SOBRE
LA INTERPRETACIÓN DE LA SAGRADA ESCRITURA
1.
El Espíritu Consolador, habiendo enriquecido al género humano en las
Sagradas Letras para instruirlo en los secretos de la divinidad, suscitó en el
transcurso de los siglos numerosos expositores santísimos y doctísimos, los
cuales no sólo no dejarían infecundo este celestial tesoro (1.
Conc. Trid., ses.5, decr.: de reform. c.l.), sino que habían
de procurar a los fieles cristianos, con sus estudios y sus trabajos, la
abundantísima consolación de las Escrituras. El primer lugar entre ellos, por
consentimiento unánime, corresponde a San Jerónimo, a quien la Iglesia católica
reconoce y venera como el Doctor Máximo concedido por Dios en la interpretación
de las Sagradas Escrituras.
2.
Próximos a celebrar el decimoquinto centenario de su muerte, no queremos,
venerables hermanos, dejar pasar una ocasión tan favorable sin hablaros
detenídamente de la gloria y de los méritos de San Jerónimo en la ciencia de
las Escrituras. Nos sentimos movido por la conciencia de nuestro cargo
apostólico a proponer a la imitación, para el fomento de esta nobilísima
disciplina, el insigne ejemplo de varón tan eximio, y a confirmar con nuestra
autoridad apostólica y adaptar a los tiempos actuales de la Iglesia las
utilísimas advertencias y prescripciones que en esta materia dieron nuestros
predecesores, de feliz memoria, León XIII y Pío X.
3.
En efecto, San Jerónimo, «hombre extraordinariamente católico y muy versado en
la ley sagrada» (Sulp. Sev., Dial. 1,7), «maestro de católicos» (Cassian., De inc. 7,26), «modelo de virtudes y maestro
del mundo entero» (S. Prosp., Carmen de ingratis V 57), habiendo ilustrado maravillosamente y defendido con tesón
la doctrina católica acerca de los libros sagrados, nos suministra muchas e
importantes enseñanzas que emplear para inducir a todos los hijos de la
Iglesia, y especialmente a los clérigos, el respeto a la Escritura divina,
unido a su piadosa lectura y meditación asidua.
4.
Como sabéis, venerables hermanos, San Jerónimo nació en Estridón, «aldea en
otro tiempo fronteriza entre Dalmacia y Pannonia» (De
viris ill. 135), y se crió desde la cuna
en el catolicismo (Ep.
82,2,2); desde que recibió aquí mismo en Roma la vestidura de
Cristo por el bautismo (Ep.
15 l,l; 16 2,1), empleó a lo largo de su vida todas sus fuerzas en
investigar, exponer y defender los libros sagrados. Iniciado en las letras
latinas y griegas en Roma, apenas había salido de las aulas de los retóricos
cuando, joven aún, acometió la interpretación del profeta Abdías: con este
ensayo «de ingenio pueril» (In
Abd., praefat.), de tal manera creció en él el amor de las
Escrituras, que, como si hubiera encontrado el tesoro de que habla la parábola
evangélica, consideró que debía despreciar por él «todas las ventajas de este
mundo» (In
Mt. 13,44). Por lo cual, sin arredrarse por las dificultades de semejante
proyecto, abandonó su casa, sus padres, su hermana y sus allegados; renunció a
su abastecida mesa y marchó a los Sagrados Lugares de Oriente, para adquirir en
mayor abundancia las riquezas de Cristo y la ciencia del Salvador en la lectura
y estudio de la Biblia (Ep.
22,30 1).
5.
Más de una vez refiere él mismo cuánto hubo de sudar en el empeño: «Me consumía
por un extraño deseo de saber, y no fui yo, como algunos presuntuosos, mi
propio maestro. Oí frecuentemente y traté en Antioquía a Apolinar de Laodicea,
y cuando me instruía en las Sagradas Escrituras, nunca le escuché su reprobable
opinión sobre los sentidos de la misma» (Ep.
84 3, 1). De allí marchó a la región
desierta de Cálcide, en la Siria oriental, para penetrar más a fondo el sentido
de la paIabra dívina y refrenar al mismo tiempo, con la dedicación al estudio,
los ardores de la juventud; allí se hizo discípulo de un cristiano convertido
del judaísmo, para aprender hebreo y caldeo. «Cuánto trabajo empleé, cuántas
dificultades hube de pasar, cuántas veces me desanimé, cuántas lo dejé para
comenzarlo de nuevo, llevado de mi ansia de saber; sólo yo, que lo sufrí,
podría decirlo, y los que convivieron conmigo. Hoy doy gracias a Dios, porque
percibo los dulces frutos de la amarga semilla de las letras» (Ep.
125).
6.
Mas como las turbas de los herejes no lo dejaron tranquilo ni siquiera en
aquella soledad, marchó a Constantinopla, donde casi por tres años tuvo como
guía y maestro para la interpretación de las Sagradas Letras a San Gregorio el
Teólogo, obispo de aquella sede y famosísimo por su ciencia; en esta época
tradujo al latín las Homilías de Orígenes sobre los Profetas y la Crónica
de Eusebio, y comentó la visión de los serafines de Isaías. Vuelto a Roma por
las dificultades de la cristiandad, fue familiarmente acogido y empleado en los
asuntos de la Iglesia por el papa San Dámaso (Ep.
123, 9-10; 122,2,1). Aunque muy ocupado en esto,
no dejó por ello de revolver los libros divinos (Ep.
127,7,1s.), de transcribir códices (15. Ep.
36,1; 32,1)
y de informar en el conocimiento de la Biblia a discípulos de uno y otro
sexo (Ep.
45,2; 126,3; 127, 7), y realizó el laboriosísimo encargo que el Pontífice le hizo de
enmendar la versión latina del Nuevo Testamento, con tal diligencia y agudeza
de juicio, que los modernos conocedores de estas materias cada día estiman y
admiran más la obra jeronimiana.
7.
Pero, como su atracción máxima eran los Santos Lugares de Palestina, muerto San
Dámaso, Jerónimo se retiró a Belén, donde, habiendo construido un cenobio junto
a la cuna de Cristo, se consagró todo a Dios, y el tiempo que le restaba
después de la oración lo consumía totalmente en el estudio y enseñanza de la
Biblia. Pues, como él mismo certificaba de sí, «ya tenía la cabeza cubierta de
canas, y más me correspondía ser maestro que discípulo, y, no obstante, marché
a Alejandría, donde oí a Dídimo. Le estoy agradecido por muchas cosas. Aprendí
lo que no sabía; lo que sabía no lo perdí, aunque él enseñara lo contrario.
Pensaban todos que ya había terminado de aprender; pero, de nuevo en Jerusalén
y en Belén, ¡con cuánto esfuerzo y trabajo escuché las lecciones nocturnas de
Baranías! Temía éste a los judíos y se me presentaba como otro Nicodemo» (Ep.
84,3, l s.).
8.
Ni se conformó con la enseñanza y los preceptos de estos y de otros maestros,
sino que empleó todo género de ayudas útiles para su adelantamiento; aparte de
que, ya desde el principio, se había adquirido los mejores códices y
comentarios de la Biblia, manejó también los libros de las sinagogas y los
volúmenes de la biblioteca de Cesarea, reunidos por Orígenes y Eusebio, para
sacar de la comparación de dichos códices con los suyos la forma original del
texto bíblico y su verdadero sentido. Para mejor conseguir esto último,
recorrió Palestina en toda su extensión, persuadido como estaba de lo que
escribía a Domnión y a Rogaciano: «Más claramente entenderá la Escritura el que
haya contemplado con sus ojos la Judea y conozca los restos de las antiguas
ciudades y los nombres conservados o cambiados de los distintos lugares. Por
ello me he preocupado de realizar este trabajo con los hebreos mejor
instruidos, recorriendo la región cuyo nombre resuena en todas las Iglesias de
Cristo».
9.
Jerónimo, pues, alimentó continuamente su ánimo con aquel manjar suavísimo,
explicó las epístolas de San Pablo, enmendó según el texto griego los códices
latinos del Antiguo Testamento, tradujo nuevamente casi todos los libros del
hebreo al latín, expuso diariamente las Sagradas Letras a los hermanos que
junto a él se reunían, contestó las cartas que de todas partes le llegaban
proponiéndole cuestiones de la Escritura, refutó duramente a los impugnadores
de la unidad y de la doctrina católica; y pudo tanto el amor de la Biblia en
él, que no cesó de escribir o dictar hasta que la muerte inmovilizó sus manos y
acalló su voz. Así, no perdonando trabajos, ni vigilias, ni gastos, perseveró
hasta la extrema vejez meditando día y noche la ley del Señor junto al pesebre
de Belén, aprovechando más al nombre católico desde aquella soledad, con el
ejemplo de su vida y con sus escritos, que si hubiera consumido su carrera
mortal en la capital del mundo, Roma.
10.
Saboreados a grandes rasgos la vida y hechos de Jerónimo, vengamos ya,
venerables hermanos, a la consideración de su doctrina sobre la dignidad divina
y la verdad absoluta de las las crituras. En lo cual, ciertamente, no
encontraréis una página en los escritos del Doctor Máximo por donde no aparezca
que sostuvo firme y constantemente con la Iglesia católica universal: que los
Libros Sagrados, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios
por autor y como tales han sido entregados a la Iglesia (Conc. Vat. I, ses.3, const.: de fide catholica c.2). Afirma, en efecto,
que los libros de la Sagrada Biblia fueron compuestos bajo la inspiración, o
sugerencia, o insinuación, o incluso dictado del Espíritu Santo; más aún, que
fueron escritos y editados por El mismo; sin poner en duda, por otra parte, que
cada uno de sus autores, según la naturaleza e ingenio de cada cual, hayan
colaborado con la inspiración de Dios. Pues no sólo afirma, en general, lo que
a todos los hagiógrafos es común: el haber seguido al Espíritu de Dios al
escribir, de tal manera que Dios deba ser considerado como causa principal de
todo sentido y de todas las sentencias de la Escritura; sino que, además,
considera cuidadosamente lo que es propio de cada uno de ellos. Y así
particularmente muestra cómo cada uno de ellos ha usado de sus facultades y
fuerzas en la ordenación de las cosas, en la lengua y en el mismo género y
forma de decir, de tal manera que de ahí deduce y describe su propia índole y
sus singulares notas y características, principalmente de los profetas y del apóstol
San Pablo.
11.
