miércoles, 30 de octubre de 2013

NUESTRO SIGNO

     Es inegable que los pueblos, de suyo, tienden a seguir el signo de su nacimiento. La grandeza o la decadencia —cumplimiento o frustración del destino,— no son otra cosa que la feliz proyección o desatinado desvío del natural curso que debieran llevar los pueblos a través de su existencia. Y ese curso natural, determinado en principio, arranca de los elementos mismos que han concurrido a la formación y nacimiento de un pueblo. Por eso, el desconocimiento de las causas que le dieron origen —y fines,— debe interpretarse como el primer paso dado en falso en ese devenir que constituye la vocación y destino de un pueblo.
     Nos explicamos así la fatigosa y accidentada hora actual de México. Los accidentes y fatigas de hoy son resultado de muchos tropiezos no enmendados a partir de la primera turbulencia: siembra de odio y —por lo mismo,— inicial contrasentido que se enfrentaba y pretendía barrer con la afanosa tarea de civilización, inspirada y sostenida por el amor del misionero. Tres siglos de recia y pometedora siembra, malogrados por la aparición de la cizaña. Y porque en lugar de buenos segadores nos han abundado —gobiernos tipo liberal y revolucionario,— mercenarios o perezosos "gavilleros", ha llegado a creerse que lo normal en México es esa triste preeminencia de lo corrompido y exótico, mediocre y antinacional. Y esto equivale a depreciar el trigo, equiparándolo a la cizaña y, para colmo, preferir la cizaña al trigo. Esto ha sucedido en México.
     ¿Qué otra cosa es la sistemática desfiguración de la historia patria? Empresa de jacobinos, el laicismo fue la exclusión, en la enseñanza, de la instrucción religiosa o por religiosos. Para justificar el procedimiento, se invocarían fines "progresistas", se acusaría a la Iglesia de oscurantista y retrógrada, se improvisarían heroes de paja —sectarios de patíbulo—, y se renegaría de la fe de origen. Y —automáticamente,— se inventaría la "leyenda negra": la antihistoria.
     Era menester —al Anti-México,— convertir en imbécil al que se anunciaba poderoso pueblo. Barrera a fines imperialistas, el pueblo que nacía necesitaba ser arrollado. Y, como las reservas espirituales eran inmensas, se inyectarían gérmenes de división interna. Más pronto, si entre los neófitos de la antihistoria se hallaba al primer ambicioso, brote originario de la antipatria. De allí en adelante, los hermanos enemigos serían dóciles instrumentos o fáciles puñaladas al corazón mismo de la patria que apenas había tenido tiempo de enarbolar su trigarante acta de bautismo.
     México, en su elaboración, había venido siendo impulsado por la fe; por la fe que profesaba España. De esa fe, milagro exclusivo de la religión verdadera, derivaba un anhelo de unión por hermandad. Y aquella fe y esta hermandad no podían menos de exigir un ambiente de libertad, libertad que es soberanía, soberanía que es ejercicio de dignidad. Tal era el signo de México en su formación como pueblo; tal fue su signo al perfilarse como nación, al esculpirse como patria.
     Los sofistas de la antihistoria se alarman de que invoquemos a la tradición. De que no les creamos. De que nos empeñemos en rectificar su "historia". Y es que no podrán entender, como tampoco los pusilánimes se atreven a ello, que nos proponemos —y estamos lográndolo,— entroncar la hora presente a la raíz de nuestra nacionalidad. Daremos a México su verdadera y propia continuidad histórica. Y para ello hemos de barrer con todos los ídolos que han hecho de un siglo de nuestra historia algo así como un museo de "unidades biológicas".
     En realidad, maravilla que, a despecho de tánta y tan furiosa acometida a su entraña, se encuentre México tan lleno de bríos. Quizá —y sin quizá,— esos mismos estrujamientos y sangrías nos son la mejor experiencia para levantar el vuelo definitivo. Porque México ha vivido más de prisa y con mayor pasión que sus hermanos los pueblos iberoamericanos. En la trágica sucesión de desvarios, en esa pesadilla que nuestros enemigos quisieran prolongar, hemos aprendido a rompernos las propias carnes en tesonera siembra de fe. Y, prendidos con espíritu de quijotesca resolución, hemos ido a quebrar nuestras lanzas en los escurridizos molinos de viento. ¡Qué indignos del buen caballero español y de los civilizadores si nos dejásemos caer en la desesperación!
     Constituidos en pueblo gracias a la misión, queremos ser leales con nuestra natural trayectoria. Y lo conseguiremos, que somos fuerza hecha voluntad, porque nos guía el signo de nuestro nacimiento.
Jose T. Cervantes
LA PATRIA ESCONDIDA

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