viernes, 10 de enero de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (3)

Capítulo Segundo
EL SOLDADO DE PAMPLONA 
(1517-1521)

     Aunque su llegada a Navarra le haya alejado de los Reyes de Castilla, tal vez Iñigo de Loyola está en el camino de la más alta fortuna. Antonio Manrique de Lara, casado con doña Juana de la ilustre familia catalana de los Cardona (23 de septiembre de 1504), nombrado por Fernando Tesorero general de Vizcaya (30 de junio de 1505), y heredero por la muerte de su padre don Pedro (l° de febrero de 1515), de los feudos y el título Ducal de Nájera, es ya un gran personaje entre la nobleza del reino, en los momentos en que el favor de Carlos V lo hace, en 1516, Virrey de Navarra y en 1518 caballero de la Orden del Toisón de Oro. (1)
     Es cierto que este golpe de fortuna reanimó los resentimientos que desde hacía largo tiempo dividían a los Manrique de Lara de los Velasco, Condestables de Castilla. Pero a los ojos de un joven noble de 24 años tal como era Iñigo de Loyola, esta dificultad no valía nada. En la casa del Virrey está como en la de un amigo, gentilhombre de uno de los más grandes oficiales de la corona, y colocado en un puesto en donde la batalla está siempre en perspectiva. ¿No es esto tener buena suerte?
     Primero todo allí debía ser placeres; puesto que Antonio Manrique tenía múltiples residencias, (2) sus funciones de Virrey no lo dispensaban de paseos señoriales por sus dominios.
     Iñigo de Loyola seguía a su señor ora a Pamplona, ora a Navarrete, más tarde a Nájera, después a Logroño, llevando por todas partes la alegre vida de los castillos. Las novelas de caballería de eran tan agradables sin duda o más en Navarra que en Castilla. Y a la lectura unía el juego, la caza y las emociones más violentas de los desafíos. Más tarde uno de los Manrique, Obispo ya de Salamanca contaría al padre Araoz: "yo lo vi con mis propios ojos; cierto día en Pamplona Iñigo cruzó en la calle, por entre una fila de hombres; algunos de éstos tuvieron la desgracia de empujarle contra la pared, y él furioso sacó el acero y comenzó a perseguirlos por toda la calle y si no le hubieran detenido aquello hubiera acabado por un asesinato". (3)
     En casa de los Manrique, como en la de los Loyola, la fe era robusta pero también las costumbres no muy arregladas. El Duque Pedro que murió en 1515 con el hábito de San Francisco, tenía una numerosa descendencia ilegítima a la que sin embargo dotó en su testamento. (4) El Duque Antonio era más discreto, pero su hijo Juan Esteban seguirá demasiado de cerca los ejemplos de su abuelo. Prometido en 1520 a doña Aldonza de Urrea, abusará de ella ultrajándola, y acabará por complicar sus malas andanzas con otro matrimonio al que no será más fiel. (5) Seguramente que sería malignidad excesiva reducir a estas distracciones toda la vida del mesnadero del Duque de Nájera; pero sería una paradoja pretender que por haberse hecho más militar a las órdenes del Virrey de Navarra, que no lo era en el servicio del tesorero de Castilla, Iñigo de Loyola había sido transportado súbitamente a una atmósfera de virtud. Hace mucho tiempo ya que se habla de la licencia de los campamentos y no sin razón. La casa del Virrey la formaban un centenar de personas y en este séquito numeroso, Iñigo sin duda no tenía más que escoger para encontrar compañeros de sus placeres.
     Pero la escena va a cambiar bien pronto. Si en los primeros años de su cargo, el Duque de Nájera no tenía que preocuparse más que por vagas aprehensiones sobre la fidelidad de una provincia recientemente conquistada, no tardará en conocer a la vez todas las angustias de la guerra civil y de la guerra extranjera. Quien ignore esta historia política no comprenderá jamás el alma de Iñigo combatiendo en Pamplona. Es necesario contar aunque sea brevemente, cómo se anudó el drama que hizo tan trágicos los principios del reinado de Carlos V.
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     La muerte de Isabel la Católica el 26 de noviembre de 1504 suscitó el problema de la sucesión al trono de Castilla. Fernando su marido, y Felipe el Hermoso su yerno, se disputaban el poder supremo y cada uno de ellos tenía sus partidarios. La muerte de Felipe, el 15 de septiembre de 1506, no resolvió el conflicto sino en apariencia. La autoridad de Cisneros, la política de Fernando, las grandes empresas que intentaron juntamente el regente y el ministro no impidieron que persistiera la inquietud. Los grandes de Castilla estaban celosos del Cardenal y desconfiaban del príncipe al que no perdonaban ser aragonés y haberse casado en segundas nupcias, el 22 de marzo de 1505, con una francesa, Germana de Foix. Sobre todo se inquietaban al ver cómo crecía para llegar al trono de Alfonso el Sabio, el Infante don Carlos, que nació en Gante, el 14 de febrero de 1500, que había sido educado en una corte flamenca y que ignoraba todo lo de España y era a tal punto celoso de su autoridad, que de su propia iniciativa nombraría de antemano por gobernador del reino, el primero de octubre de 1515, a su preceptor Adriano de Utrecht, en el caso en que muriese el Rey don Fernando. (6)
     Fernando murió, en efecto, el 23 de enero de 1516, designando a Cisneros como jefe del gobierno. Pero desde el fondo de Flandes, don Carlos hace saber que Adriano de Utrecht, al que llama su embajador en España, debe ser consultado en los consejos de la corona. De hecho era Cisneros el que gobernaba; sus ochenta años no habían embotado ni su espíritu ni su valor. Pero su correspondencia con Ayala testifica que en 1517, es decir el año mismo en que Iñigo de Loyola llegó a Pamplona, se multiplicaban los demasiado inquietantes síntomas de anarquía. En agosto, Burgos, Valladolid, León, Zamora, se reunieron en hermandad e hicieron un llamamiento a otras ciudades, pretendiendo reunir ellos las Cortes. La rebelión de los Comuneros, estaba próxima. No se trataba de derribar el trono, pero sí de arrojar fuera de España a los flamencos y de imponer al soberano el respeto a los privilegios de la nobleza.