Esta comunidad de trabajo entre Dios y el hombre para realizar la misma obra,
la ilustra Jerónimo con la comparación del artífice que para hacer algo emplea
algún órgano o instrumento; pues lo que los escritores sagrados dicen «son palabras
de Dios y no suyas, y lo que por boca de ellos dice lo habla Dios como por un
instrumento» (Tract.
de Ps. 88).
Y
si preguntamos que de qué manera ha de entenderse este influjo y acción de Dios
como causa principal en el hagiógrafo, se ve que no hay diferencia entre las
palabras de Jerónimo y la común doctrina católica sobre la inspiración, ya que
él sostiene que Dios, con su gracia, aporta a la mente del escritor luz para
proponer a los hombres la verdad en nombre de Dios; mueve, además, su voluntad
y le impele a escribir; finalmente, le asiste de manera especial y continua
hasta que acaba el libro. De aquí principalmente deduce el Santo la suma
importancia y dignidad de las Escrituras, cuyo conocimiento compara a un tesoro
precioso (In
Mt. 13,44; Tract. de Ps. 77) y a una rica margarita (In
Mt. 13 45ss.), y afirma encontrarse en ellas las
riquezas de Cristo (Quaest.
in Gen., praef.) y «la plata que adorna la casa de Dios» (In
Agg. 2,lss.; cf. In Gal. 2,10, etc.).
12.
De tal manera exaltaba con la palabra y el ejemplo la suprema autoridad de las
Escrituras, que en cualquier controversia que surgiera recurría a la Biblia
como a la más surtida armería, y empleaba para refutar los errores de los
adversarios los testimonios de ellas deducidos como los argumentos más sólidos
e irrefragables. Así, a Helvidio, que negaba la virginidad perpetua de la Madre
de Dios, decía lisa y llanamente: «Así como no negamos esto que está escrito,
de igual manera rechazamos lo que no está escrito. Creemos que Dios nació de la
Virgen, porque lo leemos (Adv.
Hel. 19); no creemos que María tuviera otros hijos después
del parto, porque no lo leemos». Y con las mismas armas promete luchar
acérrimamente contra Joviniano en favor de la doctrina católica sobre el estado
virginal, sobre la perseverancia, sobre la abstinencia y sobre el mérito de las
buenas obras: «Contra cada una de sus proposiciones me apoyaré principalmente
en los testimonios de las Escrituras, para que no se ande quejando de que se le
vence más con la elocuencia que con la verdad» (Adv.
Iovin. 1,4). Y en la defensa de sus
libros contra el mismo hereje escribe: «Como si hubiera de ser rogado para que
se rindiese a mí y no más bien conducido a disgusto y a despecho suyo a la
cárcel de la verdad» (Ep. 49, al. 48, 14, 1).
13.
Sobre la Escritura en general, leemos, en su comentario a Jeremías, que la
muerte le impidió terminar: «Ni se ha de seguir el error de los padres o de los
antepasados, sino la autoridad de las Escrituras y la voluntad de Dios, que nos
enseña» (In
Ier. 9, l2ss.). Ved cómo indica a Fabiola la forma y manera de pelear contra los
enemigos: «Cuando estés instruido en las Escrituras divinas y sepas que sus
leyes y testimonios son ligaduras de la verdad, lucharás con los adversarios,
los atarás y llevarás presos a la cautividad y harás hijos de Dios a los en
otro tiempo enemigos y cautivos» (Ep. 78,30 (al. 28) mansio).
14.
Ahora bien: San Jerónimo enseña que con la divina inspiración de los libros
sagrados y con la suma autoridad de los mismos va necesariamente unida la
inmunidad y ausencia de todo error y engaño; lo cual había aprendido en las más
célebres escuelas de Occidente y de Oriente, como recibido de los Padres y
comúnmente aceptado. Y, en efecto, como, después de comenzada por mandato del
pontífice Dámaso la correccíón del Nuevo Testamento, algunos «hombrecillos» le
echaran en cara que había intentado «enmendar algunas cosas en los Evangelios
contra la autoridad de los mayores y la opinión de todo el mundo», respondió en
pocas palabras que no era de mente tan obtusa ni de ignorancia tan crasa que
pensara habría en las palabras del Señor algo que corregir o no divinamente
inspirado (Ep.
27,1, ls.). Y, exponiendo la primera visión de Ezequiel sobre los cuatro Evangelios,
advierte: «Admitirá que todo el cuerpo y el dorso están llenos de ojos quien
haya visto que no hay nada en los Evangelios que no luzca e ilumine con su
resplandor el mundo, de tal manera que hasta las cosas consideradas pequeñas y
despreciables brillen con la majestad del Espíritu Santo» (In
Ez. 1,15ss.).
15.
Y lo que allí afirma de los Evangelios confiesa de las demás «palabras de Dios»
en cada uno de sus comentarios, como norma y fundamento de la exégesis
católica; y por esta nota de verdad se distingue, según San Jerónimo, el
auténtico profeta del falso (In
Mich. 2,Ils; 3,5ss.). Porque «las palabras del Señor son verdaderas,
y su decir es hacer» (In
Mich. 4,lss.). Y así, «la Escritura no puede mentir» (33. In
Ier. 31, 35ss.) y no se
puede decir que la Escritura engañe (In
Nah. 1,9) ni admitir siquiera en sus palabras el
solo error de nombre (Ep.
57 7,4).
16.
Añade asimismo el santo Doctor que «considera distintos a los apóstoles de los
demás escritores» profanos; «que aquéllos siempre dicen la verdad, y éstos en
algunas cosas, como hombres, suelen errar» (Ep.
82 7,2), y aunque en las Escrituras se
digan muchas cosas que parecen increíbles, con todo, son verdaderas (Ep.
72,2,2); en
esta «palabra de verdad» no se pueden encontrar ni cosas ni sentencias
contradictorias entre sí, «nada discrepante, nada diverso» (Ep.
18,7,4; cf. Ep. 46,6,2), por lo cual,
«cuando las Escrituras parezcan entre sí contrarias, lo uno y lo otro es
verdadero aunque sea diverso» (Ep.
36, 11, 2). Estando como estaba firmemente adherido a
este principio, si aparecían en los libros sagrados discrepancias, Jerónimo
aplicaba todo su cuidado y su inteligencia a resolver la cuestión; y si no
consideraba todavía plenamente resuelta la dificultad, volvía de nuevo y con
agrado sobre ella cuando se le presentaba ocasión, aunque no siempre con mucha
fortuna. Pero nunca acusaba a los hagiógrafos de error ni siquiera levísimo,
«porque esto —decía— es propio de los impíos, de
Celso, de Porfirio, de Juliano» (Ep.
57,9,1). En lo cual coincide plenamente con San
Agustín, quien, escribiendo al mismo Jerónimo, dice que sólo a los libros
sagrados suele conceder la reverencia y el honor de creer firmemente que
ninguno de sus autores haya cometido ningún error al escribir, y que, por lo
tanto, si encuentra en las Escrituras algo que parezca contrario a la verdad,
no piensa eso, sino que o bien el códice está equivocado, o que está mal
traducido, o que él no lo ha entendido; y añade: «¡Y no creo que tú, hermano
mío, pienses de otro modo; no puedo en manera alguna pensar que tú quieras que
se lean tus libros, como los de los profetas y apóstoles, de cuyos escritos
sería un crimen dudar que estén exentos de todo error» (S.
Aug., Ad Hieron., inter epist. S. Hieron. 116,3).
17.
Con esta doctrina de San Jerónimo se confirma e ilustra maravillosamente lo que
nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII dijo declarando solemnemente la
antigua y constante fe de la Iglesia sobre la absoluta inmunidad de cualquier
error por parte de las Escrituras: «Está tan lejos de la divina inspiración el
admitir error, que ella por sí misma no solamente lo excluye en absoluto, sino
que lo excluye y rechaza con la misma necesidad con que es necesario que Dios,
Verdad suma, no sea autor de ningún error». Y después de aducir las
definiciones de los concilios Florentino y Tridentino, confirmadas por el
Vaticano I, añade: «Por lo cual nada importa que el Espíritu Santo se haya
servido de hombres como de instrumentos para escribir, como si a estos
escritores inspirados, ya que no al autor principal, se les pudiera haber
deslizado algún error. Porque El de tal manera los excitó y movió con su
influjo sobrenatural para que escribieran, de tal manera los asistió mientras
escribían, que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que El quería, y lo
quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible;
de otra manera, El no sería el autor de toda la Sagrada Escritura» (Litt. enc. Providentissimus Deus).
18.
Aunque estas palabras de nuestro predecesor no dejan ningún lugar a dudas ni a
tergiversaciones, es de lamentar, sin embargo, venerables hermanos, que haya
habido, no solamente entre los de fuera, sino incluso entre los hijos de la
Iglesia católica, más aún —y
esto atormenta especialmente nuestro espíritu—, entre los mismos clérigos y
maestros de las sagradas disciplinas, quienes, aferrándose soberbiamente a su
propio juicio, hayan abiertamente rechazado u ocultamente impugnado el
magisterio de la Iglesia en este punto. Ciertamente aprobamos la intención de
aquellos que para librarse y librar a los demás de las dificultades de la
Sagrada Biblia buscan, valiéndose de todos los recursos de las ciencias y del
arte crítica, nuevos caminos y procedimientos para resolverlas, pero fracasarán
lamentablemente en esta empresa si desatienden las directrices de nuestro
predecedor y traspasan las barreras y los límites establecidos por los Padres.
19.
En estas prescripciones y límites de ninguna manera se mantiene la opinión de
aquellos que, distinguiendo entre el elemento primario o religioso de la
Escritura y el secundarío o profano, admiten de buen grado que la inspiración
afecta a todas las sentencias, más aún, a cada una de las palabras de la
Biblia, pero reducen y restringen sus efectos, y sobre todo la inmunidad de
error y la absoluta verdad, a sólo el elemento primario o religioso. Según
ellos, sólo es intentado y enseñado por Dios lo que se refiere a la religión; y
las demás cosas que pertenecen a las disciplinas profanas, y que sólo como
vestidura externa de la verdad divina sirven a la doctrina revelada, son
simplemente permitidas por Dios y dejadas a la debilidad del escritor. Nada
tiene, pues, de particular que en las materias físicas, históricas y otras
semejantes se encuentren en la Biblia muchas cosas que no es posible conciliar
en modo alguno con los progresos actuales de las ciencias. Hay quienes
sostienen que estas opiniones erróneas no contradicen en nada a las
prescripciones de nuestro predecesor, el cual declaró que el hagiógrafo, en las
cosas naturales, habló según la apariencia externa, sujeta a engaño.
20.
