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martes, 22 de febrero de 2011

EL DECRETO CONCILIAR "UNITATIS REDINTEGRATIO" Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (5)

Por Ing. Mateo Roberto Gorostiaga

* "Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II" del 21 de Noviembre de 1964.
• Tomada con subtitulos y números de párrafos de la IV edición Guadalupe.

II. LAS IGLESIAS Y COMUNIDADES ECLESIALES SEPARADAS EN OCCIDENTE
Condición propia de estas comunidades
U.R.19 A) Las Iglesias y comunidades eclesiales que se disgregaron de la Sede Apostólica Romana, bien en aquella gravísima perturbación que comenzó en el Occidente ya a finales de la Edad Media, bien en tiempos sucesivos, están unidas con la Iglesia católica por una afinidad de lazos y obligación particulares por haber desarrollado en los tiempos pasados una vida cristiana multisecular en comunión eclesiástica.

Pío IX condena en el Syllabus (proposición 18):
El protestantismo no es otra cosa que una forma diversa de la misma verdadera religión cristiana y en él, lo mismo que en la Iglesia Católica, se puede agradar a Dios (D.1718).

León XIII (Satis Cognitum):
(15. Punto en que muchos yerran) Aquellos que hacen profesióndel cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. El punto mas importante y absolutamente indispensable, aquél en que yerran muchos, consiste en discernir de qué naturaleza es, de qué especie es esta unidad. Puesta aquí, como Nos lo hemos dicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión o conjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y comprobar cuál es la unidad de fa fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.
(17...) Al punto de volverse Jesús al cielo, envía a sus Apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. "Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a lodas las naciones... enseñadlas a observar todo lo que os he mandado" (Mt. 28, 18-20). Todos los que obedezcan a los Apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.
"Quien crea y se bautice será salvo; quien no crea será condenado" ( Mc. 16, 16).

Pío IX.- Concilio Vaticano:
[Canon.] Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema (D.1S25).

U.R. 19 B) Puesto que estas ideas y comunidades eclesiales, por la diversidad de su origen, de su doctrina y de su vida espiritual, discrepan bastante no solamente de nosotros, sino también entre sí, es tarea muy difícil describirlas cumplidamente, cosa que no pretendemos hacer aquí.

León XIII (S.C.):
[30. ] Si hay,... un punto que ha sido revelado evidentemente por Dios y nos negamos a creerlo, entonces no se cree absolutamente en nada con fe divina.
Pues el juicio que emite Santiago respecto de las fallas en el orden moral, hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. Quien se hace culpable en un solo punto se hace trasgresor de todos (Santiago 2. 10). Esto es aun más verdadero en los errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio, como pueda llamarse trasgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola falta moral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de toda la ley, ese desprecio no aparece sino por una especie de interpretación de la voluntad del pecador. Al contrario, empero, quien en un solo punto rehusa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la Fe, pues rehusa someterse a Dios en cuanto es la soberana verdad y el motivo propio de la fe. En muchos puntos están conmigo, en otros no están conmigo; pero a causa de ios puntos en que no están conmigo, de nada les sirve estar conmigo en todo lo demás (San Agustin Salmo 54. n.19. P.L. 36, 641.)
[49. San Jerónimo y San Agustín. ] Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso I: Hablo al sucesor del Pescador y al discípulo de la Cruz... Estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro. Se que sobre esa piedra se ha edificado la Iglesia (San Jerónimo Ep. 15 ad Dam. n. 2. P.L. 22, 355).
El método habitual de San Jerónimo para reconocer si un hombre es católico, es saber si está unido a la Cátedra romana de Pedro. Si alguno está unido a la Cátedra romana de Pedro, ese es mi hombre'' (San Jerónimo Ep. 16 ad Dam. n. 2. P.L. 22. 359). Por un método análogo San Agustín, que declara abiertamente que en la iglesia romana estaba siempre en vigencia el Primado de la Cátedra apostólica, afirma que quien se separa de la fe romana no es católico. No puede creerse que guardáis la fe católica los que no enseñáis que se debe guardar la fe romana (San Agustín Ep. 43. 7; Serm. 120. 13. P.L. 33. 163).

León XIII (S.C.):
(59...) Por esto el decreto del Concilio Vaticano que definió la naturaleza y el alcance de la primacía del Pontífice Romano, no introdujo ninguna opinión nueva, pues sólo afirmó la antigua y constante fe de todos los siglos.

U.R.19 C) Aunque todavía no es universal el movimiento ecuménico y el deseo de armonía con la Iglesia católica, abrigamos no obstante la esperanza de que este sentimiento ecuménico y el mutuo aprecio in'm imponiéndose poco a poco en todos*.
* El movimiento de apertura ecumenista abre sus brazos no sólo a los cristianos de diversas confesiones o comuniones sino también a los no cristianos que "se ordenan de diverso modo al Pueblo de Dios". Véase así la Constitución dogmática Lumen Gentium y la Declaración Conciliar Nostra Aetate.

Pío XI (MortaliumAnimos):
(2...) Con tal fin suelen estos mismos ecumenistas organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquéllos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión.
[9... "La división'' de la Iglesia] Añaden que la Iglesia, de suyo o por su propia naturaleza, está dividida en partes, esto es, se halla compuesta de varias comunidades distintas, separadas todavía unas de otras, y coincidentes en algunos puntos de doctrina, aunque discrepantes en lo demás, y cada una con los mismos derechos exactamente que las otras; y que la Iglesia sólo fue única y una, a lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros Concilios Ecuménicos. Sería necesario pues -dicen-, que, suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia cristiana, se formule y proponga con las doctrinas restantes una norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya reconocerse, sino sentirse hermanos. Y cuando las múltiples iglesias o comunidades estén unidas por un pacto universal, entonces será cuando puedan resistir sólida y fructuosamente los avances de la impiedad...

Y León XIII (Satis Cognitum):
[17...]"Pero -dijo Cristo Nuestro Señor- si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras" (Juan 10. 38). Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber, no solamente de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla, es contrario a la razón.
(30...) Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia de Cristo (II Cor. 10, 5) obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. Vosotros que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio (San Agustin cont. Faust. 1. 17, 3. P.L. 42, 342).
Los Padres del Concilio Vaticano I nada de nuevo dictaminaron al respecto pues sólo se conformaron con la institución divina y con la antigua doctrina de la Iglesia y con la naturaleza misma de la fe, cuando formularon este decreto: Se deben creer como de fe divina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra de Dios escrita o trasmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por un juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelada" (Conc. Vat. Ses. 3. c.3. D.1792). (S.C.).

Pío IX, 1846-1878 - Concilio Vaticano, 1869-1870:
[Afirmación del primado] Por tanto, apoyados en los claros testimonios de las Sagradas Letras y siguiendo los decretos elocuentes y evidentes, ora de nuestros predecesores los Romanos Pontífices, ora de los Concilios universales, renovamos la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, por la que todos los fieles de Cristo deben creer que "la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo, en la persona del bienaventurado Pedro, plena potestad de apacentar, regir y gobernara la Iglesia universal, tal como aunen las actas de los Concilios Ecuménicos y en los sagrados Cánones se contiene" [v. D.694] (D.1826).
(45. Pedro jefe de la sociedad cristiana) Es, [Cristo], el Rey de la Iglesia, que posee la llave de David; cierra, y nadie puede abrir: abre, y nadie puede cerrar (Apo. 3, 7.), y por eso al dar las llaves a Pedro le declara jefe de la sociedad cristiana. Es también el Pastor supremo, que a sí mismo se llama el Buen Pastor (Juan 10. 11.) y por eso también ha nombrado a Pedro pastor de sus corderos y ovejas.
Por esto dice San Crisóstomo: Era el principal entre los Apóstoles; era como la boca de los otros discípulos y la cabeza del cuerpo apostólico... Jesús, al decirle que debe tener en adelante confianza, porque la mancha de su negación está ya borrada, le confía el gobierno de sus hermanos. Si tú me amas, sé jefe de tus hermanos (Crisóst. Hom. 88 in Joan. 1. P.G. 59, 178-79). Finalmente, Aquél que confirma en toda buena obra y en toda buena palabra (II Tes. 2, 16) es quien manda a Pedro que confirme a sus hermanos.
San León Magno dice con razón: Del seno del mundo entero, Pedro solo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los Apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo (San León Magno Sermon IV. c. 11. P.I.. 54, 149-50). Sobre el mismo asunto escribe San Gregorio Magno al emperador Mauricio Augusto: Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que por la palabra del Señor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al Santo Apóstol Pedro, jefe de todos los Apóstoles... Ha recibido las llaves del reino de los cielos, el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobiemo de toda la Iglesia le ha sido confiado (San Gregorio Epist. 1, V. ep. 20. P.L. 77. 745-46).

U.R.19 D) Hay que reconocer, ciertamente, que entre las Iglesias y comunidades y la Iglesia católica hay discrepancias esenciales no sólo de índole histórica, sociológica, sicológica y cultural, sino, ante todo, de interpretación de la verdad revelada. Mas para que a pesar de estas dificultades pueda entablarse más fácilmente el diálogo ecuménico, en los siguientes parrafos trataremos de ofrecer algunos puntos que pueden y deben ser fundamento y estímulo para este diálogo.