     Habiendo desembarcado el 18 de noviembre de 1517 en las costas de España, el joven príncipe de 17 años quiso desde luego que se le tratara como Rey. Fue mal acogido en los primeros días. Pero las Cortes se sucedían a las Cortes y las fiestas a las fiestas en Valladolid, en Zaragoza, en Barcelona. Detrás de este velo brillante la inquietud dominaba los corazones. Por joven que fuera y aunque ignoraba el español, don Carlos no podía menos de comprender que las Cortes de Castilla, de Aragón y de Cataluña estaban listas para exigir de él promesas y juramentos más que para votar subsidios a su gobierno y que su nacionalismo sombrío se preocupaba demasiado del dinero y de los honores, que iban a parar a las gentes de los Países Bajos. (7)
     El 22 de agosto de 1520, en Barcelona, Federico de Baviera vino a anunciar que los electores de Alemania ofrecían al Rey de España la corona imperial. Carlos aceptó sin consultar en lo más mínimo a nadie en Castilla. Al recibir estas noticias Toledo envió consignas de desconfianza a las ciudades del Reino y en Valladolid y en Tordesillas, el pueblo se amotinó para impedir que el príncipe saliera de la Península.
     Las Cortes se reunieron en Santiago y en la Coruña, presas de grande agitación. (8) En el momento en que el Rey se embarcó para Alemania el 20 de mayo de 1520, la cólera de los castellanos estalló y se dio la señal de rebelión; Toledo, Avila, Zamora, Valladolid, Burgos y veinte ciudades más se insurreccionaron. Con el nombre de Santa Junta, se improvisó un gobierno que se estableció en Avila primero y después en Tordesillas, autorizándose con el nombre de la Reina Juana.
     ¡Fuera los extranjeros! Tal era el grito que Juan de Padilla, y el famoso Obispo de Zamora, Antonio Osorio de Acuña, dieron a la Junta de la que eran los jefes más populares y también más atrevidos. La Junta deliberó, dió órdenes, levantó tropas, confirió los cargos y oficios como soberana. El movimiento se propagó de Castilla por el sur hasta Extremadura y por el norte hasta las fronteras de Aragón y las provincias Vascas. Solamente Galicia, Cataluña y una parte de Andalucía permanecieron indemnes. En la misma fecha, en el reino de Valencia, se organizaron las Germanias, más violentas y más democráticas aún que las Comunidades de Castilla.
     Frente a aquellos insurgentes, la monarquía estaba débil y dividida. Carlos V en Alemania se encontraba muy ocupado con los multiples problemas que acaba de suscitar la rebelión de Lutero en la dieta de Worms. Adriano de Utrecht, que a la muerte de Jiménez, había quedado como regente del reino, no tenía ni el crédito ni el valor político de su ilustre predecesor. El Almirante de Castilla don Fadrique Enríquez y el Condestable de Castilla Iñigo de Velasco no estaban de acuerdo; además, todos estos participantes del poder se hallaban lejos unos de otros y no se comunicaban sino por cartas; En estas condiciones tan desfavorables comenzó la lucha sangrienta de la que era difícil predecir el resultado.
     Estos datos de la historia española son un poco largos pero indispensables para bosquejar con claridad la situación pólitica como, la veía Iñigo de Loyola, situación horrible y angustiosa. En medio del tumulto de la guerra civil provocada por la nobleza, como en los peores días del Rey Enrique IV de Castilla, la indignidad de los rebeldes y el deshonor de la monarquía hirieron hasta el alma del alma del joven gentilhombre. De allí sin duda tomó su origen el vivo sentimiento que manifestará más tarde de la necesidad social de una autoridad indiscutible. En Pamplona formaba parte de la casa del  Duque de Nájera; en la lucha contra los Comuneros seguirá resueltamente a su jefe; la fidelidad a la corona era de larga fecha atrás la tradición de los suyos.
     Aunque el movimiento de los Comuneros, fue en sus principios una insurrección de los grandes de España contra Carlos  V, sucedió que aquí y allá el pueblo tomó la ocasión para levantarse contra los nobles. A principios del otoño de 1520 en Dueñas y en Haro, los vasallos se ligaron contra sus señores, y lo mismo pasó en Najera. 
     El 14 de septiembre los amotinados de Nájera ahorcaron a un gentilhombre y lograron establecerse en el mismo alcázar del Duque. El Duque escribió a toda prisa a los regentes del reino que dejaba en Pamplona al Arzobispo de Monreal en calidad de lugarteniente  general y salió el día 15 contra el enemigo con algunas  tropas. Iñigo de Loyola lo acompañaba. El 18 estaban a tres leguas de  Nájera. El Duque envió un heraldo para pedir a los rebeldes volvieran a su obediencia, prometiéndoles que si se sometían los tratarían con equidad. Por toda respuesta, los insurgentes atacaron la fortaleza en donde se había refugiado el gobernador de la ciudad y recibieren a cañonazos las tropas de Navarra que avanzaban. Trabóse el combate, pero no fue largo. A viva fuerza penetró el Duque en la ciudad, recobró las dos fortalezas invadidas e hizo ahorcar a cuatro de los agitadores de la insurrección. En la alegría de la victoria los soldados se entregaron al saqueo. Iñigo que había tomado parte en el combate rehusó, a pesar de todas las instancias que se le hicieron, tocar el botín de guerra: "robar, dijo, no es propio de un cristiano, ni de un gentilhombre." (10) El 19 de septiembre tomó de nuevo con el Duque el camino de Pamplona.
     No pudo quedarse allí mucho tiempo. Los Comuneros ponían a Azpeitia y al poder real en jaque.
     Mucho antes de la constitución de la Santa Junta de Tordesillas y desde la muerte de Fernando el Católico (23 de enero de 1516) hubo en Guipúzcoa, opositores al Rey Carlos; y bastó un incidente para hacer estallar los sentimientos de que estaban llenos los corazones. En 1516 Pedro Vélez de Guevara, Conde de Oñate, tenía dificultades con la ciudad para obtener de ella que cumpliera con sus deberes de vasallaje. Afirmó que antes de partir para Flandes obligaría ciertamente a las gentes de Oñate a rendirle homenaje. Entre los recalcitrantes se distinguió el Alcalde López de Araoz. Según lo que cuentan los testigos, este dijo el 22 de febrero de 1517: "¿qué diablos quiere hacer Guevara en Flandes enmedio de aquellos borrachos? Todos, tantos cuantos son, incluso el mismo Rey, no saben hacer otra cosa sino beber. Que se quede en Flandes ese Rey; nos basta el infante que tenemos. Si el principe Carlos viene aquí, ya se encontrará a alguno que le dé un bocadito como se hizo con su padre don Felipe".
     Evidentemente en el caso de López de Araoz, se encuentran aquellos celos naturales de los Alcaldes contra los Señores, que Iñigo de Loyola conocía muy bien por la historia misma de su familia. En Azpeitia como en Oñate, los registros del Concejo de la ciudad dan testimonio de los accesos periódicos de esa fiebre maligna. Los nobles se valían de estos celos para formar bandos prohibidos por las leyes y que el Corregidor de Guipúzcoa tenía gran trabajo en disolver (11). Pero las violentas palabras pronunciadas por López de Araoz ponen a descubierto un odio del extranjero que no perdona ni a la persona real. En medio de tales pasiones y tales inquietudes, el movimiento de los Comuneros encontraba un terreno propicio.
     En septiembre de 1520 la asamblea guipuzcoana de Basarte había pedido al Cardenal de Tortosa le diera por corregidor al Licenciado Cristóbal Vázquez de Acuña. Pero Nicolás de Inzausti, Carquizano, Vallejo y otros emisarios de la Junta de Tordesillas lograron alterar los espíritus acerca de esta elección. Cuando el licenciado se presentó ante la asamblea provincial, aquello fue un tumulto. Los delegados de San Sebastián lo aceptaron y se lo llevaron consigo. Otros delegados prefirieron a un agente de la Santa Junta de Tordesillas y establecieron su centro en Hernani. El Bachiller Olano y Juan López de Anchieta se pusieron a la cabeza de los rebeldes; levantaron hasta dos mil hombres y reunieron fuertes sumas de dinero; por medio de mensajeros muy seguros estaban en continua comunicación con los jefes de los Comuneros. Para defender la autoridad real y el orden público, el Corregidor no dudó en dictar contra los imitadores, designándolos nominalmente, rigurosas sentencias: condenación a muerte, confiscación de bienes y orden de arrasar sus casas hasta el suelo (4 de diciembre de 1520). A lo cual la junta de Hernani respondió con represalias.
