lunes, 15 de septiembre de 2014

EL CARÁCTER NO ES UN REGALO, SINO UN ESFUERZO

¡MUCHACHA! ASI...
Monseñor Dr. Tihamer Toth

I.- FORMA TU CARACTER
II.- SÉ PROFUNDAMENTE RELIGIOSA
III.- SÉ VERDADERAMENTE MUJER
IV.- PREPARA TU PORVENIR

Nihil obstat 
N. M. Negueruela, Censor
Imprimatur 
+ José María, Ob. Aux.  
Vicario General

Primera edición: agosto de 1957 
Impreso en México

A VOSOTRAS...
     muchachas de hoy, os brindo este ramillete de lecturas escogidas con un solo fin: el de llamaros a ser así, esto es, como se debe, para llenar vuestra vida a fuer de 
     Jóvenes de carácter, 
                         Cristianas,
                                 Verdaderamente femeninas 
                                                           Y dueñas de su porvenir.

     Estas páginas orientarán con seguridad vuestros caminos entre tantas erróneas opiniones del mundo acerca de cómo ha de ser la joven.
     A través de ellas veréis claramente que toda muchacha ha de ser ASÍ, como os la he presentado.
María Rosa

ADVERTENCIA
     ¡Muchacha! Así... es una selección de las principales enseñanzas dadas a las jóvenes en los manuales de monseñor Tihamér Tóth, adaptados a las muchachas por María Rosa Vilahur.
     Para apreciar mejor el alcance de las variaciones introducidas, advertiremos:
      Los números o párrafos, cuyo titulo no va precedido de asterisco, reproducen el texto de monseñor Tóth, salvo ligeras modificaciones gramaticales.
      Un asterisco (*) indica que aquel número, conservando la doctrina del autor, ha sido adaptado a las muchachas.
      Son de la adaptadora los párrafos o números precedidos de dos asteriscos (**).
     Confiamos en que esta selección será del agrado de nuestras jóvenes a quienes la ofrecemos.

FORMA TU CARÁCTER

I. EL CARÁCTER NO ES UN REGALO, SINO UN ESFUERZO
     El carácter no es un apellido de alta alcurnia que se hereda sin trabajo.
     El carácter es el resultado de la lucha ardua, de la autoeducación, de la abnegación, de la batalla espiritual sostenida con virilidad. Y esta batalla ha de librarla cada uno por sí solo, hasta que venza.
     Magnífico resultado de la lucha será tu carácter. Lo que significa esta palabra quizá no lo comprendas por completo en este momento. Pero llegará el día en que se descubra ante el divino acatamiento la obra cumbre de tu vida y se muestre, en su sublimidad sin par, tu alma en que tanto has trabajado; entonces se te escapará el grito de entusiasmo, como a Hayden cuando oyó su obra intitulada Creación: «¡Dios mío!, y ¿soy yo el autor de esta obra?»
     “Homines sunt voluntates”, dice con frase lapidaria y admirable San Agustín: «El precio del hombre es su voluntad».
     De día en día crece el número de convencidos de que la escuela actual dedica cuidados excesivos a la cultura de las jóvenes y olvida demasiado la formación del carácter, de la fuerza de voluntad de la joven. Triste realidad: en la sociedad de las mujeres maduras abundan también más cabezas adornadas y emperifolladas que temples de acero; hay más vanidad que carácter. Y, sin embargo, el basamento de un Estado, su piedra fundamental, no es la belleza, sino la moral intacta; no es la riqueza, sino la honradez; ni la veleidad, sino el carácter.
     Hoy, la enorme y casi única enfermedad de la humanidad, semillero de todos los pecados, es la consunción aterradora de la voluntad; hoy, el no tener carácter pasa, en el sentir de muchas, como virtud de prudente adaptación a las circunstancias, y la negación de los propios principios es bautizada con el nombre de discreción, y el perseguir el interés individual se llama interés por el bien común; hoy, la mujer, que con sentimentalismo exagerado se ofende a cada paso, alardea de dignidad personal, y la envidia se viste con la careta de amor a la verdad; hoy se evita todo trabajo y molestia, so pretexto de imposibilidad, y sólo se persigue la comodidad y los goces.
     Sin embargo, aunque pululen muchachas de alma quebrada, sin lastre; muchachas que no sienten interés por ningún problema espiritual; cuya única preocupación es cómo se peinarán y qué traje elegirán, cómo escamotearán un día al estudio, y saber quién es la nueva «estrella» de la pantalla y dónde se dan los más agradables saraos, espero que tú no seas de ésas, amada joven.
     Este libro quiere demostrarte que, a pesar de todo, las que parecen tan alegres, ¡tan despreocupadas!, éstas han de surcar con duro trabajo el camino del carácter si quieren alcanzar la vida digna de una mujer.
     Es la voluntad la que hace al hombre grande o pequeño —digo yo también con Schiller: "Den Menschen macht sein Wille, gross und klein". (La muerte de Wallenstein).
     Y sostengo con el barón de Eótvós, el gran pensador húngaro: «El valor real del hombre no depende de la fuerza de su entendimiento, sino de su voluntad. Quien esté desprovisto de ella no hará sino debilitarse con las grandes dotes intelectuales; y no hay criatura más desgraciada, y algunas veces más infame en el mundo, que una gran inteligencia a la que no corresponde el carácter».
★     ★     
     En la primavera, la jardinera mira sus macetas y queda absorta en la contemplación de los rosales. Como si preguntara: «¿Qué me daréis hogaño?» Pero los rosales le devuelven la pregunta: «Antes dime tú, ¿qué me darás tú a mí?»
     Así está también la joven ante la puerta misteriosa de la vida que la espera: «¡Vida! ¿Qué me darás? ¿Qué es lo que me espera?»
     Joven amada, la vida te devuelve la pregunta, como los retales a su jardinera: «Depende de lo que me des. Recibirás tanto cuanto trabajes y recogerás las mieses de lo que hayas sembrado».
     Verás por propia experiencia que el camino del carácter no es tan llano. Al andarlo, sentirás muchas veces qué voluntad más robusta se requiere para guerrear de continuo contra nuestras faltas, pequeñas y grandes, y para no hacer las paces nunca con ellas.
      Pero, sea como fuere... ¡Yo quiero, quiero! Un «quiero» meditado y profundo lo puede todo.
     El axioma «querer es poder», aplicado al carácter, no es una paradoja más que para la pereza, la inconstancia y la dejadez de espíritu.
     Mas, ¿qué quiero?
     Quiero hacerme dueña de mis sentidos y de mis sentimientos.
     Quiero poner orden en mis pensamientos.
     Quiero pensar antes y sólo hablar después.
     Quiero tomar consejo antes de obrar.
     Quiero aprender del pasado, pensar en el porvenir y para esto hace falta fructificar el presente.
     Quiero trabajar con alma y vida, padecer sin palabra de queja, vivir siempre sin claudicaciones, y un día —con la esperanza de la bienaventuranza eterna— morir con tranquilidad.

     ¿Hay programa de vida más sublime? ¿Hay otro fin por cuya realización valga más vivir?
     Ojalá sean muchas las jóvenes que al leer estas páginas emprendan la elevada tarea de la formación de su carácter.

II. ¿QUÉ ES EL CARÁCTER?
     ¿Qué es el carácter? ¿Qué pensamos cuando decimos de alguien: es una joven de carácter?
     Con la palabra carácter entendemos la adaptación de la voluntad del hombre a una dirección justa; y joven de carácter es aquella que tiene principios nobles y permanece firme en ellos, aun cuando esta perseverancia fiel le exija sacrificios.
     En cambio, es de carácter inestable, de poca garantía, débil o —en último grado— es mujer sin carácter, la que contra la voz de la propia conciencia cambia sus principios según las circunstancias, según la sociedad, según las amistades, etcétera, y traiciona sus ideales desde el momento en que por ellos tiene que sufrir lo más mínimo.
     Con esto ya puedes ver en qué consiste la educación del carácter. En primer lugar, hay que adquirir ideales, principios: después tenemos que acostumbrarnos, con un ejercicio continuo a obrar, según nuestros nobles ideales, en cualquier circunstancia de la vida. La vida moral de la mujer sin principios está toda ella expuesta a continuas sacudidas y es como la caña azotada por la tempestad. Hoy obra de un modo, mañana se deja llevar por otro parecer. Antes de todo, pues, pongamos principios firmes en nuestro interior; después adquiramos fuerzas para seguir siempre lo que hemos juzgado justo y recto.
     El primer deber que te incumbe es formar principios rectos en tu alma. ¿Cuál es, por ejemplo, el principio recto en el estudio? «He de estudiar con diligencia constante, porque he de pulir las dotes que me fueron dadas según la voluntad de Dios». ¿Cuál es el principio justo respecto a mis compañeras? «Lo que deseo que me hagan a mí he de hacerlo yo también a las otras». Y así sucesivamente. En todo has de tener principios justos.
     El segundo deber —ya más difícil— es seguir los principios justos; es decir, educarte para una vida de carácter.
     El carácter no se da gratis, sino que hemos de alcanzarlo por una lucha tenaz de años y decenas de años. El aire del ambiente, cualidades heredadas, buenas o malas, pueden ejercer influencia sobre tu carácter; pero, en resumidas cuentas, el carácter será obra personal tuya, el resultado de tu trabajo autoeducativo. La mujer recibe dos clases de educación: una se la dan sus padres y la escuela; la otra —y ésta es la más importante—, el propio trabajo autoeducativo.
     ¿Sabes qué es educación? Inclinar nuestra voluntad de suerte que en cualquier circunstancia se decida a seguir sin titubeos y con alegría el bien.
     ¿Sabes qué es educación? Dar al cuerpo y al alma toda la belleza de que son susceptibles, dice el divino Platón. Tú, que como mujer amas todo lo bello, debes empeñarte en alcanzar para ti toda esa belleza.
     ¿Sabes qué es el carácter? Un modo de obrar siempre consecuente, cuyos móviles son principios firmes; constancia de la voluntad en el servicio del ideal reconocido como verdadero; perseverancia incontrastable del alma en plasmar el noble concepto de la vida.
     Así verás que en la educación del carácter lo que resulta difícil no es tanto el formular rectos principios para la vida, que esto se consigue con relativa facilidad, cuanto el persistir en ellos a través de todos los obstáculos. «Es uno de mis principios y me mantengo en él, cueste lo que costare». Y como esta firmeza exige tantos sacrificios, por eso hay tan pocas mujeres de carácter entre nosotros.
     «Guardar siempre fidelidad a nuestros principios», «perseverar siempre en la verdad», etcétera, ¿quién no se entusiasmaría con tales pensamientos? ¡Si no costase tanto trocar estos pensamientos en obras! ¡Si no se esfumasen con tanta facilidad los planes bajo la influencia contraria de la sociedad, de los amigos, de la moda y de mi propio «yo», amado, cómodo!
     Escribió Reinick: «No seas veleta, no empieces a cada momento algo nuevo, fíjate el objetivo y persíguelo hasta el fin».
     En esto te servirá de ayuda la recta auto-educación.
     Esculpir en tu alma la imagen sublime que Dios concibió al formarte es la noble labor a que damos el nombre de auto-educación. Este trabajo tiene que hacerlo cada una por sí misma, y nadie puede cumplirlo en su lugar. Otras podrán darte consejos, podrán indicarte el camino recto; pero, en definitiva, tú has de ser quien sienta el deseo de formar en ti la noble imagen que Dios ha escondido en tu alma.

«¡SOY CRISTIANA . . . !»
     Es una joven de carácter —decimos—, aquella que tiene principios, ideales nobles y sabe ejecutarlos y permanecer firme en ellos. Permanecer firme aun cuando nadie en el mundo confiese estos nobles ideales, aun cuando todos los que le rodean sean cobardes y sin carácter. Permanecer firme, a pesar de millares y millares de ejemplos adversos y malos. ¡Permanecer firmes en nuestros principios, sean cuales fueren las circunstancias! Sólo Dios sabe cuán terriblemente difícil es a veces.
     Cuando muchachas burlonas molestan largo rato a una compañera peor vestida y ésta —como cierva asustada ante los perros de caza— en vano mira a su derredor buscando ayuda..., desviar entonces con suavidad el interés de las compañeras molestas, esto es amor, valentía, fidelidad de principios: Una voluntad de hierro.
     Cuando en un grupo de jovenzuelas se salpican con sorna y hiel las ideas piadosas, las devociones, la modestia..., levantar entonces la palabra sin espíritu de ofender, pero con valentía incontrastable, y defender la doctrina que ha servido de blanco a la befa, es algo que requiere carácter fuerte, heroísmo, voluntad de hierro.
     Cuando la risa despreocupada de tus compañeras de clase se oye atrayéndote al recreo y apartándote de la lección ingrata, permanecer en estas ocasiones, con vigorosa decisión, fieles al deber, es propio de todo un carácter, de una voluntad de hierro.
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     En las sangrientas persecuciones de los primeros siglos cristianos, Alejandro, prefecto de la ciudad de Tarso, apresó a una dama descendiente de reyes y poseedora de grandes riquezas, por nombre Julita. Precisamente entraba en la ciudad con su hijito Quirico, niño de tres años, en los brazos. ¡Pobre madre! El tirano le pregunta su condición y ella contesta con firmeza inquebrantable: «¡Soy cristiana!» Su respuesta excitó la ira del juez, que mandó quitarle el hijo y que la hiriesen con agudas espinas; mas, a pesar de sus dolores, la valerosa madre continuaba diciendo: «¡Soy cristiana, soy cristiana...!» Palabras que el pequeño Quirico repetía, llorando, al ver padecer a su madre. ..
     Entonces el tirano se enfureció todavía más, y cogiendo al pequeñin lo arrojó violentamente contra el pavimento de mármol, abriéndole la cabeza en presencia de su madre, que con más valor y firmeza repetía: «¡Soy cristiana..., soy cristiana!» Finalmente, Julita fue degollada, y su cadáver, junto con el de su pequeñuelo Quirico, arrojado a un muladar, del que fueron recogidos por dos santas mujeres.
     ¡Julita tuvo una voluntad de hierro!
     Hija mía, ¡cuán pocas son, por desgracia, en nuestros días, las que tienen este carácter de mártir! El carácter al cual rindió ya pleitesía el poeta pagano, al escribir:
     "Justum ac tenacem propositi virum... 
si fractus illabatur orbis,
impavidum ferient ruinae”.
     «Al hombre justo y firme en sus propósitos..., aunque el mundo resquebrajado caiga, lo encontrarán impávido las ruinas».
     Pues bien, hija mía, este temple, esta fidelidad de principios, esta frente levantada, esto es lo que llamamos carácter.
     Pero, ¡ay!, si ahora fijo la mirada en las muchachas, ¡qué tipos más distintos veré! Pero ¡cuán distintos! Veo muñecas perfumadas, que se exhiben como figurines en los paseos. Jovencitas que no saben salir del cine y que nunca dejan los salones de té. Colegialas que solamente saben de memoria las noticias de los diarios de modas o deportes, y que devoran páginas y más páginas de literatura barata. Estudiantes holgazanas. Y una inmensidad de estudiantes que todo saben menos estudiar.
     Escoge por divisa el mote del escudo que tiene una provincia de Holanda, es la de Zelanda. Este trozo de tierra, en su mayor parte, está por debajo del nivel del mar. Ha de luchar continuamente con las aguas. El océano llegó a cubrirlo varias veces, y, con todo, en sus armas ostenta laspalabras de triunfo: Luctor et emergo. «He de luchar, pero siempre quedo a flote».
IV
VALDE VELLE!
     “Valde velle”: «Querer mucho». Dos palabras latinas excelentes. De modo magnífico expresan el camino del carácter. El carácter no brota de unos cuantos suspiros sentimentales, de la efervescencia de una soda, de unos arranques que se lanzan para detenerse en seguida, sino de un trabajo metódico perseverante y educativo y de poner en juego todas las energías espirituales.
     San Francisco de Sales, con motivo de la canonización de San Francisco Javier, exclamó: «Ya es el tercer Francisco canonizado. Yo seré el cuarto». Y cumplió su palabra. Así se forma el carácter.
     Pero ya comprenderás que para ello no habría bastado el ímpetu de un solo momento. Muchas jóvenes «quisieran» muchas cosas, «desearían» y «les gustaría que fuera así o asá»; nada, sin embargo, hacen para ello. Pensarlo bien, emprenderlo con tesón y perseverar con constancia —he aquí el camino del carácter.
     ¿Sabes lo que cuenta la historia de Catalina de Aragón, la infortunada esposa de Enrique VIII de Inglaterra?
     Joven, bella, culta y piadosa, Catalina sufrió un verdadero martirio por ser fiel a sus ideales religiosos.
     Víctima de la avaricia del rey, su suegro, conoce los rigores de la pobreza: traicionada la fidelidad conyugal por su marido, ve hundirse su hogar y caer la corona de sus sienes.... y muere, incluso sin el consuelo de abrazar a su hija. A pesar de todo, serena y animosa, sin desviar los ojos del ideal cristiano que se había trazado, camina en medio de los enemigos, fuertes y poderosos, que la persiguen y que quisieran convencerla para que reniegue de su fe, de su fidelidad. ¡Todo antes que retroceder en el camino emprendido! «¡Dios es mi única confianza!» —exclama cuando mayores son sus amarguras.
     ¡Catalina de Aragón supo decidirse, supo querer! ¡Catalina fue una «mujer de carácter»!
     Es inconcebible lo que es capaz de hacer la mujer sólo con que sepa querer con decisión y constancia.
     Grandes fuerzas duermen en nosotros. Mucho mayores de lo que pensamos; pero están encadenadas. Debes creer que hay en ti escondidas grandes fuerzas, y así se romperán de improviso las cadenas. Por lo tanto, da comienzo a todas tus empresas con este pensamiento: conseguiré con toda certeza el fin que me propongo. Para quien carece de fe ciega en el triunfo, el «querer» es un «quisiera» débil y, por lo tanto, ineficaz. Todo lo que debe hacerse puede hacerse.
V
¿TIENES UN GRAN IDEAL?
     Ha de fijarse cada joven algún ideal grande para su vida, y ha de parecerle indigno quedar en las filas de las mujeres adocenadas. Fíjate tú también algún ideal elevado, y después no te apartes nunca de él y aplica todas tus fuerzas a realizarlo.
     No digo que dentro de algunos meses, ni siquiera dentro de algunos años, alcances realmente tu ideal. Hasta podría darse el caso de que nunca lo alcanzaras. Pero no importa. Con la reconcentración de nuestros pensamientos y de nuestros planes sin duda nos acercaremos al fin, que primero nos parecía levantarse en una altura inabordable. Quien se propone con todas sus energías conseguir un objetivo elevado, descubrirá en sí, día tras día, nuevas fuerzas, cuya existencia ni siquiera sospechaba.
     Cuánto puede soportar el cuerpo humano nos lo han demostrado las privaciones increíbles de la guerra; así también si te lanzas con todas tus fuerzas a conseguir un ideal prefijado, sólo entonces podrás ver de cuánto es capaz el alma humana con una voluntad firme.
     Así podrías fijarte, por ejemplo, como fin, librarte del defecto mayor que hayas descubierto en ti, cueste lo que costare. O si estudias y antaño sacaste un notable y algunos aprobados, el curso siguiente proponte obtener un sobresaliente. O bien resuélvete a aprender música, dedicando dos horas cada día sin exceptuar ninguno.
     Después me gustaría que te fijaras un objetivo más lejano: llegar a ser una mujer como hay pocas; esto es: culta, dispuesta y a la par mujer de hogar, en cuyas manos no se enmohezca la aguja ni se escurran las sartenes... ¡Una mujer de altura!
     Yo quisiera que toda joven se metiera en la cabeza que puede y debe llegar a ser una gran mujer, instruida, de carácter firme, mejor que muchas otras innumerables. No digo que llegue a serlo en realidad. Pero si sus anhelos y pensamientos se lanzan siempre como el águila a un fin elevado, seguramente lo alcanzará con más facilidad que si, a modo de golondrina, no hace sino rozar de continuo la tierra.
     «Pero así, todas las muchachas serán engreídas y fatuas» —me dirás tú—. No lo temo. Al contrario, es seguro que la que siente su alma caldeada por tan nobles ideales vencerá con más facilidad los pensamientos rastreros; hay jóvenes que no supieron fijar a su vida un elevado anhelo, un ideal sublime, y por eso se degradaron moralmente.
     Acepta sin reservas la divisa que uno de los hombres más ricos, pero al mismo tiempo de los más laboriosos de América, Carnegie, propone a los jóvenes: "My place is at the top": «Mi puesto está en la cumbre». Pero no intentes llegar a la cumbre merced a la influencia de la familia, sino con trabajo penoso, con el escrupuloso cumplimiento del deber.
     Naturalmente, hay quien porque es «humilde», «resignada», «modesta», no llega a ser mujer de altura. ¡Poco a poco, entendámonos! La cobardía no es virtud y la pereza no es humildad. La verdadera humildad nos hace decir: «Nada soy, nada puedo por mi propia fuerza»; pero añadiendo a renglón seguido: «Sin embargo, no hay en el mundo cosa que no pueda yo hacer, si Dios me ayuda».
     Repite con frecuencia la frase preciosa, la súplica exquisitamente arrulladora de un santo: "Deus meus, Deus meus; Nihil sum, sed tuus sum": «¡Dios mío, Dios mío! Nada soy; pero lo que soy es completamente tuyo». Rézala muchas veces, y verás qué fuerza espiritual tan viva brota de tan sencilla oración.
Mons. Tihamer Toth
¡MUCHACHA! ASI...

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