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lunes, 27 de septiembre de 2010

Las víctimas

SI LO HUBIERA ENCONTRADO ANTES

¿Quién no ha oído hablar del Padre Lino de Parma? ¿Quién no ha llorado al leer la vida, extraña y heroica, de este hijo de San Francisco, de este capellán de las cárceles durante toda la vida?
Pero, ¡cuántas veces lloró también él! ¡cuántas veces el Padre Lino salió de las horrendas mazmorras, mordiendo su pañuelo para sofocar los sollozos que le hacían estallar el pecho!
Más que todo, le laceraba el alma la exclamación: ¡si lo hubiera encontrado antes!
Ya era un joven estudiante envuelto por el mal, con el corazón gangrenado, lleno de prejuicios contra el clero. Al principio, recibió al Padre Lino con una frialdad cortante, terminó al fin arrojándose en brazos del padre y repitiendo: ¡si lo hubiera encontrado antes!
Ya era, otras veces, un obrero, considerado como una bestia de carga, a quien envenenó la propaganda comunista; ya era un viejo asiduo lector, que obstinadamente se había mantenido alejado de la Religión, que creía más en los libros que en la vida.
¡Si lo hubiera encontrado antes!

Antes de que el mal ejemplo manchara su alma, antes que un mal compañero le hubiese hecho entrever los jardines falaces de la maldad, antes que un mal libro le hubiese descorrido el velo de los misterios de la corrupción.
Desgraciadamente en nuestros días, por el tristísimo estado de cosas, siempre se encuentra primero el mal.
Se encuentra el escándalo que produce desencanto en el alma, antes que el beso de Jesús en la Primera Comunión.
Se encuentra al maestro ateo y materialista, que describe la vida como una carrera bestial hacia el placer, antes que el sacerdote que le diga al corazón del adolescente: Busca primero el reino de Dios y todo lo demás se te dará por añadidura.
Se encuentra el cine lascivo, el teatro obsceno, que pone al hombre al nivel de las bestias, antes que el templo que eleva al hombre hasta los ángeles, hasta la presencia de Dios.
Casi siempre alguien se ha adelantado al sacerdote; casi siempre llega cuando ya no quedan sino las ruinas de una juventud, la desolación de un alma, el cadáver de una pureza, el desierto de un espíritu.

Hay hombres que encuentran al sacerdote por primera vez dentro de los oscuros corredores de una cárcel, o en la sala blanca de un hospital, o quizá cuando ya está listo el pelotón que va a ejecutarlos.
Aun entonces la misión del sacerdote es sublime; pero ¡qué triste es!
Ministro de consuelo, de redención y de misericordia; pero ¡cuánto mejor si hubiera sido luz de la vida, guía del camino, amigo del corazón, alas para batirlas y elevarse!
¡Qué doloroso es este encuentro tardío, que es remedio, que es consuelo; pero que no puede borrar el hecho de una vida de pecado, ni desarraigar totalmente sus raíces, ni desintoxicar un corazón envenenado!

La causa de estos encuentros raros, tardíos y dolorosos con el sacerdote, son, es verdad, los prejuicios, las calumnias contra el Clero; pero la causa principal es la escasez de sacerdotes.
Alcanzan apenas para la administración esencial de los sacramentos, para cumplir con las obligaciones estrictas del culto.
Faltan sacerdotes que vivan en medio de los jóvenes en su trabajo; que desciendan a las minas; que reúnan a los muchachos; que entren a las escuelas; que, como sal de la tierra, condimenten todas las vidas, la vida cotidiana de los hombres; que, como luz del mundo, iluminen todos los tugurios, todas las barracas.
Mucho se ha hecho y se sigue haciendo para mejorar las condiciones de los menores de edad en las cárceles. Pero el único modo definitivo consiste en impedir que caigan al caos de una cárcel, que se les preserve con el bien, con la religión, con la pureza.
Este es el único modo de hacer que encuentren a Dios antes que a Satanás, al sacerdote antes que al juez, la iglesia antes que la cárcel, los sacramentos antes que las cadenas.

Y el único medio es multiplicar las falanges de los sacerdotes que hablen a los hombres en la lengua del Cielo, que fortalezcan a los obreros con la esperanza de lo Alto, que enseñen a los jóvenes la alegría de la pureza.
Lo requieren así los primordiales intereses de la sociedad y las necesidades vitales de las almas.
Es la solución radical y única de los problemas de la vida social.
Ninguno puede dejar de tener interés en esto, nadie puede sentirse extraño y fuera de la cruzada para la multiplicación y santificación de las Vocaciones sacerdotales.
Por eso hacemos un llamamiento a todos para que no llegue la hora de las quejas, de los lamentos inútiles y penosos.

ENVIENNOS UN SACERDOTE

No hace muchos años que los cadetes del Alcázar de Toledo conquistaron una gloría legendaria.
Su comandante, el coronel Moscardó, que vive aún, nos parece un héroe, grande y lejano, como Leónidas. La reconstrucción cinematográfica de la resistencia del Alcázar más parece una creación de la fantasía que una desleída reproducción de la realidad, que es más sublime y más trágica.
Bajo las ruinas del viejo castillo, sitiados, bajo el fuego de las ametralladoras, acosados por el martilleo infernal de artillería, los cadetes resistieron, hasta que fueron liberados por los nacionalistas victoriosos.
Los Rojos, admirados y al mismo tiempo rabiosos por tan heroico resistencia que los humillaba, recurrieron hasta el expediente más salvaje y desesperado: excavaron túneles subterráneos para hacer saltar con dinamita las ruinas que quedaban del edificio entre las cuales se defendían los cadetes.
Pero más conmovidos y derrotados quedaron los Rojos cuando, antes de hacer estallar las minas, anunciaron a los héroes su próximo y tremendo fin, y les preguntaron cuál era su último deseo, su última petición.
Sobre un montón de ruinas se vio a un joven cadete que respondió a nombre de todos:

"¡ENVIENNOS UN SACERDOTE!"

En efecto, fue un sacerdote a confesarlos y a darles el Santo Viático; y después volvió al torbellino rojo para ser engullido también él, por la hecatombe revolucionaria.
¡Envíennos un sacerdote! La petición es reveladora y nos deja entrever las fuentes de un heroísmo tan puro y tan sencillo. Están extenuados por el hambre, y no piden pan; falta agua, y no la solicitan; los heridos se desangran en los subterráneos y no reclaman un médico.
No sienten las heridas, no piensan en el hambre, parece que ya no sienten el cuerpo y, por eso, sienten el alma más aguda y vivamente, y el hambre del espíritu los atormenta.
Sienten ahora que su corazón late con otra vida, que no sufren ya hambre de pan, ni sed de agua, sino hambre y sed de Dios; se sienten ciudadanos de otra región donde las provisiones ya no sirven ni las medicinas hacen falta, sino sólo la palabra de Dios y el Pan del Cielo.
En aquellas horas únicas: eternas en el tiempo, divinas sobre la tierra, extáticas en medio del tormento, gustan y comprenden las palabras de Jesús: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Como los ángeles, quieren nutrirse sólo de Verdad, de Luz y de Amor.
En aquellas horas augustas y sagradas, en víspera de la eternidad; decisivas y grandiosas, en vísperas de la muerte; sublimes y gloriosas, en vísperas del holocausto; se elevaron muy por encima de las pequeñeces humanas y efímeras, por sobre los odios y la política; y, desde aquellas alturas, contemplaron toda la grandeza y la necesidad suprema y eterna del sacerdote.
En el tumulto terreno, en los poblados humanos, en las bajezas del mal, habían pensado quizá que el sacerdote era un hombre inútil, una mano improductiva, o al menos, no lo habían creído tan necesario; en cambio, ahora, renuncian a todo para tener un sacerdote; saben que el todo de acá abajo es nada y que el sacerdote es todo, porque él es el embajador de Dios, el lazo que nos une con el Eterno, la escala para el cielo.

Lo comprendieron sólo entonces, porque la luz sacerdotal sólo pueden soportarla los ojos serios, fijos y profundos, que entreven la eternidad; porque sólo teniendo por fondo el infinito de los cielos, el trágico e irremediable fondo de la muerte, del heroísmo, del martirio y de la tragedia, se destaca nítida la grandeza del sacerdote y se aprecia la magnitud de sus poderes.
Los otros ojos terrenos no pueden ver, porque están deslumhrados; sobre otro fondo, temporal y mezquino, el sacerdote aparece como un ser inhumano, porque es sobrehumano y porque trasciende todas las limitaciones y sobrepasa toda grandeza; parece casi monstruoso, como el genio, el héroe, el santo.
Pero ¿por qué es preciso esperar estas horas excepcionales y raras?
Una fe profunda y llena de humildad puede fortalecer los ojos mortales para que puedan contemplar el misterio, para entrever lo divino.
Una fe sincera sabe que el sacerdote es el hombre más necesario a los individuos y a la sociedad, como es necesario Jesús, de quien es ministro.
Jesús es el Camino, el sacerdote es el único guía en este Camino; Jesús es la Verdad, el sacerdote es el único pregonero de esta Verdad; Jesús es la Vida, el sacerdote es el dispensador de esta Vida.
Por lo tanto, también en estas horas de angustia, también en estas horas de necesidad, él nos es el más necesario, como fue el único verdaderamente necesario a los Cadetes del Alcázar de Toledo.

LA PRIMERA MISA EN BARCELONA

La tarde del 6 de Enero, las tropas libertadoras de Franco entraban en Barcelona, capital de Cataluña.
A la mañana siguiente, después de dos años de orgía satánica, se celebró la primera Misa en la Plaza Mayor.
No se celebró en la Catedral violada, convertida en archivo; no se celebró en el magnífico templo de la Sagrada Familia, arrasado; sino en la Plaza, donde pocas horas antes habían pasado rugiendo en su fuga los tanques de los rojos y los cañones comunistas.
Habían arrojado a Jesucristo de las iglesias, y El retornaba triunfante, Rey en la luz esplendente de una plaza abierta, bajo la comba azul de un cielo matinal, en la gloria de un sol victorioso, entre las banderas gloriosas que ondeaban al viento.
Los generales, después de las noches febriles e insomnes; los soldados, llenos de polvo, lacerados, olvidaron el cansancio, la mesa y el jergón, y cayeron de rodillas en la tierra desnuda, en torno del altar de campaña.
Bajo el alba blanca del sacerdote se asoman los pantalones del oficial de Navarra, y los zapatones claveteados, llenos de lodo por el largo camino.

Aquella primera Misa era la consagración de la victoria; sin aquella consagración, la victoria hubiera quedado trunca y sin su propio significado.
Ahora que de nuevo se elevaba la Hostia divina en el cielo de Barcelona, se podía decir que Cataluña había sido libertada; ahora que de nuevo las campanas que habían logrado sobrevivir hacían vibrar los aires, como para llamar a los ángeles a rodear el Misterio de la Eucaristía; Cataluña se sentía libre de las cadenas de la esclavitud comunista.
En los primeros días de aquel báratro infernal, el comisario ruso había exclamado ante las ruinas humeantes de las iglesias: "Hemos resuelto definitivamente el problema religioso y político de España al derribar las iglesias".
Infernalmente hablando, tenía razón; había dicho bien: porque el problema estaba precisamente ahí, en las iglesias, en la fe, en el espíritu, en la presencia de Jesús en los Sagrarios.
Lógicamente también ahora, para resolver definitivamente el problema en el sentido cristiano, se celebraba la primera Misa en la Plaza Mayor.
Porque el duelo está, no entre cañones y cañones, no entre ejércitos y ejércitos; sino entre espíritu y materia, entre Dios y Satanás.

La tragedia y el martirio de Barcelona y de Cataluña, no empezaron con los hechos sangrientos del 18 de julio de 1936; sino cuando los católicos tibios de Cataluña dejaron que los Sagrarios se quedaran vacíos y las lámparas se extinguieran por falta de sacerdotes. Cuando, indiferentes, sin importarles nada, dejaron que vinieran por tierra las iglesias, arruinadas por los años. Cuando vieron crecer, sin terror, las inmensas zonas industriales de Barcelona, vacías, sin iglesias, sin campanarios, sin cruces. Cuando se abandonaron a las fáciles ilusiones de las manifestaciones exteriores de fe. Cuando se sintieron seguros por las convicciones adormecidas de la católica Cataluña.
Y entre tanto, el pueblo, anémico por la falta de Dios, se envenenaba la sangre con ideas comunistas; y sediento de lo elevado y noble, se bestializaba con la materia.

Crecieron por aquellos años los propagandistas del comunismo en proporción inversa de como disminuían los sacerdotes de Cristo. Aumentaron en número los teatros, los cines, las casas de pecado, las cámaras de trabajo; y en proporción inversa se arruinaron y cayeron por tierra las iglesias.
Entonces empezó la derrota del espíritu.
Como ahora empieza el resurgimiento, ahora, cuando Jesús vuelve al altar de campaña en la Plaza Mayor de Barcelona.
Esta batalla entre Dios y Satanás, entre el espíritu y la materia; entre el ángel y la bestia, no tuvo lugar sólo entonces, ni sólo en España; la explosión violenta no es más que el reventar de un tumor putrefacto que ha madurado a través de los años; esta batalla se realiza siempre y doquiera, sordamente, continuamente, sin tregua y sin cuartel.

Y, debemos ser sinceros, leales cristianamente, al afirmar que en nuestra patria, la suerte del combate, hasta el presente, más bien ha sido de retroceso para nuestra fe. Incensiblemente, cotidianamente, hemos cedido terreno; la misma lentitud de la retirada nos engaña; pero si comparamos nuestra patria de hace algunos años con la de hoy, nos daremos cuenta del terreno que hemos perdido.
Nuestros viejecitos no reconocerían la nación de María de Guadalupe, de hace medio siglo.
No nos engañemos, ni nos consuele la necia comparación con los que están peor que nosotros; es un consuelo triste y engañoso. Que la aparente tranquilidad no nos conduzca al error; si se aflojaran un poco las fuerzas que detienen el mal, veríamos qué heces y qué odios vomitarían ciertas zonas abandonadas de nuestras ciudades que carecen de asistencia religiosa.
Nuestras ilusiones no nos dejan ver la sonrisa compasiva de los que tienen lástima de nuestra obstinación.