     A pesar de todo, aquellas violencias cansaban a sus autores. De San Sebastián y de Hernani se pidió al Virrey de Navarra que interviniera. Como él mismo lo explicó al almirante de Castilla, el Duque no podía pensar en obrar por la fuerza; porque Juan Esteban su hijo mayor había salido para Castilla con sus hombres acompañado por el alcalde de la fortaleza de Pamplona, Herrera, llevándose toda la artillería. Por lo demás había ayudado mucho en la toma de Tordesillas el 5 de diciembre de 1520. Juan Esteban había entrado el primero en el Palacio de la Reina Juana con Luis de Acuña, y había sorprendido en el convento de Santa Clara a los procuradores de las ciudades y a los emisarios, que habían sublevado antes a Guipúzcoa. Por esto el Cardenal regente recomendaba a los favores del Emperador a "aquel bravo caballero", que en recompensa de sus hazañas pedía ser nombrado a los 17 años coronel de las tropas que mandaba. (12)
     Pero si estas buenas noticias halagaban el amor paternal del Duque Antonio, lo dejaban por otra parte sin medios militares. Partió, pues, para Azpeitia como negociador, acompañado de Iñigo de Loyola. Polanco afirma esta colaboración (13), y aun cuando él no lo dijera, podríamos tener la certeza de ella. Porque ¿quién mejor que Iñigo conocía el país y los habitantes y estaba en posibilidad de persuadirlos?
     El Duque, juzgando que sostener al Corregidor era imposible, ofreció apartarlo, a condición de que los dos partidos cesaran en sus violencias y prometieran fidelidad a la corona; y hecho esto prometía su decisión para después de dos meses. Más tarde los mismos interesados reclamaron un nuevo plazo. El 12 de abril el Duque dió la sentencia sobre aquellas diferencias y se hizo la paz. (14). En esta coyuntura, Iñigo de Loyola demostró ese don de manejar a los hombres que había de tener toda su vida en un grado tan notable.
     En las Provincias de Alava y de Vizcaya, Ramírez de Guzmán y Pedro de Ayala, Conde de Salvatierra, recorrían el país para atraerlo a la causa de los Comuneros. En vano el Consejo Real ordenó la agregación del Condado de Salvatierra a la corona, aquel castigo no disminuyó en nada los ardores de Pedro de Ayala. La junta de los rebeldes le nombró capitán general para la región alavesa y guipuzcoana. Trató vanamente de ganar a la junta de Hernani, pero logró sorprender a la artillería real enviada de Fuenterrabía a Burgos y amenazó a Vitoria.
     El Consejo de Vitoria (15) hizo sus preparativos y pidió a San Sebastián un préstamo de ducados de oro, aprovisionamiento de fusiles, de pólvora y lanzas. Pero al mismo tiempo hizo sondear al Conde de Salvatierra por medio de Fray Diego de Arva, y pidió socorro a Burgos y a Pamplona. El Duque de Nájera envió a su hijo mayor Juan Esteban Manrique a la cabeza de una tropa de infantes y de algunas lanzas.
     Manrique tenía 17 años, (16) Iñigo 10 años mayor que él podría servirle de útil mentor, y sus éxitos en Guipúzcoa le designaban para este papel. Todo permite pues conjeturar que tomó parte en la cabalgata alavesa. Con qué gusto debió encontrarse espada en mano al lado sus parientes y amigos Manrique de Lara, Ruiz de Gamboa, Pero Vélez de Guevara, en aquel combate del puente de Durana (12 de abril de 1521) que hizo huir al Conde de Salvatierra, quebrantó los esfuerzos de los Comuneros en las Provincias Vascas y preludió la ruina definitiva de los rebeldes. (17)
     Fue en estas escaramuzas militares para vengar los derechos de Carlos V en donde Iñigo de Loyola templó su fidelidad y su valor. La guerra de Navarra era inminente. El noble vasco va a medirse con los soldados de Enrique de Albret y de Francisco I.
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     En los siglos XV y XVI para no remontarnos más, el reino de Navarra (18) pasó por las vicisitudes políticas que son comunes a los países fronterizos. La casa de Foix era allí soberana desde 1479; por matrimonio de Catalina de Foix con Juan de Albret en 1493, una nueva dinastía comenzó en ese reino que se extendía casi desde el Loirá al Ebro. Ni los Reyes de Francia, ni los de Castilla podían ser indiferentes respecto de un príncipe que era el portero de los Pirineos, y desde 1479 a 1516 hubo un continuo movimiento de los dos poderosos vecinos para atraer a ellos a Juan de Albret.
     Por sus orígenes el Rey de Navarra parecía condenado a vivir en la órbita de Francia. Pero Fernando el Católico era un gran emprendedor. Desde 1474 en el tratado de Tudela hizo aceptar a Navarra el protectorado de España, y en muchas ocasiones pretendió por proyectos de matrimonio apretar los lazos políticos con aquel reino; por medio de tratados de alianza renovados muchas veces logró encadenar la libertad de acción de Juan de Albret. A medida que la unidad de las Españas avanzaba, se hizo más atrevido en sus designios. Dueño de Castilla por su unión con Isabel (1479), conquistador del reino de Granada contra los moros (1491), poseedor del Rosellón, que recibió de Carlos VIII en el tratado de Barcelona (1493) ¿por qué Fernando no había de incorporar a sus estados aquel país de Navarra que los Pirineos separan de Francia?
     Frente a las actividades del Rey de Castilla, los Reyes de Francia no permanecían inactivos. Luis XI, Carlos VIII y Luis XII tenían también su política, sus matrimonios y sus tratados, bien que no ponían en sus empresas la tenacidad del Rey Fernando.
