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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Consagración de las Familias a Nuestra Señora de Guadalupe.

     El mes de diciembre, mes de la gloriosa aparición guadalupana, debe ser para los miembros de la Cruzada el mes en que demos a nuestra Madre la prueba más agradable de la devoción filial que le profesamos. Cada mes del año debería ser para los socios de la Cruzada una preparación para éste; cada acción propia de la Cruzada que en corporación o en particular hacemos, un paso que nos aproxime al principal del año, que en cuanto fuere posible debería realizarse durante este mes, durante los días que Ella se dignó consagrar a su memoria.

Que la consagración sea de la familia.
     Compréndase bien que cumplimos con nuestras obligaciones de la Cruzada si cada uno de nosotros particularmente se consagra a la devoción y a la causa de Nuestra Señora de Guadalupe en México. La restauración de México, su reintroducción en los dominios donde completa y verdaderamente reina el Sagrado Corazón, debe empezar en la familia, y seguir en número creciente con las familias hasta que habiendo llegado a un número suficiente pueda conseguirse la dedicación y consagración completa de la nación. Si la familia es realmente la célula de la organización social, como la enfermedad, así la curación radical debe empezar en la familia. La conducta individual es solamente preparatoria, y para facilitar la primera acción social que es la de la familia. En nuestro caso, las familias han dejado de cumplir con sus deberes sociales y cristianos, y por tanto las familias como familias tienen mayor obligación de trabajar.

Que la consagración sea de toda la familia.
     No es verdaderamente consagración de la familia si toda ella no entra en el espíritu y voluntariamente se consagra. Que la madre y las hijas, y quizá algunos de los varones se reúnan para el acto religioso de la familia, algo es; pero, hablemos con franqueza: ¿Podrá decirse con verdad que la familia se ha consagrado si el padre no ocupa el lugar que le pertenece? Si el padre ve con indiferencia o con mal velado desprecio (claras manifestaciones de su insensatez religiosa o corrupción moral) lo que en sí es un acto religioso de la familia que tendrá consecuencias de grandísimo momento para ella y para la nación, ¿qué valor tendrá el acto ante los hijos? Si algunos padres no lo entienden que se les explique. Si después no lo comprenden o no tienen el valor moral de tomar sobre sus hombros la responsabilidad de dirigir la familia como virreyes de Nuestra Señora de Guadalupe, que abdiquen, tomen el lugar que según sus méritos les corresponda, después del último de los hijos, donde empieza la fila de los criados y sigan aunque sólo sea como San Pedro de lejos y por curiosidad.

Que sea una verdadera consagración.
     No es menester que gastemos nuestro tiempo ni el reducido espacio de esta hojita en probar y convencer a nuestros consocios que es conveniente o ventajoso o indispensable que se consagren a Nuestra Señora de Guadalupe las familias que se precian de ser mexicanas, y son herederas de las que con la bendita imagen recibieron también la verdadera, filial y tiernísima devoción que gracias a Dios hasta nuestros días dura. Más importante es que gastemos el tiempo y nuestras energías en convencernos de que la consagración debe ser verdadera.
     No basta, pues, la entronización de la augusta imagen junto al Sagrado Corazón, entronizado también en el aposento principal de la casa; ni son suficientes las oraciones, ni aún la recitación del acto de consagración de la familia entera, si todos esos actos no van acompañados de un convencimiento íntimo de parte de cada uno de la familia, pero más especialmente de los jefes de ella, que con eso quedan obligados, cada uno en particular y la familia en conjunto, a servir a la causa de la Santísima Virgen de Guadalupe en México, con todas las fuerzas de su alma y su cuerpo.
     Sírvanos de modelo la dedicación completa de un artista a su arte; de un científico a las ciencias; de un buen padre, de una cristiana madre a la causa de sus hijos; de un valeroso militar a la causa que defiende, y por la cual si es menester muere. Todo eso y más mil veces más merece nuestra Madre y nuestra Patria. ¿Será posible que nos conformemos con menos? ¡No! ¡Dios nos libre de tal bajeza!

Que la consagración sea permanente.
     Tenga este acto la misma permanencia que los derechos de nuestra Madre sobre nosotros, a cuya honra lo dedicamos; tenga la duración de la necesidad de nuestra Patria, a cuyo remedio lo aplicamos. De lo contrario ni cumplimos con nuestro deber, ni haremos el bien que nos proponemos.

Acto de Consagración.
     Dulcísima Reina y Madre nuestra: aquí tenéis, postrados ante vuestras virginales plantas, a todos los miembros de este hogar, deseosos de daros una prueba del amor que os profesamos y de encontrar en vuestro maternal regazo la fortaleza que necesitamos.
     Vos, Inmaculada Madre de Dios, os proclamásteis en el Tepeyac, Reina de vuestra nación escogida, y tierna Madre de todos sus habitantes; mas algunos hijos ingratos y traidores, han pretendido con todas sus fuerzas arrojaros de vuestro reino y extirpar para siempre, del corazón de todos los mexicanos, el amor a vuestro Divino Hijo, y la fe que vuestra consoladora aparición hizo nacer en nuestras almas.
     Viendo, pues, con grandísimo dolor nuestro, los desdenes con que muchos pagan vuestras finezas, y los desesperados conatos que hacen para arrancarnos la joya más preciada que poseemos, y queriendo por otra parte reparar tan negros ultrajes; os elegimos y juramos por Reina, Señora y Madre de esta familia, de la misma manera que nuestros antepasados os reconocieron por Soberana de toda la nación, para que en compañía del Corazón Divinísimo dispongáis a vuestro beneplácito de nosotros y cuanto nos pertenece.
     Recibid, pues, Soberana Madre, la total donación de nuestras cosas y personas: a Vos acudiremos confiados, en nuestros peligros, en nuestras tristezas y también en nuestras alegrías, en nuestros proyectos y esperanzas para que jamás nos apartemos un ápice de la voluntad divina.
     Sí, todos y cada uno de los que estamos aquí presentes y de los que la amorosa Providencia de vuestro Hijo tiene apartados de nuestro lado, nos entregamos enteramente en vuestras manos durante la vida, para que en el trance de la muerte podamos contemplar vuestro angelical semblante, y escuchar aquellas regaladas palabras: "Hijo mío, a quien amo tiernamente como a pequeñito y delicado, ven a recibir el premio del amor que me tuviste." Amén.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Especiales obligaciones de las hijas en la casa de sus padres

     Las hijas tienen respectivamente para con sus padres las tres principales obligaciones que dejámos intimadas a lo hijos, que son el honor, amor y reverencia, la obediencia en todo lo justo que las manden, y el socorrerlos y asistirlos cuando los vieren necesitados. Todo esto las obliga en su modo a las hijas como a los hijos, pues con todos habla el divino precepto, que dice: Honrarás padre y madre. 
     Lo primero es, que las hijas desde sus primeros años se crien humildes y respetuosas a sus padres, a imitación de la Virgen santísima, que es la bendita entre todas las mujeres, y el Señor la elevó a tan alta dignidad, porque atendio a la humildad de su corazon, como se dice en e1 santo evangelio (Luc., I, 48).
     Aprendan las hijas a dejarse enseñar de sus madres con humilde y dócil corazon, considerando que la Virgen santísima se dejaba enseñar de su santa madre aun en aquellas cosas que ya sabia; porque estaba llena de sabiduría del cielo, como se dice en la divina historia de la Mística Ciudad de Dios.
     Muchas veces han de besar la mano las hijas a su padre y a su madre, como también se dijo arriba de los hijos, y especialmente en los tiempos despues de comer y cenar, y cuando salen ó vuelven fuera de casa. Este debido acto de humildad en reverencia de sus padres, lo han de practicar todos los dias de su vida, porque los tienen en lugar de Dios nuestro Señor.
     Otra virtud principal han de tener las hijas desde su niñez, y es el ser silenciosas, vergonzosas, y de pocas palabras, a imitación también de la Virgen santísima, cuyas palabras fueron tan contadas y bien pensadas, como se infiere del santo evangelio.
     De las mujeres habladoras y litigiosas dice horrores la divina Escritura, como se contiene en los misteriosos proverbios de Salomon.
     La modestia, rubor natural, encogimiento y discreto silencio son prendas muy estimables en las hijas; como al contrário, la desenvoltura y audacia en ellas confunde a sus padres, según lo dice el Espíritu Santo (Eccli., XXII, 5).
     De las hijas virtuosas y vergonzosas dice grandes excelencias la divina Escritura, y computa entre los felices y bien afortunados a los hombres que han de vivir con ellas; porque son un tesoro muy estimable en las mujeres esas principales condiciones.
     Despues de, haber dicho el sabio Salomon muchas y grandes excelencias de la mujer fuerte, concluye diciendo, que la mujer temerosa de Dios es la que se ha de alabar en el mundo, porque su precio es inestimable, y las buenas obras de sus manos dan testimonio de su persona (Prov., XXXI, 30).
     Entre las hijas, dice el Espíritu Santo, hay una mejor que otra (Eccli., XXXVI, 23); y las madres virtuosas y diligentes han de aspirar a que sus hijas sean las mejores ; y las mismas hijas, como principalmente interesadas, se han de dejar enseñar de sus madres con humilde corazon.
     Siempre las hijas han de estar al lado de sus madres, porque asi lo dice un santo profeta, que los hijos vendrán de lejos, y las hijas se levantarán del lado de su madre, que bien las cria: Filii tui de longe venient, et filiae tuae de latere surgent; y con misterio se dice que se levantarán, porque la buena fortuna de la hija consiste en no apartarse jamas del lado de su madre.
     Las hijas inquietas, que no saben estar sosegadas en compañía de su madre, dice el Espíritu Santo, que afrentarán la casa de su padre, porque son origen de muchos males, que se atribuyen a su mala crianza.
     Cual es la madre, asi es la hija, dice un profeta santo (Ezech., XVI, 44); pero esta sentencia debe entenderse de las hijas, que en todo siguen a sus madres, mas no de aquellas, que con virtud y discreción saben distinguir entre el bien y el mal; y también sucede algunas veces, que no basta la virtud de la madre para regular y componer a la hija.
     Las hijas ventaneras son las que afrentan a sus madres virtuosas, y nunca se prosperan, porque la inquietud y curiosidad en las mujeres jóvenes a ninguno parece bien, y la muerte entra por las ventanas, como lo dice llorando el profeta Jeremías (Thr., V, 44).
     Si la hija de Lia se hubiera estado al lado de su madre, y no se hubiera dejado llevar de la curiosidad, no hubiera sido tan infeliz y desventurada como lo fue, según se refiere en la sagrada Escritura. (Gen., XXXIV, 1 et seq.)
     En todas sus acciones y modales han de ser las hijas muy compuestas, porque según se dice en la Mística Ciudad de Dios, la demasiada afabilidad en las mujeres está expuesta a muchos peligros; y de dos extremos, mejor es que la mujer exceda en entereza y modestia, que en afabilidad halagüeña, principalmente en el trato y conversación con los hombres.
     Hasta en el modo de andar han de ser bien reguladas las hijas, y bien enseñadas de sus diligentes madres, porque dice un proverbio, que en el modo de andar de la mujer se conoce su condicion, y es indicio de sus virtudes, y también de sus vicios (Prov., XX, 11).
     El Espíritu Santo dice, que de la mujer procede la iniquidad del varón; por lo cual deben criarse las hijas, y ellas componerse con tan ejemplares modales en sus acciones, que nadie tome mal ejemplo con ellas.
     Los ojos de las mujeres jóvenes ocasionan muchos escándalos, porque de ellos dice el Espíritu Santo, que son índices del corazón (Eccli., XXVI, 24); por lo cual, si las hijas se crian poco modestas, altaneras en su mirar, y disolutas en ojos, convendrá mucho que los padres las corrijan desde su niñez, ántes que tengan hábito en el vicio, y las hagan poner los ojos en tierra, para que queden en una racional modestia.
     En el sagrado libro del Eclesiástico se dice, que la maldad de la mujer inmuta su cara, y solo con el aspecto exterior disoluto da testimonio de su torpeza (Eccli., XXV, 44). Consideren esto las hijas de pocos años, para que siquiera por su mismo crédito conserven el encogimiento natural de modestia cristiana, de que resultará su mayor estimación.
     Tengan mucho cuidado de que sus vestiduras sean siempre limpias y aseadas, y de esto tengan mas que de preciosas y profanas, porque lo primero cede en crédito de su propia habilidad, y lo segundo da testimonio de su locura. En todo las convendrá atender al gusto decente de sus padres; pero también será de cristiana edificación que sepan distinguir los dias y los tiempos, como lo hacia la insigne Judit (Judith, X, 5).
     Jamas estén ociosas las hijas bien criadas, porque con su labor en las manos dan glorioso ejemplo a cuantos las atienden, y se libran de los vicios y ruindades que enseña a las criaturas la perniciosa ociosidad.
     Con mas urgente razón se previene a las hijas que nunca jamas hablen en secreto a ningún criado; porque de esto se pueden seguir graves inconvenientes, envidias y recelos, que deben precautelar mucho los virtuosos y honrados padres.
     Hasta con sus hermanos han de portarse con recato las hijas prudentes y virtuosas, y deben tener muy en la memoría la desventura lamentable que la sucedió a Thamar con un hermano suyo en la casa de su mismo padre (II Reg., XIII, 6).
     La estimación de una mujer es muy delicada; y si desde la casa de sus padres no la sacan muy constante, raras veces se puede restaurar, porque es como la fractura del cristal, que tanto tiene de precioso, como de frágil, y con un aliento se empaña. (Eccli., XLIII, 22, exp.)
     La composicion de las hijas en la iglesia ha de ser mas cuidadosa, no solo por la especial presencia del Señor, sí también por atención a los ángeles, como dice el apóstol; y los ángeles son los sacerdotes (I Cor., XI, 10).
     Las hijas inquietas y vagas son infelices, como dice la divina Escritura, y aunque en todas partes se nota su inquietud, mas principalmente en el templo santo del Señor, donde los fieles concurren para el mayor bien de sus almas, y no conviene que allí tengan la piedra del escándalo, donde tropiecen y ofendan al altísimo Dios.
     Nunca lean las hijas los peligrosos libros de comedias, ni de novelas profanas, porque con ellos y con ellas se han perdido muchas jóvenes incautas, aprendiendo el mal que no se sabían (I Mach., XI, 9). Celen mucho los padres este punto. Los libros espirituales y los que tratan de las vidas ejemplares de los santos y de las santas, son los que importan en las casas y familias.
     Lo que principalmente han de aprender las hijas, es a trabajar y gobernar bien una casa, porque esto les hará útiles y estimables, y en esto han de poner los padres mucho cuidado, como se les encarga en la sagrada Escritura (I Tim., V, 5); y es cierto que en la mujer consiste la ruina ó prosperidad de una casa, como ya dejamos dicho en otro lugar.
     También han de tener mucho cuidado las hijas de oir y admitir con humilde corazón y respetuoso silencio las correcciones que les hicieren sus padres; porque aquellas jóvenes infelices que luego se inquietan por cualquiera cosa que les corrigen, no se prosperarán en su vida, y procederán con el tiempo de mal en peor (Eccli., XIX, 5).
     Las hijas repliconas que por una palabra que las dicen responden cuatro, y siempre la suya ha de ser la última, no hay que tener cuidado que jamas sean de provecho; ántes bien siempre vivirán inquietas, y de debajo del agua sacarán el fuego; porque la mujer impaciente y habladora conturba su casa, y se llena de malicia.
     Si las hijas, por su desgracia, tuvieren madre de mal ejemplo, consideren lo que es de fe católica, que ninguna criatura se ha de perder ó salvar sino por sus propias obras. De una madre profana se escribe, que tenia dos hijas: la una seguía sus malos pasos y escandalosas vanidades, y la otra seguía la virtud y devociones cristianas. La que seguía a su madre, se condenó con ella, y la otra, que era virtuosa, consiguió su salvación eterna.
     Nunca muestren las hijas desconsuelo ni tristeza porque sus madres no las llevan a la comedia, ni al paseo, ni a las visitas de cumplimiento, ni las admitan al juego de naipes, porque esta es la perdición de las señoras jóvenes, que en toda su vida aprenden a gobernar sus casas, sino a perderlas. En la mañana piensan adonde irán a perder la tarde, y a su casa vuelven tan de noche, como las mujeres insipientes y fatuas, que en nada piensan menos que en lo que mas las importa.
     Si a la hija de padres honrados la hablaren de casamiento, responda siempre, que hablen con sus padres, y tema no se pierda por su palabra, como otras necias se han perdido. (Genes., XXIV, 14 et seq.) Este es el negocio mas grave temporal que se la puede ofrecer en este mundo. Muchas cosas se yerran aprisa, y se lloran despacio. La que no lo yerra por sí misma, siempre tiene algún motivo de consuelo. La hermosa y discreta doncella Rebeca puede ser ejemplar a las hijas prudentes de las honradas familias, la cual en todo condescendió con sus padres, y Dios la llenó de bendiciones del cielo.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

jueves, 25 de octubre de 2012

Del socorro con que deben asistir los hijos a sus padres necesitados.

