jueves, 4 de septiembre de 2014

DOCUMENTOS PONTIFICIOS BÍBLICOS DE SAN PIO X (1903-1909) (segunda parte)

De la encíclica «Pescendi»
Motu proprio »Praestantia Scripturae Sacrae»
Carta «Delatum sodalibus»
Sobre la índole y el autor del libro de Isaías
Letras apostólicas «Vinea electa»
Leyes por las que se ha de regir el Pontificio Instituto Bíblico
Sobre el carácter histórico de los tres primeros capítulos del Génesis

(De la encíclica «Pescendi», sobre las doctrinas de los modernistas, 8 de septiembre de 1907)


     En la Introducción (p 64) dejamos expuestas, siquiera sea sucintamente, las repercusiones bíblicas del modernismo. Su estudio complexivo como fenómeno teológico no es de nuestra incumbencia y podrá verlo el lector ep. el volumen II de esta misma colección. Por ello tampoco reproducimos aquí íntegramente el texto de la encíclica Pascendi. Para facilitar la búsqueda de las referencias que dejamos hechas en la Introducción, damos un guión escueto de los principales puntos tratados en los párrafos que a continuación transcribimos :
     1. Raíces filosóficas del modernismo (268-270).
     2. Origen de la fe y de la revelación según los modernistas (271-275).
     3.Relaciones entre la ciencia y la fe según los postulados modernistas (276-278).
     4. Su concepto de teología (279-280).
     5. La inspiración bíblica de los modernistas (281-284).
     6. El modernista como historiador (285-287).
     7. El crítico modernista (288-289).
     8. Cómo conciben la apologética (290-292).

