lunes, 14 de julio de 2014

¡SALVA TU ALMA!

     Salvarse. ¿Y qué es salvarse? Lee, medita y resuelve. Te lo van a decir los experimentados a lo humano y a lo divino. Te lo dirá la Verdad Eterna.
     El Rey. Luis XVI de Francia, a punto de ser ejecutado, te da su verdad y su lección suprema, que tú no debes aprender tan tarde: “Muchos negocios tuve en vida; este de ahora es el negocio”.
     El maestro de almas. Dijo Ignacio de Loyola: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, Nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”.
     El poeta. “¿Yo para qué nací? Para salvarme”.
     La sabiduría popular.
“Es la ciencia consumada 
el que el hombre en gracia acabe, 
porque al fin de la jornada, 
aquel que se salva, sabe, 
y el que no, no sabe nada”.
     El conductor político. “Consideramos al nombre como portador de valores eternos, con un alma capaz de salvarse y de condenarse...”
     El asceta convertido. Escribe el P. Faber: "¡Salvarse! ¿Y qué es salvarse? ¿Quién puedo decirlo? Es escapar del más terrible de los naufragios, es gozar del reposo en la Patria. Pero ¿qué patria? Es mecerse por siempre dulcemente en el seno de Dios, en un éxtasis eterno de invariables delicias”.
     El Apóstol de las gentes. “Vestrum negotium agatis”. El negocio vuestro. Tu cuestión personalísima; necesaria, porque si no, lo pierdes todo; urgente, porque es de máxima importancia y tu vida tiene un límite que tú desconoces...
     Jesús, nuestro Salvador. “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” Esta pregunta de Jesús convirtió a Javier, el mundano universitario de París, en el santo y el apóstol de las Indias... ¡Salvarse! En realidad, para tu dicha, es lo único que te importa. Te va en ello la inmortalidad del gozo, el aquietarse definitivo de esa tu alma, enferma de insatisfacción hasta que repose en su último Fin. ¡Así nos hiciste, Señor. Y así andamos, menesterosos de Ti.
     Entonces, ese tu entendimiento ávido quedará anegado en luz. Y esa tu voluntad, centrada en amor total y eterno. Y no habrá ausencia, ni temor, ni tristeza, ni ansiedad, ni pecado, ni remordimiento. Vida sin fin; posesión de Bien sumo; paz y sosiego inefables.
     Pero salvarse es cosa muy tuya.
     Y oye bien lo que enseñan los teólogos:
     1.° Si el hombre está decidido a salvar su alma, nadie se lo puede impedir.
     2.° Si el hombre está decidido a perder su alma, nada es capaz de forzar su resolución.
     Ante ti, niño, joven, caminante de la tierra, se bifurca el camino de la vida.
     ¡Por aquí se va al cielo!
     ¡Por aquí se va al infierno!
     Y Jesús dice: El que quiera venir en pos de Mí...
     Fíjate bien: el que quiera... Puedes seguir libremente una de las dos direcciones: derecha, izquierda.
     O salvarme, o condenarme.
     Es mi dilema terrible. Terriblemente práctico y personalísimo. Ahí abocará mi trayectoria humana, sea cual fuere, clamorosa o escondida. De mí, en definitiva, sólo quedará un alma salvada o un alma condenada, un elegido o un réprobo...
     Y esta incertidumbre de mi salvación se revelará y disipará cuando ya no quede alternativa. Cuando Dios me declare eso: elegido para siempre; réprobo para siempre.
     ¡Señor que me creaste, ten misericordia de mí!
     Yo sé que Tú me esperas con los brazos abiertos y con los tesoros de tu gracia. Toma mi voluntad y mi cooperación en total entrega.
     Maestro Ignacio de Loyola, que clavaste en el ánimo de Javier la saeta evangélica del "¿qué aprovecha...?” Clávala, profunda y tenaz, en mi alma.
     Jesús, Maestro soberano, que pronunciaste esas desgarradoras palabras de vida eterna.
     ¡Pierda yo el mundo y mil mundos! ¡Pero que mi alma se salve!
R. P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
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