jueves, 16 de julio de 2015

Bene omnia fecit

TODO LO HIZO BIEN
     Hacerlo todo bien. ¿No es esa mi aspiración?
     Poder presentarme ante el Juez Supremo en el día de la cuenta y de ofrecerle todas mis obras bien hechas, ¿no es la seguridad plena de escuchar de sus divinos labios aquel Euge, serve bone et fidelis; Regocijate, siervo bueno y fiel..., y entra en el gozo de tu Señor?
     Hacerlo todo bien encierra, por lo menos, tres cosas:
     hacer siempre y en todo momento lo que Dios quiere que yo hagan,
     hacer lo que hago con toda diligencia y empeño,
     hacer lo que hago con intención recta de agradar a Dios.
     Es decir, lo que Dios quiere,
     como Dios quiere, 
     porque Dios quiere.
     Ahí tengo materia para mi meditación y examen.

     Lo que Dios quiere: tengo una obligación que cumplir. Y esa obligación se manifiesta de diversas maneras: por mis superiores, por mis Reglas, por las circunstancias. Es la voluntad de Dios, que se me presenta en cada momento:
     fácil, alegre, agradable, muchas veces;
     difícil, dura a la naturaleza; dolorosa, otras;
     pero siempre amable, cuando veo en ella el querer de mi Padre y de mi Dios.
     Aceptar esa voluntad santa y cumplirla: eso es hacer siempre lo que Dios quiere de mí.

     Como Dios lo quiere: Dios quiere de mi aplicación fiel, constante, seria, a mi trabajo. No puede satisfacerle una voluntad débil, floja, que se contenta con un cumplimiento superficial y formalista del deber de cada momento.
     Age quod agis: dedicar a mi obra, a mi ocupación, todas mis energias, toda mi consagración: no tengo que hacer entonces nada mas que aquello.
     Vivo algunas veces despedazando tristemente mis fuerzas en ocupaciones y preocupaciones que no me permiten hacer nada bien hecho. ¿Por qué ese derroche de preciosas energías? No rendirán nunca lo que deben y lo que pueden, mientras no las consagre integras a lo que traigo entre manos.
     Hacer primero una cosa, después otra; no querer ocuparme de todo al miso tiempo. ¡Cuántas veces me sorprendo en este absurdo de querer hacer mil cosas a la vez, y, mientras tanto, el tiempo, don precioso de Dios, vuela y... me quedo con las manos vacías!.

     Porque Dios lo quiere: ¡Ah, en cuántas obras no se encuentra otra cosa que  mi propia voluntad! ¡Me busco a mí mismo: mi satisfacción, mi comodidad, la estima de mis hermanos, cuántas cosas más!
     Y, sin embargo, lo único que debería interesarme es buscar a Dios, y buscarlo en todas mis obras. "Ahora comáis, ahora bebáis, ahora hagáis cualquier cosa, hacerlo todo a gloria de Dios".
     En mi vida no hay nada indiferente; todo debe de ir enderezado a Dios; aun las cosas mas insignificantes; Dios las acepta si yo se las ofrezco con sinceridad. Son el don de mi amor. Son el testimonio de mi fidelidad, de mi deseo de agradarle, de servirle. Él nada de eso rechaza.
     Esa intención pura, ¡cómo eleva el valor de mis obras!

     Ahora mi examen:
     mi distribución de cada día, señalada o aprobada por la obediencia, es para mi la voluntad de Dios; es lo que Dios quiere de mí;
     ¿la cumplo siempre con constancia, con fidelidad, con puntualidad?
     ¿mi atención se consagra siempre y de lleno a las obras que esa distribución me señala?; ¿puedo darme, sinceramente, el testimonio de que las hago como Dios quiere?;
     ¿mi intención en ellas es recta, es pura?; ¿las hago porque Dios lo quiere?
     ¡Cuánta materia de confusión!

     Tengo que mirar a mi Divino Modelo: Bene omnia fecit. Él lo hizo todo bien, y me dice: "Aprended de mí".

Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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