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     Ahora, de qué manera los modernistas pasan del agnosticismo, que, después de todo, no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por el contrario, la negación, y, en consecuencia, por qué artificio de razonamiento hacen el tránsito desde la ignorancia sobre si Dios ha intervenido en la historia del género humano a la explicación de esa misma historia con independencia de Dios, de quien se juzga no haber tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Ello es que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber, que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia: en una y en otra no admiten en su esfera sino fenómenos; Dios y lo divino quedan desterrados de ella. Pronto veremos las consecuencias que de doctrina tan absurda fluyen con respecto a la sagrada persona del Salvador, a los misterios de su vida y muerte, de su resurrección y ascensión gloriosa.
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     Pero el agnosticismo no es sino el aspecto negativo de la  doctrina de los modernistas; el positivo está constituido por la llamada inmanencia vital. El tránsito de la primera a la segunda fase del sistema es como sigue. Natural o sobrenatural, la religión, como todo hecho, exige una explicación. Pues bien, una vez repudiada la teología natural, y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación por quedar desechados los motivos de credibilidad; más aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida. Debe hallarse en el interior del hombre; mas, como la religión es una forma de vida, la explicación ha de hallarse en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. En efecto, todo fenómeno vital, y ya queda dicho que tal es la religión, reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la necesidad o indigencia de lo divino. Por otra parte, como esa indigencia no se hace sentir sino bajo ciertas coyunturas determinadas y favorables, no puede pertenecer de suyo a la esfera de la conciencia; al principio yace sepultado bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, donde es preciso añadir que su raíz permanece escondida, y de ningún modo comprendida.
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     ¿Quiere ahora saberse en qué forma esa indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, se convierte en religión? Los modernistas dan la respuesta: la ciencia y la historia están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegada a este límite, imposible que pasen adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. Enfrente de este incognoscible, lo mismo del que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza visible, como del que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo, según los principios del fideísmo, suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, un sentimiento de carácter especial. Este sentimiento tiene por distintivo el llevar envuelta la misma realidad de Dios bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima, y, además, el de unir en cierta manera al hombre con Dios. Tal sentimiento es al que los modernistas llaman fe, y constituye para ellos el principio de toda religión.
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     Pero no se detiene aquí la filosofía, o, por mejor decir,  los delirios modernistas. Pues en ese sentimiento los modernistas no sólo encuentran la fe, sino con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman la existencia de la revelación. Y, en efecto, ¿qué más se pide para la revelación? ¿No tenemos ya una revelación, o al menos un principio de ella, en ese sentimiento que aparece en la conciencia, y aun a Dios, que en ese sentimiento se manifiesta al alma, aunque todavía de un modo confuso? Pero añaden aún: si bien se observa, desde el momento en que Dios es a un tiempo causa y objeto de la fe, muéstrase por lo mismo la revelación procediendo de Dios y recayendo sobre Dios; es decir, que, en el sentimiento dicho, Dios es al mismo tiempo revelador y revelado. De aquí, venerables hermanos, aquella afirmación absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De aquí la equivalencia entre la conciencia y la revelación. De aquí, por fin, la ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente a la par con la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema de la Iglesia, en la triple manifestación de autoridad doctrinal, cultural y disciplinar.
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     Sin embargo, en todo este proceso, de donde, en sentir de los modernistas, se originan la fe y la revelación, a una cosa ha de atenderse por su importancia no pequeña, vistas las consecuencias histórico-críticas que de ella sacan. Porque lo Incognoscible, de que hablan, no se presenta a la fe como una cosa aislada y singular, sino al contrario, con intima dependencia de algún fenómeno que, aunque pertenece al campo de la ciencia y de la historia, de algún modo sale fuera de esos límites, ya sea ese fenómeno un hecho de la naturaleza que envuelve en sí algún misterio, ya un hombre cuyo carácter, acciones y palabras parecen contrariar las comunes leyes de la historia. En este caso, la fe, atraída por lo Incognoscible, que se presenta junto con el fenómeno, lo rodea todo él y lo penetra en cierto modo de su propia vida. De aquí dos cosas se siguen: una cierta transfiguración del fenómeno, levantado sobre su verdadera realidad, con que queda hecho materia apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; otra, una como desfiguración del fenómeno procedente de que la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos de tiempo pasado, y tanto más fácilmente cuanto más remotos. De ambas cosas sacan los modernistas dos leyes, que, juntas con la tercera que el agnosticismo proporciona, forman las bases de la critica histórica. Un ejemplo lo aclarará, y éste lo tomamos de la persona de Cristo. En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Conforme a la segunda ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas. Por último, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos, cuanto, en fin, no corresponde a su carácter, estado, educación, lugar y tiempo en que vivió. Extraña manera, sin duda, de raciocinar, pero tal es la crítica de los modernistas.
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     El sentimiento religioso, pues, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo lo que en cada una hay y habrá. Rudimental y casi informe en un principio tal sentimiento, poco a poco, y bajo el influjo del oculto principio que le produjo, se robusteció al par del progreso de la vida humana, de que dijimos es una de las formas. Tenemos ya así explicado el origen de toda religión, aun sobrenatural, pues es mero desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada, sino al nivel de las demás en todo, ya que no de otro modo se formó por proceso de vital inmanencia en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá.
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     ¡Estupor causa oír estas cosas, tan gran atrevimiento en hacer afirmaciones, tamaño sacrilegio! Y, sin embargo, venerables hermanos, no son los incrédulos solos los que tan atrevidamente hablan así; católicos hay, más aún, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y con tales delirios presumen restaurar la Iglesia.
     No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Mucho más adelante se ha ido; a saber, hasta afirmar que nuestra santísima religión en Cristo, lo mismo que en nosotros, es fruto propio y espontáneo de la naturaleza; nada en verdad más propio para destruir todo el orden sobrenatural. Por lo tanto, el concilio Vaticano con perfecto derecho decretó: “Si alguno dijese que el hombre no puede ser divinamente elevado a un conocimiento y perfección que supone lo natural, sino que puede y debe alguna vez llegar por sí mismo, mediante un continuo progreso, a la posesión de toda verdad y bien, sea anatema”.
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     Otro punto hay en esta cuestión de doctrina en abierta contradicción con la verdad católica. Pues esa regla de la experiencia se aplica también a la tradición sostenida hasta aquí por la Iglesia, destruyéndola completamente. A la verdad, por tradición entienden los modernistas cierta comunicación de alguna experiencia original que se hace a otros mediante la predicación y en virtud de la fórmula intelectual. A la cual fórmula atribuyen, además de su fuerza representativa, como dicen, cierto poder sugestivo que se ejerce, ora en el creyente mismo para despertar en él el sentimiento religioso, tal vez dormido, y restaurar la experiencia que alguna vez tuvo; ora sobre los que aun no creen, para crear por vez primera en ellos el sentimiento religioso y producir la experiencia. Así es como la experiencia religiosa va extensamente propagándose en los pueblos, no sólo por la predicación en los existentes, más aún, en los venideros, tanto por libros cuanto por la transmisión oral de unos a otros. Pero esta comunicación de experiencia a veces se arraiga y reflorece, a veces se envejece al punto y muere. El que reflorezca es para los modernistas un argumento de verdad, ya que indistintamente toman la verdad y la vida; de lo cual colegiremos de nuevo: todas las religiones existentes son verdaderas; de otro modo no vivirían.
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     Con lo expuesto hasta aquí, venerables hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual comprenden también la historia. Ante todo, se ha de asentar que la materia de la una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de fenómenos en los que no hay lugar para la fe; ésta, al contrario, se ocupa enteramente en lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión: que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque, si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por tanto, contradecirse.
     Si tal vez a eso se objeta que hay en la naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida humana de Jesucristo, ellos lo negarán. Pues aunque esas cosas se cuenten entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe y, en la manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura, se substraen al mundo sensible y son transferidas a la materia de lo divino. Así, al que todavía preguntase más: si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a los cielos, no, contestará la ciencia agnóstica; sí, dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna; la negación es del filósofo que habla a filósofos, y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente dirigiéndose a creyentes, y que considera la vida de Jesucristo como viviéndose de nuevo por la fe y en la fe.
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     A pesar de eso, se engañará muy mucho el que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se sujetan la una a la otra; de la ciencia sí se podría juzgar de ese modo recta y verdaderamente; mas no de la fe, que no sólo por uno, sino por tres capítulos se ha de afirmar que está sometida a la ciencia. Pues en primer lugar conviene notar que en cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las fórmulas religiosas, no salen de la esfera de los fenómenos, y por eso caen bajo el dominio de la ciencia. Séale licito, enhorabuena, al creyente, si le agrada, salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, no escapará jamás, quiera que no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la historia.
     Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, pero esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el orden que se dice lógico, alcanza también todo lo que es absoluto e ideal. Por tanto, la filosofía o la ciencia tiene el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo lo extraño que puede mezclarse; de aquí el axioma de los modernistas: el desenvolvimiento religioso ha de ajustarse al moral e intelectual; esto es, como ha dicho uno de sus maestros, ha de subordinarse a ellos.
     Añádese, en fin, que el hombre no sufre en sí la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que da la ciencia de este mundo universo. De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele.
     Todo lo cual, venerables hermanos, es enteramente contrario a lo que Pío IX, nuestro predecesor, enseñaba cuando dijo: “Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo en virtud de un obsequio racional; no escudriñar la alteza de los misterios de Dios, sino reverenciarla pía y humildemente”. Los modernistas invierten sencillamente los términos; a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse lo que Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: “Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de vanidad, se empeñan en traspasar con profundas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de la página sagrada, a la doctrina de la filosofía racional, no para algún provecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia. ... Esos mismos, seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola y fuerzan a la reina a servir a la esclava”.
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     Lo cual, a la verdad; se hará más patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera reputaría fácilmente a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por la opinión que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista. De aquí que, cuando escriben de historia, no hagan mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros. De aquí que distingan también la exegesis teológica y pastoral de la científica e histórica. Igualmente, estribando en el principio de que la ciencia de ningún modo depende de la fe, al disertar acerca de la filosofía, historia y crítica, muestran de mil maneras desprecio de los preceptos católicos, Santos Padres, concilios ecuménicos y magisterio eclesiástico, no horrorizándose de seguir las huellas de Lutero, y, si de ello se les reprende, quéjanse de que se les quita la libertad. Confesando, en fin, que la fe se ha de subordinar a la ciencia, a menudo y abiertamente censuran a la Iglesia porque tercamente se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones filosóficas; pues, desterrada con este fin la teología antigua, pretenden introducir otra nueva que obedezca a los delirios de los filósofos.
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     Aquí ya, venerables hermanos, se nos abre la puerta para examinar a los modernistas en la arena teológica. Materia ciertamente escabrosa, pero la reduciremos a pocas palabras. Se trata, pues, de conciliar la fe con la ciencia, y eso de tal suerte que la una se sujete a la otra. En este género, el teólogo modernista usa de los mismos principios que, según vimos, usaba el filósofo, y los adapta al creyente; a saber, los principios de la inmanencia y el simbolismo. Simplicísimo es el procedimiento. El filósofo afirma: el principio de La fe es inmanente; el creyente añade: ese principio es Dios; concluye el teólogo: luego Dios es inmanente en el hombre. De donde sale la inmanencia teológica. De la misma suerte es cierto para el filósofo que las representaciones del objeto de la fe son sólo simbólicas; para el creyente lo es igualmente que el objeto de la fe es Dios en sí; el teólogo, por tanto, infiere: las representaciones de la realidad divina son simbólicas. De donde sale el simbolismo teológico...
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     A este postulado de la inmanencia se junta otro que podemos llamar de permanencia divina: difieren entre si casi del mismo modo que difiere la experiencia privada de la experiencia transmitida por tradición. Aclarémoslo con un ejemplo sacado de la Iglesia y de los sacramentos. La Iglesia, dicen, y los sacramentos no se ha de creer de modo alguno que fueran instituidos por Cristo. Prohíbelo el agnosticismo, que en Cristo no reconoce sino a un puro hombre, cuya conciencia religiosa se formó, como en los otros hombres, poco a poco; prohíbelo la ley de inmanencia, que rechaza las externas, según dicen, aplicaciones; prohíbelo también la ley de la evolución, que para que los gérmenes se desarrollen pide tiempo y cierta serie de circunstancias consecutivas; prohíbelo, para concluir, la historia, que enseña que tal fue de hecho el curso de la cosa. Con todo, hay que sostener que la Iglesia y los sacramentos fueron instituidos mediatamente por Cristo. Pero ¿de qué modo? Todas las conciencias cristianas estaban en cierta manera incluidas virtualmente, como la planta en la semilla, en la conciencia de Cristo. Y como los gérmenes viven la vida de la simiente, así hay que decir que todos los cristianos viven la vida de Cristo. Mas la vida de Cristo, según la fe, es divina; luego también la vida de los cristianos. Si, pues, esta vida, en el transcurso de las edades, dio principio a la Iglesia y sacramentos, con toda razón se dirá que semejante principio proviene de Cristo y es divino. Así cabalmente concluyen que son divinas las Sagradas Escrituras y los dogmas.
     A esto, poco más o menos, se reduce en realidad la teología de los modernistas: pequeño caudal, sin duda, pero sobreabundante al que mantenga que la ciencia debe ser siempre y en todo obedecida. Cada uno verá por sí fácilmente la aplicación de esta doctrina a lo demás.
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     Hasta aquí hemos tratado del origen y naturaleza de la  fe. Pero, siendo muchos los retoños de la fe, principalmente la Iglesia, el dogma, el culto, los libros que llamamos santos, será bien que inquiramos lo que de ellos enseñan los modernistas...
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     Ya también hemos tocado algo sobre la naturaleza y  origen de los libros sagrados. Conforme al pensar de los modernistas, podría uno definirlos rectamente por una colección de experiencias, no de las que a cada paso ocurren a cualquiera, sino de las extraordinarias e insignes que suceden en toda religión. Eso cabalmente enseñan los modernistas sobre nuestros libros, así del Viejo como del Nuevo Testamento. En sus opiniones, sin embargo, advierten astutamente que, aunque la experiencia pertenezca al tiempo presente, no obsta para que tome la materia de lo pasado y aun de lo futuro, en cuanto el creyente, o por el recuerdo hace que lo pasado viva a manera de lo presente, o por anticipación hace lo propio con lo futuro. Lo que explica cómo pueden computarse entre los libros sagrados los históricos y apocalípticos. Así, pues, en esos libros Dios habla en verdad por el creyente; mas, según quiere la teología de los modernistas, sólo por la inmanencia y permanencia vital.
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     Se preguntará: ¿qué dicen entonces de la inspiración? Esta, contestan, no se distingue, si no es acaso por la vehemencia, del impulso que siente el creyente a manifestar su fe de palabra o por escrito. Una cosa parecida tenemos en la inspiración poética; por lo que dijo uno: Dios está en nosotros; agitándonos él nos calentamos. De este modo debe decirse Dios origen de la inspiración de los sagrados libros.
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     Añaden además los modernistas que nada absolutamente hay en dichos libros que carezca de semejante inspiración. En cuya afirmación podría uno creerlos más ortodoxos que a otros modernos que restringen algo la inspiración, como, por ejemplo, cuando introducen las citaciones que se llaman tácitas. Pero no hay sino disimulo de su parte y engaño de palabras. Pues si juzgamos la Biblia según el agnosticismo, a saber, como una obra humana compuesta por los hombres para los hombres, aunque se dé derecho al teólogo de llamarla divina por inmanencia, ¿cómo, en fin, podrá coartarse la inspiración? Aseguran, sí, los modernistas la inspiración universal de los libros sagrados, pero en el sentido católico no admiten ninguna.
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     Después que entre los partidarios del modernismo hemos examinado al filósofo, al creyente, al teólogo, resta que igualmente examinemos al historiador, al crítico, al apologista y al reformador.
     Algunos de entre los modernistas que se dedican a escribir historia se muestran en gran manera solícitos para que no se les tenga como filósofos, y aun alardean de no saber cosa alguna de filosofía. Astucia soberana: no sea que a alguno se le ocurra que están llenos de prejuicios filosóficos y no son, por consiguiente, como afirman, enteramente objetivos. Es, sin embargo, cierto que toda su historia y crítica respira pura filosofía, y sus conclusiones se derivan, mediante ajustados raciocinios, de los principios filosóficos que defienden. Lo cual fácilmente entenderá quien reflexione sobre ello.
     Los tres primeros cánones de dichos historiadores o críticos son aquellos principios mismos que hemos atribuido arriba a los filósofos; es a saber: el agnosticismo, el teorema de la transfiguración de las cosas por la fe, y el otro, que nos pareció podía llamarse de la desfiguración. Vamos a ver las conclusiones de cada uno de ellos.
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     Del agnosticismo se desprende que la historia, no de otro modo que la ciencia, versa únicamente sobre fenómenos. Luego, así Dios como cualquiera intervención divina en lo humano, se han de tratar en la fe como pertenecientes a sola ella. Por lo tanto, si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano, como sucede con Cristo, la Iglesia, sacramentos y muchas otras cosas de ese género, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división que hacen los modernistas del Cristo histórico y el Cristo de la fe, de la Iglesia de la historia y la de la fe, de los sacramentos de la historia y los de la fe, y otras muchas a este tenor. Después debe decirse que al mismo elemento humano, que, según vemos, el historiador toma para sí cual aquél aparece en los monumentos, levanta la fe por la transfiguración más allá de las condiciones históricas. Y así conviene distinguir las adiciones hechas por la fe para referirlas a la fe misma iy a la historia de la fe; así, tratándose de Cristo, todo lo que supera la condición humana, ya natural, según enseña la psicología; ya emanada del lugar y edad en que vivió.
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     Además, en virtud del tercer principio filosófico, pasan también como por un tamiz las cosas que salen de la esfera histórica y todo lo eliminan y cargan a la fe, igualmente lo que, según su criterio, no se incluye en la lógica de los hechos, como dicen, o no se acomoda a las personas. Pretenden, por ejemplo, que Cristo no dijo lo que parece subrepujar al entendimiento del vulgo. De aquí que de su historia real borren y remitan a la fe cuantas alegorías ocurren en sus discursos. Se preguntará, tal vez, bajo qué ley se hace esta separación. Se hace en virtud del ingenio del hombre, de la condición de que goza en la ciudad, de la educación, del conjunto de circunstancias, de un hecho cualquiera; en una palabra, si no nos equivocamos, de una norma que al fin y al cabo viene a parar en meramente subjetiva. Esto es, se esfuerzan en tomar ellos y como revestir la persona de Cristo: atribuyen a éste lo que ellos hubieran hecho en circunstancias semejantes a las suyas.
     Así, pues, para terminar, a priori y estribando en ciertos principios filosóficos que sostienen, pero que aseguran no saber, afirman que en la historia que llaman real Cristo no es Dios ni ejecutó nada divino; como hombre, empero, realizó y dijo lo que ellos, refiriéndose a los tiempos en que floreció, le dan derecho de hacer o decir.
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     Como de la filosofía la historia, así la crítica recibe sus  conclusiones de la historia. Pues el crítico, siguiendo las huellas que le traza el historiador, divide los documentos en dos partes. Lo que queda después de la triple partición dicha refieren a la historia real; lo demás, a la historia de la fe o interna. Disciernen con esmero estas dos historias; a la historia de la fe, adviértase bien, oponen la historia real en cuanto real. De aquí sale, como ya dijimos, un doble Cristo: el uno, real, y el otro, que nunca existió de verdad, sino que pertenece a la fe; el uno, que vivió en determinado lugar y época, y el otro, que sólo se encuentra en las piadosas especulaciones de la fe; tal, por ejemplo, es el que presenta el evangelio de Juan, libro que no es todo él otra cosa que especulación.
     No se acaba aquí el dominio de la filosofía en la historia. Divididos, según indicamos, los documentos en dos partes, de nuevo interviene el filósofo con su dogma de la inmanencia vital, y hace saber que cuanto se contiene en la historia de la Iglesia se ha de explicar por la emanación vital. Y pues que la causa o condición de cualquier emanación vital hase de reponer en cierta necesidad o indigencia, se deduce que el hecho se ha de concebir después de la necesidad y que históricamente es aquél posterior a esta.
     ¿Qué hace en ese caso el historiador? Investigando otra vez los documentos, ya los que se hallan en los sagrados libros, ya los sacados de dondequiera, teje con ellos un catálogo de las singulares necesidades que, perteneciendo ora al dogma, ora al culto sagrado o bien a otras cosas, siguiéndose una de otra, se verificaron en la Iglesia. Una vez terminado el catálogo, lo entrega al crítico. Y éste pone mano en los documentos destinados a la historia de la fe y los distribuye de edad en edad, de forma que cada uno responda al catálogo, acordándose siempre de su precepto: que la necesidad precede al hecho, y el hecho a la narración. Puede alguna vez acaecer que ciertas partes de la Biblia, como las epístolas, sean el mismo hecho creado por la necesidad. Sea de esto lo que quiera, hay una regla fija: que la edad de un monumento cualquiera se ha de determinar solamente por la época de cada una de las necesidades que se manifiesten en la Iglesia.
     Hay que distinguir, además, entre el comienzo de cualquier hecho y su desarrollo, pues lo que puede nacer en un día no se desenvuelve sino con el transcurso del tiempo. Por eso debe el crítico dividir los monumentos, ya distribuidos, según hemos dicho, por edades, en dos partes: separando los que pertenecen al origen de la cosa y los que pertenecen al desarrollo, y luego ordenarlos según los tiempos.
     En este punto entra de nuevo en escena el filósofo, que manda al historiador ordenar sus estudios conforme a lo que prescriben los preceptos y leyes de la evolución. Y el historiador torna a escudriñar los documentos, a investigar sutilmente las circunstancias y condiciones de la Iglesia en cada edad, su fuerza conservadora, sus necesidades internas y externas que le impulsan al progreso, los impedimentos que sobrevinieron; en una palabra, cuanto contribuya a precisar de qué manera se guardaron las leyes de la evolución. Tras esto, en fin, describe, como con ligeros trazos, la historia de la evolución. Viene en ayuda el crítico y prepara los restantes documentos. Se da manos a la obra, sale la historia concluida.
     Ahora preguntamos: ¿a quién se ha de atribuir esta historia? A ninguno de ellos, ciertamente, sino al filósofo. Allí todo es obra de apriorismo, y de un apriorismo que rebosa en herejías. Causan verdaderamente lástima estos hombres, de los que el Apóstol diría: Desvaneciéronse en sus pensamientos..., pues, jactándose de sabios, han resultado necios; pero sí, excitan la bilis cuando recriminan a la Iglesia de mezclar y barajar los documentos en forma tal que hablen en su favor. Achacan a la Iglesia aquello mismo que abiertamente su conciencia les reprueba.
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     De la dicha partición y disposición de los documentos, por edades, espontáneamente se sigue que no pueden atribuirse los libros sagrados a los autores a quienes realmente se atribuyen. Por esa causa, los modernistas no vacilan en asegurar que esos mismos libros, y en especial el Pentateuco y los tres primeros Evangelios, de una breve narración que en sus principios eran, han ido poco a poco creciendo con nuevas adiciones o por interpolaciones hechas a modo de interpretación, ya teológica, ya alegórica, o por interpolaciones que sirvieron tan sólo para unir entre sí las diversas partes. Y, para decirlo con más brevedad y claridad, es necesario admitir la evolución vital de los libros sagrados, que se origina del desenvolvimiento de la fe y que a él corresponde.
     Añaden, además, que las huellas de esa evolución son tan manifiestas, que casi se puede escribir su historia. Y aun la escriben en realidad con tal desenfado, que uno se figuraría que ellos han visto a cada uno de los escritores que en las diversas edades trabajan en la ampliación de los libros sagrados.
     Y para confirmarlo se valen de la crítica que denominan textual, y se esfuerzan en persuadir que este o el otro hecho o dicho no está en su lugar, y traen otras razones por el estilo. Parece en verdad que se han formado como ciertos modelos de narración o discursos, por los que juzgan indudablemente qué es lo que está en su lugar propio y qué es lo que está en lugar ajeno.
     Por este camino, quiénes puedan ser aptos para fallar, aprécielo el que quiera. Sin embargo, quien les oiga hablar de sus trabajos sobre los libros sagrados, en los que es dado descubrir tantas incongruencias, creerá que casi ningún hombre antes de ellos los ha hojeado, y que ni una muchedumbre casi infinita de doctores, muy superiores a ellos en ingenio, erudición y santidad de vida, los ha escudriñado en todos sus sentidos. En verdad que estos sapientísimos doctores tan lejos estuvieron de censurar en nada las Sagradas Escrituras, que cuanto más íntimamente las estudiaban, mayores gracias daban a Dios porque así se dignó hablar con los hombres. Pero ¡ay, que nuestros doctores no estudiaron los libros sagrados con los auxilios con que los estudian los modernistas! Esto es, no tuvieron por maestra y guía a la filosofía que reconoce su origen en la negación de Dios, ni se eligieron a sí mismos por norma de criterio...
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     Estos nuevos apologistas, al paso que trabajan por afirmar y persuadir la católica religión con las argumentaciones referidas, aceptan y conceden de buena gana haber en ella muchas cosas que pueden ofender los ánimos. Y aun llegan a decir públicamente, con cierta mal disimulada delectación, que también en materia dogmática se hallan errores y contradicciones; aunque añadiendo que estas cosas no sólo admiten excusas, sino que se profirieron justa y legítimamente; afirmación que no puede menos de excitar el asombro. Asi también, según ellos, hay en los libros cosas científica o históricamente viciadas de error; pero dicen que allí no se trata de ciencia o de historia, sino sólo de la religión y las costumbres. Las ciencias y la historia son allí a manera de envoltura con que se cubren las experiencias religiosas y morales, para difundirlas más fácilmente entre el vulgo, el cual, como no las entendería de otra suerte, no sacaría utilidad, sino daño, de otra más perfecta ciencia o historia. Por lo demás, agregan, los libros sagrados, como por su naturaleza son religiosos, gozan necesariamente de vida; mas la vida tiene también su verdad y su lógica, distintas ciertamente de la verdad y lógica racional, y aun de un orden enteramente diverso; es a saber: la verdad de adaptación y proporción, así al medio (como ellos hablan) en que se vive como al fin. por el cual se vive. Finalmente, se adelantan hasta aseverar, sin ninguna atenuación, que todo lo que se explica por la vida es verdadero y legítimo.
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     Nosotros, ciertamente, venerables hermanos, para quienes la verdad no es más que una, y que consideramos que los libros sagrados, como “escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor”, aseguramos que esto es lo mismo que atribuir a Dios una mentira de utilidad u oficiosa; y aseveramos, con las palabras de San Agustín, “que, una vez admitida en tan grande alteza de autoridad alguna mentira oficiosa, no quedará ninguna partícula de aquellos libros que, conforme a la misma perniciosísima regla, no pueda referirse a mentira del autor, guiado por algún designio o finalidad, tan luego como se le antojare a alguno que sea difícil para las costumbres o increíble para la fe”. De donde se seguirá lo que añade el mismo santo Doctor: “que en aquéllas (es a saber, en las Escrituras) cada cual creerá lo que quiera y no creerá lo que no quiera”.
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     Pero los apologistas modernistas prosiguen animosos.  Conceden, además, que en los sagrados libros ocurren a las veces, para probar alguna doctrina, raciocinios que no se rigen por ningún fundamento racional, cuales son los que se apoyan en las profecías; pero defienden también éstas como ciertos artificios oratorios que están legitimados por la vida. ¿Qué más? Conceden, y aun afirman, que el mismo Cristo erró manifiestamente al indicar el tiempo del advenimiento del reino de Dios; lo cual, dicen, no debe maravillar a nadie, pues también El estaba sujeto a las leyes de la vida...
 293
     Nuestro predecesor, de feliz recordación, León XIII, procuró oponerse enérgicamente, de palabra y por obra, a este ejército de tan grandes errores que encubierta y descubiertamente nos acomete. Pero los modernistas, como ya hemos visto, no se intimidan fácilmente con tales armas, y, afectando un sumo respeto y humildad, han torcido a sus opiniones las palabras del Pontífice Romano y aplicado a otros cualesquiera sus actos, con lo cual el daño se ha hecho de día en día más poderoso. Así que, venerables hermanos, hemos resuelto no admitir más largas dilaciones y acudir a más eficaces remedios...

