicas libertades; 
    3. De consi­guiente, pondera también como un progreso la alianza de la Iglesia con una sociedad que ha alcanzado este pro­greso y madurez.
     Estos errores han sido denunciados por todos los últimos pontífices. Especial­mente en Quanta Cura, de Pío IX; en el Sylllabus; en Immortale Dei, de León XIII, y muchos otros documentos que sería inútil citar pues han proliferado en respuesta a la revolución conciliar en los medios católicos.
     El «Catecismo» nueva­mente disuelve el Derecho Público de la Iglesia -termina con sus derechos inamisibles desde que le pertenecen por divina institución-; la iguala con los falsos cultos; profiere el indiferentismo más inso­lente y, finalmente, trata de conciliar sus enseñanazas con las de Pío XII y Pío IX, lo cual es, en rigurosa lógica, impo­sible.
     Nadie puede ser obligado a abrazar la fe católica; pero nadie puede forzar un Estado -que como tal debe sumisión a Dios, a igualar la única verdadera Iglesia de Cristo, la Católica, Apostólica y Roma­na, con otros cultos. El hom­bre no tiene derecho a profe­sar libremente el error. El error no da derechos, sólo la verdad y el bien.
     «Los que propugnan el indiferentismo religioso pretex­tando que no constata de manera clara cuál sea la verdadera religión y que no existe juez competente que pueda dirimir tan difícil cuestión, en la práctica afirman que debe existir la libertad de con­ciencia, esto es, que cada uno debe practicar la religión que más le plazca, lo cual -dicen- no se logra­ría si el Estado profesara una reli­gión determinada. Por lo cual el Estado debe mantenerse imparcial frente a todas las religiones, otorgándole su protección para que todas contribuyan igualmente a la prosperidad, moralidad y tranqui­lidad públicas. Así se legitima en la práctica el indiferentismo, in­troduciendo el principio de liber­tad de conciencia bajo la protección de la ley. El principio de la libertad de conciencia puede tener dos sentidos: uno recto y otro falso. La libertad de conciencia puede ser física o moral. La libertad física de conciencia existe. Así la Iglesia no impone sus doctrinas y sus normas contra la voluntad de los que la rechazan, sino sólo cuando éstos libremente las han aceptado. De otra manera el abrazar la religión no sería un acto humano ni meri­torio. La libertad moral de con­ciencia es de suyo ilícita sino en este sentido, expuesto por León XIII en la Encíclica Libertas: úni­camente como facultad de obra y hacer el bien. Cuando el hombre se adhie­re libre y conscientemente a falsas opiniones o libremente abraza el mal, no puede alegar ningún de­recho para hacerlo. Habida cuenta de la debilidad humana, de la propensión del hombre hacia el mal, tanto la Iglesia como el Esta­do, cada uno en su esfera, deben ayudar al hombre a evitar el mal y a hacer el bien». («Apuntes de Derecho Público Eclesiástico»; de Vicente M. Corro; Ed.Jus, Méxi-, co,1961).
     Inútil es seguir avanzando en éste tema; basta lo dicho y lo citado para delimitar la posición del Catecismo de Wojtyla. Este Catecismo pa­sará a ser otra de las «fuentes» de la «tradición viviente», biológicamente evolutiva y transformista. Inmersa en el siglo y absorbida por el siglo y el mundo. He aquí el porqué de la relativización de las fuentes, tema del que ya nos ocuparemos.

lunes, 28 de enero de 2013

LA IGLESIA Y LOS JUDIOS

     Revista Claves
Febrero 1993
     En el artículo IV, parágrafo 2, el Nuevo Catecismo se hace cargo de la defensa del pueblo judío con las siguientes afirmaciones:
     "Los judíos no son colectivamente responsables de la muerte de Jesús" - "todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo" (Puntos 597-598, págs. 130, 131).
     Retoma entonces el documento Nostra Aetate, del Concilio "Vaticano II".
     Es cierto que Nuestro Señor murió a causa de nuestros pecados, es decir, es decir, para redimirnos, pero no fueron esos pecados causa eficiente de la Pasión física. Los pecados, o mejor dicho la Redención, fue uno de los motivos de la Encarnación y la Pasión de Nuestro Señor.
     Pero también es cierto, con certeza revelada, que Cristo padeció físicamente y murió en la cruz por el rechazo y entrega que de El hicieron los judíos: (
«¿A cual de los profetas no persiguieron vuestros padres?; y dieron muerte a los que vaticinaban acerca de la venida del Justo, a quien vosotros ahora habéis entregado y matado». Act., VII, 52). Esta crucifixión no es atribuíble de ningún modo histórico a los cristianos, y mucho menos decir que «son los más responsables de la muerte de Cristo». 
    También es cierto, con certeza revelada, que los judíos intentaron en varias ocasiones matar a Cristo.
     También es necesario reconocer que si bien los romanos fueron causa instrumental del suplicio, esto ocurrió sencillamente porque los judíos no querían perpetrar el deicidio material por temor al pueblo, que, como en la entrada a Jerusalén de Cristo -aclamado Rey- podía bien darse vuelta en cualquier momento contra los sanhedritas.
     Recordemos también a esta Iglesia conciliar, con «conciencia de sí misma cada vez más profunda» pero con poca memoria, que los que declararon a Cristo reo de muerte por blasfemo, por hacerse Dios, fueron los judíos. Ellos son, entonces, formalmente deicidas.
     Veamos la cuestión sin la parcialidad y falacia ecuménica y rabínica, y entenderemos cómo San Pablo no hizo caso de los conceptos ligados a «atavismos» llamándolos «enemigos de todos los hombres». ¿Cómo es posible esto?.
     Repasemos la historia y veremos que no sólo crucificaron al Señor, sino que persiguieron y persiguen y lo harán hasta el fin del tiempo, a la Santa Iglesia.
     Remarquemos, además, que ellos no se preocupan por aclararnos a nosotros, pobres gentiles, si realmente aceptan o no la muerte de Cristo como algo justo: pues bien, no es necesario.
     En la medida en que cada judío de ayer, de hoy y de los tiempos que vendrán, adhiera a los mismos principios en los cuales se contiene virtualmente una nueva crucifixión, es deicida.
     En la medida en que adhiere a la Ley «según la cual debe morir», es deicida. En la medida en que -como Saulo de Tarso- persigue a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, y a Cristo en su Iglesia, es deicida. En la medida en que traslada su odio a Cristo a la persona de cada católico, o adhiere a las enseñanzas talmúdicas que lo preceptúan y aconsejan, es deicida.
     Que la NEO-SINAGOGA del Vaticano no quiera reconocer ésto, es problema que atañe a su perfidia, esa que niegan de los judíos, a quienes se resisten llamar «pérfidos».
     Hagamos entonces una referencia a los últimos anti-Papas, por boca de San Ignacio de Antioquía:
     «Absurda cosa es hablar de Jesucristo y vivir judaicamente; porque no fue el Cristianismo el que creyó en el judaismo, sino el judaismo en el Cristianismo». (Carta a los Magnesios, X).

lunes, 21 de enero de 2013

LA COMUNION RECIBIDA DE PIE, Y LA HOSTIA PUESTA EN LA MANO, SON EL TRIUNFO DE LA MASONERIA

Revista Claves, Febrero 1993 
(Tomado de la Revista «Qué Pasa», de Madrid, 26 de abril de 76)

     ¿Cuáles son en realidad las auténticas raíces de este mal (Comunión en la mano, recibida de pie, etcétera)? Hurgando más, y con documentos fehacientes en la mano, les diré que en los años 1928 y 1929, las circunstancias de la vida hicieron que cayeran en mis manos y pude examinarlos de cerca, documentos masones altamente comprometedores, tanto en político como en lo religioso. Entre los varios que tuve ocasión de examinar, citaré la obra «La Creation» de Jacques de Boyer (1820), en la que por primera vez se lee lo del punto «z» o de convergencia entre un «dios» que se está haciendo y el cosmos que en constante evolución va a su encuentro. (N. de T. Por lo visto Teilhard no era nada original)... Pero lo que más nos interesa ahora es el «Epistolario Guaita-Rocca-Encausse». (N. de T. Recordemos que el Abate Rocca fue uno de los infiltrados clérigos-masones más notables de su siglo, y que no se escondía para proclamar los planes de la masonería sobre la Iglesia. Escribió entre otras obras, «Glorioso Centenario» sobre estos planes)... En él aparece una carta fechada el año 1888 de Estanislao de Guaita, llamado el Mago Negro o poeta de Satanás, a Pablo Rocca, (eminencia gris de las logias, grado 33 de la Masonería), y en uno de sus párrafos dice así:
     «Hemos de trabajar activamente para lograr que en los templos romanos se comulgue de pie. El día que lo consigamos, nuestro triunfo estará asegurado».

