miércoles, 16 de octubre de 2013

Vis sanu fieri?

¿Quieres ser curado?
     Podría, quizá, parecer impertinente la pregunta.
     Y, sin embargo, no lo era. El divino Maestro sabía muy bien por qué la hacía.
     Es tan fácil engañarme a mí mismo acerca de las disposiciones de mi voluntad...
     ¿Quiero realmente, sinceramente?
     Si así es, entonces quiero también los medios con los cuales ha de realizarse mi deseo. Y en la práctica, cuando tengo que echar mano de esos medios, descubro que, desgraciadamente, mi querer no era sincero, ni absoluto, ni eficaz.
     Mi querer, muchas veces, no es más que un querría veleidoso y falaz.
     Las tres clases de hombres propuestas por San Ignacio son siempre actuales.
     Los que querrían..., pero no ponen los medios.
     Los que querrían..., pero sólo ponen algunos medios ineficaces.
     Los que quieren realmente: ponen los medios, aunque esos medios sean costosos a la naturaleza, duros, difíciles.
     ¿Quiero ser santo?
     Cuántas veces he respondido: sí.
     ¿Ese querer mío es absoluto, es sincero?
     La fidelidad con que abrazo los medios para santificarme prueba la sinceridad de mi querer.
    Pero, ¡ay!, Señor, que a cada paso me sorprendo y compruebo que mi propósito, que yo creía una voluntad sincera, decidida e inquebrantable, no era más que una triste veleidad engañosa.
     Yo también—muchas veces—, como la primera clase de aquellos hombres propuestos por San Ignacio, voy retardando con mil pretextos, más o menos razonados, el cumplimiento de lo que he visto ser necesario para mi santificación.
     Yo también—otras veces—, como los hombres de la segunda clase, me engaño vergonzosamente a mí mismo —queriendo, además, engañarte a Ti— echando mano de pequeñas artimañas rebuscadas para satisfacer mi conciencia y disimular mi veleidad: y, mientras tanto. no hago nada serio para mi santificación.
     Algunas pocas veces llego a la generosidad y a la voluntad enérgica de los hombres de la tercera clase: los únicos que realmente quieren, los únicos que sinceramente se entregan, los únicos que pueden llegar a ser santos.
     Desear ser un santo es cosa bien fácil. Pero querer de veras ser santo, con un querer decidido a todo, con un querer absoluto, sin condiciones de ninguna clase, qué raro es y qué difícil.
     Yo quiero ser santo, Señor. Pero bien veo que no lo seré jamás si Tú no fortificas esta voluntad mía, enfermiza y débil, voluble y tornadiza, cobarde y perezosa.
 Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

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