Motu proprio »Praestantia Scripturae Sacrae», sobre el valor de los decretos de la Pontificia Comisión Bíblica, 18 de noviembre de 1907

El presente documento subraya el valor que debe darse a las decisiones pontificias en materia bíblica. Sobre la ocasión que lo motivó y sobre su contenido hemos hablado extensamente en la Introducción. 
     Tiene dos partes bien definidas. En la primera —relativa al valor de las respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica— se asimila este organismo a las demás Congregaciones romanas que velan por la pureza de la fe, y se acusa de temerarios y desobedientes con culpa grave a los detractores o contradictores de sus enseñanzas. En la segunda —que trata de la obediencia debida al decreto Lamentabili y a la encíclica Pascendí, en que se condena el modernismo —fulmina excomunión contra los detractores y declara incursos en excomunión latae sententiae Romano Pontifici simpliciter resérvada a los que sostengan alguna de las proposiciones allí condenadas.

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     Después de encomiar las excelencias de las Sagrada Escritura y recomendar su estudio, León XIII, nuestro predecesor de inmortal memoria, en sus letras encíclicas Providentissimus Deus, de 18 de noviembre de 1893, fijó las leyes por las que había de regirse el estudio científico de la Sagrada Biblia y defendió los libros divinos contra los errores y calumnias de los racionalistas y, asimismo, contra las opiniones del nuevo método que se conoce con el nombre de alta crítica, las cuales no son otra cosa, como escribía sabiamente el Pontífice, sino inventos del racionalismo violentamente deducidos de la filología y ciencias similares.
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     Y para prevenir el peligro cada día mayor que amenazaba con la propagación de opiniones ligeras y desviadas, con sus letras apostólicas Vigilantiae studiique memores, de 30 de octubre de 1902, nuestro mismo predecesor creó el Pontificio Consejo o Comisión de Asuntos Bíblicos, formado por algunos cardenales de la Santa Romana Iglesia eminentes en doctrina y prudencia, a los cuales se añadían, con el nombre de consultores, varios sacerdotes escogidos entre los más doctos en teología y Sagrada Escritura de distintas naciones y de diferentes métodos y tendencias en estudios exegéticos. Con ello intentaba el Pontífice, como la cosa más apropiada a estos estudios y a estos tiempos, que hubiera ocasión en el Consejo para proponer, estudiar y discutir cualquier sentencia con libertad omnímoda, y que nunca, según las dichas letras apostólicas, se pronunciaran los padres purpurados por una sentencia sin que antes se hubieran conocido y examinado los argumentos por una y otra parte, ni se hubiera omitido nada que pudiera poner en claro el verdadero y real estado de las cuestiones bíblicas propuestas; y esto hecho, las sentencias debían ser sometidas a la aprobación del Sumo Pontífice y sólo después divulgadas.
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     Tras largos dictámenes y cuidadosas consultas, el Pontificio Consejo de Asuntos Bíblicos ha publicado felizmente algunos decretos utilísimos para promover los verdaderos estudios bíblicos y para dirigirlos con norma segura. Pero venimos observando que no faltan quienes, demasiado propensos a opiniones y a métodos viciados de peligrosas novedades y llevados de un afán excesivo de falsa libertad, que no sino libertinaje intemperante y que se muestra insidiosísima contra las doctrinas sagradas y fecunda en grandes males contra la pureza de la fe, no han aceptado o no aceptan con la reverencia debida dichos decretos de la Comisión, a pesar de ir aprobados por el Pontífice.
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     Por lo cual estimamos que se debe declarar y mandar, como al presente declaramos y expresamente mandamos, que todos estén obligados en conciencia a someterse a las sentencias del Pontificio Consejo de Asuntos Bíblicos hasta ahora publicados o que en adelante se publiquen, igual que a los decretos, pertenecientes a la doctrina y aprobados por el Pontífice, de las demás Sagradas Congregaciones; y que no pueden evitar la nota de obediencia denegada y de temeridad, ni, por tanto, excusarse de culpa grave, quienes impugnen de palabra o por escrito dichas sentencias; y esto, aparte del escándalo en que incurran y de las demás cosas en que puedan faltar ante Dios al afirmar, como sucederá a menudo, cosas temerarias y falsas en estas materias.
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     Fuera de esto, para reprimir las audacias, cada día mayores, de muchos modernistas, que se esfuerzan con sofismas y artificios de todo género para enervar la fuerza y eficacia no sólo del decreto Lamentabili sane exitu, que publicó el 3 de julio del presente año, por mandato nuestro, la Santa Romana y Universal Inquisición, sino también de nuestras letras encíclicas Pascendi Dominici gregis, de 8 de septiembre del mismo año, reiteramos y confirmamos con nuestra autoridad apostólica tanto el citado decreto de la Sagrada Congregación Suprema cuanto las mencionadas letras apostólicas nuestras, añadiendo la pena de excomunión contra los contradictores; y asimismo declaramos y decretamos que si alguno, lo que Dios no permita, llegare con su audacia hasta el extremo de defender alguna de las proposiciones, opiniones y doctrinas reprobadas en los dos documentos antedichos, incurrirá por el mismo hecho en la censura del capítulo Docentes de la constitución Apostolicae Sedis, que es la primera entre las excomuniones latae sententiae simplemente reservadas al Romano Pontífice. Esta excomunión debe entenderse, salvas las penas en que puedan incurrir los que faltaren contra dichos documentos como propagadores y propugnadores de herejía, si sus proposiciones, opiniones o doctrinas fueren heréticas, como más de una vez sucede a los adversarios de los mencionados documentos, sobre todo si propugnan los errores de los modernistas, que son el conjunto de todas las herejías.
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     Esto establecido, recomendamos de nuevo y encarecidamente a los ordinarios de las diócesis y a los superiores de las Ordenes Religiosas que estén muy atentos a los profesores de los Seminarios en primer lugar; y a los que se hallaren imbuidos de los errores modernistas y afanosos de novedades peligrosas o menos dóciles a las prescripciones de cualquier manera provenientes de la Sede Apostólica, les prohíban la enseñanza en absoluto; e igualmente nieguen las sagradas ordenes a los jóvenes que infundan la mas leve sospecha de seguir las doctrinas condenadas o las novedades maléficas. Igualmente les exhortamos a que no dejen de observar cuidadosamente los libros y demás escritos, demasiado frecuentes, que expresen opiniones o inclinaciones de acuerdo con las reprobadas en las letras encíclicas y en el Decreto arriba mencionados; Procuren retirarlas de las librerías católicas y más aun, de las manos de la juventud estudiosa y del clero. Si esto hacen cuidadosamente, habrán favorecido la verdad y sólida formación de las mentes, en la cual debe ocuparse principalmente la solicitud de los sagrados pastores.
     Queremos y mandamos con nuestra autoridad que estas cosas queden ratificadas y firmes, sin que obste nada en contrario.
     Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de noviembre de 1907, año quinto de nuestro pontificado.
Pío Papa X.

     Carta «Delatum sodalibus», al Rvdmo. Dom Aidano Gasquet, presidente de la Congregación anglobenedictina, sobre la corrección de la Vulgata, 3 de diciembre de 1907

     El encargo de la revisión de la Vulgata, hecho por el cardenal Rampolla, como presidente de la Pontificia Comisión Bíblica, al Revdmo. P. Abad Primado de las Congregaciones benedictinas confederadas el 30 de abril de 1907, recayó en la Congregación inglesa, a cuyo abad presidente, Revdmo. Dom Aidano Gasquet, Su Santidad Pío X, por la presente carta, encomienda nuevamente la empresa, delimitando, los objetivos de los colaboradores, pidiendo a los encargados de archivos y bibliotecas que les faciliten la labor y exhortando a los cristianos pudientes a que los ayuden económicamente
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     Querido hijo: Salud y bendición apostólica.
     Consideramos tan noble el encargo hecho a los PP. Benedictinos de preparar las investigaciones y estudios en que se ha de basar la nueva edición de la versión latina de las Escrituras conocidas con el nombre de Vulgata, que nos sentimos obligados a felicitar cordialmente no sólo a ti, sino a todos tus hermanos, especialmente a los que han de colaborar en obra tan excelsa. Os habéis propuesto una empresa laboriosa y ardua, en la cual trabajaron asiduamente, aunque el éxito no coronó plenamente sus esfuerzos, hombres célebres en ciencia e incluso algunos Pontífices. Habiendo puesto vuestras manos en asunto tan importante, no hay duda de que habéis de conseguir el objeto del empeño que se os ha confiado, el cual consiste en la restitución del texto primigenio de la versión jeronimiana de la Biblia, en parte corrompido por vicio de los siglos subsiguientes. La reconocida pericia de los PP. Benedictinos en paleografía y en ciencias históricas, así como su constancia proverbial parainvestigar, ofrecen a los doctos segura y cierta garantía de que habéis de examinar con rigurosa investigación todos los antiguos códices de la versión latina de la Biblia que hasta el presente se sabe existen en las bibliotecas de Europa, y de que habéis de procurar buscar por doquier y publicar los que hasta ahora eran desconocidos. Es muy de desear que podáis efectuar esta búsqueda con las menores trabas posibles; y así, recomendamos vuestros esfuerzos a los prefectos de archivos y bibliotecas, en la seguridad de que, dado su interés por la doctrina y por los libros santos, os han de conceder toda clase de facilidades. 
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     La especial importancia del empeño y la esperanza que en vosotros ha depositado la Iglesia, así como el espíritu de los tiempos presentes, a los cuales hay que reconocer el mérito de practicar estas investigaciones de modo irreprensible; todo esto pone de manifiesto la necesidad de llevar a cabo esta obra de manera perfecta y de guiarse en ella por tales normas que merezcan la máxima estimación por parte de estas disciplinas. Comprendemos que habéis de necesitar largo espacio de tiempo para llevar a feliz término esta empresa, pues se trata de un asunto que se debe emprender y realizar sin preocupaciones y sin prisas. Ni se nos ocultan las grandes sumas de dinero que para ello serán necesarias; y por ello abrigamos la esperanza de que no faltarán quienes quieran ayudar con sus fortunas a esta obra inmortal, haciéndose beneméritos de las Sagradas Letras y de la religión cristiana. A éstos nos dirigimos, juntamente con vosotros, en los comienzos de esta grande empresa, con el ruego de que quieran ayudaros a ella, porque los que se consagran a tan nobles estudios es justo sean ayudados por la liberalidad de los otros.
     Como auspicio de las luces y gracias celestiales, y en prenda de nuestra especial benevolencia, te damos de corazón en el Señor, a ti y a cuantos contribuyan a esta importantísima empresa con su trabajo o con sus recursos, la bendición apostólica.
     Dado en Roma, junto a San Pedro, el 3 de diciembre de 1907, año quinto de nuestro pontificado.
Pío PP. X.

