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sábado, 24 de agosto de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (17)

 Por Dr. Pbro. Joaquín Saenz
Páginas 175-187
     Copiamos a continuación del Suplemento 33 de la Revista procomunista SIEMPRE de México (3 de octubre de 1962), algunos párrafos del artículo "Católicos y Marxistas entablan un diálogo".
     "El martes 11 de septiembre, en la Escuela de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, se llevó a cabo una mesa redonda acerca del tema 'LA GUERRA FRIA EN LA CULTURA'. Tomaron parte en ella dos filósofos católicos: Jorge Portilla y el Dominico Fray Alberto de Escurdia; y dos filósofos marxistas: Adolfo Sánchez y Víctor Flores Olea".
     De lo que dijo el tristemente célebre Padre ex dominico extractaremos literalmente:
     "El marxismo no es un sistema conceptual cerrado; el cristianismo tampoco. El marxismo ha de perfeccionarse en la acción; el cristianismo también. Para el marxismo la realización humana de la libertad y dicha ha de tener lugar en la comunidad; para el cristianismo también. El marxismo es materialista; grandes teólogos cristianos lo han sido también. El marxismo es histórico; el cristianismo también, pero con una diferencia: la historicidad del cristianismo es trascendente, la del marxismo, no. Pero ambos son inmanentes, pues si el marxismo dice que la colaboración entre los hombres ha de transformar por su acción el universo, para lograr una dominación creciente sobre el mundo físico; el cristianismo debe saber que Dios N. S. puso la naturaleza en manos de los hombres para dominarla y servirse de ella, sirviendo a los demás, y que de su esfuerzo, en este sentido, ha de dar cuentas en el juicio de Dios".
     De la Revista Universitaria, de grupos comunistóides de la Universidad de México "MEXICO NUEVO", (17 de julio de 1963):
     "Así ha ocurrido, en los últimos tiempos, con el pensamiento religioso. Nuestro pueblo, católico y guadalupano, encontró en la forma social del pensamiento religioso, es decir, en la Iglesia, una oposición feroz a su lucha de Independencia, a su lucha de Reforma y a su lucha Revolucionaria, especialmente en la Reforma Agraria; pero a la larga, los cambios económicos se impusieron, y la economía colonial, la economía semifeudal y la economía dependiente del imperialismo sucumbieron, arrastrando con ellas, el divorcio entre el pensamiento religioso y el pensamiento colonial, semifeudal y malinchista.
     La Iglesia Católica tuvo que adaptarse, naturalmente, a todas las modificaciones que, en México y en el mundo, han sufrido las relaciones económicas; y Juan XXIII, con sus Encíclicas 'MATER ET MAGISTRA' y 'PACEM IN TERRIS' inició el viraje más extraordinario, realizado por la Iglesia, en los últimos tiempos, para poder sobrevivir en un Mundo en cambio acelerado y en peligro de guerra destructiva total.
     Ante el peligro inminente de cambio violento, la superestructura religiosa no tuvo más camino, que modificar sus formas todas de existencia social, convocar a la unidad, iniciar durante el Concilio Ecuménico, (entonces) inconcluído, las inevitables reformas al rito y la liturgia, y llamar a la paz mundial, apoyada en el dogma y en el plano de insólita humildad.
     Hombre de origen campesino y pensamiento humano, realista y popular, el Papa desaparecido habló un lenguaje universal, por todos comprendido y alabado, iniciando el gran viraje a la izquierda, de acuerdo con las leyes del desarrollo histórico.
     Pero, no han faltado, dentro del propio mundo cristiano, las voces que disienten del pensamiento y la orden emanadas del Vaticano en el instante supremo. Los enanos del pensamiento se exhiben en la calle y en los centros de trabajo, en corrientes politicas que agitan al país y hasta en artículos periodísticos, que el DICTAMEN, el más corruptor de la prensa nacional, no ha vacilado en publicar.
     Pero es inútil; las nuevas formas del pensamiento y la política religiosa seguirán el nuevo curso, acompañando a la zaga de los acontecimientos, el desarrollo económico mundial. 
     El nuevo Papa tendrá que seguir inevitablemente el camino trazado por Juan XXIII.

     EXCELSIOR (martes 29 de enero de 1963) publica un artículo intitulado:
     "Los Judíos y el Concilio", escrito por el P. republicano español Ramón de Ertze Garamendi. Ya antes, dicho sacerdote había dado una conferencia sobre este tema, patrocinado por la Orden Masónica 'B'nai B'rith'. De su escrito tomamos lo siguiente:
     "Preparado el terreno por los pensadores católicos, el Concilio II del Vaticano abordó la cuestión de las relaciones entre judíos y cristianos, en las últimas reuniones de su primera sesión. Así, en la Congregación General del 6 de diciembre pasado, intervino Monseñor Sergio Méndez Arceo, Obispo de Cuernavaca, sobre los problemas judío y masónico. En lo que toca al primero de ellos, el P. Conciliar Mexicano, "urgido en conciencia", hizo esta consideración: "Me pregunto a mí mismo frecuentemente cómo se representan a la Iglesia los hijos de nuestro Padre Abraham, que no creen todavía en Jesucristo. Sé muy bien que los Romanos Pontífices, sobre todo en estos últimos tiempos, han ganado la confianza del pueblo hebreo; pero no sé si todos los pastores y fieles, a pesar de todas sus acciones adversas, si es que las hay y están debidamente comprobadas, tratamos con amor a los judíos o practicamos inconscientemente el antisemitismo. "Palabras que hay que meditar", dice el sacerdote procomunista español.
     Finalmente, como señal elocuentísima de la desorientación, que todas estas tendencias acomodaticias han provocado, son las palabras memorables, que en el templo del Sagrado Corazón, que la Compañía tiene en Madrid en la calle de Serrano pronunció un jesuita español: "Nosotros, los hijos de Ignacio de Loyola, que en el siglo XVI montamos la Contrarreforma, seremos ahora los primeros en desmontarla". ¡Por demás está decir que éste es uno de los exponentes de la "nueva ola" de la Compañía de Jesús, negación, negación vergonzosa de la obra ignaciana!
     Voy a transcribir aquí el prólogo maravilloso de la obra de Maurice Pinay, cuya versión italiana vi en Roma al empezar el Vaticano II, porque considero que los acontecimientos posteriores han probado de sobra la plena información y la visión certera que los autores tuvieron al redactar esta obra, que debería haber sido leida por los Padres Conciliares, antes de emitir su democrático voto en las diversas sesiones del Concilio:
     Se esta incluyendo la conspiración más perversa contra la Santa Iglesia. Sus enemigos ambicionan destruir las más sagradas tradiciones de su doctrina, mediante reformas tan audaces y malvadas, como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas. Tales enemigos se escudan con el pretexto de 'modernizar la Iglesia y ponerla al nivel de la época', para así dejar abiertas las puertas al comunismo, acelerar la ruina del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo.
     "Aunque parezca imposible, ellos pretenden realizar todo esto en el Concilio Vaticano II. Tenemos pruebas que atestiguan que tal es lo que han tramado en secreto los altos poderes del comunismo y de la fuerza oculta que lo controla.
     "Se comenzará con un sondeo inicial, partiendo de las reformas, que provoquen menor resistencia en los defensores de la Santa Iglesia, para realizar la diabólica transformación en la medida que la resistencia lo permita.
     "Parecería todavía más increíble, a aquellos que ignoran esta conspiración, que las fuerzas anticristianas cuenten con la colaboración, dentro de la Jerarquía Eclesiastica, de una verdadera 'quinta columna' de agentes controlados por la masonería, el comunismo y el poder oculto que los gobierna, y que, entre esos agentes, están algunos cardenales, arzobispos y obispos, que froman una especie de ala progresista dentro del Concilio y que intentarán la implantación de las perversas reformas.
     "Piensan que el bloque, que se formará al principiar el Sínodo, cuenta con el apoyo del Vaticano, controlado a su antojo por "la quinta columna" de las fuerzas conspiradoras anticristianas. Nos parece esto increíble y más bien pensamos que esta afirmación sea fruto de la jactancia de los enemigos de la Iglesia y no una realidad objetiva. Sin embargo, mencionamos este absurdo, para mostrar el fin a donde se dirigen los enemigos de la catolicidad y del mundo libre.
     "Además de las reformas peligrosas a la doctrina y a la política tradicional de la Iglesia, en manifiesta contradicción con lo decretado por Papas y Concilios anteriores, se piensa anular el decreto de excomunión, promulgado por S.S. Pío XII contra los comunistas y sus colaboradores, y así establecer una convivencia pacífica con el comunismo, que, por una parte, haga perder prestigio a la Santa Iglesia frente a todos los cristianos, que luchan contra el comunismo materialista y ateo y, por otra, quebrante la moral de esos luchadores de la Iglesia, facilite su derrota y provoque la dispersión entre sus filas, asegurando así el triunfo mundial del totalitarismo rojo.
     "Estas fuerzas diabólicas preveen que pueda organizarse una resistencia, como ha ocurrido en casos similares, y se aprestan a infiltrarse también con la 'quinta columna' en la eventual ala conservadora, para sembrar allí gradualmente la desorientación en forma sutil, desmoralizarla y, sobre todo, dividirla. Esta 'quinta columna', obrando, en apariencia, en defensa de las tradiciones, estará en secreto de acuerdo con aquellos que dirigen el ala revolucionaria y progresista, para organizar con ellos el ataque del exterior, el sabotaje en el interior y terminar después con la probable resistencia; y así rápidamente realizar las reformas proyectadas en la destrucción de aquellas tradiciones, que constituyen la mejor defensa de la Iglesia, frente a sus enemigos.
     "Se procura que, por ningún motivo, sean invitados como observadores los protestantes y los ortodoxos, que luchan heroicamente contra el comunismo, y, por el contrario, quieren que sean invitados las iglesias o consejos de iglesias, que están bajo el control de la masonería y del comunismo, no obstante el poder oculto que dirige a ambos. De esta suerte, los masones y los comunistas, en hábitos sacerdotales, que usurpan los cargos directivos en esas iglesias, podrán útilmente colaborar, disfrazados, con la 'quinta columna', que las fuerzas anticristianas han introducido en el clero católico.
     "Por su parte el Kremlin ha decidido ya negar el pasaporte a los prelados firmemente anticomunistas y consentirá que salgan de sus Estados satélites de la Europa Oriental sólo sus agentes indiscutibles o aquéllos, que sin ser tales, se encuentren replegados por el temor de las represalias rojas. Así, pues, la Iglesia del silencio no intervendrá en el Concilio Vaticano, con aquellas personas que mejor pudieran defenderla e informar al Santo Sínodo sobre la verdad de cuanto acontece en el mundo comunista.
     "Lo anterior parecerá increíble al lector, pero estamos seguros que cuanto suceda en el Santo Concilio Ecuménico le abrirá los ojos y le convencerá de que estamos diciendo la verdad, ya que el enemigo piensa jugar en el Concilio una carta decisiva, pues está seguro de tener cómplices de confianza, en la mas alta jerarquía eclesiástica.
     "Otro de los planes siniestros que se están urdiendo es el inducir a la Iglesia a contradecirse, haciéndola con ello perder su autoridad sobre los fieles, porque pronto se proclamará que una institución que se contradice no puede ser divina. Con tal argumento se piensa lograr una Iglesia desierta; que los fieles pierdan su confianza en el clero y la abandonen. Se tiene en proyecto que la Iglesia declare negro lo que era blanco, y blanco lo que era negro; y lo que, durante tantos siglos, afirmó ser maldad ahora afirme que es bondad. Entre las maniobras que se preparan para tal fin, resalta por su importancia el cambio de actitud de la Santa Iglesia respecto a los reprobos judíos, como llamó San Agustín a aquéllos que crucificaron a Cristo y a sus sucesores, enemigos capitales del cristianismo.
     "Se pretende destruir la doctrina unánime de los grandes Padres de la Iglesia, aquel 'ununimis consensus Patrum', que la Iglesia considera como fuente de la fe que condenó y declaró malignos a los pérfidos judíos, que siguen combatiendo a Cristo y su obra, y declaro buena y necesaria la lucha contra ellos, como lo demostramos con citas inrrefutables de San Ambrosio, Obispo de Milán, San Jerónimo, San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Atanasio, San Gregorio Nacianzeno, San Basilio, San Cirilo de Alejandría, San Isidoro de Sevilla, San Bernardo e incluidos Tertuliano y Orígenes, estos dos últimos de ortodoxia indiscutible en sus tiempos.
     "Además, la Santa Iglesia ha luchado encarnizadamente contra los judíos no cristianos y contra el judaismo, definido por N.S. Jesucristo 'La Sinagoga a Satanás', título que continuaron usando San Agustín y los prelados de la Iglesia —como demostraremos también con documentos irrefutables— como son las Bulas de los Papas, Actas de Concilios Ecuménicos y Provinciales, como la doctrina de Santo Tomás de Aquino, Escoto y de los más notables doctores de la Iglesia. Citaremos también fuentes judaicas de autenticidad indiscutible, como la Enciclopedia Oficial del Judaismo, las obras de ilustres Rabinos y de los más famosos historiadores judíos.
     "Los conspiradores judíos, masones y comunistas pretenden que en el Concilio Vaticano II, utilizando, como ellos dicen, la ignorancia de la gran masa del clero acerca de la verdadera historia de la Iglesia, sea asestado un golpe de sorpresa o sea que el Santo Concilio condene el antisemitismo y toda lucha contra los judíos, esto es, contra aquellos que —como también demostraremos con pruebas irrefutables— son los dirigentes de la masonería y del comunismo internacional, Se quiere que los pérfidos judíos, considerados por la Santa Iglesia, durante diecinueve siglos como los mayores enemigos de Cristo, sean declarados ahora por el Concilio buenos y queridísimos hijos de Dios, víctimas de nuestro odio insano, —en contradicción con aquel 'unanimis consensus Patrum' que de nuncio precisamente lo contrario, en Bulas Pontiñcias y documentos de Concilios Ecuménimos y Provinciales.
     "Mientras los judíos y sus cómplices consideran antisemitismo toda lucha contra las fechorías de los judíos y sus conspiraciones contra Cristo N.S. y la cristiandad, los Santos Padres han declarado —como también demostraremos en este libro— que la primera fuente de estas legítimas defensas se encuentra en Cristo mismo, en los Evangelios y en la Iglesia Católica, que durante casi dos mil años han luchado con perseverancia contra los judíos, que obstinadamente se empeñan en eliminar al Mesías prometido.
     "Aquéllos pues, que auspician la condenación del mal llamado antisemitismo (porque nuestras defensas no son ni significan un racismo antisemita), quisieran que el Papa y el Concilio estableciesen y consagrasen el precedente catastrófico de que la Iglesia se desdiga de sus luchas pasadas y de que las actuales jerarquías eclesiásticas condenen, sin darse cuenta de ello, en forma implícita a Cristo N.S., a los Santos Evangelios; a los Padres de la Iglesia y a numerosos Papas —entre otros Gregorio VII (Wildebrando), Inocencio II, Inocencio III, San Pío V y León XIII, que, como demostraremos en esta obra, lucharon encarnizadamente contra los judíos y la Sinagoga de Satanás. Esos tales quisieran poner también sobre el banco de los acusados a muchos Concilios de la Santa Iglesia, como los Ecuménicos de Nicea II; III y IV de Letrán, cuyos cánones estudiaremos en este libro y que tanto se opusieron a los desmanes judíos. En una palabra, esos siniestros conspiradores —guiados por la moderna Sinagoga— pretenden que la Santa Iglesia condenando lo que ellos llaman el antisemitismo, se condene a sí misma, con los resultados desastrosos que es fácil comprender.
     "Ya en el Concilio Vaticano I esas fuerzas secretas, también en forma velada, intentaron provocar un cambio en la doctrina tradicional de la Iglesia, cuando con un golpe de sorpresa y con insistentes presiones lograron hacer firmar a muchos Padres Conciliares un 'Postulado en favor de los Judíos', en el cual, explotando el celo apostólico de los piadosos prelados, se hablaba inicialmente de un llamamiento a la conversión de los israelitas (proposición impecable desde un punto de vista teológico ortodoxo), para después inyectar cautelosamente el veneno con afirmaciones que, como demostraremos oportunamente, están en abierta contradicción con la doctrina establecida al respecto por la Santa Iglesia. Pero en aquella ocasión, cuando la Sinagoga de Satanás ya creía haber asegurado la aprobación del Concilio al Postulado, la asistencia de Dios a la Santa Iglesia impidió que Esta se contradijera a Sí misma y que prosperara la conspiración de sus enemigos milenarios. Estalló de improviso la guerra franco-prusiana; Napoleón III se vio constreñido a retirar precipitadamente las tropas que defendian los Estados Pontificios, y los ejércitos de Víctor Manuel se aprestaron a avanzar descaradamente sobre Roma, por lo que el Vaticano I fue rápidamente disuelto; los Prelados, debieron regresar con prisa a sus diócesis, antes que pudiera discutirse en el Sínodo el famoso "postulado' en favor de los judios No fue ciertamente la primera vez en que la Divina Providencia impidió con medios excepcionales un desastre de aquella magnitud. La historia nos demuestra que lo ha hecho en muchos casos utilizando, por lo común, como sus instrumentos, los Papas y piadosos prelados, como San Atanasio, San Cirilo de Alejandría, San Leandro, el Cárdenal Almerico y hasta humildes frailes como San Bernardo o San Juan Capistrano y, en algunos casos, aun Soberanos como Víctor Manuel I o el Rey de Prusia.
      "Cuando, a mitad del año pasado, tuvimos noticia de que el enemigo se preparaba al asalto con una conspiración que, como hemos dicho, pretende abrir las puertas al comunismo, preparar la ruina del mundo libre y asegurar la entrega de la Santa Iglesia en las garras de la Sinagoga de Satanás, sin perder tiempo, nos dedicamos a recoger documentos y a escribir esta obra que, más que un libro defensor de una tesis, es una recolección ordenada de actas de Concilios, de Bulas Pontificias y de toda clase de documentos de fuentes católicas. Hemos descartado todo lo que pudiera ofrecer una autenticidad o veracidad dudosa y seleccionado sólo los escritos de valor probatorio indiscutible. En este libro no sólo se denuncia la conspiración que el comunismo y la Sinagoga de Satanás han tramado para el Concilio Vaticano II, sino que se presenta un estudio concienzudo de las conjuras anteriores que en 19 siglos constituyen su precedente, porque cuanto sucederá en el actual Sínodo se intentó repetidamente en los siglos pasados. De ahí que para poder entender, en toda su importancia, aquello que está por suceder, es indispensable conocer los antecedentes y la naturaleza de la 'quinta columna' enemiga, infiltrada en el clero y que, con documentación impecable, estudia remos a lo largo de la cuarta parte de la presente obra.

     "Teniendo en cuenta que se pretende que la Santa Sede y el Concilio Vaticano II destruyan ciertas tradiciones de la Iglesia con el fin de facilitar el triunfo del comunismo y de la masonería, en las dos primeras partes de esta obra haremos un estudio minucioso, basado en las fuentes más serias, sobre lo que podría llamarse la quinta esencia de la masonería y el comunismo ateo y la naturaleza del poder oculto que los dirige; y así como la cuarta parte de esta obra es la más importante, las primeras tres y, sobre todo, la tercera hacen verdaderamente comprensible, en toda su gravedad, la conspiración que amenaza a la Santa Iglesia. Y esta conspiración no se limita a cuanto pueda suceder en el Sínodo Ecuménico, sino que mira también el futuro, porque el enemigo calcula que, si por cualquier motivo surgieran fuertes reacciones contra los reformas proyectadas y naufragase la maniobra tramada para el Vaticano II, se continuará después el ataque aprovechando cualquier oportunidad para un nuevo asalto y entregar la Iglesia en las manos del comunismo y de la Sinagoga de Satanás. Esos enemigos afirman con jactancia que ellos prácticamente gobiernan el Vaticano, por varios canales, entre los que sobresale un joven Monseñor, que ejercita una influencia decisiva.
     "Sin embargo, estamos seguros de que, a pesar de las insidias del enemigo, la asistencia de Dios a la Santa Iglesia destruirá esta vez, como las otras, sus pérfidas maquinaciones, pues escrito está: "Las Puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella".
     "Por desgracia, la elaboración de este libro tan documentado ha durado más de 14 meses, y falta poco para el comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II. Que Dios nos ayude, a fin de que, venciendo todos los obstáculos comprensibles, se pueda terminar la impresión, al menos antes que el enemigo pueda ocasionar los primeros daños. Aunque sabemos que Dios N.S. no permitirá una catástrofe, como la que tienen en programa los enemigos, debemos recordar que, como dijo un ilustre Santo, 'sabiendo que todo depende de Dios, debemos obrar como si todo dependiera de nosotros'.
     "En el segundo tomo de esta obra se incluirán las partes quinta y sexta, pero su publicación se hará después en espera de las réplicas y de las obligadas calumnias, que lanzará el enemigo, para refutarlas en forma contundente.
Roma, 31 de agosto de 1962.

DOCUMENTACION EUROPEA    
     Es abundante la documentación que comprueba el pésame universal por la muerte de Juan XXIII. Los más destacados comunistas, masones, judíos y demás altos representativos del anticristinismo en el mundo de hoy enviaron sus mensajes al Vaticano. Numerosos católicos exclamaron con indignación: ¡Qué hipocresía! ¡No pueden sentirse así apesadumbrados los excomulgados y asesinos de masas católicas!... Pero, desgraciadamente, esas condolencias fueron sinceras. La muerte de Juan XXIII no fue la primera ocasión en que las voces anticristianas lo alabaron, ni la última, pues la campaña continúa apoyando hechos políticos, ajenos a la religión, en sus palabras o en sus obras. Leamos textualmente la información que nos da el acreditado boletín de la organización 'Acción Cristiana Ecuménica', en su número del mes de junio último, sobre algunas opiniones de jefes comunistas, a propósito de la Encíclica "PACEM IN TERRIS":
     "El periódico polaco 'Zycie Warszawy', del 11 de abril, asegura que 'con toda tranquilidad puede ser considerada como la encíclica de la coexistencia pacífica' (en terminología leninista-stalinista todavía vigente); 'es el arma más efectiva de la revolución socialista en la actual etapa del imperialismo y del movimiento proletario'.
     "El Secretario General del Partido Comunista británico, John Gollan dijo, ante la televisión, el 21 de abril, que 'le había sorprendido y alegrado la Encíclica de Pascua' y que por ello 'había expresado su satisfacción más sincera en el reciente XXVIII Congreso del Partido'; y, a su vez, el órgano oficial del Partido Comunista Francés, L'HUMANITE' del día 11, después de un largo resumen de la encíclica, publicaba un artículo de Gilber Mury, al que pertenecen los siguientes párrafos: 'En la medida en que el grito de alarma, lanzado por el Papado, expresa los profundos sentimientos de enormes masas cristianas, éstas se unirán y reforzarán el campo de los hombres de buena voluntad, que luchan por impedir el desencadenamiento del cataclismo. La vía que lleva a esta unión necesaria está abierta desde ahora. Ciertamente, el idealismo religioso no se convierte, por esto, en una fuerza de progreso. Pero es ya una inmensa satisfacción ver a la MAS ALTA AUTORIDAD CATOLICA TOMAR POSICION EN EL MOVIMIENTO MAS AMPLIO DE LAS MASAS'
     'PRAVDA' de Moscú, el 14 de ese mismo mes, señalaba: 
     "la prensa democrática y la población pacífica Italiana ha recibido con buenos deseos la encíclica del Papa Juan XXIII. Por supuesto, la encíclica contiene también ideas con las cuales es imposible estar de acuerdo. Sin embargo, lo fundamental consiste en que la encíclica, en su base, va dirigida a evitar el peligro de la guerra'
     Por último, para terminar de alguna manera este recuento de beneplácitos comunistas, recordemos que Palmiro Togliatti, Secretario General del Partido Comunista Italiano, en una conferencia de prensa con los periodistas y corresponsales extranjeros, en Roma, ha dado también su opinión. Hablando de la encíclica dijo textualmente: 
     'Se trata de un documento cuya importancia sale del marco de la campaña electoral en Italia'; y, según él, el más importante aspecto del documento es el referente 'al nuevo concepto político de la Historia, de esa Historia, que ha sido hecha por los hombres y por la inteligencia humana, y de la que somos parte integrante. Los hechos principales de la historia contemporánea son la liberación de los países colonizados y la creación de los Estados socialistas. La encíclica papal y su llamamiento para la conservación de la paz representan, pues, en su esencia, un importante paso adelante, en el sentido de la obra humana, para salvar nuestra civilización'. 
     Otro documento, que está bajo mi vista y que reproduciré, por mi firme convicción de que debe ser dicha toda la verdad, que ayude a esclarecer la confusión presente, es un artículo que, bajo el título 'La obra de Mons. Roncalli, durante las persecuciones' aparece en el SETTIMENALE EBRAICO, de Roma, 13 Giugno 1963, que edita la Comunidad Israelita de Roma. Traduzco fielmente del original italiano los últimos cuatro párrafos del artículo:
     "En el añor de 1944, Hirschmann se encontraba en los Balcanes como enviado personal del presidente americano Roosevelt, con el encargo de socorrer a los judíos de aquellos países. Aquel mismo año, el Nuncio Angel Roncalli se encontraba en Turquía como Delegado Apostólico. Hirschmann pidió audiencia al futuro Papa para pedirle que la Iglesia Católica, todavía poderosa en aquel tiempo en la Hungría, invadida por las fuerzas nazistas, cooperase para salvar a los judíos de la destrucción en masa. 'Nunca he encontrado un hombre, cuya cordialidad y calor humano, fueran así radiantes', declaró Hirschmann, recordando aquella conversación.
     "Después de haber sorbido juntos dos vasos de vino, el Nuncio escuchó las palabras del enviado de Roosvelt. ¿Piensa, preguntó luego a Hirschmann, que los judíos de allá abajo esten dispuestos a someterse al rito del bautismo?'.
     "El americano creyó poder asegurar que lo consentirían, a fin de evadirse a las persecuciones. El Nuncio dispuso entonces que el clero húngaro procediese al bautismo de los judíos, entregándoles el certificado correspondiente. Como católicos los judios tuvieron la posibilidad de estar en seguridad, quedando dentro del ámbito de la Iglesia o continuando por su propio camino'. (O sea permaneciendo judíos).
     Hirschmann añadió que grupos de judíos húngaros, que actuaban clandestinamente en Hungría imprimieron más tarde miles de certificados de bautismo, sin celebrar el rito católico. Según Hirschmann, Mons. Roncalli se enteró, pero no dijo nunca nada. 'Se trató de un amoroso servicio de parte de un gran hombre', comentó Hirschmann".

     El documento referido nos debe arrancar un grito de alarma en estos días, en que un grupo de Eminentísimos Cardenales y Sres. Obispos trabaja, bajo la presión de las organizaciones internacionales político-económico-publicitarias, que están dominadas por los judíos, con el fin de que la Iglesia Católica reconsidere su actitud milenaria con respecto al pueblo que rechazó a Jesús como Mesías y que, a través de todas sus generaciones, ha combatido furiosamente su obra. Se pretende que el Concilio Vaticano II intervenga en cuestiones de antisemitismo, cuando la verdad es que la propia Iglesia, desde los primeros días de su existencia, ha tenido que tomar medidas protectoras contra sus insidias, herejías y crímenes. Se pretende reivindicar a los judíos de su culpabilidad del deicidio, arrojándola sobre los romanos, en contradicción con las eternas enseñanzas de la Iglesia y del más estricto rigor histórico. Se pretenden buscar alianzas con las sectas masónicas que son, según está probado en libros de eximios eclesiásticos, creación e instrumento del judaismo, y se pretende, en fin, un entendimiento con el comunismo del que sus ideólogos, realizadores y dirigentes son judíos, en su inmensa mayoría, como nos enseñan numerosos y bien documentados libros.
     La autorización, dada por el Nuncio Roncalli, según el testimonio no refutado de Hirschmann, publicado en la misma Roma, nos atestigua un hecho increíblemente vergonzoso, ya que es la justificación de una simulación sacrilega del bautismo, sacramento de la Iglesia, para librar a los judíos de la peresecución nazi. El fin, por noble que sea, no justifica los medios intrínsecamente perversos.
     No es ninguna exageración el afirmar la infiltración judeo-masónica en la Iglesia, antes del Vaticano II. La propia prensa internacional se ha referido a estas maniobras. En el diario comunista de Roma 'Paese Sera', del 13 de octubre de 1962, en la pág. 12 y bajo el título '¿Hacia una revisión de la acusación del deicidio dirigido a los judíos?' se dan detalles sobre el entendimiento entre Jerarquías Católicas y miembros de la Alianza Ismaelita Universal. Otro diario de Roma, de orienteción católica, 'Il Giornale d'Italia' publica en su edición del 1 de febrero de 1963 un amplio artículo de Filipo Pucci, en el que, bajo el título 'El Vaticano II examina el problema del antisemitismo', se informa de la reunión que el día anterior tuvieron el Cardenal Bea y el Presidente mundial de la B'nai B'rith, señor Label Katz. El cardenal hizo elogios increíbles del pueblo judío y ofreció que el Secretariado para la unión de los cristianos, que él preside, favorecería las peticiones de los judíos, existiendo ya un estudio preparado a ese fin. Es decir, que en nombre de la de la unidad de los cristianos se recibe al jefe de la máxima organización judeo-masónica del mundo y se elogia y ofrece apoyo a los más acérrimos anticristianos.
     Los Padres Conciliares tienen ya conocimiento de estas maniobras, a que me refiero, pues se recordará que el día 6 de diciembre de 1962, en una de las últimas sesiones del Parlamento de Dios, el obispo mexicano Méndez Arceo propuso se revisara la actitud de la Iglesia, con respecto a la masonería y a los hijos de Abraham, según leo en la Revista 'Civiltá Cattolica' del día 19 de enero de 1963.

viernes, 16 de agosto de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (16)

Dr. Pbro. Joaquín Saenz Arriaga
(Páginas 163-175)
 
