miércoles, 15 de enero de 2014

LA PRIMACIA DE LO ESENCIAL

     Época es la nuestra de subversión de valores. Alejado el mundo de la luz que es Cristo, ha sucedido el caos en las inteligencias y la borrasca en los corazones. Se ha retrocedido nuevamente al cultivo de la mentira y al cultivo del odio, por sistema.
     Campa el error cambiante y multiforme; cunde el odio que envenena y destruye.
     Hay que volver a Cristo humildemente, confiadamente.
     El es el camino, la verdad y la vida. Es la piedra angular y la antorcha del mundo.
     Hay que volver a la fuente.
     A la fuente viva, que es el Evangelio.
     Al hogar común, que es la Iglesia.
     Al banquete de todos, que es la Eucaristía.
     A las cosas esenciales, que son las que enderezan y valorizan la vida, las que han de normalizar la convivencia fraternal de los hombres.
     Recientemente —escribe Julio Bevilacqua— aplaudió París un drama degradante en que se llama "la mujer tronco" a la Iglesia Católica.
     Cuidemos, nosotros los católicos, de no crear un cristianismo tronco, en que todo sea peso inerte y nada sea vuelo, todo cálculo y nada gracia, todo miedos y nada riesgos, todo recibir y nada entregar y entregarse. Procedimiento erróneo y peligroso.
     Supuesta claro está, una elemental base humana, antes hay que cristianizar y después vendrá la construcción total y armoniosa del hombre.
     Porque Cristo es la piedra angular.
     Sin El no se puede hacer nada.
     Primero, creer; después, adaptarse.
     Primero, vivir en autenticidad; después, el cálculo y el presupuesto.
     Primero, confianza absoluta en Dios; después, el arrimo en las criaturas.
     Primero, sinceridad en la vida; después, intentar los medios lícitos y honestos.
     Se impone la lealtad a Dios, a la Iglesia, a la propia vocación, a las almas que nos esperan...
     Cultivemos el realismo sobrenatural para que no nos ahogue el realismo natural.
     Volvamos a la primacía de lo esencial:
     Primacía de Dios: primero, la adoración, y después, las devociones.
     Primero, la palabra de Dios —las Escrituras santas—, y después, la palabra de los hombres, su sabiduría y su elocuencia.
     Primero el alma, que es la reina; después el cuerpo, que es fenecedero.
     Primero la eternidad; después el tiempo fugaz.

     ¿Quid hoc ad aeternitatem?"
     Primero el pensamiento, que me acerca al angel después el sentimiento, que tantas veces engaña.
     Primero la confianza; después el temor. Vivimos en la ley de gracia.
     Primero la verdad; sí o no, como Cristo nos enseña; después la diplomacia.
     Primero la contemplación; después la acción. Contemplata aliis tradere.
     Primero la fe, que es la palanca suprema; después el dinero, que es mejor derrochar para el bien.
     Primero Dios providente; después el ánimo previdente.
     Primero el deber; después el honesto placer.
     Primero el trabajo; después el capital.
     Primero la familia; después el Estado.
     Primero la ley de Dios y de la Iglesia; después la legislación humana.
     Primero la voluntad de Dios; después mi personal iniciativa.
     Primero, el reino de Dios y su justicia; después, todo lo demás se nos dará por añadidura.
C. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS

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