lunes, 30 de septiembre de 2013

SERMON DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SANTO TOMAS APOSTOL

Tema: Uno de los doce, que se llama Dídimo (lo. 20, 24).

     1. Como la fiesta de hoy es de Santo Tomás apóstol, nuestro sermón será sobre él. Saludemos antes a la Virgen María. Ave María.
     2. Las palabras del tema son respuesta a una pregunta que pueden proponer los ignorantes, diciendo: ¿Qué fiesta es hoy? ¿Cómo se llamaba este Santo? ¿Cuál fué su dignidad? Responde el tema: Uno de los doce, que se llama Dídimo. Esta sola frase vale por una descripción, que expresa el nombre y las cualidades de Santo Tomás. En atención vuestra he buscado las virtudes de este apóstol en el evangelio y en la leyenda, y he encontrado en él seis grandes virtudes: tres se sacan del evangelio de San Juan, y otras tres de su leyenda. Todas ellas se encuentran, analizando las palabras con sutilidad e ingenio, en el tema propuesto.
     Primera: Gran caridad (Tomás).
     Segunda: Verdadera humildad (uno).
     Tercera: Limpia fidelidad (de los doce).
     Cuarta: Graciosa castidad (el cual).
     Quinta: Abundante misericordia (es llamado).
     Sexta: Vigorosa paciencia (Dídimo).
     Ahí tenéis la materia de nuestro sermón, que abarca la vida entera de Santo Tomás.
     3. Digo en primer lugar que la primera virtud es la caridad, que es amor y devoción a Dios sobre todas las cosas. En ella os señalaré doce grados, y veréis en qué grado de caridad se halla Santo Tomás.
     El primer grado de caridad es cuando el hombre tiene tanto amor a Dios que todo su entendimiento lo consagra a la contemplación divina. Sabéis que aquello que se ama se recuerda con frecuencia y no se olvida fácilmente. Por ejemplo, un hijo.
     El segundo grado, ascendiendo, es cuando no sólo el entendimiento, sino también la voluntad desea honrar a Dios y estar con Él: la cosa que mucho se ama, mucho se desea.
     El tercero, cuando el hombre recuerda los beneficios de la creación, redención y justificación... Quiso el Señor ser suspendido de la cruz, para que nadie fuera suspendido en la horca del infierno...
     Cuarto, cuando no se habla de vanidades ni mentiras, sino de Dios, orando y no perjurando, estudiando o predicando: el hombre habla con gusto de aquello que le es muy grato.
     Quinto, cuando los ojos lloran en la contemplación de la pasión de Cristo y la remisión de los pecados.
     Sexto, cuando se oye la misa con devoción: pues todos escuchan con complacencia las noticias de la cosa amada.
     Séptimo, cuando las manos dan limosna por amor de Dios.
     Octavo, cuando los pies peregrinan por amor al Señor.
     Noveno, cuando el cuerpo se mortifica con ayunos, cilicios y disciplinas, evitando las delicias de la lujuria.
     Décimo, consiste en dar riquezas y bienes temporales por amor de Dios, y vivir en la pobreza evangélica.
     Undécimo, renunciar a los honores y dignidades de este mundo.
     Duodécimo y más excelente, cuando el hombre, por amor de Dios, expone su vida corporal; es decir, cuando tiene tanto amor de Dios que soporta la muerte antes que hacer algo en contra del Señor. Si los hombres mundanos soportan tantas adversidades por una vana mujer, ¿cuánto más por Dios? Este es el grado máximo y excelentísimo de caridad: Nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por los amigos (lo. 15, 13). Y nadie mejor amigo que Jesucristo. Esta es la gran caridad.
     Además, la caridad consiste en amar al prójimo por Dios, y tiene seis grados:
     Primero, gozarse en el corazón del honor y bienestar del prójimo.
     Segundo, que el amor del corazón llegue a la boca para saludar y hablar bien del prójimo.
     Tercero, cuando con el cuerpo se sirve, se trabaja y se asocia al prójimo.
     Cuarto, socorrerle con bienes temporales, mediante las siete obras de misericordia: dando de comer al pobre y de beber al sediento. Muchos que practican los grados anteriores, amando al prójimo de corazón, de palabra y con su ayuda corporal, no les dan comida, etc. Por eso es más perfecto este grado que los superiores.
     Quinto, consiste en dar al prójimo bienes espirituales: ciencia, aconsejando; devoción, enseñando; y oraciones y demás obras espirituales.
     Sexto, consiste en dar la vicia en defensa del prójimo, exponiéndose a la muerte por su causa, contra las injurias, persecuciones y vejaciones. En este grado está Santo Tomás.
     4. Dirá alguien: También los demás apóstoles. Pero yo le diré que no llegan a tan alto grado ccmo nuestro Santo. Porque se lee en San Juan (8, 59) que cuando Cristo predicaba a los judíos acerca de su eternidad y divinidad, quisieron lapidarle por blasfemo. Mas porque no había llegado la hora de su pasión, ni había de morir de esta muerte, dice el evangelista que se escondió, se hizo invisible y marchó a otra provincia, a Galilea. Pero cuando llegó el tiempo de la pasión, dijo a los apóstoles: Vayamos de nuevo a Judea (lo. 11, 8). Entonces los apóstoles, que eran muy tímidos, le dijeron: Maestro, los judíos te buscan para apedrearte, ¿y de nuevo vas allá? (lo. 11, 8). Y Tomás, entre todos los otros, respondió: Vayamos también nosotros a morir con él (lo. 11, 16). Como si quisiera decir: ¿Acaso podemos morir más gloriosamente? Todos los apóstoles, excepto Tomás, tuvieron miedo en esta ocasión. Por eso llegó a un grado más elevado de caridad.
     5. Este grado de caridad se declara en la palabra Tomás, que en hebreo quiere decir abismo, profundidad oscura e inconmensurable. En Tomás se cumplió la profecía de David, que dice: Un abismo llama a otro abismo (Ps. 41, 8). Vayamos nosotros a morir con él: la muerte era un abismo antes de la pasión de Cristo, pues por ella descendían todos al abismo del infierno. Con el rumor de tus cataratas (ibíd.). Las cataratas, según su significado originario, son las puertas o aberturas estrechas de los ríos, por las que fluye el agua con mucho rumor, como es de ver en el Nilo, río de Egipto. Las nubes se llaman cataratas de modo acomodaticio: Las cataratas del cielo se abrieron y se hizo la lluvia sobre la tierra (Gen. 7, 11). También los apóstoles son llamados cataratas de modo figurativo, por la abundancia de agua, doctrina evangélica, que predicar, a grandes voces. Dios envió al mundo estéril el agua de la doctrina evangélica a través de sus apóstoles, para que el mundo fructificara. La voz de las cataratas, de los apóstoles, era temblorosa, cuando decían a Cristo: Maestro, los judíos te buscan para matarte, ¿y de nuevo vas allá? (lo. 11, 8). Mas "el abismo [Tomás] invocó al abismo", invocó a la muerte, sobre el rumor de las voces de cataratas, que eran los demás apóstoles, y dijo: Vayamos nosotros también a morir con él (lo. 11, 16).
     Tomás quiere decir abismo, como queda dicho, pues si hubiese muerto cuando dijo: Vayamos también nosotros..., su alma hubiera descendido al limbo. El abismo invoca al abismo [al limbo] con el rumor de tus cataratas. Las cataratas son el rumor que hacen las aguas embalsadas cuando se abren las compuertas. Hacen tara, tara... Y también cuando un depósito suelta el agua represada en él. Por el rumor que hacen las nubes cuando vierten sus aguas, se llaman cataratas. Y por lo mismo, se llaman cataratas los apóstoles porque, estando tranquilos en su trabajo, como el agua embalsada, después, en la predicación, hacen rumor de cataratas, clamando y diciendo a las gentes que se conviertan. Yo soy ahora catarata, clamando y predicando a vosotros, y suelto las aguas de la doctrina que estudie durante esta noche. Así, pues, decía bien David: Un abismo llama a otro abismo con el rumor de tus cataratas (Ps. 41. 8).
     6. Tenemos aquí buena doctrina moral, a fin de que nos decidamos a morir con Cristo en el servicio de Dios, mediante las buenas obras, y digamos con Santo Tomás: Vayamos también nosotros a morir con él. Pues nadie puede morir mejor y con más honor que el que muere por su Dios. Pero muchos se asemejan a los apóstoles y no a Tomás; porque hay muchos que no se atreven a caminar con Cristo por la buena vida, temiendo, como los apóstoles, ser lapidados. Piedras muy duras son las palabras irrisorias y las burlas que hacen los malos, los cuales van al infierno con los judíos. Hay muchos clérigos y religiosos que no se atreven a seguir a Cristo, por temor de que se les tache de hipócritas, etc. No temamos, como no temió Santo Tomás, y clamemos: Vayamos también nosotros [por la buena vida y la penitencia] a morir con el. ¿Queréis conocer la flaqueza de los que por este temor no se atreven a seguir a Cristo? Son semejantes a un niño pequeño, a quien su padre le manda un encargo. Viendo en el camino un perrillo que le ladra, no se atreve a pasar, siendo así que nada puede hacerle el animalito. Hay entre nosotros muchos que son victimas de esta necedad. Nuestro Padre Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia nos envían para que llevemos las joyas de la buena vida hasta las puertas del paraíso, que es la muerte. Y hay muchos que no se atreven a caminar, atemorizados por los ladridos de los cachorrillos, por temor a las malas personas. De ellos dice David: Las saetas de los niños se han vuelto débiles para ellos, y su lengua está en contra de ellos (Ps. 63, 9). Las saetas de los niños son como pajas, que no pueden matar ni una mosca. Asi son las lenguas de los que maldicen. Se han vuelto débiles contra ellos, es decir, contra los buenos. Por tanto, sólo se requiere que la intención sea buena, y decir con el Apóstol: Cristo será glori[icado en mi cuerpo, o por vida, o por muerte. Para mí la vida es Cristo, y la muerte ganancia (Phil. 1, 20-21).
     7. En segundo lugar, hablemos de la verdadera humildad. ¿De dónde nace la humildad verdadera? Así como la soberbia anida en el corazón, mediante el recuerdo de las propias excelencias, asi también la humildad tiene su asiento en el corazón, mediante el recuerdo de los propios defectos. Pongamos un ejemplo. Cuando el hombre piensa en su parentesco, en su nobleza, etc., su corazón se mueve a soberbia. Mas si piensa en sus defectos, diciendo: ¡Oh miserable!, yo soy grande en mi cuerpo, pero deforme y torpe en mi alma, a causa de mis pecados; y lo mismo de la belleza y proporción de su cuerpo, de la que muchos se ensoberbecen y vanaglorian. Deben pensar los que tal hacen cuán torpe y manchada está su alma. Cuando el hombre piensa que tiene grandes riquezas, rentas, posesiones, etc., se ensoberbece; pero si piensa que es pobre el alma y sin méritos, y que tiene que aparecer desnudo ante Dios, entonces se humilla. Otro tanto quien se ensoberbece de su ciencia. Sería mejor que dijera: ¡Oh miserable! Dios me concedió gran ciencia, y yo tengo mala conciencia. Así te humillarás, pensando en tus defectos.
     El pavo real se envanece cuando contempla su hermosa cola y sus lindas plumas; pero se humilla y baja su cola cuando contempla sus patas, torpes y deformes. Los soberbios, que contemplan las plumas de su vanidad, se deshinchan cuando vuelven los ojos a sus pies, a los pecados, miserias y defectos. Por eso dice San Bernardo, definiendo la humildad por su causa: "La humildad es una virtud por la que el hombre, a través de su exacto conocimiento, se mueve al desprecio propio" (De grand. humil., c. 1). Quien quiera humillarse, piense en sus defectos.
     8. Esta virtud de la humildad resplandeció en Santo Tomás sobre todos los demás apóstoles, al menos en el caso que os referiré. Nuestro Señor Jesucristo, en la noche de la pasión, y después de la cena, teniendo que ausentarse de este mundo consolaba a los apóstoles, diciendo: Sabéis a dónde voy y conocéis el camino. Entonces dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo sabremos el camino? (lo. 14, 4). Los otros apóstoles callaban, como satisfechos porque Cristo les alababa su ciencia, aunque no sabían a dónde iba el Señor, o porque tenían vergüenza de preguntar a dónde iba, para no aparecer ignorantes. Pero Santo Tomás, reconociendo y confesando su ignorancia, habló por sí y por los demás: Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo sabremos el camino?
     10. Se nos enseña aquí, con el ejemplo de Santo Tomás, a no avergonzarnos de confesar nuestra ignorancia y a exponer nuestras dudas a quienes pueden resolverlas. La soberbia hace mucho mal en el mundo, cuando no nos atrevemos a exponer nuestras dudas, para no ser tachados de ignorancia. Hay muchos que no saben santiguarse, y se avergüenzan de pedir instrucción. Muchos no saben el Padrenuestro ni el Avemaria, ni el Credo, y tienen vergüenza de confesarlo. Es más, ¿cuántos clérigos yerran en las fórmulas de los sacramentos (oh, ¡qué condenación!), y por vergüenza no quieren pedir instrucción? ¡Cuántos notarios firman contratos e ignoran las cláusulas legales, quedando nulo el testamento! ¡Cuántas sentencias equivocadas! ¡Cuántos falsos consejeros, que, para no aparecer ignorantes, no quieren acudir a los viejos jurisperitos! ¡Cuántas muertes se siguen de la ignorancia de los médicos, que no supieron certificarse en sus dudas! ¡Cuántos errores predican los religiosos o clérigos, por ignorancia, y no quieren acudir a quien puede enseñarles! Es más, se avergüenzan de predicar los sermones de otros, y van a las concordancias de la Biblia y, vengan o no a propósito, ya tienen sermón. ¡Cuántos ayunos y fiestas preteridos por ignorancia, por no asistir a misa el domingo!
     De todos ellos dice la Escritura: ¡Ay de los que os creéis sabios a vuestros ojos [pero no a los ojos de Dios, ni de los hombres] y prudentes delante de vosotros mismos (Is. 5, 21). Depongamos, pues, esta vergüenza condenada, siguiendo el consejo de Moisés: Pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán (Deut. 32, 7).
     11. En tercer lugar, la clara fidelidad. La fidelidad no es oscura cuando se cree de corazón lo que expresan los labios, como dice David en el salmo (115, 10), y San Pablo en la carta segunda a los corintios: Escrito está: Creí [en el corazón], y por eso hablé: también nosotros creemos, y por eso hablamos (2 Cor. 4, 13).
     Santo Tomás tuvo esta clara fidelidad entre los demás apóstoles, especialmente en el caso que os voy a referir. Después que Cristo resucitó de entre los muertos, se apareció a los apóstoles, mas no estaba allí Santo Tomás. Los apóstoles se alegraron viendo al Señor, y brotó en su corazón la fe en la resurrección, pero nada se dice sobre la confesión de la fe por las palabras. Los apóstoles dijeron a Tomás que habían visto al Señor. Tomás les respondió: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, no creeré (lo. 20, 25). Pasados ocho días, de nuevo se les apareció Jesús, estando Tomás con ellos. Y después de saludarlos, dijo a Tomás: Mete tu dedo aguí y mira mis manos; tiende tu mano y m¿tela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. Tomás creyó en su corazón y habló por su boca: Señor mío y Dios mío (lo. 20, 27-28). Dice San Agustín (Tract. 121 ¡n lo.), y también San Gregorio (Homil. 26 in Livany.). que Cristo quiso que Tomás probara su fe palpando, para confirmar la fe de los posteriores.
     12. No se lee de otro apóstol que, después de la resurrección de Cristo, confesara de tal modo la fe en la divinidad del Maestro: Dios mío, ni siquiera en la humanidad: Señor mío. Por eso dice el tema: Entre los doce. La razón de ello es porque queriendo Cristo mostrar la claridad de la fe de los apóstoles, dijo: Doce son las horas del día (lo. 11, 9). El día claro es Cristo. Las doce horas de claridad en este día son los doce apóstoles, entre los cuales Santo Tomás fué el más claro, porque confesó de palabra su fe. Esto lo confirma la autoridad de la Iglesia, que nombra a los apóstoles en el canon de la misa, y pone en sexto lugar a Santo Tomás, a Jacobo en el séptimo, y a Mateo en el décimo. Es evidente que cuando el día tiene doce horas, la hora sexta es la más clara, es la hora de la que dijo Cristo: Si alguno camina durante el día no tropieza, porque ve la luz de este mundo (lo. 11, 9). De este modo Santo Tomás caminó a la luz de la clara fidelidad.
     14. En cuarto lugar, su graciosa castidad. Fué tan casto, que cuando hablaba imprimía con sus palabras en el corazón de los oyentes el amor a la castidad. Las palabras tienen el sabor de quien las dice. Si el que habla es soberbio, sus palabras saben a soberbia; si humilde, a humildad, etc. Téngase en cuenta que los apóstoles, después de Pentecostés, se dividieron el mundo para evangelizarlo por su predicación. Dice la historia que Santo Tomás fué a la India, y en su peregrinación llegó a una ciudad en la que oyó a un pregonero anunciando que todos los que allí se encontraran debían asistir al convite nupcial de la hija del rey, bajó pena de indignación. ¡Oh!, dijo Santo Tomás; ¿no podremos estar presentes? Y fué al convite. Como iba pobremente vestido, hemos de pensar que se sentó en los últimos lugares. Ya sabéis que en las bodas se cometen excesos y libertinajes. Viendo esto Santo Tomás, contemplaba el cielo por una ventana y lloraba. Cuando uno de los que servían lo advirtió, le dió una bofetada, diciendo: Este traidor confunde al rey; todos gozan y ríen y él llora. Santo Tomás, al instante —según dice San Agustín—, tuvo revelación del castigo que le aguardaba al que le pegó, no como venganza, sino para que resplandeciera la virtud divina. Y dijo: Antes de levantarnos de aquí tu mano será traída a este recinto en boca de un perro. Y así aconteció. Pues el dicho servidor, después de servir el agua, fué a un pozo, y allí lo devoró un león, saciándose con sus carnes. Y un perro tomó su mano y la llevó a la presencia de los comensales, los cuales, visto el milagro, lo comunicaron al rey. Conmovido el rey por este suceso profetizado, quiso que Tomás bendijera a los esposos, que eran vírgenes todavía. El apóstol los bendijo, diciendo: Señor Jesucristo, amador de la pureza y castidad, envía tu bendición sobre éstos..., etcétera. Sus corazones se mudaron al instante, e hicieron voto de castidad. Ahí tenéis lo que realizó su virtud de la castidad. Los bautizó y vivieron santamente, y su conversión fué causa de otras muchas conversiones en aquel lugar. Su graciosa castidad se comunicaba a los demás.
     15. La dicción qui significa también la castidad, en sus cinco grados, significados en las cinco desinencias que tiene el pronombre relativo. Por tanto, podemos servirnos un poco de la esclava, de la gramática, en lo que enseña sobre el pronombre relativo. El pronombre relativo tiene cinco formas: Quis, qui, quae, quod y quid. De cada una de ellas daré la razón teológica.
     El primer grado de castidad está en el corazón, cuando la persona no busca la lujuria ni en el pensamiento, ni deseando complacerse en sus actos. Y cuando llega la tormenta, pronuncia el nombre de Jesús. Este grado de castidad es significado por la primera forma del relativo (quis), como se dice en los Proverbios: ¿Quién puede decir: Mi corazón está limpio; estoy puro de pecado? (Prov. 20, 9). Los esposos a que hemos aludido no estaban en este grado, pues ya habían deseado en el corazón, aunque corporalmente fuesen castos.
     El segundo grado está en el cuerpo, cuando no hay corrupción corporal, aunque haya deseo en el corazón. En este grado se hallaban los referidos esposos, porque no habían cometido corporalmente ningún acto de lujuria. Este grado está significado en la dicción qui, según apuntan los Proverbios: Quien ama la pureza de corazón, por la gracia de su palabra, tendrá al rey como amigo (Prov. 22, 11).
     El tercer grado consiste en el matrimonio, pues los esposos se guardan mutuamente la castidad y la fe del matrimonio, aunque deseen el placer en su corazón y hagan uso normal del matrimonio. Esta es la castidad conyugal. La dicción quae significa este grado de castidad, como lo dice San Pablo: La mujer casada ha de preocuparse de las cosas del mundo, cómo agradar a su marido (1 Cor. 7, 34).
     16. El cuarto grado es la castidad vidual. Pues aunque hayan estado casados, guardan castidad cuando muere el otro esposo, y no vuelven a casarse. Permanecen en la penitencia y en la oración, y las señoras que han perdido a sus maridos se levantan de noche a maitines. Antes, cuando tenían a sus maridos, no podían realizar estos actos de piedad con entera libertad, sino que debían agradar a sus esposos. Es más, habrían pecado dándose a las obras extraordinarias de piedad, en contra de la voluntad del marido. Este grado está designado por la dicción quod. Por eso decía Cristo a sus apóstoles que habían dejado a sus esposas con el consentimiento de ellas: Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Vigilad (Mc. 13, 37).
     El quinto grado es el de las personas célibes, como son los clérigos, religiosos y jóvenes que nunca se han casado ni desean casarse, aunque alguna vez hayan caído, por obra o deseo, en la lujuria. Este grado está señalado en la dicción quid, según se dice en el Deuteronomio: ¿Qué pide de ti tu Dios sino que temas al Señor tu Dios y sigas sus caminos? (Deut. 10, 12). Por todo ello se ve la razón por la que el tema dice qui, queriendo significar el segundo grado de castidad que procuró Tomás para los esposos de la casa real. Porque, aunque desearan consumar el matrimonio y perdieran, por ello, el primer grado de castidad, que consiste en el corazón, con todo, permanecieron en el segundo grado de castidad corporal.
     De aquí podemos sacar una enseñanza moral: mantened la castidad contra la lujuria, que impera en el mundo. Ya no se encuentra carne limpia; todo está corrompido; no se guarda ni el primer grado de castidad ni los otros. Ni el marido ni la mujer se guardan mutua fidelidad. Es más, si un joven quiere ser casto y se niega a ir al lupanar, no encontrará esposa. Viene muy bien a nuestro propósito el consejo de Tobías: Guárdate, hijo mío, de toda fornicación, y fuera de tu esposa, no sufras nunca el crimen de la infidelidad (Tob. 4, 13).
     17. Otra consecuencia moral: Habéis oído que los esposos alegados llegaron vírgenes al matrimonio. ¿Cómo llegan hoy? Después de haber visitado todos los lupanares. Dice David: Todos están corrompidos; todos son abominables. No hay quien haga el bien [el bien de la castidad], no hay ni uno solo (Ps. 13, 1). Se refiere a los adultos. Por eso pierden la gracia de Dios en el matrimonio. Creo que las doncellas llegan vírgenes al matrimonio. ¡Ojalá no me engañe! Este es el consejo de Cristo: Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas [las buenas obras] en vuestras manos (Lc. 12, 35).
     18. La quinta virtud es la abundante misericordia, de palabra predicando y de obra dando limosnas, pues los que tal hacen nunca padecen necesidad. Cuando Santo Tomás estuvo en la India, el rey quería edificar un palacio. El apóstol dijo al rey que él era arquitecto y que haría unos fundamentos y unas paredes indestructibles, y que el palacio sería inexpugnable. No mentía, porque hablaba espiritualmente. Los fundamentos son los artículos de la fe: Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Cristo Jesús (1 Cor. 3, 11). Dice la Glosa: "La fe en Cristo Jesús". Las paredes son las virtudes. Las ventanas son las oraciones y la contemplación. El techo es la caridad. El rey, que era carnal, no entendía. Teniendo que ausentarse del reino, entregó gran cantidad de dinero a Santo Tomás, señalándole un escudero para que guardara las riquezas. Tomás dijo para sí: es conveniente que antes me gane al rey; y así lo hizo. Y habiendo obtenido del mismo una carta por la que mandaba que en todo el reino se hiciese lo que Tomás ordenara, comenzó el apóstol a predicar a Cristo y a edificar iglesias con el dinero del rey. Con ello conquistó para Cristo gran multitud de gente.
     Cuando regresaba el rey, saliéronle al encuentro algunos de los suyos, y les interrogó sobre el palacio, etc. Ellos respondieron: ¿Qué palacio? No hay nada de eso. Entonces el rey creyóse defraudado y capturó a Tomás y lo puso en la cárcel. Tomás resucitó entonces a un hermano del rey. En esto vemos su misericordia copiosa, significada por la dicción es llamado, es decir, por antonomasia. Cristo alaba la misericordia que la Magdalena tuvo para con Él: En todo el mundo se dirá (se nombrará] lo que ha hecho ésta para memoria suya (Mt. 26, 13).
     19. Aplicación moral: Creo que todos vosotros queréis tener un palacio en el cielo, pero no os preocupáis de edificarlo. Edificáis palacios aquí en la tierra: casas y moradas que serán destruidas en breve. Edificad, más bien, una celda en el cielo, que descanse sobre las limosnas. Si hacéis grandes limosnas, tendréis una casa muy grande; de lo contrario, seréis enviados al hospital de los miserables, es decir, al infierno. Por tanto, procurad edificar una casa en la que podáis morar para siempra.
     Según esta doctrina, con dos monedas podremos comprar la casa del cielo: con la fe verdadera y con la firme obediencia, a través de las buenas obras, especialmente por las obras de misericordia, que son precio del palacio del cielo. No será necesario gastar tan gran tesoro como invirtió Santo Tomás. Muchos quieren comprarlo con una moneda, es decir, con la fe verdadera; son los malos cristianos, que creen, pero no obedecen. De esta manera no podrán adquirir habitación en el cielo. Hay otros, los judíos y moros, que quieren comprarlo con la otra moneda, con la obediencia. Tampoco lo conseguirán. Comprémoslo, pues, con estas dos monedas y tendremos un palacio permanente. Dicen los caminantes que una mala noche pasa muy lentamente, y parece que no corre el tiempo. Nos avisa el Apóstol: Sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa no hecha por mano de hombre, eterna, en los cielos (2 Cor. 5, 1).
     20. La sexta virtud es la vigorosa paciencia. Consiste en estar preparado para soportar por Cristo todas las injurias de palabra o de obra, hasta morir por Cristo. Nos lo indica el Señor: Seréis entregados aun por los padres, por los hermanos, por los parientes y amigos, y harán morir a muchos de vosotros; seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Por vuestra paciencia salvaréis vuestras almas (Le. 21, 16-19).
     El martirio de Santo Tomás tuvo lugar en el último confín de las Indias, en donde se adoraba al sol como Dios, pues aquellas gentes no conocían creatura más hermosa. Tomás comenzó a predicar contra este error. Predicando allí dos virtudes, la fe y la castidad, convirtió a la esposa del rey, la cual desde entonces no quería cohabitar con su esposo. Conocida la causa por el rey, se irritó e hizo que le presentaran a Santo Tomás, intimándole que convenciera a su esposa para que cohabitara con él. Respondió el Santo que no lo haría, pues ella era fiel, y su esposo seguia siendo infiel. Creciendo entonces su ira, hizo que marchara descalzo sobre carbones encendidos. Signándose el Santo con la señal de la cruz, brotó una fuente y apagó las brasas. Después fué metido en un horno encendido, en el que permaneció en oración durante todo el día, como si estuviera en un prado. Llegado el momento, dijo un adivino: Su Dios lo guarda; procuremos que haga algo contra su Señor Dios y le abandonará. Condujéronle entonces al templo del sol, para que lo adorara a la fuerza. (En tal caso no hubiera cometido pecado, adorando por coacción, porque el pecado en tanto es pecado en cuanto es voluntario.) Dijo el Santo: Yo no adoro al sol, sino a Dios; no a la creatura, sino al Creador. Y mandó al demonio que saliera del ídolo y que lo destruyera. Cuando los pontífices del templo y los sacerdotes vieron tal catástrofe, se lanzaron sobre el varón de Dios y lo atravesaron con sus lanzas.
     Por eso se llama Dídimo, es decir, duplicado de Dios. Los ángeles son simples; nosotros somos dobles, porque tenemos espíritu como los ángeles y carne como los animales. El espíritu está pronto para padecer, mas la carne es flaca (Mt. 26, 41), o vacilante, porque duda ante la muerte.
     21. Aplicación moral: Si tanto costó a Dios y a los apóstoles sus amigos el paraíso, ¿qué haremos nosotros? ¿Con qué precio lo compraremos? Tenemos otra consecuencia: estemos dispuestos a sufrir por Cristo alguna penitencia en nuestra carne, llevando cilicio, disciplinándonos; ayunemos, vigilemos, etcétera. Porque todos somos pecadores y deudores de Cristo, y nadie puede excusarse. Por tanto, paguemos a Cristo el precio, mientras tenemos ocasión en esta vida. Así dice San Pablo: No somos deudores a la carne de vivir según la carne: que, si vivís según la carne, moriréis. Mas. si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis (Rom. 8, 12, 13).
     Seamos, pues, penitentes, para llegar a su compañía. Amen.

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