De algunos años a esta parte se nota una reacción saludable, un despertar que comienza: se han edificado algunas iglesias, algunos sacerdotes jóvenes han venido a engrosar las raquíticas filas del clero. Pero, ¡cuánto, cuánto queda aún por hacer!
Apenas se empieza a afrontar el problema; pero las masas están sumidas aún en la indolencia y en la ignorancia.
No desesperemos porque este tábano nos ha costado muchas lágrimas y muchas almas ruegan por nuestra patria.
Quizá no nos será dado ver el problema resuelto, quizá a nosotros nos ha tocado en suerte la dura tarea de sembrar en medio de las lágrimas, y otros serán los que cosechen con alegría.
No nos entristezca esta tarea; sembremos generosamente hasta cuando la semilla parezca que va a perderse.
Quizá, y lo decimos convencidos, se necesitarían corazones más puros y más santos que los nuestros, para obtener de Dios los operarios y las iglesias para las mieses doradas de esta tierra de mártires.
En el dolor de nuestra indignidad, ofrendemos a Dios esta misma pena, que sea como una plegaria, como una imploración para que suene la hora y surjan los sacerdotes santos que la Iglesia necesita.

LA PALABRA DEL SACERDOTE

Dio Jesús a sus Apóstoles, como única arma de conquista y de defensa, la palabra, "la locura de la predicación", según expresión de San Pablo.
Arma metafórica y, sin embargo, la más temible; no proviene de una fábrica metalúrgica y no obstante es capaz de movilizar o de contener todas las armas, todos los ejércitos, de poner en movimiento o de cerrar todas las fábricas de armamentos.
Entre la palabra de las armas y el arma de la palabra, ésta última tiene la ventaja y el primer lugar; porque el espíritu tiene la supremacía sobre la materia y es el que la mueve; porque la materia es de suyo inerte y pasiva.
La fuerza es materia y la palabra es espíritu; hay, pues, una prioridad absoluta de la palabra sobre la fuerza, a la que solamente una palabra puede desencadenar, mover y encauzar.
La inmaterialidad de la palabra, su fragilidad, su insignificancia diría, la hacen invulnerable e incoercible.
Ninguna arma puede herir a la palabra, ninguna barrera puede detenerla, ninguna cárcel puede aprisionarla, ninguna cadena la puede aherrojar, ningún obstáculo puede cerrarle el paso; en cambio, la palabra destruye todas las armas, salva todas las barreras, se escapa de todas las cárceles, rompe todas las cadenas, vence todos los obstáculos; es más profunda, más misteriosa, más huidiza que cualquier submarino; más elevada, más libre, más insuperable que cualquier aeroplano; más difluí de contener, más mortal y contagiosa que cualquier microbio.
En suma, es soberana, libre y activa como el espíritu, de quien es signo.
Jesús no podía darnos un arma mejor, un arma más efectiva.

Por eso los Apóstoles fueron celosos, sobre todo, de la palabra.
Sacrificaron hasta la organización de la caridad, que confiaron a los diáconos, con tal de no sacrificar la palabra, que se reservaron para sí. "Nos vero orationi et ministerio verbi instantes erimus".
Oración y Palabra: las dos grandes obligaciones de todo apóstol, hablar con Dios y hablar con los hombres; hablar a Dios de los hombres; hablar a los hombres de Dios.
Prueba de ello es el miedo de los enemigos del cristianismo; lo que más temen es la palabra, lo que más desean es el silencio.
El Sanedrín dejará en paz a los Apóstoles, les permitirá aun hacer milagros, con tal de que no hablen.
Y los Apóstoles aceptan cualquier imposición, menos el silencio; están dispuestos a sacrificarlo todo, pero no la palabra.
¡Non possumus non loqui! ¡No podemos dejar de hablar!
Porque, al respecto, el mandato divino era explícito. Euntes docete.- Id y hablad: ésta es la consigna.

El apóstol no es un pensador sedentario; éste es un filósofo no un apóstol; el apóstol es un sembrador trotamundos, que no confía a los demás la difusión de su pensamiento, sino que, personalmente, con el agudo arado de la palabra viva lo siembra en el surco viviente de las almas.
Como el Sanedrín, todos han temido su palabra y han tratado de imponerle silencio.
Sólo hay una fuerza que puede vencer a la palabra: otra palabra opuesta, más elevada, más vital y fascinadora.
Pero ¿qué palabra puede compararse y vencer a la palabra del sacerdote?
La suya es una palabra inconfundible, se percibe y se distingue aun en un tumulto estrepitoso, porque es una palabra distinta de las demás.
No sé quién escribió acerca de la voz de un niño que se escucha dominante, distinta y clara, en el fragor de una batalla. Esa voz parece dominar la infernal barahúnda no por la intensidad, sino porque es una voz diversa, la voz de la inocencia y del amor, entre los gritos bestiales del odio.
¡Cuánto se habla actualmente, en los parlamentos, en las universidades, en los comicios, en las salas, por las calles!
Es una gritería que perdura, desde hace siglos, para sofocar la palabra del sacerdote, al menos para cansarlo. Y no lo han logrado; a tal grado que ahora, para hacerlo callar, lo degüellan.

Por encima del clamor de las voces humanas, se cierne elevada, serena, idéntica, obstinada, la palabra del sacerdote; distinta siempre, porque, con un timbre diverso, en una lengua que es extranjera en la tierra, anuncia verdades de otra región de la vida.
Palabra originalisima, apenas escuchada, porque a los hombres ansiosos de pan, de dinero, de carne, les habla de espíritu, de abnegación, de dolor, de cielo, de Dios, como si no quisiera entenderlos, o como si jugara trágicamente.
Con otros hombres puede uno entenderse, con el sacerdote, no; habla como en otro idioma, o con demasiada ingenuidad, o con una hondura de abismo.
En aquel Jesús del "Gran Inquisidor" de Dostoiewsky, que en la plaza de Sevilla dice cosas muy sublimes pero irreales, profundas pero extrañas, bellas pero irrealizables, parece que habla cada sacerdote.
Los hombres no lo siguen, porque lo que dice es utópico y difícil; pero no pueden dejar de escucharlo, porque su voz es inconfundible; no pueden quedarse indiferentes ni olvidar sus palabras, porque las verdades que dice son esenciales e inolvidables.

Es una palabra elevada. Los profetas antiguos empezaban y terminaban siempre sus discursos con esta solemne afirmación: Dice el Señor.
No era el hombre el que hablaba, sino Dios; y su Palabra se adora, no se discute.
¡Dice el Señor! Así debería empezar todo sacerdote que habla a sus hermanos. Es un embajador, un intermediario; no expresa su mezquino pensamiento humano, sino el indiscutible Pensamiento de Dios.
Hacen mal los sacerdotes que hacen polémicas, que discuten, que descienden a la riña mezquina de las palabras humanas. El sacerdote debe expresar, repetir, explicar, inculcar las verdades y los mandamientos de su Señor, con autoridad; sin descender ni a pactar ni a discutir.
Dios no discute con los hombres.
Es solemne y sintomático el silencio que Dios opone a las preguntas más o menos audaces y ridiculas, a las dudas, a los retos más o menos estúpidos, a las polémicas imbéciles que los hombres tratan de suscitar, como poniéndose a la par con el Altísimo.
¿Eres acaso el consejero de Dios?, dice San Pablo lleno de ironía y de indignación.
Así habla también el sacerdote: todos los demás oradores pueden y deben tener miedo de la discusión o del disentimiento; el sacerdote pide tan sólo la aceptación sencilla y humilde de su palabra; no puede discutir porque no es un parlamentario, sino un portavoz divino.

Es una palabra augusta por la antigüedad, actualísima por la vitalidad perenne. Desde hace miles de años, repite siempre la misma cosa, las mismas verdades, con una identidad que raya en obstinación, pero es coherencia divina.
Cambian los idiomas, los estilos, las escrituras, los métodos; pero la palabra es siempre la misma.
La palabra de un cura rural es idéntica a la de Bossuet; el sermón de un sacerdote mediocre dice los mismos misterios altísimos que predicaba San Pablo.
Y sin embargo, tal antigüedad no significa vejez. Ninguna palabra puede jactarse de tánta frescura y de tan palpitante actualidad como la palabra del sacerdote.
Hace temblar, llorar, esperar, temer y gozar con la intensidad con que lloraron los primeros hombres que la escucharon en Palestina, en Grecia, en Roma; no ha perdido a través del tiempo, ni la fragancia de la fuente ni el calor de la vida; por el contrario, la pátina del tiempo la ha hecho más augusta y solemne, porque le ha dado el peso de la experiencia de los siglos y porque ha sido comprobada por las lágrimas de los pueblos.
Actual como las verdades eternas que predica, que no envejecen porque son eternas; como los problemas esenciales de la vida y de la muerte, del dolor y de la alegría, del amor y del odio, de la familia, de la moral y de la justicia, que afronta con seguridad. Estos problemas, estas necesidades, que radican en el alma y en el corazón humanos, no envejecen jamás, porque renacen angustiosamente como todo hombre que nace.
Como es siempre actual el corazón humano con sus pasiones, sus tempestades, su grandezas y sus miserias; como es siempre actual Dios y sus Misterios; como es siempre actual la interrogación de nuestro origen y de nuestro destino; así es siempre actual la palabra que afronta tales problemas y responde a tales interrogaciones.

Palabra seria y austera como serios son Dios, el alma, la eternidad; como es austero el dolor eterno y la alegría sin fin.
Desentona un sacerdote que hace reír cuando habla,- son demasiado graves, vitales y delicados los asuntos que debe tratar, los intereses que tiene que defender.
Palabra universal, que interesa a ricos y a pobres, que entienden los doctos y los ignorantes, que concierne a todos los pueblos, a todas las civilizaciones y a todos los tiempos, como es trascendente Dios y el más allá.
No es una palabra oscura, o en un idioma técnico que sólo entienden los iniciados; sino una palabra sencilla, porque es idéntica y debe decir cosas idénticas a todos.

Palabra aristócrata, no se hace vulgar, ni puede descender al nivel de los intereses humanos y terrenos, porque las certezas que manifiesta son absolutas, elevadas e inmutables.
¡Ay de los hombres si llegara a faltarles una palabra así! ¡Ay si llegaran a callar los labios del sacerdote!
Los hombres caerían en la vulgaridad de las pasiones cuando no sintieran la aristocracia de la verdad divina, la elevación de su origen, de su esperanza y de su fin.
Ya no habría nada absoluto, firme y cierto que sostuviera a los hombres, y quedarían a merced de lo relativo ¡como en una nueva y monstruosa Babel, no se entenderían ya, porque les faltaría una palabra universal!

Tal es la palabra del sacerdote y, por eso, la Iglesia quiere que sus labios estén limpios y purificados con el fuego de la meditación y de la pureza, por eso lo quiere virginal, para que no hable a favor de sus intereses, sino que siempre y en todo hable para la Gloria de Dios y en favor de los intereses de las almas.

Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Ragusa
LA TRAICIÓN AL SACERDOCIO

martes, 21 de septiembre de 2010

LOS TRAICIONADOS (III)

CONSCIENTEMENTE

Muchas mamacitas y papacitos, cristianos a su modo, sinceramente me causan pena y, todavía más sinceramente, me hacen reír.
Si su hijo asiste a un colegio religioso y, peor todavía, si vive allí, es para ellos motivo perpetuo de alarma, de una preocupación que les quita el sueño.
¿Temen las malas compañías, las malas lecturas? No, temen algo peor: temen a los curas, a los frailes y a los religiosos que están en acecho, tras los muros, tras las cercas, agitando los espejuelos para atrapar en las redes, o en las trampas, o en los engaños, a los ingenuos adolescentes, para echarles encima, a traición, una sotana; después, ponerles una venda en los ojos, amordazarlos y así arrastrarlos al Seminario.
Desde el primer ingreso, por medio de circunloquios estratégicos, los papás hacen comprender a los superiores que no vayan a atreverse a tocar ciertas cuerdas y que se cuiden aun de la más leve tentativa de enredo.
Después, quizá cada semana, hacen inteligentes reconocimientos al terreno en disputa: el alma del hijo.
¡Alabado sea Dios! No hay peligro; el chiquillo no se ha vuelto demasiado religioso, al contrario...

Los artistas, los novelistas de ambientes eclesiásticos, son más despabilados: su fantasía no se enciende como la otra, la no poco burda de los papás, que llegan a pensar en los "piales" de los mexicanos, en los secuestros; su fantasía no es tan estúpidamente truculenta; los artistas conocen la psicología, saben que es algo más lento y entienden cómo se desarrollan las cosas en el fondo.
No se trata de una captura, sino de un embaucamiento: en los seminarios, en los noviciados, a los jóvenes se los embriaga literalmente, sabiamente, astutamente, jesuíticamente (¡?); se los arrastra, se los fascina, se los hipnotiza, a fuerza de promesas, sueños, paraísos; o por lo menos con la embriaguez de romanticismos, utopías y sueños poéticos.
¡Pobres ilusos! El ambiente encendido como un horno los quema, el resplandor de las alucinaciones los ciega, el susurro incesante de las preces y de los sermones los ensordece, el pánico de los castigos de Dios los ata, el silencio los amordaza, la disciplina los encadena.
Y así, chamuscados, ciegos, sordos, atados, amordazados (espiritualmente, se entiende) se los arrastra al... sacerdocio.

El cuadro es conmovedor, hasta trágico; el asunto es seductor para un artista de cepa (no digo de cabeza); el comienzo es, sencillamente, hermoso.
Lástima que no salgan a relucir después algunos cuadros de la Inquisición española, en que, sobre caballetes, sobre máquinas de tortura, sufren suplicios, a un mismo tiempo, el arte y la verdad.
Los temores paternos y las intuiciones artísticas son diversos en el método, en los gustos, en la habilidad y en la virulencia; pero tienen la misma esclavitud gregaria, siguen al hidalgo Don Quijote en su aturdido y terrífico combate con los molinos de viento.

La realidad está precisamente en los antípodas.
Dios no se anuncia, no tiene un Ministerio de propaganda, no es un embaucador de cerebros.
Su infinita Elevación y Dignidad puede abajarse hasta la Encarnación, hasta el pesebre, hasta el taller del obrero, hasta la deshonra del Gólgota; pero no puede humillarse a mendigar el favor o los votos electorales de los hombres y mucho menos, la fama popular; El, el dador pródigo de la gloria, el solo Santo, el solo Señor, el solo Altísimo.
Jesús es, crudamente, fríamente, leal.
Dice:
El que quiera venir en pos de Mí, niegúese a si mismo, tome su cruz y sígame.
A Juan y a Santiago les pregunta austeramente: ¿Podéis beber el cáliz de amargura que Yo voy a beber?
A todos les promete y les profetiza: Lloraréis. Me han perseguido a Mí, también os perseguirán a vosotros.
Como de mala gana y sólo tras la petición insistente y quejumbrosa de los Apóstoles, habla de recompensa..
Jesús, puesto que es Señor, no quiere conscriptos ni mercenarios; no ordena movilizaciones generales; sólo quiere soldados voluntarios, libres, conscientes, convencidos, llenos de amor.
Si quieres, sigúeme. Tal es su invitación.

¡Si quieres! En esta condición se encuentra todo el respeto a la libertad, se encuentra —permítaseme la expresión— toda la dignidad de Aquel que no tiene necesidad de nadie y sabe que su invitación es un don, un privilegio, una gracia, una predilección, una elección.
Jesús se ofrece en el Calvario, voluntariamente. Oblatus est quia Ipse voluit, se ofreció porque quiso, dice San Pablo. Dio su vida libremente sin que ninguno se la arrebatara.
Nemo tollet eam a Me; sed ego dono eam. Ninguno me la quita; sino que Yo la doy, con santa ufanía lo dice El mismo.
Quiso sufrir con plena conciencia y por eso rechaza la bebida estupefaciente de vino y mirra que le ofrecen.

Y así quiso que fueran sus soldados: heroicamente voluntarios, fríamente conscientes.
Y así también los quiere la Iglesia.
El Catolicismo no mendiga vocaciones, ni apóstoles, ni sacerdotes; todo lo contrario, siempre ha vigilado severamente para que ningún mercenario entre por la ventana del oportunismo.
Su preocupación perenne no ha sido la de atraer: sino la de eliminar, seleccionar, rechazar.
A veces la Iglesia ha encontrado su rebaño invadido por los mercenarios: no porque Ella, preocupada por el número o las necesidades, haya cerrado los ojos, sino porque las familias, por cálculos y miramientos humanos, han burlado su vigilancia.
Desde hace siglos, toda la legislación eclesiástica, todas las instrucciones a los rectores de seminarios y a los directores espirituales insisten tenazmente en esta idea: santos y voluntarios, libres y desinteresados.
Si alguna Gertrudis ha sido cercada, engañada y recluida; la iniciativa ha venido de la familia y no de la Iglesia; y quien se prestó al juego sabía que obraba contra la definida y clara voluntad de la Iglesia.
La Radio Vaticana difunde mensajes científicos, no hace propaganda.

Que se tranquilicen los padres atemorizados y sepan los novelistas irreales que en ningún lugar se habla con tan ruda claridad como en el Seminario.
El que escribe abre la puerta a medias cuando entra un joven al Seminario; la abre de par en par cuando sale; pone una montaña de dificultades para aceptarlo, le allana todas en la... evasión; es casi frío con los seminaristas, amable con los ex-seminaristas; seco para tranquilizar, rico y convincente para persuadir a un joven a fin de que abandone el Seminario.
¡Qué embriaguez ni qué nada! El seminarista oye que se le habla todos los días de pobreza, de sacrificio, de soledad, de incomprensión, de dolores, de martirio, de muerte.
¡Ningún ambiente enardecido! Con frecuencia hay en el seminario días de hielo, tierras inhóspitas, soledades pavorosas, incomprensiones inexplicables y hasta tentaciones de compañeros fríos y derrotistas.
El seminarista se siente frecuentemente como perdido en los hielos polares.
¡Nada de sueños que invitan! Un lecho duro, un alimento pobre, una disciplina severa, un estudio serio, una vigilancia perenne; en doce años de una vida así, a penas resiste el diez por ciento de los alumnos.

Todo conspira al desaliento, nada a la invitación.
Por eso los delicados hijitos de papá no entran al seminario o no resisten al menos; y ¡qué bueno!
Por eso los aristócratas tienen miedo del sacerdocio y ¡es mejor!
Por eso los mercenarios se largan y ¡es una bendición!
En la actualidad se habla mucho de mística, y entienden por esa palabra una especie de aturdimiento irracional y emotivo, creado por la propaganda, por la música (especialmente por la tambora), por el arte, por las palabras altisonantes, por los cortejos, en fin, por todo aquello que exalta el sentimiento.
En ese sentido peyorativo el seminarista y el sacerdote son los hombres menos místicos que existen.
El corazón ardiente, sí; pero la cabeza fría, su apostolado proviene del convencimiento, no de la emoción; se encamina hacia el martirio con la voluntad, no con la sensibilidad.
Sube al Calvario con la más fría, reflexiva, prevista y voluntaria conciencia.
Hasta en el dintel mismo del sacerdocio, el Obispo lo amonesta antes de dar el gran paso del Subdiaconado: ¡aún eres libre!
La Iglesia quiere que lea, que jure y que firme una fórmula donde sus obligaciones y su martirio constan claramente expresados.
Por eso el Catolicismo tiene uno o dos traidores; pero en comparación y para compensarlos, tiene dieciséis mil mártires sólo en el Clero español...

HORAS DE PASION

Ya es inútil que tratemos de ocultarlo: nuestro tiempo es tiempo de excesos y de violencia; es la hora de la canícula, que ciega con su llameante centelleo y quema con el fuego de sus rayos ofuscadores.
Equivocados, como siempre, no era esto lo que habían previsto y anunciado los ingenuos filósofos del siglo pasado.
¡Pobres ilusos, razonadores, superficiales y estúpidos! Profetizaron un retorno al Edén, donde, bajo la bonachona sonrisa, amplia, benévola, indulgente, de la rolliza anfitriona, Madame Libertad, lobos y corderitos, leones y conejos, gatos y topos, diablos y beatos, habrían de caminar en el perfecto idilio de la comprensión mutua, complaciente y generosa, de la indulgencia, caballerosa y liberal.
Y los poetas, que tienen debilidad por las escenas idílicas y bucólicas, barnizaron con esmalte moderno la flauta de Arcadia; y entre ambrosías y licores, leche y miel, pastorelas y bailes campestres, comenzaron a ofrecer brindis a diestra y siniestra, a los amigos y a los desconocidos; ¡todos compadres! Carducci (poeta y crítico italiano de malas ideas) brinda hasta por... Pío IX; y eso que no era el más tierno y fácil para dejarse entusiasmar; pero se nota que las tibias auras de primavera y,... "el chianti" (vino italiano) se le habían subido a la cabeza hasta él.

Una hecatombe de diez millones de jóvenes, despedazados por la metralla, fue la conclusión de aquella despreocupada tarantela (baile napolitano de movimiento muy vivo) bucólica. La atmósfera se caldeó de repente por los incendios y las explosiones de los obuses; y aquellos filósofos y poetas, todavía con las copas en la mano; se preguntaban extrañados y despavoridos, como pudo acontecer aquel desaguisado.
El tratado de Versalles, de donde se excluyó a Dios, no bastó para apagar el incendio; el aire todavía quemaba y, a orillas de aquel mar de sangre, como espuma roja y trágica, nació esta hora, y esta hora es la nuestra.
Desaparecieron los idilios, los compromisos, las tolerancias; todo ha llegado a la exasperación con una violencia inaudita.
Las doctrinas se muestran intransigentes, cada partido pretende ser el único, la amistad es exclusiva y llena de compromisos, cada promesa es definitiva, cada propósito decisivo, todo amor es totalitario.
¿Es la hora de Dios o la hora de las tinieblas?

No dudo en afirmar que es la hora de Dios.
Dios ama la sinceridad, la claridad, lo definido. El, que es la Simplicidad, la Unidad, la Veracidad, odia sobretodo los equívocos, los compromisos, la doblez.
Dios ama el ardor, la pasión en el sentido más elevado, los extremos. El, que es el Amor, que ha llegado hasta el extremo de la Cruz y de la Eucaristía, odia la mediocridad, la indiferencia, la medianía.
Sin embargo, a nosotros nos interesa esta hora de encrucijada para el sacerdocio.
Jamás la criba que separa se ha agitado con tanta energía como ahora ante al furia de las pasiones, ni nunca el viento había soplado tan rabiosamente para separar el grano de la paja.
O apóstoles o apóstatas, tal es el dilema, o mártires o traidores, esta es la encrucijada.
Dios, la Iglesia, los hombres, los tiempos ya no soportan las mediocridad, la ambigüedad, al sacerdote tibio y contemporizador.

Dos neosacerdotes, tan cercanos, tan semejantes, que apenas tienen algún leve matiz en el grado de su piedad, a los pocos meses se encontrarán muy lejos el uno del otro, diversos, opuestos y casi enemigos; uno, camino del martirio; el otro, de la apostasía.
La intensa vida moderna, la vehemencia y la furia de las tentaciones, la aspereza de los sacrificios, maduran la apostasía o la santidad a la vuelta de pocos meses, como si fuera un despiadado sol tropical.
Esto es lo que han notado, desalentados y llenos de angustia, los Obispos, los Directores espirituales y los Rectores de Seminarios. La encrucijada decisiva se encuentra apenas al salir del umbral del Seminario; el mismo aire trágico, heroico y febril, favorece el entusiasmo para la entrega o exaspera la violencia de las pasiones, como el aire saturado y cálido de una incubadora.
Jamás hubo tentaciones y seducciones tan violentas, tan múltiples, tan pertinaces, tan atractivas, para despedazar el corazón y la pureza del sacerdote como en la actualidad. El mismo paganismo no pudo ofrecer tántas y tales seducciones como las ofrece esta civilización que ha evolucionado con más refinamiento. No se puede caminar por una calle, no se puede leer un periódico, sin que se encuentren asechanzas. La virtud se ve probada y puesta en peligro a cada paso.
Y ya no se trata de las pequeñas tentaciones de una vida un poco ligera, disipada y algo mundana que haga resbalar al sacerdote hasta la elegante tibieza de los abates del siglo XVIII; sino del impulso brutal hacia el precipicio de la apostasía y de la traición.

El día de hoy, sopla el viento de las cimas y de los abismos, que si bien extingue una fe de pabilo, hace arder más un incendio de amor.
Porque la misma violencia que pierde a los débiles, robustece y purifica a los fuertes y los impulsa a la sublimidad del heroísmo, de la sangre, del amor y de la muerte.
Es la hora de los apóstatas, pero también y más, es la hora de los mártires.
Han vuelto a encerrar al sacerdocio en la catacumbas; lo volvieron a hundir en las tinieblas la envidia de los gobernantes y el odio del pueblo; pero mucho más lo apremia la urgencia de huir del pantano de la lujuria para buscar, en el silencio, en el renunciamiento y en la intimidad con Dios, un aire que pueda respirar el espíritu.
¡Descendamos de nuevo a las catucumbas!
La hora en que salimos fue una hora fatal; el cristianismo y el sacerdocio fuera de las catacumbas nunca valieron lo que aquel cristianismo y aquel sacerdocio; no ha vuelto como entonces la hora feliz de los santos.
Descendemos de nuevo a las catacumbas para respirar el aire de nuestro origen, para sentir las palpitaciones henchidas de pureza de aquellas almas virginales, para llorar las lágrimas dulcísimas de aquellos mártires, para cantar los himnos victoriosos de aquellos héroes, para repetir las palabras mágicas de aquellos apóstoles.
Esta hora de encrucijada, por gracia de Dios, es muy parecida a las horas decisivas del cristianismo naciente; hoy como entonces, la elección se hace entre el suplicio o la traición; es necesario, por tanto, formarse una conciencia y un alma de cristianismo primitivo.

No significa ningún cambio el que hoy las catacumbas sean el cuartucho desnudo de una casa parroquial y que el suplicio actual sea el hambre; pues fácilmente transforman a las almas y las llevan a la madurez los subterráneos de las iglesias de España y las hecatombes de Cataluña.
Lo que sí es cierto es que se necesita un alma del siglo primero; las almas indecisas y las conciencias ambiguas son, en esta hora de dilema, anacrónicas y quizá condenados a su perdición.
Este espíritu, estas virtudes guerreras, estas visiones e ideales de un sacrificio supremo y absoluto es lo que debemos formar en nuestros seminarios.
Ha llegado la hora en que la Iglesia tiene necesidad de almas heroicas. Es la hora en que hay que comprometerse a fondo, ha dicho el Papa Pío XI; y, si Pedro lo dice, significa que esta es la hora y que no se trata sólo de la exaltación de la mente enfermiza de algún solitario maniático.

He dicho que es mejor así: todo lo que lleva el cristianismo a sus orígenes, lo salva; el bisturí que corta el miembro gangrenado nos resucita; el viento que separa el grano de la paja lo hace más seleccionado y puro.
San Cipriano pidió al Señor, para el cristianismo ambiguo y mundano de sus días, el viento del desierto de una persecución; porque al cristianismo y al sacerdocio les importa ante todo definirse.
Dios escuchó la petición audaz del venerable Obispo, quien, la víspera del martirio, ante el torbellino de la persecución que, entre sus sacerdotes y fieles, había producido mártires y apóstatas, elevó aquella asombrosa y sublime oración: Señor, Te doy gracias porque me has dado un mártir por cada dos apóstatas.
En efecto, un mártir y un santo borran la vergüenza de mil traiciones.
En la actualidad, la acción de gracias de San Cipriano hubiera sido más profunda y emocionada, ¡porque en México, en Rusia, en España, en Hungría y en otros lugares, Dios le ha dado a la Iglesia apenas un grupo raquítico y vil de apóstatas en comparación de un ejército infinito de mártires y de santos!

LAS COSAS MAS GRANDES QUE EL

Permítaseme este hermosísimo título de una novela conocida, para tratar de un asunto que se refiere a los seminaristas.
Es verdad, todos los seminaristas tienen en la mirada un dejo de melancolía, de seriedad, casi de terror. Ojos límpidos de niños inocentes, de jóvenes puros; ojos serenos de conciencias tranquilas; pero demasiado serios hasta cuando sonríen. Frentes tersas y límpidas, pero siempre se dibuja en ellas una arruga de preocupación.
Como si cada uno escondiera un misterio, como si hubiera sufrido un dolor profundo, como si llevara en el corazón un martirio perenne y secreto.
Los extraños interpretan todo esto, tratan de adivinarlo y construyen conmovedoras novelas de vidas destrozadas, de nostalgias del mundo, de juventudes marchitas, de terrores y suplicios del tipo de la Inqusición española, de historias de currucas o de otros pájaros más o menos románticos y poéticos, pero siempre volátiles, especialmente en la región de lo fantástico y de lo irreal.

La realidad es enteramente distinta, más elevada y más seria.
La mayor parte de los seminaristas no tiene lamentos y no teje novelas sobre el vacío.
La timidez del seminarista y su seriedad no brotan del sentimiento, sino que tienen un origen más profundo: el pensamiento.
La realidad es que todo seminarista se siente, de pronto y sin cesar, rodeado de cosas más grandes que él, inmensamente más grandes.
Cuando los otros niños se entretienen todavía con juguetes y se mecen en los caballitos, los seminaristas ya son soldados, vestidos con un uniforme que implica comportamiento digno, edificación, seriedad, responsabilidad.
Cuando los otros pelean con una espada de madera, con una espada de juego; los seminaristas tienen un uniforme de guerra, y no por juego. No trataron de jugar cuando vistieron la sotana, lo saben bien y los demás se lo hacen saber mejor.
Saben que es un hábito de mortificación que implica obligaciones, con que se han revestido gigantes, como Vicente de Paúl, Francisco Javier, Juan Bosco; un hábito que han llevado los mártires, como los seminaristas de Barbastro, fusilados todos en agosto de 1936.

