martes, 9 de septiembre de 2014

HEREJIA

     Esta palabra, que ahora solo se toma en mal sentido, y que significa un error contumaz contra la fe, no designaba en su origen mas que una elección, un partido, una secta buena o mala. Este es el sentido del griego yo tomo, yo elijo, yo abrazo. Se decía herejía peripatetica, herejía estoica para designar las sectas de Aristóteles y de Zenon; y los filósofos llamaban herejía cristiana la religión enseñada por Jesucristo. San Pablo declara que en el judaísmo había seguido la herejía farisaica, la mas estimable que hubo entre los judíos (Act., XXIV, 14). Si herejía hubiese significado entonces un error, este nombre habría convenido mejor a la secta de los saduceos que a la de los fariseos.
     Se define la herejía un error voluntario y pertinaz contra algún dogma de la fe de parte del que profesa la cristiana. Los que quieren excusar este crimen, preguntan cómo se puede juzgar si un error es voluntario ó involuntario, criminal ó inocente, originado de una pasión viciosa mas bien que de una falta de conocimiento. A esto respondemos: 
     1° que como la doctrina cristiana es revelada por Dios, es ya un crimen el querer conocerla por nosotros mismos, y no por órgano de los que Dios ha establecido para enseñarla; que tratar de elegir una opinión para erigirla en dogma, es ya sublevarse contra la autoridad de Dios. 
     2° Puesto que Dios estableció la Iglesia o el cuerpo de los obispos con su jefe para enseñar a los fieles, cuando la Iglesia ha hablado, es ya por nuestra parte un orgullo pertinaz el resistir a su decisión, y preferir nuestras luces a las suyas; la pasión que ha dirigido a los jefes de secta y a sus partidarios, se ha puesto de manifiesto por su conducta, y por los medios que han empleado para establecer sus opiniones. Ya hemos visto que Bayle, al definir un heresiarca, supone que se puede abrazar una opinión falsa por orgullo, por la ambición de ser jefe de partido, por envidia y odio contra un antagonista, etc.; lo probó con las palabras de San Pablo. Un error sostenido por tales motivos es seguramente voluntario y criminal.


     Algunos protestantes dicen que no es fácil saber lo que es una herejía, y que siempre es una temeridad el tratar a un hombre de hereje. Pero, puesto que San Pablo manda a Tito que no se asociase a un hereje después de haberle amonestado una o dos veces, (III, 10), supone que puede conocerse si un hombre es hereje o no lo es, si su error es inocente o voluntario, perdonable o digno de censura.
     Los que dicen que no deben mirarse como herejías mas que los errores contrarios a los artículos fundamentales del cristianismo, nada dicen, puesto que no hay una regla segura para juzgar si un articulo es o no fundamental.
     Un hombre puede engañarse a primera vista de buena fe, pero desde el momento que se resiste a la censura de la Iglesia, que trata de hacer prosélitos, formar un partido, cabalas, meter ruido, ya no obra de buena fe, sino por orgullo y ambición. El que ha tenido la desgracia de nacer y ser educado en el seno de la herejía, mamar el error desde la infancia, sin duda alguna es mucho menos culpable; pero no se puede deducir de esto que sea absolutamente inocente, principalmente cuando está en estado de conocer la Iglesia católica, y los caracteres que la distinguen de las diferentes sectas heréticas.
     En vano se dirá que no conocía la pretendida necesidad de someterse al juicio o a la enseñanza de la Iglesia; que le basta estar sumiso a la palabra de Dios. Esta sumisión es absolutamente ilusoria: 
     1° no puede saber con certeza qué libro es la palabra de Dios, sino por el testimonio de la Iglesia. 
     2° A cualquier secta que pertenezca, solo la cuarta parte de sus miembros están en estado de ver por sí mismos si lo que se les predica es conforme o contrario a la palabra de Dios. 
     3° Todos empiezan por someterse a la autoridad de su secta, por formar su creencia según el catecismo y las instrucciones públicas de sus ministros, antes de saber si esta doctrina es conforme o contraria a la palabra de Dios.
      Es un rasgo por su parte de orgullo insoportable el creer que están iluminados por el Espíritu Santo para entender la Sagrada Escritura, mas bien que la Iglesia católica que la comprende de otra manera que ellos. Excusar a todos los herejes, es condenar a los apóstoles, que los han pintado como hombres perversos.

     No pretendemos sostener que no haya un buen número de hombres nacidos en la herejía, que en razón a sus pocas luces estén en una ignorancia invencible, y por consiguiente sean excusables ante Dios: ahora bien, por confesión misma de todos los teólogos sensatos, esos ignorantes no deben colocarse en el número de los herejes. Esta es la doctrina terminante de San Agustín, (Epist. 43, ad Glorium et alios, n. 1). San Pablo dice: «Evitad a un hereje, después de haberle reprendido una o dos veces, sabiendo que semejante hombre es perverso, que peca y que esta condenado por su propio juicio. En cuanto a los que defienden una opinión falsa y mala, sin pertinacia, principalmente si no la han inventado por una presunción audaz, sino que la han recibido de sus padres seducidos y caídos en el error, si buscan la verdad con cuidado y están prontos a corregirse cuando la hayan encontrado, no debe colocárseles entre los herejes» (L. 1, de Bapt. contra Donat. c. 4, n. 5). «Los que caen entre los herejes sin saberlo, creyendo que es la Iglesia de Jesucristo, están en un caso muy diferente de los que saben que la Iglesia católica es la que está extendida por todo el mundo» (L. 4, c. 1, n. 1). «La Iglesia de Jesucristo, por él poder de su esposo, puede tener hijos de sus criadas; si no sí; ensoberbecen, tendrán parte en la herencia; si son orgullosos, permanecerán fuera» (Ibid., c. 46, n. 23). «Supongamos que un hombre tenga la opinión de Fotino respecto a Jesucristo, creyendo que es la fe católica, no le llamo todavía hereje, a menos que después de haber sido instruido quiera mejor resistirse a la fe católica, que renunciar a la opinión que había abrazado» (L. de Unit. Eccles., c. 25, n. 73), dice de muchos obispos clérigos y seglares donatistas convertidos: «Al renunciar a su partido han vuelto a la paz católica, y antes de hacerlo formaban ya parte del buen grano; entonces combatían, no contra la Iglesia de Dios que produce fruto en todas partes, sino contra hombres de los cuales se les había hecho formar mala opinión».
     San Fulgencio, (L. de fide ad Petrum, c. 3): «Las buenas obras, el martirio mismo no sirven de nada para la salvación del que no está en la unidad de la Iglesia, en tanto que la malicia del cisma y de la herejía persevere en él».
     Salviano, (de Gubern. Del, L. 5, c. 2) hablando de los bárbaros que eran arríanos: «Son herejes, dice, pero lo ignoran.... Están en el error, pero de buena fe, no por odio, sino por el amor a Dios, creyendo honrarle y amarle: aunque no tengan una fe pura, creen tener una caridad perfecta. ¿Cómo serán castigados en el día del juicio por su error ? Nadie puede saberlo mas que el Juez soberano».
     Nicole, (Tratado de la unidad de la Iglesia, 1. 2, c. 3): «Todos los que no han participado por su voluntad y con conocimiento de causa del cisma y de la herejía forman parte de la verdadera Iglesia.»
     También los teólogos distinguen la herejía material de la herejía formal. La primera consiste en sostener una preposición contraria a la fe, sin saber que la es contraria, y por consiguiente sin pertinacia y con disposición sincera de someterse al juicio de la Iglesia.
     La segunda tiene todos los caracteres opuestos, y es siempre un crimen que basta para excluir a un hombre de la salvación. Tal es el sentido de la máxima: Fuera de la Iglesia no hay salvación
     Dios ha permitido que hubiese herejías desde el origen del cristianismo y aun viviendo los apóstoles, a fin de convencernos que el Evangelio no se estableció en las tinieblas, sino en medio de la luz; que los apóstoles no siempre tuvieron oyentes dóciles, sino que muchas veces estaban prontos a contradecirlos; que si hubiesen publicado hechos falsos, dudosos o sujetos a disputas, no habrían dejado de refutarles y convencerlos de impostura. Los apóstoles mismos se quejan de esto; ellos no dicen en lo que les contradecían los herejes sobre los dogmas y no sobre los hechos.
     «Conviene, dice San Pablo, que haya herejías, a fin de que se conozcan aquellos cuya fe se pone a prueba» (I Cor., XI, 19). De la misma suerte que las persecuciones sirvieron para distinguir a los cristianos adictos verdaderamente a su religión de las almas débiles y de virtud dudosa, así las herejías establecen una separación entre los espíritus ligeros y los que están constantes en la fe. Esta es la reflexión de Tertuliano.
     Era preciso por otra parte que la Iglesia fuese agitada para que se viese la sabiduría y solidez del plan que Jesucristo había establecido para perpetuar su doctrina. Era conveniente que los obispos encargados de la enseñanza estuviesen obligados a fijar siempre sus miradas sobre la antigüedad, a consultar los monumentos, a renovar sin cesar la cadena de la tradición y velar de cerca sobre el depósito de la fe; se han visto obligados a ello por los asaltos continuos de los herejes. Sin las disputas de los dos últimos siglos acaso estaríamos todavía sumidos en el mismo sueño que nuestros padres. Después de la agitación de las guerras civiles es cuando la Iglesia acostumbra a hacer sus conquistas.
     Cuando los incrédulos han tratado de hacer un motivo de escándalo de la multitud de herejías que menciona la Historia eclesiástica, no han visto: Que la misma herejía se ha dividido comúnmente en muchas sectas, y ha llevado a veces hasta diez o doce nombres diferentes; así sucedió con los gnósticos, los maniqueos, los arríanos, los eutiquianos y los protestantes. Que las herejías de los últimos siglos no fueron mas que la repetición de los antiguos errores, de la misma manera que los nuevos sistemas de filosofía no son mas que las visiones de los antiguos filósofos. Que los incrédulos mismos están divididos en varios partidos, y no hacen mas que copiar las objeciones de los antiguos enemigos del cristianismo.
     Es necesario a un teólogo conocer las diferentes herejías, sus variaciones, las opiniones de cada una de las sectas a que han dado lugar; sin esto no se puede conocer el verdadero sentido de los PP. que las refutaron, y se exponen a atribuirles opiniones que jamás tuvieron. Esto es lo que ha sucedido a la mayor parte de los que han querido deprimir las obras de estos santos doctores. Para adquirir un conocimiento mas detallado que el que podemos suministrar, es preciso consultar el Diccionario de las herejías, hecho por el abate Pluquet; se encuentra en él no solo la historia, los progresos y las opiniones de cada una de las sectas, sino también la refutación de sus principios.
     Los protestantes han acusado muchas veces a los autores eclesiásticos que han hecho el catálogo de las herejías, tales como Teodoreto, San Epifanio, San Agustín, Filastro, etc., de haberlas multiplicado sin venir a cuento, haber colocado en el número de los errores opiniones ortodoxas o inocentes. Pero, porque haya agradado a los protestantes renovar las opiniones de la mayor parte de las antiguas sectas heréticas, no se deduce que sean verdades, y que los PP. hayan hecho mal en calificarlas de error; tan solo se deduce que los enemigos de la Iglesia católica son malos jueces en punto a doctrinas.
     No quieren que se atribuyan a los herejes, por vía de consecuencia, los errores que se deducen de sus opiniones, principalmente cuando estos herejes las rechazan y desaprueban; pero estos mismos protestantes jamás han dejado de atribuir a los PP. de la Iglesia y a los teólogos católicos todas las consecuencias que pueden sacarse de su doctrina, aun por falsos raciocinios; y por esto principalmente es por lo que han conseguido hacer odiosa la fe católica. Y. Errores. Se debe perdonarles todavía menos la prevención con que se persuaden que los PP. de la Iglesia expusieron mal las opiniones de los herejes que refutaron, ya por ignorancia y falla de penetración, ya por odio y resentimiento, ya por un falso celo, y a fin de separar con mas facilidad a los fieles del error.
     Esta calumnia ha sido sugerida a los protestantes por las mismas pasiones que se atreven a atribuir a los PP. de la Iglesia.
     Con frecuencia dicen, los PP. atribuyen a la misma herejía opiniones contradictorias. Esto no debe admirar a los que afectan olvidar que los herejes jamas estuvieron de acuerdo ni entre si, ni consigo mismos, y que los discípulos nunca se hacen una ley de seguir exactamente las opiniones de sus maestros. Un pietista fanático llamado Arnold, muerto en 1714, llevó la demencia hasta sostener que los antiguos herejes eran pietistas, mas sabios y mejores cristianos que los PP. que los refutaron.

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