     Y siguiendo los impulsos que sufría y los intereses que prevalecían, el desgraciado Juan de Albret oscilaba de un partido a otro. Tanto más cuanto que en Navarra, franceses y españoles tenían respectivamente entre la nobleza amigos hereditariamente fieles; los Grammont eran franceses, los Beaumont eran españoles.
     Finalmente en 1512 los intentos de Luis XII más allá de los Alpes provocaron de parte del Papa Julio II, la formación de la Santa Liga. Fernando entró en ella al lado del Rey de Inglaterra y de Maximiliano de Austria. Esto iba a decidir la suerte de Navarra.
     Mientras que planeando una expedición a Italia los ingleses desembarcaban en las costas de las Landas, Fernando pidió a Juan de Albret el derecho de paso de sus tropas, a fin de unirse con los ingleses. Juan trató de hacer respetar la neutralidad de sus Estados. Sus diputados obtuvieron de Luis XII la garantía deseada (18 de julio de 1512). Fernando que había recibido petición análoga deje que las negociaciones se prosiguieran sin llegar a una conclusión. Pero el día mismo en que se firmó el tratado de Blois, hizo publicar las cláusulas pretendidas. El documento, a despecho de lo que dicen de él todos los historiadores españoles, no es sino una falsedad audaz. Que Fernando haya creído o no en la autenticidad de este texto, se autorizó con el para decretar la invasión de Navarra. El 21 de julio de 1512 el Duque de Alba pasó la frontera; el 24 se rindió Pamplona bajo reserva de los derechos de Juan de Albret, y en cinco días fue conquistado todo el reino. El Rey de Castilla declaró que los mismos estatutos de la Santa Liga le daban todo derecho para esta conquista (31 de julio); Juan protestó ante sus súbditos (30 de septiembre) y ante León X (22 de junio de 1513). Pero el 15 de junio de 1515, por una acta solemne, Fernando reunió Navarra a Castilla y algunos meses después murió el 22 de enero de 1516.
     Para asegurar su conquista de Navarra no había descuidado, antes de morir, ninguna precaución militar. Pamplona debía tener un cinturón de murallas y de torres, dominado por una ciudadela, a fin de imponer dentro y fuera del reino el respeto a los estandartes de Castilla. Desde 1514, las requisiciones de carros y de monturas habían comenzado en vista de los trabajos militares. Cuando el 22 de mayo de 1516, el Duque de Nájera tomó posesión de su cargo de Virrey, ya estaban construidas mil quinientas veintidós tapias de albañilería. Mientras tanto, el Cardenal Jiménez había dado orden de desmantelar todas las fortalezas señoriales. Un año más tarde, la ciudadela de Pamplona estaba casi terminada. En junio de 1517 todo estaba listo, se colocaron las puertas y las ventanas de los cuarteles. Miguel de Herrera (19) recibió el mando de la fortaleza e hizo el juramento en manos del Virrey (3 de mayo de 1517).
     A la noticia de la muerte de Fernando el Católico, Francisco I pensó que había sonado al fin la hora de sus esperanzas sobre Navarra. Instó a Juan de Albret para recobrar su perdido reino y le prometió tropas. Al mismo tiempo entabló en Noyón con España conferencias diplomáticas que no favorecieron en nada la muerte del mismo Juan de Albret, pero que sin embargo gracias a la actividad de Catalina de Foix condujeron a hacer reservar el examen de los derechos de la dinastía. Para sostener estos derechos no se excusaron ni memoriales ni negociaciones. La familia de Javier se contaba en el primer lugar de los fieles servidores de la casa de Albret. Desgraciadamente Catalina de Foix murió también en Mont de Marsán el 11 de febrero de 1517, lo que dio ocasión a Germana, viuda de Fernando el Católico, para reivindicar la herencia de la casa de Foix. En medio de estas circunstancias contrarias, Francisco I hizo que sus embajadores intimaran a Carlos la evacuación de Navarra; pero Carlos V se creyó bastante fuerte para contentarse con una respuesta evasiva. ¿Acaso Pamplona no tenía fortificaciones para defenderse de las balas francesas?
     Más aún que Carlos V, el Virrey de Navarra e Iñigo de Loyola, su mesnadero, hubieran descansado en esta confianza, si el asunto de los Comuneros no hubiese puesto en ebullición a toda España. Movidos del peligro que hacía correr a la Corona la insurrección de los grandes de Castilla, los regentes del reino habían desguarnecido a Navarra de tropas desde el Otoño de 1520. El Duque de Nájera, responsable del orden de una provincia aún mal sometida, se quejó al emperador del predicamento en que se le ponía. Desde Aix-la-chapelle (24 de octubre de 1520) el príncipe respondió obligando al Virrey a enviar a Burgos sus mejores soldados. El Duque obedeció; pero jamás pudo comprender que para defender mejor a Castilla se expusiera a Navarra a una invasión francesa, y mientras se perseverara en llevarse a sus infantes y sus lanzas, continuaría protestando, explicándose y rogando por Navarra. (20) No cabe duda que Iñigo de Loyola debió asociarse de todo corazón a estos actos de verdadera fidelidad.
