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viernes, 13 de marzo de 2015

LUZ EN LA SENDA

A GUISA DE PROLOGO
     Para recorrer un camino es preciso conocerlo; si esto no es posible, reclama la ayuda de un guía que pueda señalar y dirigir uno a uno los pasos que hemos de dar en él: de lo contrario, estaremos sujetos a riesgos y peligros que puedan causarnos fracasos o enormes perjuicios.
     Para seguir la senda de la vida, más que para ninguna otra cosa, es necesaria esta ayuda valiosísima, a fin de evitar los tropiezos, los accidentes y las caídas mortales. Estamos necesitados de una mano segura que nos conduzca serena y apaciblemente, de un faro que ilumine los riscos y las pendientes, evitando así que caigamos en precipicios y barrancos; de una ayuda fuerte y sobrenatural, capaz de indicarnos y de hacernos ver a cada paso, cuál es el bien y cuál es el mal, dónde está el fin y qué medios conducen a él, por dónde debemos inclinamos y hacia dónde debemos conservar el equilibrio de nuestro propio ser.
     En una palabra: para recorrer la senda de la vida necesitamos del Cristianismo, único que encierra en sí la luminosa orientación que pueda guiar al cristiano en el comienzo y el fin de su existencia; único capaz de ofrecerle todos los auxilios y medios con qué subsistir a pesar de las luchas y peligros, único también que coronará el fin de su carrera con aquella vida inmortal que perdurará por los siglos de los siglos. Conocer el Cristianismo, practicar el Cristianismo, elevarse por el Cristianismo, he aquí el secreto, la clave de donde estará pendiente el principio y de nuestra existencia toda. He aquí la tarea a que debemos consagrar nuestras fuerzas vivas a fin de lograr el éxito completo; he aquí el medio único y seguro para hacer de nuestra existencia una perfecta manifestación de todos aquellos valores que encierra en sí la personalidad humana, cuando ha sabido ser y actuar conforme a la gran misión que le está encomendada.
     La mujer en el Cristianismo es el tipo perfecto de grandeza y dignidad, es la obra maravillosa en la que encerró Dios lo más excelso y lo más grande de su obra creadora, dándole en la exquisita formación de un alma selecta y sobrenatural el secreto mismo de su omnipotencia, uniéndola a la obra de su creación, comunicándole un hábito divino en la misión más alta: la de la maternidad; lleva en sí la mujer, la consecución de la vida en los seres, haciéndose así cooperadora de la grandiosa obra de la Creación Divina.
     A esta mujer, pues, a la que está encomendado lo más grande y lo más sagrado en misión y vocación, el Cristianismo ofrece todos sus tesoros, todos sus medios divinos y todos sus recursos incomparables, para sostenerla en la cumbre de su misión cristiana.
     Sepamos conocerla, apreciarla y practicarla; correspondamos a la misión que nos ha sido encomendada.
     Alumbrémosla, iluminémosla con este faro brillantísimo: el Cristianismo.
     Vivamos de El
     Actuemos en El
     Presentémoslo tal cual es, en toda la grandeza de su ser divino y humano.
LUZ EN LA SENDA

sábado, 27 de septiembre de 2014

EL HOMBRE DE LO TEMPORAL

     No me satisface, por incompleta, la definición del laico como “el hombre de lo temporal”. Por muy inmerso en lo temporal que se le quiera suponer, es imposible prescindir del llamamiento universal a la santidad...
     El religioso, que está religado; el sacerdote, que está consagrado, es el hombre de lo espiritual, aunque no exclusivamente. Está “segregado”, como dice San Pablo, pero no incomunicado.
     El seglar, el laico, sería el hombre de lo temporal, aunque no exclusivamente, porque le ocasionaría la ruina.
     Esta parcela de lo temporal, que por voluntad divina le ha tocado en suerte, como lote de trabajo, no es renuncia a lo espiritual ni exclusión de las miras de eternidad que hicieron cristiana a toda la Edad Media. El tiene obligación de dignificar y espiritualizar lo temporal; de poner gotas y peso de eternidad en el instante fugitivo y en la obra caduca; de orientarse cada momento hacia la ciudad futura que ha de permanecer...
     Un poeta colombiano ha dicho lindamente que el hombre pasa por el mundo:
     "tocada la sandalia con polvo de la tierra, tocada la pupila con resplandor del cielo...” 
     Vamos a conceder, para el laico principalmente, que el polvo de la tierra llega a tocarle también las manos y la frente...
     Dichoso él si sabe caminar así hasta Dios y llevarle los testimonios de su labor de cada día.
     Entre el polvo del taller se santificó José, el de Nazaret; sobre el barro de Castilla, San Isidro; con polvo de infolios, el profesor Fe-rrini...
     Pero en la pupila y en el alma llevaban siempre la luz del cielo. La ley de Dios era antorcha para sus pies. Eran emisarios de la creación que, mediante ellos, iba realizando su retorno a Dios.
     Todo viene del Padre y debe retornar a El... Intermediario y Pontífice de este retorno del Universo es el hombre, empinamiento y vértice de la materia sobre la cual trasciende y vuela por aquel soplo divino y aquella imagen divina que lleva consigo...
     Inmerso en la materia, la recapitula, y emerge de ella en acto de liberación propia y de oblación suprema al Padre y Creador.
     Su vida debe ser un ofertorio permanente. Mediante su inteligencia atrae, filtra y capta lo natural; y el mundo entero y mil mundos posibles le danzan armoniosamente en el alma.
     Mediante su voluntad, él hace de las criaturas peldaños para la ascensión a la casa del Padre.
     Mediante su amor, el presta voz a toda la creación y almas y estrellas cantan el salmo de la gloria y de las misericordias divinas...
     “Bendecid todas las obras del Señor al Señor: alabadle y enaltecedle por todos los siglos.”
     El religioso y el sacerdote son la plegaria del mundo que se eleva a Dios en regreso de adoración y de gratitud; pero la Iglesia quiere que a ellos se una el simple fiel en la oblación de su faena diaria, como una modesta y amorosa contribución del esfuerzo humano a la plenitud final cuando todo quede consumado y recapitulado en Dios...
     Y lo hace por Nuestro Señor Jesucristo.
     Porque El, Dios y Hombre verdadero, es el Gran Pontífice y el intercesor ante el Padre.
     Todo hombre hace puente (pontifex), porque eslabona en sí materia y espíritu. Y es pontífice de la creación porque le corresponde de oficio trocarse en plegaria y en vuelo hacia Dios en nombre de todas las criaturas inanimadas o irracionales.
     Pero el Gran Pontífice es Cristo, Dios y Hombre, primogénito de sus hermanos y corona del mundo.
     El, mediante la encarnación, atrajo a Sí, misteriosamente, inefablemente, tedas las criaturas. Y su persona, universo viviente, conciliación de alturas y de abismos, se ofrece a los cielos y al Padre como representante de todas las cosas. Y ahora mismo el Gran Pontífice vive para interpelar por nosotros...
     Mirada así la vida del simple fiel, a la luz de estas perspectivas universales y cósmicas y como aportación al ritmo y “al destino total y armonioso de la creación”, que se va cumpliendo bajo la faz del Padre que está en los cielos, cambia por completo el sentido de nuestra existencia, se alumbra nuestro camino, se alivia la faena de cada día y se vive como viandante —homo viator— que sabe de dónde viene y a dónde va, por qué sufre y por qué espera, por qué reza y por qué trabaja y canta, Quién le guía y a Quién ha de volver cuando se consume el regreso...
     Entonces ya no será el viandante, sino el ciudadano del reino de Dios.
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

