jueves, 12 de diciembre de 2013

LA PATRIA ESCONDIDA

     HAY en las obras de Chesterton, agudo escritor inglés de principios de este siglo y converso al catolicismo algunos años antes de su muerte, un hermoso libro en que se relata la historia de un hombre afanoso de novedades. A primera vista resulta excéntrico el protagonista, pues da en observar las cosas enrevesadamente, en oposición completa de como las ve cualquier individuo normal. Cada noche, se roba a su mujer de su propia casa y en ello encuentra delicia de renovada y continua luna de miel. Emprende un viaje con verdadera fiebre de aventuras. Y sucédenle muchas, y de las más peregrinas, en los lugares que visita. Y nuestro hombre se maravilla más y más conforme siente irse alejando de su tierra de origen. Después de recorrer países, se da cuenta de que ha vuelto a su patria. Pero aquello es un verdadero descubrimiento, pues nunca le había parecido rica y grande, hermosa y amable y ahora la tiene por superior a todas las patrias que ha visitado.

     Nuestro espíritu —perfilado en la irónica historia de aquel aventurero,— venía padeciendo hambre de renovación. Le enfadaba la vida rutinaria y pasiva que en derredor suyo tenía anquilosadas a grandes almas. Anfora de recias inquietudes, en tanto no tuvo a la vista la perspectiva del viaje, hubo de ensayar allá en sus intimidades la prometedora fuga. Sin importarle siquiera que a los ojos de los demás era un loco, cifró su anhelo en buscar todas las noches aquello mismo con que había despertado por la mañana. Y se abandonó a la sorpresa que pudiesen traerle todas las cosas que desconocía. Y vino a darse cuenta, al cabo de bullicioso desconcierto, de sus poderosos alcances y de sus magníficos tesoros. Porque desfilaron ante sus ojos innumerables contrastes de ruindad y grandeza, le fue posible arribar al insospechado y cabal descubrimiento de sí mismo.
     Las generaciones valientes han merecido llamarse "la patria escondida". Porque irrumpen a través de los cobardes en intrépida resolución. Rechazan convencionalismos degradantes y caducos y se empinan a orientes nuevos y dignos. Se arman de fe y, dejándose matar, aniquilan el hierro. Por sobre los punzantes brotes del odio deslizan su planta y tienden el brazo para la divina siembra del amor. Allí mismo donde se desgarran las carnes y se encharca la sangre, acumulan semilla de virtud. Murmurando su profecía van y vienen, el rostro sonriente, la frente alta y los ojos hundidos en el infinito. Son promesa, esperanza y realización.
     Los pueblos legitimados por la fe nacieron para grandes. Y en ellos se da la bendición de las generaciones heroicas. Y en las generaciones heroicas hay signo de profecía. El profeta canta, como los grandes poetas, excelsos destinos; como el orador, propone reglas de sana convivencia; como el tribuno, defiende los intereses populares. El profeta lleva su mensaje a los humildes; su amenaza a los poderosos ególatras; su maldición a los que profanan y corrompen. El profeta no halaga ni el gusto del pueblo ni el capricho del gobernante; afronta por igual la indiferencia y la persecución. Y con igual entereza entrega su garganta al cuchillo o busca en extraña tierra un triste sepulcro. Pero su verbo queda hirviendo allí a donde señalara el índice. Moisés, para entregar a su pueblo el Decálogo, por cuarenta días vivió de oración y ayuno, en silencio y lejos de los que pedían nuevos dioses. Y el Decálogo se manifestó entre derrumbamiento de ídolos y tormentoso relampagueo. Y el pueblo encontró que los nuevos mandamientos eran simple afirmación de principios que todos llevaban impresos en su corazón. Y, al calor de aquella ley que lo deslumhraba, se dio cuenta de que volvía a sí mismo. Pero fue menester el profeta que le arrojara al rostro anatemas por su desvarío. Y el pueblo de Israel fue grande hasta que votó en el Calvario su tremenda y fatal apostasía.

     Nosotros hemos asistido a la vertiginosa sucesión de maldades encumbradas. El virtuoso ha tenido que resignarse a tragar en silencio la pesadilla de los impíos. Y en más de una ocasión le oímos llorar entre ruinas la tragedia de sus hermanos. Pero también le supimos una esperanza íntima. Junto a nosotros se irguieron hombres oscuros que no sabían decir con la lengua la afirmación de los justos, pero que merecieron escribirla con el fuego de su sangre. Y, como lámparas tercas, abandonadas entre escombros, nos fueron guiando para salir a campo abierto y acertar con el camine. Con el camino que habíamos dejado a nuestras espaldas y que estaba esperándonos para conducirnos al misterioso recinto donde se arman los caballeros. Y ese recinto ha resultado ser nosotros mismos. Que en la intimidad hay crisol y yunque y martillo para fundir espadas y laureles.
     Cuando íbamos navegando fuera de nosotros con alma de aventureros inconformes, llegamos a tropezar con un taller donde se labran cruces y allí dentro hemos hallado al humilde operario que, señalándonos, indica el material con que hagamos la nuestra. El eterno operario que es padre y amigo, maestro y hermano, sabe como nadie los signos de la profecía. Fue a gritarla El mismo en lo alto de la cumbre hoy más conocida y en medio de sus más feroces enemigos. Cuando alguno se atreve a preguntarle con asombro y acaso con incredulidad o desaliento si de aquellos maderos ha de salir algo útil, sin titubeos y sin detenerse ha contestado: "....Hay que terminar los ataúdes de nuestros perseguidores...."
     Por eso nos alegra el término de la travesía, ya que nuestra patria —herencia de grandes padres,— resulta superior a todas las patrias que se nos venían ofreciendo más o menos encantadoras. En el cielo fulgura la estrella que no pensábamos detenernos a contemplar y ahora se ha puesto en marcha delante de nosotros para que nuestros pasos no vuelvan a extraviarse. Ya podemos decir con Don Quijote, aventurero también y el más egregio de cuantos se han dado en nuestra raza: "Yo sé quién soy". Porque PARA VENTURA DE LAS NUEVAS GENERACIONES, ESTAMOS DESCUBRIENDO LA PATRIA ESCONDIDA.
José T. Cervantes

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