jueves, 26 de septiembre de 2013

Claudio de Turin, Coceyanos, Colarbasianos, Colegianos.

Claudio de Turin.
     Era español de nacimiento y discípulo de Félix de Urgel, que sostenía que Jesucristo, en cuanto hombre, no era Hijo de Dios por naturaleza, sino por adopcíon. Colocado Claudio en la Silla de Turin por Luis el Debonario el año 823, empezó por hacer romper y quemar las cruces y las imágenes que se hallaban en las iglesias; sostuvo que no se les debia dar ningún culto, y menos a las reliquias; también fue acusado de negar que se debe honrar a los santos y de vituperar las peregrinaciones a los sepulcros de los mártires; decia que el apostólico ó el papa no es el que ocupa la silla del apóstol, sino el que cumple sus deberes; error que se renovó por los valdenses a fines del siglo XII.
     Por estas hazañas Claudio de Turin ha merecido ser colocado por los protestantes en el número de sus predecesores y de aquellos a quienes llaman los testigos de la verdad. 
     Pero si se quiere echar una mirada sobre el modo con que este pretendido sabio defendía su causa, se verá que raciocinaba muy mal, y que suplió con un tono de altivez y de arrogancia la debilidad de sus argumentos. Si es cierto que, cuando ocupó la silla de Turin, halló el culto de las imágenes y de los santos llevado por el pueblo hasta la superstición y la idolatría, ¿no podía instruir a sus ovejas sin caer en otro exceso? Esto es lo que le dijeron el abate Teodomiro, el monje Dungal, Jonás, obispo de Orleans, y Walafrido Strabón que escribieron contra él. Distinguen, como nosotros ahora, el culto divino y supremo ó la adoracion propiamente dicha, que únicamente es debida a Dios, y el culto relativo e inferior que se da a los santos, a las imágenes y a las reliquias; y lo fundan en la práctica constante y universal de la Iglesia, contra la que los sofismas de Claudio de Turin y sus declamaciones no prueban nada. (Véase Fleuri, Hist. eccles. l. 46, § 20 y 21; l. 48, $ 7).
     Los protestantes tienen gran cuidado de guardar silencio sobre los demás errores que Claudio habia recibido de Félix de Urgel su maestro, y que con razón lo han hecho sospechoso de nestorianismo. El pretendido triunfo que le atribuyen no fue mas que dejar algunos discípulos que no han sido capaces de restablecer su memoria. La mayor parte de sus escritos no se han impreso, y parece que la religión ni las letras no han perdido nada.
     Para hacer la apología de este obispo contra las acusaciones de Bossuet, observa Basnage:  
     l° Que Claudio de Turin no podía ser a la vez arriano y nestoriano. No pone atención en que error de Felix de Urgel, del que era discípulo Claudio de Turin, es una especie de medio entre el arrianismo y el nestorianismo: porque en fin si Jesucristo en cuanto hombre no es Hijo de Dios por naturaleza, es, ó porque el Verbo no es verdaderamente Dios, como lo sostenían los arrianos, ó porque entre la humanidad de Jesucristo y el Verbo divino hay solamente una unión moral y no substancial, como la entendía Nestorio. No es pues sorprendente que unos hayan acusado a Claudio de Turin de arrianismo, y otros de nestorianismo. 
     2° Dice que este obispo admitía dos iglesias: la una adornada de todas las virtudes, era el cuerpo de Jesucristo; la otra se unia solamente al nombre de Jesucristo sin tener virtudes completas y perfectas. Preguntamos a los protestantes a cuál de las dos creen pertenecer; es bien cierto que San Pablo no ha conocido mas que una sola Iglesia.  
     3° Claudio de Turin hacia iguales a San Pablo y a San Pedro, y no reconocía mas jefe de la Iglesia que a Jesucristo; pero al menos no decía como los protestantes que el papa es el Anticristo. 
     4° Era zeloso partidario de la doctrina de San Agustín sobre la predestinación y la gracia, y se le acusaba de no apreciar a ningún otro Padre; al menos no tachaba de error a los demás PP., como hacen los protestantes.  
     5° No admitía los méritos de los hombres; decia que si Jesucristo no ha sacado ninguna gloria de sus acciones, con mucha mas razón los hombres no deben referir a ellos mismos las que hacen buenas. Pero los católicos dicen lo mismo, sin desechar por esto el mérito de las buenas obras.  
     6° Sostenía que uno se salva por sola la fe, y no por las obras de la ley,  sin embargo, exigía las buenas obras. Si por la ley entendía como San Pablo la ley mosaica, tenia razón; nosotros pensamos como él; si entendía la ley de Jesucristo, se contradecía como los protestantes, y desechaba como ellos la doctrina de Santiago.  
     7° No quería que se rogase por los muertos, porque cada uno debe llevar su carga, y que si pudiésemos ayudarnos los unos a los otros en esta vida, ni Job, ni Noé, ni David, no pueden rogar por las almas cuando se han presentado ante el tribunal de Jesucristo, (Ezeq. XIV, 14 y 18). Este sofista ponía a San Pablo en contradicción consigo mismo. (Galat. VI, 2 y 5), dice este apóstol: Llevad la carga los unos de los otros; el pasaje de Ezequiel está muy mal aplicado en este lugar.
     8° Claudio de Turin no admitía la presencia real de Jesucristo en la eucaristía, ni la transustanciacion, puesto que dijo que Jesucristo ha referido místicamente el vino a su sangre. Quisiéramos saber si Basnage ha entendido la palabrería y las frías alegorías que cita con motivo de Claudio de Turin; es evidente que este sofista no se entendía a sí mismo.
     En fin rompió las imágenes, condenando la idolatría de los que las adoraban. Si por adoracion se entiende un culto absoluto y supremo, seria en efecto un acto de idolatría el dárselo a las imágenes; pero puesto que el mismo Basnage ha observado que adorar no significa muchas veces mas que hacer la reverencia ó atestiguar el respeto. ¿Porqué insistir siempre sobre este término equivoco, que ocasionó todas las disputas del siglo IX ?
     Sin embargo, Basnage triunfa de que su héroe no fue condenado ni por el papa, ni por ningún concilio; y deduce de esto que al menos en Francia todo el mundo estaba en la misma creencia que Claudio de Turin. Debería de acordarse que este obispo escribía en 823, y que en 825 el concilio de París condenó igualmente a los que rompían las imágenes ó las quitaban de las iglesias, y a los que las daban un culto supersticioso. Doscientos años antes San Gregorio Magno habia hecho lo mismo, escribiendo a Sereno, obispo de Marsella. Aunque los obispos del concilio de París hubiesen interpretado mal el sentido de las expresiones del segundo concilio de Nicea, del papa Adriano y de los griegos en general, el papa Eugenio II creyó deber guardar silencio, esperando que este error se disipase por sí mismo, como sucedió en efecto. Pero cuando los papas han levantado la voz contra los errantes, los protestantes declaman contra su zelo; cuando han contemporizado y tolerado algunos abusos, deducen que los han aprobado. ¿Cómo satisfacer a semejantes censores?
     Basnage va mas allá: piensa que los habitantes de los valles del Piamonte conservaron preciosamente la doctrina de Claudio de Turin; que deben haber mantenido la sucesion en su Iglesia; que debe considerarseles como un canal por el que la verdad por el que la verdad oprimida en otros lugares ha pasado a los siglos siguientes. Pero a poco mas del siglo IX hasta el XVI, y en este intérvalo hubo en Turin obispos que no pensaban como el de que hablamos y no han acusado a sus ovejas de cismáticas y heréticas. Lo esencial para los protestantes seria el probar que aquellos que adoptan por antepasados sostenian el principio fundamental de la reforma, que es que un cristiano no debe tener mas regla de fe que la Escritura Santa.

