miércoles, 9 de octubre de 2013

SERMÓN DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN FELIPE Y SANTIAGO

Tema: He aquí cómo son contados entre los hijos de Dios (Sap. 5, 5)

     1. Hoy es la fiesta de dos apóstoles gloriosos. Y si de un apóstol se hace gran solemnidad, será mucho mayor la conmemoración de dos apóstoles. Si Dios quiere, encontraremos buena doctrina para aprender la virtud, para corrección de nuestros pecados y para la reforma de nuestra vida. Saludemos a la Virgen María: Ave María.
     2. Como declaración del tema e introducción a la materia, hay que saber que entre todos los santos que existieron desde el principio del mundo y existirán hasta el final, los apóstoles se llaman hijos de Dios por excelencia. Aunque todos los santos y personas devotas pueden llamarse y son hijos de Dios, sin embargo, los apóstoles merecen este apelativo con más propiedad y sobre todos los demás. La razón es porque la filiación divina es producida en el hombre por la vida espiritual, que se tiene por la gracia y la presencia del Espíritu Santo. De lo contrario, por más grande que sea el hombre, prelado, maestro o graduado, si no tiene vida espiritual no es hijo de Dios, sino enemigo. De la misma manera que el feto no tiene razón de filiación humana hasta que se le infunde el alma racional, que completa la vida humana y le da el ser especifico. Puede citarse aquí aquel milagro que hizo San Pedro Mártir con el fruto monstruoso de una mujer.
     3. Está claro, pues, que la filiación humana proviene del alma racional, y cuando el alma se separa del cuerpo por la muerte, aquel cuerpo ya no se llama propiamente hijo o hija vuestro. Así también, aunque el hombre fue engendrado por Dios en el bautismo y confirmado, aunque sea un gran señor, si no tiene vida espiritual y no habita en él el Espíritu Santo por la gracia, no puede llamarse hijo de Dios. Mas cuando, después del bautismo y la confirmación, vive la vida espiritual, preocupándose más del alma que del cuerpo, y tiene dolor de sus pecados pretéritos y precaución para los futuros, es hijo de Dios. Dice la Escritura: Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios (Rom. VIII, 14). Otra autoridad del antiguo Testamento. Hablando David de las personas que llevan vida espiritual, dice: Yo dije: Sois dioses; todos vosotros sois hijos del Altísimo (Ps. 81, 6). Sois dioses, no por naturaleza, sino por participación.
     4. Vengamos ahora a nuestro propósito. Es cierto que entre todos los santos, los apóstoles llevaron una vida espiritual más excelente y estuvieron más llenos del Espíritu Santo. Es doctrina clara en teología que Cristo es la fuente de todas las gracias espirituales. Por tanto, los santos que estuvieron más cerca de Cristo fueron los más espirituales, porque quien más se acerca a la fuente espiritual, que es Cristo, es más espiritual. Ahora bien, entre todos los santos que existieron antes de Cristo y después de Él, los que estaban más cerca del Señor eran los apóstoles, pues estaban con Él, comían y bebían con Él. Por tanto, fueron más espirituales y, en consecuencia, más santos. Fíjate en una semejanza: compara los dedos cortos de la mano con el más largo. Los santos patriarcas que existieron antes de Cristo fueron santos y espirituales; pero fueron más santos y más perfectos los profetas, los cuales estuvieron más cerca de Cristo. Y entre éstos, el más santo fue Juan Bautista, que fue el más cercano a Cristo, y lo bautizó en el Jordán. Por eso dijo Cristo: Entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista (Mt. XI, 11). Y la Virgen María fue la más espiritual de todos, porque fue la más allegada a Cristo, y lo llevó en su seno durante nueve meses. Después de la Virgen, los mayores, más espirituales y más llenos del Espíritu Santo fueron los santos apóstoles. Después, los mártires y los santos confesores. Por último, llegamos nosotros, que nada valemos y somos como labrusca en las viñas. Por eso decía el Apóstol: Nosotros tenemos las primicias del Espíritu. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom. VIII, 23, 16). Bien dice el tema de los apóstoles: He aquí [la razón] cómo son contados entre los hijos de Dios estos dos apóstoles.
     5. Si la vida de un apóstol da materia para un largo sermón, ¿cuánto más la vida de dos apóstoles? Por eso hablaré sólo un poco de cada uno.
     En San Felipe he encontrado tres señales de la divina filiación:
     Primera: Amor espiritual.
     Segunda: Predicación evangélica.
     Tercera: Pasión de mártir.
     6. Respecto a la primera, el amor que San Felipe tenía a sus parientes y amigos era todo espiritual. El primer apóstol llamado por Cristo fue Felipe. Díjole el Señor: Sigúeme (lo. 1, 43). A ningún otro, hasta ese momento, habia hecho el Señor semejante invitación. Felipe, iluminado e instruido por Cristo, quiso llevar también a su hermano, no para ganar lo temporal, sino para salvar su alma. Y fue a buscar a su hermano Natanael, doctor de la ley. Habiéndole encontrado, le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús; ven y verás (lo. 1, 45, 46). Lo llevó a Cristo, diciendo en su interior: Señor, así como me iluminaste y convertiste, ilumina y convierte a mi hermano. Me place, dijo Cristo. Y declaró sobre Natanael: He aquí un verdadero israelita, en el que no hay engaño. Díjole Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús: Antes que Felipe te llamase, te vi cuando estabas debajo de la higuera (lo. 1, 47-48). Entonces Natanael, iluminado y convertido, dijo a Cristo: Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (ibíd., 49). En esto se señala el amor espiritual de San Felipe por su hermano.
     7. Y en esto mismo fallamos nosotros, porque todo nuestro amor a los parientes y amigos es carnal. Amamos los cuerpos, honores, oficios, comer y beber, reír y jugar. Hay muy pocos que tienen amor espiritual a las almas de sus prójimos induciéndolos a la buena vida. Y Cristo mandó a todos: Esto os mando: que os améis mutuamente. Señor, ¿con qué clase de amor? Como yo os he amado, con amor espiritual (lo. 15, 12). Por tanto, el buen esposo debe amar a su esposa no sólo con amor carnal, sino también con amor espiritual. Porque si un varón es bueno y devoto, siendo su esposa vana y amiga de pompas, debe el varón darse buenas mañas para atraerla a Cristo; y, viceversa, la mujer debe atraer a Cristo al esposo descarriado, y a los parientes, a los hijos, enseñándoles a santiguarse, a orar etc. También debe dar facilidad para oír la misa, confesarse, etc. El vecino atraiga al vecino, el socio a su compañero, el religioso al religioso, y el clérigo al clérigo. Este es el amor espiritual, bueno y santo, del que dice la Escritura: El esposo y la esposa dicen: Ven (Apoc. 22, 17). El esposo es Cristo, y la esposa, la Iglesia. Ambos dicen: Ven al paraíso y abandona el camino del infierno. ¿Caminas por la senda de ia soberbia, que conduce al infierno? Ven por el camino de la humildad, y así en lo demás. Y el que escucha, obedezca la palabra de Cristo y diga a su hermano: Ven.
     8. El segundo signo de la filiación divina de San Felipe fue la predicación evangélica o apostólica. Después que vivió espiritualmente con Cristo durante largo tiempo, al fin, cuando Cristo subió a los cielos y recibieron el Espíritu Santo, Felipe, recordando las palabras de Cristo: Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, Samaría y hasta lo último de la tierra (Act. 1,8), comenzó a predicar en las plazas y calles de la ciudad de Jerusalén, consiguiendo gran fruto y convirtiendo a muchos a la fe de Cristo. Después visitó y predicó en las villas y castillos de toda la Judea. Pasó luego a Samaria y, por último, al Asia, que es la mayor parte del mundo. Dice la historia que no se pueden enumerar las almas que convirtió a la fe. Y es que Felipe quiere decir "boca de lámpara", por su brillante predicación. La lámpara tiene la boca ancha, está llena de aceite y es clara para iluminar. La boca de Felipe fué ancha para predicar en todas partes; llena de óleo medicinal para convertir a muchos pueblos y claro para iluminar los corazones de las gentes. Dice el profeta: Si sabes distinguir lo precioso de lo vil, seguirás siendo mi boca; todos se volverán a ti, no serás tú quien te vuelvas a ellos (Jer. XV, 19). Esta cosa preciosa es la fe católica; lo vil es el error y la idolatría. San Felipe hacía esta separación en su predicación. Lo precioso es la virtud; lo vil, el vicio. La soberbia y la humildad, la avaricia y la liberalidad, lujuria y castidad, etc. Felipe separaba lo precioso de lo vil, porque convertía al soberbio y lo hacia humilde, y así en lo demás. Por eso continúa el profeta: Todos se volverán a ti, es decir, a la fe que tú predicas. No serás tú quien te vuelvas a ellos, a sus sectas y errores.
     9. Al llegar aquí se nos plantea la siguiente cuestión: ¿Cómo un hombre sencillo según el mundo convertía tantos pueblos? Estos pueblos estaban inveterados en sus malas sectas, y de repente creían y se convertían a Cristo. Los que estaban habituados al pecado, se convertían de repente a la virtud. Y ahora, que somos tantos predicadores, no podemos convertir un infiel, y los fieles se pervierten. Los apóstoles convirtieron casi el mundo entero, pues su clamor resonó en toda la tierra; ahora muchos se han pervertido.
     Como respuesta a esta cuestión, ten en cuenta que los apóstoles poseían tres cualidades, con las que no es extraño que convirtieran las gentes: en primer lugar, su doctrina era celestial; la nuestra es todo lo contrario. Por ser celestial, la doctrina de los apóstoles inclinaba al amor de Dios y de las cosas celestiales. Pero la doctrina de muchos de entre nosotros es de los poetas condenados. ¿Cómo podrá salvar? Halaga los oídos con sones armoniosos, pero no mueve los corazones. La doctrina evangélica y celestial tiene propiedades contrarias: no tiene las cadencias de la doctrina poética, pero penetra en los corazones, ilumina el entendimiento e inflama la voluntad. Pongamos un ejemplo: por ley de la naturaleza, el agua asciende tanto cuanto desciende. Si procede de una fuente muy baja, no puede subir. Así ocurre con la doctrina evangélica, procedente de un principio altísimo: de aquella fuente de la que dice el Eclesiástico: La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas (Eccli. 1, 5). Por eso hace subir hasta el cielo a la persona que predica y a la que escucha y practica la predicación. El agua de la doctrina de los poetas procede de la fuente que es el humano entendimiento; ¿cómo podrá hacerte subir al cielo? Por eso decía Cristo: Quien bebe de esta agua [de la filosofía, en sentido alegórico] volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le diere no tendrá sed jamás (lo. 4, 13-14). Y porque San Felipe predicaba la doctrina celestial y evangélica y disputaba sin recurrir a la filosofía, sino con sencillez, exponiendo las verdades de la fe, las gentes creían y se convertían, según la palabra de Cristo: Yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios (Lc. 21, 15).
     10. La segunda razón es porque los apóstoles llevaban vida espiritual y no se preocupaban de los bienes de este mundo. Las gentes se decían: ¿Qué quiere este hombre? ¿Quiere riquezas o dignidades? Y respondían: No. Pues ¿qué busca? No otra cosa sino la gloria de Dios y la salvación de las almas. Además, los apóstoles ayunaban, hacían grandes penitencias, afligían su cuerpo, evitaban las familiaridades... Nosotros no sabemos predicar sino por vanidad, para exhibirnos, para ser alabados o ganar dinero, para adquirir amistades... No es ésta la vida espiritual. Si hacéis esto, en mala hora entrasteis en religión. Aunque una carta del rey o del papa esté bien compuesta y adornada de retórica, no le deis crédito si no lleva el sello. Un sermón con mucha retórica y muy ordenado es como una carta real o papal; si el que predica carece del sello de la buena vida, nadie le cree. Esta es la causa por la cual no se convierten ahora los infieles y pecadores. Los apóstoles eran espirituales, y lo que decían de palabra lo cumplían en sus obras; por eso se les daba crédito. Dice San Pablo: No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí (Rom. 15, 18).
     11. Tercera razón: no sólo tenían doctrina celestial y vida espiritual, sino que hacían obras divinas, milagros. Porque cuando predicaban sobre los artículos de la fe: de la Trinidad, encarnación, pasión, resurrección, ascensión, aducían no sólo las pruebas de autoridad de la Escritura, sino también la prueba evidente y clara de los milagros. No es extraño que las gentes se convirtieran. Por eso dice de ellos: Se fueron y predicaron por todas partes, cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las señales consiguientes (Mc. 16, 20). Ahora os referiré algo muy singular que le ocurrió a San Felipe. Predicando por Siria, llegó a una ciudad en la que había un terrible dragón que con su aliento, salido como de un horno ardiente, corrompía toda la ciudad y mataba a muchos. Llegó Felipe y dijo: Creedme, romped esa estatua y adorad en su lugar la cruz de Cristo, y vuestros enfermos sanarán, y los muertos resucitarán. Entonces comenzaron a clamar, diciendo: Haz que sanemos; romperemos al instante la estatua de Marte. Entonces el Santo ordenó al dragón que se retirara al desierto y que a nadie dañara, y se retiró para nunca más aparecer. Felipe sanó a todos y volvió a la vida a tres muertos por el dragón. Y habiendo creído todos, les ordenó sus presbíteros y diáconos.
     13. El tercer signo de la filiación divina es la pasión de mártir, pues sufrió el martirio por Cristo. Habiendo predicado y convertido muchos pueblos, cuando tenía ya ochenta y siete años, fue apresado por los infieles y crucificado como su Maestro Jesucristo. Después de crucificado, lo apedrearon. Así emigró su alma al cielo y acabó felizmente su vida.
     Moralmente, hemos de morir nosotros en la cruz de la penitencia. Pues así como la cruz fue aflicción para Cristo y en ella quiso morir, así también la penitencia es la aflicción en la que debemos morir si queremos salvarnos. Por eso dice el Apóstol: Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Gal. 5, 24).

Del bienaventurado Santiago
     14. Veamos ahora la vida del bienaventurado Santiago, que fue muy larga, pero os la resumiré en nueve conclusiones.
     Primera. ¿Por qué se llama Santiago el Menor? Para diferenciarlo de Santiago Zebedeo, hermano de Juan Evangelista, llamado Santiago el Mayor, el cual fué discípulo de Cristo antes que éste. En la religión se guarda también esta costumbre: el que entra antes se llama mayor; y el que entra después, menor, aunque tenga más edad, santidad o dignidad. Por eso decía San Pablo de sí mismo: Yo soy el menor de los apóstoles (1 Cor. 15, 9).
     Segunda. Se llama Santiago "el Justo", por el mérito excelente de su santidad. Según San Jerónimo, estuvo dotado de tanta reverencia y santidad, que no bebió vino ni licores y nunca comió carne.
     Tercera. Se llama Santiago hermano del Señor. Pero ¿cómo puede ser esto, si la Virgen María no tuvo más que un hijo? ¿Por qué se llama hermano del Señor, cuando no era más que consanguíneo, hijo de María Cleofás? Se llama así porque dicen que era muy parecido a Jesús, hasta tal punto que muchos se equivocaban por la apariencia. Y así, cuando los judíos iban a apresar a Jesús, pidieron a Judas una señal para distinguir a Cristo de Santiago. Judas, que los distinguía muy bien, pues había convivido con ellos, dijo: Aquel a quien yo besare, ése es; prendedle (Mt. 26, 48). Tal era su parecido, que San Ignacio de Antioquía, que nunca había visto a Cristo, escribía a San Juan, diciendo: "Si me lo permites, quiero ir a Jerusalén para ver a aquel venerable Santiago, apellidado el Justo, que dicen es muy semejante a Cristo Jesús en su aspecto, en su vida y en su conducta, como si fuera un hermano mellizo. Dicen que si veo a Santiago veo al mismo Jesucristo, en las mismas proporciones corporales".
     Cuarta. Se dice que era hombre de gran devoción y oración. Tantas veces se había arrodillado para orar, que tenía callos en las rodillas, como en los talones. Solamente a Santiago, entre los demás apóstoles, se le permitía entrar en el Santo de los Santos, no para inmolar, sino para orar.
     Quinta. Después que murió el Señor hizo voto de no comer hasta que lo viera resucitado, según dice San Jerónimo. El día de la resurrección, hasta el que nada había tomado, se les apareció el Señor y les dijo: "Preparad la mesa y el pan. Después, tomando el pan, lo bendijo y dió a Santiago: Levántate, hermano mío; come, pues el Hijo del hombre resucitó de entre los muertos".
     Sexta. Fue el primer apóstol que celebró la santa misa, porque los demás le concedieron este honor por la excelencia de su santidad. Pedro celebró su misa en Antioquía, Marcos en Alejandría, y Santiago en Jerusalén. Cuando los apóstoles iban a marchar por el mundo a predicar, se reunieron en concilio para determinar quién debía ser el obispo de Jerusalén, y nombraron a Santiago. ¡Oh, qué honor ser obispo de la ciudad en la que nació el cristianismo, en donde Cristo padeció! Los apóstoles eran todos sacerdotes y obispos, ordenados por Cristo; pero el Señor no determinó que fueran obispos de tal o cual ciudad.
     16. Séptima. Tuvo una paciencia especial. A los siete años de ser obispo llegaron los apóstoles a Jerusalén, en día de pascua, y Santiago les preguntaba las cosas que el Señor había obrado por medio de ellos, y el pueblo les escuchaba. Los apóstoles, y con ellos Santiago, predicaron durante siete días en presencia de Caifas, en el templo de Jerusalén. Hubo muchos judíos que decidieron bautizarse; pero de repente entró un individuo en el templo, clamando: Varones israelitas, ¿qué hacéis? ¿Cómo os dejáis engañar por estos magos? El pueblo se sublevó contra los apóstoles y los quiso lapidar. Subió un hombre al lugar desde el que predicaba Santiago y lo precipitó hacia abajo, quedando cojo. Santiago tenía poder para curar enfermos, y lo ejerció en muchas ocasiones, pero no quiso sanarse a sí mismo, teniendo su mal como divisa de honor, como buen soldado de Jesucristo.
     17. Octava. Fué mártir glorioso. En el año octavo de su episcopado, viendo los judíos que no podían matar a Pablo, porque había apelado al César y había sido enviado a Roma, dirigieron la rabia de su persecución contra Santiago, buscando una ocasión en contra del mismo. Se acercaron a él y le intimaron: Te rogamos que desengañes al pueblo, pues cree que Jesús es el Cristo. Te suplicamos que en la próxima pascua, cuando la ciudad se llene de peregrinos, los disuadas de su fe en Jesús. Todos te obedeceremos, y el pueblo con nosotros dará testimonio de que eres justo y no tienes acepción de personas. Llegado el día de pascua, lo subieron al pináculo del templo, y clamaron: ¡Oh, varón justísimo entre todos, digno de que todos te obedezcan! Dinos qué te parece acerca de Jesús. Entonces Santiago respondió: ¿Por qué me interrogáis acerca del Hijo del hombre? Está sentado en los cielos a la diestra de Diós, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Los cristianos, cuando oyeron esto, se alegraron. Pero los escribas y fariseos se dijeron: Hemos hecho mal en pedirle testimonio de Jesús. Subamos y precipitémosle. Y gritaron: ¡Oh, oh!, erró el justo. Subieron y lo precipitaron, apedreándole, y decían: Apedreemos a Santiago el Justo. El Santo no murió, y puesto de rodillas oraba: Te ruego, Señor, que los perdones, porque no saben lo que hacen. Entonces uno de los judíos, tomando un palo de batanero, le dió un fuerte golpe en la cabeza y le destrozó el cerebro, con lo cual entregó su espíritu al Señor.
     18. Novena. Según Josefo, por el pecado de la muerte del justo Santiago fue destruida la ciudad de Jerusalén y sobrevino la dispersión de los judíos (1. XX Antiq., c. 8). Lo cual ocurrió también antes que por nada por la muerte del Señor, según dice Él mismo: No dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visitación (Lc. 19, 44). Tito, hijo del emperador Vespasiano, tomó la ciudad de Jerusalén y destruyó el templo hasta sus fundamentos. Y así como los judíos compraron a Cristo por treinta monedas, Tito vendía treinta judíos por un dinero, como dice Josefo. Noventa y siete mil judíos fueron vendidos, y más de un millón murieron de hambre y al filo de la espada, según narra el mismo Josefo (L. VIII, De bello judaico).

No hay comentarios: