martes, 22 de octubre de 2013

La Urbanidad


     La urbanidad es una virtud porque supone el olvido de sí mismo en el esfuerzo y el sacrificio.
     La urbanidad es una de las formas exquisitas de la caridad mandada por el Hijo de Dios.
     Las buenas maneras y la civilidad fueron tal vez conocidas de los paganos; la urbanidad es cristiana de origen.
     Donde el cristianismo no existe o ha dejado de existir, la urbanidad se ausenta, o llega a ser no sé qué gracia fingida, que no es otra cosa sino la máscara de la hipocresía y del fraude.
     Sé discreto en tu lenguaje y en tus maneras, y que toda tu persona sienta el respeto de los demás.
     Evita esa espontaneidad exagerada del joven poco reflexivo que hace y dice tantas tonterías.
     Para ser cortés, sé humilde y modesto y sabe mantenerte siempre en el lugar que te corresponde.
     Respeta a los ancianos y a las mujeres, a todos los que te son superiores por su edad o su debilidad, su posición o su virtud.
     Evita ser obsequioso hasta lo servil; pero sé atento y servicial.
    Aprende a mezclar en tu urbanidad esta otra virtud hermosa: la atención, que presiente y adivina lo que puede ser útil y agradable a los demás.
     Y no creas que eso sea bagatela indigna de ocupar tu alma. El Apóstol ha dicho: "Que vuestra reserva sea conocida de todos y que vuestra conversación honesta edifique a todos. El cielo tiene fijas las miradas en vosotros"...
     Los hombres se ofenden por nuestra indiferencia y no quieren admitir que alguien se enfade o se aburra con ellos. Interésate en todo lo que corresponde a aquellos con quienes tú vives, con quienes tú te encuentras. Este interés no es una hipocresía, es también una virtud social y cristiana.
     Si te es preciso censurar y reprender, hazlo con humildad y dulzura, y si es posible, en forma muy amable.
     Si te espreciso censurar y reprender, hazlo sin herir, con suavidad, con la suavidad en la palabra de un corazón en donde reina Cristo.
     En resumen, para ser cortés, sé caritativo, este es el gran secreto, porque, como también lo dijo el Apóstol: "La caridad es paciente, benigna y olvidadiza de sus propios intereses; ella lo soporta todo, lo sufre todo, es toda para todos y no tiene más que una ambición: la de ganar todos los corazones para dárselos a Dios".

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