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jueves, 7 de noviembre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SAN MATIAS APOSTOL

Tema: Sí, Padre, porque así te plugo (Mt. XI,26).
     1. La solemnidad y el oficio que hoy celebra la Iglesia se refiere al glorioso apóstol San Matías. De él hablaremos nosotros, y de su vida santísima podremos sacar buena información e instrucción. Saludemos a la Virgen María: Ave María.
     2. El tema propuesto, según el sentido que quiero darle, necesita explicación teológica, y por ella entraré en la materia que quiero exponer. Según la santa y verdadera teología, todas las cosas de este mundo, naturales, artificiales, meritorias, tienen una causa principal: el beneplácito de la voluntad divina. Pues aunque la filosofía asigne otras causas, todas ellas son instrumentales e intermedias y como dispositivas; la última es la voluntad de Dios.
     Si se pregunta: ¿Por qué se hizo esto? ¿Cuál fué su causa? Siempre hay que responder: La voluntad de Dios; se hizo porque Dios así lo quiso. Podemos confirmar esta proposición con el ejemplo del reloj. La causa del movimiento en el reloj se reduce finalmente al relojero. Lo mismo en las cosas naturales, artificiales, voluntarias o meritorias. Si preguntamos por la causa del viento, responderá el filósofo: Porque la tierra emite vapores que no pueden elevarse, por impedírselo el campo de acción de otro planeta, etc. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué ese planeta tiene tal fuerza?, habrá que responder siempre en último término que porque Dios se la dió. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué se la dió?, tendremos que responder: Porque le plugo. Si preguntamos de nuevo la razón de por qué le plugo, llegamos a una cuestión necia. Platón manda callar cuando se llega a este punto.
     3. Cuando se pregunta por la causa del hambre en un lugar, responde el filósofo: Porque no han sembrado y, por tanto, no han recogido. Y ¿por qué no se ha recogido? Porque la tierra estaba seca, por no llover. ¿Por qué no llovió? Porque los vapores no se elevaban a lo alto y no podían condensarse en forma de lluvia. El filósofo no puede encontrar otra causa. Pero podemos seguir preguntando: ¿Por qué no se elevó el vapor y se condensó después? Porque Dios no le dió esa virtud. Y no se la dió porque no quiso. Esta es la última razón; las demás no sacian.
     Lo mismo tratándose de las mortandades y enfermedades: no han de atribuirse a las causas segundas e instrumentales, sino a la voluntad divina. Otro tanto ocurre en las causas artificiales: un notario que quiere escribir una página elegantemente necesita muchas cosas: pluma, cortaplumas, regla, tinta...; pero la escritura elegante no se atribuye a la pluma ni a los otros instrumentos, sino al notario, que es la causa principal. Un arca artísticamente fabricada no se atribuye al martillo o al escoplo, sino al ebanista. Lo mismo una fuente de plata. Y así todas las cosas de este mundo. La sola voluntad de Dios es la causa de todo lo que se hace en el mundo, excepto el pecado, que no es obra suya.
     4. También en las obras voluntarias. Si buscamos la causa de por qué David u otro cualquiera fueron santos, no nos satisface la respuesta que dice: porque llevó una vida buena y evitó los pecados y nada hizo contra la voluntad de Dios. La respuesta que satisface es la siguiente: fue santo porque Dios lo quiso. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué lo quiso Dios?, entonces nos enfrentamos con una pregunta necia, pues nada hay más allá del sumo grado. Por eso dice David: Y me puso en seguro (en el seguro de la santidad y buena vida), salvándome, porqué se agradó de mí (Ps. XVII, 20). Y lo mismo se dice en el libro II de los Reyes: Porque se agradó de mí (2 Reg. 22, 20).
     Por esta razón los santos padres todo lo atribuían a Dios. En esto nadie puede errar, y se hace gran honor a Dios. Tenemos un ejemplo estupendo en Job, varón riquísimo, quien en un solo día perdió quinientos pares de bueyes y otros tantos asnos, pues los sábeos le robaron y querían matar a sus vigilantes, que se defendían. Tenía siete mil cabezas de ovejas y tres mil camellos, todo lo cual le fué robado el mismo día. Tenía siete hijos y tres hijas, y el mismo día, mientras comían, se movió un viento huracanado que derribó la casa en que estaban y mató a todos. Cuando los nuncios llegáron a Job, ¿sabéis lo que les dijo? Lo siguiente: ¿Los enemigos, el fuego y el viento han hecho todas estas cosas? No, no se preocupó de las causas segundas, que son instrumentos, sino que todo lo atribuyó a Dios: El Señor me lo dió y el Señor me lo quitó. Se ha cumplido todo según el beneplácito del Señor (Iob 1, 21).
     Cuando Jacob fue interrogado por su hermano Esaú: ¿Quiénes son éstos que traes contigo?, Jacob le contestó: Son los hijos que Dios ha dado a tu siervo (Gen. XXXIII, 5).
     5. Está claro, pues, que todo lo que ocurre en el mundo, en las obras naturales, artificiales o voluntarias, tiene como causa principal a Dios, excepto la culpa del pecado, en el que el acto proviene de Dios y la culpa del pecador. Dice el maestro de las Sentencias (I, d.45), citando a San Agustín (III De Trin., c.4), que basta al cristiano saber y confesar que la voluntad divina es la causa de todas las cosas y obras de este mundo.
     Por tanto, si buscamos la causa de la santidad de Matías no la encontraremos en las oraciones, ayunos o penitencias, porque todas estas cosas son causas instrumentales y dispositivas; la causa principal fue el beneplácito de la divina voluntad. Por eso dice Jesucristo al Padre: Si, Padre [es santo Matías], porque te plugo. Está claro el tema.
     6. Encuentro cuatro grados en la santidad del apóstol Matías: santidad laical, santidad clerical, santidad pontifical, santidad de mártir.
     Si preguntamos por qué tuvo estos cuatro grados de santidad, responde el tema: porque así plugo a Dios.
     7. En primer lugar, San Matías tuvo la santidad laical. que consiste en guardar estrictamente los preceptos de Dios con el propósito de no hacer nada contra la voluntad divina, aunque fuera para conquistar el mundo. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt. XVI, 26). Poco gana quien pierde el alma. Cuando el hombre escoge vivir según el beneplácito divino y no según su propia inclinación, esto es, cuando su carne dice a Dios: Vos, Señor, habéis dispuesto lo contrario a mi mala inclinación, y yo quiero humillarme, sirviendo vuestros preceptos (y recorre de este modo todos los pecados, según convenga), entonces tiene la santidad laical. Dice la Escritura: Santifícaos y sed santos, porque yo. vuestro Señor. Dios, soy santo. Si preguntamos: ¿Cómo nos santificaremos? Guardad mis preceptos y practicadlos. Yo, el Señor, soy quien os santifica (Lev. XX, 7-8). De esta manera adquirió San Matías la santidad laical. Antes de ser apóstol, siendo seglar, se regía según los mandatos de Dios y no seguía su propia inclinación.
     8. Narra la historia que Matías fue oriundo de la ciudad de Belén y de la tribu de Judá. Ya sabéis que las tribus eran doce y que la principal era la de Judá, de la que nació Cristo. De ella nació también Matías. Era, pues, de noble ascendencia; sus padres eran ricos en dinero y en costumbres y pusieron gran diligencia en la educación de su hijo Matías. Habéis de saber que los niños se pierden o se conservan en su niñez. Dice la historia que los padres de Matías lo dedicaron desde sus primeros años al aprendizaje de la ley divina. Digamos cómo su padre le llamaba a su presencia y le decía: Hijo mió, has de saber que Dios nos dió preceptos y ordenaciones, a cuyo tenor hemos de vivir, y no según nuestra inclinación; por tanto, no digas mentiras. No jures, si no es en caso de necesidad, esto es, cuando se trate de un juicio o de una utilidad, y entonces di siempre la verdad; jurar por otros motivos es pecado. No difames a nadie, no digas cosas malas de tu prójimo; no disputes con nadie, ni a nadie hagas injuria. No robes nunca, ni retengas cualquier cosa que encontrares; no pidas venganza de las injurias. Ora a tu Dios, ve al templo y escucha en silencio el oficio.
     9. Ahí tenéis un ejemplo para educación de vuestros hijos. Grande es la condenación de los padres que no cuidan de la instrucción espiritual de sus hijos. ¿Queréis saber que pecado cometen? El mismo que si un padre no quisiera proveer a sus hijos pequeños de pan y vestido, y murieran por ello de hambre. ¿No sería gran crueldad y pecado? Pues es mayor el pecado cuando no se preocupan de atenderlos en lo que al alma se refiere, pues el alma es más noble que el cuerpo. Porque, ¿qué es el cuerpo sino un saco de estiércol, manjar de gusanos, que se corrompe cuando muere? No así el alma. Dice San Juan: El espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha (lo. VI, 64). Si es un pecado tan grave no cuidar de los hijos pequeños, ¿qué clase de pecado será descuidar la educación del alma, especialmente cuando son pequeños, que pueden torcerse como los tiernos árboles? Los mayores no pueden enderezarse o torcerse; si se tuercen serán castigados con la horca en el infierno. Por eso dice la Escritura a los padres: Vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y enseñanza del Señor (Eph. VI, 4).
     10. En segundo lugar, San Matías tuvo la santidad clerical, que consiste, como dice Zacarías, padre del Bautista, que fue sacerdote, en que, libres del poder de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días (Lc. 1, 74-75). Tres son los enemigos principales de todos los cristianos y, en especial, de los clérigos: el diablo, la carne y el mundo. El diablo atrapa con sus manos. La mano del diablo es un juego de dados: con este juego el diablo prende a los que juegan; después a los que consienten en el juego, a los que miran, a los que echan los dados, a los que prestan el dinero, la casa en donde se juega y, por último, a los rectores de la ciudad que permiten el juego. Todos son capturados por la mano del diablo en el juego. Por tanto, huid, y podréis decir con Tobías: He conservado mi alma limpia de toda concupiscencia. Nunca me he mezclado con los que juegan ni con aquellos que llevan una vida liviana (Tob. III, 16-17). Maldito quien juega con los clérigos, a los que está prohibido jugar: "El obispo o presbítero, diácono, subdiácono, que se entregan a la ebriedad o al juego, o no pase adelante en su estado, o sea castigado" (Decr., d.35, cap. Episcopus).
     11. El segundo enemigo es la carne, cuya mano caza muchas almas: a todas las que desean deleites fuera del matrimonio. Dios no permite el placer carnal sino entre el esposo y la esposa y en la debida forma. Si alguien de vosotros se queja de que su mujer es vieja o está enferma o le ha abandonado, le diré que viva castamente, porque esta es una carga del matrimonio. Los clérigos deben vivir castamente, por el voto que las órdenes llevan anejo.
     El tercer enemigo es el mundo, cuya mano para cazar es la usura en los legos y la simonía en los clérigos. Caza con esta mano, en primer lugar, a todos los que se dedican a la usura; en segundo lugar, a los notarios. El perjuro es infame. Y cuando alguien se constituye en notario jura no recibir contratos ilícitos. En tercer término, a los testigos que favorecen al usurero. Cuarto, a la mujer del mismo, si con el lucro de la usura se compra vanidades. Quinto, a los hijos que reciben la herencia y a las hijas que reciben dote, pues debieran advertir al padre usurero que les diera dote simple o herencia sencilla. Sexto, a los familiares que se benefician de la usura. Séptimo, a los descendientes de sus hijos, que debieran restituir y no lo hacen.
     Los clérigos deben guardarse muy especialmente de la simonía. Dicen algunos que los clérigos, los religiosos y las viudas pueden hacer usura. Esto es un error craso. Si el mismo Papa prestara usurariamente, estaría condenado.
     La santidad clerical consiste en que estén libres de la mano de los enemigos: del diablo, de la carne y del mundo.
     12. San Matías poseyó esta santidad. Siendo santo en su estado laical, escuchó la predicación de Cristo y vió los milagros que le acreditaban como el Mesías prometido en la ley. ¡Oh!, dijo San Matías; es necesario cambiar de estado y ascender. Y en seguida se unió a la comitiva de Jesús. Cristo hizo de él uno de los setenta y dos discípulos. La razón por la que Cristo eligió setenta y dos discípulos es la siguiente: porque después del diluvio el mundo se dividió en setenta y dos partes y lenguas (Gen. XI, 1 ss.). Cristo, venido para la conversión del mundo entero, eligió setenta y dos discípulos que fueron sus sacerdotes. De los cuales dice San Lucas: Designó Jesús a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos, delante de sí. a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir (Lc. X, 1). Cuando Cristo envió a Matías a predicar la penitencia (esta es la materia sobre la que predicaba), respondió: Señor, no me creerán. Y Cristo le dijo: Te doy poder para hacer milagros y curar enfermos. (Expliqúese esto prácticamente.)
     Esta fue su santidad clerical, libre de la mano de los enemigos: del diablo, de la carne y del mundo. Y fue así, porque así te plugo. Padre. Por tanto, nosotros, los eclesiásticos, hemos de asemejarnos a él, venciendo al diablo, subyugando la carne y despreciando el mundo y las cosas mundanas.
     13. En tercer lugar, tuvo la santidad pontifical, que consiste en ser apóstol de Cristo. Así como los discípulos eran sacerdotes, los apóstoles eran obispos. La santidad episcopal consiste en lo siguiente: Es preciso que el obispo sea inculpable, como administrador de Dios; no soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni pendenciero, ni codicioso de torpes ganancias, sino hospitalario, benigno, modesto, justo, santo y continente (Tit., 7-8). ¿Quién es éste y le alabaremos? (Eccli. XXXI, 9).
     Esta santidad informó a San Matías. Después de vivir en la santidad clerical, y después que Cristo subió a los cielos y envió el Espíritu Santo, el primer Papa después de Cristo, San Pedro, convocó un gran concilio (eran en conjunto unos ciento veinte hombres: Act. 1, 15), exponiendo que el número de los apóstoles había disminuido por la muerte de Judas. Y dijo: Hermanos, era preciso que se cumpliese la Escritura, que por boca de David había predicho el Espíritu Santo acerca de Judas, que fué guía de los que prendieron a Jesús, y era contado entre nosotros, habiendo tenido parte en este ministerio (Act. 1, 16-17).
     14. Nárrese cómo en dicho concilio algunos defendían que se eligiera para ocupar el lugar de Judas a José, llamado el Justo por su santidad, el cual era consanguíneo de Cristo y sobrino de la Virgen María, allí presente, e hijo de María Cleofás. Ésta tuvo cuatro hijos, a saber: Santiago el Menor, Simón, Judas (que eran ya apóstoles) y José el Justo. Otros optaban por San Matías, distinguido por su santidad y por su ciencia. Y los presentaron a ambos en medio de todos. Los apóstoles oraban puestos de rodillas y pronunciaron esta oración: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado del que prevaricó Judas para irse a su lugar. Echaron suertes sobre ellos y recayó la suerte sobre Matías (Act. I, 24-25). Dice San Dionisio, explicando este modo de suerte, que fué un rayo de fuego descendido del cielo, que se fué a posar sobre la cabeza de Matías. Esta £ué su elección.
     16. Por último, digo que San Matías estuvo dotado de la santidad de mártir, de la cual dice la Iglesia: "Estos son los santos que despreciaron las amenazas de los hombres por amor de Dios. Los santos mártires se gozan con los ángeles en el reino de los cielos". La santidad de mártir consiste en derramar la propia sangre en defensa de la virtud, de la santidad y del honor de Dios, como hizo San Matías.
     Después de la ascensión de Cristo, los apóstoles se dividieron el mundo para evangelizarlo. Pedro marchó a Antioquía, Andrés a Acaya, Juan al Asia, Santiago a España, Bartolomé y Tomás a la India. Y Matías predicaba en Judea, porque era de noble ascendencia y por ello le reverenciaban los judíos, y porque reconocían su sabiduría, dándole crédito y convirtiéndose muchos. Por esta razón el sumo sacerdote quiso matarlo. Mas, para que no se dijera que lo mataba por envidia, quiso disputar con él sobre el misterio de la Trinidad.
     18. Como no le pudieron vencer por la discusión, intentaron vencerle de otra manera. Y antes que nada le dieron a beber unas hierbas venenosas, que tenían la virtud de dejar ciego. Haciendo sobre ellas la señal de la cruz, las tomó y no le produjeron efecto nocivo; es más, iluminó a ciento cincuenta ciegos con dichas hierbas, pronunciando sobre ellas el nombre de Jesús. Después lo arrastraron por tierra y lo crucificaron. Pero como no moría, le lapidaron, aunque tampoco murió en este tormento. Por fin, llegó un verdugo con un hacha y le dió un golpe en la cabeza. Con ello entregó su espíritu a la gloria.

jueves, 31 de octubre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Tema: Conformes con la imagen de su Hijo (Rom VII, 29). 
     1. La solemnidad del oficio de hoy es de los santos apóstoles Simón y Judas. Este Judas no es el traidor, pues del traidor no celebran fiesta los cristianos, sino los demonios del infierno. Este Judas es Tadeo, santo, bueno, apóstol de Jesucristo. Si Dios quiere, tendremos buenas instrucciones, derivadas de su Vida y santidad. Saludemos antes a la Virgen María: Ave María.
      2. La frase del tema, tomada de la epístola de hoy, dice que estos dos apóstoles fueron conformes con la imagen del Hijo de Dios. Para entender la expresión hay que decir qué es la imagen del Hijo de Dios. La imagen propia del Hijo de Dios es la vida santa, perfecta y bendita de Jesucristo. Quien conozca la vida santísima de Jesucristo: su encarnación, natividad, vida pública, pasión, resurrección, ascensión, verá que es la imagen propia del Hijo de Dios y no sólo del hijo de María. La imagen de un santo o de una santa nos representa al que quiere significar; la vida de Cristo, devotamente contemplada, nos declara que es el Hijo de Dios eterno. En primer lugar, en su encarnación: por qué fue concebido por una madre virgen, sin obra de varón. Nació de una virgen, que no sufrió dolor, en una noche radiante, pues de su cuerpo salía una claridad mayor que la del sol; grande fué la alegría de los ángeles, que cantaban el Gloria a Dios en las alturas; y puesto en el pesebre, calentado por dos animales, fué adorado por los pastores. La estrella de Oriente y los tres reyes. Los milagros de su vida, su bautismo, en cuya ocasión se abrió el cielo viéndose al Espíritu Santo en forma de paloma, y resonó la voz del Padre: Este es mi Hijo muy amado... La resurrección, la ascensión... Todo ello manifiesta que Jesucristo es el Hijo de Dios eterno. Está claro que la vida de Cristo es la imagen propia del Hijo de Dios.
      3. Por ello dice el Apóstol, en nombre de los cristianos de buena vida: Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen (2 Cor. III, 18). Nos transformamos. Pues así como los pintores que quieren copiar alguna imagen la ponen delante de sí y la contemplan para pintarla, del mismo modo los santos ponían ante sí la imagen del Hijo de Dios, la vida de Cristo, y la copiaban, acomodando a ella su propia vida. Primeramente, contemplaban la encarnación, por la que Dios mostró infinita humildad, descendiendo del palacio del cielo a la cárcel de este mundo. Y movidos por esta contemplación, exclamaban: ¡Oh!, ¡cuánto debo humillarme, yo que soy un gusano podrido! Siendo el Señor de todas las cosas, quiso ser pobre; con esta consideración evitaban la avaricia. Pudo elegir otra madre, pero quiso elegir una virgen; al pensar esto evitaban la lujuria. No teniendo pecado alguno, quiso hacer tanta abstinencia que estuvo sin comer durante cuarenta días y cuarenta noches, y toda su vida fue una cuaresma continuada, pues no comía sino una vez al día. Considerando tal cosa y tomando de ello ejemplo, se prevenían contra la gula. Tuvo paciencia extrema; y los santos, llenos de esta consideración, no tenían mala voluntad ni pedían venganza de las injurias. Era varón de gran diligencia, ya que oraba durante casi toda la noche. Oraba de rodillas y con lágrimas en los ojos; iba continuamente de camino, fatigado por la predicación, y todo por nosotros, pues Él nada de esto necesitaba. 
     De esta imagen de la vida de Cristo deben tomar los cristianos el modelo, copiando su vida con buenas obras. Dice el Apóstol: Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen (2 Cor. III, 18). La imagen del Hijo de Dios es la vida de Cristo.
      4. Ahora aparece claro el tema que afirma de estos dos santos: Conformes con la imagen de su Hijo, con la vida de Cristo. Yí encuentro que fueron semejantes en seis cosas: en el cuerpo material, en el alma racional, en las obras virtuosas, en la conducta espiritual, ea la predicación evangélica, en el martirio.
      Por ser semejantes a Cristo en estas seis cosas dice el tema: Conformes con la imagen de su Hijo.
     5. En primer lugar, fueron semejantes a la vida de Cristo en el cuerpo material. ¿Por qué fueron más semejantes estos dos que otros? Porque estos eran hijos de María Cleofás, hermana menor de la Virgen María. Santa Ana, madre de la Virgen, tuvo tres hijas. La primera fué la Virgen María, madre de Dios; la segunda, María Cleofás, madre de estos dos apóstoles Simón y Judas; la tercera, María Salomé, madre de Juan Evangelista y de Santiago el Mayor. Ahora bien, los dos más cercanos a Cristo eran Simón y Judas, porque eran hijos de la hermana más próxima a la Virgen. ¡Gran honor! Si un rey se hiciera un vestido de una pieza de tela preciosa, y ordenara a dos soldados que se vistieran de la misma pieza, y a otros dos del fin de la misma, haría más honor a los que concediera vestirse del medio, que a los que concedió vestirse del fin. Esta preciosa escarlata fue Santa Ana, madre de la Virgen. La cabeza de esta pieza fue la Virgen María, de la que tomó Cristo la vestidura de su humanidad. La parte media de la misma fue María Cleofás, de la que se revistieron estos dos apóstoles. Y el final de la pieza fue María Salomé, de la que se vistieron Juan y Santiago. Esta fue la semejanza en el cuerpo material. Por esta semejanza la Escritura les llama no sólo consanguíneos, sino hermanos de Cristo, por su proximidad: Su Madre, ¿no se llama María, y sus hermanos Santiago y Jacobo, Simón y Judas? (Mt. XIII, 55). Conformes a la imagen del Hijo de Dios en el cuerpo material.
     6. Nosotros podemos tener esta semejanza con Cristo por las virtudes de nuestro cuerpo, y será más excelente que la que tuvieron los dos apóstoles. Esta fué carnal; la nuestra será virtuosa, que es mejor. Nos referimos a la penitencia, de la cual estaba Cristo revestido, pues cuando tenía treinta años aparentaba cuarenta o cincuenta (cf. lo. VIII, 57). Dice la Glosa que, debido a los ayunos, trabajos y aflicciones, parecía de cincuenta años. Si queremos ser semejantes a Él, no nos aflijamos porque no somos hijos de María Cleofás; seamos hijos de otra hermana de la Virgen, que existía antes que María Cleofás; seamos hijos de la penitencia. Cuando la Virgen tenia tres años comenzó a hacer penitencia en el templo. Seamos hijos de esta hermana. Aunque Simón y Judas fueran hijos de María Cleofás, hermanos y consanguíneos de Cristo, hubieran sido condenados si no hubieran sido hijos de la penitencia. Se salvaron y santificaron por ser hijos de la penitencia, más bien que por ser hijos de María Cleofás. Lo mismo nos acontecerá a nosotros si hacemos penitencia. De éstos dice el Apóstol: No se avergüenza de llamarlos hermanos a los que hacen penitencia (Hebr, II, 11).
     8. En segundo lugar, fueron semejantes en el alma racional. Esto es más noble, según veremos a continuación. Cristo tenía cuerpo, alma y divinidad. El alma de Cristo al principio de su creación tuvo tanta ciencia que conocía todo lo pretérito, presente y futuro. Por eso dice David, hablando de Cristo: Señor, tú conoces todas las cosas, las antiguas y las novísimas (Ps. 138, 5).
     También en este aspecto los dos apóstoles fueron muy semejantes a Cristo, pues tuvieron mucha claridad, a través de la cual conocían no solamente las cosas pretéritas, sino también muchas cosas futuras. Después de Pentecostés marcharon a Persia a predicar. El rey de Persia estaba en guerra con el de la India. El de Persia mandaba un capitán a luchar contra los indios, sin haber obtenido respuesta de sus ídolos sobre el suceso de la guerra. Los apóstoles le anunciaron el fin de la guerra y la paz futura.
     10. En tercer lugar, afirmo que fueron semejantes a la vida de Cristo en sus obras virtuosas. La obra de Cristo está clara: Para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo (1 lo. III, 8). Las obras del diablo son los pecados, las tentaciones, las guerras, las divisiones, etc. Esto fue lo que destruyó Cristo. Y en este aspecto nuestros dos apóstoles fueron muy semejantes a Cristo.
     Hallaron en Persia dos encantadores, Zaroes y Arfaxar, a los que acudía toda la gente para implorar la salud o para encontrar las cosas perdidas, para pedir auxilio por los hijos, etcétera. Y cuando invocaban a los demonios para que hicieran cuanto pedían, a veces, por permisión divina, se cumplía la petición. Digo por permisión divina, porque los demonios a nadie pueden curar si no es retirando su acción maléfica. Por ejemplo, del mismo modo que si yo fuera invisible y con una aguja os causara dolor en las narices o en las encías; así hacen los demonios, que pueden causar dolor al pecador, permitiéndolo Dios, para que acuda a ellos implorando la salud, para que les preste oídos y se condene al fin. Los apóstoles tuvieron una polémica muy grande contra estos magos, en presencia del rey infiel. Por sus milagros convirtieron al rey. Luego fueron conformes a la imagen del Hijo de Dios.
     11. Hoy se hacen en el mundo muchas obras diabólicas, y hay algunos que no quieren creerlo. Es cierto que el Señor nos ha creado, y no nosotros. Es obra diabólica el querer deformar lo que Dios ha hecho, como hacen las mujeres cuando se pintan. ¿Sabéis qué injuria se hace a Dios con esto? La misma que harías tú, que no sabes pintar, si quisieras copiar la imagen que el mejor pintor del mundo pintara. Piensa que Dios sabe pintar; y tú, que no sabes, ¿por qué quieres ser de otro modo? A vosotras, mujeres, os ha dado Dios unos pechos grandes, ¿por qué os los apretáis? Os dió ojos pequeños, ¿por qué queréis hacerlos grandes? Si os dió cabellos negros, queréis tenerlos rubios, como la cola de un toro, etc. Por eso cuando rezáis Cristo esconde su cara, porque tenéis la cara del diablo y no la de Cristo. Y si le decís: ¡Señor, soy creatura vuestra!, Él os responderá: ¡Mientes!
     La mujer casada ha de lavarse y adornarse para no desagradar a su marido. Los maridos no deben permitir a sus esposas que se pinten. Han de decirles: ¿Os pintáis por mí o por otro? Si os pintáis por mí, no lo hacéis cuando estáis en casa, sino cuando salís, etc. La sagrada Escritura amonesta a los esposos y a los padres: No comulguéis con las obras vanas de las tinieblas; antes bien, estigmatizadlas (Eph. V, 11).
     12. Digo, en cuarto lugar, que fueron semejantes a Cristo en la conducta espiritual. Cristo quiso vivir pobremente en este mundo por amor a los hombres. Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor. VIII, 9).
     También en esto fueron semejantes a Cristo los dos apóstoles. Después de convertir al rey de Persia y al de Babilonia y a muchos miles de infieles, iban pobremente vestidos. El rey pensó que tales hombres no debían ir vestidos de esa manera, y les ofreció grandes dones y tesoros. Los apóstoles, despreciándolos como estiércol, dijeron: No queremos nada terreno o carnal, sino sólo el amor de Dios y la salvación de las almas. Y con aquel dinero edificaron iglesias y hospitales. Luego fueron semejantes a Cristo en su conducta.
     13. Esta conducta atañe a los religiosos y a los clérigos y también a los seglares. Los religiosos deben tomar sólo lo estrictamente necesario para vivir, y no recibir nada más, aunque quieran darles. Esta ambición destruyó las Ordenes religiosas, que en un principio comenzaron con tanta pobreza que San Bernardo no comía sino hierbas. Pero después los reyes y -príncipes se enamoraron de ellos y les edificaron grandes monasterios, dándoles posesiones y castillos, hasta tal punto que se perdió el espíritu de la religión y llegaron a ser como puercos bien cebados. Para contrarrestar esta decadencia, San Francisco y Santo Domingo fundaron sus Ordenes sin réditos, para que fueran Ordenes mendicantes, y comenzó la devoción de las gentes, edificándoles grandes monasterios. Y ahora también todo se ha perdido. Otro tanto ocurrió con los ermitaños, quienes comenzaron con estrechez, pero luego empezaron a edificar y lo perdieron todo. La pobreza apostólica hay que conservarla como una doncella guarda su virginidad. Los enamorados envían muchos presentes a las doncellas; si alguna los acepta, se convertirá en meretriz. La mujer que quiere vivir castamente no recibe dones, a no ser en calidad de limosna y en caso de necesidad. Sirvamos, pues, a Dios, que nada necesario nos ha de faltar.
     Los clérigos guárdense de la simonía y recen devotamente su oficio; Dios les proveerá.
     14. Digo, en quinto lugar, que fueron semejantes a Cristo en la predicación evangélica. Cristo predicaba la penitencia a las gentes. Después de explicar algunos misterios del otro mundo, descendía a la práctica: Vino Jesús... predicando el evangelio de Dios y diciendo: Arrepentios y creed en el Evangelio (Mc. 1, 14-15).
     También en esto fueron semejantes a Cristo los dos apóstoles. Después que habían convertido muchos infieles, una muchacha joven se enamoró de un hombre, y poco a poco pasaron de las palabras a las obras. La muchacha quedó encinta de aquel joven, y quiso encubrir su pecado. Pero, al llegar la hora de dar a luz, fue descubierta por los gritos de dolor. Queriendo salvar la reputación del joven que con ella había pecado, difamó a un diácono, discípulo de los dos apóstoles, que era santo, casto y devoto. Pero fue librado de la calumnia, porque el niño recién nacido acusó al verdadero padre. Entonces quisieron matar al culpable, pero lo impidieron los apóstoles.
     15. De aquí podemos sacar dos enseñanzas: una para las doncellas, para que se guarden del amor carnal. Hay muchas que no van a misa, y en este espacio de tiempo se entregan a sus malos amores. La otra enseñanza es que no se debe difamar a nadie, Es presumible que la muchacha de la leyenda se condenara, porque no dió muestras de arrepentimiento. Así como es necesario restituir lo robado, es más necesario aún restituir la fama, porque es un hurto mayor. Mejor es el buen nombre que las muchas riquezas (Prov. XXII, 1). Y San Agustín nos aconseja: "No sea perezosa la lengua en poner el remedio, pues ella fue la que causó las llagas" (Regula).
     16. Por último, digo que fueron semejantes en la pasión y en el martirio. Cristo quiso morir para atraer los hombres a sí: Cristo murió una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 Petr. III, 18). Estos dos apóstoles murieron en la ciudad de Samir, porque por su predicación ganaban a muchos. En esta ciudad se adoraba el sol, en la figura de un ídolo, y decían todos que nada había en el mundo más hermoso ni más provechoso, pues ilumina, calienta y hace fructificar. Los dos apóstoles predicaban contra tal error, demostrando que ni el sol ni la luna ni las estrellas pueden ser adorados; porque aunque la luz y el calor nos vienen del sol o de los astros, no hemos de dar gracias a ellos, sino al Señor. No hay que dar gracias al cirio que arde, sino al que lo encendió. Si el rey os diera una moneda en una bandeja de plata, no hay que darle las gracias a la bandeja, sino al rey. Por tanto, es un error muy craso adorar el sol, la luna o los astros.