lunes, 8 de septiembre de 2014

EL VALOR DEL CUERPO HUMANO

     Entre cultivadores desaforados del humanismo corren a menudo dos frases hechas: “La Iglesia católica desprecia al cuerpo humano”. “Al cuerpo hay que darle lo suyo”.
     Lo primero es falso. Lo segundo, equívoco.
     En realidad, no hay religión que aprecie tanto al cuerpo del hombre como la Iglesia católica. Ella nos recuerda la sentencia de Job de Idumea: Manus tuae fecerunt me et plasmaverunt me. Tus manos, oh Señor, me hicieron y me configuraron.
     Resumamos brevemente la doctrina de la Iglesia acerca del cuerpo humano (Seguimos en esta sugerencia a don E. Enciso, en su precioso libro “La muchacha y la pureza”).
     1.° El cuerpo es habitación, instrumento y compañero natural del alma.
     2.° El cuerpo es instrumento de Dios para la producción de nuevos seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios.
     3.° El cuerpo del hombre, formado del barro de la tierra, estuvo desde su origen destinado por Dios a un fin noble y bello, a un fin sobrenatural y eterno.
     4.° Jesucristo elevó el cuerpo humano a la cumbre más alta de la creación al unirlo, junto con el alma, a la Divinidad. Desde Nazaret, desde Belén, Dios humano habitó con nosotros.
     5.° El Cuerpo sacratísimo de Cristo fue instrumento de redención y santificación, triunfó gloriosamente en la resurrección y en la ascensión a los cielos y permanece sacramentalmente en la Eucaristía.
     6.° Flor y corona de cuerpos humanos fue el cuerpo de la Virgen María, inmaculado, incontaminado, pacífico, incorrupto y asunto a los cielos.
     7.° El cuerpo humano recibe culto en las reliquias de los que se ennoblecieron mediante la santificación.
     8.° También al cuerpo humano, desequilibrado por el pecado de origen, alcanzaron los frutos de la redención: fue rescatado a precio de sangre divina y gozará inefablemente en el cielo.
     9.° Al habitar Dios en el hombre, por la gracia, el cuerpo queda también constituido en templo de Dios, digno de respeto y consideración.
     10.° Pero tampoco se debe olvidar que el cuerpo humano sufre los desórdenes del pecado original y tiene entrañados y vivos los estímulos de la concupiscencia. De ahí sus instintos irracionales y bestiales; de ahí su combate contra las aspiraciones y los vuelos del espíritu.
     Hay quienes pretenden ignorar estas realidades insoslayables: la caída primera, el pecado original, la concupiscencia y sus brotes incesantes.
     De ahí la valorización excesiva del cuerpo humano y el cultivo unilateral pregonado por una reacción humanista de sentido neopagano.
     “Al cuerpo, repiten, hay que darle lo suyo...”
     ¿Y qué es lo suyo? ¿Acaso todo lo que satisfaga la voracidad insaciable de los apetitos desordenados? ¿Todo lo que reclama el instinto?
     En pleno Renacimiento, un austero santo español, Ignacio de Loyola, formuló su meditación sobre el fin y el uso de las criaturas, puestas por Dios en el mundo para que ayuden al hombre a conseguir su último fin, que es salvar el ánima... Y dió una máxima de suprema discreción en el famoso: tanto cuanto...
     A todos los cultivadores exagerados de un humanismo ambiguo habrá que recordarles siempre la sentencia imperecedera de Cristo, dicha para todos los hombres de todos los siglos y de todas las culturas: El que quiera seguir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo... Y negarse es decirles no miles de veces en la vida a muchas exigencias desordenadas.
    A la juventud de hoy, tan solicitada por el culto a la belleza física, por el deporte y el naturalismo, la Santidad de Pío XII invitaba a meditar en un texto célebre del Apóstol San Pablo. En medio de Corinto, ciudad corroída de inmoralidad, Pablo había plantado una cristiandad nueva. Y estando él en Efeso, tuvo noticias desagradables de algunos de sus cristianos, imbuidos, sin duda, por aquel ambiente de relajación. Pablo los había invitado a vivir según Cristo, y ahora se enteraba de que vivían, según frase proverbial, a la corintia... Fue entonces cuando tomó su pluma, que siempre destellaba luz, y les dijo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros? Habéis sido comprados a un precio muy caro. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo...”
     No debería la juventud cristiana de nuestros días olvidar esta doctrina glorificadora.
     Mira y trata el cuerpo con limpieza y decoro. No profanes el templo de Dios.
     Para que un templo sea sagrado, lo bendice el sacerdote. Y lo que era un edificio, por artístico que se quiera suponer, queda convertido en lugar sagrado. Bendecido por el sacerdote en la ceremonia del bautismo, tu cuerpo se convierte en casa de Dios.
     Hay templos ungidos por el Obispo en ceremonias de impresionante belleza y sublime simbolismo. También tú quedaste ungido en la ceremonia de la confirmación y debes difundir en tomo tuyo el buen olor de Cristo.
     El templo se llena de dignidad y majestad cuando en él se establece un sagrario. No olvides.. cristiano, que muchas veces en tu vida Cristo ha venido a ti en la dádiva prodigiosa y amorosa de la Eucaristía...
     Cuida tu santuario; ¡no profanes tu templo!
     A San Ignacio mártir lo presentan ante el Tribunal de Trajano.
     —¡Miserable!, lo insultan.
     — ¡Nadie llame miserable a quien lleva consigo a Dios!
     —¿Pero es que tú lo llevas? ¿Eres Teóforo?
     —Los que viven con castidad y piedad son templos de Dios...
     “Sí, hermanos —concluye San Pablo—; glorificad y llevad a Dios en vuestros cuerpos..."
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

sábado, 16 de agosto de 2014

QUIERO VIVIR.

     “Pero a todos los que le recibieron —al Verbo— les dio el poder ser hijos de Dios...” 
(S. Juan. Init. Evang.)

     ¡Quiero vivir! No es, Señor, ansia de prolongar, lejos de la casa de mi eternidad, lo que el poeta llamó “este largo morir que llaman vida...”
     Ni esa ilusión de perpetuar nuestro vuelo fugaz con obras imperecederas.
     Bien sé que la tierra no es mi centro.
     Y que pasa el hombre y su recuerdo...
     ¡Todos caminamos... y olvidamos! ¡Y somos olvidados!
     ¡Quiero vivir! la vida superior, la que un día se me infundió “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo...”.
     Sobre mi cabeza el agua bautismal; en el alma, una onda de vida, un germen de vida eterna para gloria eterna.
     ¡Quiero vivir! Esa vida que se me comunica en el bautismo, se recobra por la confesión, se nutre del pan de la Eucaristía y rematará en aquella luz de la gloria que es visión y fruición.
     Ya soy “nueva criatura”, ya soy “particionero de la naturaleza divina”. Hijo adoptivo de Dios. Y no con externa, legal adopción, sino con adopción transformante y vivificante, tan íntima y tan verdadera, que “filii Dei vere nominamur et sumus”. Nos llamamos y somos, en verdad, hijos de Dios...
     En Jerusalén, en la quietud de una noche toda henchida por el misterio y las hablas de Dios, Nicodemus, varón principal, escucha de Cristo estas palabras peregrinas:
     —En verdad, en verdad te digo que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan, III, 3).
     Su reino: la gracia, la Iglesia, el cielo...
     De Jerusalén a Etiopía, el ministro de la reina Candace camina y lee. Los oráculos de Isaías van iluminando su viaje... Y el apóstol Felipe, estribando en estas Escrituras, grávidas de mesianismo, lo evangeliza, le da buenas nuevas de Jesús.
     Y llegaron a un paraje en que corría el agua...
     Yo, dijo el etíope, creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.
     Y bajaron ambos de su carruaje, y Felipe lo bautizó.
     Y el ministro prosiguió su viaje rebosando de gozo. Ibat per viam suam gaudens...
     En su vida del tiempo se había infiltrado la eternidad con un peso y un mensaje nuevo.
     Y llevaba consigo la regeneración de la gracia, que no es más que iniciación de aquella vida sin fin.
     La gracia es una vida con tendencias y exigencias de crecimiento hasta la plenitud.
     También yo, Señor, voy gozoso por mi camino, con tu gracia en el alma, con mi título de hidalguía, mi blasón de suprema nobleza y mis anticipos de fruiciones soberanas y eternas...
     Soy hijo adoptivo de Dios, nueva criatura, particionero de la naturaleza divina.
     Ya puedo clamar: ¡Abba, Padre! No sólo ¡Señor, Amo, Dueño! Sino Padre, Padre mío, Padre nuestro que estás en los cielos y que estás en mí...
     Reconoce, alma mía, tu dignidad.
     Tú, Señor, dijiste: Vine para que tengan la vida y la tengan en abundancia.
     Señor y Padre mío: que yo la tenga y la viva con plenitud, que yo la actúe gozosamente, porque es la única que merece ser vivida.

lunes, 14 de julio de 2014

¡SALVA TU ALMA!

