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lunes, 20 de febrero de 2012

ABSTINENCIA

El motivo general de la abstinencia es el de mortificar los sentidos y dominar las pasiones. Bien conocidas son las consecuencias naturales de la gula. Según Buffon la mortificación mas eficaz contra la lujuria es la abstinencia y el ayuno, (Hist. Nat., tom. 3 en 12°, cap. 4, 105). Después de haber criado Dios a nuestros primeros padres les señaló para su alimento las plantas y los frutos de la tierra, sin hablarles de la carne de los animales. (Gen. I, 29). Mas habiendo visto los excesos a que se habían entregado los hombres antes del diluvio, no parece probable se abstuviesen de ningún género de alimentos que les agradasen. Después del diluvio permitió Dios a Noé y a sus hijos que comiesen la carne de los animales prohibiéndoles al propio tiempo comer su sangre. (Gen. IX, 3, y sig.).
Por los términos en que está concebida esta prohibición se infiere ser la causa el inspirar a los hombres cierto horror al asesinato. La costumbre de degollar a los animales y beber su sangre conduce infaliblemente al hombre a ser cruel. Moisés prohibió en sus leyes a los Judios comer la carne de los animales llamados por él impuros, y excluye por sus nombres a todos aquellos cuya carne podia ser dañosa relativamente al clima, y causar varias enfermedades. Algunos filósofos han atribuido a la misma causa la costumbre que tienen los Egipcios de abstenerse de la carne de muchos animales... El uso del vino estaba prohibido a los sacerdotes durante todo el tiempo que estaban ocupados en el servicio del templo, y a los Nazarenos durante su purificación.

Al principio del cristianismo, los judíos querían sujetar a los paganos que se habían convertido a todas las observancias de la ley judaica, y a todas las abstinencias que los judíos practicaban. Los apóstoles reunidos en Jerusalén decidieron que bastaba a los fieles convertidos del paganismo abstenerse de la sangre, de comer la carne de los animales ahogados, de la fornicación y de la idolatría, (Act. XV).
San Pablo ha dado en sus cartas sobre este punto varias reglas muy sabias. Pero no pasó largo tiempo sin que la abstinencia presentase varios inconvenientes; Tertuliano nos dice que los paganos para probar a los cristianos les presentaban para comer sangre y manteca de puerco. (Apol., c. 9). Mas las abstinencias prescritas por Noé a los judíos y a los primeros fieles demuestran el abuso que los protestantes han hecho de la sentencia del Evangelio: Que no es lo que entra por la boca del hombre lo que le mancha. (San Mateo, IV, 11).
Los maniqueos presentaron anteriormente esta misma objecion para probar que las abstinencias prescritas por Moisés eran absurdas, y san Agustín ha refutado mas de una vez este sofisma. (Libro contra Adim. cap. 15, n. 1, libro 10, contra Faus., c. C y 31).
¿Es por ventura permitido comer carne humana bajo el pretexto de que ningún alimento mancha al hombre? La manzana comida por Adán le manchó sin duda, pues que fué castigado como también toda su posteridad. Desde que los apóstoles tuvieron autoridad para prohibir a los cristianos el uso de beber la sangre y comer la carne de los animales ahogados, ¿porqué no la han de tener para prohibir el uso de toda clase de alimentos en ciertos dias y tiempos?.
Es cosa singular que los maniqueos que ridiculizaban las abstinencias prescritas por Moisés ordenaban ellos mismos a sus escogidos ó predestinados se abstuvieran del vino y carne de los animales. Para justificar esta disciplina, decian que entre los católicos, los que obraban de este modo eran tenidos por los mas perfectos. San Agustín le responde que estos practican la abstinencia para mortificar sus pasiones, en vez de que los maniqueos creian que la carne era de suyo impura, como obra que era del principio malo.
Beau que desea con el mayor empeño disculpar a los maniqueos, pasa en silencio la contradicción en que han incurrido acerca de las abstinencias judaicas, y sostiene que ellos raciocinan con mas consecuencia que los católicos, y abusa de un término equívoco llamando alimento sano a lo que no está infestado ni corrompido, y que por lo tanto no daña a la salud. ¿Es pues lo mismo una cosa que otra? Con semejantes sofismas se puede probar todo lo que se quiera. (Hist. de los maniq., lib. 9, c. 11).
Luego cuando la Iglesia nos ha encomendado la abstinencia y el ayuno, no se ha propuesto mas objeto que la mortificación, ni se ha fundado en las prohibiciones hechas a los judíos, ni en los delirios de algunos herejes; y mitiga la severidad de sus leyes, siempre que se presentan razones suficientes para poder usar de indulgencia.
Algunos filósofos han convenido que en buena política es muy útil suspender la comida de carne de los animales en algunos dias y semanas del año. Cuanto a las abstinencias practicadas por algunas sectas de filósofos, como por ejemplo, los pitagóricos, órficos, etc., nada nos incumben; los motivos que tenemos los cristianos para observar la abstinencia nada tienen de comun con los que dirigen la conducía de estos filósofos.
Algunos protestantes han sostenido que en los primeros siglos de la Iglesia la abstinencia de carne no hacia parte esencial del ayuno de cuaresma, que solamente se prohibía usar un alimento delicado y exquisito, bien fuese grueso ó de poca substancia; que nada se había prescrito acerca del género de los alimentos con tal que se observase cierta sobriedad y mortificación. El Padre Tomasino ha hecho ver lo contrario con pruebas sólidas (Tratado de los ayunos Ia part. 10 y 11; y en la 2a part. c. 3, etc.); y asi como no había ley alguna positiva y formal respecto al ayuno, tampoco la había tocante a la abstinencia y que en todos tiempos nos hemos de atener a lo que en un principio se había establecido.
Así es, que Orígenes asegura haberse abstenido de la carne y vino muchos cristianos fervorosos en el siglo tercero no por las razones arriba indicadas, sino para sujetar su cuerpo a la esclavitud y reprimir las pasiones. (Libro 5 contra Celso, n. 49, y homil. 19 sobre Jerem. n. 7), y vemos el mismo espíritu en el canon 51 de los apóstoles.
Con mayor razón, los cristianos pues debemos practicar esta mortificación, con especialidad en los dias de ayuno. Aun cuando esta costumbre no se hubiera establecido desde el principio entre los Orientales, habría sido necesario introducirla a medida que el cristianismo se propagaba en nuestros climas septentrionales. En estas regiones han sido siempre las carnes los alimentos mas delicados y jugosos, por cuya razón son preferidos, como también por admitir mas variaciones en sus aderezos; así su privación ha debido ser mas sensible en los dias de ayuno. Si los pueblos del Norte no hubieran usado tan frecuentemente de los alimentos de carne, no se hubieran resistido tanto en adoptar la moral de los llamados reformadores, respecto a la abstinencia y ayuno.
Barbeyrac, protestante exaltado, reprueba el que San Jerónimo haya condenado absolutamente el uso de comer carne, asegurando ser un acto malo en sí mismo, como lo es el divorcio. "Jesucristo, dice este santo padre, ha colocado el fin de los tiempos bajo la misma base que el principio; de modo que en la actualidad no nos es permitido repudiar a una mujer, ni hacernos circuncidar, ni comer carne, según: dice el Apóstol: es bueno no beber vino y no comer carne; pues el uso del vino como el de la carne comenzó despues del diluvio". (Adv. Jovin. lib. l, pág. 30). San Jerónimo, según Barbeyrac, abusa aquí del pasaje de san Pablo, y en todo cuanto habla de la abstinencia y del ayuno no hace mas que copiar a Tertuliano que escribía en el mismo sentido que los montanistas. (Tratado de la moral de los Padres, c. 13, § 12, y sig.) ¿Es cierto todo esto?
En primer lugar, el tcxto de san Jerónimo no está tomado fielmente; dice así: "Pues que Jesucristo ha colocado el fin de los tiempos bajo la misma base que el principio, no nos es permitido repudiar a ninguna mujer ni recibimos la circuncisión ni nos alimentamos de carne". San Jerónimo no dice que este último uso no nos es permitido, lo que es esencialmente notable: su intención evidente es decir que no nos alimentamos todos de carne, y en todos tiempos.
En segundo lugar, este padre escribía contra Joviniano, el cual sostenía, como los protestantes, que no había mérito alguno en abstenerse de la carne, porque es un uso indiferente, pues que Dios, que le habia prohibido antes del diluvio, le permitió después. Así que, este raciocinio es evidentemente falso. La Escritura aprobó los nazarenos que hacían voto de abstenerse del vino y de no afeitarse la cabeza durante un cierto tiempo. (Num. VI, 3).
Los rechavitas son alabados por haber observado la prohibición que sus padres les habían impuesto de beber vino, y habitar en sus propias casas, (Jerem. XXXV, 16). Jesucristo alabó a san Juan Bautista que se sostenía con langostas y miel silvestre. Los apóstoles prohibieron a los primeros fíeles el uso de la sangre y de las carnes sofocadas, aunque este uso fuese en sí mismo indiferente. Es pues un acto meritorio abstenerse de cosas indiferentes, cuando el motivo de esta abstinencia es laudable.

En tercer lugar, san Jerónimo no compara el uso de la carne con el del divorcio, en cuanto a su naturaleza y efectos, sino relativamente a la prohibición y permiso de Dios, que era sobre lo que argumentaba Joviniano. Decía este: Dios ha permitido después del diluvio comer carne, cosa que anteriormente habia reprobado; luego este uso es indiferente en sí mismo, y por consiguiente no hay mérito alguno en abstenerse de él. San Jerónimo ataca estas dos consecuencias, una después de otra, y este es el sentido de su respuesta. Vuestro raciocinio es defectuoso por tres razones.
1a.- Dios ha permitido por medio de Moisés el divorcio que había prohibido anteriormente; y sin embargo no se sigue de aquí que el divorcio sea indiferente en sí mismo.
2a.- Aun cuando el uso de la carne fuese indiferente en sí mismo, bastaría que Jesucristo, que quiso restablecer la perfección primitiva nos hubiese disuadido de este uso, así como habia prohibido el divorcio, para que nos abstuviésemos de lo uno y de lo otro.
3a.- Que haya ó no una prohibición positiva. San Pablo dice, (Rom. XIV, 21): «Vale mas no comer carne ni beber vino, y abstenerse de todo lo que pueda hacer caer a nuestro prójimo, escandalizarle, ó debilitar su fe».
Luego puede haber excelentes razones para abstenerse de aquello que es indiferente en sí mismo, y aun ser un acto meritorio; así que vuestro argumento nada prueba.
Barbeyrac, que conocía la fuerza de estas tres reflexiones, las ha confundido, y lo ha embrollado todo con el objeto de poder desatinar a su antojo.
Que se diga sí se quiere, que la respuesta de San Jerónimo no está enteramente desarrollada, puede concederse; pero no por esto se sigue que sea insuficiente, y que es falsa su moral.
No es tampoco mas cierto, que el santo haya entendido mal el pasaje de San Pablo, puesto que refiere literalmente las primeras palabras; y dándole el mismo sentido que Barbeyrac, el raciocinio de San Jerónimo conserva toda su fuerza.
En cuarto lugar ¿qué importa que este padre haya copiado a Tertuliano, que seguia la opinion de los montanistas, siendo así que él no cayó en el mismo error? los raciocinios que Tertuliano hizo despues de su caída no son todos heréticos, y un raciocinio mal aplicado no es siempre un error.
Hay acerca de la abstinencia dos excesos que debemos evitar, siguiendo un término medio. El primer exceso es de los herejes encratitas, montanistas, maniqueos, etc., que sostenían que el uso de la carne es impuro, prohibido y malo en sí mismo; por lo que San Pablo les ha combatido en la Epist. I á Tim. IV, 3.
El segundo es el de Joviniano y de los protestantes que pretendían que la abstinencia de la carne no tiene mérito alguno, que es cosa supersteiosa, judaica, absurda, etc. La Iglesia católica ha seguido un buen medio, decidiendo que esta abstinencia puede ser laudable, meritoria, y aun la recomienda en ciertos casos por excelentes causas. Tal es el espíritu del Canon 43, ó 51, de los apóstoles que dice: «Si un clérigo se abstiene del matrimonio, de la carne y vino, no por mortificación sino por horror, y blasfemando al mismo tiempo contra la creación, sea corregido ó degradado».
Es pues absurdo alegar al presente, contra la abstinencia practicada por mortificación, lo que los apóstoles y antiguos Padres han dicho contra la de los herejes.
Sí se nos pregunta la razón de ser laudable mortificarse con la abstinencia, responderemos con San Pablo (Galat. V, 24): «Los que están dedicados a servir a Jesucristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencia (I Corint. IX, 27): Yo castigo mi cuerpo y le reduzco a la esclavitud, para a no ser reprobado despues de haber predicado a los demás». Como en nuestros días se ha extendido la ambición de reformar todas las leyes, se ha tratado muy seriamente de suprimir un número considerable de días de abstinencia y ayuno, porque la ley que los ordena, no es respetada, y ha llegado a ser una ocasión continua de trasgresión; citándose con este motivo el pasaje de San Pablo en la Epistola a los Romanos VII, 10: "El mandamiento que debia haberme dado la vida, ha servido para darme la muerte".
Si esta razón fuese sólida, no solamente sería necesario concluir con quitar algunos días de abstinencia, sino suprimir toda ley de abstiencia. No se ha tenido pues en cuenta, que san Pablo hablaba del precepto de la ley natural cuando decía: tú no codiciarás, etc.
¿Es necesario abolir la ley natural porque se quebranta frecuentemente? Cuando las costumbres públicas están relajadas no se respeta ley alguna; entonces es llegado el caso, no de abolir las leyes, sino de darles mayor fuerza, si se puede.

EL PRECEPTO DE LA ABSTINENCIA
A lo que obliga.—Este precepto obliga a abstenerse en ciertos días de tomar carne y caldo de carne; pero puede tomarse leche, huevos y legumbres aunque estén estas últimas condimentadas con manteca.
A quiénes obliga.—Obliga este precepto a todos aquellos que tienen siete años cumplidos.
Qué se entiende por carne.—Para lo que a este precepto se refiere, se entiende, en general, por carne todos los animales que respiran en tierra y tienen sangre caliente. En cambio, se consideran como si fueran peces las ranas, caracoles, ostras, tortugas, cangrejos, nutrias, castores y, en algunos sitios, incluso las gaviotas, aunque este último animal, por ser un ave, parece que habría de considerarse en todas partes como carne.
En caso de duda de si un animal debe considerarse como carne o pescado, se podría comerlo tranquilamente, puesto que no constaba con certeza que estuviese incluido entre los prohibidos.
Días en que obliga la abstinencia.
1) Por prescripción general de la Iglesia todos los fieles deben guardar la abstinencia de carnes todos los viernes del año, a no ser que sean día festivo que no caiga en Cuaresma; todos los sábados de Cuaresma; el miércoles de Ceniza; los Miércoles, Viernes y Sábados de las cuatro Témporas, y las Vigilias de Pentecostés, Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre. En total, unos 75 días.
2) En España, para los que toman la Bula de la Cruzada, o que, por su pobreza están dispensados de ella, los días de abstinencia se reducen a estos nueve: los Viernes de Cuaresma, la Vigilia de la Inmaculada Concepción y el 24 ó 23 de diciembre, pudiendo trasladar esta abstinencia al sábado anterior.
3) En virtud de la facultad especial, de que hablamos anteriormente, concedida por Pío XII a los señores Obispos, éstos pueden disminuir en sus respectivas diócesis los días de abstinencia hasta reducirlos a los siguientes: todos los Viernes del año, el Miércoles de Ceniza, la Vigilia de la Inmaculada Concepción, y el 24 ó 23 de diciembre, persistiendo para España el Privilegio de la Bula, que es, como puede apreciarse, mucho más amplio.
Quiénes están excusados.—Muchos de los que están excusados del ayuno no lo están de la abstinencia. La razón de esta diferencia es que la última es más fácil de guardar que el primero, pudiendo quien se siente débil al ayunar, alimentarse con otros manjares que no sean precisamente carne, y guardar de ese modo la abstinencia.
Están excusados de esta última los trabajadores ocupados en tareas muy fatigosas, como los mineros, herreros, cavadores, etc.; los que, yendo de camino, no encuentran en la posada otros alimentos suficientemente nutritivos que no sean carne; los soldados que comen del rancho que se les da, los criados y los hijos de familia que se ven obligados, por el amo o padre respectivo, a comer de carne.

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