     El 15 de marzo de 1521, el Duque de Nájera avisó a Carlos V del inminente peligro. El 27 precisó algunos hechos graves: Francisco I enviaba su artillería por Tolouse y Burdeos; se hacían levas en las Landas y en el Bearn; y los Comuneros estaban en inteligencia con Francia; desde San Juan Pied-de-Port a Pamplona, los franceses no encontraron ni un solo obstáculo en su camino.
     Fue por Pedro Vélez de Guevara, que volviendo de su viaje a los Países Bajos acababa de atravesar Francia, por quien el Virrey se enteró de tales noticias. Envió enseguida a Pedro a Segovia con la esperanza de que el relato de un testigo decidiera al Consejo Real a obrar. Pedro Vélez de Guevara hijo de una tía del Duque de Nájera y educado en la familia del Duque, (21) no podía rehusar nada a su primo hermano Antonio; por lo demás tenía los mismos sentimientos de fidelidad absoluta a su soberano. Dió noticia a los gobernadores de los temores del Virrey y de sus propias impresiones, pero todo fue en vano. Aun después de la derrota de los Comuneros en Villalar el 21 de abril de 1521, cuando su jefe Padilla fue ahorcado en Valladolid y el Obispo de Zamora huyó, el Consejo porfió en su política: la insurrección existía todavía en Toledo, Navarra podía esperar. A otro nuevo emisario del Virrey, el condestable de Castilla terminó por darle vagas promesas de socorro.
     Mientras que así se pensaba en Segovia, el 4 de mayo, Enrique de Albret entró en campaña. El ejército francés estaba bajo las órdenes de Andrés de Foix, señor de Asparros, que tenía por lugarteniente al señor Ergobarraque, alcalde de Bayona, y al Obispo de Couserans, Carlos de Grammont.
     El ejército contaba con doce mil infantes, seiscientas lanzas y veintinueve piezas de artillería. El 12 de mayo llegó éste ante San Juan Pied-de-Port, que capituló el 15; los desfiladeros de Roncesvalles, que Luis de Beaumont trató por un momento de defender, fueron franqueados sin combate. El camino de la Alta Navarra quedó libre.
     El 13 de mayo el Duque de Nájera renovó sus instancias, su hijo Juan Manrique fue a decir a Segovia: los enemigos están allí, necesitamos socorro; pero como nada venía, el Duque mismo partió el 17 de mayo con el Obispo de Avila, Rodrigo de Mercado, para obtener del Consejo Real las tropas que hasta entonces les había rehusado.
     Mientras que duraba este viaje, Andrés de Foix llegó a Villanueva, en el Valle de Araquil, a cuatro leguas de Pamplona. La capital de Navarra se vio amenazada de un sitio en regla. (22)
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     La dinastía de Albret que ayer apenas reinaba allí, contaba en la ciudad con muchos partidarios y servidores; los Gramont estaban a su cabeza. Al rumor de que se acercaban las tropas francesas todo este mundo no cabía en sí de gozo. Los escudos españoles fueron abatidos, el palacio del Virrey saqueado; en el Consejo de la ciudad se habló de rendición. Iñigo de Loyola no había acompañado al Duque Nájera a Segovia. Se adivinan los sentimientos de su alma noble y fiel frente a la revuelta y al pánico que crecen, pero no es de los que cambian de Señor y reniegan de sus juramentos. Se une al alcalde de la Ciudadela, Herrera, y a los gentilhombres de la guarnición. Contra todos expone con fuerza las razones para batirse y logra felizmente arrastrar a la resistencia a los vacilantes (23). Además, en el Castillo no faltaba nada, sin duda, ni carne fresca ni salada, ni balas, ni cañones, ni morteros, ni barriles de pólvora, ni fusiles, ni picas, ni corazas. (24) Herrera avisa al Consejo de la ciudad que la ciudadela está presta a defenderse.