León X (1513-1521) en la Bula Exsurge Dómino, de 15-VI-I510,
condena estos errores de Lutero

1. Es sentencia herética, pero muy al uso, que los sacramentos de la Nueva Ley, dan la gracia santificante a los que no ponen óbice. (D. 741).
2. Decir que en el niño después del bautismo no permanece el pecado, es conculcar juntamente a Pablo y a Cristo (D.742) [...]
7. Muy veraz es el proverbio y superior a la doctrina hasta ahora por todos enseñada sobre las contricciones: "La suma penitencia es no hacerlo en adelante; la mejor penitencia, la vida nueva". (D.747).
8. En modo alguno presumas confesar los pecados veniales; pero ni siquiera todos los mortales, porque es imposible que los conozcas todos. De ahí que en la primitiva Iglesia sólo se confesaban los pecados mortales manifiestos (o públicos) (D.74S).
9. Al querer confesarlo absolutamente todo, no hacemos otra cosa que no querer dejar nada a la misericordia de Dios para que nos lo perdone (D.749) [...]
24. Hay que enseñar a los cristianos más a amar la excomunión que a temerla (D.764)[...[
31. El justo peca en toda obra buena (D.771).
32. Una obra buena, hecha de la mejor manera, es pecado venial... (D.772).

Sobre la Bula Exsurge Domino dice el "Dictionnaire de Theologie Catholique" de Vacant, Mangenot y Amman, articulo Lutero:
Cuarenta y una proposiciones de Lutero fueron allí condenadas; más de la mitad trataban la teoría de la justificación por la fe sin las obras, las otras de la autoridad de la Iglesia.
A comienzo de noviembre (1520) en un nuevo panfleto: Contra la execrable bula del Anticristo, Lutero se vuelve más agresivo. Al fin se decide a cortar los puentes. El 10 de diciembre, ante la puerta del Elster, quema la bula en público. Mientras ella ardía, dijo solemnemente: "Puesto que has turbado la verdad de Dios, que el Señor te turbe en este fuego".
Más adelante él escribía en 1531: "Yo no puedo rezar sin maldecir. Cuando digo: "Santificado sea tu nombre", no puedo evitar de agregar: "maldito, condenado, infame sea el nombre de los papistas y de cuantos injurian tu nombre". Cuando digo "Vénganos el tu reino", yo agrego: "maldito, condenado, abajo sea el papismo, con todos los reinos que sobre la tierra se elevan contra el tuyo". Cuando digo: "Hágase tu voluntad", agrego: "Malditos, condenados, infames, abajo sean todos los pensamientos y proyectos de los papistas y de todos los que trabajan contra tu voluntad y tus designios". Es así que rezo todos los días, del Fondo del corazón como de los labios, sin cansarme".

León XIII (Satis Cognitum)
(61. A los hijos fieles) Todos los que por un insigne beneficio de Dios tienen la dicha de haber nacido en el seno de la Iglesia católica y de vivir en ella escucharán nuestra voz Apostólica, Nos tenemos ninguna razón para dudar de ello. Mis ovejas oyen mi voz (Juan 10, 27). Todos ellos habrán hallado en esta Carta medios para instruirse más plenamente y para adherirse, con un amor más ardiente, cada uno a sus propios Pastores, y por éstos al Pastor supremo, a fin de poder continuar con mayor seguridad en el aprisco único, y recoger una mayor abundancia de frutos saludables.
[62. A los que están fuera de la Iglesia] Pero fijando nuestras miradas en el autor y consumador de la fe, Jesús (Hebr. 12, 2), cuyo lugar ocupamos y por quien Nos ejercemos el poder, aunque sean débiles Nuestras fuerzas para el peso de esta dignidad y de este cargo Nos sentimos que su caridad inflama Nuestra alma y emplearemos no sin razón, estas palabras que Jesucristo decía de sí mismo: Tengo otras ovejas que no están en este aprisco; es preciso también que yo las conduzca y escucharán mi voz (Jn. 10. 16). No rehusen, pues, escucharnos y mostrarse dóciles a Nuestro amor paternal, todos aquellos que destestan la impiedad, hoy tan extendida, que reconocen a Jesucristo, que le confiesan Hijo de Dios y Salvador del género humano, pero que, sin embargo, viven errados y apartados de su Esposa. Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero.

La confesión de Cristo
U.R.20 Nuestra atenciónse dirige, ante todo, a los cristianos que reconocen públicamente a Jesucristo como Dios y Señor y Mediador único entre Dios y los hombres, para gloria del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sabemos que existen graves divergencias entre la doctrina de estos cristianos y la doctrina de la Iglesia católica aun respecto de Cristo, Verbo de Dios encarnado, de la obra de la redención y, por consiguiente, del misterio y ministerio de la Iglesia y de la función de María en la obra de la salvación. Nos gozamos, sin embargo, viendo a los hermanos separados tender hacia Cristo, como fuente y centro de la comunión eclesiástica. Movidos por el deseo de la unión con Cristo, se ven impulsados a buscar más y más la unidad y también a dar testimonio de su fe delante de todo el mundo.

Pío XI, (Mortalium Animos):
(14...) ¿Cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás? ¿Y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían formar una sola y misma Asociación de fieles los hombres que defienden doctrinas contrarias, como, por ejemplo, los que afirman y los que niegan que la sagrada Tradición es fuente genuina de la divina Revelación; los que consideran de institución divina la jerarquía eclesiástica, formada de Obispos, presbíteros y servidores del altar, y los que afirman que esa jerarquía se ha introducido poco a poco por las circunstancias de tiempos y de cosas; los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía por la maravillosa conversión del pan y del vino, llamada "transubstanciación", y los que afirman que el Cuerpo de Cristo está allí presente sólo por la fe, o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma Eucaristía reconocen su doble naturaleza de sacramento y sacrificio, y los que sostienen que sólo es un recuerdo o conmemoración de la Cena del Señor; los que estiman buena y útil la suplicante invocación de los Santos que reinan con Cristo, sobre todo de la Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los que pretenden que tal culto es ilícito por ser contrario al honor del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo? (Ver Tim. 2, 5).

Leon XIII, 1878-1903 (Testem Benevolentiae)
Pretenden en efecto, que es oportuno para atraer las voluntades de los discordes, omitir ciertos puntos de doctrina, como si fueran de menor importancia, o mitigarlos de manera que no conserven el mismo sentido que constantemente mantuvo la Iglesia. Mas con cuán reprobable consejo haya sido todoeso excogitado... no hace falta largo discurso para demostrarlo, con que se recuerde la naturaleza y el origen de la doctrina que enseña la Iglesia. Dice a este propósito el Concilio Vaticano: "Y jamás hay que apartarse..." [v. D.1800](D.1967)... de ese sentido so pretexto y nombre de una más alta inteligencia (D.1800).

U.R.: "Los hermanos separados... movidos por el deseo de la unión con Cristo, se ven impulsados... a dar testimonio de su fe".

León XIII (Testem Benevolentiae)
Todo magisterio externo es rechazado como superfluo y hasta como menos útil por aquellos que se dedican a alcanzar la perfección cristiana: ahora -dicen- infunde el Espíritu Santo en las almas de los fieles más amplios y abundantes carismas que en los tiempos pasados, y les enseña y los conduce, sin intermedio de nadie, por cierto misterioso instinto... (D.1970).

Pío IX, 1846-1878.- Concilio Vaticano, 1869-1870
Así, pues, "toda aserción contraria a la verdad de la fe iluminada, definimos que es absolutamente falsa" [V Concilio de Letrán; v. 738] (D.1797).
Y la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada... (D.1800).
Y así termina el Símbolo Quicumque o Atanasiano:
...Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse. (D.40)

El estudio de la Sagrada Escritura
U.R.21 A) El amor y la veneración, y casi culto a las Sagradas Escrituras, conducen a nuestros hermanos separados al estudio constante y solícito de la Biblia, pues el Evangelio es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego (Rom. 1, 16).

León XIII (Satis Cognitum):
(75...) La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamientos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretación nacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí las controversias, disensiones y querellas como las que estallaron en la Iglesia en la época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo hablando de los herejes: "Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación" (San Ireneo Ad. Haer. III. 12. n° 12. P.G. 7, 906). Y San Agustín: "El origen de las herejías y de los dogmas perversos que tienden lazos a las almas y las precipitan en el abismo, está únicamente en que las Escrituras que son buenas se entienden de una manera que no es buena" (San Aug. Evang. Joa. trac-18, c. 5, n° 1).

Paulo III, 1534-1549. Concilio de Trento 1545-1563 (Sesión VI, 13-1-1543)
Contra la vana confianza de los herejes:
Pero aún cuando sea necesario creer que los pecados no se remiten ni fueron jamás remitidos sino gratuitamente por la misericordia divina a causa de Cristo; no debe, sin embargo, decirse que se remiten o han sido remitidos los pecados a nadie que se jacte de la confianza y certeza de la remisión de sus pecados y que en ella sola descanse, como quiera que esa confianza vana y alejada de toda piedad, puede darse entre los herejes y cismáticos, es más, en nuestro tiempo se da y se predica en contra de la Iglesia Católica (Can. 12)... (D.802).
Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que sin ellos o el deseo de ellos, los hombres alcanzan de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación -aun cuando no todos los sacramentos sean necesarios a cada uno-, sea anatema (D.847).

Pío XII en Humani Generis de 12-VIII-1950:
Algunos no se creen obligados por la doctrina hace pocos años expuesta en nuestra Carta Encíclica (Mystici Corporis) y apoyada en las fuentes de la Revelación, según la cual el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una sola y misma cosa. Algunos reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para alcanzar la salvación eterna (D.2319).

San León IX, De la Carta Concratulamur Vehementer, de 13-1V-1053:
Además anatematizo toda herejía que se levanta contra la Santa Iglesia Católica y juntamente a quienquiera crea que han de ser tenidas en autoridad o haya venerado otras Escrituras fuera de las que recibe la Santa Iglesia Católica. De todo en todo recibo los cuatro Concilios y los venero como a los cuatro Evangelios, pues la Santa Iglesia universal por las cuatro partes del mundo está apoyada en ellos como en una piedra cuadrada... ( S. Gregorii M. Epist. 3. cp 25 [P.L. 77, 478]) De igual modo recibo y venero los otros tres Concilios... Cuanto los antedichos siete Concilios santos y universales sintieron y alabaron, yo también lo siento y alabo, y a cuantos anatematizaron, yo los anatematizo. (D.349)

U.R.21 B) Invocando al Espíritu Santo, buscan en las Escrituras a Dios que, en cierto modo, les habla en Cristo, preanunciado por los profetas, Verbo de Dios encarnado por nosotros. En ellas contemplan la vida de Cristo y cuanto el divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los hombres, sobre todo los misterios de su muerte y de su resurrección.

León XIII (Satis Cognitum):
(62...) Los que toman el nombre de Cristo, es necesario que lo tomen todo entero. Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza es el Hijo único de Dios; el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dos en una sola carne. Todos los que tienen respecto de la cabeza un sentimiento diferente del de las Escrituras, en vano se encuentran en todos los lugares donde se halla establecida la Iglesia, porque no están en la Iglesia.
E igualmente todos los que piensen como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia (S. Agust. contra Donat. ep. sive de Unitate Eccl. c. IV.. n. 7. P.L. 43. 395).

Sesión IV (8 de abril de 1546) Paulo III, 1534-1549.- Concilio deTrento, 1545-1563
El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento... (para) que, quitados los errores, se conserve en la Iglesia la pureza misma del Evangelio que, prometido antes por obra de los profetas en las Escrituras Santas, promulgó primero por su propia boca Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y mandó luego que fuera predicado por ministerio de sus Apóstoles a todo criatura [Mt. 28, 19 y s; Mc. 16,15] como fuente de toda saludable verdad y de toda disciplina de costumbres; y viendo perfectamente que esta verdad y disciplina se contiene en los libros escritos y las tradiciones no escritas que, transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros desde los apóstoles, quienes las recibieron o bien de labios del mismo Cristo, o bien por inspiración del Espíritu Santo; siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, con igual afecto depiedad e igual reverencia recibe y venera todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, como quiera que un solo Dios es autor de ambos, y también las tradiciones mismas que pertenecen ora a la fe ora a las costumbres, como oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo dictadas y por continua sucesión conservadas en la Iglesia Católica.
Ahora bien, creyó deber suyo escribir adjunto a este decreto un índice [o canon] de los libros sagrados, para que a nadie pueda ocurrir duda sobre cuáles son los que por el mismo Concilio son recibidos (D.783).
Son los que a continuación se escriben [sigue la lista de los libros canónicos de ambos Testamentos]... Y si alguno no recibiere como sagrados y canónicos los libros mismos íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia Católica y se contienen en la antigua edición vulgata latina, y despreciare a ciencia y conciencia las tradiciones predichas, sea anatema. Entiendan, pues, todos, porqué orden y camino, después de echado el fundamento de la confesión de la fe, ha de avanzar el Concilio mismo y de qué testimonios y auxilios se ha de valer principalmente para confirmar los dogmas y restaurar en la Iglesia las costumbres (D.784).
Además para reprimir los ingenios petulantes, decreta que nadie, apoyado en su prudencia, sea osado a interpretar la Escritura Sagrada, en materias de fe y costumbres, que pertenecen a la edificación de la doctrina cristiana, retorciendo la misma Sagrada Escritura conforme al propio sentir, contra aquel sentido que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien atañe juzgar del verdadera sentido e interpretación de las Escrituras Santas, o también contra el unánime sentir de los Padres, aun cuando tales interpretaciones no hubieren de salir a luz en tiempo alguno. Los que contravinieren, sean declarados por medio de los ordinarios y castigados con las penas establecidas por el derecho...

U.R.21 C) Pero cuando los hermanos separados reconocen la autoridad divina de los sagrados libros sienten -cada uno a su manera - diversamente de nosotros en cuanto a la relación entre las Escrituras y la Iglesia, en la cual, según la fe católica, el magisterio auténtico tiene un lugar especial en orden a la exposición y predicación de la Palabra de Dios escrita.

León XIII (Testem Benevolentiae).
En la causa, sin embargo, de que hablamos, querido Hijo Nuestro, lo que trae más peligro y es más perjudicial a la doctrina y disciplina católica es el consejo aquel de los seguidores de novedades por el que piensan que hay que introducir en la Iglesia una especie de libertad, de suerte que, restringida en cierto modo la fuerza y vigilancia del poder (del Magisterio) sea lícito a los fieles entregarse algo más ampliamente a su natural y a la virtud activa... (D.1969).

San Pío X, JURAMENTO ANTIMODERNISTA:
Repruebo igualmente el método de juzgar e interpretar la Sagrada Escritura que, sin tener en cuenta la tradición de la Iglesia, la analogía de la fe y las normas de la Sede Apostólica, sigue los delirios de los racionalistas y abraza no menos libre que temerariamente la crítica del texto como regla única y suprema (D.2146).

León XIII (Providentissimus Deus, de 18-M-1893):
Todos los libros que la Iglesia recibe como sagrados y canónicos, han sido escritos íntegramente, en todas sus partes, por dictado del Espíritu Santo, y tan lejos está que la divina inspiración pueda contener error alguno, que ella de suyo no sólo excluye todo error, sino que los excluye y rechaza tan necesariamente como necesario es que Dios, Verdad suprema, no sea autor de error alguno (D. 1951).
Esta es la antigua y constante fe de la Iglesia, definida también por solemne sentencia en los Concilios de Florencia (v. D.706) y de Trento [v. D.7.X3 ss] y confirmada finalmente y más expresamente declarada en el Concilio Vaticano, que promulgó absolutamente: Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento... tienen a Dios por autor [ v. D. 1787]... (D. 1052).
Valga en general lo que el mismo Agustín escribió a Jerónimo: "Si tropiezo en esas Letras con algo que parezca contrario a la verdad, no dudaré sino que o el códice es mendoso, o el traductor no alcanzó lo que decía el original, o yo no he entendido nada..." (S. August. Ep. 82, 1, 3 (P.L. 33 (Aug. II). 277) y con frecuencia en otras partes) (D.1952).
Muchas cosas efectivamente tomadas de todo género de ciencias, se han lanzado durante mucho tiempo y con ahinco contra la Escritura, y luego han envejecido totalmente por vanas; igualmente, no pocas interpretaciones (no pertenecientes propiamente a la regla de la fe y las costumbres) fueron en otro tiempo propuestas de pasajes en que más tarde vio más rectamente una investigación más penetrante. En efecto, el tiempo borra las fantasías de las opiniones, pero "la verdad permanece y cobra fuerzas eternamente" (Esdras IV, 38).(D.1953).

Así Clemente VI a Consolador Catolicón de los Armenios:
Decimocuarto, si has creído y crees que el Nuevo y Antiguo Testamento, en todos los libros que nos ha transmitido la autoridad de la Iglesia Romana, contienen en todo la verdad indubitable... (D.570r).

Pío IV, 1559-1565.- Concilio de Trento, 1545-1563:
Admito y abrazo firmísimamente las tradiciones de los Apóstoles y de la Iglesia y las restantes observancias y constituciones de la misma Iglesia. Admito igualmente la Sagrada Escritura conforme al sentido que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien compete juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras, ni jamás la tomaré e interpretaré sino conforme al sentir unánime de los Padres (D.995).
... Abrazo y recibo todas y cada una de las cosas que han sido definidas y declaradas en el sacrosanto Concilio de Trento acerca del pecado original y de la justificación (D.996).

U.R.21 D) Sin embargo, las Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo, instrumentos preciosos en la mano poderosa de Dios para lograr aquella unidad que el Salvador presenta a todos los hombres.

Pío IX, 1846-1878.- Concilio Vaticano, 1869-1870:
(De las fuentes de la revelación) Ahora bien, esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal declarada por el santo Concilio de Trento, "se contiene en los libros escritos y en las tradiciones no escritas, que recibidas por los Apóstoles de boca de Cristo mismo, o sea por los mismos Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros" (Con. Trid., v. D.783). Estos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, íntegros con todas sus partes, tal como se enumeran en el decreto del mismo Concilio, y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, han de ser recibidos como sagrados y canónicos, no porque compuestos por sola industria humana, hayan sido luego aprobados por ella; ni solamente porque contengan la revelación sin error; sino porque escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido entregados a la misma Iglesia (Can. 4).(D. 1787).
[De la interpretación de la Sagrada Escritura]. Mas como quiera que hay algunos que exponen depravadamente lo que el santo Concilio de Trento, para reprimir a los ingenios petulantes, saludablemente decretó sobre la interpretación de la Escritura divina, Nos, renovando el mismo decreto, declaramos que su mente es que en materias de fe y costumbres que atañen a la edificación de la doctrina cristiana, ha de tenerse por verdadero sentido de la Sagrada Escritura aquél que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres (D.1788).

San Pío X, Del Motu Proprio Sacrorum Antistitum de 1° de septiembre de 1910:
Yo... abrazo y acepto firmemente todas y cada una de las cosas que han sido definidas, afirmadas y declaradas por el magisterio inerranle de la Iglesia, principalmente aquellos puntos de doctrina que directamente se oponen a los errores de la época presente...
En tercer lugar: creo igualmente con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, fue próxima y directamente instituida por el mismo, verdadero e histórico, Cristo, mientras vivía entre nosotros, y que fue edificada sobre Pedro, príncipe de la jerarquía apostólica, y sus sucesores para siempre.
Cuarto: acepto sinceramente la doctrina de la fe trasmitida hasta nosotros desde los Apóstoles por medio de los Padres ortodoxos siempre en el mismo sentido y en la misma sentencia (D.2145).

Eugenio IV, 1431-1447.- Concilio de Florencia, 1438-1445:
Asimismo definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernara la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones (D.694).

Pío IX, Concilio Vaticano:
A esta potestad están obligados por el deber de subordinación jerárquica y de verdadera obediencia los pastores y fieles de cualquier rito y dignidad... no sólo en las materias que atañen a la le y las costumbres, sino también en lo que pertenece a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de suerte que, guardada con el Romano Pontífice esta unidad tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un solo rebaño bajo un solo pastor supremo. Tal es la doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede desviarse sin menoscabo de su fe y salvación (D.1827).
(Canon) Así, pues, si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la ley a las costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las Iglesias, como todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema (D.1831).

martes, 15 de febrero de 2011

EL DECRETO CONCILIAR "UNITATIS REDINTEGRATIO" Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (4)

Por Ing. Mateo Roberto Gorostiaga

* "Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II" del 21 de Noviembre de 1964.
• Tomada con subtitulos y números de párrafos de la IV edición Guadalupe.

EL CONOCIMIENTO MUTUO DE LOS HERMANOS
U.R.9 Conviene conocer la disposición de ánimo de los hermanos separados. Para ello se,necesita el estudio que hay que realizar con un alma benévola guiada por la verdad. Es preciso que los católicos, debidamente preparados, adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la historia de la vida espiritual y cultural, de la sicología religiosa y de la cultura peculiares de los hermanos. Para lograrlo, ayudan mucho por ambas partes las reuniones destinadas a tratar sobre todo cuestiones teológicas, donde cada uno pueda tratar a los demás de igual a igual, con tal que los que toman parte, bajo la vigilancia de los prelados, sean verdaderamente peritos. De tal diálogo puede incluso esclarecerse más cual sea la verdadera naturaleza de la Iglesia católica. De esta forma conoceremos mejor el pensamiento de los hermanos separados, y nuestra fe aparecerá entre ellos más claramente expresada.

Pío XI (Mortalium Animos):
[13. Sin fe, no hay verdadera caridad.] Podrá parecer que dichos "pancristianos", tan atentos a unir las Iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente, ignora que San Juan, el Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto Amaos unos a los otros, prohibió absolutamente todo trato y comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis (II Juan 10). Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, como fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe.

PÍO IX, condena la doctrina de FROHSCHAMMER;
CARTA Gravissimas ínter de II-XII-1862:

Porque la Iglesia, por su divina institución, debe custodiar diligentísima mente íntegro e inviolado el depósito de la fe y vigilar continuamente con todo empeño por la salvación de las almas, y con sumo cuidado ha de apartar y eliminar todo aquello que pueda oponerse a la fe o de cualquier modo pueda poner en peligro la salud de las almas (D.1675).
Por lo tanto, la Iglesia, por la potestad que le fue por su Fundador divino encomendada, tiene no sólo el derecho, sino principalmente el deber de no tolerar, sino proscribir y condenar todos los errores, si así lo reclamaren la integridad de la fe y la salud de las almas; y a todo filósofo que quiera ser hijo de la Iglesia, y también a la filosofía, le incumbe el deber de no decir jamás nada contra lo que la Iglesia enseña y retractarse de aquello de que la Iglesia le avisare. La sentencia, empero, que enseña lo contrario, decretamos y declaramos que es totalmente errónea, y en sumo grado injuriosa a la fe misma, a la Iglesia y a la autoridad de ésta (D.1676).

Pío IX, 1846-1878, Concilio Vaticano, 1869-1870:
De lo que resulta que ella misma, como una bandera levantada para las naciones (Is. XI, 12), no sólo invita a sí a los que todavía no han creído, sino que da a sus hijos la certeza de que la fe que profesan se apoya en fundamento firmísimo. A este testimonio se añade el auxilio eficaz de la virtud de lo alto. Porque el benignísimo Señor excita y ayuda con su gracia a los errantes, para que puedan llegar al conocimiento de la verdad (1 Tim. II,4), y a los que trasladó de las tinieblas a su luz admirable (1 Petr. II, 9), los confirma con su gracia para que perseveren en esa misma luz, no abandonándolos, si no es abandonado (v. 804). Por eso, no es en manera alguna igual la situación de aquéllos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquéllos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa; porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe (Can. 6). Siendo esto así, dando gracias a Dios Padre que nos hizo dignos de entrar a la parte de la herencia de los santos en la luz (Col. 1, 12), no descuidemos salvación tan grande, antes bien, mirando al autor y consumador de nuestra fe, Jesús, mantengamos inflexible la confesión de nuestra esperanza (Hebr. 12, 2; 10, 23) (D.1794).

LA INSTITUCIÓN ECUMENISTA
U.R.10 A). Es necesario que las instituciones de la sagrada teología y de las otras disciplinas, sobre todo las históricas, se expliquen también en sentido ecuménico, para que respondan lo más posible a la realidad.

León XIII, 1878-1903, de la Carta Testem benevolentiae,
al cardenal GlBBONS, de 22 de enero de 1899:

El fundamento sobre que, en definitiva, se fundan las nuevas ideas que dijimos, es el siguiente: Con el fin de atraer más fácilmente a los disidentes a la doctrina católica, debe por fin la Iglesia acercarse algo más a la cultura de este siglo ya adulto y, aflojando la antigua severidad, condescender con los principios y modos recientemente introducidos entre los pueblos. Y muchos piensan que ello ha de entenderse no sólo de la disciplina de la vida, sino también de las enseñanzas en que se contiene el depósito de la fe... (D.1967).
Y la historia de todas las edades pretéritas es testigo de que esta Sede Apostólica, a quien fue concedido no sólo el magisterio,sino también el régimen supremo de toda la Iglesia, se mantuvo constantemente adherida al mismo dogma, al mismo sentido, a la misma sentencia (Conc. Vaticano, v. 1800)... (D.1968).

León XIII: (Satis Cognitum)
[29. Cristo instituyó el magisterio.] Es, pues, incuestionable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo iastituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declarare ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, todos deben tener por cierto que es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres, Señor, si estamos en el error Vos mismo nos habéis engañado (Ricardo de S. Víctor, De Trinit, 1. I, c. 2, P.L. 196, 891). Alejado, pues, todo motivo de duda, ¿puede a nadie permitirse rechazar algunas de esas verdades, sin que se precipiten abiertamente en la herejía, sin que se separe de la Iglesia y sin que repudie en conjunto toda la doctrina cristiana?

Pío IX: De la Carta Tuas libester, al arzobispo de Munich-Frisinga,
de 21 de diciembre de 1863:

... Sabíamos también, Venerable Hermano, que algunos de los católicos que se dedican al cultivo de las disciplinas más severas, confiados demasiado en las fuerzas del ingenio humano, no temieron, ante los peligros de error, al afirmar la falaz y en modo alguno genuina libertad de la ciencia, fueran arrebatados más allá de los límites que no permite traspasar la obediencia debida al magisterio de la Iglesia, divinamente instituido para guardar la integridad de toda la verdad revelada. De donde ha resultado que esos católicos, míseramente engañados, llegaran a estar frecuentemente de acuerdo hasta conquienes claman y chillan contra los Decretos de esta Sede Apostólica y de nuestras Congregaciones, en que por ellos se impide el libre progreso de la ciencia (v. 1712), y se exponen al peligro de romper aquellos sagrados lazos de la obediencia con que por voluntad de Dios está ligados a esta misma Sede Apostólica, que fue constituida por Dios maestra y vengadora de la verdad (D.1679).

U.R.10 B) Es muy conveniente que los que han de ser pastores y sacerdotes se imbuyan de la teología elaborada de esta forma, con sumo cuidado, y no polémicamente, máxime en lo que respecta a las relaciones de los hermanos separados para con la Iglesia católica, ya que de la formación de los sacerdotes, sobre todo, depende la necesaria instrucción y formación espiritual de los fieles y de los religiosos.

Pío XI: (Mortalium Animos)
[11. La verdad revelada no admite transacciones.] ¿Y habremos Nos de sufrir -cosa que sería por todo extremo injusta- que la verdad revelada por Dios, se rindiese y entrase en transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la verdad revelada. Para instruir en la fe evangélica a todas las naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles; y para que éstos no errasen en nada, quiso que el Espíritu Santo les enseñase previamente toda la verdad (Juan 16, 13); ¿y acaso esta doctrina de los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y custodiándola?

San Agatón, III Concilio de Constantinopla de 680-681, VI ecuménico:
contra los monotelitas:

Habiendo, pues, nosotros dispuesto esto en todas sus partes con toda exactitud y diligencia, determinamos que a nadie sea lícito presentar otra fe, o escribirla, o bien entregarla, o bien sentir o enseñarla de otra manera. Pero, los que se atrevieren a componer otra fe, o presentarla, o enseñarla, o bien entregar otro símbolo, a los que del helenismo, o del judaismo, o de una herejía cualquiera quieren convertirse al conocimiento de lu verdad; o se atrevieren a introducir novedad de expresión o invención de lenguaje para trastorno de lo que por nosotros ha sido ahora definido; éstos, si son obispos o clérigos, sean privados los obispos del episcopado y los clérigos de la clerecía; y si son monjes o laicos, sean anatematizados (D.293).

U.R.10 C) Es también conveniente que los católicos, empeñados en obras misioneras en las mismas tierras en que hay también otros cristianos, conozcan hoy sobre todo los problemas y los frutos que surgen del ecumenismo en su apostolado.

Pío IX, 1846-1878, Concilio Vaticano de 1869-1870:
[Argumento tomado del consentimiento de la Iglesia.] En cumplir este cargo pastoral, nuestros antecesores pusieron empeño incansable, a fin de que la saludable doctrina de Cristo se propagara por todos los pueblos de la tierra, y con igual cuidado vigilaron que allí donde hubiera sido recibida, se conservara sincera y pura. Por lo cual, los obispos de todo el orbe, ora individualmente, ora congregados en Concilios, siguiendo la larga costumbre de las Iglesias y la forma de la antigua regla dieron cuenta particularmente a esta Sede Apostólica de aquellos peligros que surgían en cuestiones de fe, a fin de que allí señaladamente se resarcieran los daños de la fe, donde la fe no puede sufrir mengua (Cf. S. Bern. Epíst (190) ad Innoc. II (P.L. 182, 1053, D). Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y de las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas... (D. 1836).

LA FORMA DE EXPRESAR Y DE PONER LA DOCTRINA DE LA FE
U.R.11 A). En ningún caso debe ser obstáculo para el diálogo con los hermanos el sistema de exposición de la fe católica. Es totalmente necesario que se exponga con claridad toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica y oscurecer su genuino y verdadero sentido.

Sigue el Conc. Vaticano (I):
... pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe. Y ciertamente, la apostólica doctrina de ellos, todos los venerables Padres la han abrazado y los Santos Doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamentc que esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc. 22, 32).
Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno (D.1837).
Y antes: el Concilio de Florencia definió: "Que el Romano Pontífice es verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y a él, en la persona de San Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo la plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal" (v. 694) (D.1835).

U.R.11 B) La fe católica hay que exponerla al mismo tiempo con más profundidad y con más rectitud, para que tanto por la forma como por las palabras pueda ser cabalmente comprendida también por los hermanos separados.

Pío IX, Concilio Vaticano:
Y nuevamente está escrito: Tenemos palabra profética más firme, a la que hacéis bien en atender como a una antorcha que brilla en un lugar tenebroso (2 Petr. 1, 19).
[La fe es en sí misma un don de Dios.] Mas aun cuando el asentimiento de la fe no sea en modo alguno un movimiento ciego del alma; nadie, sin embargo, "puede consentir a la predicación evangélica", como es menester para conseguir la salvación, "sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que da a todos suavidad en consentir y creer a la verdad" (Conc. de Orange, v. 178 ss.). Por eso, la fe, aun cuando no obre por la caridad (cf. Gal. 5,6), es en sí misma un don de Dios, y su acto es obra que pertenece a la salvación; obra por la que el hombre presta a Dios mismo libre obediencia, consintiendo y cooperando » su gracia, a la que podría resistir (cf. 797 s; Can. 5) (D. 1790-1791).
[Del doble orden de conocimiento.] El perpetuo sentir de la Iglesia Católica sostuvo también y sostiene que hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino también por su objeto; por su principio primeramente, porque en uno conocemos por razón, en otro por fe divina; por su objeto también, porque aparte aquellas cosas que la razón natural puede alcanzar; se nos proponen para creer misterios escondidos en Dios de los que, a no haber sido divinamente revelados, no se pudiera tener noticia (Can. 1). Por eso el Apóstol, que atestiguH que Dios es conocido por los gentiles por medio de las cosas que han sido hechas (Rom. 1, 20); sin embargo, cuando habla de la gracia y de la verdad que ha sido hecha por medio de Jesucristo (cf. Ioh. 1, 17), manifiesta: Proclamamos la sabiduría de Dios en el misterio; sabiduría que está escondida, que Dios predestinó antes de los siglos para gloria nuestra, que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido...; pero a nosotros Dios nos la ha revelado por medio de su Espíritu. Porque el Espíritu, todo lo escudriña, aún las profundidades de Dios (1 Cor. 2, 7, 8, y 10). Y el Unigénito mismo alaba al Padre, porque escondió estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los pequeñuelos (cf". Mt. 11, 25) (D.1795).

León XIII (Satis Cognitum):
Mas a la manera que la doctrina celeste jamás fue abandonada al arbitrio e ingenio de los particulares, sino que, enseñada al principio por Jesús, fue luego separadamente encomendada al magisterio de que hemos hablado; así tampoco a cualquiera del pueblo cristiano, sino a algunos escogidos, ha sido divinamente conferida facultad de realizar y administrar los divinos misterios, juntamente con el poder de regir y gobernar... (D.1958).

Pío IX, Concilio Vaticano:
Así: [Canon.] Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituido por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema (D.1823).

U.R.11 C) Finalmente, en el diálogo ecumenista los teólogos católicos, bien imbuidos de la doctrina de la Iglesia, al tratar con los hermanos separados de investigar los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no olviden que hay un orden o jerarquía de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. De esta forma se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más clara de las incalculables riquezas de Cristo (cfr. Ef. 3, 8).

Pío XI (Mortalium Animos):
(15...) Además, en lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquella diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pues la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad; creerán con la misma firmeza en el Magisterio infalible del Romano Pontífice, en el mismo sentido con que lo definiera el Concilio Ecuménico del Vaticano, como en la Encarnación del Señor.
No porque la Iglesia sancionó con solemne decreto y definió las mismas verdades de un modo distinto en diferentes edades o en edades poco anteriores han de tenerse por no igualmente ciertas ni creerse del mismo modo. ¿No las reveló todas Dios?

LA COOPERACIÓN CON LOS HERMANOS SEPARADOS
U.R.12. A) Todos los cristianos deben confesar delante del mundo entero su fe en Dios Uno y Trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y con empeño común en su mutuo aprecio den testimonio de nuestra esperanza, que no confunde. Como en esos tiempos se exige una colaboración amplísima en el campo social, todos los hombres son llamados a esta empresa común, sobre todo los que creen en Dios y aún más singularmente todos los cristianos, por verse honrados con el nombre de Cristo, la cooperación de todos los cristianos expresa vivamente la unión con la que ya están vinculados y presenta con luz más radiante la imagen de Cristo Siervo. Esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, debe ir perfeccionándose más y más, sobre todo en las regiones desarrolladas social y técnicamente, ya en el justo aprecio de la dignidad de la persona humana, ya procurando el bien de la paz, ya en la aplicación social del Evangelio, ya en el progreso de las ciencias y de las artes con signo cristiano, ya en la aplicación de cualquier género de remedio contra los infortunios de nuestros tiempos, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de viviendas y la distribución injusta de las riquezas. Por medio de esta cooperación podrán advertir fácilmente todos los que creen en Cristo cómo pueden conocerse mejor unos a otros, apreciarse más y cómo se allana el camino para la unidad de los cristianos.

León XIII (Satis Cognitum):
[15. Resbaladero hacia el indiferentismo.] Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos. En cambio, sanemos, ciertamente que de esa diversidad de opiniones es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o "indiferentismo", y al llamado "modernismo", con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable a la vida de los hombres.

Y Pío XI (Mortalium Animos):
[3. Los católicos no pueden aprobarlo.] Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio.
Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que cuantos se adhirieren a tales opiniones y tendencias, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.

León XIII en Testem benevolentíae sobre el americanismo:
En la causa, sin embargo, de que hablamos, querido Hijo Nuestro, lo que trae más peligro y es más perjudicial a la doctrina y disciplina católica es el consejo aquel de los seguidores de novedades por el que piensan que hay que introducir en la Iglesia una especie de libertad, de suerte que, restringida en cierto modo la fuerza y vigilancia del poder [eclesiástico], sea lícito a los fieles entregarse algo más ampliamente a su natural y a la virtud activa... (D. 1969) ["Como en estos tiempos se exige una colaboración en el campo social, todos los hombres son llamados a esta empresa común, sobre todos los que creen en Dios y aún más singularmente todos los cristianos,..." (U.R. 12).)

PÍO IX en Quanto conficiamur moerore, a los obispos de Italia de 10-VIII-1863:
Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia Católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquéllos son pobres o están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en ayudarlos siempre y, ante todo, pongan empeño por sacarlos de las tinieblas del error en que míseramente yacen y reducirlos a la verdad católica y a la madre amantísima, la Iglesia, que no cesa nunca de tenderles sus manos maternas y llamarlos nuevamente a su seno, a fin de que, fundados y firmes en la fe, esperanza y caridad y fructificando en toda obra buena (Col. 1, 10), consigan la eterna salvación (D.1678).

jueves, 3 de febrero de 2011

EL DECRETO CONCILIAR "UNITATIS REDINTEGRATIO" Y EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (3)

Por Ing. Mateo Roberto Gorostiaga

* "Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II" del 21 de Noviembre de 1964.
• Tomada con subtitulos y números de párrafos de la IV edición Guadalupe.

CAPITULO II
LA PRACTICA DEL ECUMENISMO LA UNIÓN AFECTA A TODOS

U.R.5 E) El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera, afecta tanto a los fieles como a los pastores, a cada uno según su propio valor, ya en la vida diaria cristiana, ya en las investigaciones teológicas o históricas. Este interés manifiesta la unión fraterna existente ya de alguna manera entre todos los cristianos, y conduce a la PLENA y perfecta unidad, según la benevolencia de Dios.

Gregorio XVI, Encíclica Mirari Vos:
[8. Fidelidad de los Obispos al Sumo Pontífice y de los Presbíteros a los Obispos] En esto, pues, habéis de trabajar asiduamente y vigilar para que se conserve el depósito de la fe en medio de una conspiración que lamentamos, como que está dirigida a dilapidar y destruir aquel mismo depósito. Recuerden todos que el juicio sobre la sana doctrina con que los pueblos deben alimentarse y el régimen y la administración de la Iglesia Universal pertenecen al Romano Pontífice, a quien Cristo Señor entregó la plena potestad de nutrir, regir y gobernar la Iglesia Universal, como claramente lo declararon los padres del Concilio Florentino (Puesto que mientras esté firme la doctrina de nuestros predecesores, de santa memoria, contra la cual no es lícito disputar, cualquiera que parezca sentir rectamente, no necesita ser enseñado por nuevas aserciones, sino que llano y perfecto está todo para instruir al que ha sido engañado por los herejes y para ser adoctrinado el que va a ser plantado en la viña del Señor, haz que se rechace la idea de reunir un Concilio, implorada para ello la fe del clementísimo Emperador...). Incumbe por otra parte a cada Obispo unirse fidelísimamentea la Cátedra de Pedro, (S. August. De Haeres; n° 88, P.L. 42, 50. ' Concilio Florentino, sesión 25.), custodiar santa y religiosamente el depósito de la fe, y pastorear y alimentar en cuanto de él dependa, la grey de Dios; los presbíteros han de estar sujetos a los Obispos, a quienes deben recibir como padres de su alma según la expresión de Jerónimo (S. Jerónimo, Ep. 2, a Nepot., a. 1, 24 (Migne P.L.22, episl. 52, 7, col.533 n. 262). Y no olviden nunca que les está prohibido, aún por los antiguos cánones, hacer cualquier cosa en el ministerio ya recibido, y arrogarse el cargo de enseñar y predicar sin sentencia del Obispo, a cuya fidelidad está confiado el pueblo, y del cual se exigirá cuenta de las almas \ Por último, tengase firmemente por cierto, que todos aquéllos que alguna cosa maquinan contra este orden preestablecido, perturban fundamentalmente en cuanto de ellos depende el estado de la Iglesia (Ed.Guadalupe, t.I, p. 39).
San Simplicio 468-483, de la Carta Quantum hresbyterokum, a Acacio, obispo de Constanttnopla, de 9 de enero de 476:
Te exhorto, pues, hermano carísimo, a que por todos los medios se resista a los conatos de los perversos de reunir un Concilio, que jamás se convocó por otros motivos que por haber surgido alguna novedad en entendimientos extraviados o alguna ambigüedad en la aserción de los dogmas, a fin de que tratando los asuntos en común, si alguna oscuridad había, la iluminara la autoridad de la deliberación sacerdotal, como fue forzoso hacerlo primero por la impiedad de Arrio, luego por la de Nestorio y últimamente, por la de Dióscoro y Eutiques [el monofisismo]. Y, lo que no permita la misericordia de Cristo Dios Salvador nuestro, hay que intimar que es abominable restituir a los que han sido condenados, contra las sentencias de los sacerdotes del Señor, de todo el orbe, y las de los emperadores, que rigen ambos mundos... (D.159).
San Gelasio I, 492-496, decretal a Honorio, Obispo de Dalmacia:
He aquí como un primer índice de libros prohibidos.
Estos y otros escritos semejantes que enseñaron y escribieron todos los heresiarcas y sus discípulos o los cismáticos, no sólo confesamos que fueron repudiados por toda la Iglesia Romana Católica y Apostólica, sino también desterrados y juntamente con sus autores y los secuaces de ellos para siempre condenados bajo el vínculo indisoluble del anatema (D.166).
Pues: De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la Santa, Romana, Católica y Apostólica, fuera de la cual creemos que nadie se salva (D.423) Inocencio III, Carta Ews Exemplo al arzobispo de Tarragona, 18-XI1-1208.

LA REFORMA DE LA IGLESIA
U.R.6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia consiste escencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación, por eso, sin duda, hay un movimiento que tiende hacia la unidad. Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad, hasta el punto que si algunas cosas fueron menos cuidadosamente observadas, bien por circunstancias especiales, bien por costumbres, o por disciplina eclesiástica, o también por formas de exponer la doctrina -que debe cuidadosamente distinguirse del mismo depósito de la fe- se restablezcan en el tiempo oportuno recta y debidamente.

Esta reforma, pues, tiene una extraordinaria importancia ecumenista. Muchas de las formas de la vida de la Iglesia, por las que ya se va consiguiendo esta renovación -como el movimiento bíblico y litúrgico, la predicación de la palabra de Dios y la catcquesis, el apostolado de los seglares, las nuevas formas de vida religiosa, la espiritualidad del matrimonio, la doctrina y la actividad de la Iglesia en el campo social- hay que recibirlas como prendas y argumentos que felizmente presagian los futuros progresos del ecumenismo.

León XIII, 1878-1903, de la Carta Testem benevolentiae,
al cardenal GlBBONS, de 22 de enero de 1899:
El fundamento sobre que, en definitiva, se fundan las nuevas ideas que dijimos, es el siguiente: Con el fin de atraer más fácilmente a los disidentes a la doctrina católica, debe por fin la Iglesia acercarse algo más a la cultura de este siglo ya adulto y, aflojando la antigua severidad, condescender con los principios y modos recientemente introducidos entre los pueblos. Y muchos piensan que ello ha de entenderse no sólo de la disciplina de la vida, sino también de las enseñanzas en que se contiene el depósito de la fe... (D.1967).
Y la historia de todas las edades pretéritas es testigo de que esta Sede Apostólica, a quien fue concedido no sólo el magisterio, sino también el régimen supremo de toda la Iglesia, se mantuvo constantemente adherida al mismo dogma, al mismo sentido, a la misma sentencia (Concilio Vaticano, v. 1800); mas en cuanto a la disciplina de la vida, de tal manera acostumbró siempre moderarse que, mantenido incólumne el derecho divino, jamás desatendió las costumbres y modos de tan varias gentes como ella comprende. ¿Y quién dudará de que también ahora lo ha de hacer, si así lo exige la salvación de las almas? Mas esto no ha de ser determinado al arbitrio de los individuos particulares, que de ordinario se engañan con apariencia de bien, sino que es menester dejarlo al juicio de la Iglesia... (D.1968).

Gregorio IX, carta Ab Aegiptis de 7-VII-1228:
Pues no faltan quienes... "despojados de lo gratuito y heridos en lo natural" ( Petrus Lomb. Sent. II 2, 25, c 7), no traen a su memoria lo del Apóstol, que creemos han leído a menudo: Evita las profanas novedades de palabras y las opiniones de la ciencia de falso nombre, que por apetecerla algunos han caído de la fe (I Tim. 6, 20 s). ¡Oh necios y tardos de corazón en todas las cosas que han dicho los asertores de la gracia de Dios, es decir, los Profetas, los Evangelistas y los Apóstoles (Lc. 24, 25), cuando la naturaleza no puede por sí misma nada en orden a la salvación, si no es ayudada de la gracia! (v. 105 y 138). (D.442).
(De la necesidad de abrazar y conservar la fe.) Mas porque sin la fe... es imposible agradar a Dios (Hebr. 11, 6) y llegar al consorcio de los hijos de Dios; de ahí que nadie obtuvo jamás la justificación sin ella, y nadie alcanzará la salvación eterna, si no perseverare en ella hasta el fin (Mt. 10, 22; 24, 13). Ahora bien, para que puediéramos cumplir el deber de abrazar la fe verdadera y perseverar constantemente en ella, instituyó Dios la Iglesia por medio de su Hijo unigénito y la proveyó de notas claras de su institución, a fin de que pudiera ser reconocida por todos como guardiana y maestra de la palabra revelada (D.1793). (Vaticano I, Ses. III, c 3).