jueves, 24 de octubre de 2013

SERMÓN DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SAN MATEO, APOSTOL Y EVANGELISTA

Tema: No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt. IX, 13).
     1. La fiesta de hoy es muy grande, si se piensa en la persona que se honra, que es apóstol, evangelista y mártir. Estas tres causas conjuntas hacen una fiesta muy grande. Predicaremos, pues, de San Mateo. Pero saludemos antes a la Virgen María: Ave María.
     2. Las palabras del tema son de nuestro Señor Jesucristo. A primera vista parece que encierran una dificultad no pequeña, porque el Señor, que ama a los justos y buenos más que a los pecadores, dice: No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores. Esta frase necesita explicación antes de entrar en la materia que quiero predicar.
     Encuentro la misma diferencia entre el justo y el pecador, que entre estar cerca y lejos de Dios. El justo, bueno y temeroso de Dios, está tan cerca, que nada creado está tan cerca, ni la túnica, ni la camisa, ni la piel: más cerca está Dios. En el entendimiento, pues asi como el aire del mediodía está muy cerca de la luz, porque está todo iluminado por el sol, del mismo modo Dios está cerca del entendimiento del justo, iluminándolo; lo llena de divinidad, y no deja en él tinieblas de error ni oscuridad de falsas opiniones, de modo que los justos no se llaman "luminosos", sino "luz": Erais en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor (Eph. V, 8), Vosotros sois la luz del mundo (Mt. V, 14). Está cerca de la voluntad por amor de caridad, pues así como se ve el fuego alrededor del hierro candente, del mismo modo la voluntad del justo está inflamada de divinidad para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a si mismo. Dios es caridad, y quien permanece en caridad en Dios permanece, y Dios en él (lo. IV, 17).
     Dios está cerca de la vida del justo por su honestidad y su comportamiento. Pues asi como el color está cerca, íntimamente unido al paño, del mismo modo la persona justa está cerca o coloreada de santidad en presencia del Señor: en sus ojos humildes, en sus oídos, que escuchan la palabra de Dios; en sus manos, cuando las extienden en la oración; en su garganta, por la templanza; en su cuerpo, cuando lo afligen en memoria de la pasión de Cristo. Está claro que la persona justa está teñida de santidad en presencia de Dios. Tú. Señor, habitas en medio de nosotros, y tu nombre es invocado por nosotros (Ier. XIV, 9). Ahí tenéis cómo la persona justa está cerca de Dios. Por eso decía David: El Señor está cerca de cuantos le invocan, de todos los que le invocan de verdad (Ps. 144, 18).
     3. Pero el pecador está lejos de Dios, no por distancia local, pues si así fuera se aniquilaría al momento; Dios dista del pecador con distancia formal. Dos paños unidos entre sí, basto uno y finísimo el otro, distan muchísimo, no por distancia material, sino por distancia formal. Dios dista infinitamente del pecador, por la diferencia que existe entre tanta santidad y tanta iniquidad. Por eso dice David: Muy lejos está de los impíos la salvación, porque no buscan tus mandamientos (Ps. 118, 155). Queda, pues, manifiesto que los justos están cerca de Dios y los pecadores muy lejos. Es evidente que no se llama al que está cerca, sino al que está lejos. Por eso decía el Señor: No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores. Porque los justos están conmigo; he venido a salvarlos, si perseveran; vine a llamar a los pecadores para que se conviertan.
     4. Aplicando este tema general a San Mateo, apóstol, evangelista y mártir, encuentro que San Mateo estaba lejos de Dios antes de su conversión, pues era injusto y gran pecador, Por eso fue llamado por el Señor: Ven y sigúeme. Sobre esta vocación de San Mateo hay que esclarecer cuatro cosas: su vocación graciosa, la invitación fructuosa, las obras virtuosas, la perfección gloriosa.
     5. Primero, el modo de su conversión fue gracioso. He pensado qué oficios tenia San Mateo, y he encontrado que tenía tres oficios muy malos en el mundo: un oficio que era peligroso, criminoso y odioso. Peligroso, porque era usurero. Tenía la mesa de cambio en la ciudad marítima de Cafarnaúm. Es un oficio muy peligroso para el alma, porque se maneja mucho dinero. Pues así como el que maneja aceite, carbón o pez se mancha, del mismo modo quien maneja dinero. Dice la Escritura: El que maneja la pez se mancha (Eccli. XIII, 1). La pez es el dinero, y deja muchas manchas en el alma de quien lo maneja. Primero, en el pensamiento; segundo, en la pérdida de tiempo y ocupación de negocios. Como signo de ello, la moneda, sea de oro o de plata, deja manchas en los dedos de quienes la tocan, indicando que los cambistas hacen fraudes.
     6. Era un oficio criminoso, por ser usurero. Dice Beda: "Después de la conversión, dejó las cosas propias, el que solía tomar las ajenas" (c. 9 Matthaei).
     7. Tercero, era un oficio odioso y tedioso, porque era cobrador de rentas y alcabalas del emperador en la ciudad de Cafarnaúm. Por eso se le llama publicano. Este oficio es tedioso y odioso, pues quienes lo ejercen hacen con frecuencia grandes injurias, abusando de la potestad que tienen. Por esta razón Juan el Bautista, al que se llegaron los publícanos diciendo: ¿Qué haremos para salvarnos?, les respondió: No exigir nada fuera de lo que está tasado (Lc. 3, 13).
     8. Por estas tres condiciones del oficio, Mateo distaba de Dios tres dietas de camino. Ved ahora cómo fue llamado en sexto lugar. Pasando Cristo junto al mar de Galilea, estaba Mateo sentado junto a la mesa de cambio, en su espléndida casa, a la orilla del mar, abstraído en su negocio. Se paró Cristo y vió al publicano, Leví de nombre, sumido en sus negocios, de tal manera que no podía preocuparse ni de Dios ni de su alma. Cristo le miró detenidamente. Entonces Mateo, movido por el Señor, alzó sus ojos y vió a Cristo delante de sí, pero no reconoció en Él al Mesías. Aunque era tanta la reverencia y la majestad de su presencia, que Mateo le contemplaba admirado. Entonces le dijo Cristo: Ven y sigúeme. De repente, apenas el Señor había pronunciado estas palabras, un rayo de claridad iluminó su mente, reconociendo al momento que Cristo era el verdadero Mesías, y su corazón fué movido a contrición de sus pecados. Entonces dijo: Aquí estoy, Señor, pues me habéis llamado (1 Reg. III, 5). Y al instante, renunciando a todo cuanto poseía, siguió a Cristo.
     9. La recta razón nos dice que Mateo en este instante diría a Cristo: Os doy gracias, Señor, porque me queréis discípulo vuestro, etc. Y podemos creer que el Señor le respondería: Ve y da cuenta de tu oficio a tus superiores y recibe, sin usura, lo que has prestado. Entonces San Mateo haría pregonar que satisfaría a todos los que hubiera defraudado por usura o por injusticia. Esta es la norma que deben seguir en la restitución los usureros públicos; los usureros secretos deben restituir en secreto. Todos los que quieran entrar en el paraiso deben hacer lo mismo: "No se le perdonará el pecado si no restituye lo robado", dice el adagio. No os engañéis, prometiendo que lo vais a dejar escrito en vuestros testamentos. Hay algunos que dicen: Si restituyera lo que debo, descendería de categoría. ¿Qué dejaría en herencia a mis hijos?
     10. Lo segundo que hemos de considerar en el llamamiento de San Mateo es la invitación fructuosa. Después que lo restituyó todo, permaneció en su casa con el dinero que justamente había ganado, y quiso hacer un gran banquete en honor de Cristo, como hacen los religiosos cuando entran en religión. Sobre este convite habla San Lucas: Levi hizo un gran convite en su casa (Lc. V, 29). Y asistía gran multitud de publícanos y otros que estaban recostados con ellos. La intención de Mateo fue convertirlos a todos, según escribe San Jerónimo. Pensaba: Si me convirtió a mí, que estaba tan atado a mis negocios, también convertirá a éstos. Cristo ordenó que las puertas permanecieran abiertas. Y los apóstoles se sentaron junto a la puerta, mientras que Jesús estaba entre los publícanos. Llegado el momento, Cristo comenzó el versículo del salmo: Todos los ojos miran expectantes a ti, y tú les das el alimento conveniente a su tiempo. Abres tu mano y llenas a todo viviente de bendición (Ps. 144, 15-16).     11. Llegados al fin de la comida, los fariseos, observando por las puertas abiertas, decían a los discípulos, que estaban cerca de la calle: ¿Por qué vuestro Maestro come con los publícanos y pecadores? (Mt. IX, 11). Como si dijeran: Por ahí veréis quién es vuestro Maestro; dime con quién andas y te diré quién eres. Cuando Cristo supo esta conversación, les llamó. Los fariseos, hinchados, se plantaron delante de Cristo: ¿Qué queréis?, le dijeron. Y el Señor les respondió: Cuando en una ciudad hay sanos y enfermos, ¿quiénes necesitan del médico: los sanos o los enfermos? Y ellos, entendiendo lo que les quería decir, no quisieron responder. Yo os lo diré: Los que están bien no necesitan del médico, sino los enfermos. Aquel estaba enfermo de soberbia, y ha sido curado; el otro, de avaricia, y ha sanado; etc. A este respecto dice San Agustín: "Gran médico vino del cielo a nosotros, pues todo el mundo estaba enfermo" (Sermo de verb. Apost., c.10). Dijo el Señor: No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores. Los judíos se retiraron confundidos. Esta fue la invitación fructuosa de Mateo, pues, convertido él, quiso que los demás se convirtieran.
     12. Tomemos ejemplo de San Mateo, para que cada uno de nosotros, si se encuentra en el camino de la salvación, procure atraer a su familia, a sus criados; el varón a la mujer, y viceversa. Que todos confiesen y comulguen en Pascua, que oigan misa y sermones, que no trabajen en días festivos. Porque, según San Pablo, si alguno no mira por los suyos, ha negado la fe y es peor que un infiel (1 Tim. V, 8).
     13. Respecto a lo tercero, es decir, las obras virtuosas que practicó después de su conversión, hay que decir que, después de la resurrección y ascensión de Cristo y después de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles se dividieron el mundo para predicar y.convertir a los hombres. San Mateo fue a Etiopía, predicando y haciendo milagros, etc. De esta manera convirtió a muchos para Cristo. Y esta fue su obra virtuosa. Una vez, durante su sermón, se promovió un gran tumulto y llanto por la muerte del hijo unigénito del rey. Y cuando se preparaba el entierro, llegóse un cristiano al rey este cristiano era aquel eunuco bautizado por Felipe (Act. VIII, 38)— y le dijo que había un santo varón en la ciudad, que podía resucitar al príncipe. Expliqúese aquí el milagro, según lo refiere la historia. Por lo cual se cumplió aquella profecía que dice: Sólo a él lo elegí yo, y le bendije y lo multipliqué (Is. 51, 2).
     14. Si alguien pregunta: ¿Cuál fué la causa por la que San Mateo, él solo, convirtió toda Etiopía y Egipto, y ahora, que hay tantos predicadores, no convierten los pocos judíos que existen? Yo le responderé: Los apóstoles estaban dotados de vida santa y de buena doctrina, y no ambicionaban sino el honor de Dios y la salvación de las almas. Por eso decía el apóstol: Teniendo con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos contentos (1 Tim. VI, 8). En nuestros días fallamos en la Vida, porque los hombres se resisten a ver los milagros de los santos y la buena doctrina; buscan únicamente la doctrina de los poetas. Tampoco nos preocupamos de la salvación de las almas, sino de los asuntos temporales y de familiaridades. Hay clérigos que venden los sacramentos. Por eso no sólo no se convierten los infieles, sino que los mismos fieles pierden la fe, se pervierten. Dice el Apóstol: Todos buscan sus intereses y no los de Jesucristo (Phil. II, 21).
     15. El cuarto punto es la perfección gloriosa. Mateo fue mártir por defender a una religiosa. He leído que el primer monasterio que existió lo fundó San Mateo. Después de convertir toda aquella región, murió el rey, al que también habia convertido. Su hija, llamada Ifigenia, había recibido el velo de las vírgenes consagradas a Dios, con otras veinte doncellas, en el monasterio fundado por San Mateo. Sucedió al rey un extranjero, y quiso tomar por esposa a la hija del rey anterior. Se le dijo que no podría casarse con ella, a no ser por consentimiento de San Mateo. Entonces le llamó el rey y le pidió que diera su consentimiento para que se casara con él. Y Mateo pensó: Si ahora le digo que no, me matará, y mi martirio permanecerá oculto. Y volviéndose al rey, dijo: Venid al oficio el
próximo domingo y yo la induciré a que se case. El rey asi lo cumplió. San Mateo comenzó diciendo que el matrimonio fue instituido por Dios en el paraíso terrenal; que fue honrado por Cristo con las primicias de sus milagros; que por el matrimonio se llena el cielo de almas buenas; que es conservativo de la especie humana y que el mismo Cristo quiso que su Madre tuviera esposo. Pero después de todo esto dijo que, así como sería tenido por traidor el que quisiera por esposa a la esposa del rey, del mismo modo el hombre que pretendiera por esposa a una esposa de Cristo.
     Al llegar a este punto fué herido con una lanza y murió.
     Háblese del pecado que cometen las religiosas y clérigos cuando cometen un sacrilegio. Póngase la semejanza del santo sepulcro de Jesucristo: si el sepulcro del Señor fuera echado a un pozo de inmundicia, sería menor pecado que lanzar el alma de un santo en la inmundicia del sacrilegio.

sábado, 19 de octubre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SAN BARTOLOME APOSTOL


Tema: Vosotros sois mis amigos (lo. XV, 14).
     1. Nuestro sermón será de San Bartolomé, pues de él se celebra hoy la fiesta. Y, si Dios quiere, encontraremos muy buena doctrina para instrucción nuestra. Saludemos antes a la Virgen María: Ave María.
     2. Es doctrina admitida en la Iglesia que entre todos los santos que existieron desde el principio del mundo y que serán hasta el fin, los más excelentes, más santos y más llenos de luz son los apóstoles. La razón de ello es muy buena: todo cristiano cree que Cristo es el principio fontal de toda santidad y perfección; por lo mismo, en tanto los santos fueron más santos, más dignos y más excelentes, en cuanto estuvieron más cercanos a Cristo, porque estaban más cerca del principio fontal de toda santidad. Y los apóstoles fueron los que más cerca estuvieron de Cristo, ya que convivían con Él. Luego fueron los más santos.
     Expliquemos la ordenación del mundo por los dedos de la mano, entre los cuales es mayor el del medio. El dedo mayor significa la plenitud de los tiempos, en la cual envió Dios a su Hijo (Gal. IV, 4), pues parece que el mundo estaba más poblado entonces que nunca. Al principio del mundo existieron los patriarcas, santos y perfectos; después los profetas, que eran más santos, por estar más cerca de Cristo. A los cuales dice el Señor: Yo, el Señor, me mostré a Abrahán. a Isaac y a Jacob como el Omnipotente, pero no les manifesté mi nombre (Ex. VI, 1). Entre todos los profetas, Juan fue el más santo, pues estuvo muy cercano al principio fontal, que es Cristo, al cual mostró con el dedo y lo bautizó; tanto, que Cristo dijo de él: Entre los nacidos de mujer, nadie mayor que Juan Bautista (Mt. XI, 11). No fué mayor que los apóstoles, sino mayor que los profetas y patriarcas del antiguo Testamento, con los cuales lo compara Cristo: Yo os digo: No hay entre los nacidos de mujer profeta más grande que Juan Bautista (Lc. VII, 28). Queda, pues, manifiesto que lo compara con los primeros santos.
     3. Después viene el principio fontal de toda gracia y santidad, Cristo. Y aquellos que conviven con Él tienen mayor dignidad y claridad. Por eso dice el Apóstol: También nosotros que tenemos las primicias del Espíritu (Rom. VIII, 23). Después vienen los santos y benditos mártires, que no llegan a la dignidad de los apóstoles. Por último, los confesores.
     Hay que notar que Juan, el más cercano a Cristo entre los santos antiguos, fue más santo que ellos y, consiguientemente, más amigo del Señor. El amigo del esposo, que le acompaña y le oye, se alegra grandemente de oír la voz del esposo (Jo. III, 29). Y los apóstoles, que fueron los primeros en los dones de santidad, fueron los más amigos de Cristo. Dice el Filósofo que "el amigo es otro yo" (IX Ethic., c. 4). Por eso dice Cristo a los apóstoles: Vosotros sois mis amigos, según reza nuestro tema.
     4. Concretando esta doctrina general a San Bartolomé, creo que tuvo la amistad divina por tres cosas, que si nosotros poseyéramos seríamos semejantes a él, aunque no iguales en todo. Tuvo: oración espiritual, obediencia universal, aflicción de mártir.
     Por eso dijo Cristo, de modo especial a Bartolomé, y a nosotros en general: Vosotros sois mis amigos.
     5. Digo, en primer lugar, que San Bartolomé tuvo amistad espiritual con Cristo, a través de la oración espiritual. Pues contemplando y hablando se engendra el amor entre dos personas. Estas dos fases se encuentran en la oración espiritual y devota, en la que se contempla a Jesús de la cabeza a los pies. Primeramente, su cabeza, coronada de espinas; los vituperios y blasfemias que escucharon sus oídos..., etc. De esta manera entra el amor divino en el corazón, contemplando maltrecha la hermosura de nuestro amor... En segundo lugar, hablando, razonando y diciendo: Señor, perdóname; tengo tal defecto o pecado; Señor, ayúdame. De esta manera nace el amor. Tercero: contemplando cómo Cristo está sentado a la mesa de la eternidad, el fiel devoto descansa en Él, viendo su tranquilidad gozosa. De éste dice la Escritura: El que ama la pureza de corazón, tendrá por amigo al rey por la gracia de sus palabras (Prov. XXII, 11). La pureza de corazón consiste en separarse de los negocios mundanos y en darse a la oración y contemplación. Así lo hizo San Bartolomé.
     6. Escuchad lo que de él se dice: Era tan devoto que, según refiere su historia, oraba cien veces cada día, puesto de rodillas; y otras cien veces por la noche. Si por la oración se alcanza la amistad con Cristo, ¿qué diremos de San Bartolomé?
     7. No es necesario que oremos cien veces al día, sino que basta con diez: cinco durante el día y otras cinco durante la noche, sin preocuparnos en detalle de los efectos, contemplando los diez atributos divinos. Antes de nada, santigúate, purifica tu corazón y piensa en el poder de Dios, que creó de la nada todas las cosas. Y cuando sientas la dulzura de corazón, di el Padrenuestro, etc. Después piensa en su ciencia, por la que todo lo sabe y lo ve, por la que nada se esconde a su mirada; y después de esto, vuelve a decir el Padrenuestro. Piensa también en su bondad, pues todo lo que hizo lo hizo por amor al hombre, ya que Él no necesitaba del cielo ni de la tierra. Considera también la creación entera, en sus diversos grados y órdenes. Y la providente gobernación, por la que a todos provee de comida y de vestido, y a nadie falta en nada. Y también en la redención, pues para que nadie fuera suspendido en la horca del infierno, quiso ser suspendido de la cruz. Piensa en la glorificación de alma y cuerpo en los bienaventurados, después del juicio final. Y en la condenación, en el rigor que sufren los impenitentes; de aquí nacerá en ti el temor de corazón. Medita la purificación de las almas en el purgatorio. Y, por último, en el juicio universal, en el que los buenos irán a la derecha y los malos a la izquierda. Ahí tenéis la razón por la cual predicamos las virtudes de los santos: a fin de que sean un ejemplo vivo para nosotros. Por eso dice David: Bendito sea Dios, que no desechó mi oración ni me negó su misericordia (Ps. 65, 20). Y comenta San Agustín: "Si ves que no ha retirado de ti la gracia de la oración, estáte seguro, porque tampoco ha retirado su misericordia".
     8. En segundo lugar, San Bartolomé poseyó la amistad con Dios por la obediencia universal, pues fué obediente a todos los preceptos divinos. Y Cristo decía: Sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Parece que no es muy de alabar la obediencia de San Bartolomé a los diez mandamientos divinos, pues todos han de obedecerlos y sujetarse a ellos. Pero tengamos muy en cuenta que fué obediente no sólo a los preceptos, sino también a los consejos y disposiciones apostólicas, pues cumplió todo lo que Cristo quiso decir cuando envió a les apóstoles: Id por el mundo entero y predicad el evangelio a toda creatura (Mc. XVI, 15). Cristo muestra aquí el lugar en que hay que predicar, es decir, en el mundo entero, y no sólo en una villa, ciudad o provincia. Les marcó el movimiento del sol, que sale e ilumina, calienta y hace fructificar por todo el mundo, y no se detiene nunca en un lugar. En segundo lugar, indica la materia que debían predicar: el evangelio, y no Virgilio, Ovidio..., etc., porque los poetas están condenados y, por tanto, su doctrina a nadie salva, aunque sea grata al oído. Si alguien me pregunta si puede predicarse el antiguo Testamento, le diré que quien predica la Biblia no predica sino el evangelio, porque el viejo Testamento no es otra cosa que el evangelio figurado, esclarecido en el nuevo Testamento. Estas son las palabras de Dios, que convierten las gentes e iluminan los corazones. Por eso dice el Apóstol: No me avergüenzo del evangelio, que es poder de Dios para la salud de todo el que cree (Rom. I, 16).
     Y en tercer término, muestra a qué personas hay que predicar: A toda criatura. No sólo a los cristianos, para consolar sus almas, sino también a los conversos, judíos y agarenos, porque "es poder de Dios para la salud de todo el que cree".
     San Bartolomé observó cuidadosamente este mandato. Después de recibir el Espíritu Santo, comenzó a predicar en Jerusalén, convirtiendo a muchos; después en Judea, y así predicando llegó a lo más remoto de la India.
     9. El segundo mandato de Cristo a los apóstoles fue sobre la guerra. ¡Oh!, ¡y en qué guerra se vieron los apóstoles! Los predicadores modernos vienen a predicar entre cristianos y en tiempo de paz. Los apóstoles predicaban entre infieles y a los filósofos una doctrina elevadísima y nueva, como eran los misterios de la Trinidad, encarnación, pasión de Cristo, sobre el sacramento del altar..., etc. Peleaban contra la naturaleza, que propina enfermedades; contra los demonios, contra la muerte, resucitando muertos, curando enfermos y lanzando demonios (cf. Mt. X, 5 ss.).
     10. El tercer precepto que dió Cristo a los apóstoles fué acerca de la pobreza: No llevéis oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón (Mt. X, 9-10). Y con esta pobreza convertían a los pueblos. Las gentes se preguntaban: ¿Qué quieren éstos? Y respondían: Buscan nuestra salvación, y no el dinero.
     Estando en la India, San Bartolomé curó milagrosamente a la hija del rey, y el rey le envió una fuerte suma de dinero, que el Santo rechazó. Con ello convirtió al rey y a todo el pueblo. Esta fué su batalla. Si nosotros fuéramos buenos y no amásemos tanto los bienes temporales, los infieles se convertirían; pero como nuestra vida es mala, no sólo no se convierten los infieles, sino que los mismos cristianos pierden la fe.
     11. Digo, por último, que San Bartolomé tuvo la amistad con Cristo por la aflicción de mártir. Por el martirio se alcanza la amistad con Dios: Nuestro padre Abraham fue tentado y probado por muchas tribulaciones, y de este modo se hizo amigo de Dios (Iud. 8, 22).
     Digamos los cuatro martirios de San Bartolomé, narrados por los probados autores. Después de la conversión del rey Polemio, su hermano Astiages envió mil hombres armados para que apresaran a San Bartolomé. El primer tormento que le aplicaron fue la verberación, tan cruel, que no murió por verdadero milagro. En ella se recreaba, según San Ambrosio, pronunciando el nombre de Jesús a cada golpe que recibía. ¡Excelente medicina! El segundo tormento fué ser crucificado con los pies hacia lo alto. El tercero, que fué despellejado, después que lo bajaron de la cruz. Esta pena fué terrible; algunos dicen que con la piel pendiente del cuello continuaba predicando. Y el cuarto tormento fué la decapitación.
     Si el martirio es medio para alcanzar la amistad con Dios, San Bartolomé fué gran amigo del Señor.
     12. Si queremos entrar en el paraíso, es necesario que nos asemejemos a San Bartolomé en estos cuatro tormentos. Primero, hemos de ser golpeados con varas. Pues cuando alguien que vive habitualmente en mal estado se enmienda, llegan en seguida los flagelantes. Sobre esto dice el Apóstol: Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones (2 Tim. III, 12). Segundo, es necesario que seamos crucificados. La cruz significa la penitencia que debemos soportar: Los que son de Cristo crucificaron su carne con sus vicios y concupiscencias (Gal. V, 24). Tercero, seremos despellejados. Si tienes piel de león (soberbia y vanidad), humíllate. Si tienes piel de zorra (avaricia), despelléjate y restituye las usuras; te hará daño, pero debes restituir. Por último, es necesario ser decapitados. La cabeza de la que proviene todo mal es la soberbia y presunción, cuando el hombre presume de su grandeza, de su ciencia o ingenio. Luego hay que someterse a la decapitación, porque la cabeza de todo pecado es la soberbia (Eccli. X, 15).

miércoles, 9 de octubre de 2013

SERMÓN DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN FELIPE Y SANTIAGO

Tema: He aquí cómo son contados entre los hijos de Dios (Sap. 5, 5)

     1. Hoy es la fiesta de dos apóstoles gloriosos. Y si de un apóstol se hace gran solemnidad, será mucho mayor la conmemoración de dos apóstoles. Si Dios quiere, encontraremos buena doctrina para aprender la virtud, para corrección de nuestros pecados y para la reforma de nuestra vida. Saludemos a la Virgen María: Ave María.
     2. Como declaración del tema e introducción a la materia, hay que saber que entre todos los santos que existieron desde el principio del mundo y existirán hasta el final, los apóstoles se llaman hijos de Dios por excelencia. Aunque todos los santos y personas devotas pueden llamarse y son hijos de Dios, sin embargo, los apóstoles merecen este apelativo con más propiedad y sobre todos los demás. La razón es porque la filiación divina es producida en el hombre por la vida espiritual, que se tiene por la gracia y la presencia del Espíritu Santo. De lo contrario, por más grande que sea el hombre, prelado, maestro o graduado, si no tiene vida espiritual no es hijo de Dios, sino enemigo. De la misma manera que el feto no tiene razón de filiación humana hasta que se le infunde el alma racional, que completa la vida humana y le da el ser especifico. Puede citarse aquí aquel milagro que hizo San Pedro Mártir con el fruto monstruoso de una mujer.
     3. Está claro, pues, que la filiación humana proviene del alma racional, y cuando el alma se separa del cuerpo por la muerte, aquel cuerpo ya no se llama propiamente hijo o hija vuestro. Así también, aunque el hombre fue engendrado por Dios en el bautismo y confirmado, aunque sea un gran señor, si no tiene vida espiritual y no habita en él el Espíritu Santo por la gracia, no puede llamarse hijo de Dios. Mas cuando, después del bautismo y la confirmación, vive la vida espiritual, preocupándose más del alma que del cuerpo, y tiene dolor de sus pecados pretéritos y precaución para los futuros, es hijo de Dios. Dice la Escritura: Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios (Rom. VIII, 14). Otra autoridad del antiguo Testamento. Hablando David de las personas que llevan vida espiritual, dice: Yo dije: Sois dioses; todos vosotros sois hijos del Altísimo (Ps. 81, 6). Sois dioses, no por naturaleza, sino por participación.
     4. Vengamos ahora a nuestro propósito. Es cierto que entre todos los santos, los apóstoles llevaron una vida espiritual más excelente y estuvieron más llenos del Espíritu Santo. Es doctrina clara en teología que Cristo es la fuente de todas las gracias espirituales. Por tanto, los santos que estuvieron más cerca de Cristo fueron los más espirituales, porque quien más se acerca a la fuente espiritual, que es Cristo, es más espiritual. Ahora bien, entre todos los santos que existieron antes de Cristo y después de Él, los que estaban más cerca del Señor eran los apóstoles, pues estaban con Él, comían y bebían con Él. Por tanto, fueron más espirituales y, en consecuencia, más santos. Fíjate en una semejanza: compara los dedos cortos de la mano con el más largo. Los santos patriarcas que existieron antes de Cristo fueron santos y espirituales; pero fueron más santos y más perfectos los profetas, los cuales estuvieron más cerca de Cristo. Y entre éstos, el más santo fue Juan Bautista, que fue el más cercano a Cristo, y lo bautizó en el Jordán. Por eso dijo Cristo: Entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista (Mt. XI, 11). Y la Virgen María fue la más espiritual de todos, porque fue la más allegada a Cristo, y lo llevó en su seno durante nueve meses. Después de la Virgen, los mayores, más espirituales y más llenos del Espíritu Santo fueron los santos apóstoles. Después, los mártires y los santos confesores. Por último, llegamos nosotros, que nada valemos y somos como labrusca en las viñas. Por eso decía el Apóstol: Nosotros tenemos las primicias del Espíritu. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom. VIII, 23, 16). Bien dice el tema de los apóstoles: He aquí [la razón] cómo son contados entre los hijos de Dios estos dos apóstoles.
     5. Si la vida de un apóstol da materia para un largo sermón, ¿cuánto más la vida de dos apóstoles? Por eso hablaré sólo un poco de cada uno.
     En San Felipe he encontrado tres señales de la divina filiación:
     Primera: Amor espiritual.
     Segunda: Predicación evangélica.
     Tercera: Pasión de mártir.
     6. Respecto a la primera, el amor que San Felipe tenía a sus parientes y amigos era todo espiritual. El primer apóstol llamado por Cristo fue Felipe. Díjole el Señor: Sigúeme (lo. 1, 43). A ningún otro, hasta ese momento, habia hecho el Señor semejante invitación. Felipe, iluminado e instruido por Cristo, quiso llevar también a su hermano, no para ganar lo temporal, sino para salvar su alma. Y fue a buscar a su hermano Natanael, doctor de la ley. Habiéndole encontrado, le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús; ven y verás (lo. 1, 45, 46). Lo llevó a Cristo, diciendo en su interior: Señor, así como me iluminaste y convertiste, ilumina y convierte a mi hermano. Me place, dijo Cristo. Y declaró sobre Natanael: He aquí un verdadero israelita, en el que no hay engaño. Díjole Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús: Antes que Felipe te llamase, te vi cuando estabas debajo de la higuera (lo. 1, 47-48). Entonces Natanael, iluminado y convertido, dijo a Cristo: Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (ibíd., 49). En esto se señala el amor espiritual de San Felipe por su hermano.
     7. Y en esto mismo fallamos nosotros, porque todo nuestro amor a los parientes y amigos es carnal. Amamos los cuerpos, honores, oficios, comer y beber, reír y jugar. Hay muy pocos que tienen amor espiritual a las almas de sus prójimos induciéndolos a la buena vida. Y Cristo mandó a todos: Esto os mando: que os améis mutuamente. Señor, ¿con qué clase de amor? Como yo os he amado, con amor espiritual (lo. 15, 12). Por tanto, el buen esposo debe amar a su esposa no sólo con amor carnal, sino también con amor espiritual. Porque si un varón es bueno y devoto, siendo su esposa vana y amiga de pompas, debe el varón darse buenas mañas para atraerla a Cristo; y, viceversa, la mujer debe atraer a Cristo al esposo descarriado, y a los parientes, a los hijos, enseñándoles a santiguarse, a orar etc. También debe dar facilidad para oír la misa, confesarse, etc. El vecino atraiga al vecino, el socio a su compañero, el religioso al religioso, y el clérigo al clérigo. Este es el amor espiritual, bueno y santo, del que dice la Escritura: El esposo y la esposa dicen: Ven (Apoc. 22, 17). El esposo es Cristo, y la esposa, la Iglesia. Ambos dicen: Ven al paraíso y abandona el camino del infierno. ¿Caminas por la senda de ia soberbia, que conduce al infierno? Ven por el camino de la humildad, y así en lo demás. Y el que escucha, obedezca la palabra de Cristo y diga a su hermano: Ven.
     8. El segundo signo de la filiación divina de San Felipe fue la predicación evangélica o apostólica. Después que vivió espiritualmente con Cristo durante largo tiempo, al fin, cuando Cristo subió a los cielos y recibieron el Espíritu Santo, Felipe, recordando las palabras de Cristo: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, Samaría y hasta lo último de la tierra (Act. 1,8), comenzó a predicar en las plazas y calles de la ciudad de Jerusalén, consiguiendo gran fruto y convirtiendo a muchos a la fe de Cristo. Después visitó y predicó en las villas y castillos de toda la Judea. Pasó luego a Samaria y, por último, al Asia, que es la mayor parte del mundo. Dice la historia que no se pueden enumerar las almas que convirtió a la fe. Y es que Felipe quiere decir "boca de lámpara", por su brillante predicación. La lámpara tiene la boca ancha, está llena de aceite y es clara para iluminar. La boca de Felipe fué ancha para predicar en todas partes; llena de óleo medicinal para convertir a muchos pueblos y claro para iluminar los corazones de las gentes. Dice el profeta: Si sabes distinguir lo precioso de lo vil, seguirás siendo mi boca; todos se volverán a ti, no serás tú quien te vuelvas a ellos (Jer. XV, 19). Esta cosa preciosa es la fe católica; lo vil es el error y la idolatría. San Felipe hacía esta separación en su predicación. Lo precioso es la virtud; lo vil, el vicio. La soberbia y la humildad, la avaricia y la liberalidad, lujuria y castidad, etc. Felipe separaba lo precioso de lo vil, porque convertía al soberbio y lo hacia humilde, y así en lo demás. Por eso continúa el profeta: Todos se volverán a ti, es decir, a la fe que tú predicas. No serás tú quien te vuelvas a ellos, a sus sectas y errores.
     9. Al llegar aquí se nos plantea la siguiente cuestión: ¿Cómo un hombre sencillo según el mundo convertía tantos pueblos? Estos pueblos estaban inveterados en sus malas sectas, y de repente creían y se convertían a Cristo. Los que estaban habituados al pecado, se convertían de repente a la virtud. Y ahora, que somos tantos predicadores, no podemos convertir un infiel, y los fieles se pervierten. Los apóstoles convirtieron casi el mundo entero, pues su clamor resonó en toda la tierra; ahora muchos se han pervertido.
     Como respuesta a esta cuestión, ten en cuenta que los apóstoles poseían tres cualidades, con las que no es extraño que convirtieran las gentes: en primer lugar, su doctrina era celestial; la nuestra es todo lo contrario. Por ser celestial, la doctrina de los apóstoles inclinaba al amor de Dios y de las cosas celestiales. Pero la doctrina de muchos de entre nosotros es de los poetas condenados. ¿Cómo podrá salvar? Halaga los oídos con sones armoniosos, pero no mueve los corazones. La doctrina evangélica y celestial tiene propiedades contrarias: no tiene las cadencias de la doctrina poética, pero penetra en los corazones, ilumina el entendimiento e inflama la voluntad. Pongamos un ejemplo: por ley de la naturaleza, el agua asciende tanto cuanto desciende. Si procede de una fuente muy baja, no puede subir. Así ocurre con la doctrina evangélica, procedente de un principio altísimo: de aquella fuente de la que dice el Eclesiástico: La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas (Eccli. 1, 5). Por eso hace subir hasta el cielo a la persona que predica y a la que escucha y practica la predicación. El agua de la doctrina de los poetas procede de la fuente que es el humano entendimiento; ¿cómo podrá hacerte subir al cielo? Por eso decía Cristo: Quien bebe de esta agua [de la filosofía, en sentido alegórico] volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le diere no tendrá sed jamás (lo. 4, 13-14). Y porque San Felipe predicaba la doctrina celestial y evangélica y disputaba sin recurrir a la filosofía, sino con sencillez, exponiendo las verdades de la fe, las gentes creían y se convertían, según la palabra de Cristo: Yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios (Lc. 21, 15).
     10. La segunda razón es porque los apóstoles llevaban vida espiritual y no se preocupaban de los bienes de este mundo. Las gentes se decían: ¿Qué quiere este hombre? ¿Quiere riquezas o dignidades? Y respondían: No. Pues ¿qué busca? No otra cosa sino la gloria de Dios y la salvación de las almas. Además, los apóstoles ayunaban, hacían grandes penitencias, afligían su cuerpo, evitaban las familiaridades... Nosotros no sabemos predicar sino por vanidad, para exhibirnos, para ser alabados o ganar dinero, para adquirir amistades... No es ésta la vida espiritual. Si hacéis esto, en mala hora entrasteis en religión. Aunque una carta del rey o del papa esté bien compuesta y adornada de retórica, no le deis crédito si no lleva el sello. Un sermón con mucha retórica y muy ordenado es como una carta real o papal; si el que predica carece del sello de la buena vida, nadie le cree. Esta es la causa por la cual no se convierten ahora los infieles y pecadores. Los apóstoles eran espirituales, y lo que decían de palabra lo cumplían en sus obras; por eso se les daba crédito. Dice San Pablo: No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí (Rom. 15, 18).
     11. Tercera razón: no sólo tenían doctrina celestial y vida espiritual, sino que hacían obras divinas, milagros. Porque cuando predicaban sobre los artículos de la fe: de la Trinidad, encarnación, pasión, resurrección, ascensión, aducían no sólo las pruebas de autoridad de la Escritura, sino también la prueba evidente y clara de los milagros. No es extraño que las gentes se convirtieran. Por eso dice de ellos: Se fueron y predicaron por todas partes, cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las señales consiguientes (Mc. 16, 20). Ahora os referiré algo muy singular que le ocurrió a San Felipe. Predicando por Siria, llegó a una ciudad en la que había un terrible dragón que con su aliento, salido como de un horno ardiente, corrompía toda la ciudad y mataba a muchos. Llegó Felipe y dijo: Creedme, romped esa estatua y adorad en su lugar la cruz de Cristo, y vuestros enfermos sanarán, y los muertos resucitarán. Entonces comenzaron a clamar, diciendo: Haz que sanemos; romperemos al instante la estatua de Marte. Entonces el Santo ordenó al dragón que se retirara al desierto y que a nadie dañara, y se retiró para nunca más aparecer. Felipe sanó a todos y volvió a la vida a tres muertos por el dragón. Y habiendo creído todos, les ordenó sus presbíteros y diáconos.
     13. El tercer signo de la filiación divina es la pasión de mártir, pues sufrió el martirio por Cristo. Habiendo predicado y convertido muchos pueblos, cuando tenía ya ochenta y siete años, fue apresado por los infieles y crucificado como su Maestro Jesucristo. Después de crucificado, lo apedrearon. Así emigró su alma al cielo y acabó felizmente su vida.
     Moralmente, hemos de morir nosotros en la cruz de la penitencia. Pues así como la cruz fue aflicción para Cristo y en ella quiso morir, así también la penitencia es la aflicción en la que debemos morir si queremos salvarnos. Por eso dice el Apóstol: Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Gal. 5, 24).

Del bienaventurado Santiago
     14. Veamos ahora la vida del bienaventurado Santiago, que fue muy larga, pero os la resumiré en nueve conclusiones.
     Primera. ¿Por qué se llama Santiago el Menor? Para diferenciarlo de Santiago Zebedeo, hermano de Juan Evangelista, llamado Santiago el Mayor, el cual fué discípulo de Cristo antes que éste. En la religión se guarda también esta costumbre: el que entra antes se llama mayor; y el que entra después, menor, aunque tenga más edad, santidad o dignidad. Por eso decía San Pablo de sí mismo: Yo soy el menor de los apóstoles (1 Cor. 15, 9).
     Segunda. Se llama Santiago "el Justo", por el mérito excelente de su santidad. Según San Jerónimo, estuvo dotado de tanta reverencia y santidad, que no bebió vino ni licores y nunca comió carne.
     Tercera. Se llama Santiago hermano del Señor. Pero ¿cómo puede ser esto, si la Virgen María no tuvo más que un hijo? ¿Por qué se llama hermano del Señor, cuando no era más que consanguíneo, hijo de María Cleofás? Se llama así porque dicen que era muy parecido a Jesús, hasta tal punto que muchos se equivocaban por la apariencia. Y así, cuando los judíos iban a apresar a Jesús, pidieron a Judas una señal para distinguir a Cristo de Santiago. Judas, que los distinguía muy bien, pues había convivido con ellos, dijo: Aquel a quien yo besare, ése es; prendedle (Mt. 26, 48). Tal era su parecido, que San Ignacio de Antioquía, que nunca había visto a Cristo, escribía a San Juan, diciendo: "Si me lo permites, quiero ir a Jerusalén para ver a aquel venerable Santiago, apellidado el Justo, que dicen es muy semejante a Cristo Jesús en su aspecto, en su vida y en su conducta, como si fuera un hermano mellizo. Dicen que si veo a Santiago veo al mismo Jesucristo, en las mismas proporciones corporales".
     Cuarta. Se dice que era hombre de gran devoción y oración. Tantas veces se había arrodillado para orar, que tenía callos en las rodillas, como en los talones. Solamente a Santiago, entre los demás apóstoles, se le permitía entrar en el Santo de los Santos, no para inmolar, sino para orar.
     Quinta. Después que murió el Señor hizo voto de no comer hasta que lo viera resucitado, según dice San Jerónimo. El día de la resurrección, hasta el que nada había tomado, se les apareció el Señor y les dijo: "Preparad la mesa y el pan. Después, tomando el pan, lo bendijo y dió a Santiago: Levántate, hermano mío; come, pues el Hijo del hombre resucitó de entre los muertos".
     Sexta. Fue el primer apóstol que celebró la santa misa, porque los demás le concedieron este honor por la excelencia de su santidad. Pedro celebró su misa en Antioquía, Marcos en Alejandría, y Santiago en Jerusalén. Cuando los apóstoles iban a marchar por el mundo a predicar, se reunieron en concilio para determinar quién debía ser el obispo de Jerusalén, y nombraron a Santiago. ¡Oh, qué honor ser obispo de la ciudad en la que nació el cristianismo, en donde Cristo padeció! Los apóstoles eran todos sacerdotes y obispos, ordenados por Cristo; pero el Señor no determinó que fueran obispos de tal o cual ciudad.
     16. Séptima. Tuvo una paciencia especial. A los siete años de ser obispo llegaron los apóstoles a Jerusalén, en día de pascua, y Santiago les preguntaba las cosas que el Señor había obrado por medio de ellos, y el pueblo les escuchaba. Los apóstoles, y con ellos Santiago, predicaron durante siete días en presencia de Caifas, en el templo de Jerusalén. Hubo muchos judíos que decidieron bautizarse; pero de repente entró un individuo en el templo, clamando: Varones israelitas, ¿qué hacéis? ¿Cómo os dejáis engañar por estos magos? El pueblo se sublevó contra los apóstoles y los quiso lapidar. Subió un hombre al lugar desde el que predicaba Santiago y lo precipitó hacia abajo, quedando cojo. Santiago tenía poder para curar enfermos, y lo ejerció en muchas ocasiones, pero no quiso sanarse a sí mismo, teniendo su mal como divisa de honor, como buen soldado de Jesucristo.
     17. Octava. Fué mártir glorioso. En el año octavo de su episcopado, viendo los judíos que no podían matar a Pablo, porque había apelado al César y había sido enviado a Roma, dirigieron la rabia de su persecución contra Santiago, buscando una ocasión en contra del mismo. Se acercaron a él y le intimaron: Te rogamos que desengañes al pueblo, pues cree que Jesús es el Cristo. Te suplicamos que en la próxima pascua, cuando la ciudad se llene de peregrinos, los disuadas de su fe en Jesús. Todos te obedeceremos, y el pueblo con nosotros dará testimonio de que eres justo y no tienes acepción de personas. Llegado el día de pascua, lo subieron al pináculo del templo, y clamaron: ¡Oh, varón justísimo entre todos, digno de que todos te obedezcan! Dinos qué te parece acerca de Jesús. Entonces Santiago respondió: ¿Por qué me interrogáis acerca del Hijo del hombre? Está sentado en los cielos a la diestra de Diós, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Los cristianos, cuando oyeron esto, se alegraron. Pero los escribas y fariseos se dijeron: Hemos hecho mal en pedirle testimonio de Jesús. Subamos y precipitémosle. Y gritaron: ¡Oh, oh!, erró el justo. Subieron y lo precipitaron, apedreándole, y decían: Apedreemos a Santiago el Justo. El Santo no murió, y puesto de rodillas oraba: Te ruego, Señor, que los perdones, porque no saben lo que hacen. Entonces uno de los judíos, tomando un palo de batanero, le dió un fuerte golpe en la cabeza y le destrozó el cerebro, con lo cual entregó su espíritu al Señor.
     18. Novena. Según Josefo, por el pecado de la muerte del justo Santiago fue destruida la ciudad de Jerusalén y sobrevino la dispersión de los judíos (1. XX Antiq., c. 8). Lo cual ocurrió también antes que por nada por la muerte del Señor, según dice Él mismo: No dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visitación (Lc. 19, 44). Tito, hijo del emperador Vespasiano, tomó la ciudad de Jerusalén y destruyó el templo hasta sus fundamentos. Y así como los judíos compraron a Cristo por treinta monedas, Tito vendía treinta judíos por un dinero, como dice Josefo. Noventa y siete mil judíos fueron vendidos, y más de un millón murieron de hambre y al filo de la espada, según narra el mismo Josefo (L. VIII, De bello judaico).

lunes, 30 de septiembre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SANTO TOMAS APOSTOL

Tema: Uno de los doce, que se llama Dídimo (lo. 20, 24).

     1. Como la fiesta de hoy es de Santo Tomás apóstol, nuestro sermón será sobre él. Saludemos antes a la Virgen María. Ave María.
     2. Las palabras del tema son respuesta a una pregunta que pueden proponer los ignorantes, diciendo: ¿Qué fiesta es hoy? ¿Cómo se llamaba este Santo? ¿Cuál fué su dignidad? Responde el tema: Uno de los doce, que se llama Dídimo. Esta sola frase vale por una descripción, que expresa el nombre y las cualidades de Santo Tomás. En atención vuestra he buscado las virtudes de este apóstol en el evangelio y en la leyenda, y he encontrado en él seis grandes virtudes: tres se sacan del evangelio de San Juan, y otras tres de su leyenda. Todas ellas se encuentran, analizando las palabras con sutilidad e ingenio, en el tema propuesto.
     Primera: Gran caridad (Tomás).
     Segunda: Verdadera humildad (uno).
     Tercera: Limpia fidelidad (de los doce).
     Cuarta: Graciosa castidad (el cual).
     Quinta: Abundante misericordia (es llamado).
     Sexta: Vigorosa paciencia (Dídimo).
     Ahí tenéis la materia de nuestro sermón, que abarca la vida entera de Santo Tomás.
     3. Digo en primer lugar que la primera virtud es la caridad, que es amor y devoción a Dios sobre todas las cosas. En ella os señalaré doce grados, y veréis en qué grado de caridad se halla Santo Tomás.
     El primer grado de caridad es cuando el hombre tiene tanto amor a Dios que todo su entendimiento lo consagra a la contemplación divina. Sabéis que aquello que se ama se recuerda con frecuencia y no se olvida fácilmente. Por ejemplo, un hijo.
     El segundo grado, ascendiendo, es cuando no sólo el entendimiento, sino también la voluntad desea honrar a Dios y estar con Él: la cosa que mucho se ama, mucho se desea.
     El tercero, cuando el hombre recuerda los beneficios de la creación, redención y justificación... Quiso el Señor ser suspendido de la cruz, para que nadie fuera suspendido en la horca del infierno...
     Cuarto, cuando no se habla de vanidades ni mentiras, sino de Dios, orando y no perjurando, estudiando o predicando: el hombre habla con gusto de aquello que le es muy grato.
     Quinto, cuando los ojos lloran en la contemplación de la pasión de Cristo y la remisión de los pecados.
     Sexto, cuando se oye la misa con devoción: pues todos escuchan con complacencia las noticias de la cosa amada.
     Séptimo, cuando las manos dan limosna por amor de Dios.
     Octavo, cuando los pies peregrinan por amor al Señor.
     Noveno, cuando el cuerpo se mortifica con ayunos, cilicios y disciplinas, evitando las delicias de la lujuria.
     Décimo, consiste en dar riquezas y bienes temporales por amor de Dios, y vivir en la pobreza evangélica.
     Undécimo, renunciar a los honores y dignidades de este mundo.
     Duodécimo y más excelente, cuando el hombre, por amor de Dios, expone su vida corporal; es decir, cuando tiene tanto amor de Dios que soporta la muerte antes que hacer algo en contra del Señor. Si los hombres mundanos soportan tantas adversidades por una vana mujer, ¿cuánto más por Dios? Este es el grado máximo y excelentísimo de caridad: Nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por los amigos (lo. 15, 13). Y nadie mejor amigo que Jesucristo. Esta es la gran caridad.
     Además, la caridad consiste en amar al prójimo por Dios, y tiene seis grados:
     Primero, gozarse en el corazón del honor y bienestar del prójimo.
     Segundo, que el amor del corazón llegue a la boca para saludar y hablar bien del prójimo.
     Tercero, cuando con el cuerpo se sirve, se trabaja y se asocia al prójimo.
     Cuarto, socorrerle con bienes temporales, mediante las siete obras de misericordia: dando de comer al pobre y de beber al sediento. Muchos que practican los grados anteriores, amando al prójimo de corazón, de palabra y con su ayuda corporal, no les dan comida, etc. Por eso es más perfecto este grado que los superiores.
     Quinto, consiste en dar al prójimo bienes espirituales: ciencia, aconsejando; devoción, enseñando; y oraciones y demás obras espirituales.
     Sexto, consiste en dar la vicia en defensa del prójimo, exponiéndose a la muerte por su causa, contra las injurias, persecuciones y vejaciones. En este grado está Santo Tomás.
     4. Dirá alguien: También los demás apóstoles. Pero yo le diré que no llegan a tan alto grado ccmo nuestro Santo. Porque se lee en San Juan (8, 59) que cuando Cristo predicaba a los judíos acerca de su eternidad y divinidad, quisieron lapidarle por blasfemo. Mas porque no había llegado la hora de su pasión, ni había de morir de esta muerte, dice el evangelista que se escondió, se hizo invisible y marchó a otra provincia, a Galilea. Pero cuando llegó el tiempo de la pasión, dijo a los apóstoles: Vayamos de nuevo a Judea (lo. 11, 8). Entonces los apóstoles, que eran muy tímidos, le dijeron: Maestro, los judíos te buscan para apedrearte, ¿y de nuevo vas allá? (lo. 11, 8). Y Tomás, entre todos los otros, respondió: Vayamos también nosotros a morir con él (lo. 11, 16). Como si quisiera decir: ¿Acaso podemos morir más gloriosamente? Todos los apóstoles, excepto Tomás, tuvieron miedo en esta ocasión. Por eso llegó a un grado más elevado de caridad.
     5. Este grado de caridad se declara en la palabra Tomás, que en hebreo quiere decir abismo, profundidad oscura e inconmensurable. En Tomás se cumplió la profecía de David, que dice: Un abismo llama a otro abismo (Ps. 41, 8). Vayamos nosotros a morir con él: la muerte era un abismo antes de la pasión de Cristo, pues por ella descendían todos al abismo del infierno. Con el rumor de tus cataratas (ibíd.). Las cataratas, según su significado originario, son las puertas o aberturas estrechas de los ríos, por las que fluye el agua con mucho rumor, como es de ver en el Nilo, río de Egipto. Las nubes se llaman cataratas de modo acomodaticio: Las cataratas del cielo se abrieron y se hizo la lluvia sobre la tierra (Gen. 7, 11). También los apóstoles son llamados cataratas de modo figurativo, por la abundancia de agua, doctrina evangélica, que predicar, a grandes voces. Dios envió al mundo estéril el agua de la doctrina evangélica a través de sus apóstoles, para que el mundo fructificara. La voz de las cataratas, de los apóstoles, era temblorosa, cuando decían a Cristo: Maestro, los judíos te buscan para matarte, ¿y de nuevo vas allá? (lo. 11, 8). Mas "el abismo [Tomás] invocó al abismo", invocó a la muerte, sobre el rumor de las voces de cataratas, que eran los demás apóstoles, y dijo: Vayamos nosotros también a morir con él (lo. 11, 16).
     Tomás quiere decir abismo, como queda dicho, pues si hubiese muerto cuando dijo: Vayamos también nosotros..., su alma hubiera descendido al limbo. El abismo invoca al abismo [al limbo] con el rumor de tus cataratas. Las cataratas son el rumor que hacen las aguas embalsadas cuando se abren las compuertas. Hacen tara, tara... Y también cuando un depósito suelta el agua represada en él. Por el rumor que hacen las nubes cuando vierten sus aguas, se llaman cataratas. Y por lo mismo, se llaman cataratas los apóstoles porque, estando tranquilos en su trabajo, como el agua embalsada, después, en la predicación, hacen rumor de cataratas, clamando y diciendo a las gentes que se conviertan. Yo soy ahora catarata, clamando y predicando a vosotros, y suelto las aguas de la doctrina que estudie durante esta noche. Así, pues, decía bien David: Un abismo llama a otro abismo con el rumor de tus cataratas (Ps. 41. 8).
     6. Tenemos aquí buena doctrina moral, a fin de que nos decidamos a morir con Cristo en el servicio de Dios, mediante las buenas obras, y digamos con Santo Tomás: Vayamos también nosotros a morir con él. Pues nadie puede morir mejor y con más honor que el que muere por su Dios. Pero muchos se asemejan a los apóstoles y no a Tomás; porque hay muchos que no se atreven a caminar con Cristo por la buena vida, temiendo, como los apóstoles, ser lapidados. Piedras muy duras son las palabras irrisorias y las burlas que hacen los malos, los cuales van al infierno con los judíos. Hay muchos clérigos y religiosos que no se atreven a seguir a Cristo, por temor de que se les tache de hipócritas, etc. No temamos, como no temió Santo Tomás, y clamemos: Vayamos también nosotros [por la buena vida y la penitencia] a morir con el. ¿Queréis conocer la flaqueza de los que por este temor no se atreven a seguir a Cristo? Son semejantes a un niño pequeño, a quien su padre le manda un encargo. Viendo en el camino un perrillo que le ladra, no se atreve a pasar, siendo así que nada puede hacerle el animalito. Hay entre nosotros muchos que son victimas de esta necedad. Nuestro Padre Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia nos envían para que llevemos las joyas de la buena vida hasta las puertas del paraíso, que es la muerte. Y hay muchos que no se atreven a caminar, atemorizados por los ladridos de los cachorrillos, por temor a las malas personas. De ellos dice David: Las saetas de los niños se han vuelto débiles para ellos, y su lengua está en contra de ellos (Ps. 63, 9). Las saetas de los niños son como pajas, que no pueden matar ni una mosca. Asi son las lenguas de los que maldicen. Se han vuelto débiles contra ellos, es decir, contra los buenos. Por tanto, sólo se requiere que la intención sea buena, y decir con el Apóstol: Cristo será glori[icado en mi cuerpo, o por vida, o por muerte. Para mí la vida es Cristo, y la muerte ganancia (Phil. 1, 20-21).
     7. En segundo lugar, hablemos de la verdadera humildad. ¿De dónde nace la humildad verdadera? Así como la soberbia anida en el corazón, mediante el recuerdo de las propias excelencias, asi también la humildad tiene su asiento en el corazón, mediante el recuerdo de los propios defectos. Pongamos un ejemplo. Cuando el hombre piensa en su parentesco, en su nobleza, etc., su corazón se mueve a soberbia. Mas si piensa en sus defectos, diciendo: ¡Oh miserable!, yo soy grande en mi cuerpo, pero deforme y torpe en mi alma, a causa de mis pecados; y lo mismo de la belleza y proporción de su cuerpo, de la que muchos se ensoberbecen y vanaglorian. Deben pensar los que tal hacen cuán torpe y manchada está su alma. Cuando el hombre piensa que tiene grandes riquezas, rentas, posesiones, etc., se ensoberbece; pero si piensa que es pobre el alma y sin méritos, y que tiene que aparecer desnudo ante Dios, entonces se humilla. Otro tanto quien se ensoberbece de su ciencia. Sería mejor que dijera: ¡Oh miserable! Dios me concedió gran ciencia, y yo tengo mala conciencia. Así te humillarás, pensando en tus defectos.
     El pavo real se envanece cuando contempla su hermosa cola y sus lindas plumas; pero se humilla y baja su cola cuando contempla sus patas, torpes y deformes. Los soberbios, que contemplan las plumas de su vanidad, se deshinchan cuando vuelven los ojos a sus pies, a los pecados, miserias y defectos. Por eso dice San Bernardo, definiendo la humildad por su causa: "La humildad es una virtud por la que el hombre, a través de su exacto conocimiento, se mueve al desprecio propio" (De grand. humil., c. 1). Quien quiera humillarse, piense en sus defectos.
     8. Esta virtud de la humildad resplandeció en Santo Tomás sobre todos los demás apóstoles, al menos en el caso que os referiré. Nuestro Señor Jesucristo, en la noche de la pasión, y después de la cena, teniendo que ausentarse de este mundo consolaba a los apóstoles, diciendo: Sabéis a dónde voy y conocéis el camino. Entonces dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo sabremos el camino? (lo. 14, 4). Los otros apóstoles callaban, como satisfechos porque Cristo les alababa su ciencia, aunque no sabían a dónde iba el Señor, o porque tenían vergüenza de preguntar a dónde iba, para no aparecer ignorantes. Pero Santo Tomás, reconociendo y confesando su ignorancia, habló por sí y por los demás: Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo sabremos el camino?
     10. Se nos enseña aquí, con el ejemplo de Santo Tomás, a no avergonzarnos de confesar nuestra ignorancia y a exponer nuestras dudas a quienes pueden resolverlas. La soberbia hace mucho mal en el mundo, cuando no nos atrevemos a exponer nuestras dudas, para no ser tachados de ignorancia. Hay muchos que no saben santiguarse, y se avergüenzan de pedir instrucción. Muchos no saben el Padrenuestro ni el Avemaria, ni el Credo, y tienen vergüenza de confesarlo. Es más, ¿cuántos clérigos yerran en las fórmulas de los sacramentos (oh, ¡qué condenación!), y por vergüenza no quieren pedir instrucción? ¡Cuántos notarios firman contratos e ignoran las cláusulas legales, quedando nulo el testamento! ¡Cuántas sentencias equivocadas! ¡Cuántos falsos consejeros, que, para no aparecer ignorantes, no quieren acudir a los viejos jurisperitos! ¡Cuántas muertes se siguen de la ignorancia de los médicos, que no supieron certificarse en sus dudas! ¡Cuántos errores predican los religiosos o clérigos, por ignorancia, y no quieren acudir a quien puede enseñarles! Es más, se avergüenzan de predicar los sermones de otros, y van a las concordancias de la Biblia y, vengan o no a propósito, ya tienen sermón. ¡Cuántos ayunos y fiestas preteridos por ignorancia, por no asistir a misa el domingo!
     De todos ellos dice la Escritura: ¡Ay de los que os creéis sabios a vuestros ojos [pero no a los ojos de Dios, ni de los hombres] y prudentes delante de vosotros mismos (Is. 5, 21). Depongamos, pues, esta vergüenza condenada, siguiendo el consejo de Moisés: Pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán (Deut. 32, 7).
     11. En tercer lugar, la clara fidelidad. La fidelidad no es oscura cuando se cree de corazón lo que expresan los labios, como dice David en el salmo (115, 10), y San Pablo en la carta segunda a los corintios: Escrito está: Creí [en el corazón], y por eso hablé: también nosotros creemos, y por eso hablamos (2 Cor. 4, 13).
     Santo Tomás tuvo esta clara fidelidad entre los demás apóstoles, especialmente en el caso que os voy a referir. Después que Cristo resucitó de entre los muertos, se apareció a los apóstoles, mas no estaba allí Santo Tomás. Los apóstoles se alegraron viendo al Señor, y brotó en su corazón la fe en la resurrección, pero nada se dice sobre la confesión de la fe por las palabras. Los apóstoles dijeron a Tomás que habían visto al Señor. Tomás les respondió: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, no creeré (lo. 20, 25). Pasados ocho días, de nuevo se les apareció Jesús, estando Tomás con ellos. Y después de saludarlos, dijo a Tomás: Mete tu dedo aguí y mira mis manos; tiende tu mano y m¿tela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. Tomás creyó en su corazón y habló por su boca: Señor mío y Dios mío (lo. 20, 27-28). Dice San Agustín (Tract. 121 ¡n lo.), y también San Gregorio (Homil. 26 in Livany.). que Cristo quiso que Tomás probara su fe palpando, para confirmar la fe de los posteriores.
     12. No se lee de otro apóstol que, después de la resurrección de Cristo, confesara de tal modo la fe en la divinidad del Maestro: Dios mío, ni siquiera en la humanidad: Señor mío. Por eso dice el tema: Entre los doce. La razón de ello es porque queriendo Cristo mostrar la claridad de la fe de los apóstoles, dijo: Doce son las horas del día (lo. 11, 9). El día claro es Cristo. Las doce horas de claridad en este día son los doce apóstoles, entre los cuales Santo Tomás fué el más claro, porque confesó de palabra su fe. Esto lo confirma la autoridad de la Iglesia, que nombra a los apóstoles en el canon de la misa, y pone en sexto lugar a Santo Tomás, a Jacobo en el séptimo, y a Mateo en el décimo. Es evidente que cuando el día tiene doce horas, la hora sexta es la más clara, es la hora de la que dijo Cristo: Si alguno camina durante el día no tropieza, porque ve la luz de este mundo (lo. 11, 9). De este modo Santo Tomás caminó a la luz de la clara fidelidad.
     14. En cuarto lugar, su graciosa castidad. Fué tan casto, que cuando hablaba imprimía con sus palabras en el corazón de los oyentes el amor a la castidad. Las palabras tienen el sabor de quien las dice. Si el que habla es soberbio, sus palabras saben a soberbia; si humilde, a humildad, etc. Téngase en cuenta que los apóstoles, después de Pentecostés, se dividieron el mundo para evangelizarlo por su predicación. Dice la historia que Santo Tomás fué a la India, y en su peregrinación llegó a una ciudad en la que oyó a un pregonero anunciando que todos los que allí se encontraran debían asistir al convite nupcial de la hija del rey, bajó pena de indignación. ¡Oh!, dijo Santo Tomás; ¿no podremos estar presentes? Y fué al convite. Como iba pobremente vestido, hemos de pensar que se sentó en los últimos lugares. Ya sabéis que en las bodas se cometen excesos y libertinajes. Viendo esto Santo Tomás, contemplaba el cielo por una ventana y lloraba. Cuando uno de los que servían lo advirtió, le dió una bofetada, diciendo: Este traidor confunde al rey; todos gozan y ríen y él llora. Santo Tomás, al instante —según dice San Agustín—, tuvo revelación del castigo que le aguardaba al que le pegó, no como venganza, sino para que resplandeciera la virtud divina. Y dijo: Antes de levantarnos de aquí tu mano será traída a este recinto en boca de un perro. Y así aconteció. Pues el dicho servidor, después de servir el agua, fué a un pozo, y allí lo devoró un león, saciándose con sus carnes. Y un perro tomó su mano y la llevó a la presencia de los comensales, los cuales, visto el milagro, lo comunicaron al rey. Conmovido el rey por este suceso profetizado, quiso que Tomás bendijera a los esposos, que eran vírgenes todavía. El apóstol los bendijo, diciendo: Señor Jesucristo, amador de la pureza y castidad, envía tu bendición sobre éstos..., etcétera. Sus corazones se mudaron al instante, e hicieron voto de castidad. Ahí tenéis lo que realizó su virtud de la castidad. Los bautizó y vivieron santamente, y su conversión fué causa de otras muchas conversiones en aquel lugar. Su graciosa castidad se comunicaba a los demás.
     15. La dicción qui significa también la castidad, en sus cinco grados, significados en las cinco desinencias que tiene el pronombre relativo. Por tanto, podemos servirnos un poco de la esclava, de la gramática, en lo que enseña sobre el pronombre relativo. El pronombre relativo tiene cinco formas: Quis, qui, quae, quod y quid. De cada una de ellas daré la razón teológica.
     El primer grado de castidad está en el corazón, cuando la persona no busca la lujuria ni en el pensamiento, ni deseando complacerse en sus actos. Y cuando llega la tormenta, pronuncia el nombre de Jesús. Este grado de castidad es significado por la primera forma del relativo (quis), como se dice en los Proverbios: ¿Quién puede decir: Mi corazón está limpio; estoy puro de pecado? (Prov. 20, 9). Los esposos a que hemos aludido no estaban en este grado, pues ya habían deseado en el corazón, aunque corporalmente fuesen castos.
     El segundo grado está en el cuerpo, cuando no hay corrupción corporal, aunque haya deseo en el corazón. En este grado se hallaban los referidos esposos, porque no habían cometido corporalmente ningún acto de lujuria. Este grado está significado en la dicción qui, según apuntan los Proverbios: Quien ama la pureza de corazón, por la gracia de su palabra, tendrá al rey como amigo (Prov. 22, 11).
     El tercer grado consiste en el matrimonio, pues los esposos se guardan mutuamente la castidad y la fe del matrimonio, aunque deseen el placer en su corazón y hagan uso normal del matrimonio. Esta es la castidad conyugal. La dicción quae significa este grado de castidad, como lo dice San Pablo: La mujer casada ha de preocuparse de las cosas del mundo, cómo agradar a su marido (1 Cor. 7, 34).
     16. El cuarto grado es la castidad vidual. Pues aunque hayan estado casados, guardan castidad cuando muere el otro esposo, y no vuelven a casarse. Permanecen en la penitencia y en la oración, y las señoras que han perdido a sus maridos se levantan de noche a maitines. Antes, cuando tenían a sus maridos, no podían realizar estos actos de piedad con entera libertad, sino que debían agradar a sus esposos. Es más, habrían pecado dándose a las obras extraordinarias de piedad, en contra de la voluntad del marido. Este grado está designado por la dicción quod. Por eso decía Cristo a sus apóstoles que habían dejado a sus esposas con el consentimiento de ellas: Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Vigilad (Mc. 13, 37).
     El quinto grado es el de las personas célibes, como son los clérigos, religiosos y jóvenes que nunca se han casado ni desean casarse, aunque alguna vez hayan caído, por obra o deseo, en la lujuria. Este grado está señalado en la dicción quid, según se dice en el Deuteronomio: ¿Qué pide de ti tu Dios sino que temas al Señor tu Dios y sigas sus caminos? (Deut. 10, 12). Por todo ello se ve la razón por la que el tema dice qui, queriendo significar el segundo grado de castidad que procuró Tomás para los esposos de la casa real. Porque, aunque desearan consumar el matrimonio y perdieran, por ello, el primer grado de castidad, que consiste en el corazón, con todo, permanecieron en el segundo grado de castidad corporal.
     De aquí podemos sacar una enseñanza moral: mantened la castidad contra la lujuria, que impera en el mundo. Ya no se encuentra carne limpia; todo está corrompido; no se guarda ni el primer grado de castidad ni los otros. Ni el marido ni la mujer se guardan mutua fidelidad. Es más, si un joven quiere ser casto y se niega a ir al lupanar, no encontrará esposa. Viene muy bien a nuestro propósito el consejo de Tobías: Guárdate, hijo mío, de toda fornicación, y fuera de tu esposa, no sufras nunca el crimen de la infidelidad (Tob. 4, 13).
     17. Otra consecuencia moral: Habéis oído que los esposos alegados llegaron vírgenes al matrimonio. ¿Cómo llegan hoy? Después de haber visitado todos los lupanares. Dice David: Todos están corrompidos; todos son abominables. No hay quien haga el bien [el bien de la castidad], no hay ni uno solo (Ps. 13, 1). Se refiere a los adultos. Por eso pierden la gracia de Dios en el matrimonio. Creo que las doncellas llegan vírgenes al matrimonio. ¡Ojalá no me engañe! Este es el consejo de Cristo: Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas [las buenas obras] en vuestras manos (Lc. 12, 35).
     18. La quinta virtud es la abundante misericordia, de palabra predicando y de obra dando limosnas, pues los que tal hacen nunca padecen necesidad. Cuando Santo Tomás estuvo en la India, el rey quería edificar un palacio. El apóstol dijo al rey que él era arquitecto y que haría unos fundamentos y unas paredes indestructibles, y que el palacio sería inexpugnable. No mentía, porque hablaba espiritualmente. Los fundamentos son los artículos de la fe: Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Cristo Jesús (1 Cor. 3, 11). Dice la Glosa: "La fe en Cristo Jesús". Las paredes son las virtudes. Las ventanas son las oraciones y la contemplación. El techo es la caridad. El rey, que era carnal, no entendía. Teniendo que ausentarse del reino, entregó gran cantidad de dinero a Santo Tomás, señalándole un escudero para que guardara las riquezas. Tomás dijo para sí: es conveniente que antes me gane al rey; y así lo hizo. Y habiendo obtenido del mismo una carta por la que mandaba que en todo el reino se hiciese lo que Tomás ordenara, comenzó el apóstol a predicar a Cristo y a edificar iglesias con el dinero del rey. Con ello conquistó para Cristo gran multitud de gente.
     Cuando regresaba el rey, saliéronle al encuentro algunos de los suyos, y les interrogó sobre el palacio, etc. Ellos respondieron: ¿Qué palacio? No hay nada de eso. Entonces el rey creyóse defraudado y capturó a Tomás y lo puso en la cárcel. Tomás resucitó entonces a un hermano del rey. En esto vemos su misericordia copiosa, significada por la dicción es llamado, es decir, por antonomasia. Cristo alaba la misericordia que la Magdalena tuvo para con Él: En todo el mundo se dirá (se nombrará] lo que ha hecho ésta para memoria suya (Mt. 26, 13).
     19. Aplicación moral: Creo que todos vosotros queréis tener un palacio en el cielo, pero no os preocupáis de edificarlo. Edificáis palacios aquí en la tierra: casas y moradas que serán destruidas en breve. Edificad, más bien, una celda en el cielo, que descanse sobre las limosnas. Si hacéis grandes limosnas, tendréis una casa muy grande; de lo contrario, seréis enviados al hospital de los miserables, es decir, al infierno. Por tanto, procurad edificar una casa en la que podáis morar para siempra.
     Según esta doctrina, con dos monedas podremos comprar la casa del cielo: con la fe verdadera y con la firme obediencia, a través de las buenas obras, especialmente por las obras de misericordia, que son precio del palacio del cielo. No será necesario gastar tan gran tesoro como invirtió Santo Tomás. Muchos quieren comprarlo con una moneda, es decir, con la fe verdadera; son los malos cristianos, que creen, pero no obedecen. De esta manera no podrán adquirir habitación en el cielo. Hay otros, los judíos y moros, que quieren comprarlo con la otra moneda, con la obediencia. Tampoco lo conseguirán. Comprémoslo, pues, con estas dos monedas y tendremos un palacio permanente. Dicen los caminantes que una mala noche pasa muy lentamente, y parece que no corre el tiempo. Nos avisa el Apóstol: Sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa no hecha por mano de hombre, eterna, en los cielos (2 Cor. 5, 1).
     20. La sexta virtud es la vigorosa paciencia. Consiste en estar preparado para soportar por Cristo todas las injurias de palabra o de obra, hasta morir por Cristo. Nos lo indica el Señor: Seréis entregados aun por los padres, por los hermanos, por los parientes y amigos, y harán morir a muchos de vosotros; seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Por vuestra paciencia salvaréis vuestras almas (Le. 21, 16-19).
     El martirio de Santo Tomás tuvo lugar en el último confín de las Indias, en donde se adoraba al sol como Dios, pues aquellas gentes no conocían creatura más hermosa. Tomás comenzó a predicar contra este error. Predicando allí dos virtudes, la fe y la castidad, convirtió a la esposa del rey, la cual desde entonces no quería cohabitar con su esposo. Conocida la causa por el rey, se irritó e hizo que le presentaran a Santo Tomás, intimándole que convenciera a su esposa para que cohabitara con él. Respondió el Santo que no lo haría, pues ella era fiel, y su esposo seguia siendo infiel. Creciendo entonces su ira, hizo que marchara descalzo sobre carbones encendidos. Signándose el Santo con la señal de la cruz, brotó una fuente y apagó las brasas. Después fué metido en un horno encendido, en el que permaneció en oración durante todo el día, como si estuviera en un prado. Llegado el momento, dijo un adivino: Su Dios lo guarda; procuremos que haga algo contra su Señor Dios y le abandonará. Condujéronle entonces al templo del sol, para que lo adorara a la fuerza. (En tal caso no hubiera cometido pecado, adorando por coacción, porque el pecado en tanto es pecado en cuanto es voluntario.) Dijo el Santo: Yo no adoro al sol, sino a Dios; no a la creatura, sino al Creador. Y mandó al demonio que saliera del ídolo y que lo destruyera. Cuando los pontífices del templo y los sacerdotes vieron tal catástrofe, se lanzaron sobre el varón de Dios y lo atravesaron con sus lanzas.
     Por eso se llama Dídimo, es decir, duplicado de Dios. Los ángeles son simples; nosotros somos dobles, porque tenemos espíritu como los ángeles y carne como los animales. El espíritu está pronto para padecer, mas la carne es flaca (Mt. 26, 41), o vacilante, porque duda ante la muerte.
     21. Aplicación moral: Si tanto costó a Dios y a los apóstoles sus amigos el paraíso, ¿qué haremos nosotros? ¿Con qué precio lo compraremos? Tenemos otra consecuencia: estemos dispuestos a sufrir por Cristo alguna penitencia en nuestra carne, llevando cilicio, disciplinándonos; ayunemos, vigilemos, etcétera. Porque todos somos pecadores y deudores de Cristo, y nadie puede excusarse. Por tanto, paguemos a Cristo el precio, mientras tenemos ocasión en esta vida. Así dice San Pablo: No somos deudores a la carne de vivir según la carne: que, si vivís según la carne, moriréis. Mas. si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis (Rom. 8, 12, 13).
     Seamos, pues, penitentes, para llegar a su compañía. Amen.