Respuesta 5.a de la Pontificia Comisión Bíblica, sobre la índole y el autor del libro de Isaías, 28 de junio de 1908

     El presente documento consta de dos partes claramente distintas :
     1. En las dos primeras dudas se afirma en general la existencia en la Sagrada escritura —y particularmente en nuestro libro— de verdaderas profecías, contra los que sostienen que se trata siempre de predicciones amañadas después de los sucesos o de simples conjeturas ingeniosamente previsibles. Con esto la Comisión trataba de hacer ver a los críticos católicos que detrás de las razones filológicas e históricas presentadas por los racionalistas contra la autenticidad isaiana del libro se ocultaba un prejuicio filosófico sobre la imposibilidad de la verdadera profecía y un afán por desembarazarse de las contenidas en el libro de Isaías; prejuicio y afán que acaso pesaban demasiado en la valoración crítica de los elementos filológicos e históricos.
     2. Las dudas restantes afectan al problema de la autenticidad de la segunda parte de Isaías (c.40-66). Por razones de carácter interno —que no es del caso exponer—, la casi totalidad de los críticos acatólicos y algunos católicos atribuían estos capítulos a un autor desconocido que habría vivido en los últimos años del destierro babilónico, y al que llaman Deutero-Isaías. Por los días en que vió la luz el presente decreto de la Comisión mantenían esta postura, entre los nuestros, F. E. Gigot A. Condamin S. I. b, G. Jarry c y s. Minocchi d. Algunos incluso hablaban de un doble autor para esta segunda parte : Deutero-Isaías (c.40-55) y Trito-Isaías (c.56-66)
     La Comisión afirma que las razones de los críticos en contra de la autenticidad isaiana del libro entero no son de tanta fuerza que convenzan y obliguen a negarla. La respuesta de la Comisión es más comedida que algunos de sus comentaristas. Hoy la mayoría de los autores, aun católicos, parecen inclinarse a favor de la hipótesis del Deutero-Isaías, sin que la Pontificia Comisión Bíblica urja los términos del presente decreto.

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     A las siguientes dudas propuestas, la Pontificia Comisión Bíblica respondió de la siguiente manera:
     Duda I. Si se puede enseñar que los vaticinios que se leen en el libro de Isaías -y frecuentemente en las Escrituras- no son verdaderos vaticinios, sino más bien narraciones inventadas después del suceso, o bien, si es preciso admitir algo prenunciado antes de suceder, cosas que el profeta no conoció por revelación sobrenatural de Dios, escrutador del futuro, sino que las predijo por conjetura, deduciéndolas de las que ya habían sucedido, por feliz sagacidad y natural agudeza de ingenio.
     Resp. Negativamente.
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     II. Si la opinión que sostiene que Isaías y los demás profetas no dijeron profecías sino acerca de cosas que habían de suceder en seguida o a la corta, puede conciliarse con los vaticinios sobre todo mesiánicos y escatológicos hechos ciertamente por dichos profetas a plazo largo, así como con la común opinión de los Santos Padres, que afirman unánimemente que los profetas predijeron también cosas que se habían de cumplir después de muchos siglos.
     Resp. Negativamente.
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     III. Si se puede admitir que los profetas, no ya en  cuanto correctores de la humana malicia y predicadores de la divina palabra para provecho de sus oyentes, sino también en cuanto vaticinadores de sucesos futuros, debieron siempre hablar no para los oyentes futuros, sino para los presentes y coetáneos, de manera que hubieran de ser plenamente entendidos por éstos; y, por consiguiente, que la segunda parte del libro de Isaías, en la que el profeta habla y consuela, como si viviera entre ellos, no a los judíos contemporáneos de Isaías, sino a los que lloraban en el destierro babilónico, no puede tener por autor a Isaías, ya para entonces hacía tiempo muerto, sino que conviene atribuirla a un profeta desconocido que vivió entre los desterrados.
     Resp. Negativamente.
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     IV. Si en contra de la identidad de autor del libro de  Isaías se deba conceder tal importancia al argumento filológico deducido de la lengua y del estilo, que obligue al hombre sensato, perito en el arte crítica y en la lengua hebrea, a reconocer en dicho libro pluralidad de autores.
     Resp. Negativamente.
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     V. Si existen sólidos argumentos, aun tomados en conjunto, para demostrar que el libro de Isaías se deba atribuir no al mismo Isaías solo, sino a dos o a varios autores.
     Resp. Negativamente.

     Y el día 28 de junio, en la audiencia benignamente concedida a los dos reverendísimos consultores secretarios, Su Santidad aprobó las anteriores respuestas y mandó publicarlas.
     Roma, a 29 de junio de 1908.—Fulcrano Vigouroux, P. S. S.; Lorenzo Janssens, O. S. B., consultores secretarios.

     Rescripto de la Pontificia Comisión Bíblica declarando órgano oficial de la misma «Acta Apostolicae Sedis», 15 de febrero de 1909

En un principio la Pontificia Comisión Bíblica publicaba en Revue Biblique sus actividades, comunicaciones y resoluciones oficiales. Establecido por San Pío X en 1909 el boletín oficial Acta Apostolicae Sedis, la Comisión declara que en adelante éste será su único órgano oficial.
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     Siendo expresa voluntad de nuestro Santísimo Padre el Papa Pío X que el periódico Acta Apostolicae Sedis, editado en la tipografía Vaticana, sea el único comentario oficial para la legítima promulgación y divulgación de las constituciones pontificias, leyes, decretos y demás documentos, tanto de los Romanos Pontífices como de las Sagradas Congregaciones y Oficios, los eminentísimos señores cardenales adictos a la Pontificia Comisión de Re Bíblica, en su reunión tenida el 14 de febrero de este año en los Palacios Vaticanos, establecieron que en adelante dicha Comisión no se sirva de ningún otro órgano de promulgación para hacer públicos sus actos.
     En Roma, a 15 de febrero de 1909.—Fulcrano Vigouroux, P. S. S.; Lorenzo Janssens, O. S. B., consultores secretarios.

     Letras apostólicas «Vinea electa», por las que se funda en Roma el Pontificio Instituto Bíblico. 7 de mayo de 1909

     En los planes de León XIII para el fomento de los estudios bíblicos en la Iglesia entraba la creación en Roma de un Instituto donde pudieran formarse los futuros profesores de Sagrada Escritura. San Pío X, con las presentes letras apostólicas, crea el Pontificio Instituto Bíblico en la Ciudad Eterna y le señala como finalidades la formación bíblica de los que quieran dedicarse a estos estudios, la creación de un instrumento apto para los estudiosos de estas ciencias, la preparación de los que hayan de graduarse en la Pontificia Comisión Bíblica y la publicación de libros de investigación y de alta divulgación. Por el momento no se le concede facultad de dar grados. Ulteriores documentos ampliarán las atribuciones del Instituto.
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     Para perpetuo recuerdo. Desde el comienzo de nuestro  régimen apostólico, siguiendo las huellas de nuestros predecesores, hemos luchado con el mayor ahinco por conseguir que la viña escogida de la Sagrada Escritura proporcione cada día mayores frutos tanto a los pastores de la Iglesia como a los fieles en general. Nos inducía primeramente a ello la presente necesidad de la Iglesia, nacida de la confusión y perturbación que las disputas bíblicas han inoculado en las mentes. Y apremiaba también el deseo que abrigábamos en nuestro ánimo y la obligación inherente a nuestro cargo de promover, según nuestras fuerzas, el estudio de las Sagradas Escrituras, y de proporcionar, a los jóvenes católicos principalmente, elementos católicos de estudio para que no se vieran tentados a dirigirse, con gran peligro para la doctrina, a los autores heterodoxos, y expuestos a volver imbuidos del espíritu de los modernistas.
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     Para oponer a estos males de la Iglesia eficaces y nuevos remedios y para procurar un mayor incremento de los estudios bíblicos, ya León XIII, de feliz memoria, proyectó la creación en Roma de un Ateneo Bíblico que, dotado de los mejores maestros y de todos los instrumentos de erudición bíblica, proporcionara sobre todo abundancia de excelentes profesores para explicar en las escuelas católicas los libros sagrados.
     Solidario con este saludable y provechoso propósito de nuestro predecesor, ya en nuestras letras Scripturae Sanctae, de 23 de febrero de 1904, advertimos que nos parecía oportunísimo el proyecto de fundar dicho Ateneo Bíblico en Roma, donde “se reunieran jóvenes escogidos de todas partes para salir maestros en la ciencia de la divina palabra”, y añadíamos nuestra esperanza buena y cierta de que la posibilidad de llevarlo a cabo que entonces a Nos, como antes a nuestro predecesor, faltaba, algún día sería proporcionada por la liberalidad de los católicos.
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Así, pues, para bien de la Catolicidad, con nuestra autoridad apostólica, por el tenor de las presentes “motu proprio”, a ciencia cierta y tras madura deliberación, erigimos en esta ciudad el Pontificio Instituto Bíblico, cuyas leyes y disciplina establecemos como sigue:
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     La finalidad del Pontificio Instituto Bíblico será que en la ciudad de Roma haya un centro de altos estudios relacionados con los libros sagrados, para promover de la manera más eficaz posible, dentro del espíritu de la Iglesia católica, la ciencia bíblica y todos los estudios con ella relacionados.
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     A este fin tiende en primer lugar el que jóvenes escogidos de uno y otro clero y de distintas naciones, acabado el curso ordinario de filosofía y teología, se perfeccionen y ejerciten en los estudios bíblicos de tal manera que puedan luego explicarlos tanto en privado como en público, escribiendo o enseñando, y, recomendados por la gravedad y sinceridad de la doctrina, sean aptos para defender su dignidad, bien como profesores en las escuelas católicas, bien como escritores en pro de la verdad católica.
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     Al mismo fin pertenece el que tanto los maestros y alumnos adscritos al Instituto como los simples oyentes e incluso los huéspedes que deseen llevar a cabo en el Instituto un curso extraordinario de estudios en las disciplinas bíblicas, dispongan de todos los medios que para los estudios y trabajos de este género se estimen oportunos.
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     Finalmente, entra dentro de los fines del Instituto el defender, promulgar y promover una doctrina sana acerca de los libros sagrados que esté del todo conforme con las normas establecidas o que con el tiempo se establezcan por esta Santa Sede Apostólica contra las opiniones falsas, erróneas, temerarias o heréticas especialmente de los modernos.
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     Para que el Instituto pueda conseguir lo que pretende, será dotado de todos los instrumentos pertinentes.
     Abarcará en primer lugar lecciones y ejercicios prácticos de todas las materias bíblicas. Y ante todo se tratarán aquellos temas que preparen a los alumnos para su examen ante la Pontificia Comisión Bíblica. A esto se añadirán lecciones y ejercicios sobre cuestiones particulares de interpretación, introducción, arqueología, historia, geografía, filología y demás disciplinas relacionadas con los libros sagrados. Se dará también una metódica y práctica información a los alumnos con la cual sean instruidos y ejercitados para llevar de manera científica las disputas bíblicas. Se tendrán además públicamente conferencias de asuntos bíblicos con miras a la necesidad y utilidad común de muchos.
316
     Otro subsidio necesarísimo será la biblioteca bíblica, que abarque sobre todo las obras antiguas y modernas necesarias o útiles para el verdadero aprovechamiento en las disciplinas bíblicas y para llevar a cabo con fruto los estudios ordinarios de los profesores y alumnos en el Instituto. Habrá también un museo bíblico o colección de aquellas cosas que se consideren útiles para ilustrar las Sagradas Escrituras y las antigüedades bíblicas.
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     Un tercer instrumento será una serie de varios escritos que se han de publicar bajo el nombre y autoridad del Instituto, destinados unos a eruditas investigaciones, otros a defender la verdad católica en torno a las Letras Sagradas, y otros a difundir por todas partes la sana doctrina sobre las cuestiones bíblicas.
     En cuanto a la constitución y ordenación del Instituto establecemos lo siguiente:
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     1. El Pontificio Instituto Bíblico dependerá inmediatamente de la Sede Apostólica y se regirá por sus prescripciones y leyes.
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     2. El gobierno del Instituto estará encomendado a un  presidente nombrado por Nos; éste, en virtud de su cargo, representará la persona del Instituto y nos informará de las cosas más importantes que atañen al Instituto, rindiendo cuenta todos los años de su gestión.
320
     3. Los profesores ordinarios constituirán el Consejo del Instituto, que juntamente con el presidente cuidará de la buena marcha y desarrollo del Instituto.
321
     4. Los principios y decretos que la Sede Apostólica o la Pontificia Comisión Bíblica hayan promulgado o promulguen en adelante constituirán la suprema norma y regla de los estudios y del gobierno del Instituto. Todos cuantos de una u otra forma pertenezcan al Instituto o en él se dediquen a los estudios bíblicos, sepan que están especialmente obligados a observar y defender fiel, íntegra y sinceramente tales principios y decretos. En las propias leyes del Instituto, que acompañan a estas nuestras letras, declaramos más detalladamente lo que mira más de cerca a la constitución y ordenación de este Instituto Bíblico.
     Estas cosas queremos, declaramos, decretamos, determinando que las presentes letras sean siempre firmes, válidas y eficaces, y que surtan y obtengan su efecto plena e íntegramente y sean aceptadas en todo por aquellos a quienes corresponde o corresponderá, y que de esta manera en las cosas susodichas se deba juzgar y definir por cualesquiera jueces ordinarios o delegados, y que sea írrito e inválido lo que respecto a ellas en contrario pudiera atentar cualquiera con cualquiera autoridad consciente o ignorantemente. No obstante ninguna cosa en contrario.
     Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el 7 de mayo de 1909, en el año sexto de nuestro pontificado.—R. Card. Merry del Val, secretario de Estado.

     Leyes por las que se ha de regir el Pontificio Instituto Bíblico, 7 de mayo de 1909

     Las precedentes letras apostólicas llevaban anejas estas leyes, por las que se debería regir el recientemente creado Pontificio Instituto Bíblico. Aquí se determinan más detalladamente las actividades a que habrá de dedicarse el Instituto, su constitución y su régimen. El Papa se lo encomienda a la Compañía de Jesús, a cuyo prepósito general corresponde presentar al Romano Pontífice una terna para el cargo de rector y nombrar los profesores de acuerdo con la Santa Sede.

Tít. I.—De los estudios que se han de llevar a cabo en el Instituto
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     1. La materia de los estudios que se han de llevar a cabo en el Instituto es en primer lugar la que se requiere para los grados académicos que han de ser conferidos por la Pontificia Comisión Bíblica. Se podrá además disertar en las clases del Instituto sobre todas las cuestiones que se relacionen con el desarrollo de la ciencia bíblica.
323
     2. Se habrán de tener en el Instituto clases de tres tipos: lecciones, ejercicios prácticos y conferencias públicas.
324
     3. En las lecciones se propondrá a los alumnos de manera científica alguna parte de la ciencia bíblica ni demasiado amplia ni demasiado restringida, con lo cual sean ayudados en sus estudios y preparados cuidadosamente para desarrollar con fruto ulteriores trabajos.
325
     4. Los ejercicios prácticos tendrán una triple finalidad: a) en cuanto a la materia de los estudios, preparar el camino para un conocimiento más profundo de algún determinado argumento, aduciendo bibliografía, aclarando las razones y resolviendo las dificultades; b) en cuanto a la forma, enseñar a todos y hacerles familiar, en la teoría y en la práctica, el método científico que se ha de observar en los estudios; c) en cuanto a la práctica, excitar el trabajo activo y asiduo de los alumnos por medio de ejercicios orales y escritos y desarrollar sus facultades científicas y pedagógicas.
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     5. Las conferencias públicas mirarán a la común necesidad y utilidad de grandes círculos. Sin embargo, podrán ser también muy provechosas para los alumnos del Instituto, por cuanto les enseñarán a tener estas disputas públicas de manera científica y popular al mismo tiempo, acomodándose a la inteligencia de las multitudes, y proporcionarán a los más adelantados la oportunidad de ejercitarse prácticamente en este género de oratoria tan útil y en nuestro tiempo sumamente necesario.
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     6. Para realizar todo género de estudios bíblicos, tanto en las clases como en privado, el Instituto ofrecerá a los alumnos cómodas instalaciones de trabajo y todos los instrumentos de erudición bíblica necesarios.

Tít. II.—Del régimen del Instituto
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     7. El régimen del Instituto corresponde al presidente, que, en virtud de su cargo, ostenta la persona del Instituto.
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     8. El presidente será nombrado por el Sumo Pontífice, oída la relación del prepósito general de la Compañía de Jesús, que le propondrá para el cargo tres candidatos.
330
     9. El secretario del Instituto será auxiliar y socio del presidente, y en las cosas ordinarias hará las veces del presidente ausente o legítimamente impedido.
331
     10. Para el cuidado de la biblioteca y de las demás cosas exteriores, se nombrarán un bibliotecario, un custodio y otros socios idóneos.
332
     11. El presidente dará relación de los asuntos más importantes del Instituto a la Santa Sede y le rendirá cuenta todos los años de su gestión.

Tít. III.—De los maestros del Instituto
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     12. Las lecciones, ejercicios y conferencias se tendrán en tiempos determinados y serán dirigidas por los maestros del Instituto. Estos serán o profesores ordinarios o lectores extraordinarios.
334
     13. Los profesores ordinarios serán nombrados por el prepósito general de la Compañía de Jesús con el consentimiento de la Sede Apostólica.
335
     14. Los lectores extraordinarios, después que durante varios años se hayan acreditado en el oficio de enseñar, podrán ascender a la categoría de profesores ordinarios servatis servandis.
336
     15. Todos los maestros, aun fuera de las lecciones y ejercicios prácticos, estarán a disposición de los alumnos y los ayudarán y dirigirán en los estudios de la disciplina bíblica. Procurarán asimismo conseguir con sus escritos el fin asignado al Instituto, evitando con sumo cuidado el distraerse en múltiples y dispersas investigaciones que les impidan rendir el fruto maduro de sus trabajos.

Tít. IV.—De los asistentes a las clases del Instituto
337
     16. Los jóvenes que se dediquen a los estudios bíblicos en el Instituto podrán pertenecer a estas tres categorías: alumnos propiamente dichos, oyentes inscritos o huéspedes libres.
338
     17. En el número de los alumnos propiamente dichos sólo podrán ser admitidos los que sean ya doctores en sagrada teología y hayan cursado íntegramente la filosofía escolástica. Todos los alumnos de tal manera han de realizar el curso regular de estudios en el Instituto, que se encuentren preparados para hacer el examen ante la Pontificia Comisión Bíblica.
339
     18. Podrán inscribirse como oyentes los que hayan cursado íntegramente la filosofía y la teología.
340 
     19. A los demás estudiosos queda abierta la puerta para asistir a clase como huéspedes libres.
341
     20. Los alumnos y oyentes están obligados a asistir asiduamente y a mostrarse diligentes tanto en las lecciones como en los ejercicios del Instituto.

Tít. V,—De la biblioteca del Instituto
342
     21. La biblioteca del Instituto se montará de tal manera que ofrezca las ayudas bibliográficas necesarias y útiles para los estudios ordinarios e investigaciones tanto de los maestros como de los alumnos.
343
     22. Para lo cual abarcará en primer lugar las obras de los Santos Padres y de los demás intérpretes católicos y de los más importantes acatólicos en materia bíblica.
344
     23. Especialmente se dotará la biblioteca de las principales obras enciclopédicas y de las más modernas revistas bíblicas.
345
     24. Aparte de los maestros, los alumnos y oyentes del Instituto serán admitidos al uso ordinario de la biblioteca. A los demás no será permitido el uso ordinario de la biblioteca.
346
     25. Debiendo servir principalmente la biblioteca para que los estudios se realicen en el mismo Instituto, no se permitirá sacar fuera libros ni revistas.
     En los Palacios Vaticanos, a 7 de mayo de 1909.—Por mandato especial de Su Santidad, R. Card. Merry del Val, secretario de Estado.

     Respuesta 6.a de la Pontificia Comisión Bíblica, sobre el carácter histórico de los tres primeros capítulos del Génesis, 30 de junio de 1909

     Los modernos descubrimientos arqueológicos e históricos amenazaban a la historicidad del relato de los orígenes contenido en los tres primeros capítulos del Génesis. La negación de esa historicidad dejaría totalmente en el aire una gran parte de los principios dogmáticos que constituyen la base de la religión Cristiana. La Comisión Bíblica sale en defensa de éstos y de aquélla. Su atención se fija, como determinada por este motivo apologético, únicamente en los tres primeros capítulos.
     1. En primer lugar rechaza, como desprovista de sólido fundamento, la afirmación de que dichas narraciones sean: a) cosas fabulosas tomadas de la mitología; b) alegorías o símbolos, y c) leyendas en parte históricas y en parte fingidas para edificación de los lectores (Resp. I y II).
     2. Enumera una serie de hechos narrados en estos capítulos que afectan a los fundamentos de la religión cristiana, y cuyo sentido literal histórico no puede ponerse en duda (Resp. III).
     3. Concede, no obstante: a) que no todas las frases y palabras se deben tomar en sentido propio (Resp. V), ni menos aún científico (Resp. VII); b) que los días del primer capítulo del Génesis pueden interpretarse como largos periodos de tiempo (Resp. VIII); c) que se puede opinar libremente en la interpretación de pasajes sobre los que no hay consentimiento unánime de los Santos Padres (Resp. IV), y admitir interpretaciones alegóricas y proféticas, además de la literal histórica (Resp. VI).
     Más adelante, la misma Pontificia Comisión Bíblica volverá sobre el tema, ampliando sus consideraciones a los once primeros capítulos del Génesis en la carta al cardenal Suhard de 16 de enero de 1948 y en la encíclica Humani generis.
347
 I. Si se apoyan en sólido fundamento los diversos sistemas exegéticos que han sido inventados y defendidos con apariencia científica para excluir el sentido literal histórico de los tres primeros capítulos del libro del Génesis.
     Resp. Negativamente.
348
     II. Si, no obstante la índole y forma histórica del libro del Génesis, la peculiar conexión de los tres primeros capítulos entre sí y con los siguientes, el múltiple testimonio de las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento; el consentimiento casi unánime de los Santos Padres, y el sentido tradicional que, transmitido por el mismo pueblo israelita, siempre tuvo la Iglesia, se puede enseñar que los mencionados tres primeros capítulos del Génesis contengan no narraciones de cosas realmente sucedidas que respondan a la realidad objetiva y a la verdad histórica; sino bien cosas fabulosas tomadas de las mitologías y cosmogonías de los pueblos antiguos y acomodadas por el autor sagrado a la doctrina monoteísta, con exclusión de todo error politeísta; o bien alegorías y símbolos faltos de fundamento en la realidad objetiva y propuestos bajo la forma de historia para inculcar verdades religiosas o filosóficas; o, finalmente, leyendas en parte históricas y en parte ficticias libremente compuestas para instrucción y edificación de las almas.
     Resp. Negativamente a una y otra parte.
349
     III. Si especialmente se puede poner en duda el sentido literal histórico cuando se trata de los hechos narrados en dichos capítulos que tocan los fundamentos de la religión cristiana, como son, entre otros, la creación de todas las cosas hecha por Dios en el principio del tiempo; la peculiar creación del hombre; la formación de la primera mujer del primer hombre; la unidad del género humano; la felicidad original de los primeros padres en el estado de justicia, integridad e inmortalidad; el precepto puesto por Dios al hombre para probar su obediencia; la transgresión del divino precepto por sugestión del demonio bajo la forma de serpiente; la expulsión de los primeros padres de aquel primitivo estado de inocencia, y la promesa de un reparador futuro.
     Resp. Negativamente.
350
     IV. Si en la interpretación de aquellos lugares de estos capítulos que los Padres y Doctores entendieron de diversa manera, sin que enseñaran nada de cierto y de definitivo, es lícito, salvo el juicio de la Iglesia y observando la analogía de la fe, seguir y defender la sentencia que cada uno juzgue más prudente.
     Resp. Afirmativamente.
351
     V. Si todas y cada una de las palabras y frases que en  los predichos capítulos recurren, siempre y necesariamente se han de tomar en sentido propio, de tal manera que nunca sea lícito apartarse de él aun cuando las mismas expresiones claramente aparezcan empleadas impropia, metafórica o antropomorficamente, y o la razón prohíba sostener el sentido propio o la necesidad obligue a abandonarlo.
     Resp. Negativamente.
352
     VI. Si, presupuesto el sentido literal e histórico, se puede emplear sabia y útilmente una interpretación alegórica y profética de algunos lugares de dichos capítulos, siguiendo el ejemplo de los Santos Padres y de la misma Iglesia.
     Resp. Afirmativamente.
353 
     VII. Si, no habiendo sido la mente del autor sagrado al escribir el primer capítulo del Génesis, enseñar de manera científica la íntima constitución de las cosas visibles y el orden completo de la creación, sino más bien proporcionar a su gente una noticia popular en el lenguaje común de aquellos tiempos, acomodada a los sentimientos y capacidad de los hombres, y se ha de buscar en su interpretación escrupulosamente y siempre la propiedad del lenguaje científico.
     Resp. Negativamente.
354
     VIII. Si en aquella denominación y distinción de los seis días de que se habla en el primer capítulo del Génesis se puede tomar la palabra Yóm (día), o en sentido propio, por el día natural, o en sentido impropio, por cualquier espacio de tiempo, y si sobre esta cuestión es lícito a los exegetas disputar libremente.
     Resp. Afirmativamente.
     Y el día 30 de junio de 1909, en la audiencia benignamente concedida a los dos reverendísimos secretarios consultores, Su Santidad ratificó las anteriores respuestas y mandó publicarlas.
     Roma, 30 junio 1909.—Fulcrano Vigouroux, P. S. S.; Lorenzo Janssens, O. S. B.
DOCTRINA PONTIFICIA
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B.A.C.

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