martes, 22 de octubre de 2013

Volumus Jesum videre?

¿Queremos ver a Jesús?
     ¿Hay algún deseo más santo o más provechoso para mi alma?
     Ese deseo, «querer ver a Jesús», es una gracia del cielo, un verdadero don de Dios. Es ya un principio de santificación.
     Quiero ver a Jesús.
     ¡Pero hay tantas maneras de ver!
     ¡Cuántos ven a Jesús en el Evangelio, lo estudian casi con pasión, y, sin embargo, no ven en Él más que a un hombre, extraordinario, sí, y maravilloso, pero nada más que a un hombre...! ¡Pobrecitos! Se quedan en la superficie, y no ven realmente al Jesús verdadero.
     Quiero ver a Jesús:
     no es tanto el deseo de verlo con los ojos corporales, sino con los ojos del alma; con los ojos iluminados por la fe, una fe viva y ardiente, una fe activa y fervorosa, que trata, con la ayuda divina, de penetrar hasta lo más íntimo de ese Jesús, mi Dios y mi Redentor.
     Quiero ver a Jesús: 
     y a Jesús puedo y debo verlo en los pobres, en los enfermos, en todos los desgraciados; debo verlo en mis prójimos todos, en los hermanos que viven conmigo; debo verlo en mis superiores, que hacen para conmigo las veces de Jesús.
     Quiero ver a Jesús:
     pero Jesús es Dios, y sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios; limpios de corazón: almas puras, que se alejan cuidadosamente de todo pecado y de todo lo que pueda mancharlas; almas sinceras, que buscan con verdad y con sencillez a Jesús; almas que en el sacrificio y en la abnegación se purifican y se hacen como espejos transparentes, en los que el mismo Dios se refleja.
     ¿Soy yo de esas almas? ¿O al menos me esfuerzo por llegar a ser de su número?
     Los gentiles acudieron a Felipe para que él los llevara a Jesús.
     También yo debo acudir a quien pueda mostrarme a Jesús, a quien me presente a Él.
     Y ¿quién mejor que María?
     Ella está siempre dispuesta a llevarme a su divino Hijo.
     Ella es el mejor y más seguro camino para llegar hasta Él.  
     Presentado por Ella, no tengo que temer que Jesús pueda rechazarme.
     Quiero ver a Jesús.
     Él se oculta algunas veces; parece como si se escondiera y no quisiera dejarse ver.
     Es que quiere que yo le busque; que le busque con constancia y con fidelidad. Quiere también probar mi amor.
     «Ver a Jesús.»
    Oh, que le vea yo, mitis et festivus, en mi última hora, cuando venga a juzgarme; que le vea eternamente glorioso en el cielo!
     Allí le veré —así lo espero, ¡oh Jesús!, de tu bondad y de tu misericordia—, sin temor de perderle jamás y sin que jamás se oculte a mis ojos.

Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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