     En el mismo año Pablo Rocca le contesta, y al hacer alusión a dicho párrafo, le dice:
     «Estoy totalmente de acuerdo con sus puntos de vista, pero será conveniente pasar rápidamente a una segunda fase, dando el pan en la mano a esos antropófagos fanáticos".

     El ex-canónigo de Perpignan sabe que con la comunión en la mano se arrancará el «fanatismo» (léase fe teologal) del corazón de los «romanistas». Estamos ya en 1889, y Guaita le contesta de nuevo:
     «Con estos dos logros, el resto caerá como fruta madura puesto que la Eucaristía es SOLAMENTE ESTO; UN AGAPE-SIMBOLO DE LA FILANTROPIA UNIVERSAL». 

    Pocos años más tarde, sería el ex-abate Melinge quien escribiera:
     «El Presidente de la Asamblea pondrá sobre la mesa ritual la copa llena de pan y el jarro lleno de vino, para que los hermanos se sirvan ellos mismos a discreción, puesto que solamente ESO ES LA EUCARISTIA: AGAPE-SIMBOLO DE LA FILANTROPIA UNIVERSAL».

     Cuando a principios del presente siglo los modernistas se acercaron al Papa San Pío X pidiéndole conceder la Comunión de pie, alegando ya entonces que los israelitas comieron de pie el cordero pascual, símbolo o promesa de la Eucaristía, el Papa les contestó con esta frase lapidaria:
     «LOS SIMBOLOS Y PROMESAS SE ESPERAN DE PIE, MAS LA REALIDAD SE RECIBE YA CON AMOR Y DE RODILLAS».

NUESTRO COMENTARIO

     Existen dos hechos innegables comprobables por documentos inclusive pontificios como el de S.S. León XIII en la Encíclica «Humanum Genus»: 1.- La infiltración masónica en la Iglesia, que ha sido la vía del Judaismo. 2.- La estrecha relación entre los cambios de la Iglesia post-conciliar, y las reformas propuestas hace un siglo por la clerecía masónica que despues se llamó «modernista" proponiendo los erróneos y condenados puntos del Sinodo de Pistoya. En la reforma litúrgica sobre todo, es de hacerse notar la realización de los planes sobre la Santa Misa y la Comunión. La nueva misa se aproxima cada vez más al «Agape-Símbolo de Fraternidad universal» masónica, y judaica. Tras de la última «evolución» de la «celebración eucarística" quedará sólo una cena de amor fraternal que abraza a todas las religiones para acabar asimilándolas y destruyéndolas a todas bajo la sinarquía judaica. Es decir, a todas, menos a la religión católica, porque Cristo es Dios y Su Promesa prevalecerá pesar de la oscuridad presente y de los planes siniestros ya realizados.

viernes, 11 de enero de 2013

EL MIEDO DE LA REVOLUCION

 "Lo que se escribe con sangre siempre permanece, 
el voto de los mártires no perece jamás".
 Anacleto González Flores:

     La revolución tiene miedo. Padece el vértigo del derrumbe. Siente que bajo sus pies se entretejen y se entrecruzan todas las fuerzas históricas en plena conjuración, con todos los mensajes de nuestros muertos, y se halla poseída de la locura del terror. Todas las revoluciones han tenido razón de temer. Todas las revoluciones han tenido miedo. No han tenido jamás razón contra la historia y por esto siempre han tenido razón para enloquecer de espanto. Porque toda la cuestión planteada, todo el debate empeñado entre las revoluciones y sus enemigos se resume en un encuentro enconado, tenaz, a muerte, entre el poder de la historia, y la importancia de los soñadores de utopías y de novedades. Y la pregunta que se hacen y se han hecho todas las revoluciones es ésta: ¿ha muerto la historia, muere la historia? La respuesta la ha escrito la misma historia, que, aparte de sobrevivir todos los días, sobre el dorso rugoso de unos cuantos pergaminos, ha matado y mata todos los días todas las revoluciones. La historia, fuerza enterrada y dispersa a lo largo del camino de razas, de patrias y de conquistadores; polvo que descansa en el borde de todas las tumbas y que han visitado todos los desiertos es un poder perpetuamente vivo, presente en la carne trémula de todos los viajeros y hecha armadura, en el fondo complicado y tumultuoso de hombres y pueblos con una montaña edificada subterráneamente con las piedras caídas al paso de los tiempos. Y en el encuentro estrepitoso, resonante entre las revoluciones y la Historia, por algún tiempo, por
mucho tiempo en algunas ocasiones, parecen tener la razón las revoluciones; pero tarde o temprano, pero en todo caso siempre acaba por tener la razón última y definitiva la Historia.
      Lady Macbeth al día siguiente del asesinato del legítimo rey de Escocia, se enfermó de insomnio. Y todas las noches se levantaba de su lecho la reina estrujada y atormentada por su propia historia. El espectro de la propia historia, ya se trate de individuos o de pueblos, invisible y callado comparte todos los días las fatigas de la jornada y nos acompaña en todas las peregrinaciones. Asiste al consejo y a las deliberaciones de todos los vivos. Y cuando alguien se atreve a medir sus fuerzas con él y le declara la guerra, nadie resiste ni más tenazmente ni más victoriosamente que él. Renán veía con el ojo lleno de espanto el espectro del pasado, cuando en el mensaje que escribió para despedirse del Dios de su juventud se anticipó a jurar que reprobaba de antemano, Renán, las abjuraciones que pudiera hacer el Renán envejecido. Y es que en la Historia hay siempre algo, en algunas ocasiones mucho del trabajo de Dios y del trabajo de la razón.
     Pero al tratarse de pueblos que han sido amasados, moldeados, edificados, de arriba a abajo por el Cristianismo, entonces en las fuerzas subterráneas de la historia aparece, cuando las puntas de todas las espadas y de todas las bayonetas se vuelven hacia abajo del nervio vivo de las conciencias y de las reservas tradicionales, el puño de Dios, recio y fuerte, como un nudo de montañas retorcidas y agarradas a las raíces de piedra de todas las cordilleras, Y ante esa invencible y centuplicada conjuración de la historia y de Dios, todas las revoluciones acaban y han acabado por ser derrotadas. Todas las revoluciones nacen con la espada fuera de la vaina. Podrán tener a su lado, algunas razones, pero nunca por ser una sublevación total contra el pasado, no tienen ni podrán tener razón contra la historia. Mucho menos la pueden tener ni llegarán a tenerla contra Dios. Y armados de la violencia, porque de antemano saben que no tienen otro recurso, se dan a acuchillar cuerpos y a levantar guillotinas. Pero todos sus planes fracasan. La sangre, la espada, la intriga; todo desemboca en el desastre.
     Francia, la Francia de los descaminados, de los revolucionarios, melló todas sus guillotinas; cansó todos los brazos de los verdugos y agotó sus proyectiles en matar a sus verdugos; pero de entre las manos ensangrentadas de los asesinos se vio salir un emperador que la misma revolución había amamantado a sus pechos y que, la resurrección del genio romano que vislumbró la eternidad en la tierra desdobló la mano de Carlomagno, le tomó el cetro, echó los trazos del Sacro Imperio y vivamente aleccionado por la inestabilidad y flaqueza de la revolución quiso sentir sobre la frente y sobre su diadema el dedo de Roma ungido con el óleo de la piedra indestructible. Fue un vengador de la historia de Francia, se reconcilió con las fuerzas históricas y mató a la revolución. Al día siguiente ciego de orgullo, ebrio de vino de las alturas, tornó a ser revolucionario el nuevo Emperador de los franceses y se cebó en el Papa y retó de nuevo a la historia. Y una conjuración en que riñeron desesperadamente las espadas de muchos ejércitos y las fuerzas históricas de muchos pueblos, llevó al coloso a la arista de una roca escueta y allí le dejó sin espada y sin poder. Y nada menos Hipólito Taine asegura que todas las marchas y contramarchas que la fiebre de Bonaparte hizo padecer a Roma con la persecución, se anudaron apretadamente para dejar bien preparada la apoteosis del Papa que culminó en la declaración de la infalibilidad pontificia. Y esto hacen a más no poder las revoluciones; podar las fuerzas históricas, empujarlas hacia abajo para que busquen ansiosamente corrientes de savia, cimientos más hondos, y, un día se anuden todas las vías subterráneas de todas las vidas y acaben por quedar solas y triunfantes por encima de las conjuraciones. Y mientras no se encuentre un medio suficientemente eficaz para matar a la historia, mientras la historia de cada hombre y de cada patria y de cada pueblo sea un poder sepultado, perpetuamente vivo, que nos hace padecer insomnios y marchar atados a su dirección, las revoluciones padecerán derrotas definitivas e inevitables. Y una de las cosas que han hecho caer en el despeñadero de todos los desastres a la democracia moderna, ha sido y es su aversión al pasado, su rencor enconado hacia los muertos. Y claro está que un sistema de gobiernos que empieza por matar la democracia respecto de los muertos, bien pronto acaba por matar la democracia respecto de los vivos; pero también tarde o temprano será decapitado, y enterrado por la democracia de los muertos. Y si la democracia de los muertos es todos los días la única verdadera democracia que acaba con las locuras y los sueños de los innovadores que se sublevan contra el pasado, es porque es la democracia de la historia y porque es una fuerza viva que muchos han creído haber sepultado y que nadie ha podido ni podrá nunca extinguir.
     Las revoluciones tienen y han tenido miedo porque se hallan solamente delante del poder de la historia y porque todas las máquinas de guerra de que disponen tienen un alcance arrasador contra los vivos, pero no alcanzan a tocar los huesos de los muertos.
     Nosotros asistimos no desde ayer, no desde unos cuantos días; sino desde hace cerca de un siglo al duelo mortal entre las revoluciones y nuestra historia; y hemos seguido y seguiremos siendo testigos de la persistencia invencible, de nuestras razones históricas, raíces vivas que todos sentimos temblar y sacudirse en el nudo vital de nuestro ser espiritual y nacional ante el golpe arrasador del hacha de los sublevados. Hoy se centuplica el furor, se entrecruzan las hachas sobre la carne viva y sobre la sustancia real de nuestra historia, pero a cada golpe, a cada hachazo, a cada herida, a cada torcedura del potro, más que los vivos, siguen respondiendo nuestros muertos. Y nosotros mismos no obstante la dispersión de caracteres, de flaquezas individuales y colectivas, no podremos hacerle traición al grito en que formula su respuesta categórica la razón de nuestra historia. Más aun, a los vivos se nos ha vencido y se nos ha desarmado desde hace muchos años, ni tenemos bayoneta, ni espada, nos hallamos con los brazos caídos y pisamos sobre escudos abollados y sobre empuñaduras rotas. Entre tanto ellos, como los Césares de la vieja Roma, lo tienen todo; ejército, capitanes, espadas, las alturas del poder, los circos, los leones, todo.
     Y sin embargo, tiemblan, sin embargo temen, sin embargo sobre nuestra manos de esclavos vencidos, sobre nuestros brazos amarrados a la piedra de los vencidos ven alzarse, ven pasar un espectro. No somos nosotros, no son los hijos de nuestros hijos, son nuestros muertos es la razón de nuestra historia.
     Y afilan de nuevo sus cuchillos y cortan carne y sueltan sus fieras.
     Pero como en las páginas de Macbeth a medida que se multiplican los asesinatos, se multiplican los espectros y a medida que se multiplican los espectros se multiplica el terror. En la célebre tragedia de Shakespeare quedan solos el usurpador y su espada; en el escenario de las revoluciones están solas su espada y ellas. Y mientras que les pertenezca una sola fibra de las que forman la trama viva y recia tejida por los muertos y esto no lo conseguirá con la espada en la mano, están amenazados, sitiados, estrechados por el desfiladero de los muertos. Y estarán perpetuamente amenazados por la razón viva de la historia que ha escapado, que escapará siempre al potro, a la guillotina, a la cárcel y a las puntas de las bayonetas. De aquí que para que las revoluciones lleguen a sentirse tranquilas, necesitan sorprender el momento o el día en que los pueblos empiecen a escribir su historia o pactar y reconciliarse con ella. De otra suerte, se hallarán ante esta disyuntiva implacable: o matar la historia, o estar condenados a tener miedo, y a ver con el puño roto, el irresistible retoñar de las fuerzas históricas. Entre tanto no les queda más recurso que enfermarse de zozobra y temblar mientras nuestra historia herida por el potro y por la espada, se retuerce y grita como un enterrado vivo.
     Francia ha empezado, en medio del frescor y la lozanía de sus convalecencias a enterrar a la Revolución; el matador y el sepulturero, como en todos los pueblos donde se ha sentado un día Cristo a decir el sermón de la Montaña, ha sido Carlo Magno y Juana de Arco. Nuestros nietos asistirán al entierro de la revolución en nuestra Patria: Los sepultureros serán: Hernán Cortés y Bartolomé de las Casas. Su epitafio será el que se ha escrito para todas las revoluciones: «mató, despojó, apaleó, amordazó, encarceló, por miedo. Con todo, y precisamente por eso, el miedo la mató».
Revista CLAVES
Diciembre 1992