Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Doctrina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Doctrina. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de febrero de 2012

CUARESMA

QUADRAGESIMA
Ayuno de cuarenta días observado por los cristianos para prepararse a celebrar la festividad de la Pascua.
Según San Jerónimo, San León, San Agustín y la mayor parte de los PP. del IV y V siglo, la cuaresma fue instituida por los apóstoles. Racionan de este modo. Lo que se halla establecido en toda la Iglesia, sin que se vea su institución en algún concilio, debe tenerse por obra de los apóstoles. San Agustín , de Bapt. contra Donat., I. 4, c. 24. Tal es, pues, al ayuno de la cuaresma; el canon 69 de los apóstoles, el concilio de Nicea, celebrado en 325, y el de Laodicea del año 365, los PP. griegos y latinos del II y III siglo hablan de é1 como de un uso observado en toda la Iglesia.
Han pretendido los protestantes que el ayuno de la cuaresma al principio había sido instituido por una especie de superstición y por hombres sencillos que quisieron imitar el ayuno de Jesucristo; que después se estableció insensiblemente esta costumbre y llegó a ser casi general. Chemnitius, Daillé y un inglés llamado Hooper han disertado largamente contra esta institución, y nada han omitido para hacer su origen sospechoso. Pero los ha refutado sabiamente en todos sus puntos Beveridge, obispo de S.Asaph, teólogo inglés, en sus Notas sobre los cánones de los apóstoles, l. 3.
Mosheim se ha visto obligado a convenir en que las pruebas y los razonamientos de este autor son fuertísimos. Después de semejante confesion no es a propósito el pretender, como Daillé, que la duración y la forma del ayuno de la cuaresma no han sido determinadas hasta el siglo IV, puesto que Beveridge ha demostrado que, según el concilio de Nicea, celebrado el año 325, la cuaresma era una práctica conocida ya y observada en toda la cristiandad.
Su argumento mas fuerte es un pasaje de San Ireneo, citado por Eusebio, l. 5, c. 24, que dice que en su tiempo, es decir, a fines del siglo II, unos creían que debían ayunar un día, otros dos, estos muchos dias, aquellos cuarenta, Luego, dicen, no había entonces todavía nada constante y uniforme sobre este punto de disciplina. Mas, como observa Beveridge, San Ireneo no para aquí; añade que esto ha provenido de que algunos antiguos no fueron exactos en retener la forma del ayuno, y han dejado pasar como costumbre lo que era efecto de sencillez y de ignorancia. Ibid.,p. 156 y 157. ¿Y cuál era la forma del ayuno en el siglo II? Orígenes, que vivió cincuenta años, después que San Ireneo, nos dice que era de cuarenta días. Hom. 10 in levit., N° 2. Era pues por sencillez y por ignorancia que algunos no la observasen así. Beveridge deduce que M. Yalois y demás críticos han entendido mal el pasaje de San Ireneo, que es bastante obscuro.
Otros protestantes han dicho que fue el papa Telesforo el que instituyó la Cuaresma, hacia la mitad del siglo II, que este ayuno al principio era voluntario, que no llegó a ser ley hasta mediados del III. Es lástima que los PP. de aquellos tiempos hayan ignorado esta anécdota. Cuando San Telesforo ocupó la silla de Roma, hacia treinta años poco mas que san Juan había muerto; esto nos aproxima bastante al tiempo de los apóstoles. Pero ¿han pensado en ello los protestantes cuando han atribuido a un papa del siglo II el poder de introducir una nueva costumbre en la Iglesia? Víctor, uno de sus sucesores, sesenta años después, lo tenia mucho menos, puesto que una parte del Asia se le resistió con motivo de la celebración de la Pascua.
Aun cuando la institución do la cuaresma no remontase mas que hasta el siglo II, era bastante antigua para que los protestantes la debieran respetar, si hubieran querido perfeccionar las costumbres y no relajarlas.
Antiguamente en la Iglesia latina el ayuno no era mas que de 36 días; en el siglo V, para imitar mas exactamente el ayuno de cuarenta días observado por Nuestro Señor, añadieron algunos cuatro días, y este uso se ha seguido en Occidente, excepto en la iglesia de Milán.
Los griegos empiezan la cuaresma una semana antes que nosotros; pero no ayunan los sábados, exceptuando el sábado santo.
Los antiguos monjes latinos hacían tres cuaresmas; la principal antes de Pascua, otra antes de Natividad (la llamaban la cuaresma de San Martín) y la tercera, de San Juan Bautista, después de Pentecostés; las tres de cuarenta días.
Además de la de Pascua observaban los griegos otras cuatro, que llamaban de los apóstoles, de la Asunción, de Natividad y de la Transfiguración; pero las reducían a siete días cada una. Los jacobitas guardan la quinta, que llaman de la penitencia de Nínive, y los maronitas la sexta, que es la de la Exaltacíon de la santa Cruz. Siempre han sido grandes ayunadores los orientales
El VIII concilio de Toledo del año 653 que aquellos que sin necesidad hubieran comido de carne en la cuaresma no comiesen de ella en todo el año y no comulgasen en la Pascua. A los que la vejez ó enfermedad obligasen a comer, no lo harán sino con permiso del obispo. Can. 8.
Insensiblemente se relajó la disciplina de la Iglesia en cuanto al rigor de la cuaresma. En los primeros tiempos el ayuno, aun en Occidente, consistía en abstenerse de la carne, de los huevos, leche, vino, y en no hacer mas que una comida después de vísperas ó hacia la tarde; esta costumbre ha durado hasta el año 1200. Pero antes del año 800 ya se permitía el uso del vino, de los huevos y de la leche. Algunos glotones pretendieron que las aves no eran un manjar prohibido y quisieron comerlas; se reprimió este abuso.
En la Iglesia de Oriente ha sido siempre muy riguroso el ayuno; durante la cuaresma la mayor parte de los cristianos vivían de pan y agua, de frutas secas y legumbres. Los griegos comían al mediodía y hacían colación de yerbas y frutos verdes por la noche, desde el siglo VI. Los latinos empezaron en el Xlll a tomar algunas conservas para sostener el estómago, y después a hacer colación por la noche. Este nombre ha sido tomado de los religiosos, los que después de comer oían la lectura de las conferencias de los santos PP., llamadas en latín collationes; después que se les permitió beber agua y un poco de vino los días de ayuno, a este pequeño refrigerio se le llamó también colación.
Sin embargo, no se verificó de repente la comida al mediodía en los días de ayuno. El primer grado de este cambio fue anticiparla comida a la hora de nona, es decir, tres horas después del mediodía. Entonces se rezaba la nona, luego la misa y las vísperas después que se iba a comer. Hacia el año 1500 se adelantaron las vísperas al mediodía, y se creyó observar la abstinencia prescrita no usando de carne durante los cuarenta días, y reduciéndose a dos comidas, una mas abundante y otra mas escasa por la noche.
Han observado nuestros historiadores que durante la invasión que hicieron en Francia los ingleses el año 1300, su ejército y las tropas francesas observaban la abstinencia y el ayuno de la cuaresma. Froissart, l. 2, c. 210.
En el principio se unía al ayuno de la cuaresma la continencia, la abstinencia de los juegos, de la diversiones y de los pleitos.
No está permitido casarce en la cuaresma sin una dispensa del obispo. Tomasino, Trat. hist. y pol. del ayuno.
Los epicúreos modernos han disertado con su celo ordinario contra la abstinencia y el ayuno de la cuaresma, han querido aparentar un motivo de bien público. Dicen que en París el pescado es caro, malo y de poca sustancia, y que el pueblo precisado a trabajar no está en estado de guardar abstinencia y ayunar.
Mas en los siglos pasados ¿el pescado era mas barato ó mejor que en el día, o el pueblo estaba menos sujeto al trabajo? Los políticos de aquellos tiempos no creyeron que era necesario abolir la cuaresma. Ellos mismos la guardaban y les parecía bien que no se dispensase de ello. Los que en el día quebrantan la ley, querrían que todos siguiesen su ejemplo, a fin de que se note menos su fealdad.
Los precios de los víveres en París no es la regla del universo entero. En las provincias comen los pobres raras veces la carne, el pueblo vive con leche y con legumbres, y por eso no está peor. No es él que se queja de la cuaresma, son los ricos cansados de la suntuosidad de su mesa. Si a la práctica del ayuno añadiesen la de la limosna como manda la Iglesia, los pobres vivirían mejor y mas cómodamente en la cuaresma, que en el resto del año; bendecirían a Dios por esta institucion saludable.
La Iglesia anglicana ha conservado la cuaresma, no por un motivo de política ni por un interés de comercio, como han pensado algunos especuladores, sino por que es una institución de los apóstoles tan antigua como el cristianismo.

lunes, 20 de febrero de 2012

ABSTINENCIA

El motivo general de la abstinencia es el de mortificar los sentidos y dominar las pasiones. Bien conocidas son las consecuencias naturales de la gula. Según Buffon la mortificación mas eficaz contra la lujuria es la abstinencia y el ayuno, (Hist. Nat., tom. 3 en 12°, cap. 4, 105). Después de haber criado Dios a nuestros primeros padres les señaló para su alimento las plantas y los frutos de la tierra, sin hablarles de la carne de los animales. (Gen. I, 29). Mas habiendo visto los excesos a que se habían entregado los hombres antes del diluvio, no parece probable se abstuviesen de ningún género de alimentos que les agradasen. Después del diluvio permitió Dios a Noé y a sus hijos que comiesen la carne de los animales prohibiéndoles al propio tiempo comer su sangre. (Gen. IX, 3, y sig.).
Por los términos en que está concebida esta prohibición se infiere ser la causa el inspirar a los hombres cierto horror al asesinato. La costumbre de degollar a los animales y beber su sangre conduce infaliblemente al hombre a ser cruel. Moisés prohibió en sus leyes a los Judios comer la carne de los animales llamados por él impuros, y excluye por sus nombres a todos aquellos cuya carne podia ser dañosa relativamente al clima, y causar varias enfermedades. Algunos filósofos han atribuido a la misma causa la costumbre que tienen los Egipcios de abstenerse de la carne de muchos animales... El uso del vino estaba prohibido a los sacerdotes durante todo el tiempo que estaban ocupados en el servicio del templo, y a los Nazarenos durante su purificación.

Al principio del cristianismo, los judíos querían sujetar a los paganos que se habían convertido a todas las observancias de la ley judaica, y a todas las abstinencias que los judíos practicaban. Los apóstoles reunidos en Jerusalén decidieron que bastaba a los fieles convertidos del paganismo abstenerse de la sangre, de comer la carne de los animales ahogados, de la fornicación y de la idolatría, (Act. XV).
San Pablo ha dado en sus cartas sobre este punto varias reglas muy sabias. Pero no pasó largo tiempo sin que la abstinencia presentase varios inconvenientes; Tertuliano nos dice que los paganos para probar a los cristianos les presentaban para comer sangre y manteca de puerco. (Apol., c. 9). Mas las abstinencias prescritas por Noé a los judíos y a los primeros fieles demuestran el abuso que los protestantes han hecho de la sentencia del Evangelio: Que no es lo que entra por la boca del hombre lo que le mancha. (San Mateo, IV, 11).
Los maniqueos presentaron anteriormente esta misma objecion para probar que las abstinencias prescritas por Moisés eran absurdas, y san Agustín ha refutado mas de una vez este sofisma. (Libro contra Adim. cap. 15, n. 1, libro 10, contra Faus., c. C y 31).
¿Es por ventura permitido comer carne humana bajo el pretexto de que ningún alimento mancha al hombre? La manzana comida por Adán le manchó sin duda, pues que fué castigado como también toda su posteridad. Desde que los apóstoles tuvieron autoridad para prohibir a los cristianos el uso de beber la sangre y comer la carne de los animales ahogados, ¿porqué no la han de tener para prohibir el uso de toda clase de alimentos en ciertos dias y tiempos?.
Es cosa singular que los maniqueos que ridiculizaban las abstinencias prescritas por Moisés ordenaban ellos mismos a sus escogidos ó predestinados se abstuvieran del vino y carne de los animales. Para justificar esta disciplina, decian que entre los católicos, los que obraban de este modo eran tenidos por los mas perfectos. San Agustín le responde que estos practican la abstinencia para mortificar sus pasiones, en vez de que los maniqueos creian que la carne era de suyo impura, como obra que era del principio malo.
Beau que desea con el mayor empeño disculpar a los maniqueos, pasa en silencio la contradicción en que han incurrido acerca de las abstinencias judaicas, y sostiene que ellos raciocinan con mas consecuencia que los católicos, y abusa de un término equívoco llamando alimento sano a lo que no está infestado ni corrompido, y que por lo tanto no daña a la salud. ¿Es pues lo mismo una cosa que otra? Con semejantes sofismas se puede probar todo lo que se quiera. (Hist. de los maniq., lib. 9, c. 11).
Luego cuando la Iglesia nos ha encomendado la abstinencia y el ayuno, no se ha propuesto mas objeto que la mortificación, ni se ha fundado en las prohibiciones hechas a los judíos, ni en los delirios de algunos herejes; y mitiga la severidad de sus leyes, siempre que se presentan razones suficientes para poder usar de indulgencia.
Algunos filósofos han convenido que en buena política es muy útil suspender la comida de carne de los animales en algunos dias y semanas del año. Cuanto a las abstinencias practicadas por algunas sectas de filósofos, como por ejemplo, los pitagóricos, órficos, etc., nada nos incumben; los motivos que tenemos los cristianos para observar la abstinencia nada tienen de comun con los que dirigen la conducía de estos filósofos.
Algunos protestantes han sostenido que en los primeros siglos de la Iglesia la abstinencia de carne no hacia parte esencial del ayuno de cuaresma, que solamente se prohibía usar un alimento delicado y exquisito, bien fuese grueso ó de poca substancia; que nada se había prescrito acerca del género de los alimentos con tal que se observase cierta sobriedad y mortificación. El Padre Tomasino ha hecho ver lo contrario con pruebas sólidas (Tratado de los ayunos Ia part. 10 y 11; y en la 2a part. c. 3, etc.); y asi como no había ley alguna positiva y formal respecto al ayuno, tampoco la había tocante a la abstinencia y que en todos tiempos nos hemos de atener a lo que en un principio se había establecido.
Así es, que Orígenes asegura haberse abstenido de la carne y vino muchos cristianos fervorosos en el siglo tercero no por las razones arriba indicadas, sino para sujetar su cuerpo a la esclavitud y reprimir las pasiones. (Libro 5 contra Celso, n. 49, y homil. 19 sobre Jerem. n. 7), y vemos el mismo espíritu en el canon 51 de los apóstoles.
Con mayor razón, los cristianos pues debemos practicar esta mortificación, con especialidad en los dias de ayuno. Aun cuando esta costumbre no se hubiera establecido desde el principio entre los Orientales, habría sido necesario introducirla a medida que el cristianismo se propagaba en nuestros climas septentrionales. En estas regiones han sido siempre las carnes los alimentos mas delicados y jugosos, por cuya razón son preferidos, como también por admitir mas variaciones en sus aderezos; así su privación ha debido ser mas sensible en los dias de ayuno. Si los pueblos del Norte no hubieran usado tan frecuentemente de los alimentos de carne, no se hubieran resistido tanto en adoptar la moral de los llamados reformadores, respecto a la abstinencia y ayuno.
Barbeyrac, protestante exaltado, reprueba el que San Jerónimo haya condenado absolutamente el uso de comer carne, asegurando ser un acto malo en sí mismo, como lo es el divorcio. "Jesucristo, dice este santo padre, ha colocado el fin de los tiempos bajo la misma base que el principio; de modo que en la actualidad no nos es permitido repudiar a una mujer, ni hacernos circuncidar, ni comer carne, según: dice el Apóstol: es bueno no beber vino y no comer carne; pues el uso del vino como el de la carne comenzó despues del diluvio". (Adv. Jovin. lib. l, pág. 30). San Jerónimo, según Barbeyrac, abusa aquí del pasaje de san Pablo, y en todo cuanto habla de la abstinencia y del ayuno no hace mas que copiar a Tertuliano que escribía en el mismo sentido que los montanistas. (Tratado de la moral de los Padres, c. 13, § 12, y sig.) ¿Es cierto todo esto?
En primer lugar, el tcxto de san Jerónimo no está tomado fielmente; dice así: "Pues que Jesucristo ha colocado el fin de los tiempos bajo la misma base que el principio, no nos es permitido repudiar a ninguna mujer ni recibimos la circuncisión ni nos alimentamos de carne". San Jerónimo no dice que este último uso no nos es permitido, lo que es esencialmente notable: su intención evidente es decir que no nos alimentamos todos de carne, y en todos tiempos.
En segundo lugar, este padre escribía contra Joviniano, el cual sostenía, como los protestantes, que no había mérito alguno en abstenerse de la carne, porque es un uso indiferente, pues que Dios, que le habia prohibido antes del diluvio, le permitió después. Así que, este raciocinio es evidentemente falso. La Escritura aprobó los nazarenos que hacían voto de abstenerse del vino y de no afeitarse la cabeza durante un cierto tiempo. (Num. VI, 3).
Los rechavitas son alabados por haber observado la prohibición que sus padres les habían impuesto de beber vino, y habitar en sus propias casas, (Jerem. XXXV, 16). Jesucristo alabó a san Juan Bautista que se sostenía con langostas y miel silvestre. Los apóstoles prohibieron a los primeros fíeles el uso de la sangre y de las carnes sofocadas, aunque este uso fuese en sí mismo indiferente. Es pues un acto meritorio abstenerse de cosas indiferentes, cuando el motivo de esta abstinencia es laudable.

En tercer lugar, san Jerónimo no compara el uso de la carne con el del divorcio, en cuanto a su naturaleza y efectos, sino relativamente a la prohibición y permiso de Dios, que era sobre lo que argumentaba Joviniano. Decía este: Dios ha permitido después del diluvio comer carne, cosa que anteriormente habia reprobado; luego este uso es indiferente en sí mismo, y por consiguiente no hay mérito alguno en abstenerse de él. San Jerónimo ataca estas dos consecuencias, una después de otra, y este es el sentido de su respuesta. Vuestro raciocinio es defectuoso por tres razones.
1a.- Dios ha permitido por medio de Moisés el divorcio que había prohibido anteriormente; y sin embargo no se sigue de aquí que el divorcio sea indiferente en sí mismo.
2a.- Aun cuando el uso de la carne fuese indiferente en sí mismo, bastaría que Jesucristo, que quiso restablecer la perfección primitiva nos hubiese disuadido de este uso, así como habia prohibido el divorcio, para que nos abstuviésemos de lo uno y de lo otro.
3a.- Que haya ó no una prohibición positiva. San Pablo dice, (Rom. XIV, 21): «Vale mas no comer carne ni beber vino, y abstenerse de todo lo que pueda hacer caer a nuestro prójimo, escandalizarle, ó debilitar su fe».
Luego puede haber excelentes razones para abstenerse de aquello que es indiferente en sí mismo, y aun ser un acto meritorio; así que vuestro argumento nada prueba.
Barbeyrac, que conocía la fuerza de estas tres reflexiones, las ha confundido, y lo ha embrollado todo con el objeto de poder desatinar a su antojo.
Que se diga sí se quiere, que la respuesta de San Jerónimo no está enteramente desarrollada, puede concederse; pero no por esto se sigue que sea insuficiente, y que es falsa su moral.
No es tampoco mas cierto, que el santo haya entendido mal el pasaje de San Pablo, puesto que refiere literalmente las primeras palabras; y dándole el mismo sentido que Barbeyrac, el raciocinio de San Jerónimo conserva toda su fuerza.
En cuarto lugar ¿qué importa que este padre haya copiado a Tertuliano, que seguia la opinion de los montanistas, siendo así que él no cayó en el mismo error? los raciocinios que Tertuliano hizo despues de su caída no son todos heréticos, y un raciocinio mal aplicado no es siempre un error.
Hay acerca de la abstinencia dos excesos que debemos evitar, siguiendo un término medio. El primer exceso es de los herejes encratitas, montanistas, maniqueos, etc., que sostenían que el uso de la carne es impuro, prohibido y malo en sí mismo; por lo que San Pablo les ha combatido en la Epist. I á Tim. IV, 3.
El segundo es el de Joviniano y de los protestantes que pretendían que la abstinencia de la carne no tiene mérito alguno, que es cosa supersteiosa, judaica, absurda, etc. La Iglesia católica ha seguido un buen medio, decidiendo que esta abstinencia puede ser laudable, meritoria, y aun la recomienda en ciertos casos por excelentes causas. Tal es el espíritu del Canon 43, ó 51, de los apóstoles que dice: «Si un clérigo se abstiene del matrimonio, de la carne y vino, no por mortificación sino por horror, y blasfemando al mismo tiempo contra la creación, sea corregido ó degradado».
Es pues absurdo alegar al presente, contra la abstinencia practicada por mortificación, lo que los apóstoles y antiguos Padres han dicho contra la de los herejes.
Sí se nos pregunta la razón de ser laudable mortificarse con la abstinencia, responderemos con San Pablo (Galat. V, 24): «Los que están dedicados a servir a Jesucristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencia (I Corint. IX, 27): Yo castigo mi cuerpo y le reduzco a la esclavitud, para a no ser reprobado despues de haber predicado a los demás». Como en nuestros días se ha extendido la ambición de reformar todas las leyes, se ha tratado muy seriamente de suprimir un número considerable de días de abstinencia y ayuno, porque la ley que los ordena, no es respetada, y ha llegado a ser una ocasión continua de trasgresión; citándose con este motivo el pasaje de San Pablo en la Epistola a los Romanos VII, 10: "El mandamiento que debia haberme dado la vida, ha servido para darme la muerte".
Si esta razón fuese sólida, no solamente sería necesario concluir con quitar algunos días de abstinencia, sino suprimir toda ley de abstiencia. No se ha tenido pues en cuenta, que san Pablo hablaba del precepto de la ley natural cuando decía: tú no codiciarás, etc.
¿Es necesario abolir la ley natural porque se quebranta frecuentemente? Cuando las costumbres públicas están relajadas no se respeta ley alguna; entonces es llegado el caso, no de abolir las leyes, sino de darles mayor fuerza, si se puede.

EL PRECEPTO DE LA ABSTINENCIA
A lo que obliga.—Este precepto obliga a abstenerse en ciertos días de tomar carne y caldo de carne; pero puede tomarse leche, huevos y legumbres aunque estén estas últimas condimentadas con manteca.
A quiénes obliga.—Obliga este precepto a todos aquellos que tienen siete años cumplidos.
Qué se entiende por carne.—Para lo que a este precepto se refiere, se entiende, en general, por carne todos los animales que respiran en tierra y tienen sangre caliente. En cambio, se consideran como si fueran peces las ranas, caracoles, ostras, tortugas, cangrejos, nutrias, castores y, en algunos sitios, incluso las gaviotas, aunque este último animal, por ser un ave, parece que habría de considerarse en todas partes como carne.
En caso de duda de si un animal debe considerarse como carne o pescado, se podría comerlo tranquilamente, puesto que no constaba con certeza que estuviese incluido entre los prohibidos.
Días en que obliga la abstinencia.
1) Por prescripción general de la Iglesia todos los fieles deben guardar la abstinencia de carnes todos los viernes del año, a no ser que sean día festivo que no caiga en Cuaresma; todos los sábados de Cuaresma; el miércoles de Ceniza; los Miércoles, Viernes y Sábados de las cuatro Témporas, y las Vigilias de Pentecostés, Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre. En total, unos 75 días.
2) En España, para los que toman la Bula de la Cruzada, o que, por su pobreza están dispensados de ella, los días de abstinencia se reducen a estos nueve: los Viernes de Cuaresma, la Vigilia de la Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre, pudiendo trasladar esta abstinencia al sábado anterior.
3) En virtud de la facultad especial, de que hablamos anteriormente, concedida por Pío XII a los señores Obispos, éstos pueden disminuir en sus respectivas diócesis los días de abstinencia hasta reducirlos a los siguientes: todos los Viernes del año, el Miércoles de Ceniza, la Vigilia de la Inmaculada Concepción, y el 24 ó 23 de diciembre, persistiendo para España el Privilegio de la Bula, que es, como puede apreciarse, mucho más amplio.
Quiénes están excusados.—Muchos de los que están excusados del ayuno no lo están de la abstinencia. La razón de esta diferencia es que la última es más fácil de guardar que el primero, pudiendo quien se siente débil al ayunar, alimentarse con otros manjares que no sean precisamente carne, y guardar de ese modo la abstinencia.
Están excusados de esta última los trabajadores ocupados en tareas muy fatigosas, como los mineros, herreros, cavadores, etc.; los que, yendo de camino, no encuentran en la posada otros alimentos suficientemente nutritivos que no sean carne; los soldados que comen del rancho que se les da, los criados y los hijos de familia que se ven obligados, por el amo o padre respectivo, a comer de carne.

domingo, 19 de febrero de 2012

AYUNO

Nada tenemos que decir en cuánto a los ayunos de los paganos, de los judios y de los mahometanos; pero como esta costumbre se conserva en el cristianismo, y los herejes y los epicúreos modernos la han combatido, estamos obligados a hacer su apología. Observaremos desde luego, que el ayuno no se habia mandado a los judios por ninguna ley positiva; no es pues una práctica puramente ceremonial; sin cmbargo, en el antiguo Testamento se aprueba, y se alaba como una mortificación meritoria y agradable a Dios. David, Acad, Tobías, Judith, Esther, Daniel, los ninivitas, toda la nación judía, por este medio han alcanzado de Dios el perdón de sus pecados, o gracias particulares. Los profetas no han reprobado absolutamente los ayunos de los judíos, sino el abuso que hacian de ellos, y aun mas de una vez les han exhortado a que ayunasen. Joel, I, 14; II, 12, etc.
En el nuevo Testamento se citan con elogio los ayunos de San Juan Bautista y de la profetisa Ana. El mismo Jesucristo nos dió el ejemplo de ellos, San Mateo IV, 2; ha reprendido solamente a los que ayunaban por ostentación, con el fin de parecer mortificados, VI, 16 y 17; dice que no pueden ser arrojados los demonios, sino por la oracion y el ayuno, XVII, 20. No obligó a sus discípulos, sino que les predijo, que aun cuando ya no estuviese con ellos, ayunarían, IX, 15; y en efecto lo ejecutaron, pues vemos a los apóstoles prepararse con el ayuno y la oración a los funciones de su ministerio, Act. XIII, 2; XIV, 22; XXVII, 21. San Pablo exhorta a los fieles a que se ejercite en el ayuno, 2a Cor. VI, 5; y él mismo lo practicaba, XI, 27. Es pues una acción santa y laudable.
Los enemigos del cristianismo piensan del ayuno de muy diverso modo. Dicen, que es una práctica supersticiosa fundada en una idea falsa de la divinidad, por la que se han persuadido que se complacía en vernos padecer. Los orientales y los platónicos soñaban que somos infestados por los demonios que nos conducen al vicio, y que el ayuno sirve para vencerlos y hacerlos huir. El ayuno puede perjudicar a la salud, y disminuyendo nuestras fuerzas, nos hace incapaces de desempeñar las obligaciones que requieren vigor.
Sin embargo, aun hoy dia losmas acreditados naturalistas convienen en que el remedio mas eficaz contra la lujuria es la abstinencia y el ayuno, Hist. nat. t. 3 en 12, c. 4, p. 105. ¿Creen por esto que la lujuria es el demonio malo que tienta nuestra alma? Los Padres de la Iglesia que tanto han recomendado el ayuno, y que ellos mismos lo practicaron, tampoco lo creian. Los antiguos filósofos, los sectarios de Pitágoras, de Platón, de Zenon, y aun muchos epicúreos, han alabado y practicado la abstinencia y el ayuno; para convencerse de esto no hay mas que leer el Tratado de la abstinencia de Porfirio: ciertamente que no habían soñado que la divinidad se complacía en vernos padecer, y los epicúreos no creían en los demonios, pero sabían por experiencia que el ayuno es un medio de debilitar y domar las pasiones, y que los sufrimientos sirven para ejercitar la virtud ó la fuerza del alma.
Todo el que admite un Dios y una providencia cree, que cuando el hombre ha pecado le es muy útil afligirse y arrepentirse de ello, porque esto es un preservativo contra la recaída, y los que censuran el ayuno convienen en que el hombre afligido no piensa en comer. No es pues una superstición el pensar que el ayuno es una señal y un medio de penitencia, como también un remedio contra la fogosidad de las pasiones. Así como a un médico no se le acusa de crueldad porque mande la dieta y los remedios a un enfermo, tampoco Dios es cruel cuando manda a un pecador castigarse, humillarse, padecer y ayunar.
Para saber si el ayuno es perjudicial a la salud o nos deja incapaces para desempeñar nuestras obligaciones, hay que ver entre los que practican el ayuno y los voluptuosos del siglo: si a los médicos se les llama mas frecuentemente para que curar las enfermedades adquiridas por el ayuno, que para tratar las dolencias ocasionadas por la intemperancia, y en fin si los glotones son mas exactos en llenar sus deberes, que los hombres sobrios y mortificados. Cuando leemos las disertaciones de los epicúreos modernos, nos parece que no buscan lo que es útil a la sociedad en general, y que solo piensan en justificarse de la libertad con que quebrantan las leves de la abstinencia y el ayuno.
Consideran como fábulas lo que se lee en la vida de muchos santos de uno y otro sexo, que han pasado treinta o cuarenta dias sin comer. Estos hechos están demasiado averiguados para que se pueda dudar de ellos. Independientemente de las fuerzas sobrenaturales que Dios puede dar a sus siervos, es cierto que hay temperamentos que, fortalecidos por el hábito, pueden llevar el ayuno mucho mas allá que el común de los hombres, sin desarreglar su salud y aun sin debilitarse mucho. Lo que leemos en las historias de muchos viajeros que se han visto precisados a pasar muchos dias en trabajos excesivos, sin mas alimento que un puñado de harina de maiz o algunas frutas silvestres, hace muy creíble lo que se refiere de los ayunos guardados por los santos. En general, la naturaleza necesita poco para sostenerse, pero la sensualidad convertida en hábito es una tiranía casi invencible. Nos admira el rigor y la multitud de los ayunos que aun practican las diversas sectas de los cristianos orientales.
Daillé, Bingham y otros escritores protestantes sostienen que en los primeros siglos el ayuno no comprendía la abstinencia de la carne, y que solamente consistía en diferir la comida hasta la noche, y excluir de ella los manjares delicados y todo lo que pudiese halagar la sensualidad. Lo prueban con un pasaje de Sócrates. Hist. eccles. I. 5, c. 22, que dice: que durante la cuaresma, unos se abstenían de comer animal alguno, otros usaban solamente los pescados, y algunos comian sin escrúpulo las aves: por el ejemplo del obispo Espiridion, que en un dia de ayuno, sirvió tocino a un viajero cansado, y le invitó a comerlo. Sozom. l.1, c. 14."
Pero de todos los manjares con que uno puede alimentarse ¿los hay mas suculentos ni que halaguen mas la sensualidad que la carne? De esto ed de lo primero que hay que abstenerse en los días de ayuno, según la observación misma de nuestros críticos. El pasaje de Sócrates prueba perfectamente que en su tiempo, como ahora, había cristianos poco escrupulosos que observaban mal la ley del ayuno; pero los abusos no hacen regla. Mas de setenta años antes del tiempo en que escribía Sócrates, el concilio de Laodicea, celebrado en el año 306 ó 307, había decidido que se debia observar la Xerofagia, o no vivir mas que de alimentos secos durante los cuarenta dias de ayuno, can. 50; no permitía pues el uso de la carne.
El ejemplo de San Espiridion favorece todavía menos a nuestros adversarios. Observa el historiador, que no se halló en su casa ni pan, ni harina; el viajero a quien sirvió el tocino rehusó al principio el comerlo, é hizo presente que era cristiano, y que su uso no era el de comer de carne en cuaresma. Venció su repugnancia el santo obispo, diciéndole, que, según la Escritura santa, todo es puro para los corazones puros; la necesidad le excusaba en aquella ocasion.
Esta respuesta nos manifiesta porqué la Iglesia no hizo desde luego una ley general de la abstinencia; se temia favorecer el error de los marcionitas, que se abstenían del vino y de la carne, porque según ellos eran producciones del principio malo. De aquí los cánones de los apóstoles mandaban deponer al eclesiástico que se abstuviese del vino y de la carne por motivo de horror y no por mortificarse, porque olvidaba que estos eran dones del Criador, y así blasfemaba de la creación, Can. 43 y 45, o según otros 51 y 53. Luego que pasó el peligro, la abstinencia se ha observado generalmente, y es muy poco a propósito que los protestantes se levanten contra esta disciplina respetable. Véase a Beveridge, sobre los cánones de la Iglesia primitiva, 1. 3, c. 9, § 7.
Mosheim, aunque protestante, se ha visto obligado a convenir, que el ayuno del miércoles y del viernes parecía haber estado en uso desde el tiempo de los apóstoles, o inmediatamente despues. ¿Han dejado introducida los apóstoles una práctica supersticiosa? Un sabio académico ha probado que los ayunos religiosos han estado en uso en la mayor parte de los pueblos del universo; y remontándose a su origen, ha hallado esta práctica fundada en motivos muy sensatos. Mem. de l'Acad. des Inscrip. tom. 5, in-12, pag. 38. Mosheim se ha olvidado del todo del Evangelio, cuando ha dicho y ha repetido que los primeros cristianos tomaron en la filosofía de Platón su gusto excesivo por el ayuno y la abstinencia. Los justos del Antiguo Testamento, Jesucristo y los apostoles ¿habian estudiado en la escuela de Platón? Dissert. de turbata per recent. platonicos Ecclesia, 49 y 50; Hist. Eclesiastica, segundo siglo, , segunda parte, c. 1, 12. Hist. Crist. sec. 2, 35.

Por prescripción de la Iglesia, todos aquellos que ya han cumplido veintiún años y no tienen todavía los cincuenta y nueve cumplidos, están obligados a guardar el ayuno, en determinados días, señalados en la legislación eclesiástica. Para facilitar el cumplimiento de este precepto, la Iglesia lo suavizó al terminar la guerra mundial, disminuyendo los días de ayuno o trasladándolos a otras fechas. A continuación indicamos los días que deben ayunar todos los fieles, y la mitigación de esa ley por la Bula de la Cruzada y por la facultad concedida por Pio XII a todos los obispos en 1949.
1) Son días de ayuno para todos los fieles, por prescripción general de la Iglesia (canon 1252): Todos los días de Cuaresma, excepto los domingos; los miércoles, viernes y sábados de la Témporas; las Vigilias de Pentecostés e Inmaculada Concepción y el 24 de diciembre (que puede adelantarse al 23) En total 52 días.
2) Para todos los que han tomado la Bula de la Cruzada (cfr. núm. 267 y ss.) o que, por su pobreza están dispensados de tomarla, los días de ayuno se reducen a veinticuatro que son los siguientes: Miércoles, Viernes y sábados de Cuaresma, las Vigilias de Pentecostés e Inmaculda Concepción y el 24 de diciembre, pudiéndose adelantar este ayuno al día 23, o, en virtud de la Bula, al Sábado de Témporas.
3) En virtud de una facultad especial que en 1949 concendió PIO XII y mientras otra cosa no se ordene, los señores Obispos pueden disminuir en sus diócesis los días de ayuno, señalados en la ley general, hasta reducirlos a estos cuatro: Miércoles de Ceniza, Viernes Santo, Vigilia de la Inmaculada Concepción y 23 ó 24 de diciembre. (En algunas diócesis, los señores Obispos no han usado en toda su amplitud esta Facultad, y han dejado algunos días más de ayuno durante la Cuaresma.)
Quedan como días de ayuno estos cuatro: Miércoles de Ceniza, Viernes Santo, Vigilia de la Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre. Aun cuando ya no hay razón para ello, opinan algunos que este último ayuno puede trasladarse al sábado anterior.

El ayuno consiste en no hacer sino una comida al día; pero se puede tomar algo por la mañana y por la noche, con tal que se guarde la costumbre aprobada de cada lugar, tanto en la cantidad como en la calidad.
Explicación del precepto.—Como se ve, la Ley ordena algo taxativamente; es decir, que se guarde el ayuno por aquellos que tienen veintiún años cumplidos y aún no han cumplido los cincuenta y nueve. En cambio, hay algo que depende de la costumbre del lugar en que se vive; y así, lo que en un sitio no quebranta el ayuno, podría quebrantarlo en otro.
La comida principal.— Puede tomarse en ella la cantidad y calidad de alimentos que se quiera. Puede interrumpirse durante media hora, y, sin embargo, volver luego a comer, sin que por eso se haya quebrantado el ayuno.
Refección de la mañana, o desayuno.— Se puede tomar en ella una cantidad de alimento sólido equivalente a dos onzas, poco más o menos. Dos onzas son 62 gramos y medio. Quiere esto decir que quien toma 70 gramos no peca nada, porque esa cantidad de dos onzas no es matemática, sino que ha de tomarse moralmente, es decir, con cierto margen prudencial.
Refección de la tarde.—Cuatro o cinco veces más que a la mañana de alimento sólido.
Calidad de los alimentos.— Por la mañana, una costumbre vigente en muchas partes prohibe que se tome carne o huevos o pescado. Por la noche no se puede tomar carne. Tampoco se puede tomar pescado, leche ni huevos, a no ser que haya permiso para ello, como sucede en España para quienes toman la Bula.
Comida fuera de horas.—Quien toma una cosa ligera fuera de esas horas, verbigracia, dos onzas, o 62 gramos, que es lo mismo, no peca sino levemente; quien tomare cuatro onzas de una sola vez o en diversas veces, pecaría gravemente.
Las bebidas.— Las bebidas, vino, cerveza, café o refresco, aunque tengan un poquito de azúcar pueden tomar libremente; pero la leche y el caldo, por tomarse como alimento y no sólo como bebida, están prohibidos.
Cambio de orden de las comidas.— Se puede invertir el orden de las comidas tomando a mediodía la cantidad que se señala para la noche y a la noche la del mediodía. Puede también invertirse la de la mañana con la de la noche.
El ayuno y los días de fiesta.— Un día de fiesta nunca es ayuno, a no ser que caiga en Cuaresma, como suele acaecer con el día de San José.
Algunos a quienes no obliga el ayuno.— Aunque estén comprendidos entre los veintiuno y los cincuenta y nueve años cumplidos, están excusados del ayuno:
1. Los enfermos, los convalecientes, los débiles, las mujeres que están criando o se hallan en estado, los que si ayunan sufren un dolor no ligero de cabeza o pierden una parte importante del sueño.
2. Los que trabajan en faenas rudas, como agricultores, leñadores, herreros, albañiles, zapateros, cocineros. Los que tienen que hacer a pie varias horas de camino, verbigracia, 20 kilómetros, los maestros de escuela y otros que tengan ocupaciones que equivalgan en fatiga a las anteriores.
3. En la familia, las mujeres o los hijos que, caso de ayunar, se verían maltratados por sus padres o maridos.
4. Los pobres que no se pueden alimentar suficientemente, y todos aquellos que, caso de ayunar, no podrían desempeñar de modo conveniente el oficio que tienen de estudiantes, dependientes, criados, telefonistas, etc.
5. Incluso podría uno irse de caza de cuando en cuando, es decir, alguna vez, o tomar parte en una competición deportiva en un día de ayuno, y dejar de ayunar, porque la caza o la competición eran tan fatigosas, que a quien lo hiciera por obligación le excusarían del ayuno. Con mayor razón se puede dejar de ayunar si uno toma un trabajo extraordinario para obtener una ganancia extraordinaria.

jueves, 2 de junio de 2011

Cuidado que han de tener los padres de familia, para que todos los de su casa se confiesen y comulguen con frecuencia.

A los padres de familia pertenece, no solo el dar alimento corporal a los de su casa, sino también el cuidado principal de que vivan ejemplares, y sean virtuosos los que comen el pan de su mesa, porque no viven los hombres con solo el pan material, como dice el Señor en su santo evangelio: Non in solo pane vivit homo (Matth., IV, 4).
El demonio, como león rabioso, no cesa de dar giros y vueltas en las casas y familias, buscando si halla ocasión oportuna para perder y devorar a algunos de ellos, como dice el principe de los apóstoles san Pedro (Pet. V, 8). Y por lo mismo será justo, que los padres de familia se desvelen, y estén advertidos, para que na logre el enemigo sus depravados intentos.
La frecuencia de los santos sacramentos de la confesión y comunión es un defensivo poderoso contra las diabólicas astucias de Satanás, según la doctrina práctica del seráfico doctor san Buenaventura; por lo cual importará mucho, que los padres de familia diligentes apliquen su cuidado, y persuadan a todos los de su casa, que frecuenten estos divinos sacramentos, y purifiquen sus almas; porque esta cristiana diligencia cuesta poco, y vale infinito.
La santa madre Iglesia solo pide y manda a los fieles, que se confiesen en tres ocasiones. La primera, que se confiesen a lo menos una vez dentro de un año. La segunda, que se confiesen si esperan entrar en peligro de muerte. La tercera, que se confiesen si han de comulgar y recibir a nuestro Señor Jesucristo sacramentado; porque la sagrada comunión es sacramento de vivos, y pide que el alma esté en gracia de Uios para recibir este sacramento.
Mas aunque de precepto riguroso no se le pide la confesión sacramental a los fieles, sino en estas tres ocasiones, convendrá que los padres de familia exhorten y persuadan a todos los de su casa, que frecuenten estos soberanos sacramentos; porque de los pecados cometidos importa purificarnos mas y mas, como decia en el salmo de su penitencia el santo rey David: Amplius lava me ab iniquitate mea (Psalm. L, 4)
El infeliz Absalon, que solo se cortaba los cabellos una vez en el año, los dejó crecer demasiado, y por último se le enredaron en un árbol fuerte de tal manera, que allí pereció colgado de sus cabellos entre el cielo y la tierra, como dice el sagrado texto. Teman y tiemblen los que tienen muchos pecados, y solo se confiesan una vez en el año, no sea que se enreden tanto con ellos, que no sepa desenredarlos, y perezcan sus pobres almas para siempre.
Por esto dice el Espíritu Santo, hablando con el pecador, que no tarde ni dilate el convertirse a su Dios; ni vaya emperezando de dia en dia, no sea que se llegue el último punto de su vida, y le coja desprevenido el juicio riguroso del altísimo Señor:Ne differas de die en diem (Eccli., V, 8).
La confesión sacramental fructuosa, con que el pecador se restituye felizmente á la gracia de su Dios, ha de tener cinco condiciones, que son: examen de conciencia, dolor de sus pecados, propósito firme de la enmienda, entera confesión de todas sus culpas, y propósito eficaz de satisfacer por ellas, cumpliendo la penitencia que el confesor le diere. Estas precisas condiciones de la buena confesión se explicarán después.
Los actos esenciales del penitente, que son la materia próxima de la confesión, se reducen a tres, y son los siguientes: el primero es dolor de los pecados cometidos, y este dolor ha de ser contrición perfecta, o por lo menos atrición sobrenatural que se funda en dolor y displicencia de sus pecados, por el motivo superno de que Dios le castigará, si no se aparta de ellos. Todo esto consta del sagrado concilio Tridentino (Ses., XIV, c. 3).
El examen de la conciencia se ha de hacer por los divinos mandamientos y preceptos de la santa madre Iglesia, considerando el hombre sus malas obras, de que se sigue, como dice David, el convertir sus pasos, y ordenarlos conforme al gusto del Señor: Cogitad vias meas, et converti pedes meos in testimonia mea (Psalm. CXVIII, 39).
El propósito de la enmienda ha de ser verdadero y eficaz, porque el Señor atiende a la preparación del corazón humano, como se dice en un Salmo: Praeparationem cordis eorum audivit auris tua; y si este propósito no es constante, firme y verdadero, la confesión será sacrilega, y causará en el alma desventurada mas daño que provecho.
Aquellos hombres insipientes que siempre andan con buenos propósitos, y nunca enmiendan su mala vida, deben entrar en fundadísimo recelo de que su propósito no es verdadero, sino veleidad inconstante, en la cual viven atormentados y sin provecho. Estos son los que dice David, que pasan toda la vida como en imagen, y en vano se conturban: In imagine pertransit homo; sed et frustra, conturbatur.
Considérese a una santa imagen de san Jerónimo con un santo Cristo en la mano izquierda, y una dura piedra en la mano derecha, levantando el brazo, con el amago de quererse romper el pecho, y nunca llega la ejecución de darse un golpe. Asi vive el pecador, que solo tiene buenos deseos, y nunca llega a las buenas obras, porque sus propósitos no son mas que veleidades, y asi pasa la vida como imagen, que Dios la reputará por nada, como dice el profeta rey: Imaginera ipsorum ad nihilum rediges.
La confesión entera de los pecados mortales debe ser sin dejar alguno por encogimiento ni vergüenza; porque si alguno se oculta y calla, la confesión es mala y sacrilega. El Espíritu Santo dice, que por el bien de tu alma no te confundas en decir la verdad. Vence tu encogimiento, considerando lo que dice el sagrado texto, que la confusión humilde te conseguirá la gracia y la gloria: Est confusio adducens gratiam et gloriam (Eccli., IV, 23).
En España hay remedio para todo, sin ir a Roma, aunque los pecados sean gravísimos, feísimos y abominables; porque el prudente confesor sabrá buscar la autoridad, si no la tiene, y en todo procederá con discreto silencio, como lo pide el sigilo de la confesión, el cual es tan grande, que aunque al ministro de Dios le hiciesen pedazos, no puede manifestar lo que sabe por confesión, según está determinado en el santo concilio Tridentino, y en varios decretos apostólicos (V. P. Gavar., in instructione 2, n. 23).
Es punto de fe católica, que el pecador ingrato que perdió la gracia del bautismo, no puede salvarse, si no hace verdadera penitencia (Luc., XIII, 3).
Por lo cual es indispensable una de dos, o confesarse bien el que mortalmente pecó, o condenarse sin remedio, porque teniendo oportunidad de confesión sacramental, no salva la contrición, en la cual se comprende la confesión, saltem in voto.
Infiérese de lo dicho, que el hacer una buena confesión con los debidos requisitos, es la materia mas grave que se le puede ofrecer a un cristiano en este mundo. Así lo dice el apóstol de Italia san Bernardino de Sena en un sermón fervoroso que predicó de la verdadera penitencia.
El gran padre de la Iglesia san Ambrosio dice una formidable sentencia, y es, que mas fácilmente se hallará quien guarde la inocencia y gracia bautismal, que quien haga verdadera penitencia, después de muchos pecados. Esto es lo que también lloraba el profeta Jeremías (VIII, 6).
El demonio trabaja mucho, dice san Juan Crisóstomo, para que las confesiones sacramentales no se hagan enteramente bien; o por falta de examen, ó por demasiado encogimiento y vergüenza del penitente, o por falla de verdadero propósito de la enmienda; porque sabe Satanás que si la confesión no es fructuosa, entera y formal, no sirve para la salvación eterna de las almas.
Estos puntos principales han de explicar muchas veces los padres de familia a todos los de su casa, para que no hagan malas confesiones, y díganles claramente, que quien se confiesa bien, aunque tenga muchos pecados graves, se restituye a la divina gracia, y Dios le llena de bendiciones, y le asegura la salvación eterna de su alma. Juntamente con esto explíquenles el horror de vivir en pecado mortal, y en estado de condenarse, para que se aficionen a la frecuencia de este santo sacramento, que es la segunda tabla para salvarse los que padecieron naufragio después del bautismo, como se define en el sagrado concilio Tridentino (Ses., IV, c. 5, can. 4).
Y para que también se aficionen todos los de la familia a las sagradas comuniones, tengan cuidado de leerles muchas veces el capitulo donde se trata de los grandes frutos espirituales que consiguen las almas con la sagrada comunión, y horrendo sacrilegio que cometen comulgando en pecado mortal, sin haberse confesado bien.
Las fiestas principales de la Iglesia católica se celebran dignamente, purificándose las almas con estos santos sacramentos de la confesión y comunión, porque para esto son los dias festivos, y no para divertimientos profanos, como imaginan algunos bárbaros relajados, que le roban el tiempo a Dios nuestro Señor en los dias de fiesta, y le destinan para servir al diablo con sus vicios y pecados, según lo predicó públicamente el apóstol de Valencia san Vicente Ferrer.
Lo mismo predicó fervoroso el serafín de Sena san Bernardino, diciendo a todo el pueblo, que era digno de llorar amargamente lo que sucedia en los dias festivos; porque siendo determionados para la mayor honra y gloria de Dios, y salvación de las almas, ya se habian convertido en ignominia del Señor, y condenación de los ingratos cristianos; los cuales, en vez de santos ejercicios, empleaban los días de mayor solemnidad en multiplicar sus graves pecados con escándalo del mundo.
Son tan ofensivos de Dios nuestro Señor los pecados graves que se comenten en día de fiesta, que según la doctrina apostolica de san Vicente Ferrer, todas las plagas y desventuras que padecen los pueblos cristianos, se atribuyen a la feisima ingratitud de profanar los días festivos y solemnes, sirviendo al demonio en ellos mas que al Altísimo Dios, a quien están dignamente consagrados. La sentencia del santo dice: Ex fractione diei venit omne malum (Ser., II, post dom., Trinit.)

martes, 24 de mayo de 2011

Explicación breve de la doctrina cristiana, para leer en familia (IV)

Implicación de las cuatro virtudes cardinales,
Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.

Estas cuatro virtudes se llaman Cardinales, porque a ellas se reducen todas las demás virtudes morales; y se dicen Virtudes morales, porque componen honestamente a la criatura racional en orden a sus costumbres.
La primera, Prudencia. Esta es la virtud que nos inclina, y da reglas para que todas nuestras obras se ajusten a la razón. Las operaciones de todas las otras virtudes, sin la Prudencia, salen viciosas y vituperables.
La Prudencia se divide en tres especies, que son: Prudencia política. Prudencia purgatoria, y Prudencia del ánimo purgado, o purificado.
La Prudencia política dispone conforme a la buena razón todo lo que se ha de hacer sin ofensa de la conservación humana.
La Prudencia purgativa pospone todo lo visible a todo lo que es celestial.
La Prudencia del animo purificado atiende al sumo Bien, y a él endereza todas sus operaciones.
Las partes esenciales o integrales que componen a la virtud de la Prudencia son tres, memoria, inteligencia y providencia. La memoria tiene presente lo pasado, para gobernar con discreción lo futuro y lo presente. La inteligencia mira principalmente a lo que de presente se debe hacer, consideradas todas las circunstancias. La providencia tiene cuidado de lo que se puede seguir, y esta es la principal parte de la Prudencia.
La Prudencia pide en el hombre las cinco calidades siguientes: docilidad, razon, solercia, circunspección y cautela. La docilidad para no ser engañado. La razón para deducir de lo general lo particular, discurriendo bien. La solercia para atender a todo lo que sucede, y sacar de ello provecho para el acierto de sus operaciones. La circunspección para atender a las circunstancias y oportunidad de la obra; porque no basta que el fin sea bueno, si le falla lo demás. La cautela para evitar los inconvenientes y peligros que pueden ocurrir.
La Prudencia de cada uno para sus propias acciones, se llama enárquica.
La Prudencia para el gobierno de muchos, se llama poliárquica.
La Prudencia que enseña a gobernar los reinos, se llama mpnarquica, o Prudencia regnativa,
La Prudencia para el gobierno de las ciudades, se llama política.
La Prudencia para gobernar las casas particulares, se llama económica.
La Prudencia que enseña a gobernar los ejércitos, se llama militar.
La Prudencia para el discreto juicio de las acciones, se llama synesis.
La Prudencia que forma el buen consejo, se llama ebúlia.
La Prudencia que enseña en algunos casos particulares a salir de las reglas comunes, se llama gnome; y esta es necesaria para la epiqueya, que juzga algunos casos por reglas superiores a las leyes ordinarias.

La Virtud Moral y Cardinal de la Justicia, es la que enseña a dar a cada uno lo que le toca.
La Justicia que si; ordena al bien publico y común, se llama legal.
La Justicia que solo toca a personas particulares, se llama Justicia especial.
La Justicia que a cada uno le da lo que le pertenece, se llama distributiva.
La Justicia que da, conmutando una cosa por otra equivalente, se llama conmutativa.
La Justicia que nos ensena a dar a Dios el culto supremo de adoración latria, se llama religión. La siguen seis especies, que son: Sacrificios, oblaciones, décimas, votos, juramentos y alabanzas externas vocales, que salen del corazón.
A la virtud de la Justicia pertenece también la piedad. Con esta reverenciamos a los padres, y a la patria donde nacimos.
La Justicia religiosa con que veneramos a los santos, se llama dulia; y a la Reina de todos los ángeles y santos se la debe la hiperdulía, que es un grado mayor.
La Justicia con que nos sujetamos a los superiores, se llama obediencia.
También se reducen a la virtud de la Justicia las virtudes de la gratitud, que se llama gracia, la verdad, o veracidad, la vindicación, la liberalidad, la amistad, o afabilidad.
La gratitud nos enseña a ser agradecidos. La veracidad a tratar la verdad con todos. La vindicación a dar justo castigo a quien le merece. La liberalidad a dar con alegría, sin avaricia ni prodigalidad. La amistad o afabilidad a tratar con todos sin litigios ni adulaciones.
Conserva la inocencia, y atiende a la equidad, porque estas son las reliquias del hombre pacífico, dice el Espíritu Santo (Psalm. XXXVI,37).

La virtud cardinal de la Fortaleza gobierna la pasión de la irascible, y sirve para que el hombre venza la pusilanimidad y cobardía en la ejecución de las buenas obras.
Tiene la Fortaleza dos especies; la una se llama belicosidad, y es la que usa de la ira conforme a la razón; la otra se llama paciencia; y esta es la mas noble y superior fortaleza, como dice san Pablo (I Cor., XIII, 4).
A la virtud de la Fortaleza se reducen la magnanimidad y la magnificencia.
La magnanimidad nos enseña a obrar cosas grandes, sin apetecer honras, ni dejarse llevar de ambiciones. No es contraria a la humildad; porque una virtud no puede ser contraria a otra.
La magnificencia inclina a grandes gastos, pero regulándolos con la prudencia, para que ni el ánimo sea escaso, ni pródigo. Puede un hombre ser liberal, sin llegar a ser magnifico, si se detiene en distribuir lo que tiene mas grandeza y cantidad.
La virtud de la Fortaleza se emplea dignamente en resistir al demonio, y en vencer las tentaciones, y en no dejarse llevar de respetos humanos imperfectos.

La virtud, cardinal de la Templanza reprime los movimientos desordenados de la concupiscible,especialmente en la materia de tacto.
Esta virtud enseña al hombre, que no se deje gobernar del deleite, como el bruto que no tiene entendimiento, sino por la razón justificada (salm. XXXI, 9).
Pertenecen a la Templanza las virtudes de la abstinencia y sobriedad., contra los vicios de la gula en la comida v bebida.
También pertenecen a la Templanza las virtudes, que son, castidad, pudicicia, virginidad y continencia contra los vicios de la lujuria.
A la Templanza se reduce también la modestia, y esta contiene en sí cinco virtudes, que se llaman, humildad, estudiosidad, moderación, austeridad y templanza, contra los vicios de apetecer honras, saber curiosidades inútiles, querer faustos y ostentaciones vanas en el vestido, y dejarse llevar de acciones inmoderadas en las burlas, bailes, juegos, etc.
El vestido del cuerpo, la risa de la boca, y los movimientos del hombre, nos avisan de su interior, dice el Espíritu Santo (Eccl., XIII, 27).

Explicación de las tres potencias del alma, Memoria, Entendimiento y Voluntad.
Se dicen Potencias del alma, porque por ellas y con ellas tiene, sus operaciones el alma.
La primera, Entendimiento. Esta Potencia, sirve al alma racional para conocer y discurrir sobre lo mismo que conoce, y para dar luz a la voluntad de lo que ha de amar o aborrecer; porque nada quiere la voluntad, que primero no lo haya conocido el entendimiento, como dice un proverbio filosófico.
La segunda, Memoria. Con esta potencia conserva el alma las especies de lo pasado para dolerse de todo el mal que ha cometido, y vivir con escarmiento para la enmienda. Sirve mucho la memoria de lo pasado para gobernar con discreción y prudencia lo presente, como ya se dijo en la explicación de las virtudes Cardinales.
La tercera, Voluntad. Esta es la reina de las potencias del alma, porque ella hace buenas o malas todas nuestras obras. El entendimiento conoce, la memoria conserva lo conocido; pero la voluntad hace y deshace, porque es potencia libre, y por ella se pierden o se ganan todas las almas. Nadie peca sin querer. La perdición de cada uno está en él mismo, como dice la sagrada, Escritura (Osse, XIII, 9).

Explicación de los sentidos corporales, que son:
Vista, Oído, Gusto, Olfato, y Tacto.

Estos cinco sentidos se dicen corporales, porque pertenecen al cuerpo. También sirven al alma, porque por ellos pasan las especies al entendimiento; y asi dice el filósofo, que nada hay en el entendimiento que primero no haya, estado en el sentido.
El primero, la Vista. Por este sentido entran muchos males en el alma. Son los ojos las ventanas por donde entra la muerte, como dice Jeremías profeta.
El segunda, el Oído. Por este sentido entra la fe, como dice el apóstol; pero también se introducen por él muchos daños, oyendo con voluntad las murmuraciones, los engaños, las palabras deshonestas y las malicias ajenas. Eva se perdió, porque oye a la serpiente, y se dejó engañar.
El tercero, el Gusto, este sentido sirve para la conservación del hombre en esta vida mortal; pero se abusa mucho de él con glotonerías y notables excesos en comidas y bebidas. Aquel rico glotón que se condenó, solo para su lengua y paladar pedia refrigerio, que aun en el infierno quería conservar su vicio (Luc, XV, 24).
El cuarto, el Olfato. Por este sentido pecaban y escandalizaban aquellos profanadores del templo santo, que a la casa de Dios llevaban los ramos de llores, no para ofrecerlas al Señor, sino para deleitarse con sus olores: Ecce aplicant ramum ad nares, como dice el profeta Ezequiel; y Dios le llama abominación a este desacato (Ezech., VIII, 17).
El quinto es el Tacto. Este sentido, no solo está en las manos, sino también en todo el cuerpo. El dejarse llevar de su deleite es de gente sensual y torpe. El que toca cosa inmunda, se mancha con ella, como dice el Espíritu Santo (Eccl., XIII, 1).
Dios nos ha dado los cinco Sentidos corporales, y las tres Potencias del alma para altísimos fines de nuestro bien, y nosotros los convertimos en mal.

Explicación de los siete dones del Espíritu Santo.
Se dicen Dones del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo los infunde en las almas. Añaden algo sobre las virtudes, adonde se reducen, y por lo que añaden se diferencian de ellas.
Primero, don de Sabiduría. Consiste en una superior iluminación gustosa, que Dios infunde para conocer las cosas por sus causas íntimas, y el alma distingue el verdadero bien del aparente y falso, separando lo precioso de lo vil.
Segundo, don de Entendimiento. Consiste, en una intima penetración de las verdades divinas, con la cual el espíritu escudriña las cosas profundas de Dios, como dice el apóstol.
Tercero, don de Consejo. Consiste en una sobrenatural iluminación, con que la criatura, conoce y elige lo mas útil, decente y justo, y deja lo que es ménos perfecto.
Cuarto, don de Fortaleza. Es una participación o influjo de la virtud divina, con que la criatura, felizmente animosa, vence todas las tentaciones, tribulaciones y adversidades que suele tener la flaqueza humana, sin apetecer consolaciones internas, ni revelaciones, ni amores sensibles; todo lo deja generosamente con este don, apreciando sobre todo lo criado la suprema unión del sumo Bien, y sale con verdad del fuerte la dulzura, habiéndolo vencido todo en el que la conforta (Judic., XIV, 14).
Quinto, don de Ciencia. Es una noticia indicativa con rectitud infalible de todo lo que se debe creer y obrar. Se distingue del don de Consejo, porque este elige, y el otro juzga. Sé distingue también del don de Entendimiento, porque este penetra la verdad con simple inteligencia, y el de Ciencia conoce lo que de ella se deduce, aplicándolo a las operaciones externas. Es el don de ciencia como raíz y madre de la discreción.
Sexto, don de Piedad. Es una virtud divina, con que se suaviza la voluntad humana, moviéndose para todo lo que pertenece al obsequio del Altísimo, y beneficio de los prójimos. Este precioso don excluye y arroja fuera a la envidia, al odio, a la avaricia, a la tibieza, y a la cobardía del corazón: la criatura por este don del Espíritu Santo se hace dulce, benigna, suave y amorosa para todo lo perteneciente al amor de Dios y del prójimo. Por eso dijo san Pablo, que la piedad es útil para todas las cosas (I Tim., IV, 8).
Sétimo, don de temor de Dios. Este don destruye a la estulticia arrogante de los hombres, y consiste en una nobilísima erubescencia, con que el alma se considera nada en comparación de la suprema grandeza y majestad de Dios. Considera su propia bajeza, y teme, como enseñó el apóstol. Tiene sus grados este temor santo, porque al principio se llama inicial, y después se llama filial. Se humilla el alma hasta lo profundo de su nada con este don del Altísimo, y se rinde a todas las criaturas por amor de Dios, y con él y con ellas se ejercita humildísima y amorosa con obras y palabras de amor íntimo fervoroso; con amor íntimo, llegando a la perfección de hijos del mismo Dios.

Explicación de los doce frutos del Espíritu Santo.
Se dicen Frutos del Espíritu Santo, porque el alma feliz en quien habita, como en su templo, el Espíritu Santo, se hace caritativa, pacífica, dilatada de corazón, liberal, benigna, fuerte en la fe, alegre y gozosa, paciente, buena para Dios, para si, y para sus prójimos, mansa, modesta, pura y casta (Gal.,V, 22).
Primero, caridad. El espíritu de Dios es caritativo, y el del demonio es cruel y tirano. Al espíritu del Señor sigue la caridad sin ficción ni engaño, como dice san Pablo.
Segundo, paz. Quien tiene espíritu del Señor, tiene paz en su corazón, y es pacífico con sus prójimos: esta es la prudencia del espíritu verdadero, que se junta con la vida y la paz, segun el apóstol (Rom., VII, 6).
Tercero, longanimidad. El Espíritu Santo dilata el corazón humano, y asi le comunica la longanimidad, que es condición nobilísima de Dios para hacer bien a todos, como dice el profeta David (salm, CVIII, 8).
Cuarto, benignidad. El espíritu de Dios es benigno, como se dice en el libro de la Sabiduría; por lo cual el alma que tiene espíritu de Dios no es áspera, sino benigna.
Quinto, fe. Quien tiene espíritu verdadero de Dios está bien fortalecido en la fe, con la cual se vencen las tentaciones del demonio, y todas las dificultades (I Pet., V, 9).
Sexto, continencia. Es fruto del Espíritu Santo, porque nadie la puede tener perseverante, si el Espíritu de Dios no se la concede (Sap., VIII, 11).
Séptimo, gozo. Este fruto del Espíritu Santo numera expresamente san Pablo, y Cristo Señor nuestro nos manda, que no estemos tristes, como los hipócritas, sino modestamente alegres, para alabar a Dios, y edificar a los hombres (Gal., V, 22).
Octavo, paciencia. En silencio y esperanza está nuestra fortaleza, dice el profeta Isaías; y el Señor nos dice, que en paciencia verdadera tomaremos la feliz posesión de nuestras almas. Este es el fruto saludable del Espíritu de Dios.
Noveno, bondad. El apóstol san Pablo pone la bondad por fruto del Espíritu Santo; y Dios nos dice, que le busquemos en bondad y sencillez de corazón (Sap., I, 1); porque su divino Espíritu huye de las ficciones y dobleces.
Décimo, mansedumbre. Esta pone el Espíritu Santo en el alma: oigan los mansos de corazón, y alégrense, que el santo profeta rey los convida para alabar a Dios (salm. XXXIII, 3)
Undecimo, modestia. Todos los santos han sido muy modestos, porque el Espíritu Santo habita en ellos (Philip., V, 5). La alegría de los siervos de Dios siempre va junta con la modestia.
Duodécimo, castidad. El Espíritu Santo es purísimo, y así es fruto suyo la pureza y castidad. Santa Lucia dijo al tirano, que los que viven piadosa y castamente son templo del Espíritu Santo (Die XIII Decemb., lect., vi).

Explicación de las ocho bienaventuranzas.
Estas ocho Bienaventuranzas predicó nuestro Señor Jesucristo, con las cuales quedan condenadas por falsas todas las que los mundanos tienen por bienaventuranzas.
Primera, bienaventurados los pobres de espíritu. (Matt., V, 3 et seq.) El mundo dice: bienaventurados los ricos, pero se engaña; porque el Maestro de la verdad, que ni puede engañarse, ni engañarnos, nos dice lo contrario. Pobres de espíritu, y por el amor de Dios, quieren en este mundo ser pobres, y de estos es el reino de los cielos. También son pobres de espíritu los que no tienen puesto el corazón en las cosas de esta vida mortal, y solo estiman la vida eterna, y los bienes de la gloria.
Segunda, bienaventurados los mansos. Se dicen mansos los humildes y benignos, que de nada se dan por ofendidos, y son afables con todos , sin hacer caso de las sinrazones que se hacen con ellos, llevándolas con alegría por el amor de Dios. Estos poseerán la tierra de los vivientes, que es la gloria; y aun en este mundo, estos son los que viven, y no los inquietos , porfiados y litigiosos, que pasan toda la vida en amarguras y rencillas.
Tercera, bienaventurados los que lloran. No se entiende por los que lloran con motivos humanos, y por desconsuelos imperfectos y terrenos, sino de los que lloran su destierro del cielo , y por sus pecados y los ajenos, y por las ofensas de su Dios y Señor. Estos serán consolados de Dios, y son bienaventurados.
Cuarta, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Esto se entiende de aquellos que siempre andan con ansia de servir a Dios, y de ser mas y mas justos, y nunca se satisfacen, ni se hartan de bien obrar. Estos se saciarán solo cuando se les llegue la gloria del cielo, como dice David (Psalm. XVI, 15).
Quinta, bienaventurados los misericordiosos. Estos son los que tienen piedad con todos, echando las cosas a la buena parte, y no siendo temerarios en sus juicios, sino piadosos en pensamiento, palabra y obra, remediando en cuanto pueden las necesidades de sus prójimos. Estos alcanzarán de Dios misericordia, y no serán condenados, porque ellos a nadie condenan.
Sexta, bienaventurados los limpios de corazón. Estos son los de buena conciencia, que aborrecen toda malicia, y se hacen como niños para entrar en el reino de los cielos. Con estos tiene Dios sus pláticas interiores, como se dice en el libro de los Proverbios (III, 32). Estos verán a Dios, porque no tienen en el corazón malicia que se lo impida.
Sétima, bienaventurados los pacíficos. Estos son los que en su trato parecen ángeles; no se conturban, ni se inquietan, ni quieren litigios, porfías, ni altercaciones inútiles con nadie; siempre aman la paz interior y exterior. Este don precioso de la paz es para los escogidos, dice la sabiduría; y así los pacificos serán llamados hijos de Dios (Sap., III,9).
Octava, bienaventurados los que padecen persecución por la justicia. Estos son los perseguidos, porque son buenos y justos; y porque siguen y defienden la virtud, razón y justicia, los persiguen los malos. En esta vida mortal son perseguidos injustamente; mas deben consolarse, porque de ellos es el reino de los cielos como dice el Señor. Todos los que piadosamente quieren vivir en Cristo Jesús han de padecer persecución (II Tim., III, 11). Al rey han de seguir los vasallos, y al Señor los siervos y criados.

Fin de todo el sagrado texto de la doctrina cristiana, y de su breve explicación.
Los padres de familia procuren con todo cuidado enseñar a sus hijos y criados, la doctrina cristiana, y el temor santo de Dios; porque en los padres de familia consiste mucho la ruina, o la reformación del mundo. Son muchos los padres que se condenan por el descuido que tienen de enseñar a su familia la doctrina cristiana, y en el cumplimiento de sus obligaciones, como dice el apostólico san Vicente Ferrer. (Ser. S. Matt.)

Los novísimos son cuatro, muerte, juicio, infierno y gloria. Estos también se llaman postrimerías del hombre.
Los consejos evangélicos son tres: pobreza voluntaria, castidad y obediencia religiosa.
Las obras satisfactorias principales son tres: oración, ayuno y limosna.
Los azotes de la divina justicia son tres: hambre, guerra y peste.
Los pecados que dan voces al cielo son cuatro: homicidio voluntario, sodomía, oprimir los pobres, viudas y huérfanos, y detener la paga de los que trabajan, oficiales y jornaleros.
Los pecados contra el Espíritu Santo son seis: el desesperar de la misericordia de Dios; presumirse salvar sin obras buenas; impugnar la verdad conocida; envidia de la gracia del prójimo; la obstinación de los vicios; la impenitencia final.

El apóstol san Pablo dice, que con cinco palabras quería enseñar a todo el pueblo. (I Cor., XIV, 19 et seq.) Y el angélico maestro explica, que esas cinco palabras son creer, obrar, evitar, esperar y temer, y todo esto se contiene en la doctrina cristiana; porque en ella se dice lo que se debe creer, lo que se ha de obrar, lo que se ha de evitar, lo que se ha de esperar, y lo que se ha de temer.
El que lee la doctrina cristiana y su explicación, y los que la oyen leer, tengan intención de ganar las indulgencias que por esto les han concedido los sumos pontífices, que son muchas y grandes.
Para mayor consuelo y comodidad de las personas espirituales, he puesto en un libro pequeño la explicación de la doctrina cristiana con algunas devociones; y allí digo mas por extenso las indulgencias concedidas.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA