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viernes, 7 de marzo de 2014

Capitanía Espiritual

     La voz de un estudiante universitario se ha levantado para formular la inquietud que bulle entre los elementos nuevos que piensan y estudian con sinceridad. Hablando de una "Juventud sin Maestros", afirma: "....a pesar de que en las conciencias jóvenes palpita el ferviente deseo de responder a las exigencias del destino, falta actualmente una capitanía espiritual que encamine los impulsos a metas definitivas..."
     Doloroso verdad es ésta, que revela carencia de valores intelectuales, de educadores con la suficiente consistencia para imprimir adecuada orientación a nuestras juventudes. La pretensión de los actuales "maestros" es rechazada con violencia por nuestra generación, debido a que no encarnan el mínimum de atributos morales que identifican al verdadero maestro. Anarquía mediocre del pensamiento es ésa en cuyas manos está el futuro cerebro de la patria. Y es natural que pasiones limpias se alcen airadas a denunciar realidades trágicas.
     Cualquiera se da cuenta de que se trata de un problema que afecta hondamente la vida pública. Pues bien, ello es sólo una de las manifestaciones del desbarajuste en que se debate la comunidad. Desbarajuste que ya fue visto antes de nosotros y certeramente señalado: el inolvidable conductor de juventudes, auténtico maestro de su generación, Anacleto González Flores, decía: "Sobre esta tragediala mexicana,— no gravita el insignificante peso de un hombre, sino la mole formidable de la anarquía erigida en sistema y transformada en corriente histórica que baja como alud de la montaña". Y ya sabemos que la anarquía es fruto obligado de la revolución. De la revolución que es vértigo demoledor y negativo y contra la cual se rebela el espíritu en gigantesca lucha de afirmación.

     Para reaccionar contra el espíritu revolucionario ha sido menester la sangrante magulladura y el feroz encadenamiento. Y ha sido en "el gran dolor de la servidumbre" donde ha fermentado y se ha hecho sentir "el gran deber de la libertad". Junto a nosotros han abundado los casos de hombres en cuyos labios "el derecho dejó de ser la plegaria medrosa de la burguesía para erigirse en postulado de vida y en voluntad de morir antes que capitular". Y hemos convenido en que, para contrarrestar la barbarie que se implica en toda revolución, es preciso declararse en contrarrevolución. Entendidos en que contrarrevolución no es una revolución en contra, sino justamente lo contrario de la revolución. Mientras ella niega, nosotros afirmamos. Ella disgrega, nosotros organizamos. Ella corrompe, nosotros rehacemos y depuramos. Ella impondrá cadenas y nosotros las romperemos.
     Profesar una idea es darle vida. Propagarla es darle fuerza. Morir por ella es perpetuarla. Este es el proceso de los grandes maestros. Sócrates fue grande por vivir la virtud y por enseñarla. Fue inmortal por haber muerto inocente. Murió sin remordimiento de haber atentado contra la virtud. No creía en los dioses paganos y votó contra ellos. Se le puso a escoger entre la cicuta y los dioses y prefirió el veneno a los dioses falsos. Y, preguntado todavía si no le pesaba morir inocente, replicó: "Es mejor que si muriera culpable". Y en el momento mismo de su muerte se agrandó por encima del poderoso y de los serviles. Los demás filósofos de la antigüedad palidecen ante el gesto de Sócrates y en ninguno como en él se justificó el título de maestro.
     La verdad hace hombres libres. El maestro es maestro en tanto asume la responsabilidad de propagar la verdad y la virtud. Pero allí donde los que se dicen sabios profanan la sagrada investidura del magisterio, surgen hombres desconocidos para vindicar la verdad. La profesan y la viven. Viviéndola, la enseñan. Muriendo por ella, confirman su voluntad de perpetuarla. Y la perpetúan a despecho de todas las revoluciones. Porque la verdad tiene la virtud de caer en el corazón de los humildes como en campo propio y levantarse de allí más espléndida. Por eso los mártires, sin que les haga falta ceñir toga, han llegado a ser los más grandes maestros de la humanidad.
     La palabra de los caídos en persecución corre a sumarse al tesoro tradicional de los pueblos. Y el culto a los muertos por la justicia es venturoso aprendizaje. Porque los muertos imponen inviolable magisterio a los vivos. Tan esto es real, que las revoluciones tienen como primer cuidado acometer contra la historia. Y sus acometidas contra los muertos son más furiosas que contra los vivos. Urge al revolucionario acabar con toda huella de civilización y de grandeza para implantar el imperio de los vivos sobre los muertos. Y se vale de la antihistoria para empañar la memoria de los pueblos. Y se empeña luego en hundir a éstos en el desenfreno y en la licencia y en la anarquía y en la barbarie. Y, porque todo esto es alocamiento suicida, las revoluciones son antihumanas. Pues bien; quien enseña a los individuos y a los pueblos a defenderse del espíritu revolucionario, no puede menos de ser auténtico y ejemplar maestro.