Coceyanos
     Secuaces de Juan Cox ó Coseyo, que nació en Brema en 1603, profesor de teología en Leyden, y que hizo mucho eco en Holanda. Preocupado del rigurismo mas excesivo, consideraba toda la historia del antiguo Testamento como el cuadro de la de Jesucristo y de la Iglesia cristiana; decia que todas las profecías eran relativas directa y literalmente a Jesucristo; que todos los acontecimientos que deben suceder en la Iglesia hasta el fin de los siglos, se hallan figurados y designados con mas ó menos claridad en la historia santa y en los profetas. Se ha dicho de él que hallaba a Jesucristo en todas las partes del antiguo Testamento, en lugar que Grocio no le veia en ninguna.
     Según su opinion, antes del fin del mundo debe haber en la tierra un reinado de Jesucristo que destruirá el del Anticristo, y en el que los judíos y todas las naciones se convertirán. Referia todas las escrituras a estos dos pretendidos reinos, y hacia de ellos un cuadro de imaginación. Tuvo muchos sectarios, y se dice que hay todavía un gran número de ellos en Holanda. Voet y Desmarets escribieron contra él con mucho ardor: pero no vemos en que pecaba contra los principios de la reforma. Desde que cualquier individuo tiene el derecho de creer y profesar lodo lo que ve ó cree ver en la Escritura, el mayor visionario no yerra mas que el teólogo mas sabio, nadie tiene el derecho de censurar su doctrina.

Colarbasianos
     Sectarios de Colarbaso, hereje del siglo II de la Iglesia, discípulo de Valentiniano. A los dogmas y a los sueños de su maestro habia añadido que la generación y la vida de los hombres depende de los siete planetas; que toda la perfección y plenitud de la verdad estaba en el alfabeto griego, puesto que Jesucristo se habia llamado alpha y omega. Filastro y Baronio han confundido a Colarbaso con otro hereje llamado Baso; pero san Agustín, Teodoreto y otros los distinguen. San Ireneo y Tertuliano han hablado también de Colarbaso y sus discípulos como de una rama de los valentinianos. 

Colegianos.
     Nombre de una secta formada de los arminianos y de los anabaptistas en Holanda. Se reúnen particularmente todos los primeros domingos de cada mes, y cada uno tiene en estas reuniones la libertad de hablar, explicar la Sagrada Escritura, orar y cantar.
     Todos estos colegíanos son socinianos ó arríanos, no comunican en su colegio, pero se reúnen dos veces al año de toda la Holanda en Rinsburgo, aldea situada a dos leguas de Leyden, donde hacen la comunion. No tienen ministro particular para darla, sino que la da el que primero se coloca en la mesa, y allí la recibe indilerentemente todo el mundo, sin examinar de qué religiones. Administran el bautismo metiendo todo el cuerpo en el agua.
     Hablando con propiedad, estos colegíanos son los únicos que siguen en la práctica los principios de la reforma, según los cuales, cada individuo es el único arbitro de su creencia, del culto que quiere dar a Dios, y de la disciplina que quiere seguir. Verdaderamente su comunion no pone entre ellos mas que una unión muy ligera y puramente exterior. En ella no hay la unanimidad de creencia y de sentimientos que recomendaba San Pablo a los fieles, (Philipp. I, 27). Los judíos y los paganos, sin herir su conciencia, podrían fraternizar con ellos.

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