El amor que los padres tienen a sus hijos es tan grande, que no reconocen las leyes civiles otro mayor: Nullus affectus est qui vincat paternum, dice una ley. Por esto en la divina ley no se les puso a los padres el precepto de honrar a los hijos, sino a los hijos se encaminó el mandamiento de honrar a sus padres, porque para cuidar los padres de sus hijos no necesitan de mandato; mas para que los hijos cuiden de sus padres, aun el mandamiento de la ley de Dios apenas es bastante. 
El Espíritu Santo dice a los hijos, que atiendan piadosos y justificados a la senectud y desfallecimiento de sus padres, y no los contristen en su vida; y que si padecieren detrimento de sus potencias y sentidos, tengan piedad y paciencia con ellos, y no los desprecien; porque todo cuanto gastaren con sus padres, se lo restituirá el Señor con mucha superabundancia, y les perdonará sus pecados (Eccli., III, 14 et seq.)
Esto encargaba fervoroso el santo Tobías a su amado hijo, diciéndole, que toda su vida atendiese a su pobre madre, honrándola, venerándola, y asistiéndola con el socorro en sus necesidades, y considerase cuánto habia padecido con el desde su nacimiento un esta vida mortal.
El gran padre san Ambrosio dice, que en el órden del amor primero es Dios, y despues los padres naturales; por que despues de Dios debe la criatura a sus padres el ser que tiene.
El angélico doctor santo Tomas dice, que en igual necesidad extrema de los padres y de los hijos, primero se debe socorrer al padre, pena de pecado mortal, por la misma razón que dejámos dicha de que el hijo debe al padre, después de Dios, todo el ser que tiene.
El mismo angélico maestro dice en otra parte, que estando el padre ó la madre en necesidad grave, no le es lícito al hijo entrar en religión donde no les pueda asistir con lo necesario; y aunque tenga el hábito de novicio, está obligado a dejarle, y salirse de la religión, para socorrer a sus padres necesitados.
Aun dice mas el insigne Abulense en sus Cuestiones Escriturales, donde resuelve, que en igual necesidad extrema, primero debe el hijo socorrer a su padre, que a sí mismo; y afirma también, que debe el hijo quitarse el pan de la boca para darlo a su padre (Abul. in Mat. XIX, q. 134).
Aun los filósofos antiguos y los gentiles con la luz natural de la razón alcanzaron mucho de estas verdades, afirmando Aristóteles, que pecan mortalmente los hijos desamparando a sus padres, y no socorriéndolos según su posibilidad, para que conserven la vida, y lo pasen con decencia. Confúndanse con esto los hijos desleales y las hijas ingratas.
El célebre Platón determinó, que si alguno por socorrer a sus hijos dejase perecer de hambre a su padre ó a su madre, fuese castigado públicamente como parricida, para escarmiento de los pueblos.
Los insignes romanos señalaron el horroroso castigo que se debia dar al hijo ingrato que no socorre a sus padres necesitados; y determinaron, que le metiesen ligado al hijo tirano dentro de la piel de un bruto, y le arrojasen al mar, bien cosida la piel, para que no gozase el hijo ingrato del aire común de este mundo, con que respiran y viven los mortales.
San Alberto Magno refiere de muchas fieras que cuidan de sus padres ancianos y desvalidos. Así lo dice de los leones y de los azores, para que se confundan los racionales a vista de que las fieras los exceden en la piedad con sus padres.
Valerio Máximo refiere de una mujer romana, que sustentó a su madre muchos años con la leche de sus pechos. De este punto principal se hallarán muchas doctrinas en las divinas y eclesiásticas historias.
Y para que también los padres sean prudentes, y miren por sí mismos, y para que sean atendidos de sus hijos, les previene el Espíritu Santo, que no les den a sus hijos demasiada potestad sobre ellos mientras viven, sino que les atiendan a sus naturales e ingenios, y dispongan sus cosas con discreción y prudencia (Eccli. XXX, 11).
No darás a tu hijo la potestad sobre ti en toda tu vida, dice el sagrado texto; no sea que despues te pese mucho, y conozcas tu yerra cuando no le puedas enmendar (Eccli., XXXIII, 20).
No conviene que el hijo se llame señor de su padre, dice el santo evangelio; ni menos importa, que el padre injustamente viva sujeto a su mismo hijo (Matth., XXII, 45).
Mejor es, dice el Espíritu Santo, que el hijo te ruegue, y te viva sujeto, que no que tú mires a la cara y a las manos de tus liijos, y dependas de ellos para pasar tu vida mortal (Eccli., XXXIII, 22).
Para este fin aconseja a los padres la divina Escritura, que en el fin de su vida den la hacienda a sus hijos, pero no antes; porque mas importa que los hijos dependan de la voluntad de sus padres, que no que estos dependan de la voluntad de sus hijos (Eccli., XXXVI, 24).
Para este propósito se refiere, entre otros muchos ejemplos, que un padre indiscretamente con amor desordenado dio toda su hacienda a dos hijos suyos, con condición que le habian de sustentar sano y enfermo; mas el pobre padre lo pasaba tan mal, que se vió precisado a fingir que tenia oculta una gran cantidad, para darla libremente al que le tratase mejor, y con esta astucia prudente se mejoró el trato racional de su persona, dejando a todos los padres el racional documento de que siempre acomoden a sus hijos de tal manera, que deban por su mismo ínteres atender a sus padres (Oliv. in Elog., ex. 33).
De otro padre inconsiderado también se escribe, que habiéndole dado a su hijo en casamiento toda su hacienda, el hijo y la nuera le trataron muy mal; pero el altísimo Dios, que venga las injurias de los padres, castigó a los hijos ingratos con el horrendo escarmiento siguiente.
Tenían el hijo y la nuera para comer en cierto dia un capón bien sazonado, y sintiendo que venia el padre, le escondieron, y le dieron, como siempre, una triste comida. Volvióse a salir de casa el pobre padre, y el hijo infame fue a buscar su capón, y halló que se habia convertido en un grande y formidable sapo, el cual de un salto se le clavó en la cara al hijo ingrato, y no se halló remedio en el mundo para podérsele quitar; porque Dios lo conservara para escarmiento y ejemplo de los hijos tiranos.
Deben considerar los hijos ingratos, que del mismo modo que ellos procedieron con sus padres, permitirá Dios nuestro Señor que sus hijos procedan con ellos. Esta constante verdad, muy conforme a la divina Escritura, se llalla también contestada en las eclesiásticas historias con varios ejemplos.
De un hijo tirano se escribe, que atropellando cierto dia a su padre por una escalera abajo, llegando a un descanso ó rellano, le dijo el padre: detente, hijo, que hasta este mismo puesto atropellé yo también a mi padre; y conozco ciertamente que Dios es justo en sus obras y permisiones, y que me ha castigado por el mismo camino que yo pequé con mi padre.
De otro hijo desatento se refiere, que cansándose de tener a su padre enfermo y desvalido le puso en razón que estaría mejor asistido en el santo hospital; y cogiéndole en hombros, al tiempo que le llevaba, le descargó, y le puso sobre una grande piedra que estaba arrimada a un lado de la calle, y sentándose a descansar, le dijo su padre: hijo mió, los altísimos juicios de Dios son justificados y venerables. En esta misma piedra descansé yo también, llevando a mi padre al hospital, donde murió. Entónces el hijo entró en consideración y reflexión cristiana, pensando que lo mismo le sucedería a él con sus hijos, en digno castigo de la dureza con su pobre padre; y pensándolo mejor, se volvió a su casa, donde le asistió con caridad toda su vida.
El cumplimiento de los testamentos y últimas voluntades de los padres, ya dejámos dicho muchas cosas en los lugares que se citan, a las cuales se puede añadir lo que determinan los sagrados cánones; esto es, que echen como excomulgado de la iglesia al hijo bárbaro y tirano que pone dilaciones injustas en el debido cumplimiento de la última voluntad de sus padres.
Son muy pocos los hijos virtuosos y justificados en este punto que puedan decir a sus padres difuntos aquellas palabras del salmo XLIII: Nec obliti sumus te, et inique non egimus in testamento tuo. Esta cruel injusticia de los hijos ingratos con sus padres difuntos, la pondera dignamente el autor fervoroso del precioso libro, que se intitula: Luz de verdades católicas; y dice son muchísimos los hijos que por este camino pierden sus almas, y también sus casas.
Hay capellanías que pasan diez y doce generaciones sin fundarse, pasando la obligación de padres a hijos, y de testamento en testamento, con grande peligro de perderse todos por no cumplir cada uno su obligación en materia tan grave. Al padre descuidado le hereda el hijo su mala condicion.
Lo mismo sucede con las deudas legítimas, que debiéndolas pagar el hijo por el padre, de quién recibió la hacienda que tiene, ó pasan de generación en generación, como la fundación de las capellanías, ó paran los pagamentos en componendas indignas, que no son convenios voluntarios, sino violencias injustas.
El celoso del bien de las almas, Bernardino de Bustos, escribe un ejemplo horroroso, y es del alma de un padre, que por disposición de Dios nuestro Señor volvia del otro mundo, y de noche talaba y deshacia todo cuanto su hijo trabajaba en el dia antecedente, y causaba grandes ruidos en la casa de su hijo. Compelida el alma con los conjuros santos de la Iglesia, dijo era disposición divina; porque su hijo ingrato y tirano no cumplía con las obligaciones de conciencia que le habia dejado en su testamento.
Véanse otros ejemplos pertenecientes a este mismo fin en las citas que llevamos hechas. El Señor ilustre a los mortales. Amen.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

martes, 16 de octubre de 2012

De la obediencia de los hijos a sus padres

 A los padres los llamó Platón "dioses terrenos". Estobéo los llamó : «criadores secundarios». Filón les dijo: «dioses visibles». El catecismo los llama: «imágenes de Dios». Y el apóstol san Pablo dice que de la divina paternidad se derivan y se nombran los padres en la tierra: Ex quo omnis paternitas in coelis et in térra nominatur (Ephes., III, 25).
Deben los hijos en toda buena razón y justicia obedecer a sus padres en todo lo licito, y en esto no hay duda alguna; porque así lo resuelve el catecismo romano, como lo dejamos asentado en el principio del capítulo antecedente, donde se resuelve, que están obligados los lujos a los padres en tres cosas principales, que son, reverencia, obediencia y socorro decente en sus necesidades y trabajos.
Deben los hijos a sus padres, despues de Dios, el ser que tienen; y esto lo deben considerar muchas veces, como se los avisa por el Espíritu Santo (Eccli., VII, 30), para vencerse por el amor de sus padres en todo cuanto sea necesario, y obedecerles por amor del mismo Dios en todo cuanto les mandaren que no sea contrário a la ley inmaculada del Señor.
La condicion de los hijos virtuosos y justificados es considerar el amor y obediencia que deben a sus padres naturales; y se aplican a servirlos con buen afecto, porque saben que dan gusto a su Dios y Señor, dándole a quien su divina Majestad se lo manda en su santísima ley, y así se prosperan y hacen felices de todos modos.
Los hijos inobedientes y desatentos, que quieren vivir a su libertad, sin yugo ni sujeción, se llaman en la divina. Escritura «hijos de Belial» que es lo mismo, que «hijos del demonio» ó hijos endemoniados, protervos y soberbios, expuestos a todas las bajezas y ruindades abominables que se pueden esperar de unos hombres desalmados, en los cuales no se halla temor de Dios ni cosa buena (Judie., XIX, 22). 

Estos hijos indómitos y rebeldes son los que siempre proceden de mal en peor, como los caballos locos y desbocados, que así los compara el Espíritu Santo, porque caminan veloces a su fatal precipicio.
No quieren oir ni obedecer a quien los estima y los ama mucho mas de lo que ellos conocen; y así buscan ciegos su perdición, y no abren los ojos hasta que se ven sin remedio precipitados.
Estos son los hijos insipientes y necios, de los cuales dice el apóstol san Pablo, que no deben contarse ente los hombres de juicio y de buena razón, ni hay que esperar de ellos sino nuevas invenciones de maldades con que escandalizarán al mundo, y se afrentaran a sí mimos: Inventores malorum, etc. (Rom., I, 30).
La obediencia virtuosa de los hijos atenta y humildes multiplica las victorias y las palmas de su gloria; porque con cada vencimiento propio en obsequio de sus padres, realzan su propia estimación, y de día en día se dilata mas la noticia de su buen proceder, y con lo mismo que deben hacer en concienciar, se labran su buena fortuna, y son alabados de Dios y de los hombres.
Obedeciendo el humilde Jacob el sano consejo de su madre, se prosperó de bienes temporales, y alcanzó la bendición de su padre. Por el contrario, su hermano Esaú se hizo infeliz por no atender a la voluntad de su santo padre. La obediencia de los hijos a los padres les multiplica las victorias, y la inobediencia las infamias.
Los atentos hijos de Jonadab se prosperaron en el mundo, y se hicieron célebres en las naciones, porque obedeciendo puntuales el precepto de su padre, de una vez alcanzaron la bendición de Dios, y el aplauso de los hombres. Al contrario le sucedió al infeliz Abimelech, porque fué ingrato, rebelde y desatento con su padre. Uno y otro se refiere en la divina Escritura.
Atiendan mucho los hijos de familias honradas no se acompañen con otros indignos y viciosos, que pierdan sus almas, y afrenten sus personas; porque aun de las aves del cielo, que no tienen entendimiento, dice el Espíritu Santo, que con el natural instinto que les ha dado su Criador, cada uno busca su semejante, para acompañarse con ella (Eccli., XXVII, 10; et XIII, 19).
Aun con sus iguales y semejantes han de tratar cautelosamente los virtuosos hijos; porque ya es axioma común la sentencia que dice: De médico, poeta y loco, cada uno tiene un poco; y Antes se aprende lo malo, que lo bueno. En todo hay peligro dice el apóstol. Lo mas honorífico y seguro para la felicidad de los hijos es el estar siempre d la mano de sus padres para obedecerles en todo. (I Cor., XI, 26 et seq.)
De los hijos de David, dice el sagrado texto, que eran los primeros a la mano de su padre para cumplir en todo sus insinuaciones y mandatos, dando con la obediencia puntual
el mas firme testimonio de que eran sus verdaderos hijos.
Las buenas obras que hacen los hijos en obsequio y obediencia de sus padres, dan el mejor testimonio de su filiación. Por lo cual se han de confundir los hijos inobedientes y rebeldes, que con su soberbia y dureza contumaz, degeneran de la nobleza que recibieron con su nacimiento, según lo dice Jeremías profeta, porque las obras son el mas abonado testimonio de las personas.
Con una misteriosa parábola hace Cristo Señor nuestro prueba eficaz de esta constante verdad. Tenia un padre dos hijos, dice el Señor, y al primero le dijo, que fuese a trabajar a la viña, y el hijo le respondió, que no iria; pero despues se conoció, y obedeciendo a su padre, fue a cumplir su mandato. Al segundo mandó lo mismo, y respondió que iria de muy buena voluntad; pero no fue. Pregunta el Señor, ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Y le respondieron, que el primero. Así es, que las obras son el mejor testimonio de la obediencia de los hijos a los padres. (Matth., XXI, 18 et seq.)En esto se funda aquel proloquio vulgar, que dice: Obras son amores, que no buenas razones. Hay algunos hijos, que con sus padres tienen muy buenas palabras, pero malas obras; porque no les obedecen en lo que les mandan, ni siguen las virtudes que les enseñan. Hay otros de pocas palabras, pero de buenas obras, callando y obedeciendo, y estos son los mejores obedientes; porque el testimonio de las obras es el mejor.
Mejor es en la casa el buey mudo, que la gallina vocinglera; porque esta, para el provecho limitado de un huevo, grita toda la mañana; y el buey silencioso hace la mas provechosa labor en la tierra, y llena de trigo la casa. Este es símbolo de la perfecta obediencia, según se dice en las divinas Letras (Prov., XIV; Tit., I, 10).
Los hijos habladores regularmente son menos obedientes que los humildes y silenciosos; porque con el desahogo de su verbosidad todo lo ponen a cuestión, y de habladores pasan a inobedientes y contumaces, que es el mas seguro camino de su ruina; porque del hijo rebelde no se puede esperar cosa buena.
En el sagrado libro del Deuteronomio se determinaba que el hijo contumaz y protervo, el cual no quería obedecer los mandatos de su padre y de su madre, fuese castigado públicamente en el pueblo, para que todos los demás jóvenes, que tenían padres, escarmentasen en cabeza ajena, y viviesen sujetos y humildes, como teman obligación.
Esta ley antigua de Dios nuestro Señor tuvo su termino con la ley de gracia, como dice el apóstol san Pablo; pero la altísima providencia del Señor, que siempre es una, dispone ó permite que los hijos inobedientes, protervos y contumaces a sus padres tengan fines desastrados para escarmiento del mundo.
De tales hijos ingratos y desatentos se repiten los castigos públicos en las horcas y cadalsos; y aunque la sentencia de los jueces mencione otros delitos, los mismos ajusticiados dicen muchas veces al tiempo de morir, que comenzó su perdición por la rebeldía desatenta que con sus padres tuvieron; y en ellos se cumple la sentencia del sabio Salomon, que dice: será infeliz y desventurado, aun en este mundo, el hijo ingrato y rebelde con sus padres.
El protervo Absalon (que tuvo el atrevimiento escandaloso de hacerse rebelde contra su santo padre David) experimentó la muerte tan desastrada y fatal que colgado de un árbol acabó la vida, y puso término ignominioso a su rebeldía. A este desdichado signen los hijos inobedientes a sus padres. A mi me parece muy laudable el castigo que suelen hacer las madres con los hijos párvulos y de pocos años, azotándolos muy bien, para que se acuerden, cuando sucede el castigo público de ahorcar algún infeliz de los muchos que confiesan se perdieron por inobedientes a sus padres, que les dieron el ser.
Siempre hay mucho que reprender en los pueblos sobre este punto principal de la inobediencia y desatención de los hijos con sus padres; porque este desórden es la perdición y ruina del mundo.
Hay algunos hijos tan indómitos, que por mas que sus padres les prediquen y les enseñen lo que les conviene, ellos siempre siguen lo que otros les aconsejan para la perdición de sus almas; y en vez de ir a la iglesia, al Via Crucis, al sermón y a la plática espiritual, se van al juego, al divertimiento, a la comedia, y adonde solo aprenden el mal que no saben; y sobre todo esto no hacen escrúpulo sus malos consejeros. Todo les parece cosa de risa.
Regularmente no se acusan de que han sido desobedientes a sus padres y sus madres; siendo cierto, que les deben obedecer en conciencia y pena de pecado mortal siempre que les manden cosa grave muy importante, y para el bien espiritual de sus almas, y aun para el bien temporal de sus casas y de sus personas. (Apud Sanch., in Sum. Mor., 4 praec.)
Si los padres mandan al hijo que no entre en alguna casa sospechosa, debe el hijo obedecerles en conciencia; y si no lo hace, se debe confesar, no solo de que entró en tal casa, sino también de que no obedeció el mandato de sus padres. (P. La Parr., ut sup.)Lo mismo se entiende cuando los padres mandan al hijo inquieto que se recoja temprano, y que no salga a rondar de noche por las calles; debe el hijo acusarse de su inobediencia, y de la grande pesadumbre que a sus padres les da con ella. Si no se quisieren enmendar, importará poco que el confesor les niegue la absolución, ó se la dilate hasta que se enmienden. (Id. ibi. Plat. sup. 4 praec.)
Hay algunos hijos tan duros y rebeldes de razón, que viendo las continuas lágrimas de su madre, gritos, impaciencias y pesadumbres, que ocasionan con sus desobediencias, no hacen escrúpulo de materia tan grave, ni de ello se confiesan, siendo ciertamente pecado mortal (Ap. P. Mart. Parr., 2 part., pl. 29). Contra estos desalmados hijos suele Dios nuestro Señor aplicar su mano poderosa para castigarlos con trabajos inopinados y afrentosos.
Las historias eclesiásticas están llenas de ejemplos trágicos que han sucedido a los hijos desobedientes a sus padres. ¡A cuántos y cuántas les vino su infamia, su deshonra y su muerte afrentosa, por haber sido rebeldes, ingratos, inobedientes y desatentos con sus padres!.
El docto Teofilo Reinaldo refiere el caso de un hijo desobediente a su madre viuda, que le mandaba venir a casa temprano, y no salir de noche, y él nunca quería obedecerla. La pobre madre apurada, le cerró una noche la puerta, y el hijo infeliz, entrando en otra casa desesperado, se dió a los diablos con tantos juramentos, blasfemias y maldiciones, que para escarmiento de los mortales, dispuso Dios nuestro Señor que viniese un demonio en forma visible con cuatro perros feroces, y allí le hizo pedazos al indómito blasfemo, y le dió a comer a sus perros (que también serian demonios), dejando con asombro a cuantos vieron tan horroroso y trágico suceso (In Asc. tit. 17, f. 635).
Escarmienten los hijos altivos y soberbios, y traten con véras de la enmienda de su vida, si no quieren experimentar en sí mismos los rigores de la justicia divina. Aprendan de Cristo Señor nuestro, que nos enseñó con su ejemplo; y todas sus virtudes heróicas, desde los doce años de su edad hasta que comenzó su predicación, se explican en el sagrado evangelio solo con decir que vivió sujeto y obediente a sus padres (Luc., II, 15).Y el apóstol san Pablo reduce toda la exaltación del Señor a estas dos principales virtudes, de que fué humilde y obediente (Phil., II, 9); siendo verdad católica, como lo es, que en nuestro Señor Jesucristo estuvieron todas las virtudes en grado supremo, exceptuando la fe oscura, que no era compatible con la gloria de su alma sacratísima.
Últimamente se encarga a los hijos, que para tomar estado de matrimonio atiendan mucho a la voluntad y dirección de sus padres, y consideren, que no parece hay en el mundo error mas pernicioso ni de mas fatales consecuencias, que el yerro capital de un errado matrimonio, porque es yerro de por vida; y no es fácil que halle consuelo un hombre de sano juicio, que se halla casado y defraudado su buen deseo.
La compañía desdichada de un hombre de entendimiento con una mujer insipiente, fatua, litigiosa, de corta capacidad y sin gobierno de su casa, es dolor sobre dolor, y aflicción pésima, que atormenta el alma; y siendo, como es, a todas horas, parece al tormento cruelísimo que inventaron los tiranos de atar a una persona viva con un cuerpo difunto. Teman los hijos no les suceda semejante desventura, por no atender la voluntad afectuosa de sus padres.

R. P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

miércoles, 3 de octubre de 2012

Especiales obligaciones de los hijos para con sus padres.

Tres cosas principales deben los hijos a sus padres, que son el honor, la obediencia, y el socorro competente para el remedio de sus necesidades. El precepto divino dice: Honrarás padre y madre. Y el catecismo romano explica, que por este divino mandamiento están obligados los hijos al honor y reverencia de sus padres, a obedecerlos en todo lo justo, y a darles el alimento decente, conforme a su necesidad. En este capítulo hablaremos del punto primero.
               El santo Job dice, que los hombres sabios confiesan y conocen a sus padres, y no los niegan ni se esconden de ellos, aunque sean de baja esfera, y de poco estimables condiciones, sino que los honran, los veneran y los obedecen, conforme al precepto del Altísimo Dios (Job, XV, 18).
               El Sabio dice, que es honra del padre la sabiduría del hijo, y por eso le enseña y gasta sus intereses con él; por lo cual debe el hijo corresponder a su padre y venerarlo después de Dios, que le ha criado, y le ha dado el ser que tiene.
               El hombre necio y estulto desprecia la doctrina y disciplina de su padre, dice un proverbio de Salomón; pero el padre sabio y de sano juicio estima las palabras y doctrinas del hombre que le engendró, y las conserva en su corazón (Prov., XV, 5).
               El Espíritu Santo dice, que aunque te halles en muy alta y elevada fortuna, te acuerdes de tu padre y de tu madre, a quien debes el ser que tienes después de tu Criador y Señor (Eccli., XXIII, 18).
               Aunque tu padre llegare al estado miserable de perder el juicio y la razón, has de tener piedad con el; y no le niegues de padre, ni le desprecies, porque así te lo manda Dios (Eccli, III, 15).
               Si despreciares a tu padre, teme no sea que Dios te ponga en olvido, y quedes infatuado, y padezcas el común improperio de todo el pueblo, y maldigas el día de tu nacimiento en castigo de tu ingratitud. Dios te manda que temas todos estos males, si fueres irreverente e ingrato con tus padres (Eccli., XXIII, 19 et 20).
               El Sabio dice, que es abominable el hijo que maldice a su padre, y no obedece a su madre (Prov., XXX, 11). No hallarás sino desventuras en esta vida mortal, y te harás detestable y aborrecible de Dios y de los hombres.
               Los hijos malditos de Can se dicen comúnmente canalla, porque proceden de un hijo desatento, que en vez de ocultar la indecencia de su padre, hizo burla de él, y le despreció como ingrato.
               Por esto se dice en el sagrado libro del Eclesiástico, que es hombre de mala fama, y digno de ignominia el que no estima a su padre tal cual fuere; y es maldito de Dios el que exaspera y desconsuela a su madre (Eccli., III, 18).
               Por esto también se llaman hijos del diablo los que no atienden a los sanos consejos de los padres; y deben justamente recelarse, y temer que Dios les quite la vida, como lo quiso hacer con los desatentos hijos Ophni y Finees (I Reg., II, 25).
               Los hijos atentos y respetuosos a sus padres se labran su buena fortuna en esta vida mortal y en la eterna ; porque en este mundo se les aumenta el honor, y aseguran su prosperidad, como dice Salomón (Prov., I, 18).
               El mismo Sabio, ilustrado del cielo, le dice que oigas y atiendas a tu padre, y estimes sus palabras, para que aprendas la prudencia, y se multipliquen los días de tu vida (Prov., IV, 6).
               Los hijos ingratos y descorteses con sus padres teman el riguroso castigo que Dios hizo con el desatento Abimelech, de quien dice la divina Escritura, que fue severamente castigado de Dios por este feo delito del desprecio de su padre (Judic., IX, 56).
               Semejantes hijos ingratos se llaman en las sagradas letras hijos mentirosos, infames y despreciables; porque degeneran de la virtud y nobleza de sus padres, que deseándolos criar bien con ejemplos y palabras, ellos corresponden con ignominiosas obras.
               Por esto dice el apóstol san Pablo, que no todos los que proceden de Abrahán son hijos suyos, porque si degeneran con sus malas obras de sus virtuosos padres, es justo pierdan la honra y estimación de llamarse hijos suyos.
               Los verdaderos hijos atienden a sus padres para darles gusto, y los llenan de alegría con su humilde rendimiento, dice Salomón; pero los hijos necios y estultos desprecian a su madre, y se hacen ignominiosos, dándola molestias a la que tanto padeció y sufrió para criarlos y defenderles la vida en sus primeros años (Prov., XV, 20).
               Por esto dice el mismo Sabio en otro proverbio, que el hijo necio y estulto ha nacido en este mundo para su ignominia, y para tormento de sus pobres padres, que se corren y avergüenzan de tener un hijo fatuo, que se hace la fábula del pueblo.
               En el sagrado libro del Eclesiástico se dice, que las malas operaciones del hijo ingrato y estulto se convierten en confusión y contumelia de su pobre padre, el cual se halla corrido y avergonzado de las descortesías y torpes obras de su hijo.
Deben aprender los hijos sabios y bien criados del ilustrado Salomón, el cual públicamente honró u su madre, y habiéndola adorado, la puso sobre su majestuoso trono.
Aprendan también del santo joven Tobías, de quien dice la divina Escritura, que antes de dar principio a su largo viaje, tomó con humildad la bendición de su padre y de su madre, para que Dios le prosperase en su camino.
El hijo necio y estulto menosprecia estos debidos obsequios, se ríe de los sanos consejos de sus padres, y no hace caso de sus amorosas correcciones; pero el hijo astuto y avisado observa las palabras de su padre y de su madre, y de día en día se hace mas prudente, como dice un proverbio de Salomón.
El hijo temeroso de Dios honra a su padre y a su madre, y los sirve como a sus señores, dice el Espíritu Santo, y considera que le dieron el ser después de ellos; por lo cual todo se le hace fácil en obsequio, veneración y respeto de los que le han criado.
En otro lugar dice la sagrada Escritura, que el hijo sabio venera y honra a sus padres en obras y palabras, y en toda paciencia: Honora patrem tuum in omni patientia (Eccli., III, 9). Y estas palabras universales del Espíritu Santo en poco dicen mucho, porque no dejan caso singular en que el hijo respetuoso no deba tener paciencia con sus padres.
Aun en esta vida mortal concede Dios nuestro Señor grandes premios a los hijos atentos, que veneran, aman y reverencian a sus padres, y expresamente se dice en un sagrado texto, que merece larga y dichosa vida el hijo reverente a sus padres, que le dieron el ser: Honora patrem tuum, et sis longaevus super terram (Exod., XX, 12).
Lo mismo dice el apóstol san Pablo en una de sus celestiales cartas, añadiendo, que el Señor colma de bienes espirituales y temporales a los hijos atentos a sus padres (Ephes, VI, 2). Esta católica verdad se hallará contestada en otros muchos lugares de la sagrada Escritura.
En el libro del Eclesiástico se dicen unas misteriosas palabras, para explicar la dicha grande de los hijos atentos y obsequiosos con sus padres. Las palabras son: Sicut qui thesaurizat, ita qui honorificat matrem suam (Eccli., III, 5). Considérese la buena fortuna del que tiene un tesoro para pasar su vida.
En otra parte se dice, que la bendición del padre hace firmes las casas de los hijos; y la maldición de la madre arranca hasta los fundamentos, porque es maldito de Dios el que exaspera a su madre (Eccli., III, 11). Aquí tienen los hijos premio y castigo, para que de todos modos sean compelidos a cumplir con su obligación.
En otra sagrado texto hay un vaticinio formidable contra los hijos ingratos y desatentos (Prov., XXX, 17), y es, anunciarles que si desprecian y desconsuelan a su padre y a su madre, los cuervos del torrente les saquen los ojos para que estén ciegos en el cuerpo, ya que lo están con fea ingratitud en el alma.
Un ejemplo horroroso se hallará en el erudito Alejandro: sucedió en el siglo próximo pasado, y es de un mozo infeliz, que de Silva pasó a las Indias, donde le sucedieron extraordinarias fatalidades. Y preguntándole un amigo suyo por el motivo de un sumo desconsuelo en que se hallaba, le respondió: que sus males no tenían remedio; porque su madre le había llenado de maldiciones, y todas se le iban cumpliendo, porque fue desatento con ella. Todo le sucedía mal, y por fin desastrado perdió su vida pasando un caudaloso río.
Otro caso espantoso, para que tiemblen los hijos ingratos, se hallará en la prodigiosa vida del serafín de Padua san Antonio, donde se refiere, que habiéndose confesado con el santo un mozo disoluto de que había dado un puntapié a su madre, le dijo el santo con ardiente fervor, que semejante pie debía estar cortado. El joven  lleno de confusión, hizo a la letra mas de lo que el glorioso santo disponía. Cortóse el pie, y habiéndose llenado de alboroto y escándalo su casa, el serafín apostólico le curó para consuelo de sus padres, dejando bien enseñado al mundo sobre la fea gravedad de su delito.
En las casas bien gobernadas, todos los hijos y las hijas han de besar la mano de su padre y de su madre, y de sus abuelos (si están presentes) cuando han de salir de casa, ó vuelven de fuera de ella; porque esta es señal de humilde veneración y buena crianza (III Reg., XIX, 18.)
También han de besar la mano a sus padres cuando de ellos reciben inmediatamente alguna cosa (Eccli., XX, 6 ; y a los pobres de Cristo, cuando les dan limosna; y a los sacerdotes del Altísimo, siempre que se les ofreciere ocasión oportuna, porque de sus manos consagradas recibimos los mayores sacramentos, y hacen las veces de Dios en la tierra.
No entren sin consideración en el templo santo del Señor atado el cabello, ni con cofia o tocador, como mujeres: ni estén arrodillados en la iglesia con la una rodilla sola, como ballesteros, ni tomen tabaco en el templo santo, como disolutos y rufianes; porque la casa de Dios pide toda veneración y santidad. Los que se burlaban del Señor le doblaban la una rodilla sola, como lo dice el santo evangelio (Matth., XXVII).
En el día de la comunión lávense la cara, y adórnense con decencia virtuosa, porque van a ponerse delante del Rey de los reyes, y Señor de los señores, en cuya divina presencia tiemblan las potestades del cielo: Tremunt potestates.
No se detengan a hablar con mujer alguna en la plaza, ni en la calle, ni menos en la iglesia. Es un horror lo que sucede en este calamitoso tiempo, que la gente piadosa y temerosa de Dios se horroriza de estar en los templos, y aun de andar por las calles, por no ver las infamias, insolencias y desenvolturas que nos han traído las guerras y las naciones extrañas, bien tendría que hacer el ardiente celo de Finees (Numer., XXV, 8).
Y porque la cristiana política, cortesía y urbanidad respetuosa de los hijos cede en mayor honra y crédito de sus padres, que los tienen bien criados, vean los capítulos del libro antecedente, que tratan de la política racional en las operaciones humanas, y ajusten sus acciones y palabras con aquellos preceptos.
Desengáñense los hijos; que del mismo modo que ellos traten á sus padres, dispondrá o permitirá Dios nuestro Señor, que sus hijos los traten a ellos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

De la perfecta caridad y amor con que se han de asistir y consolar recíprocamente los que componen una familia cristiana, guardándose fidelidad unos a otros.

Las nobilísimas condiciones de la caridad perfecta las explica el apóstol san Pablo en una de sus cartas, diciendo, que la caridad es paciente, benigna y afable, sin emulaciones ni envidias, que no hace mal a nadie con falsedades, no se ensoberbece, no es envidiosa, no es amiga de su propio ínteres, no se irrita ni se enfurece con ninguna criatura, no admite juicios temerarios, no se alegra sóbrela iniquidad, sino que se llena de gozo por la verdad; todo lo sufre con paciencia, cree todo lo bueno, espera en su Dios, y todo lo sufre por su divino amor. (I Cor., XIII, 4 et seq.)
Si en las casas y familias reinase esta preciosa virtud, vivirían como ángeles en la tierra; y aunque por otra parte tuviesen muchos defectos, parecieran como santos; porque la verdadera caridad encubre todos los delitos, según la sentencia del Sabio (Prov., X, 12).
Lo primero, dice san Pablo, que la caridad es paciente; de lo cual se infiere que las frecuentes impaciencias, inquietudes y turbaciones de las familias provienen de que en ellas no reine la perfecta caridad; y por esto se llenan de imperfectísimas impaciencias unas criaturas con otras, y se las siguen muchos daños, conforme a un proverbio de Salomon (Proverb., XIX, 19).
Lo segundo, es la verdadera caridad muy benigna: Charitas benigna est; y el Espíritu de Dios es humano, benigno, afable, piadoso y misericordioso. Consideren las criaturas impacientes cuán lejos están de tener del espíritu del Señor.
 El apóstol san Pablo dice, que unas criaturas con otras sean benignas, afables y amorosas, y no se persigan con emulaciones ni envidias, porque la afabilidad cristiana induce grande sosiego eu el cuerpo y en el alma; y por el contrário, las personas inquietas ni tienen paz consigo, ni con su prójimo, y viven una vida mísera, aun para su propia conveniencia.
Nuestro Señor Jesucristo dice, que son bienaventurados los mansos de corazon: Beati mites (Matth., V, 4); y aun en esta vida les da el premio de su virtud; porque llevan una vida de pacífico sosiego, que ya parece es participación de la vida eterna que han de tener en el cielo.
El mismo Señor nos dice, que el medio mas eficaz para vivir con descanso y sosiego en este mundo, es el ser humildes de corazón, benignos, suaves, amorosos y piadosos con nuestro prójimo; y el apóstol san Pablo nos advierte, que ninguna criatura del mundo puede poner distinto fundamento a la virtud que el que Cristo la puso.
La verdadera caridad no se compone bien con las envidias y emulaciones, dice el apóstol san Pablo: Charitas non aemulatur; y el Sabio dice, que la vida de los envidiosos es como vida de infierno, donde no hay quietud, paz ni sosiego, sino turbación, rabia y horror sempiterno.
También dice san Pablo, que la caridad verdadera no es amiga de falsedades ni mentiras, errores, embustes ni chismes, porque la criatura que tiene caridad perfecta mas bien conoce los defectos propios que los ajenos. Primero se acusa el justo a sí mismo, que a su prójimo, dice una sentencia de la divina Escritura (Prov., XVIII, 17).La condición infernal del demonio es estar siempre acusando a todas horas a las criaturas humanas, como se dice en el misterioso libro del Apocalipsis; por lo cual aquellas personas maliciosas que siempre están pensando en acusaciones ajenas, imitan al enemigo cruel de las almas, que viéndose perdido, quiere perder a los demás.
No es contraria esta doctrina a la que dejámos escrita, enseñando a los domésticos que tienen obligación en conciencia de dar aviso a los padres de familia de los dispendios graves ocultos que padece su casa: solo queremos decir, que se eviten las acusaciones impertinentes de faltillas cuotidianas y geniales, cuyas acusaciones solo sirven para turbar la familia y la paz de todos.
 Los avisos que se deben dar a los padres de familia han de ser aquellos defectos perniciosos, a los cuales ya no se les halla otro remedio, sino que los señores pongan su mano para atajarlos. Se debe avisar también si algún niño ó niña de los hijos de casa comen tierra ó sal, ó cosa mala que les hace perder la salud, ó si tienen algún indecente divertimiento dentro ó fuera de casa, para cuyo remedio no basta de la correcciou fraterna, ó se conoce que no ha de ser de provecho.
Otras faltas casuales que suceden a los más avisados y cuidadosos, no son asunto para acusaciones criminales, ni otro ningún defecto, en que prudentemente se conoce no tiene voluntad de reincidir en él quien le cometió, porque el defecto que ya está remediado no necesita de acusación para su remedio.
Otras muchas faltas hay en las criaturas que piden enmendarse con la corrección fraterna, según el Señor nos lo tiene enseñado en su santo evangelio (Matth., XVIII); y si la corrección caritativa y amorosa no fuere bastante, será bien dar el aviso para que los padres de familia lo remedien.
Estas correcciones fraternas se han de hacer caritativamente, conforme el Señor lo dice en su santo evangelio. La primera corrección ha de ser en oculto: la segunda delante de dos personas de buena confianza, previniéndola a la delincuente, que si aquellas correcciones amorosas no bastaren, se dará noticia a quien pueda y deba poner el remedio que se desea para el mayor bien de su alma, y estimación de su persona.
El fin del precepto de Cristo Señor nuestro es la caridad bien ordenada, como nos lo advierte el apóstol san Pablo (I Tim., I, 5); por lo cual la criatura virtuosa que se emplea en este género de correcciones, ha de tener mucho cuidado que no la mueva para ella su propio ínteres, ni otro afecto vicioso, sino puramente el amor del bien espiritual de su prójimo.
El mismo santo apóstol también nos avisa, que semejantes correcciones se hagan con mucha paciencia, porque muchas veces sucede resultar mal del bien, y alterarse demasiado la persona corregida, teniendo por ofensa lo que fué caridad y amor; y para tales casos es menester mucha paciencia.
 Asimismo se ha de prevenir que la caridad de Dios no se compone bien con la soberbia del corazon humano, como dice san Pablo: Non inflatur. Y por esto las personas arrogantes y soberbias no son buenas para correcciones caritativas; porque estas edifican y la soberbia destruye, y comunmente nada se recibe bien del ánimo presuntuoso y soberbio.
Entre las criaturas soberbias siempre hay continuas discordias, dice la divina Escritura: Inter superbos semper jurgia sunt (Prov., VI, 4). Y por esta razón en algunas casas infelices nunca se ve la paz verdadera, ni la caridad perfecta; porque la soberbia interior les tiene inquietos los corazones, y mientras no se humillen, apenas hallarán sosiego.
Al contrario sucede en las familias dichosas, donde no reina la soberbia, y triunfa la verdadera caridad y el amor fraternal; porque aun en este mundo viven como en una semejanza del cielo, amándose unos a otros, como Cristo Señor nuestro lo enseña (I Joan., IV, 8); y estimando las correcciones como grandes beneficios, y así lo son, si se consideran bien.
El príncipe de los apóstoles san Pedro dice en la primera de sus cartas, que la verdadera caridad y amor fraternal encubre la multitud de los pecados; por lo cual, aquellas casas y familias dichosas donde triunfa y reina la caridad de Dios, y el amor fraternal de unos con otros, parece casa de santos; porque en ellos no se ve pecado alguno, no porque no los tengan (que ninguno vive sin faltas: Nemo sine crimine vivit), sino porque el amor, paz y caridad encubre todos los defectos.
¡Dichosas las familias donde todos viven en sana paz! Para conservar esta grande felicidad importará mucho que se repriman los juicios temerarios de unos con otros; porque dice David, que los que juzgan iniquidades de su prójimo en su malicioso corazon, todo el dia lo pasan maquinando disturbios y disensiones (Psalm. CXXXIX, 3).
Han de amar la verdad, y aborrecer los chismes, enredos y mentiras; porque dice el Espíritu santo, que los engaños y mentiras son oprobio de las criaturas humanas (Eccli., XX, 19).
Se han de guardar la reputación, la fama y el secreto natural unas con otras las personas honradas que viven en una familia virtuosa; y desengáñense, que el quebrantar el secreto natural en materia grave es pecado mortal, de que se han de confesar en el octavo mandamiento. El Espíritu Santo dice, que si oyeres alguna cosa contra tu projimo, se sepulte en tu pecho, y no lo digas, que no reventaras por callarla: Non enim te disrumpet (Eccli., XIX, 10).Aborrece las murmuraciones, si quieres vivir en paz con la familia, porque es abominación de los hombres el murmurador, dice el Sabio: Abominatio hominum detractor (Prov., XXIV, 9). No puede ocultarse el mal que dice de los otros, y por último cae la piedra sobre su cabeza. Á muchos les pierde su maldita lengua.
Algunas personas infelices tienen lengua de áspides, dice un santo profeta (Psalm. XIII, 3); y el veneno de áspid es insanable, como también se dice en un misterioso cántico, porque algunas personas murmuradoras dicen tales horrores, que despues no tienen curación.
Bienaventurada es la criatura que sabe gobernar su lengua, y a nadie ofende con ella, dice el Espíritu Santo, porque en esta vida vivirá con quietud y estimación de mi persona; y los que fueren inconsiderados en hablar sentirán muchísimos males, no tendrán sosiego interior ui exterior, y serán aborrecidos en las familias, como perturbadores de la paz común, y enemigos de la verdadera caridad y amor de sus prójimos. El Señor los corrija. Amen.
R. P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Los que viven juntos en una familia deben unos a otros darse glorioso ejemplo. Se trata del gravísimo pecado del escándalo.

Este punto del buen ejemplo en las familias es esencialísimo; porque como en ellas regularmente hay gente jóven, si se les da mal ejemplo, es perderlos, y prevaricar sus pobres almas, para que desde los primeros años tomen el camino de su perdición eterna. Ninguna cosa les daña mas a los párvulos, que el mal ejemplo, dice san Gregorio.
Las criaturas en sus primeros años son como la cera virgen, que en ella se imprime fácilmente cualquiera imagen, dice el dulcísimo san Bernardo; y atendida su natural inclinación, viciada por el pecado original, mas presto se aplican a lo malo que a lo bueno, y es tiempo peligrosísimo para darles mal ejemplo.
San Juan Crisóstomo dice, no es de extrañar que en algunas casas salgan todas las criaturas viciosas, porque si no oyen a sus padres, ni a los de la familia sino palabras deshonestas, maldiciones, juramentos, vanidades, juegos torpes, comedias, libros profanos y conversaciones de mundo, ¿qué pueden aprender las pobres criaturas, sino lo que ven y lo que oyen?
El apostólico Barcia discurre bien sobre este punto, y dice, que ninguno aprende sino lo que oye, y lo que ve, o lo que lee en los libros; por lo cual experimentamos, que el francés no sabe la lengua española, ni puede hablar en ella si no se la enseñan; de que infiere legítimamente, que todo el mal que saben las criaturas, lo aprenden de lo que oyen, ó de lo que ven a los demás de su casa. Si jamas oyen ni ven cosa de virtud, sino de vanidades de mundo, entretenimientos, conversaciones malas y profanidades; ¿qué quieren que aprendan?
Esto se confirma con aquel ejemplo práctico que escriben muchos autores, y es de un niño que se perdió en una ciudad populosa, y habiéndole preguntado de quién era, respondió, que del diablo. Preguntáronle quién era su padre. Respondió, que el diablo. Preguntáronle quién era su madre. Respondió, que el diablo. Y considerando una cosa tan rara, se hizo examen universal por toda la ciudad; y se halló ser hijo de unos padres infelices, que a cada palabra tenían el diablo en la boca, y así la pobre criatura no aprendió otra cosa sino a nombrar el diablo (V. P. Mart. Parr., tr. 2, plat. 33).Regularmente en las casas relajadas no se hace cuenta con este gravísimo inconveniente de escandalizar a las criaturas y a la gente joven con el mal ejemplo; de lo cual procede salir viciosas desde sus primeros años, y con dificultoso remedio.
El primer inventor del escándalo fue Lucifer, dice san Juan Crisóstomo, y por esto fue tan arrebatadamente arrojado del cielo, que según dice la divina Escritura, bajó a los abismos como un rayo, llevando tras de sí a todos los que había prevaricado con su perverso ejemplo.
Todos los domésticos de una familia han de tener presente la fealdad horrorosa del pecado del escándalo y del mal ejemplo, para que ninguna criatura de la casa se pierda por ellos; porque cada uno mas debe temer los pecados ajenos que se hacen y se harán por su motivo, que sus graves pecados propios, según lo predicó a todo el pueblo el insigne santo Tomas de Villanueva.
Á nuestros primeros padres Adán y Eva los examinó Dios nuestro Señor, y les oyó sus razones en su fatal caída; pero a la venenosa serpiente no la oyó, ni preguntó cosa alguna, sino que absolutamente la echó su maldición, por haber sido escandalosa. Esta especial gravedad tiene el pecado del escándalo y del mal ejemplo.
Por cuatro motivos principales deben los domésticos regular bien sus operaciones, para no dar mal ejemplo a las criaturas en la casa donde viven. El primero es por el amor de Dios, a quien deben temer. El segundo, por el amor de la casa, para que por ellos no se introduzcan los vicios. El tercero, por el amor del prójimo, que le perderán con su mal ejemplo. El cuarto, es por el amor de sí mismos; porque a mas de perder sus almas, se harán despreciables con su mal proceder.
El profeta Malaquías dice, que el escandaloso se hace contemptible; y así es, que la criatura escandalizada por él, siempre se acuerda del mal ejemplo que le dió; y hasta en el tribunal de Dios alegará el gravísimo mal que la hizo a su alma, enseñándola a pecar.
Sobre esta verdad hace un gran sermón san Juan Crisóstomo, persuadiendo eficazmente, que si uno enseña a pecar a otro, todos cuantos se originan de aquel primer mal ejemplo se le imputan al infeliz escandaloso, que fue la causa de la ruina espiritual de aquella pobre criatura. (S. Tho. de Vill., ser. S. Mich.)
Sobre esta misma doctrina levanta su grave ponderación el fervoroso santo Tomas de Villanueva, y dice, que si es pecado grave el quitarle su capa a un pobre hombre, y mas grave el quitarle su mujer, y mas grave el quitarle su vida; ¿cuánto mas grave será, dice el apostólico santo, quitarla a una pobre criatura con su mal ejemplo la vida espiritual de su alma?
En la divina Escritura se dice homicida el demonio; y no se dice porque quite la vida a los cuerpos, sino porque con sus tentaciones y sugestiones intenta y quiere quitar la vida espiritual de las almas, que es el mas grave y abominable homicidio (Joan., VIII, 44). Esto cometen los escandalosos; y por esta razón se han de acusar de sus escándalos en el quinto mandamiento de la divina ley, que dice: «No matarás».
Es el escándalo un espiritual homicidio, que según el angélico doctor, se causa con el mal ejemplo del prójimo, sen por obra, o por palabra, o por acción indecente, que a otra persona le dé ocasión para la ruina espiritual de su alma.
Y aunque la operación no sea mala, si con ella se da mal ejemplo y escándalo al prójimo, se debe evitar, y no hacerse. Dar limosna es una cosa muy santa; mas si para esto ven entrar solo a la mujer sospechosa a todas horas en la casa, y se da mucho que pensar y que murmurar, se debe purificar la obra buena de toda especie mala, como lo determina el mismo angélico maestro.
Ni basta la excusa de decir, que no tienen mal intento, que no piensan escandalizar, que no hacen cosa mala, etc., porque si conocen que se sigue escándalo, porque la palabra, o la acción, o la obra por sus circunstancias se hace sospechosa de mal, tienen obligación de purificarla.
No es pecado quemar un zarzal; pero dice el jurisconsulto, que si hace grande viento, y quemando el zarzal se abrasaron las mieses vecinas, debe pagarlas el incendiario, porque tuvo obligación de prevenir el peligro del daño ajeno.
No era pecado en el apóstol san Pablo comer carne; y no obstante dijo, que si comiendo carne escandalizaba a su hermano, no comería carne jamas por no darle escándalo (I Cor., VIII, 13).
Tampoco nuestro Señor Jesucristo tenia obligación de pagar el tributo al César; mas por no escandalizar quiso pagarle, como lo advierte san Jerónimo, y se dice en el santo evangelio: Ut non scandalicemus eos, etc. (Matth., XVIII, 27).
Otros escándalos hay puramente pasivos, y son aquellos que tienen los malos por las obras virtuosas de los buenos. Así se escandalizaban los escribas y fariseos de los divinos sermones y milagros asombrosos de Cristo Señor nuestro. De esta clase de escándalos ya no hay tantos en el mundo.
Los escándalos mas comunes en las familias proceden de los vicios de los domésticos, que con sus malos ejemplos se pierden unos con otros, y las criaturas de pocos años se pervierten mucho aprendiendo antes lo malo que lo bueno, y el vicio que la virtud, como lo advierte san Juan Crisóstomo.
Si los padres o los domésticos de su casa tienen los feos vicios de jurar, maldecir, hablar palabras torpes, leer libros indecentes, jugar juegos deshonestos, o frecuentemente a los naipes, esto aprenden las criaturas antes que las oraciones cristianas; y es un veneno para la juventud el mal ejemplo de los comensales, como lo persuade el mismo san Juan Crisóstomo.
Si en la casa no se ve ejercicio ninguno de virtud ni de devoción cristiana, sino profanidades, vicios, estimación de galas, empeños y trampas, despiques y venganzas, dichos deshonestos y acciones indecentes; ¿qué han de aprender las pobres criaturas, sino lo que ven y lo que oyen? Este es un escándalo capital de dificultoso remedio; y no acaban de comprender bien las criaturas el gravísimo mal que hacen a las de pocos años, que corriendo los tiempos, así criarán a otras, como a ellas las criaron, según lo advierte san Ambrosio.
El pecado de escándalo y mal ejemplo en la familia es de tan perniciosa fecundidad, que a uno se siguen veinte, y a veinte doscientos, y tal vez innumerables, como a todo el pueblo lo predicó fervoroso el gran padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo.
El santo profeta Isaías llama al escándalo y mal ejemplo de la familia, lazo de jóvenes, laqueus juvenum, y tienen estos pecados caseros tan enorme gravedad, que muchas veces pasa a ser imposible su remedio; porque viciada la criatura desde su niñez, cuanto mas vive, crece mas el vicio, y de costumbre inveterada pasa a ser naturaleza, como dijo Séneca.
Los pecados absolutos y personales de cada uno, aunque sean muy graves, no son tan perniciosos como los pecados de mal ejemplo; porque estos son pecados de consecuencia, que de uno se originan muchos, y por todos padecerá la persona escandalosa. A cierta madre condenada se la aumentaban los tormentos en el infierno siempre que su hija multiplicaba en el mundo los pecados que había aprendido del mal ejemplo de su mala madre. Lo mismo sucederá a la criada, si da mal ejemplo a la hija de la casa, y al criado que da mal ejemplo a la criada.
Aun en esta vida mortal importaría que al desatento escandaloso no le viesen jamas los ojos humanos. El Señor dice en su santo evangelio, le convendría al escandaloso que con una grande piedra al cuello le arrojasen al profundo del mar, para que ni vivo ni muerto fuese ya visto de los hombres de este mundo (Matth., XXVIII, 6).
El apóstol san Pablo, tratando de ciertos escandalosos (que con malos ejemplos se habian descubierto en la primitiva Iglesia), dijo que importaba sacarlos de la compañia de los fieles, y aun de esta vida, para que no pervirtiesen a los demás con su mal ejemplo (I Cor., V, et 10).
Lo mismo se enseña con una misteriosa parábola en el santo evangelio, y es de aquel hombre desatento, que sin decente vestidura entró en el convite regio; y viéndole el rey sin vestidura nupcial, con escándalo y mal ejemplo de los demás convidados, le mandó ligar los pies y manos, y arrojarle en las tinieblas exteriores para que nunca jamas fuese visto de otras criaturas mortales aquel hombre escandaloso (Matth., XXII, 12).Sea el fruto espiritual de este capítulo, que quien le leyere reconozca su conciencia; y si hallare que en esta vida ha dado algún escándalo con sus malas obras, enseñando a pecar a otros, o sea dándoles mal ejemplo, procure hacer verdadera penitencia, para que no le alcancen los horribles castigos con que el Señor le tiene amenazado.
Y para deshacer su escándalo y mal ejemplo, procure edificar con sus buenas obras a quien dio mal ejemplo con las malas; y no pierda la ocasión de dar buenos consejos a quien le ocasionó la ruina espiritual de su alma con sus malos ejemplos.
El santo rey David, considerando el grave escándalo que había dado en el mundo con su adulterio, y con la injusta muerte de Urías, se ofrecía a ser público predicador de las virtudes, en descuento de haber sido escandaloso con sus pecados: Docebo inicuos vias tuas, etc. (Psalm. I, 13).
Y aunque nuestra conciencia claramente no nos arguya de haber sido escandalosos con nuestros prójimos, será bien que pidamos a Dios misericordia de nuestros pecados ocultos y de los que se hubieren cometido por nuestra ocasión, sin advertirlo nosotros. Así lo hacia el mismo santo rey cuando oraba, diciendo: Ab oculis meis munda me, Domine, et ab alienis parce servo tuo (Psalm. XVIII, 13).
Y quisiera que en todas las familias se hiciese digno concepto de esta horrorosa desventura de la perdición espiritual de los niños y niñas, y de todas las criaturas de pocos años; porque muchas veces con una palabra inconsiderada, y con una acción menos decente se despierta temprano la malicia, y se introduce el vicio, que después apenas tiene remedio.
A vista de tanto mal, deben temblar todos los que componen una familia, y reglar bien sus acciones y palabras; porque a más de lo que les toca por conciencia, y por el bien particular de sus propias almas, insta mucho el grave peligro del escándalo de los párvulos, que tanto siente Dios nuestro Señor (Matth. XIX, 14). Su divina Majestad ilustre los corazones. Amén.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

lunes, 3 de septiembre de 2012

Los que viven juntos en una casa han de procurar vivir en paz, sin emulaciones ni envidias.

El apóstol san Pablo dice, que la verdadera paz del Señor prevalece sobre todo sentido y sentimiento humano: Exsuperat omnem sensum (Philip., IV, 7): preserva los corazones de muchos vicios, y también las inteligencias de las criaturas, en lo cual misteriosamente se dice muchos bienes; porque en obsequio de la quietud y paz del corazón se debe renunciar todo lo que es despique y satisfacción terrena.
Cuanto mas numerosas son las familias, hay en ella mayor motivo de envidias y emulaciones diabólicas; y en entrando en una casa esta semilla infernal, es muy dificultoso de arrancarla y exterminarla; porque tiene sus raíces en el corazón humano; y antes le arrancarán la entrañas a una persona envidiosa, que la arranquen la envidia.
Este maldito vicio, a distinción de otros, se ceba principalmente entre los iguales y de una misma jerarquía, como lo dice el sabio Salomón en el libro de sus prácticos Desengaños; por lo cual es vicio de domésticos, que una vez introducido, tiene dificultoso remedio (Eccl., IV, 4).
En el libro primero de los Reyes se dice de la virtuosa Ana, que no la dejaba sosegar su envidiosa compañera Fenena, improperándola mas de día en día, y redoblando las aflicciones de su angustiado corazón.
En la casa y familia del santo patriarca Jacob entró también esta dolorosa pestilencia, y se cebó tanto en los corazones de los hermanos, que no paró de conturbarlos, hasta que ejecutaron el exterminio y destierro del mejor de todos ellos.
Considerando los efectos horrorosos que tiene este vicio tirano de la envidia, lloraba el sabio, y casi entraba en aborrecimiento de propia vida, viendo que las industrias ingeniosas de los hombres de capacidad y entendimiento estaban expuestas a la envidia de su prójimo: Industrias animadverti patere invidice proximi. Y así es, que comúnmente todas las personas que tienen alguna especial habilidad, son envidiadas de sus compañeros; y cuanto mayor es el lucimiento de sus buenas habilidades, tanto mas padecen la persecución de la envidia, que cuando sube de punto, excede a la crueldad de las fieras.
Por esto notan los sagrados expositores, que el haber llegado el rey de Babilonia al lago profundo de los leones, donde puso al santo profeta Daniel, no fue para defenderle de las fieras, sino para guardarle de sus enemigos envidiosos, juzgándolos por mas inhumanos y crueles que los mismos leones.
El apóstol de Italia san Bernardino de Sena dice de la envidia, que tiene muchas malas hijas, que son, mala voluntad contra el envidiado, displicencia de su bien, complacencia de su mal, aflicción en sus prosperidades, murmuración frecuente, susurración continua contra sus buenas obras, y rencor en el corazón contra su persona.
En otra parte dice el mismo santo, que las personas envidiosas son inmediatamente contrarias a la nobilísima condición de Dios; porque su divina Majestad saca bienes de los males, y las criaturas envidiosas sacan males de los bienes; y así como a los buenos hasta los males cooperan a su bien, a los envidiosos les sucede lo contrario, que hasta los bienes cooperan a su mayor mal.
San Alberto Magno expone de los envidiosos el sagrado texto de Amos profeta, el cual, en nombre del Altísimo, dice, que arrojará fuego en Theman, y abrasará las casas de ciertos envidiosos, en los cuales pone cuatro pecados principales, que son, malicia depravada, que juzga mal del bien ajeno; tristeza de la prosperidad de su prójimo, maquinación continua de su daño, y obstinada pertinacia de su mal concepto.
Siempre anda con inquietud de corazón la criatura envidiosa, y sin provecho alguno se atormenta, apresurando su salud, y haciendo breves los días infelices de su vida; porque la envidia se la come las entrañas, y la acaba su salud, como dice el Espíritu Santo (Eccli., XXXI, 30).
Es la envidia una enfermedad tan grave y peligrosa, que no puede esconderse en la desventurada criatura donde se halla; porque luego se la conoce en la cara, en palabras, en los ojos, y muchas veces en las manos, porque arrebatándose con delirio, no sosiega hasta que se explica con malas obras. Toda esta doctrina es de san Cipriano, y prácticamente comprobamos su verdad en las infelices personas envidiosas.
San Lorenzo Justiniano dice, que la maldita envidia es una enfermedad insanable: lnsanibilis libor; porque no bastan para su perfecta curación las pacíficas satisfacciones del envidiado, ni los obsequios ni los beneficios, antes crece su rabiosa pasión con las heroicas virtudes de la criatura envidiada, y se hace el envidioso verdugo cruel de sí mismo, en castigo digno de su propio pecado.
El gran padre san Agustín, hablando de este diabólico vicio, dice, que el envidioso no puede huir de su mayor enemigo, que es su misma envidia, porque la lleva consigo en su pecho; y cuanto mas le atormenta, menos le deja, haciéndole mas cruel de día en día.
San Antonino de Florencia dice horrores de la envidia, y después de haber dicho dignas ponderaciones de este feísimo vicio, concluye persuadiendo, que el envidioso frenético escogerá para sí un grande mal, porque a la persona a quien tiene la envidia la venga otro mayor.
Para la prueba legítima de este asunto alega el glorioso santo una historia, que dice ser verdadera: es de un sabio rey, que tenia en su palacio a un criado muy envidioso de otro; y para conocer hasta donde llegaría la crueldad de su envidia, hizo llamar a los dos criados, y le dijo al envidioso, que pidiese cuanto quisiese; pero con la prevención de que a su compañero le había de dar doblado en la misma especie que él señalase. Confundióse mucho el infeliz envidioso; y considerando que si pedía una gala, le darían dos a su compañero (y lo mismo si pidiese otro cualquiera género de bienes), le dictó su envidia el pedir, que a el le sacasen uno de los ojos, para que a su compañero le sacasen los dos.
Esta es la maldita propiedad de las criaturas envidiosas, que por hacer mal a su prójimo envidiado, recibirán ellas el daño contra sí mismas. De esta calificada historia tiene principio el proverbio común, el cual dice, que los envidiosos se sacarán un ojo porque pierda los dos la inocente criatura a quien tienen la envidia.
De estas doctrinas de los santos padres conocerán los domésticos de las casas lo mucho que les importa no dar lugar a tan desaforada pasión; y cuando ellos no pongan el conveniente remedio para librarse de semejante vicio, pertenecerá a los discretos padres de familia el aplicar su mano poderosa para que se ataje tan grave daño en su casa. Tengan presente lo que dice el Espíritu Santo, que el ánimo airado no está capaz de conocer la verdad, ni en la pasión se halla razón (Eccli., XXVIII, 21).
El angélico doctor santo Tomas distingue tres especies de ira, que resultan de la envidia consumada. La primera es, turbación del ánimo, con la hiel difundida en el corazón del hombre. La segunda es, manía de la imaginación desconcertada; porque el envidioso iracundo siempre está maquinando desconveniencias y despiques contra la persona que aborrece. La tercera es, furor intrépido; porque turbado el ánimo con la manía, dispara en desconciertos de malas palabras y peores obras.
Consideren los prudentes padres de familia cuál se pondrá su pobre casa con los domésticos envidiosos, y pongan remedio en tiempo oportuno; porque no será justo ver conturbada la familia con una pasión tan diabólica, que irrita los ánimos, como dice el Espíritu Santo.
El insigne padre de la Iglesia san Gregorio declara tres especies de ira con la metáfora del fuego. La primera, dice, es la que presto se enciende, y presto se apaga, como fuego de paja. La segunda es, la que tarda en encenderse, pero mas en apagarse, como fuego de encina verde. La tercera es, la que presto se enciende, y tarde se apaga, como el fuego de encina seca. Esta tercera propiedad tiene la ira, que causa la maldita envidia, que presto se ceba en el corazón de la miserable criatura, y tarde ó nunca se apaga.
El angélico maestro declara cinco actos principales de esta ira venenosa. El primero es, indignación de la voluntad. El segundo es, temor y soberbia del ánimo. El tercero, clamor impaciente y furioso. El cuarto, maldiciones, injurias y contumelia. El quinto, venganzas injustas y desaforadas.
Todo esto se experimenta en los envidiosos, y de ellos hay muchos que pierden el juicio con su rabiosa pasión. El Altísimo dice, que cada uno purifique su casa, y la libre de feos vicios. Abran los ojos los virtuosos padres de familia; y si por su mismo bien no quieren enmendarse sus domésticos, pongan como discretos el mas conveniente remedio de la separación, que insinúa Cristo Señor nuestro en su santo evangelio, como ya lo dejamos enseñado.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA