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jueves, 3 de septiembre de 2015

LA EXCOMUNIÓN DE UN SACERDOTE (IV, final)

Por el Dr. Homero Johas

PARTE II.- SENTENCIAS DE LA CARTA CONTRA LA FE DIVINA (3)

6.- La perdición por la voluntad inconsciente
     “Pio XII enseña esta doctrina en la encíclica Místyci Corporis . Distingue a los que realmente se incorporan como miembros a la Iglesia y los que a ella se adhieren sólo por voto. Como miembros solamente a los que reciben el Bautismo de la regeneración y profesan la verdadera fe.
     Al fin de la encíclica, invita a la unidad de la Iglesia, a los que no pertenecen al Cuerpo de la Iglesia Católica, les recuerda que están ordenados a la Iglesia Católica por cierto voto y deseo inconsciente, a los cuales, de ningún modo, excluye de la salvación eterna”.
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    1. La Carta del Santo Oficio afirma que tiene la doctrina de Pio XII. Después, excomulga a un sacerdote por no someterse a la doctrina de la Carta. Pero la doctrina de la Carta contradice un dogma de fe de la Iglesia. Y quien contradice algún dogma se separa de la unidad de fe y de gobierno de la Iglesia. Esta fe católica es una, universal, divina, necesaria para la salvación eterna. Cada ser debe someter su voluntad y juicio “en obsequio a Cristo” (2 Cor X, 5). Un papa para ser fiel miembro de la Iglesia debe estar subordinado al Derecho divino (D.S. 3114) y al Magisterio universal de la Iglesia existente (D.S. 3116). No puede cambiar el credo ni su sentido (D.S. 3020); ni predicar doctrina nueva (D.S. 3070), bajo pena de separarse de la Iglesia por delito contra la unidad de fe.
     2. Por lo tanto, si el Cuerpo Místico de la Iglesia es un cuerpo “compacto” (Ef. IV, 15) con unidad de fe (Ef. IV, 5), la doctrina sobre dos caminos opuestos de salvación: dentro o fuera del Cuerpo Místico está contra la unidad de la Iglesia, contra la unidad de la fe y contra el único camino de la salvación.
     León XIII enseñó:
     “La Iglesia es una, es única. Quien se separa de ella, se separa del orden y de la voluntad de Cristo; se separa del camino de la salvación; va por el camino de la perdición” (Satis cognitum).
     El concilio de Florencia enseñó:
     “Nadie puede salvarse si no permanece en el gremio y unidad de la Iglesia Católica” (D.S. 1351).
     La Revelación divina enseña:
     “No existe bajo el cielo otro nombre por el cual seamos salvados” (At. 4, 12).
     Y León X, con el V Concilio de Letrán enseña:
     “La verdad no contradice a la verdad. Por lo tanto, definimos ser falsa toda sentencia contraria a la verdad de la fe iluminada” (D.S. 1441).
     Por lo tanto no existe salvación en la doctrina de la Carta, ni por el “voto inconsciente”.
     3. Según la Carta, la encíclica: “No excluye de la salvación eterna”, a quien está fuera de la Iglesia, cosa que el dogma de fe excluye. Esto es: la necesidad del bautismo, por lo menos del deseo del bautismo, según el Concilio de Trento. Pero de un deseo explícito y consciente, profesando de modo explícito y visible las verdades del Símbolo de la Fe que son de necesidad absoluta de medio de salvación de querer ser bautizado y pertenecer a la Iglesia, como miembro.
     La no necesidad del bautismo y de ser miembro de la Iglesia y de no profesar la fe verdadera, de modo explícito y público, contradice el dogma de fe.
     El Vaticano I enseña la necesidad de “creer todo la palabra de Dios escrita o trasmitida oralmente, con fe divina y católica, y que están propuestas por la Iglesia, ya sea por juicio solemne, o por Magisterio ordinario y universal” (D.S. 3011).
     Bonifacio VIII enseña que estamos obligados a creer y a sostener que existe sólo una” Iglesia Católica, “fuera de la cual no existe salvación, ni perdón de los pecados”. “Ella representa un sólo Cuerpo Místico, cuya Cabeza es Cristo”. “En ella existe sólo una fe, un sólo Señor, un sólo Bautismo” (Ef. IV, 5). “Una sola fue la Arca de Noé, en el diluvio, la cual prefiguraba la única Iglesia y tenia sólo un gobernante, Noé. Fuera todo fue destruido cuanto existía sobre la Tierra” (D.S. 870).
     4. El Símbolo de fe es el “fundamento firme y único” de la Iglesia enseña el Concilio de Trento (D.S. 1500).
     Por lo tanto, no se puede dar la salvación dentro y fuera de la Iglesia, con voluntad explícita y consciente de entrar a la Iglesia y sin voluntad explícita y consciente de entrar a la Iglesia. Esto es igualar la fe verdadera a los falsos credos. Es negar la verdad absoluta, divina, universal, necesaria para la salvación eterna. “Quien no escuche a la Iglesia, sea anatema” (Mt. XVIII, 17). “Quien no ame a Cristo, sea anatema” (1 Cor XVI, 22).
     El “voto inconsciente” no es el “obsequio racional” de la fe. No tiene la subordinación debida a la autoridad divina (Rom. XIII, 1-2).
     La subordinación a Dios no es mera “comunión” entre iguales sin Dios. La subordinación a Dios no es la subordinación a la voluntad libre del hombre. No es la mera “adhesión” libre del hombre, por su juicio y arbitrio humano.
     5. Dios invita a los hombres a pertenecer a la Iglesia; y por su autoridad divina exige condiciones para ser miembro de la Iglesia: creer en sus palabras y no en el juicio propio; obedecer la autoridad divina y no al libre arbitrio; tener la fe que practica las obras de Caridad para con Dios y para con el prójimo (D.S. 1570).
     El llamamiento de Dios no es una promesa incondicional de salvación. La fe universal viene del Magisterio universal exterior, y no del “deseo inconsciente” de cada uno (D.S. 3033). Los “derechos de Dios” no están limitados por la voluntad del hombre, y por sus “derechos individuales”. Quien escribió esta Carta no la escribió de modo inconsciente. Quien “distingue” dos modos contradictorios, distingue entre la verdad y el error; no es igual el estar dentro de la Iglesia y el no estar dentro de la Iglesia.
      6. Por lo tanto la “ordenación del hombre a la Iglesia Católica” es determinada por la “ordenación de Dios” (Rom XIII, 2) y no por el juicio y voluntad individual. Por lo tanto es falsa esta “ordenación” de la Carta y del Vaticano II que escribió: “cada uno puede ordenase a si mismo por sentencia de su propio espíritu”.
     Toda ley universal es una “ordenación a la razón” y no es una ordenación por el libre arbitrio individual, o “ley propia” (D.S. 2903). Es el Vaticano II que se ordena “por lo que quieren los hombres del presente”, por los “deseos de los espíritus”; cada uno con “verdades propias”, “normas propias”, “credos propios”, “derechos propios”, independientes de la verdad divina universal, que conviene a todos.
     Esto es negar que: “todo poder viene de Dios” y que los que existen “son ordenados por Dios” (Rom XIII, 1-7). Es pretender que “todo poder viene del hombre”, como lo quieren los ateos, herejes jansenistas, los racionalistas (D.S. 2903).
     Los fieles de Cristo: “creen en el nombre de Jesús; no nacerán (...) de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Jo I, 13).
     7. De esta pluralidad del libre arbitrio nace la negación de la “forma única” de la verdad, y la falsa pluralidad de verdades. El juicio y la voluntad de Dios está subordinado a la opinión y voluntad individual; se elimina la sumisión a Dios; lo que causa la perdición eterna (Rom. XIII, 1-2).

