lunes, 13 de julio de 2015

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

     Jesucristo es la Sabiduría encarnada. Aquella Palabra con que el Padre se habla a Sí mismo en la eternidad, habló a los hombres en el tiempo. Aquella Palabra que es idea substancial e imagen perfectísima del Padre apareció entre los hombres, llena de gracia y de verdad.
     He aquí un pensamiento que agobia. El Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros. Y el Unigénito del Padre fue el Unigénito de María y el Primogénito de los hombres. Y la Majestad tomó arreos de esclavitud y servidumbre. Formam servi accipiens.
     Era la Luz, procedente del Padre de las luces.
     Era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
     Pero los hombres, ciegos, no lo comprendieron. Amaron su noche larga, con fiebres y pesadillas de pecado. Nació el hombre para la luz; pero es el enemigo dela Luz. Y violó la ley natural, deshecho las enseñanzas de los profetas, desaprovechó aquellas lumbrecitas de verdad que chispearon en las doctrinas de la filosofía pagana.
     Ahora el Padre, mi Padre de los cielos, envía su luz. Y el mundo, encuadrado en malignidad, no lo conoció. Y los suyos no lo recibieron.
     Ni los suyos de entonces, ni los de ahora. Suyos son los cristianos, los que llevan su nombre. Pero ¡Qué caricaturas y deformaciones de la imagen de Cristo!
     ¡Tampoco hoy te conoce ni te recibe el  mundo! Y así anda el mundo. ¡Si en sus gobiernos y asambleas predominaran los que son tuyos de verdad!
     Cuenta San Agustín que los filósofos platónicos quedaban sobrecogidos por aquel profundo, luminoso, nuevo pensamiento de San Juan: in principio erat Verbum. Hasta quisieron esculpirlo en mármol para que destellara entre los pensamientos en que cifró su pensar hondo la filosofía griega.
     Pero al llegar a las palabras: Y el Verbo se hizo carne, se detenían escandalizados. El Verbo, de quien se da idea tan valiente, ¿humanarse y nacer de mujer, vivir entre hombres, ocultarse en Palestina, morir en cruz? y rechazaron, soberbios, lo que habían columbrado con su sabiduría.
     "Quantum propinquabant intelligentia, tantum superbia recesserunt". Yo, Señor, lo creo y lo confieso. Y lo repito, doblando mi rodilla. Y bendigo la hora de tu santa encarnación.
     Aquí la exclamación trémula y unciosa del clásico Luis de Granada: "si no tuviera la torpeza del hombre necesidad de estos estímulos para bien vivir, mejor fuera adorar en silencio la alteza de este misterio que borrarlo con la rudeza de nuestra lengua..."
     Veamos, guiados por la mente soberana de Bossuet, la altura en donde vive el Verbo, los escalones que baja, el abismo a que se humilla.
     Su altura es inaccesible. Es aquel santuario arcano, aquel misterio que ciega con la viveza de su resplandor, aquel trono del anciano de días. En el principio era Dios, y el Verbo estaba con Dios. Y el Verbo era igual al Padre y al Espíritu. Inmenso, eterno, incomprensible. Su sabiduría, su santidad, su poder, ni podían crecer no ser más de lo que es. Todas las cosas fueron hechas por Él. y en Él estaba la vida. Vuela, alma mía, y abísmate...
     Los escalones... Pero veamos ahora cómo la soberana grandeza desciende a la infinita bajeza.
     1° Se hace hombre, esto es, inferior a sus ángeles. Toma una naturaleza menos noble, en que hay de animal. Hacerse ángel hubiera sido humildad. Y se hizo hombre. Et homo factus est!
     "¿De dónde viene, me pregunto con el padre Faber, esa predilección por la raza humana? ¿De dónde esa preferencia sobre la naturaleza angélica? Quizás para abrazar de ese modo todas las creaciones bajo su imperio, reunirlas en un perfecto conjunto, así las más elevadas como las más humildes, y acercarlas en la unidad de Dios..."
     "Ninguna cosa hay -dice San Bernardo- más alta que Dios, y ninguna más baja que el cieno de que el hombre fue formado. Mas con tanta humildad descendió Dios al cieno, y con tanta dignidad subió el cieno a Dios, que todo lo que hizo Dios  se diga que lo hizo el cieno, y todo lo que sufrió el cieno se diga que lo padeció Dios" (P. Granada)
     2° Pero no basta. Mi salvador baja un segundo escalón. Se hizo semejante a los pecadores. Lo dice San Pablo: forma servi accipiens... En efecto: no toma la naturaleza humana, sana, incorruptible, inmortal, sino en el desdichado estado a que lo redujo la caída. Expuesta al dolor, a la muerte... Dios inmortal, impasible, fuerte, poderoso, es ahora mortal, varón de dolores, desecho de la plebe.
     Tomó las apariencias del esclavo. Y los que lo veían decían: es el hijo del carpintero. Por algo usa San Pablo una palabra encarecida: exinanivit, Se anonado a sí mismo...
     3° Aun más: Puer natus est nobis. Pudo tomar un cuerpo formado. Y, sin embargo, prefirió hacerse hombre, hermano nuestro, siguiendo el proceso de los niños que nacen de mujer. ¡Que bien lo canta la Iglesia en el himno del Te Deum: non horruisti virginis uterum...! Y el P. Granada pondera: no parece haberse humillado tanto en la cruz...
     Este misterio de la Encarnación le pone alas al ingenio humano, pero le pone trabas a su lenguaje. Es un misterio para ser adorado y paladeado en silencio, como fue silenciosa la estancia de la Sabiduría en el seno de la Madre...
     Pero digamos con  palabras balbucientes, que fue misterio de amor y de humildad inaudita...
     ¡Así amó Dios al mundo! No es, como en la creación, un salir de sí para producir seres que se le asemejen. Es que viene en persona a ocupar su puesto en su creación.
     Sale de su eternidad para entrar en nuestro tiempo. Nació, vivió, padeció, murió.
     Sale de su inmensidad para hacerse pequeñito. Hombre, niño, Hostia... Nobis natus, nobis datus...
     Sale de su opulencia para hacerse pobre. Por nosotros, dice San Pablo, egenus factus est. Para que fuésemos ricos se hizo indigente... Y fue obrero e hijo de artesano. Faber et fabri filius...
     Sale de su gloria para vestirse de nuestra miseria y hacerse varón de dolores. Y se ofreció porque quiso. Oblatus est quia ipse voluit! Porque nos amó hasta el exceso... Como nos lo recuerda la liturgia del día de la circuncisión.
     Propter nimian caritatem suam qua dilexit nos Deus...
R. P. Carlos E. Mesa C.M.F.
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