EL ARMONIOSO CONJUNTO DE LOS ENEMIGOS

     Hay un punto gravísimo, de importantísima significación, sobre el cual ya se ha hablado, aunque, tal vez, no con la sinceridad, ponderación y necesaria claridad de conceptos, que el caso exige y amerita. Me refiero a las repercuciones clamorosas y excepcionales que los escritos y las actuaciones de Juan XXIII y Paulo VI, y los dos acontecimientos que separan y unen sus pontificados: la muerte del primero y la elección y coronación del segundo, han provocado entre los afiliados a la masonería y al comunismo. El fenómeno no tiene paralelo ni precedente en la reciente historia de la Iglesia. Tiene proporciones universales y escandalosas. Lo mismo en Italia que en Francia, Estados Unidos, Alemania, España o Portugal; lo mismo en México que en Rusia y Cuba, todas las corrientes subterráneas de destucción y de odio se unieron pública y descaradamente para aplaudir las tendencias progresistas —según ellos dicen— de los dos papas y para entonar una plañidera elegía ante la tumba del Pontífice de la Tolerancia. El "New York Times" fue el que inició esta campaña.
     Para explicarnos estas voces acordes de enemigos de la Iglesia, muchos católicos dicen sonriendo: "Es natural que ellos traten de llevar el agua a su molino. Las palabras y actitudes de los dos últimos papas y especialmente las de Juan XXIII, han sido malévola y torcidamente interpretadas, como si ellas fueran una implícita aceptación del racionalismo, del materialismo, de la masonería y del comunismo".
     a) Mas, esta explicación, por simplista es pueril e inadmisible. Nunca antes la masonería y el comunismo habían tenido aceptación ni encomioso comentario para las personas de los Papas, ni para sus Encíclicas o actuaciones. León XIII, Pio XI y Pío XII habían expuesto clara y magistralmente la doctrina social de la Iglesia, que se funda, de modo invariable, en la ley natural y en las enseñanzas divinas del Evangelio eterno; y, sin embargo, sus maravillosos documentos fueron ignorados, cuando no falseados y dolosamente impugnados por los secuases del error y de la iniquidad.
     b) El fenómeno escandaloso, que estamos examinando, supone, desde luego, un origen común, una fuerza impulsora, que extiende sus tentáculos poderosos por todo el mundo. No es un fenómeno aislado, que admitiría, tal vez, otras explicaciones; es un hecho universal, sincronizado, en perfecta armonía de conceptos, de actuaciones y hasta de palabras. Los mismos adversarios lo hacen notar en sus comentarios.
     c) Por otra parte, la lógica nos dice que, cuando los enemigos aplauden jubilosos las palabras papales, cuando recomiendan la lectura y meditación de esos documentos, es porque encontraron en ellos una terminología, un estilo, unas ideas, que, equivocadamente si lo queréis, ellos sostienen y pretenden demostrar que son las suyas propias.
     d) En esta confusión ideológica, en la que es difícil precisar nuestras posiciones, la fe de muchos se inquieta, vacila, está en peligro de perderse. La coexistencia entre el error y la verdad es tan absurda como la identidad ontológica del ser y del no ser.
     e) No negaremos que "razones de emulación, de prestigio, de orgullo o de ambición pueden perpetuar disidencias, que, tal vez, habrian tenido razón de ser en el pasado, pero que ahora resularían disidencias anacrónicas". Pero, no podemos confundir con esas desidencias los puntos dogmáticos, los principios inmutables, las verdades ya definidas por el Magisterio auténtico e infalible de la iglesia. Si abandonásemos esa intolerancia doctrinal, esa posición, definida e invariable, nuestra fe se habría desmoronado, habríamos traicionado al mismo Cristo y a su Iglesia.
     f) Toda esta argumentación, todo ese cúmulo de documentos, nacionales y extranjeros, católicos y no católicos, que sobre estos asuntos hemos visto, parecen comprobar de una manera apodíctica la tesis sustentada por Maurice Pinay en su famoso libro "Complotto contro la Chiesa", que hemos encontrado acá en Europa y que oportunamente fue distribuido entre todos los Padres Conciliares, al empezar el Vaticano II. El autor denuncia una conjura urdida por las fuerzas políticas del semitismo universal contra la Iglesia Católica, con ocasión del XXII Concilio Ecuménico. Ese prólogo es una verdadera anticipación de lo que estaba planeado; de lo que iba a suceder en ese Sínodo. Por parecernos importantísimo, entre la documentación que presentamos, nos permitimos hacer una traducción al castellano del Prólogo, ya que en él encontramos la síntesis del libro. Es curioso sorprender tan palpable coincidencia entre los conceptos expresados en dicho Prólogo con la gran variedad de documentos, que habían anteriormente pasado por mis manos.
     g) Finalmente, he procurado hacer un enjundioso compendio de documentos europeos que, según podrá el lector analizar en su lectura, demuestran la razón de las inquietudes que, en estos cruciales momentos, sacuden la fe de innumerables miembros de la Iglesia docente y más aún de la discente.

ALGUNOS DE LOS DOCUMENTOS MAS IMPORTANTES QUE HEMOS VISTO Y QUE FUNDAMENTAN NUESTRO RACIOCINIO.
     1) "La Gran Logia Occidental Mexicana de Libres y Aceptados Masones, con motivo del fallecimiento del Papa Juan XXIII hace publica su pena por la desaparición de este gran hombre que vino a revolucionar las ideas, pensamientos y formas de la liturgia católica romana".
     "Las Encíclicas 'Madre y Mestra' y 'Paz en la Tierra' han revolucionado los conceptos en favor de los Derechos del Hombre y su Libertad".
     "La humanidad ha perdido a un gran hombre, y los Masones reconocemos en él sus elevados principios, su humanitarismo y su condición de Gran Liberal".
Guadajara, Jal. Méx. a 3 de junio de 1963.
Lic. José Guadalupe Zuño Hernández. 
(Tomado del diario "el Informador, martes 4 de junio 1963)

     2) Nos permitimos copiar ahora dos artículos, tomados del "Boletín Masónico, órgano oficial del Supremo Consejo del grado 33 del Rito Escocés Antiguo y aceptado, para la Jurisdicción Masónica de los Estados Unidos Mexicanos, con sede en Lucerna 56. AÑO XVIII — México, D. F. mayo 1963. n° 220.

LA LUZ DEL G.A.D.U. ILUMINA EL VATICANO.
(La Luz del Gran Arquitecto del Universo)
     La Encíclica "PACEM IN TERRIS", dirigida a todos los hombres de buena voluntad, ha producido, en general, confortadora esperanza. Lo mismo en los países democráticos que en los comunistas, se ha elogiado sin reserva. Solo las dictaduras católicas han fruncido el ceño y tergiversado su espíritu.
     Para nosotros, gran número de conceptos y doctrinas, de los que en ella se exponen, son familiares. Los hemos oído, a través de los tiempos, de labios de ilustres hermanos nuestros racionalistas, liberales o socialistas. Podríamos afirmar, después de calibrar bien el valor de las palabras, que en sus afirmaciones fundamentales —una vez desprovista de la proverbial ojarasca, que caracteriza la literatura del Vaticano— la Encíclica "Pacem in Terris" es una vigorosa exposición de la doctrina masónica. Como destinatarios, en parte, de la Encíclica, por ser nosotros hombres de buena voluntad, no dudamos en recomendar su meditada lectura.
     El slogan de Paz ha figurado en los labios de la mayoría de los Pontífices, aunque los actos no hayan correspondido siempre a las palabras. El historiador Lafuente -católico, por cierto- escribe que los Jerarcas de la Iglesia fueron más guerreros que religiosos. Tan diestros en el uso de la espada como en el del hisopo, olvidaron, con frecuencia, que mejor estarían en la Iglesia que alentando a sus belicosas huestes en el campo de batalla. Durante muchos siglos las luchas se entablaron unas veces entre la Cruz y la Media Luna y otras entre Reforma y Contrarreforma, batallas implacables que duraron centurias y que fueron amenizadas por las consabidas "cazas de brujas" y quema de herejes A.M.D.G. Algunos Pontífices fueron, por naturaleza, valerosos guerreros. Julio II, por ejemplo, llevaba más tiempo la coraza que el palio y más la espada que el báculo pontifical.
     En las guerras carlistas españolas los curas fueron feroces guerrilleros, al igual que en la lucha entre el Gobierno republicano y el facismo, en que tomaron tan prominente parte; y viva está, todavía, en la memoria de los revolucionarios mexicanos, sus luchas cruentas contra los "cristeros". La Encíclica de Juan XXIII no se limita a una formularia invocación de paz y a una platónica condenación de la guerra, que no impidió a sus antecesores el bendecir a los ejércitos, que marchaban al combate, personalmente o por delegación de sus obispos. Juan XXIII pide una paz fundada en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad; el cese de la competencia armamentista; que las armas nucleares sean prohibidas, y que se llegue a un acuerdo general acerca del desarme progresivo y de un método efectivo de vigiancia.
     La herencia judaica del implacable Dios del Sinaí que, al igual que los dioses homéricos, se complacía en intervenir personalmente en las batallas, deja libre el paso al Cristo de la paz y del perdón. En esta Semana Santa se ha enterrado a un Dios, que, esperamos, no volverá a resucitar jamás: el implacable Dios de las Batallas. De acuerdo con la Encíclica, Santiago Matamoros debe envainar su espada.
     Juan XXIII agrega que el bien común universal plantea problemas de dimensiones mundiales, que no pueden ser abordados ni resueltos adecuadamente, sino mediante el esfuerzo de autoridades públicas que estén en posición de funcionar en una forma efectiva sobre una base mundial. Vieja idea de un gobierno Mundial expuesta a fines del siglo por el Gran Maestro León Boreois, Presidente del Gobierno francés y Premio Nobel, y, en este siglo, en forma de creación de los Estados Unidos de Europa, por nuestro hermano Briand.
     Exalta Juan XXIII la virtud y la dignidad humana y declara que todo hombre tiene derechos y obligaciones que emanan de su naturaleza y que son, por tanto, universales, inviolables e inalienables. Todos los hombres son iguales, por razón de su dignidad humana y quien posee estos derechos tiene la obligación de reclamarlos como marca de su dignidad. Consecuencia de esta declaración: exalta los regímenes democráticos y las constituciones políticas, como la mejor forma de Gobierno de nuestro tiempo. Declara que un Estado no puede desarrollarse restringiendo u oprimiendo a otro Estado y recuerda las palabras de San Agustín: ¿Qué son los reinos sin justicia sino una banda de ladrones?
     Consecuentemente con estas teorías condena en forma clara las dictaduras diciendo: Aunque la autoridad venga de Dios, los hombres tienen derecho a escoger a quien ha de gobernar el Estado, a decidir la forma de Gobierno y a determinar, tanto la forma como ha de ejercitarse la autoridad, como los límites de ésta. Si un Gobierno no reconoce los derechos del hombre o los viola, no sólo no cumple su obligación, sino que sus órdenes carecen por completo de fuerza jurídica. Cualquier sociedad humana que sea establecida bajo regímenes de fuerza, debe ser considerada como inhumana, puesto que la personalidad de sus miembros está restringida o reprimida.
     Por haber dicho mucho menos están encarcelados millares de personas en España, Portugal y varias repúblicas Hispanoamericanas. Suponemos que los amados hijos en Cristo del Pontífice Juan XXIII: Francisco Franco, Oliveira Salazar, Stroessner, Somoza, etc. habrán enrojecido de vergüenza al leer estas palabras, ¡si es que pueden enrojecer los tiranos con algo que no sea la sangre de sus víctimas!
     Por ley natural —dice Juan XXIII— todo ser humano tiene derechos consustanciales con su persona. Los derechos humanos —comentamos nosotros— no son, pues, una concesión divina o de Jefes de Estados ungidos con la gracia de Dios. Nacen del derecho natural, doctrina más Roussoniana que católica. Entre estos derechos menciona el Pontífice la libertad para buscar la verdad y para expresar y comunicar sus opiniones, el derecho a la vida y a su desarrollo, ropa, abrigo, descanso, servicios sociales, seguridad en caso de enfermedad, incapacidad para el trabajo, viudez, ancianidad y desempleo. Estos derechos —decimos nosotros— se han ido conquistando, gracias a las organizaciones obreras y cruentas revoluciones en el ultimo tercio del siglo pasado y lo que va de esta centuria. Pero, ¿qué había hecho la Iglesia Católica por imponer a sus fieles el respeto a estos derechos en los primeros diecinueve siglos de su existencia? ¿Qué había dicho de ellos la Verdad Revelada?

     Los trabajadores de todo el mundo —dice el Papa— se niegan a ser tratados como si fueran objetos irracionales, sin libertad, a ser usados a la disposición arbitraria de otros. ¿Quién los trató así durante siglos? Los señores feudales católicos, los Monarcas por la Gracia de Dios, los patronos y grandes capitalistas, fieles cumplidores de diezmos y primicias y en constante rebeldía con las leyes sociales.
     Como algo nuevo, en la tradición católica, Juan XXIII habla de la dignidad humana de la mujer y de su paridad de derechos con los del hombre, tanto en la vida doméstica como en la pública. Conviene recordar la tradición de la Iglesia para celebrar, aun más, este cambio de actitud. Eva, extraída de un hueso supernumerario de Adán para ser su compañera, perdió al género humano y por su culpa la maldición divina recayó sobre sus hijos de generación en generación. Numerosos Santos, cuyos complejos explicaría el más modesto discípulo de Freud, dedicaron a las mujeres mil ternezas: "No hay bestia salvaje tan dañina como la mujer", clamó San Juan Crisóstomo. "Es un hombre frustrado, un ser ocasional" afirmó Santo Tomás. "Es una bestia, ni firme ni estable" agregó San Agustín. No es extraño que las ideas de estos santos, que tantas mujeres veneran en los altares, influyeran en los Padres de la Iglesia hasta el extremo de llegar a discutirse en un Concilio, si las mujeres tenían o no alma. La tradición misógena ha sido superada y a ello ha contribuido, sin duda, el culto Mariano; Juan XXIII ha dado ahora un definitivo espaldarazo de ciudadanía a nuestra eterna musa y compañera. En este aspecto quizás algunos masones tengan algo que aprender.
     Hay una declaración en la Encíclica de Juan XXIII que, aunque figura al principio de la misma, hemos dejado para nuestros comentarios finales, por ser la esencia misma de la doctrina masónica: "Todo ser humano tiene el derecho de honrar a Dios, de acuerdo con los dictados de una conciencia proba,". Por sostener este mismo principio miles de racionalistas y heterodoxos ardieron en las hogueras de la Inquisición; por decir eso mismo, fuimos excomulgados los masones por Clemente XII y siete Pontífices más. Las afirmaciones de tolerancia y libertad de conciencia de Juan XXIII, en momentos en que los grandes Jerarcas de la Iglesia preparan sus conclusiones para el Concilio Vaticano, hacen suponer que quizás la Iglesia Católica cambie su política de fanática intolerancia. Eso iría ganando la humanidad.
     Juan XXIII termina su Encíclica afirmando que estos principios doctrinales suministran al católico una base de entendimiento en la que puede encontrar tanto a los cristianos separados, como a los seres humanos, que no estén iluminados por la fe de Cristo, pero que estén dotados de la luz de la razón y de una honradez natural y práctica.
     Alabamos las buenas intenciones del Pontífice de la Tolerancia. Su doctrina humanista nos merece respeto. Suponemos que, en bien de la humanidad, para la causa de la paz, del desarme, de la prohibición de armas atómicas, y para garantizar el derecho a la vida, a la libertad y a la dignidad humana, ni un solo hombre de buena voluntad rehuirá el diálogo. Los que estamos seguros de que habrán de rehuirlo con sus amados hijos en Cristo, que condenan a sus pueblos al hambre, la desesperación y la miseria, los que suspenden indefinidamente las garantías Constitucionales, los mercaderes de las cosas santas, los sacerdotes y obispos, que todavía velan sus armas en las trincheras de la contrareforma.

     Del mismo Boletín sacamos el siguiente

DIALOGO FANTASMAGORICO ENTRE JUAN XXIII Y MAXIMILIANO ROBESPIERRE
     Era una noche tempestuosa del mes de marzo. Una lluvia persistente y un viento huracanado azotaban los cristales de la recámara papal. Alumbrado por la débil luz de una lamparilla y el fulgor intermitente de los relámpagos, el Pontífice Juan XXIII reposaba en el lecho, después de un día de intenso trabajo. El Padre Francisco recostado en el respaldo de un sillón, contemplaba cerca de la ventana, el majestuoso espectáculo de un cielo cargado de nubes, desgarradas por frecuentes relámpagos.
     P. Francisco: ¡Qué tormenta, Santo Padre! Dicen que fue bajo una tempestad como ésta, cuando el Primer Concilio del Vaticano instituyó el dogma de la infalibilidad del Papa.
     Juan XXIII: También fue en medio de truenos y relámpagos cuando se promulgó la ley mosaica en el Sinaí.
     P. Francisco: También he oído decir que fue en un atardecer tempestuoso cuando N.S. Jesucristo se apareció a Vuestro santo antecesor. ¿Creéis vos, Santo Padre, en las apariciones?
     Juan XXIII: Nuestra Santa Iglesia tiene su fundamento en una de ellas;. Recuerda que Jesús se apareció a Pedro, cuando huia de la ciudad y le obligó a volver a Roma, donde murió sacrificado en la Cruz.
     P. Francisco: Ya recuerdo. ¿Quo vadis, Domine?. Cuenta la hermana Pascualina que ella escuchó el diálogo entre Pío Xll y Nuestro Señor. Dice que ella entraba en la recámara llevando una taza de café y oyó a Pío XII que decía: "No me abandones todavía, Jesús mío", y pidió a la hermana Pascualina otro cafe mas. ¿Creéis Vos en esto, Santo Padre?
     Juan XXIII: Para el Señor no hay nada imposible. Jesús, después de su Resurrección, asistió a una comida en Emaús... Bien quisiera yo merecer el privilegio de su inspiración para la Encíclica que voy a dirigir a los fieles este Jueves Santo.
     P. Francisco: Descansad tranquilo, Padre Santo; vuestra Encíclica no desmerecerá de la "Mater et Magistra".
     (El rostro fatigado del Pontífice va adquiriendo la serenidad del sueño. Un dulce sopor va venciendo también al P. Francisco mientras la lluvia continúa su monótono repiqueteo en los cristales)
     Cerca del lecho del Pontífice va dibujándose, cada vez con más firmeza, la sombra de una conocida figura de la Convención. Tocada su cabeza con fina y empolvada peluca; su frente era grande y despejada los ojos alargados, los pómulos salientes y la barbilla redonda. Vestía casaca azul y camisa blancos, calzon de piel de gamo y botas altas. Sobre la blanca pechera se destacaban grandes manchas de sangre y en derredor de su cuello se percibía una marcada y profunda línea roja.
     Juan XXIII: No es de ti, Robespierre, de quien esperaba inspiración.
     Robespierre: Si lo deseas, me retiro; y perdóname, Santo Padre, el tuteo. El terrorista y ateo Hebert, a quien yo mandé guillotinar, nos obligó en la Convención a tutearnos. ¡Y es tan difícil para un muerto cambiar de costumbres!
     Juan XXIII: Llámame como quieras. No me molesta hablar contigo. Siendo yo en Francia el Nuncio Roncalli visité varias veces el Museo Carnavalette, donde hay muchos recuerdos tuyos. Vi la proclama incitando a la insurrección, que sólo llevaba las dos primeras letras de tu apellido... Fue entonces cuando dispararon sobre ti... Siempre tuve curiosidad por tu persona y cuanto a tus ideas; el Nuncio Roncalli tuvo amistad con grandes Maestros, como Marsoudón, Ramadier, Mendez france y Guy Molet. Hace pocos días he recibido a Adjubey y quizas muy pronto reciba a Kruschev; y éstos son ateos integrales. Tú, en cambio, creías en el Ser Supremo y en la inmortalidad del alma. Tú eras un hombre religioso.
     Robespierre: ¡Gran fiesta fue la que organicé en honor del Ser Supremo! Yo vestía este mismo traje, el que después llevé en Thermidor. Iba delante de los Diputados de la Convención y detrás de nosotros venían varios cientos de miles de ciudadanos. Acerqué la tea incendiaria a la estatua deforme del Ateísmo y esperé a que de entre las llamas surgieran los atributos de la razón y de la virtud. Antes, en mi discurso en la Convención, había exaltado el culto al Ser Supremo, como un golpe mortal al fanatismo y a la intolerancia religiosa. Hablé de una religión, sin verdugos ni víctimas, en el que todas las almas se confundieran en el amor al creador de la naturaleza —en el Gran Arquitecto del Universo—. Proclamé el derecho de todo hombre a adorar a Dios, conforme a los dictados de su propia conciencia; a buscar su verdad por medios que la razón le dicte. Yo, como mi Maestro Rousseau, fuimos grandes humanistas; teníamos confianza en la bondad innata del hombre; en que era la sociedad la que nos hacía malos. El mejor culto al Ser Supremo es la práctica de los deberes del hombre. Esa es la única garantía de la felicidad social.
     Juan XXIII: Me extraña oir hablar de deberes al paladín de los derechos del hombre.
     Robespierre: Es que ambos conceptos son recíprocos y emanan de nuestra misma naturaleza; por eso son universales, inviolables e inalienables. Tú sabes que la declaración de los Derechos del Hombre, en Filadelfia, fue obra de nuestra Augusta Orden. Más tarde, la Convención proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de la que yo fui uno de los redactores: "La igualdad de los Derechos del Hombre está fundada en la naluraleza -decíamos-. El pueblo es soberano y el Gobierno es una delegación suya. La ley es igual para todos. Nada debe prevalecer contra la voluntad general". Ya no se cuáles eran las palabras de Rousseau y cuáles nuestras, pero ellas son la esencia de la doctrina liberal y racionalista, que la Iglesia Católica ha considerado pecado. Y, sin embargo, nuestra Revolución ha sido para la Humanidad lo que la brújula para el navio: ésta no ve el puerto, pero conduce a él.
     Juan XXIII: Los Derechos del Hombre están hoy reconocidos por todas las Constituciones políticas. Fue un triunfo vuestro, pero ya, muchos siglos antes, Jesús había proclamado la igualdad de todos los hombres.
     Robespierre: Cristo proclamó a todos los hombres iguales ante Dios; pero nosotros los hicimos iguales ante la ley.
     Juan XXIII: La Iglesia siempre defendió los derechos humanos y se inspiró en el amor de Cristo a sus semejantes.
     Robespierre: Sí, en la doctrina; pero habéis permitido que los jefes de Estado, que se llaman católicos, los burlen y escarnezcan. Los artículos de la Constitución, en que se consagran esos derechos, están suspendidos, durante décadas y a veces por períodos de más de veinticinco años. La Iglesia ha amparado y propiciado las dictaduras en España, Portugal y la mayor parte de las Repúblicas Americanas. Todos los dictadores, que violan continuamente los derechos humanos, son amadísimos hijos vuestros. No ha habido un solo Papa que, por violar las doctrinas de la Iglesia, haya excomulgado a uno solo de los dictadores y algunos han recibido del Pontífice la Rosa de Oro.
     Juan XXIII: No de mis manos. Cierto que Pío XII la dio al General Franco —representado en su esposa— y que en España no rige Constitución alguna; pero, mi ilustre antecesor, a quien el mundo ha llamado el Papa de la Paz...
     Robespierre: Perdóname, pero no me alabes a Pío XII. Ningún Papa ha pronunciado tantos discursos, ni lanzado tantas Encíclicas como él, y no encontrarás en ellas ni una sola palabra para protestar contra los campos de concentración, las deportaciones en masa, las cámaras de gases, el exterminio del pueblo judío y de los masones.
     Juan XXIII: Me extraña ese sentimentalismo en quien instituyó el terror.
     Robespierre: ¡Tu quoque, Pater mi!... En todo el período del terror hubo menos víctimas que en una sola de las gloriosas batallas de Napoleón; menos de las que llevó a la hoguera Domingo de Guzmán, a quien tenéis en los altares. Yo tuve el valor de defender la paz, en los Jacobinos, frente a la opinión de la inmensa mayoría de los franceses; defendí la virtud y la dignidad humana y luché contra la inmoralidad y la corrupción. Me atacaban, porque el pueblo pedía el poder para mi, el más virtuoso, el único que podía haber salvado a Francia. Mis ideas no permitieron esclavizar a mi pueblo en nombre de la libertad. Preferí morir, a asumir la dictadura.
     Juan XXIII: Yo también odio la dictadura. Como sabes, soy infalible; y, sin embargo, he convocado el Concilio: mi Convención. No sé qué va a decir la Iglesia en cuestión de doctrina. ¡Ah! si todos mis colaboradores fueran como Lienart, Bea, Méndez Arceo! Pero, todavía hay muchos que quisieran encender otra vez las hogueras de la Inquisición. ¡Si tú conocieras a Ottaviani y a los Obispos españoles, émulos de Torquemada!
     Robespierre: Pero conocí a Fouché, a Fouquier Tinville, a Barrás, a Tallien. Guárdate de tus enemigos, mejor que yo me guardé de los míos.
     Juan XXIII: Nada me importa ya. He dejado una doctrina social y un espíritu de tolerancia, que espero no se borre. Ya soy muy viejo Tú, en cambio, moriste tan joven!
     Robespierre: Los que tenemos un destino histórico que cumplir morimos cuando se cumple ese destino. (Poco a poco la figura del "Incorruptible" se ha ido desvaneciendo...).
     Juan XXIII: Padre Farncisco; enciende la luz. Durante mi sueño me han brotado algunas ideas, que quiero que anotes para mi Encíclica. Ya les darás forma. Escribe: "Todos los hombres tienen derecho a adorar a Dios, conforme a los dictados de su conciencia; a buscar su propia verdad para expresar y comunicar sus opiniones".
     P. Francisco: ¡Perdón, Santo Padre, el Concilio de Trento decía...
     Juan XXIII: Yo no he venido a continuar las luchas religiosas sino a enterrar la Contra-reforma. Quiero hablar de tolerancia, de los derechos del hombre y de sus deberes, de la virtud y de la dignidad humana; quiero desenmascarar las dictaduras y proclamar que la igualdad entre los hombres nace de su naturaleza y que todos los pueblos deben ayudarse mutuamente.
     P. Francisco: ¡Qué bueno sois, Santo Padre! ¡Vos también como San Francisco, besaríais a un leproso!
     Juan XXIII: Quiero hacer algo más. Tu Santo patrón había llamado hermano al lobo; pero nadie, hasta ahora, ha llamado, desde la silla de San Pedro, hermano al HOMBRE. Al ser humano, sin distinción de razas, de país, creencias, ni de religiones. Yo quiero dirigir mi Encíclica a TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD.
     El P. Francisco ha levantado, asombrado, su cabeza. Los ojos del familiar parecen espantados. De su nariz aguileña han caído los lentes y su mano ha dejado resbalar la pluma.
     Amanecía. La luz pálida de la aurora daba un misterio espectral a la escena que relatamos.
 NOTA DEL AUTOR.—Estos dos documentos, tomados, como hemos dicho, del Boletín oficial masónico, órgano oficial del Supremo Consejo del grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, nos están haciendo sensacionales revelaciones que explican ampliamente la crisis pavorosa, por la que está pasando la Iglesia de Cristo. Estos documentos prueban, por sí solos, la inspiración de la anti-Iglesia judeo-masónica en esta verdadera revolución religiosa, que estamos presenciando. No es el Espíritu Santo, sino Robespierre el que ha inspirado la "MATER ET MAGISTRA", "LA PACEM IN TERRIS" y otros documentos más recientes, que siguen despertando la inconformidad con el pasado, el cambio de todas las estructuras y el espíritu combativo de las guerrillas. No es la doctrina de Cristo, sino la doctrina prefabricada por el Judaismo Internacional y su mesianismo materialista, adaptada dócilmente por las logias masónicas, la que parece exponerse en esos documentos novedosos. Si no nos alargásemos demasiado, podríamos hacer un análisis minucioso de lo que se afirma en estos documentos y lo que se proclama como doctrina católica del siglo XX, en los documentos papales de Juan XXIII, Paulo VI y el Vaticano II. El paralelismo es perfecto, en muchas ocasiones.

lunes, 5 de agosto de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (15)

Pbro. Dr. Joaquín Saenz Arriaga
pág. 152-163

LO QUE HAN ENSEÑADO PIO IX, LEON XIII, PIO XI Y PIO XII.

     Ya Gregorio XVI, en su Encíclica del 15 de agosto de 1832 "MIRARI VOS", nos escribe con lenguaje aterrador los preludios de la hecatombe presente, que estamos ahora pasando:
     "Tristes, en verdad, y con muy apenado ánimo Nos dirigimos a vosotros, a quienes vemos llenos de angustia al considerar los peligros de los tiempos, que corren, para la religión, que tanto amáis. Verdaderamente pudiéramos decir que esta es la hora del poder de las tinieblas, para cribar, como trigo, a los hijos de elección (Luc. XXII, 53). Sí; la tierra está en duelo y parece inficionada por la corrupción de sus habitantes, porque han violado las leyes, han alterado el derecho, han roto la alianza eterna. (Is. XXIV, 5). Nos referimos, Venerables Hermanos, a las cosas que véis con vuestros mismos ojos y que todos lloramos con las mismas lágrimas. Es el triunfo de una malicia sin freno, de una ciencia sin pudor, de una disolución sin límite. Se desprecia la santidad de las cosas sagradas; y la majestad del divino culto, De ahí que se corrompa la santa doctrina y que diseminen con audacia errores de todo género. Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones, ni las santas enseñanzas están a salvo de los ataques de las lenguas malvadas.
     "Se combate tenazmente a la Sede de Pedro, en la que puso Cristo el fundamento de la Iglesia, y se quebrantan y se rompen por momentos los vínculos de la unidad. Se impugna la autoridad divina de la Iglesia y, conculcados sus derechos, se la somete a razones terrenas, y, con suma injusticia, la hacen objeto del odio de los pueblos reduciéndola a torpe servidumbre. Se niega la obediencia debida a los obispos; se les desconocen en sus derechos Universidades y escuelas resuenan con el clamoroso estruendo de nuevas opiniones, que no ya ocultamente y con subtergugios, sino con cruda y nefaria guerra, impugnan abiertamente la fe católica. Corrompidos los corazones de los jóvenes, por la doctrina y ejemplos de los maestros, crecieron sin medida el daño de la religión y la perversidad de costumbres De aquí que roto el freno de la religión santísima, por la que solamente subsisten los reinos y se confirma el vigor de toda potestad, vemos avanzar progresivamente la ruina del orden público, la caída de los príncipes y la destrucción de todo poder legítimo. DEBEMOS BUSCAR EL ORIGEN DE TANTAS CALAMIDADES EN LA CONSPIRACION DE AQUELLAS SOCIEDADES A LAS QUE, COMO A UNA INMENSA SENTINA, HA VENIDO A PARAR CUANTO DE SACRILEGIO, SUBVERSIVO Y BLASFEMO HABIAN ACUMULADO LA HEREJIA Y LAS MAS PERVERSAS SECTAS DE TODOS LOS TIEMPOS".
     Y, hablando a los Obispos, escribe este egregio Pontífice:
     "Y, al reconocer que se ha llegado a tal punto que ya no Nos basta el deplorar tantos males, sino que hemos de esforzarnos por remediarlos con todas nuestras fuerzas, acudimos a la ayuda de vuestra fe e invocamos vuestra solicitud por la salvación de la grey católica, Venerables Hermanos... "Deber Nuestro es alzar la voz y poner todos los medios para que ni el selvático jabalí, ni los rapaces lobos sacrifiquen el rebaño. A Nos pertenece el conducir las ovejas tan sólo a pastos saludables, sin mancha de peligro alguno. No permita Dios, carísimos Hermanos, que en medio de males tan grandes y entre tamaños peligros, falten los pastores a su deber y que, llenos de miedo, abandonen a sus ovejas, o que, despreocupados del cuidado de su grey, se entreguen a un perezoso descanso. Defendamos, pues, con plena unidad del mismo espíritu, la causa que nos es común, o mejor dicho, la causa de Dios, y mancomunemos vigilancia y esfuerzos en la lucha contra el enemigo común, en beneficio del pueblo cristiano"... "Bien cumpliréis vuestro deber si, como lo exige vuestro oficio, vigiláis tanto sobre vosotros como sobre vuestra doctrina, teniendo presente siempre que toda la Iglesia sufre con cualquier novedad (S. Caelest. Papa, ep. 21 ad Episcopos Galliarum) y que, según San Agatón, nada debe quitarse de cuanto ha sido definido; nada debe mudarse; nada añadirse, sino que debe conservarse puro, tanto en la palabra como en el sentido. (Ep. ad Imp., ap. Labb. t. 2 p. 235 ed. Mansi).
     "Debáis, pues, trabajar y vigilar asiduamente para guardar el depósito de la fe, precisamente en medio de esa conspiración de impíos, cuyos esfuerzos para saquearlo y arruinarlo contemplamos con dolor..."
     "Queremos ahora Nos excitar vuestro gran celo por la religión contra le vergonzosa liga que en daño del celibato clerical, sabéis cómo crece por momentos, porque hacen coro a los falsos filósofos de nuestro siglo algunos eclesiásticos que, olvidando su dignidad y estado y arrastrados por ansias de placer, a tal licencia han llegado que en algunos lugares se atreven a pedir, tanto pública como repetidamente, a los Príncipes que supriman semejante imposición disciplinaria. Rubor causa al hablar tan largamente de intentos tan torpes; y fiados en vuestra piedad, os recomendamos que pongáis todo vuestro empeño en guardar, reivindicar y defender íntegra e inquebrantable, según está mandado en los cánones, esa ley tan importante, contra la que se dirigen de todas partes los dardos de los libertinos"...
     "De esta cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opinión, que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión. ¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error!, decía San Agustín. (In ps. contra art. Donat.)." ..." De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio —por parte del pueblo— de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque aun la más antigua experiencia enseñé cómo los Estados, que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades".

     Sería prolijo reproducir aquí las clarísimas condenaciones de Pío IX contra el Socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, las sociedades bíblicas, las sociedades o reuniones de clérigos entonces llamados liberales y que ahora llamaríamos progresistas. Citaremos tan sólo las siguientes referencias, que pueden ser consultadas por los eruditos:
     La Encíclica "Qui pluribus" del 9 de noviembre de 1846.
     La alocución "Quibus quantisque" del 20 de abril de 1849.
     La Encíclica "Nostis et Nobiscum" del 8 de diciembre de 1849.
     La alocución "Singulari quadam" del 9 de diciembre de 1854.
     La Encíclica "Quanto conficiamur moerore", lo. de Agosto 1863.
     La Encíclica "Divini Redemptoris" de Pío XI nos dice que el comunismo es "intrínsecamente perverso". Pío IX lo condena en el "Syllabus" y lo llamó "nefanda doctrina tan contraria al mismo derecho natural". León XIII en la Encíclica "Quod Apostolici muneris" lo definía mortal pestilencia que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana "y la pone en peligro de muerte". Y Pío XI indica que "las corrientes ateas entre las masas populares, en la época del tecnicismo, traían su origen de aquella filosofía, que de siglos atrás trataba de separar la ciencia y la vida de la fe y de la Iglesia". Del gran Pontífice de la Acción Católica son también las Encíclicas Miserentissimus Redemptor, Quadragessimo Anno, Caritate Christi, Acerva animi y Dilectissima Nobis, que son otras tantas clarinadas de atención, otras tantas terminantes condenaciones, otras precisas definiciones de la postura invariable de la Iglesia ante el peligro inminente del comunismo internacional.
     En la "Quadragessimo Anno", Pío XI dice: "Por eso juzgamos superfluo prevenir a los buenos y fieles hijos de la Iglesia contra el carácter impío e injusto del comunismo; pero no podemos menos de contemplar con profundo dolor la incuria de los que parecen despreciar estos inminentes peligros, y con cierta pasiva desidia permiten que se propagen por todas partes doctrinas que destrozarán por la violencia y por la muerte la sociedad". En la "Divini Redemptoris" categóricamente afirma el gran Pontífice: "El comunismo es intrínsecamente perverso y no se puede admitir que colaboren con él en ningún terreno los que quieren salvar la civilización cristiana. Y, si algunos, inducidos por el error, cooperasen a la victoria del comunismo en sus países, serán los primeros en ser víctimas de su error; y cuando las regiones donde el comunismo consigue penetrar, más se distingan por la antigüedad y la grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los 'sin-Dios'." No parece sino que Pío XI estaba contemplando la espantosa tragedia de los tiempos modernos.
     A Pío XII no le mencionamos, porque su figura y su actuación, incomparable y grandiosa, es intolerable para los elementos progresistas de la época desquiciadora de los tiempos que estamos viviendo. Recordemos tan sólo el decreto de excomunión de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio, (hoy también tan perseguida, calumniada y desprestigiada), sobre el comunismo.

DECRETO DE EXCOMUNION
de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio sobre el 
COMUNISMO.
     A esta Suprema Sagrada Congregación le ha sido preguntado: 
     1. ¿Es lícito inscribirse en los partidos comunistas o favorecerlos?
     2. ¿Es    lícito publicar, propagar o leer libros, periódicos, diarios, folletos, que favorezcan la doctrina o las actividades comunistas o escribir en ellos?
     3. ¿Pueden    ser admitidos a la recepción de los Santos Sacramentos aquellos fieles que, consciente y deliberadamente hayan realizado aquellos actos de que hablan los números 1 y 2?
     4. Los    fieles que profesan la doctrina comunista, materialista y anticristiana, y principalmente los que la defienden y propagan ¿incurren por el mismo hecho, en la excomunión, reservada 'modo especial' a la Sede Apostólica como 'apóstatas' de la Fe Católica?
     Los Eminentísimos y Reverendísimos Padres, que tienen a su cargo la defensa de la fe y costumbres, habiendo escuchado el voto de los Reverendísimos Consultores, decretaron en la sesión plena ria del martes 28 de junio de 1949, que se debía responder: 
     A lo primero NEGATIVAMENTE.
     Porque es materialista y anticristiano y sus jefes, aunque de palabra digán algunas veces que ellos no combaten la religión, sin embargo, de hecho, o con la doctrina o con las obras, se muestran enemigos de Dios, de la verdadera religión y de la Iglesia de Jesucristo.
     A lo segundo, NEGATIVAMENTE.
     Como cosa que está prohibida por el derecho mismo. (Consúltese canon 1399). 
     A lo tercero, NEGATIVAMENTE.
     De acuerdo con los principios ordinarios sobre la negación de los Santos Sacramentos a quienes no tienen las disposiciones necesarias para recibirlos. 
     A lo cuarto, AFIRMATIVAMENTE.
     El jueves, 30 del mismo mes y año, nuestro Santísimo Señor Pío, por la Divina Providencia Papa Duodécimo, en audiencia ordinaria concedida al Excelentísimo y Reverendísimo Señor Asesor del Santo Oficio, aprobó esta decisión de los Eminentísimos Padres, que se le presentaba, la confirmó y mandó que se publicase en el Comentario Oficial de los Actos de la Santa Sede Apostólica.
     Dado en Roma, el primero de julio de 1949.

     El viraje, pues, de que habla Prezzolini, entre la posición de Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, Pío XI y Pío XII y la política conciliatoria de Juan XXIII y Paulo VI es claro, es indiscutible

RACIOCINANDO UN POCO.
     "Los de la izquierda dicen, escribe el ya citado Canónigo Rafael Rúa Alvarez: 'La Iglesia Católica se ha declarado socialista. Juan XXIII fue pro-comunista; el Vaticano es amigo de los gobiernos comunistas del mundo'. Y, cambiando su táctica, con la rápida inteligencia que les caracteriza, sin olvidar los consejos de sus progenitores ideológicos, le sonríen hipócritamente al Vaticano, le escriben, le aplauden y se conduelen con él... y hasta se celebra una Misa Pontifical luctuosa en Moscú, y Fidel Castro puso, en Cuba, las banderas oficiales a media hasta en señal de duelo por la muerte de Juan XXIII".
     Todas estas, evidentemente opuestas y antagónicas, actuaciones y apreciaciones están demandando con urgencia una concreta, coherente y convincente explicación sobre las siguientes interrogaciones, que la sinceridad de nuestra fe y la lógica de nuestra razón nos están imponiendo:
     1) ¿Ha cambiado el comunismo, negación de Dios, ataque a la religión, destrucción de la familia, conspiración permanente contra la autoridad, la ley y las instituciones, intolerable esclavitud y muerte de la dignidad de la persona humana, de la ley natural y de los derechos inalienables que el Creador ha dado a los hombres?
     2) ¿O es la Iglesia la que, para sobrevivir, ante lo inevitable, ante el triunfo mundial del socialismo y del comunismo, se doblega y aparenta aceptar lo que antes tan enfática y repetidamente condenó?
     Entiendo perfectamente la sutil distinción entre el orden especulativo y el orden práctico, que nos han dado, para explicarnos la nueva postura Vaticana: en las ideas, todo lo mismo; en la práctica, empero, hay que enfrentarnos a la realidad del mundo moderno, en el que ha de dominarnos el socialismo comunizante. Se me ocurre, sin embargo, un paralelismo, que me atrevo a exponer, con ánimo interrogante. Supongamos que el mal moral y la disolución de las costumbres aumenta y se propaga con proporciones akum.inles y tangibles, ¿podríamos por eso, buscando la permanencia de la Iglesia, acomodarnos al desorden, en el orden práctico, aunque siguiéramos inflexibles en el orden intelectual? Pío XI afirmba que en ningún terreno es lícito que colaboren los que quieren salvar la civilización cristiana!!
     3) ¿Se pueden mantener o establecer relaciones con los que han sembrado la desolación en la casa del Señor? ¿No es motivo de justo escándalo esta confusión, esta política, que es blandura y cortesía y aparente aceptación de la brutalidad y de la más espantosa tiranía, usurpadora por la fuerza bruta de las funciones y del puesto de una verdadera y legítima autoridad?
     4) Se trata de salvar a 60 millones de católicos romanos, que viven en la Iglesia del silencio; pero yo pregunto dos cosas: por salvar a esos 60 millones ¿no estamos en gravísimo peligro de perder el resto del rebaño, dejando que los lobos carniceros, revestidos de pieles ovejas, se metan sin recelo en el redil de Cristo? El mayor error de los pueblos libres fue el haber aceptado en la Liga de las Naciones, hace ya muchos años, a los bolcheviques, convertidos en gobierno tiránico y usurpador. Por otra parte, con esa política la confusión aumenta, y la confusión es el mejor terreno para la conquista rápida y segura del comunismo. Y pregunto, además; ¿No será contraproducente y desconsolador para nuestros hermanos esclavizados el ver que la Santa Sede mantiene relaciones con sus mismos verdugos? ¿Acaso ha ayudado a los católicos de Cuba la presencia inexplicable del Nuncio Papal en la Isla, precisamente cuando los sacerdotes y los obispos eran expulsados, vejados, encarcelados y perseguidos; cuando todos los colegios católicos eran clausurados y confiscados, para entregar la niñez y la juventud en manos de los corruptores implacables de Moscú; cuando la profanaciones más execrables de la casa de Dios eran cometidas por los corifeos de la maldad hecha gobierno? Esa es una política muy de la Democracia Cristiana, muy sutil, muy maquiavélica para nosotros, los de origen español, que somos más sinceros y más realistas.
     5) ¿Es posible la coexistencia pacífica entre la Iglesia Católica y el comunismo ateo? ¿Puede haber coexistencia entre la afirmación integral del Evangelio y la negación totalitaria del comunismo; entre la caridad y el odio; entre la luz y las tinieblas? "Quién no está conmigo, está contra Mí", dijo el Divino Maestro, y su palabra eterna tiene la misma autoridad y sentido ahora que hace dos mil años.
     ¿Qué significa la coexistencia, que se está buscando? En la decantada contienda, que, se dice, ha surgido entre el comunismo ruso y el comunismo chino, los comunistas rusos tienen la razón cuando afirman que para el triunfo universal del comunismo no es necesaria la guerra, con todos sus horrores, peligros y gastos copiosísimos. Hay otros medios eficacísimos y de menos riesgo para do minarnos. Más alcanzará Rusia con sus relaciones diplomáticas y sus actividades, aparente y engañosamente conciliadoras, que con una agresividad todavía prematura, permanentemente violenta.
     La aparente aceptación de la tesis y de la política de los Estados Unidos, que proclama, como solución razonable y benéfica de la lucha de Oriente y Occidente, la coexistencia pacífica, al fin ha sido admitida y establecida por Moscú y el Vaticano, formándose el nuevo "eje de la coexistencia", Washington, Roma, Moscú: Kennedy, Juan XXIII y Krushev.
     Pero, ¿qué significa, en concreto, la coexistencia para ambos bandos? Para Occidente significa la tolerancia, significa el cumplimiento de sus tratados internacionales, significa el abandono de la lucha y la confianza paralizante de una tregua aparente. Pero, para el comunismo esa coexistencia se traduce en facilidades, insospechadas y copiosas, para seguir haciendo sus conquistas y la labor destructora en la sociedad y, sobre todo, en la conciencia de las juventudes y de los niños. ¡Que sigan rezando los viejos, mientras las nuevas generaciones crecen descristianizadas con la negación militante de Dios! ¡Que siga la iniciativa privada construyendo fábricas, levantando edificios, ensanchando confiada los proyectos de sus negocios, mientras el estatismo insaciable, los conflictos obreros y la desorientación ideológica facilitan su futura ruina y socialización! ¡Que los templos sigan abiertos, mientras se restringen las libertades y se burocratiza insensiblemente a los servidores del altar! ¡La nueva liturgia abrirá las puertas a la democratización, primero, a la socialización después, y a la desaparición, finalmente, de la Iglesia! ¡Que existan relaciones diplomáticas de regateos y de aparentes condescendencias, mientras se infiltra hábilmente "el caballo de Troya", dentro de los mismos centros gubernamentales y aun eclesiásticos!
     A la larga, sin embargo, si el comunismo no cambia, si no abandona su ambición de proselitismo y expansión universal, la violencia tiene que venir, las sorpresas terroristas y demoledoras han de repetirse, esporádicamente, progresivamente, inevitablemente; porque no hay nación, ni pueblo alguno que haya clamado, ni esté clamando por la dictadura odiosa del comunismo. Esta dictadura sólo se impone por el engaño, por la fuerza, por la traición, por las revoluciones sangrientas o los golpes militares, como sucedió en los pueblos satélites de Europa y en nuestra hermana República de Cuba. Estos ataques tienen tanto más éxito, cuanto mayor es la confianza y la despreocupación de los gobiernos y pueblos. La coexistencia pacifica es la mejor preparación para las sorpresas destructuras y paralizantes.
     Y, mientras nosotros coexistimos, mientras se mantenga este aparente entendimiento diplomático con los dictadores sangrientos y criminales que el comunismo tiene, como gobernantes satélites, ¿dejaremos a nuestros hermanos esclavizados, hambrientos, brutalmente vejados en sus derechos y en la dignidad de su persona humana, esperando sin esperanza su futura redención? Esta política, si no implica una traición, es una entrega cobarde.

UNA ACLARACION DE RADIO VATICANA.
     Ante estas protestas, la Prensa anunció, hace unos días, que el Vaticano había precisado su actitud ante el comunismo. Del periódico de México, D. F. "ULTIMAS NOTICIAS", viernes 2 de agosto de 1963, tomamos el siguiente reportazgo. "Ninguna conciliación puede haber con él. Es la doctrina que se opone al Catolicismo totalmente, dice Roma.—Ciudad del Vaticano, 2 de agosto (AFP). Radio Vaticana declaró que "el marxismo y su expresión política, el comunismo" eran inadmisibles "tanto para el Cristianismo como para la humanidad libre y consciente".
     "Promover, apoyar y estimular las iniciativas" que favorezcan "la paz entre los pueblos", prosiguió la emisora, "constituye un deber, pero lo es también tener una posición vigilante, constante e indomable, frente a la ideología marxista. Ninguna solución internacional, ninguna disminución de la tensión o pretexto histórico puede justificar una indulgencia o actitud conciliadora frente al marxismo comunismo"
     Tras aludir a las "iniciativas" que el comunismo marxista utiliza para "suscitar simpatías y sembrar la duda", la emisora Vaticana afirmó que "el comunismo marxista es la antítesis del cristianismo" y "la negación de la libertad, verdad, la justicia y la paz". "Las actitudes acomodaticias dictadas por la realidad en continua evolución no significan en el comunismo cambio de doctrina o de actividad práctica, sino una adaptación táctica, dialéctica a las distintas circunstancias".
     El comentario de Radio Vaticana concluyó refiriéndose a la Encíclica "Pacem in Terris" de Juan XXIII, la que subraya la necesidad de que los católicos permanezcan siempre vigilantes y "lógicos consigo mismos", a fin de no llegar jamás a un compromiso sobre la religión y la moral en la esfera del derecho natural "que ofrece a los católicos un vasto terreno de contactos y acuerdos".
     La versión de la Prensa sobre las declaraciones oficiosas de la Radio Vaticano, que acabamos de citar, nos hace pensar mucho y sacar las siguientes conclusiones lógicas, después de estudiar y analizar el reportazgo periodístico:
     1. Esta inesperada declaración obedece ciertamente a un fin; sigue una consigna. En las fuentes Vaticanas se han dado cuenta de la desorientación inquietante que las declaraciones y la política pontificias han provocado en el mundo sinceramente creyente y fielmente católico.
     Ante los aplausos, aprobaciones, sonrisas y coqueteos repulsivos de los hijos de la mentira y de la iniquidad hacia las personas y las actitudes de los dos últimos Papas, Juan XXIII y Paulo VI; ante el banquete "diplomático" con que el Nuncio Papal celebró en la Habana la coronación del nuevo Pontífice y al cual asistieron amigablemente, cortésmente, diplomáticamente, Fidel Castro y el Embajador Soviético, que vigila, aconseja y dirige su gobierno; ante las palabras "diplomáticas", que se cruzaron entre Juan XXIII y el recientemente enviado Embajador Cubano ante la Santa Sede, —un refugiado español, un asesino de sacerdotes, un miembro de las sectas masónicas—, todos los que en el mundo creemos sentimos un desconcierto inexplicable, que ha provocado en todas las esferas católicas un verdadero oleaje de interrogaciones, de comentarios, de dudas y aún de protestas respetuosas, que, sin duda, han llegado hasta las altas esferas Vaticanas y han exigido esas declaraciones oficiosas de su radio.
     2. Radio Vaticana nos dice, una vez más, en perfecta armonía con Pío XI y Pío XII que "el marxismo y su expresión política, el comunismo" son inadmisibles "tanto para el cristianismo como para la humanidad libre y consciente". Pero yo pregunto: ¿qué significa para los locutores de la Radio Vaticana el marxismo y su expresión política, el comunismo? ¿Son las ideas, es la doctrina o es la actuación de los dirigentes del Partido? Una vez más nos hace falta la precisión en los conceptos y en las palabras, para evitar la confusión y los gravísimos peligros que ella encierra.
     Si el comunismo es inadmisible "tanto para el cristianismo como para la Humanidad libre y consciente", yo pregunto: ¿Cómo es posible hacer cualquier alianza con él y admitir "posturas diplomáticas" que pueden ser interpretadas por la gente sencilla, impreparada y sincera, como una aceptación implícita, si no de la doctrina, por lo menos de las actuaciones criminales y sangrientas que el Partido ha tenido en todas partes?
     3. La Radio Vaticana afirma que "promover, apoyar y estimular las iniciativas y acuerdos, que favorezcan la paz entre los pueblos, constituye un deber". Aquí también hay cierta imprecisión en las palabras y en los conceptos. Desde luego se ve clara la intención de los locutores de la Radio Vaticana, que quieren explicarnos el por qué de las actividades, expresadas anteriormente, de promover relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y los países comunistas: "favorecer la paz entre los pueblos". Pero ¿qué paz es ésta la que buscamos? ¿Es una paz posible? ¿Es una paz deseable? ¿Es una paz digna, lícita, cristiana: la paz, que Cristo vino a traer al mundo o la paz que el mundo dice darnos? ¿Es una paz a cualquier precio? Porque esta lucha supone dos extremos contrarios, irreconciliables, cuyo objetivo abiertamente declarado es el exterminio y la eliminación absoluta de uno de los rivales. El catolicismo, luchando con las armas de la verdad, busca, quiere, apostólicamente persigue la eliminación del comunismo, que es el reino de Satanás sobre la tierra; mientras que, a su vez, el comunismo desea intensamente, prácticamente, eficientemente, criminalmente, el total aniquilamiento no sólo del cristianismo, sino de toda religión, de toda creencia y culto a Dios. En esta lucha no puede haber transacciones, ni posturas equívocas, ni treguas deconcertantes y peligrosas, que solamente pueden favorecer la táctica y perversas intenciones del ejército de los "sin-Dios".
     Las iniciativas y acuerdos, que los altos poderes seculares del mundo de Oriente y Occidente puedan tomar; los pactos, que Moscú y Washington han hecho o hagan, tienen alguna explicación, algún sentido, aunque engendran desconfianzas y justas suspicacias en los hombres sinceros, porque somos muchos los que pensamos o tememos que éstos son juegos políticos de una armonía sobreentendida, dirigida por manos secretas y ocultas, que están jugando el mismo juego con los dos bandos. Mas, no puede ser éste el caso en las relaciones, acuerdos o secretos entendimientos, que puedan establecerse entre los que creemos en Dios y en Cristo y los que niegan violentamente a Dios y combaten con descaro, crueldad y malicia intolerable a Cristo y a su Iglesia.
     4. La Radio Vaticano admite terminantemente que el comunismo es "la antítesis del cristianismo" y "la negación de la libertad, la verdad, la justicia y la paz". La Radio Vaticana también reconoce que "ninguna situación internacional, ninguna disminución de la tensión o pretexto histórico pueden justificar una indulgencia o actitud conciliadora frente al marxismo y frente al comunismo". Los mismos locutores de la Radio Vaticana reconocen que las actividades acomodaticias, dictadas por la realidad en continua evolución, no significan en el comunismo "cambio de doctrina o de actividad práctica, sino adaptación táctica, dialéctica a las distintas circunstancias".
     Luego el comunismo es incompatible con nuestra religión, como también lo es con los derechos fundamentales del hombre, con nuestras libertades básicas, con la dignidad de la persona humana. Luego el comunismo es esencialmente injusto y abiertamente opuesto a la paz del mundo. Luego el comunismo está en pie de lucha y nosotros no podemos hablar de paz ni de convivencias pacíficas, sin traicionarnos a nosotros mismos, favoreciendo peligrosísimamente el triunfo de nuestros enemigos, que para nosotros significaría la esclavitud, la destrucción y la muerte.
     El postponer y alargar las actitudes indecisas y peligrosas no es quitar el peligro ni paralizar la beligerancia del enemigo: por el contrario, es disminuir nuestras defensas y dar oportunidad para que la victoria de nuestros enemigos sea más completa y decisiva. El dilema es claro e ineludible: o catolicismo o comunismo; o la libertad de los hijos de Dios o la esclavitud de Satanás y del infierno.
     Hay algunos que piensan que el comunismo ruso, después de cincuenta años de amargas experiencias, ha perdido la virulencia, los métodos drásticos y las soluciones radicales del tiempo de Stalin. Los que esto afirman se olvidan ciertamente de la tragedia espantosa de Hungría, de los crímenes de Castro Ruz y su pandilla de asalariados de Moscú. Se olvidan de los gritos y posturas amenazantes que tomó tantas veces Krushev. Y, más recientemente, se olvidan de la tragedia de Checoeslovaquia. Pero, concediendo sin conceder que esto así fuera, la madurez de Rusia no significa, ni puede significar, el abandono de su doctrina, de sus métodos, de sus objetivos, de su,programa intensamente revolucionario y destructor. Hay que tener presente que, sobre los hombres, aun los diligentes, está el Partido y sobre el Partido está el gobierno secreto que lo dirige invisiblemente.
     Ni la Iglesia, ni el comunismo pueden desistir de sus programas integralmente aceptados y vividos. Por eso la última lucha, la decisiva, ha de librarse entre el Catolicismo verdad y el comunismo, ent ni Cristo y el Anticristo. Y, en esa lucha, —no lo dudemos— la victoria eterna será la de Jesucristo.