LA CONVERSIÓN DEL CORAZÓN
U.R.7 A). El verdadero ecuménismo no puede darse sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma (Ef. 4, 24), de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad. Por eso tenemos que implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestros servicios y de la fraterna generosidad del alma para con los demás. Así, pues, os exhorto yo -dice el Apóstol de las Gentes-, preso en el Señor, a andar de una manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad, mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad, solícitos de conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz (Ef. 4, 1-3). Esta exhortación se refiere, sobre lodo, a los que han sido investidos del orden sagrado, para continuar la misión de Cristo, que vino no a ser servido, sino a servir (Mt. 20, 28), entre nosotros.

León XIII (Satis Cognitum):
[33. No cualquiera es maestro.] Pero así como la doctrina celestial no ha estado nunca abandonada al capricho o al juicio individual de los hombres, sino que ha sido primeramente enseñada por Jesús, después confiada exclusivamente al magisterio de que hemos hablado, tampoco al primero que llega de entre el pueblo cristiano, sino a ciertos hombres escogidos ha dado Dios la facultad de cumplir y administrar los divinos misterios y el poder de mandar y de gobernar.
Sólo a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores se refieren estas palabras de Jesucristo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio... bautizad a los hombres... (Mc. 16, 15; Mat. 28, 19) haced esto en memoria mía (Luc. 22, 19). A quien perdonareis los pecados les serán perdonados (Juan 20. 23). Del mismo modo, sólo a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores les ordenó apacentar el rebaño, esto es, gobernar con autoridad al pueblo cristiano que por ese mandato éste quedó obligado a prestarles obediencia y sumisión. El conjunto de todas estas funciones del ministerio apostólico, está comprendido en estas palabras de San Pablo: Que los hombres nos miren como a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4. 1.).
De este modo Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los que existían en su tiempo y a los que debían de existir más tarde; para que le siguiesen como Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos en conjunto, unidos en un solo haz de personas y de corazones, para que de esta multitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; un pueblo verdaderamente uno por la comunidad de fe, de fin y de medios apropiados a alcanzar a éste; un pueblo sometido a un solo y mismo poder.
Porque sólo a Simón -a quien ya antes había dicho: Tú te llamarás Cefas (Ion. 1,42), después de pronunciar su confesión: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, se dirigió el Señor con estas solemnes palabras: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y a ti te daré las llaves del reino de los cielos. Y cuanto atares sobre la tierra, será desatado también en el cielo (Mt. 16, 16 ss.) (Contra Richer, etc.; v. 1503) [Conc. Vaticano I; D.1822.]
¿Habrá, pues, nadie de tamaña demencia que se atreva a tener por vana la oración de Aquél cuyo querer es poder? [San León, D.351.]
Y en cumplimiento continuo de este oficio, ¿acaso faltará a la Iglesia el valor ni la eficacia, hallándose perpetuamente asistida con la presencia del mismo Cristo,-que solemnemente le prometió: "He aquí que yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos" (Mt 28, 20)... Si no queremos decir... que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su promesa, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habrían de prevalecer contra ella? [Pío XI, M. A. 8].
Nunca en el transcurso de los siglos, se contaminó esta mística Esposa de Cristo, ni podrá contaminarse jamás, como dijo bien San Cipriano: No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodia con casto pudor la santidad de una sola estancia (Pío XI, M. A. 16).

Inocencio III, 1198-1216. - IV Concilio de Letrán, 1215:
Mas como algunos, bajo apariencia de piedad (como dice el Apóstol), reniegan de la virtud de ella (2 Tim, 3, 5) y se arrogan la autoridad de predicar, cuando el mismo Apóstol dice: ¿Cómo predicarán, sino son enviados? (Rom. 10, 15), todos los que con prohibición o sin misión, osaren usurpar pública o privadamente el oficio de la predicación, sin recibir la autoridad de la Sede Apostólica o del obispo católico del lugar (Del Concilio de Verona de 1184. bajo Lucio III.), serán ligados con vínculos de excomunión, y si cuanto antes no se arrepintieren, sean castigados con otra pena competente.

U.R.7 B) A las faltas contra la unidad pueden aplicarse las palabras de San Juan: Si decimos que no hemos pecado, le desmentimos, y su palabra no está en nosotros (1 Jn. 1, 10). Humildemente, pues, pedimos perdón a Dios y a los hermanos separados, como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido.

San León IX, 1049-1054, en 1053:
Cap. 5... De vosotros se dice que con nueva presunción e increíble audacia condenasteis públicamente a la Apostólica Iglesia latina, sin oírla ni convencerla, por el hecho particularmente de atreverse a celebrar con ázimos la conmemoración de la pasión del Señor. He aquí vuestra incauta reprensión, he aquí una gloria vuestra nada buena, cuando ponéis en el cielo vuestra boca, cuando vuestra lengua, arrastrándose en la tierra (Ps. 72, 9), maquina atravesar y trastornar la antigua fe con argumentos y conjeturas humanas (D.350).
Cap.l 1. ... Dando un juicio anticipado contra la Sede suprema, de la que ni pronunciar juicio es lícito a ningún hombre, recibisteis anatema de todos los padres de todos los venerables Concilios... (D.352).
Cap. 32. Como el quicio, permaneciendo inmóvil trae y lleva la puerta; así Pedro y sus sucesores tienen libre juicio sobre toda la Iglesia, sin que nadie deba hacerles cambiar de sitio, pues la Sede suprema por nadie es juzgada |v. 330 ss.]... (D.353).
[36. Un solo Jefe] Ahora bien, es imposible imaginarse una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera. Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo, a quien toda la multitud de los cristianos es sometida y obediente. Por esto también, del mismo modo que la Iglesia, para ser una en su calidad de reunión de los fieles, requiere necesariamente la unidad de la fe, también para ser una en cuanto a su condición de sociedad definitivamente constituida, ha de tener, por derecho divino, la unidad de gobierno, que produce y comprende la unidad de comunión. La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: primero, el de la conexión mutua de los miembros de la Iglesia o la comunicación que entre ellos existe, y en segundo lugar, el del orden que liga a todos los miembros de la Iglesia a un solo jefe (S. Thom. 2. 2. q. 39 a. 1).
[37. Gravedad del cisma.] De ahí se comprende que los hombres no se separan menos de la unidad de la Iglesia por el cisma que por la herejía. Se señala como diferencia entre la herejía y el cisma, que la herejía profesa un dogma corrompido y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, se separa de la Iglesia (S. Jerón. Com. in Ep. ad Tit., c. 3, 10-11, P.L. 26, 598.)
Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto: Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía (S. Crisost. Hom. 9 in Ep. Eph., n. 5, P. G. 62, 87.). Por esto si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco hay cisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho. Nada es más grave que el sacrilegio del cisma: pues, no hay necesidad legítima alguna de romper la unidad (S. August. contra. Epist. Parm.. 1. II, c. 9, n. 25, P.L. 43, 69.)

LA ORACIÓN UNÁNIME
U.R.8 A) Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual.

Pío IX, De la carta del Santo Oficio a obispos de Inglaterra, de 16-IX-1854:
Se ha comunicado a la Santa Sede que algunos católicos y hasta varones eclesiásticos, han dado su nombre a la sociedad para.procurar, como dicen, la unidad de la cristiandad.
Ella, formada y dirigida por protestantes, está animada por el espíritu que expresamente profesa, a saber, que las tres comuniones cristianas: la romano-católica, la greco-cismática y la anglicana, aunque separadas y divididas entre sí, con igual derecho reivindican para sí el nombre católico. La entrada, pues, a ella está abierta para todos, en cualquier lugar que vivieren, ora católicos, ora greco-cismáticos, ora anglicanos, pero con esta condición: que a nadie sea lícito promover cuestión alguna sobre los varios capítulos de doctrina en que difieren, y cada uno pueda seguir tranquilamente su propia confesión religiosa. Mas a los socios todos, ella misma manda recitar preces y a los sacerdotes celebrar sacrificios según su intención, a saber: que las tres mencionadas comuniones cristianas, puesto que, según se supone, todas juntas constituyen ya la Iglesia Católica, se reúnan por fin un día para formar un solo cuerpo... (D.1685).
El fundamento en que la misma se apoya es tal que trastorna de arriba abajo la constitución divina de la Iglesia. Toda ella, en efecto, consiste en suponer que la verdadera Iglesia de Jesucristo consta parte de la Iglesia Romana difundida y propagada por todo el orbe, parte del cisma de Focio y de la herejía anglicana, para las que, al igual que para la Iglesia Romana, hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (cf. Eph. 4, 5)... Nada ciertamente puede ser de más precio para un católico que arrancar de raíz los cismas y disensiones entre los cristianos, y que los cristianos todos sean solícitos en guardar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz (Eph. 4, 8).... Mas que los fieles de Cristo y los varones eclesiásticos oren por la unidad cristiana, guiados por los herejes y, lo que es peor, según una intención en gran manera manchada e infecta de herejía, no puede de ningún modo tolerarse. La verdadera Iglesia de Jesucristo se constituye y reconoce por la autoridad divina con la cuádruple nota que en el símbolo afirmamos debe creerse; y cada una de estas notas, de tal modo está unida con las otras, que no puede ser separada de ellas; de ahí que la que verdaderamente es y se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, la santidad y la sucesión apostólica (D.1686).

San Celestino I, 422-432, Concilio de Efeso, 431
Cap. 10. En cuanto a las partes más profundas y difíciles de las cuestiones que ocurren y que más largamente trataron (Viva, Theses damm. ab Alex VIII. XXX, Ice: "... trataron Agustín y otros..."), quiénes resistieron a los herejes, así como no nos atrevemos a despreciarlas, tampoco nos parece necesario alegarlas, pues para confesar la gracia de Dios, a cuya obra y dignación nada absolutamente ha de quitarse, creemos ser suficiente lo que nos han enseñado los escritos... de la Sede Apostólica; de suerte que no tenemos absolutamente por católico lo que aparece como contrario a las sentencias antes fijadas (D.142).

U.R.8 B) Es frecuente entre los católicos concurrir a la oración por la unidad de la Iglesia, que el mismo Salvador dirigió enardecido al Padre en vísperas de su muerte: Que todos sean uno (Jn. 17, 21).

Pío XI (Mortalium Ánimos):
[9. Un error capital del movimiento ecuménico en la pretendida unión de iglesias cristianas.] Y aquí se Nos ofrece la ocasión de exponer y refutar una falsa opinión de la cual parece depender toda esta cuestión, y en la cual tiene su origen la múltiple acción y confabulación de los católicos que trabajan, como hemos dicho, por la unión de las iglesias cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetir casi infinitas veces la palabra de Cristo: "Sean todos una misma cosa. Habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Juan 17, 21; 10, 16.), más de tal manera las entienden, que, según ellos, sólo significan un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que todavía no se ha realizado. Opinan, pues, que la unidad de fe y de gobierno, nota distintiva de la verdadera y única Iglesia de Cristo, no ha existido casi nunca hasta ahora, y ni siquiera hoy existe: podrá, ciertamente, desearse, y tal vez algún día se consiga, mediante la concorde impulsión de las voluntades; pero entre tanto, habrá que considerarla sólo como un ideal.

De 1a Carta de Inocencio II TestanteApostólo, a Enrique. obispo de Sens, 16 de Julio de 1140:
Nos, pues, que, aunque indignos, estamos sentados a vista de todos en la cátedra de San Pedro, a quien fue dicho: Y tú, convertido algún día, confirma a tus hermanos (Lc. 22, 32), de común acuerdo con nuestros hermanos los obispos cardenales, por autoridad de los Santos Cánones hemos condenado los capítulos que vuestra discreción nos ha mandado y todas las doctrinas del mismo Pedro Abelardo juntamente con su autor, y como a hereje les hemos impuesto perpetuo silencio. Decretamos también que todos los seguidores y defensores de su error, han de ser alejados de la compañía de los fieles y ligados con el vínculo de la excomunión (D.3S7).

U.R.8 C) En ciertas circunstancias especiales, como sucede cuando se ordenan oraciones por la unidad, y en las asambleas ecumenistas es lícito, más aún, es de desear que los católicos se unan en la oración con los hermanos separados. Ta les preces comunes son un medio muy eficaz para conseguir la gracia de la unidad y la expresión genuina de los vínculos con que aún están unidos los católicos con los hermanos separados: Pues donde hay dos o tres congregados en mi Nombre allí estoy yo en medio de ellos (Mt. 18, 20).

San Pablo:
Al hombre hereje, después de una y otra amonestación rehuyelo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia sentencia (Tito 3, 10-11).
San Juan:
Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis. Porque quien le saluda participa en sus malas obras (II Jn. 10).

Alejandro III, III Concilio de Letrán de 1179:
Cap. 27. Como dice el bienaventurado León (Epist. ad Turibium, Proem. (P.I.. 54, 600 A): "Si bien la disciplina de la Iglesia, contenta con el juicio sacerdotal, no ejecuta castigos cruentos, sin embargo, es ayudada por las constituciones de los príncipes católicos, de suerte que a menudo buscan los hombres remedio saludable, cuanto temen los sobrevenga un suplicio corporal". Por eso, como quiera que en Gascuña, en el territorio de Albi y de Tolosa y en otros lugares, de tal modo ha cundido la condenada perversidad de los herejes que unos llaman cataros, otros patarenos, otros publícanos y otros con otros nombres, que ya no ejercitan ocultamente, cómo otros, su malicia, sino que públicamente manifiestan su error y atraen a su sentir a los simples y flacos, decretamos que ellos y sus defensores y recibidores estén sometidos al anatema, y bajo anatema prohibimos que nadie se atreva a tenerlos en sus casas o en su tierra ni a favorecerlos ni a ejercer con ellos el comercio (D.401).

U.R.8 D) Sin embargo, no es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecerla unidad de los cristianos. Esta comunicación depende sobre todo de los dos principios: de la significación de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia. La significación de la unidad prohibe de ordinario la comunicación. la consecución de la gracia algunas veces la recomienda; La autoridad episcopal local ha de determinar prudentemente el modo de obrar en concreto, atendidas las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la conferencia episcopal, a tenor de sus propios estatutos, o la Santa Sede provean de otro modo.

Lucio III, 1181-1185, Concilio de Verona, 1184, del decreto Ad abolendum contra los herejes
A todos los que no temen sentir o enseñar de otro modo que como predica y observa la sacrosanta Iglesia Romana acerca del sacramento del cuerpo y de la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, del bautismo, de la confesión de los pecados, del matrimonio o de los demás sacramentos de la Iglesia; y en general, a cuantos la misma Iglesia Romana o los obispos en particular por sus diócesis con el consejo de sus clérigos, o los clérigos mismos, de estar vacante la sede, con el consejo -si fuere menester-, de los obispos vecinos, hubieren juzgado por herejes, nosotros ligamos con igual vínculo de perpetuo anatema (D.402).

Gregorio IX, 1227-1241, de la de forma de anatema, publicada el 20 de agosto de 1229 (?):
"Excomulgamos y anatematizamos... a todos los herejes": cataros, patarenos, pobres de Lyon, pasaginos, jósefinos, arnaldistas, esperonistas y otros, "cualquier nombre que lleven, pues tienen caras diversas, pero las colas atadas unas con otras (Iud. 15, 4), pues por su vanidad todos convienen en lo mismo" (Del IV Concilio de Letrán. 1215. Cap. 3, De Haereticis.) (D.444).

San Simplicio, 468-483,Concilio de Ariüs, 475 (p.l. 53, 683.)
Del memorial de sujeción de Lúcido, presbítero
Vuestra corrección es pública salvación y vuestra sentencia medicina. De ahí que también yo tengo por sumo remedio, excasar los pasados errores acusándolas, y por saludable confesión purificarme. Por tanto, de acuerdo con los recientes decretos del Concilio venerable, condeno juntamente con vosotros aquella sentencia que dice que no ha de juntarse a la gracia divina el trabajo de la obediencia humana; que dice que después de la caída del primer hombre, quedó totalmente extinguido el albedrío de la voluntad; que dice que Cristo Señor y Salvador nuestro no sufrió la muerte por la salvación de todos; que dice que...
Todo esto lo condeno como impío y lleno de sacrilegios. De tal modo, empero, afirmo la gracia de Dios que siempre añado a la gracia el esfuerzo y empeño del hombre, y proclamo que la libertad de la voluntad humana no está extinguida, sino atenuada y debilitada, que está en peligro quien se ha salvado, y que el que se ha perdido, hubiera podido salvarse (D.160 a).
Confieso también que Cristo Dios y Salvador, por lo que toca a las riquezas de su bondad, ofreció por todos el precio de su muerte y no quiere que nadie se pierda, El, que es salvador de todos, sobre todo de los fieles, rico para con todos los que le invocan (Rom. 10,12)... Ahora, empero, por la autoridad de los sagrados testimonios que copiosamente se hallan en las divinas Escrituras, por la doctrina de los antiguos, puesta de manifiesto por la razón, de buena gana confieso que Cristo vino también por los hombres perdidos que contra la voluntad de El se han perdido. No es lícito, en efecto, limitar las riquezas de su bondad inmensa y los beneficios divinos a solos aquellos que al parecer se han salvado. Porque si decimos que Cristo sólo trajo remedios para los que han sido redimidos, parecerá que absolvemos a los no redimidos, los que consta han de ser castigados por haber despreciado la redención. Afirmo también que se han salvado, según la razón y el orden de los siglos, unos por la ley de la gracia, otros por la ley de Moisés, otros por la ley de la naturaleza, que Dios escribió en los corazones de todos, en la esperanza del advenimiento de Cristo; sin embargo, desde el principio del mundo, no se vieron libres de la atadura original, sino por intercesión de la sagrada sangre. Profeso también que los fuegos eternos y las llamas infernales están preparadas para los hechos capitales, porque con razón sigue la divina sentencia a las culpas humanas persistentes; sentencia en que incurren quienes no creyeren de todo corazón estas cosas. Orad por mí, señores santos y padres apostólicos.
Lúcido presbítero firmé por mi propia mano esta mi carta y lo que en ella se afirma lo afirmo y lo que se condena condeno (D. 160 b)