jueves, 3 de julio de 2014

Aprovechamiento del tiempo

     Eres cuidadosa, guardas con solicitud plausible las cosas, sobre todo si son de valor o las aprecias mucho.
     No desperdicies el tiempo, que es una joya de gran valor.
     El tiempo es oro, dice un vulgar refrán inglés, repetido hasta la saciedad. Y es verdad, el tiempo bien aprovechado ahorra y produce dinero; malgastado, priva de ganancias y causa gastos.
     Por un momento no llegas al tren y tienes que coger un coche o quedarte en una localidad extraña con los gastos consiguientes.
     Has andado despacio, sin preocuparte de la hora; te han cerrado mientras tanto las tiendas y te encuentras sin poder adquirir de momento lo que te hacía falta. Suele ser muy corriente en estos casos tener que improvisarlo gastando más.
     Pierdes el tiempo, desperdicias sus minutos sin apreciarlos, y luego te faltan horas para hacer las cosas; trabajas menos, dejas labores sin hacer, no produces lo que debías producir, y tu menor rendimiento se traduce en menor bienestar hogareño o en mayores gastos para suplir tu falta.
     Tiene razón el adagio popular; el tiempo es oro.
     A mí, sin embargo, me parece que el refrán se quedó corto; yo lo enunciaría así: el tiempo es cielo.
     ¿No habías reparado en ello?
     Es uno de los grandes bienes que Dios te ha dado para que. administrándolos rectamente, ganes el cielo.
     Reflexiona: Esas horas por ti vividas, esos minutos por ti malgastados, los tienes en administración: un día se te pedirá cuenta de ellos.
     Si has aprovechado el tiempo en el cumplimiento del deber, se te premiará con la gloria del cielo; pero si has derrochado sus instantes, tendrás que sufrir el castigo correspondiente a tu fraude, porque es un verdadero desfalco derrochar los valores que Dios te ha confiado para el negocio de tu salvación.
     Por eso observarás el interés con que los santos aprovechaban el tiempo y huían de la ociosidad. Lee las constituciones de las Ordenes monásticas y de los institutos religiosos y en todas encontrarás un sumo cuidado de no malgastar el tiempo.
     A tu edad no se da valor al factor tiempo; se malbarata con facilidad. Las ocasiones suelen ser las siguientes:
     1° El sueño.—Hay chicas que no encuentran hora oportuna para levantarse. Siempre se quejan de que es pronto.
     —Yo soy de dormir mucho. Es como una enfermedad en mí—alegan para disculparse.
     En la juventud, la capacidad de sueño es muy grande, y si se os dejase pasaríais gran parte del día durmiendo. Esto no quiere decir que necesitéis tantas horas como vosotras creéis.
     Una chica debe dormir, si por razones especiales el médico no le recomienda otra cosa, ocho horas o, a lo sumo, nueve. Con esto tiene suficiente, y si duerme más se excede.
     —Yo necesito más, porque por las mañanas tengo mucho sueño.
     Lo que tú tienes es pereza. Véncela. Sólo hay una manera de vencerla: a la hora convenida, que debe ser fija, cuando el despertador suena o tu mamá te llama, sin pararte a pensarlo salta de la cama con ligereza, santigúate y comienza a vestirte mientras rezas.
     El detenerte a desperezarte, a pensar el frío que hace, o si acaso te dolerá la cabeza o que parece que te sientes pesada, es pereza. No des media vuelta —sólo media vuelta—, porque te levantarás tarde.
     —No es más que medio minuto.
     Si cedes, el medio minuto se convertirá en un cuarto de hora, en media hora..., en no llegar a misa o faltar a otros deberes caseros.
     Parece como si la cama tuviese unos brazos que sujetan a la perezosa, impidiéndola levantarse.
     Cuanto más tarde, los brazos se van apretando más y sujetan más fuertemente. A medida que pasan los minutos después de la hora señalada, la pereza aumenta progresivamente.
     ¿No has observado que a las diez de la mañana tienes más pereza que a las ocho, suponiendo que ésta fuese la hora de levantarte?
     Para que por la mañana no pierdas el tiempo con la pereza, organiza bien tu sueño y acuéstate a hora conveniente.
     ¡Qué hermosas son las horas de la mañana para trabajar!
     2° Las conversaciones.—Hay que ver la capacidad de algunas mujeres para hablar. Se las encuentra en la calle paradas, muy metidas en conversación; después de un gran rato, al regresar de ocupaciones múltiples, se las vuelve a hallar en el mismo sitio, con la misma facilidad de palabra y, al parecer, con el mismo interés por lo que hablan.
     Algunas chicas, al mediodía, andan de arriba para abajo por las calles con el velo puesto y el misal en la mano. No han regresado a casa desde que salieron a misa, se han encontrado a las amigas y ¡tenían tanto que charlar!
     A otras las veréis por la tarde en el mismo plan; les ha mandado su madre de tiendas, y como se han encontrado, han aprovechado para hablar un rato. Lo peor es que el rato se prolonga demasiado.
     Para otras el teléfono parece no tener más objeto que proporcionarles un medio de entablar conversación con todo bicho viviente.
     ¡Qué insulseces se dicen por teléfono! Y para eso se están horas muertas como si no tuviesen otra ocupación.
     En estos y semejantes casos, aparte de otros males, el hogar se resiente y las labores domésticas se abandonan, retrasan o se hacen con precipitación.
     No es posible estar en dos sitios a la vez: en el teléfono y en la cocina. Ni se puede a un mismo tiempo cepillar el traje de papá y andar de callejeo para hablar con las amigas.
      La ventana es otra constante tentación.
     Pasas junto al mirador y experimentas hacia su cristalera un tirón especial. Es como un imán que te atrae con tanta fuerza, que acabas por dejarte arrastrar y curiosear la calle.
     ¿Quién pasa? ¿Pasará aquel chico alto del bigotillo ahilado? ¿Qué abrigo lleva hoy la vecina de enfrente?
     ¡Qué plácidamente se pasan las horas contemplando la película callejera! No obstante su monotonía general, tú le encuentras todos los días algún aperitivo especial, estimulante de tu curiosidad.
      El espejo, sobre ser incentivo de vanidad, es un enemigo del deber del que aparta largos ratos.
     La muchacha aficionada a él perderá el tiempo, abandonará las obligaciones y sacará de quicio a su madre, cuyos bocinazos habrán de resonar muy a menudo para arrancarle de la tiranía del tocador.
      Soñar despierta.—Te han llamado la atención muchas veces: «¡Si estás en Babia!» «¡Ya está en la luna!» «En la higuera, en lo más frondoso.»
     Y tú abres muy grandes los ojos llenos de asombro, porque no sabes de qué hablan, y hasta te enfadas, porque te da rabia que se rían de tus distracciones.
     Las chicas tenéis una propensión muy grande a la vida imaginativa: os gusta soñar.
     Estabas cosiendo; de repente has dejado caer la labor sobre las rodillas y te has quedado con la vista fija en el espacio.
     —¿Dónde estás? En el Limbo—te dice tu hermana.
     Estás en un mundo ideal donde vives escenas fantásticas, según tu capricho, bajo la influencia de las últimas impresiones recibidas.
     Te preocupa un muchacho, tu amiga, un vestido, lo leído en la novela, y tu imaginación vuela y elabora escenas, personajes, acontecimientos; todo ello iluminado por la ilusión. ¡Qué agradable resulta! Pero, ¡qué falso!
     Cuanto más se deja vagar la imaginación, más se desborda, se excita, emprende carreras vertiginosas por pistéis de color de rosa y con facilidad se desboca pasando al terreno vedado.
     Tira de las riendas y frena pronto, que, sobre todo en las muy jovencitas o en las novias, suelen estos sueños tomar una orientación malsana con peligro para la pureza.
     Las soñadoras son siempre unas despistadas; habituadas a su vida imaginativa, el choque con la realidad les desorienta. No es lo mismo soñar que vivir. Los sueños los finge nuestro capricho; la vida nos la impone una realidad independiente de nuestro querer.
     «Me gusta pensar», dices. Pero ten en cuenta que pensar no es lo mismo que soñar.
     El sueño es algo impreciso y vago, sin objeto concreto, que va arrastrando la imaginación dulcemente sin ver el final; siempre, entre nubes sonrosadas, y como acompañamiento, la excitación de la sensibilidad.
     Pensar supone algo concreto, determinado, sobre lo que se discurre; a veces la imaginación levanta su vuelo; pero no vuelo libre, sino amarrado al raciocinio.
     El sueño es un avión sin piloto, lanzado a su propio impulso sin directriz responsable. El pensamiento es un avión pilotado por la razón.
     6° Las novelas sobreexcitan la curiosidad.
     La muchacha novelera no acierta a arrancarse del libro o del televisor hasta ver en qué para aquello. ¿Se casa? ¿Se muere? ¿Se mete al convento?
     El tiempo pasa; ella no lo siente; no vive en la realidad; está fuera del mundo que le rodea; vive la historia fantástica creada sobre el papel.
     Debería estar cosiendo, preparando la cena a sus hermanos o arreglando el despacho de su papá. Pero... no puede ser; precisamente en este momento acaba de encontrarse ella con él... ¿Se arreglarán? ¿Reñirán definitivamente?... Hay que ver en qué para...
     Ya lo sabemos. Para en que se quedan las medias sin zurcir, la cena no está a tiempo y la habitación se arregla de mala manera.
     7° Las pequeñeces innecesarias tienen la virtud de hacer perder el tiempo, produciendo la sensación de trabajar mucho.
     Todo el rato está ocupada, y, sin embargo, no le luce la labor.
     Da veinte vueltas innecesarias, contempla minuciosamente todos los objetos, los ordena de diversas maneras, los vuelve a mirar, de nuevo los cambia de sitio, otra inspección ocular, y el tiempo pasa sin haber hecho nada.
     Sé han sentado todas las hermanas a trabajar junto al mirador. Ella ha comenzado por cambiarse de vestido, después ha estado buscando una silla baja, que le gusta más que las otras; luego se ha acercado al costurero y ha comenzado a examinar las agujas. Esta es demasiado gruesa, ésta demasiado delgada, ésta es más acertada, pero tiene la punta un poco obtusa.
     Por fin ha encontrado aguja; ahora se necesita hilo. ¡Pero qué desordenados están los carretes! Es mejor ponerlos bien: por tamaños, de mayor a menor.
     ¿No estarían mejor por colores? Primero los negros, después los blancos, después... No, mejor será colocar primero los blancos, que se usan más...
     Sus hermanas llevan trabajando media hora, y ella no ha dado todavía una puntada.
     No obstante, nadie podrá decir que no ha hecho nada; todo el rato ha estado ocupada.
     ¡De cuántas maneras se pierde el tiempo! Y el tiempo es oro o, más bien, cielo.
     No lo desperdicies, muchacha. Rechaza cuanto supone desaprovechamiento. Reprime tu curiosidad, frena tu imaginación, fortalece tu voluntad. Sí; ésta es la clave: fortalece tu voluntad para que, teniendo dominio sobre ti misma, puedas realizar fielmente el plan de vida que exige el cumplimiento del deber.
     Acostúmbrate a distribuir convenientemente el tiempo, y cuando una de esas distribuciones reclama una labor determinada, deja la amiga, el teléfono, el espejo, la novela, cuanto sea necesario, y con viveza, sin lentitud de soñolienta, sin rodeos retardatarios, comienza la labor.
     Si ésta es desagradable, no la retrases, no te pares a ponderar sus inconvenientes y a pensar en el sacrificio que supone; afróntala directamente y lánzate a ella con denuedo, confiando en la ayuda de Dios.
     Desenmascara la pereza y véncela; las perezosas están destinadas a naufragar en la vida.
     Las chicas acostumbradas a «matar el tiempo», cuando pasan a ser amas de casa acaban matando el hogar.
Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

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