     Salvarse. ¿Y qué es salvarse? Lee, medita y resuelve. Te lo van a decir los experimentados a lo humano y a lo divino. Te lo dirá la Verdad Eterna.
     El Rey. Luis XVI de Francia, a punto de ser ejecutado, te da su verdad y su lección suprema, que tú no debes aprender tan tarde: “Muchos negocios tuve en vida; este de ahora es el negocio”.
     El maestro de almas. Dijo Ignacio de Loyola: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, Nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”.
     El poeta. “¿Yo para qué nací? Para salvarme”.
     La sabiduría popular.
“Es la ciencia consumada 
el que el hombre en gracia acabe, 
porque al fin de la jornada, 
aquel que se salva, sabe, 
y el que no, no sabe nada”.
     El conductor político. “Consideramos al nombre como portador de valores eternos, con un alma capaz de salvarse y de condenarse...”
     El asceta convertido. Escribe el P. Faber: "¡Salvarse! ¿Y qué es salvarse? ¿Quién puedo decirlo? Es escapar del más terrible de los naufragios, es gozar del reposo en la Patria. Pero ¿qué patria? Es mecerse por siempre dulcemente en el seno de Dios, en un éxtasis eterno de invariables delicias”.
     El Apóstol de las gentes. “Vestrum negotium agatis”. El negocio vuestro. Tu cuestión personalísima; necesaria, porque si no, lo pierdes todo; urgente, porque es de máxima importancia y tu vida tiene un límite que tú desconoces...
     Jesús, nuestro Salvador. “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” Esta pregunta de Jesús convirtió a Javier, el mundano universitario de París, en el santo y el apóstol de las Indias... ¡Salvarse! En realidad, para tu dicha, es lo único que te importa. Te va en ello la inmortalidad del gozo, el aquietarse definitivo de esa tu alma, enferma de insatisfacción hasta que repose en su último Fin. ¡Así nos hiciste, Señor. Y así andamos, menesterosos de Ti.
     Entonces, ese tu entendimiento ávido quedará anegado en luz. Y esa tu voluntad, centrada en amor total y eterno. Y no habrá ausencia, ni temor, ni tristeza, ni ansiedad, ni pecado, ni remordimiento. Vida sin fin; posesión de Bien sumo; paz y sosiego inefables.
     Pero salvarse es cosa muy tuya.
     Y oye bien lo que enseñan los teólogos:
     1.° Si el hombre está decidido a salvar su alma, nadie se lo puede impedir.
     2.° Si el hombre está decidido a perder su alma, nada es capaz de forzar su resolución.
     Ante ti, niño, joven, caminante de la tierra, se bifurca el camino de la vida.
     ¡Por aquí se va al cielo!
     ¡Por aquí se va al infierno!
     Y Jesús dice: El que quiera venir en pos de Mí...
     Fíjate bien: el que quiera... Puedes seguir libremente una de las dos direcciones: derecha, izquierda.
     O salvarme, o condenarme.
     Es mi dilema terrible. Terriblemente práctico y personalísimo. Ahí abocará mi trayectoria humana, sea cual fuere, clamorosa o escondida. De mí, en definitiva, sólo quedará un alma salvada o un alma condenada, un elegido o un réprobo...
     Y esta incertidumbre de mi salvación se revelará y disipará cuando ya no quede alternativa. Cuando Dios me declare eso: elegido para siempre; réprobo para siempre.
     ¡Señor que me creaste, ten misericordia de mí!
     Yo sé que Tú me esperas con los brazos abiertos y con los tesoros de tu gracia. Toma mi voluntad y mi cooperación en total entrega.
     Maestro Ignacio de Loyola, que clavaste en el ánimo de Javier la saeta evangélica del "¿qué aprovecha...?” Clávala, profunda y tenaz, en mi alma.
     Jesús, Maestro soberano, que pronunciaste esas desgarradoras palabras de vida eterna.
     ¡Pierda yo el mundo y mil mundos! ¡Pero que mi alma se salve!
R. P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

miércoles, 9 de abril de 2014

EL PADRE, EL HIJO, EL ESPIRITU SANTO

     Para un cristiano, la única realidad importante es Dios. Por una dolorosa desviación original tenemos la tendencia instintiva de hacer girar el mundo en torno de nosotros mismos, o como hoy se dice, del propio yo. Mas para obrar como es debido hay que resolverse a implantar a Dios en el centro de todo, del pensar y del obrar.
     Ya Dios está en nosotros, dentro de nosotros, en el santuario del alma, en el centro del castillo interior. Pero hay que darse cuenta de esa divina presencia y permitirle a Dios que actúe libremente.
     Si no los empañáramos con el vaho del pecado, los muros del castillo brillarían translúcidos y resplandecientes...
     El hombre, inhabitación de Dios...
     El hombre, templo de la Trinidad Augusta...
     Voy a meditar de qué manera, en este plan inspirado por el amor divino, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, cumplen su oficio en función de lo que las Tres Divinas Personas son, misteriosamente, en la Trinidad.
     El Padre. Es el todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. El Principio sin principio, el Origen absoluto, la Fuente manantial de todo. De El procede todo, hacia El ha de volver todo. En la creación, en su misma revelación, es el inescrutable, el misterioso.
     El nos llamó a la existencia y a la vida fuera de El, y también a la vida en El, como hijos y particioneros de la divina naturaleza.
     Toda la vida del cristiano no es más que un viaje de regreso hacia el Padre.
     Ante su soberano acatamiento, la actitud del cristiano será:
     De admiración respetuosa por su gloria inefable.
     De temor reverencial, por su omnipotencia y omnividencia.
     De amor confiado, por su bondad providente.
     De ansia ardiente de pertenecerle en el seno infinito de su amor.
     El Hijo. Es la sabiduría y la palabra del Padre. El que sabe. Para mí, para todos nosotros, el que dice lo que sabe. Mediador y Revelador. La Sabiduría en quien se concentran los designios de Dios sobre toda criatura y particularmente sobre el hombre.
     Es el reconciliador, el mensajero del Evangelio o de la buena nueva, de la noticia salvadora.
     El es Emmanuel, Dios con nosotros. Ante Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, la actitud del cristiano será:
     De obediencia confiada al guía que vino del cielo a darnos la mano. 
     De entrega absoluta al Caudillo que marcha con nosotros a la conquista del reino.
     De amor sin limites a nuestro Hermano Mayor, que supo, como nosotros, lo que era sufrir y morir...
     El Espíritu Santo. En el seno de la Trinidad Beatísima, el Espíritu Santo es la unidad espiritual y viviente en quien se anudan el Padre y el Hijo Para nosotros es el Inspirador, el que nos familiariza con el mundo divino, el que nos aclimata en el mundo superior de la gracia, el que nos va llevando, como soplo manso o huracanado, hacia las cumbres de la transformación.
     Ante el Divino Espíritu, la actitud del cristiano será:
     De plegaria: Ven, oh Santo Espíritu, llena mi corazón y enciéndelo en tu amor.
     De atención, porque El, dijo Cristo, nos enseñará todo y nos explicará todo lo que Cristo manifestó.
     De sumisión, porque él es el escultor de los santos.
     Un clásico castellano dijo que el hombre vive adargado de Dios, revestido de El como de una total armadura. En Dios vivimos, nos movemos y somos. Y él está en lo íntimo de los corazones. Aunque a veces no lo sintamos así, en el tráfago de las mundanas variedades, en el olvido de las realidades celestes...
     "A veces escribe el P. Faber—, en la callada noche, elevado sin palabras el corazón a Dios y suspendida el alma como en región desierta, parécenos que vamos a morir olvidados de nuestro Padre Celestial y sin que siquiera se digne advertir que hemos dejado de ser... ¡Oh!, entonces, cuando asalta nuestro flaco espíritu esta terrible duda, ¡qué dulce es pensar en la infalible verdad de que Dios nos rodea y nos abraza y nos tiene sin cesar en su eterna presencia, en el seno de su infinita sabiduría y de su poder ilimitado! ¡Sancta Trinitas, Unus Deus, miserere nobis!".

jueves, 6 de marzo de 2014

EL MISTERIO TRINITARIO

     La espiritualidad de nuestra coyuntura histórica presentaa Dios graciasun carácter descolladamente teológico.
     Contra lo rutinario, lo superficial y lo sentimental, en la vivencia de la piedad, se desea y se busca una vida interior que estribe en el dogma y a él regrese por los caminos del amor.
     Así se explica el gusto, cada vez más difundido, por los estudios y las lecturas de ascética y mística, la preferencia que las almas selectas otorgan a los libros más densos de doctrina y el ansia con que se busca en sus fuentes primeras el pensamiento de los Padres de la Iglesia y de los más altos maestros de la teología.
     "Porque éstanos recuerda el Padre Olazarán, S. J.es un conjunto de tratados eslabonados entre sí y repletos de profundas verdades, capaces de convertirse en alma de una espiritualidad viviente".
     Guiada por el Espíritu, la Iglesia no sabe de modas. Si durante épocas predomina el influjo espiritual de determinados dogmas o la piedad de los fieles transita de preferencia por determinados caminos, ello se debe al soplo del Espíritu, que es el Director espiritual de la Iglesia y la va socorriendo, iluminando e impeliendo según designios superiores.
     Hoy, la piedad teológica va a nutrirse con el meollo de la espiritualidad cristiana: la Santísima Trinidad, el Misterio de Cristo, María, la Iglesia, la gracia, los sacramentos...
     Entre almas cultivadas hay propensión a vivir intensamente del jugo de tales misterios. Se nutrendiría San Jerónimocon tuétano de león. Y es un consuelo ver la piedad tan bien apuntalada y dirigida.
     "Núcleo de la vida cristianaescribe el Padre Olazaránes el Misterio Trinitario. Todo se hace por y para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Particularmente el justo ha recibido en sí el misterio de la gracia, semilla divina y participación de la vida trinitaria. Por la gracia santificante se siente hijo adoptivo de Dios y templo de la Santísima Trinidad, que en él mora atraída por el vínculo de la caridad; y por las gracias transeúntes sabe que es sujeto constantemente movido desde lo alto en virtud de las ilustraciones e inspiraciones del Espíritu Santo, que reclama amorosamente fidelidad y docilidad a su dirección. Así también, esta cooperación a las llamadas del Señor en materias difíciles de ascética o de moral, o en el monótono ejercicio del deber cotidiano, pierde mucho de su natural rudeza, por considerarlo no tanto como trabajo penoso y prolongado sino como ímpetu de un corazón de hijo que sólo aspira a servir filialmente a su Padre, dador de tan preciosos dones".
     El misterio fundamental del cristiano es el misterio de la Augusta Trinidad.
     Después de habernos hablado Dios muchas veces y de muchos modos por el ministerio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo, el Verbo, figura de su substancia y esplendor de su gloria (Hebr. I, 3), venido a la tierra para predicar a los hombres el reino de Dios y manifestarles el secreto de la vida trinitaria.
     Los profetas que precedieron a Cristo insistieron, según su gracia y su misión, en ciertos atributos de Dios. Isaías pregonó su grandeza y majestad, Jeremías su justicia, Oseas su amor misericordioso. Moisés se elevó a la verdad sublime que más se aproxima al misterio del Ser inefable: Yo soy el que soy.
     Pero vino el Hijo de Dios y nos habló del Padre, y del Hijo, igual al Padre, con el que es una misma cosa, y de Dios Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo.
     El Evangelio inaugura una era nueva, esencialmente trinitaria, un pueblo, un culto, un sacerdocio, una realidad nueva que con San Ambrosio podría llamarse "el reino de la Trinidad", regnum Trinitatis.
     La enseñanza de los apóstoles, prolongación de las palabras de Cristo, se sitúa bajo las luces de este dogma fundamental.
     San Pedro, en su carta primera, empieza esclareciendo el sentido profundamente trinitario de toda la economía de la salvación. Los cristianos, dice, han sido elegidos según la presciencia de Dios Padre, santificados por el Espíritu para obedecer a Jesucristo que los ha purificado con su sangre.
     En las cartas de San Pablo abundan y destellan gloriosamente los textos y pasajes reveladores del sentido trinitario de toda su portentosa construcción doctrinal.
     Pero ninguno de los evangelistas nos ha hablado como San Juan del misterio de la Trinidad, ya sea al transmitirnos las confidencias de su Maestro, ya al exponernos su propia concepción religiosa o ya, finalmente, al revelarnos la filiación eterna de Jesús, que ilumina el sentido de nuestra propia filiación divina.
     Es San Juan quien ha conservado aquellas palabras sencillas y sublimes con que Jesús reduce nuestra vida espiritual a la permanente intimidad con Dios. "Si alguno me ama, guardará mis palabras y mi Padre le amará y vendremos a El y en El fijaremos nuestra mansión." Esta inhabitación de la Trinidad en el alma constituye la esencia de la vida interior.
     El misterio de la Trinidad subyace en el fondo de toda la poderosa y armoniosa construcción doctrinal de los Padres y Doctores de la Iglesia.
     Así lo documenta el P. Philipon, O. P., en reciente disertación publicada en Revue Thomiste, y que en parte resumimos para beneficio de nuestros lectores.
     San Gregorio Nacianceno fue un doctor excepcionalmente trinitario. En sus escritos y discursos todo proclama la Trinidad. Su alma vivía este misterio con profundidad y lo comunicaba con amor inflamado. Algún día, ansioso de soledad contemplativa, se despidió de su pueblo, exhortándolo a permanecer firme en la fe. Entonces, del medio de la muchedumbre rompió un grito: "¡Padre, si tú nos dejas, te llevas contigo a la Trinidad." Y San Gregorio, conmovido, difirió su viaje al desierto.
     El fue defensor, predicador y poeta de la Beatísima Trinidad. El fue el que la llamó "la primera Virgen". Y en uno de sus poemas nos muestra cómo la Sabiduría Eterna viene a encarnarse en medio de los hombres para decirles: "Dirigios todos hacia la Trinidad".
     San Agustín, siempre genial, tiene ráfagas de cielo sobre este misterio, del cual compuso un tratado que empezó en la juventud y terminó en la ancianidad. Fue el misterio que dominó toda su asombrosa vida intelectual. "Nada tan difícil y expuesto como hablar de Ella decía—, pero también nada tan fructuoso. Ella es el bien supremo que se ofrece a las mentes más depuradas. Ella es el fin de todos nuestros actos, nuestro reposo sempiterno, el gozo que nunca nos será quitado".
     En cuanto a Santo Tomás de Aquino, baste con saber que en el mundo armonioso de su doctrina, como en el Evangelio, la Trinidad es la lumbre suprema que lo explica y lo envuelve todo en claridad.
     ¿Qué decir de los místicos? El P. Guibert, en su libro sobre La Espiritualidad de la Compañía, hace notar que en las cincuenta páginas de la edición de Monumenta, dedicadas a reseñar las gracias recibidas por el santo, hay ciento setenta pasajes que se refieren a la Trinidad. El sentido trinitario domina la mística ignaciana animando su poderoso cristo-centrismo.
     Igual primacía goza en la mística carmelitana.
     Toda la espiritualidad de Santa Teresa converge hacia la séptima morada del castillo interior, en donde se consuma el matrimonio espiritual, la unión del alma con Dios. Metida en aquella morada recibe el alma una noticia admirable de este misterio. "Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos..."
     La doctrina mística de San Juan de la Cruz se va tornando cada vez más trinitaria a medida que el Santo Doctor se eleva hacia las más sublimes descripciones de la unión transformante.
     Santa Teresa del Niño Jesús recibió la gracia central de su vida el 9 de junio de 1895, según lo atestigua su acto de ofrenda al Amor Misericordioso, síntesis viva de su doctrina, dirigido a la Trinidad Bienaventurada.
     Finalmente, en cuanto a Sor Isabel de la Trinidad, cuantos han saboreado la delicia de su biografía y de sus escritos saben muy bien que su gracia peculiar fue el vivir con plenitud este misterio de inhabitación de la Trinidad, hasta el punto de ser el modelo incomparable de las almas que quieren también vivir en el centro de su alma, en silencio de amor, su vocación de alabanza de gloria a la Trinidad. Pero según el citado P. Philipon, el argumento mayor, el decisivo, es el de la vida cotidiana de la Iglesia, que atestigua de modo sencillo, insistente y grandioso, el carácter primordial de este misterio y su influencia continuada sobre todas las formas de su actividad espiritual: magisterio, sacerdocio, realeza.
     Su credo es fundamentalmente una profesión de fe trinitaria, y tanto la definición de los dogmas como la canonización de los santos se hacen siempre en el nombre y a la gloria de la Trinidad Santa.
     Toda la economía de los sacramentos se administra en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
     La Liturgia entera glorifica a la Trinidad con sus himnos y doxologías y en el mismo sacrificio eucarístico el sacerdote dice: Suscipe, Santa Trinitas, hanc oblationem...
     Toda la actividad misionera que hoy la Iglesia despliega con universal e inspirada estrategia, tiende a congregar en la unidad a todos los hijos de Dios que andan dispersos. En definitiva, Dios creó el universo, los ángeles y los hombres y envió a su propio Hijo a fin de conducir a los elegidos a la visión de la Augusta Trinidad. La glorificación de la Trinidad es la obra esencial de la Iglesia de Cristo.
     Ya que Dios me entregó su revelación y me descubrió la misteriosa e inefable habitación de Dios en lo más hondo del alma, será toda mi permanente preocupación proceder como santo, en la seguridad y en el gozo de su amorosa presencia.
     Dichosa el alma que logre, como Sor Isabel de la Trinidad, olvidarse enteramente de sí para fijarse en la Trinidad, inmóvil y serena, cual si ya estuviese en la eternidad. Dichosa quien persevere ante la Trinidad, que dentro mora, con la fe enteramente despierta, en absoluta adoración y entregada por completo a la acción santificadora de la Santísima Trinidad.
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

jueves, 30 de enero de 2014

LA PRIMACÍA DE LA CONTEMPLACIÓN

     Hay un texto de Santo Tomás de Aquino que, para quien sepa meditarlo, se convierte en un maravilloso surtidor de sugerencias vitales.
     "Todo lo que el hombre es, todo lo que tiene y puede, ha de ordenarse a Dios."
     (Totum quod homo est, quod habet et quod potest, ordinandum est ad Deum. I.\ 11.a, 21, 3, 3.)
     El hombre, con todos sus valores, con todas sus posibilidades, es un peregrino hacia Dios; es flecha tendida hacia su último Fin.
     Lo que yo llamo mi vida, con toda su complejidad, de El procede enteramente; a El se ordena totalmente.
     El ejercicio primario del hombre debería ser contemplar y amar a Dios; su meta, unirse con El. Adherirse a El, según la expresión bíblica.
     La misma acción exterior, mi trabajo, ineludible e impuesto por el Hacedor como ley de cada día, tiene una función subordinada con respecto a esa acción interior por la cual el entendimiento debe proyectarse hacia el conocimiento de Dios y el corazón inflamarse en llamas que ansíen poseerlo.
    El mundo de hoy es un mundo de un humanismo, de un egoísmo aberrante y extremoso. Hay demasiado humanismo y escaso teocentrismo.
     Pero es también un hecho consolador que las Ordenes contemplativas reflorecen hoy, en medio de una sociedad trepidante de acción.
     Muchos hombres de nuestro tiempo, aún católicos, devorados por la fiebre de la acción y engolfados en el remolino de las terrenas realidades, miran como anacrónica y estéril la actitud del contemplativo, el ocio de María sentada a los pies de Jesús para beber codiciosamente las palabras de sus labios.
     Este menosprecio de la contemplación es uno de los indicios más alarmantes del oscurecimiento del sentido sobrenatural y teológico de la vida.
     Unos gramos de amor de un contemplativo acarrean a la Iglesia mayor utilidad que la tarea vertiginosa de muchos hombres de acción. Al menos así pensaba San Juan de la Cruz, místico y Doctor de la Iglesia.
     La trayectoria del contemplativo parte de la purificación y desasimiento, del niéguese a si mismo, para llegar a lo último del seguimiento que es la identificación espiritual con Cristo.
     Como Jesús, cuya vida oculta de años y años se hace incomprensible a los amigos de la acción febricitante, el contemplativo trenza su vivir de inmolación, de oración y de ejemplo.
    Por los que no oran, o lo hacen con poquedad, ellos son los grandes orantes y suplicantes.
     Su plegaria inclina a Dios hacia los hombres y acerca el mundo a Dios.
    Al inmolarse, ellos cumplen en sus cuerpos lo que, en expresión audaz de San Pablo, falta a la Pasión de Cristo. Y hechos penitentes y victimas, expían por sus hermanos y por los pueblos que prevarican.
    En cuanto a su ejemplo, Bougaud ha escrito que los claustros son la oficina de la belleza moral del mundo.
     ¡Qué necesaria, en estos tiempos de enfermiza actividad, la Iglesia de la contemplación, la legión amable de los orantes!
     "Hay épocas —ha escrito Baumgarten— en que los discursos y los escritos no bastan para hacer comprensible de los más la verdad necesaria. (La verdad necesaria es la de la salvación. Todo lo demás es secundario.) En tales tiempos, la vida y los sufrimientos de los santos tienen la misión de crear un nuevo alfabeto para revelar otra vez el secreto de la verdad. Hoy estamos en uno de esos tiempos..."
     Y de esta manera se colige que los contemplativos cumplen en la totalidad de la Madre Iglesia una hermosa misión de dinamismo apostólico y una función social de primerísima importancia.
     Debo insistir sobre mi radical llamada a contemplar y a poseer a Dios. Debo convencerme de la importancia fundamental de la fe para la vida interior; de la eficacia de la meditación teológica para el logro de una piedad sólida, sabrosa y eficaz.
     Debo concederle primacía a la contemplación sobre la acción.
     Debo mirar más a Dios que a mi mundillo.
     Menos meditaciones de fondo moral; menos introspección sicológica, morosa o angustiosa. Alzaré mis ojos a la faz de Dios; trataré de sorprender y de gustar el sabor recóndito de los misterios teológicos y de captar esas ráfagas con lumbre de gloria que cruzan por la noche de la fe.
     No debo reconcentrarme egoístamente en la visión de mis cavernas interiores, angostas, sombrías y mezquinas. En mi vida, sobre mi cielo, preside la antorcha de los supremos principios teológicos, de los más altos misterios, de las más apremiantes llamadas al intramundo y al trasmundo; al Reino de Dios que está dentro y al Reino de Dios que está arriba; a la vida, no parabólica ni en enigmas, sino de verdad y de luz...
     El esplendor de la verdad está encarcelado entre la niebla del misterio; subyace en las páginas de los teólogos y de los místicos, siempre incitantes al ahondamiento y al alumbramiento gozoso.
     Puesto en la presencia de Dios, y aunque soy polvo y ceniza, debo empeñarme en descubrir la vena soterraña, en percibir la música sutil, el secreto embeleso, la cena que recrea y enamora...
     Contemplaré para que mis ojos, mis paso mi vida toda se ilumine y se oriente ..
     Contemplativo permanente en irradiación permanente.
     Viviré de Dios, iluminado por El y par iluminar a mis hermanos.

R. P. Carlos Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS
Para militantes de Cristo

miércoles, 22 de enero de 2014

LA PRIMACIA DE LO SOBRENATURAL

     Y Jesús dijo: Sin Mí, nada podéis hacer...
     Nada. Y en ningún linaje de actividades humanas. Sobre toda iniciativa mía está la luz y la fuerza de la gracia.
     Lo entendió bien San Pablo, una de las figuras más eficientes de toda la historia:
     —Todo lo puedo en Aquel que me conforta
     El que lo confortaba era Cristo...
     Una experiencia larga, repetida, me ha enseñado la inutilidad de muchos esfuerzos míos demasiado humanos. Todo el santoral está pregonando la fecundidad de la oración, del sacrificio, de la entrega y amorosa docilidad al Divino Espíritu.
     Viajero de Dios, debo mirarlo todo desde el punto de vista de Dios. Sólo así tendrá mi vida un sentido pleno y consumaré la obra que me fue señalada...
     Este darle a mi Dios lo que es de Dios, esta primacía de lo sobrenatural incluye el preponderante, insustituible valor de los sacramentos para la obra de mi santificación.
     La superioridad de la oración litúrgica, que nos hace acompasar con el corazón palpitante de la Iglesia.
     La soberana importancia de la incorporación a Cristo y a la Iglesia en la intima, personal tarea de santificarme.
     Para mi vida, para mis obras, el naturalismo es una epidemia agostadora. Y el naturalismo es una de las epidemias de hoy.
     Hoy se habla con insistencia sobre la plena evolución natural de nuestra personalidad.
     Y eso, ¿qué es? Es una fórmula naturalista. Pero, ¿es que sólo cuenta lo natural? ¿No hay también una vida sobrenatural que debe crecer y llegar a plenitud?
     ¿Quién negará personalidad a San Pablo? Aún en el plano meramente histórico de los grandes varones, ¿cuántos pueden rivalizar con él? Pues San Pablo dijo: Vivo yo; ya no yo, sino Cristo vive en mi...
     En el santo viene a verificarse, moralmente, lo que se cumplió ontológicamente en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Dos naturalezas tenía: la divina y la humana; pero una sola persona: la divina del Verbo.
     En el santo "vetus homo noster crucifixus est", como dice San Pablo (Rom., VI, 6); queda crucificado el hombre viejo y prevalece la novedad de Dios.
     Parece una paradoja; pero para formar las más definidas y auténticas personalidades, el mejor camino ha sido siempre abrirse y entregarse a una total invasión de Dios. Vaciarse de sí y llenarse de Dios.
     Claro que Dios, cuando invade un alma, entra con cruz y diciéndole unas palabras que remueven todo el natural: el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
     Negamiento propio. Cruz a cuestas. Seguimiento de Cristo...
     Para la sensibilidad humana y el criterio de nuestros días, una extraña, desconcertante fórmula de labrar personalidades.
     Pero lo cierto es que cuando un hombre puede afirmar: "No soy yo el que vivo; es Cristo quien vive en mi", ese hombre es "varón perfecto, acabado", la tierra cuenta con un héroe de verdad y la Iglesia con un santo. ¡Sin Cristo, nada. Con El, todo!
C. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS

miércoles, 15 de enero de 2014

LA PRIMACIA DE LO ESENCIAL

     Época es la nuestra de subversión de valores. Alejado el mundo de la luz que es Cristo, ha sucedido el caos en las inteligencias y la borrasca en los corazones. Se ha retrocedido nuevamente al cultivo de la mentira y al cultivo del odio, por sistema.
     Campa el error cambiante y multiforme; cunde el odio que envenena y destruye.
     Hay que volver a Cristo humildemente, confiadamente.
     El es el camino, la verdad y la vida. Es la piedra angular y la antorcha del mundo.
     Hay que volver a la fuente.
     A la fuente viva, que es el Evangelio.
     Al hogar común, que es la Iglesia.
     Al banquete de todos, que es la Eucaristía.
     A las cosas esenciales, que son las que enderezan y valorizan la vida, las que han de normalizar la convivencia fraternal de los hombres.
     Recientemente —escribe Julio Bevilacqua— aplaudió París un drama degradante en que se llama "la mujer tronco" a la Iglesia Católica.
     Cuidemos, nosotros los católicos, de no crear un cristianismo tronco, en que todo sea peso inerte y nada sea vuelo, todo cálculo y nada gracia, todo miedos y nada riesgos, todo recibir y nada entregar y entregarse. Procedimiento erróneo y peligroso.
     Supuesta claro está, una elemental base humana, antes hay que cristianizar y después vendrá la construcción total y armoniosa del hombre.
     Porque Cristo es la piedra angular.
     Sin El no se puede hacer nada.
     Primero, creer; después, adaptarse.
     Primero, vivir en autenticidad; después, el cálculo y el presupuesto.
     Primero, confianza absoluta en Dios; después, el arrimo en las criaturas.
     Primero, sinceridad en la vida; después, intentar los medios lícitos y honestos.
     Se impone la lealtad a Dios, a la Iglesia, a la propia vocación, a las almas que nos esperan...
     Cultivemos el realismo sobrenatural para que no nos ahogue el realismo natural.
     Volvamos a la primacía de lo esencial:
     Primacía de Dios: primero, la adoración, y después, las devociones.
     Primero, la palabra de Dios —las Escrituras santas—, y después, la palabra de los hombres, su sabiduría y su elocuencia.
     Primero el alma, que es la reina; después el cuerpo, que es fenecedero.
     Primero la eternidad; después el tiempo fugaz.

     ¿Quid hoc ad aeternitatem?"
     Primero el pensamiento, que me acerca al angel después el sentimiento, que tantas veces engaña.
     Primero la confianza; después el temor. Vivimos en la ley de gracia.
     Primero la verdad; sí o no, como Cristo nos enseña; después la diplomacia.
     Primero la contemplación; después la acción. Contemplata aliis tradere.
     Primero la fe, que es la palanca suprema; después el dinero, que es mejor derrochar para el bien.
     Primero Dios providente; después el ánimo previdente.
     Primero el deber; después el honesto placer.
     Primero el trabajo; después el capital.
     Primero la familia; después el Estado.
     Primero la ley de Dios y de la Iglesia; después la legislación humana.
     Primero la voluntad de Dios; después mi personal iniciativa.
     Primero, el reino de Dios y su justicia; después, todo lo demás se nos dará por añadidura.
C. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS

domingo, 29 de diciembre de 2013

El Deber Social

     El Joven cristiano de nuestros días, hijo mío, no debe únicamente procurar ser un creyente sincero, sin miedo y sin tacha, fiel a Dios, amable y servicial al prójimo; es un deber también para él interesarse en todo aquello que se refiere a la sociedad, y mezclarse en todo movimiento de ideas de acción que tiene por objeto su progreso y su felicidad.
     Estudiarás, pues, tu época; buscarás el modo de forjarte una convicción sobre los serios problemas que la agitan; darás tu generoso concurso en todo lo bueno y útil que se haga.
     Que ninguna cuestión digna de interés común en tu tiempo, te sea extraño; no olvides que todos debemos trabajar por el triunfo final de la justicia y de la caridad; contribuye con tu piedra en el edificio siempre en peligro del bien social.
     El mal es tan grande en nuestra época, que ante el repugnante espectáculo de tantas miserias, las almas débiles pierden la esperanza. Se repliegan sobre sí mismas, se encierran en una inacción doliente y egoísta, y se contentan con quejarse sobre los malos tiempos.
     Con lamentos o quejas no se hace nada, sólo se debilita uno a sí mismo y se desanima, a los demás. Trabaja, actúa; es la acción la que cimienta las cosas duraderas.
     Lo que Dios reclama de ti, es trabajar por afianzamiento de los espíritus por medio de la restauración de las verdades esenciales.
     Lo que los reclama de ti, es trabajar por el progreso de la justicia en la sociedad, por la supresión de las iniquidades reinantes.
     Lo que Dios reclama de ti, es trabajar por todas tus fuerzas al restablecimiento de la paz en las almas y en el mundo.
     Lo que Dios reclama de ti, es dar a conocer, como puedas, a Jesucristo y su Evangelio —fuentes de toda civilización— a los que los ignoran o desconocen.
     Encontrarás en la Iglesia tus guías naturales; hay católicos eminentes, los sacerdotes y obispos que van por delante; está sobre todo, para indicarte el camino a seguir.
     Entra en ese movimiento salvador que lleva a los hombres generosos a una acción común, y harás más por la sociedad que muchos sabios y políticos ilustres.
    Ve ¡Haz tu parte en esta gran obra!
    Que todos los católicos sean como tú, hombres de corazón y voluntad resuelta, que todos trabajen, y con el fervor de Dios, cambiarán la faz del mundo.
     La Iglesia perseguida volverá a tomar su lugar; la honestidad perdida reaparecerá; el orden se restablecerá por todas partes y en todo, y si el bien no puede reinar definitivamente, a lo menos terminará por prevalecer.