7.- Necesidades libres
     “Es necesario que el voto inconsciente, por el cual es alguien ordenado a la Iglesia, sea informado por la Caridad perfecta; y, a no ser que el hombre tenga la fe sobrenatural, no puede tener efecto el voto implícito”.
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    1. Aquí se coloca, de nuevo, “lo que es necesario”, como igual a lo que “no es necesario”; lo que “puede tener el efecto de la salvación”, como antes fue afirmado (3) y lo que “no puede tener el efecto” de la salvación. El principio de no contradicción dependerá sólo de la voluntad “de cada uno”. Quien niega la necesidad absoluta del medio único de salvación, "por institución divina”, y pone la salvación como dependiente “del voto y deseo humano”, para encubrir el absurdo del Agnosticismo, ahora coloca la necesidad de la “Caridad perfecta”, sólo por “deseo” humano y de “fe sobrenatural” definida “sólo por deseo” humano. Caridad y Fe dependerían sólo del hombre: podrían tener o no tener el efecto de la salvación según el arbitrio del hombre. Lo que es necesario y lo que no es necesario; lo que “puede ser” y lo que “no puede ser”, serian cosas subordinadas a los juicios y voluntades individuales humanas.
    En lugar del imperio de Dios sobre el hombre, solamente existe el imperio del hombre sobre si. “Todo poder viene del hombre”. Muda la voluntad y juicio de Dios por la voluntad y juicio del hombre. La voluntad del hombre será “el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, ley para si mismo y suficiente para cuidar del bien de los hombres y de los pueblos por sus fuerzas naturales”, dijeron los racionalistas absolutos (D.S. 2903).
     Es el imperio del hombre colocado encima de Dios, en el Templo de Dios (2 Tess. II, 1-11). Se niega el “imperialismo” de Dios, como “dictadura”; pero se quiere el “imperialismo” y la dictadura de los ateos, de los sin Dios.
     2. Tal nueva “necesidad” viene unida a la falsedad del “voto implícito” y del “voto inconsciente”, sin la necesidad de la confesión explícita, pública y consciente de la única verdadera fe, con todos los artículos explícitos del Símbolo de la Fe. Se supone falsamente que “el hombre está ordenado a la Iglesia” por su juicio y voluntad propia (Tit. III, 10-11) y no por la fe verdadera. El hombre estaría “ordenado a la Iglesia” por la “religión cristiana falsa del Ecumenismo (Pio XI; por el Agnosticismo, Liberalismo, Relativismo, nuevo Humanismo, por la “nueva iglesia”, del tiempo nuevo”, de la “nueva Teología”, de la “doctrina nueva” (D.S. 3070), del poder de las tinieblas dentro del Templo de Dios.
     3. No existe “Caridad perfecta” en quien contradice la fe verdadera, divina y quiere una fe individual, humana, relativa a la voluntad de cada uno. La Caridad perfecta, se convierte con la verdad universal en el amor verdadero al único Dios verdadero, a Jesucristo. “Quien no ama a Cristo, sea anatema” (1 Cor XVI, 22). La “operación del error” venia para los que “no aman la verdad, sino que consienten con la iniquidad” (2 Tess. II, 1-11). La Caridad perfecta no existe en el Ecumenismo, en el amor del hombre por el hombre, en cuanto es hombre y no en cuanto es obra de Dios. Los ecuménicos quieren esta unión en la Caridad separada de la unidad de la Iglesia de la fe verdadera (Pio XI).
     4. Por lo tanto, tampoco existe “fe sobrenatural” en quien desprecia la necesidad absoluta de recibir el Bautismo y de profesar la fe verdadera y por ella, entrar en la Iglesia de Cristo, y por querer permanecer fuera de la Iglesia, con “ignorancia invencible” falsa, predicada por el Agnosticismo, y con el “voto inconsciente” predicado por el Modernismo agnóstico.
     La Fe sobrenatural, no viene de la “ignorancia invencible” de la razón: ni del libre arbitrio, sino de la Revelación divina. La fe sobrenatural es divina universal, necesaria, no es humana, individual y libre. Ella está unida a la sumisión al único Dios verdadero y al Vicario visible de Cristo; a quien conoce la fe verdadera sobre Cristo y no a quien quiera ignorarla y no quiera los medios necesarios para conocerla. Así, tal sentencia viene de la malicia para encubrir la libertad para el mal.
     5. Por lo tanto, si “no puede tener efecto” el voto implícito e inconsciente, fuera de la Iglesia y sin el Bautismo, la Carta contradice lo que antes afirmó: “puede obtener los efectos necesarios para la salvación” (3). Lo que no era de “necesidad intrínseca” (3); ahora es de necesidad para la salvación. Afirma y niega dos sentencias contradictorias, cosa propia del Agnosticismo, con “verdades” falsas, individuales. La verdad ya no excluye la falsedad.
     La Iglesia no rinde culto a Cristo y al anti-Cristo; al templo de Dios y a l de los ídolos; a la Justicia y a la iniquidad; a los fieles y a los infieles (2 Cor VI, 14-18). Aquí se niega siempre la verdad absoluta, al único Dios verdadero.

     El Concilio de Florencia enseña: “Es de tanto valor la unidad en el Cuerpo de la Iglesia que solamente los que en él permanecen les aprovechan los Sacramentos y producen premios eternos los ayunos, las limosnas y los demás actos de piedad de los ejercicios de la milicia Cristiana. Y nadie puede salvarse, si no permanecen en el seno y en la unidad de la Iglesia Católica, por mas limosnas que dé y aun cuando, derrame su sangre por el nombre de Cristo” (D.S. 1651).
     Los Mártires derraman su sangre por el nombre de Cristo, sustentando la fe verdadera. Si murieran por las herejías, por los errores, fuera de la unidad de fe y de gobierno de la Iglesia Católica, no podrían salvarse. No es igual ser mártir de la verdad o ser mártir del error, del juicio y voluntad propia. Mártir de Cristo no es mártir del anti-Cristo.
     Por lo tanto, son miembros de la iglesia del anti-Cristo: los anti-intelectualistas, los anti-sacramentalistas; los anti-conclavistas; los anti-Cabeza visible de la Iglesia.
     Dice Nuestro Señor Jesucristo: ‘Si quieres entrar en la vida eterna, observa los mandamiento” (Mt. XIX, 17). Los mandamientos no son libres. No se cambia lo que es de necesidad absoluta en cosa libre (D.S. 1569); ni en el creer en el libre-examen de la Revelación; ni el obrar libremente en contra de los preceptos mandados.

8. La incertidumbre universal y Naturalismo
     “En este estado no se puede estar seguro de la salvación porque en el se carece de tantos y tantos dones, y auxilios celestiales los cuales, sólo en la Iglesia Católica se pueden disfrutar”.
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      1. Afirma la Carta que la salvación sin el bautismo, sin pertenecer a la Iglesia no es un camino seguro de salvación. Muda el camino cierto de la perdición eterna por el camino inseguro de la salvación eterna. El único camino de la salvación está dentro de la Iglesia, ahora dicen que existe otro camino. La Arca de Noé bastó para ser el único medio de salvación en el diluvio.
     Con la “ignorancia invencible” y con el “voto inconsciente” nadie puede afirmar, de modo absoluto, que un camino es seguro y no seguro.
     2. Antes afirmó que: “los efectos necesarios para la salvación pueden ser obtenidos donde exista el voto y el deseo” (3). Ahora afirma lo contrario: “En este estado no puede ser segura la salvación”. Antes, “sin los auxilios para la salvación, la salvación podía ser obtenida”; ahora, por causa de la carencia de estos auxilios para la salvación, el fin de la salvación “no puede ser seguro”. Por lo tanto afirma la duda universal sobre la existencia del camino de la salvación.
     Antes afirmó que “Dios quiere” la salvación fuera de la Iglesia y que “Dios acepta” el voto implícito e inconsciente. Ahora afirma que esto no es seguro. Por lo tanto, la palabra y voluntad divina no seria cosa cierta y segura; no seria “verdad absoluta”, sino opinión incierta y dudosa.

     Afirma el estado de incertidumbre universal sobre Dios, sobre la salvación eterna. Cosa de la falsa doctrina arbitraria de los agnósticos y ateos.
     3. Antes la salvación era posible sin los auxilios divinos. Ahora, porque existe carencia de los mismos auxilios divinos la salvación es cosa insegura. Antes el Naturalismo podía salvar. Ahora el Agnosticismo afirma que esto es incierto. Todo procede de la negación arbitraria de la verdad absoluta.
     La Iglesia rechaza el Agnosticismo (Pascendi), y el Naturalismo (Trento):
    “Si alguien dice que, por sus obras hechas con las fuerzas de la naturaleza humana, o por la doctrina de la Ley, sin la gracia divina, el hombre puede justificarse delante de Dios, sea anatema” (D.S. 1551).
     La Carta afirmó antes la salvación sin la gracia; y ahora afirma la incertidumbre de esta sentencia. Existiría salvación sin Cristo, el único nombre que la Revelación divina enseña está la salvación (At 2, 38). Es la “iglesia de la humanidad”, sin Dios, sin Cristo (Notre charge apostolique).
     4. Por lo tanto la Carta enseña la duplicidad de sentencias contradictorias; “puede” salvarse, sin los auxilios divinos; pero “no puede” ser seguro. Y tal inseguridad no procede de la inexistencia de los auxilios divinos; sino del uso ilícitos de los auxilios divinos por parte de quien está fuera de la Iglesia. Sólo dentro de la Iglesia “es lícito disfrutar” de los auxilios divinos. Dios tendría prohibido a los hombres que están fuera de la Iglesia “disfrutar” sus auxilios. Por lo tanto, los que se pierden, se pierden no por sus pecados, sino por culpa de Dios. Dios prohibió usar sus auxilios. Entonces quien se pierde no es porque no cooperó con la gracia; no porque cometió pecados; no porque despreció recibir el Bautismo y el pertenecer a la Iglesia; no porque no venció su ignorancia con la Ciencia de la salvación, la ciencia de Dios; no porque no fue obediente a Dios; no por culpa propia, sino por culpa de Dios.
     5. Dios quiere salvar a todos; quiere que todos vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim. II, 4); Dios da la gracia a quien la pide (Tg. 1,5). Pero es necesario obedecer a Dios (Rom XIII, 1-2): “Quien quiera entrar a la vida eterna, observe los mandamientos” (Mt. XIX, 17). No basta una fe muerta, sin obras; es necesaria la “fe operante por la Caridad”. No basta una fe con libre-examen; es necesaria la sumisión al Magisterio de la Sede de Pedro (D.S. 3060). Es necesario observar el “deber de creer” (D.S. 3011) y el deber de obrar (D.S. 1569). Los mandamientos no son libres. La Fe sin las obras no salva, y las obras sin la Fe no salvan. (D.S. 1351). La unidad de la Iglesia se realiza en el “obsequio racional” de la Fe y en la Caridad que una en “comunión” a los miembros de la Iglesia entre si y en la subordinación a la Cabeza visible de la Iglesia, que rige a los miembros de la Iglesia en nombre de la Cabeza invisible.
     Esto no existe fuera de la Iglesia, sin ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo.
     6. Por lo tanto, la Carta insinúa lo que el Concilio de Trento condenó:
     “Si alguien dice que la gracia divina es dada por Jesucristo solamente para que el hombre pueda vivir fácilmente  de modo justo y merecer la vida eterna como si él, con su libre arbitrio, sin la gracia, pudiese, con mayor dificultad conseguir una cosa y otra, sea anatema” (D.S. 1552).
     El Santo Oficio aquí predicó el Naturalismo, la salvación de los herejes y paganos fuera de la Iglesia; la salvación sin la gracia.
     7. La “inseguridad”, la “ignorancia” y la “inconsciencia” proceden del Agnosticismo, del Anti-intelectualismo. La ignorancia viene del “intelecto obscurecido” (Ef. 4IV, 18-19), de los que “no aman la verdad, pero consienten con la iniquidad” (2 Tess. II, 1-11). “La malicia ciega” (Sab. II, 21); la persona: “no quiere entender para obrar bien” (SI. 35, 4) y, por esto, “no recibe la luz divina” (Jo X, 11).

9.- Siguiendo a Dios y a Lucifer
     “Pio XII reprueba por sus palabras a todos los que excluyen de la salvación eterna aquellos que, sólo por voto implícito, se adhieren a la Iglesia y a los que afirman que los hombres pueden ser salvos, de modo igual, en toda religión”.
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     1. Existen en estas palabras dos reprobaciones y, por consecuencia, también dos aprobaciones a dos doctrinas contrarias: una verdadera y una falsa; una según el Magisterio de la Iglesia y otra contra el Magisterio de la Iglesia.
     Al mismo tiempo se aprueba y se reprueba la verdad y el error.
     No se distingue entre el aprobar y el reprobar: no se distingue entre la verdad y el error. La verdad no depende del arbitrio humano, sino de la conformidad de la mente humana con el objeto conocido. Esto es cosa natural y común en el conocimiento humano.
     2. Un papa católico no puede reprobar una verdad de fe católica, la del obsequio racional de la fe y pretender la salvación humana por “voto inconsciente”
     3. Quien reprueba la salvación por cualquier religión, no puede afirmar la salvación fuera de la Iglesia por voto implícito e inconsciente.
     Nadie puede servir a dos Señores opuestos; a la verdad y a los errores libres; a Dios y a los ídolos: a la voluntad de Dios y a la voluntad de los hombres: “Quien no está con Cristo, está contra Cristo” (Lc. IX, 39). “Nadie se salvó fuera de la Arca de Noé” (D.S. 870). “No existe otro nombre para la salvación”.
     La voluntad propia individual y libre no es la verdad divina, universal.
     El apetito volitivo no es el conocimiento racional de un objeto al cual se adhiere de modo libre.
     Quien afirma que “sólo la voluntad” lleva a la salvación afirma que toda voluntad libremente querida lleva igualmente a la salvación.
     No podemos amar igualmente la verdad y al error, a la luz y a las tinieblas, al Criador y a la criatura, a Cristo y a Lucifer, al conocimiento objetivo y al meramente subjetivo; a la verdad única y a la pluralidad de opiniones; a la verdad universal y a la opinión individual, “de cada uno”.
     El Vaticano II siguió esta perversión.

CONCLUSIÓN
     1. La Carta deja de lado el dogma de las verdades divinas y predica una práctica bajo el imperio de la voluntad humana.
     Aparta la Lógica racional de las verdades absolutas, del orden natural y de la Revelación divina, de Cristo-Dios que dice: “Yo soy la verdad”.
     Por lo tanto, excluye al único Dios verdadero: es atea.
     Es agnóstica: excluye la verdad absoluta; coloca la opinión incierta, relativa al arbitrio de cada uno. Todo queda al arbitrio: pertenecer a la Iglesia; someterse al Vicario de Cristo; pertenecer a la “Iglesia de los malos”; ser subversivo; ser anti-Cristo; anti-intelectualista; anti-conclavista; anti-sacramentalista; anti-dogmático; antí-autoritario; anti-imperialista; anti-teísta; esto es, ser ateo.
     2. Así la verdad será igual a los errores por el arbitrio de cada uno; la fe igual a la herejía. Dos cosas contradictorias, por el arbitrio, serán iguales, no se excluirán. No se distinguirá, por el arbitrio, entre fiel e infiel; entre Dios verdadero y dioses falsos, entre Cristo y Lucifer; entre el bien y el mal; entre lo racional y lo irracional; entre lo arbitrario y lo necesario; entre lo consciente y lo inconsciente. La voluntad propia es la suprema ley. Lo que “Dios quiere” será igual a lo que “Dios no quiere”: o que El aprueba, igual lo que reprueba; la voluntad de Dios será igual a la del hombre; el orden natural será igual al sobrenatural.
     Serán iguales el Realismo y el Agnosticismo; el Dogma y el Liberalismo; el Teísmo y el Ateísmo.
     3. Por lo tanto, todo poder vendrá del hombre y no de Dios; de la voluntad propia individual y no de la voluntad divina universal.
     4. Así, cada uno puede libremente seguir a dos Señores opuestos: a Cristo y al anti-Cristo; a Dios y a Lucifer. Ya no existirá verdad única, Dios único, criterio único de verdad, camino único de salvación. Cada uno tendrá el suyo; existirán multitud de dioses, de religiones, de caminos de salvación. Así pueden libremente mudar la verdad en error y los errores en verdades; el bien en mal y los males en bien.
     Por lo tanto, el Padre de la mentira podrá ser el Dios de la verdad y el Dios de la verdad podrá ser el del error.
     La libertad de acción ya no será limitada por la verdad; cada uno podrá seguir los errores. Ahora el “dios Janus”, con dos “verdades opuestas” ocupará el lugar de Cristo. La Monarquía de Dios será cambiada por la Democracia atea. En lugar de la separación entre fieles e infieles (2 Cor VI, 14-18), deberá existir “unión” de todas las religiones.
     5. Por lo tanto, lo diferente de la verdad ahora será indiferente; será igual a la verdad. Será indiferente la verdad divina y los errores humanos; voluntad de Dios o arbitrio de los hombres; pertenecer a la Iglesia de Cristo o a las iglesias de los ídolos y herejes.
     Así el que alguien es será igual a lo que no es; y lo que existe será igual a lo que no existe.
     La verdad absoluta será rechazada como absolutismo, imperialismo, dictadura. Lo inmoral será igual a lo moral; el pecado será igual a la virtud. Ya no se debe de impedir el mal, ni castigar a los malos. Todo depende de la libertad de “consciencia” individual, agnóstica, sin Dios, unida a su libre arbitrio.
     6. En esta doctrina la negación de la verdad absoluta es el centro de todo. Y, por ella, la negación del único Dios verdadero. Por lo tanto la Carta es atea.
     En ella se supone que el mal existe de modo igual que el bien; que el error existe de modo igual a la verdad y que no es mera privación del bien y y perfección de la verdad.
     Quien debe amar la verdad, amar a Dios, hacen el bien, si no ama y no hace lo que debe hacer, se priva de la perfección que debería tener y que de hecho no tiene por su culpa. Dios quiere salvar a todos; quiere que todos conozcan la verdad; da la gracia necesaria para esto y espera que los hombres cooperen con ella. Pero los que “no aman la verdad” caerán en la “operación del error” (2 Cor. VI, 14-18).
     La forma perfecta de la verdad y del bien debería existir en el hombre. Con la gracia divina es capaz de eso: “Sed perfectos...” pero el sujeto no es perfecto y es privado de la perfección por no cooperar con la gracia; por querer su voluntad y juicio propio, por no querer lo que debería querer. Todos los que se condenan se condenan por su culpa; no por no hacer lo que deberían hacer.
     En los Cielos y en el Infierno existen ángeles y hombres; pero unos con la voluntad y juicio ligados a la verdad y al bien y otros con la voluntad y juicios ligados a los errores y males.
     Y el Vaticano II predica este juicio y voluntad propia libre en la religión.
     El Apocalipsis dice que serán condenados los que “sirven a los ídolos y que aman y practican la mentira” (Ap. XXII, 15). “Todos los mentirosos irán al lago ardiente del fuego” (Ap. XXI, 8).
     7. Por lo tanto la Carta se aparta de la verdad absoluta, de la razón y de la Fe; se aparta del Dios verdadero, único y coloca al hombre en su lugar.
     Es atea.
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     P.S.— Sometemos nuestros juicios a la autoridad canónica de un papa fiel canónicamente entrante.
COETUS FIDELIUM N° 10
Marzo 2014
Traducción
R.P. Manuel Martinez Hernandez

martes, 18 de agosto de 2015

LA EXCOMUNIÓN DE UN SACERDOTE (III)

Por el Dr. Homero Johas

PARTE II.- SENTENCIAS DE LA CARTA CONTRA LA FE DIVINA (2)
3.- Falsedades heréticas.


     "Quiso Dios por su infinita misericordia, que los auxilios ordenados para la salvación por institución divina y no por necesidad intrínseca, en ciertas circunstancias, donde sólo el voto y el deseo existan, puedan también tener los efectos necesarios para la salvación.
     Vemos claramente enunciado esto en el Concilio de Trento sobre el Bautismo de la regeneración y sobre la Penitencia".

     La Carta pervierte el sentido del Bautismo y Penitencia por deseo. 
     Pretende igual efecto con causas desiguales. De un lado: "solo la institución divina" del otro lado: "sólo el voto o deseo" humano. Establece igualdad entre el hombre y Dios.
     Lo que es de necesidad absoluta, como medio único de salvación, según la palabra divina, se vuelve cosa múltiple, cosa relativa “sólo a la voluntad humana”, individual y libre.
     Por lo tanto la verdad absoluta se vuelve variable con las circunstancias.
     Lo que es fraude, falsedad, mentira.
     Existe enorme diferencia entre lo enseñado por el Concilio de Trento sobre el catecúmeno que se salva por el Bautismo de deseo y lo que enseña la Carta que cualquier hombre fuera de la Iglesia.
     El catecúmeno es un adulto con uso de razón y voluntad libre, con conocimiento de la doctrina cristiana, con voluntad libre para querer recibir el Bautismo y entrar en la Iglesia. Profesa, de modo público e explícito los artículos del Símbolo de la fe, de la verdadera fe universal, común a todos; quiere cumplir los preceptos divinos de ser bautizado y de entrar a la Iglesia; quiere tener la fe operante por la Caridad; profesa los dogmas de fe. Si no recibe el bautismo de agua es contra su voto y deseo, porque la muerte le impidió recibir el Sacramento.
     Según la Carta, cualquier adulto, con uso de razón y voluntad libre, en vez del Ciencia de la salvación, la fe universal, tiene ignorancia invencible de las verdades de fe; no profesan de modo explícito y consciente los artículos de fe, tendría apenas un deseo implícito e inconsciente de “adherir” a la Iglesia. No tiene una fe verdadera universal, confesada de modo público y explícito, ni las obras imperadas por el precepto divino; no conoce y no profesa los dogmas de fe.
     Si él no se bautiza, no entra en la Iglesia, no manifiesta el querer ser bautizado y el querer entrar en la Iglesia. Una adhesión libre a una Iglesia de esencia ignorada no está subordinado al deber de creer y al deber de obrar, por precepto del único Dios verdadero, por los únicos medios de salvación: la fe verdadera y la verdadera Iglesia, los Sacramentos, y los mandamientos.
     Mientras el catecúmeno cumple las condiciones de salvación por imperio de la autoridad divina tal hombre, fuera de la Iglesia, no manifiesta ni conoce la doctrina de la verdadera fe y ni quiere cumplir lo necesario para obtener la salvación eterna.
     Uno conoce y obra según los dogmas de la fe verdadera; el otro no conoce y no obra según estos. Uno no entra en la Iglesia contra su voluntad de querer entrar; el otro no manifiesta la voluntad del Bautismo de agua y de entrar en la Iglesia. Se somete a la autoridad divina, condición necesaria de salvación (Rom XIII, 1-2); El otro no.Uno tiene la fe verdadera que opera por la Caridad; El otro no tiene la fe verdadera, sino que la pervierte, afirmando no ser necesario lo que es de absoluta necesidad. Uno quiere entrar en la Iglesia por el Bautismo; el otro dice que “no es necesario” esto.
     Uno sigue el dogma de fe; el otro niega el dogma de fe. Uno sigue la verdad absoluta; el otro sigue su propria ignorancia; coloca una verdad variable con las circunstancias; no necesaria sino libre, no universal sino individual; no segura, sino insegura; no consciente sino inconsciente; no explícita sino ficticia; uno con la ciencia racional, el otro sin ciencia racional, con ignorancia individual, uno con la revelación divina, el otro con la ignorancia del Agnosticismo. Ahí se iguala el hombre a Dios; la verdad al error; lo necesario a lo libre; lo perenne a lo mudable; lo subordinado a la verdad y ley de Dios y lo no subordinado a la voluntad y ley de Dios.

     La Carta contradice al Concilio de Trento, a los dogmas de Fe. La Iglesia siempre enseño la universalidad, unicidad y necesidad del dogma de fe: “Fuera de la Iglesia nadie se salva”. Ella es el “medio único de salvación”.
     La Iglesia nunca enseñó que alguien se salva sin Bautismo; de agua, o de deseo; no enseñó la salvación sin querer expresamente recibir el Bautismo, sin conocer la doctrina sobre la fe verdadera. El Concilio de Trento enseñó siempre la necesidad del Bautismo con una forma, y no otra: “Si alguien dice que los Sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que, sin ellos o sin el voto de ellos, los hombres conseguirán la salvación sólo por la fe (...) sea anátema” (D.S. 1604).
     La Carta retira la necesidad del Bautismo y de la Penitencia como cosa necesaria para el perdón de los pecados. Iguala a quien quiere recibir estos Sacramentos a quien no los quiere recibirlos por excusas pervertidas y falsas doctrinas. Desliga la existencia del efecto de la existencia de la causa, o de la condición necesaria para que la causa produzca el efecto. Muda la voluntad de recibir el Bautismo y de entrar a la Iglesia como cosa no libre por simple necesidad de “adhesión” libre a la Iglesia, cuya identidad es ignorada.

     La voluntad humana natural no opera por la fe sobrenatural cuando contradice el dogma de fe universal y no observa los mandamientos, o, por lo menos manifiesta de modo explícito, o deseo de observarlos.
     Sin la fe operante por la Caridad, la voluntad natural no produce el efecto sobrenatural.
     La fe no es sólo un acto de voluntad libre individual, es también un acto de razón, una promesa de cumplir el deber de creer y el deber de obrar según las verdades y los mandamientos imperados por la autoridad divina. Así, retirándose el objeto racional del deber de creer no se produce el efecto de la fe operante por la Caridad. Tal fe, si existe, está en el juicio y voluntad propria del sujeto humano; y no en el único Dios verdadero.
     Ahí se enseña la consecución del fin de la salvación sin el medio único necesario para conseguirlo. Los pecados individuales serian perdonados sólo por el acto de voluntad humana; con cualquier fe querida por la voluntad individual; sin la fe en aquello que la autoridad de Cristo incluyó en el deber de creer. El hombre aquí se separa de la autoridad divina de Cristo.
     Aquí se destruye la subordinación necesaria a la Sede de Pedro para salvarse (D.S. 875); Mas allá del apartamiento de la necesidad de los Sacramentos queridos, por la voluntad humana (Rom. 13,1-2).
     Tales personas por esto, son: anti-intelectualista; anti-conclavistas y anti-sacramentalistas. En realidad son anti-cristianos. Como todos los herejes niegan la “subordinación” a la Sede de Pedro (D.S. 3060) y la recepción necesaria de los Sacramentos. Entretanto el Concilio de Trento condena: “Si alguien dice que el Bautismo es libre y no necesario para la salvación, sea anátema” (D.S. 1618).
     Lo mismo está dicho sobre la Penitencia; “Si alguien niega que la confesión sacramental, o que no fue instituida por derecho divino, o que no es necesaria para la salvación (...) sea anátema” (D.S. 1706).
     Se coloca estos Sacramentos como “auxilios” útiles, como superfluos, de modo que “sin ellos”, la salvación podría ser conseguida. Y también sin entrar en la Iglesia, igualmente, la salvación podría ser conseguida. Por esto no es siempre necesario el deseo explícito de los Sacramentos y de entrar en la Iglesia. (D.S. 1604).

     Se afirma que los Sacramentos no son de “necesidad intrínseca”.
     Entretanto, lo que no es de necesidad ontológica, absoluta, puede ser de “necesidad absoluta sólo por institución divina”. Lo que Dios quiere, de modo absoluto, por sus enseñanzas, es de necesidad absoluta. Por lo tanto es falso que “Dios quiso” dos cosas opuestas por contradicción, cosa que es contra la “necesidad intrínseca”, metafísica. Ahí, se niega la necesidad metafísica la cual el proprio Ente divino está subordinado: “El no puede ser y no ser, al mismo tiempo, bajo el mismo aspecto”. Así la Carta va contra lo que es de necesidad metafísica. Y coloca la voluntad humana del agnóstico sobre la verdad absoluta de los seres que existen. Encima del principio de identidad y de no contradicción. Ahí se subordina la voluntad divina a la humana y se coloca al arbitrio humano sobre la verdad del ser, en cuanto ser. Los principios ontológicos de los seres estarían subordinados “sólo a la voluntad humana”. La voluntad de cada uno determinaría lo necesario y lo no necesario; la verdad y el error como pretendieron racionalistas ineptos, condenados por Pió IX (D.S. 2903).
     El sofisma de la supremacía absoluta del arbitrio de cada uno.
     La fe divina y los mandamientos divinos universales, en la verdad de las normas del creer y del obrar, no pueden estar subordinadas a la pluralidad de voluntades libres individuales opuestas entre si porque la verdad es única y no múltiple. No está bajo el examen libre de los sujetos como lo pretendió la estulticia de Lutero.

     Condenó el Tridentino la sentencia de Lutero:
     ‘Si alguien dice que fuera de la fe, en el Evangelio, nada fue preceptuado; que son indiferentes las otras cosas, no preceptuadas y no prohibidas, sin embargo libres; o que no pertenecen a los cristianos los diez mandamientos, sea anátema” (D.S. 1569).
     Los preceptos que son los mandamientos están incluidos en las verdades de la fe. La misma verdad divina impone “deberes” en el creer y en el obrar. Y “la verdad no contradice a la verdad” (D.S. 1441). El mismo Dios impera ambas normas. La misma razón conoce la Lógica, la Ontologia y la Etica. No la voluntad libre de cada uno.

     Por lo tanto la fe verdadera es universal, es perenne, no varía “conforme as circunstancias”, conforme con los “deseos humanos”, conforme con “lo que quieren los hombres de nuestra época”, como pretende el Vaticano II, contra el Vaticano I (D.S. 3020). Tal doctrina está bajo anátema de la Iglesia (D.S. 3043). La verdad arbitraria no es verdad racional porque la razón es una facultad no libre y la voluntad es facultad apetitiva y no cognoscitiva.
    La libertad sobre materia religiosa es la negación de la forma racional no libre sobre el objeto de la verdad religiosa. Sólo un irracional puede afirmar esto.

     La Carta afirmó antes la validez del dogma de fe para los que lo conocen; y después afirma la invalidez para quien lo ignora. Relativizan la verdad divina de necesidad absoluta, a los individuos humanos. Y el no conocimiento de la verdad divina, la ignorancia, también salvaría. Y con esta ignorancia en la parte racional, la “adhesión” libre, de la parte volitiva individual al que por la razón no conocen, también salvaría. Por lo tanto la salvación quedaría bajo el arbitrio humano. Y en vez de la “ordenación de Dios” (Rom 13,1-2) “cada uno se ordena a si mismo por sentencia de su proprio espíritu” (Vaticano II ). Así el “juicio proprio” del hereje (Tit. 3,10-11) ahí se substituye la verdad universal de Dios. No se habla ahí en verdad de Dios, sino “voluntad de Dios” y en “voluntad propia”. Y esta genera la “fe propia” y la “norma propia”, por el amor propio. La libertad religiosa individual excluye la verdad religiosa universal, la subordinación a un sólo Dios verdadero, único (Rom. 13,1-2). El Dogma es apartado por la Ética agnóstica.


     Por lo tanto, no se cambia la verdad universal por la voluntad individual; el dogma por opiniones humanas; los mandamientos de Dios por los deseos de los hombres; la obediencia a Dios por el consenso de las voluntades humanas.
     Para salvarse, por voluntad divina, es necesario confesar la fe divina universal íntegra y recibir el Bautismo y observar los mandamientos divinos y obedecer al Vicario de Cristo; tener conocimiento de la fe cristiana y no “ignorancia” de las verdades de Cristo y de modo “inconsciente”, según la voluntad de los hombres. Nadie se salva haciendo su propia voluntad, por “sentencia propia”, sin Dios. Esto es Ateísmo.


4.- CAMINO DEL ANTICRISTO

     “La Iglesia es un auxilio general para la salvación. Por lo tanto, para que alguien obtenga la salvación eterna, no es necesario siempre que este realmente incorporado a la Iglesia como miembro”.


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     1. Se coloca un “deber” moral de decir, subordinado al arbitrio individual, una norma ética, contra el Magisterio universal de las verdades divinas que deben ser creídas, por autoridad divina. Los Concilios confiesan el dogma universal firme: “Creemos que nadie se salva fuera de la Iglesia”. Ella es el “único medio de salvación; cualquier otro camino lleva a la perdición eterna. (D.S. 1351).
     Aquí se subordina la Lógica racional y el Dogma de fe universal a una Ética, norma del obrar, desvinculada de la norma del creer. Se aparta de la fe verdadera. Se sigue una “norma de obrar” que viene “sólo de la voluntad y deseo” de cada uno; no de la razón ni de la Revelación divina. Tal es la Ética laica, de los ateos, de los agnósticos, de los anti-católicos, de los que se fundan en las voluntades humanas y no en las verdades  leyes divinas.
     Este “deber de decir” contradice el “deber de creer” en el dogma de fe universal. Procede del sofisma según el cual lo que es “sólo de institución divina” no es de “necesidad absoluta”, sino apenas un “auxilio” libre, sin el cual la salvación puede, igualmente, ser conseguida.
     Esto viene de la “Razón Práctica” de Kant, procedente de la “Razón teórica” del Agnosticismo.
     Mons. M. Lefebvre se separó de la Lógica absoluta de los principios y el Dogma para usar este concepto práctico, como los agnósticos. Quien no sometió su juicio”, como los herejes (Tit. III, 10-11) y su voluntad “en obsequio a Cristo” (2 Cor X, 5). Sigue el Modernismo separándose de las verdades de fe (D.S. 3426), condenado por Sao Pío X.
     La secta de los acéfalos también dice que “un papa no es necesario”, “no existe el acuerdo de los hombres", de los “nuevos católicos”.
     Convierten la obra divina en obra humana (Gregorio XVI).

     2. Por la Iglesia la identidad que existe entre la necesidad del Sacramento del Bautismo y la de entrar a la Iglesia es que ambos son de necesidad absoluta para la salvación. Pero según la Carta y los herejes, ambos no son necesarios para la salvación. Cambian el dogma. La Carta es una contradicción a los dogmas de la Iglesia. No quiere el “Cristianismo dogmático” (D.S. 3465). Substituye a Dios por el arbitrio de los hombres. Dios seria igual al hombre. Ahí está la libertad y la igualdad de los agnósticos, de los masones, de los “derechos individuales” separados de las normas universales del creer y del obrar procedentes de Dios.

     3. Como consecuencia de la falsa concepción del Bautismo de deseo, enseñado por la fe católica, que exige ser miembro de la Iglesia para la salvación eterna; ahora se niega la necesidad del bautismo, y de pertenecer a la Iglesia para la salvación eterna. Se niega el dogma de fe “fuera de la Iglesia nadie se salva”, la Iglesia es el único medio” de salvación. Se predica de modo contrario a lo que enseña la Iglesia sobre los catecúmenos: ellos profesan la fge verdadera y contra su voluntad no reciben el Bautismo de agua. La Carta, al contrario, deduce que no es necesario pertenecer a la Iglesia para salvarse; no afirma la necesidad de la Ciencia de salvación que existe en la fe universal; ni la necesidad del Bautismo; ni la de querer pertenecer a la Iglesia. Enseña que el Sacramento y la Iglesia son meros “auxilios” y que, sin ellos, la salvación puede ser conseguida. Contra el Concilio de Trento (D.S. 1604). Contra el dogma (D.S. 1618). El Dogma es cambiado por el Liberalismo. Por el fraude: lo necesario se vuelve no necesario. En lugar de la norma racional del creer, la norma ética da “adhesión” volitiva, libre, sin la obediencia a la autoridad divina superior a la autoridad divina de la cual proceden el deber de creer y de obrar.

     4. Hay otra contradicción a otro dogma: el de la necesidad de la obediencia al Pontífice romano para la salvación (D.S. 875); reiterado por el Vaticano I (D.S. 3060). Por el “juicio” de cada uno, por el arbitrio individual: por esto, sólo hacen su voluntad y no obedecen al Pontífice romano y al Magisterio universal de la Sede de Pedro. Lo que está condenado por Dios (Rom. XIII, 1, 2). La Carta es una obra prima de la malicia. En vez de la obediencia a Dios, cada uno obedece su verdad, su fe propia, su norma propia.

     5. Pero nadie puede tener “adhesión” volitiva a la Iglesia, por norma ética, si antes no conoce la Iglesia y está “inconsciente” sobre el objeto al cual se debe “adherir”. Quien desprecia el dogma, la norma del creer, no sabe cual es la verdad de fe universal a la cual debe “adherir”.
     Por lo tanto él acreditará lo que quiso; “su verdad”, “su fe”, en si mismo y no en Dios. Apartó el objeto imperado por la autoridad divina y escogió libremente aquello que quería creer. No se aparta impunemente la razón y la verdad universal.
     Así tal persona no se salva porque o su camino de salvación es el de su juicio propio y no el camino único de Dios, de Cristo. Contradice el camino de Cristo; quiere otro, separado de Cristo, el del anti-Cristo.
     “Quien no está con Cristo está contra Cristo”.

5.- Implícita negación de la fe

     “Pero no siempre es necesario que este voto sea explícito, como en los catecúmenos. Donde el hombre padece de ignorancia invencible, acepta Dios el voto implícito. Está ele contenido en la buena disposición del alma por la cual el hombre quiere que su voluntad sea conforme con la voluntad de Dios”.
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     1. Continua la Carta cambiando lo que es necesario por lo que no es necesario; quiere cambiar el dogma, el Derecho divino, el Magisterio de la Iglesia, retirar la necesidad absoluta de la verdad racional natural y de la fe divina. No es necesario el Bautismo y la Penitencia para el perdón de los pecados; ni pertenecer a la Iglesia; ni que el deseo de pertenecer a la Iglesia sea explícito y consciente. Esto es, no es necesario que exista en el orden público, exterior de la Iglesia; visible, ni que distinga entre los muchos artículos del Símbolo de Fe que son propuestos por la Iglesia; cada uno con una verdad distinta de otro: sobre la Santísima Trinidad, encarnación del Verbo, Sacrificio de Cristo, resurrección de la carne, remisión de los pecados, comunión de los santos...
     San Pablo ordena la confesión pública de la fe (Rom. X, 10). La Iglesia ordena creer en todo lo que enseña su Magisterio universal como verdad revelada (D.S. 3011).
     El objeto de la voluntad que quiere “adherir” a la Iglesia es una verdad racional que debe ser creída y mantenida, sin lo que el acto de la voluntad no seria determinado. Quien manda el deber de creer, impera también lo que debe ser el objeto del acto de creer.
     En el adulto, dotado de uso de razón y de voluntad libre exige la Iglesia que no sólo “quiera” pertenecer a la Iglesia de modo explícito; sino que sea también “consiente” e “instruido” sobre las verdades de fe que son necesarias conocer por “necesidad de medio” de salvación (Canon 752). (D.S. 2380).
     La Iglesia niega el Bautismo a quien no sea un “creyente explícito” en las doctrinas de la fe (D.S. 2381). Ella exige que la persona crea no sólo en la existencia de Dios, sino que también tenga: “fe explícita en Dios remunerador” (D.S. 2122).
     “Sin la fe verdadera es imposible agradar a Dios” (Hebr. XI, 4). Quien ama a Dios busca conocer lo que pertenece a la ciencia de Dios y cumple sus mandamientos.

     2. Se pretende la salvación por la “ignorancia” sobre las verdades de fe; sin el objeto racional de la fe imperado por Dios a la criatura, su Divinidad, su doctrina, sus leyes. Con el “voto inconsciente”con silencio sobre la fe en el orden exterior. El voto implícito es una implícita negación de la fe en el orden exterior (Cánon 1325). Quien no confiesa la fe delante de los hombres, también Cristo no lo confesará delante de su Padre, en los cielos.
     No puede existir “fe sobrenatural” en quien contradice dogmas de fe y no confiesa la fe, de modo explícito, en el orden exterior. Y quien tiene la f determinada “sólo por voto y deseo” individual y libre. Sin integridad de la fe nadie se salva (D.S. 75). Quien no cree en aquello que es el objeto del deber de creer, de modo explícito y público, pudiendo y debiendo hacerlo, no se salva (Jo III, 18).

     3. En los adultos, dotados de uso de la razón y de voluntad libre, creer y amar a Dios es imposible sin la gracia de Dios. Dios no manda cosas imposibles (D.S. 1536). Esto es herejía de los jansenistas (D.S. 2001-2006). El hombre tiene el deber de cooperar con la luz y gracia divina y no de mantenerse pasivo en el Quietismo (D.S. 1554). “Quien no escuche a la Iglesia sea para ti, como un pagano” (Mt. XVIII, 17). Dios “no acepta” lo que es opuesto a la Revelación divina y al Magisterio universal de la Iglesia. Lo que “Dios quiere” no es la contradicción a los dogmas de fe; el libre-examen de la Revelación. El “querer” que todos los hombres vengan al conocimiento y se salven (1 Tim II, 4); mas no por el juicio propio; sino según la ordenación de la Iglesia. Lo que “es bueno y acepto delante de Dios” no es lo que enseña la herejía; sino lo que enseña el Magisterio de la Iglesia. El Vaticano II invierte la doctrina; usa fraudes.

     4. No tiene “buena disposición del alma” los que mutilan y contradicen los dogmas de fe y no se someten a los deberes de creer y de obrar. Tales personas tienen mala disposición del alma; invierten el bien y el mal (Is. V, 20), por la malicia viperina. Son subversivos, con su “juicio propio” (Tit. III, 10-11).

     5. La voluntad de Dios está contenida en los dogmas y leyes del Magisterio de la Sede de Pedro y no en la voluntad propia de las personas subversivas, no sumisas a este Magisterio. No existe “conformidad” entre la verdad divina universal y las voluntades humanas individuáis de los que contradicen al Magisterio universal de la Iglesia. La conformidad de la mente y voluntad de los fieles no es la mente y voluntad de los infieles. No existe conformidad entre el Templo de Dios y los templos de los ídolos (2 Cor VI, 14-18). No existe igualdad entre doctrinas opuestas por contradicción, entre Lucifer y Cristo. “Quien no está con Cristo, está contra Cristo”. Quien desprecia el Magisterio de la Iglesia, desprecia a Cristo (le. 10,16).
     “Así como el hombre está obligado a creer, así también está obligado a creer de modo explícito” (S.Tomás, S.T. 2-2,2,5).
     San Pablo ordena la confesión pública de la fe (Rom X, 10), no la implícita e inconsciente.
     Quien tiene “consenso con la iniquidad”, no tiene consenso con la verdad divina.
     Los hijos de las tinieblas tiene consenso con las doctrinas de las tinieblas; no con las doctrinas de los hijos de Dios por adopción.

     6. Los hijos de las tinieblas dirán que “Pio IX tuvo el mérito de introducir en el Magisterio de la Iglesia” la doctrina de la salvación fuera de la Iglesia por voto implícito, por ignorancia invencible.
     Tal sentencia es enteramente falsa Pio IX enseñó el dogma de Fe: “fuera de la Iglesia nadie se salva”. Nada enseñó sobre voto implícito e inconsciente. Enseñó que la “ignorancia invencible”, en los que poseen de hecho la buena disposición del alma, cumpliendo la ley natural, teniendo disposición para obedecer a Dios; viviendo de modo honesto y recto, “por la operación de la luz divina y de la gracia”, puede conseguir la salvación eterna, no teniendo pecados personales. Dios puede no dar la gracia como pena de pecados personales, por acto de justicia. Por lo tanto, Pio IX nada cambió en el Magisterio de la Iglesia en ese punto.

       7. Por lo tanto, la no confesión pública y explícita de la fe es el “silencio de los impíos en las tinieblas” (1 Reg. II, 9). Es un silencio condenado por Clemente XI en los jansenistas: la fe debe ser confesada de modo implícito y explícito; de modo oculto y público; interior y exterior. Fuera de la Iglesia, con el “inconsciente”“implícito”, no se está en el orden público y visible de la Iglesia; existe aquí ‘‘una implícita negación de la fe”.

COETUS FIDELIUM
N° 10 Marzo 2014
Traducción:
R.P. Manuel Martinez H.