     No enseñar la verdad es enseñar a no creer. Y no creer es abandonarse a merced del primer audaz. Pero los pueblos que mantienen su fe, siempre pueden librarse de la tiranía. Porque el error es cobardía y la cobardía es esclavitud, los regímenes de la mentira están condenados al derrumbamiento. Y ese derrumbamiento sucede siempre a la manumisión del espíritu. Manumisión del espíritu manifestada en la liberación de la palabra. Palabra que afirma, que alienta y que azota. Por eso la palabra es definitiva en labios de aquellos que saben ir serenos al borde mismo de su sepultura. El programa de su vida queda en testamento, con la certeza de ser cumplido. Y los que sobreviven tienen que plegarse a él, bajo pena de que la enseñanza tarde en su realización.
     Los "maestros" de hoy ni siquiera saben vivir. Saber vivir es saber amar. Y se ama aquello que se desea conservar. Y lo que se quiere conservar tiene que defenderse. Y la defensa es lucha. Pero ellos buscaron sosiego en su tienda de desertores. No pidieron más que un milímetro de tierra para vegetar, morir y tener sepulcro. Son fósiles de nacimiento. Como los embalsamadores egipcios, hicieron del pasado una momia, le cerraron los ojos y, faraones destronados, tuvieron todavía la vanidad de llamarse "habitantes del país de las pirámides". ¡Qué van a saber ellos la ciencia de enseñar a vivir! Pues la vida se explica en función de un destino. Y ellos no tuvieron conciencia del propio, porque no supieron de derrotas ni de triunfos. PODRIAMOS COMPARTIR CON ELLOS LA ENSEÑANZA DE AMOR, GRITADA EN VERBO Y SANGRE POR EL MAS HUMILDE DE NUESTROS MARTIRES.
José T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

jueves, 12 de diciembre de 2013

LA PATRIA ESCONDIDA

     HAY en las obras de Chesterton, agudo escritor inglés de principios de este siglo y converso al catolicismo algunos años antes de su muerte, un hermoso libro en que se relata la historia de un hombre afanoso de novedades. A primera vista resulta excéntrico el protagonista, pues da en observar las cosas enrevesadamente, en oposición completa de como las ve cualquier individuo normal. Cada noche, se roba a su mujer de su propia casa y en ello encuentra delicia de renovada y continua luna de miel. Emprende un viaje con verdadera fiebre de aventuras. Y sucédenle muchas, y de las más peregrinas, en los lugares que visita. Y nuestro hombre se maravilla más y más conforme siente irse alejando de su tierra de origen. Después de recorrer países, se da cuenta de que ha vuelto a su patria. Pero aquello es un verdadero descubrimiento, pues nunca le había parecido rica y grande, hermosa y amable y ahora la tiene por superior a todas las patrias que ha visitado.

     Nuestro espíritu —perfilado en la irónica historia de aquel aventurero,— venía padeciendo hambre de renovación. Le enfadaba la vida rutinaria y pasiva que en derredor suyo tenía anquilosadas a grandes almas. Anfora de recias inquietudes, en tanto no tuvo a la vista la perspectiva del viaje, hubo de ensayar allá en sus intimidades la prometedora fuga. Sin importarle siquiera que a los ojos de los demás era un loco, cifró su anhelo en buscar todas las noches aquello mismo con que había despertado por la mañana. Y se abandonó a la sorpresa que pudiesen traerle todas las cosas que desconocía. Y vino a darse cuenta, al cabo de bullicioso desconcierto, de sus poderosos alcances y de sus magníficos tesoros. Porque desfilaron ante sus ojos innumerables contrastes de ruindad y grandeza, le fue posible arribar al insospechado y cabal descubrimiento de sí mismo.
     Las generaciones valientes han merecido llamarse "la patria escondida". Porque irrumpen a través de los cobardes en intrépida resolución. Rechazan convencionalismos degradantes y caducos y se empinan a orientes nuevos y dignos. Se arman de fe y, dejándose matar, aniquilan el hierro. Por sobre los punzantes brotes del odio deslizan su planta y tienden el brazo para la divina siembra del amor. Allí mismo donde se desgarran las carnes y se encharca la sangre, acumulan semilla de virtud. Murmurando su profecía van y vienen, el rostro sonriente, la frente alta y los ojos hundidos en el infinito. Son promesa, esperanza y realización.
     Los pueblos legitimados por la fe nacieron para grandes. Y en ellos se da la bendición de las generaciones heroicas. Y en las generaciones heroicas hay signo de profecía. El profeta canta, como los grandes poetas, excelsos destinos; como el orador, propone reglas de sana convivencia; como el tribuno, defiende los intereses populares. El profeta lleva su mensaje a los humildes; su amenaza a los poderosos ególatras; su maldición a los que profanan y corrompen. El profeta no halaga ni el gusto del pueblo ni el capricho del gobernante; afronta por igual la indiferencia y la persecución. Y con igual entereza entrega su garganta al cuchillo o busca en extraña tierra un triste sepulcro. Pero su verbo queda hirviendo allí a donde señalara el índice. Moisés, para entregar a su pueblo el Decálogo, por cuarenta días vivió de oración y ayuno, en silencio y lejos de los que pedían nuevos dioses. Y el Decálogo se manifestó entre derrumbamiento de ídolos y tormentoso relampagueo. Y el pueblo encontró que los nuevos mandamientos eran simple afirmación de principios que todos llevaban impresos en su corazón. Y, al calor de aquella ley que lo deslumhraba, se dio cuenta de que volvía a sí mismo. Pero fue menester el profeta que le arrojara al rostro anatemas por su desvarío. Y el pueblo de Israel fue grande hasta que votó en el Calvario su tremenda y fatal apostasía.

     Nosotros hemos asistido a la vertiginosa sucesión de maldades encumbradas. El virtuoso ha tenido que resignarse a tragar en silencio la pesadilla de los impíos. Y en más de una ocasión le oímos llorar entre ruinas la tragedia de sus hermanos. Pero también le supimos una esperanza íntima. Junto a nosotros se irguieron hombres oscuros que no sabían decir con la lengua la afirmación de los justos, pero que merecieron escribirla con el fuego de su sangre. Y, como lámparas tercas, abandonadas entre escombros, nos fueron guiando para salir a campo abierto y acertar con el camine. Con el camino que habíamos dejado a nuestras espaldas y que estaba esperándonos para conducirnos al misterioso recinto donde se arman los caballeros. Y ese recinto ha resultado ser nosotros mismos. Que en la intimidad hay crisol y yunque y martillo para fundir espadas y laureles.
     Cuando íbamos navegando fuera de nosotros con alma de aventureros inconformes, llegamos a tropezar con un taller donde se labran cruces y allí dentro hemos hallado al humilde operario que, señalándonos, indica el material con que hagamos la nuestra. El eterno operario que es padre y amigo, maestro y hermano, sabe como nadie los signos de la profecía. Fue a gritarla El mismo en lo alto de la cumbre hoy más conocida y en medio de sus más feroces enemigos. Cuando alguno se atreve a preguntarle con asombro y acaso con incredulidad o desaliento si de aquellos maderos ha de salir algo útil, sin titubeos y sin detenerse ha contestado: "....Hay que terminar los ataúdes de nuestros perseguidores...."
     Por eso nos alegra el término de la travesía, ya que nuestra patria —herencia de grandes padres,— resulta superior a todas las patrias que se nos venían ofreciendo más o menos encantadoras. En el cielo fulgura la estrella que no pensábamos detenernos a contemplar y ahora se ha puesto en marcha delante de nosotros para que nuestros pasos no vuelvan a extraviarse. Ya podemos decir con Don Quijote, aventurero también y el más egregio de cuantos se han dado en nuestra raza: "Yo sé quién soy". Porque PARA VENTURA DE LAS NUEVAS GENERACIONES, ESTAMOS DESCUBRIENDO LA PATRIA ESCONDIDA.
José T. Cervantes

lunes, 18 de noviembre de 2013

GENERACIÓN AUDAZ

     En una de las grandes tragedias mitológicas de la antiguedad griega se cuenta de un príncipe que ignoraba su origen y andaba tras de los oráculos investigando su historia. Al nacer lo había desterrado su padre, el rey de Tebas, a quien los oráculos le tenían anunciado que moriría a manos de su propio hijo, y que éste sería coronado rey. El príncipe errante llegó a saber en sus correrías que un extraño ser, a quien llamaban Esfinge, poseía raros secretos sobre la vida de los hombres. La Esfinge era un monstruo con cabeza de mujer, cuerpo de león y alas de águila. A todos los peregrinos hacía preguntas misteriosas que nadie acertaba a contestar. Y en castigo los arrojaba al mar. Edipo, el príncipe que se desconocía a sí mismo, se presentó valeroso a desafiar a la Esfinge. Y ella le dirigió la consabida pregunta: "¿Qué animal anda en cuatro patas por la mañana, en dos al medio día y por la tarde en tres?" Y la respuesta vino sin titubeos: "El hombre, que aprende sus primeros pasos apoyándose en las cuatro extremidades; después camina sobre las dos inferiores y cuando envejece tiene que ayudarse con el báculo". Despechada la Esfinge por la respuesta de aquel hombre, —nacido para rey,— se arrojó al mar. Edipo siguió su camino y llegó a Tebas, mató en una encrucijada a un desconocido que resultó ser su padre y fue proclamado rey de aquel mismo pueblo que al nacer le habían hecho abandonar.
     Como el Edipo de la Fábula, nuestra generación gusta de ser tomada por forastera y desconocida. Inquieta y apasionada, se le ha visto asomarse a todos los misterios de la vida humana, en busca de la trayectoria que la lleve a su destino. Y hubo de comenzar por conocer que en sí misma traía la solución de los más intrincados problemas, incluso el de su propia existencia. Abandonada a su suerte, vino sintiendo en sus carnes la befa del poderoso engreído y burlador de las leyes que rigen la historia. Los profetas de la maldad no han sido capaces de meternos desaliento y las esfinges de la antihistoria están sintiéndose aterradas de que nuestra generación venga descifrando sus artificiosos enigmas. Quienes habían topado con atolondrados y abúlicos, están hoy delante de una juventud despierta y ágil, poderosa por atrevida y segura de sí misma.
     Resultó que los poderosos, más sedientos de dominio, no supieron sino desatar la catastrófica violencia que hoy busca ensordecemos. Y ese estallido tiene alerta, sin que nadie lo hubiera sospechado, a todos los que hemos oído la misteriosa hora del espíritu. En el presente bullir de agitadas alternativas, nuestra generación se busca a sí misma, y cuando se ha encontrado va y se recluye a donde pueda templar sus armas de victoria. Comprende que su fortaleza está junto al martillo y sobre el yunque, en la maceración de sus pasiones puestas al rojo vivo, y allí está moldeándose en cruz. No corre demasiadas prisas por arrebatar la maraña que se disuelve en sus manos; la destruye cuando ella se interpone. Y su coraje se traduce en canciones de esperanza.
     Nuestra generación no es triste. Los tristes caen hacia la generación anterior. Y son tristes porque no se atrevieron a saltar por encima de su noche y guiar con las estrellas su camino al alba. Se entregaron a dormir sin soñar. Y no supieron soñar porque sus entenderos les traían demasiado vueltos hacia abajo. Por eso lo más que podían soñar era pesadilla de desesperación. Si cantaban, lo hacían como los niños, para disimular su espanto por la oscuridad. Y van muriendo sin fe. Sin fe y sin voluntad. En desgracia y con cobardía.
     Los prudentes están allí, apoltronados y asustadizos. Porque nacieron derrotistas, cuidan escrupulosamente su particular herencia que, por cierto, no va más allá de lo que desprecian hasta el orín y lo polilla. Para ellos, no pasamos de ser "unos muchachitos simpáticos, soñadores y descocados". Como que su vida es gris de corazón y de ojos. Para ellos la Esfinge no tendría misericordia, como tampoco la tendremos nosotros cuando vengan a reclamar derechos en nuestro patrimonio. Si vienen a la cruzada, que se resignen a compartir alocamientos y desgarraduras. Pues fuera de nosotros no estará el que nos conduzca. Y que en sus actos vibre la voluntad hecha canción de esperanza y de fe.
     La forja es alegre. En la ebullición de las brasas y en el hierro que va con ellas a encenderse. En el yunque macizo y en el martillo tenaz que trepidan al estrujar la hacia que lo mismo puede ser espada o timón de arado. Alegre en la sangre y en el músculo del forjador. Alegre en la tarea que a precio de sudor hace llegar a la mesa la santidad del pan. Alegre en el reposo callado que lleva unción de ventajoso examen de conciencia. Alegre en el derecho a despertar cantando con el alba y a dormir soñando con las estrellas. Que la vida no es sino combinación de alegrías a todas las temperaturas y a todos los colores.
     Y esta generación lo sabe. Rebelde al ocio y a la vida fácil, con piedrecillas tiró al primer ídolo de barro y se puso en peregrinación de sí misma. Desempolvó sus tradiciones y se halló noble. Tendió sus mantas y plantó su forja. Sobre el yunque de su fe y con el martillo de su voluntad la vemos estrujar sus pasiones y moldear sus armas. Y canta. Y se bate con marrulleras esfinges. Y prosigue con valentía por los caminos que la reintegran al patrimonio de donde no saliera por su determinación.
     Esta generación debe rebosar conciencia, pasión y arrojo.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA BATALLA DEL ESPIRITU

     Los canallas no tienen patria: su bastardía es internacional. Por eso llevan en su modo mismo de ser un odio implacable contra los valores del espíritu, prendas que son orgullo, tesoro y justificación de los pueblos. La demagogia es pérfida. Y sus fines se manifiestan por igual en la insolente verborrea del cínico y en la traicionera solemnidad de las "grandes" conmemoraciones. En todo caso, los descastados propónense llevar adelante su tarea devastadora. Renegados al fin, de las propias virtudes de sus antepasados sacan fórmulas venenosas para ir minando el patrimonio espiritual de los pueblos. Contra esos tales va enderezada nuestra lucha. La lucha de esta generación que vive y grita su arrebatada fe. La lucha de esta generación asqueada por todos los materialismos y por todos los sofismas y que tiende a proyectarse en la historia de las grandes batallas por el espíritu.
     Nuestra fe, nacida en el dolor de una patria desmembrada y sangrante, se fortalece y depura en el coraje de la pelea. Coraje y pelea que no son odio, sino más bien instintiva defensa y recuperación. Los pueblos que se defienden y recuperan ganan todos los combates, pues les asiste la razón y la justicia. Y la fe nacida en el dolor surge consciente y recia, decidida y alegre. Porque de esta fe arranca la lucha del Sinarquismo, éste no será contenido en su avance, como no es contenido el avance de un río caudaloso y profundo, así tenga que llenar inmensos lagos antes de venir al seno del mar.
     El Sinarquismo no es bandería de raza. Ni menos bandería de facción. Ni, mucho menos aún, bandería de clase. Los malvados querrían poder justificar sus ataques a lo que es simple y llanamente "el instrumento de las nuevas generaciones". Y las nuevas generaciones repudian al liberalismo que atomiza y al comunismo que arrebaña. Para las nuevas generaciones son igualmente indignas la anarquía democratera y la dictadura brutal, por cuanto no se compadecen con las aspiraciones del espíritu. Persuadidas de que el desbarajuste político, social o económico deriva necesariamente del desorden espiritual, emprenden la revalorización de la verdad y del bien, de la justicia y de la virtud. No importa que a muchos duela el desvendaje de la llaga que los mantenía ciegos. No importa que se conjuren la maldad y el error y quieran estorbar en mil formas a la cruzada salvadora El derrumbamiento de ídolos es obra de civilización. Y civilización en la barbarizada tierra de los mayores es reconquista. Y las reconquistas por el espíritu son sagradas. Y lo sagrado está fuera del alcance de los perversos. Es así como el Sinarquismo no puede concebir sino la firme seguridad de su triunfo. Por eso no le asustan las griterías destempladas de los enemigos del espíritu. A nosotros, a los sinarquistas, ni la muerte misma ha sido capaz de amedrentarnos. De todas las persecuciones hemos salido con el ánimo más enhiesto y batallador. Y los candidatos a ídolos han temblado en sus propios delirios de grandeza a nuestro solo grito de afirmación y de victoria.
     El Sinarquismo es profecía de orden. Profecía que ha venido deslumbrando a muchos Saulos y que se enfrenta a muchos Neroncillos imbéciles. Bautizo de catacumbas, ha enseñado a sus hombres oscuros a pasar por los nuevos circos, derrotando a los nuevos Césares. El voto del Sinarquismo no ha vacilado en ir contra los poderosos de la hora, negándoles el derecho de asesinar patrias. El más humilde sinarquista resultó ser de mayor consistencia que el más orgulloso testaferro. Y es que a todo sinarquista le bulle en el corazón ese tesoro que es hallazgo de las grandes profecías: la fe.
     La miopía de muchos aún se empeña en presentar la obra de España en América como un simple dominio territorial. Otros más derivan de las colonias españolas la formación de una nueva raza. Los sinarquistas afirmamos que ambas visiones pecan de mezquinas. Porque gracias a la Conquista nos sabemos incorporados al mundo del espíritu, dejamos bien atrás a los que se mueven por solo interés de tierra o de sangre. Y nos enfrentamos a todos los que buscan el descastamiento del espíritu. Combatimos a quienes tratan de borrar en nuestro suelo las huellas del misionero. Combatimos a quienes tienen suplantados y oscurecidos a nuestros verdaderos Grandes Padres. Combatimos a quienes hipotecan la soberanía nacional. Combatimos a quienes corrompen la vida pública y privada. Combatimos a quienes provocan y fomentan divisiones internas. Combatimos a quienes tienen mal parado el nombre de México. Combatimos a todos los que atentan, abierta y simuladamente, contra el patrimonio de los mexicanos.
     Tal es el programa del Sinarquismo. Y sobrada razón hay de que la antipatria se alarme y vocifere. Y de que en su despecho nos atribuya fantasías que sólo se ocurren a desequilibrados. Tan sin cuidado estamos de lo que se diga de nosotros, como el primer día. Hemos aprendido a pasar por encima de la calumnia y de la persecución y del crimen. Y sabemos bien que la virtud del éxito va en la naturaleza misma del ideal a que hubimos de acogernos. Porque, NOSOTROS NO HEMOS HECHO AL SINARQUISMO; EL NOS HA HECHO A NOSOTROS. NO NOS PERTENECE; LE PERTENECEMOS.
José T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

miércoles, 30 de octubre de 2013

NUESTRO SIGNO

     Es inegable que los pueblos, de suyo, tienden a seguir el signo de su nacimiento. La grandeza o la decadencia —cumplimiento o frustración del destino,— no son otra cosa que la feliz proyección o desatinado desvío del natural curso que debieran llevar los pueblos a través de su existencia. Y ese curso natural, determinado en principio, arranca de los elementos mismos que han concurrido a la formación y nacimiento de un pueblo. Por eso, el desconocimiento de las causas que le dieron origen —y fines,— debe interpretarse como el primer paso dado en falso en ese devenir que constituye la vocación y destino de un pueblo.
     Nos explicamos así la fatigosa y accidentada hora actual de México. Los accidentes y fatigas de hoy son resultado de muchos tropiezos no enmendados a partir de la primera turbulencia: siembra de odio y —por lo mismo,— inicial contrasentido que se enfrentaba y pretendía barrer con la afanosa tarea de civilización, inspirada y sostenida por el amor del misionero. Tres siglos de recia y pometedora siembra, malogrados por la aparición de la cizaña. Y porque en lugar de buenos segadores nos han abundado —gobiernos tipo liberal y revolucionario,— mercenarios o perezosos "gavilleros", ha llegado a creerse que lo normal en México es esa triste preeminencia de lo corrompido y exótico, mediocre y antinacional. Y esto equivale a depreciar el trigo, equiparándolo a la cizaña y, para colmo, preferir la cizaña al trigo. Esto ha sucedido en México.
     ¿Qué otra cosa es la sistemática desfiguración de la historia patria? Empresa de jacobinos, el laicismo fue la exclusión, en la enseñanza, de la instrucción religiosa o por religiosos. Para justificar el procedimiento, se invocarían fines "progresistas", se acusaría a la Iglesia de oscurantista y retrógrada, se improvisarían heroes de paja —sectarios de patíbulo—, y se renegaría de la fe de origen. Y —automáticamente,— se inventaría la "leyenda negra": la antihistoria.
     Era menester —al Anti-México,— convertir en imbécil al que se anunciaba poderoso pueblo. Barrera a fines imperialistas, el pueblo que nacía necesitaba ser arrollado. Y, como las reservas espirituales eran inmensas, se inyectarían gérmenes de división interna. Más pronto, si entre los neófitos de la antihistoria se hallaba al primer ambicioso, brote originario de la antipatria. De allí en adelante, los hermanos enemigos serían dóciles instrumentos o fáciles puñaladas al corazón mismo de la patria que apenas había tenido tiempo de enarbolar su trigarante acta de bautismo.
     México, en su elaboración, había venido siendo impulsado por la fe; por la fe que profesaba España. De esa fe, milagro exclusivo de la religión verdadera, derivaba un anhelo de unión por hermandad. Y aquella fe y esta hermandad no podían menos de exigir un ambiente de libertad, libertad que es soberanía, soberanía que es ejercicio de dignidad. Tal era el signo de México en su formación como pueblo; tal fue su signo al perfilarse como nación, al esculpirse como patria.
     Los sofistas de la antihistoria se alarman de que invoquemos a la tradición. De que no les creamos. De que nos empeñemos en rectificar su "historia". Y es que no podrán entender, como tampoco los pusilánimes se atreven a ello, que nos proponemos —y estamos lográndolo,— entroncar la hora presente a la raíz de nuestra nacionalidad. Daremos a México su verdadera y propia continuidad histórica. Y para ello hemos de barrer con todos los ídolos que han hecho de un siglo de nuestra historia algo así como un museo de "unidades biológicas".
     En realidad, maravilla que, a despecho de tánta y tan furiosa acometida a su entraña, se encuentre México tan lleno de bríos. Quizá —y sin quizá,— esos mismos estrujamientos y sangrías nos son la mejor experiencia para levantar el vuelo definitivo. Porque México ha vivido más de prisa y con mayor pasión que sus hermanos los pueblos iberoamericanos. En la trágica sucesión de desvarios, en esa pesadilla que nuestros enemigos quisieran prolongar, hemos aprendido a rompernos las propias carnes en tesonera siembra de fe. Y, prendidos con espíritu de quijotesca resolución, hemos ido a quebrar nuestras lanzas en los escurridizos molinos de viento. ¡Qué indignos del buen caballero español y de los civilizadores si nos dejásemos caer en la desesperación!
     Constituidos en pueblo gracias a la misión, queremos ser leales con nuestra natural trayectoria. Y lo conseguiremos, que somos fuerza hecha voluntad, porque nos guía el signo de nuestro nacimiento.
Jose T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

martes, 8 de octubre de 2013

CAMINO DEL SEPULCRO

     A RAIZ de las grandes concentraciones en Morelia y en León, y merced en gran parte a la propaganda gratuita de los enemigos del Sinarquismo, la opinión pública tuvo amplias informaciones acerca de nuestro Movimiento. En los corrillos universitarios, en los políticos, en plena calle, en todas partes, pudo hablarse de esta poderosa fuerza que ha logrado conmover en su entraña a todo un pueblo. Y a preocuparlo como antes nunca. Llegamos a creer que no tendríamos necesidad ya de informar a nadie qué queremos ni a dónde vamos. Pero no falta quien piense todavía que nuestra actitud no es suficientemente clara.
     Para esos tales repetimos: vamos a la salvación de México.
     Porque llegó a ser para casi veinte millones de mexicanos un axioma la muerte de este hijodalgo, atormentado heredero de la España eterna, —México—, hubo imperioso deber de ir en busca de su sepulcro para revivirlo y llevarlo a su destino imperial. Y fuimos sinarquistas. Corrimos a nosotros mismos, al alma de nuestro pueblo, y nos dimos una fe. Fe en nosotros mismos. Fe en México. Se nos dijo locos. Se nos expulsó de nuestras provincias. Se nos encarceló. Se nos ametralló. Y se nos ayudó —con ello,— a ser fuertes. Numerosos y fuertes. Ahora sabemos, mejor que el primer día, que salvaremos —nosotros,— a México. Sí, lo salvaremos. Que nadie lo dude.

     Don Miguel de Unamuno, sabio hombre de letras que falleció durante la última revolución en España, habla de ir en busca de la tumba de Don Quijote, como medio único de que los pueblos tengan fe: fe en el ideal: ideal que "es al espíritu lo que el alimento al cuerpo". A quienes nos piden explicaciones, los remitimos al inolvidable maestro español, en "La Tumba de Don Quijote":
     "....En marcha, pues. Y ten cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos...., o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan ínsulas; lo que debes hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen del programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia donde cae el sepulcro. Sigue la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de aquí, y aquí lo de aquí.
     "¡Poneos en marcha! ¿Que a dónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino, mientras marchemos? ¿Qué? ¡Luchar! Y ¿cómo?
     "¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos! y ¡adelante! ¡Adelante siempre!
     "Y si alguno te viniera diciendo que él sabe tender puentes y que acaso llegue la ocasión en que se deba aprovechar sus conocimientos para pasar un río, ¡fuera con él! ¡Fuera el ingeniero! Los ríos se pasan vadeándolos, o a nado, aunque se ahogue la mitad de los cruzados. Que se vaya el ingeniero a hacer puentes a otra parte, donde hacen mucha falta. Para ir en busca del sepulcro basta la fe como puente.
     "Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oir lo que en él se cacarea? ¡No amigo mío, no! Cuando pases junto a un cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.
     "Te silban los que te aplauden, te quieren detener en tu marcha al sepulcro los que te gritan ¡adelante! Tápate los oídos...."
Jose T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA