viernes, 27 de septiembre de 2013

Quis vos impedivit...?

¿Quién os ha impedido...?
     «¿Quién os ha impedido obedecer a la verdad?»
     Con estas palabras increpaba el Apóstol a sus fieles de Galacia para que volvieran sobre sí mismos y continuaran con constancia en el camino comenzado.
     Esas palabras recaen también sobre mi inconstancia y mi volubilidad en el cumplimiento de mis propósitos y me obligan a un examen sincero; ¿qué me impide a obedecer a la verdad, es decir ser plenamente consecuente con el convencimiento íntimo que tengo de mi obligación de tender a la perfección, de vivir en acuerdo perfecto con mis Reglas, con las inspiraciones de la gracia?
     ¿Qué verdad es ésa?  
     Conozco mis obligaciones de cristiano, mis obligaciones de religioso; esas obligaciones son para mí la expresión de la voluntad de Dios: son la verdad.
     Y todo lo que me impide la fidelidad a esas obligaciones me impide obedecer a la verdad.
     Yo sé lo que me impide: la falta de indiferencia; en otras palabras: esos pequeños afectos desordenados que no he logrado todavía desterrar de mi corazón.
     «Afección desordenada.» ¡Cómo debilita la voluntad y cómo ciega el entendimiento!
     Si la dejo dominar en mí, mis juicios se oscurecen y mis fuerzas espirituales se disminuyen.
     La afección desordenada es un peso y el peso tira hacia abajo; por tanto, mi ascensión en la vida espiritual se hace necesariamente más lenta, si es que hay ascensión, y no, más bien, un descenso vergonzoso.
     Esa afección es el verdadero obstáculo para obedecer plenamente a la verdad.
     Luchar contra ella es, por consiguiente, una obligación de mi estado; me he comprometido a tender siempre a la perfección.

     Mas ¡qué difícil es ver dónde está la afección desordenada, porque ella misma me ciega para no dejarme encontrar el desorden! ¡Señor, luz!
     Y aun conocida, qué difícil es dominarla y sujetarla para que no me haga daño!, porque ella misma debilita mis energías espirituales. ¡Señor, fuerza!
     Fuerza y luz, luz y fuerza; ambas me son necesarias en esta lucha; ver lo que debo hacer y tener fuerza para hacerlo. La Iglesia, que me conoce como una madre, me hace pedir de continuo estas dos gracias. Ella sabe bien cuánto las necesito.
     Ut et quae agenda sunt, videant, et ad agenda quae viderint, convalescant.
     ¡Señor, luz y fuerza! Con ellas obedeceré fielmente a la verdad.

Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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