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miércoles, 20 de febrero de 2013

TRATADO DEL CISMA MODERNO (5)

TERCERA PARTE 

     En la que se declara cómo ha de predicarse y divulgarse en el pueblo cristiano la verdad de la elección de Clemente.

     Después de haber demostrado que el segundo electo, es decir, Clemente VII, es el verdadero papa y vicario universal de Jesucristo en este mundo, resta ver ahora cómo ha de divulgarse y predicarse al pueblo cristiano la verdad de este hecho. Y sobre ello se plantean cinco cuestiones:
     1) Si es necesario para la salvación que todos informen en favor de Clemente. 

  2) Si la legitimidad de Clemente en el papado ha de ser necesariamente defendida por todos los cristianos. 
   3) Si hay que omitir esta información y defensa, frente a la prohibición de los príncipes o de otros cualesquiera. 
    4) Si la Iglesia universal está regida por el Espíritu Santo, durante este cisma tan grave. 
     5) Si este cisma de la cristiandad fue prefigurado divinamente en la sagrada Escritura.

CAPITULO I

     En el que se declara que todos están obligados, como requisito necesario para salvarse, a informar al prójimo de la legitimidad de Clemente y de la Iglesia romana
     Por lo que a la primera cuestión se refiere, afirmo que todos, si quieren salvarse, están obligados necesariamente a informar al prójimo que está en error, sobre la legitimidad del sumo pontífice y de la Iglesia romana, induciéndolo a la verdadera y determinada obediencia de nuestro señor Clemente VII, papa, Lo probamos por las razones siguientes:

     Primera. Según se deduce de lo dicho, aquellos que están obligados como condición necesaria para su salvación, a creer firme y determinadamente que Clemente es verdadero papa, la creencia de su corazón les obliga a manifestar lo que ellos creen, especialmente cuando la verdad tiene contradictores. Así dice el Salmo: "Creí, y por eso hablé" (Ps. CXV, 1). Y la Glosa: "Quien cree, es necesario que hable, pues no cree rectamente quien no manifiesta lo que cree". Puedes ver en este lugar muchas cosas, referentes a la materia presente. Por tanto, quienes creen la verdad en su corazón y no se atreven a manifestarla por temor o por el amor de este mundo, son semejantes a aquellos de quienes se escribe: "Muchos creyeron en Jesús, pero no lo confesaban abiertamente para no ser echados de la sinagoga. Amaron la gloria de los hombres más que la gloria de Dios" (Io. X, 4-6). Por consiguiente, está claro nuestro propósito.
     Segunda. Por precepto divino, cualquiera que vea al prójimo en error o en pecado está obligado a corregirlo e informarlo. Se dice en el Deuteronomio: Si encuentras perdidos el buey y la oveja de tu hermano, no pasarás de largo; llévaselos a tu hermano (
Deut. XXII, 1). Es decir, si vieres errar o pecar a un hombre docto —figurado aquí por el buey— o a un indocto y simple —figurado por la oveja—, no seas negligente, sino exhórtales para que puedas llevarlos a tu hermano, a Cristo, según dicen las Glosas. Dice San Gregorio: "Quienes contemplan los males del prójimo y cierran su boca cuando pueden hablar son como aquellos que niegan la medicina a las llagas que tienen delante de sus ojos, y son ocasión de muerte porque no quisieron curar el veneno cuando podían" (Liber Pastoralis). Como vemos palpablemente que muchos yerran en la obediencia al sumo pontífice y a la Iglesia romana, de nuevo aparece claro nuestro propósito.
     Tercera. Es más necesaria para la salvación del alma la información de la verdad que la hartura de pan. Según San Gregorio, "es de mayor mérito saciar el alma, que ha de vivir eternamente, con el pábulo de la palabra, que saciar el vientre mortal con pan terreno" (Homil. 6). Ahora bien, es indispensable para salvarse socorrer con pan y alimentos corporales al prójimo que se muere de hambre, pues, como dice San Ambrosio, "da de comer al que muere de hambre; si no le dieres de comer, lo has matado". Luego es más necesario para salvarse socorrer al prójimo que está en tan grave peligro de muerte espiritual, informándole de la verdad.
     Cuarta. No es menor culpa descuidar la salud espiritual del prójimo que descuidar la salud corporal. Dice San Juan: El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha (Io. VI, 63). Aquel por cuya negligencia se pierde la salud corporal del prójimo peca mortalmente, pues dice Ezequiel: Si el centinela, viendo llegar la espada, no toca la bocina y el pueblo no se refugia, y llegando la espada mata a alguno, éste quedará preso en su iniquidad, pero yo demandaré su sangre al centinela (Ez. XXXIII, 6). Luego mucho más pecan aquellos por cuya negligencia la espada del error y de la falsedad divide las almas y las mata. Por lo mismo se lee: ¡Oh hijo del hombre! Yo te he puesto por atalaya de la casa de Israel. Cuando oigas de mi boca la palabra, avísalos de parte mía. Si yo digo al impío: ¡Vas a morir!, si tú no le hablas para apercibirle de su mal camino y que viva, el impio morirá en su iniquidad, pero de su sangre te pediré a ti cuenta. Pero si tú apercibiste al impío de su camino para que se apartase de él, y no se apartó, él morirá en su iniquidad, pero tú habrás salvado tu alma! (Ez. XXXIII, 7-9).
     Quinta. Nadie que a propósito daña a la Iglesia de Dios o a su prójimo está en vias de salvación, porque va contra la caridad. Quien no defiende la Iglesia ni informa al prójimo les daña manifiestamente. Por lo cual escribe San Jerónimo: "La santa rusticidad a ti solo aprovecha. Y tanto edifica por su mérito a la Iglesia de Cristo, cuanto la daña si no resiste a los que la destruyen" (Epist. ad Paulinum). Y San Gregorio, hablando de los que se retraen de informar al prójimo, dice: "Son reos de tantas almas, cuantas pudieron favorecer dándose al público" (Liber pastoralis, I, 5). De nuevo, pues, queda nuestro intento de manifiesto.
     Sexta. Dice Santo Tomás que cuando surge algún error entre los cristianos, o amenaza peligro contra la fe, todo cristiano está obligado, si quiere salvarse, a enfrentarse con tal error o peligro, confesando públicamente la fe, en la medida que le sea posible (
Cf 2-2, q. 3, a. 2). Porque, como escribe San Pablo, con el corazón se cree para la justicia, y con la boca se confiesa para la salud (Rom. X, 10). Ahora, en verdad, ha surgido un error grave en la Iglesia y amenaza el peligro contra la fe, ya que, como dice Santo Tomás, si determinar las cosas de fe atañe al sumo pontífice y a la Iglesia romana, cabeza de la cristiandad (Cf. 2-2, q. 1. a. 10), está claro que quien falla acerca del sumo pontífice y de la Iglesia romana está en peligro de errar en todas las cosas que pueden ser definidas de fe. Porque, como apunta el Filósofo, "un pequeño error al principio, es grande al final" (De caelo). Y más tratándose de aquellos que han de confesar públicamente la verdad de la Iglesia romana, sea para impugnar el error, sea para informar a los hombres.
     Séptima y última. Ningún cristiano debe disimular la injuria o vituperio contra Dios. Por lo mismo escribe San Juan Crisóstomo: "Aprendamos de Cristo a sufrir con magnanimidad las injurias que se nos hacen, pero no suframos ni de oídas las injurias hechas a Dios. Pues es de alabar ser paciente en las propias injurias; pero disimular las injurias de Dios es muy impío" (
Super Mt., c. 4). Es cierto que no aceptar al papa verdadero, sino rechazarlo y despreciarlo, redunda en gran injuria y vituperio para Dios. Así se lee en el libro I de los Reyes que, cuando los hijos de Israel no quisieron sujetarse más a la regencia de Samuel, sumo sacerdote, y pidieron un rey, habló el Señor a Samuel: No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos (1 Reg. VIII, 7). Y Cristo decía a sus discípulos: El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mi me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió (Lc. X, 16). Por tanto, está claro que nadie debe disimular tan gran injuria y vituperio contra el sumo pontífice y la Iglesia romana, sino que debe refutar públicamente a los que yerran, en cuanto le sea posible, e informarles de la verdad.
     Sin embargo, esta información no obliga a todos de la misma manera, pues a quienes incumbe predicar de oficio están obligados a informar pública y solemnemente al pueblo cristiano de la verdad del sumo pontífice y de la Iglesia romana. A éstos se les dice en San Mateo: Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, predicadlo sobre los tejados (
Mt. 10, 27). Los que no tienen el oficio de predicar, no están obligados a informar públicamente al prójimo, pero tienen obligación de conducir en privado a sus prójimos a la verdad y obediencia del sumo pontífice Clemente y de la Iglesia romana. Por lo cual se dice en el Apocalipsis: El Espíritu y la esposa dicen: Ven. Y el que escucha diga; Ven (Apoc. XXII, 27). Como si dijera: así como Cristo y la Iglesia atraen y llaman a sí a los hombres, así también todo cristiano debe, en la medida de su posibilidad, con su información atraer a su prójimo a la obediencia de Cristo y de su Iglesia, diciendo: "Ven". Además, hay que notar que el precepto afirmativo de la corrección fraterna no obliga siempre, sino sólo en las debidas circunstancias, como se verá en el capítulo III.


CAPITULO II

     En el que se declara que todos los cristianos, por necesidad, están obligados a defender y a ayudar la causa de clemente, que es la de la iglesia romana

     Respecto a la segunda cuestión, la respuesta se deduce de lo dicho, a saber: que, por necesidad, todos los cristianos están obligados a defender y ayudar en lo que puedan a nuestro señor Clemente, sumo pontífice y a la verdad de la Iglesia romana. Sobre lo cual hay que notar que la Iglesia de Dios ha de ser ayudada o defendida por todos los cristianos de tres maneras: espiritual, vocal y corporalmente.
     Primero. Ha de ser ayudada y defendida espiritualmente, esto es, con devotas oraciones, pidiendo auxilio y ayuda a Cristo, cabeza y esposo de la Iglesia, el cual prometió regirla y gobernarla. A este propósito leemos en los Hechos que, habiendo azotado Herodes a San Pedro, sumo pontífice y primer papa, y queriéndolo matar, todos los fieles rogaban a Dios por la salvación del mismo. Pedro era custodiado en la cárcel, pero la Iglesia oraba instantemente a Dios por él (Act. XII, 5). No sólo hemos de ayudar y defender al sumo pontífice y a la Iglesia con oraciones, sino también con obras espirituales, es decir, con ayunos, limosnas y cosas parecidas. Se dice en el Exodo: Mientras Moisés tenía elevadas las manos, vencía Israel; cuando las bajaba, prevalecía Amalech (Ex. XVII, 11). Sobre lo cual dice la Glosa interlineal: "Hemos de orar y obrar, si queremos vencer a los enemigos".
     Segundo. Hemos de ayudar y defender al sumo pontífice y a la Iglesia romana vocalmente, a saber: con disputas verdaderas para destruir el error y la falsedad e informar a los fieles, como se demostró en el capítulo precedente. Se lee de Aarón: Venció a la muchedumbre, no con el poder del cuerpo ni con la fuerza de las armas, sino que con la palabra sujetó al que los castigaba, recordando el juramento y la alianza de los padres (
Sap. XVIII, 22). Con todo, nadie debe confiar en su propio ingenio, ciencia o palabras, sino en el Señor Jesucristo, el cual prometió a sus discípulos. Yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir vuestros adversarios (Lc. XXI, 15).
     Tercero. Hemos de defender y ayudar al sumo pontífice y a la Iglesia romana corporalmente, es decir, con armas materiales, luchando y peleando contra los cismáticos y rebeldes sobre todo cuando lo pide la necesidad y lo manda la Iglesia. Pues si los miembros, por exigencia de la naturaleza, defienden y ayudan a la cabeza, en verdad, obrarían contra la naturaleza quienes no ayudaran por la verdad y la justicia al sumo pontífice y a la Iglesia remana cuando están en peligro. Y esta defensa no ha de ejercerse solamente peleando con el cuerpo, sino también exponiendo todos los bienes corporales para ayuda de la Iglesia. Así se lee en el Eclesiástico: Combate por la justicia en favor de tu alma, y lucha por la verdad hasta la muerte, y el Señor Dios combatirá por ti a tus enemigos (Eccli. IV, 33). Algunos, arrebatados por el espíritu de presunción, dicen incorrectamente que la verdad de la Iglesia hay que defenderla y ayudarla exponiéndose el hombre al peligro de muerte, esto es, lanzarse al fuego, pelear en duelo, o en otros peligros y pruebas, esperando un milagro. Pero, según San Agustín, quienquiera que se expone a la muerte para demostrar la verdad de la fe, comete doble pecado mortal: un homicidio, entregándose a la muerte, y una infidelidad, tentando a Dios. De estos pecados nadie pudo nunca excusarse, a no ser que lo hiciera impulsado por el Espíritu Santo, como se lee de algunos santos. Por lo mismo, cuando Satanás tentaba a nuestro Señor Jesucristo diciéndole: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo, el Señor le respondió: Escrito está: no tentarás al Señor tu Dios (Mt. IV, 6-7).
     Para manifestar la verdad de la Iglesia no ha de hacerse prueba alguna de la que se espere un milagro, especialmente tratándose de una verdad declarada abiertamente por las Escrituras sagradas.


CAPITULO III

     En el cual se declara que de ningún modo debe omitirse en el presente caso la información o la defensa de la verdad, a pesar de la prohibición de los príncipes

     A la tercera cuestión respondo que, aunque medie prohibición, amenaza o promesa de un príncipe o de otro cualquiera, de ningún modo hay que omitir la información o defensa de la verdad.
     En primer lugar, digo que no puede callarse esta información o defensa por causa de la prohibición de los príncipes o de otros cualesquiera. Porque aquello a que estamos obligados por precepto divino y se requiere necesariamente para la salvación, no puede omitirse por prohibición de un hombre. Se dice en los Hechos: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Act. V, 29). Es asi que por precepto divino y de necesidad para salvarnos estamos obligados a informar al prójimo de la verdad del sumo pontífice y de la Iglesia Romana, y a defender esta verdad, según se ha dicho. Luego se sigue nuestro intento. Por eso son reprendidos severamente quienes omiten la información o defensa de la verdadera Iglesia cuando media la prohibición de un príncipe. Se lee en Ézequiel: No habéis subido a las brechas, no habéis amurallado la casa de Israel para resistir en el combate el día del Señor (Ez. XIII, 5).
     Segundo, digo que no debe omitirse esta información o defensa por cualquier amenaza de los hombres, pues hay que temer mucho más la muerte del alma que la aflicción o muerte del cuerpo. Siendo, pues, tal omisión la muerte del alma, según fluye de lo dicho, es cierto que no debe omitirse por cualquier pena o aflicción del cuerpo. Dice el Señor: A vosotros, mis amigos, os digo: No temáis a los que matan el cuerpo y después de esto no tienen ya mas que hacer. Yo os mostraré a quién habéis de temer: temed al que después de haber dado ¡a muerte tiene poder para echar en la gehenna. Así os digo: temed a ése (Lc. XII, 5). Por tanto, aquellos que omiten la información o defensa de la verdad por temor a la persecución temporal, son llamados por el Señor sal desvirtuada y vana: Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? (Mt. V, 13). Sobre lo cual dice San Agustín: "Muestra aquí el Señor que han de ser tenidos por fatuos los que, corriendo tras la abundancia de los bienes temporales, o temiendo su indigencia, pierden los bienes eternos, que no pueden darlos ni quitarlos los hombres. Por tanto, si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará? Esto es, si vosotros, por quienes han de ser condimentados en cierto modo los pueblos, perdiereis el reino celestial por miedo a las persecuciones temporales, ¿quiénes serán los hombres que os aparten del error, siendo así que Dios os escogió a vosotros para que disiparais el error de los demás? (De Serm. Domini in monte L. I, c. 6).

     Tercero, digo que no debe omitirse esta información o defensa por cualesquiera promesas temporales, pues son mayores y mejores los premios celestiales que todos los bienes temporales. Los premios del cielo se prometen a quienes soportan vejámenes en este mundo por la causa de la verdad y de la justicia: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos (Mt. V, 10). Luego está claro nuestro intento. A este respecto leemos en Isaias que, habiendo omitido el profeta la corrección o información de Ozías, rey de Judá, vió luego la gloria del Señor, y avergonzándose de tanta gloria y dignidad, reprendióse severamente de la culpa de omisión, diciendo: ¡Ay de mí, que he callado! Pues soy hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios manchados (Is. VI, 5). Hay que notar aquí con cuidado, según expone Santo Tomás, que los preceptos negativos de la ley nos obligan de modo distinto que los afirmativos. Pues los negativos, al prohibir los actos pecaminosos, que son de suyo malos, nos obligan siempre, para siempre y en todo lugar; los preceptos afirmativos, al inducirnos a los actos de virtud, que requieren siempre circunstancias oportunas, no nos obligan siempre ni en todo lugar, ni de todos modos, sino cuando se dan las circunstancias debidas, exigidas por el fin. De este modo, como la información y defensa de la verdad caen bajo precepto afirmativo, nos obligan solamente cuando se dan las circunstancias debidas, que han de guardarse según exigencia del propio fin, que consiste en la enmienda o mejoramiento del prójimo. Mas si, en vez de mejorar, se previera el empeoramiento, entonces no estamos obligados a dicha información, porque entonces el omitirla sería un acto de caridad, para no dañar al prójimo o para que no se alzara contra nosotros (Cf. 2-2, q. 33, a. 2). A este propósito se lee en San Mateo: No deis las cosas santas a los perros ni arrojéis vuestras perlas a los puercos, no sea que, revolviéndose, os destrocen (Mt. VII, 6). Cuando ocurra el caso en que buscando la mayor corrección y enmienda del prójimo se omite durante cierto tiempo tal información, no será, en verdad, pecado, sino prudencia y virtud. Por eso se dice en los Proverbios: Quien es parco en palabras, es sabio y prudente (Prov. XVII, 27). Mas cuando urge la necesidad o la utilidad, entonces, despreciando las prohibiciones y promesas de todos, hay que hacer la información y defensa sin preocuparse de la confusión que puede producir en algunos. Leemos en San Mateo que, cuando los discípulos dijeron al Señor que los fariseos estaban encandalizados de sus palabras, les respondió: Dejadlos [turbarse]; son ciegos que guían a ciegos (Mt. XV, 14). 

CAPITULO IV 

     En el que se declara que la Iglesia de Dios, durante este grave cisma y siempre. Está regida por el Espiritu Santo. 

     Por lo que respecta a la cuarta cuestión, digo que durante este cisma tan grave la Iglesia de Cristo, continuamente y sin interrupción, es regida y se regirá siempre por el Espíritu Santo. Por las siguientes razones:
     Primera. Es cierto que Dios no tiene menor cuidado o amor a su Iglesia que el que tenía por la sinagoga de los judíos. Dice el salmo: Ama Dios las puertas de Sión más que todas las tiendas de Jacob (Ps. LXXXVI, 2). Como si dijera, según indica la Glosa: Ama la ciudad espiritual, esto es, la Iglesia, más que las cosas que la figuraban. El Señor prometió que regiría siempre la sinagoga de los judíos, pues leemos en Isaías que cuando los judíos estaban cautivos en Babilonia, habiendo sido destruido el templo y arruinada la ciudad, creyéronse olvidados y abandonados por Dios. Entonces el Señor les dijo que nunca los abandonaría ni olvidaría. Dice así el texto: Sión decía: El Señor me ha abandonado, se ha olvidado de mí. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaría. Mira, te tengo grabada en mis manos, tus muros están siempre delante de mí (Is. XLIX, 14-16). De este modo queda claro que el Señor Jesucristo, nunca, ni durante este cisma, ni en cualquier otra tribulación, abandonará la regencia de su Iglesia.
     Segunda. Porque asi lo prometió a sus discípulos: Yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación del mundo (Mt. XXVIII, 30). Y en San Juan: No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros (Io. XIV, 18). Yo rogaré al Padre y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre (Io. XIV, 16).
     Tercera. Porque todos los males que por permisión divina se ciernen sobre la Iglesia son ordenados por la bondad divina para utilidad y gloria de los elegidos. Lo cual se ve claramente en el cisma actual, del cual, por providencia de Dios, se siguen muchos bienes para sus elegidos. Pues mediante las injurias, vituperios y persecuciones que por amor a la verdad soportan con paciencia, conquistan una corona muy grande en el cielo. Porque continuamente se afianzan mediante estas cosas en una mayor humildad y prudencia. Debido a la adversidad que sufre la Iglesia, los rectores eclesiásticos se corrigen de muchos vicios. Y también porque los fieles de Cristo son avisados e instruidos claramente para el tiempo del anticristo, a fin de que ninguno, por nada del mundo, ya intervenga la multitud o grandeza de los príncipes, prelados, doctores o quienquiera que sea, se aparte de la verdad de la fe.
    Porque si ahora vemos en especial tantos y tan graves prelados y príncipes cristianos, doctores y religiosos, desviados de la verdad y caminando en el error del cisma, sin duda alguna, por estas utilidades y por muchas otras, la sabiduría de Dios permite que este grave cisma dure en su Iglesia, teniendo presente que, como expresa San Pablo, para los que aman a Dios todo coopera al bien; para aquellos que, según sus designios, son llamados santos (Rom. VIII, 28). Y San Agustín dice: "El Dios óptimo, siendo sumamente bueno, de ningún modo dejaría que se mezclara el mal en sus obras, si no fuera tan bueno y tan óptimo que supiera sacar bien del mismo mal" (Enchiridion).


CAPITULO V 

En el que se declara que este cisma fué figurado divinamente en la sagrada escritura 

     A la quinta cuestión respondo que, aunque pudieran adaptarse y exponerse a este respecto muchas autoridades y figuras de la sagrada Escritura, sin embargo, de modo más singular y más propio lo encuentro prefigurado divinamente en una frase de San Pablo y en una figura de Daniel.
     Primeramente, el apóstol San Pablo, queriendo apartar a los tesalonicenses de la opinión que tenían sobre la venida de Jesucristo, por la que creían que iba a llegar de un momento a otro, dice: Por lo que toca a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con Él. os rogamos, hermanos, que no os turbéis de ligero perdiendo el buen sentido, y no os alarméis ni por espíritu, ni por discurso, ni por epístola, como si fuera nuestra, que digan que el día del Señor es inminente. Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía (II Thess. II, 1-3); de lo contrario no vendrá el Señor a juzgar, añade la Glosa. Exponiendo brevemente estas palabras del Apóstol, dice San Agustín: "No vendrá el Señor a juzgar si no sobreviene antes la separación de las iglesias en la obediencia espiritual a la Iglesia romana" (Epistola ad Hesichium). Esta separación de la obediencia a la Iglesia romana la experimentamos ahora de modo especial, y hay que temer muy mucho que dure hasta la venida del anticristo y fin del mundo. Porque a continuación de las palabras del Apóstol, se añade: "Del Señor". Y entonces, manifestada ya la apostasía, se manifestará el inicuo —aparecerá el anticristo, según la Glosa—, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, y lo destruirá con la manifestación de su venida (II Thess. II, 8). Y sigue: El misterio de iniquidad —la muerte de los santos y la persecución de los fieles, apunta la Glosa está ya en acción—el diablo está ya en acción, anota la misma Glosa—; sólo falta que el que le retiene sea quitado de en medio (Ibid. II, 7). Es decir, quien posea la fe y la obediencia a la Iglesia romana, persevere en ella hasta que el anticristo se revele manifiestamente, como expone la Glosa.
     En segundo lugar, parece que el profeta Daniel vió, por divina ilustración, el cisma presente, pues dice: Yo miraba durante mi visión nocturna, y vi irrumpir en el mar Grande los cuatro vientos del cielo, y salir del mar cuatro grandes bestias, diferentes entre sí. La primera bestia era como una leona con alas de águila. Yo estuve mirando hasta que le fueron arrancadas las alas y fué levantada de la tierra, poniéndose sobre dos pies a modo de hombre, y le fué dado corazón de hombre. Y he aquí que una segunda bestia, semejante a un oso, y que tenía en su boca tres costillas entre los dientes, se estaba a un lado y le dijeron: Levántate a comer mucha carne. Seguí mirando después de esto, y he aquí otra tercera, semejante a un leopardo, que tenia alas como las aves, en número de cuatro, y tenia cuatro cabezas, y le fué dado el dominio. Seguía yo mirando en la visión nocturna y vi la cuarta bestia, terrible, espantosa, sobremanera fuerte, con grandes dientes de hierro, con los que devoraba y trituraba, y las sobras las machacaba con los pies. Era muu diferente de todas las bestias anteriores y tenía diez cuernos (Dan. VII, 2-7).
     Según la Glosa, los cuatro vientos cine irrumpen en el mar Grande son las cuatro potestades angélicas, que presiden los reinos que están establecidos en las cuatro partes del mundo, y los hacen pelear entre sí: las cuatro bestias son, según nuestro propósito, los cuatro cismas crueles que, de distinta manera, se han consumado en la Iglesia católica. La primera bestia significa el cisma de los judíos, bajo la regencia de Juan. Los judíos tienen crueldad de león: pero ahora sus enormes alas han sido arrancadas y han sido sacados de la tierra de los fieles de Cristo y echados a una esquina del mundo, en donde perseveran en sus pensamientos y afectos de corazón depravado. De esta bestia puede entenderse lo que decía Job: Se meterá la bestia en su cubil y morará en su antro (Job. XXXVII, 8).     La segunda bestia significa el cisma de los sarracenos, guiados por Mahoma. Los sarracenos, por las muchas fatuidades y demencias de su secta, son comparados al oso, que tiene la cabeza temblorosa. Y los tres órdenes de dientes significan sus tres malicias, con las que devoren y por las que son devorados, a saber: la multiplicidad de errores, la repudiación de doctores y la invasión por las armas. Por eso se dice a esta bestia: Levántate a comer mucha carne, es decir, a los hombres carnales. Por eso mandó el Señor muchas veces los dientes de tales bestias sobre su pueblo para corrección y castigo de los pecados. Pues había predicho en el Deuteronomio: Mandaré contra ellos los dientes de las fieras (Deut. XXXII, 24).
     La tercera bestia significa el cisma de los griegos, acaudillados por el emperador de Constantinopla. Los griegos, a causa de muchas falsedades que creen mezcladas con la verdad, son comparados al leopardo, que tiene muchos colores. Las cuatro alas son cuatro preeminencias de las que vanamente se jactan: el romano imperio, el estudio de las letras, la abundancia de doctores y la cátedra patriarcal. Las cuatro cabezas son sus cuatro errores capitales: primero, dicen que el Espiritu Santo procede solo del Padre: segundo, niegan el purgatorio en el otro mundo: tercero, afirman que la Eucaristía debe hacerse sólo de pan fermentado; cuarto, niegan que el romano pontífice tiene la plenitud de potestad de Pedro, y de este modo se apropian continuamente la potestad del romano pontífice. Con todo, no hay que temer el vano poder de esta bestia, como dice Job: No temerás a las fieras de la tierra, sino que harás alianza con las piedras del campo (Job V, 22-33), es decir, con los fieles cristianos.
     La cuarta bestia representa el cisma actual de los romanos, bajo el poder del intruso Bartolomé. Los romanos mostraron gran terribilidad en la coacción que hicieron para que se eligiera un romano o un italiano. Por eso su cisma se llama terrible. Se dice también que causa admiración, porque admira que Dios haya permitido prevalezca tanto mal en su Iglesia. Dicese también que es muy fuerte, porque se han sumado a él muchos y grandes dientes. Tiene grandes dientes de hierro, que significan las rabiosas detracciones y temerarias usurpaciones con que intenta aniquilar los actos y la autoridad de nuestro señor Clemente, sumo pontífice, y de los cardenales.
     En verdad, esta grave y férrea bestia es distinta de las demás referidas. Los diez cuernos son las diez razones sofísticas en que vanamente se apoya, de las que hemos hablado en la segunda parte, capítulo II. El daño y perjuicio que causa esta bestia cruelísima lo llora Dios Padre, cuando dice: Una fiera pésima ha comido a mi hijo; una bestia ha devorado a José (Gen. XXXVII, 33).
     Hay que temer muy mucho que esta bestia cruel, el cisma de los romanos, viva y dure hasta el fin, pues Daniel, hablando de esta cuarta bestia, añade: Estuve mirando hasta que fueron puestos los tronos, y vi sentarse a un anciano de muchos días (Dan VII, 9).
     A pesar de todo, poderoso es nuestro David, nuestro Señor Jesucristo, que goza de brazo robusto y tiene aspecto agradable, y que mató al león y al oso, para matar también esta bestia cruel y desterrarla radicalmente de los confines de su Iglesia predilecta, todo para alabanza, gloria y honor de su santo nombre y utilidad de los fieles cristianos. Así sea.
 

fin del tratado del cisma moderno

viernes, 1 de febrero de 2013

TRATADO DEL CISMA MODERNO (4)

SEGUNDA PARTE

CAPITULO IV



En el que se declara que nada serio puede objetarse u oponerse contra la afirmación o autoridad de los cardenales
     Sobre esta cuestión, digo que nada puede objetarse u oponerse contra la autoridad y palabras del colegio cardenalicio, sino que debe creerse indudablemente cuanto ellos afirman sobre el papado. Y aunque los adversarios de la verdad objeten muchas cosas, puede responderse fácilmente a todo con la verdad.
     Primero.—Objetan que los cardenales en este caso son partidistas, pues son enemigos capitales de Bartolomé a causa de los muchos gravámenes que les proporcionó, tratando, según dicen, de corregirlos y de reducir la Iglesia al estado de humildad. Por esta razón piensan muchos que no debe creérseles cuando hablan contra Bartolomé.
     Hay que decir que este asunto no es particular o propio de los cardenales, sino de la Iglesia universal, en la cual, según el derecho, pueden juzgar y testificar los cardenales más que otros cualesquiera.
     Es más, no deben llamarse partidistas en este caso, sino jueces y testigos competentes, ni puede objetárseles la enemistad con Bartolomé por los gravámenes que les proporcionó. Y esto por tres razones:
     a) Porque, en verdad, no les causó ningún gravamen de consideración, sino tan sólo el aceptar con pertinacia y temeridad la presente elección, evidentemente coaccionada y totalmente nula. Este fue el máximo gravamen causado por Bartolomé a los cardenales. Por eso el mismo Bartolomé, consciente de su nulísima elección, temiendo lo que sobrevino más tarde, intentó retener consigo a los cardenales mediante alabanzas adulatorias y excesivas promesas, halagándolos y honrándolos abundantemente en privado, aunque en presencia del pueblo se mostrara con ellos bastante severo, a fin de que si se separaban de él pudiera divulgarse la noticia —como ahora lo vemos— de que se habían separado sólo por el rigor con que los trataba. Además, cualquiera que sea discreto podrá conocer fácilmente el interés de Bartolomé en corregir a los cardenales, si contempla ahora sus anticardenales, cuántos en número, cuál es su vida y costumbres, cómo viven según el modo y la pompa mundana; y no menos si mira a sus oficiales, nuncios y legados.
     b) Aun cuando les hubiera causado todos los gravámenes del mundo, los cardenales, por tal austeridad, de ningún modo habrían perdido la autoridad de testificar y juzgar en los asuntos de la Iglesia universal, como es la causa presente.
     c) Porque, como se dijo en el capítulo precedente, razón undécima, nadie que tenga temor de Dios debe juzgar tan temerariamente la intención ajena, y más tratándose de tantos y tan ponderados señores jueces y rectores de la Iglesia, atreviéndose a decir que, llevados de singular odio contra Bartolomé, violentando sus conciencias, quieren condenarse a sí mismos y al mundo entero. A este propósito decía el apóstol a algunos que le juzgaban temerariamente: Quien me juzga es el Señor; por tanto, no juzguéis antes de tiempo, mientras no venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y hará manifiestos los propósitos de los corazones, y entonces cada uno tendrá la alabanza de Dios (1 Cor. IV, 4-5).
     Segunda objeción.—Algunos cánones, y especialmente cierta Glosa sobre aquel capítulo del Decreto que comienza: "Si dos..." (J, Gratianüs, Decretum, I, dist, 79, c, 8 ; "Si dúo forte", Casus), parecen indicar que cuando surge la duda sobre los elegidos al papado, entonces, a fin de esclarecer la verdad, hay que convocar concilio general. Y los dos cardenales italianos, el de Milán y el de Florencia, así lo quieren. Por lo cual parece que debe convocarse.
     Digo que para mayor determinación sobre el papa, ni debe ni puede convocarse concilio general.
     En primer lugar, digo que no debe convocarse. Porque lo que hemos aducido en contra se refiere al caso en que los cardenales estuvieran de tal modo divididos que ninguno de los dos bandos tuviera en su favor dos partes de electores, como dice la Glosa citada. Y la razón es porque entonces una de las partes de cardenales no tiene jurisdicción sobre la otra en la declaración de papa. Luego en este caso tal vez habría de ser convocado concilio universal para dicha determinación, aunque la Glosa no dice que debe convocarse; dice, simplemente, que se convocará. Pero cuando hay dos partes de cardenales, o más, como en nuestro caso, que se pronuncian con firmeza por uno de los dos, declarándolo papa, y condenando al otro como intruso y apostático, ningún cristiano debe dudar cuál ha de ser aceptado por verdadero.
     La razón de esto es clarísima, pues según los cánones sagrados, dos partes, al menos, de cardenales forman colegio apostólico en la Iglesia romana, especialmente tratándose de la elección y declaración de papa. Y, en verdad, ningún fiel cristiano debe esperar mayor determinación. La autoridad de dos cardenales en nada desvirtúa la autoridad de todo el colegio apostólico, que defiende firmemente lo contrario, sin hacer ningún cargo contra Clemente.
     En segundo lugar, digo que no puede convocarse este concilio universal, porque parecería que nuestro señor Clemente, sumo pontífice, y los cardenales pondrían en duda una verdad notoria para la Iglesia. Lo cual no conviene, por las muchas cosas graves y adversas que podrían derivarse contra la Iglesia con la convocación de este concilio; y también, porque a causa de las guerras existentes entre los príncipes cristianos, así como por los ánimos encontrados y las opiniones sobre el papado que actualmente, por el espíritu de desobediencia, tienen lugar en el mundo, tal vez no pudiera convocarse en un lugar seguro. Y también, porque se teme, con razón, que los italianos, los cuales tienen más prelados que el resto del mundo, consiguieran por número algo en contra de la verdad para la Iglesia. Por eso algunos italianos, confiando en el número, piden con audacia un concilio general. Pero hay que recordar lo que comenta San Crisóstomo sobre un pasaje de San Mateo: Se reunieron los fariseos en consejo, para vencer en número a quien no pudieron vencer con razones; armándose de la multitud, se profesaron vacíos de toda verdad.
     Tercera objeción.—Según el derecho, nadie puede ser arrojado de su posesión si previamente no se conoce su causa. Siendo así que Bartolomé tuvo durante cuatro meses la posesión del papado, parece que no debe arrojársele de él si su causa no se reconoce previamente por el concilio universal.
     Hay que decir a esto que el caso está expreso, tratándose de la elección papal, en el Decreto 22: "En el nombre del Señor...", y en el número 79: "Si alguien por dinero...", y en otras muchas partes. Si alguien fuera elegido papa por coacción o tumulto —como lo fue, según se dijo, este Bartolomé—, ha de ser depuesto de su sede y posesión, sin consideración de ningún género. Los cardenales reconocieron y declararon esto pública y solemnemente, como era su deber. Pues, no existiendo un superior que casara la elección del intruso, quedaba el intruso. Y entonces el canon citado proveía recta y suficientemente, es decir, permitía a los cardenales arrojar de la sede apostólica a los notoriamente intrusos.
     Cuarta objeción.—Según nuestra fe y las sentencias de los sagrados doctores, la Iglesia universal no puede errar en materia de fe, es decir, que todos los fieles de Cristo crean como de fe una cosa falsa. Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca (Lc. XXII, 32). Ahora bien, como todo el colegio de cardenales, sin excepción, y todos los fieles cristianos creyeron primeramente, durante cierto tiempo, en Bartolomé, defendiéndolo y confesando que era verdadero papa, prestándole obediencia como si lo fuera, habría que decir que la Iglesia universal erró en la fe durante cierto tiempo, lo cual va contra la promesa de Cristo.
     Digo que, según los doctores sagrados, puede darse algún error en la Iglesia acerca de las cosas de la fe, habida cuenta de la conjetura y fragilidad humana; sin embargo, porque Cristo es quien la rige, no puede haber un error pertinaz e incorregible o perdurable en la Iglesia universal, pues siempre es corregido y enmendado por la gracia. Por eso dice Santo Tomás que "en la Iglesia no puede haber un error condenable" (Quodlibet 9, q. 8, art. único, sed contra 1), como se explicó en el capítulo precedente, razón tercera, hablando de los buenos profetas. Lo mismo ocurre en el colegio apostólico, ya que después que Cristo dijo a Pedro: Satanás os busca para ahecharos como trigo, pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc. XXII, 31-32), no pasó mucho tiempo sin que Pedro le negara, y otro tanto hicieron los demás apóstoles. Pero la gracia de Cristo los volvió pronto a la verdad de la fe. Comentando este pasaje dice Teófilo: "No dijo Cristo a Pedro: «Yo he rogado por ti para que no me niegues», sino para que no abandones la fe, pues aunque seas un poco zarandeado, has de tener siempre escondida en el corazón la semilla de la fe. Aunque el viento tempestuoso arrancare las hojas, quede vigorosa en el corazón la raíz de la fe. Satanás pidió herirte, porque tenía envidia de mi amor hacia ti; mas, aunque yo mismo he rogado por ti, con todo, caerás; pero después de convertido, afianza a tus hermanos". Hasta aquí Teófilo. Verdaderamente, todo esto se da en nuestro caso. Y tal vez por ello los cánones no nos obligan a aceptar por papa a cualquiera que sea elegido en un principio y publicado por los cardenales. Nos obligan a creer que es papa aquel que fué elegido canónicamente por el colegio cardenalicio. Y ahora podemos enjuiciar nuestro caso de modo certísimo, teniendo en cuenta la perseverancia de los mismos cardenales.
     Quinta objeción.—Así como hubo error en la primera elección, del mismo modo pudo haberlo en la segunda y en cualquier otra. Parece que una razón no mueve más que la otra y, por consiguiente, siempre estaríamos dudando del papa verdadero, lo cual sería un peligro muy grande para la cristiandad. Es más, habría que creer siempre bajo condición y de modo indeterminado en el papa auténtico, y esto es contra lo que se dijo en la primera parte.
     Digo que en los cardenales hay que considerar dos formalidades: primera, que son hombres y, por tanto, mortales, frágiles, pecadores; segunda, que son cardenales y columnas del mundo, sobre cuya palabra estableció Cristo su Iglesia, especialmente en lo referente a la elección de su vicario, que a ellos incumbe. Y considerados de este modo son perpetuos, estables e infalibles, por providencia de Cristo. A ellos puede aplicarse aquello del Eclesiástico: Columnas de oro sobre basas de plata son las piernas sobre firmes talones en la mujer bella; cimientos sólidos sobre roca firme (Ecdi. XX, 23-24). Por columnas doradas se entienden las sentencias eclesiásticas, doradas por la sabiduría; por basas de plata son significados los cardenales, sobre cuya autoridad se fundamenta la verdad de las sentencias de la Iglesia; por los pies firmes se dan a entender los innumerables afectos de los cristianos, y por los talones de la mujer son figurados los cardenales de la Iglesia romana, sobre cuya determinación deben solidificarse inconmoviblemente nuestros afectos, pues son cimientos eternos sobre roca firme, esto es, sobre Cristo.
     Si en toda elección papal los cardenales son hombres y son quicios o columnas de la Iglesia de Dios, es manifiesto que pueden errar por debilidad o conjetura humana; pero tal error no puede ser pertinaz e incorregible o perseverante, como se acaba de decir. Sería error demasiado incorregible si un elegido por papa por los cardenales, al cual se adhirieran libre y perseverantemente como es el caso de Clementeno fuera papa legítimo. Por tanto, hay que creer firmemente, sin dudas y sin condiciones, que aquel que ha sido elegido por dos partes del colegio cardenalicio y cuya elección defienden libre y perseverantemente los cardenales —cual es nuestro Clemente—, este es, sin lugar a duda, el verdadero papa. Por esta creencia ningún peligro se cierne sobre los cristianos, pues quienes creen de este modo, hacen lo que pueden y deben.
     Sexta objeción.—Si dicho propósito fuera verdadero, seguiríase que los cardenales podrían a su antojo deponer al verdadero papa y crear uno falso, lo cual es manifiestamente erróneo.
     Digo que, aunque en todo el pueblo cristiano ha de ser tenido por papa verdadero aquel que el colegio cardenalicio asegura ser papa, y recusado por todos el que por ellos es recusado, sin embargo, no se sigue de aquí que los cardenales puedan indiferentemente negar el verdadero y aprobar el falso, ya que están regidos por el Espíritu Santo, en particular en todo lo referente al estado de la Iglesia universal.
     Séptima objeción.—Muchos hablan con temeridad, con sus lenguas mordaces, contra los cardenales, y ponen el grito en el cielo y aseguran que, tratando Dios de extirpar de su Iglesia a los que la regían defectuosamente, permitió un tumulto en la elección de Bartolomé, no para que invalidara la elección, sino para que fuera ocasión de que los cardenales se separaran de la Iglesia. Por tanto, no hay que creerles de ningún modo, cuando hablan contra Bartolomé.
     Digo que esta razón no tiene otro fundamento que una malvada presunción de corazón para juzgar tan temerariamente a los señores y rectores del mundo, y para infamar su vida y sus dichos.
     Sin embargo, aun cuando en su vida fueran los peores hombres del mundo, habría que aceptar su sentencia y determinación, de modo particular en los asuntos de fe, frente a cuanto puedan decir en contra los mejores y más ancianos varones del mundo. Pues Cristo dijo a sus discípulos: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Haced, pues, y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en las obras (Mt. XXIII, 2, 3). Sobre este texto dice San Crisóstomo en una homilía: "Para que nadie diga que ha sido más perezoso en sus actos porque fue malo el maestro, quita la ocasión, diciendo: Haced y guardad cuanto os digan: no predican su doctrina, sino la de Dios".
     Octava objeción.—Objetan algunos que dichos cardenales fueron depuestos y privados del oficio cardenalicio por Bartolomé y, en consecuencia, no constituyen colegio apostólico, sino apostático, y por eso no hay que darles crédito.
     Digo que esta razón no tiene eficacia. Porque presupone como verdadero y definido aquello sobre lo que versa esta cuestión principal, esto es, que Bartolomé sea verdadero papa y tenga poder para deponer a los cardenales. Y también porque se funda en algo incierto, como se demostró en el capítulo precedente, razón quinta. Por último, para quitar todo escrúpulo, los cardenales se separaron de él y lo condenaron, eligiendo a Clemente y notificándolo al mundo, antes que Bartolomé atentara tal demencia.
     Novena objeción.—Dicen que al no querer Bartolomé aceptar la elección que se le ofrecía, los cardenales juraron haberle elegido libre y canónicamente y, por consiguiente, los que ahora dicen lo contrario son infames y no merecen crédito. Además, que si eligieron, contra el dictamen de sus conciencias, a un indigno, fueron privados automáticamente por el derecho de la potestad electiva y, por tanto, no pudieron celebrar otra elección. Es más, adhiriéndose a Bartolomé, según ellos antipapa, fueron cismáticos de derecho, y de este modo se sigue lo anterior.
     Hay que decir que tal juramento es falso y ficticio, porque Bartolomé al instante aceptó con gran deseo y ambición la elección nulísima y por ello no fue necesario interponer el juramento de los cardenales. Pero aunque fuera verdadero, con todo, los cardenales serían excusados de la infamia por la coacción y el miedo de muerte, del mismo modo que tal miedo y coacción les librarían de las demás penas señaladas.
     Además, generalmente se imponen muchas penas a los hombres por distintos delitos, los cuales no tienen lugar, según el derecho, cuando se trata de los cardenales, que gozan de prerrogativa de honor.
     Décima objeción.—Todos los niños y la gente del pueblo y muchas personas devotas, regulares y seculares, muchos príncipes y doctores, están de parte de Bartolomé, sin dar crédito a los cardenales que hablan en contra.
     Hay que decir que estas creencias son lazos del diablo para engañar a las almas incautas. En la Iglesia primitiva nadie era excusado de la fe en Cristo, aunque la multitud de los doctores de la ley y partidarios de opiniones contrarias se opusieran a la predicación de los apóstoles. Se lee en San Mateo: Si no os reciben o no escuchan vuestras palabras, saliendo de aquella casa o ciudad sacudid el polvo de vuestros pies (X, 14, 15). En verdad os digo que más tolerable suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio que aquella ciudad (Mt X, 15). Del mismo modo, nadie es excusado ahora de la firme y determinada creencia y obediencia al señor Clemente, por más que se predique en contra de la notificación que sobre el caso han hecho los cardenales. 

CAPITULO V 
En el que se declara que no hay que juzgar del papado 

    Sobre la quinta cuestión afirmo que de ningún modo hay que juzgar del papado según los profetas modernos, ni tampoco según los milagros aparentes, ni por las visiones. Esto se evidencia por tres razones:
     Primera. Porque estas tres cosas son muy ajenas para juzgar del caso. Desde el principio, el pueblo cristiano fué establecido y organizado según la Providencia divina, que dio ciertas y determinadas leyes, que han de observarse siempre indefectiblemente en la Iglesia militante, y contra las cuales no se puede admitir ninguna profecía, milagro o visión. Pues si los ángeles de Dios hablaran contra la determinación de la Iglesia romana, no habría que creerlos, según dice San Pablo: Si un ángel de Dios os anunciara un evangelio distinto del que hemos predicado, sea anatema (Gal. I, 8). Sobre lo cual dice la Glosa: "Tan cierto está de la verdad de su evangelio, que si un ángel predicara otro evangelio, no lo creería, sino que lo anatematizaría". Es más, si el mismo Cristo se apareciera a alguien diciéndole que creyera u obrara contra los estatutos generales de la Iglesia romana, que han de ser indefectiblemente observados, según su Providencia, habría que creer con seguridad que el aparecido no era Cristo. Por eso se dice en los Proverbios: Escucha, hijo mío, las amonestaciones de tu padre, y no desdeñes las enseñanzas de tu madre, porque serán corona de gloria en tu cabeza y collar en tu cuello (Prov, I, 8, 9). Sobre lo cual dice la Glosa interlineal: "Debemos amar a Dios y obedecerle, guardando la unidad de la Iglesia con caridad fraterna". Por tanto, habiendo determinado la Iglesia romana, es decir, el colegio cardenalicio, que Clemente es el verdadero papa, es evidente que no se ha de creer en ningún milagro o visión en contra.
     Segunda. Porque estas tres cosas son muy falibles e inciertas, ya que no siempre vienen de Dios, sino que muchas veces las hacen los demonios. Sobre las profecías, está claro en Jeremías: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan y os engañan. Lo que os dicen son visiones suyas, no procede de la boca de Dios (Ier. XXIII, 16). Sobre los falsos milagros, está claro en el Génesis (VII, 8), en donde se dice, hablando de los magos del Faraón, que hicieron muchos milagros contra el siervo de Dios, Moisés. Y sobre las falsas visiones, narra Casiano en las Colaciones de los Padres que muchos y grandes varones que se fiaron de las visiones, fueron torpemente decepcionados. Por lo cual dice el apóstol: "Satanás se transforma en ángel de luz", para engañar a los hombres, según la Glosa. Debiendo, pues, creer firmemente que es verdadero papa aquel que está defendido y afianzado por la perseverancia del colegio cardenalicio, es claro que no debe darse crédito a la infalibilidad o certeza de la profecía contraria, ni al milagro ni a la visión.
     Tercera. Y porque estas tres cosas deben sernos muy sospechosas, ya que en tiempo del anticristo abundarán en el mundo para engañar a los hombres. Se lee en San Mateo: Surgirán muchos falsos cristos y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aun a los mismos elegidos" (Mt XXIV, 25). Y otro tanto en San Pablo: En los últimos tiempos apostatarán algunos de la fe, dando oídos al espíritu del error y a las enseñanzas de los demonios, que hipócritamente hablan la mentira (1 Tim. IV, 1-2)
        Por cuanto nosotros estamos más cerca del tiempo del anticristo, tanto más hemos de tomar como sospechosas todas las nuevas profecías, milagros aparentes y visiones. Y, por ende, no hemos de tomar de aquí argumento en lo que toca a la fe o a la Iglesia. Con todo, algunos, demasiado fáciles en creer y pronunciarse por estas nuevas profecías, que a veces se cumplen, se atreven a contradecir la determinación del colegio cardenalicio, en el que se funda la Iglesia romana. Hay que advertir que, permitiéndolo Dios, los demonios anuncian a los hombres, mediante sus profetas, verdades futuras, a fin de engañarles con más facilidad (Cf. 2-2, q. 172, a. G. Colación del abad Moimu). Y así, después de anunciar las verdades, entremezclan lo falso y logran adeptos. A este propósito se lee en las Colaciones de los Padres que el demonio, disfrazado de ángel bueno, se le apareció a cierto individuo y le reveló muchas verdades. Y cuando le vio bien dispuesto a creerle en todo, le persuadió que se circuncidara, ya que de no hacerlo no podría salvarse Por tanto, por más que algunas profecías anuncien muchas verdades futuras, si dicen algo en contra de Dios o de la Iglesia romana, deben recusarse como falsas y demoniacas. Se dice en el Deuteronomio: Si se alzare en medio de ti un profeta o un soñador que te anuncia una señal o prodigio, y se cumpliere la señal o el prodigio de que te habló, y te dijere: Vamos tras los dioses extranjeros —dioses que tú desconoces—, no escuches las palabras de este profeta o soñador (Deut XIII, 1-3).
     También se dice que algunos enfermos o que se encontraban en peligro, invocaron a Dios, pidiendo su auxilio, condicionándolo a la legitimidad papal de Bartolomé, y que inmediatamente han encontrado el remedio. Por eso defienden la causa de Bartolomé, refrendada por milagros.
     A pesar de ello, hay que notar que, aun siendo verdad lo que dicen, se trata de tentaciones e ilusiones del diablo, como se lee en las actas de San Bartolomé, que relatan la presencia de un demonio en el templo de Astaroth, el cual se burlaba de tal modo de los que adoraban al verdadero Dios, que les causaba dolores y enfermedades, dañes y peligros. E invitándolos a que le ofrecieran sacrificio, cesaba en sus tormentos, y así creían que les curaba.
     Otros dicen que manteniendo y defendiendo a Bartolomé han sido recreados en sus oraciones con gran dulzura de espíritu y devoción de corazón, y creen por ello que el Espíritu Santo inclina su corazón y su mente hacia Bartolomé para que lo crean verdadero papa.
     Hay que señalar que esta dulzura o fervor de corazón no siempre proviene del Espíritu Santo, sino que, con frecuencia, nace del afecto y complacencia hacia la cosa pensada, como sucede a veces a 1os buenos profetas. Y así, San Gregorio dice en la homilía primera, comentando a Ezequiel: "A veces los profetas santos, cuando son consultados, hablan llevados de su espíritu, debido al hábito de profetizar, aunque creen que lo hacen llevados del espíritu profético. Pero como son santos porque el Espíritu Santo habita en ellos, corregidos inmediatamente por el Espíritu de Dios, escuchan lo verdadero y se reprenden a sí mismos por haber dicho cosas falsas". Por eso nos dice San Juan en su primera epístola: Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus, si son de Dios (IV, 1). La mejor prueba que puede darse en este caso es la conformidad con la determinación de la Iglesia, esto es, ha de aceptarse lo que concuerda con ella y ha de ser recusado como falsísimo lo que de ella disiente. Porque los estatutos y determinaciones de la Iglesia remana son regla infalible de nuestra vida, por lo cual, a los que piden profecías, milagros o visiones para determinarse a creer en el verdadero papa, hay que recordarles la respuesta al rico epulón, que estaba en el infierno y pedía a Abraham: Te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que , advierta, y no vengan también ellos a este lugar de tormentos  Y Abraham le respondió: Tienen a Moisés y a los profeta que los escuchen. Esto es: ya tienen las Escrituras sagrada y los estatutos del sumo pontífice y de los cardenales; que le escuchen. Sobre lo cual dice San Crisóstomo: "Todo lo que dicen las Escrituras lo dice el Señor; por tanto, si resucitar un muerto y si descendiera un ángel del cielo, más dignas de fe son las Escrituras sagradas, porque las compuso el Señor di los ángeles, de los vivos y de los muertos".

jueves, 24 de enero de 2013

TRATADO DEL CISMA MODERNO (3)

SEGUNDA PARTE 

     En la que se declara quién de los dos elegidos ha de ser aceptado y creído por verdadero papa en todo el pueblo cristiano.

      Después de haber tratado de la fe que todos han de profesar en el legítimo papa, mientras dura el cisma actual, réstanos ver ahora quién de los dos ha de ser aceptado y creído por papa verdadero en todo el pueblo cristiano. Sobre esto hay que averiguar cinco cosas:
     1) Si la elección que recayó en Bartolomé, arzobispo de Bari, es total y absolutamente nula, según el derecho. 2) Si hubo algo en dicha elección por lo que pueda creerse canónica y libre. 3) Si hay que creer infaliblemente cuanto afirman los cardenales sobre el papado. 4) Si a la autoridad o a las palabras de los cardenales puede oponerse algo serio. 5) Si hay que juzgar del papado según ciertas profecías recientes, milagros aparentes o visiones. 


CAPITULO I

     En el que se declara que la primera elección, recaída en Bartolomé, fué, por derecho, total y absolutamente nula.

      A la primera cuestión respondo con firmeza y sin temor que la elección papal de Bartolomé, arzobispo de Bari —si puede llamarse elección—, es, por el derecho, nula y carece de solidez y de firmeza.
     Para demostrar esto, dejando de lado las opiniones de los doctores que podrían servir a nuestro propósito, propongo tan sólo una sólida razón jurídica, en la que todos concuerdan, a saber: toda elección hecha por temor o miedo capaz de influir en un varón fuerte, y que no se haría de no existir dicho miedo, es, por derecho, total y absolutamente nula. Ahora bien, la elección papal del susodicho Bartolomé —si elección puede llamarse— fué hecha por temor o miedo capaz de influir en un varón fuerte, y sin este miedo nunca se hubiera hecho.
     Para explicar este argumento hay que tener en cuenta que, si bien los juristas admiten muchas clases de miedo que influye en el varón constante, admiten especialmente como tal el miedo a la muerte, cuando proviene de una causa próxima y dispuesta. Si este miedo a la muerte proviniera de una causa remota o dispuesta, se diria que no influye en el varon firme; seria un miedo vano, como dice el Salmo de algunos: Tiemblan de miedo donde no hay que temer (Ps. 52, 6). Y los Proverbios: Huye el malvado sin que nadie le persiga (Prov. XXVIII, 1).
     De no elegir un romano o italiano para el papado, los cardenales creaban una disposición muy próxima para temer la muerte, pues en aquellas circunstancias podía pensarse en cualquier cosa. Se dice proverbialmente que quien teme la muerte cavila muchas cosas.


     Primero. Consideraban los cardenales la presión de los romanos. Los rectores y oficiales de la Urbe, inmediatamente después de la muerte de Gregorio, convocaron muchos y diversos consejos, de los que sacaron como consecuencia firme que debían obligar a los cardenales a elegir un romano o un italiano para el papado. Y repetidas veces, acompañados de muchos ciudadanos romanos, les suplicaron que lo hicieran así, conminándoles que, de lo contrario, les provendrían graves peligros e irreparables escándalos. Para reforzar su posición aducían el deseo del pueblo romano, deliberada e inconmoviblemente obstinado en ello. Y así hicieron entrar en la ciudad una multitud de rústicos de su séquito, que son más inclinados al tumulto y a la sedición, más desconsiderados y desvergonzados para el mal. Reforzaron la custodia de la ciudad, poniendo centinelas en los portales para que los cardenales no pudieran escapar. Además, cuando los cardenales se disponían a entrar en conclave para la elección de sumo pontífice, casi todo el pueblo romano, armado y congregado en la plaza de San Pedro, gritaba amenazador: "¡Lo queremos romano; romano lo queremos! O, al menos, italiano". Muchos decían a los cardenales que iban al conclave: "Haced un papa romano o, al menos, italiano, pues de lo contrario seréis destrozados".
     Posteriormente, las campanas del Capítulo de San Pedro, instaladas cerca del palacio, comenzaron repentinamente a sonar, martilleadas, como era costumbre tocarlas en los graves y rápidos casos belicosos para congregar al pueblo. Los regentes de la ciudad, después que los cardenales ingresaron en el conclave para la elección, no quisieron sellar la puerta del mismo, a pesar de que los cardenales se lo habían pedido, ni hacer otras muchas cosas que, según el derecho, debían hacer y observar en la elección de sumo pontífice. Es más, sin miedo a la excomunión, entraron temeraria y tumultuosamente en el conclave, infundiendo un miedo terrible a los cardenales, diciendo: "Mirad, ya no podemos frenar el ímpetu y furor de este pueblo; si no elegís inmediatamente un papa romano o italiano, seréis todos despedazados". Todo lo que acabo de referir y muchas otras cosas graves y violentas que tuvieron lugar en aquella ocasión, son sabidas de todos los que estaban a la sazón en Roma, y los cardenales así lo declaran en sus juramentos.


     Segundo. A la vez que esta grave violencia de los romanos, ponderaban los cardenales la inveterada y habitual malicia de este pueblo. Todo el mundo sabe por experiencia muy vieja que los romanos fueron siempre habituados al mal, fáciles en irritarse, prontos para la sedición y audaces para herir y matar...
     ... ¡Cuántos sumos pontífices y santos cardenales; cuántos santos mártires, hombres y mujeres, niños y ancianos; cuántos buenos reyes, príncipes, emperadores... fueron indecorosamente tratados, golpeados sin reverencia y cruelmente muertos por la malicia y soberbia de los romanos! Nadie que haya leído las Crónicas de los padres y las historias ignora esto. Por lo mismo, San Bernardo escribía a Eugenio, en el libro IV: "¿Qué cosa más notoria para los siglos que el orgullo y arrogancia de los romanos, gente desacostumbrada a la paz, habituada al tumulto, cruel e intratable, que desconoce hasta el presente la sujeción, a no ser cuando no puede resistir?" (De consideratione, I, 4). La malicia de los romanos solía ensañarse de modo especial con las personas eclesiásticas, y muy en particular con los franceses, de cuya nacionalidad eran casi todos los cardenales. 


     Tercero. Juntamente con esta terrible impresión por parte de los romanos y su inveterada malicia y crueldad, no menos que su temeraria audacia cuando entraban en furor, los cardenales consideraban su innata y en cierto modo connatural inclinación al mal. Pues, por naturaleza, son propensos a la sedición, a la traición y a todo mal. De aquí que San Bernardo diga de ellos: "Ante todo, son sabios para hacer el mal, y no saben hacer el bien. Odiosos al cielo y a la tierra, levantaron sus manos contra ambos. Impíos para con Dios, temerarios con lo santo, sediciosos entre sí, rivales con sus vecinos, inhumanos con los extranjeros, por nadie amados, ya que a nadie aman; hay que temerlos, pues procuran por todos los medios ser de todos temidos. Ni sufren la sujeción, ni saben mandar. Infieles a los superiores, insoportables a los inferiores. No tienen vergüenza para pedir y son arrogantes para negar. Impertinentes para que se les dé, inquietos hasta que reciben, ingratos cuando han recibido. Crearon su lengua para narrar grandes gestas, siendo así que nada hacen. Prometen con esplendidez, pero dan con tacañería. Dulcísimos aduladores, pero mordaces infamadores; disimulan con candidez, pero traicionan con refinada malicia". Hasta aquí San Bernardo.
     ¿Quién tiene tanta constancia y firmeza, que en tan terrible impresión y agitación, venida de una gente habituadisima al mal y muy inclinada a la violencia, no teme el grave peligro de muerte? Verdaderamente, es más claro que la luz, para cualquier persona de sano entendimiento, que los cardenales, ponderando estas tres cosas entonces inminentes, tenían justo e inmediato motivo para temer la muerte si no elegían papa a un romano o, al menos, a un italiano, según pedía la obstinación de los pérfidos romanos. Y, llevados precisamente de este miedo tan terrible, los cardenales, que por ciertas razones se habían propuesto elegir papa a un ultramontano y no a un romano o italiano, súbitamente, sin discusión previa sobre la persona y sus méritos, con gran displicencia de corazón y casi sin pensarlo, llevados del miedo terrible a la muerte, eligieron papa a Bartolomé, italiano, arzobispo de Bari, el cual era algo conocido en la curia. Todo ello con protestas y contradiciones de muchos cardenales. Esto lo afirman en sus juramentos los cardenales, quienes, sin duda alguna, expresan mejor que nadie, exceptuando a Dios, el propósito de su corazón, su turbación y estado de ánimo y sus causas; luego se ve claramente que la primera elección papal —si tal puede llamarse— fué hecha sólo por miedo capaz de influir en un varón firme. Y, por consiguiente, fué, por derecho, total y absolutamente nula.


CAPITULO II

    En el que se declara que nada hubo en la elección de Bartolomé por lo que pudiera creerse canónica o libre.

     A la segunda cuestión, respondo que nada hicieron, dijeron ni pensaron los cardenales en esta elección, ni antes ni después, por donde pueda juzgarse verdaderamente canónica, libre o segura. Aunque los adversarios de la verdad objeten muchas cosas contra esta proposición, a todo puede responderse con facilidad.

   Primera objeción.—Dicen algunos que antes de la referida impresión que causaron los romanos, dos o tres cardenales anunciaron que iban a elegir papa al dicho Bartolomé. Es más: se dice que, antes de tal impresión, el cardenal Glandecense dijo a Bartolomé: "Aunque ahora sois inferior a mí, pronto seréis mi señor y maestro". Por lo cual parece que los cardenales habían pensado en él para papa y, por tanto, no fueron inducidos por el miedo.
     Esto es una ficción y mentira patente, como puede ver cualquiera que tenga discreción. Porque antes de ser promulgada la elección papal nada hay tan secreto en el mundo para todos los que no son del Colegio Cardenalicio como el propósito de los cardenales sobre el candidato papal. Ciertamente, esto es necesario para evitar muchos males. Y contra esta costumbre se levantan los adversarios de la verdad. Ahora bien, aunque fuese verdad todo lo que dicen, de nada les aprovecharía, ya que dos o tres cardenales no forman colegio, porque los electores eran dieciséis. Y aunque todos, o casi todos los cardenales hubieran dicho lo mismo, en nada prejuzgaría la verdad, pues pudieron decirlo por cautela, esto es, para esquivar la presión de los romanos, los cuales, inmediatamente después de la muerte de Gregorio, comenzaron a moverse para que la elección recayera en un romano o en un italiano, como era el dicho Bartolomé. Aun cuando tales palabras fueran exponente del pensamiento de los cardenales y hubieran sido pronunciadas antes del miedo, todavía sería posible que, por razones oportunas, cambiaran su propósito de elegir al dicho Bartolomé o a algún romano o italiano. Más tarde, cuando medió la terrible impresión, por miedo a la muerte, eligieron a Bartolomé.


     Segunda objeción.—Dicen algunos que ya que los regentes y oficiales de la ciudad juraron y obsequiaron a los cardenales prometiendo custodiarlos de toda violencia e impresión, debían haber confiado en este juramento y palabra de honor, y no temer. Luego su temor fué vano, y no un temor capaz de influir en los fuertes.
     Se responde a esto que los cardenales tenían razón suficiente para no confiar en tal juramento y promesa, por tres causa:
     Primera. Porque inmediatamente comenzaron a quebrantar tal juramento y promesa en muchas cosas, según se desprende de los procesos jurados de los cardenales.
     Segunda. Porque, habiendo aumentado la terrible violencia de los romanos, los mismos rectores de la ciudad anunciaron a los cardenales que no podían frenar el ímpetu del pueblo, según se ha dicho. De este modo intentaban excusarse por impotencia del juramento y promesa.
     Tercera. Porque los rectores de la ciudad estaban absolutamente decididos, más que los otros, a coaccionar a los cardenales para que eligieran un romano o italiano, como se vió más arriba. Y así es evidente que su juramento era más bien cauteloso y engañoso que seguro, como es costumbre entre ellos. San Bernardo enjuiciaba a este pueblo del modo siguiente: "¿A quién me darás, de entre la gran ciudad que te recibió, sin salario o sin esperanza de estipendio? Especialmente cuando quieren dominar, se profesan esclavos; prometen solemnemente fidelidad, para dañar más cómodamente a los confiados. Por lo mismo, no tendrás ninguna asamblea de la que quieran estar ausentes, ni secreto en el que no se entrometan. Si estando cualquiera de ellos en la calle se retrasa un poco el portero, no quisiera yo estar en su lugar".


     Tercera objeción,—Objetan algunos que los cardenales no debían haber temido a los que movían la sedición o tumulto, porque eran hombres de poca categoría y de ninguna autoridad. Eran rústicos, rebeldes, hasta el punto que asaltaron la despensa del palacio para beber el vino.
     Esta objeción dice más en favor que en contra nuestra. ¿Quién ignora que existen personas que, cuanto más bajas y viles, tanto más se precipitan contra los eclesiásticos, y que son temerarias y audaces para todo mal? Sobre todo cuando se percatan de que los mayores se lo consienten y los provocan con audacia a la sedición. Por eso los cardenales rogaron repetidas veces a los regentes de la ciudad que echaran fuera a los rústicos audaces, introducidos en ella en gran número ante la elección papal; les suplicaron también que tomaran medidas para sosegar y contener al pueblo romano. Pero nada de esto quisieron hacer.


     Cuarta objeción.—Alegan otros que la turbación e impresión causada por los romanos fué posterior a la elección de Bartolomé, por lo que parece evidente que los cardenales lo eligieron espontáneamente, y no por miedo a la muerte.
     Pero la verdad es que dicha turbación e impresión fueron causadas antes y después de dicha elección. Antes que se anunciara al pueblo la elección, la impresión fué más temeraria, pues estando aún en el conclave los cardenales, sin atreverse a publicar la elección de Bartolomé —de cuya absoluta nulidad estaban convencidos—, viendo los romanos que tardaban demasiado en satisfacer su deseo de tener un papa romano o italiano, encendidos en deseo de sedición por instigación de algunos oficiales, clamaron repentinamente a grandes voces y con extremo furor: "¡Mueran, mueran todos! Por el cuerpo de Cristo, que no saldrá ninguno de los franceses". Y precipitándose sobre el conclave, con hachas y picos que tenían preparados, comenzaron a romper los portales y la clausura del mismo y, por distintos lugares, entraron en él con espadas desenvainadas y otras muchas armas, gritando: "¡Mueran, mueran! Por Dios crucificado, lo queremos romano". Entonces un cardenal, queriendo evitar el peligro propio y el de los demás, presentó al pueblo al cardenal de San Pedro, que era romano, como papa, no sin protestas del mismo. Y mientras los romanos le tributaban honores, los cardenales, cada cual como pudo, salieron del palacio y marcharon casi todos a pie, sin capas ni capelos. Al atardecer, algunos, con hábitos disimulados, se encerraron en el castillo de Santángelo. Otros salieron de Roma disfrazados durante la noche, y los demás se escondieron en sus casas.
     Todo esto es notorio a cuantos estaban entonces en Roma, y asi lo aseguran los cardenales en sus juramentos. Por todos estos hechos y otras graves violencias que los romanos perpetraron contra los cardenales y sus familiares, servidores y huéspedes, después de la referida elección, se deduce que antes de la misma podían temer la muerte con fundamento próximo y dispuesto, si no elegían un papa romano o italiano.
     Y aunque no hubiera precedido impresión alguna a la elección, sólo la imaginación y previsión del futuro e inminente peligro de muerte —que era muy justo en los cardenales, que estaban rodeados de enemigos temerarios y audaces, obstinados en sus propósitos— era causa muy suficiente y próxima para temer la muerte. Pues, según Santo Tomás, el objeto del temor o miedo no es el mal presente, sino el futuro. Dice Aristóteles que los reos, en el momento de ser decapitados, no tienen miedo, porque tienen el mal presente. Tienen tristeza y sufrimiento. Por lo mismo, dice el Filósofo que el miedo proviene de la fantasía o captación de un mal corruptivo o aflictivo futuro. De suerte que el miedo es: una turbación de la mente ante la inminencia de un mal futuro.


     Quinta objeción.—Los romanos no pedían en concreto a Bartolomé, Es más: era casi desconocido entre ellos. Luego parece que no lo eligieron para complacer a los romanos, sino espontáneamente, sobre todo teniendo en cuenta que presentaron en su lugar al cardenal de San Pedro, romano.
     A esto hay que decir, según se deduce de lo expuesto, que los romanos pedían primera y principalmente un romano, pero indirecta y secundariamente querían un italiano, sin nombrar a nadie en particular. Por tanto, eligiendo un romano o un italiano satisfacían el deseo del pueblo. Y así, aunque Bartolomé no fuera pedido nominalmente, siendo italiano estaba incluido en la petición general.
     Con todo, como hemos dicho, primera y principalmente pedían un romano. Por lo mismo, en la sedición terrible que sucedió a la elección, presentaron al pueblo al cardenal de San Pedro, romano —como dice la objeción segunda—, a fin de que los romanos creyeran satisfecho su principal deseo, y de este modo los cardenales pudieran esquivar más fácilmente su perversa crueldad. Los cardenales, sabiendo muy bien que Bartolomé no era papa —porque su elección fué defectuosa— y que tampoco lo era el cardenal de San Pedro, la presentación de cualquiera de ellos sería simulatoria. Y así, con mucho acierto, eligieron para esta simulación al romano, al cardenal de San Pedro.


     Sexta objeción.—Los cardenales declaran que eligieron papa a Bartolomé porque les era más conocido y porque era más experimentado en la práctica y costumbres curiales. Luego parece que lo eligieron libremente, en atención a sus méritos, a su inteligencia y experiencia.
     Hay que responder que los cardenales sabían muy bien que ningún romano o italiano elegido en tales condiciones de miedo terrible a la muerte, sería verdadero papa. Mas, por el mismo miedo, nombraron a Bartolomé, creyéndolo inteligente, piadoso y bastante experimentado en asuntos curiales, a fin de que, conociendo él mismo por su ciencia y experiencia la nulidad de la elección, no la aceptara, posesionado del temor de Dios; o la aceptara, o simulara aceptarla, durante un tiempo solamente, y de este modo podría librar a los cardenales. Sin embargo, olvidándose de su salvación, arrojada lejos toda su ciencia, poseído repentinamente del ardor de ambición, aceptó temerariamente la elección nula que se le brindó, y en ella se aferra obstinadamente hasta hoy.

     Séptima objeción.—Se dice en el proceso de los cardenales que algunos declararon en la elección que daban el sufragio a Bartolomé con ánimo de que fuera verdadero papa, Por lo que parece que no lo eligieron simulada y ficticiamente, sino de verdad y de corazón.
     Pero los que esto dicen no constituyen las dos partes de electores, que en total eran dieciséis, y, por tanto, dichas palabras no prejuzgan en nada la verdad. Es más: aunque todos los cardenales hubiesen hablado de modo parecido, está claro que, siendo absolutamente nula la elección —por el miedo terrible que se les causó—, las frases proferidas en estas circunstancias no podían revalidarla. Lo cual era sabido muy bien por todos los cardenales. Por tanto, todo lo que dijeron e hicieron fué simulación, con el fin de evitar el grave e inminente peligro de muerte. Quienes así hablaron esperaban tal vez que sus palabras, proferidas en un estado de miedo mortal, llegaran a oídos de los romanos, y así, cuando llegara el momento de publicar la elección, contento y apaciguado el pueblo, les perdonara más fácilmente la vida. Sin embargo, si bien se piensa, como tales palabras eran superfluas y desacostumbradas en la forma electiva, demuestran que tal elección fué violenta y sospechosa, y de ningún modo válida o segura.


     Octava objeción.—Como se deduce del proceso de los cardenales, después de la primera elección recaída en Bartolomé, se hizo otra, cuando estaba ya frenado el ímpetu y el furor del pueblo. Por lo cual, al menos en virtud de la segunda elección, sería papa el dicho Bartolomé, ya que en la segunda no hubo violencia.
     A esto hay que decir que, viendo los cardenalés que la primera elección, recaída en el italiano, era absolutamente nula, alguno de ellos propuso una nueva reunión, que se haría lo más pronto posible y en un lugar defendido y seguro, y en la que por las buenas y según las vías normales, se elegiría al mismo, evitando que naciera un cisma en la Iglesia. Tal vez por esta razón se expresaron del modo apuntado en la objeción precedente, diciendo que lo elegían con ánimo y propósito de que fuera verdadero papa, pero no hablaron de que lo fuera en virtud de aquella simulada y coaccionada elección, que sabían era nula. Querían decir que si era posible, en virtud de una nueva elección pudiera quedar en el papado, si Dios y el derecho lo permitían, y con ello evitar el cisma o el error. Por ello, cuando a la hora de comer cesó el tumulto habido antes de la primera elección, un cardenal italiano dijo a los demás: "Ahora que ha cesado el tumulto, reelijámoslo". A lo cual respondió un cardenal ultramontano: "Hay ahora más violencia que antes, y cuanto hagamos mientras permanezcamos entre los romanos, no tendrá valor". Pero presionando algunos, a los que los demás no osaban contradecir, sin plena deliberación y coaccionados por el miedo, sin convocar a tres cardenales, al de Aragón con otros dos —que nada supieron, a pesar de estar en palacio—, sin guardar la forma jurídica, tristes y desolados y sin pensar, nombraron de nuevo papa al dicho Bartolomé. Juzgue quien quiera de la nulidad de esta elección.


     Novena objeción.—Después de dicha elección, todos los cardenales, tanto los que estaban en el castillo de Santángelo como los de Roma y los de fuera, se unieron a Bartolomé, y durante casi cuatro meses le obedecieron como a papa verdadero, entronizándolo, coronándolo, pidiéndole beneficios y aceptando sus ofrecimientos, bendiciones, absoluciones, indulgencia... y comunicaron a sus príncipes y familiares por el mundo entero que la elección fué hecha según el Espíritu Santo, y cumplieron, en general, todas las obligaciones que se tienen con el papa legítimo. Es más: según dicen, habiendo salido de Roma algunos de los cardenales, escribieron a Bartolomé, con honores papales, desde Anagni, en donde hicieron algunas cosas en su nombre. Luego lo creyeron verdadero papa, o debieron sufrir la muerte corporal antes que prestarse a simulaciones tan vituperables,
     A esto se responde que todas estas cosas no le hicieron verdadero papa. Pues si a mí, o a cualquier otro, hicieran los cardenales tales deferencias, con todas las reverencias y solemnidades y otras circunstancias, ni el otro ni yo seríamos por ello papas, ya que sólo la elección canónica es la que hace papa legítimo. Y mucho menos lo era el dicho Bartolomé, el cual, por aceptar temerariamente una elección que sabía claramente era coaccionada y absolutamente nula por el derecho, fué privado en justicia de todo grado o beneficio que antes poseyera, quedando totalmente inhábil para el papado, según aquel capítulo del decreto: "En el nombre del Señor" (J. Gratianus, Decretum, I, dist. 23, c. 1), y por otros muchos cánones.


     A cualquiera se le ocurre la razón por la que los cardenales hicieron todo esto. Porque habiendo corrido antes de la elección tan grave peligro de muerte, si no se determinaban por un romano o italiano, como queda dicho, nadie puede dudar que después de la elección de un italiano corrían todavía mayor peligro si llegaba a saberse que se retractaban. Y por eso no se atrevieron a comunicar, ni en secreto siquiera, la verdad del hecho a los príncipes y familiares, ni por escrito, ni por legación verbal. Tampoco osaban hablar entre sí de este asunto, mientras no salieran de Roma. Por esta razón, durante casi cuatro meses, es decir, mientras estuvieron inseguros (ya en Roma, o en el castillo de Santángelo, que está a las puertas de Roma y no estaba aprovisionado de comida ni de armas, ya en la ciudad de Anagni, antes de contratar soldados de armas, ya entre los romanos), era necesario que cumplieran con Bartolomé todo lo que era costumbre observar con el papa verdadero, máxime obligándolos a ello él mismo con ambición censurable y con ruegos importunos, con muchos nombramientos, con el afán de que los cardenales aprobaran de nuevo, de palabra o de obra, su nulísima elección. Pero cuando se rodearon de comitiva armada y se creyeron seguros y gozando de plena libertad, lo antes posible, previa deliberación, publicaron toda la verdad del hecho, declarando que Bartolomé ni fué ni era verdadero papa, sino apostático e intruso, por coacción de todos conocida.
     No quiero poner el grito en el cielo, juzgando a mis señores y jueces, discutiendo si debían haber preferido la muerte corporal antes que someterse a tales ficciones, llevados de miedo mortal. Con todo, hay que notar unas palabras de San Jerónimo acerca de la utilidad de la simulación temporal, de la que Jehú, rey de Israel, nos da ejemplo. Pues no pudiendo matar a los sacerdotes de Baal, sin que fingiera adorar al ídolo, dijo: Traedme a todos los sacerdotes de Baal. Ajab le sirvió en lo poco, pero yo le serviré más (IV Reg. X, 18-19). Y David, habiendo cambiado su rostro Ajimelech, lo dejó y marchó. No es de extrañar que los justos simulen durante cierto tiempo para la salvación propia y ajena, cuando el mismo Señor nuestro, que no tuvo pecado ni carne de pecado, tomó la simulación de carne pecadora, a fin de que, condenado en su carne el pecado, hiciera con nosotros justicia divina.


     Décima objeción.—Dicen que los dos cardenales italianos, que murieron después de la elección, el cardenal de San Pedro y el de los Ursinos, testificaron con juramento en el lecho de muerte que Bartolomé fué elegido canónicamente y era verdadero papa, como lo fué San Pedro.
     A esto hay que decir que, aunque fuera verdad que lo dijeron, el juramento de dos no puede desvirtuar la verdad tan conocida, ni siquiera los juramentos contrarios de todo el colegio apostólico. Sin embargo, todo lo objetado es ficticio y engañoso. Como el dicho Bartolomé no tiene fundamento firme en el papado, es natural que sus defensores, para su defensa colorada, inventen, muchas mentiras, de palabra y de obra, aduciendo testimonios de algunas personas que tenían buena reputación en el pueblo, pero que ahora han degenerado en sus errores traidores, enseñando cartas falsas a modo de públicos instrumentos. Y por esas mentiras coloradas intentan defender y enraizar en el corazón de los simples e indoctos al dicho Bartolomé,
     Pero cualquiera que tema a Dios en un asunto de fe tan grave, debe temblar, no sea que cualquier ficción le desvíe del camino de la verdad. Dice el apóstol: Que nadie os engañe con palabras mentirosas, pues por esto viene la cólera de Dios sobre los hijos de la rebeldía. No tengáis parte con ellos (Eph. V, 6).


CAPITULO III 
     En el que se declara el deber de creer infaliblemente cuanto los cardenales afirman sobre el papado 

     Respecto a la tercera cuestión, digo decididamente que, aun cuando no constara en ninguna parte la coacción o miedo que tuvo lugar en la elección de Bartolomé, había que creer llana e infaliblemente al colegio cardenalicio en las cosas que firmemente publica sobre el papado, a saber: que el primer elegido, Bartolomé, ni es ni fué nunca verdadero papa, sino un intruso en el papado por el miedo y la violencia de los romanos. Y que el segundo electo, Clemente VII, es sumo pontífice y verdadero papa, vicario universal de Jesucristo en este mundo.
     Esto consta claramente por las doce razones siguientes:
     Primera. Según determinación de la Iglesia universal, expresada por el derecho, la elección de sumo pontífice pertenece íntegra y exclusivamente al colegio cardenalicio, y sólo de él debe esperar el mundo la elección papal, creyendo simplemente y sin dudar su declaración. Ahora bien, es cierto que, por nuestros pecados, se eligió sucesivamente a dos, y ambos fueron anunciados al mundo como verdaderos papas. Si es de fe —como se demostró en el primer capítulo de la primera parte— que no pueden ser dos simultáneamente los papas, sino que es necesario que, al menos, uno de ellos sea falsa y fingidamente elegido y publicado, no hay duda que hemos de asegurarnos a través de los mismos electores y anunciadores sobre cuál de los dos fué falsa y simuladamente elegido y anunciado, y quién lo fué en verdad y de corazón.
     Segunda. Es evidente que cuando se da crédito a alguien en un asunto principal, hay que dárselo también en lo menos importante, esto es, en las circunstancias y accidentes del mismo. Así dice el derecho: "A quien se le permite lo más, se le permite lo menos". Es cierto que hemos de dar crédito a los cardenales en lo principal, o sea en la elección papal. Luego mucho más en las cualidades y en el modo de la misma. A saber: si eligieron por miedo a la muerte, y si hubieran elegido de no haber intervenido el miedo; si el miedo, que no les dejaba, fué motivo de que hicieran todo lo que hicieron respecto de Bartolomé.
     Tercera. En cualquier acto o asunto en que pueda mezclarse el defecto o el error hay que admitir y aceptar la corrección y enmienda del mismo. Leemos en el Libro II de los Reyes que Natán se presentó a David, que dudaba edificar el templo al Señor, y le dijo: Ve y haz cuanto tienes en el corazón, pues el Señor está contigo (II Reg. VII, 3). Y cuando más tarde el profeta se retractó de sus palabras, David recibió con gusto su corrección y enmienda. Comentando este caso, dice San Gregorio: "Y Natán, profeta, el cual dijo primeramente al rey: Ve y haz, más tarde, instruido por el Espíritu Santo, denunció que no podía realizarse la obra, contradiciendo con ello los deseos del rey y a sus mismas palabras, retractando como falso lo que había dicho llevado de su espíritu. Por lo cual la distancia que media entre los verdaderos y falsos profetas es ésta: que los verdaderos, si profetizan alguna vez llevados de su espíritu, corrigen radicalmente en las mentes de los auditorios cuanto dijeron, cuando el Espíritu Santo les mueve a ello. Los falsos profetas anuncian cosas falsas y, sordos al Espíritu Santo, permanecen en la falsedad" (Super Ez. hom. 1). Hasta aquí San Gregorio. Y en el libro de Ester leemos que, habiendo mandado el rey Asuero cartas a todos los príncipes de su reino y a todas las provincias para que fueran muertos todos los judíos, sin embargo, enviando nuevas epístolas en contra de las primeras, fueron éstas corregidas por las últimas (Esth. 7 y 8). Luego si en la elección papal puede darse defecto o error, como se demostrará en el capítulo siguiente, es evidente que todos los cristianos hemos de admitir la corrección y enmienda de la misma hecha por los cardenales, que en esto tienen máximo poder.
     Cuarta. Ningún cristiano auténtico debe poner en duda que los cardenales tienen, en lo referente al estado de la Iglesia católica, la misma autoridad que tenían los apóstoles cuando vivían en este mundo. Decir lo contrario sería un error condenable. Por eso la Iglesia romana se llama apostólica, y el colegio de cardenales colegio apostólico, como se demostró en en capítulo III de la primera parte. Si, indudablemente, todos debían creer en las palabras de los apóstoles cuando predicaban con firmeza la doctrina de Cristo, aunque antes, durante la pasión, dijeran lo contrario, como le ocurrió a San Pedro, que negó a Cristo con juramentos y anatemas (Mc. XIV, 66 ss.) está claro que todos debemos creer sin dudar sencilla e inalterablemente lo que nos dicen ahora con firmeza los cardenales, aunque antes nos dijeran de palabra lo contrario.
     Quinta. En cualquier asunto de la Iglesia, y más cuando se pone en peligro la fe, cualquiera que sea discreto y prudente debe, en cuanto le sea posible, liberar su fe de dudas y afianzarse en lo cierto. Por eso dice San Agustín: "¿Quieres librarte del peligro? Abrázate a lo cierto y deja lo incierto". Ahora bien, para cualquiera es más cierta la cuestión de si Bartolomé fué debidamente elegido, que dudar de que los cardenales fueran canónicamente promovidos al cardenalato por el Papa Gregorio y otros papas anteriores; por tanto, es claro y cierto que cualquiera que sea discreto y prudente, temeroso del peligro para su alma en un asunto tan grave concerniente a la fe, debe apartarse de la duda e incertidumbre y afianzar su creencia en la certeza del colegio apostólico.
      Sexta. Los cardenales son como los quicios, pues por ellos debe regirse, aconsejarse y gobernarse el mundo, a la manera que la puerta por los quicios. Los quicios de la tierra son propiedad del Señor, y sobre ellos puso el orbe (I Reg. II, 8). De donde se sigue que la Iglesia militante, puerta para entrar en la triunfante, gira, se gobierna y se sostiene por los cardenales, como por sus propios quicios. Ahora bien, no es muy seguro creer o decir que la Iglesia de Cristo ha sido despojada de sus cardenales, porque no es creíble que, aun en tiempos del anticristo, cuando, según las Escrituras sagradas, habrá en la Iglesia gran tribulación y apostasía de la fe, sufra tan enorme cambio la Iglesia de Dios. Dice Isaías, hablando de la Iglesia militante: Tus ojos verán la tienda que no podrá trasladarse, cuyos clavos no serán arrancados jamás ni se romperá cuerda alguna, porque allí está en su gloria sólo nuestro Señor Dios Los clavos son, según la Glosa interlineal, los doctores, mediante los cuales la Iglesia de Dios permanece inconmovible. Y entre los doctores, tienen autoridad excelente los cardenales. Las cuerdas figuran los preceptos, por los cuales se dilata la Iglesia universal. Sobre el mismo texto dice la Glosa ordinaria: "Las tiendas de los judíos en el desierto se trasladaban de un lugar a otro, mas la Iglesia, inmóvil, está fundada sobre piedra firme". De este modo se ve que los romanos, y con ellos todos los "bartolomistas", hacen una Iglesia apostólica nueva.

      Séptima. Siempre que entre los prelados menores de la Iglesia surge la duda en algún negocio arduo y peligroso para el alma, hay que recurrir a los jefes mayores y más universales de la misma, y todos deben asentir firmemente a su parecer. Así manda el Señor en el Deuteronomio: Si una causa te resultase difícil de resolver entre sangre y sangre, entre contestación y contestación, entre herida y herida, objeto de litigio en tus puertas, te levantaras y subirás al lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido, y te irás a los sacerdotes hijos de Levi, al juez entonces en funciones, y le consultarás; él te dirá la sentencia que haya de darse conforme a derecho. Obrarás según la sentencia que te hayan dado en el lugar que el Señor ha elegido y pondrás cuidado en ajusjarte a lo que ellos te hayan enseñado. Obrarás conforme a la ley que ellos te enseñen y a la sentencia que te hayan dado, sin apartarte ni a la derecha ni a la izquierda de lo que te hayan dado a conocer. El que, dejándose llevar de la soberbia, no escuchare al sacerdote que está allí para servir al Señor, tu Dios, o no escuchare al juez, será condenado a muerte (Deut. XVII, 8-12). Y sobre el texto dice la Glosa ordinaria: "Cristo, sacerdote eterno según el orden de Melquisedech, eligió a sus vicarios y sustitutos, a los que dijo: Quien os escucha, a mí me escucha; quien os desprecia, a mí me desprecia". Con razón, pues, quien desprecia la potencia de la divinidad, sufre sentencia de condenación. Siendo así que en la duda presente, tan grave y peligrosa para la Iglesia, los prelados y jueces de las iglesias, particulares, esto es, los obispes, arzobispos, abades y otras autoridades eclesiásticas menores, están divididos en sentencias contrarias, es claro que hay que determinarse con seguridad por la sentencia de los cardenales, que son los prelados mayores de la Iglesia, especialmente en lo que toca a la elección de papa; y hay que aceptar el decreto del reverendísimo padre arzobispo de Arles, camarista y juez ordinario de la santa Iglesia romana, los cuales todos, sin dudar, afirman con autenticidad, de palabra y por escrito, que nuestro señor Clemente VII es verdadero papa, y que Bartolomé es apostático o intruso.
     Octava. Según Santo Tomás, en el objeto de la fe hay que considerar dos cosas: lo que materialmente se cree y la razón formal por la que se cree. Por tanto, todo lo que creemos por fe, debe ser creído mediante una razón formal y necesaria. Tan necesaria, que es imposible que pueda ser de otro modo, pues entonces el objeto de la fe podría ser falso. Por ejemplo: en el sacramento del altar creemos que en la hostia consagrada está verdaderamente Jesucristo, no porque el sacerdote la eleva, ni porque hace reverencia en el altar, ni siquiera por haber proferido las palabras de la consagración, porque nada de eso es la razón formal necesaria de la presencia de Cristo. La razón formal por la que creemos es porque creemos en el sacerdote que consagró debidamente la forma. Del mismo modo, la creencia de nuestro corazón no debe recaer en un individuo, creyéndolo papa por haber sido nombrado el primero, ni por haber sido entronizado y coronado, honrado y publicado al mundo como tal, pues nada de esto es la razón formal necesaria de que sea papa, como se aclaró en la objeción novena del capítulo anterior. La razón formal necesaria por la que hemos de creer que uno es verdadero papa es porque creemos que los cardenales lo eligieron debida y canónicamente. Y en este hecho toda nuestra credulidad depende de la afirmación de los mismos y, por consiguiente, en este asunto hay que estar de acuerdo con ellos.
     Novena. Siempre que la intención del que obra se requiere necesaria y esencialmente para el complemento de un acto, sin lugar a duda, hay que acatar el juicio y la sentencia del mismo actor que testifica sobre el complemento o defecto de su acto. ¿Qué hombre conoce lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que en él está? (I
Cor II, 11). San Agustín dice, exponiendo esta frase: "¿Qué hombre conoce la voluntad y los secretos, sino la propia inteligencia, y no la de otro?" Y San Ambrosio dice sobre lo mismo: "Está claro que nuestros pensamientos nadie los conoce sino nuestra mente, llamada aquí espíritu por San Pablo". Ahora bien, en toda elección, sobre todo en la de sumo pontífice, se requiere necesaria y esencialmente la intención y voluntad de los electores, pues si los electores, por juego, lucro, miedo o por cualquier otra causa, nombraran papa a alguien y manifestaran vocalmente su elección, notificándolo al mundo, siempre que su voluntad e intención no quisieran elegirlo por tal, de ningún modo quedaría electo papa este individuo. Porque, según el Filósofo: "La elección es acto de la voluntad, como el deseo" (III Ethio.). Por tanto, aunque los cardenales nombraran papa de palabra a Bartolomé, y lo notificaran al mundo, con todo afirman con decisión que nunca tuvieron intención o voluntad de que por ello fuera papa, y así es evidente que hemos de aceptar su juicio y sentencia.

     Décima. Según el derecho, en cualquier caso o asunto merecen crédito máximo quienes mejor conocieron el asunto y los que estuvieron presentes en él, aunque sean domésticos, consanguíneos o amigos de aquel de quien se trata. Por lo mismo, dijo Cristo a sus discípulos, que eran sus domésticos, consanguíneos y amigos: Vosotros daréis testimonio de mí, pues estáis conmigo desde el principio (Io. XV, 27). Ahora bien, es cierto que todo lo que se dijo, hizo y pensó acerca de las dos elecciones y notificaciones, indudablemente lo saben mejor que nadie los cardenales, que fueron actores e intérpretes de la elección y notificación. Los otros hablan como si adivinaran. Por tanto, está manifiesto nuestro propósito.
     Undécima. Además, según pide el derecho, se da crédito a dos jueces de las cosas que se realizan en su presencia. Es más, generalmente es verdadero, según ley divina, que en cualquier asunto hay que creer en el testimonio de dos: Por el testimonio de dos o tres es firme toda sentencia (
Mt. XVIII, 10; 2 Cor. XIII, 1). Luego, sin duda, alguna, hay que creer mucho más a tantos y tan ponderados cardenales, muchos en número y excelentes en dignidad, en todo lo que declararon abundantemente y escribieron por sus manos en presencia del reverendísimo padre camarista de la Sede Apostólica y juez ordinario, y ante muchos notarios públicos y testigos solemnes; hay que dar más crédito a estas palabras juradas que a la conducta observada con Bartolomé por la que le nombraron papa, se unieron a él y le obedecieron y denunciaron al mundo como papa, ya que todo esto se hizo sólo por coacción y miedo mortal, y nunca de corazón. ¿Quién hay en este mundo, que de tal modo ha arrojado el temor de Dios de su corazón, que se atreva a pensar que tantos y tan graves cardenales, con todos sus familiares y domésticos —quienes se dieron cuenta mejor que nadie de lo ocurrido en la elección papal, y entre los que se encuentran muchos grandes doctores y santísimos varones— se olvidaran por completo de su salvación en un asunto tan grave, y quisieran, a propósito, meterse a sí mismos y al mundo entero en el infierno? Verdaderamente, nadie que tenga temor de Dios debe creer capaces de crimen tan abominable a tantos y tan dignos cardenales, sobre cuya sentencia y determinación estableció Cristo su Iglesia, en lo referente a la elección de su vicario universal.
     Duodécima y última. Daré una razón, fundada en un principio de la lógica. Según el Filósofo, lo simple sale de lo simple, lo más de lo más, y lo máximo de lo máximo. Este principio es siempre verdadero en las causas y efectos de suyo y esencialmente ordenados. Por ejemplo, simplemente hablando, el fuego calienta; luego el fuego mayor calentará más, y el fuego máximo calentará de modo máximo. Simplemente hablando, el simple prelado tiene jurisdicción; luego el prelado mayor tendrá mayor jurisdicción, y el máximo tendrá jurisdicción máxima. Siendo así que, según los cánones sagrados, simplemente hablando la razón por la que hay que creer en la elección papal de alguien es la notificación de los cardenales, es evidente que en todo el pueblo cristiano ha de ser aceptado por papa aquel en cuya elección y notificación estén más y máximamente concordes los cardenales. Y, como se deduce de todo lo dicho, el mayor y máximo consentimiento de los cardenales está a favor de la elección y notificación de Clemente. Luego está claro nuestro intento.
     Por todas estas razones y por otras muchas que, según los principios de nuestra fe, podrían aducirse para probar esta verdad, está claro que causa un gran perjuicio y grave injuria a la Iglesia universal quienquiera que, sea del grado o condición que sea, dudando de todo cuanto asegura firmemente el colegio apostólico sobre el papado, quiere indagar o se atreve a juzgar del hecho o derecho del asunto presente. Creo que no está en camino recto de salvación todo aquel a cuyo conocimiento ha llegado con certeza la notificación del colegio apostólico sobre el papado, si no somete el propio juicio y credulidad de corazón, determinándose sin dudar y creyendo que Clemente es el verdadero papa y vicario universal de Jesucristo en este mundo. Por donde se lee: "La primera condición para salvarse es guardar la regla de la recta fe y no apartarse de lo establecido por los Padres".