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miércoles, 1 de febrero de 2012

MARTIRIO DE SAN FRUCTUOSO, OBISPO DE TARRAGONA, Y DE EULOGIO Y AUGURIO, DIACONOS

Tarragona, la vieja ciudad ibera que el año 218 antes de Cristo abre la puerta de España a los ejércitos de Cneo Escipión y a la civilización de Roma, y tres siglos más tarde, ya plenamente romana y cabeza de la Hispania Citerior, es posible abriera su puerto a San Pablo, que había de hacernos, sobre romanos, cristianos, levanta algo tardía, pero esplendorosamente, su cabeza a la plena luz de la historia de la Iglesia, nimbada por la gloria del martirio de su primer obispo, de nombre conocido, y de los de sus diáconos, en el año 259, bajo la persecución de Valeriano y Galieno. "¡Oh triple honor, oh triforme cumbre, con que se alza la cabeza de nuestra urbe, descollante sobre todas las otras ciudades iberas!", canta nuestro grande poeta cristiano en el himno que dedica a la tríada tarraconense: Fructuoso, obispo, y Eulogio y Augurio, diáconos, uno de los más bellos del Peristéphanon. El himno de Prudencio y las actas del martirio de San Fructuoso y sus compañeros forman un verdadero acorde, y es patente que aquél está calcado en éstas. La inspiración del poeta fluye, cálida y mansa, por el cauce de la narración histórica, sin permitirse invención alguna fantástica ni hilvanar tampoco los hechos, contados en el mismo orden y alguna vez con las mismas palabras de las actas, en una especie de crónica rimada. Estos versos, penetrados de vivo sentimiento, son a par poesía e historia. Este acorde de poema y actas nos permite la conclusión cierta de que éstas se remontan más allá del siglo IV, pues Prudencio florece, en fechas aproximadas, de 348 a 405.
San Agustín conoció ciertamente las actas de San Fructuoso en el mismo texto que nosotros poseemos, y, tras la pública lectura de ellas en la Iglesia de Hipona, dirigió un sermón al pueblo, un 21 de enero, fiesta también de Santa Inés, comentando con agustiniana maestría algunos de los pasajes de aquéllas. Ésto, como se ve, no adelanta la fecha de su composición, pero sí les confiere el alto honor de haber entrado, en la Iglesia de Africa por lo menos, en la categoría de aquellos raros escritos que se leían públicamente, a par de las Escrituras, para edificación del pueblo, y daban materia a los tractatus u homilías agustinianas. Remontándonos más arriba, nada se opone a que veamos en estas actas un do
cumento contemporáneo. Ningún rastro en ellas de invención novelesca ni exornación retórica. Los mismos hechos sobrenaturales, los sólita magnalia que se siguen al martirio, están contados con sorprendente sobriedad, a pesar de que era éste el mejor terreno para que el narrador diera suelta a su hasta entonces contenida fantasía. En el núcleo principal de la narración, la sencillez, la objetividad, la precisión, el estilo de acta judicial de los interrogatorios, saltan a la vista y nos dan por sí solos un confortante sentimiento de autenticidad y de verdad. Penetrando en el fondo mismo del venerable documento, un como perfume de antigüedad lo penetra todo. La comunidad cristiana se llama constantemente "fraternidad", fraternitas, y los cristianos, "hermanos", fratres. Estos nombres desaparecen en el siglo IV, y se hacen más frecuentes los de "cristianos", "católico" y "fiel". El martirio es la corona Domini; los socorros y visitas de los hermanos a los encarcelados, son un "refrigerio"; acordarse es "tener en su mente"; el ayuno se llama, como en los tiempos ya remotos de Hermas, statio. Y así otros muchos rasgos de lengua y estilo, que nos transportan con toda seguridad al siglo III y nos evocan lengua, estilo e ideas de San Cipriano.

Pero hay además un sorprendente dato cronológico, notado por el gran Tillemont, que parece confirmar de modo absoluto la autenticidad y contemporaneidad de las actas de San Fructuoso. Éstas empiezan así: "Siendo emperadores Valeriano y Galieno y cónsules Emiliano y Baso, el diecisiete antes de las calendas de febrero, día de domingo, fueron prendidos Fructuoso, obispo, y Eulogio y Augurio, diáconos." Ahora bien, durante todo el reinado de Valeriano sólo una vez cayó en domingo el diecisiete de las calendas de febrero (16 de enero), y fue el año 259, en que eran, efectivamente, cónsules Emiliano y Baso. Una precisión cronológica tan exacta no parece pueda ser obra de un falsario. Las actas hubieron de ser escritas por un contemporáneo.
Con la certeza, pues, de pisar sobre la tierra firme de lo auténtico, nada más grato que detenernos en este precioso documento, uno de los pocos que nos permiten penetrar, durante período tan decisivo como la mitad del siglo III, en la vida de la España cristiana, pues no debió de ser sustancialmente distinta en Tarragona que en Sevilla o Zaragoza.
El edicto de Valeriano, sometido desde Oriente, en 258, a la aprobación del Senado, iba aplicándose en las distintas provincias. El legado imperial Emiliano, que, al parecer, acababa de llegar a la capital de la Tarraconense, quiso inaugurar su mando con solemnes actos de culto a los dioses del Imperio y un sonado escarmiento de los cristianos que despreciaban a los dioses y se mantenían alejados del culto imperial, suprema manifestación de la adhesión de las provincias a Roma. Tarragona había sido justamente la primera que obtuvo la gracia de levantar un templo a Augusto, dando con ello el ejemplo a todas las demás provincias.
Emiliano estaba profundamente convencido que ese culto era el fundamento mismo del Imperio. Era un romano chapado a la antigua, sobre el que ni la filosofía ni la literatura ni todo el movimiento sincretista de los últimos tiempos había hecho la menor mella: "¿Quién va a ser obedecido, quién temido, quién adorado, si no se da culto a los dioses ni se veneran las estatuas de los emperadores?", le dice el legado imperial al obispo cristiano. Por otra parle, él tenía instrucciones bien concretas de los emperadores: los miembros del clero que se negaran a obedecer a la orden de sacrificar a los dioses debían ser ejecutados inmediatamente.

Cinco soldados de la guardia pretoriana, que recibían el nombre de beneficiarios, así denominados por estar a las órdenes de los tribunos y destinados a misiones de confianza, entran a hora tardía en casa del obispo, que estaba ya descansando, y le intiman de parte del legado imperial la orden de detención. El obispo, que los había recibido en chinelas, les pide permiso para calzarse. Los soldados le contestan: "Cálzate tranquilamente". De la casa episcopal le llevan derecho a la cárcel. Un sobrenatural gozo llena el alma de Fructuoso, pues tiene la certeza de que se acerca la corona del martirio. Prudencio completa poéticamente aquí las actas:
"Y para que ningún temor sobrecogiera a sus compañeros, el maestro, de camino, los alienta con vehementes palabras y enardece su fe con el calor de Cristo: "Estad conmigo firmes, amigos; la sangrienta serpiente llama al suplicio a los ministros de Dios; no nos amedrente la muerte, pues tenemos preparada la palma. La cárcel, para los cristianos, es escalón para la corona; la cárcel nos levanta a las alturas del cielo; la cárcel gana para los bienaventurados a Dios."
En la cárcel, Fructuoso (y sus diáconos es de suponer harían lo mismo) se entrega a constante oración. Llegado el miércoles, según uso de que nos da ya noticias la vieja Didaché, guardan solemnemente la estación, es decir, el ayuno. La palabra statio, que aquí, lo mismo que en el Pastor de Hermas, designaba el ayuno, está tomada del lenguaje militar romano y significaba puesto de guardia, vela o centinela. Estacionario se llamaba precisamente el soldado centinela. Ello nos revela un alto sentido de aquella primitiva vida cristiana: vida en pie (stare), vida alerta, vida de vela y centinela por el ayuno que mataba la carne y la oración que levantaba el espíritu. La estación del miércoles había sido solemne; el viernes, día del martirio, la celebran nuevamente, pero la terminan gozosos en el paraíso. Camino ya del martirio, un grupo numeroso de cristianos, movidos de fraterna caridad, se acercan al obispo y le ofrecen unas mixturas de vino aromático; mas él lo rechaza diciendo: "Aun no es hora de romper el ayuno." Eran las diez de la mañana y el ayuno no se daba por terminado hasta las tres de la tarde.
La detención del obispo causó entre los cristianos profunda conmoción, y pronto la cárcel se vió sitiada por la comunidad de hermanos, que socorrieron a los presos y les pedían los tuvieran presentes ante el Señor. El sentido sobrenatural domina evidentemente a aquellos hermanos. La certeza del martirio de su obispo sólo excita en ellos el deseo de entrar en su recuerdo y oración. En la cárcel, San Fructuoso bautiza a un catecúmeno por nombre Rogaciano. Nada más se nos dice sobre este Rogaciano y sin duda nos convendría saber algo más. ¿Por qué estaba en la cárcel? ¿Por qué se hizo bautizar en ella? ¿Cuál fué su posterior destino? Quede todo colgado de los signos de interrogación. Después de seis días de detención, se celebra el juicio ante el presidente Emiliano. "Presidente, praeses, nota Allard, si bien no fué título llevado oficialmente por los gobernadores de provincia, sino después de la reorganización administrativa de fines del siglo III, era, sin embargo, empleado mucho antes en la lengua corriente. El jurisconsulto Macer escribía desde los tiempos de Septimio Severo: Praesidis namen generale est, eoque et procónsules et legati Caesaris et omnes provincias regentes... praesides appellantur (Dig., I, XVIII, 1). El autor de las actas no comete, pues, anacronismo alguno al llamar desde 259 con el nombre de praeses al pro-pretor de la Tarraconense". El interrogatorio se desarrolla rápido y preciso. Emiliano cumple su deber de recordar las órdenes de sus amos de Roma; no parece ni enterarse de la respuesta del obispo cristiano, que afirma no adorar sino al solo Dios que hizo el cielo y tierra, y le interroga:
—¿Es que no sabes que hay dioses?
No lo sé—responde el obispo.
Pues pronto lo sabrás—corta brusco el romano, que cree, sin duda, que por la punta de la espada se puede meter en el alma la fe.
Los diáconos responden con la misma serenidad que su obispo. Fuera por ironía, fuera por falta de inteligencia, Emiliano le dice a Eulogio:
¿También tú adoras a Fructuoso?
Yo no adoro a Fructuoso—responde el diácono—, sino que adoro al mismo a quien Fructuoso adora.
Es una de las bellas palabras de estas actas que merecieron el comentario de San Agustín.
El asunto se concluye con este cortante diálogo:
—¿Tú eres obispo?
—Lo soy.
—Pues has terminado de serlo.
Y los sentenció a ser quemados vivos.
La sentencia había de ejecutarse en el anfiteatro. Camino del suplicio, una gran muchedumbre, de paganos tanto como de cristianos, acompaña a los condenados a las llamas, pues el obispo era querido por igual de los unos y de los otros. No se nos dice el motivo de esta simpatía; pero bien pudo ser la abnegación mostrada por la suprema cabeza de la Iglesia y sus ministros en la peste que seguía asolando al Imperio desde 250 y que no desaparecerá hasta el 262. La caridad es una fuerza divina que mueve a la Iglesia bajo todas las latitudes, y no es de suponer que este glorioso obispo tarraconense le fuera a la zaga a su colega cartaginés, cuya abnegeda y generosa actuación en trance semejante al frente de toda la comunidad cristiana, le valió la misma general simpatía de los que en otro tiempo le pidieron a gritos para los leones. Como en el caso de San Cipriano, ni un solo grito hostil de la muchedumbre pagana vendrá a mezclarse a la profunda y emocionada veneración con que el pueblo cristiano acompaña a sus obispos al lugar del suplicio. Este respetuoso silencio, esta simpatía pagana, junto al profundo sentido de la gloria del martirio a que ha llegado el pueblo cristiano, son la aurora de la victoria definitiva de la Iglesia. Había ya vencido en las almas; la victoria sobre el Imperio se le daría por adehala. Camino del anfiteatro, unos hermanos, movidos de caridad, le ofrecen al obispo una mezcla especial, destinada sin duda a adormecer sus sentidos y hacerle más llevadero el suplicio de las llamas. La respuesta del santo fue una delicada manera de rechazar un alivio al dolor, que a sus ojos pudiera quitar grandeza a su martirio. Prudencio pensó aquí en el momento de la Pasión del Señor en que con el mismo piadoso fin se le ofreció myrrhatum vinum, que no recibió (Mc. XV, 23). Es muy probable que también se acordara San Fructuoso y quisiera generosamente imitar a su Maestro, bebiendo hasta las heces el cáliz de su propia pasión.
Dos episodios más nos muestran la suma veneración que el santo obispo inspiraba a su pueblo. Un lector suyo se le arrodilla, llegados ya al anfiteatro, y le suplica entre lágrimas le conceda el honor de desatarle las sandalias. El obispo rechaza este obsequio, pues se siente fuerte para descalzarse solo y está gozoso y cierto de la promesa del Señor. Descalzo ya, como otro Moisés, recuerda Prudencio, para acercarse a la hoguera, otro cristiano le toma de la mano derecha y le ruega se acordara de él en el momento de su martirio. El mártir responde:
—De quien tengo que acordarme es de la Iglesia católica, extendida del Oriente al Occidente.
Esta es sin duda la más bella palabra de estas actas, y dicha por un obispo antes de su inmolación por el martirio, tiene valor incalculable. Con razón impresionaron el alma, católica por excelencia, de San Agustín, que la comenta en su sermón al pueblo en honor de San Fructuoso. "Uno de los timbres más gloriosos de la Iglesia española ha sido siempre su catolicidad", dice un moderno historiador de la Iglesia de España. Ese timbre, como vemos, le viene a nuestra Iglesia de muy atrás. Un mártir español, el primero cuyas actas poseemos, un obispo, sacerdos Dei por excelencia, que está a punto de ofrecer el supremo sacrificio de su vida, levantándose por encima de la ingenua piedad de uno de sus fieles, mirando más allá de todo particularismo local, no afirma siquiera que ha de acordarse de su Iglesia particular, sino que dilata su mirada a la universal Iglesia, extendida de Oriente a Occidente.
Y, sin embargo, el corazón de este obispo mártir rebosaba piedad y amor a su grey y, momentos antes de subir a la pira que había de consumirle, la consuela con la promesa de que no había de quedar mucho tiempo sin pastor, pues no podía faltar el amor y la promesa del Señor. "Ésto que ahora veis—terminó el glorioso obispo—es solo sufrimiento de un momento." Lo que puede referirse a su martirio y también, si queremos nuevamente hacer honor a su sentido de la catolicidad, al de la Iglesia ensangrentada por la persecución. La seguridad de la victoria irradiaba de su frente.
Puestos los tres mártires en medio de las llamas, el piadoso narrador (y con él, naturalmente, Prudencio) evoca el recuerdo de los tres jóvenes del horno de Babilonia y aun el de la Santísima Trinidad. El poeta, por cierto, necesita explicarse por qué no se da aquí el prodigio de otrora y su razón no puede ser más bella: "Cristo no había todavía aún consagrado la gloria de la muerte." De ahí que los mártires cristianos, lejos de rogar se repita con ellos el milagro, piden a la Majestad divina que dé nuevas alas al fuego que ha de liberarlos de los peligros y angustias del mundo. Prudencio sentía bien, mejor que todos los fantaseadores posteriores, dónde está la gloria y el milagro del martirio: no en que el fuego no toque a los mártires, sino en que el mártir llame, como un liberador, al fuego.
Los mártires fueron quemados, atados a unos postes. Mas apenas las llamas consumieron las cuerdas que les sujetaban las manos, acordándose de la oración divina y de la ordinaria costumbre, se hincaron de rodillas y oraron con los brazos en cruz, en la figura—dicen las actas—del trofeo del Señor. ¡Sublime espectáculo! Que ello, por otra parte, fuera una "sólita costumbre", nos da idea del espíritu de fervor de aquellos santos y sin duda de la cristiandad por ellos formada, que tan férvidamente se unió a su glorioso martirio.
Finalmente, nos cuenta el relator los prodigios que se siguieron a la muerte de los mártires. Dos cristianos, Babilán y Migdonio, pertenecientes a la casa del gobernador, los ven subir gloriosos al cielo, gracia que también alcanza la hija de Emiliano; pero no éste, que no fue digno de ello. Los cristianos, entre gozosos y tristes, acudieron por la noche a recoger los restos calcinados de los mártires, vertiendo antes vino sobre ellos, a fin de extinguir—dicen las actas—los huesos medio ardiendo. El redactor veló aquí sin duda lo que el rito tenia de resabio gentílico, pues era uso y costumbre libar vino sobre los cadáveres quemados, desde los lejanos tiempos de los héroes homéricos. Luego, cada uno se llevó la parte que pudo de aquellas sacras cenizas, lo que si era manifestación de la piedad y veneración por los mártires, no dejaba tampoco de ser una infracción de la disciplina vigente en la Iglesia, que vedaba dividir los cuerpos de los santos.
Un nuevo milagro avisa a los fieles que restituyan las reliquias, que habían de ser colocadas—dice Prudencio—en labrada caja de mármol. Una nueva aparición a Emiliano, y el redactor de las actas termina su relato con férvidas exclamaciones a los bienaventurados mártires. Nosotros terminamos nuestro co mentó con la ya mentada exclamación del poeta:
O triplex honor, o triforme culmem
quo nostrae caput excitatur urbis,
cunctis urbibus eminens Hiberis!


Martirio de San Fructuoso, obispo, y de Augurio y Eulogio, diáconos.
I. Siendo emperadores Valeriano y Galieno, y Emiliano y Baso cónsules, el diecisiete de las calendas de febrero (el 16 de enero), un domingo, fueron prendidos Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio, diáconos. Cuando el obispo Fructuoso estaba ya acostado, se dirigieron a su casa un pelotón de soldados de los llamados beneficiarios, cuyos nombres son: Aurelio, Festucio, Elio, Polencio, Donato y Máximo. Cuando el obispo oyó sus pisadas, se levantó apresuradamente y salió a su encuentro en chinelas. Los soldados le dijeron:
—Ven con nosotros, pues el presidente te manda llamar junto con tus diáconos.
Respondióles el obispo Fructuoso: —Vamos, pues; o si me lo permitís, me calzaré antes. Replicaron los soldados: —Cálzate tranquilamente.
Apenas llegaron, los metieron en la cárcel. Allí, Fructuoso, cierto y alegre de la corona del Señor a que era llamado, oraba sin interrupción. La comunidad de hermanos estaba también con él, asistiéndole y rogándole que se acordara de ellos.

II. Otro día bautizó en la cárcel a un hermano nuestro, por nombre Rogaciano.
En la cárcel pasaron seis días, y el viernes, el doce de las calendas de febrero (21 de enero), fueron llevados ante el tribunal y se celebró el juicio.
El presidente Emiliano dijo:
—Que pasen Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio.
Los oficiales del tribunal contestaron:
—Aquí están.
El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:
—¿Te has enterado de lo que han mandado los emperadores?
Fructuoso.—Ignoro qué hayan mandado; pero, en todo caso, yo soy cristiano.
Emiliano.—Han mandado que se adore a los dioses.
Fructuoso.—Yo adoro a un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene.
Emiliano.—¿Es que no sabes que hay dioses?
Fructuoso.—No lo sé.
Emiliano.—Pues pronto lo vas a saber.
El obispo Fructuoso recogió su mirada en el Señor y se puso a orar dentro de sí.
El presidente Emiliano concluyó:
—¿Quiénes son obedecidos, quiénes temidos, quiénes adorados, si no se da culto a los dioses ni se adoran las estatuas de los emperadores?
El presidente Emiliano se volvió al diácono Augurio y le dijo:
—No hagas caso de las palabras de Fructuoso.
Augurio, diácono, repuso:
—Yo doy culto al Dios omnipotente.
El presidente Emiliano dijo al diácono Eulogio:
—¿También tú adoras a Fructuoso?
Eulogio, diácono, dijo:
—Yo no adoro a Fructuoso, sino que adoro al mismo a quien adora Fructuoso.
El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:
—¿Eres obispo?
Fructuoso.—Lo soy.
Emiliano.—Pues has terminado de serlo.
Y dió sentencia de que fueran quemados vivos.

III. Cuando el obispo Fructuoso, acompañado de sus diáconos, era conducido al anfiteatro, el pueblo se condolía del obispo Fructuoso, pues se había captado el cariño, no sólo de parte de los hermanos, sino hasta de los gentiles. En efecto, él era tal como el Espíritu Santo declaró deber ser el obispo por boca de aquel vaso de elección, el bienaventurado Pablo, doctor de las naciones. De ahí que los hermanos que sabían caminaba su obispo a tan grande gloria, más bien se alegraban que se dolían.
De camino, muchos, movidos de fraterna caridad, ofrecían a los mártires que tomaran un vaso de una mixtura expresamente preparada; mas el obispo lo rechazó, diciendo:
—Todavía no es hora de romper el ayuno. Era, en efecto, la hora cuarta del día; es decir, las diez de la mañana. Por cierto que ya el miércoles, en la cárcel, habían solemnemente celebrado la estación. Y ahora, el viernes, se apresuraba, alegre y seguro, a romper el ayuno con los mártires y profetas en el paraíso, que el Señor tiene preparado para los que le aman.
Llegados que fueron al anfiteatro, acercósele al obispo un lector suyo, por nombre Augustal, y, entre lágrimas, le suplicó le permitiera descalzarle. El bienaventurado mártir le contestó:
—Déjalo, hijo; yo me descalzaré por mí mismo, pues me siento fuerte y me inunda la alegría por la certeza de la promesa del Señor.
Apenas se hubo descalzado, un camarada de milicia, hermano nuestro, por nombre Félix, se le acercó también y, tomándole la mano derecha, le rogó que se acordara de él. El santo varón Fructuoso, con clara voz que todos oyeron, le contestó:
—Yo tengo que acordarme de la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente.

IV. Puesto, pues, en el centro del anfiteatro, como se llegara ya el momento, digamos más bien de alcanzar la corona inmarcesible que de sufrir la pena, a pesar de que le estaban observando los soldados beneficiarios de la guardia del pretorio, cuyos nombres antes recordamos, el obispo Fructuoso, por aviso juntamente e inspiración del Espíritu Santo, dijo de manera que lo pudieron oír nuestros hermanos:
—No os ha de faltar pastor ni es posible falle la caridad y promesa del Señor, aquí lo mismo que en lo por venir. Esto que estáis viendo, no es sino sufrimiento de un momento.
Habiendo así consolado a los hermanos, entraron en su salvación, dignos y dichosos en su mismo martirio, pues merecieron sentir, según la promesa, el fruto de las santas Escrituras. Y, en efecto, fueron semejantes a Ananías, Azarías y Misael, a fin de que también en ellos se pudiera contemplar una imagen de la Trinidad divina. Y fue así que, puestos los tres en medio de la hoguera, no les faltó la asistencia del Padre ni la ayuda del Hijo ni la compañía del Espíritu Santo, que andaba en medio del fuego.
Apenas las llamas quemaron los lazos con que les habían atado las manos, acordándose ellos de la oración divina y de su ordinaria costumbre, llenos de gozo, dobladas las rodillas, seguros de la resurrección, puestos en la figura del trofeo del Señor, estuvieron suplicando al Señor hasta el momento en que juntos exhalaron sus almas.

V. Después de esto, no faltaron los acostumbrados prodigios del Señor, y dos de nuestros hermanos, Babilán y Migdonio, que pertenecían a la casa del presidente Emiliano, vieron cómo se abría el cielo y mostraron a la propia hija de Emiliano cómo subían coronados al cielo Fructuoso y sus diáconos, cuando aun estaban clavadas en tierra las estacas a que los habían atado. Llamaron también a Emiliano, diciéndole:
—Ven y ve a los que hoy condenaste, cómo son restituidos a su cielo y a su esperanza.
Acudió, efectivamente, Emiliano, pero no fué digno de verlos.

VI. Los hermanos, por su parte, abandonados como ovejas sin pastor, se sentían angustiados, no porque hicieran duelo de Fructuoso, sino porque le echaban de menos, recordando la fe y combate de cada uno de los mártires.
Venida la noche, se apresuraron a volver al anfiteatro, llevando vino consigo para apagar los huesos medio encendidos. Después de esto, reuniendo las cenizas de los mártires, cada cual tomaba para sí lo que podía haber a las manos.
Mas ni aun en esto faltaron los prodigios del Señor y Salvador nuestro, a fin de aumentar la fe de los creyentes y mostrar un ejemplo a los débiles. Convenía, en efecto, que lo que enseñando en el mundo había, por la misericordia de Dios, prometido en el Señor y Salvador nuestro el mártir Fructuoso, lo comprobara luego en su martirio y en la resurrección de la carne. Así, pues, después de su martirio se apareció a los hermanos y les avisó restituyeran sin tardanza lo que cada uno, llevado de su caridad, había recogido de entre las cenizas, y cuidaran de que todo se pusiera en lugar conveniente.

VII. También a Emiliano, que los había condenado a muerte, se apareció Fructuoso, acompañado de sus diáconos, vestidos de ornamentos del cielo, increpándole y echándole en cara que de nada le había servido su crueldad, pues en vano creía que estaban en la tierra despojados de su cuerpo los que veía gloriosos en el cielo.
¡Oh bienaventurados mártires, que fueron probados por el fuego, como oro precioso, vestidos de la loriga de la fe y del yelmo de la salvación; que fueron coronados con diadema y corona inmarcesible, porque pisotearon la cabeza del diablo! ¡Oh bienaventurados mártires, que merecieron morada digna en el cielo, de pie a la derecha de Cristo, bendiciendo a Dios Padre omnipotente y a nuestro Señor Jesucristo, hijo suyo!
Recibió el Señor a sus mártires en paz por su buena confesión, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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