viernes, 27 de septiembre de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (19)

3. De la asamblea liturgica primitiva a la Misa solemne 
     258. La forma originaria de la misa es aquella en que el obispo, rodeado de su clero y delante de la comunidad cristiana, ofrece el sacrificio. Casi todas las noticias que poseemos de la misa desde fines del primer siglo hasta bien entrado el cuarto suponen este orden, que se vio favorecido por el hecho de que el cristianismo de entonces fue preferentemente religión de las ciudades. San Ignacio de Antioquia defiende esta forma con especial ahinco: «Esforzaos en celebrar la Eucaristía única; pues no hay más que una carne de Nuestro Señor Jesucristo y solamente un cáliz en que se une su sangre, un solo lugar sacrifical y un solo obispo con su colegio de presbíteros y diáconos, mis consiervos» (San Ignacio de Antioquía. Ad Philadelph., 4: cf. Ad Smyrn., 8, ls; Ad Ephes., 20, 2. También suponen la asamblea de toda la comunidad, junto con el clero y el obispo, San Justino, Apol., I, 65 67; Didascalia. II, 57; San Hipólito, Trad. Ap. (Dix, 6 40 ff); Cánones Hippolyti, can. 3; Const. Ap., II 57: 1. c., VIII, 5ss (confróntese especialmente VIII, 11, 7ss; 15, VI); pseudo-Dionisio, De eccl. hierarch., III, 2; Narsai, Homil., 17). Los Ordines Romani para la liturgia papal reflejan el mismo estado de cosas. Es más: ante la imposibilidad de que todos los fieles se reúnan con su obispo en un mismo lugar, este principio de la celebración eucarística única creó la costumbre de las «estaciones», lo mismo en Roma que en otras ciudades. Consistía en que el papa, para tener su misa solemne, iba cada día a una iglesia distinta entre las principales, con lo cual, por lo menos teóricamente, se mantuvo durante muchos siglos el principio de una sola celebración eucarística. Ahora bien, como los Ordines Romani dieron durante siglos la norma para las misas pontificales de todo el Occidente, pudo conservarse el principio de la misa episcopal única también fuera de Roma (Cf. p. ej., Teodulfo de Orleáns (+ 821) Capitulare, I, c. 45 : PL 105 208. En lo esencial se mantiene todavía el principio del culto episcopal en el Decretum Gratiani, III, 1, 59 (Friedberg, I. 1310s) En el segundo sínodo de Sevilla (619) se confirmó la posición privilegiada del culto episcopal por una prohibición para los presbíteros eo (episcopo) presente sacramentum corporis et sanguinis Christi conficere (can. 7; Mansi, X, 559). Cf. Zacarías García Villada S I Historia eclesiástica de España (Madrid 1932) II, 1, 195 Cf' P de Puniet, Le pontifical Romain, I, 243s. Una disposición semejante se halla también en Martín de Braga presbytero civitatis offerré non liceat). De esta suerte la forma ideal del sacrificio, en que se reunía con el obispo toda la comunidad cristiana residente en el mismo lugar, se mantuvo viva en la tradición de la Iglesia occidental durante muchos siglos. En Oriente sigue en vigor hasta el día de hoy.

Diversas clases de concelebración 
     259. El papel que desempeñaban en esta asamblea litúrgica episcopal los clérigos, y en especial los sacerdotes, quedó caracterizado por el principio de la concelebración (P. de Puniet, Concélébration liturgique: DACL 3 (1914) 2470). Este principio significaba para los asistentes una participación, la que correspondía a su categoría, pero que no llevaba necesariamente consigo el tener que consagrar en común.
      La demostración de esta tesis véase en J. M. Hanssens, De concelebratione eucharistica; «Periódica de re morali canónica litúrgica» 16 (1927) 143-154 181-210; 17 (1928) 93-127; 21 (1932) 193-219. Fundándose en la distinción de Hanssens entre concelebratio caeremonialis y concelebratio sacramentalis (con la pronunciación común de las palabras consagratorias), H. v. Meurers (Die Eucharistische Konzelebration: «Pastor Bonus», 53 [1942] 65-77, 97-105) ofrece un resumen claro de la evolución histórica y la situación jurídica. Según él, se trata de la concelebración sacramental en Roma en un apéndice del Ordo Rom. I, n. 48 (PL 78, 958s), del siglo VIII; en cinco solemnidades del año, cada uno de los presbíteros cardenales que rodean el altar del papa lleva sobre el corporal tres panes y pronuncia, juntamente con el papa, sobre ellos todo el canon con las palabras consagratorias. Cf. el mismo uso en el Ordo de S. Amand (Duchesne, Origines, 480), en que, sin embargo, sólo el papa pronuncia en voz alta el canon; y para el siglo VI, una observación no muy clara del Liber pontificalis (Duchesne, i 139; confróntese también Duchesne, Origines, 185, nota 2). Esta costumbre no se continuaba después del siglo XII ni en la propia Roma. Antes la menciona también Inocencio III, De. s. alt. mysterio IV 25; PL 217, 875s. Además de esta costumbre, en la liturgia de la ciudad de Roma la concelebración sacramental se empezó a practicar entre los siglos VIII y XII únicamente con ocasión de la consagración episcopal o sacerdotal, costumbre que ha permanecido hasta la actualidad. Pasajeramente se usaba también en la consagración de un abad. En Oriente, además de la concelebración tradicional sólo en las comunidades unidas con Roma se introdujo la costumbre de pronunciar todos juntos las palabras de la consagración, pero al parecer no antes del siglo XVIII, bajo el influjo de Roma, donde según se desprende de Benedicto XIV (De s. sacrificio missae. III 16 [Schneider, 437-444]), se consideraba la celebración necesaria para la ordenación sacerdotal o episcopal; a estos concelebrantes se les reconoció su derecho de percibir un estipendio (Benedicto XIV, 1. c.). Solamente en el rito bizantino se ha introducido, fuera de la unión con Roma, en algunas ocasiones, la concelebración en voz alta, además de rezar los sacerdotes juntamente con el obispo en voz baja las oraciones (De Puniet, Concélébration: DACL 3 [1914] 2479S).  
     En principio la participación de los sacerdotes no consistía en otra cosa que la de los demás fieles, a la que, por cierto, algunos autores de la Edad Media ingenuamente aplican la expresión celebrare missam (San Gregorio de Tours (De gloria confessorum, c. 65: PL 71. 875 C): (mulier) celébrans quotidie missarum sollemnia et offerens oblationem pro memoria viri sui. Una mujer, cuyo hijo había sido resucitado de los muertos por Santa Gertrudis de Nivelles (+ 659), in crastinum missam celebravit in honore virginis Christi Gertrudis (Acta SS. mart., II, 596). También de Alcuino, que no fué más que diácono, se dice en su vida (n. 26; PL 100, 104 C): Celebrabat omni die missarum sollemnia. Un documento de París del 1112: «Los feligreses de un nuevo anejo están en seis días de fiesta en la parroquia missarum sollemnia ibi celebraturi et offerendas ex more oblaturi»; véase la cita en Schreiber, Untersuchungen zum Sprachgebrauch des mittelalterlichen Oblationswesens, 30s. Más ejemplos en F. de Berlendis, De oblationibus (Venecia 1743) 256. Cf. también Hanssens, 1. c., 16 (1917) 143) o sea, que contestaban al celebrante, le acompañaban en algunas oraciones recitadas en voz alta y recibían con él el Sacramento. Sin embargo, correspondía a la dignidad del culto el que se guardase el debido respeto al rango jerárquico de cada uno (Existen en la actualidad normas parecidas que han de tenerse en cuenta al celebrar la misa en presencia de un obispo; véase Caeremoniale episc., I, 30; II, 9. Entre las primeras ordenaciones de este género se cuenta la del Ordinarium O. P.. del 1256 (Guerrini, 245s), que da al obispo aún más prerrogativas de las que hoy tiene; se le invita al Confíteor y para dar la bendición final; bendice el agua que se mezcla al vino y el incienso; a él se le ofrece primero el libro de los santos Evangelios para que lo bese, y él es el primero a quien se inciensa y se le da la paz). Los presbíteros ocupaban su sitio en el presbiterio, junto con los demás clérigos, y llevaban sus ornamentos litúrgicos, que fue en Roma la planeta para ambos (En la misa pontifical de Lyón intervienen en la celebración, que aun en la actualidad es bastante frecuente (las palabras de la consagración se pronuncian solamente el Jueves Santo en común), además de siete acólitos y otros tantos subdiáconos y diáconos, seis sacerdotes, vestidos con la casulla. Están o se sientan al lado del trono episcopal; antiguamente recibían también la comunión de mano del obispo (Buenner, 261 269s 283s; cf. De Moléon, 47 73). L. c., 11 28, se relata lo mismo de Viena (de Francia). Véase un relato sobre las costumbres actuales del Jueves Santo en Lyón en La Maison-Dieu, n. 8 (1946) 171s. Según fuentes medievales, pertenecían a la misa pontifical también en otros sitios algunos sacerdotes vestidos de casulla; siete en Chalons, doce en Soissons y Sens (Marténe, 1, 3, 8, 2 [I, 331]). Cf. 1. c., XIX XXI XXX (I, 604s 609 467s). Doce sacerdotes pide también Bonizo de Sutri (+ hacia 1095), De vita christiana, II, 51 (ed. (Perels [Berlín 1930] 58). En las misas de estación papales ayudaban también a recoger las ofrendas, a partir el pan y a distribuir la comunión. En los ritos orientales, los concelebrantes se repartían entre sí el servicio de las incensaciones (Hanssens, De concelebratione, 17 (1922) 104*). Esta colaboración, desde luego, podía ser aún más activa. Encontramos desde muy pronto la costumbre de repartir las oraciones, con excepción del canon, entre el obispo y los sacerdotes asistentes
     Respecto de la bendición del aceite, que podia seguir a la oración eucarística, los cánones de San Hipólito, c. 3 (Riedel, 202), dan las siguientes normas: «Si hay aceite, rece sobre él de la misma manera; y si hay varios (sacerdotes), reparta entre ellos los diversos incisos; pero en todos ellos hay solamente una virtud activa». En la coronación del papa, según el Ordo Rom. XIV, n. 27 30: PL 78, 1135s, rezan después de las oraciones ante las gradas tres cardenales sendas oraciones, después de lo cual el Papa, luego de haberse terminado el canto del Gloria, dice la oración del día. Confróntese 1 c., n. 45 (1145 C). Parecido es el rito de la coronación del emperador (1. c.. n. 105 [1239s]).—En la liturgia bizantina, en que hoy día el mismo celebrante principal (respectivamente el único) empieza a rezar en voz baja las diversas oraciones sacerdotales, mientras el diácono y el pueblo están todavía recitando las letanías correspondientes que preceden a cada una de estas oraciones sacerdotales sus palabras finales, que siempre se han de rezar en voz alta, se las reparten entre sí los concelebrantes. Hanssens, Institutiones, III, 536) 
     También existía la costumbre de pronunciar en común algunos textos, incluso el prefacio (En Orleáns cantaban la misa hacia fines de la Edad Media el Jueves Santo seis canónigos junto con el obispo, pero no pronunciaban las palabras de la consagración (De Moléon, 196s). Algo semejante hay que decir de Viena (en Francia) (1. c., 17). En Chartres cantaban todavía en el siglo XVIII en este mismo día seis archidiáconos juntamente con el obispo el prefacio y el Pater noster y decían con él, dirigiéndose hacia el pueblo, el Dominus vobiscum (J. Grancolas, Commentarius historicus in Romanum Breviarium [Venecia 1734] 304). Un acompañamiento a media voz en las preguntas que dirige el obispo consagrante al candidato se estila en la actualidad al principio de la consagración episcopal por parte de los obispos que intervienen en ella (Pontificale Rom.. De cons. electi in episcopum). Una costumbre parecida se encuentra ya en el siglo XII (Andrieu, Le pontifical Romain, I. 142), de suerte que, de aquí al rito actual de la consagración de nuevos sacerdotes, en que todos pronuncian juntos las palabras de la consagración eucarística, no había más que un paso.     En nuestro rito actual de la concelebración en la ordenación sacerdotal llama la atención el que los neopresbiteros digan juntamente con el obispo, a partir del ofertorio, absolutamente todas las oraciones, aun aquellas que por lo demás se rezan en voz baja por su carácter de oraciones privadas. Esta circunstancia nos prueba que el rito en cuestión ha nacido de otra concepción distinta de la antigua concelebración conocida por la historia. Es evidente que, en el caso de la ordenación sacerdotal, el motivo por que los neo-sacerdotes acompañan al obispo en las oraciones es ejercitar por vez primera la potestad de orden que acaban de recibir, lo mismo aue habian de ejercer en las demás órdenes su nuevo poder cuanto antes fuera posible. Esta rúbrica, que al principio no prescribió el estar de rodillas, data ya del siglo XIII.
 
Auténticos restos de la antigua concelebración
     260. Sin embargo, los genuinos restos de la antigua concelebración en la Iglesia occidental no los tenemos en esta misa, sino más bien en la del Jueves Santo con la comunión de los sacerdotes (Por lo demás, conserva el culto pontifical del Jueves Santo otro ejemplo de la antigua concelebración: en la consagración de los santos óleos intervienen doce presbíteros como representantes del clero de la ciudad, y, según expresión de un antiguo Ordo de Ruán (PL 78, 329 A), simul cum pontífice verbis et manibus conficiunt. Es la misma expresión que Amalario usa de la participación en la consagración (De eccl. off., i, 12: PL 105, 1018 C), y en general en la prescripción del Triduo Santo, que prohibe las misas privadas, tomando todo el clero parte en las ceremonias no de otro modo que los fieles. También el ordo ad synodum del pontifical romano supone aun hoy que sólo el obispo se acerca al altar para celebrar, mientras el clero reunido recibe la comunión de sus manos; semejante prescripción se hace para los cardenales reunidos para la elección del papa. Esta solución fué la normal en todo el primer milenio siempre que se reunían en un mismo lugar varios sacerdotes y el particular no tenía que cumplir obligaciones especiales del culto divino. Aun hoy día persiste esta concepción en la Iglesia oriental.

Ejemplos de la historia
     Cuando San Paulino de Nola (+ 431) recibió en su lecho de muerte la visita de dos obispos, pidió que se preparase un altar delante de su lecho de muerte, ut una cum sanctis episcopis oblato sacrificio animam suam Domino comendaret (Acta SS., Iun., V, 171).
     En los monasterios se ha mantenido durante largo tiempo la costumbre de asistir todo el convento, incluidos los sacerdotes, a la misa conventual, especialmente en los días de fiesta, aun para comulgar en ella todos (
El Breviarium eccl. ordinis, monástico del siglo VIII (Silva-Tarouca, 196, lín. 11), en la descripción de la procesión de entrada de la misa solemne, en que todos comulgaban, enumera en primer lugar: presbyteri, qui missas publicas, ipso die non celébrant(ur). Para los conventos benedictinos de la alta Edad Media cf. Berliere, L'ascése bénedictine, 156s. Entre los cistercienses estaba previsto para cuatro grandes solemnidades un culto solemne, en que no solamente participaba todo el convento, sino que también debían comulgar los sacerdotes (Liber usuum, c. 66: PL 166, 1437). Confróntese V. Meurers, 104, nota 78. Parece que también en los dominicos supone el ordinario de 1256 que en los dias de comunión comulguen también por regla común los sacerdotes, pues hace la observación de que nadie puede faltar en la comunión nisi celebret missam ipsa die (Guerrini. 248). Entre los cartujos está aún ahora en vigor tal regla para las solemnidades de Navidad. Pascua de Resurrección y Pentecostés (V. Meurers, 102s.). De un modo más general expresó esto mismo San Francisco de Asís cuando en el siglo XIII declaró que «los hermanos celebrasen en sus casas una sola misa, como es costumbre en la santa Iglesia. Cuando hay varios sacerdotes en casa, uno se contente por amor de Dios con asistir a la misa del otro».
     San Francisco de Asís, Escritos completos, BAC (Madrid 1945) p. 57. En esta orden, citada con frecuencia, además del aprecio de la comunidad, parece haber influido la preocupación de que la celebración frecuente pudiera aminorar la reverencia ante el misterio. Cf. V. Meurers, 104s.).

La comunión de los ministros
     261. Por lo demás, donde esta ordenación se ha mantenido por más tiempo, fue en las rúbricas para los diáconos de la misa solemne (Browe, Die häufige Kommunion im Mittelater, 45-51). Lo que antes se consideraba como lo natural, a partir del siglo X se mantuvo durante bastante tiempo mediante prescripciones especiales nara ocasiones determinadas. Todavía en el siglo XI se menciona repetidas veces la regla según la cual de las tres partes en que se fracciona la hostia, se reserven una o también dos para la comunión del diácono y subdiácono. Por regla general se exige en siglos posteriores únicamente la comunión del diácono y subdiácono en la misa de un obispo (Ordo eccl. Lateran. Fischer, 85s.) o abad (Esto refiere Bernardo Ayglerio (+ 1232), de Montecasino. E. Martene, Commentarius in Regulam s. Benedicti: PL 66, 580 A.) o en la misa mayor de los domingos o días festivos (Así en Cluny: Udalrici Consuet. Clun., I, 9; PL 149, 653. Más ejemplos de los siglos XII-XIV en Browe, 47s.) o para el primer día del servicio semanal de los levitas (Según las reglas del convento de agustinos en Dontinghem (Browe, 49) o, finalmente, en los monasterios, para los días en que la comunión estaba prescrita a todos (Browe, 48s. Entre los agustinos de Seckau estaba todavía en 1240 prescrita la comunión de los ministros en los domingos y días festivos; en los estatutos reformados de 1267 quedó reducido a una sola vez por mes (L. Leonhard, Stand der Disziplin... im Stilte Seckau: «Studien u. aus dem Ben. und Cist. Orden», 13 [18921 6 9).) Al final de la Edad Media se exigía la comunión del diácono y subdiácono sólo en casos aislados, con excepción de la misa de difuntos (Como, p. ej., en los estatutos reformados de Odón Rigaldo para San Esteban, en Caen (1256) (ed. Bonnin, 262). Entre los cistercienses castellanos siguió esta costumbre hasta el año 1437, cuando la quitó el papa Eugenio IV como plerumque damnosum (Browe, 48s). El concilio de Trento se contentó con una cálida recomendación en este sentido.
     Sess. XXIII. De reform.. can. 13: sciantque (diaconi et subdiaconi) máxime decere, si saltern diebus dominicis et sollemnious, quum altari ministraverint, sacram commumonem perceperiui. confróntese Concilium Tridentinum, ed. Goerres., IX, 482, lin. 17; 527, lin. 34; 533, lín. 2; 559, lín. 4; 627, lin. 8. Esta recomendación ha pasado también al Caeremoniale episc., II, 31, 5. En casos aislados, una norma semejante ha sido incluida en algunos estatutos reformados; así, p. ej., por San Carlos Borromeo (Browe, 50s). Como práctica viva atestigua para la basílica vaticana la comunión del diácono y subdiácono (J. Catalani Caeremoniale episcoporum, I [París 1860; aparecido por vez primera en 17471 195). 

La misa solemne, oficiada por un simple presbítero
     262. La continuación directa de la antigua asamblea litúrgica episcopal la vemos hoy en la misa pontifical, y su forma más acabada, en la misa papal, en la que, por cierto, la participación del pueblo tiene carácter más bien accidental. Lo curioso es que la misa mayor con diácono y sub-diácono, celebrada por un simple sacerdote, de la que podíamos suponer que era una misa presbiteral con rito más solemne, resulta ser también una derivación tardía de la misa pontifical. De ahí que la diferencia entre la misa pontifical y la misa mayor corriente sea relativamente pequeña en la actual liturgia romana (La diferencia es mayor en la liturgia bizantina, donde en el rito episcopal, sobre todo de la antemisa, las funciones en gran parte están repartidas entre los concelebrantes y donde tiene lugar repetidas veces una bendición solemne con trikirion y dikirion. Algo semejante hay que decir del rito sirio-occidental (Hanssens, Institutiones, III. 535-543), lo que se explica por el hecho de que, cuando la Iglesia carolingia adoptó el rito romano, no hubo para la organización del culto más libros que los Ordines Romani, o sea las colecciones de rúbricas del rito pontifical. Este, por consiguiente, no se aplicó solamente en las catedrales, sino también en otras iglesias. El mismo primer Ordo Romanus lo había sugerido en una nota romana, que decía que los obispos, qui civitatibus praesint, se atuvieran en todo al mismo modo del papa y del obispo que substituía al papa en las misas de estación; solamente prescribía que tuvieran en cuenta algunas pocas modificaciones (No puede ocupar la cátedra; las oraciones las dice en el lado derecho del altar; en la fracción interviene él mismo en el altar y coloca luego el fermentum del papa en su cáliz), pero además aseguraba que valdría lo mismo para el presbítero cuanto in statione facit missas, con la única excepción de no poder entonar el Gloria sino en el día de Pascua (Cf. también el Ordo de S. Amand (Duchesne, Origines, 484) Así, pues, estas insinuaciones, sin que queramos hacer una interpretación abusiva de ella, podían aplicarse a todos los casos en que un simple presbítero, no solamente en los monasterios, sino también en las colegiatas, tuviera que celebrar una misa solemne ante público un poco más numeroso. Desde luego, no vacilaron en seguir estas normas. De ello tenemos, por ejemplo, una buena prueba en el Breviarium ecclesiastici ordinis del siglo VIII, que representa un arreglo para las necesidades de un monasterio de Irlandeses en Pranconia del Capitulare ecclesiastici ordinis, en el cual, siguiendo al archicantor romano Juan, se describe la misa estacional papal.

Pocas diferencias respecto a la episcopal
     Prescindiendo de la corte papal, a la cual el Capitulare da poca importancia, y del rito de la sustentatio, que eran prerrogativas del papa, casi todo el esplendor litúrgico se ha aplicado al simple sacerdote religioso, que entra asistido por sacerdotes, diáconos, subdiáconos y clérigos, en una procesión en que se llevan siete candelabros, con incensario, y cuando llega al altar, es recibido con las mismas salutaciones que el papa, contestando, como éste, con el Pax vobis y quedando luego sentado durante toda la antemisa retro altare en su cátedra, para lavar, finalmente, sus manos antes del ofertorio (Verdad es que tal lavatorio de manos no fué entonces prerrogativa del obispo o papa. El sacerdote entona también el Gloria, aunque no se supone la fiesta de Pascua de Resurrección, sino Navidad (cf. más adelante 455 4 2). Por la adopción de tradiciones galicanas, como, p. ej., el Dominus vobiscum antes del evangelio, el traslado de las ofrendas de la sacristía, la petición de intercesión (Orate), difiere el Breviarium del rito papal también en estos puntos).
     La misma forma de misa solemne la encontramos en las fuentes carolingias más tarde en los siglos IX y X. Generalmente se la llama «misa episcopal», aunque figure a veces, sin embargo, un simple sacerdote como celebrante (
Este es el caso de la exposición de Remigio de Auxerre (Expositio: PL 101, l248ss), en la que faltan datos más exactos sobre su desarrollo ritual. Las explicaciones de la misa de Amalario nombran con regularidad al obispo, pero la exposición Missa pro multis (ed Hanssens, «Eph. Liturg.» [19301 31, lín. 27), con ocasión de la primera mención del celebrante, dice: episcopus aut presbyter. También se refiere al simple presbítero Rabano Mauro (De inst. cleric., I, 33: PL 107, 322-326), aunque no exclusivamente, ya que comprende con la expresión sacerdos a ambos, obispo y presbítero). También la reorganización del rito de la misa que aparece alrededor del final del primer milenio en los documentos del grupo Séez, se refería en primer término a la misa pontifical, extendiéndose, sin embargo, pronto también a la misa solemne de simples sacerdotes (Esto se ve claramente en el ordinario de la misa de San Vicente (Fíala, 187 196ss), en el cód. Chigi y en Gregorienmunster (Martene, 1, 4. XII XVI [I, 568SS 595ss 5991): sacerdos, presbyter. En el misal de Lieja aparece como celebrante episcopus aut presbyter (1. c., XV [I, 5821). Las rúbricas que determinan su desarrollo son muy escasas dentro del texto común).

Transición a la actual misa solemne
     263. Los elementos concretos de la actual misa solemne se perfilan por vez primera a lo largo del siglo XI. Mientras en los tiempos anteriores se hablaba casi siempre de varios diáconos y subdiáconos (El sínodo de Limoges (1031) ordena que los abades y otros presbíteros no deben ir acompañados de más de tres diáconos, mientras que los obispos pueden también tener cinco y siete (Mansi. XIX, 545 b). También los documentos del grupo de Séez hablan en varias ocasiones de pluralidad de diáconos. Poco claros son los datos en el sacramentario de Ratoldo (+ 986) (PL 78, 239-245); Remigio de Auxerre (+ 908), que en su Expositio (PL 105, 1247s 125C 1271) no menciona más que un diácono y subdiácono, está aislado con estos datos), desde ahora en adelante aparecen claramente sólo un diácono y un subdiácono como asistentes del celebrante cuando éste se dirige al altar, y que luego como tales cumplen su servicio. Entre los primeros testimonios de este orden figura el escrito de Juan de Avranches, compuesto hacia el año 1065, que, concediendo todavía al simple sacerdote una serie de prerrogativas episcopales que hoy día ya no le competen (Juan de Avranches (De off. eccl.: PL 147, 32ss): «Llegado al altar, el sacerdote da el ósculo al diácono y subdiácono después del Confíteor; luego besa el diácono el altar en sus dos extremos y ofrece al sacerdote el libro de los Evangelios para que lo bese, después de lo cual éste besa además el altar. Hay también varios ceroferarios entre los ministros, siete en las solemnidades. Cuando empieza el subdiácono con la epístola, el sacerdote se sienta, pero iuxta altare. Después del evangelio, el pan y el vino son ofrecidos al diácono por el subdiácono; el cantor trae el agua. Sigue la incensación. Luego toma el subdiácono la patena, que pasa a uno de los acólitos. El diácono y el subdiácono reciben en la comunión partes de la hostia grande».) reserva claramente la cátedra al obispo (L. c. PL 147, 33 A: Sessio episcopi... ceteris celsior debet fieri). La misa conventual de Cluny presenta también por aquel tiempo el mismo tipo, con un solo diácono y subdiácono.
     Udalrici Consuetud. Clun., II, 30: PL 149. 716ss. Cf. también el ordinario de la misa del cód. Chigi (Mariéne, i, 4, XII [I, 569sl), que llama la atención por su semejanza con la descripción de la entrada en Juan de Avranches y claramente hace de puente al modo que nos es familiar en la actualidad: Deinde cum clerici inceperint Gloria post Introitum, procedat, antecedente eum diácono et ante eum subdiácono cum libro evangelii et ante subdiácono acolyto cum thymiamate, ante quem dúo alii acolyti praecedant cum candelabris et luminaribus, et sic ordinate exeant e secretario. Una diferencia notable, respecto a Juan de Avranches, está en los dos ceroferarios que preceden, mientras que éste menciona solamente un ceroferario después del turiferario.

Ultimas innovaciones y estabilización
     El rito de la misa solemne, prescindiendo de algunas costumbres particulares, regionales o monásticas, puede decirse en general que no ha cambiado apenas a partir del siglo XI. En el siglo XII aparecen, junto a otras reverencias, los numerosos ósculos al entregar o recibir los diversos objetos, que aun hoy siguen en uso. Por este mismo tiempo se introdujo la costumbre de leer en voz baja el celebrante, y con él sus asistentes, los textos que otros cantaban. La descripción minuciosa que de la misa solemne sacerdotal ofrece el ordinario de los dominicos del año 1526, es la que da prácticamente el orden actual, distinguiéndola claramente de la misa pontifical, cuyas ceremonias se fijaron definitivamente en el Caeremoniale episcoporum alrededor del año 1600. El ordinario prescinde de las ceremonias de ponerse los vestidos, contentándose con dos o cuatro cirios, que ya no se llevaban en la procesión al altar, sino que estaban allí. Tampoco usa ya el sacerdote el Pax vobis, sino solamente el Dominus vobiscum, y dice la oración, lo mismo que el Gloria y Credo, en el altar, lavándose las manos solamente después de la incensación. La bendición solemne después del canon, que constituyó en los países del norte de Europa la nota más sobresaliente de la misa pontifical durante toda la Edad Media, nunca fué impartida por los sacerdotes, como tampoco se usó la sustentatio, que en lo esencial había quedado siempre reservada al rito .episcopal. De igual manera el presbyter assistens, representante del antiguo colegio de los presbíteros que apareció en el siglo XII (Ordo eccl. Lateran. (Fischer, 80-87). Un estadio intermedio aparece en el Ordo Rom. VI. n. lss: PL 78, 9S9ss, del siglo X, donde dos sacerdotes, como por lo demás los diáconos, se encargan en parte de la sustentatio; de ellos sirve luego uno al lado del misal (n. 4). En catedrales francesas se encuentra aún en tiempos posteriores, al lado de los siete diáconos y siete subdiáconos, no solamente uno, sino seis y más presbíteros), quedó reservado por derecho común al rito pontifical (Cod. Iur. Can., can. 812).
     Algunas particularidades, de carácter más bien técnico, solemne en la Edad Media, desaparecieron posteriormente o se han conservado sólo en el rito monástico.
     E. o., conforme lo dice repetidas veces el Ordo, pertenecía también al oficio del diácono el arreglar la casulla del celebrante, que entonces era muy amplia y con muchos pliegues, sobre todo cada vez que se dirigía al pueblo, deorsum eam in anteriori parte trahendo (Ordo eccl. Lateran. [Fischer, 83; cf. 81s]), Cf. Ordinariurn O. P. de 1256 (Guerrini, 236 239s 244); Líber ordinarius, de Lieja (Volk, 93, lín. 17); Ordo Rom. XIV, n. 47: PL 78, 1151, y más veces. También entre los premonstratenses esta costumbre está atestiguada desde el siglo XII (Waefelghem, 47 67 96). Como prescripción de besar la casulla se ha conservado hasta la actualidad Q. c., véanse las notas que dan más eiemplos). Cf. también el Ordinarium Cartusiense (1932) c. 29, 13; 32, 13. Durante el canon, tempore muscarum el diácono tuvo que manejar un abanico (flabellum) para defender al celebrante y a las ofrendas (Ordinarium O. P. [Guerrini, 2401; Liber ordinarius, de Lieja [Volk 93s)]. En Udalrici Consuetudines Cluniacenses, II, 30 (PL 149, 719) es la ocupación de uno de los dos acólitos. En Oriente donde aun en la actualidad se usa el abanico litúrgico con sentido simbólico, las constituciones apostólicas demuestran que al principio tuvo la misma finalidad (Const. Ap., VII. 12. 2 [Quasten, Mon., 212 con nota]). Más detalles en Braun, Das christliche Altargerat, 642-660. En el Liber ordinarius, de Lieja, se encarece al sacristán el cuidado por el flabellum durante la temporada de las moscas para las misas privadas de los hermanos, así como en invierno el cuidado del brasero (carbones in patellis) (Volk, 49, lín. 23). Esta última solicitud también en el Ordinarium Cartusiense (1932) c. 29, 7.
     Entre ellas está también la costumbre de que los dos acólitos cuando el diácono y subdiácono están detrás del celebrante, se coloquen a la derecha e izquierda del diácono in modum crucis (Ordinarium O. P. [Guerrini, 235]). Esta costumbre se usa aun hoy día en el rito dominicano. Durante la Edad Media está atestiguada repetidas veces; p. ej., en el siglo XIV para la iglesia del Instituto de las Señoras en Essen (Arens, 19). La costumbre de volverse el diácono con el celebrante al pueblo cada vez que se le saluda se encuentra documentada en el cód. Chigi (Martene. 1, 4. XII [I, 570 D]) y en el Ordo eccl. Lateran. (Fischer, 83, lín. 30); en loe monasterios de benedictinos se usa aún en la actualidad.

Frecuencia de la misa solemne
     284. La diferencia más notable que distingue la misa solemne actual de aquella de la Edad Media está en su frecuencia. Durante toda la época medieval fué, sin duda ninguna, la forma más corriente del culto divino, sobre todo en aquellas iglesias que dominaban la vida litúrgica de su tiempo, o sea fuera de las catedrales, las iglesias de los conventos y las colegiatas con su cabildo, organizadas según el ejemplo de los monasterios En todas estas iglesias, la misa mayor con diácono y subdiácono, que se celebraba después de rezada la tercia, formaba parte de la vida diaria. Constituia entonces (Como es sabido, los monasterios antiguos, en cuyo ambiente se fué desarrollando el rezo de horas canónicas, desconocian la misa diaria. Cuando San Benito (Regula, c. 35 38) menciona la misa, se refiere solamente a la misa de los domingos y días festivos. Lo mismo se puede ver, por lo que se refiere a Occidente, en la Regula Magistri, c. 45 PL 88, 1007s), y en Fructuoso de Braga (+ hacia 665) (Regula, II, c. 13 : PL 87, 1120s). También en la vida de San Columbán (+ 615) se conoce que decía misa solamente los domingos (I, 26; ni, 16; PL 88, 740 765) el punto culminante de todo el Oficio divino (Solamente los cartujos formaban una excepción. En su primera época (habían sido fundados en 1084) se tenía la misa conventual solamente los domingos y días festivos (Bona. I, 18, 3 [2561): P. Goussanville. en las notas a Pedro de Blois [Sv. 86: PL 207. 266]). Además desconocían los cartujos, y en parte también los cistercienses, el oficio del subdiácono). En Cluny y en los ambientes influenciados por Cluny se celebraba diariamente ya en el siglo XI otra misa conventual; además de la misa mayor, la missa matutinalis. En ella actuaban también el diácono y subdiácono. Sin embargo, la primera se distinguía por una mayor sencillez (Por lo demás, se ve cómo va en aumento la solemnidad en la misa dominical festiva; en el introito se repetía ya antes del Gloria Patri la mitad del versículo; se añadía el Gloria in excelsis: se rezaba solamente una colecta; el gradual v el aleluya se cantaban por dos (solistas); todos recibían el ósculo de paz (Udalrici Consuet. Clun., I, 8 : PL 149, 653). La incensación del altar tenía lugar solamente en el ofertorio, pero no al principio, abreviándose los cantos y suprimiéndose generalmente el Credo. En los días no festivos empleábase el formulario de la misa de réquiem; porque esta segunda misa se decía por el eterno descanso de los bienhechores difuntos, ya que los monjes de Cluny se distinguieron por su celo de ayudar a las ánimas del purgatorio por medio de los sufragios de la santa misa.

La segunda misa conventual
    Una norma semejante adoptaron los premonstratenses (Waefelghem, 29-32. Solamente en la época en que recogían la cosecha se contentaban con una sola misa conventual (29). A la menor solemnidad de la misa temprana por los difuntos pertenecía el que hubiera sólo un acólito) y poco después también otros conventos (Juan de Avranches, De off. eccl.: PL 147, 32 B. Los cistercienses tenían también diariamente, incluso en los domingos y días festivos, con excepción de las solemnidades mayores, una misa de difuntos, que coincidía con el oficio de difuntos; se celebraba en un altar especial, probablemente sin participación del convento entero (Liber usuum, c. 51: PL 166, 1420); cf. R. Trilhe, Ctteaux: DAOL 3, 1795.). En tiempos del papa Honorio III apuntaba en Francia la tendencia de contentarse con la misa diaria de réquiem, que por cierto traía también ventajas materiales, suprimiéndose la misa de la fiesta. Este abuso dió lugar a una orden de este papa, publicada el año 1217, en que insistió en el cumplimiento de ambas obligaciones (Decretales Gregor., III, 41 11 (Friedberg, II 642s). De ahí que muchos canonistas sacaron la conclusión de que todos los cabildos de colegiatas y también los conventos tenían la obligación de celebrar dos misas conventuales, lo que contribuyó a aumentar la frecuencia de la misa solemne (Sawicki demuestra que la obligación por parte del Derecho canónico a la misa conventual existe para los religiosos con coro sólo desde Pío X, como consecuencia última del principio de que a la obligación del coro pertenece también la asistencia a misa (64s; cf. 68ss). Parece que el Derecho canónico nunca ha pretendido imponer una nueva obligación a la misa conventual de difuntos (45s). Durante la Edad Media variaba la práctica. En Klosterneuburg se decía siempre en un altar lateral durante la misa conventual una misa de Requiem; por otra parte, se tenía diariamente después de la prima la misa cantada matutina (generalmente de Beata) (Schabes, 59s 64). En cambio, los benedictinos de Santiago, de Lieja, tenían por regla general una sola misa conventual. Sólo en ciertas temporadas se añadía la missa matutinalis, que a veces se decía para los difuntos). Sobre esta base, el misal de Pío V, en su tendencia a atenuar el predominio de las misas de difuntos y a procurar la mayor posible concordancia entre oficio y misa, dió normas a las catedrales y colegiatas acerca de la doble misa, prescribiendo que una había de celebrarse de feria y la otra de festo y fijó las leyes según las cuales se podían substituir por misas votivas o de réquiem (Missa Rom., Rubr. gen. Posteriormente, los canonistas exigieron sólo la aplicación de la segunda misa para los difuntos, pero no un formulario determinado, solución que por Benedicto XIV consiguió fuerza la ley (Sawicki, 52-55 58).
     En tiempo más reciente se limitó la doble misa conventual en general a los días de doble carácter litúrgico (en el sentido ya explicado), reduciéndose su categoría en los días no festivos a la de misa cantada (
Sawicki, 86. En los capuchinos, la misa conventual no es más que missa lecta; tampoco la ley eclesiástica exige más de las otras órdenes obligadas al coro), con lo cual quedó restablecido lo que debió de haber sido la forma originaria de la misa dominical en los conventos.

Antagonismo entre el culto solemne y la cura de almas
     265. La misa solemne se celebra hoy día con muchísima menos frecuencia que antes. Varias razones han contribuido a ello. Los cabildos de las colegiatas, cuyo fin principal era el sostenimiento del culto divino solemne, han ido desapareciendo. A los cabildos de los catedrales y a los conventos se presentaron otras tareas de mayor urgencia. Las secularizaciones de los últimos siglos han hecho imposible la vida retirada de casi todas las comunidades de clérigos dedicadas exclusivamente al culto divino, que tanto florecieron durante la Edad Medía. El centro de la vida era para ellos la misa solemne.
     Por lo demás, estas misas solemnes ya desaparecidas nunca habian tenido carácter de cultos verdaderamente populares, como las misas de estación romanas, porque generalmente se celebraban en el altar del presbiterio, o sea en la parte de la iglesia que no sólo estaba destinada al cabildo, sino que se la separaba de la nave de tal modo que se había convertido en iglesia de los clérigos. Además, ya desde el principio de la Edad Media estaba excluido el pueblo de las iglesias conventuales, porque el convento tenía que evitar el contacto con el mundo lo más perfectamente posible y, por otra parte, no se debía apartar a los fieles de las parroquias. Aquí está la razón de por qué el edificio de las antiguas iglesias conventuales solía tener un presbiterio muy largo y una nave pequeña.

¿Por qué el culto solemne perdió interés?
     266. En la Edad Moderna volvió la cura de almas al primer plano del interés, y con esto la solicitud por la comunidad cristiana. En las nuevas normas litúrgicas del siglo XVI se advierte incluso cierta prevención contra el culto divino solemne de fines de la Edad Media, porque las obligaciones litúrgicas impedían una labor más intensa en la cura de almas, que ahora se hacía cada vez más necesaria. El espíritu realista y sobrio que a partir del siglo XVIII se fué extendiendo más cada vez, junto con la emancipación progresiva de las masas, ha hecho bajar sensiblemente el gusto por el esplendor principesco con que las ceremonias de la misa solemne rodeaban al celebrante, como a descendiente del papa, soberano temporal. La misa solemne pervive hoy solamente en las grandes fiestas, cuando, enriquecida por los valores de la música sagrada, que, como hija de una cultura más cercana a la nuestra, nos es más familiar, contribuye a dar expresión a nuestros júbilos festivos, viendo nosotros en ella una espléndida demostración de la Iglesia, pletórica de gracia y verdad.
     Los grupos de agustinos descalzos que se formaron en el siglo XVI tenían todos en sus estatutos la disposición de que no debían nunca cantar una misa solemne (M. Heimbucher, Die Orden und Kongregationen, II. 2* ed. [Paderborn 19071 188). En la Compañía de Jesús, en conformidad con la renuncia al coro, se prescindió también de la misa cantada, porque, según la concepción de entonces, esto hubiera implicado no solamente la asistencia a ella de toda la comunidad, sino también la ejecución del canto; Constitutiones S. I. [terminadas esencialmente en 1550] VI, 3, 4 (Institutum S. /.. II [Florencia 18931 99s): non utentur nostri choro ad horas canónicas vel missas et alia officia decantanda. Posteriormente se admitieron varias excepciones respecto a la misa (1. c., IT. 527 533 539). Los capuchinos conservaron el coro, pero renunciaron a la misa conventual cantada substituyéndola por la missa lecta. además de la cual no se permitían en los primeros tiempos misas privadas de los sacerdotes, con excepción de algunas fiestas (Caeremoniale Romano Seraphicum ad usura O. F. M. Cap. [Roma 19441 p. 327ss; Cuthbekt Widlócher, Die Kapuziner [Munich 19311 58). Tal renuncia a las formas del culto divino de la Edad Media en beneficio del trabajo apostólico parece que tuvo sus primeros principios en una época bastante anterior. Cf. S. A. van Djjk, O. F. M.. Historical Liturgy and liturgical History: «Dominican Studies», 2 (1949) 161-182, especialmente 168ss 180ss. Van Dijk interpreta la predilección de los mendicantes por la misa privada y la simplificación del canto de los salmos por aquel abbreviare que les parecía necesario para poder predicar y estudiar.

P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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