jueves, 19 de septiembre de 2013

In domo tua oportet me manere

Me es necesario hospedarme en tu casa
     Señor, estas palabras tuyas dichas a Zaqueo encierran para mí un misterio, que quisiera meditar humildemente ayudado de tu gracia.
     Cuando Niño te habías quedado en el templo, y tus padres, que, entristecidos por tu ausencia, te buscaban con dolor, al encontrarte escucharon de tus labios esta respuesta: «¿No sabíais que me es necesario ocuparme en las cosas de mi Padre? In iis quae Patris mei sunt oportet me esse
     Oportet me esse: me es necesario ocuparme...
     Oportet me manere: me es necesario hospedarme.
     Hay una semejanza grande entre estas dos frases. Y es precisamente esa gran semejanza la que me desconcierta.
     ¿Será acaso que para Ti es tan necesario ocuparte de las cosas de tu Padre como hospedarte en la casa de Zaqueo, publicano pecador?
     Sí, Señor. Así es.
     Porque hospedarte en la casa de Zaqueo, ¿qué otra cosa es para Ti sino ocuparte en aquello para lo que tu Padre te había enviado?
     Viniste al mundo —según tu misma palabra— para salvar a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel.
     Y Zaqueo, varón principal entre los publícanos, hombre rico y pecador, era una de esas ovejas que venías a salvar. Salvándola, estabas haciendo la obra de tu Padre. Por eso te era necesario hospedarte en su casa, a pesar de la maledicencia de los que te acusaban, quod ad hominem peccatorem divertisset; a pesar de los que se escandalizaban de que te sentaras a la mesa de los pecadores.
     Pero no es esto sólo lo que me enseñan tus palabras. Puedo aplicarlas a mí mismo.
     ¿No puedo yo también decir, sin orgullo, pero con una confianza profunda y llena de gratitud, que te es necesario venir a hospedarte en mi casa?
     Porque esas palabras tuyas no eran sólo para Zaqueo; eran para todos los pecadores; eran, por consiguiente, también para mí.
     Yo oigo que Tú me las repites cada día.
     Y que cada día quieres venir a hospedarte en mi casa, a pesar de que... Tú lo sabes, Señor, a pesar de que (tengo que confesarlo humillado y confuso) tantas veces te he cerrado las puertas, y a pesar de que tantas veces te he dejado solo y olvidado, y a pesar de que tantas veces te he echado fuera. Es dura la frase, Señor, y me avergüenza el decirla, pero, desgraciadamente, verdadera. ¿Acaso mis pecados no te han echado fuera?

     Señor, para Zaqueo tu visita fué el principio de todo su bien.
     ¿Por qué tu visita me ha dejado a mí tantas veces frío y triste y metido en mis preocupaciones vanas y adormecido en mis indecisiones?...
     Porque me falta la generosidad de Zaqueo.
     El comenzó por vencer el respeto humano, necio y vil, y, sin reparar en lo que podrían decir de él, se subió a un árbol, desde donde podría verte, como intensamente lo deseaba. Ese deseo era una gracia tuya, una gracia preveniente.
     Zaqueo respondió a esa gracia. Y buscó los medios para poder verte.
     La turba se lo impedía, porque era de estatura pequeña. ¿Qué hace entonces? Se sube a un árbol; bello espectáculo el de ese hombre maduro que, para corresponder a la gracia, no duda en asemejarse a un niño.
     ¡Oh, si mi deseo fuera siempre tan sincero y eficaz como el de Zaqueo!
     Hazlo Tú, Señor.
     Y ven a hospedarte en mi casa.
     Y quédate conmigo, que contigo entre en mi casa todo mi bien, contigo entra la salvación: Quia hodie salus domui huic facta est.
Y haz, Señor, que, como Zaqueo, yo sea generoso y comience a vivir una vida nueva.
Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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