     El Consejo no deja de persistir por ello en su primera idea. Envía una diputación al campo de Villanueva para ofrecer a Andrés de Foix las llaves de Pamplona si consiente en aceptar las peticiones de los habitantes, a saber: amnistía general, confirmación de los privilegios y excepciones en vigor, pago de las deudas de la casa de Albret, mantenimiento de los funcionarios actuales, respeto de las propiedades del Duque de Nájera, de sus vasallos y de todos los castellanos, funciones administrativas y judiciarias reservadas para los navarros, alojamiento de las tropas en las condiciones ordinarias y promesa de no maltratar la ciudad cuando atacaran a la ciudadela y de no hacer entrar en Pamplona muchas tropas porque no había víveres suficientes. Andrés de Foix consintió en tratar la capitulación. El acta fue levantada al instante. El vencedor aprobó todos los artículos con excepción de tres, el de los bienes del Duque de Najera y el de los castellanos, y acerca del ataque de la Ciudadela se reservó su libertad. El mismo día 19 de mayo, fiesta de Pentecostés, los diputados de la ciudad hicieron juramento de fidelidad al Rey Enrique de Albret. Por su lado Andrés de Foix juró respetar los fueros de Navarra. Una columna de 300 hombres, mandados por Santacoloma ocupó inmediatamente la ciudad. (25)
     El lunes 20 de mayo Andrés de Foix hizo su entrada solemne en la Capital de Navarra, y enseguida envió un heraldo a la Ciudadela pidiendo que se rindiera. Herrera rehusó. Iñigo de Loyola era el alma de aquella hazaña caballeresca que pretendía salvar al menos el honor. Y no era solamente un sentimiento personal el que le hacia obrar así; toda Guipúzcoa estaba unida a Castilla. El Alcalde de la fortaleza de Irún dio testimonio de ello a Carlos V, a la primera noticia que tuvo de los preparativos de la invasión (15 de marzo de 1521). El corregidor de la Provincia protestó ante el Cardenal regente de la fidelidad de todos; el Consejo de Azpeitia envió un mensaje a Tolosa para tener noticias ciertas; en el puente de Loyola el bachiller Pérez de Zavala encontró varias veces a los diputados de Azpeitia para deliberar con ellos acerca de las medidas que había que tomar. (26) Volveremos a encontrar a los Loyola en la batalla de Noain y en el sitio de Fuenterrabía. Frente a los invasores franceses el influjo de la raza y del terruño se añade al de un alma fuerte para determinar a Iñigo a morir antes que rendirse al enemigo. No habiendo sacerdote, se confiesa con un compañero de armas, probablemente en la capilla del castillo, que estaba dedicada a Nuestra Señora, y con la conciencia en paz con Dios se apresta a cumplir con sus deberes para con su Rey.
     Los franceses bombardearon la fortaleza, arrojaron sus fajinas al foso, prepararon sus escalas; la fortaleza lanzaba el fuego de su artillería. La resistencia de un puñado de hombres no apoyados por los magistrados de la ciudad no podía ser larga. El combate que duró seis horas consistió en el cañoneo de una y otra parte y en varias intentonas de escala de parte de los asaltantes. Lo que hizo Iñigo de Loyola durante la lucha estamos reducidos a conjeturarlo solamente. No sabemos si no lo que a él le agradó contar a Gonzalez de Cámara: "el ataque, dijo, duraba ya algún tiempo, cuando fui alcanzado por una bala, que, pasando entre las dos piernas me hirió una y me rompió la otra". (27) Una vez caído aquel cuya palabra ardiente había excitado el valor de los soldados, la batalla debería de acabar rápida y miserablemente. Si damos crédito a un relato inspirado por el Alcalde de la fortaleza, Herrera, la fidelidad de las tropas no era absoluta. Tres veces algunos cobardes levantaron bandera blanca, gritando: ¡Francia, Francia! Algunos estaban tan prestos a capitular que llegaron hasta arrancar los cerrojos de las puertas de la fortaleza, que, como la ciudad, cayó también en manos de los franceses.
     El Almirante de Castilla (28) escribió a Carlos V: "la más fuerte plaza del reino se ha rendido después de nueve horas de asalto, El alcalde hizo la mayor traición del mundo; y no solamente no le hemos cortado la cabeza, sino que se le sostiene a él y a los otros como a buenos servidores; están en medio de nosotros defendidos, protegidos y no me sorprendería el que os escribiesen para obtener favores; los favores que merecen esas gentes son que se les corte el cuello".
     El viejo soldado expresa así toda la indignación del orgullo castellano. Herrera no tardará en efecto en pedir al Emperador en premio de sus servicios las funciones de Gobernador de Aragón. Iñigo sin tachar quizás de cobardía al comandante de la fortaleza de Pamplona, debió de resentir en su corazón una amargura semejante a la del almirante de Castilla. Debió sufrir con dolor y vergüenza un desenlace tan penoso como era la rendición de la capital del reino. Pero su lealtad le obliga a afirmar que los franceses dueños de la plaza, (29) "tuvieron gran cuidado de él, empleando a su respecto procedimientos corteses y amigables, muy buenos médicos del ejército francés lo cuidaran en la casa en que habitaba, antes de haberse encerrado en la fortaleza". Así era también como Iñigo comprendía la guerra, como un caballero.
     Algunas líneas de Polanco (30) nos lo demostrarían si no lo hubiéramos adivinado antes. "Durante los días que duró su curación en Pamplona, Iñigo recibió frecuentes visitas de los gentilhombres y los soldados franceses. Para darles testimonio de su agradecimiento él a su vez les regaló lo que tenía armas de valor y objetos preciosos".
     Mientras que está allí en su casa de Pamplona con la pierna rota y en manos de los cirujanos, miremos cara a cara a Iñigo de Loyola. Es un gentihombre orgulloso, un soldado sin miedo, un hombre de mando y de acción, un firme creyente, pero un cristiano mediano. En el solar paterno, en la corte de los Reyes Católicos, en la familia de los Duques de Nájera, ha asistido de cerca a graves escándalos; los malos ejemplos atizaron en él el fuego de las pasiones. Nadal escribe: "no pensaba entonces ni en religión ni en piedad", (31) pero la fórmula es excesiva. Polanco (32) nota con mayor precisión y justeza: "bien que muy afecto a la fe, no vivía según sus creencias y no se guardaba del pecado; era particularmente desarreglado en el juego, en los asuntos de faldas y en el duelo", por su parte Laínez (33) y González, sin detallar tanto, confirman el testimonio de Polanco. El primero declara que Iñigo en el siglo se dejó vencer por la lujuria; el segundo precisa haber oído del fundador de la Compañía de Jesús el relato circunstanciado de las locuras de su juventud. (34) Pero este pecador tiene sin embargo un corazón noble y una voluntad enérgica. Su vida de santo lo demostrará. En tiempos de su juventud le faltó solamente el comprender aquel servire Deo regnare est, del que será más tarde el infatigable predicador.

NOTAS
1.—Luis Salazar de Castro, Historia de la casa de Lara, Madrid 1694, II, 170, IV, 293, 299.
2.—El duque de Nájera tenia una residencia en la misma Nájera, y era el alcazar de los antiguos reyes de Navarra, situado hacia la mitad de la colina a que esta adosada la ciudad, en la orilla derecha de la Najarilla. Este alcázir comunicaba por medio de una galería subterránea con el Castillo fortificado, que se levanta en la cumbre de la colina. La galería existe aún y del Castillo sólo quedan las ruinas. Del alcazar quedan algunos basamentos, cuyos muros sirven de barda a un cementerio ya abandonado. En Navarrete la casa de Nájera se ha destruido. El recuerdo de su ubicación, en la plaza, que está ante la puerta de la Iglesia, no se conserva sino en la memoria de algunos eruditos curiosos acerca de todo lo pasado.
3.—Cristóbal de Castro, Historia varia, citado por Astráin I, 16.
4.—Luiz Salazar de Castro, op. cit., II, 149-152.
5.—Id. ibid., II, 184, 186-187.
6.—Manuel Danvila, El poder civil en España, Madrid, Tellez, 1885. I, 513, 588, 611, 614, 625, 641.
7.—Id. ibid., n, 35, 41, 44.
8.—Id. ibid., II, 49-52.
9.—Acerca del movimiento de los Comuneros de Castilla y de las Germanias de Valencia, ver Sandoval, op. cil. En el siglo XIX esta historia ha sido rehecha por D. Modesto de la Fuente Historia General de España, y más recientemente, documentada por Manuel Danvila, Historia critica y documentada de las Comunidades de Castilla. Este considerable trabajo forma los tomos XXXV a XXXIX de la colección intitulada Memorial histórico español.
10.—Polanco Cronicón, I, 13. Se conserva aún en Nájera la tradición del lugar en donde Iñigo arremetió vivamente a los rebeldes, espada en mano. Es en los cuatro cantones, punto de bifurcación de la calle de la Fuente y de la calle Mayor.
11.—Manuel Danvila, op. cit., XXXVI, 226, 691.
12.—Danvüa, op. cit., XXXVII, 685, 691, 722.
13.—Cronicón, I, 10.
14.—Danvila, op. cit., XXXVII, 182, 187, 375, 494, 498.
15.—Vitoria, Arch. mun. Reg. de del., 1548-1565, f. 675-702.
16.—Luis Salazar de Castro, op. cit., II, 181.
17.—Manuel Danvila, op. cit., XXXVII, 180, 394, 490, 493.
18.- Ver a los antiguos historiadores españoles Zurita, Sandoval, Moret, Garibay, y tambien a los recientes historiadores franceses Básele de Lagreze, La Navarra francesa, y especialmente Boissonnade La reunión de la Navarre a la Catille, París, Picard, 1892.
19.—Pamplona, Arch. de la Prov. de Navarra Reyno, Leg. 23, carp. 54. La tapia es una medida de 50 pies cuadrados.
20.—Sandoval, I, 502, Boissonnade, 543-544, Danvila XXXVII, 231, 240, 253. Después de los trabajos de Danvila y Boissonnade los archivos han sido transladados a Simancas.
21.—Salazar de Castro, op. cit„ II, 154.
22.—Sandoval, 522, Boissonnade, 548-549. Arch. de Simancas Estado de Navarra 158, Leg. 2, 135, 136, 138. Comunidades de Castilla, Leg. 3, 45.
23.—Scrip. de S. Ignat., I, 38; Sandoval, 512, Boissonnade, 549.
24.—En un inventario del 29 de julio de 1522 (Pamplona. Arch. prov. Cuentas, caja 79 n. 32), se encuentra una enumeración detallada de los bastimentos. Es probable que desde la primavera de 1521, el Castillo estaba ya provisto.
25.—.B. N. de París, Coll. Doat 224, f. 41-47. Ver Nota 7 Apéndices.
26.—Azpeitia, Arofi. mun. Acuerdos de 1521.
27.—González de Cámara núm. 2.
28.—Arch. de Simancas, Est. Nav., 158, Leg. 1.
29.—González de Cámara, n. 2.
30.—Cronicón, I, 10.
31.—Citado por Astráin, I, 14.
32.—Cronicón, I, 13.
33.—Scrip. de S. Ign., I, 101.
34.—Ibid., I, 32. González de Cámara, n. 2. Con razón el P. Astráin prot Historia, 2' ed. I, 11-12, contra los historiadores del siglo XVII, que no han de sospechar nada de todas estas debilidades.

P. Pablo Dudon S.J.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

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