jueves, 30 de enero de 2014

Buen gusto femenino

     ¡Qué impresión más desagradable se siente cuando, al visitar una población moderna, se tropieza con una iglesia de paredes desconchadas, retablos con telarañas, altares llenos de polvo y suelos sin barrer!
     Esta misma impresión me produce a mí cuando, al visitar a una familia, me encuentro con una chica que quiere ser virtuosa y cumplir bien su misión hogareña, y viste con desidia, acaso con suciedad, y lleva sobre sí un sello de ranciedad y mal gusto.
     El buen gusto nunca ha estado reñido con la virtud; más aún, él mismo es una virtud. Es una floración legítima de la delicadeza del alma y de la sublimidad de sus ideales.
     El arte es un don de Dios, y el buen gusto no es otra cosa que una manifestación del arte.
     La espiritualidad ha de rodearse de atractivo. ¿Por qué hemos de dar lugar a que los mundanos crean que tan sólo en lo material, en lo pagano, en lo que carece de espíritu cristiano, puede haber buen gusto, elegancia y distinción?
     El Evangelio es una fuente de delicadeza, sublimidad, selección; una intensa poesía se refleja en sus páginas de belleza moral inigualable; un suave aroma trasciende de su espíritu. Quien se asimile el Evangelio, si con imperfecciones no le pone cortapisas, necesariamente irá contrayendo hábitos de buen gusto.
     ¿Por qué, pues, esa chica tan piadosa, tan cristianamente hogareña, tiene tan poco gusto y produce una sensación de desagrado?
     Muchas veces es un poco de desidia. Le resulta más cómodo no preocuparse de ciertos detalles.
     Es verdad que ella está acostumbrada a no hacer lo que le gusta, sino lo que debe, aunque le resulte incómodo; pero, atraída su atención por otras materias de más monta, no repara en estas pequeñeces.
     En este defecto acostumbran a incurrir bastantes chicas muy mundanas, que si, en cuestión de alegría, son «tamboril de casa ajena", deliciosas fuera de su hogar e insoportables dentro, en materia de buen gusto, hacen derroches en la calle, y, en cambio, dentro de las paredes de su morada resultan abandonadas y hasta sucias.
    —¿Qué tiene que ver? Nadie me ve.
     Te ven los tuyos, que tienen derecho a encontrarte agradable, y te ves tú, que, si tienes buen gusto, te has de sentir incómoda al observarte desaseada.
     Era una señora mayor, viuda y sola en el mundo, a quien azares de la vida habían reducido a la pobreza. Por no llegarle para más sus exiguos ingresos, vivía en una habitación con derecho a cocina.
     Su humilde cuartito estaba siempre limpio y ordenado; en las paredes y sobre los escasos muebles, cuadros y adornos propios de su época. Cuando se entraba en él daba sensación de agrado. Lo que más llamaba la atención eran las flores, que, indefectiblemente, había sobre la mesa y, algunas veces, en los otros muebles.
     De su pequeño presupuesto separaba todos los días unas monedas para flores.
     Recuerdo que otra señora, más prosaica, le dijo un día:
     —Margarita, ¿por qué gastas en flores un dinero que te hace falta para comer?
     —Porque también mi espíritu necesita comida. Al espíritu le agrada lo bello—contestó.
     —Pero si nadie lo va a ver. No va nadie a tu casa.
     —Lo veo yo. Cuando llega la hora de comer y me siento a la mesa, disfruto contemplando la habitación atractiva. ¡Qué quieres! No tengo dinero, pero tengo gusto.
     También el gusto selecto es una riqueza, que, bien cultivada, lleva a Dios y ayuda a llevar a los demás.
     Desengáñate; dentro de casa debes estar, no digo tan compuesta como fuera, pero sí arreglada y agradable.
     Ninguna disculpa puede justificar que estés desgreñada, sucia o con los vestidos puestos de cualquier manera.
     Te podrá faltar tiempo para largos acicalamientos que no te recomiendo; pero para ir con sencillez, bien puesta, para no estar despeinada, para no tener las manos denegridas, los vestidos descosidos o mostrando las ropas de debajo u otros detalles de índole parecida, no.
     A veces la falta de gusto no procede de cómo se llevan las cosas, sino de estas mismas cosas.
     Ten gusto para elegir lo que has de vestir; no digas: lo mismo me da una cosa que otra. No debe darte lo mismo; debe agradarte lo bello, lo armonioso, lo que no desentona, sino que contribuye a hacer un conjunto selecto y agradable.
     Debes hacerlo por los que te rodean, que tienen derecho a encontrarte atractiva.
     Lejos de mí —como puedes suponer— pretender que seas vanidosa. Vanidad y elegancia no son lo mismo aunque algunas las confundan. La primera es vicio y la segunda es virtud.
     Si observas el mundo que te rodea, podrás darte cuenta de lo mucho que abundan las vanidosas con muy mal gusto. Presumen, coquetean, y, si las examinas detenidamente, encontrarás en ellas muchas veces aficiones, gustos burdos y poco finos.
     Precisamente son exageradas por falta de gusto; no tienen elegancia, distinción, y quieren suplir su falta con algo que llame la atención; no puede ser ésta solicitada por su prestancia personal, y acuden a los detalles exagerados.
     Su caso puedes explicártelo estupendamente tú, que eres buena cocinera. Cuando algunos alimentos resultan poco apetitosos, los sazonas con ciertas especias cuyo picorcillo excitante estimula las ganas de comer.
     Hay chicas burdas, de espíritu basto, incapaces de distinción que resultan muy poco apetitosas y acuden a la mostacilla picante de lo exagerado para poder pasar y atraer.
     ¿No resulta bien triste su caso? ¿Por qué no cultivan su feminidad, su delicadeza, y mediante una acertada educación, observándose, dominándose, reformándose, no adquieren cierto espíritu selecto, que es el que puede darles, en realidad de verdad, buen tono?
     Las más bellas obras de arte fueron un día tosca piedra de brutal cantera o tronco burdo de madera. El buril las afinó golpe a golpe.
     Ten buen gusto; pero jamás seas vanidosa, si quieres ser mujer de tu hogar. No hay cosa que más aparte a la mujer del cumplimiento de sus deberes caseros como la vanidad.
     Antes de pasar adelante, permíteme que rinda homenaje a esa muchachita buena, vestida con ridiculez, no por falta de gusto, sino por buena.
     Sí, por buena. Ha dejado que elijan todos sus hermanos; queda aquello que nadie lo quiere y que debe aprovecharse, y lo acepta ella. Se ha acostumbrado a sacrificarse, a ser siempre la última para servir mejor a los demás. Por ser buena, es la que peor va.
     Si éste es tu caso, alabo tu generosidad. Dios te la compensará. Tu apariencia exterior no será elegante, pero, indudablemente, tu alma lo es; y quienes te traten habrán de apreciar tu prestancia espiritual.
     Aun en este caso, esfuérzate por suplir con un buen gusto personal lo que falta a tu atuendo. Hay señoras que, vestidas por una buena firma y cubiertas de joyas, parecen fregonas; mientras que otras saben llevar con gracia un mandil.
     Lee lo que Isabel Leseur escribía en su diario, entre otras resoluciones: «Teniendo en cuenta un mayor bien, y tendiendo a un fin más elevado, velar hasta sobre mi compostura, sobre mi toilette, haciéndome, por Dios, más seductora. Procurar que mi hogar tenga atractivo y convertirlo en un centro de buenas y saludables influencias... Ser austera para mí, seductora, en cuanto me sea posible, para los demás».
     Realiza, muchacha, el ideal de esta mujer cristiana, que en el hogar de un abogado incrédulo y de mucho mundo supo santificarse y santificar a los demás.
     Procura ser en tu hogar seductora para ayudar a los demás a ir hacia Dios, mirando, por tanto, tu toilette como medio y no como fin.
     A la vez procura que tu hogar tenga atractivo; ésta es una segunda parte del mismo capítulo.
     El buen gusto no sólo se revela en la persona, sino en sus cosas. Sin conocerte a ti, con sólo ver tu cuarto, se puede juzgar si eres espíritu selecto o un alma vulgar o tienes un gusto depravado.
     El que en estos momentos se asomase a tu habitación, ¿qué juicio formaría de ti?
     Para que una habitación esté bien puesta, no hace falta mucho dinero, sino buen gusto.
     La elegancia está más que todo en la finura y delicadeza derramadas en los detalles, en el arte que preside la combinación de los conjuntos, en un espíritu sutil y selecto que flota en el ambiente; es como una poesía que penetra en el alma, la invade y la empuja a una reacción de agrado.
     La habitación atestada de muebles con muchos labrados, multitud de cuadros y miniaturas en las paredes, ricas porcelanas, costosos vidrios, objetos de bronce y plata rebosantes por todos lados, proclama al nuevo rico. No se puede dudar que su propietario tiene crédito en los Bancos. Pero, ¿tiene, además, buen gusto?
     Acaso en la habitación haya muy pocos cuadros, pero selectos; muebles un tanto apolillados, pero limpios y bien combinados: unos bibelots delicados, una porcelana fina... Acaso ni esto; pero aquel detallito de los visillos, aquellas flores en el ángulo, aquella colocación de los muebles..., aquello..., ¿qué? ¡Pueden ser tantas cosas, sencillas, baratas, al alcance de todos!...
     ¿No depende muchas veces de una nota la armonía de una composición musical? También muchas veces la estética en la ornamentación depende de un detalle.
     Aquello puesto así, bellísimo; de otra manera, detestable.
     Para acertar, se necesita tener buen gusto. Este se adquiere mediante la educación, con una esmerada formación artística o, por lo menos, humanística, con el trato de personas finas y elegantes, con una sagaz y, a la vez prudente observación.
     Algunas chicas lo reciben por herencia o pueden lograrlo fácilmente bebiéndolo del caño abierto de la actuación materna.
     A otras, o por el ambiente, o por diversas circunstancias, no les es tan fácil.
     Pero el buen gusto es algo subjetivo, y desde el punto de vista de su ambiente, todas lo pueden lograr con algún esfuerzo.
     Esfuérzate por lograrlo: procura ser seductora para los tuyos y que tu hogar tenga atractivo.
Canonigo Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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