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martes, 3 de diciembre de 2013

COMULGAD BIEN, PORQUE LA COMUNION BIEN HECHA NOS PRESERVA DE LOS PECADOS VENIALES.

Discípulo.—Dígame, Padre: ¿cómo borra los pecados veniales la Santa Comunión?
Maestro.—La Sagrada Comunión es también medicina que sana, y fuego que abrasa y purifica. Pero, antes, dime, ¿qué es pecado venial?
D.—Es una mancha del alma que la afea, la deforma y, a veces, la hace asquerosa.
M.—Muy bien.
     La Sagrada Comunión es como el hierro y como el fuego del médico, que quema y hace desaparecer las llagas del alma, quitándole las manchas. Nuestra alma se vuelve cada vez más hermosa y limpia, encontrando Jesús sus delicias en comunicarnos sus gracias especiales.
D — ¡Oh Padre, qué grande es el bien que nos reporta la Comunión frecuente! Jamás se debería dejar, aunque sólo fuera por conseguir este solo efecto.
M. -¡Así es!... 
     De la misma manera que todas las mañanas nos lavamos las manos y la cara para quitarnos el polvo y las manchas y estar limpios, así cada mañana debemos lavar nuestra alma en la Sagrada Comunión. Para esto la instituyó Jesucristo, y la Iglesia desea que nos sirvamos de ella como remedio cotidiano para las deficiencias de cada día.
D.—Cosas son éstas, Padre, en las que nunca había pensado seriamente, a pesar de ser tan hermosas. Dígame ahora cómo preserva la Sagrada Comunión de los pecados mortales.
M.—De dos maneras: interna y externamente. Ante todo, nos preserva internamente nutriendo y robusteciendo nuestra alma hasta hacerla casi invulnerable al pecado mortal. La comprenderás mejor con dos ejemplos sacados de la obra Las grandezas de la Comunión.
*      *     *
     Cuentan los misioneros venidos de Africa que en aquellas regiones se cría un animal un poco más grande que nuestro gato y que le llaman gato salvaje.
     Este animal, casi siempre está en lucha con las serpientes, tan abundantes en aquella tierra: y cuentan que casi siempre vence, porque conoce bien una hierba que tiene la propiedad extraordinaria de preservar de las mordeduras venenosas de las serpientes. Cuando le asaltan, apenas ha sentido el mordisco, se revuelca en aquella hierba y la come; así está siempre dispuesto a luchar.
     Herido dos y tres veces, vuelve siempre a la hierba y recupera fuerzas, hasta que logra aplastar la cabeza de su enemiga.
     También nosotros estamos constantemente luchando con la serpiente infernal, que de mil formas y maneras acecha a nuestra alma.
     ¿Queremos salir vencedores? Tomemos el remedio infalible, el contraveneno, que es la Comunión frecuente y bien hecha, y el demonio no podrá con nosotros.
*      *      *
     Mitridates, famoso rey del Ponto, en el Asia Menor, fué uno de los mayores enemigos que tuvieron los romanos, contra los cuales luchó por espacio de cuarenta años. Era muy esforzado y muy astuto, sobre todo instruidísimo: hablaba veintidós lenguas; pero era también muy ambicioso y por demás cruel, hasta el punto de que sus subditos y sus mismos soldados se rebelaron contra él y le obligaron a que se diera a sí mismo la muerte.
     El entonces, para conjurar la ira de ellos, intentó envenenarse; pero por más veneno que ingería no lo lograba, pues cuenta la historia que Mitridates había contraído la costumbre, desde mucho tiempo, de beber cada día una pequeña cantidad de veneno, de tal manera que poco a poco se había hecho como invulnerable a sus efectos.
     Pues bien, si en las luchas espirituales queremos llegar a ser invulnerables, habituémonos, no a beber el veneno, sino a comer todos los días la carne purísima de Jesús. La Comunión, es verdad, no nos hace impecables, pero preserva del pecado, como dice el Catecismo, y preservar quiere decir, precisamente, que obra de tal manera, da tanta gracia, que nos hace resistir al mal para no caer en pecado; y si alguna vez tenemos la desgracia de caer, nos da fuerza para arrepentimos en seguida y confesarnos.
     Nos preserva, además internamente, poniéndonos a salvo de las acechanzas de los muchos enemigos espirituales que tenemos, infundiéndoles respeto y temor. También te convencerás de esto con dos ejemplos tomados de la obrita citada: Las grandezas de la Comunión.
     Se lee en la historia del pueblo de Israel, que, esclavo éste del rey Farón, y no queriendo este rey darles libertad, mandó Dios a un ángel para que exterminase a todos los primogénitos de los egipcios. Pero para librar a los primogénitos de los hebreos, dijo Dios a Moisés, su caudillo, que rociase con la sangre del cordero pascual todos los dinteles de las casas de los israelitas. El ángel exterminador pasó a media noche, y entrando en todas las casas, mató a los primogénitos, desde el del Faraón hasta el último de sus esclavos; pero no entró en las casas rociadas con la sangre del cordero ni mató a ninguno de sus moradores. La Comunión nos rocía con la sangre de Jesucristo, verdadero cordero pascual, y el ángel de la tentación que es el demonio, no se itreve a entrar ni a dar muerte al alma con el pecado.
     Contaba un misionero de las Indias que algunas jovencillas de la tribu de Diamfi, diariamente hacían un largo viaje y vadeaban, con riesgo, un caudaloso río para ir a comulgar. Al volver a su tribu, se encontraban en medio de peligros y escándalos; pero ellas contestaban con gran firmeza a quienes les inducían a pecar:
     —Nosotras comulgamos todos los días, y estas solas palabras bastaban para salir victoriosas, llenando de vergüenza y confusión a los tentadores.
     Date cuenta de cuánta verdad es que la Comunión bien hecha preserva de los pecados mortales.
D.—Estoy bien convencido de ello, Padre. Pero permítame le haga una pregunta: Si la Comunión preserva de los pecados mortales, ¿por qué algunos que la frecuentan caen en pecado y cometen escándalos?
M.—Te respondo que la Comunión nos preserva de los pecados, aumenta la gracia en nosotros, nos pone alerta, apartando el deseo y la tentación; pero no nos fuerza ni nos quita la libertad. San Agustín nos dice que Dios, que nos ha creado sin nosotros, no nos salvará sin nosotros.
     La Comunión nos hace conocer mejor el mal que nos domina: castiga y remuerde, obstaculiza el camino del pecado; pero no suprime la libertad. La Comunión, en fin, no nos hace impecables, sino nos aleja del pecado, así como las medicinas no nos hacen inmortales, sino que nos sanan de las enfermedades y nos preservan de ellas.
D.- Muchas gracias, Padre. Ahora dígame de qué manera nos une a Jesucristo la Sagrada Comunión.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

sábado, 16 de noviembre de 2013

COMULGAD BIEN (23)

COMULGAD BIEN, PORQUE LA COMUNION BIEN HECHA CONSERVA Y AUMENTA LA VIDA DEL ALMA.

Discípulo.—¿Cuáles son, Padre, los principales efectos de la Comunión frecuente?
Maestro.—En el Catecismo donde se pregunta: "¿Qué efectos produce la Sagrada Comunión?", se responde: "La Santísima Eucaristía: Conserva y aumenta la vida del alma, así como el alimento material conserva y aumenta la vida del cuerpo; Borra los pecados veniales y preserva de los mortales; Nos une a Jesucristo y nos hace semejantes a El".
     Vayamos por partes; ante todo, para comprender bien cómo la Sagrada Comunión conserva y aumenta la vida del alma, es preciso estar convencidos de que la Comunión no es una devoción cualquiera, sino que es un Sacramento. Muchos se acercan a comulgar únicamente para conseguir una gracia o por hacer un acto ordinario de devoción. La Comunión no está instituida para esto, aunque pueda conseguirlo, pues la práctica más importante de devoción. Su finalidad es más sublime; su fin principal y su efecto es el de conservar en nosotros la gracia, que es la vida del alma.
     Si yo te preguntara cuál es la cosa más preciosa del mundo, ¿qué me dirías?
D.—Pues que la vida es el todo, y que todo se sacrifica por conservar la vida.
M.—Muy bien; pero más preciosa es la vida del alma. Y si para conservar la vida del cuerpo estamos siempre dispuestos a soportar fatigas y sudores, medicinas amargas y costosas, operaciones difíciles y peligrosas, aún debemos estar mejor dispuestos para asegurar la vida del alma, y como es la Sagrada Comunión la que conserva y sostiene esta vida del alma, debemos procurar con el mayor empeño y diligencia frecuentar la Sagrada Comunión y hacerla bien.
*      *      *
     Cuenta la Historia que la impía reina Isabel de Inglaterra, llena de odio contra Dios y contra los católicos, publicó un decreto con el que condenaba a pagar cuatrocientos escudos de oro y la prisión a quien recibiera la Sagrada Comunión.
     Un caballero inglés, cristiano ferviente, al conocer el decreto, determinó, a pesar de todo, seguir comulgando. Vendió inmediatamente todas sus mejores alhajas, y del dinero mandó hacer costalitos de cuatrocientos escudos. Cada vez que le sorprendían los guardias comulgando, y por ello era condenado a pagar la multa, tomaba en seguida uno de aquellos costalitos y los llevaba al tribunal, se lo entregaba a los jueces y públicamente protestaba y decía que él de muy buena gana gastaba aquel dinero con tal de no dejar la Sagrada Comunión.
     El Cardenal Newman fué antes Obispo protestante. Al tratar de hacerse católico le decía un amigo suyo: —¿Has pensado bien en el paso que vas a dar? Si abjuras y te haces católico, perderás tu rico sueldo; ten en cuenta que son cincuenta mil pesos anuales.
     A lo que Newman, levantándose, respondió: —¿Qué son cincuenta mil pesos comparados con la Comunión?

D.—¡Qué nobles ejemplos, y cómo confunden a cuantos pretenden tener siempre razones para no comulgar!
M.—Inclinémonos antes estos hombres y, al admirarles, imitemos, sobre todo la robustez de su fe y firmeza de carácter. Y volvamos a lo nuestro: la Comunión frecuente no solámente conserva la vida del alma, sino que la aumenta.
     Acá abajo todo tiende a crecer y a aumentar. Fíjate en la hierba, las hojas y las plantas en la primavera; observa cómo los niños, desean crecer, desarrollarse, hacer progresos; no obstante, muchos cristianos creen que basta evitar el mal, y se atreven aún a decir: "¡Ojalá a la hora de la muerte estuviera como cuando me bautizaron!"
D.—Padre, ¿hacen mal estos tales?
M.—Yo quisiera decirles entonces: ¿os contentarías con ser siempre, físicamente, como cuando os bautizaron, esto es, haber sido siempre niños?
D.—De ninguna manera, —responderían todos.
M.—Entonces, si no se quiere ser siempre niños en cuanto al cuerpo, tampoco debe ser uno siempre niño en cuanto al alma.
     Jesucristo mismo, que murió en la Cruz para darnos la vida, se ha quedado en la Eucaristía con el fin expreso y exclusivo de aumentar en nosotros esta vida espiritual, desarrollándola más y más y haciéndonos progresar en la virtud.
     -Viene: para que tengan vida, et abundantius habeant... y la tengan todos más abundante, esto es: robusta, llena de vigor, capaz de luchar y de resistir a todos los halagos del mundo, de la carne y del demonio.
     Leemos en la Sagrada Escritura que Dios colocó al lado del árbol del bien y del mal, en el Paraíso, otra planta llamada "de la vida". Al prohibir a Adán y Eva comieran del fruto del primer árbol, les insinuó comieran de este segundo, y con frecuencia, pues sus frutos tenían la virtud de conservarlos en constante juventud y preservarles de todo mal.
     Adán y Eva desoyeron este consejo y, paso a paso, hicieron caso a la tentación, o sea, al engaño del demonio; desobedecieron a Dios, y debido a ello fueron echados del Paraíso debiendo sujetarse a la muerte y a todas las miserias que afligen a la pobre humanidad.
     Pues bien, Jesucristo fué también generoso y bueno con nosotros. Sabiendo que después de su pasión y muerte nosotros, inclinados al mal, caeríamos con facilidad en el pecado, con riesgo de perdernos para siempre en los infiernos ¿qué hizo? Nos dió el árbol de la vida, para que, comiendo sus frutos, pudiéramos conservar la gracia y ser casi impecables: este árbol maravilloso es la Sagrada Comunión, que, recibida dignamente, preserva del pecado.
D.— Muchas gracias, Padre; encendido.

Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

martes, 5 de noviembre de 2013

COMULGAD BIEN (22)

¿POR QUE SE INSISTE TANTO SOBRE LA COMUNION FRECUENTE?

Discípulo.- ¿Hace el favor de decirme, Padre, por que se insiste tanto sobre la Comunión frecuente?
Maestro.- Porque la Comunión, como ya hemos dicho, es el deseo más grande del Corazón de Jesucristo y el mejor medio para salvarse. Así como Dios sustenta, con su Providencia, a todas las criaturas, para que no mueran de hambre, de la misma manera Jesucristo quiere alimentar y sustentar a las almas que ha redimido.
     La Comunión es alimento; pero este alimento debe ser comido: la cosa es bien clara.
     San Buenaventura dice que "el alimento que no sirve para ser comido no tiene razón de ser" o, lo que es lo mismo, es un alimento inútil; por esto decía, con mucha gracia, un Obispo: "La Eucaristía es pan, y el pan es para comerlo, y no para una exposición".
D. Así es, Padre, pues yo he oído, muchas veces, predicar que Jesucristo apenas instityó la Santísima Eucaristía, inmediatamente la dió a comer en su presencia, diciendo: Tomad y comed.
M.- Y no solamente esto, sino, además, quiso que, para renovar este cambio del pan en su cuerpo, o sea para renovar la Santísima Eucaristía, fuera necesario comerle. Repetid este prodigio, les dijo Jesucristo, cuantas veces hagáis lo que habéis visto hacer a mí.
     El consagró el pan y diólo a comer. Por eso, sapientísimos teólogos deducen de aquí que, si se pretendiese consagrar con el fin de consumir después de otra materia distinta a la establecida por Jesucristo, no habría consagración, porque faltaría la intención que tuvo Jesucristo y que tiene la Iglesia, y así faltaría la esencia de la acción eucaristica.
     Además, Jesucristo escogió, entre todos los alimentos, el pan, que no sirve sino para que se coma; de la misma manera el alimento eucarístico debe ser comido, de lo contrario no produciría los efectos que el Señor ha asignado a este alimento.
D.- ¿Será por esto, Padre, que Jesucristo dijo: "El que come mi carne vivirá; si no coméis mi carne no tendréis vida en vosotros"?
M.- Precisamente por esto. Así como Jesucristo instituyó el Bautismo para lavar, y por esto se necesita derramar el agua, sin que a ninguno se le ocurra bebería, de la misma manera Jesucristo mismo instituyó la Eucaristía a manera de alimento, y únicamente comiendola se obtendrán los frutos tan excelentes de este admirable Sacramento.
D.- ¿Tal vez quiere decir usted, Padre, con esto, que hace mal la Iglesia conservando la Eucaristía en el Sagrario y exponiendola a la adoración de los fieles?
M.- De ninguna manera. Dios tiene perfecto derecho a nuestros obsequios y a nuestra adoración, siendo además muy santo y muy útil conservar y adorar la Santísima Eucaristía; pero no pretendamos, repito, conseguir los efectos del Sacramento con solo estas adoraciones. Así como nunca obtendría los efectos del Bautismo el que pasara toda la vida de rodillas ante el baptisterio, de la misma manera tampoco recibirá los efectos de la Sagrada Comunión el que pasase toda su vida de rodillas adorando la Eucaristía, si no la recibiera.
D.- ¿Será por esto, Padre, que a pesar de tantas devociones como hay a la Eucaristía no se ven los frutos prácticos que se deberían obtener?
M.- Así es; precisamente por esto. Se derrocha en construir suntuosas iglesias, altares, sagrarios, ornamentaciones, procesiones de triunfo, solemnísimas funciones, con muy poco fruto práctico... ¿Por qué? Porque Jesucristo no dijo: "Tomad y adorad", sino: "Tomad y comed".
     No ha excluido nuestros obsequios; pero ha dicho categóricamente que, si queremos obtener el fin primordial de la Eucaristía, debemos comerla, esto, es, comulgar.
D.- Entonces, Padre, ¿no le agradan nuestras adoraciones ni nuestros obsequios cuando no van acompañados de una voluntad decidida de recibirle en nuestros corazones?
M.- Claro está, no le agradan, no le pueden agradar.
* * *
     Figúrate que una madre, a costa de grandes sacrificios, hubiese preparado una medicina muy buena para curar a su hijo y librarlo de la muerte, y este hijo se deshiciera en besos y caricias para con ella; pero entretanto, se negara a tomar la medicina, con riesgo de morir... ¿Qué diría esta madre? ¿Cuáles no serían sus lamentos y su dolor?
D.- ¿Sucede lo mismo, Padre, con Jesús cuando nos obstinamos en no quererle recibir?
M.- Lo mismo.
     San Francisco de Sales dice que "el Señor nunca está tan bien servido como cuando se le sirve a su gusto y como El quiere ser servido". Y el quiere ser servido en la Eucaristía, quiere que se le coma; esto es todo.
D.- ¿Cuál será, pues, la frecuencia con que deberemos alimentarnos de este manjar, o sea, recibir la Sagrada Comunión?
M.- El alimento eucarístico está sujeto a las mismas leyes que regulan el alimento material, esto es, la comida. Así como, por lo que respecta al cuerpo, hacemos cada día una comida principal, de la misma manera debemos hacer una comida también principal, respecto del alma, o sea, la Sagrada Comunión.
     Así nos lo enseñó y nos hace pedir, todos los días, Jesucristo, en el Padrenuestro: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy". ¿Qué deberíamos decir de un pobre que después de pedir pan lo tirase al suelo?
D.- Diríamos que no merece que se le dé más.
M. Pues tanto merece se le dé más quien desprecia y descuida la Sagrada Comunión.
D. Pero, Padre, si Jesucristo desea y hasta quiere que le recibamos en la Santa Comunión con tanta frecuencia ¿por qué no nos lo ha mandado expresamente?
M.- Mira, estimado discípulo, aunque no lo hubiera querido el Señor, tiene perfecto derecho a imponernos esta obligación; si no lo ha hecho debemos agradecer su tolerancia infinita en soportar nuestras miserias. Desde luego, El sabe que esta frecuencia de la Comunión sería difícil para infinitas almas.
     Muchos enfermos no podrían por su enfermedad; las distancias no darían a muchos, ni tiempo ni comodidad. Fíjate en la imposibilidad de tantas madres, de tantos empleados en trabajos pesados, de los que sirven en las casas.
     Estemos convencidos de que para asegurar los efectos de la Sagrada Comunión es necesario, y en forma absoluta, tratarla tal como Dios la ha instituido, no gustarla de tanto en tanto con motivo de las principales fiestas, sino usando de ella en forma adecúada y normal.
D.- Para vivir, bastaría comer alguna vez a la semana ¿no es verdad, Padre?, y no obstante comemos todos los días.
M.- Pues debemos hacer lo mismo con la Sagrada Comunión.
     Así complacemos a Jesucristo, que desea esto mismo, y pondremos en práctica lo mejor para nuestras almas, pues obtendremos los admirables efectos de este augusto Sacramento con la Comunión frecuente y bien hecha.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

martes, 29 de octubre de 2013

COMULGAD BIEN (21)

