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lunes, 8 de septiembre de 2014

Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora


8 DE SEPTIEMBRE
INTRODUCCIÓN

Génesis y significación de la fiesta.
     La Iglesia rehuye, en general, celebrar la venida de los santos a un mundo, en el cual ven la luz manchados con la culpa original y sujetos a las miserias que son consecuencia de la misma. Guarda su regocijo, no para el comienzo de una prueba, cuyo éxito es aun dudoso, sino para, el fin, que es su gloriosa corona (Por el decr. gen. de la S. Congr. de Ritos, 19-21 de diciembre de 1893, n. 3816, la Santa Iglesia ha recordado una vez más esta ley, que una dévoción indiscreta se proponía violar. No toquemos con ligereza los usos de la Iglesia. Profunda, es ordinariamente su razón de ser). La santificación de San Juan Bautista en el seno de su madre dio lugar muy pronto a una excepción. Otra derogación de esta regla se debía, con mayor razón, a aquella cuyo nacimiento, semejante a la aurora, anunció al divino Sol de justicia, Jesucristo. Desde el siglo VII, lo más tarde, vemos celebrada la fiesta del Nacimiento de Nuestra Señora, así en Oriente como en Occidente (El Oriente nos ofrece dos sermones de Andrés Cretense (720) sobre el Nacimiento de María. En Occidente, esta fiesta es mencionada con la Asunción en el Sacramentario Gelasiano de principios del siglo VII); pero su observancia universal no se remonta más allá, del siglo X o principios del XI. Desde entonces este día bendito llegó a ser una de las principales festividades de María. En el siglo XIII fue enriquecida con una octava, que los cardenales reunidos en cónclave para elegir sucesor a Gregorio IX, habían prometido instituir si triunfaban, de las divisiones y de las dificultades suscitadas por las intrigas de Federico II y por el descontento del pueblo. El Papa elegido, Celestino IV, no reinó más de 18 días. La promesa no pudo, por consiguiente, cumplirse hasta el tiempo de Inocencio IV, a mediados del siglo XIII.

Plan de la meditación.
     La Natividad da María a la tierra, la Asunción la da al cielo. ¡Con qué gozo fue acogida por los Ángeles y los bienaventurados! ¿No debemos también los hombres celebrar con gozo la venida de María a la tierra? Nativitas tua gaudium annuntiavit universo mundo: tu Natividad fue un anuncio de gozo para el mundo entero (Oficio de la Natividad de la Virgen.). Meditaremos, pues, el misterio bajo este aspecto que nos ofrece la siguiente división: La Natividad de María es fuente de gozo para el mundo; este gozo es, por desgracia, ignorado; podemos hacerlo nuestro espiritualmente.

MEDITACIÓN
«Multi in nativitate ejus gaudebunt» 
(Luc. I, 14).
Muchos se alegrarán en su nacimiento

     1er. Preludio: Veamos la modesta casa de San Joaquín y Santa Ana, y la cunita en que descansa la niña destinada a ser Madre de Dios. ¡Con qué gozo aquellos santos padres contemplan el fruto de bendición que el Señor les ha dado!
      Preludio: Pidamos con insistencia la gracia de sentir un gozo fecundo en el nacimiento de María, Madre de Dios y Madre nuestra.

I. LA NATIVIDAD DE MARIA, FUENTE DE GOZO
     I. 1. Nuestra miseria y los dolores del parto no impiden que proclamemos dichoso el día en que un hombre viene al mundo. Sin embargo, para el que reflexiona, ¿es éste un gozo sin mezcla de tristeza ?
     ¿No está expuesta esta débil existencia a ser arrebatada por el primer soplo del cierzo, causando con este desenlace una pena mayor que el consuelo que trajo su venida?
     Por lo demás, ¿adonde va a parar? Es la existencia de un viajero que puede equivocar el camino y caer en un horroroso precipicio.
     Este niño, funesto tal vez para sí mismo, puede también llegar a serlo para otros. Tan tiernamente acogido por un padre, por una madre, es capaz de llenar su vida de amarguras; su influencia nefasta puede propagarse muy lejos, arruinando los cuerpos, las almas, las familias, las ciudades, las comarcas.
     He aquí cómo las obscuridades del porvenir son causa de una justa ansiedad. Y lo son, sobre todo, como consecuencia de esa triste mancha contraída aun antes de nacer: la mancha hereditaria del alma, el pecado original.
     2.- ¡Qué gozo tan completo debió de embellecer el día en que nació la hija de Joaquín y Ana! En vez de estar manchada, el alma de esta niña resplandece con el tnás uñoso brillo de la gracia. Ya desde la cuna sobrepuja a los serafines en sobrenatural belleza. Destinada a ser la Madre Dios, está al abrigo aun de las desdichas temporales, y una especial Providencia la levantará de la plenitud de la gracia a la de la gloria.
     Para los demás hombres, para el mundo entero, este nacimiento de la Madre es el preludio del nacimiento de la única alegría del mundo, el Salvador que viene a destruir el pecado, fuente de todos nuestros infortunios. María no es solamente la aurora que anuncia el claro día; su poder y su caridad intervendrán también para llamar a los hombres a que se aprovechen de su luz.
     3.- Los padres de la Santísima Virgen aun sin conocer, a lo que parece, todos sus grandes destinos, debieron sentir un indecible regocijo al nacer aquella su amadísima hijita, Hija única, según se cree, obtenida después de ardientes y prolongadas plegarias, y revestida de un encanto exquisito, reflejo de sus gracias interiores. ¿Y no estaba su felicidad muy por encima de la causa visible que la producía? ¿No añadía Dios algunas secretas delicias, cuyo misterio no les revelaba?
     II. 1. Felicitemos a San Joaquín y Santa Ana por el nacimiento de María; unámonos con el pensamiento a su gozo: más aún, con la Santa Iglesia, sintámonos gozosos por el mundo mismo. ¡Oh, Virgen, vuestra Natividad anunció un gran gozo al universo entero!
     2. Comprendamos una vez más, en esta ocasión, que todo lo que aleja del pecado, aleja una causa de desdicha y le tristeza.

II. REGOCIJO IGNORADO DEL MUNDO
     1. Los santos padres de la Santísima Virgen no conocían sino imperfectamente los motivos de su gozo; pero el mundo desconocía completamente su dicha. Mientras celebraba con ruidosos festejos, y aun hartas veces con juegos crueles, el nacimiento de los príncipes y de los grandes, la natividad de su Soberana pasaba inadvertida.
     2. ¡Pobre mundo engañador y engañado! ¿Merece que se tengan muy en cuenta sus extraviados juicios?
     En muchas ocasiones, según el favor personal de que uno goza por su popularidad o por circunstancias imprevistas un mismo hecho es públicamente realzado y alabado, o pasa inadvertido. Para nuestra vanidad, suele haber aquí una ocasión de pequeños cuidados, de pequeñas preocupaciones, de pequeños errores, de pequeños desalientos. Seamos bastante nobles, bastante libres, bastante grandes para mantenernos en la independencia de una leal sinceridad, que ni presuma de hábil antes de tiempo, ni se entristece con demasía si no acierta.

III. NUESTRA INTIMA PARTICIPACIÓN EN ESTE GOZO
     1. El mundo, por desdicha suya, ignora el nacimiento de la Santísima Virgen. En cuanto a nosotros, no ignoramos que María nace espiritualmente en aquéllos corazones que un tierno y sólido afecto llena de su bondad. Conocemos igualmente cuán a propósito viene a alegrarnos semejante Natividad.
     Natividad efectivamente dichosa por el sentimiento de que nos llena, pues suele dilatar el corazón, consolarlo, fomentar un gozo verdadero y una gran confianza. Dichosa también por los frutos que produce: frutos de conversión, frutos de santidad. María nos anuncia y nos trae a Jesucristo
     2. Procuremos, pues, cuidadosamente sentir una filial devoción a la Santísima Virgen. Que esta devoción sea sólida y, para ello, fundada en su verdadero motivo; tomemos a pechos el tener siempre presente este motivo en nuestra mente y aun el profundizar en él. Que sea una devoción viva, es decir, fomentada por una práctica continua.
     De este modo podremos, en días más dichosos que los de este mundo, repetir lo que ya con júbilo decimos acá abajo: «Vuestra natividad; oh Virgen, ha anunciado el gozo al mundo entero»

Coloquio
     En un fervoroso coloquio, supliquemos con insistencia al Señor que nos conceda la gracia de una tierna devoción a su Santísima Madre. Ave María.
Arturo Vermeersch S.J.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

miércoles, 2 de julio de 2014

La Visitación de la Santísima Virgen

 
2 DE JULIO
INTRODUCCIÓN
     Génesis y significación de esta solemnidad. 
     Mientras la Iglesia, desgarrada por el gran cisma de Occidente, se agitaba en medio de la más cruel de sus pruebas; el pensamiento del soberano Pontífice volvióse hacia María. ¡Qué consuelos, qué santificación no había llevado a la casa de Zacarías la visita de la Madre de Dios! ¿Acaso no querrá hacer por toda la Iglesia lo que hizo en el interior de una familia? ¡Cuánta necesidad tenía la Iglesia de ser fortalecida y santificada! Conmovido Urbano VI por las necesidades del rebaño cuyo Pastor era, y fortalecido con esta esperanza, dio en 6 de abril de 1389, un decreto, promulgado el 9 de noviembre del mismo año por su sucesor Bonifacio IX, por el que se impuso a toda la Iglesia latina la fiesta de la Visitación de la Virgen Santísima (1). Siempre con el fin de pacificar más y más a la Iglesia, la institución de esta fiesta, al terminarse el cisma, fue confirmada por el conciliábulo de Basilea y mantenida por los Papas legítimos. Pío IX la elevó a rito doble de segunda clase en 31 de mayo de 1850, en memoria de su regreso de Gaeta y de la liberación de la ciudad de Roma. Este fausto acontecimiento había coincidido el año anterior con la Visitación de la Virgen Santísima.
     La Visitación, por lo demás, ya se celebraba más antiguamente en las iglesias particulares. Se la menciona, por primera vez, en los estatutos de la iglesia de Mans (2) de 1247, y en 1263 era ya venerada por los Franciscanos.
     Escogióse el 2 de julio para esta festividad, porque, hacia esta fecha, María puso término a su estancia casi de tres meses en casa de su prima (3).

Plan de la meditación. 
     En este misterio, la piedad cristiana considera a María como el canal de una santificación que pacifica y consuela. La que visita a Isabel es la Madre de la gracia (4) y el consuelo de los afligidos. Dispondremos, pues, la meditación, según esta idea fundamental, considerando sucesivamente la consoladora santificación de San Juan Bautista, la de Isabel y finalmente la de María.

MEDITACIÓN
«Exsultavit infans" (Luc. I, 41).
Saltó el niño de gozo.
     l.er Preludio. Recordemos el relato evangélico de la Visitación, insistiendo, sobre todo, en los santos consuelos que embalsaman este misterio. Habiendo salido María apresuradamente después de la embajada de San Gabriel, llega a la casa de su prima y la saluda. A esta salutación, siente Juan Bautista en el seno de su madre un estremecimiento de gozo, indicio, según la tradición católica, de la gracia santificante que, en el mismo momento, le purificó de la culpa original. Isabel, llena también del Espíritu Santo, no puede contener su regocijo y levanta su voz (5) para felicitar a su parienta, investida de tan alta dignidad, y para felicitarse a sí misma por recibir bajo su techo a la Madre de su Señor.
     María, a su vez, manifiesta una santa alegría en aquel canto de gratitud llamado el Magníficat.
     2.° Preludio. Representémonos la casa de Zacarías, en la que María encuentra a Isabel.
     3.er Preludio. Pidamos la insigne gracia de ser también consolados, y de ejercer a nuestro alrededor esta influencia pacificadora que caracteriza la acción de los hijos de Dios (6).

I. CONSOLADORA SANTIFICACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA
     I. Jesús, llevado por María, santifica a su precursor Juan Bautista, dándole, con ello, materia de gozo y de consuelo inefables. El alma de Juan Bautista, obscurecida hasta entonces y manchada, resplandece de pronto con un brillo magnífico que jamás le dejará. Este adorno incomparable es al mismo tiempo una sublime dignidad. Aguardemos el primer despertar de la razón. ¡con qué amoroso ímpetu ofrecerá este amigo del esposo (7), el mayor de los profetas (8), todo su corazón a Dios! ¡Oh dulzura suave de la caridad, que confunde en un mismo sentimiento al hombre con Dios! Tal es el consuelo que Nuestro Señor comunica, por María, a Juan Bautista y al mundo.
     Mas, en este momento, el principio de este gozo divino es depositado en el alma de un niño que no conoce su hermosura ni su grandeza. Juan mismo no comprende la sacudida que le agita (9).

     II. 1. ¿No estamos representados en San Juan los que estamos en el seno de nuestra Madre la santa Iglesia ? La hermosura, la dignidad de la gracia y de la caridad se han derramado también en nosotros, y en nuestra mano está el conservarlas siempre. Pero también desconocemos la magnificencia de este ornato y de esta grandeza. ¡Qué entusiasmo se apoderará de nuestra alma a la luz de la visión! Meditemos estas palabras de San Juan (10): «Considerad el amor del Padre para con nosotros merced al cual somos llamados, y somos, en efecto, hijos de Dios. Sí, hijos suyos somos ahora; pero lo que seremos un día no aparece aún. Sabemos que, cuando Jesucristo se manifestará en su gloria, seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es». Y añade el discípulo amado: «Cualquiera que alimenta esta esperanza en Él, se santifica a sí mismo como Él es también santo».
     2. Este gran consuelo de la caridad, por poco que lo comprendamos, será suficiente para nuestras almas, y nos negaremos a vivir de otros cualesquiera goces y consuelos.

II. CONSOLADORA SANTIFICACIÓN DE ISABEL
     I. Isabel siente un indecible consuelo al recibir la visita de su prima, y al oír la voz de María que la saluda. ¡Qué beneficio el de la venida de María! La gracia del Espíritu Santo sigue los pasos de la Madre de Dios; y la suavidad de la dulcísima Virgen añade un consuelo presente a las deliciosas esperanzas del porvenir.
     II. Beati pacifici! ¡Bienaventurados los pacíficos! (11). Hay hombres que poseen el talento inestimable de consolar y alentar a los demás, abriéndoles como una perspectiva, de suyo muy dulce, sobre la dicha de amar a Dios en la eternidad. Talento tal vez no a todos concedido; pero que supone un grande olvido de los propios cuidados, de los propios negocios, de los propios intereses, y un amor a Dios poco común. Mas por este camino del renunciamiento todos tendrán alguna parte en este don que permite realizar tan gran bien. Consideremos qué nos costaría mostrar, durante un año, buen rostro a todo el mundo; y, por otra parte, la saludable influencia que nos procuraría el acoger a todos cordialmente. Ya veremos que el sacrificio del tiempo y las molestias nada son comparados con los felices frutos que podrían producir.
     III. En nuestras tristezas y desolaciones, dirijámonos confiadamente a María; ella puede y quiere consolarnos y fortalecernos.

III. CONSOLADORA SANTIFICACIÓN DE MARÍA
     I. Estas bendiciones de que María fue testigo la llenan de una gratitud inmensa, que acrecienta su gracia, su mérito y su dicha. María participa del gozo de su prima; pero se goza, nos dice ella, en el Señor que perpetúa su alegría: "Exsultavit spiritus meus in Deo salutari meo» (12). Mi espíritu se ha alegrado deliciosasmente en Dios mi Salvador.
     II. En todo este misterio de la Visitación, María no ha pensado en sí misma. Ved, sin embargo, su felicidad. Se cumple la palabra de Jesucristo: «Hay más dicha en el dar que en el recibir» (13). Consideremos bien el sentido y todo el alcance de esta sentencia. ¿Tendríamos valor para ensayar su práctica? Jesús no engaña. ¡Qué dicha sentiríamos en el olvido de nosotros mismos!

COLOQUIO
     Supliquemos a María, en el coloquio, que pacifique nuestra alma, y que nos obtenga el don de llevar la paz dulcísima de Dios a tantos corazones afligidos y llagados. Pidámosle también que santifique y pacifique la Iglesia. Pidamos las mismas gracias a Jesús por medio de María y, al terminar, digamos con nuestra Santísima Madre el Magníficat de la esperanza cristiana y de la gratitud.

(1) Tomamos de Holweck, op. cit., estas dos estrofas de un breviario sueco de 1513:
     Scisuram tuae tunicae Tuus natus resarciat, Unus pastor catholice Suam sponsam custodiat! Aufer lites et schismata Credentium de finibus Tranquillae pacis sabbata, Nostris praebe temporibus.
     "¡Que vuestro hijo repare lo rasgado de vuestra túnica, que un solo pastor guarde católicamente a su esposa! Desterrad de la tierra de los creyentes las querellas y los cismas; conceded a nuestros tiempos el reposo de una tranquila paz».
(2) Labbe-Mansi, t. 23, p. 764.
(3) Por suprimirse entonces, en cuaresma, las fiestas de los santos, no podía celebrarse la llegada de María a casa de su prima; pues esta llegada, que siguió de cerca a la Anunciación (25 de marzo), coincide ordinariamente con la cuaresma.
(4) En el calendario de la iglesia de Marsi (Italia meridional) esta fiesta se anuncia como Fiesta de Santa María, Madre de gracias, Visitación de la B. V. M.—S. Mariae, matris gratiarum, Visitatio B. V. M.

(5) Exclamavit voce magna. Exclamó con gran voz (Luc. I, 42).
(6) «Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Matth. V, 9).
(7) "Amicus autem sponsi" (Joan. III, 29).
(8) "Major Ínter natos mulierum propheta Joanne Baptista nemo est». Entre los nacidos de mujer ningún profeta hay mayor que Juan Bautista (Luc. VII, 28).
(9) Sea esto dicho sin perjuicio de la opinión que atribuye a Juan Bautista una milagrosa posesión de sus facultades. Véase Knabenbauer in Luc. I, 41.
(10) 1.a Joan. III, l, 2.
(11) Matth. V, 9.
(12) Luc. I, 47.
(13) Act. XX, 35.
Arturo Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

sábado, 31 de mayo de 2014

31 de mayo Fiesta de María, Medianera de todas las gracias

INTRODUCCIÓN 
Génesis de la fiesta.  
     En los últimos años de su gloriosa vida, el Cardenal Mercier tomó muy a pechos lograr que se decretara para María un nuevo título: el de Medianera de todas las gracias. Una nueva efusión de bendiciones divinas sería, según el piadoso prelado, la respuesta celestial a la proclamación oficial que definiera el dogma de esta Mediación.

     Bajo su iniciativa e impulso, los teólogos de varias naciones. particularmente de Bélgica, de España, de Francia, de Holanda y de Italia, fueron llamados a pronunciarse sobre la definibilidad de tal prerrogativa (Merecen especial mención los estudios del R. P. Bover, S. I., De B. V. Maria, universali gratiarum mediatrice, Barcinone, 1912, y de J. Bittremieux, Prof. de Lovaina, De mediatione universali B. M. Virginis quoad gratias, I vol. in 8.°, 319 páginas, Bruges, Beyaert). Unas comisiones, por ejemplo en Bélgica y en Roma, fueron constituidas para el estudio de la cuestión que suscitaba. El Congreso Mariano, flamenco y francés, celebrado en Bruselas, del 8 al 11 de septiembre de 1921, hizo de esta cuestión el objeto principal de sus trabajos (Las Memorias y la reseñas francesas aparecieron en 1'Action catholique de Bruselas; las flamencas, en Bruselas).

     Algunos meses antes, el 12 de enero de 1921, para secundar los anhelos de la piedad católica, el Sumo Pontífice Benedicto XV, un año antes de que fuera a gozar, junto a María, la recompensa de su celo, instituyó, por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, la fiesta de Maria Medianera de todas las gracias, con Misa y Oficio propios (Festum Mariae Mediatricis omnium gratiarum. Tal es el titulo oficial de la Misa. En las oraciones de la Misa se ha omitido la palabra omnium; María es simplemente llamada Madre y Medianera de gracias).

     La celebración de la fiesta, juntamente con los actos pontificios, particularmente de León XIII (Octobri mense, 22 de septiembre de 1891, y Secunda semper, 8 de septiembre de 1894), de San Pío X (Enc. Ad diem illum, 2 de febrero de 1904), de Benedicto XV (22 de marzo de 1918), decreto por el cual se conceden indulgencias a la Congregación de Nuestra Señora de la Buena Muerte; el discurso de 6 de abril, aprobando los milagros para la canonización de Santa Juana de Arco y la carta de S. S. Pío XI, de 10 de junio de 1923, a los obispos de Bélgica, en los cuales la mediación universal de la Santísima Virgen es afirmada, recordada y recomendada, son de tal naturaleza, que pueden apresurar, si entra en los designios de la Providencia divina, la proclamación dogmática, manifestada por tantos deseos. Esta es una tazón, por la cual nos aplicamos especialmente a meditar este tema. ¿Acaso no puede contribuir nuestro fervor a una nueva exaltación de la Madre de Dios, a la que también nos complacemos en llamar Madre nuestra?
     Sin embargo, conviene no se yerre sobre el sentido y el alcance de la Mediación de María. He aquí por qué parece oportuno que este ejercicio vaya precedido de una breve exposición doctrinal.

Exposición doctrinal

     El mediador es un amigo común entre dos personas a las cuales separa una lamentable enemistad. Cuanto más justificada es, por una parte, la enemistad, tanto mayor crédito supone en el mediador el éxito de su gestión. Este crédito aumenta en razón de la intimidad que une al mediador con las dos partes enemistadas. Si, además, ofrece a la parte ofendida una reparación proporcionada a las ofensas; si satisface completamente por la injuria recibida, entonces una cierta conveniencia exige que este ofrecimiento y esta satisfacción sean aceptados, pero sin crear una seria obligación. Pero cuando la aceptación ya ha tenido lugar, la reconciliación se hace sobre las bases de la justicia: el mediador es llamado Mediador de justicia.
     Nadie puede entender hasta qué punto era cruel y contra naturaleza el divorcio, que, desde el pecado original, separaba a la humanidad de su Creador, y hasta qué punto era atroz la injuria que lo había acarreado. Jesucristo se interpuso misericordiosamente para ser nuestro mediador. Hombre-Dios estaba, a la vez, autorizado para hablar a los hombres y para defender su causa ante Dios: era, y sólo El podía ser, el mediador natural. El valor infinito, que la dignidad de su persona vinculaba a todos sus actos, permitió también únicamente a Él ofrecer a Dios una superabundante satisfacción por la humanidad culpable. Esta satisfacción, lo sabemos por la Fe, fue la de su pasión y la de su cruz. Así llegó a ser mediador de justicia. Sólo El mediador natural y sólo Él mediador de justicia, Jesucristo 
es, de esta manera dos veces único mediador, único necesario y único suficiente.
     Toda otra mediación entre Dios y el hombre no se puede concebir sino subordinada a esta mediación indispensable, de la cual saca todo su valor.
     De hecho, Nuestro Señor, ha merecido, primero para su Madre y, después, para los demás hombres, la gracia santificante, que los acerca a Dios, puesto que los diviniza, y ha querido, en diversos grados, constituirlos, bajo Él, mediadores por su gracia. Fundada en la gracia santificante merecida por Jesucristo, esta mediación, lejos de obscurecerla, glorifica la mediación de justicia, de la cual es una pura participación.
     Esta mediación participada puede concebirse en un sentido más lato, relativo a la Encarnación y a la Redención en sí mismas, y, en un sentido propio, relativo a la dispensación de las gracias merecidas por la obra reparadora de Jesucristo.
     Relativo a la Encarnación y a la Redención en sí misma, en el sentido de que Dios puede tener en cuenta la fidelidad prevista de las criaturas enriquecidas de gracias por Jesucristo, para decidir la Encarnación y la Redención.
     Relativo a la dispensación de las gracias ya merecidas, primeramente en el sentido de que Dios, para llamar a los infieles a la fe, para convertir a los pecadores y santificar a los justos, puede querer que a la causa eficiente de las gracias que es sólo Jesucristo, se añada la influencia moral de la oración formal y de las obras impetratorias de sus buenos servidores; y también en el sentido de que puede permitir suplir el defecto de nuestras oraciones y de nuestras acciones para darnos, por misericordia, las gracias de Jesucristo.
     Honrando a María le atribuimos esta triple mediación, llevada al mayor grado posible en una pura criatura.
     La saludamos Medianera por la Encarnación y por la Redención, por causa de sus méritos y de sus oraciones previstas desde toda la eternidad ; por causa de su consentimiento a la misma Encarnación y por causa de la parte q
ue tomó en el sacrificio de la Cruz: en el Calvario, como en un templo, ofreció a Jesucristo con el mismo Jesucristo.
     La saludamos Medianera por la dispensación de las gracias, reconociendo la influencia de su intervención en dicha distribución. En este caso, si ninguna gracia dada a los hombres, y aun a los ángeles, escapa a su influencia, esto justifica el título de medianera de todas las gracias. Sin embargo, hay que exceptuar de esta universalidad la primera gracia recibida por ella misma (Tal es la opinión común, que M. Bittremieux (pág. 141) tiene por cierta. Recordemos, empero, que la teología de esta Mediación dista mucho de estar acabada), sin la cual sería impotente para obtener cosa alguna.
     Finalmente, la saludamos Medianera entre Jesucristo y los hombres, reconociéndola Madre de Misericordia, para suplir todas nuestras insuficiencias y para obtener para todos, pobres pecadores, los efectos de la redención.
     Esta triple mediación es una Mediación por gracia en su título, y de intercesión en su ejercicio, porque es debido a una primera gracia otorgada gratuitamente a María y porque se acentúa en el valor impetratorio de los méritos y de la intercesión de esta Madre de Dios y de los hombres.
     La fiesta de María Medianera de todas las gracias es un solemne homenaje tributado a esta triple mediación. Sin embargo, la finalidad pretendida por la institución de la fiesta y el mismo título de Medianera de todas Las gracias atrae especialmente nuestra devoción sobre la influencia de María en la dispensación de las gracias. Nos complacemos en reconocer esta influencia como universal, con la esperanza de que, iluminada con toda claridad, por los estudios de los teólogos y prudentemente formulada, esta verdad llegue a ser, por la autoridad del Pontífice infalible, un dogma explícito de la Fe.


Plan de la meditación
     «Qui elucidant me vitam aeternam habebunt»
     Los que me dan a conocer, tendrán la vida eterna (Eccl. XXIV, 31. Hay que notar que este versículo es de la Vulgata. La Iglesia aplica a María estas palabras que se refieren a la Sabiduría).
     La mediación es el principió de una filiación espiritual.

     En el primer punto la consideraremos en nosotros con respecto a Jesús; en el segundo punto, también en nosotros con respecto a María: por este medio, conoceremos naturalmente el objeto particular de la nueva fiesta y la tarea especial, a cuyo desempeño estamos invitados.

MEDITACIÓN
     1° Preludio. — Imaginemos el Calvario, en el momento en que Jesús confía su Madre a San Juan, diciendo a éste: «Hijo, he aquí a, tu Madre».
     2° Preludio. — Pidamos a Nuestro Señor que, por amor a su Madre y a los hombres, nos dé a conocer mejor lo que Él y su santa Madre son para nosotros y que se acreciente con respecto a ellos nuestra confianza y nuestra devoción.

I. JESÚS MEDIADOR DEL PADRE
     I. 1. Sabemos por la fe que Jesús, merced a la unión de una naturaleza humana con su persona divina, es nuestro mediador.
     Mediador, que, interponiéndose entre su Padre y nosotros nos ha reconciliado con Él; mediador de quien manan sobre nosotros todas las gracias, como de su fuente meritoria;
     Mediador, en cuyo nombre nuestras oraciones suben al cielo;
     Mediador de justicia, que ofrece a su Padre una reparación más que adecuada, un precio superior a todo favor solicitado;
     Mediador de justicia, único, sólo necesario y plenamente suficiente.
     La Iglesia tributa homenaje a este mediador terminando así sus oraciones: «por Jesucristo, Nuestro Señor».
     2. Todos los cristianos conocen la Mediación de Jesucristo, pero pocos saben que Jesucristo es, por lo mismo, nuestro Padre. Con más frecuencia es presentado como el primogénito entre muchos hermanos. Lo es, ciertamente. ¿Acaso no dijo él mismo, en el mensaje que, después de su 
resurrección, confió a las santas mujeres: «Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea»? (Matth. X, 28).
     Sin embargo, esta cualidad de Padre, referente a nosotros, no es menos verdadera. San Pablo celebra en él al nuevo Adán, al nuevo Padre del género humano, hombre celestial, cuyos rasgos debemos reproducir, a la manera que nos habíamos parecido al primer hombre terrenal (Cor., XV, 45-49).
     3. ¿Por qué Nuestro Señor nos da la mediación como Padre? Porque como mediador, nos merece y nos transmite la vida sobrenatural de la gracia.
     4. Mientras, en el orden natural, el padre transmite la vida una vez, sin ninguna otra influencia, Nuestro Señor nos hace vivir durante todo el decurso de nuestra existencia. El mismo se comparó a una viña, de la cual somos nosotros los sarmientos. La cepa de la vid no cesa de hacer pasar por las ramas la savia, sin la cual se secan y mueren. Asimismo Vuestro Señor no cesa de engendrarnos a la vida sobrenatural, por un influjo continuo, que conserva y aumenta en nosotros la gracia santificante.
     5. La Mediación de Nuestro Señor, este beneficio, en el cual se fundan todas nuestras esperanzas, reviste un aspecto maravilloso y conmovedor, cuando entendemos que este beneficio nos lo concede un Padre y que este Padre es Jesucristo.
     II. Los brazos paternales de Jesucristo están ampliamente abiertos, siempre prestos a acogernos. ¡Sean ellos nuestro perpetuo refugio! Vivamos y muramos en estos brazos, sobre el corazón de nuestro Padre. En la efusión de nuestro agradecimiento, no nos olvidemos de hacerle esta promesa: «Padre, somos débiles y vacilantes, pero nunca toleraremos que nos falte nuestra confianza».


II.    MARIA, MADRE Y MEDIANERA
     I. 1. Cuántos cristianos dicen y repiten con San Estanislao: Mater Dei et Mater mea. María madre de Dios, es también mi madre.     Mas para la mayor parte de los cristianos ¿en qué consiste esta maternidad ?
     Interrogados nos responderían: María es nuestra madre, porque puso en el mundo a Jesucristo.
     María es nuestra madre, porque nos ama tanto y más que una madre.
     Pensamientos indudablemente justos, emocionantes y confortadores. Pero, ¿contienen toda la verdad? ¿Contienen la mejor parte de la verdad?
     2. No lo parece. Madre por adopción y en sentido figurado, es también real y verdaderamente nuestra madre, porque nos ha dado la vida, como toda verdadera madre la da a sus hijos. ¿Qué nos enseña la tradición? Coloca a María al lado de Jesús. Como Eva fue puesta al lado de Adán. Eva, en el orden físico, es lealmente la madre común de todos los hombres, porque todos hemos recibido de ella la vida. María, nueva Eva, también debe engendrarnos a la vida. ¿A qué vida? A la vida superior de la gracia.
     3. Mas ¿cómo podemos recibir de María una vida que, toda entera, nos viene por Jesús? Porque la gracia de Jesús puede descender sobre nosotros por la intercesión de María.
     Desde lo alto de la cruz, Jesús derramó en el corazón de su Madre una plenitud de gracia, que María por su oración había de distribuir entre los hombres, los cuales, de esta suerte, llegarían a ser sus hijos. Luego, por las gracias, de las cuales es una especie de canal, María es medianera, no de justicia, sino de gracia, es decir, por vía de simple intercesión y por un mérito de congruo
(
Bittremieux, De Mediatione universali, pág. 40). La deuda del pecado se extinguió por los méritos de Jesucristo. Jesús reconcilió el cielo y la tierra. Pero plugo a la divina Providencia, que dio una madre a Jesús, distribuir por la intercesión de María las gracias que fluyen de esta feliz reconciliación. Plugo a la divina Providencia que la Madre de Jesús fuera de esta manera también nuestra Madre.
     4. He aquí la persuasión que se trasluce en los documentos pontificios de nuestra época; he aquí lo que la gratitud y la confianza nos hacen reconocer en María; he aquí lo qué decimos con San Bernardo (De Aquaeductu, Migne, P. L. 183, 445): «Totum nos habere voluit per Mariam», Dios ha querido que todo nos venga por María; he aquí la verdad que, para gloria de nuestra Madre, tantos fieles, tantos sacerdotes, tantos obispos, desean ver definida como dogma de fe.
     5. Así como Jesús es nuestro Padre como Mediador, de la misma manera María es nuestra madre, ante todo, como medianera.
     Las tres oraciones de la misa de esta fiesta unen, en una misma expresión, la mediación y la maternidad de María.
     Solamente nuestra piedad se ha habituado a mirar en Jesús al Mediador y a honrar en María su cualidad de madre.
     II. Tengámonos por felices por haber adquirido de esta manera, bajo la dirección de la Iglesia, un conocimiento más claro de Jesús y de María.
    Juntemos, en adelante, más exprofeso, en nuestra veneración y en nuestro afecto filial, a Jesús, Mediador y Padre, y a María, Madre y Medianera.
     Demos gracias a la divina Sabiduría, la cual, en la nueva economía de nuestra regeneración, se ha complacido en asociar, como en el orden de la generación natural, una madre a un primer padre.
     La Iglesia nos hace decir con mucha razón: «si admiramos la gran obra de la creación del mundo, más admirable aparece la restauración» (
En el Lavabo de la Misa).

III. LA FIESTA DE MARÍA MEDIANERA
     I. Participando de la consoladora convicción de muchos pontífices y de numerosos santos, celebremos la fiesta de María Medianera como una fiesta de gratitud y, al mismo tiempo, de esperanza confiada para ella y para nosotros.
    De gratitud. Hemos de dar las gracias a María por todos los bienes que nos ha valido su maternal mediación; después, remontándonos más alto, hemos de bendecir a J
esús por haberse asociado a su Madre, a fin de colmar el género humano de gracias y favores.
     De esperanza confiada para María. En efecto, si esta fiesta se extiende de día en día hasta hacerse universal, si va ganando el corazón del pueblo fiel, prepara la proclamación dogmática de la mediación universal de María.
     De esperanza confiada para nosotros. Acrecentando el fervor de nuestra devoción y haciendo resaltar ante nuestros ojos el valimiento de María, esta fiesta nos dispone para recibir una gran abundancia de gracias. María, como Jesús, sólo espera de nosotros mejores disposiciones para enriquecernos más y más.
     II. 1. Fiesta de gratitud y de esperanza, la fiesta de María Medianera ha de ser también una fiesta de apremiantes súplicas.
     Hemos de rogar a Dios, para que se digne derramar sobre el mundo, o mejor sobre la Iglesia, las luces necesarias para la prudente promulgación de un dogma nuevo.
     2. Inspirándonos en los ejemplos de muchos santos, que estaban seguros de la maternal e incesante intervención de María en su favor, pidamos a Dios que nos conceda lo que María pide por nosotros.

COLOQUIO
     Acudamos a María como a una Madre que posee toda nuestra confianza y a la cual deseamos ver cada día más glorificada.
     Pidamos a Dios Padre esta glorificación para Jesucristo.
     Roguemos bendiga nuestra acción y nuestro apostolado por Jesús y por María.
Arturo Vermeersch S.J.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

viernes, 11 de abril de 2014

LOS DOLORES DE MARÍA

INTRODUCCIÓN
     Génesis y significado de esta festividad
     Por un Decreto del 22 de abril de 1727, BENEDICTO XIII extendió a toda la Iglesia una fiesta que, con diversos nombres y en distintas fechas, se celebran en gran parte de la Cristiandad. La primera iniciativa emanó del Concilio de Colonia, que en 1423, queriendo reparar las impiedades iconoclastas de los Husitas, había instituido una fiesta bajo el título de Festum Commemorationis praefatae angustiae et doloris B. M. V. (Fiesta conmemorativa de la angustia y dolor de la B. V. M. Véase Harduino, Conc., t. VIII, col. 1013).
     La piedad de los fieles concentrada enteramente, al principio, en el acerbo dolor del alma de María en el día supremo de la pasión del Salvador, se imaginaba las horrendas torturas padecidas por esta Madre al encontrar a su divino Hijo cargado con la cruz, y luego en el Calvario al pie de la misma cruz, durante una agonía de tres horas, y, finalmente, en su entierro y sepultura. Poco a poco, otros dolores fueron incluidos en esta festividad. La devoción a los siete dolores se debe a la piedad de un sacerdote de Brujas, secretario más tarde de Carlos V, llamado Juan de Coudenüerghe (Era Deán de San Gil de Abbenbroek (Holanda meridional), cura de la iglesia de los Santos Pedro y Pablo de Heimerswaal (ciudad destruida de la Zelandia) y también de San Salvador de Brujas. Véase en Analecta bouandiana de 1893, el interesante artículo del P. Delehaye, intitulado La Virgen de las siete espadas, p. 333 s. En él se demuestra también que los siete gozos fueron honrados antes que los siete dolores. Según Benedicto XIV, De festis, 2, 4, 9. Saxio atribuía a los siete fundadores de la Orden de los Servitas la paternidad de la devoción a los VII Dolores). Desolado por los males de la guerra civil que siguió a la muerte de la duquesa María de Borgoña, esposa de Maximiliano de Austria, recurrió y procuró se recurriese a la Madre de Dios. Para reanimar la devoción de los fieles, colocó en cada una de las tres iglesias que de él dependían, una imagen de la Virgen con una inscripción en verso, que recordaba las ocasiones en que María había especialmente sufrido: al oír la profecía de Simeón; en la huida a Egipto; en la pérdida del Niño Jesús en el templo; al ver a Jesús cargado con la cruz; cuando en ella fue crucificado; cuando recibió en sus brazos el cuerpo de su divino Hijo, y finalmente en el santo entierro (No todos enumeran los siete Dolores del modo que hoy ha prevalecido. Así, en algunos autores, la profecía de Simeón es reemplazada por la circuncisión). El 25 de octubre de 1495, Alejandro VI aprobó una cofradía de Nuestra Señora de los siete Dolores establecida en Bélgica, hacia el año 1490; los anales de esta cofradía atestiguan la popularidad de esta devoción en ambos Flandes (Los frutos de esta devoción fueron tales, que se instituyeron dos fiestas, una en Delft de Holanda, la otra en Brujas, Bélgica, para conmemorar las gracias obtenidas. Llamábanse: Festum miraculorum Confraternitatis VII dolorum sacratissimae V. M. y Festum miraculorum B. V. M. de VII doloribus. Art. cit. de Analecta, p. 340). La fiesta de los Dolores se celebraba allí con este mismo nombre de los siete Dolores, pero no en la fecha actual, sino el viernes antes de la semana de Pasión.
     La devoción a los Dolores de la Virgen es, por otra parte, mucho más antigua que su misma solemnidad. ¿No asistía por ventura la ciudad de Florencia, en 1233, a la fundación de la orden de los Servitas, especialmente dedicada a María y al culto de su martirio? ¿Y no poseía ya la Iglesia el Stabat Mater? (Según J. Julián, A dictionary of hymnology, el Stabat fue compuesto entre 1150 y 1360 y tuvo tal vez por autor al Papa Inocencio III (+ 1216). Otros atribuyen este himno al Franciscano Jacopone de Todi. + 1306).

Plan de la meditación. 
     En esta primera meditación, lucha en un tiempo en que nuestra piedad no debe apartarse de los sufrimientos del Salvador, consideraremos los dolores de Maria durante la pasión de su Hijo, procurando meditarlos unidos a los sufrimientos de Jesús. El orden histórico nos convida a meditar sucesivamente tres puntos: María junto a Cristo moribundo; María con Cristo bajado de la cruz; María ante el sepulcro de Jesús.

MEDITACIÓN
     «Filia Jerusalem... magna... est velut mare contritio tua" (Thren. II, 13).
     Hija de Jerusalen, tu contrición es inmensa como el mar.
     l° Preludio. Mientras Nuestro Salvador sufría en la cruz, durante tres largas horas, el más cruel martirio de su cuerpo, de su corazón y de su alma, María, su Madre, de pie junto a esta cruz, asistía a su agonía. Viole luego bajado de la cruz y colocado respetuosamente en un sepulcro nuevo, que pertenecía a José de Arimatea.
     2.° Preludio. Representémonos el Calvario, los tres patíbulos allí levantados, el cuerpo de Nuestro Señor, el cercano huerto, lugar de su sepultura.
     3° Preludio. Pidamos con fervor la gracia de sentir vivamente las penas de Jesús y de María, y de sacar de sus dolores el más grande horror al pecado junto con un deseo ardiente de la perfección.

I. MARIA JUNTO A CRISTO MORIBUNDO
     I. Esforcémonos en comprender los sufrimientos de María al pie de la cruz, como si la escena augusta y terrible se desenvolviese ahora ante nuestros ojos.
     1. Veo al pie de esta cruz a la Madre de un Hijo único: una madre jamás separa su causa de la de su hijo.
     2. Él es, el Hijo único; Él, Dios y Salvador. María tiene más que ninguna, alma de madre, y puede dar sin reservas a su Hijo, que es Dios, toda la ternura de su corazón.
     3. ¡Cómo penetra cada uno de los sufrimientos de su Hijo! El sufrimiento del cuerpo y la sed, sin poder procurarle el menor alivio.  El sufrimiento en la honra. Si los santos eran tan sensibles a las blasfemias, cuánto más María que conocía tan bien todo, cuanto era debido a Jesucristo. ¡Y qué injurias no oía! ¡Y de quiénes! El sufrimiento del corazón, causado por una ingratitud, que llega hasta insultar al bienhechor en sus más espléndidos dones y además causado también por una cobardía, que en el linimento supremo y después de las promesas más solemnes, abandona al más generoso de los Padres. ¡Y en lo alto de la cruz un Dios que permite el sufrimiento y el insulto! , ¡Oh insondable misterio de justicia y de amor!
     ¡Oh! ¿y cuál sería la pena de María?

     II. Aprendamos de María a compadecernos de la pasión de Jesucristo. ¿No debemos, acaso, lamentar la indiferencia con que miramos unos males sufridos por causa nuestra y para nuestra utilidad? Supliquemos a María que ablande nuestros corazones y los conmueva a favor de su amado Hijo Jesucristo.

II. MARIA CON EL CUERPO DE CRISTO BAJADO DE LA CRUZ
     I. La suprema recomendación hecha por Jesús a su Madre «He aquí a tu hijo», y luego a San Juan «He aquí a tu Madre», fue una despedida (¡oh, y cuán desgarradora!), que se convirtió pronto en una terrible realidad. Jesús exhaló un grito; este clamor de Jesús moribundo desgarró el alma de su Madre. Después, la cabeza reclinada sobre el pecho demostró que todo estaba consumado. Quedaba aún el piadoso deber del entierro. Dos discípulos, como fortalecidos por la pasión del Salvador, acuden valerosa y noblemente para tomar sobre sí esta tarea. El cuerpo es poco a poco separado y descendido de la cruz. ¿Dónde colocarlo?, ¿Qué brazos mejor dispuestos para recibirlo que los brazos de María? Extiéndense estos brazos como por instinto, y estrechan los divinos despojos.
     II. De rodillas delante de esta Madre, recorramos en espíritu todas las llagas, cuyo sangriento estigma persevera impreso en el cuerpo ya frío. Digamos lentamente: «Ave, verum corpus, natum de Maria Virgine; veré possum, immolatum in cruce pro homine. Salve, oh cuerpo verdadero, nacido de María Virgen; que has verdaderamente padecido, que has sido verdaderamente inmolado en la cruz por el hombre».
     Después de los dolores de Jesús, fijemos nuestra atención en los dolores de su Madre. Treinta años hace que tenía en su regazo al Niño Dios, el más hermoso entre los hijos de los hombres. ¿En qué ha venido a parar? ¿Qué hemos hecho de Él? ¡Ah! El contraste es debido a nuestros pecados: Madre, no podemos comprender vuestro dolor, pero comprendemos nuestro deber de compadecerlo. Debemos sufrir con Vos; debemos ahora más que nunca detestar el pecado, única fuente de vuestra aflicción; debemos sacar de vuestras penas, junto con una plena confianza en la misericordia divina, un celo ardiente por la salvación de las almas. ¡Oh, Madre, ante la cual golpeo mi pecho, obtenedme estos frutos de sólida devoción; que viva por Vos y por vuestro Hijo Jesús !

III. MARÍA ANTE EL SEPULCRO DE JESÚS
     I. Ha llegado para María la hora de dejarse arrebatar el cuerpo de su Hijo. La ley del sábado, que ella desea observar hasta el fin, la invita a apresurarse. Se organiza un fúnebre cortejo. Los ángeles forman parte de él. En la tierra se ven los discípulos que llevan el cuerpo; luego la Virgen, apoyada en San Juan; las santas mujeres. Juntémonos a ellos. La marcha prosigue y concluye silenciosa; embarga los corazones el dolor.
     II. Mientras es sepultado el sagrado cuerpo de Jesús, pensemos en el amor delicado del Señor, que, resuelto a mostrarse semejante a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado, quiere pasar par la suprema humillación de nuestra condición presente, la tumba. Aceptemos desde ahora, conformándonos con su voluntad, esta destrucción de nosotros mismos; pero allí en donde parece que todo se acaba, muéstrenos nuestra fe y nuestra esperanza una mejor resurrección.
     Imaginemos después la soledad de la Virgen Santísima al concluirse esta lúgubre ceremonia. Vedla humanamente sin ningún consuelo. Porque, ¿qué puede hacer San Juan para reemplazar a su Hijo? Sin embargo, si su dolor es inmenso, ella es, al mismo tiempo, animosa y santísima.
     Admiremos a nuestra Madre, para imitarla en nuestras penas, mucho menores que las suyas.

COLOQUIO
     Esforcémonos en entablar con nuestra Madre un afectuosísimo coloquio, en el que la compadeceremos por haber sufrido tanto por causa nuestra, y le daremos las gracias por el gran amor que nos profesa y que sus sufrimientos no han hecho más que acrecentar. En retorno a tanta bondad, propongamos cumplir junto a ella el delicado oficio, aceptado por San Juan a invitación de Jesucristo. Pidámosle se digne aceptar este homenaje y obtenernos gracia para cumplir santamente nuestra resolución. Recemos, al concluir, el Stabat Mater, a lo menos en parte.
A. Vermeersch
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN

miércoles, 5 de marzo de 2014

MIÉRCOLES DE CENIZA.

     Ayuno, abstinencia, rezando en honor de la pasión de Cristo y su sangre preciosa, derramada por nosotros, siete Padrenuestros, siete Ave Marias, y un Credo. Oirás Misa, por satisfacción de tus culpas; y con espíritu de compunción y tristeza santa recibirás la ceniza. En toda la cuaresma evitarás cualquier adorno, o aliño vano de tu persona: te abstendrás de ir a paseos peligrosos, o festines mundanos. Mortificarás tu lengua, pero con prudencia, de modo, que evitando toda murmuración, mentira, y palabras ociosas, no te hagas molesto, faltando a la urbanidad y caridad. Si puedes, asiste hoy, y los días de cuaresma al sermón; pero sea con ánimo de aprovecharte de la palabra do Dios, y no por curiosidad. Hoy comulgarás para dar principio a tu penitencia. El fruto de tus comuniones ha de ser evitar culpas veniales plenamente advertidas y consentidas, especialmente las de costumbre; pero si caes en ellas como miserable, no desmayes: humíllate y sigue tus ejercicios, que Dios te perdonará y ayudará. Mas has de granjear en su presencia con un acto de humildad, que con muchos días de tristeza e inquietud del corazón. Si con dictamen de un médico timorato, y del confesor, comes carne, guarda la forma del ayuno; pero si ni eso puedes hacer, no te aflijas; lleva con paciencia tus enfermedades, y da una limosna, si puedes, o ejercita en lugar del ayuno alguna obra de misericordia cada día. Todo lo dicho es para todos los días.
     Aquí quiero advertirte, que en todos los ejercicios de mortificación te sujetes al dictamen de tu confesor, para que tendiendo a tu estado, a tu oficio, y otras circunstancias, de tal modo arregles tus obras, que ni por rigor demasiado te haga desfallecer, ni por reprensible laxidad embarace tus progresos.
     Asimismo debes estar persuadido a que estos ejercicios no te obligan bajo pecado: no obstante, si los practicas, con devoción y exactitud, te serán de imponderable utilidad, y te llenarán de consuelo en la hora terrible de tu muerte. Dios quiere que le sirvamos con orden, y se complace de que observemos orden en nuestras acciones.
     Si estos ejercicios se hacen ente muchos, serán mas provechosos; con tal que haya unión de caridad, que se hagan todos un corazón, y una alma; que cada uno se muestre diligente en seguir la distribución del tiempo, evitando toda ocasión de risa, o turbación, y fervorosos, atendiendo al negocio importante de la salvación de su alma, que es el fin principalísimo de estos santos ejercicios. Pero el que los hiciera solo, considere que le acompaña el Ángel de su guarda, y Dios atiende a sus buenos deseos, y él dispone el galardón de sus obras en el Reino celestial.
     Dos son los tiempos de meditación, que se señalan para cada día, uno sobre el Evangelio para la mañana, y otro sobre la Pasión del Señor para la noche; y en cada tiempo se ocupará media hora. Para todo tendrás lugar, si procuras levantarte temprano porque aquel tiempo que te privares del descanso, y del sueño, debe entrar en el número de las mortificaciones que haces por por satisfacción de tus pecados.
     El rezo de cada día son cinco Padrenuestros y Ave Marias a las llagas de Cristo, que se rezarán en cruz delante de la imagen de un crucifijo, que tendrás con mucho aliño preparada para tus ejercicios.
     Asimismo siete Ave Marias en honor de los dolores de María Santísima, cuya imagen supongo estará al pie de la Cruz igualmente aseada. El Rosario o corona de cada noche, no es necesario advertirlo, pues es una devoción que a nadie debería faltar.
     Para los Viernes se señala el santo ejercicio de las estaciones del Calvario, o en común, o en particular. Los días Sábados se rezará al salir la luz, un Rosario de cinco misterios, que llamarás el Rosario de la aurora, diciendo en cada misterio la jaculatoria que pongo abajo. Se cantarán las alabanzas: Pues concebida etc., y todos los Domingos se reza la hora, esto es, la primera parte a la mañana, la segunda a la tarde, y la tercera a la noche. Todas estas son devociones sólidas, y muy útiles. En algunos días suelen pedir las circunstancias del paso o evangelio que se medita algún particular obsequio, el que se irá notando. Todo lo dicho ayuda mucho a conservar y aumentar la devoción, si por otra parte pone la alma su principal atención en los puntos siguientes. Primero: cumplir bien con sus obligaciones, la religiosa con sus oficios y actos de comunidad; la casada con el buen gobierno de su familia, y cuidado de su casa; el oficial con su tarea; el prelado, etc., con sus negocios; y así de lo demás. Segundo: ofrecer a Dios a menudo lo que se va haciendo, según enseña el Apóstol, de suerte que todo se haga a honra y gloria de Dios, el comer, el trabajar, el gobernar, el rezar, etc. Tercero: tener exacto cuidado entre dia en sufrir con paciencia y humildad lo que nos puede turbar y hace perder el mérito. Por tanto, debemos estar prevenidos para sufrir las adversidades que Dios permite, como son la pobreza, enfermedad, la desgracia en bienes de fortuna y honor, y la misma muerte de alguno. Asimismo, llevar con cristiano sufrimiento las injurias, desprecios y molestias que nos ocasionan los prójimos. Cuarto: apartarse de las ocasiones de pecar, especialmente en materia de impureza; y así cada uno debe tomar aquellas precauciones, que sean oportunas para conservarse en los candores de la castidad. Quiero decir: huir de visitas inútiles y peligrosas, evitar conversaciones mundanas, guardar modestia en todos los sentidos. Estas son virtudes verdaderas; y teniendo cuidado de observarlas, viniendo bien los lemas ejercicios de devoción. Para su observancia, no dejes cada día de tener media hora de lección, si tienes lugar, o en la vida de algún Santo, o en otro libro espiritual; pero sea tu lección pausada y muy atenta, para que te sea provechosa, conservando en tu memoria, aunque sea en substancia y por mayor, lo que Dios te enseñó por medio de aquella lección.

PARA EL ROSARIO.
JACULATORIA.
Aurora del cielo, 
Estrella del mar:
 Líbrame, Señora, 
De culpa mortal.

     Te encargo mucho no faltes a la meditación de cada día, ni creas, aunque el enemigo de las almas te lo sugiera, que es cosa muy dificultosa, como se suele decir. Ponte con devoción delante de Dios, y como habías de pensar otra cosa, piensa en aquellos puntos que aquí se te proponen. No te hagas mucha fuerza para meditar, porque este negocio mas quiere gracia que fuerza. Clama a Dios allá en tu corazón, pidiéndole misericordia, y haciendo actos de amor, que con esto que hagas habrás tenido bien tu oración. Aunque se te vaya el pensamiento a otras cosas y aunque esto te suceda cada momento, no te aflijas: vuelve en tí, y trae tu entendimiento con suavidad a pensar en Dios, que en esto ganarás mucho, y tu meditación será aceptable al Señor. ¡Oh, y cuanta es la ilusión de aquellas almas que no tienen oración, porque dicen que no pueden! Esto es lo que el diablo quiere. Cualquier niño que tenga ya expeditas las luces de la razón, cualquier rústico, puede pensar un rato en Dios, pedirle misericordia, y amarle; ved aquí, que esa es y se llama oración, porque se eleva la alma a tratar con Dios. Destierra de ti esa aversión que tienes a este ejercicio, y ponte en la presencia de Dios, que su Majestad te entesará a tener oración.

A LA MAÑANA.
     Punto primero. Considera como en el Evangelio de hoy nos amonesta Jesucristo, que no pongamos pongamos nuestro corazón en los bienes de la tierra. Todas las riquezas son corruptibles, y en llegando la muerte se dejan en el mundo. Los amadores de estos bienes transitorios oscurecen sus entendimientos, impidiendo que entren en ellos las hermosas luces del desengaño: ellos se hacen esclavos de la vanidad; y sujetos a estas miserables cadenas nada hacen por conseguir su salvación, que es el fin porque Dios los crió, ¡Oh, Dios mió, aunque yo gozara todos los tesoros del mundo, de qué me sirvieran si por ellos te perdía a Ti, que eres el único centro de nuestra felicidad!
     Punto segundo: Buscad, dice el Señor, los tesoros del cielo, que son verdaderos, estables, e inamisibles; ¡Qué necedad tan grosera es la de aquellos, dice el Crisóstomo (Hom. 48), que no envían sus tesoros a la patria celestial donde esperan vivir para siempre! Están desterrados en el mundo, viven aquí como peregrinos, y se afanan por conseguir bienes que se han de quedar en este lugar de su destierro. ¡Oh locura de los mortales! Procura tú, alma, atesorar para el cielo, no dejando se pase tiempo, ni ocasión de ejercitarse en buenas obras Estas son las riquezas que has de hallar en aquella ciudad santa, después de estos breves días de tu peregrinación. 
     Nota. La presencia de Dios para cada día ha de ser en aquel paso de la sagrada pasión que se medita. Las jaculatorias serán los continuos actos de Fe, Esperanza, y Caridad, diciendo con mucho afecto: Creo en Dios, amo a Dios, etc.
     Este día por ser el primero de cuaresma, en que la santa Iglesia nos acuerda que somos polvo y ceniza, ocuparás un cuarto de hora en pensar en la sepultura ha de ser tu casa. Allí están ya muchos que tú has conocido en el mundo. Busca su grandeza y esplendor, sus honores y riquezas, su hermosura y gallardía. ¡Ah! ya todo desapareció: no ha quedado mas que el polvo confundido con el de los otros muertos. ¡Oh mundo engañoso! ¡Oh locos amadores del siglo!

A  LA NOCHE.
     Punto primero. Contempla, alma, como llegando ya el tiempo de la pasión del Señor camina al huerto de Getsemaní con sus discípulos. Ya sale al campo de batalla este inocentísimo Abel, donde por tu amor ha de perder la vida. Mira con qué silencio camina entre las oscuridades de la noche. Oye los suspiros que aquel deifico corazón iba arrojando. Imagina que te convida para que le acompañes en sus aflicciones. ¡Oh, qué dichoso serás si desde esta hora vas acompañando a tu Señor en su pasión hasta la hora de tu muerte!
     Punto segundo. Medita la ingratitud con que Judas se apartó del Señor para irle a entregar a sus enemigos. Mira cual va aquel infeliz reprobo, arrastrando las desventuradas cadenas de su perdición. Esto hace el pecador; y esto has hecho tú las veces que por el pecado mortal te has apartado de Cristo. Has dejado a tu pastor en la funesta noche de la culpa, por entregarte a los mas criminales placeres. Te has gloriado de despreciarle, y entregarle a sus enemigos. Llora tu ingratitud, y desagravia a tu Dios, como David con las mas amargas lágrimas.
R.P. Fr. Pedro Pablo Patino
CUARESMA DEVOTA
Décimo cuarta edición (1897)