miércoles, 2 de julio de 2014

La Visitación de la Santísima Virgen

 
2 DE JULIO
INTRODUCCIÓN
     Génesis y significación de esta solemnidad. 
     Mientras la Iglesia, desgarrada por el gran cisma de Occidente, se agitaba en medio de la más cruel de sus pruebas; el pensamiento del soberano Pontífice volvióse hacia María. ¡Qué consuelos, qué santificación no había llevado a la casa de Zacarías la visita de la Madre de Dios! ¿Acaso no querrá hacer por toda la Iglesia lo que hizo en el interior de una familia? ¡Cuánta necesidad tenía la Iglesia de ser fortalecida y santificada! Conmovido Urbano VI por las necesidades del rebaño cuyo Pastor era, y fortalecido con esta esperanza, dio en 6 de abril de 1389, un decreto, promulgado el 9 de noviembre del mismo año por su sucesor Bonifacio IX, por el que se impuso a toda la Iglesia latina la fiesta de la Visitación de la Virgen Santísima (1). Siempre con el fin de pacificar más y más a la Iglesia, la institución de esta fiesta, al terminarse el cisma, fue confirmada por el conciliábulo de Basilea y mantenida por los Papas legítimos. Pío IX la elevó a rito doble de segunda clase en 31 de mayo de 1850, en memoria de su regreso de Gaeta y de la liberación de la ciudad de Roma. Este fausto acontecimiento había coincidido el año anterior con la Visitación de la Virgen Santísima.
     La Visitación, por lo demás, ya se celebraba más antiguamente en las iglesias particulares. Se la menciona, por primera vez, en los estatutos de la iglesia de Mans (2) de 1247, y en 1263 era ya venerada por los Franciscanos.
     Escogióse el 2 de julio para esta festividad, porque, hacia esta fecha, María puso término a su estancia casi de tres meses en casa de su prima (3).

Plan de la meditación. 
     En este misterio, la piedad cristiana considera a María como el canal de una santificación que pacifica y consuela. La que visita a Isabel es la Madre de la gracia (4) y el consuelo de los afligidos. Dispondremos, pues, la meditación, según esta idea fundamental, considerando sucesivamente la consoladora santificación de San Juan Bautista, la de Isabel y finalmente la de María.

MEDITACIÓN
«Exsultavit infans" (Luc. I, 41).
Saltó el niño de gozo.
     l.er Preludio. Recordemos el relato evangélico de la Visitación, insistiendo, sobre todo, en los santos consuelos que embalsaman este misterio. Habiendo salido María apresuradamente después de la embajada de San Gabriel, llega a la casa de su prima y la saluda. A esta salutación, siente Juan Bautista en el seno de su madre un estremecimiento de gozo, indicio, según la tradición católica, de la gracia santificante que, en el mismo momento, le purificó de la culpa original. Isabel, llena también del Espíritu Santo, no puede contener su regocijo y levanta su voz (5) para felicitar a su parienta, investida de tan alta dignidad, y para felicitarse a sí misma por recibir bajo su techo a la Madre de su Señor.
     María, a su vez, manifiesta una santa alegría en aquel canto de gratitud llamado el Magníficat.
     2.° Preludio. Representémonos la casa de Zacarías, en la que María encuentra a Isabel.
     3.er Preludio. Pidamos la insigne gracia de ser también consolados, y de ejercer a nuestro alrededor esta influencia pacificadora que caracteriza la acción de los hijos de Dios (6).

I. CONSOLADORA SANTIFICACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA
     I. Jesús, llevado por María, santifica a su precursor Juan Bautista, dándole, con ello, materia de gozo y de consuelo inefables. El alma de Juan Bautista, obscurecida hasta entonces y manchada, resplandece de pronto con un brillo magnífico que jamás le dejará. Este adorno incomparable es al mismo tiempo una sublime dignidad. Aguardemos el primer despertar de la razón. ¡con qué amoroso ímpetu ofrecerá este amigo del esposo (7), el mayor de los profetas (8), todo su corazón a Dios! ¡Oh dulzura suave de la caridad, que confunde en un mismo sentimiento al hombre con Dios! Tal es el consuelo que Nuestro Señor comunica, por María, a Juan Bautista y al mundo.
     Mas, en este momento, el principio de este gozo divino es depositado en el alma de un niño que no conoce su hermosura ni su grandeza. Juan mismo no comprende la sacudida que le agita (9).

     II. 1. ¿No estamos representados en San Juan los que estamos en el seno de nuestra Madre la santa Iglesia ? La hermosura, la dignidad de la gracia y de la caridad se han derramado también en nosotros, y en nuestra mano está el conservarlas siempre. Pero también desconocemos la magnificencia de este ornato y de esta grandeza. ¡Qué entusiasmo se apoderará de nuestra alma a la luz de la visión! Meditemos estas palabras de San Juan (10): «Considerad el amor del Padre para con nosotros merced al cual somos llamados, y somos, en efecto, hijos de Dios. Sí, hijos suyos somos ahora; pero lo que seremos un día no aparece aún. Sabemos que, cuando Jesucristo se manifestará en su gloria, seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es». Y añade el discípulo amado: «Cualquiera que alimenta esta esperanza en Él, se santifica a sí mismo como Él es también santo».
     2. Este gran consuelo de la caridad, por poco que lo comprendamos, será suficiente para nuestras almas, y nos negaremos a vivir de otros cualesquiera goces y consuelos.

II. CONSOLADORA SANTIFICACIÓN DE ISABEL
     I. Isabel siente un indecible consuelo al recibir la visita de su prima, y al oír la voz de María que la saluda. ¡Qué beneficio el de la venida de María! La gracia del Espíritu Santo sigue los pasos de la Madre de Dios; y la suavidad de la dulcísima Virgen añade un consuelo presente a las deliciosas esperanzas del porvenir.
     II. Beati pacifici! ¡Bienaventurados los pacíficos! (11). Hay hombres que poseen el talento inestimable de consolar y alentar a los demás, abriéndoles como una perspectiva, de suyo muy dulce, sobre la dicha de amar a Dios en la eternidad. Talento tal vez no a todos concedido; pero que supone un grande olvido de los propios cuidados, de los propios negocios, de los propios intereses, y un amor a Dios poco común. Mas por este camino del renunciamiento todos tendrán alguna parte en este don que permite realizar tan gran bien. Consideremos qué nos costaría mostrar, durante un año, buen rostro a todo el mundo; y, por otra parte, la saludable influencia que nos procuraría el acoger a todos cordialmente. Ya veremos que el sacrificio del tiempo y las molestias nada son comparados con los felices frutos que podrían producir.
     III. En nuestras tristezas y desolaciones, dirijámonos confiadamente a María; ella puede y quiere consolarnos y fortalecernos.

III. CONSOLADORA SANTIFICACIÓN DE MARÍA
     I. Estas bendiciones de que María fue testigo la llenan de una gratitud inmensa, que acrecienta su gracia, su mérito y su dicha. María participa del gozo de su prima; pero se goza, nos dice ella, en el Señor que perpetúa su alegría: "Exsultavit spiritus meus in Deo salutari meo» (12). Mi espíritu se ha alegrado deliciosasmente en Dios mi Salvador.
     II. En todo este misterio de la Visitación, María no ha pensado en sí misma. Ved, sin embargo, su felicidad. Se cumple la palabra de Jesucristo: «Hay más dicha en el dar que en el recibir» (13). Consideremos bien el sentido y todo el alcance de esta sentencia. ¿Tendríamos valor para ensayar su práctica? Jesús no engaña. ¡Qué dicha sentiríamos en el olvido de nosotros mismos!

COLOQUIO
     Supliquemos a María, en el coloquio, que pacifique nuestra alma, y que nos obtenga el don de llevar la paz dulcísima de Dios a tantos corazones afligidos y llagados. Pidámosle también que santifique y pacifique la Iglesia. Pidamos las mismas gracias a Jesús por medio de María y, al terminar, digamos con nuestra Santísima Madre el Magníficat de la esperanza cristiana y de la gratitud.

(1) Tomamos de Holweck, op. cit., estas dos estrofas de un breviario sueco de 1513:
     Scisuram tuae tunicae Tuus natus resarciat, Unus pastor catholice Suam sponsam custodiat! Aufer lites et schismata Credentium de finibus Tranquillae pacis sabbata, Nostris praebe temporibus.
     "¡Que vuestro hijo repare lo rasgado de vuestra túnica, que un solo pastor guarde católicamente a su esposa! Desterrad de la tierra de los creyentes las querellas y los cismas; conceded a nuestros tiempos el reposo de una tranquila paz».
(2) Labbe-Mansi, t. 23, p. 764.
(3) Por suprimirse entonces, en cuaresma, las fiestas de los santos, no podía celebrarse la llegada de María a casa de su prima; pues esta llegada, que siguió de cerca a la Anunciación (25 de marzo), coincide ordinariamente con la cuaresma.
(4) En el calendario de la iglesia de Marsi (Italia meridional) esta fiesta se anuncia como Fiesta de Santa María, Madre de gracias, Visitación de la B. V. M.—S. Mariae, matris gratiarum, Visitatio B. V. M.

(5) Exclamavit voce magna. Exclamó con gran voz (Luc. I, 42).
(6) «Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Matth. V, 9).
(7) "Amicus autem sponsi" (Joan. III, 29).
(8) "Major Ínter natos mulierum propheta Joanne Baptista nemo est». Entre los nacidos de mujer ningún profeta hay mayor que Juan Bautista (Luc. VII, 28).
(9) Sea esto dicho sin perjuicio de la opinión que atribuye a Juan Bautista una milagrosa posesión de sus facultades. Véase Knabenbauer in Luc. I, 41.
(10) 1.a Joan. III, l, 2.
(11) Matth. V, 9.
(12) Luc. I, 47.
(13) Act. XX, 35.
Arturo Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

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