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jueves, 12 de marzo de 2015

¿ERES EGOÍSTA?

     ¿Qué es el egoísmo? Un amor a sí misma desordenado, desquiciado. El amor justo a sí misma es mandamiento de Dios y al par un instinto puesto en nosotros. Es el principio de que brota la sustentación del individuo y que nos instiga a evitar todo lo que pueda dañarnos. Pero el egoísmo es la caricatura del justo amor a sí mismo. La muchacha egoísta se cree ser el centro del universo, que todo el mundo está hecho para ella y que todas las gentes tienen por único destino en esta tierra el servirla para su mayor comodidad. Juzga hasta los grandes acontecimientos mundiales según la ventaja que para ella representan.
     Cuanto más pequeña es la niña, tanto más vive bajo el poder de los sentidos, y es por esto mismo más egoísta. Mira si no cualquier pequeña de tres o cuatro años. ¡Cuántas exigencias tiene! Todo lo ansia para sí; todo lo acumula en su cuarto para que a los demás nada les llegue. A una pequeñuela se lo perdonamos, aunque preciso es acostumbrarla también al desprendimiento; y tampoco puede sorprender que una estudiante de la clase de primer curso mande a su madre, mediado ya septiembre, cartas en que diga, por ejemplo: «En la escuela ya tengo tres buenas amigas: Luisa Gómez, en latín; Inés Vivanco, en matemáticas; Manolita Pérez, en castellano, son mis mejores amigas...»
     Pero cuanto más se desarrolla tu entendimiento, tanto más has de comprender —aunque no te hubieran educado para ello en casa— que el mundo no está hecho tan sólo para ti; que no eres el personaje más importante de la tierra; que millones y millones de personas hay en tu derredor con quienes has de tener atenciones. A la que no comprende esto la llamamos egoísta.
     Y es curioso notar que las muchachas tórnanse con facilidad egoístas precisamente en los años de la adolescencia; es decir, precisamente en los años en que más orgullo suelen sentir por su penetración de espíritu y su ciencia. De la muchacha que es insoportable en casa, que se enfada con facilidad, que no deja en paz a sus padres y hermanos, que cierra las puertas con estrépito, que pone ceño adusto, que siempre está descontenta, que no trata a nadie con comedimiento, suele decirse: «¡Es nerviosa la pobre!» ¡Qué va a serlo! Solamente es egoísta.
     Hay egoísmo si una estudiante acomodada describe ante su compañera pobre los viajes estupendos que ha hecho durante las vacaciones. Hay egoísmo si sueltas la puerta automática cuando sabes que alguien viene detrás de ti. Hay egoísmo si te ríes cuando hay motivo de tristeza en la familia. Hay egoísmo si te burlas siempre de los demás y les das pie para irritarse.
     Acostúmbrate a practicar el desprendimiento ya en tu juventud. ¡Qué repugnante egoísmo que una mujer no busque más que su propio interés en la vida y esté dispuesta para lograrlo a pasar por encima de todos los demás! Pero ¿cómo llegó hasta tal punto? Quizá haya empezado por cosas insignificantes en la niñez. Cuando jugaba con las demás en el jardín, en el parque, ella iba delante soltando las ramas de los arbustos para que fueran a herir en la cara a las que la seguían; esto sólo importaba: ella ya había pasado.
     En cambio, ¡qué hermoso si se dice de alguien que es una joven de alma noble! La nobleza del alma es lo contrario del egoísmo. Si tu compañera tiene algún pesar, consuélala con unas palabras buenas que broten del corazón. Es nobleza de alma. Si se alegra, alégrate con ella; también es nobleza de alma; la egoísta en estos casos se pone amarilla de envidia. Si compartes tu desayuno con tu compañera, tienes nobleza de alma. Si la ayudas por la tarde a aprender la lección, si procuras alegrar a las demás, si tratas a las criadas con finos modales, si recoges a alguien cualquier cosa que se le ha caído al suelo..., no eres egoísta. Ved aquí, pues, ¡qué grandeza de alma, qué elevación de pensamiento, qué amor al prójimo cabe en las insignificantes pequeñeces de la vida de colegiala!
Mons. Dr. Tihamer Toth
¡MUCHACHA! ASÍ...
(Forma tu carácter)

viernes, 16 de enero de 2015

ENTUSIASMO FEMENINO

     Hay que aplicar la fuerza interior del entusiasmo fogoso, al velamen de los pequeños deberes de la vida cotidiana, y entonces podremos librar en él enormes energías. Quien desea ir en tranvía, inútil es que lleve billete de cien pesos: si no tiene calderilla, el conductor le hará bajar, porque el tranvía no es un banco de cambio. De la misma manera hemos de cambiar los grandes ideales del entusiasmo, del martirio y del amor a la patria y a los nuestros en calderilla para poder cumplir con constancia los mandamientos de nuestra religión y los deberes anejos al amor de la patria y de los semejantes todos, hasta los más pequeños.
     Hoy día es improbable la muerte de martirio por tu fe, y quizá tampoco hayas de morir heroicamente por tu patria y por los tuyos. Pero tu religión, tu patria y tus semejantes te piden, esto sí, una vida saturada de continuos heroísmos. Y esto es lo más difícil. El ejemplo de jóvenes desgraciadas que ponen fin a su existencia muestra muy a las claras que muchas veces es preciso más valor para la vida que para la muerte.
     He visto muchachas temblar al solo estampido de un proyectil, y, sin embargo, enardecidas de amor patrio, celosas del bien de los suyos, desafiaron con entusiasmo heroico el furor de las granadas entre las camas de un hospital de sangre, sin abandonarlas un solo instante. ¡Su estusiasmo tornólas valientes! Así verás que nada lograrás en la vida diaria sin esa fuerza interior del entusiasmo.
     Hay jóvenes que presumen de valientes y no hay en ellas más que ligereza y vanidad. Quizá no teman la misma muerte; pero temen horriblemente los sufrimientos que las esperan en la vida, y este miedo las hace perjuras, pecadoras.
     Temblando mira el público en el circo los saltos verdaderamente mortales de los acróbatas; pero ¿crees, acaso, que la que juega con tanta ligereza con su vida podrá vencer, por ejemplo, la mentira, si a trueque de ella puede librarse de cualquier cosa baladí? Se necesita mucha menos valentía para estar en la línea de fuego que para perseverar firme en los puros principios morales en medio de una sociedad que de la vida no tiene sino un concepto ligero. ¡Es valentía decir siempre la verdad! ¡Es valentía mantenerse siempre pura, honrada, resistiendo los halagos tentadores! ¡Es valentía perseverar inconmovibles en nuestros principios!, y esto es lo que hace la joven de carácter.
Mons. Dr. Tihamer Toth
¡MUCHACHAS! ASI...

miércoles, 3 de diciembre de 2014

ENTUSIASMO

     Hay que aplicar la fuerza interior del entusiasmo fogoso, al velamen de los pequeños deberes de la vida cotidiana, y entonces podremos libar en él enormes energías. Quien desea ir en tranvía, inútil es que lleve billete de cien pesos; si no tiene calderilla, el conductor le hará bajar, porque el tranvía no es un banco de cambio. De la misma manera hemos de cambiar los grandes ideales del entusiasmo, del martirio y del amor a la patria y a los nuestros en calderilla para poder cumplir con constancia los mandamientos de nuestra religión y los deberes anejos al amor de la patria y de los semejantes todos, hasta los más pequeños.
     Hoy día es improbable la muerte de martirio por tu fe, y quizá tampoco hayas de morir heroicamente por tu patria y por los tuyos. Pero tu religión, tu patria y tus semejantes te piden, esto sí, una vida saturada de continuos heroísmos. Y esto es lo más difícil. El ejemplo de jóvenes desgraciadas que ponen fin a su existencia muestra muy a las claras que  muchas veces es preciso más valor para la vida que para la muerte.
     He visto muchachas temblar al solo estampido de un proyectil, y, sin embargo, enardecidas de amor patrio, celosas del bien de los suyos, desafiaron con entusiasmo heroico el furor de las granadas entre las camas de un hospital de sangre, sin abandonarlas un solo instante. ¡Su estusiasmo tornólas valientes! Así verás que nada lograrás en la vida diaria sin esa fuerza interior del entusiasmo.
     Hay jóvenes que presumen de valientes y no hay en ellas más que ligereza y vanidad. Quizá no teman la misma muerte; pero temen horriblemente los sufrimientos que las esperan en la vida, y este miedo las hace perjuras, pecadoras.
     Temblando mira el público en el circo los saltos verdaderamente mortales de los acróbatas; pero ¿crees, acaso, que la que juega con tanta ligereza con su vida podrá vencer, por ejemplo, la mentira, si a trueque de ella puede librarse de cualquier cosa baladí? Se necesita mucha menos valentía para estar en la línea de fuego que para perseverar firme en los puros principios morales en medio de una sociedad que de la vida no tiene sino un concepto ligero. ¡Es valentía decir siempre la verdad! ¡Es valentía mantenerse siempre pura, honrada, resistiendo los halagos tentadores! ¡Es valentía perseverar inconmovibles en nuestros principios!, y esto es lo que hace la joven de carácter.
Mons. Dr. Tihamer Toth
¡MUCHACHA! ASI...

martes, 4 de noviembre de 2014

SEÑORITA, ¿QUÉ HACES CON TU LIBERTAD?

     No hay palabra que hechice tanto la mente de la juventud como la palabra «libertad». ¡Crecer libremente! ¡Desarrollarse libremente! ¡Vivir libremente! Libremente, como el pájaro. Un deseo instintivo impele a la juventud hacia la libertad. Y si ese instintivo lo dio el Creador; y, si lo dio Él, entonces habrá fijado blancos elevados a este instinto.
     Estos deseos de libertad no pueden tener por fin la indisciplina, el hacer lo que le da la gana, el contestar con insolencia y descaro. Este fin no puede ser otro que dar fuerzas a la joven para que pueda luchar contra todo lo que impida su desarrollo ideal.
     El deseo de libertad de tu corazón tiene como fin asegurar tu desarrollo de espíritu. Asi, pues, no has de luchar contra toda la regla y contra todo lazo; esto sería libertinaje, desenfreno, sino sólo contra las pasiones, inclinaciones, obstáculos, que se oponen al libre desenvolvimiento de tu carácter.
     No es justo luchar contra lo que favorece tu desarrollo, por muy difícil que sea; a semejanza de la vid, que no puede desprenderse del rodrigón que la sostiene y hace que puedan los sarmientos subir más alto.
     Todo instinto abandonado a sí propio es ciego. Es ciego también el instinto de la libertad, y si desprecia la dirección de la mente severa, precipita al hombre en la perdición, en la ruina. Por esto vemos un día y otro día la triste realidad de que muchas jóvenes se pierden por una libertad mal entendida. Los instintos emancipados del control de la inteligencia las arrastran ciegamente hacia cosas que sólo son buenas en apariencia, pero que en verdad son nocivas, y las hacen retroceder ante otras que, aunque parezcan difíciles, serían necesarias para el armónico desarrollo espiritual.
     Decía una jovencita a su madre: «No te empeñes en que te obedezca, porque basta que tú lo quieras para que a mí no me guste...» Ved ahí el deseo de libertad desviado, que considera intervención abusiva todo mando y prohibición.
     A tu edad el non plus ultra del anhelo de toda joven es verse libre, independiente. Pues eso mismo quieren tus educadores, tus padres. Trata de comprenderlo y cooperar con ellos.
     Son, por desgracia, muchísimas las que proceden de muy distinta manera. Porque ya quieren ser independientes, cuando todavía deben educarse para ello. Entienden por independencia el desorden, el emanciparse de toda obediencia y no aquella independencia interior, fecunda semilla de ayuda, libertad, dominio contra el desaliento, el capricho, la pereza y los otros retoños de la vida del instinto.
     ¿Cómo, pues, podrás trabajar prudentemente por tu independencia espiritual? Viendo en las órdenes de tus padres, en las reglas del colegio, en el deber cotidiano, no grilletes para tu libre albedrío ni mandatos caprichosos que sólo a regañadientes han de cumplirse mientras lo ven otros y pueden vigilarlo, sino, todo lo contrario: medios que te sirven para vencer tu comodidad, tu mal humor, tus caprichos, tu superficialidad, tu inconstancia. La que mira bajo este aspecto cuanto se le manda, y por esto cumple las prescripciones, esta tal trabaja de veras por la libertad de su alma. "Deo servire regnare est", dice un proverbio latino: «Servir a Dios es reinar».
   ★      ★      ★
     El ideal de la educación católica es la joven que se desarrolla armónicamente en su cuerpo y en su alma. El cuerpo para nosotros santo es como el alma, ya que confesamos que lo recibimos del Creador, para que nos ayude a conseguir nuestro fin eterno; confesamos que el cuerpo humano fue santificado por el mismo Hijo de Dios cuando asumió carne mortal, y creemos que un día también el cuerpo participará de la vida eterna.
     El cristianismo no ve, pues, algo «diabólico», algo «pecaminoso» en el cuerpo. No tiene por fin destruir el cuerpo ni debilitarlo. Lo que intenta es hacer del cuerpo un trabajador puesto al servicio de los fines eternos. Los mandatos de la religión, aunque te obliguen severamente, no son obstáculos a tu libertad, más bien son garantía y medios auxiliares para el vuelo de tu alma. También atamos al rodrigón la cepa de la vid, pero no para contrariarla en su libertad, sino para dirigir y asegurar su recto crecimiento.
     No vamos nosotros a pedir menos que pedía el noble pensar de un romano. Mira qué objetivos propone Juvenal en los versos que siguen:
     "Has de pedir alma sana en cuerpo sano.
     Pide ánimo fuerte, que no tema la muerte, que ponga entre los dones de la naturaleza el último momento de la vida,
     que pueda sobrellevar cualesquiera trabajos.
     No sepa airarse, nada desee y tenga los trabajos y duras calamidades de Hércules
     en más que los placeres y cenas y plumas de Sardanápalo”.

     En resumen: cuerpo sano, alma fuerte y capaz de soportar las fatigas pesadas, autodisciplina, nada de pretensiones, moderación.
     Pero sólo las almas grandes son capaces de esto.
Monseñor Tihamer Tóth
¡MUCHACHA! ASÍ...

miércoles, 8 de octubre de 2014

OBRAR Y NO SOÑAR

     Es cierto que la debilidad parece más propia de la mujer que del hombre. Mientras éste se jacta de su resistencia y de su vigor, aquélla presume de gracia y delicadeza. Y, sin embargo, esta blandura femenina es tan sólo en lo físico; hablando del carácter se nos ofrecen ejemplos numerosos: ora de fortaleza en el obrar, ora de arrojo y decisión. Esta energía en las decisiones, este obrar, es el sello de la mujer de carácter, de la mujer fuerte.
     Tal es la fortaleza que debes perseguir, amada joven. Fortaleza que reside en el obrar, no en los ensueños. Hay muchachas que son capaces de todo... pero sólo con el pensamiento, con la imaginación. Dominar el mal humor, trabajar sin ganas, levantarse al sonar la hora, asistir a clase...; obrar y no soñar, en eso consiste la fortaleza.
     Pero advierte que tampoco es fortaleza, voluntad varonil, la precipitación desatinada. Meterse en el peligro diciendo entre sí: «Ya me ayudará Dios», y resolver, sin pensar antes, todos los problemas.
     Emprenderlo todo para dejarlo mañana no es tampoco de ánimo fuerte. Hoy empiezas a coser una prenda, mañana la abandonas en el fondo de tu cestillo de costura sin prestarle la menor atención. En compensación intentas hacer un dibujo que te cansa a los tres días, porque ya no te interesa y lo cambias por otra cosa. Te entregas en cuerpo y alma a la lectura de poesías, de novelas, al baile por unas semanas, al cabo de las cuales ya estás cansada y lo dejas. Nada de esto es fortaleza.
     El dicho alemán expresa esta fortaleza muy exactamente: "Erst wágen, dan wagen”: «Antes pesarlo, después lanzarse». Es decir: pesar bien la cuestión, el deber. Considerar las circunstancias. Pero cuando ves que has de hacerlo, o vale la pena de que lo hagas, entonces no has de retroceder, por más abnegación, perseverancia, sacrificio que te costare; he de hacerlo; es deber mío; por tanto, lo hago; esto ya es fortaleza, que hace la verdadera mujer de carácter.
Monseñor Dr. Tihamer Toth
¡MUCHACHA! ASI...

lunes, 15 de septiembre de 2014

EL CARÁCTER NO ES UN REGALO, SINO UN ESFUERZO

¡MUCHACHA! ASI...
Monseñor Dr. Tihamer Toth

I.- FORMA TU CARACTER
II.- SÉ PROFUNDAMENTE RELIGIOSA
III.- SÉ VERDADERAMENTE MUJER
IV.- PREPARA TU PORVENIR

Nihil obstat 
N. M. Negueruela, Censor
Imprimatur 
+ José María, Ob. Aux.  
Vicario General

Primera edición: agosto de 1957 
Impreso en México

A VOSOTRAS...
     muchachas de hoy, os brindo este ramillete de lecturas escogidas con un solo fin: el de llamaros a ser así, esto es, como se debe, para llenar vuestra vida a fuer de 
     Jóvenes de carácter, 
                         Cristianas,
                                 Verdaderamente femeninas 
                                                           Y dueñas de su porvenir.

     Estas páginas orientarán con seguridad vuestros caminos entre tantas erróneas opiniones del mundo acerca de cómo ha de ser la joven.
     A través de ellas veréis claramente que toda muchacha ha de ser ASÍ, como os la he presentado.
María Rosa

ADVERTENCIA
     ¡Muchacha! Así... es una selección de las principales enseñanzas dadas a las jóvenes en los manuales de monseñor Tihamér Tóth, adaptados a las muchachas por María Rosa Vilahur.
     Para apreciar mejor el alcance de las variaciones introducidas, advertiremos:
      Los números o párrafos, cuyo titulo no va precedido de asterisco, reproducen el texto de monseñor Tóth, salvo ligeras modificaciones gramaticales.
      Un asterisco (*) indica que aquel número, conservando la doctrina del autor, ha sido adaptado a las muchachas.
      Son de la adaptadora los párrafos o números precedidos de dos asteriscos (**).
     Confiamos en que esta selección será del agrado de nuestras jóvenes a quienes la ofrecemos.

FORMA TU CARÁCTER

I. EL CARÁCTER NO ES UN REGALO, SINO UN ESFUERZO
     El carácter no es un apellido de alta alcurnia que se hereda sin trabajo.
     El carácter es el resultado de la lucha ardua, de la autoeducación, de la abnegación, de la batalla espiritual sostenida con virilidad. Y esta batalla ha de librarla cada uno por sí solo, hasta que venza.
     Magnífico resultado de la lucha será tu carácter. Lo que significa esta palabra quizá no lo comprendas por completo en este momento. Pero llegará el día en que se descubra ante el divino acatamiento la obra cumbre de tu vida y se muestre, en su sublimidad sin par, tu alma en que tanto has trabajado; entonces se te escapará el grito de entusiasmo, como a Hayden cuando oyó su obra intitulada Creación: «¡Dios mío!, y ¿soy yo el autor de esta obra?»
     “Homines sunt voluntates”, dice con frase lapidaria y admirable San Agustín: «El precio del hombre es su voluntad».
     De día en día crece el número de convencidos de que la escuela actual dedica cuidados excesivos a la cultura de las jóvenes y olvida demasiado la formación del carácter, de la fuerza de voluntad de la joven. Triste realidad: en la sociedad de las mujeres maduras abundan también más cabezas adornadas y emperifolladas que temples de acero; hay más vanidad que carácter. Y, sin embargo, el basamento de un Estado, su piedra fundamental, no es la belleza, sino la moral intacta; no es la riqueza, sino la honradez; ni la veleidad, sino el carácter.
     Hoy, la enorme y casi única enfermedad de la humanidad, semillero de todos los pecados, es la consunción aterradora de la voluntad; hoy, el no tener carácter pasa, en el sentir de muchas, como virtud de prudente adaptación a las circunstancias, y la negación de los propios principios es bautizada con el nombre de discreción, y el perseguir el interés individual se llama interés por el bien común; hoy, la mujer, que con sentimentalismo exagerado se ofende a cada paso, alardea de dignidad personal, y la envidia se viste con la careta de amor a la verdad; hoy se evita todo trabajo y molestia, so pretexto de imposibilidad, y sólo se persigue la comodidad y los goces.
     Sin embargo, aunque pululen muchachas de alma quebrada, sin lastre; muchachas que no sienten interés por ningún problema espiritual; cuya única preocupación es cómo se peinarán y qué traje elegirán, cómo escamotearán un día al estudio, y saber quién es la nueva «estrella» de la pantalla y dónde se dan los más agradables saraos, espero que tú no seas de ésas, amada joven.
     Este libro quiere demostrarte que, a pesar de todo, las que parecen tan alegres, ¡tan despreocupadas!, éstas han de surcar con duro trabajo el camino del carácter si quieren alcanzar la vida digna de una mujer.

martes, 26 de agosto de 2014

Cristo, Rey de tu hogar.

     Muchacha, no quiero salir de tu hogar sin hacer una visita obligada al Amo de la casa.
     No es a tu papá; quien, desde luego, por ser tu padre, me merece toda clase de respetos. El padre de una chica buena, necesariamente ha de ser, en cualquier posición en que se halle, un señor cristiano.
     Pero no es a tu padre a quien me refiero.
     Vamos al salón, entremos en él los dos juntos: tú y yo. Ahí tienes al Amo de tu casa. ¿No lo ves?
     Ese Jesús que desde su imagen te muestra su Corazón abierto, es el Rey de tu hogar.
     ¿Te extraña? ¿Cómo te va a extrañar, si eres cristiana?
     Lo sabes muy bien. El alma del hogar es el amor. El amor más grande que puede soñarse es el que hizo latir a ese Corazón divino.
     Déjame que en el salón de tu casa y a los pies del Sagrado Corazón entone un canto al amor.
     El amor crea, perfecciona, ennoblece.
     El amor se da, se entrega, se sacrifica.
     El amor sufre, sangra, se humilla.
     El amor redime, muere, se inmola.
     El amor resucita, triunfa, sube a los cielos.
     Es el amor de un Dios enamorado que, en la cumbre de la humanidad, aparece como modelo práctico de los que ama.
     Es el amor de un hombre que, en las hondonadas de la humanidad, mira hacia arriba y se enamora imitando al ejemplar divino.
     Son dos amores parejos, en los que el fuego de abajo resulta como una centellita desprendida de la hoguera de arriba.
     Son dos trayectorias paralelas, en las que la inferior, menguada y chiquita, cuida de reproducir la superior, de dimensiones infinitas.
     Por eso, en el centro del hogar, que es amor, está la imagen del Amor divino; y en ésta el Corazón se halla abierto, para que, por su herida, pueda brotar inextinguible y abundosa la fuente del verdadero amor.
     Muchacha, impregna el amor de tu hogar en el amor de Jesús, pon tu hogar al resguardo de su Sagrado Corazón.
     ¡Qué bien lo supo hacer tu padre cuando, en memorable día, le consagró su familia!
     «Esta consagración —dice el Papa— significa una entrega completa al divino Corazón; es un reconocimiento de la soberanía de Nuestro Señor sobre la familia; expresa una confiada súplica para obtener sobre la propia casa sus bendiciones y el cumplimiento de sus promesas.
     Al consagrarse la familia al divino Corazón, protesta querer vivir de la misma vida de Jesucristo y hacer florecer las virtudes que El enseñó y vivió» (1).
     El apóstol de ese Rey has de ser tú.
     Colocada en tu puesto de hija de familia, cumpliendo tus deberes hogareños, llevarás su espíritu a todos los detalles, proyectarás su luz sobre todos los rincones y contagiarás de su amor a todos los corazones de tus familiares.
     En el templo, ante el Sagrario, donde real y verdaderamente vive Jesús, arde en todo momento una lamparita.
     Ante esa imagen del Sagrado Corazón, que preside tu casa, hace falta también una lamparita que constantemente le ilumine.
     ¿Quieres ponérsela tú? No lo dudo. Pero ¿sabes cuál es la lámpara que en todo momento ha de arder ante el Rey de tu hogar?
     No me hables de bombillas eléctricas ni de lámparas de aceite; para la imagen entronizada de tu hogar no puedes preparar mejor lámpara que la de tu propio corazón.
     Tú serás la lámpara de Cristo, Rey de tu familia. ¡Y cómo brillará tu luz cuando con tus padres, con tus hermanos, con los demás familiares y criados practiques cuanto en este libro se te ha enseñado!
     No se te antojen enojosas sus orientaciones; no seas tú como una muchacha que hace pocos días me decía;
     —Me han contado que está usted escribiendo un libro para las chicas sobre el hogar. Ya sé lo que nos dice; fastidíate, fastidíate, fastídiate.
     No, muchacha, no; no pienses así. No quiero que te fastidies; pretendo que te engrandezcas, que te eleves, que te sublimes; quiero que seas en tu hogar la luz que brille a los pies de Jesús.
     Cuando los sacrificios de la virtud se miran al ras del suelo parecen montañas imposibles de salvar; cuando el alma se eleva y, colocada junto a las gradas del trono de Jesús, las contempla a través de los resplandores que brotan de su Corazón, parecen granitos de arena, incapaces de causar temor.
    No seas de espíritu chiquito y te amilanes ante la complejidad de las virtudes hogareñas. Son facetas de una misma vida cristiana, que, si consideradas por parte, son muchas, vividas en la práctica juntas, constituyen una sola cosa.
     Viste en un álbum las fotografías detalladas de una obra de arte, y, al contemplar tanto grabado, llegaste a creer que era un monumento de proporciones gigantescas, difícil de recorrer en toda su amplitud.
     Acudiste a la realidad y encontraste que era una construcción chiquita, aunque muy linda.
     Fotografías distintas de la vida familiar cristiana son los capítulos de este libro. Ven a la realidad, y verás lo fácil que es recorrer todo el edificio.
     No sólo recorrerlo, sino también construirlo.
     Sí; fabricar el edificio de su vida hogareña cristiana es muy fácil para la muchacha que en el salón de su casa tiene entronizado el Sagrado Corazón de Jesús y a su lado está ella como la lamparita pendiente, junto al Sagrario.
     Y ahora, cumplida mi misión, permíteme ya que me retire. Adiós; quédate en el salón, a los pies de la imagen de
Cristo, Rey de tu hogar.

(1) Discurso del 14 de junio de 1939 en Pio XII y la familia cristiana.
Canonigo Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

jueves, 7 de agosto de 2014

Piedad.

   ¿No hemos quedado en que tu misión es la de ser el ángel de tu hogar?
     ¿Dónde apoyan su actuación benéfica los ángeles? En Dios.
     Los que guardan a los hombres, los que nos acompañan a través de nuestra existencia, los que nos apartan del barro y nos empujan hacia el cielo, los que nos muestran los obstáculos y nos enseñan interiormente a superarlos, son los mismos que ante el trono del Señor cantan el eterno Santo, Santo, Santo.
     Un ángel no quiso dar a Dios el debido acatamiento, y se hundió para siempre en la desgracia, arrastrando tras de sí a multitud de ángeles. El ángel desconectado de Dios es el demonio, que pone a los hombres la piedra de la tentación con que tropiecen y se estrellen.
     ¡Pobres chicas que se olvidan de Dios, se desconectan de El, no le dan el debido acatamiento o se lo dan de mera fórmula! Se hunden en la desgracia, arrastran tras de sí a los suyos y se convierten o contribuyen a convertir su casa en un infierno.
     No elevan a sus familiares hacia Dios, no les suavizan el camino de la vida; al contrario, lo llenan de obstáculos con los que aquéllos tropiezan y se estrellan.
     El ángel no puede desconectarse de Dios. Siempre unido a El si no quiere dejar de ser ángel.
     A Dios se le encuentra en la Eucaristía, y la comunión hace del pecho del comulgante un sagrario vivo donde mora Dios. Y si mora Dios, mora esa gracia sobrenatural suya que diviniza el alma dándole potencialidades morales superiores a las de la naturaleza.
     «De la asistencia al santo sacrificio de la misa y de la frecuencia a la Mesa eucarística sacaréis fuerzas para mantener la pureza de la mente y de las costumbres y para vuestra vida familiar», decía el Papa Pío XII, dirigiéndose a las madres obreras (Discurso del 15 de agosto de 1945).
     A Dios encontrarás en tu propia casa cuando no puedas ir a la iglesia a visitarle. Dios está en todas partes, y se complace en habitar de manera especial, con sus predilecciones, en los hogares cristianos.
     Reza por los tuyos ante la imagen entronizada del Sagrado Corazón, ante el Crucifijo.
     Reza por los tuyos, sí. Cuando te he hablado en detalle de tus deberes para con tus padres, hermanos y demás familiares, apenas he tocado el deber de rezar por ellos.
     Lo he querido dejar para este capítulo, a fin de no fatigarte, alargándome demasiado, y de ponerlo aquí más de relieve.
     Permíteme que te insista: Toda obra de santificación es fruto de la gracia sobrenatural, y ésta se obtiene para otros por medio de la oración.
     Cuando rezas por tus familiares das a la llave de paso que hace circular el agua de la gracia hasta caer abundante sobre sus almas.
     A los pies del Sagrario, ante el Crucifijo, ante la imagen de María, la primera intención que encomiendes debe ser el bienestar sobrenatural y terreno de tus padres, hermanos y demás familiares, y entre las tuyas particulares, una de las primeras, el cumplimiento de tus deberes hogareños.
     Influye cuanto puedas para saturar tu hogar de vida piadosa.
     Los cuadros y demás elementos de decoración suelen reflejar el espíritu de los moradores de la casa.
     ¿Qué pregonan las pinturas y cuadros de la tuya, las figuritas y bibelots que la ornamentan? ¿La frivolidad y desaprensión del paganismo moderno o la espiritualidad y elevación del Cristianismo?
     Al hacerte mayor, tu mamá te ha dado cierta beligerancia en la organización de la casa, y le gusta que la ayudes e introduzcas en ella corrientes nuevas que la rejuvenezcan.
     Las chicas mundanas, inconscientemente, se dejan llevar del ambiente de mundanalidad que impregna su vida y lo meten en su hogar a través de figuras, cuadros y adornos; pero las verdaderamente cristianas, las que han hecho del Evangelio norma de vida, van dejando la huella de Cristo sobre las paredes y los muebles.
     Un detalle no falta nunca en la habitación de una muchacha piadosa: una imagen de la Virgen, en grabado o en talla.
     Un cuarto de soltera sin este detalle resulta incompleto. Podrá estar decorado con primor y amueblado hasta con lujo, y, sin embargo, allí falta algo. Es como un cielo sin sol, como un jardín lleno de flores envuelto en las tinieblas de la noche, como la sonrisa en el rostro de un ciego, como un palacio rebosante de juventud donde se echa de ver la ausencia de la madre.
     Esto es precisamente lo que pasa; allí falta la Madre celestial.
     El cuarto de soltera sin imagen de María da la impresión de ser el dormitorio de una huérfana.
     ¿A quién acudirá a pedir luz en los múltiples problemas de juventud? ¿Dónde beberá abnegación, dulzura, optimismo y alegría en el sacrificio, si no le es fácil poner sus ojos en los celestiales de la Madre Pura qué irradia la luz divina, vivida en la práctica del Evangelio?
     Puede hacerlo en la iglesia; pero el acceso al templo no le es posible en cualquier momento.
     Una imagen de la Virgen que sea tuya, tu Virgencita, a la que dirijas tu primera mirada por la mañana cuando, al despertarte, das la luz; con quien tropiecen tus ojos constantemente, mientras te arreglas o charlas en la intimidad con tu hermana, lees en secreto tus cartas o piensas o sueñas o planeas; a quien dirijas tu vista en demanda de auxilio en los momentos difíciles; ante quien te arrodilles por la noche para examinar tu conciencia.
     Tu Virgencita, la que cubras con tus besos; la testigo muda de tus intimidades, de tus alegrías y tus tristezas, de tus sonrisas y tus lágrimas; tu confidente a quien todo cuentes y con quien todo consultes y a quien todo encomiendes.
     Contagia de tus fervores marianos a toda la familia.
     Dice el Papa que la devoción a María es la mejor garantía de bienestar y felicidad doméstica. Y añade:
     «¡Tantos títulos tiene María para ser considerada como la Patrona de las familias cristianas, y tantos tienen éstas para esperar de Ella una particular asistencia!
     María conoció las alegrías y las penas de la familia, los sucesos alegres y los tristes; la fatiga del trabajo diario, las incomodidades y las tristezas de la pobreza, el dolor de las separaciones. Pero también los goces inefables de la convivencia doméstica, que alegraban el más puro amor de un esposo castísimo y la sonrisa y ternezas de un hijo que era al propio tiempo Hijo de Dios.
     María Santísima participará por eso con su corazón misericordioso en las necesidades de vuestras familias, y traerá a éstas el consuelo de que se sienten necesitadas en medio de los inevitables dolores de la vida presente, así como bajo su mirada materna les hará más puras y serenas las dulzuras del hogar doméstico» (Discurso del 10 de mayo de 1939 en Pio XII y la familia cristiana).
     Fomenta, en cuanto te sea posible, la antigua práctica cristiana de recio abolengo español: el rezo familiar del Santo Rosario.
     Si las personas humanas tenemos obligación de rendir culto a Dios de quien somos criaturas y de cuya misericordiosa benignidad todo lo esperamos, la familia que de El, en la misma forma depende y de cuyo socorro necesita, tiene el mismo deber.
     La mejor manera de que la familia adore a Dios es que se reúna para dirigirle sus plegarias por medio de la que es Madre de ambos. La Iglesia lo ha entendido así, y a través de largas centurias por la noche se reunían los familiares a rezar el rosario a María.
     Solía rezarlo, en general, el padre, y todos, incluido el servicio, le acompañaban.
     Gracias a Dios, esta práctica tan cristiana y tan fecunda en bendiciones celestiales, se está restaurando en muchos hogares, y cuenta entre sus propagandistas a numerosas muchachas piadosas.
     Introducen algunas en sus casas esta costumbre muy suavemente. Comienzan por invitar a rezarlo a su mamá o a sus hermanas, o bien sin hacer nada mientras tanto, o durante uno de los ratitos en que se hallan reunidas, entregadas a la costura, si es que lo primero no resulta viable por exceso de trabajo o porque el clima religioso no es muy elevado. Poco a poco, procuran ir agregando a sus hermanos pequeños; en ciertos días señalados invitan a su papá y a los hermanos mayores. Insensiblemente, la práctica gana terreno y se constituye en una distribución antes de cenar o en cualquier otro momento propicio.
     En la Roma pagana, en las casas se rendía culto a los dioses lares, y en ciertas fiestas se les obsequiaba con guirnaldas de rosas. En los hogares cristianos a Dios le honramos ofreciéndole, a través de la Virgen, guirnaldas de rosas espirituales que jamás se ajan ni marchitan. Eso es el rosario familiar.
     Tiene un complemento en la piedad hogareña: la bendición de la mesa al comienzo de las comidas.
     ¿Existe esta buena costumbre en tu casa?
     Feliz tu familia cuando llegue a constituirse en realidad, lo que diariamente imploráis.
     «El Rey de la eterna gloria nos haga participantes de la mesa celestial.»
Canonigo Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

jueves, 3 de julio de 2014

Aprovechamiento del tiempo

     Eres cuidadosa, guardas con solicitud plausible las cosas, sobre todo si son de valor o las aprecias mucho.
     No desperdicies el tiempo, que es una joya de gran valor.
     El tiempo es oro, dice un vulgar refrán inglés, repetido hasta la saciedad. Y es verdad, el tiempo bien aprovechado ahorra y produce dinero; malgastado, priva de ganancias y causa gastos.
     Por un momento no llegas al tren y tienes que coger un coche o quedarte en una localidad extraña con los gastos consiguientes.
     Has andado despacio, sin preocuparte de la hora; te han cerrado mientras tanto las tiendas y te encuentras sin poder adquirir de momento lo que te hacía falta. Suele ser muy corriente en estos casos tener que improvisarlo gastando más.
     Pierdes el tiempo, desperdicias sus minutos sin apreciarlos, y luego te faltan horas para hacer las cosas; trabajas menos, dejas labores sin hacer, no produces lo que debías producir, y tu menor rendimiento se traduce en menor bienestar hogareño o en mayores gastos para suplir tu falta.
     Tiene razón el adagio popular; el tiempo es oro.
     A mí, sin embargo, me parece que el refrán se quedó corto; yo lo enunciaría así: el tiempo es cielo.
     ¿No habías reparado en ello?
     Es uno de los grandes bienes que Dios te ha dado para que. administrándolos rectamente, ganes el cielo.
     Reflexiona: Esas horas por ti vividas, esos minutos por ti malgastados, los tienes en administración: un día se te pedirá cuenta de ellos.

domingo, 15 de junio de 2014

TRABAJO

     —¿A qué te dedicas?
     —A nada.
     —Ya supongo que no tienes ninguna profesión ni vas a ninguna oficina; pero harás algo en casa.
     —Nada.
     —¿No ayudas en las labores domésticas?
     —No; eso lo hace el servicio.
     —Desde luego; pero tú colaborarás con tu mamá en la dirección y organizació n de la casa.
     —No.
     —Entonces, ¿qué haces en todo el día?
     —Nada.


     Pues muy mal. «El hombre nace para trabajar, como el pájaro para volar», dice Job.
     Y Goossens añade a la cita este comentario, que brindo a tu reflexión:
     «Hay pájaros que no vuelan: los pavos, los pingüinos, los gansos. Si deseas que te contemos entre ellos, ya sabes el camino» (Alberto Goossens, S.J.: "¿Qué debo hacer hoy?").
          Toda persona humana ha traído a la vida la obligación de trabajar, y si no lo hace, no cumple con su deber.
     «El que no quiere trabajar, que no coma», escribía San Pablo a los de Salónica.
     ¿Quieres comer? Pues trabaja, y si no lo haces, no tienes derecho a la comida.
     ¿Dices que tu padre trabaja por ti?
     Ante la sociedad cumplirás con el trabajo de tu padre; ante Dios, no. Eres tú la que tienes que trabajar.
     No es necesario que te dediques a esos trabajos con que, por regla general, se ganan la vida otras chicas; pero es menester que trabajes de alguna manera.
     Hay un trabajo del cual difícilmente te excusarás, el más femenino y, en una forma u otra, adaptable a todas las condiciones sociales: la organización y arreglo de la casa.
     ¿Tú crees que una mujer podrá cumplir su misión en un hogar sin dedicarse a estas labores?
     ¿Tú crees que una mujer que no maneja nunca la escoba y la aguja puede llenar esos deberes, de que se viene hablando en este libro?
     ¿Calificarías de completa a la chica que no sabe coser, a la que no ha hecho nunca una cama ni se ha acercado alguna vez a la cocina?
     Yo creo que no; esa chica ha esterilizado alguna de las aptitudes que Dios le ha dado para hacer feliz a los suyos; le falta algo.
     No voy a ser tan pequeño que crea imposible la felicidad sin uno de estos detalles. Lo que sí te aseguro es que el bienestar aquí posible no exige para su logro grandes cosas, sino que, en la práctica, es la resultante de una serie de detalles pequeños bien engranados.
     Falta un engranaje y se produce una intermitencia; la repetición de las intermitencias, a lo largo resulta peligrosa y degenera en anormalidad.
     La vida está sujeta a multitud de azares; encontramos con frecuencia antiguas señoras pidiendo limosna o devorando a solas su miseria, ocultada con grandes esfuerzos. ¿Cuál será tu mañana? No lo sabes.
     Santa Isabel de Hungría nació en un palacio real, hizo una buena boda con el landgrave de Turingia, y de viuda pudo comer y dar de comer a sus hijos, porque sabía hilar y coser.
     El caso de Santa Isabel no es único; en la actualidad se repite con demasiada frecuencia. Los sacerdotes estamos muy acostumbrados a intervenir en ellos.
     Cuando la señora venida a menos está acostumbrada a trabajar, con facilidad se encuentra una solución decorosa; lo horrible es cuando nos dicen lo que escuché de labios de una desgraciada: «Padre, yo no sé hacer nada. ¿No ve usted que cuando era chica tenía dinero, y nos parecía que con el dinero lo teníamos todo?»
     El porvenir es incierto y hay que asegurarlo. Un factor que no falla es el trabajo.
     Pero prescindamos de estos extremos y supongamos que mañana conservarás la posición de hoy. ¿No te fallará, 
en un momento dado, la servidumbre, y te sentirás indefensa, si tú no sabes hacer las cosas?
     —Teniendo dinero, nunca falta quien sirva.
     Así parece; y, sin embargo, la práctica se goza en mostrarnos ocasiones en que, aun con dinero, no se encuentra el servicio adecuado.
     —Entonces se acude a un hotel.
     Esta solución supone la salida del hogar; por tanto, no resulta aceptable.
     Don Leandro Fernández de Moratín escribió, hace siglo y medio, una obra de teatro, llena de sátira, titulada La comedia nueva, que obtuvo un éxito estruendoso en las tablas.
     En ella ridiculiza a doña Angustias, muy aficionada a dedicarse, con su marido, a la literatura, «y entre tanto ni se barre el cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y, lo que es peor, ni se come ni se cena».
     Y alaba a doña Mariquita, muchacha de dieciséis años, en cuyos labios pone estas frases:
     «Yo sé escribir y ajustar una cuenta, sé guisar, sé planchar, sé coser, sé zurcir, sé bordar, sé cuidar de una casa; yo cuidaré de la mía y de mi marido y de mis hijos, y yo me los criaré. Pues, señor, ¿no es bastante? ¡Que por fuerza he de ser doctora y marisabidilla, y que he de aprender la gramática y que he de hacer coplas? ¿Para qué? ¿Para perder el juicio?»
     No pierde el juicio una mujer por cultivar la literatura y las ciencias; pero, desengañémonos, lo pierden quienes se entregan a estudios y otros trabajos, abandonando sus deberes hogareños.
     Me dan pena esas chicas que saben muchas Matemáticas y mucha Historia y no saben hacer una cama, limpiar una habitación o guisar una comida sencilla; saben ordenar un fichero y no saben ordenar un ropero o lo hacen atadas por la falta de costumbre.
     ¿Cómo podrán corregir a la criada y enseñarle a hacer las cosas a su gusto, si ellas no saben hacerlas?
     Cuando se casen, ¿no se resentirá fácilmente la organización y la administración de la casa? ¿No se sentirán demasiado ligadas a su servidumbre?
     Más pena me dan todavía las que muestran disgusto por estas labores; no puede dudarse que la mujer, a fuerza de pretender confundirse con el hombre, va perdiendo feminidad.
     El instinto enseña a las niñas a jugar a casitas. Disfrutan con los pequeños cacharritos de cocina, regalo de sus papás, y si no los tienen, los inventan con cajitas o botes. El progreso moderno enseña a las jóvenes a despreciar las lecciones del instinto y sentir desgana por lo casero.
     En las labores domésticas, lo importante no es lo material; es algo insensible, espiritual, algo que las valoriza de hogareñas; y este tono de bienestar no lo da la criada, lo da únicamente el corazón de una mujer buena, que, al realizar los trabajos, va derramando en ellos algo de su corazón. Esto sólo puede hacerlo la madre, la esposa, la hija.
     La casa está estupendamente ordenada, todos los resortes responden a las mil maravillas, los diversos servicios se realizan con precisión; en el puesto de mando está la mujer amada, y sus manos en los momentos oportunos han descendido a ciertos detalles, donde han impreso sus huellas...
     ¿Huellas dactilares? Huellas de un corazón. Por eso allí hay calor.
     Entrénate, muchacha, en las labores domésticas. Haz tu habitación; si entra en ella la criada, que sea tan sólo para el trabajo más grueso. Los detalles deben ser tuyos. Tu sello personal por todos los rincones.
     Ese cuartito tuyo es una semilla que un día más o menos cercano crecerá y se convertirá en un piso o en una villa donde vivirá con su marido la señora de ...X.
     Para obtener una buena planta hay que sembrar buena semilla. ¿Cómo es tu cuarto? ¿Cómo estará tu casa?
     Si en vez de convertirse en casa se transforma en celda, sobre las lisas paredes encaladas y el catre desnudo proyectará luz el cuarto juvenil de la que en su propio trabajo encontró elemento de perfeccionamiento e instrumento de virtud.
     El símbolo del trabajo femenino es la aguja. Física
mente es pequeña, moralmente es muy grande. Usada con espíritu cristiano, sirve para santificar.
     Horas calladas para coser una prenda, confeccionar un vestido, hacer un bordado, zurcir un remiendo... Afanes, ilusiones, sueños, meditaciones, sonrisas de amor, lágrimas de pena..., todo ello ensartado en el pensamiento al ritmo de los hilvanes de la aguja.
     En la iglesia monasterial de la Encarnación de Madrid ocupa el retablo mayor un precioso lienzo que reproduce el instante dichoso en que el arcángel San Gabriel anunció a María su próxima maternidad.
     La Virgencita bellísima y recatada aparece arrodillada junto al cestillo de la costura.
     La Madre de Dios manejó la aguja; las muchachas, hijas suyas,, deben manejarla muchas veces.
     Cuando el Espíritu Santo quiere trazamos en las páginas del libro de los Proverbios el retrato de la mujer fuerte, nos dice:
     «Buscó la lana y el lino y lo trabajó con la industria de sus manos... Se aplicó a los quehaceres domésticos, aunque fatigosos, y sus dedos manejaron el huso... Hizo para sí un vestido acolchado, tejió delicados lienzos y los vendió.»
     A Isabel de Castilla nos la presentan sus biógrafos cosiendo las camisas de su marido y bordando, en compañía de sus damas, ornamentos religiosos.
     Doña Catalina de Austria, reina de Portugal e hija de Doña Juana la Loca, pasaba largas horas hilando, hacía corporales para las iglesias y bordaba el equipo que había de traer a España su hija María para casarse con Felipe II.
     No es despreciable la aguja que manejaron manos reales y que no desdeñó la Madre de Dios.

Canonigo Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

sábado, 17 de mayo de 2014

Caridad.

     El mayor enemigo de la paz doméstica lo llevamos todos dentro; es nuestro propio yo.
     No te asombre; tu yo te perjudicará muchísimo en el cumplimiento de tus deberes hogareños, y solamente lograrás cumplirlos saltando por encima de él.
     Lo malo es que tenemos el yo muy metido en nosotros, identificado con nuestra personalidad, y cuesta mucho trabajo negarnos a él.
     La Compañía Telefónica de Nueva York, en un interesante estudio hecho sobre las conversaciones por teléfono, comprobó que la palabra más usada era el pronombre personal yo. En quinientas conferencias fue empleado tres mil novecientas noventa veces.
     Yo hice... Yo dije... Porque yo..., cuando yo... ¡Siempre yo!
     ¿No te sucede a ti lo mismo? Cuando miras la fotografía de un grupo en el que estás tú, ¿a quién miras primero?
     Cuando en un periódico lees la reseña de una fiesta en la que interviniste, ¿qué nombre buscas el primero?
     Se trata de repartir algo entre los hermanos; ¿de quién te acuerdas antes que de nadie?
     Se ha recibido la invitación para una boda; tu padre ha dispuesto que le acompañe uno de sus hijos. ¿Cuál es tu primer impulso?
     Un amigo tuvo la atención de enviar unas butacas para el teatro En cuanto lo supo la hija mayor preguntó a su madre: «Mamá, ¿quiénes vamos?»
     El yo siempre saliendo a flote y orientando la vida; y como es un mal piloto, porque padece miopía y no ve más allá de sus narices, ¡se mete en cada borrasca!
     Hay que pronunciar menos el yo y hablar más del tú y él. Hay que mirar menos hacia sí, para acordarse, más de los demás.
     Si se constituye al yo en centro en torno del cual todo gire, inevitablemente vienen choques, pues en el espacio angosto de un hogar, las órbitas de atracción de los distintos yo se entrecruzan. Para evitar tropiezos, cada uno ha de acostumbrarse a ceder el paso a los otros, en vez de tratar de atropellarlos para conseguir salirse con su gusto.
     ¿Por qué esos excesos económicos de que hablábamos en el capítulo anterior? Por egoísmo; porque el yo es el ídolo a quien todo se sacrifica.
     Con tal de que yo quede servido, todo lo demás no importa. Se arruina la economía doméstica, pero yo lo paso bien.
     Por eso, el remedio para las prodigalidades económicas no está en la tacañearía, orín que enroñece a las almas chiquitas, sino en la generosidad, que es característica de las almas grandes.
     Pretender sustituir el despilfarro por la tacañearía, sería intentar quitar una mancha echando encima otro borrón.
     No queremos borrones en la conducta de una muchacha; su alma debe ser luminosa, sin eclipse alguno.
     Los excesos económicos o tienen origen en falta de orden y han de curarse con una buena administración; o son fruto del egoísmo, del imperio del yo, y no pueden remediarse si no es con la generosidad.
     El yo se ha hecho absorbente, e impone su tiranía despótica en el individuo; hay que vencerle.
     No es posible arrancarlo de nuestra personalidad, porque yo soy yo; es decir: es mi propia persona, a la que no puedo destruir. Tal destrucción equivaldría a un suicidio. Por lo tanto, tengo que sujetarlo de manera que no se desboque, y, por otro lado, no se degrade, antes bien se perfeccione.
     La clave de esta operación nos la ha dado Dios en sus mandamientos reducidos a dos fundamentales, cuyos preceptos encierran todos los demás.
     «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus energías, y al prójimo como a ti mismo.»
     Aquí tenemos la fórmula de vida práctica para evitar el egoísmo.      Primero: el yo al servicio de Dios, a quien ha de sujetarse.
     No puede saltar a todos los campos para imponer su dominio; pues cuando pretenda decir: Yo quiero:.. Yo hago..., tropezará con el mandamiento que le dice: Dios quiere... Dios manda... Dios pedirá cuentas...
     Segundo: el yo identificado con tú y él.
     No puede haber conflicto entre yo y tú; tus intereses son los míos, y mío también tu bienestar. Por ti me he de sacrificar como por mí. Si tú triunfas, me parece que he triunfado yo.
     He dicho identificar, y este verbo se queda corto, no liega a decir todo lo que exige y obra la caridad cristiana.
     Hay momentos en que, aun considerando al prójimo como a mí mismo, estalla el conflicto. El puesto es estrecho y no cabemos los dos en él. Es inútil que intentemos entrar los dos del brazo. No cabe más que uno. ¿Quién?
     No lo dudes; tu prójimo. Cede el paso a tu hermana; que ella reciba el obsequio; que vaya, que disfrute...
     Jesús ha dicho: «Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado
     Y El nos ha amado sacrificándose por nosotros y dando preferencia a nuestros intereses.
     Nosotros hemos de sacrificarnos por los demás, dando preferencia a sus intereses.
     Para que nos fuese más fácil esta preferencia y nos resignásemos de mejor grado a postergarnos a nuestros prójimos, Jesús ha querido que éstos, cuando aparecen necesitados, le representan a El.
     «El que recibiere a un niño en mi nombre, a Mí me recibe.» «Lo que hiciste a alguno de estos pequeños, a Mí me lo hicisteis.»
     No me extraña que haya tantas chicas generosas, de alma grande, que a base de sacrificios personales y negaciones del propio yo, van tejiendo la felicidad de su hogar.
     Sacrificios callados, renuncias inadvertidas, vencimientos ocultos... ¿Dónde está ese yo subversivo y absorbente, causa de indecibles disgustos?
     El yo no es norma de conducta; quien traza la norma de vida es tú, o mejor, vosotros. Este vosotros encierra a los seres queridos, y tras de los seres queridos está Dios.
     La muchacha que medita el Evangelio no puede pensar de otra manera. Si en la actualidad abundan las chicas egocéntricas es porque o no leen el Evangelio o no profundizan su contenido.
     Ha llegado a casa con la cartera de los libros debajo del brazo. Tiene diecinueve años y muchas ilusiones Estudia en la Universidad.
     «Mamá —le dice, con el sobrealiento de la prisa— arréglate para que vayas al cine con papá. Se estrena una película muy bonita. La he visto muy anunciada, y he pensado que habías de disfrutar mucho con ella. Anda, arréglate, que ya he telefoneado a papá. Yo me quedo con los niños.»
     El consiguiente forcejeo, porque la madre se empeña en que sea la hija la que vaya al cine; y, por fin, ésta sale triunfante.
     Se queda en casa con sus hermanos menores; les da de cenar, los acuesta y organiza la cena para los demás. Mientras tanto, gracias a ella, su madre puede disfrutar de un bien merecido descanso.
     Esta vez es el padre el que llega a casa con una noticia bomba: la tía de San Sebastián escribe, invitando a una de sus sobrinas a pasar el verano con ella. No señala quién ha de ser la beneficiada, pero parece indicar preferencia por Mari Asun, la mayor, que es su ahijada.
     La noticia es acogida con algazara. El verano en la bonita playa donostiarra les ilusiona. ¿Quién irá?
     Mari Asun, que se ha visto aludida, se adelanta a toda iniciativa.
     «¡Qué oportuna ha estado la tía! Belita le estaba haciendo mucha falta el cambio de aires. ¿No os parece que debía ir mi hermana?»
     Los padres deliberan; Mari Asun debe ser la agraciada, por mayor y por ahijada.
     Esta insiste en su punto de vista: Belita necesita el veraneo; está muy inapetente; los calores de Madrid le perjudicarán. Precisamente le estaba preocupando la salud de su hermana.
     Ante su insistencia, tras de varios cabildeos, se accede; y Mari Asun, a quien acaso no se volverá a presentar la ocasión de veranear en San Sebastián, se dedica con toda ilusión a preparar el viaje de su hermana, disfrutando en los preparativos como si fuesen para ella.
     A través de la satisfacción que experimenta, acallando posibles rebeldías del yo, sonríe Jesús, diciendo: «Lo que haces por tu hermana, a Mí me lo haces.» 
Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

lunes, 7 de abril de 2014

ECONOMIA

     Aquí tienes una virtud difícil de entender para las muchachas.
     Creen que la economía es algo perteneciente a las Matemáticas, sin relación alguna con la moral.
     Pues no es así; la economía es una de las virtudes caseras más necesarias a la mujer. Consiste en gastar tan sólo lo que se debe.
     La educación moderna, aficionada a la condescendencia y al halago, ha hecho a las chicas gastadoras sin medida. Gastan sin preocuparse de si pueden o no hacerlo; de si esos gastos son prudentes o no lo son.
     No se dan cuenta del valor del dinero y de lo que a sus padres les cuesta ganarlo. Si reflexionasen sobre esto, mirarían un poco más cómo gastan, cercenarían prodigalidades y no malbaratarían el sudor paterno. Porque, a fin de cuentas, el dinero que gastáis las muchachas no es otra cosa que eso: la cristalización de los sudores paternos.
     A las chicas que tan alegremente gastan, yo las clasifico en cuatro categorías: derrochadoras, sablistas, sisadoras y golosas.
     Derrochadoras son las que gastan cuanto les viene a las manos sin pensar en ahorrar.
     El dinero se ha hecho redondo para que ruede. ¿Para qué guardarlo? Que ahorre papá.
     Es verdad que mañana tendré que comprarme unos zapatos y si hoy me gasto en un capricho todo cuanto poseo, no tendré para comprármelos. Pues que los compre mamá, ella es la que me provee de todo. Mañana me comprará los zapatos, el mes que viene un abrigo, y así sucesivamente.
     —¿Qué te ha dado el abuelito?
     — Quinientas pesetas. Ya tengo para divertirme estas fiestas. Las voy a pasar estupendamente.
     —¿Pagarás con ellas el vestido que acabas de hacerte?
     —No; eso corre de cuenta de mamá. Esto es para divertirme.
     De cuenta de tu mamá corre tu vestido y los de tus hermanos, y el calzado y los accesorios de toda la familia, más la comida y otros mil gastos inevitables. Suma. ¿Cuántos miles de pesetas?
     ¡Pobre papá! Trabaja, suda, consume tu salud, envejece para ganar dinero. Es poco lo que ganas; trabaja más, suda más. Que tu hija pueda divertirse a costa tuya. Que no tenga que privarse de un capricho o de un placer.
     ¿Tú piensas ahorrar para formarle un capital con que pueda dar cara a los azares del porvenir? Pues ella no quiere sacrificar ni una peseta de quinientas que le han regalado y piensa en despilfarrar en tonterías.
     A mí me indigna la conducta de esas chicas empleadas que se colocan nada más que para poder disponer todos los meses de unos cientos de pesetas en sus gastos personales.
     ¿Y su hogar? ¿Es que no tienen un hogar a que atender? ¿Que lo sostienen sus padres? Es cierto; pero, desde el momento en que ellas ganan, tienen el deber de contribuir a su sostenimiento. Y si sus padres, excesivamente bondadosos, les relevan de este deber, les queda la obligación de ahorrar para el día de mañana en que ellas constituirán una nueva familia a la que han de atender.
     Si ahora no ahorran, se ponen en peligro de no poder, por culpa propia, dar frente a la situación; y además se habrán creado una serie de necesidades —no necesarias—, de las que no sabrán prescindir y que las complicarán la vida.
     Sablistas son las que en casa constantemente están manejando el sable, sobre todo con su padre, para sacarle dinero.
     No les llega la paga semanal, no se conforman con las cosas que se les compran como a todos los hermanos y con las que la mamá, demasiado espléndida, a insinuaciones suyas, consiente. A todas horas están acosando a su padre; unas veces con mimos, otras con quejas y lamentaciones, otras explotando su debilidad o su vanidad.
     —Papá, ¿has visto el abrigo de pieles de Maruja? Pues su padre es de menos categoría que tú.
     —Vengo avergonzada. Os empeñasteis en no comprarme el bolso que os dije y hoy el más birria era el mío. No salgo más con él. Tendré que encerrarme en casa. Y todo por vuestra tacañería.
     —Papaíto, ¿por qué no me regalas una pulsera como la de Charo? Me harías feliz. ¿No dices que me quieres tanto? Pues demuéstramelo. A Charo le decían todos: ¡Cómo te quiere tu papá! Anda, ya verás cómo me lo dicen también a mí.
     ¡Pobre padre! Agótate a trabajar, que tu hija necesita más dinero.
     Sisadoras. Las llamo así, porque es el nombre que mejor les cuadra.
     Sisadora, según mi diccionario, es la que sisa. Antes se decía de las criadas que, en la compra, sisaban a sus señoras.
     Eso era antes; pero ahora hay que decirlo también de las señoritas que sisan a sus madres cuando les envían a recados.
     ¡Y cómo se ha extendido este vicio que pone a las señoritas al nivel de las criadas! Lo peor es que les pone también al nivel de Judas, que sisaba de la bolsa de Jesús.
     Las chicas se han creado tal cúmulo de gastos que no les basta con lo que les dan buenamente, ni con lo que sacan a tornillo, y necesitan robar.
     Es demasiado corriente que la muchacha, al volver de tiendas, dé la cuenta a su madre quedándose con un par de pesetas o un duro. Algunas se quedan con más.
     Lo que empezó en desorden en los casos anteriores, ha llegado aquí a verdadero delito.
     Dirán que siempre es menos falta robar de la bolsa familiar que de la ajena. Es cierto, mas siempre es una falta que, en lenguaje castellano, tiene un nombre vulgar: robo.
     Es un pecado feo, degradante, que supone deformación de conciencia y atrofia de sentimientos. ¡Una señorita robando como un raterillo de esos que lleva la Guardia Civil!
     Al fin y al cabo, el raterillo ha tenido una educación deficiente y vive entre privaciones; pero que robe una señorita que ha sido esmeradamente educada y vive en una mayor o menor abundancia, tan sólo por no saber abstenerse de un determinado perfume, de un adorno, de una diversión, no tiene atenuante alguno.
     Además, en esta falta, se sabe dónde se comienza, pero no dónde se acaba. Perdida la vergüenza, acostumbrada la conciencia a ser amordazada, se va avanzando, poco a poco, por la pendiente vedada.
     El primer día mintió a su madre una peseta al darle la cuenta. La mentira tembló en sus labios, la conciencia se encabritó en su interior; pasó mal rato. La segunda vez el apuro fué menor. Hoy, con la mayor tranquilidad, se ha quedado con un duro. ¿Mañana? ¿Qué sucederá mañana?
     Otro paso más en el camino del delito y nos encontramos con las que he llamado golosas.
     Golosear es pecado de niños que, cuando ven sobre un aparador o en un armario abierto, cosas de comer, no se saben dominar y cogen una galleta, un terrón de azúcar, un pastel, una naranja o simplemente una dedada de mermelada.
     ¡Quién iba a decir que este pecado infantil se iba a convertir, corregido y aumentado, en pecado de mayores!
     Pues así ha sucedido. Hay chicas con tal apetencia de dinero para sus vanidades y diversiones, que cuando sobre un mueble ven unos billetes, no se saben dominar, y, como sus hermanitos golosos, se lanzan sobre él y se llevan unas pesetas.
     Es necesario encerrarles el dinero como se puede hacer con una persona de poco fiar. ¿No es bien triste que una chica pueda llegar hasta tal extremo?
     Muchacha, escribo este capítulo con pena y convencido de que, si tú has faltado algo contra la economía, no has llegado hasta estos últimos extremos menos abundantes que las anteriores faltas, pero demasiado frecuentes en la sociedad moderna devorada por una sed insaciable de riquezas y placeres.
     Acostúmbrate a no gastar, modera tus apetencias y no multipliques eso que llamáis necesidades y no son más que caprichos.
     ¿No te fijas que si en casa todos gastáis cuanto os viene bien, desequilibráis el presupuesto, sobrecargáis las espaldas de vuestro padre con un peso excesivo, y dificultáis la vida hogareña?
     Tú debes ser ante tus hermanos modelo de economía, evitando por tu parte gastos superfluos e induciéndoles a ellos a lo mismo.
     Cuando proyectas excursiones o haces planes con la muchachada, cuando contemplas escaparates o revuelves figurines, cuando piensas en divertirte, antes de encapricharte con algo, a cuya satisfacción luego te cueste renunciar, reflexiona, haz cálculos, y consulta con tus padres o atente a las orientaciones de ellos recibidas.
     Reduce cuanto puedas tus gastos; no seas tacaña; pero no despilfarres.
     ¡Si te dieses cuenta de los equilibrios que se ven obligadas a hacer muchas chicas de tu edad para salvar el presupuesto hogareño!...
     Las hay en esta ciencia verdaderas maestras. El sueldo paterno es pequeño, la madre tiene que hacer casi milagros para estirarlo; la carestía de la vida en perpetua alza; los hermanos necesitan vestir, calzar, estudios; todo contribuye a aumentar la columna de gastos; hay que subir la de ingresos; y ellas arriman el hombro a la carga, trabajan en una oficina y, cuando cobran, entregan todo su sueldo al fondo común sin reservarse, como algunas de manga ancha, lo de las dietas o lo de las horas extraordinarias. Ayudan en casa para disminuir gastos de servicio; aprenden corte para poder hacer los vestidos propios y los de sus hermanos...
     ¿Dices que vivirán agobiadas y amargadas?
     Nada de eso; viven satisfechas. ¿Sabes tú la satisfacción que proporciona a una chica buena ver que con su esfuerzo lleva bienestar a su hogar y que los seres queridos son felices por ella?
     Esas desgraciadas que gastan sin ton ni son, encuentran muy poco goce en dejar escapar el dinero entre las manos. Es muy corriente verlas aburridas.
     Estas otras disfrutan con todo. Un día es el vestido hecho por ella que estrena su hermana; otro es la corbata que ha regalado a su hermano; otro el mueble que ha comprado con sus aportaciones, o la comida extraordinaria que ella costeó el día del santo de su papá, o el abrigo de su mamá que quiso que se pagase con la paga extraordinaria recibida por Navidad.
     Gracias a Dios, todavía abundan las muchachas que conservan el sentido cristiano de la economía. ¡Cuántos hogares han salvado!      ¡En cuántas casas la llamita del bienestar ha podido mantenerse encendida por sus esfuerzos!
Emilio Enciso Viana
Canonigo de Vitoria
LA MUCHACHA EN EL HOGAR