lunes, 7 de octubre de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (20)

TRATADO I.- Visión general
PARTE II: La misa en sus aspectos principales
4. De la misa presbiteral a la misa cantada

Necesidad de cultos más sencillos
     267. Cuando en la demarcación de cada obispo comenzaron a existir varias iglesias con clero propio (Según Eusebio (Hist. eccl., VI, 43), hubo en Roma bajo el papa San Comelio (+ 203) 46 presbíteros (además de siete diáconos, siete subdiáconos, 42 acólitos y 52 otros clérigos menores): según Optato (Contra Parmen., II. 4: CSEL 26, 39), existían en la época de las persecuciones dioclecianas más de 40 basílicas. Entre ellas hubo en los siglos V y VI 25 iglesias titulares, que como tales tenían su culto ordinario; véase Duchesne, Liber pont., I, I64s. A partir del siglo V aparecen en los sínodos las firmas de los presbíteros romanos con la indicación de su iglesia titular. Cf. Mabillon, In ordinem Rom . c. 3 : PL 78. 358s; Patiffol, Lecons, 34. Además, el número de las pobres socorridos por la comunidad: cristiana, que, según Eusebio ascendía a 1.500, demuestra que la división del culto era ya entonces una necesidad. Cf., sin embargo, V. Monachino, La cura pastorale a Milano Cartagine e Roma nel secolo IV (Roma 1947) 279-406) se dió necesariamente, junto a la misa pontifical, en la misma antigüedad cristiana la misa presbiteral (De que los presbíteros efectivamente celebrasen cultos eucarísticos hay pocos testimonios (San Cipriano, Ep. 5 2; cf. 15, 1: CSEL 3, 479 514; San Atanasío, Apol. c. Arianos, c. 85: PG 25, 400 C). Cf., sin embargo, también San Ignacio, Ad Smyrn., 8, 1). Hemos de considerarla como un segundo tipo de celebración eucarística que ha sobrevivido hasta el día de hoy en la forma de la misa cantada. Carecemos casi en absoluto de noticias más concretas sobre este tipo, aunque ya entonces debió de haber sido mucho más frecuente que la solemne asamblea litúrgica del culto divino estacional. Precisamente por su frecuencia y su mayor sencillez, no hubo ninguna necesidad de fijar por escrito su desarrollo. Daríamos con sus características esenciales si supusiéramos que, además de la comunidad de fíeles, intervenían en ella únicamente el sacerdote y un clérigo.
     Este segundo clérigo solía ser un diácono. San Crisóstomo habló una ves de cristianos ricos que, siendo dueños de pueblos enteros, no levantaban en ellos templos; les pide que construyan iglesias y procuren dotarlas de un sacerdote y diácono, para mantener el culto divino y para que los domingos pueda haber misa (San Crisóstomo, In Acta ap., hom. 18, 4s; pg 60 147s. Entre los sirios sostuvo la absoluta necesidad del diácono para la celebración eucarística Ischojabh I (+ 596), Cánones ad Iacobum).

El papel del diácono y del lector
     268. En Oriente encontramos aun hoy día al lado del sacerdote un diácono. Lo mismo ocurrió en Occidente hasta muy entrada la Edad Media. San Cipriano supone en sus escritos que los presbíteros que visitan a los cristianos encarcelados para celebrar con ellos la Eucaristía van acompañados siempre de diáconos (San Cipriano, Ep. 5, 2:  Cf. también las palabras que, según San Ambrosio (De off., I. 41: PL 16, 84), dijo San Laurencio a San Sixto: Quo, sacerdos sáncte, sine diacono properas?). También en la correspondencia de San Gregorio Magno se trata a menudo de la conveniencia de que se ordenen presbíteros y diáconos para las iglesias que no tengan obispo (Ep., I, 15 78; II, 43; IV, 41, etc. Remigio de Auxerre (Expositio: PL 101, 1247 D) se apropia todavía la palabra de San Isidoro (De eccl. off., II, 8, 3: PL 83, 789): presbyter sine diácono nomen habet, officium non habet.). Pronto, sin embargo, clérigos de grados inferiores reemplazaron al diácono (Además del diácono podía haber también otro clérigo. Así, por ejemplo, prueban las inscripciones encontradas en Grottaferrata que en la comunidad rural de allí había un presbítero, un diácono, un lector (que al mismo tiempo hacía de exorcista) y un exorcista; véase J. P. Kirsch, «Rom. Quartalschrift» 30 (1922) 99; Brinktrine, Die hl. Messe, 43, nota 1). Esto se veía en Roma como lo más natural, puesto que su ministerio resaltaba apenas aun en las misas episcopales, ya que su oficio característico de rezar alternando con el pueblo no se estilaba gran cosa y, por otra parte, el celebrante mismo pronunciaba las pocas invitaciones principales al pueblo para la oración y el ósculo de paz. A esto se añadió en la misma ciudad de Roma, como también en otras, la limitación del número de los diáconos a siete, siguiendo fielmente el ejemplo de la Sagrada Escritura (Act 6,3). Así parece que aun en las iglesias titulares servía, por regla general, un lector al altar (Epitafios de lectores de los siglos IV y V, con indicaciones sobre su colocación (donde aparecen las iglesias titulares de San Eusebio, Santas Fasciola, Pudentiana y Velabrun), véanse en E. Diel, Lateinische altchristliche Inschriften, 2a. ed. (Kleine Texte, 26-28) (Bonn 1913) p. 8s. En el campo se mantuvo el oficio del lector por más tiempo; véase el sínodo de Vaison (529), can. 1 (Mansi, VIII, 726). Cf. W. Croce, Die Niederen Weihen und ihre hierarchische Wertung (ZkTh 1948. 257-314) 269s 282), y más tarde un acólito (Al contrario de los diáconos, subdiáconos, notarios y defensores, los acólitos, lo mismo que los lectores, estaban al servicio de una iglesia titular determinada, convirtiéndose en tiempo de San Gregorio Magno en verdaderos «auxiliares» (B. Fischer. Der niedere Klerus bei Gregor dem Grossen [ZkTh 1938, 37-75] 64). Cf. Diehl. p. 10s: acólitos de Vestina, Clemente, Capua), que recitaba o cantaba una de las lecciones, mientras el sacerdote se reservaba el evangelio por su mayor dignidad (En el Ordo de S. Amand (Duchesne, Origines, 497), vemos que en la primera misa que celebra el misacantano en su iglesia titular (con el privilegio de tener su asiento al lado del altar y cantar el Gloria), él mismo (paranimfus presbyter) canta el evangelio). El acólito ayudaba también al sacerdote a recibir las ofrendas durante su entrega procesional, disponiéndolas para el sacrificio; más tarde partía el pan consagrado junto con el sacerdote y distribuía con él la comunión.

Los cortes en la misa presbiteral
     Las líneas generales del acto litúrgico son las mismas que en la misa del obispo; el sacerdote reza íntegramente los textos del sacramentario, pero se suprimen los cantos de la escolanía, cuya actuación quedó reservada a la misa pontifical, es decir, se suprimieron además del introito, que por no haber entrada solemne no tenía objeto, el ofertorio y la comunión (Así también Mabillon, In ordinem Rom., c. 4: PL 78, 863; Eisenhofer, II, 9. En el siglo IX, en los antifonarios no estaban aún previstos cantos para las misas de difuntos. El que éstos podían faltar también en otras ocasiones, lo demuestra todavía en el siglo XI el Ordo para enfermos del pontifical de Narbona (Martene. 1, 7, XIII [I, 892]); contiene la antemisa y la parte de la comunión, pero sin cantos), lo cual significa que en la misa presbiteral sobrevivió durante algún tiempo el rito primitivo, como ocurre hoy día en la misa del Sábado Santo. En caso de necesidad, cuando no se disponía de otro ayudante, el acólito tenía que cantar también los salmos y cantos entre las lecciones, a las que respondía el pueblo, haciendo de este modo de salmista (Pero a lo menos se encuentra un vestigio en Juan de Avranches, De off. eccl: PL 147, 32 C; de los dos acólitos necesarios para la misa solemne se dice: unus qui cantet gradúale et deferat candelabrum, alter qui «Alleluia» et ferat thuribulum. Costumbres semejantes existían en Ruán todavía en el año 1651 (PL 147, 73 D). Contestar al sacerdote cuando invitaba a la oración fue siempre oficio de la comunidad entera, así como cantar los cánticos del ordinario, de los cuales hasta el siglo VI no existía más que el Sanctus

La misa propia de los conventos
     269. Este modo de celebrar la misa se ajustaba perfectamente a las condiciones de los conventos monacales de principios de la Edad Media, en los que la mayor parte de los monjes eran legos. Efectivamente, las ramas más conservadoras de la orden de San Benito del siglo XI permiten reconocer aun hoy día en su misa conventual la antigua misa presbiteral. La liturgia de los cartujos ignora, por ejemplo, el oficio del subdiácono; únicamente el diácono asiste al celebrante. Para leer la epístola se levanta en el coro un monje designado para este ministerio y se acerca al altar. Una costumbre semejante existía, y existe en parte aún hoy día, en los cistercienses, por lo menos en el rito ferial de sus misas conventuales y tal vez también en otras ocasiones (Cf. Juan de Avranches, De off. eccl.: PL 147, 33, donde se dice igualmente: subdiaconus vero, excepto tempore ministrationis suae, in choro maneat. Con todo, interviene ya más veces). 

La misa en el campo
     270. En las iglesias rurales y capillas que los grandes señores tenían en sus fincas, tal modo de celebrar la misa era el único posible. Pero no hay más que vestigios muy borrosos en las fuentes antiguas de que efectivamente se celebraba en el campo la misa de esta manera y que en ella ayudaba un clérigo; vestigios borrosos, pero al fin vestigios. La Admonitio synodalis (Llamada también Homilía Leonis (IV, + 855), que data del siglo IX, exige que omnis presbyter clericum habeat vel scholarem, qui epistolam vel lectionem legat et ei ad missam respondeat, et cum quo psalmos cantet (Una prescripción semejante se atribuye al concilio de Nantes en el siglo IX). Es evidente que este canon se refiere en primer lugar al oficio divino parroquial y, por lo tanto, a la misa cantada. La palabra respondeat parece indicar que el pueblo ya no contestaba al celebrante en la misa (Esta prescripción de la Admonitio señala también la manera como se formaba la mayor parte del clero durante la Edad Media. Expresamente se refiere a esto el concilio de Vaison (529), can. 1 (Mansi, VIII, 726s), mandando que el párroco mantenga iuniores lectores y los instruya. Para la época posterior cf. R. Stachnik, Die Bildung des Klerus im Frankenreiche (Paderborn 1926) especialmente p. 56s).
     Un sínodo de Maguncia del año 1310 trata expresamente del culto divino en las parroquias rurales, censurando el abuso de que el sacerdote por falta de clérigos celebrase la misa sine ministri suffragio, y ordena que no se celebre misa, ni siquiera en el campo, sin la ayuda por lo menos de una persona digna de confianza que sepa leer y cantar (
Una disposición semejante del sínodo de Colonia del mismo año dice en su canon 17 (Mansi XXV, 23): Solamente pueden emplearse litterati qui in defectu respondentis ad altare cum camisiis lineis assislant). Aunque para estos casos de necesidad se declaraba suficiente la intervención de un seglar instruido, el misal actual pone como norma que en la misa cantada sin diácono y subdiácono algún lector con el sobrepelliz puesto lea la epístola (Ritus serv., VI, 8. R. Saponaho, Estne munus in missa privata mivistrandi clericorum proprium?: «Periódica de re morali canónica, litúrgica», 28 (1939) 369-384. En la p. 380s enumera varios sínodos del final del siglo XVI, que piden aun para la misa privada, con más o menos insistencia, un clérigo como ayudante).
     De esta manera la misa cantada, tal cual la encontramos como forma predominante del culto divino parroquial, es la continuación vigorosa de la misa presbiteral antigua.

Natural tendencia a imitar la misa solemne
     271. Tampoco en ella dejó de sentirse el afán de imitar lo más posible la misa del obispo. Puesto que los sacramentarios, destinados en primer lugar a las misas pontificales, determinaban también el culto divino de las iglesias titulares, en la misa presbiteral debió de encontrarse ya en la antigüedad cristiana el rito inicial de los kiries y la oración antes de las lecciones. Además, pronto abogaron también por la Inclusión de los cantos antifonales, que eran tan sólo rezados en voz baja por el sacerdote, ya que el cantarlos, si no lo hacia el celebrante mismo (Debió de existir la costumbre de cantar el sacerdote estas piezas en el altar. Wagner (Einführung, I, 194, nota 1) habla de "numerosos manuscritos» que, al lado de las oraciones sacerdotales, contienen también los cantos con sus melodías. Efectivamente, ejemplos de esta clase de los siglos XI-XIII se hallan registrados en Ebner, 134 268 270 278; Kock, 3. Notas sobre sitios fuera de Italia donde se han encontrado estos sacramentarios, en Ebner, 361s. Un ejemplo en que solamente la misa de desposorios contiene neumas, 1. c., 48), resultaba imposible en la mayor parte de los casos (Hacia fines de la Edad Media hubo caso en que todos los domingos se cantaba la misma misa votiva, que los cantores sabían ya de memoria. El sínodo de Maguncia del año 1549 (c. 61; Hartzheim, VI, 579) no quiso inquietar a aquellos qui peculiaria singularum dominicarum officia propter cantorum paucitatém observare non valentes, officia de Trinitate et de Spiritu Sancto aut, quod decentissimum erat, de resurreetione Domini diebus dominicis servaverint. Cf. Franz, 151. Aun hoy, por semejantes motivos se puede encontrar en parroquias rurales que no quieren renunciar en los días laborables a la misa cantada la misa de Requiem diaria, que, además, tiene la ventaja de que no hace falta cantar ni Gloria ni Credo), y sigue aún hoy imposible (Ya que decretos modernos de la Sagrada Congregación de Ritos exigen expresamente que en la misa cantada siempre se canten todos los textos prescritos por el coro, se insinúa últimamente como solución el que las melodías gregorianas puedan substituirse por la recitación salmódíca o sencilla; asi, p. ej., St.-Póltener Diózesanblatt 1944)
     Esta misa presbiteral debió de seguir durante toda la Edad Media la evolución de la liturgia de la misa solemne por lo que se refiere a la sucesiva inclusión en el texto del Gloria, Credo, Agnus Dei, las oraciones que durante el ofertorio y la comunión se rezan en voz baja, incensaciones y, finalmente, las ceremonias del ósculo de paz. No podía ser de otra manera, ordenando como ordenaba la ley general que en lo que se referia a la celebración de la misa siguieran todas las iglesias a la catedral o Iglesia metropolitana.

LAS IGLESIAS PARROQUIALES IMITAN EL CULTO SOLEMNE CATEDRALICIO 
     Existen también testimonios de que las iglesias parroquiales imitaban el culto de las metropolitanas en lo que se relacionaba con el oficio divino. Sobre todo, a fines de la Edad Media, el culto divino de las grandes parroquias se parecía mucho al culto de las colegiatas. El canto común por los clérigos iba unido a la celebración repetida de las misas públicas (La recitación pública de las horas canónicas fué inculcada como deber del clero parroquial, p. ej., en el sínodo de Tréveris (1238), can. 30 (Hartzheim, III, 560): in parochialibus ecclesiis pulsentur (et cantentur) horae canonicae (las palabras entre paréntesis son dudosas). Una disposición dada en 1245 en Ruán pide quoa quilibet sacerdos in parochia sua seu capellanus in capella sua dicat matutinas de nocte et omnes horas horis competentibus, vid. Primam mane, post Tertiam missam, et post Sextam et Nonam, et pulset horis debitis ad quamlibet horam (A. Roskovány, Coelibatus et Breviarium, V [Budapest 18611 62). Cuando el párroco que vivía solo no podía cantar las horas a su tiempo, debía procurar que lo hiciese un escolar (Decretales Gregor., ni, 41, 1 [Friedeerg, II, 635). Algo semejante insinúa ya el Capitulare de 801 (MGH, c. 1, 238): «Los párrocos deben instruir a sus escolares lo suficiente para que sepan cantar en su lugar, cuando haga falta, la tercia, sexta, nona y vísperas». Algo semejante escribe Alcuino en una carta a Arno en el año 79S (MGH, Ep. Karol, Aevi. II. 278) y Regino, De synod. causis, I, 208: PL 132, 229. Más vestigios, en parte aún más antiguos. véanse en H. Leclercq, Gallicane (Liturgie), XIV; paroisses rurales: DACL 6, 561s; cf. e. o. el sínodo de Tarragona (516), can. 7 (Mansi, VIII, 542 D). Los domingos pertenecían los maitines, laudes y vísperas en muchos sitios, hasta el siglo XVIII, al culto parroquial, véase E. Hegel, Liturgie und Seelsorge in der Zeit der Aufklarung- «Theologie und Glaube» (1934) 105.) En ellas se distinguía un summum officium diario, punto culminante, lo mismo que la misa mayor en las colegiatas, del culto divino matutino, que admitía diversos grados de solemnidad. Al empezarlo se formaba una procesión, en que los clérigos llevaban las reliquias de los santos. La introducción de la música polifónica en el culto divino de las parroquias es el último anillo en la cadena de esta evolución.
P. Jungmann, S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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