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lunes, 13 de julio de 2015

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

     Jesucristo es la Sabiduría encarnada. Aquella Palabra con que el Padre se habla a Sí mismo en la eternidad, habló a los hombres en el tiempo. Aquella Palabra que es idea substancial e imagen perfectísima del Padre apareció entre los hombres, llena de gracia y de verdad.
     He aquí un pensamiento que agobia. El Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros. Y el Unigénito del Padre fue el Unigénito de María y el Primogénito de los hombres. Y la Majestad tomó arreos de esclavitud y servidumbre. Formam servi accipiens.
     Era la Luz, procedente del Padre de las luces.
     Era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
     Pero los hombres, ciegos, no lo comprendieron. Amaron su noche larga, con fiebres y pesadillas de pecado. Nació el hombre para la luz; pero es el enemigo dela Luz. Y violó la ley natural, deshecho las enseñanzas de los profetas, desaprovechó aquellas lumbrecitas de verdad que chispearon en las doctrinas de la filosofía pagana.
     Ahora el Padre, mi Padre de los cielos, envía su luz. Y el mundo, encuadrado en malignidad, no lo conoció. Y los suyos no lo recibieron.
     Ni los suyos de entonces, ni los de ahora. Suyos son los cristianos, los que llevan su nombre. Pero ¡Qué caricaturas y deformaciones de la imagen de Cristo!
     ¡Tampoco hoy te conoce ni te recibe el  mundo! Y así anda el mundo. ¡Si en sus gobiernos y asambleas predominaran los que son tuyos de verdad!
     Cuenta San Agustín que los filósofos platónicos quedaban sobrecogidos por aquel profundo, luminoso, nuevo pensamiento de San Juan: in principio erat Verbum. Hasta quisieron esculpirlo en mármol para que destellara entre los pensamientos en que cifró su pensar hondo la filosofía griega.
     Pero al llegar a las palabras: Y el Verbo se hizo carne, se detenían escandalizados. El Verbo, de quien se da idea tan valiente, ¿humanarse y nacer de mujer, vivir entre hombres, ocultarse en Palestina, morir en cruz? y rechazaron, soberbios, lo que habían columbrado con su sabiduría.
     "Quantum propinquabant intelligentia, tantum superbia recesserunt". Yo, Señor, lo creo y lo confieso. Y lo repito, doblando mi rodilla. Y bendigo la hora de tu santa encarnación.
     Aquí la exclamación trémula y unciosa del clásico Luis de Granada: "si no tuviera la torpeza del hombre necesidad de estos estímulos para bien vivir, mejor fuera adorar en silencio la alteza de este misterio que borrarlo con la rudeza de nuestra lengua..."
     Veamos, guiados por la mente soberana de Bossuet, la altura en donde vive el Verbo, los escalones que baja, el abismo a que se humilla.
     Su altura es inaccesible. Es aquel santuario arcano, aquel misterio que ciega con la viveza de su resplandor, aquel trono del anciano de días. En el principio era Dios, y el Verbo estaba con Dios. Y el Verbo era igual al Padre y al Espíritu. Inmenso, eterno, incomprensible. Su sabiduría, su santidad, su poder, ni podían crecer no ser más de lo que es. Todas las cosas fueron hechas por Él. y en Él estaba la vida. Vuela, alma mía, y abísmate...
     Los escalones... Pero veamos ahora cómo la soberana grandeza desciende a la infinita bajeza.
     1° Se hace hombre, esto es, inferior a sus ángeles. Toma una naturaleza menos noble, en que hay de animal. Hacerse ángel hubiera sido humildad. Y se hizo hombre. Et homo factus est!
     "¿De dónde viene, me pregunto con el padre Faber, esa predilección por la raza humana? ¿De dónde esa preferencia sobre la naturaleza angélica? Quizás para abrazar de ese modo todas las creaciones bajo su imperio, reunirlas en un perfecto conjunto, así las más elevadas como las más humildes, y acercarlas en la unidad de Dios..."
     "Ninguna cosa hay -dice San Bernardo- más alta que Dios, y ninguna más baja que el cieno de que el hombre fue formado. Mas con tanta humildad descendió Dios al cieno, y con tanta dignidad subió el cieno a Dios, que todo lo que hizo Dios  se diga que lo hizo el cieno, y todo lo que sufrió el cieno se diga que lo padeció Dios" (P. Granada)
     2° Pero no basta. Mi salvador baja un segundo escalón. Se hizo semejante a los pecadores. Lo dice San Pablo: forma servi accipiens... En efecto: no toma la naturaleza humana, sana, incorruptible, inmortal, sino en el desdichado estado a que lo redujo la caída. Expuesta al dolor, a la muerte... Dios inmortal, impasible, fuerte, poderoso, es ahora mortal, varón de dolores, desecho de la plebe.
     Tomó las apariencias del esclavo. Y los que lo veían decían: es el hijo del carpintero. Por algo usa San Pablo una palabra encarecida: exinanivit, Se anonado a sí mismo...
     3° Aun más: Puer natus est nobis. Pudo tomar un cuerpo formado. Y, sin embargo, prefirió hacerse hombre, hermano nuestro, siguiendo el proceso de los niños que nacen de mujer. ¡Que bien lo canta la Iglesia en el himno del Te Deum: non horruisti virginis uterum...! Y el P. Granada pondera: no parece haberse humillado tanto en la cruz...
     Este misterio de la Encarnación le pone alas al ingenio humano, pero le pone trabas a su lenguaje. Es un misterio para ser adorado y paladeado en silencio, como fue silenciosa la estancia de la Sabiduría en el seno de la Madre...
     Pero digamos con  palabras balbucientes, que fue misterio de amor y de humildad inaudita...
     ¡Así amó Dios al mundo! No es, como en la creación, un salir de sí para producir seres que se le asemejen. Es que viene en persona a ocupar su puesto en su creación.
     Sale de su eternidad para entrar en nuestro tiempo. Nació, vivió, padeció, murió.
     Sale de su inmensidad para hacerse pequeñito. Hombre, niño, Hostia... Nobis natus, nobis datus...
     Sale de su opulencia para hacerse pobre. Por nosotros, dice San Pablo, egenus factus est. Para que fuésemos ricos se hizo indigente... Y fue obrero e hijo de artesano. Faber et fabri filius...
     Sale de su gloria para vestirse de nuestra miseria y hacerse varón de dolores. Y se ofreció porque quiso. Oblatus est quia ipse voluit! Porque nos amó hasta el exceso... Como nos lo recuerda la liturgia del día de la circuncisión.
     Propter nimian caritatem suam qua dilexit nos Deus...
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

jueves, 14 de mayo de 2015

TESTIMONIO DE LA LUZ

     "El era antorcha ardiente y luciente".
     Estas palabras de Cristo son una cascada de luz sobre la figura de su Precursor.
     Antorcha. Heraldo de la luz, dio testimonio de Cristo. Llamarada que surge en el desierto como una columna de espiritual iluminación.
     Ardiente. Quemó su vida en el holocausto de una misión exigente y suprema. Se disminuyó, desapareció, para que medrara el Cordero de Dios.
     Luciente. Así fue su vida, su doctrina, su  muerte. Alumbrar almas, pregonar la verdad entre los plebeyos y los poderosos, adoctrinar discípulos para entregárselos, gozosamente, al Maestro. Decir: "no es lícito" a los prepotentes desenfrenados. Y acabar, en la oscuridad de un calabozo, a los caprichos de una liviana danzarina.
     Pero esa antorcha que pareció extinguirse en el calabozo sombrío, dejó un reguero de ejemplaridad que no se puede apagar.
     Ser antorcha de Dios. ¡Arder! ¡Lucir!
     Juan Bautista fue el primer predicador del Nuevo Testamento. Y la medida de todos los demás...
     Hay dos maneras de atraer a los hombres a Dios: el milagro y la santidad de vida.
     Juan Bautista solo alzó, de frente a su auditorio, su vida austera y heroicamente virtuosa.
     Y las muchedumbres fueron al desierto, mas para verlo que para oírlo. Lo descollante en él era su vida, su testimonio, mas que su palabra. Fulget jejunio, dijo de él el Crisóstomo. Es decir: resplandeció por su incomparable austeridad. Y nos dejó, con el martirio, el ejemplo de la lealtad a la verdad y al deber. Fue antorcha. Ardió, lució. Se consumió.
     "De la mayor parte de los hombres -escribe el P. Faber- puede decirse que carecen mas bien de calor que de luz, o en otros términos, que en la práctica quedan muy inferiores a sus creencias. Sin embargo, hay una multitud de almas buenas, nobles y sensibles, a quienes más bien falta luz que calor. Si supieran algo más acerca de Dios, de si mismas, de sus relaciones con Dios, le servirían mejor y le amarían mucho mas".
     El mundo de hoy necesita luz y calor. Verdad y amor. Necesita la eficacia de los testigos de la luz, de los que se convierten en vida las enseñanzas del Evangelio. El mundo, cansado de la bellas palabras y las reiteradas exhortaciones, cree tan solo al testimonio de la vida.
     Oh, Cristo: yo necesito tu luz y tu calor.
     Para mí y para mis hermanos.
     Tengo en el alma tinieblas y frío. Como las de Egipto; como las del Viernes Santo a la hora de tu muerte. Esas tinieblas que nacen de la ignorancia, de la obstinación, de la pasión, del pecado.
     Me han hablado doctoralmente los sabios del mundo.
     ¡Qué fatuo chisporroteo el de esas lumbreras!.
     ¡Qué estéril, caótica y peligrosa la ciencia del mundo! Desde que he leído sus disertaciones y sus "ensayos", ellos y yo caminamos más a oscuras aun...
     Palpamos nuestra noche larga y terrible.
     Señor: yo llevo el alma encogida y agarrotada de frío. Hay misterios de tu vida que debieran tenerme el alma en ascuas: Encarnación, Eucaristía, Pasión. ¡Dios-Hombre! ¡Dios-Pan! ¡Dios-Víctima!
     Pero yo sigo buscando el fuego en el arrimo de las criaturas y sigo teniendo el corazón como un témpano...
     Tú dijiste: ¡Yo soy la luz del mundo! alúmbrame y deslúmbrame de una vez para siempre.
     Tú dijiste: Fuego vine a traer, ¿y qué quiere sino que arda? Incéndiame el corazón, Señor, como incendiaste el de Pablo, el de Catalina, el de Teresa de Jesús. Quiero ser antorcha de Cristo, ardiente y luciente. Antorcha que se consume, para que Tú subas y reines.
     ¡Antorcha que, al pasar, ilumine, abrase y de testimonio de Cristo y de la eficacia de su Evangelio!
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

viernes, 1 de mayo de 2015

EVANGELIO, LIBRO DE LA BUENA NUEVA...

     La apologética, que tiende a demostrar las armonías de la Fe con las demás formas de la Verdad, es útil y necesaria y ha tenido su periodo de florecimiento. Es uno de los puntales de nuestra fe.
     Pero, confesémoslo, su lenguaje es a veces demasiado intelectual, poco asequible, convincente pero no sabroso.
     Hoy, sin duda por moción del Espíritu Santo, hay minorías y agrupaciones selectas que quieren nutrir sus creencias en fuentes más intimas, en la nativa pureza de los manantiales...
     Existe una manifiesta voluntad de retorno a la Biblia, a los Padres de la Iglesia, a la liturgía o culto integral del Cuerpo Místico.
     La predicación y la exposición doctrinal de los últimos años tenía ya un copioso repertorio de frases hechas y de fórmulas gastadas, que resbalan, ineficaces, sobre el alma de muchos cristianos.
     ¿Por qué no volver a la Palabra Eterna, a los cofres archimillonarios de los Padres, a la voz entrañable de la Iglesia orante?
     Tomemos el Evangelio. "El Evangelio -dijo Monseñor D´Hults-, no es solamente una voz que habla al alma; es también un espíritu vivo que desciende sobre ella..."
    Es fresco, nuevo y persuasivo como el primer día...
     El mensaje de los ángeles navideños nos silgue colmando el alma de secretas dulzuras y esperanzas...
     El sermón de la montaña, con sus bienaventuranzas, sigue siendo lámpara de santificación individual y de paz social...
     Las palabras de Cristo en la cena y en la Cruz son eternas, conmovedoras y lacerantes.
     En verdad, "nadie ha hablado como Él"..., según confesaban sus oyentes...
     En verdad, "Tu, Señor, tienes palabras d vida eterna"...
     Porque Cristo es la luz del mundo. El nos trajo palabras de cielo, divinas, conocidas en el seno del Padre.
     Y si es verdad que el Evangelio es una doctrina y una moral, es, ante todo y sobre todo, una Persona. Cristo es el Evangelio, la Buena Nueva, la Vida.
     -Veni et vide... Ven y mira, decía Jesús a los que andaban inquietos en busca de la verdad.
     San Juan vio, y después dio testimonio. Y escribió de lo que había visto... "Quod vidimus..."
     San Pablo vio, y después pudo decir: "no tengo otra ciencia sino Cristo, y Cristo crucificado. Mi vivir es Cristo".
     San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola vieron y quedaron prendados y prendidos de Cristo.
     Estos dos santos, comenta E. Boularand, S.J., "son convertidos de escasa cultura intelectual. Ellos aprenden a Jesucristo directamente, sin tamizarlo a través de las doctrinas Paulinas, como por ejemplo Dom Columba Marmión. El Salvador crucificado, por una gracia de extraño poder, graba sus trazos en sus corazones y los lanza en su seguimiento, como a los apóstoles. De esta suerte, la imitación de Cristo que ellos nos proponen tienen algo de simple. Es la del modelo evangélico contemplado en sus actos, percibido en sus palabras, vivido en su espíritu.
     Su idea de la santidad se reduce a amar al Salvador, a seguirlo mediante una respuesta heroica a su llamamiento, en pobreza y en humildad y en llevar gozosamente la cruz.
     Por eso San Francisco de Asís, según se colige de sus escritos, concede soberana importancia a las palabras, a la vida, al Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
     Por eso san Ignacio, en su libro de los Ejercicios, nos hace pedir la gracia de conocer a Cristo íntimamente en todos sus misterios, de sentir sus dolores y sus gozos, para mejor amarlo y seguirlo".
     Leeré el santo Evangelio. Me acercaré a sus páginas con ojos sencillos y corazón abierto. Y notaré que al fresco hálito de sus páginas, sencillamente sublimes, se me irá clarificando el alma. Sus cláusulas candorosas desarman interiormente todo ese tinglado de suficiencia y d pedantería ridícula que es nuestro hablar y nuestro saber. El Cardenal Gomá escribía: "Te asegura este ya viejo obispo, que ha revuelto muchos libros durante su vida, que no hallarás lectura más regalada y provechosa que la del Evangelio si llegas a tomarle "su gusto". Y el Cardenal Mercier, en el atardecer glorioso de su vida, , decía a un religioso:
     -"¿Quiere usted ver mi biblioteca? Véala aqui..."
     Y señalaba, en un extremo de su escritorio, el Evangelio y las Cartas de San Pablo...
R. P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

domingo, 15 de marzo de 2015

EN LA ESCUELA DE LA BIBLIA

     La Sagrada Biblia es un libro único: por ser obra de Dios, tesoro de un pueblo, pan de todas las almas y rey de todos los libros.
     No es el libro más antiguo de la literatura universal; pero sí el más rico de influencias. Pasan los siglos y no envejece la juventud de sus páginas. Pasan los hombres y él sigue diciéndoles palabras de eternidad.
     El Antiguo Testamento fue compuesto para una exigua comunidad de tribus. El Nuevo Testamento para una iglesia naciente. Hoy es un libro mundial.
     Tal vez sea el libro más difícil. Existe lo que se llama el problema de la Biblia, que sólo la Iglesia Católica sabe resolver. Y es totalmente serio: no tolera la frivolidad ni la curiosidad malsana; no admite la divagación superficial.
     Desnudamente bello, a fuerza de verdad y de simplicidad, encubre las venas profundas de la vida.
     Atrae por el prodigio múltiple de su interés cultural, histórico o literario; pero lo achicaría y lo rebajaría quien sólo a tales visos lo mirase.
     Porque la Biblia es, ante todo, palabra de Dios. Es mensaje divino y eterno. Su misión es la más alta: la revelación de los designios de Dios, la promulgación de su voluntad, la comunicación de sus torrentes de vida.
     Es libro inspirado y sagrado. Hay que tratarlo con reverencia, como al cáliz de la consagración.
     León XIII lo llamó “alma de la Teología”. Porque habla de Dios; y todo: hombres y cosas, lo mira a la luz de Dios.
     Divino por su origen y por la continua y dominadora presencia de Dios en todas sus páginas, es profundamente humano. La Biblia ennoblece mi genealogía, la centra en los planes de la redención y la encamina hacia la ciudad permanente.
     En sus páginas alienta la más bella exaltación de la vida humana. Porque allí la vemos procedente de Dios, desviada y azotada por el pecado, rescatada por el Salvador e injertada en una Iglesia que abraza el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad.
     Leyendo la Biblia, yo sé de dónde vengo y hacia dónde voy; yo sé el porqué del trabajo, del dolor y de la muerte.
     La Biblia es la educadora del hombre. No es un tratado sistemático de doctrinas religiosas o morales expuesto en formulación definitiva; pero sí es una doctrina total. Habla en estilo directo, real, conciso, muchas veces apasionante. Y tiene un mensaje para las necesidades de cada corazón.
     Se ha dicho que es libro de todas las horas: la del sufrimiento, la del gozo, la del optimismo. Tan sólo el Salterio expresa toda la gama de los sentimientos humanos. ¡Cuántos han llorado y cantado al compás de los versículos de David!
     Es libro de oración y de edificación.
     En la Biblia está la norma y el modelo de todas las plegarias y también las fórmulas más conmovedoras, que saltan de los torrentes de la eternidad.
     La Liturgia de la Iglesia alienta y habla por las plegarias de la Biblia, desde los salmos hasta el magníficat y hasta las siete palabras de Cristo en la cruz. La Misa y el oficio rezan a través de la Biblia. Las últimas palabras de toda la Biblia son una plegaria de invocación: Vera, Domine Jesu!
     Libro de edificación, ha sido recomendado siempre por la Iglesia como la más sabrosa y nutritiva lectura espiritual. Y lo cierto es que quien se apacienta en sus páginas, halla después desabridos todos los libros dictados por la sabiduría del hombre, aunque éste sea santo. Tal es la experiencia de los místicos.
     Todo libro de lectura espiritual debe, ante todo, darnos la presencia de Dios y acercarnos a su intimidad. Ninguno la da con tal sensación de majestad y de amor como este libro de la Biblia.
     Su lectura pública y privada fue costumbre santa de la Iglesia primitiva. Y la exuberancia de la predicación, a veces tan al margen de la Escritura, brotó y medró en forma de sencillos comentarios homiléticos a los fragmentos de la Biblia leídos en las reuniones de los cristianos después de la participación en el banquete de la Eucaristía. Todo era allí Pan de Dios: la Hostia, la Biblia y la palabra del ministro de Jesús.
     Entre las grandes consignas de la Iglesia en estos días figura la del retorno a la Biblia.
     Ella debe recobrar entre los cristianos la primacía que le corresponde entre todos los libros como tesoro de formación espiritual, como pedagogía de Dios para los hombres. Siempre, claro está, bajo el magisterio de la Iglesia y a par con la Tradición, que ha llegado hasta nosotros al impulso del Espíritu.
     Será necesario un método, un orden práctico para recorrer las sagradas páginas.
     La Biblia contiene historia, poesía, doctrina y profecía: hechos, cánticos, consejos y vaticinios.
     Se aconseja empezar su lectura por los Salmos, que colman con su polifonía la liturgia de la Iglesia. Vendrían después los profetas, por su valor de testimonio espiritual directo y porque sus autores se cuentan entre las almas más profundas, ardientes y líricas que han cruzado por la tierra. En sus vaticinios punza el alma el reproche, la amenaza, el anuncio, la promesa, la voz de la cólera y la voz de la consolación.
     Seguirían los relatos históricos, llenos de las tremendas fragilidades del hombre y de las manifestaciones de la justicia y la misericordia del Señor.
     En pos vendrían los poemas líricos, de belleza insuperable, y las colecciones didácticas, impregnadas de sabiduría vital y de experiencia humana.
     Y siempre, y a lo largo de todas tus jornadas, podrías recurrir a las páginas del Nuevo Testamento, henchidas ya por la plenitud, que es Cristo.
     Acércate, amigo, a la Biblia. Acércate a Ella con fe, con amor, con espíritu eclesiológico y litúrgico.
     “Ella es el libro de la vida y el testimonio del Altísimo y el conocimiento de la Verdad.
     Moisés entregó la ley en preceptos de justicia y la herencia para la casa de Jacob y las promesas para Israel.
     Ella está llena de sabiduría como el Fisón y como el Tigris en los días de los frutos nuevos. 
     Hinche como el Eúfrates el entendimiento y crece como el Jordán en los días de la siega. Envía doctrina como luz y llega a punto como el Gehón en el día de la vendimia. 
     Su pensamiento es más vasto que el mar y sus consejos proceden del océano grande.”
(Eclesiástico, cap. 24, vers. 32 ss.)

jueves, 5 de febrero de 2015

LOS LIBROS, COFRES MÍSTICOS.

     Un libro bueno es el mejor compañero en este viaje que llaman vida. Presto siempre a su lenguaje sin ruido, a sus confidencias veraces y sinceras, brinda al ánimo el gozo simultáneo de su silencio y su locuacidad.
     Festín del alma es la lectura; manjar insustituible para la nutrición del espíritu. Al niño le abre horizontes nuevos; al joven le pone lastre en el corazón y en la mente; al anciano mismo, tan cursado en el gran libro de la vida y de las experiencias, le reserva solaz, hallazgos peregrinos y sorpresas no soñadas.
     En el camino de la perfección, a que todos estamos llamados, el libro es consejero y pajecillo de hacha.
     El gusto por la lectura, en personas que de veras emprenden el santificarse, es un regalo de Dios, es una gracia.
     “En igualdad de circunstancias —escribió el P. Faber—, el que comienza su vida espiritual con afición a la lectura, simplifica en alto grado las dificultades ordinarias y tiene mayores probabilidades de aprovechar y perseverar”.
     La razón es clara; la lectura en debidas condiciones —metódica, serena, reposada— regula y canaliza el discurrir, nos comunica paulatinamente, con dádivas de luz no advertidas, la capacidad de pensar, que es una disposición valiosa para la vida del espíritu.
     “Dióme la vida —atestigua Santa Teresa— haber quedado amiga de buenos libros...”
     Tú también, y más que otros, joven universitario, intelectual insatisfecho, debes huir cada día, siquiera por unos instantes, de ese tráfago mundanal que tiene aturdida tu alma, y refugiarte a la paz y al magisterio de los libros buenos, que dicen palabras de verdad y de eternidad...
     ¿Cuáles son las ventajas de la lectura espiritual?
     Ella alimenta la oración, santifica el tiempo, aguza y abastece la inteligencia, ensancha el criterio, matiza y enriquece la conversación y es alivio de atribulados del cuerpo o del espíritu.
     Alimenta la oración. Pábulo y aceite de la oración llamaron a la lectura los antiguos. San Bernardo y después San Juan de la Cruz glosan de esta manera el buscad y hallaréis del Maestro. Buscad leyendo y hallaréis meditando. Lee tú, con ojos penetrantes, y ahonda, hasta que salte, en copioso y gozoso alumbramiento, un manantial de aguas vivas...
     Santifica el tiempo. Este nuestro, en que vivimos, despliega ante el alma la policromíade sus fascinaciones cambiantes y la reclama con voces halagadoras y sugestivas.
     Huyamos, tal cual vez, de ese vértigo de lo exterior, de esa pirotecnia fatua que el mal enciende para deslumbrarnos, y aquietemos el alma en el remanso tranquilo de unas páginas que pongan olvido del mundo y presencias de cielo y de eternidad. Así se alimentará la llamita de adentro, se conservará el calor intimo, quedarán sofocadas tentaciones y divagaciones.
     Aguza la inteligencia. Cuando el libro no se convierte en pasatiempo, estudio o simple erudición que agoste la frescura del espíritu, sirve de manera maravillosa para avivar lumbres, enriquecer de experiencias y documentos, enfocar a una luz nueva los motivos del bien obrar, multiplicarlos y remozar su eficacia. Bourdaloue dice que el libro supera, por muchos conceptos, a la palabra viva. Nos acompaña a cualquier parte, repite, se detiene donde queremos...
     Ensancha el criterio. A medida que se va ampliando el círculo de los conocimientos, la visión del espíritu abarca más, se descubren cielos nuevos y tierras nuevas. Al compás de la buena lectura —como si una alborada amable se alzase en el alma—, huyen y se desvanecen las ideas pequeñas y mezquinas, las envidietas y suspicacias, lo vanidoso y lo superficial. Como el viajar ensancha el criterio, así también la lectura, que es un viaje por el país encantado o por la tierra prometida de los libros selectos.
     La misma conversación de los aficionados a lecturas serias, y sobre todo espirituales, se hace menos malévola y ofensiva, porque el pensar y el hablar llevan ya consigo un peso y un lastre de ideas altas y ajuiciadas. No en vano se frecuenta el trato de los príncipes y maestros del espíritu.
     ¡Qué presto se conoce en sus conversaciones al que airea la mente con libros buenos y al que vive encerrado en la penumbra de su mundillo interior, sin ventanas a las ideas altas y luminosas...
     Acércate, pues, al magisterio de los libros buenos y santos con espíritu de fe. A lo mejor, entre sus páginas, está esperándote un rayo del cielo. El libro bueno es un vehículo de mensajes divinos, de luces y llamadas superiores. Por algo San Agustín consideraba al libro como cartas amorosas de Dios...
R. P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

sábado, 3 de enero de 2015

¡ADORAMUS TE!

     ¡Adorar! He aquí el homenaje supremo que la criatura rinde a su Criador. Adorar, dice Bossuet, es reconocer en Dios la mas alta soberanía y en nosotros la mas profunda dependencia. Reconocer su todo y nuestra poquedad; hacer que nuestra nada se humille ante el Infinito.
     La naturaleza, en inefable concierto, adora a Dios. Un grito unánime, inmenso, incesante, prorrumpe desde las entrañas de la creación y llega hasta el trono del Hacedor para pregonar su grandeza y su poder. Toda la música de las esferas canta la gloria de Dios.
     Tu, hombre, mundo abreviado, debes de interpretar la adoración universal y tu personal adoración de criatura escogida.
     Une tu oración a la adoración de cristo, Dios y Hombre verdadero, Pontífice Máximo, que concentra en sí todo lo creado para ofrecerlo al Padre Soberano.
     ¡Adorar! No hay operación que sea tan propia de la criatura como adorar a su Creador. Es ponerse la limitación ante el Infinito, la pequeñez ante la grandeza, la impotencia ante el Poderío, el soplo humano ante el huracán de la gloria inmensa, el corazón chiquito ante el océano del amor misericordioso.
     Al mundo infatuado, al mundo enloquecido y febricitante, le urge recobrar el sentido y la idea de la trascendencia de Dios.
     Menos hablar de humanismo y más practicar el teocentrismo.
     ¡Que bella, que necesaria la alabanza de los puros adoradores, de los escasos contemplativos!.
     ¡Que bueno y seguro, en estos días de disipación, extraversión y vértigo, ese centrarse en Dios, que no cambia! ¡Ese afincarse en la raíz -Ego sum Radix-, y desde la raíz vivificar la Iglesia, y a través de la Iglesia, el mundo!
     Adora tú, pobrecita criatura, nada de pecado, nada de naturaleza, nada de gracia; adora a tu Dios, Perfección absoluta, soberana Grandeza.
     "Todas las cosas, enseña San francisco de Sales, han sido creadas para la adoración. Cuando Dios crea al ángel y al hombre, los crea para que le alaben eternamente".
     Hay actos de adoración. y debes hacerlos a menudo. Hay un estado de adoración. Ese debe ser tu estado, esa tu vida.
     Debes, 1°, Ver a Dios en todas partes. La tierra está llena de su gloria y atestigua su presencia. Las criaturas son escaleras, tránsitos para llegar a Él.
     2°, Verlo siempre grande. Así aparece hasta en las cosas pequeñas. El mundo de los microbios, de las células y del átomo pregona la grandeza de Dios.
     3°, Ver que Dios es la grandeza y el valor de cuanto existe. Omnia per ipsum et sine Ipso factum est nihil!
     4°, Verlo siempre y en todas partes como el primero en todo.
     5°, Considerarlo como tu Fin y Fin de sí mismo.
     6°, Verlo cerca de ti y en ti mismo, por la gracia que habita en nuestros corazones.
     Adóralo, pues. que tu voluntad se humille gozosamente y se rinda sumisamente a tu Creador y Soberano.
     Sal de ti mismo, de ese mundillo de tus mezquindades, de tus aspiraciones alicortas y de tus peticiones comineras. Ni siquiera el salvarte es el fin supremo. Alza la vista a Dios. El fin supremo es su gloria. Dios es espíritu. ¡Adóralo en espíritu y verdad!.
     Traspasa las fronteras de tu mundillo interior y del mundo universo y ponte a meditar en Dios y ámalo, porque su gloria es inmensa y eterna.
     ¿Has reparado alguna vez en aquella fórmula profunda del gloria in excelsis: Te damos gracias por tu grande gloria? Es un grito sublime de adoración.
     La oración de petición, que tanto te ocupa, que muchas veces es la única que practicas, interesado y mezquino, acabará con el fin de los tiempos; pero la adoración, como la Caridad, durará por toda la eternidad.
     Señor, reconozco que a menudo mi oración se reduce a una mera introspección psicológica y a un egoísta catálogo de peticiones. Hoy quiero decirte con todos los millares de sacerdotes y de fieles participantes en la adoración augusta de la Misa: Adoramus Te, glorificamus Te! Hoy quiero olvidarme de mí para decirte: ¡Te adoro! ¡Te amo!
R.P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

jueves, 1 de enero de 2015

¿PUEDO YO REZAR EL PADRE NUESTRO?

     Para poder rezar tranquilamente el Padre nuestro hay que vivir el Evangelio con plenitud. Péguy le confesaba un día a Joseph Lotte: "Figúrate que durante 18 meses yo no he podido rezar el Padrenuestro. "Hagase tu voluntad". Yo no podía decir eso. ¿Me comprendes? yo no podía rezar a Dios porque se me hacía imposible cumplir su voluntad. Entonces me ponía a rezarle a la Virgen. Las oraciones a María son oraciones de reserva. No hay una en toda la liturgia que no pueda ser rezada por el más miserable pecador".
     J. Delamare, que es quien refiere las precedentes confidencias de Péguy, teje el siguiente comentario:
     "Yo no puedo decir Padre si no manifiesto cada día mis sentimientos filiales para con Dios.
     Yo no puedo decir nuestro si vivo en aislamiento espiritual y no tengo el sentido de la fraternidad humana.
     Yo no puedo decir que estás en los cielos si sólo pienso en las cosas de la tierra y no elevo los ojos hacía el mundo de las perfecciones divinas
     Yo no puedo decir: santificado sea tu nombre si no me preocupa el decoro del nombre de Dios, si mi vida no contribuye a glorificarlo, si no proclamo su santidad.
     Yo no puedo decir: Venga a nos tu reino si no hago todo lo posible por apresurar el advenimiento del reino de Dios y si lo confundo con las relaciones terrenas.
     Yo no puedo decir: hágase tu voluntad si no trato de descubrir el plan de Dios a propósito de todo y si no me esfuerzo siempre por realizar sus amorosos designios.
     Yo no puedo decir: El pan nuestro de cada día dánosle hoy si no pienso que todo lo que sostiene mi vida me viene de la mano de Dios y si no me preocupo por mis hermanos que tienen hambre.
     Yo no puedo decir: perdona nuestras deudas si guardo a sabiendas un resentimiento contra alguno de mis hermanos o si no alimento propósitos de perdón.
     Yo no puedo decir: no nos dejes caer en tentación si acepto deliberadamente una situación cualquiera que favorezca la tentación.
     Yo no puedo decir: Libranos del mal si no quiero darme cuenta de todas las formas de mal que combaten al hombre, hermano mio, y no estoy dispuesto a luchar contra ellas con todas mis fuerzas.
     Yo no puedo decir: Amén si oigo las palabras del Padre nuestro sin convicción".
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

sábado, 20 de diciembre de 2014

YO SOY EL PRINCIPIO

     “En espiritualidad, la prudencia aconseja considerar a Dios como CAUSA; es decir, como principio de todo bien; y no solamente como FIN, es decir, como el término de nuestros esfuerzos.”
(Charmot: Doctrina espiritual de los hombres de acción, cap. V.)

     Dios es bondad, y la bondad es de suyo difusiva.
     Dios es amor, y el amor es la tendencia que la vida tiene a la fecundidad.
     Dios crea y no por indigencia, sino por sobreabundancia absoluta de su ser.
     “El Amor creó el sol y los estrellas...”
     Y me creó a mí, a imagen y semejanza suya.
     Y me ha hecho tan semejante a Sí, que a mi vez, y según mis modos, puedo crear, amar, difundirme y comunicarme. Puedo contribuir, como una gota, al torrente del Amor creador y redentor...
     La CAUSA primera ha querido compartir con el hombre su acción. Mi actividad viene de Dios.
     Obrero, estudiante, sacerdote, con Dios trabajo; de El procede, a El se remonta mi actividad.
     Soy instrumento de Dios. Pero puedo serlo a la manera de Juan o de Judas, de León o de Atila.
     Por amor, como Pablo, apóstol de Dios; como el carguero Talbot o el profesor Ferrini. De sí misma decía Santa Teresa: “¡todo va con amor!”.
     Dios me ha elevado a la dignidad de colaborador suyo. Y colaborar con Dios consiste en hacer su voluntad santísima. He aquí el secreto de tu santificación por medio del trabajo de cada día. Total subordinación de tu voluntad al querer divino. ¡Parece poco y es todo! ¡Si lo entendieras! ¡Si lo practicaras!
     Instrumento consciente y amoroso de Dios, colaborador suyo por amor, debes obrar como El, dándote gratuitamente, por solo deseo de hacer bien.
     Cooperar con Dios: he aquí el principio de fecundidad para tu vivir y tu actuar.
     ¡Qué inmenso el apostolado del Santo Padre Claret! Es que vivió estrechamente con Dios y desde Dios actuaba. “Oh Jesús, exclamaba, como el agua se une al vino en el santo sacrificio de la Misa, así deseo yo también unirme a Vos y ofrecerme en sacrificio a la Santísima Trinidad”.
     Colabora; pues, con Dios; no pongas trabas a la fecundidad del Padre infinitamente generoso.
     ¡No impidas a Dios obrar en ti y contigo!
     Se haría mayor bien si a Dios no le fallaran sus colaboradores. ¡Mil veces nuestra inercia encadena sus manos!
     Bello es el fin que persigues: el bien de las almas, la gloria de Dios. Pero no olvides la causa invisible de ese bien.
     Bueno es el celo de la acción; mejor adherirse a Dios.
     Bueno es buscar las almas de Dios; lo primero y lo mejor es buscar al Dios de las almas.
     “Es preferible, escribe el P. Rigoleuc, que en nuestros planes y proyectos nos propongamos la voluntad de Dios más bien que procurar la gloria de Dios; pues haciendo la voluntad de Dios, infaliblemente procuramos siempre su gloria; mientras que al proponernos la gloria de Dios con motivo de nuestras acciones, no dejamos de engañarnos algunas veces haciendo nuestra propia voluntad bajo el especioso pretexto de la gloria de Dios. La verdadera perfección consiste en cumplir en todo momento la santa voluntad de Dios.”
     “Oh Dios, de quien procede todo bien:
     concédenos a quienes te lo pedimos
     que, bajo tu inspiración, pensemos lo que es recto;
     y con tu dirección lo ejecutemos.
     Por Cristo nuestro Señor.”

R.P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¡PADRE NUESTRO!

     Las dos primeras palabras de la oración dominical entrañan y reclaman categóricamente un pleno sentido de filiación y de hermandad, un sentido de catolicidad.
     Padre. He aquí una raíz y una exigencia de amor. Nuestro Creador no es sólo el Ente Supremo, como diría la impasible pedantería filosófica. Es el Padre.
     Nuestro. He aquí la humanidad constituida en familia. Dios es Padre de todos los hombres: los que son, los que fueron, los que serán, hasta el día en que, como dijo el poeta de Constelaciones: “expiren los últimos dos hombres sobre una roca triste, las últimas dos olas sobre una playa oscura”.
     En nuestro Padre llegan a anudarse los lazos de una común hermandad.
     Todo aquel que ora —escribió Guido Botto— debe tener inmediatamente a la vista ese lazo de hermandad.
     No más invocar a Dios, Cristo impone a la conciencia el sentimiento de la unidad de los hombres en el Padre.
     No puede el hombre aislarse por completo de frente a Dios ni sentirse absolutamente solo.
     Decir: Padre mío sería quizá más apasionado, pero no más exacto... Decir: oh Padre de todos los hombres sería una fórmula fría y de alejamiento.
     Pero cuando decimos Padre nuestro, la expresión brota infinitamente rica y profunda, cálida y solidaria, como de gritos y cantos a coro, como de plegaria familiar, como de llanto de muchedumbre...
     ¡Padre Nuestro'. He aquí las palabras milagrosas que declaran nuestra comunión íntima con Dios. La íntima comunión de todos los hombres entre sí y con Dios.
     Pregón de amor y de hermandad, condenación de egoísmo. Aterra mirar la situación extraña y desconcertante del mundo de hoy. De un lado, los hombres que quisieran cultivar un agudo sentido de la fraternidad humana y que en nombre de la misma se reúnen a velar por la vida de los hombres y la convivencia de los pueblos, pero ignorando y rechazando toda idea de paternidad divina, que es el fundamento más sólido de la auténtica fraternidad humana. De otro lado, los hombres de Cristo que pretenden poseer el sentido de la paternidad divina y lo proclaman en la recitación del Padre Nuestro, pero no tienen el sentido de la fraternidad humana, ni lo manifiestan ni lo desean...
     El mismo Verbo Encarnado parece que rehuye el aislarse —no se despoja de lo que una vez tomó— cuando, apareciéndose a la Magdalena en la alborada de la pascua florida, se expresó así: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”.
     ¡Qué amoroso y qué entrañable suena ese “vuestro” solemnemente repetido!
     Debo educar mi espíritu para este sentido de la filiación divina y de la hermandad de todos.
     De otro modo, me encerraría —como dice el P. Plus— en una religión individualista; no llegaría a esa forma social de la religión que es la verdadera esencia del catolicismo.
     Mi piedad, y su manifestación, que es la plegaria, debe estar y vibrar pletórica de caridad. Orar como hijo del Padre común, como hermano de todos los hombres, como miembro del Cuerpo Místico.
Padre nuestro que estás en los Cielos.
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
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viernes, 17 de octubre de 2014

REFLEXIONES SOBRE EL PADRE NUESTRO

     En la primitiva liturgia cuaresmal existia una ceremonia especialmente consagrada al Padre nuestro. Su texto era solemnemente recitado por los catecúmenos. Es lo que se denominaba traditio orationis dominicae. Hoy ocupa en la misa un lugar eminente, precedido por breve prefacio, y ha vuelto a recobrar vigencia en la solemnísima vigilia de la gran noche de Pascua de Resurrección.
     Tertuliano llamó al Padre nuestro “Compendio del Evangelio” (Breviarium totius Evangelii). Los Padres se complacían en repetir que así como el hombre es un microcosmos, un mundo en pequeño, así la oración dominical es el resumen de las enseñanzas de la Escritura. De ahí la multitud de comentarios y homilías de los Padres acerca de esta plegaria, de sentido y de gusto inagotable.
     Rezar el Padre nuestro es ponerse en seguida en la más pura actitud cristiana.
     Es formular un acto de fe en la trascendencia de Dios “que está en los cielos” y en su presencia de generosidad y perdón entre sus hijos. Es hacer un acto de esperanza, porque de El confiamos recibirlo todo: el pan, el perdón, la santificación, el advenimiento de su reino. Es practicar un acto de amor: a su nombre, a su reino, a su voluntad, a sus intereses, que anteponemos a los nuestros. Primero decimos: lo tuyo. Después decimos: lo nuestro... Incluye también el amor al prójimo, porque empezamos por llamarlo nuestro y no mío, es decir: Padre de toda la universal familia. Por algo el genio de Bossuet se sirvió de las palabras del Padre nuestro para exponer la doctrina cristiana de la caridad en sus profundísimas Meditaciones sobre el Evangelio.
     El Padre nuestro puede ser considerado como el programa de la acción de Cristo. ¿Qué fué su vida, qué fué toda su actuación sino dar a conocer el nombre de su Padre, cumplir la voluntad del que lo envió, predicar la iniciación del Reino, nutrir de pan del cuerpo y del alma a las muchedumbres, perdonar los pecados en sus peregrinaciones y en su crucifixión, rescatarnos a todos del mal y del Maligno?
     De igual manera, bien meditado, el Padre nuestro se nos ofrece como programa de todos los seguidores de Cristo y consigna de altísima santidad.
     Hacer que nuestra vida enaltezca el nombre bendito de Dios, militar en su reino y conquistarlo dentro de nuestra propia alma, hacer su voluntad en todos nuestros actos y en todos los momentos de nuestra vida y, finalmente, vivir en paz y hermandad con todos los hombres, ¿no es acaso una forma de santificarse con plenitud?
     El Padrenuestro es la plegaria perfecta y total. Tiene, ante todo, la belleza de su escueta y destellante brevedad. Comparado con los salmos resulta, en general, más sobrio, pero más opulento y rezumante de contenido espiritual.
     En su sencillez sublime, lo mismo conviene a los rudos que comienzan a dirigirse a Dios, que a los avanzados en los caminos del espíritu. ¡Cuántos convertidos han manifestado su impresión de gozo y de asombro al paladear por vez primera estos versículos de línea tan sencilla y de jugo tan cordial! Es sabido cómo iluminaba el alma de Santa Teresa de Avila y nutría el alma de Santa Teresa de Lisieux. Rezando el Padre nuestro ha habido quien llegara a la oración de pura contemplación, nos cuenta la santa de Avila...
     Diecinueve siglos y oleadas de generaciones cristianas se han elevado al Padre de los cielos recitando esta fórmula enseñada por el Maestro.
     En el sitio en que, según la tradición, Cristo lo enseñó a sus discípulos, una princesa cristiana construyó una capilla, en cuyas treinta y dos arcadas se ha escrito el Padre nuestro en otras tantas lenguas. Es un símbolo de la universalidad de esta plegaria. El Padre nuestro es el grito de todos los corazones, es la plegaria de la Iglesia universal.
     Formado en la divina enseñanza me atreveré a decir cada mañana, y muchas veces al día: Padre nuestro que estás en los cielos...

sábado, 27 de septiembre de 2014

EL HOMBRE DE LO TEMPORAL

     No me satisface, por incompleta, la definición del laico como “el hombre de lo temporal”. Por muy inmerso en lo temporal que se le quiera suponer, es imposible prescindir del llamamiento universal a la santidad...
     El religioso, que está religado; el sacerdote, que está consagrado, es el hombre de lo espiritual, aunque no exclusivamente. Está “segregado”, como dice San Pablo, pero no incomunicado.
     El seglar, el laico, sería el hombre de lo temporal, aunque no exclusivamente, porque le ocasionaría la ruina.
     Esta parcela de lo temporal, que por voluntad divina le ha tocado en suerte, como lote de trabajo, no es renuncia a lo espiritual ni exclusión de las miras de eternidad que hicieron cristiana a toda la Edad Media. El tiene obligación de dignificar y espiritualizar lo temporal; de poner gotas y peso de eternidad en el instante fugitivo y en la obra caduca; de orientarse cada momento hacia la ciudad futura que ha de permanecer...
     Un poeta colombiano ha dicho lindamente que el hombre pasa por el mundo:
     "tocada la sandalia con polvo de la tierra, tocada la pupila con resplandor del cielo...” 
     Vamos a conceder, para el laico principalmente, que el polvo de la tierra llega a tocarle también las manos y la frente...
     Dichoso él si sabe caminar así hasta Dios y llevarle los testimonios de su labor de cada día.
     Entre el polvo del taller se santificó José, el de Nazaret; sobre el barro de Castilla, San Isidro; con polvo de infolios, el profesor Fe-rrini...
     Pero en la pupila y en el alma llevaban siempre la luz del cielo. La ley de Dios era antorcha para sus pies. Eran emisarios de la creación que, mediante ellos, iba realizando su retorno a Dios.
     Todo viene del Padre y debe retornar a El... Intermediario y Pontífice de este retorno del Universo es el hombre, empinamiento y vértice de la materia sobre la cual trasciende y vuela por aquel soplo divino y aquella imagen divina que lleva consigo...
     Inmerso en la materia, la recapitula, y emerge de ella en acto de liberación propia y de oblación suprema al Padre y Creador.
     Su vida debe ser un ofertorio permanente. Mediante su inteligencia atrae, filtra y capta lo natural; y el mundo entero y mil mundos posibles le danzan armoniosamente en el alma.
     Mediante su voluntad, él hace de las criaturas peldaños para la ascensión a la casa del Padre.
     Mediante su amor, el presta voz a toda la creación y almas y estrellas cantan el salmo de la gloria y de las misericordias divinas...
     “Bendecid todas las obras del Señor al Señor: alabadle y enaltecedle por todos los siglos.”
     El religioso y el sacerdote son la plegaria del mundo que se eleva a Dios en regreso de adoración y de gratitud; pero la Iglesia quiere que a ellos se una el simple fiel en la oblación de su faena diaria, como una modesta y amorosa contribución del esfuerzo humano a la plenitud final cuando todo quede consumado y recapitulado en Dios...
     Y lo hace por Nuestro Señor Jesucristo.
     Porque El, Dios y Hombre verdadero, es el Gran Pontífice y el intercesor ante el Padre.
     Todo hombre hace puente (pontifex), porque eslabona en sí materia y espíritu. Y es pontífice de la creación porque le corresponde de oficio trocarse en plegaria y en vuelo hacia Dios en nombre de todas las criaturas inanimadas o irracionales.
     Pero el Gran Pontífice es Cristo, Dios y Hombre, primogénito de sus hermanos y corona del mundo.
     El, mediante la encarnación, atrajo a Sí, misteriosamente, inefablemente, tedas las criaturas. Y su persona, universo viviente, conciliación de alturas y de abismos, se ofrece a los cielos y al Padre como representante de todas las cosas. Y ahora mismo el Gran Pontífice vive para interpelar por nosotros...
     Mirada así la vida del simple fiel, a la luz de estas perspectivas universales y cósmicas y como aportación al ritmo y “al destino total y armonioso de la creación”, que se va cumpliendo bajo la faz del Padre que está en los cielos, cambia por completo el sentido de nuestra existencia, se alumbra nuestro camino, se alivia la faena de cada día y se vive como viandante —homo viator— que sabe de dónde viene y a dónde va, por qué sufre y por qué espera, por qué reza y por qué trabaja y canta, Quién le guía y a Quién ha de volver cuando se consume el regreso...
     Entonces ya no será el viandante, sino el ciudadano del reino de Dios.
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

lunes, 8 de septiembre de 2014

EL VALOR DEL CUERPO HUMANO

     Entre cultivadores desaforados del humanismo corren a menudo dos frases hechas: “La Iglesia católica desprecia al cuerpo humano”. “Al cuerpo hay que darle lo suyo”.
     Lo primero es falso. Lo segundo, equívoco.
     En realidad, no hay religión que aprecie tanto al cuerpo del hombre como la Iglesia católica. Ella nos recuerda la sentencia de Job de Idumea: Manus tuae fecerunt me et plasmaverunt me. Tus manos, oh Señor, me hicieron y me configuraron.
     Resumamos brevemente la doctrina de la Iglesia acerca del cuerpo humano (Seguimos en esta sugerencia a don E. Enciso, en su precioso libro “La muchacha y la pureza”).
     1.° El cuerpo es habitación, instrumento y compañero natural del alma.
     2.° El cuerpo es instrumento de Dios para la producción de nuevos seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios.
     3.° El cuerpo del hombre, formado del barro de la tierra, estuvo desde su origen destinado por Dios a un fin noble y bello, a un fin sobrenatural y eterno.
     4.° Jesucristo elevó el cuerpo humano a la cumbre más alta de la creación al unirlo, junto con el alma, a la Divinidad. Desde Nazaret, desde Belén, Dios humano habitó con nosotros.
     5.° El Cuerpo sacratísimo de Cristo fue instrumento de redención y santificación, triunfó gloriosamente en la resurrección y en la ascensión a los cielos y permanece sacramentalmente en la Eucaristía.
     6.° Flor y corona de cuerpos humanos fue el cuerpo de la Virgen María, inmaculado, incontaminado, pacífico, incorrupto y asunto a los cielos.
     7.° El cuerpo humano recibe culto en las reliquias de los que se ennoblecieron mediante la santificación.
     8.° También al cuerpo humano, desequilibrado por el pecado de origen, alcanzaron los frutos de la redención: fue rescatado a precio de sangre divina y gozará inefablemente en el cielo.
     9.° Al habitar Dios en el hombre, por la gracia, el cuerpo queda también constituido en templo de Dios, digno de respeto y consideración.
     10.° Pero tampoco se debe olvidar que el cuerpo humano sufre los desórdenes del pecado original y tiene entrañados y vivos los estímulos de la concupiscencia. De ahí sus instintos irracionales y bestiales; de ahí su combate contra las aspiraciones y los vuelos del espíritu.
     Hay quienes pretenden ignorar estas realidades insoslayables: la caída primera, el pecado original, la concupiscencia y sus brotes incesantes.
     De ahí la valorización excesiva del cuerpo humano y el cultivo unilateral pregonado por una reacción humanista de sentido neopagano.
     “Al cuerpo, repiten, hay que darle lo suyo...”
     ¿Y qué es lo suyo? ¿Acaso todo lo que satisfaga la voracidad insaciable de los apetitos desordenados? ¿Todo lo que reclama el instinto?
     En pleno Renacimiento, un austero santo español, Ignacio de Loyola, formuló su meditación sobre el fin y el uso de las criaturas, puestas por Dios en el mundo para que ayuden al hombre a conseguir su último fin, que es salvar el ánima... Y dió una máxima de suprema discreción en el famoso: tanto cuanto...
     A todos los cultivadores exagerados de un humanismo ambiguo habrá que recordarles siempre la sentencia imperecedera de Cristo, dicha para todos los hombres de todos los siglos y de todas las culturas: El que quiera seguir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo... Y negarse es decirles no miles de veces en la vida a muchas exigencias desordenadas.
    A la juventud de hoy, tan solicitada por el culto a la belleza física, por el deporte y el naturalismo, la Santidad de Pío XII invitaba a meditar en un texto célebre del Apóstol San Pablo. En medio de Corinto, ciudad corroída de inmoralidad, Pablo había plantado una cristiandad nueva. Y estando él en Efeso, tuvo noticias desagradables de algunos de sus cristianos, imbuidos, sin duda, por aquel ambiente de relajación. Pablo los había invitado a vivir según Cristo, y ahora se enteraba de que vivían, según frase proverbial, a la corintia... Fue entonces cuando tomó su pluma, que siempre destellaba luz, y les dijo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros? Habéis sido comprados a un precio muy caro. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo...”
     No debería la juventud cristiana de nuestros días olvidar esta doctrina glorificadora.
     Mira y trata el cuerpo con limpieza y decoro. No profanes el templo de Dios.
     Para que un templo sea sagrado, lo bendice el sacerdote. Y lo que era un edificio, por artístico que se quiera suponer, queda convertido en lugar sagrado. Bendecido por el sacerdote en la ceremonia del bautismo, tu cuerpo se convierte en casa de Dios.
     Hay templos ungidos por el Obispo en ceremonias de impresionante belleza y sublime simbolismo. También tú quedaste ungido en la ceremonia de la confirmación y debes difundir en tomo tuyo el buen olor de Cristo.
     El templo se llena de dignidad y majestad cuando en él se establece un sagrario. No olvides.. cristiano, que muchas veces en tu vida Cristo ha venido a ti en la dádiva prodigiosa y amorosa de la Eucaristía...
     Cuida tu santuario; ¡no profanes tu templo!
     A San Ignacio mártir lo presentan ante el Tribunal de Trajano.
     —¡Miserable!, lo insultan.
     — ¡Nadie llame miserable a quien lleva consigo a Dios!
     —¿Pero es que tú lo llevas? ¿Eres Teóforo?
     —Los que viven con castidad y piedad son templos de Dios...
     “Sí, hermanos —concluye San Pablo—; glorificad y llevad a Dios en vuestros cuerpos..."
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

sábado, 16 de agosto de 2014

QUIERO VIVIR.

     “Pero a todos los que le recibieron —al Verbo— les dio el poder ser hijos de Dios...” 
(S. Juan. Init. Evang.)

     ¡Quiero vivir! No es, Señor, ansia de prolongar, lejos de la casa de mi eternidad, lo que el poeta llamó “este largo morir que llaman vida...”
     Ni esa ilusión de perpetuar nuestro vuelo fugaz con obras imperecederas.
     Bien sé que la tierra no es mi centro.
     Y que pasa el hombre y su recuerdo...
     ¡Todos caminamos... y olvidamos! ¡Y somos olvidados!
     ¡Quiero vivir! la vida superior, la que un día se me infundió “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo...”.
     Sobre mi cabeza el agua bautismal; en el alma, una onda de vida, un germen de vida eterna para gloria eterna.
     ¡Quiero vivir! Esa vida que se me comunica en el bautismo, se recobra por la confesión, se nutre del pan de la Eucaristía y rematará en aquella luz de la gloria que es visión y fruición.
     Ya soy “nueva criatura”, ya soy “particionero de la naturaleza divina”. Hijo adoptivo de Dios. Y no con externa, legal adopción, sino con adopción transformante y vivificante, tan íntima y tan verdadera, que “filii Dei vere nominamur et sumus”. Nos llamamos y somos, en verdad, hijos de Dios...
     En Jerusalén, en la quietud de una noche toda henchida por el misterio y las hablas de Dios, Nicodemus, varón principal, escucha de Cristo estas palabras peregrinas:
     —En verdad, en verdad te digo que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan, III, 3).
     Su reino: la gracia, la Iglesia, el cielo...
     De Jerusalén a Etiopía, el ministro de la reina Candace camina y lee. Los oráculos de Isaías van iluminando su viaje... Y el apóstol Felipe, estribando en estas Escrituras, grávidas de mesianismo, lo evangeliza, le da buenas nuevas de Jesús.
     Y llegaron a un paraje en que corría el agua...
     Yo, dijo el etíope, creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.
     Y bajaron ambos de su carruaje, y Felipe lo bautizó.
     Y el ministro prosiguió su viaje rebosando de gozo. Ibat per viam suam gaudens...
     En su vida del tiempo se había infiltrado la eternidad con un peso y un mensaje nuevo.
     Y llevaba consigo la regeneración de la gracia, que no es más que iniciación de aquella vida sin fin.
     La gracia es una vida con tendencias y exigencias de crecimiento hasta la plenitud.
     También yo, Señor, voy gozoso por mi camino, con tu gracia en el alma, con mi título de hidalguía, mi blasón de suprema nobleza y mis anticipos de fruiciones soberanas y eternas...
     Soy hijo adoptivo de Dios, nueva criatura, particionero de la naturaleza divina.
     Ya puedo clamar: ¡Abba, Padre! No sólo ¡Señor, Amo, Dueño! Sino Padre, Padre mío, Padre nuestro que estás en los cielos y que estás en mí...
     Reconoce, alma mía, tu dignidad.
     Tú, Señor, dijiste: Vine para que tengan la vida y la tengan en abundancia.
     Señor y Padre mío: que yo la tenga y la viva con plenitud, que yo la actúe gozosamente, porque es la única que merece ser vivida.