martes, 15 de octubre de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (21)

TRATADO I.- Visión general
PARTE II: La misa en sus aspectos principales
5. De la celebración eucarística en las casas particulares a la misa privada

     272. Por mucho que se estimase en los primeros siglos de la Iglesia el principio de la Eucaristía única, o sea que no se debía celebrar más que para la comunidad, con todo, en los tiempos en que «partían el pan en sus casas» (Act II,46), no es inadmisible el caso en que sólo algunas personas, familiares de la casa, se reunieran alrededor de la mesa sagrada. Tal celebración de la Eucaristía en casas particulares de los primeros tiempos hemos de considerarla como los gérmenes de la celebración posterior en un ambiente más íntimo, y, por lo tanto, de la misa privada.

Misas en casas particulares; prohibiciones
     Prescindiendo de algunos textos de la Didajé, que han sido interpretados a veces en el sentido indicado, los escritos apócrifos de los Hechos de los Apóstoles del siglo II, que, con todas sus adiciones heréticas y vulgares, en el fondo testimonian las costumbres religiosas vigentes en aquel siglo, nos ofrecen una serie de ejemplos en que se presenta al Apóstol «partiendo el pan» y dando gracias sobre el «pan y el vino» en presencia de unos pocos fieles. Tertuliano alude a un acto celebrado en el tiempo de persecución y al que asisten únicamente tres personas (Tertuliano, De fuga, c. 14: PL 2, 142 A. Más noticias sobre la misa en tiempos de persecución, cuando los cristianos celebraban los misterios qualiter poterant et ubi poterant. Víctor de Vita, Historia persec. Afric., I, 18: CSEL 7, 9). San Cipriano no sólo habla de la celebración matinal de la Eucaristía con la comunidad, sino también de otra por la tarde en una pequeña reunión (Ep. 63, 16: CSEL 3, 714. A estas celebraciones en un pequeño círculo se referiría la observación de San Cipriano (Ep. 57, 3: CSEL 3, 652) sobre la misa diaria: sacerdotes, qui sacrificia Dei cotidie celebramus. De la celebración de la misa en las cárceles, atestiguada por él, ya se habló. Cf. también San Agustín, Breviculum coll., III, 17, 33: PL 43, 644. Aqui pertenece también la misa de Luciano de Antioquía (+312), que en la cárcel, echado en el suelo dijo las oraciones acostumbradas; Véase Filostorgio, Vita, ed. Bidez, c. 14). San Basilio refiere algunos casos de sacerdotes que, por haber cometido faltas notorias, sólo podían ejercer sus funciones sacerdotales en casas particulares (Ep. 199: PG 32, 716). San Gregorio Nacianceno menciona una vez la celebración eucaristica en casa de su hermana (Or. 8 (al. 11), 18: PG 35). Sin embargo, en el siglo IV, el sínodo oriental de Laodicea prohibió como norma general la celebración eucarística en casas particulares (Una prohibición semejante dio el Sinodo de Seleucia-Ctesifonte: «No se debe ofrecer la Eucaristía en las casas». Baumstark (Vom geschiditlichen Werden, 8) relaciona estas prohibiciones con la terminación de la época ds las persecuciones. También Nestorio, como patriarca de Constantinopla (428-431), censuró a un sacerdote. Felipe, por haber celebrado la misa en casa; luego tuvo que oír de su clero que esto no era costumbre general en aquella región. Hardouin, I, 1322). Otros sínodos se contentaron con exigir un permiso especial del obispo, principalmente en los territorios dependientes de Bizancio, para tiempos posteriores (Sínodo de Trullo (692), can. 31), en los que durante los siglos IX y X cada familia adinerada tenía su capilla doméstica con el fin principal de celebrar misas en sufragio de sus difuntos (Según una disposición del emperador León el Filósofo (886-911), que declara lícita la misa en las casas (PG 107, 432). Cf. Hanssens, II, 16-19). Ya antes, el segundo sínodo de Cartago (390) se había contentado con exigir un simple permiso del obispo (Can. 9). Con esta práctica concuerda lo que refiere San Agustín de que uno de sus sacerdotes fue llamado a la finca de un antiguo oficial romano, Hesperio, donde los esclavos y el ganado sufrían vejaciones del demonio. Ofreció allí el sacrificio del cuerpo de Cristo y cesaron las vejaciones (San Agustín, De civ. Dei, 22, 8 : CSEL 40, II, p. 602. Conforme se desprende de este sitio, no hubo aún entonces iglesia en aquel lugar).

Oratorios; antigua costumbre romana
     273. Ni se desconoció en Roma este tipo de misa en casas particulares. Desde el siglo III encontramos allí oratorios privados en diversos sitios, dedicados al culto de ciertos mártires (J. P. Kirsch,  santuari domestici di martiri: «Rendiconti della Accademia Romana di Archeologia»). No extraña fuera un oratorio de esta clase en el que San Ambrosio, invitado por una dama romana, celebrara una vez misa (Paulino, Vita Ambrosii, c. 10: PL 14, 30: cum trans Tiberim apud clarissimam quamdam invitatus sacrificium offerret). Refieren de Melania la Menor que, a imitación las costumbres romanas, hacía celebrar a su capellán Geroncío diariamente la Eucaristía en su residencia conventual en la falda del monte Olívete. También San Paulino de Nola celebró la misa en el cuarto donde murió, juntamente con los obispos que le habían venido a visitar. San Gregorio Magno rogó al obispo de Siracusa permitiese que en casa de un tal Venancio se celebrara la misa (San Gregorio Magno, Ep. 6, 43s: PL 77, 831s.)

Misa en los castillos; obligación de asistir a la parroquia
     274. En territorio carolingio y generalmente en los países nórdicos, donde los castillos de los señores estaban muy aislados en el campo, la capilla doméstica y la misa celebrada por el capellán del castillo era norma corriente. Frente a los múltiples abusos, que apenas podían evitarse (El arzobispo Agobardo de Lyón (+ 840) se queja de que no hay rico que no tenga su capellán, que le ha de servir unas veces de camarero y otras de mozo de espuela.) se hacía difícil encontrar una legislación satisfactoria. Mientras al principio se insistía en el deber de acudir, al menos en las solemnidades mayores, a las iglesias catedrales o parroquiales (Sínodo de Agde (506), can. 21), pronto se llegó a urgir esta obligación únicamente en el día de Pascua de Resurrección (Sínodo IV de Orleáns (541), can. 3). La reforma carolingia intentó prohibir toda clase de funciones religiosas en el recinto de casas particulares, poniendo otra vez en vigor el canon de Laodicea; pronto tuvo que volver a una práctica más tolerante (Ejemplos en Browe, Die Pflichtkommunion, 47s El sínodo de Pavía (850), can. 18 (Mansi. XIV 936s), pide solamente que los sacerdotes sean examinados por el obispo y alaba el culto ordinario en las casas). Una capitular de Haito de Basilea (807-823) permite a los enfermos hacer celebrar la Eucaristía en sus casas (MGH, c. 1, 364, n. 14. En Inglaterra este permiso fué incluido, hacia fines del primer milenio, en las colecciones de cánones; p ej.. aquella del rey Edgardo (967), can. 30 (Hardouin, VI, 662 B); en otros sitios se restringió a los obispos y abades. Sin embargo, algunos autores del siglo XVI defendieron su licitud general en caso de enfermedad). Al cabo de múltiples titubeos de la legislación medieval, el concilio de Trento prohibió al fin la celebración en casas particulares (Sess. XXII, Decretum de observ. et evit. in celebr. missae. El resultado final de la evolución posterior lo tenemos hoy en los cánones 1188-1196 del Cod. Jur. Can., que restringen mucho el culto en capillas privadas, pero lo favorecen en capillas semipúblicas de institutos y en capillas públicas).

Legitimidad del sacrificio particular 
     275. Hemos de distinguir claramente entre la celebración en casas particulares, fincas y mausoleos, a la que siempré asistía cierto número de personas, siquiera escaso, y la misa privada en sentido estricto. Aplicamos este término a la misa, que se celebraba sin preocuparse de la asistencia de los fieles, sea que tuviera el sacerdote acompañamiento de un acólito, sea que faltara aun éste, como acontecía en la llamada missa solitaria. A esta misa privada, en contraposición a la misa conventual o parroquial, se refieren generalmente, los escritores de la Edad Media cuando hablan de missae privatae o speciales o peculiares (Schreiber, Gemeinschaften des Mittelalters, 246. Acerca de la definición de la missa privata que resultó de la controversia con los reformadores, cf. Benedicto XIV, De s. sacrificio missae, III, 22, 7 (Schneider, 257 f). Lo que Eisenhofer (II, 10) considera como esencia de la misa privada, o sea la ausencia de ministros y cantores y que además las oraciones no se canten, son más bien consecuencias secundarias que resultan de su carácter privado).
     No es que tal modo de celebrar el sacrificio eucaristico entrañe repugnancia alguna esencial en sí. Prescindiendo de casos semejantes en los cultos paganos, el primer sacrificio de que hace mención la Sagrada Escritura es un sacrificio particular, el de Caín y Abel, que ofrecieron cada uno por su lado. Más tarde, en el culto levitico se concedía que, en ausencia del que lo había encargado, se ofreciese el sacrificio por el solo sacerdote (
Tal fue el sacrificio que Judas Macabeo hizo ofrecer en Jerusalén por los caídos. 2 Mac XII, 43). ¿Por qué no habían de ser posibles también en la Nueva Alianza ambos tipos de sacrificio, tanto más que desde el primer momento tuvo conciencia la comunidad cristiana de que en la Eucaristía encontraban su plenitud todos los sacrificios del pasado, incluso aquellos que el particular solía ofrecer o pedir que se ofreciesen por el sacerdote? La celebración eucaristica no se limitaba en la Nueva Alianza únicamente al culto divino de la comunidad redimida, sino que abarcaba también el sacrificio impetratorio o expiatorio, ofrecido por intenciones particulares. El concilio de Trento declaró expresamente el carácter propiciatorio del sacrificio de la misa (Sess. XXII, c. 2, can. 3).

La misa entre semana
     Al tenerse al principio las funciones religiosas públicas, para las cuales había de reunirse la comunidad, solamente los domingos y días de fiesta, muy poco frecuentes entonces, era natural que algún día entre semana el obispo o sacerdote celebrase privadamente y en nombre propio, por intenciones personales. Era igual que celebrase en casa o lo hiciese a ruegos de particulares en otro sitio.
      276. Testimonios de tales cultos existen por lo menos a partir del siglo VI. San Gregorio Magno cuenta de Casio, obispo de Narni, que tenía la costumbre de ofrecer diariamente el sacrificio eucaristico (San Gregorio Magno, Dial., IV, 56: PL 77, 42L En In Ev., II hom. 37, 9 (PL 76, 1281 A) San Gregorio observa que Casio, poco antes de su muerte, dijo la misa en su capilla doméstica (in episcopii oratorio). Hay que suponer que ya antes se trataba de esta capilla particular). Juan el Limosnero (+ 620) dijo una vez al pueblo, poco asiduo a la misa, que podía haber dicho la misa mucho más cómodamente en casa (Leoncio, Vita, c. 41: PL 73, 375s.).

Aumenta el número de monjes-sacerdotes 
     En los conventos llevó muy pronto la devoción particular a los monjes sacerdotes a la celebración privada. Mientras San Benito se sentía muy poco inclinado a ver muchos sacerdotes en sus conventos (San Benito, Regula, c. 60), San Gregorio Magno se mostró más indulgente en conceder la ordenación sacerdotal a los monjes. Parece que fue el sínodo romano del año 610, bajo la presidencia de Bonifacio IV, que defendió la concesión de las sagradas órdenes a los monjes (También en el Decretum Gratiani. II, 16. q. 1. c. 25), el que ocasionó un cambio definitivo en la opinión general. Desde entonces creció el número de sacerdotes en los conventos (Un número mayor de monjes sacerdotes fue la condición previa para la misión en Inglaterra y Germania. Datos estadísticos de los siglos IX y X en Berliere, L áscese bénédictine, 40).
      Aunque no haya sido la causa de este proceso el deseo de poder celebrar personalmente, ha sido, ciertamente, su natural consecuencia (En la vida del irlandés Brendan (+ hacia 576) se cuenta de él y sus compañeros que dijeron también la misa entre semana (C. Plummer, Vitae Sanctorum Hiberniae). Indicios de tal evolución son, entre otros, la multiplicación de los altares en los conventos. Al principió se repartían por todo el convento (San Beda (Hist. gent. Angl., IV, 14: PL 95, 195) cuenta que después de desaparecer una epidemia se dijeron misas en acción de gracias en todos los oratorios del convento), cada uno en su propio oratorio. Algo más tarde se reunieron todos, como altares laterales, en la iglesia principal (San Benito de Aniane erigió en las iglesias construidas por él cuatro altares: la iglesia conventual de Centula. terminada en 798, tenia once. En el plano de la nueva iglesia de San Galo (820) se preveían diecisiete altares (Braun, Der christliche Altar, I, 372, 389). En el siglo VIII se refiere repetidas veces en las vidas de santos monjes-sacerdotes el caso de la celebración diaria o casi diaria (Berliere (L'ascése bénédictine, 40), nombrando como ejemplos a San Bonifacio, San Ceolfrido y San Wunibaldo); en el siglo IX ésta es lo ordinario (El abad Angilberto de Centula (+ 814) dió una disposición según la cual, además de las dos misas conventuales, habian de decirse diariamente treinta misas más en distintos altares).

El deseo de misas votivas 
     277. La devoción personal del celebrante, lo mismo en los conventos como fuera de ellos, fue una de las causas, pero no la más importante, de la frecuencia cada vez mayor de la misa privada. Una razón mucho más decisiva en este proceso fue el deseo de misas votivas por parte de los fieles, o sea de misas que se decían por sus intenciones particulares (vota), y entre éstas imperó la solicitud por los difuntos (La expresión missa votiva se encuentra ya en el misal de Bobbio (Muratori, II, 911-914), tomando, a lo que parece, el concepto vota en su sentido estricto). Recordemos que la celebración de la Eucaristia en capillas domésticas se debió, siglos anteriores, en gran parte a la misma causa. Si es verdad que las misas ofrecidas con estos fines particulares no tenían lugar ya en las casas, sino en las capillas laterales de las iglesias o en oratorios pertenecientes a las iglesias, menudeó con más frecuencia el caso del sacerdote celebrante solo en el altar, o sea que tenemos en esta evolución otro motivo más para la multiplicación cada vez mayor de misas privadas.

Las primeras noticias de misas por los difuntos 
     278. La misa de difuntos alcanzó pronto una gran importancia. Referente a misas de difuntos el tercer día después del entierro, tenemos ya un testimonio del año 170 en un libro de los Hechos apócrifos del Asia Menor, llamado Acta Iohannis. Se celebró en el mismo mausoleo; y la costumbre de celebrar el aniversario no es de fecha más reciente (La comunidad de Esmirna expresa hacia 155-156 su intención de celebrar un aniversario por San Policarpo (Martyrium Polycarpi. 18, 3). Tertuliano (De corona mil., c. 3: CSEL 70, 158) oblationes pro defunctis, pro nataliciis annua die facimus. Cf. de monogamia, c. 10. Sin fijar una fecha, también Didascalia, VI 22 2). La misa del día séptimo y trigésimo aparece en el siglo IV, y en otros sitios se observaba en su lugar el día noveno y cuadragésimo, fechas todas estas que, junto con la costumbre de celebrar en el día del entierro una ceremonia religiosa conmemorativa (San Cipriano, Ep. 1. 2: CSEL 3, 466s.), tienen su origen antiguo en tradiciones precristianas, que ahora se reemplazan por la celebración de la Eucaristía. Entre estas costumbres precristianas sobresalía el refrigerium, o sea una cena conmemorativa que se tomaba junto al sepulcro, sin que se guardasen fechas especiales. De ella sabemos por ciertos documentos que llegó a celebrarse en los siglos III y IV junto al sitio en que entonces descansaban los restos de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Con todo esta costumbre, contra la que tuvo que proceder la autoridad eclesiástica a causa de los abusos que en ella se cometían, pudo ser substituida por la celebración de la Eucaristía en forma de misa votiva sobre el sepulcro de los santos apóstoles y mártires y por una misa de difuntos en el lugar del enterramiento de los parientes. 

Series de misas; convenios
     De todos modos, hacia fines del siglo VI no era ya nada insólito el que los sacerdotes dijeran misas de difuntos durante una serie de días, sin que nadie asistiese a ellas. Esto se deduce de la narración de San Gregorio Magno en que refiere cómo le había contado el obispo Félix que un sacerdote piadoso de la Iglesia de San Juan de Centumcellae (Civitavecchia) quería regalar dos panes de los que se solían ofrendar en la misa a un hombre desconocido que en el establecimiento público de baños calientes le había servido ya varias veces; éste le dijo que no le regalase tales panes, sino que dijera misas en su lugar, ya que era un alma en pena; y que este sacerdote con lágrimas cumplía durante una semana diariamente lo que se le había pedido (San Gregorio Magno, Dial., IV, 55; PL 77, 417; véase ibid.: PL 77, 421, el caso de la misa por el monje difunto Justo treinta dias seguidos. En este caso, pudo haber alguna participación de parte de sus hermanos en religión, mientras que en el primero no hubo ocasión para ello). En el siglo VII empieza la costumbre de comprometerse los miembros de diversas iglesias y conventos a cumplir ciertos sufragios, y entre ellos a decir un número determinado de misas de difuntos cada vez que moría uno de los que se habían comprometido. En el sínodo de Attigny (762) se comprometían los obispos y abades que habían asistido a decir, entre otros sufragios, cien misas por cada uno que de ellos muriera. Un convenio entre los monasterios de San Galo y Reichenau del año 800 determinaba, entre otras cosas, que por cada monje difunto todos los sacerdotes debían decir tres misas en el día en que habían recibido la noticia, a los treinta días otra y, además, al principio de cada mes una misa después de la de réquiem conventual, y que, finalmente, debería celebrarse el 14 de noviembre por toda la comunidad una solemne conmemoración general de todos los difuntos, celebrando cada sacerdote tres misas. De entonces data la costumbre común en la Iglesia de las misas de réquiem.
     Amalario (De eccl. off., IV, 42; PL 105, 1239 D) habla de sitios en que se dice diariamente una misa por los difuntos. Sólo más tar
de se dijo también públicamente tal misa diaria por los difuntos. Por lo que se refiere al rito, éste en aquel tiempo, aun prescindiendo del color, no se diferenciaba tanto de la misa ordinaria como en la actualidad. En la época prefranca seguramente se distinguió por el Memento de los difuntos, que en las demás misas faltaba, y tal vez por un Hanc igitur especial. Sin embargo, el Leoniano contiene ya oraciones especiales para la misa de difuntos (Muratori, I, 451-454), y lo mismo el Gelasiano primitivo (III, 92-105) (1. c., I, 752-763). Sin embargo, es propio del carácter de estas misas, destinadas para un pequeño círculo, el que falten cantos en los seis más antiguos antifonarios de los siglos VIII IX, editados por Hesbert. Tales cantos aparecen por vez primera, empezando con el Requiem aeternam, en el antifonario editado por los Maurinos (PL .78, 722-724). El Comes de Alcuino contiene lecciones propias para la epístola (ed. Wilmart en «Eph. Liturg.» [19371 163s); para el evangelio e. o. la lista de loa pericopas de la capilla palatina de Carlomagno (Beissel, Entsteiiung der Perikopen, 141), pero también el Capitulare de los evangelios de Roma del año 645 (Klauser, p. 45s). Correspondiendo al gran número de misas de difuntos, se crearon en la baja Edad Media también mayor número de formularios.

La misa votiva
     279. Asimismo, en la antigüedad cristiana se tenia ya la costumbre de celebrar misas votivas con otras intenciones particulares y en favor de personas determinadas. Hacia el año 370 habla un escritor romano de diversas misas para peregrinos y naturales.
     San Agustín lamentaba la triste suerte de las mujeres y doncellas caídas en poder de los bárbaros, porque les faltaría el consuelo del sacrificio eucaristico, al que les sería imposible asistir ni encargar al sacerdote que lo ofreciese por ellas. El Leoniano contiene un número crecido de formularios para misas votivas, entre los que hay uno con el título post infirmitatem
y varios contra amenazas de malas lenguas. En el Gelasiano primitivo, las misas votivas forman la parte principal del tercer libro de los tres que componen este sacramentario. Unas veces se refieren a intenciones particulares: viaje, amenaza, enfermedad, diversas clases de aflicciones, nupcias, esterilidad de la mujer, onomástico, aniversario de la ordenación, aumento de caridad y misas de difuntos; otras, a intenciones generales: mortandad, peste bubónica, sequía, tiempo sereno, paz y guerra, salud del rey, etc.
     Entre los misales galicanos sobresale el de Bobbio por el rico contenido de misas votivas, que contienen también lecciones.


Los formularios del «liber sacramentorum»
     280. En la época carolingia se observa un verdadero florecimiento de esta clase de misas. Alcuino, no contento con coleccionar un buen número de formularios de misas votivas, sacadas de fuentes antiguas, agregándolas como apéndice al sacramentario Gregoriano, compuso otra colección, conocida con el nombre de Líber sacramentorum. Contiene por vez primera misas votivas especiales para cada uno de los días de la semana: tres por día. La primera de estas misas desarrolla un tema de la historia de nuestra salvación acomodado a cada día de la semana, asemejándose así al Proprium de tempore. La segunda está dedicada generalmente a las grandes intenciones de la ascética cristiana; por ejemplo, el del martes lleva por título pro tentatione cogitationum. La tercera, llamada missa Sancti Augustini, expresa ideas de arrepentimiento y pide perdón por los pecados Buen número de ellas se deben al mismo Alcuino; sin embargo, la mayor parte los toma de misales mozárabes. A partir de esta época, los misales contienen generalmente misas votivas on buen número. En el sacramentario de Fulda se cuentan hasta más de cien.

Misas para sólo el celebrante
     En muchos casos, por el tema de la misa se desprende con claridad que el celebrante dice él solo la misa. Ejemplo típico nos lo presenta el formulario de una missa quam sacerdos pro semetipso debet canere. Cosa parecida encontramos el año 700 en el misal de Bobbio, y esto aparece con regularidad cada vez más constante en todos los misales de influencia galicano-carolingia, con algunas variantes a veces.
     Estos formularios se ocupan exclusivamente de la salvación del alma del celebrante, y de ahí que las oraciones vayan todas en singular: oraciones, prefacio, Hanc igitur (
De un formulario de esta clase provienen las fórmulas n. 20 de las oraciones diversas del misal romano: Pro seipso sacerdote. Por lo demás, el empleo del singular tampoco es cosa inaudita en misas de origen más antiguo y de carácter público. Asi contienen los formularios in natali episcoporum, del Leoniano (Muratori, I, 425ss), repetidas veces frases en singular, que, no obstante, se adaptan perfectamente al carácter del culto público; p. ej.: Hanc igitur ). Pero aun las misas dichas por otras intenciones presentan ya tales características, que no requieren la asistencia de los fieles. Así, por ejemplo, cuando en los conventos se dice diariamente una misa por el rey o cuando sínodos de los siglos X y XI obligan a cada sacerdote a decir en poco tiempo diez y hasta treinta misas por el rey o el imperio.

Celebración repetida
     281. Por esta época, o sea en el siglo IX, empieza a celebrarse la misa con más frecuencia. Hay muchos que no solamente celebran dos o tres veces al dia, sino que se tiene como ejemplo, que se pedia imitar, la noticia de que el papa León III había celebrado al día de siete a nueve veces. La celebración diaria, aunque no era general, la practicaban muchos sacerdotes. En los domingos y días de precepto se ofrecía el sacrificio por el pueblo, lo mismo que aun hoy es obligación de los párrocos; en los días entre semana se aplicaba por las intenciones propias o ajenas, aunque se eligiese el formulario del día (Por lo menos para la misma ciudad de Roma se puede afirmar que en el primer milenio hubo culto público sólo en los días para los que hay asignado un formulario propio en el Proprium de tempore, y en los santuarios de mártires, en sus fiestas. En ambos casos era obligatorio tomar para el dia el formulario prescrito; todos los demás días quedaban libres para las misas votivas. El que en las misas privadas se usaran casi siempre tales formularios de misas votivas o también de santos a libre elección se ve en que estos formularios fueron los primeros en que se añadieron lecciones y los textos de las partes cantadas. Así fué durante toda la Edad Media. Todavía San Ignacio de Loyola en el año 1544, en los sesenta y cuatro dias en que anota en su diario espiritual el formulario de la misa, cuarenta y una veces usa un formulario de misa votiva y veintitrés el del día (Constituciones S. L. I [Roma 1934] 86-130). Hasta para loa domingos se asignaban misas votivas, generalmente la de la Santísima Trinidad. Solamente en el misal de Pío V el domingo quedó libre. Durante bastante tiempo no solamente se discutió si era lícito decir los domingos misas de difuntos, sino también se dijeron Contra tal costumbre se dirige el Archicantor Juan (Silva-Tarouca, 205) y otros (Teodolfo de Orleáns, Capitutaire, I, c 45 • PL 105 208; las Consuetudines de Farfa, en Albers, I, 202), obligatorio más tarde (sínodo de Würzburgo (1298), can. 3 (Hartzheim, IV, 25sí. El sínodo de Seligenstadt (1022), can. 10 (1. c.. III, 56), sólo ante la preferencia supersticiosa que se daba a algunas misas votivas (Santísima Trinidad San Miguel) exhorta a usar la misa de eodem die. añadiendo además vel pro salute vivorum vel pro defunctis).

Aumento de altares
     Esto significó un aumento considerable de la frecuencia de la misa. La posibilidad de encargar misas a la intención propia iba despertando en los fieles cada vez más el deseo de servirse del sacrificio eucaristico para conseguir de Dios lo que se pedia, y condujo asi a una frecuentación más normal de las misas. Esto trajo consigo el multiplicar los altares laterales en los sitios en los que existia un número algo mayor de sacerdotes, como en los conventos y las catedrales. En la antigüedad cristiana las iglesias no tenían sino un solo altar; en el norte de Africa siguió esta costumbre hasta la extinción del cristianismo en el siglo VII, y perdura aún hoy día en Oriente, por lo menos en las iglesias de rito bizantino (Braun, I, 382-385. Este altar único está destinado para el culto público. Para la celebración privada de la liturgia en dias laborables había algunos oratorios, que estaban más o menos unidos a la iglesia). En Roma en el siglo VI se empezaron a Instalar dentro de las Iglesias los oratorios, dedicados a los apóstoles y mártires, que antes existían aislados y repartidos por la ciudad. Vemos un número excesivo de altares en las Galias, donde, por ejemplo, el obispo Paladio de Saintes hizo construir en el año 590 trece altares en una sola iglesia. Casos semejantes no son raros en tiempos posteriores. Desde el sigio IX, los altares laterales son la cosa más natural en todas las iglesias un poco grandes. No fue solamente el ansia de misas votivas la que favoreció esta evolución, sino que además se unió la creciente veneración de los santos y sus reliquias, porque se creía que solamente se los podía venerar debidamente si se hacía en un altar dedicado expresamente a ellos. Al mismo resultado de la multiplicación de altares condujo, por otro lado, la prohibición, mantenida a lo menos durante algún tiempo, de decir varías misas sucesivas en el mismo altar, y especialmente la de utilizar los simples sacerdotes el altar en que el mismo día había celebrado el obispo.

Prohibiciones
     282. En la época de los Otones empezaron a notarse las inconveniencias de la celebración demasiado frecuente de la misa. Decretos episcopales y sinodales permiten la celebración triple sólo en un día del año. Otros prohiben, fuera de los casos de necesidad, la binación, como, por ejemplo, Alejandro II en el año 1065, y más tarde, y con más empeño, Inocencio III en el año 1206. Con esto se redujo otra vez el número de altares en las Iglesias recién construidas.

Nuevo aumento de altares
     283. Nuevamente aumentó la frecuencia de las misas privadas en el siglo XIII, que ahora ya no se debe a la repetida celebración diaria, sino más bien a un crecimiento anormal del clero en las ciudades (Aparecen también exhortaciones a la celebración diaria, que al mismo tiempo se esfuerzan por garantizar una celebración digna. El escrito De praeparatione ad missam, atribuído a San Buenaventura, pero que no aparece en los manuscritos hasta el año 1375 (Franz 462), dice del sacerdote que deja la celebración sin razón suficiente: quantum in ipso est, privat Trinitatem laude et gloria, angelos laetitia. peccatores venia... (c. 4; Opp. ed. Peltier, XII [París 186(11 281). Cf. también Mateo de Cracovia (+1410). Dialogus inter Rationem et Conscientiam, y Enrique de Hesse (+142) Exhortatio de celebrationc missae. Cf. Franz 515-517). crecimiento que contribuyó no poco a la crisis eclesiástica del siglo XVI. Esto llevó de nuevo consigo la multiplicación del número de altares. No era raro el caso de iglesias que contaban con 35 y hasta con 45 altares laterales. En la iglesia de Nuestra Señora de Danzig y en la catedral de Magdeburgo vemos hasta 48 altares por el año 1500.

Problemas arquitectónicos
     La arquitectura sagrada se esforzó por encontrar una solución satisfactoria al problema de incorporar numerosos altares laterales al edificio de la iglesia. Ya el período románico había creado en Francia la corona de capillas alrededor del presbiterio, sistema adoptado luego también por el gótico en otros países. En otros casos, el gótico solucionó el problema con meter los contrafuertes dentro del recinto de las iglesias, permitiendo con ello en el interior de las iglesias un número mayor de espacios en las naves laterales. En las iglesias del barroco se resuelve mediante la doble teoria de capillas que se abren a ambos lados de la nave central. No llegaron, con todo, a cubrir las necesidades, por ejemplo, en el final de la Edad Media, cuando todos los gremios y las familias ricas de patricios pedían nichos para capillas particulares. La reforma eclesiástica siguiente limitó otra vez el número y frecuencia de las misas votivas privadas y redujo muchos formularios a las actuales Orationes diversae. San Carlos Borromeo quitó todos los altares situados debajo del órgano o delante del púlpito y de las columnatas; ejemplo que siguieron muchas iglesias.

Balance
     284. La curva de la estimación de las misas privadas nos refleja claramente los altos y bajos de su desarrollo histórico y de su problemática. A su favor está el hecho dogmático de que la misa es sacrificio impetratorio y expiatorio y que, por lo tanto, en este sentido puede ser ofrecido también a intención de un particular, según una fórmula muy usada desde principios de la Edad Media: por los vivos y los difuntos (Por ejemplo, en San Isidoro, De eccl. off., I. 15: PL 83, 752; la tercera oración de la misa (Post nomina, en los misales mozárabes) se reza pro offerentibus sive pro defunctis fidelibus. Esta expresión pro offerentibus et defunctis aplicada a la misma misa vuelve en la introducción a la Missa pro multis (ed. Hanssens: «Eph. Liturg.», [19301 31). En los loca (preguntas) episcopi ad sacerdotes, del siglo IX (en Franz, 343) a la primera pregunta: Pro quia es presbyter ordinatus?, se pone como respuesta: ... hostiam offarre Deo omnipotenti pro salute vivorum ac requie defunctorum. A la respuesta a la segunda pregunta. En un pontifical romano-alemán compuesto hacia el año 950, el obispo entrega a los recién ordenados sacerdotes cáliz y patena con las palabras que aun hoy forman parte del rito de la ordenación: Accipite potestatem offerre sacrificium Deo missamque celebrare tam pro vivís quam pro defunctis in nomine Domini). Por otra parte, la idea de la comunidad eucarística contiene tan altos valores, que no se puede consentir se olvide el ideal de la Eucaristía única, que une a todos, tan enaltecido por el santo mártir Ignacio. Vimos cómo en los conventos al principio de la Edad Media y, en parte, aun mucho más tarde no sólo se mantuvo la costumbre del culto divino en común, sino también, dentro del mismo, la comunión en los días señalados, aun de los sacerdotes. La celebración privada, más que fomentada, fue permitida dentro de ciertos límites, y esto durante mucho tiempo.
     En esto regían normas muy distintas según las órdenes y regiones. En Cluny, los sacerdotes no necesitaban en el siglo XI permiso especial para celebrar diariamente antes de la prima, así como antes y después de la tercia, ni tampoco después de la nona. Como excepción, se permitía la celebración también después del evangelío de la misa conventual (Udalrici Consuet. Clun., II, 30: PL 149. 724s). Entre los cistercienses se permitían las misas privadas en el tiempo dedicado a la lectura y después del ofertorio de la misa conventual. En otras órdenes no se permitía tanto. En los cartujos se consideraba
como gran privilegio poder celebrar diariamente; Pedro de Blois (+ hacia 1204), Ep. 86: PL 207, 264. De Klosterneuburg relatan las fuentes de la baja Edad Media que quien quería celebrar una misa privada durante el verano podía hacerlo antes de la tercia; en invierno, después de la sexta o después del evangelio de la misa conventual. Pero antes tenía que pedir permiso al deán (Schabes, 65). ¡El sínodo de Ravena (1317), rúb. 12 (Mansi, XXV, 611s), reprueba el decir misas privadas durante la misa cantada (cura missa celebratur in nota) y pide que asistan todos los clérigos al coro. Así también el sínodo de Tréveris, del año 1549, can. 9).
     Por la misma razón, sólo poco a poco y con mucha reserva se llegó a una determinada forma de la misa privada. En el primer período de los siglos VIII y IX se advierte cierta tendencia a exagerar el carácter privado de la misa. Fue entonces cuando se introdujo la missa solitaria, desprovista incluso del ayudante. A ella corresponde el uso exclusivo del singular que leemos en ciertos formularios. De no haberse mantenido la venerable tradición de no alterar el esquema fundamental de la misa romana, y sobre todo el canon, nos hubiéramos encontrado indudablemente en el siglo IX, aun en la liturgia romana, con el mismo caso que se dió efectivamente en la galicana, que desconocía un formulario fijo aun para el canon; aparte de que casi todas sus oraciones estaban redactadas en un estilo muy personal, usándose en ellas el singular continuamente.

P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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