Los demás, al mirarlos con ojos de admiración o de burla, pero nunca con ojos de indiferencia, les inculcan la misma idea; por lo tanto, no es un uniforme de juego, sino que verdaderamente se han movilizado para una guerra siempre actual, porque es perenne.
A estos niños, cuando los otros se apasionan por las aventuras de Salgari, se les habla de formación, de sacerdocio, de apostolado, de almas, del Reino de Cristo, de Dios.
Tiene que meditar diariamente, examinarse, hacerse violencia, comprobar todos los días si dan la medida de la vocación y para su misión formidable; y a la postre, se encuentran siempre y cada vez más pequeños ante esa misión que cada día se hace más y más grande que ellos.
Joven de liceo, el seminarista se ve obligado a respirar el aire enardecido de la filosofía; no con la indiferencia del que aprende o del que capta alguna teoría para poder repetirla en los exámenes; sino con el ansia y el afán de quien ha de encontrar la verdad para enseñarla a los demás; con la pasión de quien tiene que sacar el error de su madriguera para combatirlo; con el miedo y la humildad de quien sabe que la filosofía no es para él una aventura histórica por el reino de los locos, sino una cuestión de vital importancia, para él y para muchos hermanos suyos.
Son cuestiones dificilísimas, seculares, que tiene que resolver. Están en juego su vocación, su fe, su alma, la fe y el alma de los demás.

En el estudio de la teología se encuentra con el misterio.
Y misterio significa luz que supera el entendimiento humano, verdad que está por encima de cualquier inteligencia creada, realidad que trasciende todo esfuerzo terreno, infinitamente más grande que el hombre, más que cualquier criatura.
Esta es la verdadera razón de la melancolía o, mejor aún, de la seriedad del seminarista.

La psicología del seminarista es la psicología del que camina entre las sombras, solemnes y austeras, de un valle rodeado de altísimas cimas cortadas a pico. Son cimas de santidad, de apostolado, de sacrificio y de pensamiento, que circundan al seminarista aun en las horas del alegre esparcimiento; y, por eso, su actitud perenne de impotencia ante la grandeza.
Es la psicología del alpinista que sabe que las cimas se suceden unas a otras, como en una escala titánica, hasta llegar a las alturas de Cristo, Sumo Sacerdote.
Lo acompañará siempre la tristeza del camino que falta por recorrer, la melancolía de lo que nunca se podrá alcanzar, el aguijón del viaje interminable.
Es la psicología del soldado que está dentro de una trinchera improvisada, que aguarda, de un momento a otro, o la orden de lanzarse al asalto, o la sorpresa de un asalto enemigo que puede cercenar su vocación aun en el silencio del seminario.
Psicología, en una palabra, grave, austera, de obligaciones y responsabilidades, que son mucho más grandes que el corazón de un niño y que el esfuerzo de un joven.

¡Cuántas cosas más grandes que él, en el seminario!
¡Una pureza sin mancha, una santidad sacerdotal, una traición inmaculada, una misión divina, un heroísmo sublime!
Debe ser puro en una tierra de pecado, santo casi como Jesús; responsable hasta de las almas que no conoce y que se encuentran quizás muy distantes, perdidas entre los bosques impenetrables.
Cuando lee la historia de la Iglesia —la más grande, la más larga historia humana y divina—, comprende que debe incrustarse en esta historia y continuarla dignamente; sabe que hay un blasón divino que hay que conservar inmaculado y una tradición de mártires que debe prolongar.
Estudia la teología pastoral y contempla el pantano del mal, inmenso, sin riberas, y su apostolado lleno de espinas y dificultades.
Absorbe la grandeza, se nutre de ella, la respira, la sueña.
Todas estas cosas lo superan, lo aplastan, lo desalientan. . .

El alma del seminarista se recluye en su pequeñez con frecuencia; y, si la palabra cariñosa de los superiores no viniera en su ayuda para hablarle del auxilio de Dios, el desaliento lo sofocaría.
Esta es la humildad de darse cuenta, el terror por tener el sentido de la grandeza, el estupor ante lo infinito, la nostalgia de lo insuperable, la divina tristeza de no ser santo —de que habla León Bloy—, el sentimiento de la indignidad que no puede suprimirse, de la incapacidad que no puede superarse.
A esto se le añade frecuentemente el sobresalto, cuando el Aguila divina, en algunos momentos de gracia, aferra al joven y lo transporta hacia regiones altísimas y le deja entrever los grandiosos designios de Dios sobre él, la expectación de la Iglesia, lo que esperan las almas; cuando hace que contemple, en un relámpago, los mundos de la Mística.
Al volver a este mundo, no puede reír más.
Me refiero a la risa despreocupada y fácil, a la frente limpia de preocupaciones. Esto no es propio del seminarista; su juventud no es una juventud irreflexiva.
Lo cual de ninguna manera significa que no sea una hermosa juventud; más aún, quizá es la única juventud que se vive intensamente, plenamente...

LA HUELLA


He visto muchos seminarios; algunos —y son los menos— robustos y solemnes; otros, —y son los más— pequeños, flacos, miserables.
Escaleras de piedra tosca, dormitorios pobres con camas duras y armarios de pino, corredores estrechos y oscuros, refectorios con muebles bastos y mesas de piedra.
Son viejos conventos ruinosos, con adaptaciones improvisadas, con una extraña mezcla de antiguo y de provisional; son restos de construcciones grandiosas de tiempos pasados, que se convirtieron en oficinas o se usaron como cuarteles.
Nada de grandioso, ni de aristócrata, ni de magnífico, que pueda impresionar o subyugar el espíritu de los jóvenes con su solemnidad misma, con la autoridad del ambiente.
El vestido no puede ser más mezquino, humilde, desprovisto, casi repugnante y despreciable.
Sin embargo, ninguno que haya vivido durante algún tiempo en estos institutos, puede salir tal como era; ninguno de ahí en adelante, podrá vivir una vida ordinaria, normal, burguesa.
Se lleva siempre el perfume de la santidad o el sello de una especie de apostasía, la nostalgia de una belleza vislumbrada o la tristeza de haber rechazado la invitación divina, la alegría de un encuentro sobrehumano o la pérdida y la añoranza de ensueños maravillosos e inolvidables.
Del seminario salen hombres extraordinarios y antitéticos; fieles o traidores, apóstoles o apóstatas, de la estirpe de Juan o de la raza de Judas.
Del seminario salieron San Juan Vianney, San Juan Bosco y otros mil colosos del bien; del Seminario salieron igualmente Robespierre, Renán, Fouché, Stalin y tantos otros monstruos del mal.
Hombres distantes, casi en los antípodas; pero todos se encuentran en una concepción mesiánica de la vida, en un sueño de misión universal, en la entrega total a una ¡dea, divina o malvada, en un entusiasmo místico por Dios o por Satanás.
Ninguno que haya estado en el seminario podrá pensar jamás que la vida pueda encerrarse dentro de los horizontes de la buena mesa, de la poltrona muelle, de los viajes en la mejor clase, de los pingües negocios y del no meterse en los asuntos de los demás; fatalmente, será soldado, luchador, polemista, entregado a una idea.
La historia y la experiencia constante de todo Rector demuestra claramente este asunto, que requiere un profundo examen psicológico y pedagógico.

¿Por qué? ¿Por qué el Seminario, ese instituto pobre y en apariencia insignificante, en el terreno de los hechos demuestra ser tan definitivo, tan determinante, tan diferenciador, como la encrucijada de dos caminos que conducen a polos opuestos, tan fatal como que da la vida o la muerte? ¿Por qué ese sello imborrable?
¿Por qué esa psicología tan violenta y avasalladora, por qué ese sentido de mesianidad?
La solución es compleja y difícil: yo no puedo dar sino lejanas aproximaciones.
En el seminario hay un torrente de gracias que necesariamente debe llevar hasta la santidad que arrebata o hasta el hartazgo que endurece el corazón, que causa nauseas por lo divino, odio de lo sobrenatural.
El seminario es un privilegio, un don, una invitación, que lleva al cielo a quien la acepta; pero, para el que la rehusa, se convierte en maldición y tormento rabioso.
En suma, en el seminario se encuentra a Dios, la intimidad y la ternura de Cristo; y el encuentro con Dios no deja indiferentes, la intimidad con Jesús desemboca en el corazón de Pablo o en el de Judas.
Jesús, tal como Simeón lo predijo, es signo de contradicción, para los individuos y para los pueblos; ante El, es preciso tomar una posición definida de amor o de odio.
Hasta los que hubieran deseado quedarse inmunes o neutrales, los que hubieran deseado eludir su encuentro, resultaron o resultarán partidarios: Pilato hubiera querido permanecer en su aristocrático y abstencionista escepticismo neutral; y fue arrastrado hasta convertirse en el juez que condenó a Cristo, o sea, en el hombre más comprometido y responsable, en el hombre que no pudo eludir su responsabilidad y debió pronunciar una sentencia.

En el seminario, el joven comprende el valor inmenso y energético de la idea; no se habla más que de ideas, no se discute sino de ideas, no se tiene pasión sino por las ideas; dogma, moral, historia, no son más que ideas y lucha por las ideas.
Se ponderan y se buscan las consecuencias extremas y técnicas de una idea, se comprende la rígida intolerancia de la idea, que es dignidad y como la vida misma de la verdad.
Cuando haya salido del seminario, le quedará siempre en el alma esta visión grandiosa y augusta de la idea, no jugará con los principios, se sentirá siempre soldado, apóstol y mártir de la idea, tendrá la intolerancia y la violencia del que se siente entregado a una idea.
El que durante largos años, en el seminario, ha soñado en la vida como en un llamado divino, como en una vocación, como en una misión, como en un apostolado; ya no podrá concebirla como un gozo personal, se sentirá evangelizador misionero, siempre apóstol, aunque sea al servicio del mal.
El que en el seminario ha conocido el decisivo valor de un hombre, capaz de llegar a ser Domingo, Francisco, Vicente de Paúl, Ignacio de Loyola, no podrá comprender que se pueda vivir como sibarita feliz, desapasionado y sonriente; sino que deseará siempre que su vida, su palabra y su tiempo tengan un peso y un valor determinante en la historia.
La vocación le quedará siempre; ya sea vuelta hacia la ciudad de Dios o volcada hacia la ciudad de Satanás.
El amor divino de que se ha revestido o lo seguirá como un éxtasis, o lo perseguirá siempre como un remordimiento y una rebeldía.
Las verdades eternas meditadas, cual picos rocosos, lo acompañarán siempre, o como cumbres que adorar y contemplar en éxtasis, como Santo Tomás o San Agustín, o para escalarlas con la soberbio y la audacia de Satanás.
La conciencia de su valor lo acompañará sin cesar, o como gratitud y ternura filial para Dios, o como orgullo satánico que quiere igualarse con Dios.
Todo niño que entra al seminario se reviste con un uniforme de fe y de combate; podrá quitárselo y ponerse un vestido común de seglar; pero el uniforme interior del alma, de excepción y de lucha, el sello de una elección jamás podrá arrancárselo ni se podrá borrar: ¡la huella del seminario no se borrará jamás!...

ESCLAVITUD Y LIBERTAD

Dicen que Santo Tomás de Aquino rehúye la paradoja; y sin embargo, en la profundidad de su genio me parece el más paradójico de los pensadores; bastaría convertir en axiomas sus argumentos para que al punto salte a la vista la paradoja.
Para Santo Tomás el espíritu es libre porque... está atado, es libre de escoger o rechazar todos los bienes finitos, porque está atado al Bien Sumo, al Bien Infinito; es indiferente a las cosas pequeñas, porque está encadenado y enamorado del Sumo Bien.
Si no estuviera atado y atraído necesariamente por el Absoluto, caería en la imposibilidad de querer, en la esclavitud de la impotencia absoluta, en los grilletes pasivos de la nada.
Al Amor Infinito libera al espíritu humano de las cadenas del amor finito y pequeño.
El espíritu es libre, porque es capaz de pensar y está forzado a querer lo universal: a conocer y a amar a Dios.
La materia es esclava, porque es incapaz de este amor; si pudiera amar y encadenarse al Infinito, se destruiría su determinismo.
La esclavitud radical de un ser es la pequenez de su bien: en la medida en que se hace más y más grande, las cadenas se aflojan, y llegan a romperse cuando se le acaban todos los límites a su bien.

¡Cuánta luz hay en esta verdad!
El sacerdote es el hombre más esclavo para ser el hombre más libre.
Está encadenado a Dios con un vínculo perpetuo, solemne, público; con un juramento eterno de exclusivismo celoso.
Está rodeado por una legislación eclesiástica severa, minuciosa, múltiple.
Se le vigila en sus actos, en sus ademanes, en sus palabras; por los superiores, por sus hermanos, por los fieles, por los amigos, por los enemigos.
Un credo le ata la mente, una obediencia encadena su voluntad, un voto su corazón, una disciplina sus sentidos, una educación sus gustos y su vida.
Un denso cercado de prohibiciones lo encierra en el recinto de Dios y de las almas.
Sólo a costa de esta tiranía puede ser la criatura más libre.
Quiere la Iglesia que sus ojos estén deslumbrados por la luz de los misterios, para que no se fascinen y queden ciegos por el falso brillo de las criaturas; quiere que su corazón esté arrebatado por la Belleza Infinita, a fin de que los sentidos no lo manchen; quiere que su voluntad quede sumergida en un éxtasis para que no se doblegue al yugo de las pasiones.
El credo lo libra del error; la obediencia, del instinto; el voto, de los sentidos; la disciplina, del ambiente; la ley, de las modas; el silencio, de las palabras de los hombres; la soledad, de los juicios humanos; la educación, de las conveniencias del mundo.
Cuando Dios lo abraza, lo une a Sí y lo desvincula de la tierra; lo ata a lo elevado para librarlo de las bajezas, lo atrae a la libertad de ese vuelo que rompe las cadenas.
Al sacerdote se le niega la suicida libertad de hacerse esclavo, se le impone la feliz tiranía de un amor libertador.
Por medio de la pobreza, la mortificación y la pureza se le obliga a dirigirse a las regiones del espíritu, para que se ensanche y vuele con el pensamiento y el deseo por el Infinito, para que se embriague con lo sumo, con lo supremo, y no vea la mezquindad y se quede indiferente ante lo mediocre.

En el camino de Damasco, San Pablo ya no vio nada, durante tres días no comió ni bebió, y sólo entonces quedó libre; la luz divina lo cegó para la tierra, el hambre y la sed de Dios y de las almas le quitaron el gusto de las criaturas y de la carne.
En la luz de esta ceguera, en la insensibilidad de este arrobamiento, en la esclavitud de este amor, en la fijeza de este éxtasis, él se abisma en visiones inefables, domina las criaturas, habla, escribe, camina y grita que está enclavado en la Cruz de Cristo: Christo confixus sum cruci; y al mismo tiempo, afirma que está libre, con la libertad de El, qua libertate Christus nos liberavit.
Así debe ser el sacerdote: le cierran los ojos para que pueda ver el misterio; le obturan los oídos para que escuche la voz de Dios en el Sinaí; se le niega alimento y bebida para que se sacie de Dios y apague su sed en las almas.
Estas visiones ultraterrenas, estas voces divinas, esta hambre suprema lo encadenan al cielo y lo libran para siempre de la tierra.
Está encadenado en la cima, para que domine el valle.

Mas, una palabra de San Pablo rasga el misterio sobrenatural de esta cegadora verdad: "Ubi spiritus Domini, ibi libertas", dice en la Segunda Epístola a los Corintios: "Donde está el Espíritu del Señor, ahí hay libertad"; y se refiere al Espíritu Santo.
El Paráclico es Libertador. ¿Por qué?
Precisamente porque es el vínculo.
La doctrina tomista se ilumina con la luz del misterio.
El Espíritu Santo es el vínculo entre el Padre y el Hijo, es el peso de amor que une al Padre y al Hijo e impele, con el ímpetu de la Belleza Infinita, Uno hacia el Otro.
Es el vínculo, es el amor y por eso ata, y libra precisamente porque une.

Atados y arrebatados por el Amor, los sacerdotes se libran de todo temor, de toda sujeción humana, se rebelan contra toda capitulación, se desvinculan de cualquier pasado, arrasan cualquier barrera, quebrantan cualquier obstáculo, impulsados por el estímulo de la Caridad de Cristo.
Terrible e irresistiblemente libres, hablan, dominan, mandan, reprochan, sin que nadie ni nada logre dominarlos, encarcelarlos, detenerlos y hacerlos callar: "Amor volat, currit et laetatur, líber est et non tenetur. El Amor vuela, corre, goza, es libre y no está encadenado", dice la Imitación de Cristo.

Así fueron los Apóstoles, así los sacerdotes en quienes el divino Paráclico, el primer Amor, se ha dado sobreabundantemente el día de su ordenación.
Amor arctatus non coarctatur, el amor apremia, pero no aprisiona, dice la misma Imitación en aquel himno sublime que se encuentra en el capítulo V del libro III.
El Espíritu Santo ata el corazón sacerdotal a Dios, pero no lo encarcela, muy al contrario, lo impulsa hacia la libertad embriagadora del amor para el que todo es lícito, todo es permitido, todo es posible.
"Ama y haz lo que quieras", dice San Agustín.
Ama para que estés encadenado, y esta cadena te dé la libertad de obrar como quieras.
Se requiere, eso sí, una cadena, y que esta cadena sea el amor, la más dulce, la más libertadora cadena.

Rueguen los fieles para que se encienda esta llama divina del Espíritu Santo en el corazón de todos los sacerdotes, para que sean los verdaderos libres.
Toda otra libertad es una ilusión, es una esclavitud disfrazada.
Es ridicula la actitud y, más ridículo todavía, el gesto de quien se rebela contra Dios para servir a una criatura, se rebela contra una revelación para ser esclavo de una opinión, se rebela contra el espíritu para someterse a los sentidos, se rebela contra la ley para encadenarse a una conveniencia, se rebela contra la Iglesia para arrastrarse ante el tirano.
El sacerdote es libre, porque es el hombre del espíritu, es libre porque es templo del Espíritu Santo. Libre por la pobreza, no teme a los ricos; libre por la pureza, no teme a los libertinos; libre por la mortificación, no teme la muerte.
Libre por la revelación, domina a todas las filosofías humanas; libre por la autoridad, habla a los grandes y a los pequeños; libre sobre todo por el Amor, se apropia todos los derechos del amor y vibran en él todas sus audacias.

¡PRESENTE!

He aquí dos sencillos y humildes acontecimientos para la crónica: en México una monstruosa prepotencia cierra todas las iglesias y los seminarios. Los seminaristas se dispersan, se van a sus casas, en medio de tantos peligros, asisten a las mascaradas anticlericales, escuchan las calumnias más vergonzosas, ven a los sacerdotes que caen abatidos por la metralla.
Los católicos de los Estados Unidos tienen una idea genial (Se trata del Seminario Pontificio de Montezuma, New-México, U. S. A., a cargo de los PP. Jesuítas, que ha prestado incalculables servicios al Clero mexicano. De él han salido centenares de sacerdotes y aun varios obispos.): abren un gradioso seminario en una ciudad limítrofe, para seminaristas mexicanos.
Tienen aquel gesto con un poco de temor: ¿Vendrán? ¿este seminario tendrá alumnos? ¿responderá alguno al sencillo aviso que se ha enviado por la radio? ¿los incendios de las iglesias no habrán cegado los ojos de todos? ¿los fusilamientos no habrán ensordecido todos los oídos?
La respuesta de Dios y de los seminaristas fue sublime.
En el día señalado para la apertura se presentaron tántos alumnos que fue imposible darles alojamiento a todos.
Disfrazados, a través de peripecias y peligros indecibles, escondidos en los trenes, con pasaportes falsos, escalando montañas, alguno después de dos meses de caminar a pie, mendigando, el alimento; casi todos respondieron: ¡Presente!
Fue necesario ampliar el edificio para dar cabida a todos.
Esto sucedió ya hace algún tiempo, de tal modo que el gobierno revolucionario, no pudiendo soportar la afrenta, tuvo que dejar que se volvieran a abrir los seminarios mexicanos.

Ahora se improvisan los seminarios de España.
Los antiguos Institutos han sido destruidos, muchos seminaristas han sido asesinados, otros han combatido, hasta ayer, con los nacionalistas, todos han podido ver cuánto cuesta ser sacerdote.
También en España los Obispos han comenzado con un poco de temor, pero la respuesta ha sido idéntica y gloriosa: casi todos, después de tántos años, de tánta sangre, de tántas muertes, han respondido: ¡Presente!
Si el mundo tuviera vergüenza y lealtad, si tuviera sentido de elevación, debería gritar su derrota. La derrota de los comunistas ante los nacionales es nada frente a esta oprobiosa derrota de la carne ante la gloria, el triunfo, el heroísmo del espíritu.
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria, si de nuevo los seminarios están reventando de alumnos? La metralla no ha logrado despoblar los seminarios, todo lo contrario, los ha llenado. ¿Dónde están los seminaristas muertos, si ahora todos sus puestos ya están ocupados? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón, si tu trágica fas no desalienta sino que atrae?
Y, cuando la muerte ha perdido su aspecto terrorífico y se transforma en el semblante glorioso del Angel del Martirio, Satanás y sus secuaces están vencidos irremisiblemente, porque la muerte es su arma suprema, su última trinchera, que cuando cae vencida, los deja al descubierto, sin resguardo y sin fuerzas.
¡Cuántas crueldades malgastadas!
Si un montón de cadáveres apiñados no logra obstruir la entrada del seminario, si los ríos de sangre que corren por las escaleras no hacen retroceder a los seminaristas, ¿con qué amenaza se les impedirá la entrada?

En efecto, este episodio no es sino la manifestación clamorosa de una larga lucha, sorda y continua. Se han intentado todos los procedimientos, se han usado todas las armas, se han buscado todos los caminos, se ha tratado de infundir terror con todas las amenazas para que ya no haya vocaciones.
Esta vasta conjuración viene desde Satanás y va hasta los padres que se dicen católicos.
El número ha disminuido, pero los sacerdotes allí están aún; también hay vocaciones y los seminarios están repletos.
Es un milagro perenne y una divina ironía.
¡Qué ridículos son los hombres que quieren impedirle el paso a Jesús, que quieren prohibirle que diga las palabras: Ven y sigúeme!
Ya los fariseos no sabían explicárselo y estaban espantados de que todo el mundo corría en pos de El, y para impedirlo, lo clavaron llagado y sangriento sobre la Cruz; sin pensar que Cristo había predicho: Cuando sea exaltado (sobre la Cruz) todo lo atraeré a Mí.
Este acto de locura estúpida, impolítica y equivocada, ha sido repetido muchas veces; el mal no tiene fantasía, le falta originalidad: el tigre destroza de un solo modo.

¿Quién puede impedir la comunicación entre Dios y las almas?
A través de la puerta, cerrada por el miedo celoso de los padres, pasan las vibraciones misteriosas del reclamo de Dios; y el joven, a quien se ha mantenido lejos de la Iglesia y de los sacerdotes, se presenta un día, decidido y resuelto, a su padre, para manifestarle el terrible deseo que ha madurado en su alma: ¡Quiero ser sacerdote!
En medio del tumulto de una orgía mundana, en el estrépito de una bacanal, la débil voz de Cristo se deja oír clara e imperiosa, inconfundible y arrolladora, como el reclamo del amor.
Se oscurece la luz violenta de un teatro, desaparecen los resplandores de los brillantes, cuando en una fiesta aparece, inesperada e inoportuna, la faz sangrante del Crucificado que hace su invitación.
Hasta la charca del vicio desciende la semilla de la vocación, que florece en el sacerdocio, como un lirio que surge del pantano.
Dios se ríe de las barreras, no le tiene miedo al mal.
Donde menos se espera, donde menos se cree, brota la flor de la vocación.
A veces es mensajera de Dios la cosa más fútil y menos temida, una hoja que envuelve un jabón, una sotana, una conversación escuchada en el tren, un gesto, una mirada, la figura recogida y pura de un sacerdote.
Todos los rectores de seminarios son testigos de este perenne milagro, que parece caprichoso, pero que en realidad sigue los caminos escondidos y soberanos de la libertad y de la predilección de Dios.
Vocaciones magníficas, generosas, firmes, decididas, que nacieron quién sabe cómo ni por qué, como las flores maravillosas que despuntan en la hendedura de las rocas, que nacen en las áridas lavas, donde la vida parece imposible.

Cuántas veces nos sucede tener un interrogatorio extraño:
— Quiero entrar al seminario.
— ¿Qué sacerdote te ha encaminado hacia aquí?
— No conozco ninguno.
— ¿De qué asociación católica vienes?
— Jamás he frecuentado ninguna.
— ¿A qué Iglesia has entrado?
— A ninguna.
— ¿Entonces...?
Pues entonces, no queda sino inclinar la frente ante el misterio de la gracia de Dios, no resta sino adorar la soberana voluntad del Señor.
Nosotros, pequeños hombrecillos, quisiéramos encontrar la lógica, lo racional, las causas de aquella vocación; olvidamos que Dios usa de las causas naturales, pero que no es'esclavo de ellas.

"En suma, —se preguntaba hace tiempo, colérico y desalentado, un periodista anticlerical francés— ¿que es lo que atrae aún a los jóvenes hacia el Sacerdocio y el seminario?
Hemos escrito novelas, comedias, periódicos, hemos logrado estupendas caricaturas de sacerdotes y de seminaristas, y no hemos logrado deshacer el encanto y destruir el hechizo, no hemos podido hacer antipático y repugnante al cura".
Los jóvenes se han saciado y cansado de tantos otros ideales, de tántas carreras y profesiones; y este ideal incomprensible, después de dos mil años, todavía seduce; y hay cientos de miles de sacerdotes, de seminaristas, de misioneros.
Este es el hecho que merece un serio estudio psicológico.
¿Qué los atrae?
¿La riqueza? Todos saben que ahora los sacerdotes se alimentan de hambre.
¿Los honores? Los honores para los sacerdotes son las palabrotas y los conjuros que se hacen las gentes cuando los ven aparecer y, en los días más solemnes, hasta las pedradas.
¿La vida cómoda? Quizás antes, sí; pero ahora he visto a los sacerdotes lanzarse a una actividad agobiadora.
El periodista, por último, trata de dar una explicación suya: "ese fenómeno debería explicarse como una ilusión colectiva, que perdura en medio de la plebe..."
La explicación es idiota, porque no es cierto que el pueblo crea aún que la vida del sacerdote sea envidiable, y porque hacia el sacerdocio se encaminan muchísimos intelectuales que están por encima de la psicología colectiva.
La explicación es clara y refulgente: no atrae hacia el sacerdocio ni las riquezas, ni el respeto, ni la vida regalada, ni alguna otra ilusión; sino Nuestro Señor Crucificado, desnudo y sangrante...

Todos los salivazos de los judíos no pudieron cubrir ni borrar, la divina majestad que aparece aun en el velo de la Verónica y en la Sábana Santa.
Así mismo tampoco las blasfemias y las burlas de todos los impíos no han logrado, no digamos destruir, sino ni siquiera velar o disminuir la soberana belleza que atrae a los puros y a los héroes.
Tántos años de calumnias, de privaciones y de martirio no han logrado otra cosa que hacer más pura, más desinteresada, más caballeresca y abnegada la vocación.
En la actualidad, hay que ser sacerdote por puro amor; las ilusiones terrenas han desaparecido.
No han logrado sino limpiar el Calvario de la turba embarazosa de los cálculos humanos, a fin de que domine, solitario y avasallador, el Crucificado.
Esta visión, demos gracias a Dios ya... los anticlericales, descorazona y aleja a los viles; pero atrae más irresistiblemente a los caballeros y a los poetas.
Las filas de los sacerdotes y de los seminaristas han sido depuradas y definidas por la criba del odio en la hora de la pasión; los Judas se han alejado para recibir los treinta denarios; pero los "Discípulos amados" se han quedado y han seguido al Maestro hasta el pie de la Cruz.
En nuestro siglo tan calculador y sibarita, el sacerdote está presente, más raro, más cansado; pero también más puro y generoso.
Presente en las aldeas, en las grandes ciudades, en las misiones; milagro perenne de la gracia, argumento viviente de la vitalidad y de la belleza del cristianismo.
Presente en los seminarios donde los seminaristas, en este siglo realista y sensual, se obstinan en soñar en un Calvario, en una Cruz, en un martirio...

Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Ragusa
LA TRAICIÓN AL SACERDOCIO

lunes, 13 de septiembre de 2010

LOS TRAICIONADOS (II)


EL HOMBRE ESENCIAL

En la vida social, el sacerdote es un hombre extraño. Desaliñado y mal vestido en una sociedad que se inclina en adoración ante la moda y obedece ciegamente al figurín; torpe, desmañado, brusco o franco hasta la rudeza en las reuniones donde la galantería, el refinamiento, el tacto y la cortesía son las cuatro virtudes cardinales; es capaz de tomar rapé ruidosamente en una reunión de comendadores y damas de la nobleza.
No se apasiona por lo que apasiona a todos; en cambio, se preocupa por ejemplo, porque se vistan las mujeres con honestidad, como si no hubiera guerras, ni crisis, ni una reunión de ministros...
Se pone a discutir fogosa y acaloradamente la solución de un caso de moral, y desconoce los acontecimientos del día.
Parece un ser caído de otro planeta, con una lógica diferente, con diversa naturaleza y pasiones distintas.
Es extraño, extranjero, ilógico, anacrónico; diverso en suma, astronómicamente diverso de los demás.
No digo que sea siempre así; pero es así con frecuencia, especialmente cuando se trata de párrocos y de los que tienen cura de almas, que están en contacto con ellas y viven en medio del pueblo.

Ni siquiera me atrevo a aprobar totalmente esta actitud y este hecho; solamente lo quiero interpretar.
Porque los hombres le dan muchas interpretaciones, atribuyéndolo a veces al nacimiento plebeyo, o a la educación ramplona de los seminarios, o al trato con el vulgo, o a la soledad de su vida.
Pero ninguna de estas causas basta para explicar esa extraña psicología, ni todas juntas.
A lo más, explicarían la timidez, el aire cortado; pero no las repentinas audacias que desconciertan; ni esa franqueza sin componendas, ni cierto apasionamiento desproporcionado: mientras su pensamiento es tan sencillo, tan aristócrata.
La razón es otra y mucho más radical.

El sacerdote es un hombre esencial.
Su educación, su vida, su ministerio, sus esperanzas lo han puesto y lo ponen cada día en contacto con la sustancia de las cosas, de los hombres, de los acontecimientos.
La educación de los seminarios es neta, descarnada, fundamental: nada de lujo, moda, refinamiento; bancas de madera, mesas desnudas, muros encalados; nada de cuestiones brillantes, caprichosas, nuevas, actuales; siempre los mismos temas: Dios, la eternidad, el alma; nada de diplomacia ni frases almibaradas y muelles; en los seminarios se habla una lengua cruda y sincera hasta el dolor.
Yo, y eso que me siento tímido, digo a mis seminaristas, en conjunto y en particular, cosas que otros no soportarían jamás; con ellos uso un lenguaje cortante, antiliterario, antidiplomático, que parecería imprudente, poco hábil y ciertamente sería imposible en cualquier otro colegio o en cualquier salón.
La bifurcación del camino, el dilema, el aut... auf..., los seminaristas lo encuentran en el umbral de los corredores, lo oyen repetir casi todos los días.
Es milicia voluntaria: el que quiera, que se esfuerce en su santificación y se quede; el que no quiera que se vaya.
Así se forma el sacerdote.

Su misión y su ministerio completan después su psicología sintética y esencial.
El médico se le aproxima en su psicología por la franqueza y la comprensión, porque el médico ve al hombre como es, sin sus insignias de caballero o comendador, sin sus trajes de sociedad, ve al hombre con sus flaquezas y sus llagas.
El sacerdote va más allá, porque ve el alma misma desnuda.
Ninguno conoce a los hombres como el sacerdote; La pureza agudiza su vista, el ministerio de la confesión le abre de par en par los corazones.
¿Cómo podrá impresionarlo o intimidarlo la humanidad, toda la humanidad, aunque se presente con máscara, disfrazada, disimulada hábilmente, fastuosamente vestida de monarca?
No lo engañan y no lo impresionan ni las cruces brillantes del caballero, ni los collares de comendador, ni los penachos de los altos oficiales, ni la seda riquísima de gran dama, ni los diamantes preciosos de la reina; porque él ve, en el fondo, al hombre con sus debilidades, sus caídas, sus ocultas bellaquerías, sus pasiones vergonzosas.
No desprecia, porque también él es hombre; no se desanima, porque ve los dolores, los arrepentimientos, los ímpetus, las esperanzas; compadece, porque sabe y ama, porque ve y espera, porque es ministro de gracia, que puede, en un instante, cambiar uno de aquellos rabiosos Saulos en un Pablo, uno de aquellos sensuales en un Agustín, uno de aquellos elegantones en un Gabriel de la Dolorosa.
Por eso es extraño a la moda, a los figurines, a los vestidos, a los brillantes, a las conversaciones deslumbradoras; porque es el ciudadano del mundo íntimo del corazón y de las conciencias.

Tiene, además, el sacerdote otra maestra austera del realismo absoluto y de lo esencial: su majestad la muerte.
El valor objetivo, ontológico, absoluto de las cosas sólo se conoce a la luz deslumbradora del último instante de la vida.
Los ojos del moribundo, donde la luz se quiebra y apaga, insensibles a este teatro de farsantes y de títeres, son los únicos ojos que ven.
El sacerdote vive diariamente al contacto de la muerte, a la sombra de su misterio, en el terrible fulgor de su revelación.
A la larga, adquiere ojos de moribundo, cerrados al tiempo, abiertos a la eternidad; ojos que no se deslumhran con la luz fatua de un salón, con el brillo del oro, y de las joyas, porque son ojos acostumbrados al Sol eterno, son ojos que han contemplado el más allá.
La Iglesia exige al sacerdote que haya muerto al mundo para que pueda tener la soberanía, la independencia, la libertad y la indiferencia de la muerte; sobre todo, para que tenga la visión esencial de las cosas, que sólo la muerte puede dar.
¿Qué ojos puede tener para una fiesta nupcial, para un bautismo de lujo, para una reunión aristócrata, si apenas hace un momento ha visto la muerte?
¿Con qué oídos puede escuchar conversaciones interesantes, si un minuto antes ha oído las supremas palabras de un padre, la voz sobrehumana de quien habla en el umbral de la eternidad?
¿Qué actitud podrá tener entre tánto refinamiento, entre tántas sonrisas y caravanas, el que hace una hora ha visto, con los ojos del moribundo, cómo se desvanece el mundo cual un escenario de cartón, cómo desaparecen los hombres como si fueran títeres, cómo se desvanece la historia como una fábula y se diluye todo como la niebla?

De aquí que sea exótico y desplazado, de aquí su cortedad y su repentina audacia. Tendría deseos de reír ante la comedia del mundo; tendría deseos de gritar ante su tragedia; se domina como puede a duras penas, compadeciendo y orando.
De aquí su apasionamiento por lo que es pequeño, medido con el tiempo, y grande, según la medida de la eternidad; de aquí el desinterés por lo que la vida dice ser todo cuando la muerte prueba que es nada.
La fe y el sentido del misterio completan y moderan esta psicología excepcional; de otra manera podía volverlo cínico o pesimista.
La fe, es verdad, le da agudeza al sentimiento de la ridicula vanidad.
El Amor no duerme, tiene un insomnio dulce y magnífico, aunque siempre es torturante; y su Corazón, capaz de un amor sin límites, puesto que debía envolver a todos los hombres, tenía que velar sin descanso.
Cuando el corazón recibe la voz de alarma, cuando el peligro y la muerte amenazan al hijo, al hermano, entonces los ojos se quedan abiertos en una vigilancia obstinada que ningún cansancio puede vencer.
Y el Corazón de Jesús estuvo en una alarma continua, siempre alerta, centinela avanzado en las infinitas batallas de todos los corazones. Un temblor angustioso tuvo y tiene en perenne inquietud al Corazón de Cristo por la humanidad enferma, incurablemente herida por el pecado, ardiendo por la fiebre de las pasiones y por el delirio de la tentación.
El Corazón divino sigue con el ansia llena de angustia de padre y de hermano las trágicas alternativas entre la vida y la muerte, la gracia y el pecado, en que se debaten todas las almas; y cuando tiene una tregua su ansia porque un corazón se encamina hacia la santidad, comienza de nuevo y sigue el temor por muchas otras que agonizan entre las redes del pecado.
El Corazón de Jesús, desde su gruta del sagrario, sigue las alternativas de victorias y derrotas, resurgimientos y desesperaciones, liberaciones y esclavitudes, en las innumerables batallas que el espíritu y la sensibilidad, el cielo y la tierra, traban en el corazón de cada hombre.

¿Y las fatigosas y extenuantes esperas?
Como la lámpara del que vela y como el fuego de la casa paterna, así la luz de la divinidad y las llamas del amor iluminan y caldean el Corazón divino, mientras espera pacientemente a los pródigos.
¡Cuántos y qué diversos pródigos!
En regiones lejanas y extranjeras han malgastado el Bautismo, la Primera Comunión, el crisma de la milicia cristiana, los suaves dones de la intimidad con Dios; y calman el hambre que los devora con cualquier clase de alimento nauseabundo y envenenado.
La alegría de uno que vuelve se acibara por tantos que no regresan.
Jesús se ha vuelto poeta al hablar de la alegría por el retorno al redil repleto de una oveja perdida, por un sólo pródigo vuelto a la casa donde han quedado sus hermanos; pero no quiso decirnos nada de la tristeza de la oveja que vuelve al redil desierto, mientras las otras vagan errantes en la noche; del pródigo que entra de nuevo a la casa vacía, mientras los demás hermanos siguen baio la esclavitud.
Y, sin embargo, la triste realidad es ésta.
Para el padre, la espera continúa; los ojos tienen que seguir avizorando el horizonte, el largo camino lleno de polvo; su oído debe vibrar a cada rumor que surge en la noche, por todos los cantos nocturnos que parecen una imploración y un lamento.
El gesto de Longinos que abrió el pecho de Cristo fue lo más lógico y significativo. Quedó su costado como un ojo perennemente abierto para mirar durante la vigilia de temor y de espera.
La muerte le cerró los ojos del cuerpo, pero le abrió los ojos de su Corazón; la gloria de la Resurrección borró todas las heridas, pero no cerró el ojo del costado.
El Corazón se quedó abierto como una boca de labios rojos, para dejar oír, en medio de las tinieblas, su reclamo a los pródigos perdidos, como el grito prolongado y lacerante de la madre que llama.
El Corazón de Jesús fue herido en una herida incurable; solamente se cerrará cuando tras las última oveja perdida que retorna, se cierre la puerto del aprisco.

Un corazón herido no tiene reposo, una herida que sangra no tiene descanso.

Así pienso yo en el Corazón divino.
Debe ser terriblemente hermoso tener un corazón en perenne vigilia; y por eso pidamos al Corazón del Primero, Sumo y Eterno Sacerdote, el trágico don, para todos los sacerdotes, de un corazón en vela.
Así dominarán el sueño con que la debilidad humana cierra con frecuencia los ojos del pastor, mientras el aprisco se ve asaltado y el lobo aúlla en las cercanías.
El amor, la espera, la ansiedad, nos darán esos corazones sacerdotales vigilantes, que no se dejan sorprender por las nuevas necesidades de sus hermanos, por los nuevos y sutiles peligros que les amenazan; esos corazones en vela que escuchan hasta el más leve paso incierto de un hermano que vuelve, aun el más leve gemido de un alma que implora, que reconocen desde lejos el rostro de un hermano pródigo, triste arrepentido.

El hermano mayor del pródigo del Evangelio, al volver del campo, no se dio cuenta al punto del motivo de la fiesta, tuvo que preguntarlo a los sirvientes; si él hubiera esperado como su padre, lo habría entendido; pero tampoco habría sufrido las angustias de la espera. Por eso no lo comprendió.
Que no nos suceda lo mismo a nosotros, hermanos mayores, que no entendamos y no sepamos leer en los ojos cansados de los pródigos.
Ciertas clarividencias, ciertas intuiciones de las necesidades y de los remedios sólo los sugiere un corazón insomne y herido.
El entendimiento que es más lento, porque camina con el paso preciso y pausado del raciocinio, no corre con la fogosidad del corazón que tiene las clarividencias proféticas de un instinto de amor siempre en acecho.
Quizá nuestra vida sacerdotal se hará más dolorosa; tendremos los ojos hundidos, cansados y enrojecidos por la continua vigilia; el rostro enjuto por el ansia; el corazón angustiado del que vive esperando; quizá la habitación y el vestido descuidados como quien tiene el alma encadenada a una ansia.
Pero es la única vida sacerdotal que vale la pena de vivir, la única manera de ser los amigos, los confidentes y los embajadores de un Corazón divino que vela eternamente...

EL GRAN RIESGO

El sacerdocio es un riesgo.
Más aún, es el más grande riesgo para una criatura humana; porque, sí, como escribe G. Thibson, el riesgo es una cuerda que se balancea sobre el abismo, el riesgo del sacerdocio oscila entre el cielo más alto y el infierno más profundo, entre la felicidad más arrobadora y el tormento más desesperado.
Es un juego mortal en el cual la apuesta es el todo por el todo.Lo ha reconocido hasta un adversario leal: M. Noel Vesper, que en su deslumbrante libro, Anticipation a une morale du risque, dice de los sacerdotes católicos: Los sacerdotes católicos se colocan deliberadamente, por su propia elección, fuera de la condición natural de los hombres y para ellos la aurora de su vocación es, al mismo tiempo, el atardecer de su destino.
El mismo intrépido San Pablo se estremece ante la audacia del riesgo: si sólo para esta vida hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres.

El sacerdote arriesga con Dios, que le exigirá mucho, porque le ha dado todo; lo juzgará más severamente, porque le ha dado mares de luz y diluvios de gracia; que escrutará detenidamente hasta su virtudes, porque lo ha distinguido con su intimidad que exige su santificación; que le pedirá cuentas de la Sangre de Jesús y de lus almas de sus hermanos, porque se los encomendó con ardiente confianza divina.
Ante Dios el peligroso dilema del sacerdote es éste: o su íntimo o su enemigo; su ministro o el traidor; su embajador o el falsario; apóstol o apóstata; Miguel o Lucifer.

Corre riesgo también con los hombres.
La vida sacerdotal es un desafío temerario a la carne con la pureza, al dinero con la pobreza, a la fuerza con la debilidad, a la materia con el espíritu.
A los hombres incrédulos, escépticos y escrutadores malignos, el sacerdote les quiere probar que es posible una vida de espíritu sin familia, sin seguridad, sin alabanzas, sin dinero, sin medios; no sólo una vida, sino una felicidad y una conquista.
¡Ay de él si falla, si flaquea, si se cansa! Una risotada clamorosa, universal y satisfecha, como una avalancha de vituperios, lo arrollará para sepultarlo.
Los hombres, consciente o inconscientemente, y quizá por un designio divino, olvidan que también él es un hombre frágil y ciego; le exigen todo y nada le conceden, lo quieren todo y nada le perdonan.
Debe hablar sin errar, juzgar sin debilidad, guiar sin incertidumbres, obrar sin pecado, conquistar sin violencia, soportar sin rebelarse, sufrir sin consuelo, dar sin recibir, morir sin quejarse.
Corre el riesgo con los hombres de una apuesta total: o colocarse en la cima de la humanidad con la aureola del santo o bajo los pies de todos con el estigma del perjurio; o conquistador irresistible con el encanto de la pureza o proscrito de la vida con la repulsión del ángel caído y de la elevación arruinada; o venerado en los altares o escupido en las plazas; o astro o cieno.
Dios y los hombres son severos con él, porque ha prometido demasiado, ha pretendido mucho, lo ha arriesgado todo.
Dios y los hombres tienen razón.
Todo riesgo está proporcionado al fin, y cuando el fin es la gloria inefable de un sacerdocio, partícipe del sacerdocio de Cristo, el riesgo tiene que ser total y eterno.
La nada no corre ningún riesgo, la piedra corre alguno, el viviente un poco más, el hombre arriesga mucho, el cristiano muchísimo, el sacerdote todo.
Hay una relación metafísica, dice Thibon, entre el riesgo y el ser: mientras más elevado es el ser, mayor riesgo corre; vertiginoso y casi divino es el ser del sacerdote; su riesgo, por eso mismo, es de torbellino.
En esta creación material, cuanto más se quiere superar la materia, tanto más se rebela ésta; cuanto más se sublevan las fuerzas disolventes, tanto más grande será la cantidad de elementos inferiores que es preciso dominar; y por lo mismo, tanto más inestable y amenazado es su equilibrio y tanto mayor es el riesgo.
El sacerdote quiere casi destruir en sí la materia por medio de la castidad y por eso su riesgo es tremendo.
En este mundo, dice Thibon, dignidad y fragilidad (o sea riesgo) están trágicamente unidas y las más altas realidades vacilan al soplo de la bajeza.
Metafísicamente, por tanto, así como la dignidad del sacerdote es la más elevada del mundo, así su riesgo es el mayor que existe sobre la tierra.
Riesgo del tiempo y de la eternidad, riesgo del honor y de la vida, riesgo de la alegría y de la angustia, de la gloria y de la ignominia.
Riesgo de la soberbia contra la elevación, del cansancio contra la responsabilidad, de la carne contra la castidad, del corazón contra la soledad, de la necesidad contra la pobreza, de la sangre contra el desinterés, de la injusticia contra la dulzura, de la razón contra la fe, del pensamiento contra el misterio.
Quien haya concebido el sacerdocio como el estado más plácido, cómodo y antiheroico, no ha entendido nada del sacerdocio.
Pero, instintiva e inconscientemente, todos han comprendido que es el estado de más riesgo.
¿Por qué tan pocas vocaciones sacerdotales? Porque se siente que en el fondo la vida del sacerdote es la más dura, con el mayor riesgo y el asar más problemático. ¿Es humildad? ¿Es miedo? No quiero decirlo ahora.
Podría ser miedo, aun en este tiempo de heroísmo y de muerte; porque se trata de un heroísmo de otra naturaleza, de un heroísmo de toda la vida.
Pero de esto hablaremos en otra ocasión.
Se requieren por lo tanto, ánimos generosos para afrontar el sacerdocio, pechos acostumbrados al riesgo, corazones que no temen el peligro y vidas avezadas a la lucha.
Así concibió Jesús el sacerdocio: como un alma ante un terrible dilema: El que ame su alma la perderá y el que la pierda por Mi, la salvará.
El buen pastor da la vida por sus ovejas. El mercenario deja que las maten.
Así como es necesario que el grano de trigo corra el riesgo de la muerte, así es necesario que el sacerdote lo ponga todo en peligro, si quiere la fecundidad milagrosa de su apostolado.
En sus misteriosos y sublimes designios, Dios siempre ha tratado de que el sacerdocio se le considere como una misión donde se corre un gran riesgo; y todas las veces que, a través de la historia, ha visto el sacerdocio demasiado seguro y demasiado sereno, ha permitido que sople impetuoso el huracán de la persecución para despertar a los soñolientos.
Ha querido, como dice un escritor, que los sacerdotes, al sentir el miedo de perderlo todo, se esfuercen apasionadamente en conquistarlo todo.

SACERDOCIO Y HEROISMO
Nosotros hemos sido los maestros del heroísmo puro; ha sido el cristianismo el que ha puesto la ecuación: pensamiento igual a vida.
En el paganismo algunos fueron condenados por sus ¡deas, por ejemplo, Sócrates; pero sólo a los cristianos se les ha colocado ante el dilema: o renuncias a la idea o renuncias a la vida.
Y los cristianos, consciente y voluntariamente, renunciaron a la vida.
Sócrates se resignó a la sentencia de muerte; pero no escogió la muerte de su voluntad, no le propusieron una elección y, por lo mismo, no puede llamarse mártir; sólo el cristianismo enseñó el martirio: la muerte como testimonio de una idea.
Al principio, fue quizá algún solitario, especialmente en el pueblo escogido, el que pudo entrever como suprema cumbre el sufrir por una idea; el cristianismo le impuso esto mismo a la masa del pueblo, como un estricto deber, como una simple obligación normal; porque para el cristianismo es obvio y evidente que la idea vale más que la vida, la idea eterna más que la vida efímera.

Cuando la Idea divina y eterna, el Verbo, se hizo carne, quiso una vida humana y ofreció su cuerpo al dolor y su vida a la muerte. Por sus palabras, por sus enseñanzas, llegó a ser claro, evidente, indiscutible que los cristianos sufrieran y murieran por la idea.
Y murieron a miles, intelectuales y gente del pueblo, conscientemente, con la sencillez del que cumple con un deber normal.
Los que vinieron después y murieron por una idea, aun falsa, lo aprendieron del cristianismo, aunque fueran anticristianos.
El cristianismo tiene, a ese respecto, una prioridad histórica y lógica que en adelante nadie podrá discutirle.
Más aún, el heroísmo en la vida del cristiano no puede ser solamente un episodio efímero, un relámpago fugaz y deslumbrante, un instante de abandono y entrega total; sino que debe ser un estado permanente, una exigencia constante, una normalidad cotidiana; porque el cristianismo es sobrenatural y, por lo mismo, el cristiano debe ser sobrehumano, héroe permanente por elección y en la forma más elevada.

Pero si los simples fieles se sustraen más o menos a este deber, sin convertirse por este solo hecho en traidores; el sacerdote no lo puede hacer sin convertirse en apóstata.
Su vida ha sido concebida como heroica por Cristo, por la Iglesia, por cada uno de los fieles, por los amigos y por los enemigos.
Las leyes divinas, eclesiásticas y sociales, han fabricado para él una armadura tal, que sólo los hombros y el corazón de un héroe pueden revestir, soportar y aun amar.
Se les traza una ruta de ascensión tan empinada, por un camino pedregoso tan áspero, flanqueado por abismos de vértigo, con un fardo tan pesado a cuestas y con un equipo tan inadecuado, que sólo un alma embriagada por el heroísmo puede encaminar hacia allá sus pasos.
Virginidad, responsabilidad, vigilancia, fidelidad, éste es el camino; Gloria de Dios, salvación de las almas, propia santificación, ésta es la meta; pobreza, soledad, desprecio, éstos son los medios humanos; este héroe sólo debe contar con medios divinos.

Sin embargo, para entender el heroísmo del sacerdote, se necesitan ojos penetrantes y atentos.
En la actualidad existe el culto de los héroes, pero entre ellos —según el común sentir— no se cuenta a los sacerdotes.
Hoy día, muchos sienten la embriaguez del heroísmo, pero muy pocos aspiran al sacerdocio.
Hay, por lo mismo, un equívoco, o una superficialidad.
Agrada el heroísmo fulgurante del joven que sucumbe despedazado por la metralla; no se comprende el heroísmo continuo de quien da su vida gota a gota, pedazo a pedazo, en un martirio lento e incesante.
Y sin embargo, éste último es más sublime; porque, si es difícil dar la vida en un instante, aunque sea de una manera espontánea o fortuita, es mucho más difícil ofrecerla a cada minuto.
Si el vértigo hace vacilar al héroe que debe mostrarse fuerte sólo un instante, ¿cuánta fortaleza se necesitará para que la debilidad no sorprenda al que debe apretar los dientes, atenacear su corazón y arrastrar su carne hacia el holocausto durante toda la vida?
Tal es la vida diaria de cualquier sacerdote que no quiere ser traidor.
Agrada el heroísmo dramático, clamoroso, solemne, bajo los ojos atónitos del sol, en la luz radiante de la gloria, ante una multitud presente o futura, que conoce o que conocerá, que alaba o alabará, que lo consigna hoy en las crónicas o lo dejará escrito en la historia.
Es el heroísmo que deslumhra la fantasía.
El heroísmo desconocido es más duro; el heroísmo sordo, mudo, ciego, que no puede hablar, que nadie ve y nadie va a narrar, es sobrehumano y lo afronta sólo el que tiene fe; sin fe es absurdo e imposible.

Y el heroísmo que sólo la inteligencia aprecia y el alma entiende es el heroísmo que ha cabido en suerte al sacerdote.
Algún pobre sacerdote de aldea o algún desconocido capellán de la ciudad han luchado más que Héctor, pero no han alcanzado de los hombres una compasión que dure,
... mientras el sol resplandezca
sobre las humanas desventuras;
han sufrido como San Pablo, pero sin su gloria; han llorado como San Pedro, han sido castos como San Luis Gonzaga, más desconocidos que San Alejo, más despreciados que San Benito Labre, más solitarios que un ermitaño; pero la aureola no coronará su pobre cabeza, las campanas no proclamarán su nombre, las multitudes no cantarán su triunfo.
Lo sabían y seguirán repitiéndose con la Imitación de Cristo: Eres lo que eres... y solo Dios es testigo.
Impresiona quizá y agrada el heroísmo instintivo, rápido, instantáneo, como de quien de pronto, más o menos conscientemente, hace la ofrenda de su vida por una causa; en cambio, se disminuye el valor de la entrega heroica meditada, voluntaria, consciente.
Se ha llegado a exaltar al héroe desconocido por encima del héroe que se da cuenta de su heroísmo y de su grandeza; como si el hacerse cargo de las cosas fuera, siempre y necesariamente, cálculo interesado.

Es el clásico error anti-intelectualista que atribuye al entendimiento sólo una mezquina actividad de utilitarismo y de cálculo.
La pasión ciega y arrebatada de los sentidos dicen que es amor; pero si interviene el entendimiento que estima y aprecia, ya no hay amor; es ésta —así lo dicen ellos— la muerte del amor.
Existe toda una estúpida literatura que dice, vuelve a decir y repite esto mismo hasta la saciedad.
Todo lo contrario; la inteligencia es la reina de las facultades del hombre, y, donde no hay entendimiento, ahí no hay amor humano ni religión, sino pasión sensual y fanatismo.
Ni siquiera hay heroísmo verdadero.
Se necesita una actitud consciente para que haya héroes, como también, para que haya santos.
En el sacerdocio no existe el heroísmo instintivo, porque debe ser un heroísmo tranquilo, previsto, aceptado, querido.
El joven debe conocer de antemano la grandeza, la profundidad, el peso del heroísmo que se le pide; debe saborear anticipadamente la amargura de los dolores que le esperan y de las lágrimas que habrá de llorar; debe contemplar su entrega, no bajo las luces bellas pero falsas de la fantasía, sino en la desnuda realidad esencial que se presenta al entendimiento; no debe ser arrebatado sin saberlo, sino que debe querer, dándose cuenta; porque el héroe no es un sonámbulo, sino un hombre cabal y despierto que quiere.

Jesús en Gersemaní, debió prever todos los dolores de su cuerpo y de su alma antes de la Pasión, para que su oblación fuera consciente, para que fuera El la cima inaccesible del heroísmo, el ideal supremo y el lábaro del heroísmo verdadero.
Por eso, toda pasión sacerdotal debe tener la visión de los dolores de Getsemaní.
Lo sé bien, al héroe inconsciente lo exaltan, porque es humilde; pero la conciencia no le quita nada a la humildad del heroísmo sacerdotal. La humildad es el sello auténtico de cualquier heroísmo puro.
Aquí está el secreto y la cima del heroísmo en el sacerdote, que se coloca así por encima de todos los heroísmos.
El heroísmo es un deber cotidiano y ordinario en el sacerdote; por eso ni ante él ni ante los demás aparece como heroísmo.
El heroísmo en el común sentir está ligado a la idea de excepcional y de extraordinario; si no es la excepción, sino lo normal; si no es una hazaña extraordinaria, sino de todos los días, deja de aparecer como heroísmo.
Pero no cesa de serlo.
Lo excepcional no deja de ser tal sólo porque dura a través de los años, lo extraordinario no se disminuye sólo porque dura toda una vida.
Lo único que significa es que toda la vida del sacerdote debe ser heroica, significa sólo que el heroísmo está ligado íntimamente al sacerdocio.
Significa finalmente, que un heroísmo tan sutil y profundo se escapa a la mirada de los superficiales y distraídos, y sólo se dan cuenta las almas profundas y puras, que se sienten arrebatadas por él.

VUESTROS JOVENES TENDRAN VISIONES
Dios prometió la Redención al pueblo hebreo y al mundo entero; la prueba y la señal cierta de que esta redención había llegado sería que los jóvenes tendrían visiones; mientras sus horizontes terminen con la línea que limita la tierra, mientras su cielo se acabe donde vean la última estrella, mientras tengan, en una palabra, sólo estos ojos carnales, que del misterio y de sus vibraciones sólo captan las vibraciones del espectro solar; entonces todavía no habrá llegado la Redención de la humanidad, la Revelación suprema, el Rescate cierto, la Libertad absoluta.
Mientras la humanidad no sepa y no pueda ir más allá, no será libre.
Pero no basta soñar, es preciso ver.
Hay una respuesta profunda de Don Quijote a Sancho: el hidalgo quería que Sancho creyera en sus visiones, pero él, a su vez, no quiere creer en los sueños que le ha narrado el escudero. Sancho, irritado por lo que le parece una insjusticia, le dice: Ha querido su merced que yo le crea, ¿por qué entonces no quiere creer ahora a mí? Responde solemnemente y profundo Don Quijote: Porque tú has soñado, en cambio, yo he visto.
El problema está aquí en ver.

Aun antes del Cristianismo los jóvenes soñaban; pero, son excepción del pueblo elegido, no tenían visiones.
Aun ahora, muchos jóvenes sueñan; pero muy pocos, los santos, los apóstoles, los genios, ven.
El sueño es una gran cosa, especialmente un gran sueño, pero no es la visión; dista tanto de la visión, cuanto dista, y quizá más, de la realidad; porque la visión es la intuición de la única inmensa realidad, de la cual esta realidad terrena no es más que una sombra descolorida e indecisa.
Durante el sueño, el alma se encuentra en un estado crepuscular, en la visión está en el mediodía luminoso de una clarividencia que centuplica su potencia cognoscitiva; como si todo el ser se convirtiera en inteligencia incandescente por la llama profética y por las intuiciones súbitas del amor.

No. hablo aquí de la visión sobrenatural y mística; hablo de la visión, que también es un don de Dios, natural y normal, en el que tiene vocación, o una misión, o un apostolado.
El que sueña no ve otra cosa que a sí mismo, engrandecido, idealizado; a sí mismo como héroe, ilustre, aclamado, amado: el vidente no ve sino su misión, su obra; no ve sino el dedo de Dios que le traza un camino, que le señala una meta, que le impone un trabajo, que le delinea un designio. El sueño está en la fantasía, la visión está en el entendimiento, en la voluntad, en el alma.
El sueño es una esperanza, a veces loca, y tanto más débil cuanto el sueño es más amplio.
La visión es una certidumbre más firme que la propia existencia, más segura que la certeza de las cosas que nos rodean.
El sueño casi nunca se hace verdadero: aun cuando se hayan hecho todos los esfuerzos y tomado todas las cautelas para realizarlo; la visión, si no flaquea la voluntad del que la persigue, se vuelve realidad; al soñador nadie le ha prometido nada, a la visión está ligada una promesa de Dios.
El sueño es informe, impalpable y voluble como el humo que se desvanece; la visión es definida, precisa y concreta.

San José Cottolengo, a quienes trataban de disuadirlo del loco proyecto de abrir otro hospital, tras el fracaso del primero, les describía el grandioso hospital que habría de levantarse con la nitidez, la precisión y los detalles de una cosa vista; y es La Piccola Casa della Provvidenza, que existe hoy en Turín y que alberga como diez mil personas. ¡Ay de nosotros, si no hubiera estos magníficos visionarios! Habría que dudar del Cristianismo.
Pero existen.
Los jóvenes de la promesa divina, los que tendrán visiones, después del incendio de Pentecostés, han sido una multitud innumerable en la Iglesia, y aun hoy existen en los seminarios y en el apostolado.
Los seminaristas ven, como San Juan Bosco, los lobos a quienes hay que transformar en ovejas, a los chiquillos que habrá que cambiar en cristianos; contempla los rostros extraños y desconocidos, los hombres salvajes, vestidos con pieles, que habrá que reunir en cabañas de carrizos y barro.
Aplican sus oídos a la tierra y escuchan, como Teófanes Vénard, los gritos implorantes y las palabras extrañas de los chinos que lo llaman.
Como San Francisco Javier, trazan en el mapa sus viajes de conquista y señalan los límites del imperio de la fe. Contemplan la misteriosa mano que les indica, escuchan el mandato preciso e imperioso y la invitación más irresistible aún que el mandato.

Entre los jóvenes seminaristas y sus coetáneos hay esta diferencia irreconciliable: los jóvenes se sienten los protagonistas de un sueño, el centro de una esperanza, el objetivo de una pasión; los seminaristas saben que son siervos de la misión que han recibido, ejecutores de la visión que han contemplado, pobres actores secundarios de una certidumbre inmensa.
Cuando se comparan entre sí, los seminaristas parecen más fríos, y en realidad son más serenos; como es más sereno el vidente que el sonámbulo, el que sabe más que el que duda, el que posee que el que espera, el que obedece a un mandato sobrehumano y cierto que el que tantea en un camino, el que se mueve en plena luz que el que trastabilla al mortecino destello de un deseo.

Pero no se vaya a pensar por eso que el ánimo y el heroísmo de los seminaristas sea menor, o que el tormento no exista en ellos. Todo lo contrario...
El sueño siempre es seductor, porque viene de la fantasía y del corazón; la visión, que viene de Dios, las más de las veces es trágica,
¿Qué habría soñado un hombre en aquella pacífica noche primaveral de plenilunio, a la sombra de aquellos olivos silenciosos del huerto de Getsemaní?
Pero Jesús no soñó, sino que vio la visión terrífica de un océano de sangre, de un diluvio de pecados, de una Redención llena de dolor.
Y el seminarista contempla con frecuencia la visión cruda de una iglesia pobre, perdida en la montaña, en un pueblo indiferente y hostil; la visión de una jornada solitaria, acompañado sólo de menosprecio e indiferencia.
O bien, la visión de un tugurio sucio y pestilente, de las llagas putrefactas de los leprosos, de una inmensa crujía de tísicos demacrados, como calaveras descarnadas.
Quizá la vista de campos de concentración o de villorrios de deportación.
O finalmente, la certeza, como la tuvo, la esperó, la describió y predijo el Padre Pro, de un pelotón de fusilamiento.
No se sorprendió ni el desaliento o el terror hicieron de él su presa cuando contempló el lugar de su ejecución y a los soldados que lo iban a fusilar: ¡los conocía y los había visto desde hacía tánto tiempo!

La serenidad de los seminaristas de todos los seminarios, de todas las escuelas apostólicas, de todos los noviciados, es la divina y victoriosa serenidad de Cristo, cuando, después de haber contemplado su Pasión y haber sufrido la agonía, se levantó, pálido y sereno, y pronunció: Fiat.
Serenidad a la que se llega después de una agonía, después de un despojo doloroso de todas las cosas, después de una abnegación generosa de sí mismo, sólo movido por la fuerza de un amor imperioso e irresistible.
Dios es leal; por eso a sus apóstoles no les da sueños poéticos, sino visiones reales, desnudas y bellas.
Son las visiones que llenan los años incomparables del seminario, que llenan la capilla vacía, iluminada por la luz misteriosa de la lámpara del Santísimo, que llenan de vida los largos corredores silenciosos, que los abstraen del vasto salón de estudio, donde muchos jóvenes no estudian a veces, porque ven.
Son las visiones que impiden sentir la dureza del lecho, darse cuenta de los alimentos insípidos, sufrir por el reglamento y la severa disciplina.
Visiones en que aparece, en un relámpago repentino, como a San Pablo, el admirable designio de Dios sobre la humanidad, en la Creación, Redención y Santificación; en que se revela el sentido arcano de la historia y de la Providencia, en que se abarca la síntesis que da unidad al universo.
Visiones que transportan hasta los confines de la visión mística, que son un gusto anticipado y un deseo de la visión del cielo.
Visiones que hacen bendecir y añorar los años de seminario, que impulsan al martirio, sea cual fuere, con la atracción de un abrazo de amor.
¿Quién es el seminarista que no las ha tenido?
Son estas visiones, dones y gracias del Espíritu Santo, señal de que ha llegado el tiempo previsto por Joel.

EL RENUNCIAMIENTO
Hemos declarado abierta y solemnemente que somos cristianos, que profesamos, por tanto, el renunciamiento. ¡¡Qué escándalo!!
Los cultos, preclaros y profundos jovencitos universitarios, en una popular revista de París, desde la cima vertiginosa de su sabiduría, juzgan al cristianismo y... hacen lo que pueden (porque juzgan con los pies) y, no pudiendo rasgarse las vestiduras porque usan pantalones, deciden el destierro a Siberia de los heresiarcas.
Sin embargo, contra estas autorizadas condenas y desaprobaciones, nos vemos obligados, con mucho agrado de nuestra parte, a decir que somos amantes del renunciamiento, porque somos seminaristas o sacerdotes.
Diariamente leemos, meditamos, asimilamos palabras de renunciamiento de este calibre: Si alguno quiere venir en pos de Mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame... En verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo,- pero si muere, produce mucho fruto... El que ama su propia vida la perderá y el que odia su propia vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. ¿Queremos un renunciamiento mayor?
El seminarista renuncia a la libertad, a la disipación, al holgorio, al teatro, al cine, en una palabra, a todo lo que es el anhelo, el ideal y la alegría de la juventud del siglo XX.
Los sacerdotes renuncian a la familia, a la libertad, a la riqueza, al lucro, a la sensualidad, en suma, a todos aquellos bienes que se consideran como los mejores e indispensables en la vida del hombre.
Pero...

Aquí está el "pero" trastornador, paradójico y revolucionario del divino cristianismo.
El cristianismo renuncia para conquistar, rechazo para ir adelante, niega para afirmar, se despoja para enriquecerse, se vacía para colmarse, se martiriza para gozar, muere para renacer, resucitar y vivir una vida intensa, profunda, eterna cual es la vida de Dios.
El cristianismo renuncia a la tierra en vista del cielo, a la carne por el espíritu, al sentido por la idea, a lá bestia por el ángel, a la criatura por Dios.
Renuncia a la libertad de los sentidos para adquirir la libertad del espíritu, mortifica las pasiones para forjarse una voluntad de acero, crucifica la carne para libertar el alma, martillea los sentidos para hacer saltar la chispa de la idea, punza sus venas para hacer brotar la sangre del heroísmo, estruja su cuerpo para que, sin ese lastre, pueda batir las alas del pensamiento y lanzarse a la conquista del cielo.

El Crucificado, ese modelo absoluto y tremendo de renunciamiento, desnudo y rechazado, abandonado y solitario, lívido y martirizado, es el símbolo sublime y terrible de un conquistador portentoso y arcano.
Lo derrotan, y triunfa; se le rechaza, pero atrae; lo condenan, y perdona y absuelve; carece de todo, pero multiplica sus dones; está sediento, y sacia la sed; martirizado, da salud; despreciado, conquista; cuando muere, da la vida; y el que ha sido sepultado, resucita. ..
Cuando sea levantado de la tierra, todo lo atraeré a Mi; así dijo; y, precisamente cuando fue levantado en la atmósfera ennegrecida y trágica, en el patíbulo infamante, desprovisto de todo y vencido, entonces los hombres se golpearon el pecho y empezó la conquista avasalladora e irresistible.
La cruz del renunciamiento, austera y pobre, se convirtió en el estandarte conquistador del imperio más vasto, que tiene como límites los límites de la tierra.

¿Por qué no quitan la historia de los programas escolares, si los jóvenes estudiantes no saben resolver el misterio histórico de una idea de renunciamiento, que conquista el mundo y lo conquista para siempre?
¡Cuántas otras ideas más seductoras, más fáciles, que embriagan a la juventud, se han inventado! Veuillot dice con ironía que al presente casi se ha agotado el alfabeto de las mayúsculas: Civilización, Libertad, Igualdad, Progreso, Democracia, Aristocracia, Ciencia, Superhombre, etc.
Los hombres se encapricharon con ellas durante dos decenios y después las han tirado en el desván, entre los sillones deshilacliados y los trastos rotos.
¡Lástima! Eran ideas tan bellas, tan brillantes, relucientes, fascinadoras y conquistadoras; pero, quién sabe por qué, todas adolecían del... faltó poco.
Poco faltó para que el protestantismo conquistara todo el mundo, poco faltó para que el ilusionismo invadiera toda la tierra, faltó poco para que la idea democrática avasallara todas las naciones, faltó poco para que el materialismo, faltó poco para que el idealismo... Falta siempre ese bendito poco, y por eso poco, se pierden en la poquedad.
¡Ironía soberana de Dios!

Estamos de parte del renunciamiento, como el cristianismo, porque somos alférez y pioneros de sus conquistas. Nos quedamos desnudos, como San Francisco de Asís, para estar más expeditos, libres, sin estorbos, en las marchas errantes en busca de descubrimientos y de dominio.
No nos detiene ni la carne, ni la sangre, porque renunciamos a ellas; ni el amor, ni los sentidos, porque los hemos negado; ni la casa, ni la familia, porque no la tenemos; ni la vida, ni la muerte, porque renunciamos a la vida, y la muerte para nosotros es una conquista: "Mihi vivere Christus est et mori lucrum. Para mí, vivir es Cristo y morir es una ganancia".
Colguemos la espada en la pared de la Capilla de Montserrat con Iñigo de Loyola, renunciemos a la fuerza para vencer a la fuerza. La más terrible resistencia es la resistencia que no resiste; huye y permanece intacta e intocable, como el pensamiento y el espíritu.
Una bomba es vana e inocua, si estalla donde nada le ofrece resistencia; se deshace en el aire como un cohete de luces.
Esta fuerza es irresistible, porque no resiste; inquebrantable porque es inerme; se fortalece más, a medida que más se renuncia; vence cuanto más cede, porque su poder es la abnegación, la desnudez, el dolor, el martirio y la muerte; porque el secreto de su victoria está en asemejarse siempre más a su divino Jefe, desprovisto y crucificado.

¿Quiénes han conquistado tánto como Francisco de Asís e Ignacio de Loyola?
¿Quién es conquistador aún, actual, presente, trabajador, como los que se negaron totalmente: Benito de Nola, Domingo de Guzmán, Juan Bosco, Teresa de Avila?
Renunciamos al amor sensual, humano, estrecho, para que el corazón se ensanche con el amor sobrehumano de caridad, que ha convertido a los que asi se renunciaron en los más grandes amantes, que han edificado hospitales, abierto orfanatorios y se han sepultado en los lazaretos o en las cárceles.

Renunciamos a la libertad de ver, de oír, de movernos, para conquistar la libertad de pensar y de querer, que es la más elevada e indomable libertad.
Los puros tienen las más grandes, temibles y tenaces voluntades, porque han dominado a los subditos más rebeldes, como son las pasiones; porque han salido victoriosos en la más difícil batalla, que es la de los sentidos; porque se han acostumbrado a todos los renunciamientos, con tal dé avanzar y subir.
¡Más arriba, más solitarios, más libres!
Renunciamos a la conquista de la tierra, porque nos urge, más que nada, el supremo dominio de las almas.
Liberamos nuestras manos de toda posesión, para asir más fuerte y ampliamente el espíritu.
El que no renuncia, no conquista.
Toda elección es un renunciamiento.
El que no renuncia a algo, no escoge, y el que no escoge renuncia a todo o, sin escoger, toma lo peor, lo que está al alcance de la mano, como la sensualidad.
Para el dualismo de carne y espíritu, para esta vida de prueba y de dolor, cada conquista tiene como precio el renunciamiento.
Por eso renunciamos más, para conquistar más; nuestra alma se vacía por el renunciamiento, porque quiere devorar; se despoja, porque está ávida; se niega, porque es enorme.
Nos negamos todo, porque lo queremos todo.
Todo y Nada, es el grito de San Juan de la Cruz: Todo y Nada: son estos los polos entre los cuales gira el alma del sacerdote.
No parte y parte; sino todo y nada.
Almas exclusivistas que se juegan el todo por el todo, que juegan todo el presente por todo el futuro, que apuestan el corazón y la vida con tal de conquistar un Amor infinito y una Vida eterna.

Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Raguza