viernes, 7 de marzo de 2014

Capitanía Espiritual

     La voz de un estudiante universitario se ha levantado para formular la inquietud que bulle entre los elementos nuevos que piensan y estudian con sinceridad. Hablando de una "Juventud sin Maestros", afirma: "....a pesar de que en las conciencias jóvenes palpita el ferviente deseo de responder a las exigencias del destino, falta actualmente una capitanía espiritual que encamine los impulsos a metas definitivas..."
     Doloroso verdad es ésta, que revela carencia de valores intelectuales, de educadores con la suficiente consistencia para imprimir adecuada orientación a nuestras juventudes. La pretensión de los actuales "maestros" es rechazada con violencia por nuestra generación, debido a que no encarnan el mínimum de atributos morales que identifican al verdadero maestro. Anarquía mediocre del pensamiento es ésa en cuyas manos está el futuro cerebro de la patria. Y es natural que pasiones limpias se alcen airadas a denunciar realidades trágicas.
     Cualquiera se da cuenta de que se trata de un problema que afecta hondamente la vida pública. Pues bien, ello es sólo una de las manifestaciones del desbarajuste en que se debate la comunidad. Desbarajuste que ya fue visto antes de nosotros y certeramente señalado: el inolvidable conductor de juventudes, auténtico maestro de su generación, Anacleto González Flores, decía: "Sobre esta tragediala mexicana,— no gravita el insignificante peso de un hombre, sino la mole formidable de la anarquía erigida en sistema y transformada en corriente histórica que baja como alud de la montaña". Y ya sabemos que la anarquía es fruto obligado de la revolución. De la revolución que es vértigo demoledor y negativo y contra la cual se rebela el espíritu en gigantesca lucha de afirmación.

     Para reaccionar contra el espíritu revolucionario ha sido menester la sangrante magulladura y el feroz encadenamiento. Y ha sido en "el gran dolor de la servidumbre" donde ha fermentado y se ha hecho sentir "el gran deber de la libertad". Junto a nosotros han abundado los casos de hombres en cuyos labios "el derecho dejó de ser la plegaria medrosa de la burguesía para erigirse en postulado de vida y en voluntad de morir antes que capitular". Y hemos convenido en que, para contrarrestar la barbarie que se implica en toda revolución, es preciso declararse en contrarrevolución. Entendidos en que contrarrevolución no es una revolución en contra, sino justamente lo contrario de la revolución. Mientras ella niega, nosotros afirmamos. Ella disgrega, nosotros organizamos. Ella corrompe, nosotros rehacemos y depuramos. Ella impondrá cadenas y nosotros las romperemos.
     Profesar una idea es darle vida. Propagarla es darle fuerza. Morir por ella es perpetuarla. Este es el proceso de los grandes maestros. Sócrates fue grande por vivir la virtud y por enseñarla. Fue inmortal por haber muerto inocente. Murió sin remordimiento de haber atentado contra la virtud. No creía en los dioses paganos y votó contra ellos. Se le puso a escoger entre la cicuta y los dioses y prefirió el veneno a los dioses falsos. Y, preguntado todavía si no le pesaba morir inocente, replicó: "Es mejor que si muriera culpable". Y en el momento mismo de su muerte se agrandó por encima del poderoso y de los serviles. Los demás filósofos de la antigüedad palidecen ante el gesto de Sócrates y en ninguno como en él se justificó el título de maestro.
     La verdad hace hombres libres. El maestro es maestro en tanto asume la responsabilidad de propagar la verdad y la virtud. Pero allí donde los que se dicen sabios profanan la sagrada investidura del magisterio, surgen hombres desconocidos para vindicar la verdad. La profesan y la viven. Viviéndola, la enseñan. Muriendo por ella, confirman su voluntad de perpetuarla. Y la perpetúan a despecho de todas las revoluciones. Porque la verdad tiene la virtud de caer en el corazón de los humildes como en campo propio y levantarse de allí más espléndida. Por eso los mártires, sin que les haga falta ceñir toga, han llegado a ser los más grandes maestros de la humanidad.
     La palabra de los caídos en persecución corre a sumarse al tesoro tradicional de los pueblos. Y el culto a los muertos por la justicia es venturoso aprendizaje. Porque los muertos imponen inviolable magisterio a los vivos. Tan esto es real, que las revoluciones tienen como primer cuidado acometer contra la historia. Y sus acometidas contra los muertos son más furiosas que contra los vivos. Urge al revolucionario acabar con toda huella de civilización y de grandeza para implantar el imperio de los vivos sobre los muertos. Y se vale de la antihistoria para empañar la memoria de los pueblos. Y se empeña luego en hundir a éstos en el desenfreno y en la licencia y en la anarquía y en la barbarie. Y, porque todo esto es alocamiento suicida, las revoluciones son antihumanas. Pues bien; quien enseña a los individuos y a los pueblos a defenderse del espíritu revolucionario, no puede menos de ser auténtico y ejemplar maestro.

     No enseñar la verdad es enseñar a no creer. Y no creer es abandonarse a merced del primer audaz. Pero los pueblos que mantienen su fe, siempre pueden librarse de la tiranía. Porque el error es cobardía y la cobardía es esclavitud, los regímenes de la mentira están condenados al derrumbamiento. Y ese derrumbamiento sucede siempre a la manumisión del espíritu. Manumisión del espíritu manifestada en la liberación de la palabra. Palabra que afirma, que alienta y que azota. Por eso la palabra es definitiva en labios de aquellos que saben ir serenos al borde mismo de su sepultura. El programa de su vida queda en testamento, con la certeza de ser cumplido. Y los que sobreviven tienen que plegarse a él, bajo pena de que la enseñanza tarde en su realización.
     Los "maestros" de hoy ni siquiera saben vivir. Saber vivir es saber amar. Y se ama aquello que se desea conservar. Y lo que se quiere conservar tiene que defenderse. Y la defensa es lucha. Pero ellos buscaron sosiego en su tienda de desertores. No pidieron más que un milímetro de tierra para vegetar, morir y tener sepulcro. Son fósiles de nacimiento. Como los embalsamadores egipcios, hicieron del pasado una momia, le cerraron los ojos y, faraones destronados, tuvieron todavía la vanidad de llamarse "habitantes del país de las pirámides". ¡Qué van a saber ellos la ciencia de enseñar a vivir! Pues la vida se explica en función de un destino. Y ellos no tuvieron conciencia del propio, porque no supieron de derrotas ni de triunfos. PODRIAMOS COMPARTIR CON ELLOS LA ENSEÑANZA DE AMOR, GRITADA EN VERBO Y SANGRE POR EL MAS HUMILDE DE NUESTROS MARTIRES.
José T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

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