¡PUREZA!
Maestro.- Como acabas de oír, mi estimado discípulo, Jesucristo quiere y ama a las almas generosas; pero ama y quiere todavía más a los corazones limpios y puros. El es el cordero que se apacienta entre lirios.
     La impureza es una mancha asquerosa que aparta las miradas de Jesús, sus caricias y sonrisas. Escucha esta hermosísima comparación:
     Sucede con harta frecuencia sobre todo en los niños, llenárseles la cara de llagas y postillas, que deforman sus rosadas mejillas y supuran materias y sangre.
     Sus madres están apesadumbradas por ello, y también toda la familia. Pero a pesar de todo, les quieren lo mismo, aunque por precaución, y hasta repugnancia, no les pueden acariciar ni besar.
     Pues lo mismo sucede con Jesús, cada vez que se ve obligado a entrar en el corazón de aquellos que se presentan a comulgar sin pecado mortal, esto es, en gracia, pero manchados con impurezas, como son los pensamientos desordenados, las miradas un poco libres y curiosas, las conversaciones y palabras incorrectas, los deseos poco castos.
     Reprimamos las pasiones todas, pero sobre todo la impureza.
     Jesús viene al alma pura como la abeja a la flor. Jesús tiene predilección por ella; la colma de caricias, y se comunica con ella de manera más íntima y completa; hace se deleite con sus gracias escogidas y, frecuentemente se manifiesta a ella en forma visible, durante la vida, con más frecuencia en la hora de la muerte, como un anticipo de gloría.
D.—Por cierto, Padre, que recuerdo haber leído todo esto en la vida de San Juan Bosco, de San José Cafasso, de San José Cottolengo y de muchos otros Santos, que repetidas veces conversaban con Jesús de los asuntos más importantes que tenían, como se suele hacer con los amigos más íntimos.
M.—No solamente los grandes Santos, sino también los pequeños disfrutan muchas veces de estos favores.
*    *    *
     En la vida de Domingo Savio, cuya beatificación se está activando, se cuenta lo siguiente:
     Era alumno del Oratorio Salesiano de Don Bosco en Turín, y faltó un día al desayuno, a la clase y a la comida, sin que nadie supiera dónde estaba. Avisaron a Don Bosco. El Santo adivinó en seguida de qué se trataba. Fué a la iglesia y le encontró, en el coro, inmóvil, elevado un palmo del suelo, con un pie apoyado sobre el otro, con una mano puesta en el atril y la otra sobre el pecho, mirando al Sagrario, y con una mirada angelícal, imposible de describirse; como si estuviera contemplando una visión suavísima y conversando íntimamente con Jesús en la Eucaristía.
     Lleno de admiración, Don Bosco le llama, y no responde. Le toca y entonces el joven, como si despertara de un profundo sueño, exclama: —¡Oh! ¿Acabó ya la Misa?Mira —dijo Don Bosco, enseñándole el reloj—, son ya las dos.
     Domingo se quedó perplejo y confundido queriendo pedir perdón de la falta que había cometido contra el horario; pero el Santo Fundador del Oratorio le llevó a comer, y, después a la clase, dicíéndole:
     —Fíjate cuánto te ama Jesús; no te olvides de mí y de las necesidades del Oratorio cuando conversas íntimamente con El.
*    *    *
     Santa Gema Galgani se acercaba todos los días a comulgar, y Jesús se complacía en descorrer los velos de su divinidad, conversando afablemente con ella.
     En cierta ocasión hasta dejó impresas en sus manos, pies y costado, las señales de las llagas de su Pasión sacratísima.
     Por esto, desde entonces, se podían apreciar en sus manos, pies y costado, las señales de las cinco llagas de Jesucristo: como botoncitos de rosal que destilaban sangre, y que duraron toda su vida.
*    *    *
     Léese también en la Vida de una tal Gisela hija de una noble y muy rica familia de Florencia, que, durante la guerra europea, en 1916 una mañana, después de comulgar por su padre, que era capitán y que tenía que partir al frente de combate, donde, como se sabe, existe un peligro continuo, vió que Jesús se le aparecía y con ademán apacible le dijo:
     —¡Animo, Gisela!... La guerra todavía no terminará, porque los hombres son muy malos; pero tu papá quedará a salvo... los aviones no volarán más sobre la ciudad; tu familia y tú no correréis peligro.
     Gisela contó, en seguida, todo esto a su madre, la cual quedó convencida por la sencillez, firmeza y precisión con que se le hacía tal aserto a cada momento; pero más que todo por la extraordinaria devoción que desde aquel día manifestó su querida e inocente Gisela, que apenas contaba siete abriles.
D.—Padre, me vienen ganas de llorar, conmovido al oírle cosas tan extraordinarias.
M. Se trata, querido discípulo, de almas muy puras, con las cuales tanto se complace Jesús, como hemos dicho antes. Esto no te debe admirar, puesto que ya dice el Espíritu Santo que las almas puras, los corazones limpios verán a Dios. Y si no le ven durante la vida, como los grandes y los pequeños Santos, de que hemos hablado, le verán a la hora de la muerte, para consuelo y firmeza de su fe.
*    *    *
     En octubre de 1894, tuve que asistir en el hospital de San Mauricio, de Turín, a una joven de veintiún años, en sus últimos momentos.
     Estaba en agonía. Después de unos minutos de sopor, de improviso se despierta y, apoyándose en la almohada, extendiendo los brazos, prorrumpe en estas exclamaciones:
     —¡Oh, qué precioso! ¡Qué hermoso! ¡Jesús!... ¡María! ¡Miradles, miradles! ¡Jesús y María!
     Los parientes, que estaban a su alrededor, querían ayudarla, sostenerla, distraerla y calmarla; pero se desembarazaba de ellos y seguía repitiendo: —¡Oh, qué precioso! ¡Jesús y María!... Vedme aquí... Ya estoy...
     Y su alma expiraba en medio de la conmoción de todos los circunstantes, que ante tales exclamaciones y ante aquella escena de cielo, daban rienda suelta a la emoción, bajándose de las camas y postrándose en tierra, de rodillas, y llorando.
*      *      *
     Diez años más tarde, en abril de 1905, tuve que asistir a bien morir a otra joven, de dieciocho años, hija única de unos padres muy piadosos. Al recibir el Santo Viático y la Extremaunción, fijó los ojos en el cielo y empezó a gritar:
     —Y ahora, adiós, querido padre y amada madre... Adiós, hasta vernos en el cielo... Sí, allá... Jesús me llama, me convida, voy... ¡Adiós!
     Y apretando las manos de su padre, de su madre y del sacerdote, y con rostro angelical, se quedaba extasiada, hablando en forma ininteligible, hasta que apaciblemente se dejaba caer sobre el lecho de muerte, con la sonrisa en los labios.
D.—Padre, ¿son verídicos estos hechos?
M.—Ya lo creo; yo mismo los he presenciado. Tal vez el Señor lo haya permitido para que como sacerdote y párroco los pudiera contar después, para ejemplo y estímulo de muchas almas, a fin de que amen y cultiven la virtud de la pureza, sobre todo, que nos hace semejantes a los ángeles, llena nuestra vida de alegría y de felicidad y nos concede una dichosa muerte, augurio feliz de un Paraíso especial.
D.—Cómo, Padre, también de un cielo especial?
M.—Sí, de un Paraíso especial. Lo dice San Juan Evangelista, que arrebatado en visión al cielo, vió en él un coro especial de bienaventurados que vestían una vestidura más blanca que la nieve, y cantaban un cántico tan dulce, que ningún otro bienaventurado podía cantar, y seguían a Jesucristo a todas partes donde El iba.
     Ante la ansiedad de saber quiénes eran estos bienaventurados, oyó que le decían:
     —Estos son los que durante su vida jamás mancharon su alma con la impureza.
     Animo, pues, querido discípulo; aprende y enseña a los demás a estimar la pureza del alma, pues que ella, haciéndonos muy estimados de Jesús, en vida, nos reporta, después, todas estas ventajas, y grandes privilegios en la gloria.
D.—Esta gracia, por cierto, que la pediré todos los días, en la Sagrada Comunión, a Jesús.
M.—¡Admirable..., muy bien! Que Jesús te bendiga y bendiga también a todas las almas puras que se propongan, como tú, con la mayor frecuencia posible, ofrecer a Jesús, juntamente con la Comunión, la pureza de sus almas.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

lunes, 21 de octubre de 2013

COMULGAD BIEN (20)

PODEMOS SER GENEROSOS
Discípulo.—Padre, ¿será posible la repetición de estos ejemplos de generosidad?
Maestro.—Ya lo creo; se pueden y se de ben repetir donde haya almas generosas, llenas de fe y de amor a Jesucristo.
D.~ Pero no en todas partes se encuentran párrocos tan celosos ni jóvenes de tanta virtud.
M.—Si no hay párrocos ni jóvenes tan entusiastas y cristianos, debería haberlos. La falta de ellos es por sí mismo un verdadero castigo y tal vez llega a ser prueba evidente de que Dios les ha abandonado.
     Comunismo, socialismo y masonería, malas costumbres, irreligión, ¿no son pruebas evidentes del abandono de Dios y el camino cierto que a este abandono conduce?
     Démonos prisa para reparar los daños; el camino más seguro es la Comunión. Lo aseguró Jesucristo por boca de su Vicario en la tierra, el Papa Pío X, llamado el Papa de la Eucaristía.
     Escucha la historia. Este Papa, en pocos años, desde el 1905 al 1910, promulgó hasta ocho decretos para estimular a todos, hasta a los niños y enfermos, a que comulgaren con frecuencia, apartando dificultades y concediendo favores a todos. Pues bien, a los pocos días de lanzar el último decreto, mientras daba gracias después de la Misa, hízose en su aposento un gran resplandor, y en medio de su luz se le apareció Jesucristo, quien, congratulándose con él, le dijo: —Muy bien, mi buen Vicario; estoy contento de tu obra, de la Comunión frecuente de los niños y de los adultos.
     Y haciendo hincapié sobre lo que decía, añadió: —Pero todavía no basta, debe continuar aún, porque la salvación del mundo en los tiempos que corren está basada en la Sagrada Comunión.
D.—Admirable, Padre; y ¿es fidedigno este relato?
M.—Sin duda, pues así lo ha hecho público y lo ha asegurado el Cardenal Merry del Val, entonces secretario de Estado, que presenció en parte la aparición.
     Calcula, pues si después de tales testimonios nos hemos de formar una gran Cruzada de cristianos que sean generosos con la Comunión frecuente y estén siempre dispuestos a decir: —Si es voluntad de Dios, si lo quiere asi el Vicario de Jesucristo, el Papa, también nosotros lo queremos por encima de los mayores sacrificios.
     Por el contrario, siendo negligentes en la Comunión frecuente, corremos el grave riesgo de que más tarde nos dirija Jesucristo en el juicio particular el terrible y bochornoso anatema: —¡No os conozco!
     Presentóse a San Juan Bosco, sin duda el Santo que más ha propagado la Comunión frecuente, uno de sus alumnos más fervorosos y devotos para contarle un sueño en el que se le había figurado que había muerto, y que inmediatamente se había encontrado en presencia de Jesucristo para ser juzgado.
     Y, contaba, quedóse asombrado viendo la cara dulcísima de Jesús, inmutada y como amenazadora, al tiempo que pronunciaba estas palabras:
     —¿Quién eres tú?. . . No te conozco.
     —El joven contestó en seguida, sorprendido y aterrorizado:
     —¿Cómo, Jesús mío? ¿No me conocéis, después que tanto os he amado, tanto os he servido y tantas veces he implorado vuestro amor?
     —, continuó Jesucristo, lo sé; me has amado, me has servido: pero me has recibido pocas veces en la Santa Comunión.
     Y casi iba a repetir el horroroso: "No te conozco", cuando el joven, llorando, le interrumpió, diciéndole:
     —¡Pues no volverá a suceder esto, Jesús mío!
     —Me desperté sudando a mares, seguía diciendo el muchacho lleno de espanto, y por esto vengo a usted ahora para que me tranquilice.
     Don Bosco, mirándole con suma complacencia, le dijo sonriendo:
     —Entonces, ¿has comprendido ahora cuál es la voluntad de Jesucristo y su deseo bien manifiesto? Frecuenta, pues, la Santa Comunión, y así no volverás a ver a Jesús en actitud amenazadora, repitiéndote el "no te conozco".
     De esta manera quedó el joven satisfecho y tranquilo.
     He aquí, pues, el medio más adecuado para que Jesucristo nos reconozca y nos ame: Frecuentar la Sagrada Comunión con la mayor generosidad.
D.—Padre, ahora estoy más convencidos que nunca de la necesidad de esta generosidad amplia y desinteresada para con Jesucristo, que tan bueno es para con nosotros; pero será necesario en muchos lugares formar estas almas generosas.
M.—Es indispensable; porque, o se forman estas almas, o hay que renunciar a que Jesucristo reine, a los prodigios de la fe, a los milagros de una vida verdaderamente cristiana.
D.—Quien no siente la necesidad y el deber de unirse con Jesucristo en la Sagrada Comunión, tampoco sentirá la necesidad y el deber de vivir una vida profundamente cristiana. ¿No es así, Padre?
M.—Ya lo creo. Y otra de las cosas necesarias para que la Comunión sea estimada y apreciada por Jesús es la de procurar formar almas santas, limpias, como veremos a continuación.


Pbro. Luis José Chiaverino
COMULGAD BIEN

martes, 15 de octubre de 2013

COMULGAD BIEN (19)

GENEROSIDAD
Maestro.—¿Has leído, mi querido discípulo, el hecho del Evangelio en el que representa a Zaqueo bajando de prisa del árbol en que había subido, para honrar a Jesucristo en su casa?
Discípulo.—Creo que sí; pero no lo recuerdo bien. Repítamelo.
* * *
M.—Se lee, pues, en el Santo Evangelio que Zaqueo, usurero, esto, es avaro y ladrón, al oír que Jesús pasaba junto a su casa, sintió gran deseo de verlo; pero el respeto humano y el miedo le hicieron subirse a un árbol, y desde allí, escondido entre las ramas, esperaba su paso. Pasaba, pues, el Salvador y, conociendo el estratagema de Zaqueo, alzó la vista y, mirándole fijamente, le dijo sin más razones: —Zaqueo, baja en seguida, porque hoy mismo quiero comer en tu casa.
     El pobre Zaqueo, lleno le vergüenza y confusión porque le han descubierto, de momento asómbrase a las palabras de Jesús, pero luego se precipita del árbol, corre veloz a su casa; cuenta, con rostro inmutado, a sus familiares el encuentro que ha tenido con el Divino Maestro y la forma como El mismo se ha invitado a venir a su casa, y dice que es necesario preparar inmediatamente, porque vendrá también con El sus apóstoles.
     La noticia llena de alegría todos los corazones: todos se preparan, y cuando llega Jesús con los apóstoles, está todo dispuesto.
     Siéntanse a la mesa en medio de la mayor intimidad; diríase que forman una familia de amigos que se conocen de mucho tiempo. Zaqueo y los suyos no se cansa de oírle hablar y se sienten entusiasmados de admiración.
     En medio de la conversación habla Zaqueo y dice:
     —Maestro: yo quiero acabar con esta vida usurera que llevo; daré cuatro veces más de lo que he defraudado.
     Todos se maravillaron de tamaña resolución; y Jesús, mirándole y sonriendo visiblemente conmovido, le estrechó fuertemente la mano, como diciéndole:
     —Así me gusta, esto esperé de tí; te lo reconozco y te bendigo.
D.—¡Hermoso es esto! Zaqueo, usurero, y por tanto, avaro, prepara un banquete a Jesús y a su comitiva... Zaqueo, usurero y ladrón, se arrepiente y propone restituir cuatro veces más de lo que ha robado... ¡Esto es un milagro!

M.—Sí, por cierto, un milagro de la bondad del Corazón de Jesús y de su misericordia para con los pobres pecadores. Jesucristo hizo este milagro, porque vió la generosidad de Zaqueo para con El, y la que estaba dispuesto a manifestar por el prójimo y por los pobres. Jesúcristo cambia el corazón del que es generoso para con El, para con la Iglesia y con sus pobres, suscitando en su corazón santos propósitos, infundiéndole valor y ánimo para realizar grandes obras.
     Las vidas de San José Cottolengo, de San Juan Bosco y de tantos otros Santos son testimonio patente de cómo Jesucristo bendice a los que son generosos con El, haciendo se multipliquen sus obras de caridad.
     Jesús no ama los corazones ruines ni a las almas roñosas, sino a las generosas.
     Así como dijo a Zaqueo: "Hoy mismo iré
a comer a tu casa", de la misma manera nos dice a nosotros todos los días: "Tomad, comed", pues, esto quieren decir aquellas palabras: "Hoy mismo comeré en tu casa", esto es, quiero unirme a ti, hacerme tuyo y hacerte mío. 

     No seamos, pues, del número de los descuidados ni de los rezagados, antes bien, procedamos como Zaqueo, obedezcamos con prontitud, con alegría y decisión a la invitación de Jesús; aun a costa de los mayores sacrificios tengamos la mesa preparada a toda hora, o sea, preparado nuestro corazón para recibirle dignamente. D.- Padre, ¿y cómo podremos manifestar a Jesucristo esa generosidad tan espléndida?
M.—Podemos manifestársela con la Comunión frecuente.

* * *
     Un celoso párroco de un pueblo montañés había preparado una Comunión general con motivo de la fiesta patronal. Pero hubo también quien organizó un baile público. ¿Qué combinación cabía en un pueblo tan pequeño entre la Comunión general y el baile? Ninguna.
     Pensando y más pensando, el buen párroco se determinó, para no perderlo todo, a reunir unas cuantas jóvenes de la Acción Católica y las benjaminas, para que, al menos ellas, procuraran no faltar a la Comunión, y que hicieran lo posible para que vinieran las demás.
     Lo hizo con tanto fervor y con tanto entusiasmo y fe, que obtuvo lo que deseaba. No faltó ni una sola de las ciento catorce del pueblo, y con ellas todos los feligreses, de tal manera, que al baile no acudieron más que algunas de las forasteras y alguna solterona impenitente.   
     La Comunión de aquel día fué especial por el fervor y por la manifestación de fe y de amor, hasta el punto de hacer derramar lágrimas al párroco y a los feligreses. 

* * *
     En otro pueblo habíase predispuesto una hermosa jira en tren para visitar un célebre santuario, distante unos cincuenta kilómetros, debiendo comulgar todos antes del desayuno.
     Todo estaba dispuesto, y esperando ya el tren ciento cincuenta jóvenes de la Acción Católica, con su párroco al frente. Mas he aquí que se recibe un telegrama diciendo que el tren viene con una hora de retraso.
     El párroco, que debe participar tan desagradable noticia a los jóvenes, les dice: Queridos jóvenes, Dios quiere poner a prueba vuestra generosidad: el tren trae una hora de retraso, y por tanto es necesario en este caso optar por una de las dos cosas: o renunciar al paseo, o dejar la Comunión: escoged vosotros.
     Apenas había acabado de hablar el párroco, cuando todos a una gritaron: —La Comunión, la Comunión—. Y así diciendo, fueron a oír la Santa Misa y a comulgar.
     Estos, como puede ver, son ejemplos de sublime generosidad que Jesucristo agradece y estima mucho. ¡Qué hermoso sería si se multiplicaran en todas partes!

Pbro. Luis José Chiaverino
COMULGAD BIEN

lunes, 7 de octubre de 2013

COMULGAD BIEN (18)

LOS CUATRO GRADOS DEL AMOR
Discípulo.—Hábleme más, Padre, de este amor que debemos a Jesucristo, y del modo como podemos manifestárselo.
Maestro.—Este amor necesita manifestarse y completarse de cuatro maneras:
     Primera: Con la presencia del Amado.
     Segunda: Entregándose al Amado.
     Tercera: Uniéndose a la persona amada, y
     Cuarta: Sacrificándose por la persona añada. Las expresiones: "Quisiera estar siempre en tu compañía", "ser siempre tuyo", hacer siempre lo que tú quieres", "morir por ti"..., etc., etc., son expresiones corrientes entre dos personas que íntimamente se aman; son las expresiones que usa Jesucristo con nosotros, y no solamente las pronuncia con los labios, sino que las ratifica con las obras en el Santísimo Sacramento.
     ¿Qué ha hecho y qué hace constantemente Jesucristo en la Eucaristía?
     Primero: Está con nosotros, noche y día, en nuestras iglesias.
     Segundo: Se entrega por completo a nosotros: su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad; quiere ser todo nuestro y estar constantemente a nuestra disposición.
     Tercero: Se une íntimamente a nosotros y se hace una sola cosa con nosotros en la Santa Comunión.
     Todos los días se renueva en la Santa Misa el sacrificio que hizo por nosotros en el ara de la Cruz. Así es como El completa y perfecciona su amor para con nosotros.
D.—Entonces, si Jesucristo ha instituido la Santísima Eucaristía para completar y perfeccionar su amor para con nosotros, ¿nosotros debemos hacer lo mismo por El?
M.—Claro que sí; debemos, en primer lugar, desear su compañía, y después acompañarle de veras, quedándonos el mayor tiempo posible en la iglesia, desde donde nos llama y en donde nos espera con verdadera ansiedad: "Venid a Mí todos, porque mis mayores delicias consisten en estar con los hijos de los hombres".
     San Juan Bautista Vianney, cura de Ars, contemplaba un día, a un campesino sencillo que, con la mirada clavada en el Sagrario, pasaba largas horas en la iglesia. Lo preguntó qué era lo que hacía tanto tiempo y el campesino le contestó con la mayor sencillez: —Miro yo a Jesús, y El me mira a mí, y los dos quedamos satisfechos—. Dichosos nosotros si llegamos a contentar a Jesucristo, que pide nuestra correspondencia a su amor; darle gusto, estando en su compañía. Mirarle sin más preocupación... El nos mirará a nosotros, satisfecho del mutuo amor.
D.—Seguramente será éste el mejor modo de prepararse para comulgar y para dar gracias, ¿verdad, Padre?
M.—Ya lo creo, y también el mejor medio de santificarnos.
*    *    *
     El Venerable Siervo de Dios Andrés Beltrame, sacerdote salesiano, después de una larga enfermedad que había agotado sus fuerzas, pidió una habitación que tenía una ventana mirando a la capilla, y desde ella pasaba las horas del día y de la noche mirando a Jesús, hablando con El, suspirando, de tal manera que todo el día y gran parte de la noche hacía la guardia a Jesús, quien le daba fuerzas para sufrir y callar, para sufrir y sonreír en el dolor, tener pena y cantar, sintiéndose y siendo en realidad feliz con su suerte, a pesar de su continua inmolación e incesante martirio.
D.—¿Y se santificó?
M.—Sí, por cierto; y tal vez dentro de poco le veremos elevado al honor de los altares.
     En segundo lugar debemos corresponder mutuamente al don preciosísimo de si mismo que Jesucristo nos ha hecho y continuamente nos hace, ofreciéndole cada vez que vayamos a su encuentro, y, sobre todo, cuando le recibamos en la Sagrada Comunión nuestra mente, nuestro corazón, nuestras alegrías y nuestras penas, nuestras buenas obras y todo lo nuestro, como flores, luces, adornos y encajes para su altar y limosnas para sus pobres. Así hicieron los primeros cristianos y todos los verdaderos amigos de Jesús.
*    *    *
     El Santo Evangelio nos habla de los pastores que llevaron al niño Dios sus corderitos; de los Reyes Magos, que le ofrecieron oro, incienso y mirra; de María Magdalena y de las piadosas mujeres, que le embalsamaron con ungüentos aromáticos, y se hace notar cómo Jesucristo agradecía aquellos dones y cómo reprendió a Judas porque no veía bien estas acciones.
D.—He oído decir que Jesucristo, a pesar de ser Dios, infinitamente sabio y poderoso, ni supo ni pudo hacernos mejor obsequio que la Santísima Eucaristía. ¿Será verdad?
M.—Una verdad muy cierta; la Eucaristía es todo; es: Dios con nosotros.
*    *    *
     Preguntado un día el Padre Señeri cuál sería el regalo más precioso que Jesucristo podía hacer a su Madre Santísima, como prenda de amor y cual grato recuerdo, contestó al momento: - Ningún regalo más hermoso ni más querido que una Sagrada Forma, esto es, la Eucaristía y la Comunión.
     Cada vez, pues, que nos acercamos a comulgar, hemos de dirigirlo estas invocaciones salidas de lo más íntimo de nuestros corazones: ¡Oh Jesús, en cambio de vuestro inmenso amor, os ofrecemos nuestra mente; en cambio de vuestro amor, os damos nuestro corazón; en cambio de vuestro amor, os ofrecemos nuestras fuerzas; en cambio de vuestro amor, os ofrecemos nuestras obras; en cambio de vuestro amor, os ofrecemos todo cuanto somos; en cambio de vuestro amor, os ofrecemos nuestra vida!
     En tercer lugar, Jesucristo desea ardientemente unirse con nosotros, y la Comunión es en efecto, el divino encuentro que sacia su ardentísimo anhelo. ¿No has pensado nunca, mi muy apreciado discípulo, lo que se realiza en nosotros cada vez que comulgamos? Pues que este Dios, Señor de los cielos, se une en íntimo abrazo a nosotros con días y en forma tan continuada, también El quiere redimirnos sin cesar.
*    *    *
     Se lee en la Historia Romana que Agripa, prisionero seis meses del emperador Tiberio, fue puesto en libertad por el sucesor de éste, con esta particularidad: que le dió una cadena de oro tan pesada como la de hierro con que había sido sujetado en la prisión, queriendo darle a entender con esto que deseaba ensalzarle tanto cuanto Tiberio le había humillado con las cadenas.
     Esto es precisamente lo que hace Jesucristo con nosotros en la Sagrada Comunión; nos quita las cadenas de hierro con que el demonio nos tiene aprisionados, y nos ata con las cadenas de su amor. 
     Comprendes, pues, por qué debemos corresponder a tanta generosidad.
D.—Diga Padre, ¿puede disfrutar de este privilegio el que asiste a la Santa Misa aunque no comulgue?
M.—No. El que asiste a la Santa Misa y no comulga es como el que únicamente asiste a la pasión y muerte de Jesucristo, y disfruta sólo en parte; pero el que oye la Misa y además comulga, se une a Jesucristo en el sacrificio, y por esto goza por entero de aquel don.
D.—Siendo esto así, procuraré con el mayor empeño asistir todos los días a la Santa Misa y comulgar también, para participar y disfrutar por entero de este sacrificio.
M.—Agradece al Señor estos buenos propósitos y renuévalos con las siguientes o parecidas jaculatorias:
     Por Vos, oh Jesús, sacrificaré el placer de los sentidos.
     Por Vos, oh Jesús, sacrificaré los halagos del mundo.
     Por Vos, oh Jesús, sacrificaré mi mismo amor propio.
     Por vos, oh Jesús, sacrificaré las comodidades y el orgullo de esta vida.
     Por Vos, oh Jesús, sacrificaré todo lo que sea pecado.
     Por Vos, oh Jesús, sacrificaré todo lo que me induzca a pecar.

Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

viernes, 27 de septiembre de 2013

COMULGAD BIEN (17)

FE Y AMOR

     Discípulo.—Dígame: Padre, ¿cuáles son las disposiciones para comulgar bien y con fruto?
     Maestro.-Primeramente, nunca debemos acercarnos a comulgar como autómatas, con frialdad, apatía o indiferencia, sino con devoción, fervorosos, rebosantes de fe y de grande amor. ¿Acaso este Sacramento no es el Misterium fidei, el misterio de Fe por excelencia? Sí, es misterio de fe porque creemos en él en contra de nuestros sentidos, que no ven en la Hostia blanca y pura más que el pan, en el cáliz otra cosa que vino, sintiendo el sabor, olor y tacto de pan y de vino.
     Pero si, efectivamente y con la mayor firmeza, creemos que en la Santísima Eucaristía está presente real y verdaderamente Jesucristo, verdadero Dios, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y creemos que al ir a comulgar recibimos en verdad a este Dios, que entra en nosotros y se hace uno con nosotros, ¿qué sentimientos y afectos deberemos llevar, tener, sentir? ¿Qué alegría no experimentaremos? ¿Qué esperanzas de consuelo y de protección? ¿Cuál no deberá ser la profundidad de nuestra voluntad y devoción al recibirlo? ¿Con qué anhelo no suspiraremos por El, invocándole, suplicándole y dándole gracias?

* * * 
     Léese en la Vida de San Felipe Neri que empleaba el mayor tiempo posible para la celebración de la Santa Misa y para dar gracias, y que frecuentemente despedía al monaguillo después de la Consagración con estas palabras: —Vete, ya volverás dentro de una o dos horas, cuando yo te llame. Y entretanto se comunicaba con Jesús, Hostia viviente en el Altar, por largo tiempo y en íntima conversación, como un amigo con su amigo más entrañable.
     D.—Yo también, Padre, he oído hablar y contar lo mismo de algunos santos, que, celebrando la Misa, en el momento de la Consagración y de la Comunión, veían y sentían visiblemente a Jesucristo, como le sucedió muchas veces al Beato Juan de Ribera, al Beato Eymard, a San José Cottolengo, a San Juan Bosco y a muchos otros.
     M.—Sin contar los sacerdotes, es muy cierto que muchos otros, como Santa Teresa de Jesús, Santa Teresita del Niño Jesús, San Luis Gonzaga, el Siervo de Dios, Domingo Savio, etc., etc., con frecuencia quedaban arrobados, en éxtasis, después de comulgar, y al volver en sí de este suavísimo sueño, se sentían rebosar de Jesús y de sus divinos consuelos.
     D.—¡Ah, si me lo concediera el Señor a mí alguna vez!
     M.- Sí, te lo puede conceder, pues ¿quién es capaz de contar el número de almas a quienes Jesús se ha manifestado de esta manera sensible y real? Habiendo fe y amor, existe también el milagro.
     D.—Padre, por lo que toca a la fe, creo tenerla, pues estoy firmemente convencido de estas grandes verdades; pero en cuanto al amor no me basta todavía. Dígame algo sobre él.
     M.—Santo Tomás de Aquino, serafín de amor, dice que debemos acercarnos a comulgar con el mismo impulso con que se precipita la abeja sobre la flor para librar el polen que después convierte en dulcísima miel; con la misma ansiedad con la que, calenturiento, se lanza uno sobre el agua para calmar su sed; con la impetuosidad con que el niño se pega al pecho de su madre para chupar la leche que ha de convertir en su sustancia. El amor es un fuego que todo lo abraza. Si amáramos de veras a Jesús, desearíamos recibirlo con más ardor, y frecuentaríamos más la Sagrada Comunión. "El amor no es amado", decía Santa Teresa derretida en lágrimas.
     D.- ¡Oh. Padre, qué cosas tan hermosas! Pero prácticamente, ¿qué hay que hacer para sentir ese amor y esa fe?
     M.—Es cuestión de acostumbrarse, pues se consigue poniendo sumo empeño y esforzando mucho la buena voluntad. O mejor, es cosa de hacerse siempre niños, considerar la Comunión como la leche que debe darnos la vida, el crecimiento, la robustez, la perfección, la santificación y la divinización. En vez de en el niño, pensemos en el pobre que pide al rico, en el enfermo que pide la salud al medico, en el náufrago que demanda ayuda y salvación.

* * *
     Hace algunos años asistí a un enfermo muy grave, que no cesaba de pedir viniera el médico. Cuando éste llegó, inmediatamente exelumó: "Doctor, ¡no me deje morir! ¡No me deje morir!" Este grito de angustia expresaba la confianza sin límites que este pobre enfermo había depositado en el médico y el favor que le pedía de curar sus males. Nosotros somos los necesitados de siempre, los enfermos de todas horas; necesitamos constantemente la Eucaristía, que es el tesoro inagotable, la medicina y el bálsamo divino: acerquémonos a la Comunión y repitamos también nosotros la súplica de aquel moribundo: —¡Jesús, no me dejéis morir !¡Haced que viva para amaros siempre y más y más! 
* * *
     En todas las peregrinaciones que continuamente se hacen a Lourdes desde hace casi noventa años, por ser la ciudad del milagro, se celebra una función especial, que consiste en bendecir a los enfermos con el Santísimo, llevado por uno de los señores Obispos allí presentes.
     Siempre se desarrollan escenas de fe y de amor. Miles y miles de fieles, postrados de rodillas, lloviendo o bajo un sol canicular, no cesan de gritar: ¡Jesucristo, tened piedad de nosotros! ¡Jesús, haced que vea! ¡Haced que oiga! ¡Haced que ande! ¡Haced que sane!
     Espectáculo por demás conmovedor, al que nadie puede asistir sin extremos de fe y sin derramar lágrimas. La oración brota espontánea de los labios, nace impetuosa, atronando el espacio, capaz por sí sola de ablandar los corazones más duros, y que cada vez es seguida de los más estruendosos milagros.
     Pues bien, cuando asistimos a la Santa Misa y nos acercamos a comulgar, acordémonos de Lourdes, y lancemos con todo el ardor de nuestro espíritu estas mismas invocaciones de fe, de esperanza y de amor.

     D.—Entonces podríamos decir en verdad que nuestras Comuniones fructifican y son muy agradables a Jesucristo.
     M.- Serían tal como Jesucristo las quiere y como deben ser siempre: obradoras de milagros.


Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

jueves, 19 de septiembre de 2013

COMULGAD BIEN (16)

NI EXCESIVA TOLERANCIA NI DEMASIADA EXIGENCIA

Discípulo.—Muy agradecido, Padre, porque he entendido muy bien cuanto se refiere a las tres condiciones para hacer una buena Comunión; pero aún me queda alguna duda.
Maestro.—Dilas, pues; exponlas.
D.—Al ver, por ejemplo, a algunos que se acercan a comulgar distraídos o de prisa, disipados, con poca modestia, hasta poco decentemente vestidos, y a veces hombres de una conducta que deja algo que desear, digo para mis adentros: ¿No sería mejor que no comulgaran, o al menos no lo hicieran diariamente? ¿Cometo falta pensando de esta manera?
M.—Sí, la mayor parte de las veces haces mal pensando de esta manera, porque todos ellos es muy posible que tengan defectos, pero no cometen faltas graves; y no cometiendo pecados graves, siempre pueden y son dignos de comulgar, no sólo de cuando en cuando, sino con frecuencia, porque el que está preparado para comulgar de tanto en tanto puede comulgar también cada día.
D.—¿Luego no hay que ser demasiado exigentes?
M.—No, por cierto; ni más exigentes que la Iglesia ni más papistas que el Papa, según canta el refrán. La excesiva exigencia llega a alejar a muchas almas, y este alejamiento hace que la gracia de Dios disminuya, y de aquí se facilite la caída en el pecado mortal. Dijo Jesucristo: "No necesitan los sanos de médico, sino los enfermos", y por lo tanto, éstos que tú dices son enfermos con derecho a recibir la Sagrada Comunión, o sea, a acercarse a Jesucristo, que vino para ellos, para curarlos y sanarlos.
D.—¿Y si no sanan nunca?
M.—Paciencia, si no llegan a sanar. Serán siempre los enfermos predilectos de Jesús, de sus bondadosos cuidados y de su compasión, de la que ninguno debe alejarlos.
D.—Son enfermos crónicos, ¿verdad, Padre?
M.—Es verdad; pero ¿acaso los médicos desahucian a los enfermos crónicos? ¿Acaso pueden deshacerse de ellos y dejarlos sin curar?
D.—No, Padre; antes al contrario, esta clase de enfermos requieren más cuidados y más miramientos.
M.—Así se contesta; por lo tanto, no hay que ser demasiado exigentes.
D.—A veces, sin embargo hay quienes abusan y se acercan al comulgatorio con modales tan estudiados y con formas tan extrañas, con vestidos tan raros...
M.—En casos semejantes será bueno y hasta obligatorio —pasando disimuladamente de largo y con cierta prudencia y desenvoltura, de manera que será fácil que nadie se dé cuenta— no darles la Comunión...
D.—¿Qué dice, Padre? ¿Y no se quejarán?
M.— ¿Por qué? ¿Acaso no es el sacerdote el ministro de los Sacramentos, y el tutor de los mismos? Si él admite, tolera, consiente, fomenta los abusos, ¿no es responsable delante de Dios, de la Iglesia y de sus superiores?
D.—Entonces, ¿pies de plomo, mano de hierro, firmes y sin ceder?
M.—Así mismo. Pies de plomo, prudencia en cuanto sea posible y serenidad; pero mano de hierro en cumplir con el deber, cuando se necesite. La excesiva tolerancia lo estropea todo y acarrea verdaderos abusos y grandes escándalos.
D.—No obstante será bueno prevenir y advertirlo antes.
M.—Claro; a ser posible, es mucho mejor decírselo antes a estas personas; y si resultan inútiles los avisos y las advertencias, proceder sin miramientos, pero también sin distinción de personas ni preferencia de clases, porque diversamente sería peor el remedio que la en fermedad.
D.—¿Y se acercan a comulgar personas de fama dudosa, de costumbres sospechosas, de conducta reprobable o de peor calaña?
M.— Entonces el asunto es más difícil y delicado; pero no por esto hay que dejarlo pasar así como así. En estos casos hay que cortar por lo sano. Jesucristo no anduvo con contemplaciones con el que no tenía traje de bodas; le echó fuera, y listo. El Cuerpo del Señor no debe darse a los perros, dice Santo Tomás en el Himno que compuso al Santísimo Sacramento.
* * *
     Narra la Historia que San Ambrosio, Arzobispo de Milán, había prohibido entrar en la iglesia al emperador Teodosio, por haber cometido una grave falta. El emperador, por su disculpa, dijo a San Ambrosio: —También el rey David fué adúltero y cometió homicidio. —Desde luego, contestó San Ambrosio; pero si has imitado a David en el pecado, imítale también en la penitencia: ¡fuera de aquí!
     Teodosio, ante la firmeza y entereza del Santo, recapacitó, y se sometió a cumplir la penitencia pública que San Ambrosio le impuso, logrando así poder volver a la comunión de los fieles y entrar libremente en la iglesia.
D.— Estos son hombres de temple.
M. — Sí, hombres de temple y verdaderos santos. ¡Cuánto menos se abusaría y cuánto ganaría la piadosa costumbre de la Comunión frecuente si se multiplicasen estos hombres por lo que a la Comunión se refiere, aunque no fuera más que por la reverencia debida a tan gran Sacramento.
D. Así es, Padre. Por esto no es extraño que personas poco instruidas en materia de religión digan cosas como éstas: "¿Qué cosa especial encierra la Comunión cuando la reciben tan fácilmente los que harían mejor no comulgar?" Y, para colmo, otros disparates así: "Los que comulgan son peores que los otros".
M.—Expresiones son éstas demasiado vulgares y que no merecen considerarse. Así piensan los que ven la pajita en ojo ajeno y no reparan en la viga que atraviesa el suyo, como dijo Jesucristo en el Evangelio. Toda persona cuerda lo comprende.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

martes, 3 de septiembre de 2013

COMULGAD BIEN (15)


HAY QUE ESTAR EN AYUNAS PARA COMULGAR
Discípulo.—Padre: Dígame aún algo sobre el ayuno prescrito antes de recibir la Sagrada Comunión.
Maestro.—El que se acerca a recibir la Sagrada Comunión sabiendo que no está en ayunas, comete siempre sacrilegio, si no hay razones especiales de enfermedad o la debida dispensa.
D.—Y cuáles serían estos motivos especiales de enfermedad?
M.—Escucha con atención, y procura entenderlo bien. La Iglesia permite comulgar sin estar en ayunas a los moribundos y a los enfermos graves, a los cuales se les administra la Comunión como Viático. Permite comulgar por devoción dos veces a la semana a los que, sin estar graves, llevan más de un mes enfermos sin esperanza de un pronto restablecimicnto. Estos, si les es difícil estar en ayunas, pueden, antes de comulgar, tomar algún líquido, como café, leche, medicinas liquidas, huevos batidos, caldo, etc.
D.—Padre, ¿no habrá abusos en esto?
M.—¡Ya lo creo! ¡Hecha la ley, dice el proverbio, hecha la trampa! El engaño en esto lo sufren los mismos enfermos, los parientes y, con frecuencia, los sacerdotes y los confesores. Pero la trampa es siempre trampa, y por tanto una mala acción. La piedad falsa, que conduce a la desobediencia de la Iglesia, no agrada nunca a Dios.
D.—¿Y de los que tienen dispensa? 
M.—Estos, que son reducidos, muy pocos, pues la Iglesia en esto es rigurosa y procede con pies de plomo al conceder estas dispensas, deben atenerse estrictamente al tenor de la suya, ni extenderla ni interrumpirla según su capricho, sino entenderse con el confesor, quien se supone sabrá interpretar las normas de la Iglesia antes que condescender a los caprichos de los individuos.
D.—Y si alguno se encuentra en las mismas circunstancias y condiciones de otros que han obtenido la dispensa y con los mismos motivos señalados en ella, ¿podría, según su criterio, creerse dispensado del ayuno e ir a comulgar en este estado?
M.—Por buen criterio que tenga, debe sujetarse a lo que la Iglesia dispone, sin servirse por sí mismo de permisos no pedidos o todavía no concedidos. El que así obrara cometería sacrilegio cada vez que comulgara.
D.—¿No podría el confesor autorizarle en determinados casos?
M—De ninguna manera. El confesor nunca puede dar estos permisos. El que no puede estar en ayunas, y desee comulgar después de tomar alguna cosa a manera de bebidas o como medicina, necesita el permiso del Obispo, quien lo concederá según la mente de la Santa Sede. El confesor procederá muy mal interviniendo directamente en este asunto, ni siquiera so pretexto de piedad hacia la Comunión; mas haría bien, si él mismo acude al Obispo para obtener el permiso.
D.—¿Y no podría él mismo dar el permiso?
M.—De ninguna manera: me consta que algunos, por demasiada ignorancia o por presunción creen saber más que la Iglesia, y ellos mismos hacen la ley; pero proceden mal, y Dios no es posible apruebe su proceder.
D.—¿Y cómo es que Jesucristo, cuando instituyó la Santísima Eucaristía, distribuyó la Comunión a los apóstoles sin estar en ayunas? Sabemos que la Iglesia así lo practicó en el transcurso de muchos años, haciendo que los niños consumieran las Sagradas Especies sin hallarse en ayunas.
M.—Es cierto lo que dices; pero más tarde, al originarse los abusos y los inconvenientes, la Iglesia misma, que obra siempre por inspiración de Dios, ha creído oportuno, o mejor, se ha visto precisada a establecer el ayuno total (esto es, natural) para todo el que desee comulgar, por lo que nosotros debemos sujetarnos y obedecer. El que obedece al Papa, o sea, a la Iglesia, obedece a Dios; el que escucha y obedece a la Iglesia, escucha y obedece a Dios; el que no procede así, no está con Dios.
     Oí de labios de un celoso misionero que un compañero suyo de Misión, conmovido por las instancias de una penitente suya, le permitía comulgar alguna vez sin estar en ayunas. Lo llegó a saber el Obispo, e inmediatamente le suspendió de confesar por tres meses, amenazándole que le suspendería hasta de la Misa si volvía a repetir semejante permiso. Date, pues, cuenta de que hasta los Obispos, que representan a la Iglesia, no se doblegan en esta materia.
D. La última pregunta, Padre. ¿No puede suceder que algunas personas, sobre todo mujeres, sean capaces de comulgar dos o más veces el mismo día, llevadas de una piedad mal entendida?
M.—Ya lo creo que puede suceder. 
     Un santo prelado solía decir que las mujeres a veces están hechas como los cuernos de los bueyes: duros, torcidos y huecos. Duras, esto es, cerradas; torcidas, en cuanto a su instrucción, las más de las veces deficiente; y huecas de sentido común. Esto supuesto, nada extraña que alguna de ellas repita la Sagrada Comunión una o dos veces el mismo día; lo que resulta un desorden muy grave.
D.—Luego no se permite comulgar dos veces el mismo día?
M.—No, porque después de la Comunión, que es verdadera comida, se quebranta ya el ayuno. Unicamente en el caso de que, habiendo comulgado por la mañana, sobreven' ga un peligro de muerte durante el día. En este caso se puede volver a comulgar como Viático.

Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

jueves, 22 de agosto de 2013

COMULGAD BIEN (14)

DE DIOS NADIE SE BURLA
     Cuenta la Historia Sagrada, en el capítulo I del Libro de los Reyes, que, al devolver los filísteos, castigados por Dios, el Arca Santa tomada a los israelitas, se detuvo ésta en el campamento de los betsamitas, que celebraron gran fiesta al tenerla entre ellos; pero algunos, por exceso de curiosidad, se acercaron y la abrieron para ver lo que contenía. Esta falta de respeto, que a nosotros parece ligera y sin importancia costó la vida a más de cincuenta mil de ellos, que cayeron muertos en tierra, mientras el pueblo gritaba:       
     -¡Cuan terrible es la presencia de un Dios tan santo y poderoso!
D.- Por lo visto, Padre, de Dios nadie se burla.
M.- Así es. Por esto, si nosotros fuéramos hombres de fe, deberíamos prorrumpir en las mismas palabras y temblar de espanto al acercarnos a Jesús, que vive en la Santísima Eucaristía; más, por el contrario, cuántos imitadores tienen los betsamitas. Son cristianos, van alegres y deseosos a ver y recibir a Jesús, pero no hacen lo que deben para honrarle como merece. No son capaces de ver las llagas de su alma: están pegados a la tierra, a sus sentidos, a su egoísmo.
     No advierten que, cometiendo siempre las mismas faltas y teniendo los mismos defectos, sin enmendarse de ellos, se acercan con excesiva temeridad a aquel tremendo Misterio del que el arca no era más que una simple imagen; convierten el remedio en veneno, hallando la muerte en las fuentes mismas de la vida. En el Libro segundo de los Reyes se encuentra este otro episodio:
*      *     *
     El rey David hizo trasladar el Arca a la ciudad de su residencia, en medio del júbilo y transporte del pueblo. Puesta sobre una carroza nueva, los bueyes se negaron a seguir y coceando la hicieron ladear. Entonces Oza, un levita, levantó el brazo para sostenerla, cuando al instante la ira de Dios cayó sobre él, y rodó muerto junto al Arca a causa de este atrevimiento.
D.—¡Pobrecillo! ¿y qué contenía el Arca? 
M.—El Arca Santa, además de las Tablas de la Ley y la Vara de Aarón, contenía el Maná, figura de la Eucaristía. Con esto debemos darnos cuenta de que este Pan celestial no se debe dar a las almas indignas, ya sea porque están en pecado o porque no tienen fe.
     Esta semejanza del Arca Santa con la Santísima Eucaristía la recuerda San Pablo cuando dice que en los primeros tiempos de la Iglesia eran castigados muchos cristianos con enfermedades y hasta con la muerte, como Oza, por haberse atrevido a comulgar en forma indigna de la santidad de tan gran Sacramento.
D.—¿Hay también en nuestros días hechos semejantes que nos recuerdan aquellos castigos?
M.—Tenemos muchos como el que sigue: Una muchacha de dieciséis años había pasado toda la noche bailando y a la mañana siguiente se acercó, atrevida, a comulgar para disimular su falta ante el párroco y las demás compañeras. Pero, ¡pobrecilla!, apenas hubo comulgado, se apoderó de ella un escalofrío, se le descompuso el interior, y en breves momentos, seguidos de un vómito tremendo, echó fuera, juntamente con la Sagrada Forma, toda la comida y después las entrañas a trozos.
D.—Cierto que de Dios nadie se burla. Por esto yo comulgaré siempre dignamente, con el más profundo respeto y reverencia hacia tan sublime misterio.
M.—¡Muy bien! Todos deberían proponerse lo mismo, y comulgar cada vez con la mejor disposición, con los mejores sentimientos de piedad y devoción de que uno es capaz.
D.—¿Y qué han de hacer los que, aun queriendo, no sienten esta piedad y devoción?
M.—A muchos les basta la fe interna y los esfuerzos que hacen para conservarse en gracia de Dios; otros lo suplen con la sencillez de corazón libre de culpas voluntarias. Los que Jesús detesta son los desgraciados maliciosos, los indiferentes, los tibios, y más aún, los que pretenden servir a dos señores, ser cristianos y paganos, creyentes y liberales, buenos y malos, castos y deshonestos.
D.—Aquellos, en fin, que cantan para espantar sus males, ¿no es cierto, Padre?
M.—Esos, esos; no me atrevía a decirlo. Pero llegará el día en que, desprendidas las vendas de sus ojos, cuando acaben los misterios, aparecerán claros y diáfanos los sacrilegios cometidos por haber comulgado mal, y se llenarán de general vergüenza los que profanaron a Jesucristo, al Salvador bondadoso. Ahora Jesús se oculta y calla, pero entonces aparecerá con todo el esplendor de su majestad y como Juez riguroso.
D.—¡Ya basta, Padre, que tiemblo! 
M.—Ojalá temblaran todos los presumidos, todos los indignos, los traidores, los miserables sacrilegos... Jesús, que es tan bondadoso, les conceda conocimiento, temor y conversión.
Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

jueves, 11 de julio de 2013

COMULGAD BIEN (13)

HAY QUE SABER Y PENSAR EN LO QUE SE VA A RECIBIR

Discípulo.—Padre, para comulgar bien, ¿se quiere algo más, a parte de no tener pecado mortal?
Maestro.—Ya lo creo, pues todos saben que para comulgar bien se requieren tres cosas. Primera: Estar en gracia de Dios. Segunda: Saber lo que se va a recibir y pensar en ello. Tercera: Estar en ayunas. Lo que se ha dicho hasta aquí se refiere a la primera condición; lo de la segunda y tercera te lo diré después.
D.—Entonces, ¿puede haber Comuniones mal hechas por lo que se refiere a la segunda disposición?
M.—Sí. Hay muchos cristianos que, por Pascua o en otras solemnidades, se acercan a comulgar sin saber ni pensar en lo que hacen o van a hacer. Cuántos son, particularmente mujeres, los que se acostumbran a frecuentarla, y recibirla aún diariamente, solamente por hacer lo que hacen los demás. Amigo mío, es conveniente sepas que no puede haber mayor ignorancia que la que se refiere a la religión, particularmente en este aspecto de la Comunión.
     Muchos, muchísimos son los cristianos de hoy día que, o no lo han aprendido bien o tal vez no han llegado a saberlo aún, y de aquí la ignorancia tremenda sobre la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; por esto no es extraño vayan a comulgar como si se acercaran a besar una reliquia o a recibir cualquier otro sacramental.
     Muchos, demasiados son los cristianos de nuestros días que aún no han aprendido bien estas cosas y que, por tanto, no saben nada con solidez sobre la esencia y sustancia de este Sacramento. También son muchos los que ignoran los efectos admirables que produce la Sagrada Comunión, y las disposiciones necesarias para recibirla. Si se les pregunta, contestarán que reciben a Jesucristo, a Nuestro Señor, pero lo dicen como niños que lo han aprendido de labios de sus madres, y nada más. Instruidos así sobre la Sagrada Comunión, ¿será posible que comulguen bien? 
D.—Creo que no.
M.—Figúrate, pues, cuántas serán las Comuniones mal hechas.
D.—¡Qué calamidad! ¡Estos tales deberían dejar de comulgar!
M.—Al revés: ni se abstienen ni se instruyen, en su interior creen saberlo todo y que son tan dignos como los demás, sobre todo, como ya te dije, si son mujeres y de las de pico largo.
D.—¿Y entonces?
M.—Entonces hay que predicar e instruir sobre este punto, y alzar la voz bien alta contra los abusivos, y vigilar constantemente, examinándoles con cordura y prudencia, pero con rigor.
D.—Esto está bien en cuanto a saber lo que se va a recibir: pero ¿y en cuanto a pensar?
M.—Dice el Catecismo que hay que pensar también en lo que se va a recibir; por esto comulgan mal los que se acercan en forma indecorosa.
D.—Se ven algunos, niños sobre todo, que ríen en la Iglesia, charlan y están distraídos, y, llegado el momento de comulgar, se precipitan ante el altar o ante el comulgatorio.
M.—Hacen mal, muy mal. Y siendo aún niños tienen disculpa, pues Dios mirará la edad y el poco criterio; pero los adultos que así proceden no tienen derecho a compasión ni excusa de ninguna clase.
D.—¿Y las muchachas y señoritas que se acercan a comulgar girando la vista a una parte y otra, haciendo muecas, jactándose de sus gracias, haciendo ostentación de vanidad y vestidas con poca modestia?
M.—Hacen muy mal. Todas éstas comulgan mal.
D.—Entonces, ¿son cosas serias? 
M.—Muy serias, pues se trata nada menos que de pisotear el más augusto de los Sacramentos. Son pobres desgraciadas, cristianas sin fe.
D.—¿Y qué hacer para impedir tales abusos?
M.—Vigilarlas, corregirlas, afear su conducta, y si esto no bastara, privarlas de la Comunión.
D.—Pero la gente ¿no lo extrañará?
M.—Cuando se acostumbren a ver cómo se aparta de la Comunión a los indignos, y nadie se extrañará, antes sentirán contento al ver respetado el Cuerpo adorable de Nuestro Señor, y restablecido el decoro debido a tan augusto Sacramento.
D.—Y con esto, ¿no habrá peligro de alejar a muchos de la Comunión?
M.—No hay que temer; y hay que sentir más celo por el decoro debido al Sacramento más augusto. Habrá bajas, ¿quién lo duda?, pero disminuirán los sacrilegios, y los más aprenderán con esto a comulgar dignamente.
     Este es un mal como los otros; si no se le aplica el remedio, progresará siempre más. "Fuera los perros", gritaba San Agustín. "Fuera los perros", decimos también nosotros, y procuremos echarlos fuera de verdad. Así, y únicamente así, lograremos que Dios bendiga con más efusión las ciudades y los pueblos.

Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

martes, 2 de julio de 2013

COMULGAD BIEN (12)

ES SUFICIENTE NO ESTAR EN PECADO MORTAL
Discípulo.—Ahora, dígame, Padre: ¿basta, para comulgar, no estar en pecado mortal?
Maestro.—Sí, además de estar en ayunas desde la media noche y de saber lo que se va a recibir, basta no estar en pecado mortal para comulgar. Sin embargo, es necesario también ir con rectitud de intención, como, por ejemplo, para amar a Jesucristo, por espíritu de devoción, para obtener gracias espirituales y materiales, pues cuanto con mejores disposiciones se vaya a comulgar, más bendiciones y gracias se recibirán.
     Jesucristo, al tomar nuestra naturaleza humana, se ha acomodado, por decirlo así a nuestro modo de ser. ¿No hacemos así nosotros con nuestros amigos y conocidos y, en general, con nuestros prójimos? Cuando uno nos ama, nos honra y nos aprecia con predilección, nosotros correspondemos a ese amor y atenciones; al que más nos aprecia y nos estima, más le amamos y estimamos también nosotros.
     Lo mismo sucede con la Comunión; cuanto con más fe, piedad y devoción nos acercamos a comulgar, mejor nos conquistamos la simpatía, la bondad y la delicadeza del corazón de Jesucristo.

D.—Como hacían los Santos, ¿verdad Padre?
M.—Sí, como hacían los Santos, y como hacen las almas profundamente cristianas, las almas que quieren a Jesús y su amor.
D.—¿Serán muchas estas almas?
M.—Muchísimas. Hay muchos sacerdotes realmente dignos, que celebran y comulgan diariamente, como los Santos. Religiosos y religiosas realmente piadosos, que diariamente comulgan, como si fueran ángeles... Madres sinceramente piadosas y cristianas, jóvenes de ambos sexos pertenecientes a institutos religiosos y de familias cristianas, que cada día se acercan a comulgar con las mejores disposiciones. ¡Unicamente los veletas, los disipados, los tibios, la gente de poca fe, se acercan a comulgar con indiferencia, sin reflexión.

D.—¿Estos tales, harán mal la Comunión?
M.—No, si no están en pecado mortal no comulgan mal; siempre hacen una obra bue na y admirable, como dice el Catecismo; pero se privan de muchas gracias.
D.—¿Qué quiere decir, Padre, con esto? 

M.—Para explicártelo mejor te pondré ejemplos, quizá un poco rastreros; pero escúchalos con paciencia.
* * *
     Ve un primer caso: Dos campesinos trabajan en la misma tierra: el uno la trabaja y la cultiva con asiduidad, quitando primero las hierbas, cavándola, rastrillándola; la abona, y m con todo cuidado deposita en ella la semilla; abre Zanjas para el desagüe, pone cercas para que no pasen por ella, y vigila constantemente su campo. El otro por el contrario, la trabaja de cualquier manera, de prisa y de pasada. ¿Quién de los dos crees recogerá mejores y más abundantes frutos?
D.—Sin duda, el primero.
M.—Pues lo mismo sucede con la Comunión: en conformidad con las disposiciones que se llevan y del interés que uno se toma, y de la devoción y piedad que se pone; en proporción, digo, del cuidado con el cual se manifiesta a Jesucristo nuestro amor y nuestra benevolencia, se recibirán el provecho y los frutos.
     Segunda comparación: Salen juntos dos al mercado o de paseo. El uno se contenta con andar, respirando aire sano, gozando del sol, mirando los prados floridos, o, si va al mercado, observando la mercancía expuesta y los escaparates de las tiendas; el otro, por el contrario, recoge de aquellas flores, hace provisión de los artículos que más le agradan y serán más útiles para él y para su familia. Al volver, ¿quién de los dos habrá aprovechado mejor el paseo?
D. Sin duda, el que ha adquirido y llevado a su casa lo bueno que encontró.
M.—Pues así se comprende enseguida que la Comunión es un tesoro de inapreciable valor, inagotable bien que se ofrece a todos los cristianos, y del que más disfruta y se enriquece el que mejor se industria.
D.—Si es así, poco fruto he sacado yo hasta ahora de mis Comuniones; pero, en adelante, quiero que sean tan devotas y tan fervorosas, que constituyan un verdadero tesoro para mi alma.
M.— Muy bien, persevera en tus propósitos y haz que sean firmes y eficaces.
D.—Sin embargo, Padre, si uno va a comulgar sin esta fe y esta devoción, ¿comulgará mal?
M.—No. La Comunión, te he dicho, está mal hecha cuando uno se acerca a ella en pecado mortal y sin las disposiciones de que hablamos antes; de lo contrario, siempre estará bien hecha y será buena y provechosa, porque obra ex opere operato, como enseñan los teólogos, o sea, por su propia virtud sobrenatural y divina.
D.—El que no tiene esas disposiciones, ¿haría mejor no comulgando que frecuentando la Comunión?
M.—A esta pregunta te respondo con una tercera comparación:
Es frecuente dar con personas que por estar indispuestas, no sacan gusto de la comida y casi preferirían no comer, pues aun lo poco que comen lo toman a la fuerza y con cierta repugnancia. No obstante, aquello poquito, tomado de esa manera, les aprovecha, se convierte en sangre y en carne, y así van tirando y desempeñan sus quehaceres. ¿Que sería mejor para éstos: comer o no comer?
D.—Si no comen se mueren.
M.—Luego así debe pensarse de la Comunión, que es alimento de las almas. Si no comen morirán, acabarán languideciendo y caerán en el pecado, que es muerte de las almas.
     El Espíritu Santo hace hablar así al pecador en la Sagrada Escritura: "Estoy mustio como hierba cortada; mi corazón se encuentra seco como el heno del prado porque He dejado de comer mi pan". Esto es, sabía que debía comer el pan que Jesús me ha dado para vivir, y por indiferencia, por descuido, por fútiles razones, no lo he hecho. Esto constituirá el continuo remordimiento de los que descuidan la Comunión, auque vivan sin cometer faltas graves.
D.—Entonces, Padre, ¿hacen mal los que dejan de comulgar porque no sienten ni piedad ni devoción?
M.—Sí. Hacen mal y se equivocan, como los que no comen porque no sienten apetito, los que no toman medicamentos cuando están enfermos, los que no buscan ayuda cuando están débiles, los que no se acercan a la lumbre cuando sienten frío, o a la fuente cuando tiene sed.

Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN