lunes, 2 de septiembre de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (17)

PARTE II
LA MISA EN SUS ASPECTOS PRINCIPALES
1. Los nombres de la misa
     225. Ninguno de los nombres que en el decurso de los siglos se han dado al sacrificio eucaristico nos definen su esencia. Más aún; ni nos indican siquiera con seguridad la característica que en los diversos siglos se consideró como la más entrañable. Eso si, tienen la ventaja de señalarnos aquellos aspectos de la misa en que se iba fijando con preferencia la piedad popular, ya sean interpretaciones superficiales, ya adivinaciones de su ser más íntimo. Así, estos nombres tienen la ventaja, por lo menos, de apuntar algunas características esenciales.

«Fracción del pan», «cena dominical»
     Los nombres más antiguos se inspiran en ciertos pormenores del rito. Los Hechos de los Apóstoles hablan de la «fracción del pan», aludiendo a aquella ceremonia con la cual el que presidía daba comienzo a la cena, según antigua costumbre, a imitación del mismo Señor. Al hablar de la «fracción del pan», sin embargo, no pensaron, seguramente, tanto en la comida material que acompañaba la celebración eucarística como en el mismo pan sacramental: «El pan que partimos, ¿no es participación del cuerpo del Señor?» (I Cor X,16: cf. Acta Iohannis, 110 (Quasten, Mon., 341); Acta Thomae, c. 27; 1. c., 343). Esto se hace aún más probable si tenemos en cuenta que, como es muy verosímil, la consagración se unía con el rito de la fracción del pan. El mismo San Pablo llamó la celebración «cena del Señor», (I Cor XI, 20), haciendo resaltar con esto aún más su carácter de cena.

«Eucaristía»
     226. A partir del siglo II oímos hablar de la «Eucaristía», es decir, se pone más de relieve la palabra que, unida desde el principio con la cena, le daba un sentido más espiritual. Significaba en primer término acción de gracias, rito que, a ejemplo del Señor, acompañaba a la acción sagrada. Lo mismo los escritores católicos que los círculos gnósticos, a los que se deben los Hechos apócrifos de los Apóstoles, usaban esta palabra (Cf., p. ej., Acta Thomae, c. 27, 49s 158; Quasten. Mon., 343-345). Con ella querían expresar, según los Padres del siglo II, la intención con que se celebraba el sacrificio eucarístico, a saber, el hacer llegar hasta el trono de Dios el agradecimiento de los redimidos. En la Didajé incluye la palabra probablemente el sentido de los dones sagrados; San Justino los señala directa y claramente. Con esta significación entra, gracias a Tertuliano (Dekkers. Tertullianus, 49, en donde se hace patente que Tertuliano no conocía aún una expresión fija para designar la celebración. Por lo que se refiere a San Cipriano, véase Fortescue. The mass, 44) y San Cipriano, en el uso general de la Iglesia, conservándola hasta nuestros días.

«Oblatio», «sacrificium»
     227. La celebración eucarística se llamó «sacrificio», conforme vimos, ya desde muy antiguo. Esta denominación llegó a imponerse en algunos sitios. En el área del rito latino nos encontramos con las palabras oblatio y sacrificium por los ya mencionados Padres africanos. El nombre que en Africa se impuso como el más corriente, parece que fué la palabra sacrificium. San Cipriano y San Agustín la usaban corrientemente para señalar la celebración de la misa. En los libros penitenciales vemos hasta qué punto se había impuesto la palabra sacrificium en la Iglesia de principios de la Edad Media, pues todos los delitos contra las formas sagradas se califican como delitos contra el sacrificium.
     En otras regiones de la Iglesia latina prevaleció la palabra oblatio. Cuando habla la peregrina Eteria de las celebraciones de misas a que asistió en su peregrinación por Palestina, usa siempre las palabras oblatio y offerre. Oblatio sigue siendo la expresión más corriente para la misa hasta el siglo VI (
H. Kellner, Wo und seit wann wurde Missa stehenae Bezeichnung für das Messopfer? («Theol. Quaualschrift» [1901.1 429-433, 439. En el irlandés medio, la palabra oifrenn, que se ha formado de offerendum, ha llegado a ser el nombre más común para la misa. Pero también se usaba otra expresión, de origen celta, idpart, que significaba lo mismo. El verbo correspondiente significa «llevar»), mientras que offerre (sin complemento) continuaba usándose aún posteriormente para expresar la actuación del celebrante. Aun hoy dice el obispo en la consagración sacerdotal: sacerdotem oportet offerre.

Nombres orientales
     228. En el Oriente griego, la correspondiente estuvo -en uso sólo transitoriamente (Sínodo de Laodicea, can. 58. Mansi. II, 574). Quería aludir generalmente sólo a la parte central de la misa y sus oraciones (Así principalmente en los ritos no bizantinos, pero traducido a las lenguas correspondientes vulgares. Este uso en el sentido más estrecho corresponde a su significación primitiva, pues significa colocar encima (del altará (Brightman, 569 594s). Cf. A. Baumstark, Anapliora: RAC 1, 418-427). En cambio, entre los sirios, lo mismo orientales que occidentales, prevaleció la palabra kurbono (ofrenda) como nombre el más común para llamar la misa. Los armenios usan también con el mismo fin una palabra que significa oblación.
     No nos debe extrañar que al lado de tales nombres, que expresan lo esencial, encontremos otros que, según una ley
muy general de las lenguas cultuales, expresan solamente con cierta reserva la acción sagrada; como si dijéramos señalándola de lejos. Existen varios nombres de éstos. 

«Kurobho», «sacrum»
     229. Los sirios occidentales usan, junto a la palabra ya mencionada, otra que de la acción de oblación expresa unilateralmente el acercamiento respetuoso a Dios: kurobho. No se usa, por cierto, para la misa entera, sino preferentemente para la parte central, la anáfora y sus diversas oraciones (Brightman, 579; véase, sin embargo, también la carta de Jacobo de Edesa (+ 708), que pone kurobho=kurbono (l. c. 490 lín. 25). Por lo demás, ambos nombres etimológicamente están relacionados entre sí; kurbono es otra forma de la misma raíz kerabh acercarse: aquello con que uno se acerca, el don).
     En otros sitios se llama la misa sencillamente «lo sagrado», sacrum, como decimos nosotros en el latín moderno. Asi, por ejemplo, en una parte de las lenguas semíticas que usan derivaciones de la palabra kadosh, sagrado. Los abisinios llaman la misa keddase; los árabes, kuddas o takdis. Entre los nestorianos usan preferentemente la palabra kuddasha para significar el elemento oracional de la misa. (A. J. Maclean, East Syrian daily offices, Londres 1894)

«Dominicum»
     A la misma categoría pertenece la palabra griega que expresa algo más concretamente la acción sagrada o, por mejor decir, santificante. Esta palabra, que proviene, sin duda, de Alejandría, ha entrado en el lenguaje de los coptos, donde viene a ser el nombre más común de la misa hasta el día de hoy (Hanssens, II, 22. En el Eucologio de Serapión se usa para la alabanza en el Sanctus (13. JO) y para la bendición da la pila bautismal (19 tit.; Funk, II, 174 180). Se expresa, por lo tanto con esta palabra lo mismo el «llamar santo», o sea la adoración de Dios, que el «hacer santo», o sea la bendición. Está aún por investigar cuáles fueron las ideas decisivas para que se llamase la misa con este nombre). Hay otra palabra que se fija en la persona, manantial de donde brota toda la acción santificante de la misa, a saber, Nuestro Señor Jesucristo. De ahí el nombre de dominicum, muy corriente en el norte de Africa y en Roma durante los siglos II y III. En la persecución diocleciana declaran los mártires de Abitinia: sine dominico non possumus... Intermita dominicum non potest. La formación de esta palabra que define la misa como acto religioso en honor de Cristo, tiene su paralelismo en la otra que señala el domingo como dia del Señor (dominica, domingo) y el edificio destinado al culto cristiano como casa del Señor, casa de Cristo (Kirche, church), y trae su origen de la misma época.

«Liturgia»
     230. En otros casos, el nombre de la misa se debe a la circunstancia de que es un servicio que los designados por la Iglesia prestan a la comunidad. Este es, como se sabe, el sentido de la palabra, que en el lenguaje eclesiástico significaba al principio la totalidad de la actuación oficial del clero, luego solamente las funciones religiosas, y entre los griegos, a partir del siglo IX, sencillamente la misa.
     Esta misma palabra griega se usa también entre los eslavos y rumanos, que, a pesar de que pertenecen al rito bizantino, no se sirven del griego como de lengua litúrgica.     Semejantes formaciones ofrece también el alemán, donde la misa mayor se llama Amt (cargo, oficio) o Hochamt, término al que corresponde en el latín de la baja Edad Media la palabra summum officium.

«Actio»
     En los últimos periodos de la antigüedad cristiana se fue extendiendo por las regiones de habla latina otro nombre actio, y el verbo correspondiente, agere. En los escritos de San Ambrosio, el celebrar la misa se llama, indistintamente agere y offerre, con lo cual se quiere expresar el desarrollo de la acción sagrada (Dolger (Sol salutis, 295-299) cree que esta palabra se ha tomado de la lengua cultual pagana, porque el ayudante de los sacerdotes paganos, antes de matar la víctima, debía preguntar: Agone? Con todo, difícilmente se puede suponer tal influencia directa sobre el lenguaje sagrado cristiano. Se trata sencillamente del agere por antonomasia, conforme se usaba esta palabra al lado de facere y operari desde siempre en el lenguaje sacral para expresar la acción sagrada. Como complemento se le podia añadir la palabra míssas, como lo vemos, p. ej., en Víctor de Vita Historia persec. Afric.. II. 2 13 : CSEL 7. 25 39; cf. e. o. el Leoniano Muratori. I, 401; Feltoe. 1011: actio mysterii; Lib. pont. (Duchesne, I. 239): actio sacrificii. Muy poco probable, sin embargo, es su origen de gratias agere, que propone Batiffol). Concuerda con esta idea el que en delante la palabra actio se reservó para significar con más precisión la parte propiamente sacrifical de la misa, el canon, que se llama canon actionis. Para la misa se usaba también la palabra agenda, y la celebración se llamaba a veces agers agendam.

«SlNAXIS»
     231. Mientras estas denominaciones surgen al fijarse sobre todo en la actuación del ministro oficiante, la antigüedad cristiana conoció también otros nombres que giran alrededor de la idea del pueblo cristiano como asamblea en torno a un centro: el misterio de la Eucaristía. Verdad es que una palabra latina de este tipo, collecta, estuvo sólo transitoriamente en uso (Esta palabra se encuentra varias veces en las actas de los mártires de Abitina (Acta saturnini. etc.) al lado de dominicum, unas veces en un sentido más amplio, otras veces como sinónimo; p. ej., c 12 (Ruinart, 419), donde a la pregunta del procónsul: Si in collecta fuisti. el relato observa: Quasi christianus sine dominico esse possit. Cf. Eisenhofer, II. 4s.) La liturgia cristiana la iba a emplear pronto en otro sentido. Caso distinto es el del sinónimo griego, que a partir del siglo IV se emplea por bastante tiempo como el nombre preferido en la liturgia griega. Sobrevive, en cambio, en el latín mas moderno como sinónimo de Eucaristía: sacra sinaxis (Parece que el uso de esta palabra se introdujo por los humanistas, durante la Edad Media se usaba únicamente en el sentido más amplio de reunión religiosa .Du Cange-Favre. VII. 688). También entre los sirios se había formado un nombre semejante.

«MlSSA» = DESPEDIDA
     232. No es difícil comprender por qué a la celebración de a Eucaristía, que San Agustín ensalzó como signum unitatis, se la llamara así por el hecho de juntarse en común para su celebración. Difícil, sin embargo, por no decir imposible, nos resulta el que haya prevalecido el nombre que indica una acción contraria: la de separarse o dispersarse. Este parece el caso de la palabra que en latín y en todas las lenguas modernas del Occidente ha reemplazado a todos los demás nombres: missa, misa. Hoy no puede ponerse en duda el que ésta sea la significación primitiva de la palabra missa=missio=dimissio. En el latín de fines de la Edad Antigua significaba despedida al terminar una audiencia o reunión En este sentido se vino a usar en el lenguaje de la liturgia cristiana para indicar por medio del Ite, missa est el final de la asamblea. Con esta significación se presenta la palabra hacia fines del siglo IV.

«Missa» — bendición
     Hay que indicar, con todo, que este final, sea del sacrificio eucaristico, sea de cualquier otra función litúrgica, no consistía solamente en el anuncio frío, como lo parece indicar la fórmula ite, missa est, sino que expresaba muy frecuentemente toda una liturgia religioso-eclesiástica de despedida, por la que la Iglesia, abrazándose una vez más con sus hijos, les daba para el camino su última bendición. Tal fué ya la costumbre en los primeros tiempos. Según las ordenaciones eclesiásticas de San Hipólito, se despedía ya en su tiempo a los catecúmenos de cada instrucción imponiéndoles las manos, y ésta fué la costumbre durante siglos, dentro y fuera de la misa. Costumbre que se ha conservado en otra forma hasta el día de hoy. No nos debe extrañar: entronca en la misma esencia de la Iglesia, que, como Iglesia santa, ha de ser para sus miembros manantial perenne de gracia y bendición. Así es como la palabra missa, que de por sí no dice más que fin de una función religiosa, ampliaba su significación y abarcaba también en muchas ocasiones la ceremonia de la bendición final (Véase, ante todo, Aetheriae. Peregrinatio, c. 24, 2 6: CSEL 39. 71s. El. mismo sentido tiene la palabra missa también en San Ambrosio (Ep. 20, 4s: PL 16, 1037). Después de haber despedido al final de las lecciones a los catecúmenos, San Ambrosio pasó a explicar el símbolo a los candidatos para el bautismo (competentes). Fué entonces cuando se le dió la noticia del asalto: Ego tamen mansi in munere, missam facere cepi. Dum offero... Missa significa en este conjunto la despedida de los competentes, que se hacía con una bendición. Estos debían despedirse antes de la oblatio, lo mismo que los demás catecúmenos antes de la traditio symboli): missa llegó a ser el término técnico de la bendición final y simplemente sinónimo de bendición.

«Missa» = función religiosa
     233. Ensanchando más tarde su sentido, se acostumbró a llamar missa a la totalidad de cada función religiosa que terminaba con una bendición, a semejanza de nuestra costumbre actual de llamar bendición a todas las devociones de la tarde que se cierran con la bendición del Santisimo. Tal significación se encuentra ya hacia el año 400. Se habla de missa nocturna y de missae vespertinae y matutinae, entre las cuales entra también la celebración eucarística. Favoreció a esta evolución de significado el que la misma posición corporal de inclinación profunda, estando de pie, que se usaba al recibir la bendición del obispo, que éste impartía extendiendo los brazos, era la que se prescribía también durante las partes esenciales de las demás funciones religiosas, a saber, mientras rezaba el celebrante la solemne oración sacerdotal y, sobre todo, durante el canon.
     La oración del sacerdote tenia siempre carácter de missa, pues atraía la bendición de Dios y las gracias celestiales sobre todos aquellos que durante ella se inclinaban con reverencia, y, desde luego, tenía especial eficacia cuando, por la palabra del sacerdote, se hacía presente el mismo cuerpo y sangre de Cristo. De este modo pronto se llegó a emplear esta palabra con preferencia, aunque no con exclusividad, para designar la celebración de la Eucaristía.

«Missa» = misa
     A partir de la mitad del siglo V aparecen ejemplos de la significación apuntada casi simultáneamente en las partes más distintas de los países de habla latina. El más antiguo lo encontramos en una decretal del papa León Magno del año 445, en que éste condena en determinadas circunstancias la costumbre de tener los domingos una sola misa, si unius tantum missae more servato sacrificium offerre non possint, nisi qui prima diei parte convenerint.
     234. Cuando se empezó a tomar la palabra en este sentido, se usaba, por cierto, casi siempre en plural, missae, o en una ampliación, missarum sollemnia
(Es la expresión que usa con preferencia San Gregorio Magno. Veáse p. ej. las lecciones del Breviario en la fiesta de Navidad. La expresión era muy corriente al principio de la Edad Media. Refleja la conciencia de que la misa debe "celebrarse" y el hecho de que entonces la misa solemne era lo ordinario); pero solamente como excepción con un epíteto, como, por ejemplo, sanctae missae. Aun hoy día falta tal epíteto en el lenguaje oficial de la Iglesia; se dice sencillamente: fit missa, celébratur missa... La palabra misma sugería en aquel tiempo por sí misma tanta fuerza y esplendor interno, que no necesitaba adorno exterior (Por lo demás, se usan también los otros nombres sin epiteto, con excepción de los del rito bizantino, donde se habla generalmente de la "liturgia divina").

P. Jungmann, S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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