domingo, 29 de diciembre de 2013

LA IGLESIA Y LAS BRUJAS

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE
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LA IGLESIA Y LAS BRUJAS

     Continúo la respuesta a su consulta, señor A. F., porque, como ya he dicho, si de hogueras se debe, efectivamente, hablar, no es para los locos, sino para las brujas y los hechiceros.
     Es, ciertamente, una triste página de la historia del cristianismo. Pero, con el habitual realismo, debemos evitar tanto el negar los hechos, como el juzgarlos separándolos de su época.
     No hay duda alguna, ante todo, para justificar las aprensiones de la época, que, en principio, los demonios pueden en efecto actuar maléficamente en el mundo físico y humano —con permiso de Dios—, pues son, por naturaleza, ángeles. Y no hay tampoco duda alguna de que a veces pueden valerse del malvado instrumento que son otros hombres.
     Por consiguiente, en épocas de desarrollo científico todavía escaso y de poco conocimiento del juego normal de las causas segundas en la producción de los fenómenos naturales era de esperar surgiese espontánea en el pueblo la supersticiosa atribución al diablo de tantos fenómenos perjudiciales, que el paganismo atribuía a sus divinidades. En la Edad Media además, con la inundación de las sectas maniqueas que tanta importancia daban al diablo, tenía que aumentar este terror a sus influencias maléficas. El hambre y la propagación de epidemias misteriosas para la ciencia de entonces no podían dejar de fomentar esta psicosis.
     El protestantismo luterano apretó a su vez todavía más la mano. Y realmente Alemania fue el reino mayor de la hechicería.
     Eran abusos perniciosos que no se podían eficazmente detener sino con el desarrollo de los conocimientos científicos, que habrían indicado los límites normales de explicaciones naturales suficientes.
     Eran abusos —tenemos que decirlo para no enorgullecemos de nuestra ciencia— a los que bajo diversos aspectos se contrapone nuestro moderno exceso contrario de no pensar más en el diablo, como si hubiese dejado de existir. Es más, este exceso, pensándolo bien, es peor que el primero.
     La Iglesia no dejó de reaccionar. El concilio de Braga (563) anatematiza a quien cree en el poder del demonio en los fenómenos atmosféricos. Los combate San Agobardo, arzobispo de Lyon (840). De ello escribe San Gregorio VII al rey de Dinamarca (1080), etc.
     Sin embargo, en la misma línea de la lucha contra aquella superstición no podía dejar de incluirse también la lucha contra la hechicería que la fomentaba y que —de hecho— iba aumentando.      Esa lucha era necesaria desde el punto de vista objetivo religioso, por dos razones. Una era la efectiva posibilidad de la influencia del demonio, que no podía excluirse a priori en ciertos casos, dada la existencia del diablo y de su posible relación incluso física con los hombres: comercio e influencia que era preciso, por tanto, impedir.      La otra era el culpable culto dado de todos modos por los hechiceros al diablo con sus ritos mágicos y con sus evocaciones —cualquiera que fuese su efecto real o inventado— y el fomento que esas prácticas procuraban a la superstición más perjudicial.
     A todo esto se añadía un tercer elemento que en ciertas regiones llegó a ser claramente el más importante: el gravísimo desorden social y moral que brujas y hechiceros producían con sus engaños y su solidaria organización.
     Naturalmente, los tribunales de la Inquisición elegidos de intento, dada la imponderabilidad del elemento de acusación fundamental, el trato con el demonio y la ignorancia científica de los hechos explicables naturalmente, se hallaron terriblemente expuestos a los más graves errores procesales. Ni lo peor fue en la Edad Media, sino en los siglos XVI y XVII. Hay que situarse en la psicología de la peste de Milán y del célebre grito: «¡Duro con el del unto!» (En esa peste de 1628 creían que habla personas que esparcían por la ciudad unturas pestíferas. Nota del traductor).
     Y, juntamente con el error, pudo añadirse por demás la interesada maldad de los particulares.
     No sólo por errores procesales, sino por maldad organizada en un tribunal vergonzosamente parcial —que cuidadosamente se mantuvo alejado de toda vigilancia de Roma— subió a la hoguera, acusada también de hechicería, el 30 de mayo de 1431, Santa Juana de Arco.
     Quien creyese, sin embargo, ver en la base de la dolorosa historia de la exagerada caza de las brujas un puro episodio de oscuro fanatismo, además de recordar los susodichos elementos esenciales religiosos que en cambio, efectivamente, entraban en la cuestión, debe reflexionar atentamente sobre el aspecto social y moral antes dicho.
     Recuérdese, por ejemplo, España y la represión de la hechicería y de la magia llevada a cabo por la Inquisición en los siglos XVI y XVII. Escogemos de intento un historiador como Llórente, que en su Historia crítica de la Inquisición de España (cuatro volúmenes, 1817-18) abunda en calumniosas exageraciones contra los rigores de la Inquisición misma, y tiene, por tanto, interés en aminorar los delitos. Según las declaraciones que cita (volumen III, páginas 431-463), ¡había otras muchas cosas que solos ritos supersticiosos!
     Esos ritos se mezclaban con los más vergonzosos actos de inmoralidad. Los hechiceros, después de presentarse como demonios y hacer una parodia de la Misa, de la Confesión y de los demás Sacramentos de la Iglesia y profanar reliquias y objetos sagrados, daban, a cambio de limosnas, polvos misteriosos que despachaban como obra del diablo y que a menudo resultaban venenos, por lo que se les probó eran reos de homicidio. Además solía terminar la reunión con actos de histérica y abominable lujuria. Era el diablo quien se unía carnalmente con los hombres y las mujeres y les mandaba que lo imitasen. «... Los prosélitos del demonio se consideran honrados con ser llamados los primeros a realizar aquellos actos, y es privilegio del rey (de los hechiceros) advertir a sus elegidos, como es privilegio de la reina (de las brujas) llamar a las mujeres previamente elegidas...»
     Sin justificar evidentemente los procesos excesivos que en una u otra parte tuvieron lugar, véase contra qué enorme desorden se había dirigido la justísima batalla.

BIBLIOGRAFIA
Bibliografía de la consulta 41. 
J. Llórente: Histoire critique de l'Inquisition d'Espagne, París. 1817-18. III, págs. 431-63; 
J. Guiraud: Saint-Office. Procés extraordinaires, DAFC., IV, págs. 1.113-4; 
S. Nulli: I processi delle streghe, Turín, 1939; 
N. Turchi: La magia nel Medioevo, EC., VII, págs. 1.828-10; 
G. Apolloni: Stregoneria e Medicina, EC., XI, págs. 1.412-14.
Pier Carlo Landucci
CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE

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