Cuán ligera y falsamente se afirme esto, aparece claramente por las palabras
del Pontífice. Pues ninguna mancha de error cae sobre las divinas Letras por la
apariencia externa de las cosas —a
la cual muy sabiamente dijo León XIII, siguiendo a San Agustín y a Santo Tomás
de Aquino, que había que atender—,
toda vez que es un axioma de sana filosofía que los sentidos no se engañan en
la percepción de esas cosas que constituyen el objeto propio de su
conocimiento. Aparte de esto, nuestro predecesor, sin distinguir para nada
entre lo que llaman elemento primario y secundario y sin dejar lugar a
ambigüedades de ningún género, claramente enseña que está muy lejos de la
verdad la opinión de los que piensan «que, cuando se trata de la verdad de las
sentencias, no es preciso buscar principalmente lo que ha dicho Dios, sino
examinar más bien el fin para el cual lo ha dicho»; e igualmente enseña que la
divina inspiración se extiende a todas las partes de la Biblia sin distinción y
que no puede darse ningún error en el texto inspirado: «Pero lo que de ninguna
manera puede hacerse es limitar la inspiración a solas algunas partes de las
Escrituras o conceder que el autor sagrado haya cometido error».
21.
Y no discrepan menos de la doctrina de la Iglesia —comprobada por el testimonio de
San Jerónimo y de los demás Santos Padres— los que piensan que las partes
históricas de la Escritura no se fundan en la verdad absoluta de los hechos,
sino en la que llaman verdad relativa o conforme a la opinión vulgar; y hasta
se atreven a deducirlo de las palabras mismas de León XIII, cuando dijo que se
podían aplicar a las disciplinas históricas los principios establecidos a
propósito de las cosas naturales. Así defienden que los hagiógrafos, como en
las cosas físicas hablaron según lo que aparece, de igual manera, desconociendo
la realidad de los sucesos, los relataron según constaban por la común opinión
del vulgo o por los testimonios falsos de otros y ni indicaron sus fuentes de
información ni hicieron suyas las referencias ajenas.
22.
¿Para qué refutar extensamente una cosa tan injuriosa para nuestro predecesor y
tan falsa y errónea? ¿Qué comparación cabe entre las cosas naturales y la
historia, cuando las descripciones físicas se ciñen a las cosas que aparecen
sensiblemente y deben, por lo tanto, concordar con los fenómenos, mientras, por
el contrario, es ley primaria en la historia que lo que se escribe debe ser
conforme con los sucesos tal como realmente acaecieron? Una vez aceptada la
opinión de éstos, ¿cómo podría quedar a salvo aquella verdad inerrante de la
narración sagrada que nuestro predecesor a lo largo de toda su encíclica
declara deber mantenerse?
23.
Y si afirma que se debe aplicar a las demás disciplinas, y especialmente a la
historia, lo que tiene lugar en la descripción de fenómenos fisicos, no lo dice
en general, sino solamente intenta que empleemos los mismos procedimientos para
refutar las falacias de los adversarios y para defender contra sus ataques la
veracidad histórica de la Sagrada Escrítura.
24.
Y ojalá se pararan aquí los introductores de estas nuevas teorías; porque
llegan hasta invocar al Doctor Estridonense en defensa de su opinión, por haber
enseñado que la veracidad y el orden de la historia en la Biblia se observa,
«no según lo que era, sino según lo que en aquel tiempo se creía», y que tal es
precisamente la regla propia de la historia (In
Ier. 213,15s.; In Mt. 14,8; Adv. Helv. 4). Es de admirar cómo tergiversan
en esto, a favor de sus teorías, las palabras de San Jerónimo. Porque ¿quién no
ve que San Jerónimo dice, no que el hagiógrafo en la relación de los hechos
sucedidos se atenga, como desconocedor de la verdad, a la falsa opinión del
vulgo, sino que sigue la manera común de hablar en la imposición de nombres a
las personas y a las cosas? Como cuando llama padre de Jesús a San José, de
cuya paternidad bien claramente indica todo el contexto de la narración qué es
lo que piensa. Y la verdadera ley de la historia para San Jerónimo es que, en
estas designaciones, el escritor, salvo cualquier peligro de error, mantenga la
manera de hablar usual, ya que el uso tiene fuerza de ley en el lenguaje.
25.
¿Y qué decir cuando nuestro autor propone los hechos narrados en la Biblia al igual
que las doctrinas que se deben creer con la fe necesaria para salvarse? Porque
en el comentario de la epístola a Filemón se expresa en los siguientes
términos: «Y lo que digo es esto: El que cree en Dios Creador, no puede creer
si no cree antes en la verdad de las cosas que han sido escritas sobre sus
santos». Y después de aducir numerosos ejemplos del Antiguo Testamento,
concluye que «el que no creyera en estas y en las demás cosas que han sido
escritas sobre los santos no podrá creer en el Dios de los santos» (In
Philem. 4).
26.
Así pues, San Jerónimo profesa exactamente lo mismo que escribía San Agustín,
resumiendo el común sentir de toda la antigüedad cristiana: «Lo que acerca de
Henoc, de Elías y de Moisés atestigua la Escritura, situada en la máxima cumbre
de la autoridad por los grandes y ciertos testimonios de su veracidad, eso
creemos... Lo creemos, pues, nacido de la Virgen María, no porque no pudiera de
otra manera existir en carne verdadera y aparecer ante los hombres (como quiso
Fausto), sino porque así está escrito en la Escritura, a la cual, si no
creyéramos, ni podríamos ser cristianos ni salvarnos» (S.
Aug., Contra Faustum 26,3s,6s.).
27.
Y no faltan a la Escritura Santa detractores de otro género; hablamos de
aquellos que abusan de algunos principios —ciertamente rectos si se mantuvieran
en sus justos límites— hasta
el extremo de socavar los fundamentos de la verdad de la Biblia y destruir la
doctrina católica comúnmente enseñada por los Padres. Si hoy viviera San
Jerónimo, ciertamente dirigiría contra éstos los acerados dardos de su palabra,
al ver que con demasiada facilidad, y de espaldas al sentido y al juicio de la
Iglesia, recurren a las llamadas citas implícitas o a las narraciones sólo en
apariencia históricas; o bien pretenden que en las Sagradas Letras se
encuentren determinados géneros literarios, con los cuales no puede
compaginarse la íntegra y perfecta verdad de la palabra divina, o sostienen
tales opiniones sobre el origen de los Libros Sagrados, que comprometen y en
absoluto destruyen su autoridad.
28.
¿Y qué decir de aquellos que, al explicar los Evangelios, disminuyen la fe
humana que se les debe y destruyen la divina? Lo que Nuestro Señor Jesucristo
dijo e hizo piensan que no ha llegado hasta nosotros íntegro y sin cambios,
como escrito religiosamente para testigos de vista y oído, sino que —especialmente por lo que al
cuarto Evangelio se refiere—
en parte proviene de los evangelistas, que inventaron y añadieron muchas cosas
por su cuenta, y en parte son referencias de los fieles de la generación
posterior; y que, por lo tanto, se contienen en un mismo cauce aguas
procedentes de dos fuentes distintas que por ningún indicio cierto se pueden
distinguir entre sí. No entendieron así Jerónimo, Agustín y los demás doctores
de la Iglesia la autoridad histórica de los Evangelios, de la cual el que vio
da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para
que también vosotros creáis (Jn
19,35). Y así, San Jerónimo, después de haber
reprendido a los herejes que compusieron los evangelios apócrifos por «haber
intentado ordenar una narración más que tejer la verdad de la historia» (In
Mt. prol.),
por el contrario, de las Escrituras canónicas escribe: «A nadie le quepa duda
de que han sucedido realmente las cosas que han sido escritas» (Ep.
78,1,1; cf. In Mc. 1,13-31),
coincidiendo una vez más con San Agustín, que, hablando de los Evangelios,
dice: «Estas cosas son verdaderas y han sido escritas de El fiel y verazmente,
para que los que crean en su Evangelio sean instruidos en la verdad y no
engañados con mentiras» (S.
Aug., Contra Faustum 26,8).
29.
Ya veis, venerables hermanos, con cuánto esfuerzo habéis de luchar para que la
insana libertad de opinar, que los Padres huyeron con toda diligencia, sea no
menos cuidadosamente evitada por los hijos de la Iglesia. Lo que más fácilmente
conseguiréis si persuadiereis a los clérigos y seglares que el Espíritu Santo
encomendó a vuestro gobierno, que Jerónimo y los demás Padres de la Iglesia
aprendieron esta doctrina sobre los Libros Sagrados en la escuela del mismo
divino Maestro, Cristo Jesús.
30.
¿Acaso leemos que el Señor pensara de otra manera sobre la Escritura? En sus
palabras escrito está y conviene que se cumpla la Escritura, tenemos el
argumento supremo para poner fin a todas las controversias. Pero, deteniéndonos
un poco en este asunto, ¿quién desconoce o ha olvidado que el Señor Jesús, en
los sermones que tuvo al pueblo, sea en el monte junto al lago de Genesaret,
sea en la sinagoga de Nazaret y en su ciudad de Cafarnaum, sacaba de la Sagrada
Escritura la materia de su enseñanza y los argumentos para probarla? ¿Acaso no
tomó de allí las armas invencibles para la lucha con los fariseos y saduceos?
Ya enseñe, ya dispute, de cualquier parte de la Escritura aduce sentencias y
ejemplos, y los aduce de manera que se deba necesariamente creer en ellos; en
este sentido recurre sin distinción a Jonás y a los ninivitas, a la reina de
Saba y a Salomón, a Elías y a Eliseo, a David, a Noé, a Lot y a los sodomitas y
hasta a la mujer de Lot (Cf.
Mt 12,3.39-42; Lc 17,26-29.32, etc.).
31.
Y testifica la verdad de los Libros Sagrados, hasta el punto de afirmar
solemnemente: Ni una iota ni un ápice pasará de la ley hasta que todo se
cumpla (Mt
5,18) y No puede quedar sin cumplimiento la Escritura (Jn
10,35), por
lo cual, el que incumpliere uno de estos mandamientos, ¡por pequeño que sea,
y lo enseñare así a los hombres, será tenido por el menor en el reino de los
cielos (Mt
5,19). Y para que los apóstoles, a los que pronto había de dejar en la
tierra, se empaparan de esta doctrina, antes de subir a su Padre, al cielo, les
abrió la inteligencia, para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Porque
así está escrito y así convenía que el Cristo padeciera y resucitara de entre
los muertos al tercer día (Lc
24,45s.). La doctrina, pues, de San Jerónimo acerca de
la importancia y de la verdad de la Escritura es, para decirlo en una sola
palabra, la doctrina de Cristo. Por lo cual exhortamos vivamente a todos los
hijos de la Iglesia, y en especial a los que forman en esta disciplina a los
alumnos del altar, a que sigan con ánimo decidido las huellas del Doctor
Estridonense; de lo cual se seguirá, sin duda, que estimen este tesoro de las
Escrituras como él lo estimó y que perciban de su posesión frutos suavísimos de
santidad.
32.
Porque tener por guía y maestro al Doctor Máximo no sólo tiene las ventajas que
dejamos dichas, sino otras no pocas ni despreciables que queremos brevemente,
venerables hermanos, recordar con vosotros. De entrada se ofrece en primer
lugar a los ojos de nuestra mente aquel su amor ardentísimo a la Sagrada Biblia
que con todo el ejemplo de su vida y con palabras llenas del Espíritu de Dios
manifestó Jerónimo y procuró siempre más y más excitar en los ánimos de los
fieles: «Ama las Escrituras Santas —exhorta a todos en la persona
de la virgen Demetríades—,
y te amará la sabiduría; ámala, y te guardará; hónrala, y te abrazará. Sean
éstos tus collares y pendientes» (Ep.
130,20).
33.
La continua lección de la Escritura y la cuidadosa investigación de cada libro,
más aún, de cada frase y de cada palabra, le hizo tener tal familiaridad con el
sagrado texto como ningún otro escritor de la antigüedad eclesiástica. A este
conocimiento de la Biblia, unido a la agudeza de su ingenio, se debe atribuir
que la versión Vulgata, obra de nuestro Doctor, supere en mucho, según el
parecer unánime de todos los doctos, a las demás versiones antiguas, por
reflejar el arquetipo original con mayor exactitud y elegancia.
34.
Dicha Vulgata, que, «recomendada por el largo uso de tantos siglos en la
Iglesia», el concilio Tridentino declaró había de ser tenida por auténtica y
usada en la enseñanza y en la oración, esperamos ver pronto, si el Señor
benignísimo nos concediere la gracia de esta luz, enmendada y restituida a la
fe de sus mejores códices; y no dudamos que de este arduo y laborioso esfuerzo,
providentemente encomendado a los Padres Benedictinos por nuestro predecesor
Pío X, de feliz memoria, se han de seguir nuevas ventajas para la inteligencia
de las Escrituras.
35.
El amor a las cuales resplandece sobre todo en las cartas de San Jerónimo, de
tal manera que parecen tejidas con las mismas palabras divinas; y así como a
San Bernardo le resultaba todo insípido si no encontraba el nombre dulcísimo de
Jesús, de igual manera nuestro santo no encontraba deleite en las cartas que no
estuvieran iluminadas por las Escrituras. Por lo cual escribía ingenuamente a
San Paulino, varón en otro tiempo distinguido por su dignidad senatorial y
consular, y poco antes convertido a la fe de Cristo: «Si tuvieres este
fundamento (esto es, la ciencia de las Escrituras), más aún, si te guiara la
mano en tus obras, no habría nada más bello, más docto ni más latino que tus
volúmenes... Si a esta tu prudencia y elocuencia se uniera la afición e
inteligencia de las Escrituras, pronto te vería ocupar el primer puesto entre
los maestros...» (Ep.
58,9,2; 11,2).
36.
Mas por qué camino y de qué modo se deba buscar con esperanza cierta de buen
éxito este gran tesoro concedido por el Padre celestial para consuelo de sus
hijos peregrinantes, lo indica el mismo Jerónimo con su ejemplo. En primer
lugar advierte que llevemos a estos estudios una preparación diligente y una
voluntad bien dispuesta. El, pues, una vez bautizado, para remover todos los
obstáculos externos que podían retardarle en su santo propósito, imitando a
aquel hombre que habiendo hallado un tesoro, por la alegría del hallazgo va
y vende todo lo que tiene y compra el campo (Mt
13,44), dejó a un lado las
delicias pasajeras y vanas de este mundo, deseó vivamente la soledad y abrazó
una forma severa de vida con tanto mayor afán cuanto más claramente había
experimentado antes que estaba en peligro su salvación entre los incentivos de
los vicios. Con todo, quitados estos impedimentos, todavía le faltaba aplicar
su ánimo a la ciencia de Jesucristo y revestirse de aquel que es manso y
humilde de corazón, puesto que había experimentado en sí lo que Agustín asegura
que le pasó cuando empezó los estudios de las Sagradas Letras. El cual,
habiéndose sumergido de joven en los escritos de Cicerón y otros, cuando aplicó
su ánimo a la Escritura Santa, «me pareció —dice— indigna de ser comparada con
la dignidad de Tulio. Mi soberbia rehusaba su sencillez, y mi agudeza no
penetraba sus interioridades. Y es que ella crece con los pequeños, y yo
desdeñaba ser pequeño y, engreído con el fausto, me creía grande» (S.
Aug., Conf. 3,5; cf. 8,12). No de
otro modo Jerónimo, aunque se había retirado a la soledad, de tal manera se
deleitaba con las obras profanas, que todavía no descubría al Cristo humilde en
la humildad de la Escritura. «Y así, miserable de mí —dice—, ayunaba por leer a Tulio.
Después de frecuentes vigilias nocturnas, después de las lágrimas que el
recurso de mis pecados pasados arrancaba a mis entrañas, se me venía Plauto a
las manos. Si alguna vez, volviendo en mí, comenzaba a leer a los profetas, me
horrorizaba su dicción inculta, y, porque con mis ojos ciegos no veía la luz,
pensaba que era culpa del sol y no de los ojos» (Ep.
22,30,2). Pero pronto amó la locura
de la cruz, de tal manera que puede ser testimonio de cuánto sirva para la
inteligencia de la Biblia la humilde y piadosa disposición del ánimo.
37.
Y así, persuadido de que «siempre en la exposición de las Sagradas Escrituras
necesitamos de la venida del Espíritu Santo» (In
Mich. 1,10-15) y de que la Escritura no se
puede leer ni entender de otra manera de como «lo exige el sentido del Espíritu
Santo con que fue escrita» (In
Gal. 5 19s.), el santo varón de Dios implora suplicante,
valiéndose también de las oraciones de sus amigos, las luces del Paráclito; y
leemos que encomendaba las explicaciones de los libros sagrados que empezaba, y
atribuía las que acababa felizmente, al auxilio de Dios y a las oraciones de
los hermanos.
38.
Además, de igual manera que a la gracia de Dios, se somete también a la
autoridad de los mayores, hasta llegar a afirmar que «lo que sabía no lo había
aprendido de sí mismo, ya que la presunción es el peor maestro, sino de los
ilustres Padres de la Iglesia» (Ep.
108,26,2); confiesa que «en los libros divinos no se
ha fiado nunca de sus propias fuerzas» (Ad
Domnionem et Rogatianum, in 1 par. praef.), y a Teófilo, obispo de Alejandría,
expone así la norma a la cual había ajustado su vida y sus estudios: «Ten para
ti que nada debe haber para nosotros tan sagrado como salvaguardar los derechos
del cristiano, no cambiar el sentido de los Padres y tener siempre presente la
fe romana, cuyo elogio hizo el Apóstol» (Ep.
63,2).
39.
Con toda el alma se entrega y somete a la Iglesia, maestra suprema, en la
persona de los romanos pontífices; y así, desde el desierto de Siria, donde le
acosaban las insidias de los herejes, deseando someter a la Sede Apostólica la
controversia de los orientales sobre el misterio de la Santísima Trinidad,
escribía al papa Dámaso: «Me ha parecido conveniente consultar a la cátedra de
Pedro y a la fe elogiada por el Apóstol, buscando hoy el alimento de mi alma
allí donde en otro tiempo recibí la librea de Cristo... Porque no quiero tener
otro guía que a Cristo, me mantengo en estrecha comunión con Vuestra Santidad,
es decir, con la cátedra de Pedro. Sé muy bien que sobre esta piedra está
fundada la Iglesia... Declarad vuestro pensamiento: si os agrada, no temeré
admitir las tres hipóstasis; si lo ordenáis, aceptaré que una fe nueva
reemplace a la de Nicea y que seamos ortodoxos con las mismas fórmulas de los
arrianos» (Ep.
15,1,2.4) Por último, en la carta siguiente renueva esta maravillosa
confesión de fe: «Entretanto, protesto en alta voz: El que está unido a la
cátedra de Pedro, está conmigo» (Ep.
16,2,2).
40.
Siempre fiel a esta regla de fe en el estudio de las Escrituras, rechaza con
este único argumento cualquier falsa interpretación del sagrado texto: «Esto no
lo admite la Iglesia de Dios» (In
Dan. 3,37), y con estas breves palabras rechaza el libro
apócrifo que contra él había aducido el hereje Vigilancio: «Ese libro no lo he
leído jamás. ¿Para qué, si la Iglesia no lo admite?» (Adv.
Vigil. 6)
41.
A fuer de hombre celoso en defender la integridad de la fe, luchó denodadamente
con los que se habían apartado de la Iglesia, a los cuales consideraba como
adversarios propios: «Responderé brevemente que jamás he perdonado a los
herejes y que he puesto todo mi empeño en hacer de los enemigos de la Iglesia
mis propios enemigos personales» (Dial. e. Pelag., prol.2). Y en carta a Rufino: «Hay un punto sobre
el cual no podré estar de acuerdo contigo: que, transigiendo con los herejes,
pueda aparecer no católico»(Contra
Ruf. 3,43). Sin embargo, condolido por la defección de
éstos, les suplicaba que hicieran por volver al regazo de la Madre afligida,
única fuente de salvación (In
Mich. 1,10ss.), y rezaba por «los que habían salido de la
Iglesia y, abandonando la doctrina del Espíritu Santo, seguían su propio
parecer», para que de todo corazón se convirtieran (In
Is. 1,6, cap.16,1-5).
42.
Si alguna vez fue necesario, venerables hermanos, que todos los clérigos y el
pueblo fiel se ajusten al espíritu del Doctor Máximo, nunca más necesario que
en nuestra época, en que tantos se levantan con orgullosa terquedad contra la
soberana autoridad de la revelación divina y del magisterio de la Iglesia.
Sabéis, en efecto —y
ya León XIII nos lo advertía—,
qué clase de enemigos tenemos enfrente y en qué procedimientos o en qué armas
tienen puesta su confianza. Es, pues, de todo punto necesario que suscitéis
para esta empresa cuantos más y mejor preparados defensores, que no sólo estén
dispuestos a luchar contra quienes, negando todo orden sobrenatural, no
reconocen ni revelación ni inspiración divina, sino a medirse con quienes,
ávidos de novedades profanas, se atreven a interpretar las Sagradas Escrituras
como un libro puramente humano, o se desvían del sentir recibido en la Iglesia
desde la más remota antigüedad, o hasta tal punto desprecian su magisterio que
desdeñan las constituciones de la Sede Apostólica y los decretos de la
Pontificia Comisión Bíblica, o los silencian e incluso los acomodan a su propio
sentir con engaño y descaro. Ojalá todos los católicos se atengan a la regla de
oro del santo Doctor y, obedientes al mandato de su Madre, se mantengan
humildemente dentro de los límites señalados por los Padres y aprobados por la
Iglesia.
43.
Pero volvamos a nuestro asunto. Así preparados los espíritus con la piedad y
humildad, Jerónimo los invita al estudio de la Biblia. Y antes que nada
recomienda incansablemente a todos la lectura cotidiana de la palabra divina:
«Entrará en nosotros la sabiduría si nuestro cuerpo no está sometido al pecado;
cultivemos nuestra inteligencia mediante la lectura cotidiana de los libros
santos» (In
Tit. 3,9). Y en su comentario a la carta a los Efesios: «Debemos, pues, con
el mayor ardor, leer las Escrituras y meditar de día y de noche en la ley del
Señor, para que, como expertos cambistas, sepamos distinguir cuál es el buen
metal y cuál el falso» (In
Eph. 4,31). Ni exime de esta común obligación a las mujeres
casadas o solteras. A la matrona romana Leta propone sobre la educación de su
hija, entre otros consejos, los siguientes: «Tómale de memoria cada día el
trozo señalado de las Escrituras...; que prefiera los libros divinos a las
alhajas y sedas... Aprenda lo primero el Salterio, gócese con estos cánticos e
instrúyase para la vida en los Proverbios de Salomón. Acostúmbrese con la
lectura del Eclesiástico a pisotear las vanidades mundanas. Imite los ejemplos
de paciencia y de virtud de Job. Pase después a los Evangelios, para nunca
dejarlos de la mano. Embébase con todo afán en los Hechos y en las Epístolas de
los Apóstoles. Y cuando haya enriquecido la celda de su pecho con todos estos
tesoros, aprenda de memoria los Profetas, y el Heptateuco, y los libros de los
Reyes, y los Paralipómenos, y los volúmenes de Esdras y de Ester, para que,
finalmente, pueda leer sin peligro el Cantar de los Cantares» (Ep.
107,9.12). Y de la
misma manera exhorta a la virgen Eustoquio: «Sé muy asidua en la lectura y
aprende lo más posible. Que te coja el sueño con el libro en la mano y que tu
rostro, al rendirse, caiga sobre la página santa» (Ep.
22,17,2; cf. ibíd., 29,2). Y, al enviarle el
epitafio de su madre Paula, elogiaba a esta santa mujer por haberse consagrado
con su hija al estudio de las Escrituras, de tal manera que las conocía
profundamente y las sabía de memoria. Y añade: «Diré otra cosa que acaso a los
envidiosos parecerá increíble: se propuso aprender la lengua hebrea, que sólo
parcialmente y con muchos trabajos y sudores aprendí yo de joven y no me canso
de repasar ahora para no olvidarla, y de tal manera lo consiguió, que llegó a
cantar los Salmos en hebreo sin acento latino alguno. Esto mismo puede verse
hoy en su santa hija Eustoquio» (Ep.
108,26). Ni olvida a Santa Marcela, que también
dominaba perfectamente las Escrituras (Ep.
127,7 ).
44.
¿quién no ve las ventajas y goces que en la piadosa lectura de los libros santos
liban las almas bien dispuestas? Todo el que a la Biblia se acercare con
espíritu piadoso, fe firme, ánimo humilde y sincero deseo de aprovechar,
encontrará en ella y podrá gustar el pan que bajó de los cielos y experimentará
en sí lo que dijo David: Me has manifestado los secretos y misterios de tu
sabiduría (Ps.
50,8.
80), dado que esta mesa de la divina palabra «contiene la doctrina
santa, enseña la fe verdadera e introduce con seguridad hasta el interior del
velo, donde está el Santo de los Santos» (Imit.
Chr. 4,11,4).
45.
Por lo que a Nos se refiere, venerables hermanos, a imitación de San Jerónimo,
jamás cesaremos de exhortar a todos los fieles cristianos para que lean
diariamente sobre todo los santos Evangelios de Nuestro Señor y los Hechos y
Epístolas de los Apóstoles, tratando de convertirlos en savia de su espíritu y
en sangre de sus venas.
46.
Y así, en estas solemnidades centenarias, nuestro pensamiento se dirige
espontáneamente a la Sociedad que se honra con el nombre de San Jerónimo; tanto
más cuanto que Nos mismo tuvimos parte en los principios y en el desarrollo de
la obra, cuyos pasados progresos hemos visto con gozo y auguramos mayores para
lo porvenir. Bien sabéis, venerables hermanos, que el propósito de esta
Sociedad es divulgar lo más posible los Evangelios y los Hechos de los
Apóstoles, de tal manera que ninguna familia carezca de ellos y todos se
acostumbren a su diaria lectura y meditación. Deseamos ardientemente que esta
obra, tan querida por su bien demostrada utilidad, se propague y difunda en
vuestra diócesis con la creación de sociedades del mismo nombre y fin agregadas
a la de Roma.
47.
En este mismo orden de cosas, resultan muy beneméritos de la causa católica
aquellos que en las diversas regiones han procurado y siguen procurando editar
en formato cómodo y claro y divulgar con la mayor diligencia todos los libros
del Nuevo Testamento y algunos escogidos del Antiguo; cosa que ha producido
abundancia de frutos en la Iglesia de Dios, siendo hoy muchos más los que se
acercan a esta mesa de doctrina celestial que el Señor proporcionó al mundo
cristiano por medio de sus profetas, apóstoles y doctores (Imit.
Chr. 4,11,4).
48.
Mas, si en todos los fieles requiere San Jerónimo afición a los libros
sagrados, de manera especial exige esto en los que «han puesto sobre su cuello
el yugo de Cristo» y fueron llamados por Dios a la predicación de la palabra
divina. Con estas palabras se dirige a todos los clérigos en la persona del
monje Rústico: «Mientras estés en tu patria, haz de tu celda un paraíso; coge
los frutos variados de las Escrituras, saborea sus delicias y goza de su
abrazo... Nunca caiga de tus manos ni se aparte de tus ojos el libro sagrado;
apréndete el Salterio palabra por palabra, ora sin descanso, vigila tus
sentidos y ciérralos a los vanos pensamientos» (Ep.
125,7,3; 11,1). Y al presbítero Nepociano
advierte: «Lee a menudo las divinas Escrituras; más aún, que la santa lectura
no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que has de enseñar. Procura
conseguir la palabra fiel que se ajusta a la doctrina, para que puedas exhortar
con doctrina sana y argüir a los contradictores» (Ep.
52,7,1). Y después de haber
recordado a San Paulino las normas que San Pablo diera a sus discípulos Timoteo
y Tito sobre el estudio de las Escrituras, añade: «Porque la santa rusticidad
sólo aprovecha al que la posee, y tanto como edifica a la Iglesia de Cristo con
el mérito de su vida, otro tanto la perjudica si no resiste a los
contradictores. Dice el profeta Malaquías, o mejor, el Señor por Malaquías: Pregunta
a los sacerdotes la ley. Forma parte del excelente oficio del sacerdote
responder sobre la ley cuando se le pregunte. Leemos en el Deuteronomio: Pregunta
a tu padre, y te indicará; a tus presbíteros, y te dirán. Y Daniel, al
final de su santísima visión, dice que los justos brillarán como las estrellas,
y los inteligentes, es decir, los doctos, como el firmamento. ¿Ves cuánto
distan entre sí la santa rusticidad y la docta santidad? Aquéllos son
comparados con las estrellas, y éstos, con el cielo» (Ep.
53,3ss.). En carta a Marcela
vuelve a atacar irónicamente esta santa rusticidad de algunos clérigos:
«La consideran como la única santidad, declarándose discípulos de pescadores,
como si pudieran ser santos por el solo hecho de no saber nada» (Ep. 27,1,2). Pero
advierte que no sólo estos rústicos, sino incluso los clérigos literatos
pecaban de la misma ignorancia de las Escrituras, y en términos severísimos
inculca a los sacerdotes el asiduo contacto con los libros santos.
49.
Procurad con sumo empeño, venerables hermanos, que estas enseñanzas del santo
Doctor se graben cada vez más hondamente en las mentes de vuestros clérigos y
sacerdotes; a vosotros os toca sobre todo llamarles cuidadosamente la atención
sobre lo que de ellos exige la dignidad del oficio divino al que han sido
elevados, si no quieren mostrarse indignos de él: Porque los labios del
sacerdote custodiarán la ciencia, y de su boca se buscará la ley, porque es el
ángel del Señor de los ejércitos (Mal 2,7). Sepan, pues, que ni deben abandonar
el estudio de las Escrituras ni abordarlo por otro camino que el señalado
expresamente por León XIII en su encíclica Providentissimus Deus. Lo
mejor será que frecuenten el Pontificio Instituto Bíblico, que, según los
deseos de León XIII, fundó nuestro próximo predecesor con gran provecho para la
santa Iglesia, como consta por la experiencia de estos diez años. Mas, como
esto será imposible a la mayoría, es de desear que, a instigación vuestra y
bajo vuestos auspicios, vengan a Roma miembros escogidos de uno y otro clero
para dedicarse a los estudios bíblicos en nuestro Instituto. Los que vinieren
podrán de diversas maneras aprovechar las lecciones del Instituto. Unos, según
el fin principal de este gran Liceo, de tal manera profundizarán en los
estudios bíblicos, que «puedan luego explicarlos tanto en privado como en
público, escribiendo o enseñando..., y sean aptos para defender su dignidad,
bien como profesores en las escuelas, bien como escritores en pro de la verdad
católica» (Pío X, Litt. apost. Vinea electa, 7 mayo 1909), y otros, que ya se hubieren iniciado en el sagrado ministerio,
podrán adquirir un conocimiento más amplio que en el curso teológico de la
Sagrada Escritura, de sus grandes intérpretes y de los tiempos y lugares
bíblicos; conocimiento preferentemente práctico, que los haga perfectos
administradores de la palabra divina, preparados para toda obra buena (Cf.
2 Tim 3,17).
50.
Aquí tenéis, venerables hermanos, según el ejemplo y la autoridad de San
Jerónimo, de qué virtudes debe estar adornado el que se consagra a la lectura y
al estudio de la Biblia; oigámosle ahora hacia dónde debe dirigirse y qué debe
pretender el conocimiento de las Sagradas Letras. Ante todo se debe buscar en
estas páginas el alimento que sustente la vida del espíritu hasta la
perfección; por ello, San Jerónimo acostumbraba meditar en la ley del Señor de
día y de noche y gustar en las Santas Escrituras el pan del cielo y el maná
celestial que tiene en sí todo deleite (Tract.
de Ps. 147). ¿Cómo puede nuestra alma vivir sin
este manjar? ¿Y cómo enseñarán los eclesiásticos a los demás el camino de la
salvación si, abandonando la meditación de las Escrituras, no se enseñan a sí
mismos? ¿Cómo espera ser en la administración de los sacramentos «guía de
ciegos, luz de los que viven en tinieblas, preceptor de rudos, maestro de niños
y hombre que tiene en la ley la norma de la ciencia y de la verdad» (Tom
2,19s.), si se
niega a escudriñar esta ciencia de la ley y cierra la puerta a la luz de lo
alto? ¡Cuántos ministros sagrados, por haber descuidado la lectura de la
Biblia, se mueren ellos mismos y dejan perecer a otros muchos de hambre, según
lo que está escrito: Los niños pidieron pan, y no había quien se lo partiera (Tim
4,4).
Está desolada la tierra entera porque no hay quien piense en su corazón (Jer
12 11).
51.
De la Escritura han de salir, en segundo lugar, cuando sea necesario, los
argumentos para ilustrar, confirmar y defender los dogmas de nuestra fe. Que
fue lo que él hizo admirablemente en su lucha contra los herejes de su tiempo;
todas sus obras manifiestan claramente cuán afiladas y sólidas armas sacaba de
los distintos pasajes de la Escritura para refutarlos. Si nuestros expositores de
las Escrituras le imitan en esto, se conseguirá, sin duda, lo que nuestro
predecesor en sus letras encíclicas Providentissimus Deus declaraba
«deseable y necesario en extremo»: que «el uso de la Sagrada Escritura influya
en toda la ciencia teológica y sea como su alma».
52.
Por último, el uso más importante de la Escritura es el que dice relación con
el santo y fructuoso ejercicio del ministerio de la divina palabra. Y aquí nos
place corroborar con las palabras del Doctor Máximo las enseñanzas que sobre la
predicación de la palabra divina dimos en nuestras letras encíclicas Humani
generis. Si el insigne exegeta recomienda tan severa y frecuentemente a los
sacerdotes la continua lectura de las Sagradas Letras, es sobre todo para que
puedan dignamente ejercer su oficio de enseñar y predicar. Su palabra no
tendría ni autoridad, ni peso, ni eficacia para formar las almas si no
estuviera informada por la Sagrada Escritura y no recibiese de ella su fuerza y
su vigor. «La palabra del sacerdote ha de estar condimentada con la lectura de
las Escrituras» (Ep.
52,8,1). Porque «todo lo que se dice en las Escrituras es como una
trompeta que amenaza y penetra con voz potente en los oídos de los fieles» (In
Am. 3,35).
«Nada conmueve tanto como un ejemplo sacado de las Escrituras Santas» (In
,Zach. 9,15s.).
53.
Y lo que el santo Doctor enseña sobre las reglas que deben guardarse en el
empleo de la Biblia, aunque también se refieren en gran parte a los
intérpretes, pero miran sobre todo a los sacerdotes en la predicación de la
divina palabra. Advierte en primer lugar que consideremos diligentemente las
mismas palabras de la Escritura, para que conste con certeza qué dijo el autor
sagrado. Pues nadie ignora que San Jerónimo, cuando era necesario, solía acudir
al texto original, comparar una versión con otra, examinar la fuerza de las
palabras, y, si se había introducido algún error, buscar sus causas, para
quitar toda sombra de duda a la lección. A continuación se debe buscar la
significación y el contenido que encierran las palabras, porque «al que estudia
las Escrituras Santas no le son tan necesarias las palabras como el
sentido» (Ep.
29,1,3). En la búsqueda de este sentido no podemos negar que San Jerónimo,
imitando a los doctores latinos y a algunos de entre los griegos de los tiempos
antiguos, concedió más de lo justo en un principio a las interpretaciones
alegóricas. Pero el amor que profesaba a los Libros Sagrados, y su continuo
esfuerzo por repasarlos y comprenderlos mejor, hizo que cada día creciera en él
la recta estimación del sentido literal y que expusiera sobre este punto
principios sanos; los cuales, por constituir todavía hoy el camino más seguro
para sacar el sentido pleno de los Libros Sagrados, expondremos brevemente.
54.
Debemos, ante todo, fijar nuestra atención en la interpretación literal o
histórica: «Advierto siempre al prudente lector que no se contente con
interpretaciones supersticiosas que se hacen aisladamente según el arbitrio de
los que las inventan, sino que considere lo primero, lo del medio y lo del fin,
y que relacione todo lo que ha sido escrito» (In
Mt. 25,13). Añade que toda otra forma de
interpretación se apoya, como en su fundamento, en el sentido literal (Cf.
In Ez. 38,1s; 41,23s; 42,13s; In Mc. 1,13.31; Ep. 129,6,1,
etc.), que
ni siquiera debe creerse que no existe cuando algo se afirma metafóricamente;
porque «frecuentemente la historia se teje con metáforas y se afirma bajo
imágenes» (In
Hab. 3,14s.). Y a los que opinan que nuestro Doctor negaba en algunos lugares
de la Escritura el sentido histórico, los refuta él mismo con estas palabras:
«No negamos la historia, sino que preferimos la inteligencia espiritual» (In
Mc. 9,1-7; cf. In Ez. 40-24-27).
55.
Puesta a salvo la significación literal o histórica, busca sentidos más
internos y profundos, para alimentar su espíritu con manjar más escogido;
enseña a propósito del libro de los Proverbios, y lo mismo advierte
frecuentemente de las otras partes de la Escritura, que no debemos pararnos en
el solo sentido literal, «sino buscar en lo más hondo el sentido divino, como
se busca en la tierra el oro, en la nuez el núcleo y en los punzantes erizos el
fruto escondido de las castañas» (In
Eccles. 12,9s.). Por ello, enseñando a San Paulino «por
qué camino se debe andar en las Escrituras Santas», le dice: «Todo lo que
leemos en los libros divinos resplandece y brilla aun en la corteza, pero es
más dulce en la médula. Quien quiere comer la nuez, rompe su cáscara» (Ep.
58,9,1).
Advierte, sin embargo, cuando se trata de buscar este sentido interior, que se
haga con moderación, «no sea que, mientras buscamos las riquezas espirituales,
parezca que despreciamos la pobreza de la historia» (In
Edem. 2,24s.). Y así desaprueba no
pocas interpretaciones místicas de los escritores antiguos precisamente porque
no se apoyan en el sentido literal: «Que todas aquellas promesas cantadas por
los profetas no sean sonidos vacíos o simples términos de retórica, sino que se
funden en la tierra y sólo sobre el cimiento de la historia levanten la cumbre
de la inteligencia espiritual» (In
Am. 9,6). Prudentemente observa a este respecto que
no se deben abandonar las huellas de Cristo y de los apóstoles, los cuales,
aunque consideran el Antiguo Testamento como preparación y sombra de la Nueva
Alianza y, consiguientemente, interpretan muchos pasajes típicamente, no por
eso lo reducen todo a significaciones típicas. Y, para confirmarlo, apela
frecuentemente al apóstol San Pablo, quien, por ejemplo, «al exponer los misterios
de Adán y Eva, no niega su creación, sino que, edificando la inteligencia
espiritual sobre el fundamento de la historia, dice: Por esto dejará el
hombre, etc. (In
Is. 6,1-7). Si los intérpretes de las Sagradas Letras y los
predicadores de la palabra divina, siguiendo el ejemplo de Cristo y de los
apóstoles y obedeciendo a los consejos de León XIII, no despreciaren «las
interpretaciones alegóricas o análogas que dieron los Padres, sobre todo cuando
fluyen de la letra y se apoyan en la autoridad de muchos», sino que modestamente
se levantaren de la interpretación literal a otras más altas, experimentarán
con San Jerónimo la verdad del dicho de Pablo: «Toda la Sagrada Escritura,
divinamente inspirada, es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para
instruir en la santidad» (2 Tim
3,16), y obtendrán del infinito tesoro de las
Escrituras abundancia de ejemplos y palabras con que orientar eficaz y
suavemente la vida y las costumbres de los fieles hacia la santidad.
56.
Por lo que se refiere a la manera de exponer y de expresarse, dado que entre
los dispensadores de los misterios de Dios se busca sobre todo la fidelidad,
establece San Jerónimo que se debe mantener antes que nada «la verdad de la
interpretación», y que «el deber del comentarista es exponer no lo que él quisiera,
sino lo que pensaba aquel a quien interpreta» (Ep.
49, al. 48,17,7) y añade que «hablar en la
Iglesia tiene el grave peligro de convertir, por una mala interpretación, el
Evangelio de Cristo en evangelio de un hombre» (In
Gal. 1,11s.). En segundo lugar, «en la
exposición de las Santas Escrituras no interesan las palabras rebuscadas ni las
flores de la retórica, sino la instrucción y sencillez de la verdad» (In
Am. praef. in 1,3).
Habiéndose ajustado en sus escritos a esta norma, declara en sus comentarios
haber procurado, no que sus palabras «fueran alabadas, sino que las bien dichas
por otro se entendieran como habían sido dichas» (In
Gal. praef. in 1.3); y que en la exposición
de la palabra divina se requiere un estilo que «sin amaneramientos... exponga
el asunto, explique el sentido y aclare las oscuridades sin follaje de palabras
rebuscadas» (Ep.
36,14,2).
57.
Plácenos aquí reproducir algunos pasajes de Jerónimo por los cuales aparece
claramente cuánto aborrecía él la elocuencia propia de los retóricos, que con
el vacío estrépito de las palabras y con la rapidez en el hablar busca los
vanos aplausos. «No me gusta que seas —dice al presbítero Nepociano— un declamador y charlatán,
sino hombre enterado del misterio y muy versado en los secretos de tu Dios.
Atropellar las palabras y suscitar la admiración del vulgo ignorante con la
rapidez en el hablar es de tontos» (Ep.
52,8,1). «Los que hoy se ordenan de entre los
literatos se preocupan no de asimilarse la médula de las Escrituras, sino de
halagar los oídos de la multitud con flores de retórica» (Dial.
cont. Lucif., 11). «Y nada digo de
aquellos que, a semejanza mía, si de casualidad llegaron a las Escrituras
Santas después de haber frecuentado las letras profanas y lograron agradar el
oído de la muchedumbre con su estilo florido, ya piensan que todo lo que dicen
es ley de Dios, y no se dignan averiguar qué pensarán los profetas y los
apóstoles, sino que adaptan a su sentir testimonios incongruentes; como si
fuera grande elocuencia, y no la peor de todas, falsificar los textos y
violentar la Escritura a su capricho» (Ep.
53,7,2). «Y es que, faltándoles el verdadero
apoyo de las Escrituras, su verborrea no tendría autoridad si no intentaran
corroborar con testimonios divinos la falsedad de su doctrina» (In
Tit. 1,10s.). Mas esta
elocuencia charlatana e ignorancia locuaz «no tiene mordiente, ni vivacidad, ni
vida; todo es algo desnutrido, marchito y flojo, semillero de plantas y
hierbas, que muy pronto se secan y corrompen»; por el contrario, la sencilla
doctrina del Evangelio, semejante al pequeño grano de mostaza, «no se convierte
en planta, síno que se hace árbol, de manera que los pájaros del cielo
vengan y habiten en sus ramas» (In
Mt. 13,32). Por eso él buscaba en todo esta santa
sencillez del lenguaje, que no está reñida con la clarídad y elegancia no
buscada: «Sean otros oradores, obtengan las alabanzas que tanto ansían y
atropellen los torrentes de palabras con los carrillos hinchados; a mí me basta
hablar de manera que sea entendido y que, explicando las Escrituras, imite su
sencillez» (Ep.
36,14, 2). Porque «la interpretación de los eclesiásticos, sin renunciar
a la elegancia en el decir, debe disimularla y evitarla de tal manera que pueda
ser entendida no por la vanas escuelas de los filósofos o por pocos discípulos,
sino por toda clase de hombres» (Ep. 48, al. 49,4,3). Si los jóvenes sacerdotes pusieren en
práctica estos consejos y preceptos y los mayores cuidaran de tenerlos siempre
presentes, tenemos la seguridad de que su ministerio sería muy provechoso a las
almas de los fieles.
58.
Réstanos por recordar, venerables hermanos, los «dulces frutos» que «de la
amarga semilla de las letras» obtuvo Jerónimo, en la esperanza de que, a
imitación suya, los sacerdotes y fieles encomendados a vuestros cuidados se han
de inflamar en el deseo de conocer y experimentar la saludable virtud del
sagrado texto. Preferimos que conozcáis las abundantes y exquisitas delicias que
llenaban el alma del piadoso anacoreta, más que por nuestras palabras, por las
suyas propias. Escuchad cómo habla de esta sagrada ciencia a Paulino, su
«colega, compañero y amigo»: «Dime, hermano queridísimo, ¿no te parece que
vivir entre estos misterios, meditar en ellos, no querer saber ni buscar otra
cosa, es ya el paraíso en la tierra?» (Ep. 53,10,1) Y a su discípula Paula pregunta:
«Dime, ¿hay algo más santo que este misterio? ¿Hay algo más agradable que este
deleite? ¿Qué manjares o qué mieles más dulces que conocer los designios de
Dios, entrar en su santuario, penetrar el pensamiento del Creador y enseñar las
palabras de tu Señor, de las cuales se ríen los sabios de este mundo, pero que
están llenas de sabiduría espiritual? Guarden otros para sí sus riquezas, beban
en vasos preciosos, engalánense con sedas, deléitense en los aplausos de la
multitud, sin que la variedad de placeres logre agotar sus tesoros; nuestras
delicias serán meditar de día y de noche en la ley del Señor, llamar a la
puerta cerrada, gustar los panes de la Trinidad y andar detrás del Señor sobre
las olas del mundo» (Ep.
30,13). Y nuevamente a Paula y a su hija Eustoquio en el
comentario a la epístola a los Efesios: «Si hay algo, Paula y Eustoquio, que
mantenga al sabio en esta vida y le anime a conservar el equilibrio entre las
tribulaciones y torbellinos del mundo, yo creo que es ante todo la meditación y
la ciencia de las Escrituras» (In
Eph., prol.). Porque así lo hacía él, disfrutó de la paz
y de la alegría del corazón en medio de grandes tristezas de ánimo y
enfermedades del cuerpo; alegría que no se fundaba en vanos y ociosos deleites,
sino que, procediendo de la caridad, se transformaba en caridad activa para con
la Iglesia de Dios, a la cual fue confiada por el Señor la custodia de la
palabra divina.
59.
En las Sagradas Letras de uno y otro Testamento leía frecuentemente predicadas
las alabanzas de la Iglesia de Dios. ¿Acaso no representaban la figura de esta
Esposa de Cristo y todas y cada una de las ilustres y santas mujeres que ocupan
lugar preferente en el Antiguo Testamento? El sacerdocio y los sacrificios, las
instituciones y las fiestas y casi todos los hechos del Antiguo Testamento, ¿no
eran acaso la sombra de esta Iglesia? ¿Y el ver tantas predicciones de los
Salmos y de los Profetas divinamente cumplidas en la Iglesia? ¿Acaso no había
oído él en boca de Cristo y de los apóstoles los mayores privilegios de la
misma? ¿Qué cosa podía, pues, excitar diariamente en el ánimo de Jerónimo mayor
amor a la Esposa de Cristo que el conocimiento de las Escrituras? Ya hemos
visto, venerables hermanos, la gran reverencia y ardiente amor que profesaba a
la Iglesia romana y a la cátedra de Pedro; hemos visto con cuánto ardor
impugnaba a los adversarios de la Iglesia. Alabando a su joven compañero
Agustín, empeñado en la misma batalla, y felicitándose por haber suscitado
juntamente con él la envidia de los herejes, le dice: «¡Gloria a ti por tu
valor! El mundo entero te admira. Los católicos te veneran y reconocen como el
restaurador de la antigua fe, y —lo
que es timbre de mayor gloria todavía— todos los herejes te aborrecen
y te persiguen con igual odio que a mí, suspirando por matarnos con el deseo,
ya que no pueden con las armas» (Ep.
141 2; cf. Ep. 134,1). Maravillosamente confirma esto Postumiano
en las obras de Sulpicio Severo, diciendo de Jerónimo: «Una lucha constante y
un duelo ininterrumpido contra los malos le ha granjeado el odio de los
perversos. Le odian los herejes porque no cesa de impugnarlos; le odian los
clérigos porque ataca su mala vida y sus crímenes. Pero todos los hombres
buenos lo admiran y quieren» (Postumianus apud Sulp. Sever., Dial. 1,9). Por este odio de los herejes y de los malos
hubo de sufrir Jerónimo muchas contrariedades, especialmente cuando los
pelagianos asaltaron el convento de Belén y lo saquearon; pero soportó gustoso
todos los malos tratos y los ultrajes, sin decaer de ánimo, pronto como estaba
para morir por la defensa de la fe cristiana. «Mi mayor gozo —escribe a Apronio— es oír que mis hijos combaten
por Cristo; que aquel en quien hemos creído fortalezca en nosotros este celo
valeroso para que demos gustosamente la sangre por defender su fe... Nuestra
casa, completamente arruinada en cuanto a bienes materiales por las
persecuciones de los herejes, está llena de riquezas espirituales por la bondad
de Cristo. Más vale comer sólo pan que perder la fe» (Ep.
139).
60.
Y si jamás permitió que el error se extendiera impunemente, no puso menor celo
en condenar, con su enérgico modo de hablar, la corrupción de costumbres,
deseando, en la medida de sus fuerzas, presentar a Cristo una Esposa gloriosa,
sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada (Ef
5,27). ¡Cuán
duramente reprende a los que profanaban con una vida culpable la dignidad
sacerdotal! ¡Con qué elocuencia condena las costumbres paganas que en gran
parte inficionaban a la misma ciudad de Roma! Para contener por todos los
medios aquel desbordamiento de todos los vicios y crímenes, les opone la
excelencia y hermosura de las virtudes cristianas, convencido de que nada puede
tanto para apartar del mal como el amor de las cosas más puras; reclama
insistentemente para la juventud una educación piadosa y honesta; exhorta con
graves consejos a los esposos a llevar una vida pura y santa; insinúa en las
almas más delicadas el amor a la virginidad; tributa todo género de elogios a
la dificil, pero suave austeridad de la vida interior; urge con todas sus
fuerzas aquel primer precepto de la religión cristiana —el precepto de la caridad unida
al trabajo—,
con cuya observancia la soledad humana pasaría felizmente de las actuales
perturbaciones a la tranquilidad del orden. Hablando de la caridad, dice
hermosamente a San Paulino: «El verdadero templo de Cristo es el alma del
creyente: adórnala, vístela, ofrécele tus dones, recibe a Cristo en ella. ¿De
qué sirve que resplandezcan sus muros con piedras preciosas, si Cristo en el
pobre se muere de hambre?» (Ep.
58,7,1). En cuanto a la ley del trabajo, la inculcaba a
todos con tanto ardor, no sólo en sus escritos, sino con el ejemplo de toda su
vida, que Postumiano, después de haber vivido con Jerónimo en Belén durante
seis meses, testifica en la obra de Sulpicio Severo: «Siempre se le encuentra
dedicado a la lectura, siempre sumergido en los libros; no descansa de día ni
de noche; constantemente lee o escribe» (Postumianus apud Sulp. Sever., Dial. 1,9). Por lo demás, su gran amor a la
Iglesia aparece también en sus comentarios, en los que no desaprovecha ocasión
para alabar a la Esposa de Cristo. Así, por ejemplo, leemos en la exposición
del profeta Ageo: «Vino lo más escogido de todas las gentes y se llenó de
gloria la casa del Señor, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento
de la verdad... Con estos metales preciosos, la Iglesia del Señor resulta más
esplendorosa que la antigua sinagoga; con estas piedras vivas está construida
la casa de Cristo, a la cual se concede una paz eterna» (In
Agg. 2,1s.). Y en el
comentario a Miqueas: «Venid, subamos al monte del Señor; es preciso subir para
poder llegar a Cristo y a la casa del Dios de Jacob, la Iglesia, que es la casa
de Dios, columna y firmamento de la verdad» (In
Mich. 4 1s.). Y añade en el proemio del
comentario a San Mateo: «La Iglesia ha sido asentada sobre piedra por la
palabra del Señor; ésta es la que el Rey introdujo en su habitación y a quien
tendió su mano por la abertura de una secreta entrada» (In
Mt., prol.).
61.
Como en los últimos pasajes que hemos citado, así otras muchas veces nuestro
Doctor exalta la íntima unión de Jesús con la Iglesia. Como no puede estar la
cabeza separada del cuerpo místico, así con el amor a la Iglesia ha de ir
necesariamente unido el amor a Cristo, que debe ser considerado como el principal
y más sabroso fruto de la ciencia de las Escrituras. Estaba tan persuadido
Jerónimo de que este conocimiento del sagrado texto era el mejor camino para
llegar al conocimiento y amor de Cristo Nuestro Señor, que no dudaba en
afirmar: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo» (In
Is., prol.; cf. Tract. de Ps. 77). Y lo mismo escribe
a Santa Paula: «¿Puede concebirse una vida sin la ciencia de las Escrituras,
por la cual se llega a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los
creyentes?» (Ep. 30,7).
62.
Hacia Cristo, como a su centro, convergen todas las páginas de uno y otro
Testamento; por ello Jerónimo, explicando las palabras del Apocalipsis que
hablan del río y del árbol de la vida, dice entre otras cosas: «Un solo río
sale del trono de Dios, a saber, la gracia del Espíritu Santo; y esta gracia
del Espíritu Santo está en las Santas Escrituras, es decir, en el río de las
Escrituras. Pero este río tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo
Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol, que es Cristo» (Tract.
de Ps. 1). No
es de extrañar, por lo tanto, que en sus piadosas meditaciones acostumbrase
referir a Cristo cuanto se lee en el sagrado texto: «Yo, cuando leo el
Evangelio y veo allí los testimonios sacados de la ley y de los profetas,
considero sólo a Cristo; si he visto a Moisés y a los profetas, ha sido para
entender lo que me decían de Cristo. Cuando, por fin, he llegado a los
esplendores de Cristo y he contemplado la luz resplandeciente del claro sol, no
puedo ver la luz de la linterna. ¿Puede iluminar una linterna si la enciendes
de día? Si luce el sol, la luz de la linterna se desvanece; de igual manera la
ley y los profetas se desvanecen ante la presencia de Cristo. Nada quito a la
ley ni a los profetas; antes bien, los alabo porque anuncian a Cristo. Pero de
tal manera leo la ley y los profetas, que no me quedo en ellos, sino que a
través de la ley y de los profetas trato de llegar a Cristo» (Tract.
in Mc. 91-7). Y así,
buscando piadosamente a Cristo en todo, lo vemos elevarse maravillosamente, por
el comentario de las Escrituras, al amor y conocimiento del Señor Jesús, en el
cual encontró la preciosa margarita del Evangelio: «No hay más que una preciosa
margarita: el conocimiento del Salvador, el misterio de la pasión y el secreto
de su resurrección» (In
Mt. 13,45s.).
63.
Este amor a Cristo que le consumía, lo llevaba, pobre y humilde con Cristo,
libre el alma de toda preocupación terrenal, a buscar a Cristo sólo, a dejarse
conducir por su Espíritu, a vivir con El en la más estrecha unión, a copiar por
la imitación su imagen paciente, a no tener otro anhelo que sufrir con Cristo y
por Cristo. Por ello, cuando, hecho el blanco de las injurias y de los odios de
los hombres perversos, muerto San Dámaso, hubo de abandonar Roma, escribía a
punto de subir al barco: «Aunque algunos me consideren como un criminal y reo
de todas las culpas —lo
cual no es mucho en comparación de mis faltas—, tú haces bien en tener por
buenos en tu interior hasta a los mismos malos... Doy gracias a Dios por haber
sido hallado digno de que me odie el mundo... ¿Qué parte de sufrimientos he
soportado yo, que milito bajo la cruz? Me han echado encima la infamia de un
crimen falso; pero yo sé que con buena o mala fama se llega al reino de los
cielos» (Ep.
45,1,6). Y a la santa virgen Eustoquio exhortaba a sobrellevar
valientemente por Cristo los mismos trabajos, con estas palabras: «Grande es el
sufrimiento, pero grande es también la recompensa de ser lo que los mártires,
lo que los apóstoles, lo que el mismo Cristo es... Todo esto que he enumerado
podrá parecer duro al que no ama a Cristo. Pero el que considera toda la pompa
del siglo como cieno inmundo y tiene por vano todo lo que existe debajo del sol
con tal de ganar a Cristo; el que ha muerto y resucitado con su Señor y ha
crucificado la carne con sus vicios y concupiscencias, podrá repetir con toda
libertad: ¿Quién nos separará de la caridad de Cristo?» (Ep.
22,38.).
64.
Sacaba, pues, San Jerónimo abundantes frutos de la lectura de los Sagrados
Libros: de aquí aquellas luces interiores con que era atraído cada día más al
conocimiento y amor de Cristo; de aquí aquel espíritu de oración, del cual
escribió cosas tan bellas; de aquí aquella admirable familiaridad con Cristo,
cuyas dulzuras lo animaron a correr sin descanso por el arduo camino de la cruz
hasta alcanzar la palma de la victoria. Asimismo, se sentía continuamente
atraído con fervor hacia la santísima Eucaristía: «Nada más rico que aquel que
lleva el cuerpo del Señor en una cesta de mimbres y su sangre en una
ampolla» (Ep.
125,20,4); ni era menor su veneración y piedad para con la Madre de Dios,
cuya virginidad perpetua defendió con todas su fuerzas y cuyo ejemplo
acabadísimo en todas las virtudes solía proponer como modelo a las esposas de
Cristo (Cf. Ep. 22,35,3.). A nadie extrañará, por lo tanto, que San Jerónimo se sintiera tan
fuertemente atraído por los lugares de Palestina que el Redentor y su Madre
santísima hicieron sagrados con su presencia. Sus sentimientos a este respecto
se adivinan en lo que sus discípulas Paula y Eustoquio escribieron desde Belén
a Marcela: «¿En qué términos o con qué palabras podemos describirte la gruta
del Salvador? Aquel pesebre en que gimió de niño, es digno de ser honrado, más
que con pobres palabras, con el silencio... ¿Cuándo
llegará el día en que nos sea dado penetrar en la gruta del Salvador, llorar en
el sepulcro del Señor con la hermana y con la madre, besar el madero de la
cruz, y en el monte de los Olivos seguir en deseo y en espíritu a Cristo en su
ascensión?...» (Ep.
46,11,13). Repasando estos recuerdos, Jerónimo, lejos de Roma,
llevaba una vida demasiado dura para su cuerpo, pero tan suave para el alma,
que exclamaba: «Ya quisiera tener Roma lo que Belén, más humilde que aquélla,
tiene la dicha de poseer» (Ep. 54,13,6).
65.
El voto del santo varón se realizó de distinta manera de como él pensaba, y de
ello Nos y los romanos con Nos debemos alegrarnos; porque los restos del Doctor
Máximo, depositados en aquella gruta que él por tanto tiempo había habitado, y
que la noble ciudad de David se gloriaba de poseer en otro tiempo, tiene hoy la
dicha de poseerlos Roma en la Basílica de Santa María la Mayor, junto al
pesebre del Señor. Calló la voz cuyo eco, salido del desierto, escuchó en otro
tiempo todo el orbe católico; pero por sus escritos, que «como antorchas
divinas brillan por el mundo entero» (Cassian., De incarn. 7,26), San Jerónimo habla todavía. Proclama
la excelencia, la integridad y la veracidad histórica de las Escrituras, así
como los dulces frutos que su lectura y meditación producen. Proclama para
todos los hijos de la Iglesia la necesidad de volver a una vida digna del
nombre de cristianos y de conservarse inmunes de las costumbres paganas, que en
nuestros días parecen haber resucitado. Proclama que la cátedra de Pedro,
gracias sobre todo a la piedad y celo de los italianos, dentro de cuyas
fronteras lo estableció el Señor, debe gozar de aquel prestigio y libertad que
la dignidad y el ejercicio mismo del oficio apostólico exigen. Proclama a las
naciones cristianas que tuvieron la desgracia de separarse de la Iglesia Madre
el deber de refugiarse nuevamente en ella, en quien radica toda esperanza de
eterna salvación. Ojalá presten oídos a esta invitación, sobre todo, las
Iglesias orientales, que hace ya demasiado tiempo alimentan sentimientos
hostiles hacia la cátedra de Pedro.
Cuando
vivía en aquellas regiones y tenía por maestros a Gregorio Nacianceno y a
Dídimo Alejandrino, Jerónimo sintetizaba en esta fórmula, que se ha hecho
clásica, la doctrina de los pueblos orientales de su tiempo: «El que no se
refugie en el arca de Noé perecerá anegado en el diluvio» (Ep. 15,2,1). El oleaje de
este diluvio, ¿acaso no amenaza hoy, si Dios no lo remedia, con destruir todas
las instituciones humanas? ¿Y qué no se hundirá, después de haber suprimido a
Dios, autor y conservador de todas las cosas? ¿Qué podrá quedar en pie después
de haberse apartado de Cristo, que es la vida? Pero el que de otro tiempo,
rogado por sus discípulos, calmó el mar embravecido, puede todavía devolver a
la angustiada humanidad el precioso beneficio de la paz. Interceda en esto San
Jerónimo en favor de la Iglesia de Dios, a la que tanto amó y con tanto denuedo
defendió contra todos los asaltos de sus enemigos; y alcance con su valioso
patrocinio que, apaciguadas todas las discordias conforme al deseo de
Jesucristo, se haga un solo rebaño y un solo Pastor.
66. Llevad sin tardanza, venerables hermanos, al conocimiento de vuestro clero y de
vuestros fieles las instrucciones que con ocasión del decimoquinto centenario
de la muerte del Doctor Máximo acabamos de daros, para que todos, bajo la guía
y patrocinio de San Jerónimo, no solamente mantengan y defiendan la doctrina
católica acerca de la inspiración divina de las Escrituras, sino que se atengan
escrupulosamente a las prescripciones de la encíclica Providentissimus Deus
y de la presente carta. Entretanto, deseamos a todos los hijos de la Iglesia
que, penetrados y fortalecidos por la suavidad de las Sagradas Letras, lleguen
al conocimiento perfecto de Jesucristo; y, en prenda de este deseo y como
testimonio de nuestra paterna benevolencia, os concedemos afectuosamente en el
Señor, a vosotros, venerables hermanos, y a todo el clero y pueblo que os está
confiado, la bendición apostólica.
Dado
en Roma, junto a San Pedro, a 15 de septiembre de 1920, año séptimo de nuestro
pontificado.