viernes, 10 de julio de 2015

Gritos de un padre de familia, condenado (Gritos del infierno 2)

TRATADO PRIMERO
De los 
PADRES DE FAMILIA

CAPITULO PRIMERO
Arbitrio cierto y fácil, con que los padres de familia pueden mejorar a todo el mundo.

     El arbitrio con que los padres de familia pueden mejorar al mundo, es empeñarse todos a educar bien a sus hijos: la razón es, porque los que ahora son niños, de aquí a algunos años han de componer a todo el mundo; luego si estos fueran buenos llegaría el tiempo en que sería bueno todo el mundo.
     No solo sería bueno, pero ni podría ser malo; porque el hombre, según el filosofo, nace tan indiferente al mal como al bien; de esta indiferencia solamente lo saca aquel primer ejemplo que mira u oye; y como en suposición de estar todos bien educados, no habría ejemplo para el mal, tendrían todos lo que necesitaban para ser buenos, y les faltaría lo que había menester para ser malos.
     Ya se que no dudas ser cierto este arbitrio, por eso no desperdicio pruebas en su apoyo; lo que no es fácil de practicar, por ser imposible que todos los padres, siendo tantos, se unan a tener este especial cuidado, y dirás que si los otros te hubieran de seguir serias tu el primero que lo practicaras, por contribuir a un logro tan útil como universal.
     A esto respondo con una reflexión chistosa y doctrinal de San Pedro Alcántara. 
     Le dijo un gran señor, ¡oh Padre, quién pudiera remediar a todo el mundo!.
     Y le dijo el santo: eso está en manos de usted y en las mías. 
     ¿Cómo? replicó el Señor.
     Si usted es santo lo será su familia, si su familia la de los vecinos, y si la de estos lo será la corte; al ejemplo de esta corte lo serán las otras, con que quedaba santificado el mundo. Lo mismo dijo el santo de sí en orden a su orden, y de la suya en orden a las demás.
     Si tú, padre de familia, educas bien a tus hijos con tu ejemplo lo practicara el vecino, con el de este el otro, y así al fin todos, cuando tú cumplas ya habrás comenzado a mejorar el mundo.
     No ha de ser la virtud menos poderosa que la peste, esta inicia en uno, de aquí a muchos y de muchos a todos, hasta contagiar el universo, el que con este fin infectase a uno, se hacia reo de la destrucción del orbe aunque no surtiera el efecto. Dios es mas remunerador que justiciero, luego con el fin de mejorar al mundo eduque bien a sus hijos le premiará como si lo hubiese logrado.
     Añade al fin privado de su crianza la intención de promover con tu ejemplo a este bien común, para que atesores el galardón que le corresponde, haciéndolo así te seguirán los otros, pues nadie debe de dejar de sembrar porque otros, o por perdidos o poltrones, no siembren. En fin, para que todos los árboles crezcan derechos debemos sembrarlos derechos, así lo sería para que el mundo estuviera derecho; a inclinar todos los padres a las tiernas plantas de sus hijos a la mano derecha que es la de los justos.
     Algunos místicos dicen que Dios premia el deseo como la obra, se ha de entender según los escolásticos cuando el deseo es eficaz, y la obra no está en tu mano; porque si lo está y no pones los medios para su ejecución, entonces ni el deseo es eficaz ni Dios lo admite, antes lo rechaza como moneda falsa; porque ¿cómo ha de ser verdad lo que sueles decir a Dios, quisiera oír todas las misas que se dicen en el mundo, si pudiendo oír dos no oyes sino una? ¿cómo ha de ser verdad el deseo de tener mucho para dar a los pobres, si pudiendo dar poco no les das lo que puedes? Lo mismo digo de tantos que dicen, desearía padecer martirio entre infieles, y un desaire que es tan incomparablemente menos, no sufren entre cristianos.
     Se explicó en esta materia (según Carabántes) Cristo con un religioso, al cual se le apareció en la oración con la Cruz a cuestas, pero tan abrumado, que hizo el ademán de dar con su peso en tierra; entonces el religioso acudió pronto a ayudarle, pero Cristo con enfado lo echó de sí, diciendo: "anda allá, ¿no puedes llevar la cruz de tu estado y quieres llevar la mía?" a cuantos especulativamente piensan que harían y padecerían por Cristo si tuvieran ocasión, les respondería con el mismo desdén: ¿no tienes paciencia para instruir a tus hijos y familia, y quieres darme a entender la tendrás para padecer hogueras y cadalsos? ¿No sufres los desprecios de u prójimo, y sufrirás las cuchilladas de un tirano? Estos son unos deseos que cuestan poco o nada, y valen lo que cuestan.
     Los deseos que en divino contraste se aprecian como obras, son los que deja de cumplir el hombre porque no puede; pero en prenda de lo que desea con eficacia, pone lo que puede, y conduce para la ejecución. No hizo Abraham el sacrificio de su hijo, y Dios lo trató y lo premió como a cosa hecha, porque lo que faltó no faltó por él, añadió al deseo todo lo que pendía de él y conducía para la obra. De donde se sigue, que para el padre de familia logré el mérito y premio de formador del mundo, no basta que lo desee, es necesario que añada a ese deseo el reformarse a sí, a sus hijos y a los que de él dependan, y que sea con la intención y fin de promover con su ejemplo a los demás; sin este coste no se goza el privilegio del axioma teológico: Voluntas pro facto reputatur: todo lo cual legaliza el Espíritu Santo: Desideria occidunt pígrum: dando por razón, notuerunt enim quidquam manus ejus operari (Prov. XXI, 25).
     A la venerable María de Ognie se apareció su madre anegada en fuego, y le dijo estaba condenada por haber descuidado de su familia; y no se puede dudar cuidó de la educación de su hija, como lo dice su asombrosa vida. Y por cuanto en mi concepto son mas los que se condenan por el descuido de sus dependientes que por el de sus hijos, oigan para su remedio los gritos que da uno de estos condenados, que siendo piloto de su familia, por dormirse en la navegación se halla sumergido en un mar profundo de llama, desde cuyo abismo lóbrego avisa los escollos, lamenta su naufragio, y con hondos gemidos despierta a los que se duermen en su gobierno, para que vean, oigan y admiren su peligro: Qui navigant mare, narrant pericula ejus, et adventibus auri us nostris admirabimur (Eccl. XXXIV, 14).

GRITOS DE UN PADRE DE FAMILIA, CONDENADO
Evigilabunt in opprobrium, ut videant semper
(Dan. XII, 2)

     Yo soy (mortales) un padre de familia que morí, que fui juzgado y ya estoy condenado. ¡Oh qué tres cosas, cuan presto se dicen, y cuan acerbamente se experimentan! Morí. No tienen que cansarse, porque no puede entenderse ni explicarse cuánto es lo que aflige a una conciencia descuidada una inopinada muerte.
     Supongan un hombre, que jamás vio toros, se viera en un recinto angosto sobre un indómito caballo, que tampoco los hubiera visto, y que improvisadamente se arrojase contra él un ferocísimo toro: ¿no os parece que la vista solo de tan espantosa novedad lo sacaría de sí y del caballo, y que caído del bruto, como de ánimo, uno y otro serian triunfo despedazado de aquella fiera? Pues mas fiera es la muerte que la fiera mas fiera, porque estas mas por acaso y la muerte por esencia. Mi cuerpo que era el caballo, no había visto a la muerte porque no la había padecido; mi alma que era el jinete tampoco la conocía, porque jamás la había considerado, con que dar sobre mi esta fiera en el recinto de una cama, fue tan espantoso el susto de su cercana vista, que al punto me hizo caer de animo, y turbándome el uso del alama y cuerpo fueron uno y otro indefenso despojo de su furia: Equum, et ascensorem dejecit in mare. (Exod. in cant. Mois.).
     Esto nació de no haber puesto en mi vida los ojos en mi muerte, pues no me espantara vista entonces si la tuviera prevista antes, pero mientras viví, el mismo vivir me engañaba mientras enfermé, me engañó mi familia, mientras empeoré, me engañó mi médico; pues no pudiendo negar el mal, me negó el peligro consolándome con que no era enfermedad de muerte. ¡Oh crueldad temeraria! esto solo puede decirlo el que una vez lo dijo, que fue el Hijo de Dios, infirmitas haec non est ad mortem (Juan 11). Ay, ay que me muero: decían los amigos era imaginación, que  no pensara en eso, que antes de un mes había de cazar con ellos. Me decía mi mujer: hijo no te desconsueles, que esto no es una cosa de cuidado. Me decía el hijo: Padre, anímese usted, y no se adelante el mal con esa aprehensión. Me decían los asistentes: con este remedio ira usted por puntos mejorando. Así me ayudaron todos a mal morir.
     Con este engaño caía sobre lo que yo tanto deseaba, y lo afirmaban todos, y lo confirmaba el mismo obligado al desengaño, que era el médico; con eso yo, ¡Hay de mí! lo creí, y no supe de mi muerte hasta después de mi muerte: ad nihilum redactus sum, et nescivi (Psalm LXXII).
     Y si estremeció a los monjes, que todo el discurso de su vida emplearon la vida y el discurso no solo en esperar la muerte, sino en apetecerla, ved que haría en mi que ni por pensamiento me la figuré jamas, y que siempre huía de ella como de ella misma; que haría en mi cuando de improviso se me representó su horrible formidoloso ceño, su ejecutivo irreparable impulso, su eterna calamitosa consecuencia y todo a un tiempo y de un golpe todo.
     Lo que hizo fue helarme el susto la sangre, apretarme la congoja el corazón, estancarme la urgencia el aliento, enajenarme la angustia los sentidos, confundirme la prisa el entendimiento, ofuscarme el tropel de cuidados la memoria, y desesperarme la falta de tiempo y sobra de culpas la voluntad; y como con esta había de agenciar el perdón de mis pecados, espiré y morí ¡hay de mí! con ellos, y sin él; así espirarán las almas y morirán cuantos me sigan en no tener a su muerte muy presente, por imaginársela muy distante, en no acabarlo de creer ni aun cuando empieza a enfermar, en oír gratamente a quien les diga lo contrario, y en fin en criar una familia tan infiel e indevota que por no asustar al dueño con un desengaño breve, quieren despeñarlo a un abismo tan largo como eterno.
     Está fue (según se mi hizo saber en el juicio) pena correspondiente a mi culpa: fue mi culpa no velar por el bien de las almas de mi familia; y fue mi pena, que esta familia en la muerte me despintase la muerte, desatendiendo a mi alma en castigo de haber yo descuidado de las suyas: fue mi culpa el no vivir para ver el mal que de noche podrían obrar mis dependientes; y ahora es mi pena el velar siempre para ver siempre; y lo que veo siempre es el siempre que he de penar que no solo es el mayor tormento de la eternidad, sino toda la eternidad junta, porque estoy viendo siempre su interminable siempre, sin olvidarlo nunca. Esta vista es la que (como dice David) me hace furiosamente crujir, bramar, y perecer sin acabar, y la que hace que perezcan todos mis deseos peccator videbit, etc (Psalm. III).
     Uno de mis deseos es, que tú perezcas como yo; y para que aun este deseo perezca en mí, me compele Dios a que te desengañe (para que te preserves) que los mas que mueren de larga enfermedad, mueren de repente por no creer que de aquella han de morir. El mozo, porque por mozo ha de resistir; el viejo por lo que hasta entonces ha resistido; unos y otros y todos por la esperanza de vida que se toman, y que les dan; por esto hacen mas mal los médicos con retardar estos desengaños, que los demonios con todos sus engaños, tanto porque los demonios no son creídos, y los médicos si, como porque los engaños que pervierten una vida son curables, pero irreparables los que desgracian una muerte; por esto influye Satanás con tanto ahínco confianza de vivir en el enfermo, y pusilanimidad para sacarlo de ella en el médico, en los amigos, en los asistentes, todos hicieron aleve alianza contra mí, para despeñarme con mas ímpetu a ser eterno tizón de estas hogueras.
     No solo estoy aquí velando siempre para ver siempre mi oprobio sino que velan contra mi los mismos demonios, que aquí me guardaron el sueño, para que no viese lo que de noche obraba mi familia; y como estás fieras que me comen a bocados, nunca duermen, tampoco yo nunca dejo de velar: Qui me commedunt, non dormiunt (Job XXX). ¡Pero qué mucho, si hasta el mismo Dios está para mi alma en vela! Vilabo super eos in malum, et non in bonum (Jer. 44). Pondera cual será mi desdicha, pues para mi mal está desvelado todo un Dios; y cuándo será mi alivio, pendiendo de que duerma quien nunca puede dormir ni dormitar: Non dormitabit neque dormiet, qui custodit Israel (Psalm. CXX)
     ¡Ah! que alguna vez ya me hirió alguna luz de esta eternidad. Pero temí perder el juicio si cavilaba en ella, ahora conozco que era el único medio para cobrarlo. ¿Pudo ser mayor mi locura que no temer estar en el infierno siempre y temer pensar en el infierno un rato? Cosa increíble es que quisiera yo ponerme en este estado, pero mas increíble es que fía quien me oye y se mantiene en él, siendo tanto los padres de familia que no se apartan del camino o descamino por donde yo he llegado a este término sin término.
     Ya pues, oh padre de familia, que ves en mi cabeza, que por descuidar en vida de las almas de mi familia, quiso Dios que en mi muerte esta familia descuidase de mi alma, ya que ves que por haberles yo creído, y no pensar en mi muerte, me halle muerto sin pensar; y ya ves que en pena de no haber velado en mi casa por la honra de Dios como por la mía estoy aquí siempre velando, y Dios y sus verdugos se están desvelando en mi deshonra; ya ves que este velar yo siempre es para ver el siempre que aquí he de penar, y que ahí nunca medité, haz de todo esto que fue veneno para mi triaca para ti, obrando lo contrario sino quieres hallarte tan pesadamente burlado como yo; desvelate siempre en ver siempre este siempre para tu bien, sino quieres aqui velar siempre para ver siempre tu mal eterno, y tu eterno oprobio, como te amenaza el tema: Evigilabunt in opprobrium ut videant semper; y en el Apocalipsis III, 3, Si non vigilaveri, veniam ad te tamquam fur, et nescies, qua hor, veniam ad te.
Dr. José Boneta
GRITOS DEL INFIERNO

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